Mt 13, 54-58: Visita a Nazaret

Texto Bíblico

54 Fue a su ciudad y se puso a enseñar en su sinagoga. La gente decía admirada: «¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? 55 ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? 56 ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?». 57 Y se escandalizaban a causa de él. Jesús les dijo: «Solo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta». 58 Y no hizo allí muchos milagros, por su falta de fe.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Juan XXIII, papa

Diario del alma: Humildad

nn. 1901-1903

«¿De dónde saca éste esa sabiduría…? ¿No es el hijo del carpintero?» (Mt 13,54-55)

Cada vez que pienso en el gran misterio de la vida escondida y humilde de Jesús durante sus treinta primeros años, mi espíritu se siente cada vez más confundido y me faltan las palabras. ¡Ah! es la misma evidencia: tengo frente a mí una luminosa lección: no tan sólo los juicios y la manera de pensar del mundo sino también los juicios y la manera de pensar de muchos eclesiásticos me parecen completamente falsos y se oponen del todo a esta lección.

Por mi parte confieso que no he llegado todavía a hacerme una idea de ello. Sin embargo, y por lo que me conozco, me parece que sólo poseo una apariencia de humildad, pero no su verdadero espíritu; ese amor a «lo escondido» de Jesucristo en Nazaret, no lo conozco más que de nombre. ¡Y decir que Jesús pasó treinta años de vida escondida, y que era Dios, y que era el «reflejo de la sustancia del Padre» (Hb 1,3), y que vino para salvar al mundo, y que todo esto lo hizo únicamente para enseñarnos cuán necesaria es la humildad y cuánta falta hace practicarla! Y yo, que soy un grande y miserable pecador, que sólo pienso en complacerme a mí mismo, en complacerme en los éxitos que me dan un poco de honor terrestre, que no puedo tener el más mínimo pensamiento santo sin que se deslice la preocupación de mi reputación cerca de los demás… A fin de cuentas no sé acostumbrarme, si no es con un gran esfuerzo, a esa idea de pasar realmente desapercibido, escondido, tal como Jesucristo lo practicó y tal cual me lo enseña.


Comentarios exegéticos

Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): Incredulidad en Nazaret

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1021-1022

La presentación “oficial” de Jesús en la sinagoga de su pueblo, en Nazaret, fue un fracaso. De la sorpresa inicial ante su enseñanza llegan hasta el escándalo. Y su incredulidad cierra las posibilidades a la palabra e incluso al milagro. 

Nuestro relato es paralelo al de Marcos (Me 6,1-6), del que depende. Mateo introduce dos cambios: a) en lugar de llamar a Jesús “el carpintero”, le presenta como “hijo del carpintero”. 

Tal vez pretende con ello “dignificar” a Jesús afirmando que, desde el momento en que comenzó a predicar, dejó de ser un profesional de la madera; b) suaviza la frase de Marcos, “no pudo hacer allí ningún milagro”, diciendo “no pudo hacer allí muchos milagros…” Esta diferencia entre los evangelistas se justifica teniendo en cuenta puntos de vista diferentes. Marcos recoge la mentalidad, generalizada en la Biblia, según la cual Dios se halla próximo a los que le invocan y, por tanto, su enviado únicamente puede actuar donde encuentra fe. Para Mateo esto sería condicionar excesivamente el poder de Cristo: él puede realizar milagros independientemente de los condicionamientos que el hombre pueda imponer. 

La frase más significativa de toda la perícopa es la siguiente: se escandalizaban de él. Con ella nos introduce el evangelista en el misterio de Jesús. La actitud de los nazaretanos es representativa de todos aquéllos que intentan comprender a Jesús partiendo únicamente de lo que puede saberse sobre él: de nuestro mismo pueblo, hijo del carpintero, conocemos a su familia, no ha estado en la Universidad… Desde todas las posibilidades y facetas humanas intentar explicar el misterio de Jesús, lleva a un callejón sin salida. Lo que aquí se afirma de los de su pueblo, se ha dicho ya de los “suyos” —que le tuvieron por loco (Me 3,21; ver el comentario a 12,46-50), se afirma de los discípulos, lo afirmará Pablo al hablar del escándalo de la cruz (Me 14,27.29; 1 Cor 1,23). Jesús fue incomprendido y despreciado (Is 50,6; Mt 27,27-31.39-44; Heb 12,2). No hubiese corrido mejor suerte de haberse quedado en el simple nivel de los profetas. El profeta lleva en su misma entraña la incomprensión. ¡Cuánto más tratándose del Profeta (Deut 18,15) que, además, es el siervo de Yahveh! Pero también aquí habría que aducir la sentencia de Jesús: “la Sabiduría se acredita por sus obras” (11,19; ver el comentario a 11,16-19). 

