Mt 14, 1-12: Muerte de Juan el Bautista

Texto Bíblico

1 En aquel tiempo, oyó el tetrarca Herodes lo que se contaba de Jesús 2 y dijo a sus cortesanos: «Ese es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él». 3 Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado, por motivo de Herodías, mujer de su hermano Filipo; 4 porque Juan le decía que no le era lícito vivir con ella. 5 Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, que lo tenía por profeta. 6 El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó delante de todos y le gustó tanto a Herodes, 7 que juró darle lo que pidiera. 8 Ella, instigada por su madre, le dijo: «Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista». 9 El rey lo sintió, pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran, 10 y mandó decapitar a Juan en la cárcel.
11 Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven y ella se la llevó a su madre. 12 Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron, y fueron a contárselo a Jesús.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Pedro Damián, obispo y doctor de la Iglesia

Sermón: Precursor en su vida y en su muerte

Serm. 24-25

Juan fue Precursor de Cristo por su nacimiento, por su predicación, por su bautismo y por su muerte… ¿Se puede encontrar una sola virtud, un género de santidad, que el Precursor no haya tenido en su más alto grado? Entre los santos ermitaños ¿cuál se ha impuesto jamás por regla no comer otra cosa que miel silvestre o esa comida incomible: los saltamontes? Algunos renuncian al mundo y huyen de los hombres para vivir santamente, pero Juan es todavía un niño… cuando se adentra en el desierto y escoge, resueltamente, habitar en la soledad. Renuncia al derecho de sucesión del sacerdocio de su padre para poder anunciar, con toda libertad, al verdadero y soberano Sacerdote. Los profetas han anunciado por adelantado la venida del Salvador, los apóstoles y los demás que enseñan en la Iglesia dan testimonio de que esta venida realmente tuvo lugar, pero Juan lo muestra ya presente entre los hombres. Son muchos los que han guardado virginidad y no han manchado la blancura de sus vestidos (cf Ap 14,4), pero Juan renuncia a toda compañía humana a fin de arrancar las apetencias de la carne hasta sus mismas raíces, y, lleno de fervor espiritual, habita entre las bestias salvajes.

Juan, en el centro del coro escarlata de los mártires, incluso lo preside como maestro de todos: combatió valientemente y murió por la verdad. Llegó a ser el jefe de todos los que combaten por Cristo, y fue el primero de todos a ir a plantar en el cielo el estandarte triunfal del mártir.

Beato Guerrico de Igny, abad

Sermón: La grandeza de Juan el Bautista

(c. 1080-1157), abad cisterciense

Sermón 3º sobre san Juan Bautista

Lo que ha hecho grande a Juan, lo que le ha hecho el más grande entre los grandes, es que ha vivido sus virtudes al máximo… uniendo a estas la más grande de todas, la humildad. Siendo considerado como el más elevado de todos, espontáneamente y con la presura del amor, ha puesto por encima de él a Aquel que es el más humilde de todos, y hasta tal punto lo ha puesto por encima de él que se declaró indigno de desatarle las sandalias (Mt 3, 11).

Que otros queden maravillados de que Juan haya sido anunciado por los profetas, anunciado por un ángel…, nacido de padres tan santos y tan nobles, aunque de edad avanzada y estériles…, que en el desierto haya preparado el camino del Redentor, que haya convertido los corazones de los padres hacia los hijos y los de los hijos hacia los padres (Lc 1,17), que haya sido digno de bautizar al Hijo, escuchar al Padre, ver al Espíritu (Lc 3, 22), en fin, que haya combatido por la verdad hasta dar la vida y que, para ser precursor de Cristo incluso en el país de los muertos, haya sido mártir de Cristo ya antes de su Pasión. Que otros se queden maravillados de todo esto…

A nosotros, hermanos míos, se nos propone su humildad no tan sólo como objeto de admiración, sino también de imitación. Es ella que le ha incitado a no querer pasar por grande, siendo así que podía hacerlo… En efecto, este fiel «amigo del Esposo» (Jn 3,29) que amaba a su Señor más que a sí mismo, deseaba «disminuir» para que él creciera (v 30). Se esforzaba para aumentar la gloria de Cristo haciéndose él mismo más pequeño, manifestando a través de toda su conducta lo que diría el apóstol Pablo: «No nos predicamos a nosotros mismos sino al Señor Jesucristo» (2Co 4,5).

