Mt 10, 34-11, 1 — Discurso apostólico: Anuncio de persecución

Texto Bíblico

34 No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada. 35 He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; 36 los enemigos de cada uno serán los de su propia casa. 37 El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; 38 y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. 39 El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. 40 El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; 41 el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.
42 El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».
1 Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Eusebio de Cesarea

Obras: ¿Por qué no hay paz?

« No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada.» (Mt 10,34)
[fr]


«Cuando yo digo paz ellos dicen Guerra» (Sal 120,7).

Jesús es la paz y ha venido a reconciliar el cielo y la tierra (Col 1,20). Si esto es verdad ¿Cómo podemos entender lo que el mismo Señor ha dicho en el Evangelio: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra»? ¿Acaso la nieve podrá calentar o dar frió el fuego? ¿La paz podrá no procurar paz? El designio de Dios, cuando envía a su Hijo, es salvar a los hombres. Y la misión que debía cumplir era establecer la paz en el cielo y sobre la tierra. ¿Por qué entonces no hay paz? Por la debilidad de estos que no han podido acoger el brillo de la luz verdadera.

Tal hija ha creído, su padre permanece sin creer. Puesto que predicar la paz obra la división, «¿qué relación puede haber entre creer y no creer?» (2Co 6,15). El Hijo debe creer, el padre queda incrédulo. La oposición es ineluctable. Allí donde la paz es proclamada la división se instala. Es una saludable división, pues es por la paz que nosotros somos salvados. Yo proclamo la paz, si, pero la tierra no la acoge. Esto no era el designio del sembrador, aquel que esperaba el fruto de la tierra.

Agustín de Hipona

Sermón: Si quieres seguir a Cristo, vuélvete a la cruz; soporta, aguanta, manténte firme

«El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10,39)
Sermón 96, 1-4: PL 38, 584-586

PL

Parece duro y grave este precepto del Señor de negarse a sí mismo para seguirle. Pero no es ni duro ni grave lo que manda aquel que ayuda a realizar lo que ordena. Es verdad, en efecto, lo que se dice en el salmo: Según tus mandatos, yo me he mantenido en la senda penosa. Como también es cierto lo que él mismo afirma: Mi yugo es llevadero y mi carga ligera. El amor hace suave lo que hay de duro en el precepto.

Todos sabemos de qué no es capaz el amor. El amor es no pocas veces hasta réprobo y lascivo. ¡Cuántas cosas duras no tuvieron que tolerar los hombres, cuántas cosas indignas e intolerables no hubieron de soportar para lograr el objeto de su amor!

Pues bien, siendo en su mayoría los hombres cuales son sus amores, ni es preciso preocuparse tanto de cómo se vive cuanto de saber elegir lo que es digno de ser amado, ¿por qué te admiras de que quien ama a Cristo y quiere seguir a Cristo, amando se niegue a sí mismo? Pues si es verdad que el hombre se pierde amándose, no hay duda de que se encuentra negándose.

¿Quién no ha de querer seguir a Cristo, en quien reside la felicidad suma, la suma paz, la eterna seguridad? Bueno le es seguir a Cristo, pero conviene considerar el camino. Porque cuando el Señor Jesús pronunció estas palabras, todavía no había resucitado de entre los muertos. Todavía no había padecido, le esperaba la cruz, el deshonor, los ultrajes, la flagelación, las espinas, las heridas, los insultos, los oprobios, la muerte. Un camino casi desesperado; te acobarda; no quieres seguirlo. ¡Síguelo! Erizado es el camino que el hombre se ha construido, pero Cristo lo ha allanado recorriéndolo fatigosamente de retorno.

Pues ¿quién no desea caminar hacia la exaltación? A todo el mundo le deleita la grandeza: pues bien, la humildad es la escala para ascender a ella. ¿Por qué alzas el pie más allá de tus posibilidades? ¿Quieres caer en vez de ascender? Da un primer paso y ya has iniciado la ascensión. No querían respetar esta gradación de la humildad aquellos dos discípulos, que decían: Señor, concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Aspiraban a la cima sin tener en cuenta las escalas intermedias. El Señor se las indicó. ¿Qué es lo que les respondió? ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Vosotros que aspiráis a la cúpula de la grandeza, ¿sois capaces de beber el cáliz de la humildad? Por eso no se contentó con, decir: Que se niegue a sí mismo y me siga, sino que intercaló: Que cargue con su cruz y me siga.

¿Qué significa: Cargue con su cruz? Soporte cualquier molestia: y así que me siga. Bastará que se ponga a seguirme imitando mi vida y cumpliendo mis preceptos, para que al punto aparezcan muchos contradictores, muchos que intenten impedírselo, muchos que querrán disuadirle, y los encontrará incluso entre los seguidores de Cristo. A Cristo acompañaban aquellos que querían hacer callar a los ciegos. Si quieres seguirle, acepta como cruz las amenazas, las seducciones y los obstáculos de cualquier clase; soporta, aguanta, manténte firme. Estas palabras del Señor parecen una exhortación al martirio. Si arrecia la persecución, ¿no debe despreciarse todo por amor a Cristo?

Juan Taulero

Sermón: Abandono verdadero

«El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí» (Mt 10,38)
Sermón 59, 4º para la Exaltación de la santa cruz


Reflexionemos sobre esta palabra de nuestro Señor: que quiere «atraer todas las cosas hacia si» (Jn 12,32). El que quiere atraer todas las cosas, las reúne primero y luego las atrae. Así hace nuestro Señor: recuerda primero al hombre sus divagaciones exteriores y sus dispersiones, haciéndole recoger sus sentidos, sus facultades, palabras, obras, y en el interior sus pensamientos, su intención, su imaginación, sus deseos, sus inclinaciones, su inteligencia, su voluntad y su amor. Cuando todo está bien recordado, Dios atrae al hombre, porque primero hay que separarte de todo bien exterior o interior al cual te ataste poniendo en eso tu satisfacción plena. Este despego es una cruz penosa, tanto más penosa cuanto más firme y más fuerte era el afecto.