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: El corazón está de fiesta

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 160-162.

Levítico 23, 4-11.15-16.27.34b-37.

El libro del Éxodo concluye con la construcción del Tabernáculo de la Reunión; el Levítico se propone explicar el buen uso de este tabernáculo, para que sea realmente el lugar de encuentro entre Dios y el hombre. Su última parte (caps. 17-26), llamada “Código de Santidad”, detalla todo lo que el pueblo santo debe hacer para favorecer su comunión con el Dios santo. Para ello ha de observar fielmente las fiestas y años santos. 

Las fiestas, instituidas después del exilio, tienen orígenes muy diversos, pero persiguen un doble fin: por una parte, conservar presentes en la memoria del pueblo los favores innumerables con los que Yahvé le ha colmado; por otra, actualizarlos. Esta memoria, efectivamente, nunca es contemplación estéril,sino certeza de que Yahvé continúa haciendo en el presente lo que hizo en el pasado. Esta memoria es en el fondo una profesión de fe en la fidelidad divina. Tanto la fiesta de pascua, de origen pastoral, como la fiesta de los Ácimos, de origen agrícola, han sido relacionadas con la salida de Egipto. Estas dos fiestas se celebraban, en efecto, en primavera; y también fue en una primavera cuando Yahvé envió a Moisés ante el faraón. Las fiestas coinciden con el deseo del hombre de demostrar su fe por medio del juego comunitario y del lenguaje de los cuerpos. 

Salmo 80

Los salmos acompañaban a los ritos prescritos. El salmo 80 pertenece a las alegaciones contra la ruptura de la Alianza; insiste en el aspecto de regla obligatoria que caracterizaba a las fiestas celebradas en honor del que había sacado a su pueblo de Egipto. 

Mateo 13, 54-58.

La enseñanza en parábolas traza la frontera que separa a los discípulos de todos aquellos que se niegan a oír la Palabra. En adelante, el que no está con Jesús está contra él; en adelante, podríamos decir, están la Iglesia y el “mundo”. Mateo nos invita ahora al nacimiento de esta Iglesia, describiendo los distintos itinerarios que se ofrecen a la fe del creyente. 

En primer lugar, están los de fuera, los de la “patria”. Más que una localización geográfica, la expresión designa una mentalidad. Sitúa a los que se cierran en sus propias ideas y rehusan interrogarse sobre la nueva sabiduría que se desprende de la enseñanza de Jesús. El rechazo de los compatriotas de Jesús se hace así el símbolo de la oposición de los adversarios. La persona y la enseñanza de Jesús constituyen a sus ojos un escándalo en el que tropiezan y que acabará por hacerles caer. 

Me gusta esta afirmación de un rabino: “Hay profundidades en el alma humana que sólo el rito puede alcanzar”. Hemos perdido quizá nuestra alma al perder el gusto y el sentido de la fiesta. A fuerza de medir los gestos e incrementar la palabrería, por temor a cantar y por miedo a ver, lo más profundo de nosotros mismos se entorpece. Pero si nuestras profundidades no son nunca alimentadas más que de promesas sin macana, de gestos que no llegan a realizarse, ¿quién podrá impedirles llenarse de cualquier cosa? No es con ideas con lo que se puede alcanzar esas profundidades, sino con gestos, con los sentidos, con el canto y con los silencios del cuerpo. Pues, decidme: ¿cómo podríais vivir vuestro amor sin enlazaros, cómo ibais a poder expresar vuestra alegría sin risas y sin cantos? ¿Quién puede expresar en palabras el peso de dos manos que se juntan cuando el sufrimiento engendra el silencio, o la connivencia divertida de dos miradas que se encuentran? ” 

El Señor habló así a Moisés: Estas son las festividades del Señor, las asambleas litúrgicas que convocaréis a su debido tiempo los hijos de Israel”. La fe no puede vivir sin fiesta, porque el amor y la vida no pueden prescindir de ella. La fe es celebración, es gesta, “canción de gesta”. ¡Ah, si pudiéramos jugar con Dios, qué maravilla! ¡Todo el mundo lo toma tan en serio que lo hacemos mortalmente aburrido! Tenemos que realizar nuestros juegos ante Dios, so pena de ver cómo se desmorona el vigor de nuestras confesiones de fe. 