Diadoco de Foticé, obispo

La perfección espiritual: Que Él crezca

Núm. 12

«El que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna»

El que se ama a sí mismo (Jn 12,25) no puede amar a Dios, pero el que a causa de las desbordantes riquezas del amor divino, no se ama a sí mismo, éste ama a Dios. Un hombre como éste no busca jamás su propia gloria sino la de Dios, porque el que se ama a sí mismo busca su propia gloria. El que está unido a Dios ama la gloria de su creador. En efecto, lo propio de una alma sensible al amor de Dios es buscar constantemente la gloria de Dios cada vez que cumple sus mandamientos, y se alegra de su pasar desapercibido. Porque la gloria pertenece a Dios por su grandeza, y el pasar desapercibido es lo propio del hombre, porque eso le hace ser de la familia de Dios. Si obramos así nuestro gozo será grande como lo fue el de san Juan Bautista y comenzaremos a repetir sin cesar: «Él tiene que crecer y yo tengo que menguar» (Jn 3,30).

Benedicto XVI, papa

Catequesis, Audiencia General (29-08-2012)

Martirio de Juan Bautista

Este último miércoles del mes de agosto se celebra la memoria litúrgica del martirio de san Juan Bautista, el precursor de Jesús. En el Calendario romano es el único santo de quien se celebra tanto el nacimiento, el 24 de junio, como la muerte que tuvo lugar a través del martirio. La memoria de hoy se remonta a la dedicación de una cripta de Sebaste, en Samaría, donde, ya a mediados del siglo iv, se veneraba su cabeza. Su culto se extendió después a Jerusalén, a las Iglesias de Oriente y a Roma, con el título de Decapitación de san Juan Bautista. En el Martirologio romano se hace referencia a un segundo hallazgo de la preciosa reliquia, transportada, para la ocasión, a la iglesia de San Silvestre en Campo Marzio, en Roma.

Estas pequeñas referencias históricas nos ayudan a comprender cuán antigua y profunda es la veneración de san Juan Bautista. En los Evangelios se pone muy bien de relieve su papel respecto a Jesús. En particular, san Lucas relata su nacimiento, su vida en el desierto, su predicación; y san Marcos nos habla de su dramática muerte en el Evangelio de hoy. Juan Bautista comienza su predicación bajo el emperador Tiberio, en los años 27-28 d.C., y a la gente que se reúne para escucharlo la invita abiertamente a preparar el camino para acoger al Señor, a enderezar los caminos desviados de la propia vida a través de una conversión radical del corazón (cf. Lc 3, 4). Pero el Bautista no se limita a predicar la penitencia, la conversión, sino que, reconociendo a Jesús como «el Cordero de Dios» que vino a quitar el pecado del mundo (Jn 1, 29), tiene la profunda humildad de mostrar en Jesús al verdadero Enviado de Dios, poniéndose a un lado para que Cristo pueda crecer, ser escuchado y seguido. Como último acto, el Bautista testimonia con la sangre su fidelidad a los mandamientos de Dios, sin ceder o retroceder, cumpliendo su misión hasta las últimas consecuencias. San Beda, monje del siglo IX, en sus Homilías dice así: «San Juan dio su vida por Cristo, aunque no se le ordenó negar a Jesucristo; sólo se le ordenó callar la verdad» (cf. Hom. 23: CCL122, 354). Así, al no callar la verdad, murió por Cristo, que es la Verdad. Precisamente por el amor a la verdad no admitió componendas y no tuvo miedo de dirigir palabras fuertes a quien había perdido el camino de Dios.

Vemos esta gran figura, esta fuerza en la pasión, en la resistencia contra los poderosos. Preguntamos: ¿de dónde nace esta vida, esta interioridad tan fuerte, tan recta, tan coherente, entregada de modo tan total por Dios y para preparar el camino a Jesús? La respuesta es sencilla: de la relación con Dios, de la oración, que es el hilo conductor de toda su existencia. Juan es el don divino durante largo tiempo invocado por sus padres, Zacarías e Isabel (cf. Lc 1, 13); un don grande, humanamente inesperado, porque ambos eran de edad avanzada e Isabel era estéril (cf. Lc 1, 7); pero nada es imposible para Dios (cf. Lc 1, 36). El anuncio de este nacimiento se produce precisamente en el lugar de la oración, en el templo de Jerusalén; más aún, se produce cuando a Zacarías le toca el gran privilegio de entrar en el lugar más sagrado del templo para hacer la ofrenda del incienso al Señor (cf. Lc 1, 8-20). También el nacimiento del Bautista está marcado por la oración: el canto de alegría, de alabanza y de acción de gracias que Zacarías eleva al Señor y que rezamos cada mañana en Laudes, el «Benedictus», exalta la acción de Dios en la historia e indica proféticamente la misión de su hijo Juan: preceder al Hijo de Dios hecho carne para prepararle los caminos (cf. Lc 1, 67-79). Toda la vida del Precursor de Jesús está alimentada por la relación con Dios, en especial el período transcurrido en regiones desiertas (cf. Lc 1, 80); las regiones desiertas que son lugar de tentación, pero también lugar donde el hombre siente su propia pobreza porque se ve privado de apoyos y seguridades materiales, y comprende que el único punto de referencia firme es Dios mismo. Pero Juan Bautista no es sólo hombre de oración, de contacto permanente con Dios, sino también una guía en esta relación. El evangelista san Lucas, al referir la oración que Jesús enseña a los discípulos, el «Padrenuestro», señala que los discípulos formulan la petición con estas palabras: «Señor enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos» (cf. Lc 11, 1).