¿Por qué permitió Dios que el día y noche de hoy se parecieran al día y a la noche que preceden? ¿Por qué lo que te ayudaba a la devoción hoy no te será de ningún socorro mañana? ¿Por qué tienes una muchedumbre de imágenes y de pensamientos que no acaban en nada? Querido hijo, acepta de Dios esta cruz y sopórtala: se te transformará en una cruz muy amable, si pudieras entregarle estas pruebas a Dios, aceptarlas, con un abandono verdadero, y agradecimiento por todo a Dios: «proclama mi alma la grandeza del Señor» (cf Lc 1,46). Que Dios coja o dé, el Hijo del hombre debe ser elevado sobre la cruz. Querido hijo, deja todo esto y aplícate más bien a un abandono verdadero, y piensa en aceptar mucho más la cruz de la tentación que buscar la flor de la dulzura espiritual. Nuestro Señor dijo: «el que quiera venirse conmigo, tome su cruz y me siga» (Lc 9,23).

Ambrosio de Milán

Sobre los Salmos: Sé un testigo fiel y valeroso

«El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10,39)
Comentario 20, 47-50 sobre el Salmo 118: CSEL 62, 467-469

CSEL

Como hay muchas clases de persecución, así también hay muchas clases de martirio. Cada día eres testigo de Cristo.

Te tienta el espíritu de fornicación, pero, movido por el temor del futuro juicio de Cristo, conservas incontaminada la castidad de la mente y del cuerpo: eres mártir de Cristo. Te tienta el espíritu de avaricia y te impele a apoderarte de los bienes del más débil o a violar los derechos de una viuda indefensa, mas, por la contemplación de los preceptos celestiales, juzgas preferible dar ayuda que inferir injuria: eres testigo de Cristo. Tales son los testigos que quiere Cristo, según está escrito: Defended al huérfano, proteged a la viuda; entonces, venid, y litigaremos —dice el Señor—. Te tienta el espíritu de soberbia, pero, viendo al pobre y al desvalido, te compadeces de ellos, prefiriendo la humildad a la arrogancia: eres testigo de Cristo. Has dado el testimonio no sólo de tus palabras, sino de tus obras, que es lo que más cuenta.

¿Cuál es el testigo más fidedigno sino el que confiesa a Jesucristo venido en carne, y guarda los preceptos evangélicos. Porque el que escucha pero no pone por obra niega a Cristo; aunque lo confiese de palabra, lo niega con sus obras. Muchos serán los que dirán: Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros? Y a éstos les responderá el Señor en aquel día: Alejaos de mi; malvados. El verdadero testigo es el que con sus obras sale fiador de los preceptos del Señor Jesús.

¡Cuántos son los que practican cada día este martirio oculto y confiesan al Señor Jesús! También el Apóstol sabe de este martirio y de este testimonio fiel de Cristo, pues dice: Si de algo podemos preciarnos es del testimonio de nuestra conciencia. ¡Cuántos hay que niegan por dentro lo que confiesan por fuera! No os fiéis —dice la Escritura— de cualquier espíritu, sino que por sus frutos conoceréis de cuáles debéis fiaros. Por tanto, en las persecuciones interiores, sé fiel y valeroso, para que seas aprobado en aquellas persecuciones exteriores. También en las persecuciones interiores hay reyes y gobernantes, jueces terribles por su poder. Tienes un ejemplo de ello en la tentación que sufrió el Señor.

Y en otro lugar leemos: Que el pecado no siga dominando vuestro cuerpo mortal. Ya ves, oh hombre, cuáles son los reyes y gobernantes de pecado ante los cuales has de comparecer, si dejas que la culpa reine en ti. Cuantos sean los pecados y vicios, tantos son los reyes ante los cuales somos llevados y comparecemos. También estos reyes tienen establecido su tribunal en la mente de muchos. Pero el que confiesa a Cristo hace, al momento, que aquel rey se convierta en cautivo y lo arroja del trono de su mente. En efecto, ¿cómo podrá permanecer el tribunal del demonio en aquel en quien se levanta el tribunal de Cristo?


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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Lunes XV (Par o Año II)
Tiempo Ordinario: Lunes XV (Impar o Año I)



Comentarios exegéticos

Autores Varios: Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): Paz y espada

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 995-996

Estamos ante una de las paradojas más violentas. Las palabras de Jesús contradicen las esperanzas en un Mesías que sería el príncipe de la paz (Is 9,5); contradicen las esperanzas de todos los hombres que luchan y trabajan por la paz; contradicen la propia palabra de Jesús que ha beatificado a todos aquéllos que trabajan por la paz (5,9: serán llamados hijos de Dios) y ha mandado a sus discípulos que anuncien la paz (la paz puesta en equivalencia con el Reino; ver el comentario a 10,7-15). 

Esta tremenda paradoja ¿tiene una salida airosa? Por supuesto, no, en el sentido en que fue interpretada, a veces, para justificar una “guerra santa” o apetencias humanas o intransigencia religiosa. La espada o lucha traída por Jesús no es declaración de guerra contra el resto de los mortales que no acepten la fe cristiana. Los hijos del trueno fueron reprendidos duramente por esta mentalidad: “¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo que devore esta ciudad?”. Pero él les reprendió (Lc 9,54-55). La lucha no es de los discípulos contra otros hombres, sino de estos hombres contra los discípulos. 

La espada-división se halla implicada en las exigencias de la presencia de Jesús. El mismo mensaje lleva a la división: exige la renuncia a lo más querido, que nada ni nadie esté por encima de él en la escala de valores que el hombre debe hacerse. Al jerarquizar estos valores, él quiere estar en la cumbre. Y no todos, ni mucho menos, comparten este criterio. Sólo una fe profunda puede aceptarlo. La división de que se habla en el texto había sido ya vivida como experiencia amarga en la Iglesia a raíz del decreto de excomunión que el judaísmo oficial había lanzado contra todos aquéllos que confesasen a Jesús como el Mesías. Esto trajo la división familiar a que alude el texto. Pero, por encima y más allá de este primer nivel, está la experiencia de la Iglesia, de los discípulos de Jesús, que quieren ser plenamente consecuentes con su vocación, con la llamada del Señor y con las exigencias cristianas. La exigencia que a veces se impone a los discípulos de Jesús, de renunciar a todo y a todos, aun a lo más querido (8,22), se encuentra con la incomprensión, la división, la lucha. La espada en acción, que es la misma palabra de Jesús (Heb 4,12). 

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: Opresión

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 106-108

Génesis 41 55-57;42,5-7a.17-24a

Exodo 1, 8-14.22

Las dos ciudades de Pitom y Ramsés pertenecen a la zona ya citada de Gosen, situada en la parte oriental del delta del Nilo. 