“Convocaréis a los hijos de Israel en las festividades indicadas”. La fiesta es una convocatoria: un pueblo se reunirá para conmemorar las gestas de Dios. La fe no puede vivirse sin la fiesta, pues ella es la herencia de un pueblo, no asunto de unos cuantos individuos; la revelación es alianza pactada entre Dios y los hijos liberados de la servidumbre. La fiesta es una memoria mantenida, la historia de la salvación será periódicamente renovada, un pueblo tomará de nuevo contacto con sus orígenes para comprometerse nuevamente en una aventura con Dios. 

“Hay profundidades en el alma humana que sólo el rito puede alcanzar”… Tendremos que reaprender a dejar cantar a nuestra fe: deberemos, sin duda, reaprender a vivir para entrar en la fiesta; deberemos, sin duda, recuperar un alma de niños para jugar delante de Dios y para, en ese juego y en esa liturgia, reinventar el mundo: la fiesta crea ya el futuro. 

Dios de nuestros padres y Dios de nuestra historia,
tú nos convocas para festejar tu nombre 
y celebrar nuestra liberación. 
Permítenos decir una vez más “Amén” 
en el festín de tu amor. 
En él encontramos 
al que anunciamos hasta que venga de nuevo 
Jesucristo, alegría nuestra para toda la eternidad. 

Biblia Nácar-Colunga Comentada

Jesús, en su tierra. Los “hermanos de Jesús,” 13:53-58 (Mc 6:3; 3:32).

Después de esta jornada de las parábolas, “partiendo de allí,” se “vino a su tierra,” que era aún Nazaret. “Cuando llegó el sábado” (Mc), se puso a enseñar en la sinagoga. Esto era frecuente en El (Lc 4:16; cf. Mc 1:39). La explicación del texto sagrado no era exclusiva de rabinos o escribas. Podía hacerlo una persona distinguida, capacitada, ofreciéndose espontáneamente a ello o siendo invitado por el jefe de la sinagoga.

El tema de la enseñanza de Cristo, que no transmiten Mt-Mc, era siempre sorprendente, pues “su palabra iba acompañada de autoridad” (Lc 4:31), “no como los escribas” (Mc 1:22).

Su doctrina y “su autoridad” hizo estallar la admiración en sus paisanos. Pero esta admiración era de “escándalo” (Mt-Mc). No era sólo la clásica mentalidad aldeana estrecha, que no concibe cómo uno de los suyos pueda ser distinto de ellos, máxime con la altura que Jesús les demostraba. Su argumento contra la fama de taumaturgo que ya corría por la región y contra la doctrina y los hechos — ”¿De dónde le viene a éste la sabiduría y los milagros?” — era que conocían a sus padres y a sus familiares. Pero este detalle es precisamente la clave de la solución del “escándalo” de los nazarenos, ya que Juan alude y explica el porqué de esto. Dicen los judíos: “¿Será verdad que (Jesús) es el Mesías? Pero de éste sabemos de dónde viene; mas el Mesías, cuando venga, nadie sabrá de dónde viene” (Jn 7:26-27). En efecto, en la creencia de entonces estaba divulgado que del Mesías nadie sabría su origen. Por eso, la gran contradicción que tenían sus paisanos era ésta: “la sabiduría y los milagros” le acreditaban como Mesías. Era lo que le dirá un día Nicodemo (Jn 3:2). Pero, conociendo ellos a sus padres — el artesano y María — y a sus “hermanos” y “hermanas,” al enfrentarse ellos con la creencia popular del origen desconocido del Mesías, se “escandalizaban de El” como Mesías. Un día le dirán sus mismos “hermanos,” ante esta tremenda duda, que vaya a Jerusalén, sin duda para que la autoridad religiosa vea estas cosas y las juzgue (Jn 7:3.5).

La respuesta de Cristo, si no es un proverbio (Jn 4:44), es una observación de evidencia cotidiana, y que los evangelistas, incluso Lc, recogen, aunque citada “quoad sensum.” Sólo en su pueblo y familia es uno desestimado de los suyos, aunque sea profeta.