Queridos hermanos y hermanas, celebrar el martirio de san Juan Bautista nos recuerda también a nosotros, cristianos de nuestro tiempo, que el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad, no admite componendas. La Verdad es Verdad, no hay componendas. La vida cristiana exige, por decirlo así, el «martirio» de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, la valentía de dejar que Cristo crezca en nosotros, que sea Cristo quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones. Pero esto sólo puede tener lugar en nuestra vida si es sólida la relación con Dios. La oración no es tiempo perdido, no es robar espacio a las actividades, incluso a las actividades apostólicas, sino que es exactamente lo contrario: sólo si somos capaces de tener una vida de oración fiel, constante, confiada, será Dios mismo quien nos dará la capacidad y la fuerza para vivir de un modo feliz y sereno, para superar las dificultades y dar testimonio de él con valentía. Que san Juan Bautista interceda por nosotros, a fin de que sepamos conservar siempre el primado de Dios en nuestra vida. Gracias.

Catecismo de la Iglesia Católica

Dar testimonio de la verdad

2471 Ante Pilato, Cristo proclama que había “venido al mundo para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37). El cristiano no debe “avergonzarse de dar testimonio del Señor” (2 Tm 1, 8). En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de san Pablo ante sus jueces. Debe guardar una “conciencia limpia ante Dios y ante los hombres” (Hch 24, 16).

2472 El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad (cf Mt 18, 16):

«Todos […] los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación» (AG 11).

2473 El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. “Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios” (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos, 4, 1).

2474 Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de su fe. Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre:

«No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir en Cristo Jesús que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero, al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca…» (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos, 6, 1-2).

«Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de ser contado en el número de tus mártires […]. Has cumplido tu promesa, Dios, en quien no cabe la mentira y eres veraz. Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por Él, que está contigo y con el Espíritu, te sea dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén» (Martyrium Polycarpi, 14, 2-3).


Comentarios exegéticos

Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): Decapitación del Bautista

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1023-1024

La narración que nos ofrece Mateo sobre el martirio del Bautista es más sobria que la de Marcos. El ha prescindido de algunos detalles que no interesaban para su finalidad. Por ejemplo, prescinde del detalle de la estima que Herodes tenía de Juan, cuya opinión pedía en muchas ocasiones. 

La escena se enraíza en la historia datando el suceso en los días de Herodes. Se trata de Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, y cuya jurisdicción comprendía únicamente todo el norte de Palestina: Galilea y Perea. En la jurisdicción de Herodes Antipas se desarrolló la vida de Jesús mientras vivió en Galilea, antes de encaminarse a Judea. Con absoluta correspondencia a lo ocurrido en la historia, Mateo le llama tetrarca. Marcos, sin embargo, le da el título de rey. Probablemente así era designado por el pueblo. 

La decapitación del Bautista se explica teniendo en cuenta su intransigencia moral y recia personalidad, que no se amedrentaba ante nada ni ante nadie a la hora de denunciar la inmoralidad. Juan no era precisamente una “caña que se dobla a cualquier impulso del viento” (11,7). La presencia y actividad de Jesús —en la misma línea del Bautista— despertó en Herodes Antipas su conciencia de culpabilidad. Mateo nos ha hablado ya de su encarcelamiento (4,12). Ahora aprovecha para contarnos el final de su historia. 

Según la presentación que Jesús había hecho del Bautista (11,5ss) Juan era un profeta cualificado, el profeta-precursor del Mesías. Como tal profeta su vida estaba inseparablemente unida al sufrimiento, al rechazo, a la muerte (23,29ss.37; Lc 13,33). Este es precisamente el aspecto que interesa a Mateo. Encaja esta narración dentro del cuadro de la vida de Jesús para poner de relieve, ya desde ahora, que el camino del Bautista será el mismo que tenga que recorrer también Jesús. Esto lo afirmará explícitamente más tarde (17,2). Juan es decapitado por defender, con absoluta intransigencia, la inviolabilidad de los mandamientos de Dios: el adulterio de Herodes va en contra de la voluntad de Dios. Jesús pondrá igualmente de relieve esta inviolabilidad de los mandamientos de Dios. Recordemos a este respecto las célebres antítesis (5,21ss). Jesús fue odiado, perseguido y eliminado porque denunciaba la malicia de los dirigentes de su pueblo: el mundo lo odia porque testifica que sus obras son malas (Jn 7,7). La misma suerte corrieron los profetas que vivieron antes de él y los discípulos que le seguirán (5,12; 10,17ss.34ss). 