La tradición señala este país como primera habitación de los semitas, y más tarde de los hicsos, que reinaron en Egipto durante siglo y medio, hasta que comenzaron a llegar numerosos pueblos nómadas en busca de agua para sus rebaños. Los hijos de Jacob se habían instalado allí a su llegada a Egipto, mientras que los sasu, pueblo del sur del mar Muerto, nomadizaban entre la región del Delta y Araba. “Alzóse en Egipto un rey nuevo, que no sabía de José”. Este rey ha sido identificado como Ramsés II. Así pues, este faraón no sólo era el heredero de los que habían expulsado a los invasores hicsos, sino que proseguía incansablemente la reconquista de las regiones del nordeste egipcio. Desconfiaba, pues, de los semitas, pueblo extranjero que podía revelarse como enemigo peligroso en caso de guerra o de revuelta; los empleaba en rudos trabajos de mortero, de ladrillos y del campo, en la construcción de las ciudades guarnición, como Pitóm y Pi-Ramsés. El trabajo no era especialmente penoso, pero era sentido como una servidumbre y, por consiguiente, como una humillación insoportable por parte de los orgullosos nómada 

El Dios de Moisés vino, pues, a liberar a los suyos de esta esclavitud. No sin alegría, el autor sagrado insiste en la inutilidad de los esfuerzos del faraón por someter a este pueblo. Cuanto más se oprimía a los hebreos, más se rebelaban y se multiplicaban. Incluso la orden de matar a todos los niños de esta raza fracasó, ya que Moisés logró sobrevivir. El texto da a entender la fuerza de Yahvé, cuya prudencia vencerá y suplantará a la de los egipcios. 

Salmo 23

El salmo 123 debe ser cantado por un grupo de personas y forma parte de una colección de cantos redactados sobre el modelo de los salmos de acción de gracias. La fórmula “Israel puede decirlo” lo ha transformado en salmo nacional pero los versículos que evocan los fracasos del pasado expresan perfectamente la humillación que sufren los hebreos en Egipto. 

Mateo 10, 34-11, 1

Ya que es lugar en donde se da testimonio de Dios, la Iglesia no tiene razón de existir por sí misma, sino que existe por el mensaje que proclama y que la supera desde cualquier punto de vista. En este sentido, la acogida reservada a los discípulos es más que un simple gesto de hospitalidad: es la acogida del reino de Dios. 

La gran contestación que recibe el mensaje evangélico no debe desanimar a los mensajeros; se explica por la importancia que supone anunciar el Reino. La paz o la espada… Pero ¿cual es esta paz proclamada por los discípulos y que puede volverse contra ellos si la casa no es digna? Una paz que supone en sí misma un desgarramiento, la paz del Reino, rica en bienes divinos, pero que exige a cambio una opción clara, aun a costa de la división de las familias. Jesús es esta paz; El es esta espada, esta palabra cortante que ha dividido a la hija de Sión. Es el obstáculo plantado en medio del camino, la luz que ilumina y que inspecciona el corazón de los hombres. Podemos estar con El o contra El, pero ¿quién es digno de estar con El? ¿Qué casa es digna de recibir la paz de Dios, sino la que no se avergüenza de El ante los hombres? 

De la esclavitud a la Alianza: así podemos resumir el itinerario seguido por todo un pueblo. De la tierra de la esclavitud, se levantó para entrar en el país de sus padres; de la tierra extranjera vuelve y descubre el nombre de Dios, de su Dios. Éxodo de Israel, en el que un pueblo pasa del miedo a la libertad. Larga marcha de un pueblo que no constituía un pueblo —aprisionado en los “ghettos” egipcios— y que en adelante vibra cuando reconoce y evoca esa historia, que es la suya, y se transmite la tradición de su fundación. 

Hermanos, emprendemos el mismo itinerario. ¿Qué seria nuestra le si no hundiera sus raíces a esta profundidad? Dios nos ha liberado, hemos sido arrancados de la servidumbre y nos hemos librado de nuestros miedos, para constituirnos como un pueblo libre. 

“Sometieron los egipcios a los hijos de Israel a cruel servidumbre”… Los hijos de Israel fueron extranjeros en una tierra que habían adoptado como suya. Nosotros también estábamos oprimidos, sometidos a servidumbre; mirad cuál es nuestra esclavitud: nuestra tierra no es nunca completamente nuestra. Extranjeros a nosotros mismos, en la imposibilidad de comprendernos verdaderamente, nos apoderamos de las tierras inexploradas de nuestro propio interior. Por no hablar de la servidumbre de los sentidos o de los sentimientos: ¿quién puede pretender ser completamente dueño de sí mismo? 

Extranjeros unos de cara a los demás, no podemos vivir realmente si no es abriéndonos al otro y siendo recibidos por él. Y sin embargo, por la fuerza de las cosas, por la maldad de los hombres o por nuestras propias dudas interiores, somos rechazados, ignorados, reducidos a nada. ¡Cuántos hombres incomunicados en el sinsentido de una vida que siente a la muerte más como una liberación que como una desgracia! Si tantas imágenes de guerra pueden darnos una impresión anticipada del fin del mundo, no es porque veamos en ellas sólo “un diluvio de hierro y de fuego”, sino porque ese diluvio tiene el rostro de un pueblo que aniquila a otros pueblos. 

Extranjeros a nosotros mismos, extranjeros para nuestros semejantes, extranjeros en nuestro propio mundo: ¿quién no se siente superado por los acontecimientos, abrumado por las fuerzas económicas, políticas, sociales, esas fuerzas que le aplastan, juguetes de un engranaje que nadie puede dominar del todo? 

Estamos exiliados en tierra extranjera, sometidos a prueba por nuestros semejantes o por los acontecimientos, pidiendo a gritos justicia y bondad, sin encontrarlas. Nos sentimos trágicamente inclinados a pensar que ninguna mirada de ternura se fijará en nuestros rostros, y que ese Otro misterioso que se perfila, inalcanzable, tras los enigmas del universo, tiene un aspecto inquietante y una faz de monstruo. Así pues, es cierto: estamos sometidos a dura esclavitud. Alrededor nuestro se ciernen contornos de muerte y de luto: ha llegado la hora de que Dios se alce y actúe en favor nuestro… 

Señor, hemos oído decir muy a menudo
que no eres un extraño para nosotros, que no estás lejos de quienes te invocan.
Contempla nuestra miseria,
oye el grito que se alza de esta tierra inhumana; 
rompe el aislamiento de nuestros miedos libéranos de tanta soledad,
líbranos de la muerte que nos acecha. 
Intercede a nuestro favor, sé liberador nuestro. 