Y tal era la actitud de desconfianza de los nazaretanos ante su obra, que El “se maravillaba.” Cristo sabía todas las cosas por su ciencia sobrenatural. Pero aquí usaba la psicología de su ciencia “experimental.” Y esta conducta de sus paisanos, que cerraban los ojos a la evidencia, era, en el plan de Dios, obstáculo a que El se prodigase en milagros allí: “Hizo pocos milagros por su falta de fe” (Mt), que es “confianza” en El. Sólo “impuso las manos a unos pocos enfermos y los curó” (Mc). El milagro está encuadrado en su poder salvífico.

Tanto Mt como Mc recogen aquí, en este “escándalo” de los paisanos del Señor, lo que decían: que ellos conocían a los familiares del mismo. Pues Mt sólo transmite el dicho de las gentes: que era “hijo del artesano” (τέχτων). Y Mc recoge que a El mismo le hacían del mismo oficio: “¿No es éste el artesano (ó τέχτων)?” El término griego usado no corresponde específicamente a carpintero, sino a artesano, a obrero, aunque más frecuentemente se diga del que es carpintero. El que se considere por los nazaretanos como “hijo del artesano,” ignorantes ellos de la concepción virginal de Jesús, no significa sino que hablan de El como lo que “legalmente aparecía. Por otra parte, de esta afirmación nada se deduce sobre si vivía ya o había muerto San José. Pero después de citar a María, “su madre,” habla de “sus hermanos.” Esto plantea el problema, ya célebre, de los “hermanos” de Jesús.

Que María no tuvo más hijos después de Cristo, que es el “primogénito” (Lc 2:7), no solamente es dogma de fe — la perpetua virginidad de María —, sino que también es bíblicamente manifiesto. Ya es indicio de ello la escena que relata Lc. Cuando Jesús tenía doce años, suben al templo, según costumbre, con el Niño. El cumplimiento estricto de la Ley — el bar miswah (hijo del precepto o de la Ley) — comenzaba para los varones a los trece años cumplidos. Pero los judíos acostumbraban ya a llevar a sus hijos antes al templo, lo mismo que a otras prácticas, para acostumbrarlos. Esto sugiere que, si Jesús a los doce años, antes de la obligación usual, es llevado por sus padres, según costumbre — “iban cada año” —, es que no tenía más hermanos, pues María debería haber quedado al cuidado de ellos, ya que habían de ser pequeños, y la mujer no estaba obligada a subir a Jerusalén.

Otra indicación bíblica de esta perpetua virginidad de María es la escena del Calvario. Cristo, moribundo, encomienda a María a San Juan, quien “desde entonces la recibió en su casa” (Jn 19:26.27). Pero, si María hubiese tenido más hijos — esto supone también la muerte de San José —, Jesús no tenía por qué encomendar a nadie su cuidado temporal, pues por derecho correspondía a sus propios hijos. Máxime cuando bastantes años después vivía en Jerusalén “Jacobo el hermano del Señor (Gal 1:19).

No deja de ser notable que, siempre que se habla de estos “hermanos del Señor,” jamás se diga que son hijos de María. Tampoco choca ver la conducta de estos “hermanos” que se portan como hermanos mayores de Cristo, pues le daban consejos (Jn 7:3) y querían reducirle a casa, pues les extrañaba su modo de conducirse (Mc 3:21). Pero estos pequeños detalles son igualmente de interés a este propósito. Ya que esto, en las costumbres de Oriente, sólo era permitido a los hermanos mayores, pero no viceversa. Pero Cristo era el “primogénito.” También a esto puede añadirse que, según el relato de la anunciación, María, entonces “desposada,” o, según otros, ya casada, tiene hecho un propósito de perpetua virginidad en el matrimonio (Lc 1:34). Pero ¿habría de ser motivo para quebrantar este propósito el haber sido hecha madre del Mesías y Madre de Dios? ¿No es éste un motivo más para mantener su “voto”?

La razón fundamental de hablar de estos “hermanos” y “hermanas” de Cristo, que no son sino parientes y familiares, es que ni en hebreo ni en arameo hay una palabra que exprese específicamente estos grados de parentesco; éste ha de expresarse por un circunloquio o suponerse por otro capítulo. Ejemplos de esto aparecen numerosos en la Biblia (Ex 2:11; Lev 10:4; 1 Par 23:21-22; 2 Par 36:4; cf. 2 Re 24:17; Jer 37:1; 2 Sam 2:26, etc.). Así, Abraham dice que él y Lot son “hermanos” (‘ahím) (Gen 29:15), cuando es el mismo libro el que dice que Lot era sobrino de Abraham, hijo de una hermana (Gen 29:13; 28:2; Tob 8:7).

