Mt 13, 31-35: Parábolas del grano de mostaza y del fermento

Texto Bíblico

31 Les propuso otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; 32 aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas».
33 Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta». 34 Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, 35 para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Ver Catena aurea de Mt 13, 24-43


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Juan Crisóstomo, obispo

Homilía: La parábola de la levadura

Homilías sobre san Mateo, nº 46, 2-3

El Señor presenta seguidamente la imagen de la levadura: … de la misma manera que la levadura comunica su fuerza a la masa de la harina, así vosotros transformaréis al mundo entero… No pongáis esta objeción: ¿Qué podremos hacer nosotros, que no somos sino doce, puestos en medio de una multitud tan grande? Precisamente, lo que hará que resplandezca vuestro poder es que haréis frente a la multitud sin recular… Es tan sólo Cristo quien da su fuerza a la levadura: ha mezclado entre la multitud a los que creían en él a fin que nos comuniquemos unos a otros nuestros conocimientos. Que nadie, pues, le reproche el pequeño número de esos discípulos porque el poder del mensaje es grande; y cuando la masa ya ha fermentado, ella misma a su vez, se convierte en levadura para el resto…

Y si doce hombres han puesto en pie la tierra entera ¡cuán malos somos que, a pesar de ser un número considerable, no llegamos a convertir ni a los que nos rodean, siendo así que con los que somos debería ser suficiente para ser la levadura de miles de mundos! – Pero vosotros decís que ¡esos doce eran los Apóstoles! – ¿Entonces, qué? ¿Es que no estaban ellos en las mismas condiciones que vosotros? ¿No vivían en las ciudades? ¿No compartían nuestra manera de ser? ¿No trabajaban en sus profesiones? ¿O es que pensáis que eran ángeles bajados del cielo? Decís que ellos hicieron milagros. Pero no es por eso que les admiramos. ¿Hasta cuándo seguiremos hablando de milagros para esconder nuestra pereza?… Entonces ¿de dónde viene la grandeza de los apóstoles? – De su menosprecio por las riquezas, de su dejar de lado la gloria… Es la manera de vivir la que da el verdadero resplandor y hace llegar a nosotros la gracia del Espíritu.

San Macario de Egipto, monje

Homilía:

Hom. nº 24 [atribuida]

«Hasta que la pasta fermente»

Después de la trasgresión de Adán, los pensamientos del alma, lejos del amor de Dios, se dispersaron y se mezclaron con pensamientos materiales y terrestres. Porque Adán, por su trasgresión, recibió en sí mismo la levadura de las malas tendencias y, así, por participación, todos los nacidos de él y de toda la raza de Adán tienen parte en esta levadura. Seguidamente, la malas disposiciones crecieron y se desarrollaron entre los hombres hasta el punto que llegaron a toda clase de desordenes. Finalmente, la humanidad entera se vio penetrada de la levadura de la malicia…

De manera análoga, durante su estancia en la tierra, el Señor quiso sufrir por todos los hombres; rescatarlos con su propia sangre, introducir la levadura celeste de su bondad en las almas de los creyentes humillados bajo el yugo del pecado. Quiso perfeccionar en ellas la justicia de los preceptos y de todas las virtudes hasta que, penetradas de esta nueva levadura, se unieran para el bien y formaran «un solo espíritu con el Señor» según la palabra de san Pablo (1C 6,17). El alma que está totalmente penetrada de la levadura del Espíritu Santo ya no puede tener en ella el mal y la malicia tal como está escrito: «El amor no lleva cuentas del mal» (1Co 13,5). Sin esta levadura celeste, dicho de otra manera, sin la fuerza del Espíritu Santo, es imposible que el alma sea trabajada por la dulzura del Señor y llegue a la vida verdadera.

San Juan Pablo II, papa

Catequesis, Audiencia General ()

Cooperar a la llegada del reino de Dios en el mundo

2. Con el Evangelio del Reino, Cristo se remite a las Escrituras sagradas que, con la imagen de un rey, celebran el señorío de Dios sobre el cosmos y sobre la historia. Así leemos en el Salterio:  “Decid a los pueblos:  “El Señor es rey; él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente”” (Sal 96, 10). Por consiguiente, el Reino es la acción eficaz, pero misteriosa, que Dios lleva a cabo en el universo y en el entramado de las vicisitudes humanas. Vence las resistencias del mal con paciencia, no con prepotencia y de forma clamorosa.