Salvador Carrillo Alday, El evangelio según san Mateo

Verbo Divino (2010), pp. 156-161

Jesús, signo de contradicción (10,34-39)

34-36. La triple mención “he venido” marca la misión de Jesús. Con el ideal espiritual del Reino de los Cielos y con las exigencias de su seguimiento, Jesús provoca necesariamente divisiones, guerras y partidos. Muy probablemente, Mateo hace alusión a la penosa lucha surgida entre los miembros de la comunidad judío-cristiana y sus amigos judíos. La lucha no es un fin en sí misma, sino una inevitable consecuencia de la absoluta lealtad que Jesús reclama de sus discípulos. 

37. El amor que Jesús exige debe ser superior al amor al padre, a la madre y a los hijos (Mt 16,24-25; 19,29; Mc 8,34-35; 10,29-30). Es digno de notar que el amor al padre y a la madre está en el mismo nivel que el amor al hijo y a la hija. El radicalismo de Jesús parece hacerlo antifamiliar; sin embargo Mt 15,4-5 muestra que no es así. 

38-39. Más aún, el amor a Jesús debe ser un amor audaz que soporte el sufrimiento y el dolor hasta el heroísmo del martirio. 

Recompensa a los discípulos (10,40-42) 

40. Se trata de un texto importante para la misión. No es cuestión de simple hospitalidad, sino de aceptar en el enviado-apóstol a Aquel que lo envió. Hay una cadena de tres eslabones: recibir a un apóstol es recibir a Jesús, y recibir a Jesús es recibir al Padre, cuyo Enviado-Apóstol es el mismo Jesús. La dignidad de los ministros cristianos es ciertamente grande, pues tiene su fuente en Dios. 

41. En la comunidad de Mateo debía haber también “profetas” (7,15-16; 23,34). Por “justo” se entiende un maestro, alguien que ha sufrido por la fe o un simple cristiano. 

42. “Estos pequeños”. Puede entenderse de los discípulos-apóstoles o de los “pobres y humildes” de la comunidad de Mateo. 

En el texto de los vv. 40-42 se percibe cierta estructura de la comunidad-iglesia del evangelista Mateo. 

11, 1. Este versículo sirve de transición entre las enseñanzas dadas a los apóstoles (10,1-42) y las reacciones de los judíos ante la presentación que Jesús ha hecho de sí mismo como Mesías en palabras y obras (cf. Mt 5-7; 8-9). 

Biblia Nácar-Colunga Comentada: La misión de los apóstoles.

Exigencia del supremo amor a Cristo (v. 34-39, Lc. 12:51-53; 14:25-27; 17:33).

La literatura profética, y más aún la rabínica, conocía el juicio previo a la venida del Mesías. Tanto, que ésta fue caracterizada, sin más, con la frase elíptica de “los dolores del Mesías,” es decir, los dolores que habrá para el alumbramiento o venida del Mesías 60. Pero, una vez venido, lo había de poner todo en orden y paz 61. El Mesías era llamado también la “Paz.”

Cristo Mesías comienza rectificando este concepto mesiánico rabínico. El no vino a traer la paz, sino la “espada,” la guerra. No es que el “Príncipe de la Paz” (Is 9:5) no venga a traer la paz, sino que, por su doctrina  “aquí la “espada” —, va a ser ocasión de que con relación a El haya guerra 61. No en vano es un “signo de contradicción” (Lc 2:34). Y esta guerra va a llegar a ser dentro del mismo hogar (Miq 7:6).

Ante esta lucha de la sangre y familia en torno a Cristo, ¿qué hacer? Dejarlo todo por El. Así lo expresan los versículos 37 y 38:

“El que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí.

Y el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí. Y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.

Seguramente estas expresiones y exigencias extrañaban menos a aquellos oyentes de Cristo que a los lectores extrajudíos. En la casuística rabínica se lee: “Si el padre y el maestro llevan ambos una carga, es preciso ayudar primero a deponerla al maestro y luego al padre. Si el padre y el maestro están en prisión, es preciso liberar primero a su maestro y luego a su padre.” Y la razón es porque “el padre le ha introducido en la vida de este siglo, mientras que el maestro, que le enseña la sabiduría, lo introduce a la vida del siglo que viene.” 62 Este tema de preferencias era ambiental.

Cristo, sin embargo, que exige un amor supremo a El sobre todas las cosas, proclama su misma divinidad, ya que los valores que exige sacrificar son de ley natural. Sólo está por encima de estos valores el amor de Dios.

Y este amor exige aún más: “El que no toma su cruz y camina detrás de mí, no es digno de mí.” Esta imagen de la cruz tomada sobre sí era familiar a los judíos. Roma aplicaba esta pena. Varo había hecho crucificar a 2.000 judíos 63. Imagen aterradora. Pero Cristo la exigía para ser “dignos” de El. Y, además, la llevarán “detrás” de El. La redacción literaria — ”detrás” — puede estar influenciada por la estampa de Cristo por la Vía Dolorosa (Mt 16:24; Mc 8:34; Lc 23:26). La enseñanza aquí de tomar la cruz no tiene sentido ascético, sino el de persecución violenta y martirio, que puede ser con la crucifixión. Lc (9:23) le da ya una “adaptación” ascética, al decir que se ha de tomar la cruz de “cada día” (χαθ’,ήμέραν).

Por último, y para aclarar definitivamente esto, Cristo hace la contraposición entre la vida del cuerpo (σώμα) y la del alma (ψυχην) (ν.28). Perder la primera por Cristo es asegurar la segunda, ya que el alma “no pueden matarla” (v.28 b). La frase, aunque cargada de un profundo sentido nuevo por Cristo, era usada en el medio ambiente. Si Cristo la toma de él, la enriquece. Se lee en el Talmud: “¿Qué debe hacer un hombre para morir? Darse la muerte.” 64 Y también: “El que guarda una palabra de la Ley, guarda su alma; el que abroga una palabra de la Ley, hace perecer su alma” 65, es decir, la vida verdadera en la resurrección (Mt 22:23-32). No se trata de decir que no interesa el cuerpo, sino destacar bien que Dios tiene el pleno dominio y destino del hombre entero (v.28c).