Pero no sólo estas razones hacen ver que no se trata de hijos de María, sino que el mismo Evangelio da los nombres de la madre de estos “hermanos” de Jesús. Estos “hermanos” de Jesús son los siguientes: “Santiago y José, Simón y Judas” (Mt 13:55; Mc 6:3). De las “hermanas” no se dan nombres. Pues bien, son los mismos evangelistas que dan estos nombres de los “hermanos” de Jesús los que dan el nombre de la madre de ellos. Al hablar de las personas asistentes en el Calvario a la crucifixión de Cristo, donde estaba presente María la madre de Jesús (Jn 19:25), Mt cita a “María la madre de Santiago y José” (Mt 27:56) y Mc cita igualmente a “María la madre de Santiago el Menor y de José” (Mc 15:40). Luego ni por realidad histórica ni por la perspectiva de los evangelistas, esta expresión de “hermanos” de Jesús se puede referir a hijos de María, sino a familiares o parientes.

La identificación del otro grupo, “Judas y Simón,” es más difícil de precisar por no darse específicamente el nombre de su madre en los evangelios. Según el historiador Hegesipo, este Simón que se cita como “hermano del Señor” es hijo de “María (mujer) de Cleofás” (Jn 19:25). Sobre la identificación de Judas que cita con Simeón, es cuestión debatida.

Pero la conclusión que se desprende de lo expuesto es que, en la perspectiva real y literaria de los evangelistas, estos “hermanos” del Señor no son presentados como hermanos de sangre, sino como parientes o familiares más o menos próximos. Y, por tanto, que no es su intento suponer que María no fuese perpetuamente virgen. Lo mismo ha de decirse de las “hermanas” que se citan.

Se objeta a esto que, efectivamente, en hebreo y arameo la palabra “hermano” — ‘ah — tiene un sentido más amplio que en griego. Los LXX que traducen “hermano” por su estricto αδελφός, hacen ver esto (cf. Gen 13:8; 14:14.16; 29:4.15): que se traduce “hermano” por sobrino. Pero se añade: los textos de Pablo, los Hechos y Juan, ¿hablarían tan simplemente de “hermanos” de Jesús, en griego, dirigiéndose a oyentes de lengua griega, si esta palabra no hubiese de recibir su sentido griego universalmente admitido? Pero la objeción se explica.

En primer lugar, se ve que el griego no es el texto original de Mt, — lo mismo que las “fuentes” en otros evangelistas —, y que la traducción griega vierte el término, como es lógico — incluso sin pensar en la perpetua virginidad de María —, de una manera material. Además, el mismo evangelio — y los otros — dan los nombres de sus madres. ¿Podrían dar lugar a equívocos en los lectores, cuando en el mismo evangelio — como en los otros — se dan los nombres de sus madres, como se dijo?

Además, ¿no se traduce en la epístola a los Romanos (9:12), materialmente, una frase del A.T. en esta forma? Pues para decir que Dios elige a Jacob en lugar de Esaú, que era el primogénito, para seguir la línea patriarcal, se pone que “Dios eligió a Jacob y odió (heb. = sane’ti; griego = εμι’σησα) a Esaú.” Pero esto no es más que la traducción material griega del original hebreo del A.T. ¿Un lector greco-romano tendría que entender que Dios “odió” verdaderamente a Esaú, cuando sólo significa que tuvo más amor a Jacob?

W. Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt): Parábola de la red barredera

Herder (1980), Tomo II, pp. 52-56

Incredulidad en Nazaret (13,53-58).

vv. 53-56

Jesús va a Nazaret, a la que se llama «su patria». Allí se había establecido y domiciliado José con María y el niño después de regresar de Egipto. Esta manera de proceder estaba de acuerdo con la voluntad de Dios, como lo demuestra lo que dice la Escritura (2,23). Jesús también propone allí su mensaje durante la normal asamblea del sábado en la sinagoga. La gente queda sorprendida, como también se informó después del sermón de la montaña (cf. 7,28s). Pero aquí no es la sorpresa por la propia insuficiencia, no es la consternación por la alta reivindicación de Dios, sino la sorpresa de la irritación, de la protesta y de verse heridos en la propia estimación. Existen las dos posibilidades, las dos respuestas en cierto modo instintivas, que pueden darse a la proclamación del mensaje. Los unos están conmovidos hasta el fondo de su alma y perciben el llamamiento a cambiar la vida; los otros se sienten amenazados y se colocan a la defensiva por el orgullo ofendido. 