Por eso, Jesús compara el Reino con el grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas, pero destinada a convertirse en un árbol frondoso (cf. Mt 13, 31-32), o con la semilla que un hombre echa en la tierra:  “duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo” (Mc 4, 27). El Reino es gracia, amor de Dios al mundo, para  nosotros  fuente de serenidad y confianza:  “No temas, pequeño rebaño -dice Jesús-, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino” (Lc 12, 32). Los temores, los afanes y las  angustias  desaparecen, porque el reino de Dios está en medio de nosotros en la persona de Cristo (cf. Lc 17, 21).

3. Con todo, el hombre no es un testigo inerte del ingreso de Dios en la historia. Jesús nos invita a “buscar” activamente “el reino de Dios y su justicia” y a considerar esta búsqueda como nuestra preocupación principal (cf. Mt 6, 33). A los que “creían que el reino de Dios aparecería de un momento a otro” (Lc 19, 11), les recomienda una actitud activa en vez de una espera pasiva, contándoles la parábola de las diez minas encomendadas para hacerlas fructificar (cf. Lc 19, 12-27). Por su parte, el apóstol san Pablo declara que “el reino de Dios no es cuestión de comida o bebida, sino -ante todo- de justicia” (Rm 14, 17) e insta a los fieles a poner sus miembros al servicio de la justicia con vistas a la santificación (cf. Rm 6, 13. 19).

Así pues, la persona humana está llamada a cooperar con sus manos, su mente y su corazón al establecimiento del reino de Dios en el mundo. Esto es verdad de manera especial con respecto a los que están llamados al apostolado y que son, como dice san Pablo, “cooperadores del reino de Dios” (Col 4, 11), pero también es verdad con respecto a toda persona humana.

5. Así pues, todos los justos de la tierra, incluso los que no conocen a Cristo y a su Iglesia, y que, bajo el influjo de la gracia, buscan a Dios con corazón sincero (cf. Lumen gentium, 16), están llamados a edificar el reino de Dios, colaborando con el Señor, que es su artífice primero y decisivo. Por eso, debemos ponernos en sus manos, confiar en su palabra y dejarnos guiar por él como niños inexpertos que sólo en el Padre encuentran la seguridad:  “El que no reciba el reino de Dios como niño -dijo Jesús-, no entrará en él” (Lc 18, 17).

Con este espíritu debemos hacer nuestra la invocación:  “¡Venga tu reino!”. En la historia de la humanidad esta invocación se ha elevado innumerables veces al cielo como un gran anhelo de esperanza:  “¡Venga a nosotros la paz de tu reino!”, exclama Dante en su paráfrasis del Padrenuestro (Purgatorio XI, 7). Esa invocación nos impulsa a dirigir nuestra mirada al regreso de Cristo y alimenta el deseo de la venida final del reino de Dios. Sin embargo, este deseo no impide a la Iglesia cumplir su misión en este mundo; al contrario, la compromete aún más (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 2818), a la espera de poder cruzar el umbral del Reino, del que la Iglesia es germen e inicio (cf. Lumen gentium, 5), cuando llegue al mundo en plenitud. Entonces, como nos asegura san Pedro en su segunda carta, “se os dará amplia entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P 1, 11).

Francisco, papa

Evangelii Gaudium: El Reino de Dios está presente

24-11-2013

La acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu

276. Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto. En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible. Habrá muchas cosas negras, pero el bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse. Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia. Los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y de hecho el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible. Ésa es la fuerza de la resurrección y cada evangelizador es un instrumento de ese dinamismo.

277. También aparecen constantemente nuevas dificultades, la experiencia del fracaso, las pequeñeces humanas que tanto duelen. Todos sabemos por experiencia que a veces una tarea no brinda las satisfacciones que desearíamos, los frutos son reducidos y los cambios son lentos, y uno tiene la tentación de cansarse. Sin embargo, no es lo mismo cuando uno, por cansancio, baja momentáneamente los brazos que cuando los baja definitivamente dominado por un descontento crónico, por una acedia que le seca el alma. Puede suceder que el corazón se canse de luchar porque en definitiva se busca a sí mismo en un carrerismo sediento de reconocimientos, aplausos, premios, puestos; entonces, uno no baja los brazos, pero ya no tiene garra, le falta resurrección. Así, el Evangelio, que es el mensaje más hermoso que tiene este mundo, queda sepultado debajo de muchas excusas.