Premio del que recibe al apóstol (v.40-42).

Una última consideración o perspectiva recoge aquí Mt en este discurso de apostolado. Este versículo se entroncaría conceptualmente, por su aspecto positivo, con el v.14. Sería la contraposición. Allí, en la misión palestina, se decía lo que debían hacer cuando no los recibiesen en una casa; ahora, en esta perspectiva de misión universal, se anuncia el premio que tendrán los que los reciban como apóstoles.

Sabido es que la hospitalidad es sagrada en Oriente. De ella decía un rabino: “La hospitalidad es cosa tan grande como la visita matinal a la escuela (para estudiar la Ley).” Y otro decía: “La hospitalidad es incluso más grande que saludar a la Shekina,” es decir, la sensibilización de Dios 66.

Pero en el pensamiento de Cristo no se trata de esta simple hospitalidad oriental sagrada, sino de la hospitalidad de los que se reciben como apóstoles de Cristo. ¿Qué premio tendrán los que así obren?

“El que os recibe a vosotros, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.”

Este pensamiento es otra sentencia predilecta de Cristo (Mt 18:5; Mc 9:37; Lc 9:48; 10:16) y de valor joánico (Jn 12:44.45; 13:20), prueba de la autenticidad de la doctrina.

El pensamiento es ilustrado con tres ejemplos: el que recibe al “profeta” o al “justo” como profeta o justo, es decir, en cuanto se refleja a Dios en el “justo,” tendrá el premio (μισθός) correspondiente. Este premio correspondiente al “profeta” o “justo” puede tener un doble sentido: “o que recibirá galardón por haber recibido a un profeta o a un justo, o el que corresponde al mismo profeta o justo” 67. Este último sentido parece preferible, ya que indica el mismo premio específico, aunque no requiere que sea en el mismo grado que el del profeta o justo. “El que recibe al profeta como profeta, tendrá recompensa de profeta.” Tiene además el paralelo de las palabras de Cristo a los que ejercitaron obras de misericordia: “Cuanto hicisteis a uno de mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25:40.45).

Y la enseñanza se destaca completa, al modo oriental, utilizando para ello un servicio mínimo que se haga al apóstol: el que dé un vaso de agua fresca a uno de “estos pequeños,” no quedará tampoco sin recompensa, pero si lo hace “en cuanto discípulo” de Cristo.

La expresión “a nombre de” es “el calco de una locución rabínica, en hebreo leshém, en la cual shem no tiene ya el sentido de nombre, sino que indica la razón, el motivo, el título de una cosa.” 68 Sin embargo, es también locución griega usual en la misma lengua profana de los papiros, con el significado de persona 69.

“Estos pequeños” a quienes se supone hacer el beneficio, si en otro contexto pueden significar niños u otra clase de personas, en éste se refiere a los apóstoles (Mt 11:26; cf. Lc 10:21-23), como abiertamente lo dice Mc (Mc 9:41; cf. Lc 10:21-23).

La triple clasificación que aquí se usa — apóstoles, justos, pequeños — está respondiendo, para su valoración, al procedimiento por “acumulación” aunque pueda indicar distintas “fuentes” acopladas.

W. Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt)

Herder (1980), Tomo I, pp. 235-243

Decisión en favor de Jesús (10,34-39).

34 No creáis que vine a traer paz a la tierra; no vine a traer paz, sino espada. 

En conmovida queja el profeta Miqueas había descrito la perdición de su pueblo: se quebrantaban las disposiciones del derecho, los ministros de la justicia se habían convertido en seres corruptibles, un desconcierto general había destruido los vínculos familiares. Cada hombre es el enemigo de su prójimo. Éste podría ser el título de la queja de Miqueas (Miq 7,1-7). En este cuadro ve el profeta una actuación anticipada del tribunal de Dios. Los hombres llegan a conocer, en su propio cuerpo, las consecuencias de su apostasía de Y ahveh. 

Jesús tiene presentes las palabras del profeta. El juicio de Dios, cuyas consecuencias había visto Miqueas, ha llegado a su momento crítico, por efecto de la venida de Jesús, enviado para traer el mensaje del reino de Dios. Más aún: el reino llega con Jesús. Viene como separación, como espada. Es la espada del juicio, que separa lo malo de lo bueno, los creyentes de los que rehusan creer, también es la espada de la decisión, ante la que se pone al hombre. Esto es lo primero que dice Jesús. 

Lo contrario de esta separación es la paz. Solamente puede ser una paz opuesta a este juicio de la decisión. Y sería una paz corrompida, que lo deja todo tal como estaba, que hace desaparecer los frentes, tapa y encubre la oposición entre Dios y Satán, y por tanto sería en último término la paz entre Dios y Satán, que nunca puede darse . 

35 Porque vine a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; 36 y serán enemigos del hombre los de su propia casa. 

La palabra de Jesús es más aguda que una espada, como dice de la palabra de Dios en general la carta a los Hebreos (Heb 4,12). Penetra hasta los tuétanos y separa en nuestro interior las falsas concupiscencias del verdadero temor de Dios. También puede meterse dentro de la familia, y allí enfrentar a los padres y a los hijos, a la nuera y a la suegra. La frontera pasa siempre por donde es preciso decidir en favor o en contra de Dios. Esta decisión puede traer como consecuencia la separación de otros, incluso de los más queridos. Es una separación que no puede significar que el discípulo de Jesús deba adoptar una actitud hostil o irreconciliable. Pero el discípulo debe contar con que mediante su decisión también puede causar la enemistad de sus propios parientes. Ésta es probablemente la experiencia más penosa en el seguimiento. Nunca se puede abusar de estas palabras del Señor para falsear el mensaje de la paz. que anuncia la Iglesia, o para justificar el incumplimiento de las propias obligaciones con la familia incrédula. 

37 El que ama a su padre o a su madre más que a mí. no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; 38 y quien no toma su cruz y sigue tras de mí, no es digno de mí.

El que ha reflexionado bien sobre los precedentes versículos 34-36, también puede entender estas palabras. En primer lugar está Dios y la decisión en favor de Dios, pero aquí está el mismo Jesús, ante quien y por quien el discípulo tiene que decidirse. Él es el camino, por el que sólo encontramos a Dios. Digámoslo de otra manera: en la decisión en favor de Jesús se toma la decisión en favor de Dios. Ante esta decisión tiene que retroceder cualquier otro compromiso terreno, incluso con el padre y la madre y los propios hijos.