Sus paisanos preguntan: ¿Pero de dónde le vienen a éste esa sabiduría y esos prodigios? Reconocen la sabiduría, pero como algo ajeno y más excelso, que cae fuera de su horizonte de comprensión o no puede ser proclamado con obligatoriedad, ya que Jesús es uno de los suyos y no puede evadirse de esta solidaridad. Las acciones vigorosas de Jesús les producen la sensación de desafío y no de señal propicia. La razón de su altiva pregunta es el hecho de que le conocen. Por lo menos saben «de dónde» procede. No puede haber traído nada extraordinario, ya que su familia pertenece a la clase pobre del lugar, su madre, sus hermanos y hermanas son muy conocidos y todavía viven allí. Quizás hayan evitado intencionadamente decir «el hijo de José», para expresar la relación que le unía a él, y así han dicho «el hijo del carpintero». Tal vez José sea el único carpintero del lugar, en todo caso ésta es una profesión normal, socialmente incorporada a la colectividad del pueblo. ¿Qué hace por iniciativa propia este «hijo», que procede de condiciones normales, de una casa sencilla y de una profesión honorable?

Además dan algunos nombres de hermanos y también ellos y todavía están con ellos . Semejantemente subrayan también que «están entre nosotros». No han salido del marco en que se les había puesto, no han abandonado el medio de vida ni la comunidad del pueblo, sino que han permanecido en el lugar y en el redil gozando de simpatía. Pero ¿qué pensar de éste?

Tras esta sensación de que sea un extraño un hijo del pueblo que ha salido de la comunidad, y ahora también es rechazado de la comunidad, se advierte también otra cosa. El problema fundamental es éste: ¿De dónde le viene a éste todo eso? Solamente el lector del evangelio sabe la respuesta, a saber, que Jesús estaba engendrado «por obra del Espíritu Santo» (cf. 1,18) y que «el Espíritu de Dios» había descendido sobre él (3,16). Pero los habitantes de Nazaret se cierran el acceso a Jesús, porque hacen la segunda pregunta antes de la primera. La primera pregunta se formula así: ¿Qué se dice aquí?, y no: ¿De dónde viene eso? Sólo si se ha escuchado y entendido de la forma debida, se puede preguntar por el origen. La pregunta por la procedencia «¿de dónde?» ya muestra que no quieren oír y que en la sinagoga en realidad no han oído. 

v. 57-58

Para la actitud de los hombres ante Jesús sólo existen dos posibilidades: abrirse con la fe o cerrarse por el escándalo. Los paisanos estaban escandalizados de él. Eso es exactamente lo contrario de la actitud de la fe. El escándalo procede de abajo, del hombre y del malo, destruye la fe y no la deja medrar. El mismo Jesús se convierte en motivo de escándalo, sin que él haya contribuido en nada al mismo. Sólo se decide en el hombre qué camino y qué dirección toma su vida. 

La pregunta por la procedencia «¿de dónde?» para muchas personas, incluso modernas, se convierte en motivo de escándalo. Especialmente para los que han estudiado y conocen la historia. Ellos también piensan «que saben». Entonces Jesús pasa a ser el fundador de una religión como Buda o Mahoma. La doctrina de Jesús se interpreta como un sistema doctrinal religioso o solamente como la experiencia originaria de un corazón genial; se ve a sus discípulos como un círculo de entusiastas adeptos, semejante al que se forma siempre en torno a la personalidad de promotores religiosos. Pero nada más. Se piensa que se puede contestar la pregunta sobre la procedencia, «¿de dónde?», por el Antiguo Testamento, por la tradición religiosa de los pueblos circundantes, por el movimiento resurgente de la comunidad de Qumrán, por el apocalipsis del judaísmo posterior y por la tradición escolar rabínica. Pero nada más. No se puede hacer la segunda pregunta antes de la primera, antes que se haya realmente oído lo que se dice. 

