Mt 11, 2-11: La pregunta de Juan Bautista

Texto Bíblico

2 Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle: 3 «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». 4 Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: 5 los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. 6 ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!».
7 Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? 8 ¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, 9 ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. 10 Este es de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”. 11 En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Ambrosio de Milán

Sobre el evangelio de Lucas: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» (Mt 11,3)
Lib. 5, 93-95. 99-102. 109: CCL 14, 165-166. 167-168. 171-177

CCL

Juan envió a dos de sus discípulos a preguntar a Jesús: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». No es sencilla la comprensión de estas sencillas palabras, o de lo contrario este texto estaría en contradicción con lo dicho anteriormente. ¿Cómo, en efecto, puede Juan afirmar aquí que desconoce a quien anteriormente había reconocido por revelación de Dios Padre? ¿Cómo es que entonces conoció al que previamente desconocía mientras que ahora parece desconocer al que ya antes conocía? Yo —dice— no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu Santo...». Y Juan dio fe al oráculo, reconoció al revelado, adoró al bautizado y profetizó al enviado. Y concluye: Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el elegido de Dios. ¿Cómo, pues, aceptar siquiera la posibilidad de que un profeta tan grande haya podido equivocarse, hasta el punto de no considerar aún como Hijo de Dios a aquel de quien había afirmado: Éste es el que quita el pecado del mundo?

Así pues, ya que la interpretación literal es contradictoria, busquemos el sentido espiritual. Juan –lo hemos dicho ya– era tipo de la ley, precursora de Cristo. Y es correcto afirmar que la ley –aherrojada materialmente como estaba en los corazones de los sin fe, como en cárceles privadas de la luz eterna, y constreñida por entrañas fecundas en sufrimientos e insensatez– era incapaz de llevar a pleno cumplimiento el testimonio de la divina economía sin la garantía del evangelio. Por eso, envía Juan a Cristo dos de sus discípulos, para conseguir un suplemento de sabiduría, dado que Cristo es la plenitud de la ley.

Además, sabiendo el Señor que nadie puede tener una fe plena sin el evangelio —ya que si la fe comienza en el antiguo Testamento no se consuma sino en el nuevo—, a la pregunta sobre su propia identidad, responde no con palabras, sino con hechos. Id —dice— a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia. Y sin embargo, estos ejemplos aducidos por el Señor no son aún los definitivos: la plenificación de la fe es la cruz del Señor, su muerte, su sepultura. Por eso, completa sus anteriores afirmaciones añadiendo: ¡Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí! Es verdad que la cruz se presta a ser motivo de escándalo incluso para los elegidos, pero no lo es menos que no existe mayor testimonio de una persona divina, nada hay más sobrehumano que la íntegra oblación de uno solo por la salvación del mundo; este solo hecho lo acredita plenamente como Señor. Por lo demás, así es cómo Juan lo designa: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. En realidad, esta respuesta no va únicamente dirigida a aquellos dos hombres, discípulos de Juan: va dirigida a todos nosotros, para que creamos en Cristo en base a los hechos.

Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Pero, ¿cómo es que querían ver a Juan en el desierto, si estaba encerrado en la cárcel? El Señor propone a nuestra imitación a aquel que le había preparado el camino no sólo precediéndolo en el nacimiento según la carne y anunciándolo con la fe, sino también anticipándosele con su gloriosa pasión. Más que profeta, sí, ya que es él quien cierra la serie de los profetas; más que profeta, ya que muchos desearon ver a quien éste profetizó, a quien éste contempló, a quien éste bautizó.

Agustín de Hipona

Sermón: Mis palabras son mis obras

«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo» (Mt 11,4)
Sermón 66, 2-5


¿Qué dijo Cristo de Juan? Acabamos de oírlo: Comenzó a decir a las turbas acerca de Juan: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña movida por el viento? No por cierto; Juan no giraba según cualquier viento de doctrina. Pero ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido de holandas? No; Juan lleva un vestido áspero; tenia un vestido de pelos de camello, no de plumas. Pero ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Eso es, y más que un profeta (Mt 11,7-9). ¿Por qué más que un profeta? Porque los profetas anunciaron al Señor, a quien deseaban ver y no vieron, y a éste se le concedió lo que ellos codiciaron. Juan vio al Señor. Tendió el índice hacia él y dijo: He ahí el Cordero de Dios, he aquí quien quita los pecados del mundo (Jn 1,29). Helo ahí. Ya había venido y no lo reconocían; por eso se engañaban con el mismo Juan. Y ahí está aquel a quien deseaban ver los patriarcas, a quien anunciaron los profetas, a quien anticipó la ley. He ahí el cordero de Dios, he ahí quien quita los pecados del mundo.