La relación entre el Bautista y Jesús la acentúa Mateo con la frase conclusiva del relato: decapitado Juan, sus discípulos lo sepultaron —así termina Marcos su relato— “y fueron a comunicar la noticia a Jesús”, añade Mateo. Las relaciones entre los discípulos de Jesús y los del Bautista nos son conocidas sólo parcialmente. En principio no parecen haber sido muy cordiales, ya que cada grupo siguió trabajando y consiguiendo adeptos independientemente del otro (He 19,1ss). Tal vez durante la vida de ambos maestros, del Bautista y de Jesús, fuesen más cordiales. En todo caso, la intención de Mateo, con su última afirmación, parece ser clara: los discípulos del Bautista tienen que ir a Jesús. Sólo en él encontrarán la plenitud, a aquél a favor del cual había dado testimonio su maestro, de quien había dicho que era superior a él, que bautizaría con el Espíritu, que era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo… 

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: Fiesta de la liberación

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 162-163.

Levítico 25, 1. 8-17.

Todo el mundo coincide en afirmar que la ley del jubileo se ha quedado en letra muerta, pero el fracaso no debe hacer olvidar las ideas generosas y, por otra parte, profundamente religiosas que esta institución transmite. Ciertamente, se ha escrito que la ley suponía la transferencia de propiedades, el préstamo a interés y la servidumbre por deudas; y ésta es la situación que prevalecía en la sociedad egoísta de la época monárquica… Pero eso no impedía a las conciencias conservar en el fondo de sí mismas algo del ideal del desierto. El judío no podrá nunca olvidar que no es más que “un emigrado y un huésped” en la tierra que ocupa, pues esta tierra le ha sido dada gratuitamente por Dios y no la tiene más que en usufructo. Tampoco podrá nunca olvidar que Yahvé lo liberó de Egipto para tomarlo a su servicio. Un pueblo libre: así aparece Israel en el Éxodo. Un día, en Nazaret, Jesucristo tomará de nuevo la antorcha de la libertad recobrada. 

Salmo 66.

El salmo 66 es de difícil clasificación. Los vv. 4-6 (repetidos en el estribillo) expresan la idea fundamental: que todos los pueblos conozcan a Dios. Así Israel se afirma como el testigo de la gloria divina. 

Mateo 14, 1-12.

“¡Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta! “. Los oráculos de Jeremías habían indispuesto a los falsos profetas y a los sacerdotes; la predicación de Jesús divide profundamente a sus compatriotas. Por eso conocerá al final la misma suerte que los profetas, muchos de los cuales sufrieron una muerte violenta. 

El destino de Jesús está prefigurado en el de Juan Bautista. Como él, será arrestado, encadenado y condenado a muerte (se observará que Mateo emplea aquí los mismos verbos de los relatos de la Pasión). Pero, mientras que Jesús resucitará realmente de entre los muertos, la supuesta resurrección de Juan es sólo una fábula popular. 

“Haréis resonar la trompeta por todo el país. Santificaréis el año cincuenta y promulgaréis manumisión en el país para todos sus moradores.” 

¿Cómo se ha podido acusar a la religión de ser el opio del pueblo? ¿Habremos comprendido tan mal el sentido de la fiesta que se habría convertido en una evasión, un refugio ajeno a un mundo demasiado duro, un rito desencarnado y descomprometido? Pero la verdadera fiesta proclama la liberación y la lleva a cabo. La fiesta es una proclamación. En ella dejamos que nuestra fe cante; hasta tal punto es verdad “que hay profundidades en el alma humana que solo el rito puede alcanzar”. La fe toma los colores de la fiesta, porque la liturgia proclama una historia que se hace alianza. Nos contamos unos a otros “la gesta de Dios”, “interpretamos”, “jugamos” lo que nos ha sucedido. La Biblia describe el papel que ocupa Dios en la historia humana, pero no se contenta con eso: sitúa entre nosotros esa historia en la que Dios se compromete aún y nos compromete. 

La fiesta es un acto de fe. Desvela el sentido escondido de la aventura humana. El objeto de nuestras celebraciones es la acción de Dios vivo atravesando las peregrinaciones de los hombres. La liturgia describe a Dios, pero lo hace contando y proclamando esta liturgia. No define, como cuando se ponen límites perfectamente definidos a algo (definir, acabar)… Mira hacia “lo que ha sucedido” y orienta la mirada de la Iglesia hacia ese Dios que hace la historia. El Dios de la Alianza. 

