Mt 13, 47-53: Parábola de la red

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Texto Bíblico

47 El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: 48 cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. 49 Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos 50 y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
51 ¿Habéis entendido todo esto?». Ellos le responden: «Sí». 52 Él les dijo: «Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».
53 Cuando Jesús acabó estas parábolas, partió de allí.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Agustín, obispo

Sobre la fe y las obras: Imitar la paciencia del Señor

Capítulos 3-5

Nuestro Señor ha sido un modelo incomparable de paciencia: ha soportado hasta su pasión a un «demonio» entre sus discípulos (Jn 6, 70). Ha dicho: «Dejadlos crecer juntos hasta la siega, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también el trigo» (Mt 13, 29). Para ser una figura de la Iglesia ha predicho que la red arrastraría hasta la orilla, es decir, hasta el fin del mundo, toda clase de peces, buenos y malos. Ha hecho conocer de muchas otras maneras, ya sea hablando abiertamente, ya sea en parábolas, que los buenos y los malos se mezclarían. Y, sin embargo, es necesario vigilar sobre la disciplina de la Iglesia, cuando dice: «Estad atentos; si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano» (Mt 18,15)…

Pero hoy en día vemos que hay hombres que sólo toman en consideración los preceptos rigurosos, que mandan reprimir a los perturbadores, de «no dar lo santo a los perros» (Mt 7, 6), de tratar como publicano a aquel que menosprecia a la Iglesia (Mt 18,17), de arrancar del cuerpo a los miembros escandalosos (Mt 5,30). Su celo intempestivo, desorienta a la Iglesia, de manera que quisieran arrancar la cizaña antes de tiempo, y su ceguera les convierte a ellos mismos en enemigos de la unidad de Jesucristo…

Vigilemos de no dejar entrar en nuestro corazón esos presuntuosos pensamientos, de querer apartarnos de los pecadores para no ensuciarnos con su contacto, de querer formar como un rebaño de discípulos puros y santos; bajo el pretexto de no juntarnos con los malos, no haríamos otra cosa que romper la unidad. Sin bien al contrario, acordémonos de las parábolas de la Escritura, de sus inspiradas palabras, de sus impresionantes ejemplos, en los cuales se nos enseña que, en la Iglesia, los malos estarán siempre mezclados con los buenos hasta el fin del mundo y el día del juicio, sin que su participación en los sacramentos sea dañina para los buenos, dado que éstos no habrán tenido parte en sus pecados.

Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia

Diálogos: El Juicio

Capítulo 39

«El final de los tiempos» (cf. Mt 13,49)

[Santa Catalina oyó que Dios decía:] En el último día del juicio, cuando el Verbo, mi Hijo, revestido de mi majestad, vendrá a juzgar al mundo con su poder divino, no vendrá como pobre y miserable tal como se presentó cuando nació del seno de la Virgen, en un establo y en medio de animales, o tal como murió, entre dos ladrones. Entonces, en él mi poder estaba escondido; como hombre le dejé sufrir dolores y tormentos. No fue, en absoluto, que mi naturaleza divina se separara de la naturaleza humana, sino que le dejé sufrir como a hombre para expiar vuestras faltas. No, no es así que vendrá en el momento supremo: vendrá con todo su poder y con todo el esplendor de su propia persona…

A los justos les inspirará, al mismo tiempo que un temor respetuoso, un gran júbilo. No es que su rostro cambie: su rostro, en virtud de su naturaleza divina, es inmutable porque no es sino uno conmigo, y en virtud de la naturaleza humana su rostro es igualmente inmutable porque tiene asumida la gloria de la resurrección. A los ojos de los réprobos, aparecerá terrible, porque le verán con ese ojo de espanto y turbación que los pecadores llevan dentro de sí mismos. ¿No es lo mismo que ocurre con un ojo enfermo? Cuando brilla el sol no ve más que tinieblas, mientras que el ojo sano ve la luz. No es que la luz tenga algún defecto; no es que el sol cambie. El defecto está en el ojo ciego. Es así como los réprobos verán a mi Hijo: en la tiniebla, el odio y la confusión. Será por culpa de su propia enfermedad y no a causa de la majestad divina con la que mi Hijo aparecerá para juzgar al mundo.

San Juan Pablo II, papa

Homilía (15-11-1980)

Viaje Apostólico a la República Federal de Alemania.
Homilía durante la Misa celebrada en el Estadio «Butzweiler Hof» de Colonia. Sábado 15 de noviembre de 1980

1. “El reino de Dios es semejante a una red…” (Mt 13, 47). Permitidme… que en esta celebración eucarística intente explicar el significado de nuestro extraordinario encuentro en este día con ayuda de esta parábola, con la ayuda de las palabras de Cristo, que siempre aclaraba y explicaba el Reino de Dios por medio de parábolas, anunciando así El la presencia de este Reino en medio del mundo.

También nosotros debemos encontrarnos en esta dimensión. […] Nosotros, que ahora formamos la Iglesia de Cristo sobre la tierra, en este trozo de la tierra alemana, deberíamos encontrarnos en la dimensión de la verdad del Reino de Dios: Cristo ha venido para revelar este Reino y para introducirlo en la tierra, en cada lugar de la tierra, en los hombres y entre los hombres.

Este Reino de Dios se encuentra en medio de nosotros (cf. Lc 17, 21), del mismo modo como lo ha estado en todas las generaciones de vuestros padres y antepasados. Como ellos, también nosotros rezamos cada día en el Padrenuestro: “Venga tu reino”. Estas palabras testimonian que el Reino de Dios está siempre delante de nosotros, que nosotros caminamos a su encuentro y que, por ello, vamos madurando en medio de ese camino intrincado, e incluso a veces errado, de nuestra existencia mundana. Nosotros testimoniamos con esas palabras que el Reino de Dios se va realizando y se nos va acercando constantemente, aun cuando con tanta frecuencia lo perdamos de vista y ya no percibamos la figura concreta que de él nos presenta el Evangelio. A menudo parece como si la única y exclusiva dimensión de nuestra existencia fuera “este mundo”, “el reino de este mundo” con su figura visible, con su sofocante progreso en ciencia y técnica, en cultura y economía…, sofocante y no pocas veces exasperante. Sin embargo, cuando cada día o al menos de vez en cuando nos hincamos de rodillas para rezar, siempre repetimos, en medio de esa atmósfera en que vivimos, las mismas palabras: “Venga a nosotros tu reino”.