278. La fe es también creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad. Es creer que Él marcha victorioso en la historia «en unión con los suyos, los llamados, los elegidos y los fieles» (Ap 17,14). Creámosle al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (cf. Mt 13,31-32), como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt 13,33), y como la buena semilla que crece en medio de la cizaña (cf. Mt 13,24-30), y siempre puede sorprendernos gratamente. Ahí está, viene otra vez, lucha por florecer de nuevo. La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano. ¡No nos quedemos al margen de esa marcha de la esperanza viva!

279. Como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque «llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2 Co 4,7). Esta certeza es lo que se llama «sentido de misterio». Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5). Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.

280. Para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque Él «viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rm 8,26). Pero esa confianza generosa tiene que alimentarse y para eso necesitamos invocarlo constantemente. Él puede sanar todo lo que nos debilita en el empeño misionero. Es verdad que esta confianza en lo invisible puede producirnos cierto vértigo: es como sumergirse en un mar donde no sabemos qué vamos a encontrar. Yo mismo lo experimenté tantas veces. Pero no hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien lo que hace falta en cada época y en cada momento. ¡Esto se llama ser misteriosamente fecundos!


Comentarios exegéticos

Esta parábola está insertada en una perícopa más extensa, por ello ver también: Comentarios exegéticos a Mt 13, 24-43

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: Aquí tienes a tu dios

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 144-147.

Exodo 32, 15-24.30-34.

El relato del  becerro de oro sigue planteando problemas difíciles, y no parece que los exegetas vayan a ponerse de acuerdo, ni desde el punto de vista de la localización de las tradiciones, ni acerca de la relación del episodio con el cisma religioso de las provincias del norte. Sin embargo, podemos afirmar sin duda que, en su estado actual, Ex 32 revela una reflexión en profundidad sobre el futuro de la alianza, alternativamente rota y restablecida. A este respecto, la teología que ofrecen los vv. 30-34 es importante. Por una parte, hace de Moisés un profeta, puesto que lo muestra solidario de su pueblo hasta el extremo de hacerle pedir la muerte (“o bórrame de tu libro”: v. 32). Por otra parte, insiste en la responsabilidad personal (v. 33) del pueblo, lo cual denota una reflexión post-exílica. En cuanto al v. 34, demuestra que la historia ha proseguido después de la ruptura, subrayando así la paciencia divina. El lugar que ocupa el episodio es igualmente significativo; se sitúa entre la versión elohísta del compromiso de la alianza (Ex 24) y la versión yahvista de su restablecimiento (Ex 34). Estas preocupaciones dejan ver la mano del redactor deuteronomista. Pero, por otra parte, no podemos por menos de sentirnos sorprendidos por la tentativa de excusar a Aarón, lo cual es típicamente sacerdotal. El episodio del becerro de oro es verdaderamente concomitante con la historia judía. 

El cisma religioso, al que Jeroboam I arrastró a las tribus del norte (1 Re 12), fue un momento importante de esta historia. Para favorecer la independencia del nuevo Estado, el soberano cismático había abierto de nuevo los antiguos santuarios de Dan y de Betel, lo que suscitó la reprobación en los ambientes proféticos, sobre todo en el momento de la reforma de Josías, que favoreció la unicidad del culto. Sin embargo, hay que señalar que, en sí mismo, el culto de Jeroboam no era idolátrico. En efecto, el becerro de oro no era más que un pedestal fabricado para sustentar la estatua del dios, y en esto no difería en nada de los serafines del templo de Jerusalén. En consecuencia, es evidente que la condena dirigida contra los antiguos santuarios refleja la lucha entablada, tanto por parte de los profetas como por parte del elohísta, contra los cultos cananeos. Por otra parte, los círculos yahvistas de Jerusalén hicieron todo lo que estaba en su mano para ridiculizar los “becerros” de Jeroboam. 

Pero ¿qué es lo que prohibían exactamente los dos primeros preceptos del decálogo? El primero prohibía rendir culto a ningún otro Dios que no fuera Yahvé; no negaba, pues, explícitamente la existencia de otros dioses, sino que todos sus esfuerzos se centraban en dejar claro que había un pacto exclusivo entre Yahvé e Israel, y preparaba así el dogma monoteísta para el momento en que el pueblo tomase cabal conciencia de la impotencia de unos dioses que no le servían de nada. El segundo mandamiento habla sólo de las imágenes de Yahvé; su aplicación fue progresiva en Israel. Prácticamente, aludía a las prácticas mágicas favorecidas por la posesión privada de estatuas cultuales, pero de hecho preconizaba la transcendencia y la libertad divinas. 

Salmo 105.