Nuestra fiesta anuncia, prepara, prefigura, anticipa. Representando ante Dios la historia de nuestra salvación, estamos como “cogidos en la trampa” de la Alianza. Recibimos como una promesa esta historia de Dios-con-nosotros. Y desde ese mismo momento, nuestra fiesta se hace liberación; instaura ya para nosotros lo que tiene aún que suceder. “Dios viene del futuro” (Pierre Talec). 

No, la fiesta no es un sueño ni una ilusión; no nos aparta de este mundo para hacernos olvidar la miseria de nuestro tiempo. Nuestra fiesta conduce a la liberación, que reconocemos en la fe como ya presente. En la fiesta de la fe, el hombre, el tiempo y la historia ¡viven ya el futuro! 

Señor y Dios nuestro,
te alabamos por la novedad de tu Palabra. 
Hace muchos siglos que está entre nosotros 
y, sin embargo, sigue siendo eternamente joven: 
¿cómo es posible que nosotros seamos tan viejos?

Te alabamos por la eternidad de tu Alianza:
desde hace muchos siglos, nuestra historia es común:
 
¿cómo es posible que tengamos tan poca memoria? 

Te lo rogamos: 
que tu Palabra no pase:
que ella sea nuestra fiesta; 
que tu Alianza renueve nuestro futuro 
y sea nuestra comunión.

 

Biblia Nácar-Colunga Comentada

Juicio de Herodes sobre la fama que tiene de Jesús, 14:1-2 (Mc 6:14-16; Lc 9:7-9).

El Herodes del que se habla es Antipas, hijo de Herodes el Grande. Se le da el título oficial de “tetrarca,” concedido por Augusto. Herodes es la forma que sólo aparece en las monedas. Su gran ambición era el título de rey, y a este fin se encaminó a Roma. A veces se le da el título genérico de “rey” (Mc), o por halago, como lo hacen sus súbditos.

Le llegaron noticias de la fama de Jesús, pues “su nombre se había hecho famoso” (Mc 6:14) y la conmoción era grande en las multitudes. Esto produjo un fuerte impacto en Antipas, “estando dudoso a causa de lo que algunos decían” de Jesús (Mc-Lc). Ante “las fuerzas milagrosas que obraban en El,” las gentes lo identificaban con uno de los “antiguos profetas” (Lc) o con Elias, que se le suponía vivo y se le esperaba en los días mismos del Mesías.

Antipas era un claro y agudo neurótico. Tenía la obsesión por el Bautista, al que había hecho degollar. Y ante la duda que las gentes tenían para identificar a Cristo y ante los milagros que hacía, no se le ocurrió más que pensar en un muerto resucitado, que tendría poderes preternaturales. No es que Antipas creyese en una transmigración de almas. San Jerónimo observaba ya que, cuando esto sucede, Cristo tenía más de treinta años. Pero, en su neurosis, lo identificó con el Bautista, sobre todo por “milagros”. Y Lc añade que desde entonces deseaba “verle” (Lc 23:8). Pero Antipas “temía” al Bautista (Mc 6:19). La frase tan rotunda de “éste es el Bautista resucitado,” admitiría la traducción de “debe de ser”. Pero su neurosis también admite su aturdida identificación. Y era afirmación reiterada: “decía” (έλεγεν).

La muerte del Bautista, 14:3-12 (Mc 6:17-29; Lc. 3:19-20).

Herodes Antipas era hijo de Herodes el Grande y su mujer samaritana Malthake. A la muerte de su padre, Augusto le nombra tetrarca de Galilea y Perca, aunque parece que su influjo llegase también a la Decápolis (Mc 5:20; 7:31; Mt 4:25). Se posesionó de su tetrarquía a los diecisiete años. Su carácter era apático, falto de energía, sensual y lleno de doblez. Jesucristo mismo le llamará “zorra” (Lc 13:32). Era además adulador con Roma, pues en honor de Tiberio levantó la ciudad de Tiberíades, lo mismo que la de Livia-Julia en honor de la mujer de Tiberio. De los mismos relatos evangélicos sobre que Cristo fuese el Bautista resucitado, da la impresión de haber sido un hombre de fuerte fondo neurótico. “Parece que tenía una buena parte de temperamento supersticioso y fantástico”. Por razones políticas, para garantizar sus fronteras de las incursiones de los nabateos, se casó con la hija del rey de los mismos, Aretas IV.

