Mt 13, 18-23: Parábola del Sembrador (iii)

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Texto Bíblico

18 Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: 19 si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. 20 Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; 21 pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. 22 Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. 23 Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Ver Catena aurea de la parábola completa: Mt 13, 1-23


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Agustín, obispo

Sermón: ¿Donde caerá la semilla sembrada en ti?

Sermón 101; PL 38, 605

«Ciento o sesenta o treinta por uno» (Mt 13,23)

La siembra ha sido echada por los apóstoles y profetas, pero es el Señor, él mismo, el que siembra. Es el Señor, él mismo, quien está presente en ellos desde el momento en que es el mismo Señor quien siega. Porque sin él ellos no son nada, mientras que él, sin ellos, sigue siendo perfecto. En efecto, él les dice: «Sin mí nada podéis hacer» (Jn 15,5). Sembrando, pues, en las naciones, ¿qué es lo que dice Cristo? «Salió el sembrador a sembrar.» (Mt 13,3). En otro texto son los segadores los que son enviados a segar; el sembrador quien sale a sembrar, y no se queja de su trabajo. En efecto ¿qué importa que el grano caiga en el camino, o sobre piedras o entre zarzas? ¡Si dejara entrar en él el desánimo por la ingrato de estos lugares no llegaría hasta la buena tierra!…

Se trata de nosotros: ¿seremos el camino, o las piedras, o las zarzas? ¿Queremos ser la tierra buena? Dispongamos nuestro corazón para que dé treinta, sesenta, cien, mil veces más. Treinta veces, mil veces, es siempre trigo y nada más que trigo. No seamos este camino en el que la simiente es pisoteada por los viandantes y nuestro enemigo se apodera de ella como si fuera un pájaro. Tampoco seamos estas piedras en las que una tierra poco profunda hace crecer demasiado rápidamente un grano que después no puede soportar el calor del sol. Nunca jamás estas zarzas, las codicias de este mundo, este empeño en hacer el mal. En efecto ¿hay algo peor que hacer todos estos esfuerzos para una vida que nos aparta de llegar a la verdadera vida? ¿Hay alguien más desdichado que cuidar tanto la vida para llegar a perderla? ¿Hay algo más triste que temer la muerte para caer en poder de la muerte? Arranquemos las espinas, preparemos el terreno, recibamos la simiente, perseveremos hasta la siega, aspiremos a ser recibidos en los graneros.

San Gregorio Magno, papa

Homilía: Custodiar la Palabra

Homilías sobre los evangelios, XV, 1-4

La humana fragilidad no debe presumir de explicar aún lo que ya está explicado por la misma verdad. Ahora bien, no faltan cosas, en la misma explicación hecha por el Señor, sobre las que debéis reflexionar seriamente… ¿Quién me hubiera creído si yo hubiera querido ver en las espinas la representación de las riquezas? Sobre todo por el hecho de que las espinas pinchan, mientras que las riquezas deleitan. Sin embargo, las riquezas son espinas porque laceran la mente con las picaduras de los pensamientos que llevan consigo; más aún, hieren y hacen brotar sangre cuando arrastran hasta el pecado. Con razón el Señor no sólo las llama «riquezas», sino «riquezas engañosas»: engañosas porque no pueden permanecer por mucho tiempo en nuestra posesión; engañosas porque no nos liberan de la pobreza. Sólo son verdaderas aquellas riquezas que nos hacen ricos en virtudes. Por consiguiente, hermanos, si codiciáis ser ricos, amad las verdaderas riquezas. Si buscáis la excelencia del verdadero honor, tended al Reino celeste. Si amáis la gloria de las dignidades, apresuraos para ser inscritos en la curia suprema de los ángeles y de los santos. 

Custodiad en el corazón las palabras del Señor que oís con vuestros oídos. En efecto, la Palabra divina es alimento de la mente. Así como un estómago débil rechaza el alimento material, así puede ser rechazada la Palabra oída. Ahora bien, del mismo modo que el que no retiene los alimentos se encuentra, ciertamente, en peligro de muerte, temed también el peligro de la vida eterna si, después de haber recibido el alimento de la santa exhortación, no guardáis en la memoria las palabras de vida. Cuidado: todo lo que hacéis pasa, y, queráis o no, cada día os acercáis, sin tener jamás ni un momento de pausa, al juicio eterno. ¿Por qué amar lo que debéis abandonar? ¿Por qué desatender aquello a lo que debemos llegar?… Sin embargo, aunque el terreno bueno da fruto con paciencia, las obras buenas que hacemos no son nada si no somos capaces de soportar también pacientemente los males. Cuanto más asciende alguien en la perfección, tanto más crece contra él la adversidad del mundo. De ahí se sigue que veamos a muchos que hacen el bien y, con todo, gimen bajo el peso de pesados fardos de tribulaciones. Según la palabra del Señor, éstos dan fruto mediante la paciencia: acogiendo ahora con humildad los azotes, serán recibidos, después de los azotes, en el descanso celestial. Así, la uva que se pisa se transforma en vino deleitoso; así la aceituna que se exprime con fuerza, se libera de su grasa y se transforma en aceite; así, mediante la trilla, se separa el grano del cascabillo y llega limpio al granero 