El salmo 105 pertenece al género de las confesiones nacionales. Su redacción actual podría ser post-exílica. Habría servido, ante todo, para las ceremonias de renovación de la alianza, que desarrollaban el tema del pueblo infiel, a pesar de las liberalidades divinas. 

Mateo 13, 31-35.

Una semilla minúscula, un poco de levadura: los comienzos del Reino son insignificantes. Adivinamos aquí, punzante, la preocupación, la desconfianza casi, con que los discípulos contemplan los principios oscuros de Jesús o de su Iglesia. Persecuciones por todas partes; decididamente, parece lejos el día glorioso de Yahvé, anunciado con sonido de trompetas por algunos profetas. 

Pero ¿quién es la semilla? ¿Quién es la levadura que hace fermentar la masa? Después de la parábola del sembrador, el lector sabe que se trata de la Palabra divina, encarnada en Jesucristo. Pero Jesús es puesto en duda; también la Iglesia lo es en nuestros días: todo esto forma parte de las vicisitudes del Reino. Tanto la minúscula semilla de mostaza como la levadura encierran la promesa de una fecundidad extraordinaria. La pequeña simiente sobre todo, que germina en una gran planta, mayor que las hortalizas, nos recuerda la enseñanza de la apología del cedro (Ez 17) o de la visión de Nabucodonosor (Dn 4), en la que se expresaba la esperanza de Israel en el juicio final, que humillaría a las ciudades orgullosos. Aunque los principios sean humildes, el fin será grandioso. El lenguaje de las parábolas tiene un alcance profético, como se evoca en la cita del Salmo 77 (v. 35). 

Toda fraternidad humana, toda amistad, todo amor, comienzan por un período de exaltación, el del descubrimiento. Luego viene la rutina de los días: es entonces cuando se experimenta la solidez de los vínculos y se manifiesta su profundidad. 

Moisés desciende de la montaña y rompe las Tablas de la Ley al pie del Sinaí. Sin duda, no hubo un momento en que Moisés fuera más dramáticamente consciente de la diferencia entre lo que debería ser la conducta de un pueblo digno de su vocación y la realidad de una fidelidad pecadora. Es un momento capital de la historia bíblica. Al bajar de la montaña, Moisés sabe ya que el pueblo adora al becerro de oro; no teme ser sorprendido por la realidad, que no podría ser peor de lo que él se imagina. Pero el choque es realmente brutal, el escándalo que siente es tan violento, la realidad es tan provocadora, el becerro y la Ley son tan opuestos uno a otro, que hay que romper, golpear, destruir. ¡No hay compromiso posible! 

Ante la insistencia del pueblo, Aarón había pedido que le trajeran todos los arillos de oro y todas las joyas. Había hecho un molde y en él un becerro de oro fundido, y ante él había exclamado: ” ¡Israel, ahí tienes a tu Dios, el que te ha sacado de la tierra de Egipto!” Y había proclamado: 

“¡Mañana habrá fiesta en honor de Yahvé!” El pueblo estaba cansado de Yahvé, fatigado de ese Dios invisible. Como todos los pueblos, los hijos de Israel hubieran querido una divinidad al alcance de su mano, es decir, visible: un Dios presente en un lugar conocido, para poder ir sencillamente a su encuentro, rogarle directamente, forzarle a reconocer todo lo que se esperaba de El. Un Dios útil, utilizable… Moisés ha desaparecido en la montaña durante cuarenta días; el pueblo ha quedado solo y desamparado en el desierto. Necesita seguridad, quiere tener a su Dios visible en medio de él. 

Estas son las razones por las que el becerro y la Ley son irreconciliables. La Ley supone una marcha, un futuro y un riesgo: el pueblo no tendrá otra seguridad que la de una palabra dada, una fidelidad divina asegurada. El becerro, por su parte, simboliza la religión que aprisiona, que encierra, que contiene prohibiciones, tabúes culpabilizadores: hay que respetar reglas, no vivir una libertad activa. Pero un Dios libre, como el Dios de la Alianza, no puede ser utilizado para el propio provecho, para un provecho individual. 

Moisés se ha erigido en defensor de un Dios así. Se hará también el defensor de su pueblo ante Dios mismo. Este “hombre que tutea a Dios” (cfr. Ex 5, 22-23) encuentra, dada su intimidad con El, réplicas de una sinceridad extrema: ” Si no quieres perdonar sus pecados, mátame a mí!” Dios aplacará su cólera: “Ve ahora y conduce al pueblo al lugar adonde yo te he dicho”; la Alianza es paciencia y fe en el porvenir. Pues Dios conoce bien que la cosecha tarda en llegar. Ha aprendido el tiempo de la paciencia, inventando caminos nuevos que le harán recuperar a su pueblo infiel. Pues Dios no podrá nunca sentirse satisfecho con las reverencias y acatamientos de hombres esclavos. 