Queridos hermanos y hermanas: Estas horas en las que aquí se desarrolla nuestro encuentro, este tiempo que yo puedo pasar entre vosotros, gracias a vuestra invitación y hospitalidad, es el tiempo del Reino de Dios: del reino que ya “está aquí” y a la vez de ese reino que todavía “viene”. Por ello, todo lo esencial de esta visita tenemos que explicarlo con la ayuda de esa parábola que en el Evangelio de hoy hemos escuchado: “El reino de Dios es semejante…”.

2. ¿A quién se asemeja?

Según las palabras de Jesús, tal cómo nos las han transmitido los cuatro Evangelistas, este Reino de Dios viene esclarecido a través de múltiples parábolas y comparaciones. La comparación de hoy es una de ellas. Nos parece unida de un modo singularmente estrecho a aquel trabajo que desempeñaban los Apóstoles de Cristo, entre ellos Pedro, y muchos de sus oyentes a la orilla del mar de Genesaret. Cristo dice: el reino de los cielos es semejante “a una red barredera, que se echa en el mar y recoge peces de toda suerte” (Mt 13, 47). Estas sencillas palabras transforman por completo la imagen del mundo, la imagen de nuestro mundo de hombres, tal como nosotros lo forjamos con nuestra experiencia y nuestra ciencia. Pero experiencia y ciencia no pueden traspasar en modo alguno esas fronteras inherentes al “mundo” y a la existencia humana, esas fronteras necesariamente unidas al “mar del tiempo”, las fronteras de un mundo en el que el hombre nace y muere, de acuerdo con las palabras del Génesis: “polvo eres, y al polvo volverás” (Gén 3, 19). La comparación de Cristo habla, por el contrario, del traspaso del hombre a un “mundo” distinto, a una nueva dimensión de su existencia. El Reino de los cielos es precisamente esa nueva dimensión que se abre sobre el “mar del tiempo” y es, simultáneamente, la “red” que actúa en ese mar para conseguir el definitivo destino del hombre y de todos los hombres en Dios.

Nuestra parábola de hoy nos invita a reconocer el Reino de los cielos como la definitiva realización de esa justicia a la que el hombre aspira con el incesante deseo que el Señor ha puesto en su corazón, de esa justicia que el mismo Jesús obró y anunció, de esa justicia, por fin, que Cristo selló con su propia sangre en la cruz.

En el Reino de los cielos, el “reino de la justicia, del amor y la paz” (Prefacio de la fiesta de Cristo Rey), el hombre se encontrará también a sí mismo realizado, pues el hombre es el ser que, surgiendo de la profundidad de Dios, esconde en sí una profundidad tal que sólo Dios puede colmar. El, el hombre, es con todo su ser una imagen y semejanza de Dios.

3. Jesús ha fundamentado su Iglesia sobre los doce Apóstoles, de los que la mayoría eran pescadores. La imagen de la red les era bien familiar. Jesús quería hacerlos pescadores de hombres. También la Iglesia es una red, una red ensamblada por el Espíritu, entretejida por la misión apostólica, operante por la unidad en la fe, vida y amor.

Pienso en estos momentos en la espaciosa red de toda la Iglesia universal. Ante mis ojos está al mismo tiempo cada una de las Iglesias de vuestro país, especialmente la gran Iglesia en Colonia y los obispados circundantes. Ante mis ojos tengo, finalmente, la más pequeña de las Iglesias, la “Ecclesiola”, la iglesia doméstica, a la que el reciente Sínodo de los Obispos en Roma ha prestado tan profunda atención en el tema sobré la ” Misión de la familia cristiana”.

La familia: Iglesia doméstica, comunidad única e irreemplazable de personas, sobre la que San Pablo nos hablaba en la segunda lectura de hoy. El tiene presente, naturalmente, el aspecto de la familia cristiana de su tiempo; lo que él dice tenemos, pues, que aplicarlo nosotros a los intereses de las familias en nuestro tiempo: lo que dice a los maridos, lo que dice a las mujeres, a los hijos, a los padres y, finalmente, lo que él nos dice a todos: “Vosotros, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre y longanimidad, soportándoos y perdonándoos mutuamente… Pero por encima de todo esto, vestíos de la caridad, que es vínculo de perfección. Y la paz de Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados en un solo cuerpo. Sed agradecidos” (Col 3, 12-15); ¡Qué gran lección para la espiritualidad matrimonial y familiar!

Nosotros, sin embargo, no debemos cerrar los ojos al otro aspecto; los padres sinodales se han ocupado de él muy en serio: estoy pensando en las dificultades que hoy supone el alto ideal de la comprensión y del comportamiento cristiano de la familia. La moderna sociedad industrial ha modificado básicamente las condiciones de vida del matrimonio y de la familia. Matrimonio y familia eran antes no sólo comunidad de vida, sino también comunidad de producción y economía. Vivían desplazados de las múltiples funciones públicas. El clima de hoy, abierto al exterior, no siempre resulta acogedor para el matrimonio y la familia. En nuestra anónima civilización de masas, ellos aparecen sin embargo como el lugar de refugio ante la búsqueda constante de seguridad y felicidad. Matrimonio y familia son hoy, pues, más importantes que nunca: célula germinal para la renovación de la sociedad; fuente de energía por la que la vida se hace más humana y, tomando de nuevo la imagen, red que da firmeza y unidad, emergiendo de las corrientes del abismo.

No permitamos que esta red se destroce. El Estado y la sociedad inician su propia ruina en el momento en que no promuevan ya activamente el matrimonio y la familia, en el momento en que no los protejan, equiparándolos a otras comunidades de vida no matrimoniales. Todos los hombres de buena voluntad, especialmente nosotros, los cristianos, estamos llamados a descubrir de nuevo la dignidad y el valor del matrimonio y de la familia, viviendo ante los demás de una manera que convenza. La Iglesia ofrece desde la luz de la fe su consejo y su servicio espiritual.

5. El matrimonio y la familia están profundamente, vinculados a la dignidad personal del hombre. Nacen no sólo del impulso instintivo y la pasión, no sólo del afecto; nacen ante todo de una libre decisión de voluntad, de un amor personal, por el que los cónyuges llegan a ser no sólo una misma carne, sino también un único corazón y una sola alma. La unión corporal y sexual es algo grande y hermoso. Pero solamente es digna del hombre si ella es integrada en una vinculación personal, reconocida por la sociedad civil y eclesiástica. Toda unión carnal entre hombre y mujer tiene, por tanto, su legítimo lugar sólo dentro del recinto de fidelidad personal, exclusiva y definitiva, en el matrimonio. El carácter definitivo de la fidelidad matrimonial, que muchos hoy parecen no comprender ya, es igualmente una expresión de la dignidad incondicional del hombre. No se puede vivir solamente de prueba; no se puede morir solamente de prueba.