El mismo Jesús cita un proverbio, según el cual ningún profeta vale nada en su tierra ni en su familia. Parece ser como una ley que se inicie el escándalo donde menos se le debía esperar. En el propio ambiente es donde será más fácil al hombre recusar, porque difícilmente distingue entre lo que viene de abajo, de la tradición de la familia y del pueblo, y de la virtud de la sangre, y lo que se dice desde arriba y penetra en el mundo. Esta disposición defectuosa ya es incredulidad por la raíz de donde proviene. La incredulidad —no la propia impotencia— hace que sea imposible que Jesús pueda efectuar acciones milagrosas. Porque el milagro se enlaza con la franqueza y la confianza del hombre. Sólo se da por añadidura todo lo demás a quien ha dado el primer paso, y ha cumplido la condición fundamental de escuchar con el ánimo dispuesto. Hará «obras… aún mayores» que las del maestro (Jn 14,12). 

G. Zevini, Lectio Divina (Mateo): Las controversias sobre el sábado

Verbo Divino (2008), pp. 237-243.

La Palabra se ilumina

Con el relato de la visita de Jesús a su tierra comienza -según la opinión común de los exégetas- una nueva sección del evangelio según Mateo, que culminará en el discurso eclesial. El evangelista omite a sabiendas el nombre de Nazaret, para dar a entender que cuanto sucede en ese momento en aquella pequeña ciudad de Galilea interesa en realidad al mundo entero. 

El Maestro es objeto del rechazo de sus paisanos, como será rechazado, en general, por sus hermanos, por los hombres. Los habitantes de Nazaret no niegan los hechos maravillosos que ha realizado -y que lo acreditan como enviado extraordinario de Dios-, pero se dejan escandalizar por sus humildes orígenes y concluyen que no puede ser en absoluto el Mesías glorioso esperado por Israel. Frente a un rechazo tan claro y absurdo, Jesús afirma: « Un profeta sólo es despreciado en su pueblo y en su casa» (v. 57). El episodio adquiere para Jesús un valor emblemático: su destino será ser rechazado por su pueblo, por la humanidad, que lo rechazará por lo que piensa conocer de él -es el «hijo del carpintero»-, sin saber en realidad, porque no quiere creer, de «dónde» viene y quién es verdaderamente…

La Palabra me ilumina

El Señor se hace continuamente presente en nuestra vida a través de las realidades más usuales y ordinarias. Su gloria puede esconderse tanto en las hojas de otoño que caen silenciosas como en la brisa que acaricia nuestro rostro o en el viento impetuoso que silba entre las casas… Todo es signo de su amor infinito. Nos corresponde a nosotros reconocerlo. Por lo general, estamos demasiado ciegos para darnos cuenta de su presencia. Esperamos las visitas de Dios como algo grandioso, fulgurante, y nos quedamos decepcionados si nuestros días discurren monótonos, sin las emociones religiosas que podríamos esperar. Jesús no fue reconocido por los suyos. Él está también ahora en medio de nosotros, se hace presente en nuestros hermanos y nos habla, pero nosotros tal vez lo esperamos en otro lugar. ¿Cómo admitir que su Palabra nos resuena hoy a través de los labios de aquella persona que tal vez nos aburre y que -sobre todo- nos somos capaces de amar y de estimar? 

Jesús, que vino al mundo y volvió al Padre, sigue con nosotros, huésped silencioso de nuestros tabernáculos, hecho «cosa» por amor, aun sabiendo que nosotros lo habríamos de rechazar. Hoy son nuestra incredulidad y nuestra indiferencia las que lo eliminan de nuestra vida. A veces, antes que su discreta y amable compañía, preferimos tumultuosas aventuras que nos hacen malgastar el tiempo y las energías en algo que no vale. Jesus esta. Esta en medio de nosotros, que somos los «suyos». zSeremos capaces de reconocerle y acogerle? Seremos también capaces de aceptar que nos envíe a nosotros sus «profetas» para que vuelvan a llamamos a la verdad, a una vida auténticamente humana y cristiana? «Vino a los suyos y los suyos no le recibieron», se dice dramáticamente en el prologo del evangelio según Juan. El sentido de la vida depende siempre de esta elección: recibir a Jesús o rechazarle en las modalidades en que el quiere dejarse encontrar. Por desgracia, caemos fácilmente en el error de ver como más propio de nuestra dignidad no reconocerle de hecho presente en los hermanos, en los superiores, en la Iglesia, antes que desenmascarar nuestra soberbia y plegamos al amor humilde que cree en su presencia en todo y en todos. El orgullo y la necedad nos hacen cambiar la verdad por el placer de un momento, para no «hacer un papelón». Y así es como alejamos de nuevo a Jesus. Con todo, el siempre esta dispuesto a entregamos, con el perdón, la posibilidad y la alegría de conocerle y de seguirle. 