San Cesareo de Arles, obispo

Sermón: Recibir la Palabra en tierra buena

Sermón 7, 1

«Cayó en tierra buena y dio fruto» (cf. Mt 13, 8.23)

Que Cristo os ayude, hermanos muy amados, a acoger siempre la lectura de la palabra de Dios con un corazón ávido y sediento. Así vuestra fiel obediencia os llenará de gozo espiritual. Pero, si vosotros queréis saborear la dulzura de las santas Escrituras y aprovecharos como es debido de los preceptos divinos, debéis sustraeros durante algunas horas a vuestras preocupaciones materiales. Volved a leer las palabras de Dios en vuestras casas, dedicaos enteramente a su misericordia. Así lograréis que se realice en vosotros eso que está escrito del hombre dichoso: «Meditará día y noche la ley del Señor» (Sal 1, 2) y también: «Dichosos los que escrutan sus mandatos, los que le buscan con sincero corazón» (Sal 118, 2).

Los buenos comerciantes no buscan sacar beneficios de una sola mercancía sino de muchas. Los agricultores buscan un mayor rendimiento sembrando diversas clases de semillas. Vosotros, que buscáis beneficios espirituales, no os contentéis escuchando sólo en la iglesia los textos sagrados. Leed esos textos en vuestras casas; cuando los días son cortos, aprovechad las largas veladas. Y así podréis acumular un fermento espiritual en los graneros de vuestro corazón y dejar bien colocado el tesoro de vuestras almas, las perlas preciosas de las Escrituras.

San Padre Pío de Pietrelcina

Carta: Dar fruto, liberados de las preocupaciones del mundo

Epistolario 3, 579; CE 54

«… Da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno.» (Mt 13, 23)

Avanza con simplicidad en los caminos del Señor, y no te preocupes. Detesta tus defectos, sí, pero tranquilamente, sin agitación ni inquietud. Debemos tener paciencia para con ellos, y sacar provecho de ellos gracias a una santa humildad. Si te falta la paciencia, tus imperfecciones, en lugar de desaparecer, no harán más que crecer. Porque no hay nada que refuerce tanto nuestros defectos como la inquietud y la obsesión de liberarse de ellos.

Cultiva tu viña de común acuerdo con Jesús. Tuya es la tarea de quitar las piedras y arrancar la cizaña. Pertenece a Jesús la tarea de sembrar, plantar, cultivar y regar. Pero incluso en tu trabajo, es también él quien obra. Porque sin Cristo, no podrías hacer nada.


Comentarios exegéticos

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: Pacto

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 138-140.

Éxodo 20, 1-17.

¡Diez preceptos para un pueblo libre! Los diez mandamientos han sido muy controvertidos y acusados de encerrar al hombre en un corsé demasiado rígido. Sin embargo, si los observamos con mirada objetiva, nos daremos cuenta de que van precedidos de una alusión a la benevolencia divina: este Dios que legisla así es el mismo que que ha liberado a Israel de la casa de servidumbre. Además, la estructura de los diez mandamientos hace una llamada constante a la creatividad. Efectivamente, la formulación negativa de la mayoría de ellos no indica solamente los pasos que no hay que dar, sino que deja también el campo libre al espíritu de iniciativa del hombre, para explorar en ellos todas las posibilidades del amor. Comprendemos por qué Israel ha acogido siempre el Decálogo como una fuente de beneficios: este pueblo había comprendido que con el Decálogo Dios les había dado la posibilidad de vivir. 

¿Cuál es el origen de los diez preceptos? Es admitido generalmente que formaban un todo antes de su inserción como consecuencia de la teofanía del Sinaí. Para H. Cazelles, estos preceptos podrían derivarse de una lista cultual que recogía las condiciones de admisión en un santuario del desierto (ver, por ejemplo, el salmo 14) : “No te harás imágenes talladas, ni figuración alguna de la presencia de la divinidad. No harás culto idolátrico. No tomarás en falso el nombre de Yahvé, tu Dios, que te ha sacado de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre. No darás asilo al asesino. No te dirigirás a Yahvé después de haber realizado violencia sexual, robo, falso testimonio o luego de haber atentado contra los bienes del prójimo” 
(A la recherche de Moïse, p. 96). 