No se puede amar sólo de prueba, aceptar a una persona sólo de prueba y por un tiempo determinado.

6. Así, pues, el matrimonio está orientado hacia la permanencia, hacia el futuro. Mira siempre hacia adelante. Es el único lugar adecuado para la procreación y educación de los hijos. El amor cristiano está, por tanto, orientado esencialmente también a la fecundidad. En esta tarea de transmitir la vida humana, los esposos son colaboradores del amor de Dios creador. Yo sé que también aquí las dificultades son grandes en la sociedad actual. Cargas sobre todo para la mujer, viviendas reducidas, problemas económicos e higiénicos, inconvenientes que se crean, a veces ex profeso, a las familias numerosas, todo esto constituye un obstáculo para un mayor número de hijos. Yo apelo a todos los que tienen responsabilidad y poder en la sociedad: haced cuanto sea posible para crear recursos. Pero apelo sobre todo a vuestra propia conciencia y a vuestra responsabilidad personal, queridos hermanos y hermanas. En vuestra conciencia tenéis que tomar la decisión ante Dios sobre el número de vuestros hijos.

Como esposos, estáis llamados a una paternidad responsable. Pero esto significa que vuestra planificación familiar debe ser tal que respete las normas y criterios éticos. Es lo que ha subrayado el último Sínodo de los Obispos. Con gran vehemencia quisiera recordaros hoy especialmente, dentro de este contexto, las siguientes palabras: Eliminar una vida que aún está por nacer, no es un medio legitimo de planificación familiar. Os repito lo que dije a los trabajadores, el 31 de mayo del presente año, en el suburbio parisiense de Saint-Denis: “El primer derecho del hombre es el derecho a la vida. Hemos de defender este derecho y este valor. De lo contrario, toda la lógica de la fe en el hombre, todo el programa del progreso verdaderamente humano, se tambaleará y se vendrá abajo”. Se trata, en efecto, de servir a la vida (L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 8 de junio de 1980, pág. 7).

7. Queridos hermanos y hermanas: Sobre la base y el presupuesto indispensable de lo dicho hasta aquí tornemos ahora al profundo misterio del matrimonio y la familia. El matrimonio es, en la perspectiva de nuestra fe, un sacramento de Jesucristo. El amor y la fidelidad matrimonial son protegidos y encauzados por el amor y la fidelidad de Dios en Jesucristo. La fuerza de su cruz y su resurrección guía y santifica el matrimonio cristiano.

Como ha puesto de relieve el reciente Sínodo de los Obispos en su mensaje a las familias cristianas en el mundo contemporáneo, la familia cristiana está llamada de un modo singular a colaborar en el plan salvífico de Dios ayudando a sus miembros “a ser, a su vez, agentes de la historia de la salvación y signos vivos del plan amoroso de Dios sobre el mundo” (L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 2 de noviembre de 1980, pág. 10).

El matrimonio y la familia, constituidos por el sacramento en una “iglesia en pequeño” o iglesia doméstica, tienen que ser una escuela de fe y un lugar de oración común. Yo confiero precisamente una gran importancia a la oración en la familia. Ella da fortaleza para superar los múltiples problemas y dificultades. En el matrimonio y la familia tienen que crecer y madurar las principales virtudes humanas y cristianas, sin las cuales no puede subsistir ni la Iglesia ni la sociedad. Aquí se encuentra el primer espacio del apostolado laico-cristiano y del sacerdocio común de todos los bautizados. Tales matrimonios y familias, impregnados de espíritu cristiano, son también los auténticos seminarios, es decir, el lugar donde se siembra la llamada espiritual al estado sacerdotal y religioso.

Queridos esposos y padres, queridas familias: En este encuentro eucarístico de hoy, ¡nada podría desearos yo con más afecto que el que todos vosotros y todas y cada una de las familias forméis una “iglesia doméstica” de esa índole, una iglesia en pequeño; que se realice en vosotros la parábola del Reino de Dios; que experimentéis la presencia del Reino de Dios, siendo vosotros mismos una “red” viva que unifica, que lleva y que da seguridad —seguridad para vosotros y para cuantos se encuentren en vuestro entorno—!

Esta es mi bendición, la bendición que yo os expreso como vuestro invitado y peregrino, como servidor de vuestra salvación.

8. Y ahora permitidme que, al final de estas básicas consideraciones sobre el Reino de Dios y la familia cristiana, me refiera una vez más a San Alberto Magno. La festividad de su VII centenario me ha conducido a vuestra ciudad, donde se encuentra la tumba de este hijo ilustre de vuestro país. Nacido en Lauingen, fue un gran hombre de ciencia a lo largo de toda su vida, un hijo espiritual de Santo Domingo y, al mismo tiempo, el maestro de Santo Tomás de Aquino. Siendo uno de los hombres más grandes de espíritu del siglo XIII, como ningún otro supo entretejer la red, trabando unitariamente fe y razón, sabiduría de Dios y sabiduría del mundo. Hoy visitaré también su ciudad natal, al menos en espíritu, cuando aquí en Colonia permanezca junto a su tumba y medite con vosotros las palabras con las que la liturgia de hoy le elogia: “Si le place al Señor soberano, le llenará el espíritu de inteligencia… Dirige su voluntad y su inteligencia a meditar los misterios de Dios. Publica las enseñanzas de su doctrina y se gloriará en conocer la Ley y la divina alianza. De muchos será alabada su inteligencia y jamás será echado en olvido. No se borrará su memoria, y su nombre vivirá de generación en generación. Los pueblos cantarán su sabiduría y la asamblea pregonará sus alabanzas” (Sir 39, 8-14).

Nada es necesario añadir a estas palabras del sabio Jesús Sirach. Pero nada tampoco se debe omitir. Ellas describen perfectamente la figura de este hombre, a quien vuestra patria y vuestra ciudad alaba, de este hombre que es motivo de gozo para toda la Iglesia. Alberto Magno, doctor universal; Alberto Magno, hombre de un saber amplísimo: un verdadero “discípulo del Reino de Dios”.

Habiendo reflexionado hoy juntos sobre la vocación de la familia cristiana a la construcción del Reino de Dios sobre la tierra, las palabras de la parábola de Cristo nos deben dar también la más profunda significación de este santo a quien hoy solemnemente recordamos. En efecto, Cristo dice: “Todo escriba instruido en la doctrina del reino de los cielos es como el amo de casa, que de su tesoro saca lo nuevo y lo añejo” (Mt 13, 52).

A un tal amo de casa se asemeja también San Alberto. Que su ejemplo y su intercesión me acompañen cuando en mi peregrinaje por vuestro país intente, como pescador de hombres, hacer más tupida la red y arrojarla una y otra vez para que llegue el Reino de Dios. Amén.

