Mt 13, 10-17: Parábola del sembrador (ii)

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Texto Bíblico

10 Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?». 11 Él les contestó: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. 12 Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. 13 Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. 14 Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; 15 porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”. 16 Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. 17 En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Ver Catena aurea de la parábola completa: Mt 13, 1-23


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Agustín, obispo

Discurso: Deseo de ver a Cristo

Discurso sobre los Salmos, Sal. 118, n° 20 ; CCL 40, 1730

«Muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis» (Mt 13,17)

El profeta dice en un salmo: “Me consumo ansiando tu salvación y espero en tu palabra” (118,81)… ¿Quién expresa este deseo ardiente si no “la raza escogida, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo escogido por Dios” (1Pe 2,9), cada uno en su época, en todos los que vivieron, que viven y que vivirán, desde el origen del género humano hasta el fin de este mundo?… Por eso el Señor mismo les dijo a sus discípulos: “Muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis”. Es pues su voz, la que hay que reconocer en este salmo… Este deseo jamás cesó en los santos y continúa ahora, en “el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia” (Col. 1,18), hasta que venga “El Deseado de las naciones” (Ag 2,8 tipos de Vulg)…

En los primeros tiempos de la Iglesia, antes de la encarnación en la Virgen, existían santos que deseaban la llegada de Cristo en la carne; y desde entonces hasta su Ascensión existían otros santos que desean la manifestación de Cristo para juzgar a vivos y muertos. Desde el comienzo hasta el final de los tiempos, este deseo de la Iglesia jamás perdió su ardor, incluso tampoco mientras el Señor vivió sobre tierra en compañía de sus discípulos.

San Pedro Crisólogo, obispo

Sermón: Dios se hizo cercano en Cristo

Serm. 147; PL 52, 594-596

«Bienaventurados vuestros ojos porque ven» (Mt 13,16)

Desde que Dios ha visto que el mundo estaba trastornado por el temor, ha puesto en acto su amor para llamarlo de nuevo a sí, su gracia para invitarlo, su ternura para abrazarlo. En tiempo del diluvio… llama a Noé para engendrar un mundo nuevo, lo alienta con dulces palabras, pone en él su familiar confianza, le instruye con bondad sobre el presente y con su gracia le consuela sobre el porvenir… Le ayuda en su trabajo y encierra en el arca lo que había de ser germen del mundo entero a fin de que el amor a su alianza alejara de él el temor…

Después Dios llama a Abraham de entre las naciones, engrandece su nombre y le hace padre de los creyentes. Le acompaña en su camino, le protege en país extraño, le colma de riquezas, le honra con victorias, le asegura con promesas, le arranca de las injusticias, le consuela en su hospitalidad y le maravilla con un nacimiento inesperado a fin de atraerle por la gran dulzura del amor divino; así le enseña a… adorar a Dios amándolo y ya no más temblando.

Más tarde, a través de sueños, Dios consuela a Jacob en su huída. Al regresar le provoca al combate y, durante la lucha, le estrecha entre sus brazos a fin de que ame al padre de los combates y ya no le tema más. Después llama a Moisés y le habla con amor de padre para invitarle a liberar a su pueblo.

En todos estos acontecimientos, la llama de la caridad divina ha abrasado el corazón de los hombres…, y estos, con el alma herida, han comenzado a desear ver a Dios con sus ojos de carne… El amor no se conforma con no ver al que ama. ¿No es cierto que todos los santos han considerado como cosa sin importancia todo lo que podían obtener a no ser el ver a Dios?… Que nadie, pues, piense que Dios se ha equivocado viniendo a los hombres a través de un hombre. Se ha encarnado entre nosotros para ser visto por nosotros.

Juan Taulero

Sermón: Los humildes ven a Dios

Serm. 53

«Muchos profetas desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron» (Mt 13,17)

Nuestro Señor dijo: «…muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron» (Mt 13,17. Por «profetas» hay que entender los grandes espíritus sutiles, pensadores que están apegados a sus razonamientos y sutilezas de su razón natural y se envanecen en ello. Estos «ojos» no son dichosos. Por «justos» hay que entender hombres que se erigen en maestros, con energía y poder para dominarse a si mismos, ser dueños de sus palabras, de sus obras, de su lengua y que pueden hacer todo lo que quieren, ayunos, vigilias de oración etc. Pero lo tienen en mucho, como si fuera algo extraordinario y desprecian a los demás. Estos tampoco son los ojos dichosos porque no ven lo que realmente hace feliz.

Todos éstos querían ver y no vieron. Querían ver y se mantenían en su voluntad propia… La propia voluntad cubre los ojos interiores como una membrana o una película cubre el ojo exterior y no le deja ver…Mientras te mantienes en tu propia voluntad, estarás privado del gozo de ver por el ojo interior. Porque toda auténtica felicidad procede del verdadero abandono, del desapego de la propia voluntad. Esto nace del fondo de la humildad…. Cuanto más pequeño y humilde uno es, tanto menos se está apegado a la voluntad.

Cuando todo está en paz, el alma ve su propia esencia y todas sus facultades; se reconoce como imagen de Aquel de donde ha salido. Los ojos que dirigen la mirada hasta este fondo se pueden llamar con propiedad, ojos dichosos, por lo que ven. Uno descubre entonces la maravilla de las maravillas, lo que hay de más puro, de más seguro. Esto no se nos puede quitar nunca… ¡Caminemos por este camino para llegar a tener ojos dichosos! ¡Que Dios nos ayude!

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