No es que no deban amarse los padres o los hijos. Precisamente es a al inversa: el que sigue decididamente a Cristo, también queda libre de nuevo para el amor a su prójimo y a sus parientes. Pero es un amor nuevo, sobrenatural, que nos hace amar al prójimo en Dios y por amor de Dios. Antes de que el discípulo sea capaz de este amor, tiene que decidirse totalmente por Cristo. 

Quien no ha tomado esta decisión no es digno de Cristo. No se ha ganado nada con una decisión a medias o con un corazón dividido. Entonces ni Dios logra lo que le corresponde, a saber la plena entrega; ni Jesús logra lo que le corresponde, a saber la imitación incondicional; ni el discípulo consigue la realización de su vida. Quien ha entregado su corazón, lo recupera lleno de la fuerza del amor divino. 

El siguiente versículo lo aclara todavía más: Y quien no tome su cruz y sigue tras de mí, no es digno de mí. El desprendimiento de sí mismo y la entrega a Dios tienen una medida extrema. Hay una frontera en la vida, en la cual se muestra con seguridad si la entrega es querida enteramente. Esta frontera es la muerte. Se ha decidido radicalmente quien en la empresa orientada hacia Dios también incluye la posible entrega de la vida terrenal. «Tomar su cruz» es una expresión metafórica de la disposición para morir. Cuando se está así dispuesto, se efectúa el movimiento «desde mí hacia Dios». Sólo cuando el discípulo ha incluido en la cuenta aquel extremo, y lo ha afirmado conscientemente, está de veras siguiendo a Jesús, y por tanto es digno del maestro. 

No se pide a todos los discípulos que esta disposición también pruebe su eficacia en el trance de la muerte. Señaladamente Dios sólo conduce a algunos elegidos por este sendero. Pero cualquier entrega, si es tema de nuestra vida, tiene en sí algo de esta muerte. Un distintivo infalible de la veracidad de nuestra intención es si estamos o no estamos dispuestos a esta entrega. 

39 El que haya encontrado su vida, la perderá; y el que haya perdido su vida por mi causa, la encontrará. 

Aquí no se habla del alma en oposición al cuerpo. Para el Antiguo Testamento esta diferencia no tenía gran importancia. Tras la palabra vida está la unidad del cuerpo y del alma. Para el judío la vida es el bien supremo y con esta palabra se expresa con la máxima fuerza la última perfección. Se lleva a cabo el anhelo del judío, si tiene toda la vida, duradera e indestructiblemente, con una riqueza fluyente y con una posesión dichosa. 

Este profundo anhelo, que Dios ha dado al hombre, parece que lo niegue inesperadamente Jesús, cuando dice: El que haya encontrado su vida, la perderá. Esto quiere decir que el hombre piensa haber llegado ya aquí al descanso y gozar con la posesión de la vida. En el hombre se ha convertido el anhelo en deseo egoísta y violento de posesión, no quiere nada fuera de sí y en último término sólo se busca a sí mismo. El anhelo es él mismo, y su realización aparentemente también, pero los caminos son enteramente opuestos. Ciertamente la vida debe ser conquistada y a ello estamos llamados. Pero eso solamente tiene lugar cuando la perdemos. 

El que haya perdido su vida por mi causa. Esta frase puede primeramente aludir al verdadero martirio en favor de Jesús. Entonces se recibe el don de la vida eterna por la vida terrena que se ha entregado. «Encontraremos» lo que realmente hemos buscado. 

Pero en la vida del discípulo que no es llamado a la extrema verificación, también es una ley fundamental que todos tienen que renunciar primero a su vida, no han de quererla conseguir para sí mismos con ambición egoísta. Es preciso salir de sí mismo, tender más allá de sí mismo, pero no por así decir para entrenarse, en el sentido de los métodos de «vaciamiento interno». Porque esta tendencia en último término de nuevo sería un egoísmo, que busca la propia independencia de las pasiones del día y de las tentaciones de los instintos, y con ello una forma más elevada de perfección humana. Jesús alude a lo que siempre resonaba en el sermón de la montaña: el hecho de que el hombre se pierda a sí mismo ha de tener lugar con una orientación hacia Dios y dentro de Dios. Quien así se pierde, logra la plenitud de la vida, en último término la vida propia de Dios. 

Esta frase no es lúgubre, sino luminosa. Aquí ya se experimenta en gracia que cualquier individuo que se pierda a sí mismo entregándose a Dios (prácticamente de ordinario entregándose al prójimo), aumenta la vida. Esta vida es mucho más rica que cualquier vida terrena. Es la alegría, la paz interior, el estado de seguridad en Dios, el amor. Por tanto, esta vida tiene un significado opuesto al de Fausto: «Así me tambaleo de la concupiscencia al placer, y en el placer estoy a punto de desmayarme tras la concupiscencia». Antes bien: así vamos de la muerte a la vida, y en la vida a una abundancia siempre mayor mediante la muerte. Dice Jesús: «Y o he venido para que tengan vida y la tengan exuberante» (Jn 10,10). 

Misión y recompensa (10,40-42). 

40 Quien a vosotros recibe, a mí me recibe; y quien a mí me recibe, recibe a aquel que me envió. 

La primera frase despliega lo que los rabinos ya enseñaron como regla: el enviado es como el que envía. Aquí no solamente se habla de un envío, sino de dos, que actúan misteriosamente uno en otro. El mismo Jesús está enviado por el Padre, y además envía los apóstoles. Es un movimiento que partiendo del Padre llega hasta los mensajeros de Jesús. Su envío es un acontecimiento divino. Tal como los hombres acojan a los mensajeros de Jesús — con la adhesión o el rechazamiento, con la fe o la incredulidad —, así también le acogen a él y al Padre. No se puede apelar a Dios o a Cristo contra los mensajeros. Dios se humilla hasta ponerse al nivel de los mensajeros, se encubre con palabras y obras humanas. Cuando la fe ya no se escandalice con las formas quebradas de la actividad humana, entonces es auténtica, dirigida con seguridad a Dios y hecha efectiva con la obediencia… 

41 Quien recibe a un profeta como profeta, recompensa de profeta tendrá, y quien recibe a un justo como justo, recompensa de justo tendrá. 42  Y quien da de beber un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, sólo por ser discípulo, os aseguro que no se quedará sin recompensa.