Catequesis, Audiencia General (18-03-1987)

nn. 3-6.8-9

Jesucristo, inauguración y cumplimiento del Reino de Dios

3. Frente a la experiencia dolorosa de los límites humanos y del pecado, los Profetas anuncian una nueva Alianza, en la que el Señor mismo será el guía salvífico y real de su pueblo renovado (cf. Jer 31, 31-34; Ez 34, 7-16; 36, 24-28).

En este contexto surge la expectación de un nuevo David, que el Señor suscitará para que sea el instrumento del éxodo, de la liberación, de la salvación (Ez 34, 23-25; cf. Jer 23, 5-6). Desde ese momento la figura del Mesías aparece en relación íntima con la manifestación de la realeza plena de Dios.

Tras el exilio, aún cuando la institución de la monarquía decayera en Israel, se continuó profundizando la fe en la realeza que Dios ejerce sobre su pueblo y que se extenderá hasta “los confines de la tierra”. Los Salmos que cantan al Señor rey constituyen el testimonio más significativo de esta esperanza (cf. Sal 95/96 – 98/99).

Esta esperanza alcanza su grado máximo de intensidad cuando la mirada de la fe, dirigiéndose más allá del tiempo de la historia humana, llegará a comprender que sólo en la eternidad futura se establecerá el reino de Dios en todo su poder: entonces, mediante la resurrección, los redimidos se encontrarán en la plena comunión de vida y de amor con el Señor (cf. Dan 7, 9-10; 12, 2-3).

4. Jesús alude a esta esperanza del Antiguo Testamento y proclama su cumplimiento. El reino de Dios constituye el tema central de su predicación, como lo demuestran sobre todo las parábolas.

La parábola del sembrador (Mt 13, 3-8) proclama que el reino de Dios está ya actuando en la predicación de Jesús; al mismo tiempo invita a contemplar a abundancia de frutos que constituirán la riqueza sobreabundante del reino al final de los tiempos. La parábola de la semilla que crece por sí sola (Mc 4, 26-29) subraya que el reino no es obra humana, sino únicamente don del amor de Dios que actúa en el corazón de los creyentes y guía la historia humana hacia su realización definitiva en la comunión eterna con el Señor. La parábola de la cizaña en medio del trigo (Mt 13, 24-30) y la de la red para pescar (Mt 13, 47-52) se refieren, sobre todo, a la presencia, ya operante, de la salvación de Dios. Pero, junto a los “hijos del reino”, se hallan también los “hijos del maligno”, los que realizan la iniquidad: sólo al final de la historia serán destruidas las potencias del mal, y quien hay cogido el reino estará para siempre con el Señor. Finalmente, las parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa (Mt 13, 44-46), expresan el valor supremo y absoluto del reino de Dios: quien lo percibe, está dispuesto a afrontar cualquier sacrificio y renuncia para entrar en él.

5. De la enseñanza de Jesús nace una riqueza muy iluminadora. El reino de Dios, en su plena y total realización, es ciertamente futuro, “debe venir” (cf. Mc 9, 1; Lc 22, 18); la oración del Padrenuestro enseña a pedir su venida: “Venga a nosotros tu reino” (Mt 6, 10).

Pero al mismo tiempo, Jesús afirma que el reino de Dios “ya ha venido” (Mt 12, 28), “está dentro de vosotros” (Lc 17, 21) mediante la predicación y las obras, de Jesús. Por otra parte, de todo el Nuevo Testamento se deduce que la Iglesia, fundada por Jesús, es el lugar donde la realeza de Dios se hace presente, en Cristo, como don de salvación en la fe, de vida nueva en el Espíritu, de comunión en la caridad.

Se ve así la relación íntima entre el reino y Jesús, una relación tan estrecha que el reino de Dios puede llamarse también “reino de Jesús” (Ef 5, 5; 2 Pe 1, 11), como afirma, por lo demás, el mismo Jesús ante Pilato al decir que “su” reino no es de este mundo (cf. 18, 36).

6. Desde esta perspectiva podemos comprender las condiciones indicadas por Jesús para entrar en el reino se pueden resumir en la palabra “conversión”. Mediante la conversión el hombre se abre al don de Dios (cf. Lc 12, 32), que llama “a su reino y a su gloria” (1 Tes 2, 12); acoge como un niño el reino (Mc 10, 15) y está dispuesto a todo tipo de renuncias para poder entrar en él (cf. Lc 18, 29; Mt 19, 29; Mc 10, 29)

El reino de Dios exige una “justicia” profunda o nueva (Mt 5, 20); requiere empeño en el cumplimiento de la “voluntad de Dios” (Mt 7, 21), implica sencillez interior “como los niños” (Mt 18, 3; Mc 10, 15); comporta la superación del obstáculo constituido por las riquezas (cf. Mc 10, 23-24).

8. La enseñanza de Jesús sobre el reino de Dios es testimoniada por la Iglesia del Nuevo Testamento, que vivió esta enseñanza con a alegría de su fe pascual. La Iglesia es la comunidad de los “pequeños” que el Padre “ha liberado del poder de las tinieblas y ha trasladado al reino del Hijo de su amor” (Col 1, 13); es la comunidad de los que viven “en Cristo”, dejándose guiar por el Espíritu en el camino de la paz (Lc 1, 79), y que luchan para no “caer en la tentación” y evitar la obras de la “carne”, sabiendo muy bien que “quienes tales cosas hacen no heredarán el reino de Dios” (Gál 5, 21). La Iglesia es la comunidad de quienes anuncian, con su vida y con sus palabras, el mismo mensaje de Jesús: “El reino de Dios está cerca de vosotros” (Lc 10, 9).

9. La Iglesia, que “camina a través de los siglos incesantemente a la plenitud de la verdad divina hasta que se cumpla en ella las palabras de Dios” (Dei Verbum, 8), pide al Padre en cada una de las celebraciones de la Eucaristía que “venga su reino”. Vive esperando ardientemente la venida gloriosa del Señor y Salvador Jesús, que ofrecerá a la Majestad Divina “un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor la paz” (Prefacio de la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo).

Esta espera del Señor es fuente incesante de confianza de energía. Estimula a los bautizados, hechos partícipes de la dignidad real de Cristo, a vivir día tras día “en el reino del Hijo de su amor”, a testimoniar y anunciar la presencia del reino con las mismas obras de Jesús (cf. Jn 14, 12). En virtud de este testimonio de fe y de amor, enseña el Concilio, el mundo se impregnará del Espíritu de Cristo y alcanzará con mayor eficacia su fin en la justicia, en la caridad y en la paz (Lumen gentium, 36).