Él dio un excelente testimonio del Señor y el Señor de él al decir: Entre los nacidos de mujer no surgió nadie mayor que Juan Bautista, pero el menor en el reino de los cielos es mayor que él (Mt 11,11). Menor por el tiempo, mayor por la majestad. Al decir eso se refería a si mismo. Muy grande ha de ser Juan entre los hombres, cuando sólo Cristo es mayor que él entre ellos. También puede distinguirse y resolverse el problema de este modo: Entre los nacidos de mujer no surgió nadie mayor que Juan Bautista, pero el que es menor, en el reino de los cielos es mayor que él. Es una solución diferente de la que antes dije. El que es menor, en el reino de los cielos es mayor que él: Llama reino de los cielos al lugar en que están los ángeles; el que es menor entre los ángeles es mayor que Juan. Recomendó ese reino que hemos de desear; presentó la ciudad cuyos ciudadanos debemos desear ser. ¿Qué ciudadanos hay allí? ¡Qué grandes ciudadanos! El menor de ellos es mayor que Juan. ¿Qué Juan? Aquel mayor que el cual no surgió nadie entre los nacidos de mujer.

Hemos oído el testimonio de Cristo sobre Juan y el de Juan sobre Cristo. ¿Qué significa entonces el que Juan encarcelado y ya próximo a la muerte enviase sus discípulos a Jesús con esta orden?: Id y preguntadle: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? (Mt 11,3). ¿A eso se reduce toda la alabanza? ¿Qué dices, Juan? ¿A quién hablas? ¿Qué hablas? Hablas al juez y hablas como pregonero. Tú extendiste el dedo, tú lo mostraste, tú dijiste: He ahí el Cordero de Dios; he ahí quien quita los pecados del mundo (Jn 1,29). Tú dijiste: Todos nosotros recibimos de su plenitud (Jn 1,16). Tú dijiste: No soy digno de desatar la correa de su calzado (Jn 1,27). ¿Y ahora preguntas: Eres tú el que vienes o esperamos a otro? (Mt 11,3). ¿No es el mismo? ¿Y tú quién eres? ¿No eres tú su precursor? ¿No eres tú aquel de quien se profetizó: He ahí que envío mi ángel ante tu faz, y preparará tu camino? (ib., 10). ¿Cómo preparas el camino si te desvías? Llegaron, pues, los discípulos de Juan y el Señor les respondió: Id y decid a Juan: los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan, los leprosos curan, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados (ib., 5-6) ¿Y preguntas si soy yo? Mis palabras, dice, son mis obras. Id y contestad. Y tras haberse marchado ellos. Para que nadie diga quizá: Juan era antes bueno, pero el Espíritu de Dios lo abandonó, dijo lo antes mencionado una vez que se habían ido los discípulos enviados por Juan. Ya ausentes ellos, Cristo alabó a Juan.

¿Qué significa, entonces, este oscuro problema? Que nos alumbre el sol en que se encendió aquella vela. De ese modo la solución resultará evidente. Juan tenía sus propios discípulos; no estaba separado, sino que era un testigo dispuesto a dar su testimonio. Convenía que diese testimonio de Cristo, que reunía también sus propios discípulos; podía sentir celos, si no podía verlo. Y como los discípulos de Juan estimaban tanto a su maestro, oían de él el testimonio sobre Cristo y se maravillaban; a punto de morir quiso que él los confirmara. Sin duda decían ellos dentro de sí: Juan dice de él cosas tan grandes que él no las dice de sí mismo. Id y decidle, no porque yo dude, sino para que vosotros os instruyáis. Id y decidle, lo que yo suelo decir, oídselo a él; habéis oído al heraldo, oíd ahora al juez la confirmación. Id y decidle: ¿Eres tú el que vienes o esperamos a otro? (ib., 3). Fueron y se lo preguntaron; por ellos, no por Juan. Y por ellos contestó Cristo: Los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan, los leprosos curan, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados (ib., 5). Ya me veis, reconocedme. Veis los hechos, reconoced al hacedor. Y bienaventurado quien no se escandalizare de mí (ib., 6). Y me refiero a vosotros, no a Juan. Por eso, para que viéramos lo que se refería a Juan, dijo: Tras haberse marchado ellos, comenzó a decir a las turbas acerca de Juan (ib., 7). Y el veraz, la verdad, cantó sus alabanzas verdaderas.

Pienso que ha quedado suficientemente resuelta la dificultad. Basta, pues, haber prolongado el discurso hasta la solución. Parad mientes en los pobres; hacedlo los que aún no lo hicisteis. Creedme, no perderéis; o, mejor, sólo perdéis lo que lleváis al vagón. Hay que entregar ya a los pobres lo que habéis reunido los que lo reunisteis. Y esta vez tenemos mucho menos de la suma habitual. Sacudid la pereza. Yo soy ahora mendigo de los mendigos, para que vosotros seáis contados en el número de los hijos.

Francisco de Sales

Sermón: No dudó el que mandó preguntar

«¿Eres tú el que ha de venir?» (Mt 11,3)
Sermón IX, 402


«Habiendo oído Juan en la cárcel las obras de Cristo, envió a sus discípulos a preguntarle: ¿Eres Tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?» Mt 11, 2-3

Cuando preguntamos, no siempre ignoramos eso que hemos preguntado. Lo hacemos por otra diversas razones. El glorioso San Juan envió a sus discípulos al Señor para saber si éste era el Mesías o no, pero él nunca lo dudó, sino que mandó preguntarlo por tres razones.