Tres grupos de miembros de la comunidad están aquí juntos. Los profetas son hombres de Dios, que han sido inspirados por él, y que por propio conocimiento y experiencia enseñan la fe, sin ser apóstoles, discípulos de apóstol, ancianos (presbyteros) o guardianes (episkopoi) con un cargo de jerarquía. Los justos son los que se han acreditado en la comunidad con su vida ejemplar, con su fe activa en el amor. No tienen ningún cargo de jerarquía ni tampoco tienen como los profetas una misión carismática para la enseñanza, sino un sentido ejemplar para la vida práctica. El tercer grupo son los pequeños, o sea los sencillos discípulos d e Jesús, q u e n o tienen u n a posición de primer orden en el cristianismo. En ellos el milagro de la fe es especialmente grande, ya que en apariencia no aportan condiciones exteriormente favorables: formación, estado distinguido, influencia y poder. Deben ser especialmente queridos por la comunidad, han de ser cuidados por ella con viva solicitud . 

En los dos primeros casos se mide con precisión la recompensa. Es difícil decir qué se ha de entender por recompensa de los profetas o de los justos. El pensamiento fundamental del versículo 40 continúa siendo efectivo, de tal forma que se puede decir: «El enviado es como el que envía» aquí significa q u e quien acoge hospitalariamente en su casa al profeta itinerante, es por ello equiparado al profeta y obtendrá la recompensa que corresponde al profeta. Lo mismo puede decirse del justo. La particular estima del pequeño se expresa por el hecho de que no se extravía ni siquiera la más insignificante obra que se hace por él. Porque el pequeño no viene a casa como un «pequeño», como un contemporáneo sin importancia, con el que no se requiere tratar durante largo tiempo, sino como discípulo. Se le ayuda «sólo por ser discípulo», quizás sólo se le da un vaso de agua. Puesto que tiene la alta dignidad de discípulo, el mismo Jesús viene con él, y por tanto también viene la recompensa. 

Con tales palabras se explica que se aprecie tanto en la Iglesia cristiana la hospitalidad: cuando viene a casa un hermano o un sacerdote, no lo recibamos sólo por cortesía, sino con fe, como a Jesús. 

Estas palabras concluyen la instrucción a los discípulos. En todo el fragmento didáctico se trata de la vocación y del envío del discípulo al mundo. Aquí el discurso también en su contenido llega a su apogeo. Todo lo precedente se ilumina una vez más con estas frases. Envío y encargo. Enseñanza y hechos milagrosos, persecuciones y confesión, perseverancia y muerte: todo eso hace al enviado como al que envía, al apóstol como a Jesús. Eso también corresponde a la realidad de hoy, pero el envío de Jesús prosigue más allá de los apóstoles, y llega a los obispos con el papa, a sus colaboradores, a todos los fieles. El que envía siempre es el Señor: en el curso de la historia mediante la orden dada en otro tiempo (la sucesión del papa y de los obispos) y con el llamamiento inmediato al individuo aquí y ahora. Siempre está en vigor que «quien a vosotros escucha, a mí me escucha» (Lc 10,16). 

Conclusión (11, 1)

Cuando Jesús terminó de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí, para enseñar y predicar en sus ciudades. 

De nuevo el evangelista concluye como en el sermón de la montaña, es decir con una frase formularia. La palabra «instrucciones» es sorprendente y sólo se encuentra aquí. San Mateo quiere insistir una vez más en que este discurso es una enseñanza oficial y pública del Señor. Es el documento fundamental de la misión y de la vida apostólicas para todos los tiempos futuros. 

Notas

48. Aquí Jesús no dice nada sobre la paz entre Dios y los hombres ni sclbre la paz de los hombres entre sí. De ello habla extensamente la Escritura en otros pasajes, sobre todo en san Pablo, que designa a Jesús como «nuestra reconciliación», «nuestra paz»: cf. Rom 5,11; 2Cor 5,18s; Ef 2,11-22. 

Giorgio Zevini, Lectio Divina (Mateo): Martirio

Verbo Divino (2008), pp. 160-165.

La Palabra se ilumina

El discurso apostólico continúa tomando en consideración la eventualidad de la persecución, connatural a la misma misión. Ante Jesús se impone, en efecto, una opción clara (vv. 32s) y su seguimiento exige un desprendimiento radical de los afectos más queridos (vv. 37-39). En consecuencia, es preciso que los discípulos, con la ayuda del Espíritu del Padre, estén preparados para hacer frente al odio, a las humillaciones y a la violencia, sabiendo transformar las circunstancias más desfavorables en ocasiones para un testimonio eficaz (vv. 17-22). Precisamente cuando los vínculos naturales más fuertes revelan toda su precariedad (v. 21), el enviado experimenta que pertenece a una familia sobrenatural en la que el Padre no deja de socorrer, velar y proteger a los hermanos de su Hijo (vv. 25.29-31). Esta certeza debe sostener la perseverancia y la franqueza de los discípulos enviados a anunciar a todos lo que han escuchado de viva voz del Maestro de manera reservada. El único temor de los enviados debe ser renegar de Cristo; en efecto, el que permanece unido a él estrecha un vínculo vital con él, porque no tiene motivo para temer la condena de los hombres ni la muerte del cuerpo: el verdadero juicio que amenaza a todos es el de Dios (v. 28). En consecuencia, es preciso llevar a cabo una opción decidida y clarividente que, superando los limitados horizontes del tiempo presente, sea capaz de dirigirse al Eterno, presente en el tiempo, es decir, a Cristo. Es él quien da la justa medida y su justo peso a los vínculos afectivos; por él es preciso que estemos dispuestos a sacrificarlo todo, incluso a nosotros mismos, seguros de que él sabrá dar la vida en plenitud a quien esté dispuesto a perderla cada día por el camino de su seguimiento. Con todo, el anuncio del Evangelio no está destinado, inevitablemente, al fracaso: la conclusión del discurso apostólico presenta el caso en que se acoge al misionero. También aquí nos invita Cristo a ser capaces de mirar más allá de las apariencias: según un antiguo adagio, «el enviado de un hombre es como él mismo»; por eso, ni el más pequeño gesto de caridad dirigido a un discípulo quedará sin recompensa ante Dios. 