Comentarios exegéticos

Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): El verdadero apóstol

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1020-1021

Esta sección reproduce la parábola de la red echada en el mar. El comentario correspondiente lo hicimos en la sección anterior. En ésta nos centramos en una imagen parabólica con la que se cierra este tercer discurso del evangelio de Mateo, cuyo centro lo constituye el reino de los cielos. 

El discípulo del Reino —quien ha descubierto el tesoro escondido en el campo o se ha tropezado con la perla más preciosa que pudiera imaginar— no puede permanecer inactivo. Su excepcional alegría debe transparentarse a través de su vida realizada en plenitud. El bien tiende por su misma naturaleza a comunicarse. De la misma naturaleza del Reino nace la necesidad del trabajo apostólico. Lo afirma Jesús en una comparación bastante conocida aunque, en general, torpemente interpretada: “así todo escriba instruido en la doctrina del reino de los cielos es como el amo de casa que, de su tesoro, saca lo nuevo y lo viejo”. 

El texto evangélico que acabamos de citar debería leerse, más bien, de este modo: “todo escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos” (en lugar de “instruido” en el reino de los cielos). Y la palabra “escriba” debe ampliarse a todo aquél que -viniendo del judaísmo, del conocimiento de la ley— acepta la doctrina del Reino. A sus conocimientos antiguos añadirá los nuevos. Mateo, sin embargo, ha invertido el orden. Menciona, en primer lugar, lo nuevo y, después, lo viejo. El orden es, sin duda, intencionado. Mateo pretende establecer siempre la relación estrecha entre lo nuevo (la manifestación mesiánica de Jesús y su enseñanza) y lo viejo (las promesas del Antiguo Testamento). 

El nuevo discípulo del Reino puede ser comparado con un dueño de casa, bien acomodado, que abre su bien provista despensa no sólo para dar a conocer sus provisiones sino para hacer partícipes de ellas a sus huéspedes. Lo nuevo que posee es el conocimiento del misterio del Reino, la vida misma del Reino, el evangelio. Lo antiguo hace referencia al Antiguo Testamento, que contiene también la revelación divina. Y esta acumulación de riquezas no debe servirle solamente a él. Porque los discípulos son llamados para ser dispensadores de los misterios de Dios (1Cor 4,1). Los discípulos deben enseñar a otros el camino del Reino, introducirles en él. 

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: Al ritmo de su paso

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 154-156.

Éxodo 40, 16-21. 34-38.

El capítulo 40 resume las tradiciones sacerdotales, a veces divergentes, concernientes a la construcción del santuario y a la manera de concebir la presencia de Dios. El papel de Moisés —un papel sacerdotal— está claramente marcado, lo mismo que su obediencia y sumisión a las órdenes de Yahvé. Así, la construcción del tabernáculo no aparece como iniciativa humana, sino como simple ejecución de las consignas divinas. El templo se construye sobre el modelo del templo celeste. 

¿Vivienda o tienda de Reunión? Ambos conceptos denuncian teologías diferentes y denotan la diferencia entre la tienda del desierto y el templo definitivo. La gloria de Dios está ligada a la noción de presencia permanente; evoca al templo de Jerusalén y refuerza su carácter sagrado. Moisés no puede entrar en él. Por el contrario, la nube es el signo de la venida de Dios, y este Dios es el que Moisés puede encontrar en la tienda de Reunión. El v. 35 es un intento algo torpe de conjugar los dos conceptos. Así, “el misterio de la presencia de Dios, al que el hombre no puede aproximarse, pero que puede, no obstante, encontrar para recibir su palabra, se expresa en una especie de dialéctica entre la nube y la gloria” (E Michaéli). 

Salmo 83.

El salmo 83 mezcla el canto del peregrino, que expresa a los servidores del templo su alegría por encontrarse en la ciudad santa, con las palabras de acogida que los sacerdotes le devuelven, tanto a él como a sus compañeros de ruta. 

Mateo 13, 47-53.

La orilla, el mar: el lector encuentra aquí de nuevo el marco de la enseñanza por medio de parábolas. En efecto, para dirigirse a la multitud que estaba en la orilla, Jesús se había sentado al borde del lago. La conclusión del discurso resume la enseñanza que se ha ido desprendiendo progresivamente de la lectura de las parábolas. Jesús ha proclamado el Reino, y cada hombre es ahora llamado a situarse con respecto a él. Es invitado a “comprender”, es decir, no solamente a prestar atención a la enseñanza de Jesús, sino a comprometerse profundamente a una obediencia filial. Es normal que el Reino desconcierte; se asemeja a un tesoro que contiene lo viejo y lo nuevo. Las palabras de Jesús no desmienten la enseñanza tradicional de los judíos; la renuevan de arriba a abajo, revelan la novedad que se esconde entre los viejos tejidos. Pero la misión terrestre de Jesús ha encarnado el juicio final: quien no toma partido por El, está contra El. 

De todas formas, la parábola de la red, como la de la cizaña, insiste en el hecho de que Jesús no desea de momento depurar en el grupo de discípulos los elementos indeseables. La selección se hará en los últimos tiempos. La explicación, muy alegórica, repite, con términos que provienen de la explicación de la parábola de la cizaña, la amenaza contra “todo lo que no vale nada”. Es una invitación a tomar muy en serio la enseñanza de Jesús, pero también a optar por la alegría más que por el llanto. 

Finalmente, hay que señalar que el discurso parabólico ha mostrado que los discípulos pertenecen a un grupo distinto del de la multitud. Su misión apostólica es así confirmada. Son los escribas del Reino, los enseñantes de la Iglesia. 

Hubo un tiempo en que los hombres pensaban que Dios habitaba en las montañas; luego le levantaron tabernáculos, tiendas o templos. Pero todo el mundo sabía que Dios habita en el cielo; lo demás no era mas que residencia secundaria o sede social transitoria… No importa, se necesita tiempo para creer que Dios no se deja encerrar en ninguna parte. El tiempo del Éxodo… 

En el desierto, el habitáculo de Dios es una tienda de nómada; Dios habita en el corazón de su pueblo y vive al ritmo de su historia. El Arca de la Alianza está en medio de las caravanas y el templo de Dios es un refugio provisional. Pues Dios no se queda fijo en ninguna parte; no es perceptible más que a través de las huellas de su paso; El mismo es el camino que lleva de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida y de la sombra a la luz. 

De este modo, la historia del pueblo de Israel, como la de Jesús de Nazaret, son el lugar en el que podemos interpretar nuestra propia vida. Evidentemente, nuestra marcha, reemprendida una y otra vez para superar de algún modo los determinismos que nos aprisionan, es una experiencia de éxodo. Y también es un éxodo nuestro paso de la muerte a la vida, que hay que reconquistar sin cesar luchando contra los poderes de la nada. 