¡Padre nuestro, que haces salir el sol
tanto sobre los buenos como sobre los pecadores, 
bendito sea tu Nombre! 

Tu Palabra es irrevocable
y tu fidelidad restaura tu alianza; 
por eso te bendecimos por Jesús, salvador nuestro. 

El es el grano lanzado a la tierra, 
resucitado al sol de la Pascua,
futuro de la promesa. 

El es la levadura que se mezcla con la masa
y desde hoy mismo empieza a crecer tu Reino. 
Ya que no te cansas de nuestra torpeza, 
Dios de infinita paciencia, te bendecimos 

Biblia Nácar-Colunga Comentada

Parábola del grano de mostaza, 13:31-32 (Mc. 4:30-32; Lc 13:18-19).

La frase “a qué compararemos” tal cosa, es fórmula también usual rabínica. La mostaza se la echa en el “campo” (Mt) o en la tierra” (Mc); Lc pone en “su huerto.” Pero esto es adaptación a su público gentil, pues la mostaza estaba prohibido sembrarla en los huertos o jardines, según los judíos.

La frase “la más pequeña de todas las semillas” es ambiental y término ordinario de comparación de las cosas pequeñas. Se decía: “pequeño como un grano de mostaza.” 

En Oriente abundan las diversas clases de mostaza. Esta es la vulgar mostaza (mustum ardens), la cual crece rápidamente, puede llegar a tres o cuatro metros y se hace leñosa en su base, posándose en ella los pájaros en bandadas.

Los árabes hablan de “árboles de mostaza.” Por eso se dice en la parábola que se hizo árbol, pues tiene el “tallo como de madera” (Biever). El verbo usado (χατασχηνουν) no significaba propiamente “anidar,” sino simplemente “establecerse,” “habitar”. Es además un término técnico “escatológico” para la incorporación de los gentiles al pueblo de Dios. El árbol alto era también imagen corriente del poder terreno (Ez c.31; Dan c.4).

Es una parábola, pues sus elementos descriptivos son reales directos. La comparación fundamental es ésta: “He aquí la paradoja (doctrinal): de lo mínimo se hará lo máximo.” Es la universalidad de la Iglesia. Bien lo ha probado la historia.

No es semita que sea parte esencial de la parábola el ”fieri” de su crecimiento, aunque lo supone. El objetivo directo es hacer ver el hecho: el Reino de pequeño se hará grande, universal. Incluso en Mc-Lc, que en la narración de esta parábola ponen su crecimiento, parecen ser elementos descriptivos del objetivo directo de la parábola. Tampoco se trata de corregir el error político-nacionalista judío de una inauguración súbita y esplendorosa del Reino. El tema no es la instauración súbita, sino la extensión del mismo. Ni el elemento de los pájaros parece pueda tener un valor alegórico por los fieles, aunque esta imagen esté en el A.T. (Dan 4:11.21; Ez 17:23; 31:6) y surja espontánea en el lector de la parábola, porque no es el tema directo de la misma.

Parábola del fermento, 13:33 (Lc 13:20-21).

La escena es de un gran realismo palestino. El “sato” (σάτον) es la traducción del arameo sa’tha’ (hebreo, se oh). Era medida usual para áridos, como ya testificaba San Jerónimo. El se’ah es la tercera parte del epha, y éste tenía algo más de 13 litros; tres se’ah de harina eran unos 13 litros.

El tema de la misma es claro: el vigor que tiene el Reino para hacer fermentar a “todo” el mundo. Es semejante a la anterior, y se pensaría en una forma binaria de exposición o de agrupación literaria.

Varios autores (Jülicher, Loisy) piensan que es otra forma redaccional idéntica a la anterior. Hay diferencia literaria. En la primera se habla del hecho de la universalidad, lo que supone el vigor para la extensión; en ésta se acusa más directamente el vigor que tiene para la fermentación, extensión.

El motivo histórico por que se pronuncian estas dos parábolas ha podido ser la necesidad de afirmar el Reino que Cristo enseñaba, tan distinto del esperado ambientalmente. Parábolas de respuesta a “dudas,” especialmente ambientales de polémica judeo-cristiana. Y hasta, acaso, se destaca frente al brillo triunfal del Reino esperado, que aquí la “masa” del fermento — Reino — se “escondió.”