Observaremos también que la condena de las imágenes (v. 4) es uno de los resultados de la predicación profética. Prohibida en el sur desde el siglo IX antes de Jesucristo, la fabricación de imágenes de metal debió de subsistir en el norte hasta el siglo VIII antes de Jesucristo. Así, Yahvé se revelaba como un Dios “celoso”, es decir, un Dios “que reacciona con pasión, fuerza y energía para dirigir a su pueblo, que no se deja aprisionar por una imagen que no acepta a otros dioses a su lado” (R. de Vaux). En una palabra, Yahvé es un Dios vivo. 

Salmo 18b

El salmo 18b es una profesión de fe en la ley divina. 

Mateo 13, 18-23.

Se trata esta vez de oír y de comprender. Unos comprenden: son los discípulos, a quienes los misterios del Reino de Dios han sido confiados; los demás —los que se oponen al Reino— oyen, pero no entienden. 

Observaremos que el paso de la parábola a su explicación ha modificado la perspectiva, evidenciando la identificación sucesiva de los oyentes, primero con la simiente, luego con los terrenos. Si la parábola tenía un alcance escatológico, la explicación delata preocupaciones pastorales e insiste en las diversas actitudes de los que escuchan la Palabra. Sólo la buena tierra es capaz de producir fruto. Así pues, es probable que nos encontremos aquí en presencia de una relectura llevada a cabo por las primeras comunidades en función de sus preocupaciones. 

“Yo soy el Señor tu Dios…” El pueblo de Israel no tendrá bastante con toda su historia secular para agotar la novedad radical de esta confesión de fe. El que es soberano, señor, poder, vida y luz, aquel a quien podemos llamar Dios, de repente se afirma como puesto en nuestras manos, comprometido con nuestras palabras de hombres, mezclado con nuestras esperanzas fugaces y confiado a nuestros pensamientos. En una palabra, cuando Dios revela su nombre, desvela al mismo tiempo que es un compañero. Su título es el de “Dios de la Alianza”, y Jesús dirá al mismo tiempo: “¡Padre Nuestro!” 

“Yo soy el Señor tu Dios… ” La religión que unirá a los hombres con Dios estará tejida de dependencia y de obediencia: dependencia con respecto al Dios creador, Dueño del universo y Señor de todas las cosas; obediencia con respecto a Aquel que ha liberado a su pueblo para anudar con él lazos de ternura y misericordia. “Yo soy el Señor tu Dios”: sólo a la luz de esta denominación, la Ley recupera todo su sentido. Las exigencias de Dios a Israel no ocupan el primer lugar; van precedidas de la proclamación de la buena noticia de la liberación del pueblo. La observancia de la Ley no será como una especie de contrato que atrae sobre sí la benevolencia divina; la obediencia a los mandamientos, por el contrario, es una respuesta de reconocimiento y de amor a las iniciativas de Dios. Liberado por Dios que lo ha encontrado, el pueblo debe vivir en adelante como un pueblo libre. Diez preceptos —es el término con el que los judíos denominan al decálogo— para iluminar toda una vida. Diez preceptos para llevar a cabo una travesía. Diez preceptos para pasar de la esclavitud a la libertad. “Yo soy el Señor tu Dios…” Aceptar la Alianza es vaciarse de todo lo que nos estorba: ama a Aquel que te ama, ¡no olvides que el Santísimo te ama, como ama a todos los hombres! No olvides que te ama para que tú también le ames. 

Diez preceptos que son los derechos del hombre liberado. Pacto que depende de la fidelidad del hombre. Pero ¿qué sería una libertad no comprometida? ¿Una simiente que no hubiera sido arrojada al surco? La Alianza se entrega a todos los riesgos de una palabra que se puede rechazar; la fecundidad misma de la Revelación de Dios está expuesta a las intemperies del corazón del hombre. La semilla se emplea para la cosecha; pero cuántos riesgos, inquietudes y fracasos antes de que llegue la abundante cosecha! La parábola de la semilla nos afirma que la cosecha está asegurada y que el Reino está al final de la historia, pero nos enseña también las leyes del posible fracaso. La palabra está hecha para ser oída, la Alianza para provocar una respuesta, y la libertad se nos ha dado para engendrar la libertad. 

Nuestro corazón es a menudo una tierra ingrata,
y olvidamos cumplir tu voluntad. 
¡Confirma, Señor, tu alianza, y libéranos con tu palabra! 