La primera para que todos conocieran al Señor. Juan había predicado tanto sobre su venida, sus maravillas y sus grandezas, que les envió hacia Aquel que él les había anunciado.

Esa es verdaderamente la meta principal de todos los predicadores: hacer conocer a Dios. Los maestros, los que tienen el gobierno o cura de almas no deben buscar ni procurar sino a Aquel a quien ellos predican y en nombre del cual enseñan. Y tal era el deseo de ese glorioso santo. La señal para encontrar a Dios y conocerle es Dios mismo...

La segunda razón por la que los envió fue porque él no quería atraerlos hacia sí, sino hacia su Maestro, a cuya escuela él los enviaba para ser instruidos de sus propios labios... Como si dijera: «no me basta con aseguraros que es el que esperamos, sino que os envío para que Él mismo os instruya.» Y ciertamente, los que tienen cura de almas jamás harán nada de importancia si no envían a sus discípulos a la escuela de nuestro Señor, si no los sumergen en ese mar de ciencia, si no les insisten y dirigen hacia el Salvador para ser instruidos por Él.

La tercera razón fue para que no se apegasen a su persona, temiendo que cayeran en el gran error de valorarle más a él que al Salvador.

Sermón (06-12-1620): Cuando llega el Mesías

«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo» (Mt 11,4)
Sermón IX, 406


«Id y referid a Juan lo que habéis visto y oído» Mt 11, 4 y 5

Ahí tenéis la respuesta que dio el Señor a los discípulos de Juan... Algunos doctores filosofando sobre esta respuesta, se maravillaban. Dicen que el Señor no obró muchos prodigios ante los discípulos de San Juan, que solamente lo supieron porque se los contaron los Apóstoles.

Cierto es que los Apóstoles tenían mucho empeño en contar a esos dos discípulos las obras maravillosas de su Maestro; pero nuestro Señor no dejó de hacer muchos milagros en su presencia y por eso les dijo: «decid a Juan lo que habéis visto y oído....» ¡Oh admirable humildad de nuestro querido Salvador, que viene a confundir nuestro orgullo y a destruir nuestra soberbia! Al preguntársele: «Quién eres tú?», Él no responde sino: «decid lo que habéis visto y oído», para enseñarnos que son las obras y no las palabras las que dan testimonio de lo que somos; ¡y estamos llenos de orgullo!

Si le preguntamos a un hidalgo «¿quién eres?», nos hablará de su estirpe, nos hará ver sus cartas de nobleza y ¡qué sé yo cuántas cosas! Y no hacen falta tantas cosas para probar que se es un caballero. Si a nosotros se nos hiciese tal pregunta, lo bueno sería poder responder: «decid que habéis visto a un hombre bondadoso, cordial, humano, caritativo...» Si habéis visto y oído todo eso, podéis asegurar que habéis visto a un caballero.

Son las obras, buenas o malas, las que hacen de nosotros lo que somos, y por ellas debemos ser reconocidos. Cuando se os pregunte: «¿Quién eres?», no os conforméis con contestar como los niños en el catecismo: «soy cristiana», sino vivid de tal manera que se pueda decir de vosotras: «He visto a una religiosa que ama a Dios con todo su corazón, que guarda sus mandamientos y todas las demás cosas dignas de una verdadera religiosa.» No estoy diciendo que cuando se nos pregunte quiénes somos, no haya que decir que somos cristianos, ¡oh, no!; es el más hermoso título que se nos puede dar, y siempre he tenido mucha devoción a la santa Blandina, martirizada en Lyon. Lo que quiero decir es que no basta con decirse cristiano si no se hacen las obras de un cristiano.

«Decid a Juan: ‘los ciegos ven...’» Mt 9, 4-5

¡Oh, Dios mío! ¡Qué ceguera tan grande la nuestra! Estando tan llenos de abyección y de miseria, queremos sin embargo ser tenidos en algo; y ¿quién nos ciega de esa manera sino nuestro amor propio, el cual, además de ser ciego de por sí, ciega también a aquel en el que habita? Los que han pintado a Cupido lo han hecho vendándole los ojos, para decir que el amor es ciego. Y muy bien se puede decir eso del amor propio, que no tiene ojos para ver la nada de la cual ha salido y de la que está amasado.

Es ciertamente una gracia grande cuando Dios nos da luz para conocer nuestra miseria, y es signo de conversión interior. El que se conoce bien a sí mismo no tomará a mal si se le tiene o se le trata por lo que él es, puesto que ha recibido esa luz que le ha librado de su ceguera.