Reflexión del evangelista, 13:34-35 (Mc 4:33-34).

La afirmación rotunda que nada hablaba sin “parábolas” es una hipérbole oriental. Este pasaje está entroncado con el tema anterior de la finalidad de las parábolas. Pero Mt quiere, conforme a su método, justificarlo con algún testimonio profético.

Cita un pasaje del salmo 78:2. El salmo es de Asaf, y éste era considerado profeta en la Escritura (2 Par 29:30) y en el uso de los rabinos. Acaso aluda al espíritu profético de los Salmos. En qué sentido se utilice este versículo, es discutido. Conforme a la argumentación rabínica, que suponía la Escritura llena de misterios y sentidos ignotos, todo lo que de alguna manera podía relacionarse con un pasaje bíblico se lo consideraba como vinculado. No que Mt estuviese iniciado en estos procedimientos, como lo estaba San Pablo (1 Cor 10:1), pero estos procedimientos podían haber trascendido de las explicaciones sinagogales o ser procedentes de o tras “fuentes.” Otros piensan en un sentido “típico”: lo que sucedía a Asaf era “tipo” de lo que sucedería en Cristo. Así San Jerónimo, Lagrange. Para Maldonado se trata de un sentido “acomodado”. Buzy admite que “es también posible haya sido considerado por el evangelista en sentido amplio, como una profecía de los tiempos mesiánicos.” Durand, en cambio, escribe: “Si el evangelista añade que todo esto tuvo lugar., etc., es para hacer entender que se verificaba de nuevo en Jesús lo que el salmista había escrito de sí mismo, no por una simple coincidencia, sino en función de una analogía de situación que estaba en el plan de Dios.” 

S. Carrillo, El evangelio según san Mateo: Parábola del grano de mostaza y la levadura

Verbo Divino (2010), pp. 186-188

Parábola del grano de mostaza (13,31-32; MC 4,30-32; LC 13,18-19) 

El Reino de los Cielos es comparado con un grano de mostaza85. En realidad, la comparación no es con el grano, la más pequeña de las semillas, sino con el término final de su desarrollo, cuando, transformado (hiperbólicamente) en un árbol, puede albergar a las aves del cielo que vienen a hacer en él su nido. A orillas del lago Tiberíades, la planta de mostaza alcanza una altura de tres a cuatro metros. El contraste de la parábola está entre el principio y el fin. La semilla de mostaza, tan pequeña que apenas se puede percibir, se convertirá en un árbol, en cuyas ramas anidarán las aves del cielo. 

Así será el Reino de los Cielos. A los ojos humanos, el Reino que Jesús predica e implanta tiene orígenes humildes, pero su vitalidad es tal que crecerá, superando toda previsión humana. Para los discípulos de Jesús, la parábola de debió ser un aliento frente a los insignificantes principios del Reino y la oposición a su mensaje. 

Cuando el evangelista escribe, la Iglesia, pequeña en sus principios, ha ido creciendo en virtud de la savia divina que corre por ella, y su capacidad será tal que podrán venir a fijar en ella su tienda todas las naciones de la tierra. 

Parábola de la levadura (13,33; LC 13,20-21) 

La comparación está en el término del proceso, en la cantidad de masa fermentada por la levadura. Una mujer oculta un poco de levadura en tres medidas de harina. Una medida equivale a quince litros. Eran, por tanto, cuarenta y cinco litros de harina, que proporciona pan para cien personas. Esta cantidad de masa, exagerada para las necesidades de una mujer de casa, encierra una hipérbole. Para el evangelista, se trata de realidades divinas. Es una parábola de contraste entre el principio y el término. Un poco de levadura es capaz de fermentar cuarenta y cinco litros de harina. 

Así sucede con el Reino de los Cielos que Jesús está implantando. Sus principios son minúsculos y ocultos, como la poca levadura que la mujer esconde en los cuarenta y cinco litros de harina. El verbo “esconder” quiere significar que la fuerte actividad de Dios, aunque secreta e invisible, es soberanamente eficaz. 

VV. 34-35

Esta unidad sirve para interrumpir la serie de las parábolas, invitando al lector a la reflexión. El evangelista insiste en el método empleado por Jesús: comunicar sus enseñanzas en parábolas, con ejemplos, a fin de ser comprendido. Con este procedimiento, Jesús lleva a cumplimiento una palabra del salmo 78,2, que es considerado como profecía. La segunda parte de la cita es una ampliación de Mateo, que refiere a los misterios del Reino (v. 11). Jesús tiene libre acceso a los secretos eternos de la mente de Dios. 

W. Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt): Grano de mostaza y levadura

Herder (1980), Tomo II, pp. 33-38

Parábola del grano de mostaza (13,31-32).

La pregunta de la que proviene la parábola, puede haber sido semejante a la pregunta de la parábola del sembrador. ¿Cómo debe representarse el poderoso reino de Dios en unos principios tan raquíticos? ¿Qué debemos conservar en este pequeño número, en la exigua eficacia del apostolado de Jesús, en el tenue eco del llamamiento de Jesús? ¿Es todo eso digno de Dios y del tiempo incipiente de la salvación? 

En Palestina es proverbial que el grano de mostaza es la más pequeña de todas las semillas. Pero el arbusto desarrollado de la mostaza crece rápidamente hasta una altura de dos o tres metros, y es visible desde lejos. Es verdad que no se convierte en un «árbol», como se dice en la parábola. Aquí se introduce otra imagen, que es familiar al Antiguo Testamento, la imagen del árbol universal: «Así dice el Señor Dios: Yo mismo tomaré de la cumbre del cedro, de sus ramas más altas yo arrancaré un tierno ramo. Lo plantaré sobre una montaña muy elevada. Sobre un monte elevado de Israel lo plantaré. Echará ramas y dará frutos. Se convertirá en un magnífico cedro. Todos los pájaros habitarán a la sombra de sus ramas» (Ez 17,22s). El profeta menciona la antigua imagen del árbol universal, el vetusto símbolo de la fertilidad, de la vida y de la estabilidad. El mismo Dios plantará de nuevo el árbol en el tiempo futuro [10]. Jesús hace aparecer la imagen y habla del árbol, al que vuelan los pájaros del cielo y anidan en sus ramas. Así sucederá al fin con la obra de Dios, que empieza humildemente como una insignificante semilla. 

Poniendo la mirada en este tiempo futuro el discípulo soporta con alegría el tiempo presente. Sabe que los pequeños principios actuales y las sencillas señales no pueden compararse con la obra consumada. El discípulo confía en Dios enteramente y sin reserva, confía en que Dios puede hacer grande una cosa tan exigua. Dios puede sacar de estas piedras hijos de Abraham, es decir, puede formarse un pueblo de la nada (cf. 3,9). Dios tiene normas distintas de las que tenemos los hombres. Lo exiguo ante él es grande, y lo grande que tienen los hombres, ante él es horrible. 

En la parábola todavía resuena otro pensamiento, el del crecimiento. No sólo debe aparecer gráficamente la relación entre la pequeña semilla y el gran árbol, sino también la índole dinámica del reino de Dios, en constante crecimiento y progreso, siempre encaminado a su objetivo. El reino prosigue y adelanta, Dios conduce los acontecimientos hacia su glorioso objetivo. El creyente está seguro de esta meta y de la acción de Dios, eficaz e impulsora de la historia, a pesar de que con frecuencia no aparezca como tal, sino que, por el contrario, dé la impresión de deterioro y no de mejora, y aun cuando otras veces el hombre se crea envuelto en el eterno girar del retorno de lo idéntico. 

Parábola de la levadura (13,33).

Esta parábola se cuenta con mucha llaneza y concisión en un versículo. Una mujer quiere cocer pan. A la gran cantidad de harina se añade una porción insignificante de levadura, la mujer mezcla las dos, las cubre con un paño y las deja. Después de algún tiempo ha ocurrido algo admirable: toda la harina ha fermentado. La pequeña cantidad hizo un gran efecto. Como en la parábola del grano de mostaza también aquí se trata, en primer lugar, de lo sorprendente, del cambio brusco, de la comparación asombrosa entre el principio y el fin. Así sucede con el reino de Dios. Por sus humildes indicios no se puede juzgar su pleno poder, desarrollo y grandeza. 

Pero aquí todavía es más importante el pensamiento de la eficacia. La pequeña parte de levadura tiene en sí una vigorosa fuerza vital. La levadura puede hacer fermentar una gran masa de harina, de forma que pueda cocerse y producir pan. Es, por así decir, el principio vital del conjunto. 