El hombre que no ha realizado en sí mismo esta experiencia de la luz que vacila en medio de las tinieblas, de la laboriosa victoria de la unidad sobre los factores de desintegración, del retorno exigido sin cesar por el amor para no ser vencido por la inercia, ¿cómo va a poder recibir dentro de él, como una palabra de libertad, la vida del Testigo de Dios, la vida de este hombre que nos anuncia, más aún por sus actos que por su palabra, que en El la luz ha vencido definitivamente a las tinieblas, la unidad a la división, la libertad a la esclavitud, el amor a la desesperanza, en una palabra, la vida a la muerte? 

Si bien el Éxodo es, pues, el lugar donde se aclara el sentido de nuestra aventura humana, también nos revela que Dios no es ajeno a ello. ¡La Tienda está en medio de la caravana! De la vida de un pueblo y de la vida de un hombre, en las que reconocemos nuestra propia historia, se desprende como por incandescencia esta Buena Noticia: nuestro éxodo saldrá adelante, puesto que es Dios quien nos marca el paso. 

¡Oh Dios, Dios nuestro,
no queremos más dios que Tú! 

Tu nombre, que repite como un eco secular
la memoria de todos los creyentes,
ilumina nuestra historia y guía nuestra búsqueda. 

¡Bendito seas por todos esos testigos
que hacen a tu palabra eternamente joven! 

Bendito seas, Dios de Abraham:
al igual que a él, también a nosotros
nos impulsa tu Palabra a partir de nuevo. 

Bendito seas, Dios de Moisés:
al igual que él, también nosotros
hemos sido llamados a liberar a nuestros hermanos, 
y a arrancarlos de la tierra de servidumbre. 

Bendito seas, Dios de Josué:
al igual que él también nosotros reconocemos haber recibido
la tierra en la que se establece tu pueblo.

Biblia Nácar-Colunga Comentada

Parábola de la red, 13:47-50.

Propia de Mt. La descripción es una escena realista en el lago de Genesaret. Un índice de este realismo es el “sentarse” para el recuento y clasificación de los peces. Se calculan en el lago de Genesaret unas treinta especies distintas de peces; aunque de calidad distinta, todas comestibles. Sólo estaba prohibida una sola variante de la especie Silúrides: el dañas macracanthus; los judíos lo consideran legalmente impuro; en cambio, era sumamente apreciado por los paganos de la región.

La comparación parabólica es global: esta separación de “malos” y “justos” sucederá también al fin del mundo, destacándose más la obra sobre los “malos.” La suerte de los buenos está de sobra supuesta en la comparación.

Sobre el “horno de fuego” y el “llanto y crujir de dientes,” se remite a la parábola de la cizaña (Mt 13:42), donde se valoran. E igualmente se acepta aquí lo que allí se dijo sobre el valor y primitivo sentido de la parábola. Modificado y adaptado posteriormente por la Iglesia primitiva, concretamente por Mt, acaso también en orden a preocupación de su Iglesia. A la hora de la Iglesia primitiva, con mezcla de “fíeles” y herejes y “pecadores,” se hace ver la perspectiva de la discriminación en el juicio. Mientras, ¡paciencia! 

Conclusión de las parábolas, 13:51-52.

Mt es el único que trae este pasaje. La pregunta debe de dirigirse a los “discípulos,” que son los que en la perspectiva de Mt están en situación. La palabra de este “escriba” instruido en el reino de los cielos es un doctor o discípulo, pues ambas cosas pueden significar la palabra griega μαθητευθεΐς usada. Dalman ha propuesto como substrato judeo-aramaico: “Todo escriba que vino a ser discípulo del reino” de los cielos, que es también la versión siríaca Peshitta: mettalmad, “hecho discípulo.”

Sin embargo, no parece que el texto se refiera a un escriba judío que se haga discípulo del Reino, aunque en absoluto no se excluya. Pues Cristo mismo, en Mt, dice que envía “profetas, sabios, y escribas.” a Israel (Mt 23:34), y los afrentarán y matarán. El contexto parece indicar que se refiere a los apóstoles, que con la preparación que reciben quedarán habilitados como verdaderos doctores o “escribas” del Evangelio.

Y para que vean lo que esto significa, les pone una comparación. La expresión “tesoro” βησαυρός) que se usa, se refiere mejor a un arcón donde se guardan las cosas mejores o necesarias al hogar, excepto las alimenticias.

El hombre rico provisto no sólo guarda en sus arcas las cosas viejas y heredadas, aunque de valor, sino que se surte y repone con las cosas nuevas: se halla perfectamente provisto.

De igual manera, el “escriba instruido en el Reino” saca del tesoro de la doctrina “cosas nuevas y viejas”; expresión que no parece estar con valor alegórico, sino para expresar, globalmente, la riqueza doctrinal que posee.

Acaso pudiera verse en su trasfondo una alusión a la armonía que debe haber entre el A.T. y el Ν. Τ. No es destrucción de la Ley (Mt 5:17). El “espíritu” de ésta ha de ser valorado con la portada del Ν. Τ. Así este “escriba” tendrá la riqueza del plan de Dios sobre el Reino.

W. Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt): Parábola de la red barredera

Herder (1980), Tomo II, pp. 47-51

Parábola de la red barredera (13,47-50). 

vv. 47-48

Las dos últimas parábolas hablaban del tiempo presente, de la oferta que ahora obtiene el hombre, y de la puesta que ahora debe hacer. Esta parábola de la red habla del tiempo futuro. Se echa al lago una red barredera y recoge muchos peces de diferente clase y calidad. 

La red tiene que ser extendida entre dos barcas y arrastrada sobre el lago. Cuando los pescadores están en tierra, sacan despacio la red con el hervidero multicolor, ponen los peces en la orilla y los clasifican. Sólo se clasifican en dos grupos, buenos y malos, aprovechables y sin valor. Los buenos se recogen en cubos, y los malos se echan afuera.

Antes se empleó la metáfora de la siega, en la que se separan el trigo y la cizaña. Aquí es una pesca de peces, en la que se recoge sin distinción todo lo que la red barre, y luego es clasificado. Al fin, tiene lugar la verdadera separación. Aquí ahora no están separados, sino juntos, y la mirada del hombre está oscurecida para llevar a cabo la separación; sobre todo no tiene derecho ni poder para efectuarla. La separación sólo es de la incumbencia de Dios, él es el gran pescador, que ha echado la red y nadie se escapa de ella. Entonces se hará justicia, de acuerdo con el valor de cada uno. 