Los cojos andan derechos... Los impedidos de que habla el Señor podían cojear de uno de los dos lados, no tiene importancia; pero la mayoría de los que viven en el mundo son cojos de ambos lados. Todos tenemos dos partes, que son como dos piernas con las cuales andamos, y son: la irascible y la concupiscible. Y cuando esas dos partes no están bien reglamentadas ni mortificadas, dejan al hombre cojeando. La parte concupiscible codicia bienes, honores, dignidades y preeminencias, y hace al hombre ávido de esas cosas. Y el hombre cojea de ese lado.

Hay otros que no son avariciosos pero tienen la parte irascible tan fuerte que cuando no está sometida a la razón, esa persona se conturba y se resiente vivamente por las menores cosas que se le hagan; se alza y rebusca modos de vengarse por una palabrita o una pequeña ofensa que se la haya podido hacer.

Hay muchos que tienen ambas partes estropeadas y cojean de ambos lados; los anteriores no cojeaban sino de uno. Nuestro Señor vino para enderezar a los torcidos, vino para hacerles caminar con rectitud ante su rostro y dijo a los enviados: «Decid a Juan que los cojos andan derechos.»

«Decid a Juan: los leprosos son curados... los sordos oyen...» Mt 9, 5

Hay muchísimos leprosos en el mundo. Ese mal consiste en una cierta languidez en el servicio de Dios.

No se tiene fiebre, ni es enfermedad peligrosa, pero el cuerpo está de tal manera manchado por la lepra, que se siente débil y abatido: quiero decir que no se tiene grandes faltas, pero se cometen tantas pequeñas, tantas omisiones, que el corazón anda lánguido y endeble. Y la mayor desgracia es que en este estado, si alguien nos tocase, nos ofenderíamos hasta lo más hondo de nuestro corazón.

En verdad, los que están manchados de esta lepra se parecen a las lagartijas que, aunque débiles, por poco que se las toque se vuelven para morder. Lo mismo hacen esos leprosos espirituales: están cubiertos de infinitas manchas, de pequeñas imperfecciones, pero son tan altivos que no quieren que se les note y menos, que se les toque; a nada que se les reprenda se vuelven para morder.

«Los sordos oyen...» ¡Hay una sordera espiritual que es muy peligrosa! Y es, yo no sé qué vana complacencia en sí mismo, en sus acciones, que le parece a uno que ya no tiene necesidad de nada.

Ya no se preocupan por escuchar la Palabra de Dios, leer libros devotos ni ser reprendidos ni corregidos. Se entretienen con simplezas y se ponen en grave peligro porque, así como es una buena señal cuando una persona escucha con gusto la palabra divina, así también es un mal signo cuando esa Palabra hastía y uno se cree que ya no tiene necesidad de escucharla.

Por la Palabra sagrada es por donde nos vienen las buenas inspiraciones, y también por medio de la lectura se nos vivifica el corazón, tomando cada vez nueva fuerza y vigor.

«¿Qué habéis ido a ver al desierto...?» Mt 9, 7

Cuando los discípulos de Juan se marcharon, Jesús dijo a los judíos: «¿Qué habéis ido a ver al desierto?» Pensad en ese hombre que habéis visto, o mejor, a ese ángel revestido de cuerpo humano. No habéis visto una caña sino una roca firme, un hombre de una igualdad admirable en las más diversas circunstancias: virtud, la más agradable y deseable en la vida espiritual. No habéis visto una caña, ya que Juan es el mismo en la adversidad que en la prosperidad; el mismo en la prisión en medio de las persecuciones, que en el desierto en medio de los aplausos. Tan alegre en el invierno de la adversidad como en la primavera de la prosperidad; hace lo mismo en la prisión y en el desierto.

Nosotros, por el contrario, somos variables, vamos según el tiempo y la estación. Hay personas muy excéntricas que cuando el tiempo es bueno, nadie más alegre que ellas; y cuando es lluvioso, nadie más triste. Alguno es fervoroso, pronto y alegre en la prosperidad, pero si llega la adversidad está flojo, abatido y desanimado; y hay que mover cielo y tierra para conseguir sosegarlo, si se puede, que a veces no se logra. Otros desean la prosperidad ¡porque les parece que entonces van a hacer maravillas! También hay quien prefiere la adversidad, y dicen éstos que la tribulación les hace volverse a Dios. En fin, que somos variables y no sabemos lo que queremos.

Hay otros que en la alegría no se les puede moderar y cuando están tristes no hay quien los consuele. Si se hace todo lo que ellos quieren, si se les escucha todo lo que dicen, si no se les contraría, ¡Dios mío, qué buenos son!, pero... si se les toca, aunque sea un poco, ¡todo se ha perdido! Hemos de luchar mucho para poder aceptar una palabra que no sea de nuestro agrado, y esa lucha nos desasosiega el corazón: ¡Cuántos parches habrá que aplicarle luego!

¡Dios mío, cuánta miseria y cuánta excentricidad la nuestra!. Ciertamente que no tenemos ecuanimidad y sin embargo es una de las cosas más necesarias en la vida espiritual. Somos como cañas, que nos dejamos llevar por nuestros humores.