Caminar con la Palabra

Los hombres, por una parte, se asombran y se preguntan: 

«¿De dónde le vienen a éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos?». Por otra, se escandalizan de él: «¿No es éste el hijo del carpintero?». Así juzgaban a Cristo. Habrían acogido sin particulares dificultades una acción inexplicable de Dios, porque habrían comprendido palabras de sabiduría, revelaciones portentosas, milagros de Dios, legislador de la naturaleza, que rompe sus leyes; del Señor, que dispone de todo como soberano. Habrían aceptado también a un mortal que hubiera enseñado cosas grandes como hombre de Dios, aunque tuviera un origen humano común, de una familia cuyo apellido se pueda nombrar. Lo que no consiguen comprender es la unión de ambos hechos: la sabiduría y la fuerza divina, por una parte y al mismo tiempo, en la misma persona, la procedencia humana y la humana naturaleza visibles. No consiguen persuadirse de que el arco del puente sea tan poderoso que una dos orillas aparentemente imposibles de conectar. El pensamiento les sugiere: o lo divino o lo humano. Sin embargo, ésta es precisamente la naturaleza de Cristo. En él, Dios y el hombre, la eternidad y el tiempo, el cielo y la tierra, lo infinito y lo finito, la soberanía y la servidumbre, la bienaventuranza y la pasión, se han convertido en unidad. Por eso se escandalizan. También la Iglesia les ofrece los mismos motivos de escándalo. También aquí está la parte divina: en el anuncio inefable de la doctrina, en la remisión de los pecados y en la oferta de la gracia, en las imposiciones que cautivan a las conciencias. Sin embargo, contiene, al mismo tiempo, el elemento humano: la doctrina infalible se expresa en conceptos, en palabras, en definiciones humanas; se explica a través de discusiones, se anuncia por medio de hombres. La remisión de los pecados se lleva a cabo con palabras humanas de sacerdotes que son hombres. La gracia se concede por medio de ritos, palabras y signos visibles. Lo eterno se conecta con formas caducas. Aceptarían una Iglesia radiante con la magnificencia divina pero libre de todo elemento humano. Aceptarían también una Iglesia que fuera organización puramente humana, una unión de hombres con la misma fe. Sin embargo, se escandalizan de una Iglesia en la que estén conectados lo divino y lo humano. 

Ésta es la naturaleza de Cristo, la naturaleza de la Iglesia cristiana. No se debe remover esta piedra de escándalo. Es algo determinante. Sólo es cristiano aquel que acepta, a través de la fe, lo divino en lo humano. Quien no quiere dejar subsistir en su plenitud o lo uno o lo otro deforma el cristianismo. La componenda está excluida (R. Gutzwiller, Meditazioni su Mateo, Edizioni Paoline, Milán 1961, 256-258, passim; edición española: Meditaciones sobre san Mateo, Ediciones San Pablo, Madrid 1965). 

S. Carrillo, El evangelio según san Mateo: Jesús es rechazado en Nazaret

Verbo Divino (2010), pp. 197-198

Jesús continúa su tarea evangelizadora. Se dirige ahora a Nazaret, su ciudad, se pone a enseñar en la sinagoga de los judíos y llena de admiración a sus oyentes (cf. 4,23; 10,17). Lo que en Jesús llama la atención es su “sabiduría” y su “poder taumatúrgico”, recibidos a partir de la efusión del Espíritu de Dios en el Jordán. Los nazarenos, conociendo los humildes orígenes de Jesús, se escandalizan de él: su padre es el carpintero; su madre es María; sus hermanos son Santiago, José, Simón y Judas; sus hermanas son bien conocidas. ¿De dónde, pues, le viene todo esto? 

La expresión “el hijo del carpintero” hay que comprenderla, a la luz del relato de la concepción virginal (1,18-25), en el sentido de una filiación legal, y los términos “hermanos y hermanas” deben entenderse como dichos de primos o de parientes en general (cf. 12,47). 

Jesús responde a esa actitud con un dicho proverbial que subraya su condición de “profeta”. A causa de la falta de fe de sus conciudadanos, no quiso hacer allí muchos milagros (cf. Mc 6,5-6). Con esta palabra, el evangelista invita a un crecimiento en la fe (8,10; 15,28). 

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