La parábola habla de Dios como del Señor del juicio. San Mateo también conoce que Dios ha traspasado el juicio al Hijo: «Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces dará a cada uno conforme a su conducta» (16,27). El Hijo del hombre ejercerá el juicio de Dios, «su gloria» (cf. 25,31) será la gloria del Padre… 

vv. 49-50

La aplicación está estrechamente ligada con la anterior explicación de la parábola de la cizaña. La doctrina es la misma, también se describen los mismos sucesos, aunque con una forma mucho más breve y primitiva. Al fin del mundo los ángeles saldrán y separarán a los malos de entre los justos y serán echados al horno del fuego, al infierno. Nada más se dice de la suerte de los «justos» (cf. 13,43: «resplandecerán como el sol»). Las palabras deben hacer resaltar el juicio, suscitar el temor de la reprobación. Aunque en la vida de un hombre en el mundo no salga a luz lo malo cuando tiene éxito y prestigio, cuando es estimado, cuando exteriormente aparece intachable y excelente, sin embargo no perdamos de vista que el día del juicio sacará a luz la verdadera calidad. Todos debemos pensar en eso, especialmente los cristianos que un día han encontrado la perla preciosa y el tesoro en el campo. También ellos pueden encubrir su propia vida bajo la máscara de la piedad. Interiormente pueden ser «malos», cuando no buscan a Dios, sino a sí mismos. 

Conclusión del discurso de las parábolas (13,51-52). 

No solamente importa oír, sino entender. La pregunta del Señor se refiere a si los discípulos han entendido el verdadero tema y sentido de las parábolas. Esta comprensión es lo que importa. Los discípulos obtienen la ayuda de las explicaciones circunstanciadas, que deben traducir un lenguaje metafórico al sentido que se intentaba. La acción depende de la adecuada inteligencia. Sólo quien interiormente acepta lo que se ha proclamado, puede proceder debidamente guiándose por este conocimiento. Puedo oír la parábola del tesoro en el campo, y no quedar afectado por ella, a lo sumo considerarla como saludable o necesaria para otros. Si me esfuerzo por entender esta parábola, entonces noto que se refiere a mí y que no puedo desviarme de lo que ella reclama. El hecho de entender lo que aprovecha a mi persona, deja libre el camino para la acción conforme con la palabra.

La respuesta de los discípulos no solamente es importante para su salvación personal, sino también para su posterior tarea en la Iglesia. Deben aprender lo que han oído. Sólo pueden enseñar con el mismo derecho que Jesús, si han entendido, si se han identificado con lo que oyeron, si han creído. 

El capítulo de las parábolas también es una parte didáctica. El evangelista lo ha concebido así, y al final lo dice claramente una vez más (13,52). El que quiere enseñar, tiene que estar bien instruido. El que quiere anunciar el reino de Dios, tiene que haber aprendido la verdad sobre este reino. El capítulo de las parábolas también debe servir para aprender esta verdad. Dice a los predicadores y catequistas cómo debe expresarse la verdad del reino de Dios y cómo se puede mostrar el camino que conduce a la auténtica comprensión. Es un modelo para la enseñanza de la Iglesia.

En el seno del nuevo pueblo de Dios se forma una nueva categoría de escribas. En Israel hay escribas a los que está confiada la palabra de Dios, para que la expongan y hagan aplicaciones. Pero no han acertado el verdadero sentido y no han conocido la verdadera voluntad de Dios. Ahora habrá verdaderos escribas, a quienes se concede la conveniente comprensión. También habrá una nueva «Sagrada Escritura», la recopilación de las palabras y acciones de Jesús, que ponen por escrito los primeros heraldos. Se debe aprender y estudiar, exponer y aplicar esta Escritura. Cada uno de los teólogos es primeramente y en el fondo intérprete de la Escritura, cada uno de los teólogos instruidos debe ser un escriba. Aquí hay que descubrir — en medio del Evangelio — una de las fuentes de la teología y de su configuración científica. 

El maestro de la Iglesia debe estar en la comunidad, como padre de familia, así como un padre de familia cuida de los suyos, da a los que viven en la casa lo que necesitan, y lo da en la medida y de la manera como lo necesitan. Saca lo nuevo y lo viejo del arca de su tesoro. No solamente lo nuevo, lo atractivo y actual, lo moderno y chocante sino también lo viejo, lo transmitido y acreditado, que debe unirse con lo nuevo. Jesús no ha suprimido la ley del Antiguo Testamento ni en su lugar ha colocado una ley nueva. Ha conservado lo viejo con profundo respeto, pero lo ha perfeccionado con lo nuevo . 

Así también en el capítulo de las parábolas están aunados lo viejo y lo nuevo. Lo antiguo es el gran tema del reino de Dios, desde que Dios empezó la historia con Israel. Lo nuevo es la última perfección de lo viejo mediante la venida y el mensaje de Jesús. Dios no quiere la ruptura radical con el tiempo pasado, sino la unidad del tiempo pasado, presente y futuro. Así debe enseñarse en la Iglesia, así se debe proceder en ella. Lo viejo siempre es actual en la tradición a través de las generaciones, pero siempre ha pretendido una comprensión más profunda, un conocimiento de causa más perfecto, una realización mejor. 

S. Carrillo, El evangelio según san Mateo: Parábola de la red

Verbo Divino (2010), pp. 190-192

Parábola de la red (13,47-50) 

La parábola nos transporta fácilmente a orillas del lago Genesaret, donde Jesús enseñó tantas veces y donde llamó a sus primeros discípulos. Todavía hoy, los pescadores lanzan sus redes al agua en busca de peces. La gran red, arrastrada hasta la orilla, trae toda suerte de peces: comestibles y no comestibles, puros e impuros (Lv 11,9-12). De esta forma, es necesaria una selección: los buenos serán puestos aparte y los malos serán arrojados fuera. 

Lo mismo pasa con el Reino de los Cielos. La comparación no está tanto en la red, que contiene peces buenos y malos, cuanto en el momento de la selección última. La parábola es, pues, de carácter escatológico. En el Reino de los Cielos, en su fase terrestre, habrá buenos y malos, pero al fin tendrá que haber una separación. Es más o menos el tema desarrollado en la parábola del trigo y la cizaña. 