Francisco

Audiencia General (07-09-2016): Signos que invitan a la conversión

«Los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados» (Mt 11,5)


Hemos escuchado un pasaje del Evangelio de Mateo (11, 2-6). El intento del evangelista es hacernos entrar más profundamente en el misterio de Jesús, para recibir su bondad y su misericordia. El episodio es el siguiente: Juan Bautista envía a sus discípulos a Jesús —Juan estaba en la cárcel— para hacerle una pregunta muy clara: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» (v. 3). Era justo en el momento de la oscuridad. El Bautista esperaba con ansia al Mesías que en su predicación había descrito muy intensamente, como un juez que habría instaurado finalmente el reino de Dios y purificado a su pueblo, premiando a los buenos y castigando a los malos. Él predicaba así: «ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego» (Mt 3, 10). Ahora que Jesús ha iniciado su misión pública con un estilo distinto; Juan sufre porque se encuentra sumergido en una doble oscuridad: en la oscuridad de la cárcel y de una celda, y en la oscuridad del corazón. No entiende este estilo de Jesús y quiere saber si verdaderamente es Él el Mesías, o si se debe esperar a otro.

Y la respuesta de Jesús parece, a simple vista, no corresponder a la pregunta del Bautista. Jesús, de hecho, dice: «id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡Y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!». (vv. 4-6). Aquí se vuelve clara la intención del Señor Jesús: Él responde ser el instrumento concreto de la misericordia del Padre, que sale al encuentro de todos llevando la consolación y la salvación, y de esta manera manifiesta el juicio de Dios. Los ciegos, los cojos, los leprosos, los sordos recuperan su dignidad y ya no son excluidos por su enfermedad, los muertos vuelven a vivir, mientras que a los pobres se les anuncia la Buena Nueva. Y esta se convierte en la síntesis del actuar de Jesús, que de este modo hace visible y tangible el actuar mismo de Dios.

El mensaje que la Iglesia recibe de esta narración de la vida de Cristo es muy claro. Dios no ha mandado a su Hijo al mundo para castigar a los pecadores ni para acabar con los malvados. Sino que es a ellos a quienes se dirige la invitación a la conversión para que, viendo los signos de la bondad divina, puedan volver a encontrar el camino de regreso. Como dice el Salmo: «Si en cuenta tomas las culpas, oh Yahveh, ¿quién, Señor, resistirá? Mas el perdón se halla junto a ti, para que seas temido» (Salmo 130, 3-4).

La justicia que el Bautista ponía al centro de su predicación, en Jesús se manifiesta en primer lugar como misericordia. Y las dudas del Precursor sólo anticipan el desconcierto que Jesús suscitará después con sus obras y con sus palabras. Se comprende, entonces, el final de la respuesta de Jesús. Dice: «¡Y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» (v. 6). Escándalo significa «obstáculo». Por eso Jesús advierte sobre un peligro en particular: si el obstáculo para creer son sobre todo sus obras de misericordia, eso significa que se tiene una falsa imagen del Mesías. Dichosos en cambio aquellos que, ante los gestos y las palabras de Jesús, rinden gloria al Padre que está en los cielos.

La advertencia de Jesús es siempre actual: hoy también el hombre construye imágenes de Dios que le impiden disfrutar de su presencia real. Algunos se crean una fe «a medida» que reduce a Dios en el espacio, limitado por los propios deseos y las propias convicciones. Pero esta fe no es conversión al Señor que se revela, es más, impide estimular nuestra vida y nuestra conciencia. Otros reducen a Dios a un falso ídolo; usan su santo nombre para justificar sus propios intereses o incluso el odio y la violencia. Aun más, para otros, Dios es solamente un refugio psicológico en el cual ser tranquilizados en los momentos difíciles: se trata de una fe plegada en sí misma, impermeable a la fuerza del amor misericordioso de Jesús que impulsa hacia los hermanos. Otros consideran a Cristo sólo un buen maestro de enseñanzas éticas, uno de los muchos que hay en la historia. Y por último, hay quien ahoga la fe en una relación puramente intimista con Jesús, anulando su impulso misionero capaz de transformar el mundo y la historia. Nosotros cristianos creemos en el Dios de Jesucristo, y nuestro deseo es el de crecer en la experiencia viva de su misterio de amor.

Esforcémonos entonces en no anteponer obstáculo alguno al actuar misericordioso del Padre, y pidamos el don de una fe grande para convertirnos también nosotros en señales e instrumentos de misericordia.