El pequeño número y la cantidad minúscula no pueden engañar. Ante Dios no sólo tiene validez otra medida en la relación entre lo grande y lo pequeño, sino también entre lo eficaz y lo débil. Interiormente está lleno de fuerza vital lo que exteriormente puede parecer débil e indigente. Con la debilidad externa del mensajero se desarrolla la fuerza interna del mensaje [11]. Son realmente divinos el nuevo corazón y el nuevo espíritu, que Dios ha prometido y que ahora quiere formar en la plenitud del tiempo. 

La persona que se subordinó por completo al dominio de Dios y se dejó transformar por él es como una levadura para su ambiente. La efectiva fuerza vital, que fluye y palpita en esta persona, comprende todo lo que está alrededor de ella y se le confía. No sólo los grandes acontecimientos, sino nuestra pequeña vida cotidiana nos muestran esta fuerza vital, si está incorporada en personas vivientes. También nos muestran su eficacia y su capacidad de irradiación sobre los demás. 

Jesús ha dicho al pequeño grupo de sus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo…, vosotros sois la sal de la tierra…, no puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte» (cf. 5,14-16). ¿Conocemos el tesoro que Dios ha insertado en nuestra vida? ¿Creemos que estamos llamados para dedicarnos a nuestro ambiente con esta fuerza, para hacerlo fermentar con la vida de Dios, aunque lo hagamos con tentativas muy humildes, poco vistosas y quebradas por nuestras debilidades y fragilidad? Esta es la vida de Dios. 

La enseñanza por medio de parábolas (13,34-35).

A continuación siguen dos versículos sobre el sentido del lenguaje de Jesús en las parábolas. Estos versículos concluyen esta sección de enseñanza del pueblo, que se contrapone a la parte siguiente, que sólo se dirige a los discípulos. Con relación al pasaje anterior (13,10-15) estos dos versículos tienen otra dirección. Deben mostrar que el modo de hablar de Jesús en las parábolas corresponde a la Escritura. Las palabras del Antiguo Testamento no están en ningún profeta, sino en el libro de los salmos, aunque de una forma algo distinta: «Yo abriré a las parábolas mi boca. Expondré los arcanos de los tiempos idos…» (Sal 77,2). Jesús sólo habla al pueblo con parábolas, porque el pueblo no presta atención al mensaje y no cree. Las parábolas sólo pueden ser aclaradas a los que les gusta escuchar y ya han entendido. Aquí el evangelista sigue utilizando este pensamiento de 13,10-15. El embotamiento de Israel no se debe a Dios ni a Jesús, su causa no es la manera enigmática de la proclamación del Señor. Este posible error está excluido por la palabra de la Escritura, según la cual el elegido de Dios ha de hablar con parábolas. Eso quiere decir el evangelista, así lo pudieron entonces entender los judíos, a quienes era familiar esta manera de expresarse de la Escritura. 

Se reconoce claramente que estos versículos (como también 13,10-15) incluyen la experiencia del tiempo posterior. La misión entre los judíos en conjunto había fracasado. Israel no sólo había rechazado al Mesías, sino también a los misioneros después de pentecostés. Se vuelve la mirada a los acontecimientos y se procura dilucidar la recusación, que difícilmente se puede comprender. Un medio para entender es la explicación del lenguaje parabólico del Señor. Aquí se introduce la separación entre oyentes solícitos y embotados. A los primeros se les hace comprender las parábolas añadiéndoles la explicación de las mismas (cf. las explicaciones de las parábolas del sembrador y de la cizaña). Pero los demás, los que están fuera, sólo llegan a conocer las parábolas sin la clave, es decir sin la explicación, porque se han colocado fuera. 

Tenemos que esforzarnos por separar entre sí las dos cosas: la parábola primitiva, tal como Jesús la ha contado y nos la transmite inmediatamente, y por otra parte la explicación de las parábolas en general, que son un fragmento de la teología cristiana primitiva y que debían ayudar a poner en claro el endurecimiento de Israel para la Iglesia de aquel tiempo. Dios ofrece el pleno sentido y la verdadera comprensión de sus misterios sólo a los que han abierto su espíritu y su corazón para entenderlos. Así sucedía en Israel, así sucede en la Iglesia. 


Notas

[10] En otros pasajes del Antiguo Testamento, también se emplea este árbol como símbolo del poder de un soberano o reino, que se opone al poder de Dios y por eso es condenado; cf. Ez 31,1ss; Dan 4,6ss. 
[11] Cf. Gal 4 , 1 3 ; 1Cor 1,25.27; 2 , 3 ; 2Cor 12,8s, y G. RICHTER, Deutsches Wörterbuch sum Neuen Testament, Ratisbona 1962, p. 799s.

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