Los vv. 49-50 se presentan como una réplica de la explicación de la parábola del trigo y la cizaña (vv. 41-42). Esto aparece claro en el hecho de que el verbo “saldrán” es aplicable a los segadores, pero no a los pescadores, y en que el “arrojar al horno de fuego” puede convenir a la cizaña, pero no a los peces. Ahora bien, si en aquella parábola esos versículos eran una aplicación alegórica, obra del evangelista Mateo o de la Iglesia antigua, lo mismo hay que decir aquí: se trata de una interpretación alegórica de la parábola primitiva. La Iglesia primitiva (y Mateo nos lo ha comunicado) quiso imprimir en la parábola de Jesús un valor exhortativo, con el fin de hacer vivir con integridad la doctrina moral cristiana y eliminar, con el recuerdo del juicio final, la falsa seguridad que podían sentir algunos cristianos apegados a sus vicios (cf. 1 Cor 6,9-11.12-20; Gál 5,19-21; Ef 4,17-24). 

Conclusión (13,51-52) 

La perfecta estructuración del evangelio de Mateo y sus alusiones constantes al AT ponen de manifiesto que el evangelista era un hombre versado en las Escrituras; en otros términos, un escriba que, habiendo abrazado la nueva fe, se había hecho discípulo del Reino. Su nueva condición no le había obligado a deshacerse de su antigua riqueza religiosa; antes bien, su caudal se había aumentado. 

Siendo así, puede sacar de su cofre, como joyas valiosas, las cosas que había aprendido antes y los conocimientos nuevos que ha adquirido al hacerse ciudadano del nuevo Reino. El último versículo del discurso de las parábolas podría ser la firma discreta del evangelista Mateo. 

A. Trobajo, Las Parábolas de la Iglesia: La red barredera

BAC 2000, Madrid (1997)

La Iglesia de Cristo tiene su arquetipo perfecto en el Reino de Dios. A la identidad del reinado de los cielos debe buscar parecerse esta Iglesia terrena, aunque sea «el Reino que aún peregrina y está crucificado» (CHARLES JOURNET).

Es verdad que este parecido, mientras dura la peregrinación, lo será sólo en una medida imperfecta y provisional. Pero, de algún modo, la Iglesia anticipa, aquí y ahora, en un ya previo, lo que habrá de ser la plenitud de los planes de Dios. La Iglesia vivirá, a la vez, en tensión y en certidumbre, agitándose entre un «ya» creciente y un «todavía no» menguante.

Por ello, es legítimo aplicar también a la Iglesia la breve parábola de la red barredera (Cf. Mt 13,47-50). Ya hemos contemplado cómo la pesca de la evangelización sólo puede hacerse en nombre del Señor. Nuestras faenas humanas están, si se fian de sí mismas, condenadas al fracaso y a la frustración; pero con la fuerza del Señor será posible romper la lógica de lo que parecen determinantes naturales (Cf. Lc 5,5).

Sin embargo, Dios quiere ayudarse, en esta tarea de la pesca evangélica, de las manos humanas, de las artes de los pescadores de hombres. Sin ellas, la voluntad salvadora de Dios quedará reducida en sus capacidades, no por la importancia y por la calidad de los instrumentos humanos de que se quiere Él servir, sino porque Él mismo ha supeditado la extensión de su Reino a la cooperación de unos humildes pescadores.

Negarle a Dios nuestra humilde aportación es tanto como poner freno a la acción salvadora que redime a los seres humanos de su condición pecadora y limitada.

El ejercicio de la pesca tiene sus gozos y sus fracasos, como los tiene la obra evangelizadora de la Iglesia. Habrá ocasiones y tiempos en los que parezca absolutamente inútil el faenar en la alta mar de la incidencia; existirán momentos de escasos frutos, por mucho que se esmeren los pescadores; aparecerán etapas de hondo malestar en la dotación del barco eclesial cuando se proceda a evaluar los escasos resultados de la faena de arrastre.

Sin embargo, estas frustraciones no podrán adueñarse del alma de los discípulos, porque la escasez de algunas redadas no será más que la víspera de satisfacciones que nadie podrá arrebatar. El Señor será el que dirija la mano y la maestría de quien echa la red en su nombre. Su Palabra hará el milagro de dar éxito a quienes ya sólo esperaban una amargura más en la faena de la penúltima hora.

En otro sentido, la red arrojada al mar consigue un copo de toda clase de peces. Todos, de cualquier medida y de cualquier especie, tienen en la red de la Iglesia su lugar de acogida. Nadie está excluido, por principio, de poder pertenecer a la comunidad de discípulos del Señor; a nadie se le exigen, de antemano, méritos especiales ni títulos que lo avalen. Su incorporación a la Iglesia solamente depende de que, armados de buena voluntad, estén abiertos a la búsqueda de la verdad y se dejen seducir, cuando la gracia creada los inunde, por la fe en el Señor, representada en la red.

La Iglesia no es quien para realizar las preselecciones y los descartes de nadie; todos los seres humanos tienen la posibilidad de disponerse a hacer el obsequio de su persona a la voluntad de Cristo.

No es la Iglesia un grupo de predestinados, de selectos, de perfectos. Es sólo el pescador asalariado y humilde que, desde el barco oxidado de su singladura terrena, arroja la red, una y otra vez, al mar, con trabajo incansable.

La red eclesial ni puede ni quiere establecer diferencias entre quienes se acercan a ella con la esperanza de encontrar, en ella y por ella, el sentido de su vida y la liberación de Dios.

La selección última, si atendemos a la parábola, la realizarán los ángeles de Dios cuando este mundo pierda su apariencia (Cf. Mt 13,24 30.36-43.49). Hasta aquel momento, cuando el Señor vuelva a rendir cuentas con sus aparceros y con los criados a los que dejó sus recursos para negociar (Cf. Mt 25,15ss y par; Mc 12,1ss y par), la Iglesia deberá abstenerse de condenar al abandono o al desprecio a quienes no parecen dar la medida exigible. Habrá de huir de la emisión de juicios inapelables acerca de la dignidad de las personas. Evitará proceder a enunciar maldiciones definitivas sobre quienes aún van haciendo camino. Estas sentencias judiciales sólo pertenecen a la misericordia de Dios.

Es Cristo quien, desde la sombra, sigue dirigiendo rumbos y redadas. La Iglesia, barca humilde, pescador delegado, red barredera, no tiene más encomienda que navegar mar adentro y poner en acción, con paciencia y con reiteración, las artes de pesca aprendidas en la escuela del mejor Patrón.

Lo suyo es echar las redes, de conformidad con las orientaciones del Maestro, primer evangelizador, con toda la destreza que se quiera, repitiendo y repitiendo la faena, a tiempo y a destiempo -como le pedía Pablo a Timoteo (Cf. 1 Tim 4,16; 2 Tim 4,2)-, y, ante todo, con la infinita esperanza de que sea Dios mismo quien haga que la pesca sea abundante, cuando así figure en sus providenciales designios.

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