Juan Pablo II

Dives in Misericordia: Vino a revelar al amor de Dios

«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo» (Mt 11,4)
n. 3


Cuando Cristo comenzó a obrar y enseñar

Ante sus conciudadanos en Nazaret, Cristo hace alusión a las palabras del profeta Isaías: « El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor ». Estas frases, según san Lucas, son su primera declaración mesiánica, a la que siguen los hechos y palabras conocidos a través del Evangelio. Mediante tales hechos y palabras, Cristo hace presente al Padre entre los hombres. Es altamente significativo que estos hombres sean en primer lugar los pobres, carentes de medios de subsistencia, los privados de libertad, los ciegos que no ven la belleza de la creación, los que viven en aflicción de corazón o sufren a causa de la injusticia social, y finalmente los pecadores. Con relación a éstos especialmente, Cristo se convierte sobre todo en signo legible de Dios que es amor; se hace signo del Padre. En tal signo visible, al igual que los hombres de aquel entonces, también los hombres de nuestros tiempos pueden ver al Padre.

Es significativo que, cuando los mensajeros enviados por Juan Bautista llegaron donde estaba Jesús para preguntarle: « ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? », El, recordando el mismo testimonio con que había inaugurado sus enseñanzas en Nazaret, haya respondido: « Id y comunicad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados », para concluir diciendo: « y bienaventurado quien no se escandaliza de mí ».

Jesús, sobre todo con su estilo de vida y con sus acciones, ha demostrado cómo en el mundo en que vivimos está presente el amor, el amor operante, el amor que se dirige al hombre y abraza todo lo que forma su humanidad. Este amor se hace notar particularmente en el contacto con el sufrimiento, la injusticia, la pobreza; en contacto con toda la « condición humana » histórica, que de distintos modos manifiesta la limitación y la fragilidad del hombre, bien sea física, bien sea moral. Cabalmente el modo y el ámbito en que se manifiesta el amor es llamado « misericordia » en el lenguaje bíblico.

Cristo pues revela a Dios que es Padre, que es « amor », como dirá san Juan en su primera Carta; revela a Dios « rico de misericordia », como leemos en san Pablo. Esta verdad, más que tema de enseñanza, constituye una realidad que Cristo nos ha hecho presente. Hacer presente al Padre en cuanto amor y misericordia es en la conciencia de Cristo mismo la prueba fundamental de su misión de Mesías; lo corroboran las palabras pronunciadas por El primeramente en la sinagoga de Nazaret y más tarde ante sus discípulos y antes los enviados por Juan Bautista.

En base a tal modo de manifestar la presencia de Dios que es padre, amor y misericordia, Jesús hace de la misma misericordia uno de los temas principales de su predicación. Como de costumbre, también aquí enseña preferentemente « en parábolas », debido a que éstas expresan mejor la esencia misma de las cosas. Baste recordar la parábola del hijo pródigo o la del buen Samaritano y también —como contraste— la parábola del siervo inicuo. Son muchos los pasos de las enseñanzas de Cristo que ponen de manifiesto el amor-misericordia bajo un aspecto siempre nuevo. Basta tener ante los ojos al Buen Pastor en busca de la oveja extraviada o la mujer que barre la casa buscando la dracma perdida. El evangelista que trata con detalle estos temas en las enseñanzas de Cristo es san Lucas, cuyo evangelio ha merecido ser llamado « el evangelio de la misericordia ».

Cuando se habla de la predicación, se plantea un problema de capital importancia por lo que se refiere al significado de los términos y al contenido del concepto, sobre todo del concepto de «misericordia » (en su relación con el concepto de «amor »). Comprender esos contenidos es la clave para entender la realidad misma de la misericordia. Y es esto lo que realmente nos importa. No obstante, antes de dedicar ulteriormente una parte de nuestras consideraciones a este tema, es decir, antes de establecer el significado de los vocablos y el contenido propio del concepto de « misericordia », es necesario constatar que Cristo, al revelar el amor-misericordia de Dios, exigía al mismo tiempo a los hombres que a su vez se dejasen guiar en su vida por el amor y la misericordia. Esta exigencia forma parte del núcleo mismo del mensaje mesiánico y constituye la esencia del ethos evangélico. El Maestro lo expresa bien sea a través del mandamiento definido por él como « el más grande », bien en forma de bendición, cuando en el discurso de la montaña proclama: « Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia ».

De este modo, el mensaje mesiánico acerca de la misericordia conserva una particular dimensión divino-humana. Cristo —en cuanto cumplimiento de las profecías mesiánicas—, al convertirse en la encarnación del amor que se manifiesta con peculiar fuerza respecto a los que sufren, a los infelices y a los pecadores, hace presente y revela de este modo más plenamente al Padre, que es Dios « rico en misericordia ». Asimismo, al convertirse para los hombres en modelo del amor misericordioso hacia los demás, Cristo proclama con las obras, más que con las palabras, la apelación a la misericordia que es una de las componentes esenciales del ethos evangélico. En este caso no se trata sólo de cumplir un mandamiento o una exigencia de naturaleza ética, sino también de satisfacer una condición de capital importancia, a fin de que Dios pueda revelarse en su misericordia hacia el hombre: ...los misericordiosos... alcanzarán misericordia.