Pero el año 28 Antipas hace un viaje a Roma para ver a Tiberio; ante el que gozaba de prestigio, por ser su espía confidencial de los magistrados romanos en Oriente. Allí conoció a Herodías. Esta era hija del asmoneo Aristóbulo y de ”Marianme, la hija del sumo sacerdote Simón.” Herodías estaba casada con un hijo de Herodes el Grande, llamado Filipo, distinto del otro homónimo que recibió la tetrarquía de Traconítide e Iturea.

Este Herodes-Filipo vivía una vida oscura y sin aspiraciones en las cercanías de Roma, ya que Antipas lo visita, cuando va a Roma, en el camino. Josefo dice de él que era hombre “amante de la tranquilidad”. Antipas conoció allí a Herodías, mujer de Filipo. Y uniéndose la ambición en ella, que no soportaba la vida oculta de su marido, y la pasión en Antipas por Herodías, se acordó la unión ilegal y el llevar con ellos a la hija de Herodías, llamada Salomé. Para esto se puso como condición a Herodes repudiar a su mujer legítima, la hija de Aretas IV, rey de los nabateos.

La presencia de Antipas y Herodías en la tetrarquía trajo el escándalo. El adulterio de Antipas iba abiertamente contra la Ley, que prohibía estas uniones incestuosas (Lev 18:16; 20:21).

El rumor popular encontró una voz especialmente representativa. Si éste temía a la policía de Herodes, la voz apostólica del Bautista sonó repetidas veces (ελεγεν) contra aquel adulterio. Antipas temía un levantamiento popular, pero también temía el gran prestigio del Bautista, que incluso recoge el historiador judío Josefo. En los manejos de primera hora contra el Bautista estaba ya Herodías, “que le odiaba y quería matarle, pero no podía” (Mc) por temor al pueblo.

Hubo una segunda fase, que no se matiza en los evangelios, en la que fue encarcelado. El Bautista fue encarcelado, precisa Lc, “por lo de Herodías. y por todo lo malo que había hecho” Antipas, y que el Bautista censuraba. Esta prisión fue en el palacio-fortaleza que tenían los Herodes en Maqueronte, en la Transjordania, sobre el mar Muerto. Sus ruinas se conservan actualmente bajo el nombre de Mekawer.

No se dice el tiempo que haya durado esta prisión, que debió de ser relativamente atenuada. Mc (6:20) tiene un pasaje propio y con especial dificultad, y para él se remite al lugar correspondiente del Comentario.

Pero la oportunidad para la muerte del Bautista fue bien calculada por Herodías. Llegó el día natalicio — ¿aniversario de él o de exaltación al trono? —. Es sabido que los príncipes herodianos celebraban estos aniversarios. Debe de ser el de su nacimiento.

Fue en un suntuoso banquete al oscurecer (δεiπνον), al que fueron invitados los “notables” de sus estados. En él bailó la hija de Herodías, Salomé. La expresión bailó “en medio” (εν τφ μέσιη) de la concurrencia es una fórmula griega que indica públicamente. Si es en la sala del convite, no se dice. No era desconocido en Oriente, al final de los banquetes, las presencia de bailarinas de profesión, en ocasiones con bailes licenciosos. San Ambrosio, basándose en estas costumbres, piensa que tal sería este baile. En la antigüedad semita no eran bailes de sociedad, sino representaciones coreográficas de situaciones, que, en principio, podían ser muy dignas. Pero en este ambiente es muy fácil suponer la licencia. Un caso semejante, actual, presenciado por él mismo en la región de Merdj Ayun, lo cuenta Dalman. Después del banquete, en el que comieron separados hombres y mujeres, se reunieron todos en una sala, en la que la joven hija de la casa realizó una serie de danzas dignas.

La escena agradó a todos, máxime en aquel ambiente, y Antipas, en la euforia del mismo, “juró” dar a Salomé lo que le pidiese. “Salió” a consultar con su madre, indicio acaso de la separación en salas de hombres y mujeres. Y ésta le manda pedir la cabeza del Bautista. El juramento de Antipas, “aunque sea la mitad de mi reino,” es frase bíblica (Est 5:3; cf. 1 Re 13:8). La frase de “Juan el Bautista” en labios de Salomé no es improbable. Así habla de él Josefo. Antipas se “entristeció,” pero cedió al “juramento” ante los convidados. Se cumplió la sentencia. Josefo dice que “fue muerto” en Maqueronte.