La Palabra me ilumina

Esta página del evangelio nos recuerda que la verdadera perspectiva de la vida cristiana es la martyría, es decir, el testimonio. Los mártires son testigos luminosos de Cristo hasta el sacrificio de la vida por su causa; ahora bien, todo discípulo de Jesús está llamado a dar ese testimonio, a ese sacrificio incruento de sí mismo que se consuma en lo secreto de una conciencia dispuesta a toda renuncia por fidelidad al Señor y a su Palabra. Tal vez nos parezca que no tenemos madera de héroes y pensemos que a nosotros no se nos pedirá tanto. Olvidamos así que la inmensa multitud de los mártires de todos los tiempos cuenta con niños, ancianos, muchachos, gente común y «sin madera», precisamente como nosotros. Sin embargo, en la hora de la prueba, estos hermanos nuestros fueron capaces de proclamar con los hechos que el amor del Señor es la realidad mas preciosa, por la que vale la pena sacrificar hasta la vida. Es posible que se nos dispense de este tipo de pruebas, pero de todos modos debemos asumir la lucha contra una mentalidad antievangélica que intenta dominar con insidias también a los creyentes. A diario se nos presentan infinitas ocasiones para dar testimonio de Cristo y del Evangelio: unas veces basta con declinar una invitación o poner de manifiesto el contenido poco edificante de una propuesta para hacernos impopulares entre los amigos. Cuando, mas tarde, motivamos con sencillez nuestra propia decisión, corremos el riesgo de convertirnos en el hazmerreír de la compañía. «Si alguno se declara a mi favor delante de los hombres…»: esta opción tiene siempre un precio y ha de ser renovada a diario, a toda costa, pues quien haya realizado su propia vida siguiendo los criterios del éxito, del placer y del poder, la perderá, mientras que quien haya perdido su propia vida por Jesus, la encontrará.

La Palabra en el corazón de los padres

Cristo parece decirnos: .Yo he dado el comienzo, he marcado los primeros pasos, pero quiero que la obra comenzada sea perfeccionada por medio de vosotrosD. Son palabras de quien quiere inspirar valor y confianza, de quien quiere asegurar a los suyos de que triunfaran sobre todas las dificultades y disipar la angustia que les inspira la prevision de las calumnias de los que han de ser objeto… 

Observad como Jesús eleva a sus discípulos no solo por encima de los afanes, de las inquietudes, de los peligros, de las insidias, sino enseñándoles también a despreciar la muerte, que parece la desgracia mas terrible de todas. Jesus se comporta siempre así, es decir, habla no con argumentaciones de tal tipo que lleven a los hombres a aceptar lo contrario de lo que pensaban antes. ¿Teméis a la muerte y este temor os impide predicar? Pues bien, precisamente porque teméis a la muerte debéis predicar, puesto que solo eso podrá salvaros de la muerte verdadera. Aunque vuestros enemigos os mataran, por muchos esfuerzos que hagan, no podrán tocar la parte mas noble de vosotros. Dado que Dios lo sabe todo -dice Cristo- y puede y quiere salvaros, no penséis nunca que el os abandonará. «No temáis, vosotros valéis más que todos los pájaros» (Mt 10,31). A pesar de todas estas exhortaciones, nosotros hacemos ahora lo contrario de lo que Cristo nos manda. 

Después de haber puesto en fuga el terror y la angustia, Cristo comienza de nuevo a animarles. Disipa un temor con otro temor, pero añade también la esperanza de grandes recompensas. Cuanto mas largos y duros sean los sufrimientos del justo al confesar a Cristo, tanto mas crecerá su alegría eterna. Vosotros me habéis confesado con valor aquí en la tierra -dice Cristo- y yo os prometo una recompensa infinitamente por encima de vuestros méritos, porque os confesaré en el cielo. ¿Por qué os afanáis entonces, por qué queréis buscar aquí vuestro premio, vosotros que estáis salvados en la esperanza? Si hacéis el bien en la tierra y no recibís aquí recompensa alguna, no os turbéis, incluso alegraros, porque eso significa que os está reservada para el tiempo futuro, es decir, para la eternidad, una recompensa más grande que vuestros méritos (Juan Crisóstomo, Homilía 34, 3s). 

Caminar con la Palabra

El martirio, que es volver a proponer el «lenguaje de la cruz» (1 Cor 1,18), está inscrito desde siempre en la vida del cristiano, desde el bautismo, que es inmersión en la muerte del Señor. 

Por eso debemos preguntarnos: ¿por qué puede ser perseguido el cristiano? ¿Por qué el camino del discípulo es el camino de la cruz en el que puede ser enrolado como Simón el Cirineo para llevar la cruz del Señor? Porque allí donde aparece el justo, pobre y desarmado, se vuelve molesto para los impíos, que le ven como portador de un juicio contra sus sentimientos y sus acciones (cf. Sab 2,10-20). Donde aflora el radicalismo cristiano, allí donde la memoria de Cristo se vuelve auténtica y eficaz, allí debe saber el cristiano que se hace posible beber el cáliz. 

Hoy se trata de tomar conciencia de que la Iglesia es una «minoría», es el pequeño rebaño (cf. Lc 12,32), y por eso debe renovar comunitariamente su seguimiento del Siervo-Señor Jesucristo contando con la hostilidad hasta el martirio, sin ceder, no obstante, al espíritu de cruzada, de enemistad, de separación del mundo. No hay que buscar el choque de la fe, pero acontece. 

Si la confesión de fe no conduce a un morir concreto y cotidiano por el Señor, perdiendo la propia vida, entonces el mismo vivir por él está invalidado desde la raíz. En vistas a ello es necesario que la comunidad cristiana viva el primado de la fe en un conocimiento-amor del Señor por encima de todo conocimiento y de todo amor. Se trata de silabear el aquí y el ahora en la lógica del Siervo que da la vida por los otros, que se hace esclavo hasta lavar los pies a los hermanos, que envuelve al pecador con la misericordia de Dios, que obra la paz con mansedumbre, que ora y desea que todos los hombres lleguen a la verdad y se salven. ¡Se trata de la santidad! 

Los santos son la auténtica y concreta sequentia sancti evangelii en la historia, entre los hombres. Tenemos necesidad de santos y de comunidades santas, de Iglesias santas. Sólo de este modo podremos invitar al mundo a creer en Jesucristo y en aquel que le envió. Seguimiento como santidad vivida, porque el Evangelio no es un libro, no es sólo un anuncio, sino que es y debe ser la vida del cristiano (E. Bianchi, Cristiani nella societá, Rizzoli, Milán 2003, 69-76, passim). 

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