Isidro Gomá y Tomás

El Evangelio Explicado: Misión de Juan

, Vol. 1, Acervo, Barcelona, 1966
pp. 555-561


Explicación. —

Cuéntase con razón este episodio, que narran Mt. y Lc. con iguales minuciosos detalles, aunque no lo emplacen en las mismas circunstancias, entre los principales de la vida del Señor: en él convergen los esfuerzos de Jesús y de Juan para reducir a aquel pueblo protervo a la fe en la mesianidad del primero. Para ello envía Juan sus mensajeros, 26; Jesús hace cumplidísimo elogio de Juan, cuyo testimonio no había querido recibir.

Misión del Bautista. — Juan había sido recluido en prisión por Herodes Antipas, por motivos políticos, y principalmente por la libertad y dureza con que el Precursor condenaba la criminal conducta del reyezuelo. Hallábase Juan en la formidable fortaleza de Maqueronte, situada al sur de la Perea, destinada a defenderla de las incursiones de los árabes, y por este motivo convertida en castillo inexpugnable, por la naturaleza y el arte militar. Podían los prisioneros hablar fácilmente con sus amigos: Y contaron a Juan sus discípulos todas estas cosas realizadas por Jesús, y el éxito clamoroso de su predicación: Y al oír Juan, estando en la cárcel, las obras de Cristo...

Fácil es colegir los sentimientos del Bautista en la prisión: su exultación, al conocer los crecimientos de Cristo que él había predicho, y su temor, ante la hostilidad de los elementos directores del pueblo contra Jesús. Por ello llamó (Juan) y envió a dos de sus discípulos a Jesús, y le dijo: ¿Eres tú el que ha de venir, el Mesías salvador de Israel, o esperamos a otro? Juan no duda de que Jesús es el Mesías: fue clarísima la revelación de Dios en el Jordán (Ioh. 1, 33.34). La misión obedece a una necesidad espiritual de sus discípulos, que no tienen aún firme la fe en la mesianidad de Jesús, contra el que conservan aún sus prejuicios (Mt. 9, 14; Ioh. 3, 26). La reclama asimismo el oficio de Precursor que el Bautista, que prevé su próxima muerte, quiere ejercer desde la misma cárcel, y, no pudiéndolo hacer personalmente, envía a sus discípulos para provocar una manifestación terminante de Jesús a este respecto.

Cumplieron los discípulos de Juan la misión que les confiara el maestro desde la cárcel: Y llegados a él (a Jesús) los hombres, le dijeron: Juan el Bautista nos ha enviado a ti a decirte: ¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro?, al verdadero Mesías cuyos tiempos han llegado ya.

Llegan los enviados de Juan en hora oportunísima, cuando Jesús realizaba numerosos milagros; si no es que, conocedor del intento de Juan y de la misión que llevaban sus discípulos, quiso dar en su presencia testimonio copioso de su poder y misericordia: En aquel momento curó Jesús a muchos de enfermedades, de llagas, es decir, de dolencias gravísimas y dolorosísimas, y de malos espíritus, y dio la vista a muchos ciegos. No necesita Jesús de complicados razonamientos para contestar a los discípulos de Juan y demostrar su mesianidad; apela a sus obras, que dan testimonio de ella: Y respondiendo Jesús les dijo: Id, y contad a Juan lo que habéis oído y visto: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres les es anunciado el Evangelio. Son las obras que debía realizar el Mesías (Is. 35, 5 ss.; 61, 1); luego él es el Mesías.

Y añade un nuevo argumento de su mesianidad. Los profetas vaticinaron que muchos sufrirían escándalo y ruina de la humildad del futuro Mesías (Is. 8, 6.14; 53, 1.4); también esto se realizará en Jesús. Los que no sufran escándalo de su aparente insignificancia, y sobre todo de su futura pasión y muerte, éstos serán felices, porque pertenecerán a su reino: Y bienaventurado el que no fuere escandalizado en mí. Quizás vaya envuelta en estas palabras una tácita reprensión a los discípulos de Juan, que se habían escandalizado porque conversaba con pecadores; tal vez un caritativo aviso a todos los presentes, para que a nadie pudiese sorprender su humildad y su pasión y muerte, que no se compadecían con el concepto que del Mesías tenían los judíos.

Testimonio de Jesús sobre Juan. — Así que se fueron los legados de Juan, dirigió Jesús en forma vehemente la palabra a los presentes, haciendo un magnífico elogio del Bautista: Y luego que ellos, los mensajeros, se fueron, para que no se tomaran como adulación sus palabras, comenzó Jesús a hablar de Juan a las gentes. La introducción es exabrupto: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? Alude a la conmoción general de la Palestina, que llevó a orillas del Jordán a grandes multitudes para ver al profeta Juan: ¿Una caña movida por el viento? Abundan los cañaverales a orillas de aquel río; puede tomarse la pregunta en el sentido literal, así: ¿Acaso os tomasteis la molestia de ir al Jordán para ver cómo el viento agita las móviles cañas? 0 en sentido figurado: ¿Pensáis que Juan es hombre movedizo y sin carácter, que no merezca crédito, o que ahora dude de mi misión?