Nos dejamos seducir por lo fácil
y bendecimos la obra de nuestras manos. 
¡Confirma, Señor, tu alianza y libéranos con tu palabra! 

Tantas preocupaciones se adueñan de nuestra vida
que dejamos que se arruine nuestra libertad. 
¡Confirma, Señor, tu alianza y libéranos con tu palabra! 

Biblia Nácar-Colunga Comentada

Explicación de la parábola del sembrador, 13:18-23 (Mc 4:13-20; Lc 8:11-15).

Los tres sinópticos narran a continuación la explicación de la parábola. La alegorización de la parábola no habría inconveniente en atribuirla, fundamentalmente, a Cristo. Es problema análogo a la misma primera parte, donde la parabolización se matiza mucho. Y aquí hay temas que Cristo toca en su vida, v.gr., el joven que deja a Cristo por las riquezas (v.22), etc.

Lagrange, Plummer, etc., admiten como originaria de Cristo esta alegorización de diversas clases de oyentes, aunque en la redacción se utilizase un léxico de la Iglesia primitiva.

Para otros, J. Jeremías, Taylor, la alegorización se debería a la Iglesia primitiva, que adaptaría la parábola fundamental a necesidades concretas de su medio ambiente. Para otros (Bonnard) parábola y explicación serían de Mt, aunque elaboradas sobre el “fuerte eco” de la de Cristo. La matización tan minuciosa y “moralista” en el alegorismo de la misma, lo mismo que el lenguaje usado en ella, que no se usa en otros pasajes evangélicos, y sí en los escritos de la Iglesia primitiva, llevaría a esto, sin alterar el fundamento histórico de la parábola primitiva de Cristo.

Para ellos ésta sería la siguiente: así como la semilla llega a la cosecha a pesar de las múltiples dificultades por las que ha de pasar, igualmente el reino llegará a su meta de establecimiento a pesar de las dificultades y contrariedades que se le opongan. Y acaso al exponerla tuviese ya el trasfondo de las dificultades y frustraciones de Nazaret, Corozaín, Betsaida (Mt 13:53-58, par). La “adaptación” en este caso haría ver dificultades “morales” por las que el reino no se establece, mientras que el reino fructifica “moralmente” en proporción a las condiciones del sujeto.

En efecto, a esto lleva el abundante léxico usado en los tres sinópticos a este propósito; el que se encuentren en este fragmento afirmaciones sobre “la Palabra” que nada tienen que ver con el resto de la predicación de Jesús, y sí son corrientes en la época apostólica; se desplaza el acento de lo escatológico — probablemente originario de la parábola — a lo psicológico; y parece confirmar esto la ausencia de esta interpretación en el Evangelio de Tomás, apócrifo de la primera mitad del siglo π, que tiene la exposición de la parábola, pero no la explicación. Y parecen percibirse ecos de las grandes persecuciones contra la Iglesia (v.21) bajo Domiciano (a. 81-96). Lo mismo que las “seducciones” es tema corriente en esta época (Ef 4:22; Col 2:8; 2 Tes 2:10; etc.).

W. Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt): Explicación de la parábola del sembrador

Herder (1980), Tomo II, pp. 26-29

Después de todo lo dicho, resulta evidente que la explicación sólo se da a los que entienden. Ellos llegarán a conocer el verdadero sentido de la parábola. Aunque no estuviera aquí está exposición o se diera de una forma algo distinta, en el fondo entenderíamos así la parábola basándonos en la fe. Pero la explicación es un ejemplo de cómo es acogido el discurso de Jesús por el creyente, la Iglesia y su proclamación apostólica, y cómo es aplicado a la situación propia de ellos. Es una disertación para los que están dentro, y no para los que están fuera. Es una especie de declaración de sí mismo y un resultado de la experiencia misional, tal como pudo inferirse de la práctica de la Iglesia. 

Sorprende el rigor con que la explicación se adapta a la estructura de la parábola. En conjunto ambas discurren paralelas. Según san Marcos al principio de la exposición estaba la frase lacónica: «El sembrador va sembrando la palabra» (Me 4,14). Con esta frase se interpretó exactamente la importancia de la semilla en el sentido de la parábola. Se trata de la palabra, del mensaje del reino, de la nueva de la venida de la salvación. San Mateo pasa en seguida a describir los sucesos y en ellos hace recaer dos acentos importantes: se trata del oyente («cuando uno oye…») y de «la palabra del reino» (13,19). Con las dos expresiones Jesús ya establece la dirección de lo que ha explicado. Deben presentarse diferentes clases de oyentes del mensaje de salvación del reino de Dios. Esta dirección no coincide exactamente con la de la parábola. En ésta se encuentra en primer término lo que sucede en la siembra, es decir la obra de Dios en la proclamación de Jesús. En la explicación está en primer término la recepción subjetiva y la diferente respuesta que se da a la palabra. En la parábola hay que robustecerse con la esperanza del éxito otorgado con seguridad. En la explicación hay que precaverse del riesgo que amenaza, de la completa destrucción de la semilla. Así pues, el peso fuerte de un estímulo confiado en vista del menguado éxito se cambia en una exhortación a dar buena acogida al mensaje. Escucharemos, pues, esta explicación, y nos daremos por aludidos con ella. De este modo los dos textos —parábola y explicación — se complementan ventajosamente. 