Se mandó traer la cabeza del Bautista. ¿Se la trajo a la misma sala para que se viese el cumplimiento de la orden? Salomé la llevó a su madre. San Jerónimo recoge que Herodías le sacó la lengua y la pinchaba con aguijón, como hizo Fulvia con la lengua de Cicerón. Para unos es una leyenda, para otros una realidad calcada en el ambiente romano en el que había vivido Herodías. Ni son desconocidos casos semejantes de pedir en banquetes la venganza de alguna víctima. A Jerjes, el día que celebraba el aniversario de su nacimiento, la reina Amestris le pidió la cabeza de su rival, que era su misma cuñada, y el rey accedió. Casos semejantes se cuentan de Catón por Cicerón y Plutarco. Esta escena para Antipas y Herodías, que habían vivido en Roma, no debió de ser desconocida.

La psicología de maldad de Herodías contra el Bautista recuerda y es explicada por la conducta y odio feroz de Jezabel contra el profeta Elias (1 Re 18:2v) y contra Nabot (1 Re 21, Iv). Acaso la tradición quiso subrayar este paralelo.

Contra el valor histórico de este pasaje se ha hecho ver la discrepancia de motivos que sobre la muerte del Bautista alegan los evangelistas y Josefo. Mientras los evangelistas alegan el “incesto” y la acusación del Bautista por “todo lo malo que había hecho” Antipas (Lc), Josefo alega un motivo político: temía que el prestigio del Bautista pudiese provocar una insurrección, con las consecuencias a derivarse para él; por eso quiso “prevenir”.

Sin embargo, un crítico de la categoría de Shürer reconoce que, entre estos motivos alegados, “ambos datos no se excluyen”. Si en el ánimo de Herodías tuvo que pesar la censura de su adulterio, en el de Antipas hubo de pesar fundamentalmente el aspecto político, que podía venir sobre él del influjo del Bautista sobre las turbas. Y si a Josefo, como historiador de un pueblo, le interesa más este aspecto político, al enfoque religioso de los evangelios le interesaba más destacar el aspecto moral. Aspecto que, por otra parte, era el único que podía alegarse ante el pueblo para justificar su conducta. Si este aspecto más personal del adulterio pareciera sospechoso, entonces, “según este criterio, sería preciso suprimir la mayor parte de las historias herodianas que relata Josefo, ya que en ellas las mujeres y sus intrigas juegan un papel tan activo.”

Cuando se enteraron los “discípulos” del Bautista (cf. Mt 11:2.7; Lc 7:18; Jn 1:53), recogieron el cadáver y lo pusieron en un sepulcro. Según costumbre judía, los cuerpos de los ajusticiados por las autoridades judías debían ser colocados en fosas comunes, propiedad de los tribunales. Pero no era éste el caso del Bautista. Y la autoridad romana, y Antipas era príncipe vasallo de Roma, solía conceder los cadáveres de los ajusticiados a sus familiares para su enterramiento. El mismo afecto paradójico de Antipas por el Bautista justificará este favor póstumo. Tampoco Pilato negó a José de Arimatea el cuerpo de Cristo para enterrarlo. Una tradición recogida por San Jerónimo dice que sus reliquias fueron primeramente sepultadas en Sebastie, Samaría, y en donde, según Teodoreto, habrían sido arrojadas al fuego por los paganos. La historicidad del hecho es incuestionable. El pueblo consideró castigo de Dios la destrucción del ejército de Antipas por las tropas de Aretas, el 36 d.C., por esta muerte. La razón político-religiosa que dice Josefo es previsoramente lógica en Antipas. Aparte de que el hecho había de trascender, se cita en Lc a “Juana, mujer de Juza, administrador” (επιτρόπου) de Antipas (Lc 8:3). Sin duda, una posible “fuente” más de los hechos.

W. Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt): Degollación del Bautista

Herder (1980), Tomo II, pp. 56-60

vv. 1-2

Con escasa conexión se menciona una observación del príncipe reinante, Herodes Antipas . Ha oído hablar del movimiento que había surgido en torno a Jesús y le da una notable explicación. Debe haber resucitado Juan el Bautista y debe haber reanudado sus actividades en Jesús. Las energías de Juan actúan en Jesús. Estas afirmaciones atestiguan el gran prestigio que entonces tenía Juan en general, y en particular en la opinión de Herodes. Al mismo tiempo se da a entender aquí el temor ante el juicio de Dios, que experimenta el que hizo dar muerte a Juan. Herodes se había apoderado del hombre de Dios, y ¿Dios ahora triunfaba sobre la malicia y violencia humanas mediante la resurrección de los muertos? ¿Le amenazará también a él algún mal? Herodes da una opinión, que puede haber sido compartida por otros [17]. Aún se conservaba un recuerdo demasiado fresco de la actuación enérgica de Juan, la semejanza entre la proclamación de Juan y la de Jesús podía llevar a esta confusión. En Juan y en Jesús se perciben fuerzas prodigiosas de arriba, pruebas de poder divino. Ni siquiera Herodes puede hacerse sordo ante ellas. Aquí Herodes está más cerca de Jesús que los mismos paisanos de Nazaret, que no perciben nada divino, sino solamente lo humano. 