Sentado el hecho de la veracidad de Juan, alude Jesús a su vida austera: Mas ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido de ropas delicadas? Para ello no hubieseis ido al desierto, sino a los palacios de los reyes: Cierto, los que visten ropas delicadas y viven en delicias, en casas de reyes están. No es improbable que aludiera Cristo a la molicie de Herodes, que tenía encarcelado al Bautista. No salieron por vana curiosidad de las ciudades arrostrando las fatigas y peligros de los desiertos; fue la creencia de que se encontrarían con un enviado de Dios: Mas ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Jesús confirma en tono solemne la convicción popular, y añade a la persona de Juan una nota que le levanta sobre todos los profetas: Ciertamente os digo: Y aún más que profeta. La nota personal de Juan, en su misión profética, es que precede inmediatamente al Mesías y prepara sus caminos, siendo el ángel que va ante la faz del Señor, vaticinado por Malaquías (3, 1): Porque éste es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi ángel ante tu faz, que aparejará tu camino delante de ti: son palabras de Yahvé al futuro Mesías, traducidas libremente del vaticinio por Jesús.

No se para aquí Jesús en el elogio de Juan: con una fórmula solemne, llena de vigor poético, le hace superior a todos los enviados de Dios: En verdad os digo: que entre los nacidos de mujeres no se levantó mayor profeta que Juan el Bautista. El elogio no va a la santidad personal del Bautista, sino a la grandeza de su misión; desde que el mundo es mundo no ha suscitado Dios un hombre entre los hombres con misión altísima y única de señalar con el dedo al Mesías, Hijo de Dios. Pero, echando Cristo en cara a sus oyentes a la vez el que no hayan seguido a Juan, con ser tan excelso profeta, y a Sí mismo que les predica el reino de los cielos, añade estas estimulantes palabras, con que les excita a seguirle: Mas el que es menor en el reino de los cielos, mayor es que él. Contrapone Jesús en estas palabras su Iglesia a la Sinagoga: el cristiano más humilde es más grande que los grandes personajes del Antiguo Testamento; porque somos hechos hijos de Dios, y nos nutrimos de la misma carne de Dios. San Pablo declarará más tarde la superioridad de la ley nueva sobre la vieja (Gal. 4, 17; 2231). (...)

Lecciones morales. —

A) v. 3 — ¿Eres tú el que ha de venir...? Juan, a orillas del Jordán, ve el Espíritu Santo venir del cielo y posarse sobre Jesús, y le señala al pueblo como Mesías. Ahora, puesto en la cárcel, manda a sus discípulos a preguntarle si realmente lo es. No pregunta por él, dice San Jerónimo, sino por ellos. Morirá él dentro de poco, condenado por Herodes, y sus discípulos tal vez tengan la desgracia de no seguir la predicación de Jesús; por ello les manda a que pregunten a Jesús mismo, quien, con el lenguaje más persuasivo y elocuente de sus milagros, les demostrará que realmente es el Mesías. Es el procedimiento que hemos de seguir con nuestros administrados y discípulos: darles la doctrina, pero al mismo tiempo suministrarles todas las pruebas de la doctrina que sean capaces de soportar y comprender. Maestros, padres, predicadores, catequistas, sacarán gran partido de esta sabia pedagogía.

B) v. 6 — Bienaventurado el que no fuere escandalizado en mí. Jesús crucificado es, según San Pablo, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles. Así la gran misericordia de Dios, que le llevó a todos los abatimientos, ha sido la piedra de tropiezo en que han caído infinidad de hombres, que ven solamente la parte humilde e ignominiosa de la vida de Cristo, y no saben estimar el valor trascendental de su doctrina, la fuerza demostrativa de sus milagros, la grandeza estupenda de su obra, la Iglesia. Nosotros no sólo no hemos de escandalizarnos en Jesús humilde: en su humildad debemos buscar nuestra grandeza; en su abatimiento, nuestra gloria; en su pobreza, nuestros tesoros; en la Cruz, nuestra felicidad. Porque por todos los descensos y abatimientos de la humanidad ha querido Dios humanado llevarnos a la misma grandeza de Dios: «Se hizo Dios hombre, dice San Agustín, para que el hombre fuera dios.»

C) v. 11 — El que es menor en el reino de los cielos, mayor es que él (el Bautista). — Reconozcamos nuestra dignidad de cristianos, dice San León, que nos levanta sobre los grandes hombres de la Antigua Ley, y sea nuestra vida digna de nuestro nombre. Mayor que todos los nacidos de mujer es quien ha sido regenerado por el agua y el Espíritu Santo. Los antiguos justos son llamados hijos de la carne, dice San Cirilo: nosotros llamamos Padre al Dios de todo el universo, de quien somos hijos. Hijos predilectos, a quienes ha dado su doctrina, su gracia, sus sacramentos, y a quienes, si no se hacen indignos de ello, hará coherederos de su Unigénito en la gloria. (...)




Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Adviento: Domingo III (Ciclo A)



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