El camino, al que ha sido echada la semilla, y del que ha sido quitada a picotazos por los pájaros, es comparado con una persona, que ha escuchado, pero no ha entendido. Sólo las palabras llegaron a su oído, pero el sentido de las palabras no penetró en su corazón. Ha percibido exteriormente el sonido, pero no ha abierto de veras su manera de pensar al contenido de la palabra, y por tanto al mismo Dios. Satán se acerca rápido y arrebata lo que se ha oído superficialmente. Un segundo grupo de hombres lo forman los que al principio escuchan y reciben con entusiasmo, pero no se mantienen firmes. El terreno es demasiado tenue, la semilla no puede echar raíces. Vienen las tribulaciones y la persecución. Se cansan, se escandalizan y recusan. Así como el grano se seca por los rayos del sol. así también perece su fe, que todavía no se ha fortalecido. Un tercer grupo también escucha la palabra y la acepta, pero no puede defenderla contra las exigencias y los demás ofrecimientos seductores de la vida. Las preocupaciones y las riquezas impiden el crecimiento de la palabra, y permanece estéril. También aquí había una fe auténtica, pero ni pudo imponerse ni tomar a su servicio toda la vida. Pero el Evangelio exige la completa disposición y el primer derecho. «No podéis servir a Dios y a Mammón» (6,24c). «No os afanéis por vuestra vida: qué vais a comer; ni por vuestro cuerpo: con qué lo vais a vestir…» (6,25). 

Por fin el último grupo, del que todo depende y que debe ser expuesto principalmente en la parábola, son los que oyen y entienden. Estos entienden bien, no sólo al principio e imperfectamente, ni tan sólo por algún tiempo o mientras resulte fácil y dé alegría creer, sino en las tribulaciones e indigencias, en la dura polémica con las otras fuerzas que quieren dominar nuestra vida. Entender en estas condiciones es entender plenamente, es una comprensión de que Dios quiere ser Señor por completo, siempre y en todas partes, es comprender que el hecho de ser discípulo importa un compromiso para toda la vida en su altura y amplitud. Al que así ha «entendido» se le da constantemente, se le provee ubérrimamente con dones de Dios, lleva mucho fruto. A cada cual según la medida de su conocimiento se le da el ciento por uno, el sesenta o el treinta. 

La Iglesia apostólica sabe que hay diferencias en la manera de entender. No consiguen la plena madurez del conocimiento todos los que se han adherido a la fe. La fe da en germen el conocimiento y la sabiduría de Dios. Pero, con la medida de amor y renuncia aportada por el individuo, se decide cuan profundamente es introducido él en el conocimiento de Dios. San Pablo fue uno de los que Dios obsequió con un conocimiento inusitado. La carta a los Hebreos también distingue entre la fe incipiente una verdad primordial (la «leche»), y una sabiduría más elevada (la «comida sólida») para los perfectos (Heb 5,11ss). La misma manera de ver encontramos también en la parábola de los talentos (25,14-30). Son diferentes los dones que el Señor de la casa reparte antes de partir de viaje. También es proporcionalmente distinta la ganancia que obtienen los criados. A los que han tenido éxito según la medida de sus dones, se les añaden nuevos dones en la rendición de cuentas. Pero el criado perezoso que había enterrado su talento, no sólo es arrojado a las tinieblas exteriores, sino que se le quita lo poco que tenía y se añade al que ya poseía la mayor parte: «Quitadle ese talento, y dádselo al que tiene los diez. Porque a todo el que tiene, se le dará y tendrá de sobra; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará» 25,28s). Los dones de Dios son diferentes, y el hombre no tiene derecho a interrogar a Dios sobre ellos o a quejarse de él. La comunidad debe admirar y recibir agradecido la riqueza de Dios y la variedad de sus dones. Se alegra de todos los que no sólo dan fruto al treinta por uno, sino al sesenta o al ciento por uno, como los santos de entre ellos. 

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