vv. 3-9

En este pasaje el evangelista inserta el relato sobre el fin del Bautista, como también lo había hecho san Marcos (Mc 6, 17-29). Este relato en ambos evangelistas está preparado por la referencia del juicio de Herodes sobre Jesús (14,ls = Mc 6,14-16). El fin del Bautista y la primera actuación de Jesús ya los enlazó san Marcos con una mutua relación al principio del Evangelio. Jesús empezó a proclamar su mensaje, después que había oído la noticia del fin del Bautista (Mc 1,14). El más fuerte releva al que no se creyó digno de desatarle la correa de las sandalias (cf. Mc 1,7). Aquí se añade cómo se dio muerte a Juan. El relato es mucho más corto que el de san Marcos. Sólo se informa lo esencial en un compendio conciso. En san Mateo este compendio se incorpora a la tesis del evangelista de que Israel había rechazado a todos los profetas sin excepción, y de este modo se había puesto contra Dios y sus mensajeros. 

Herodes creyó justificado que el Bautista no se metiese en sus asuntos privados. Ofendido en su orgullo reaccionó contra el reproche de Juan y le hizo encarcelar. Así se redujo al silencio al inoportuno amonestador. Como ocurre frecuentemente con los tiranos, Herodes se arredra ante el último recurso por temor ante el pueblo. En cambio el pueblo lo tuvo por profeta, como más tarde también se dice de Jesús (cf. 21,46). Tal es la índole de los tiranos. Fácilmente maltratan al individuo, pero se arrendran ante las medidas antipopulares. Lo único que temen es perder el favor del pueblo. 

Con motivo de un banquete para celebrar el cumpleaños baila la hija de Herodías y causa la complacencia del rey. Entusiasmado por el espectáculo del baile, Herodes hace un juramento imprudente. Herodías, la madre, lo aprovecha con astucia, llena de odio mortal contra Juan. No solamente hace pedir la muerte del Bautista, sino la horrible ceremonia de traer en una bandeja al salón de fiestas la cabeza cercenada de Juan. Por causa del juramento y por temor a los huéspedes Herodes manda ejecutar la orden. ¡Otra vez ha sucumbido un profeta en Israel! Pero esta vez no fue porque el pueblo no creyera a Juan o no soportara su mensaje, sino por el antojo de un rey altanero y al mismo tiempo débil. Los miembros de la familia de Herodes siguen pareciéndose. Herodes, el padre, había atentado contra la vida de Jesús y había matado a los niños de Belén (2,16). Su hijo asesina al Bautista. ¿Cómo debe establecerse el reino de Dios, si los reyes de la nación se convierten en el enemigo mortal de los mensajeros de Dios? 

Los discípulos del Bautista logran sepultar decorosamente el cadáver. Hicieron causa común con su maestro, incluso en la muerte. Luego fueron a contárselo a Jesús (14,12). 

Cronológicamente es difícil explicar este dato, puesto que según 14,2 ya ha ocurrido la muerte del Bautista, y en 14,3-12 aparece como trasladada. San Mateo ya no dirige ninguna otra mirada retrospectiva, porque pretende otra finalidad. Quiere indicar la íntima unión entre las dos personas y su obra. Los dos hombres no concurren juntos, sino que su actividad se funda en el mismo plan de Dios. Jesús debe ser informado para que note la señal y adapte a ella su propia conducta. Y así oímos decir inmediatamente después (14,13) que Jesús huyó. Es, pues, evidente que abandonó el territorio de la jurisdicción de Herodes Antipas para no exponerse al peligro antes que llegara su hora. Están profunda y mutuamente relacionadas la vida y actividad de Jesús y las del Bautista Sólo Dios tiene los hilos en la mano, su sabiduría se atestigua en las obras de ambos (cf. 11,19c). 

La muerte del Bautista también debe ser significativa para Jesús a manera de una señal. Jesús recorre el mismo sendero y es entregado al mismo destino de muerte de los profetas. No se rompen los hilos de la historia de Dios. Lo que el Bautista ha empezado, Jesús lo acogerá y lo conducirá a la última perfección. Sobre la muerte y la tumba de Juan reposa esta esperanza de la última perfección. Una esperanza mucho mayor reposará sobre la tumba de Jesús. 


Notas

[17] Cf. 16,14; Mc 8,28; Lc 9,19; cf. también Mc 9,9-13 y Mt 17,9-13.

G. Zevini, Lectio Divina (Mateo): Las controversias sobre el sábado

Verbo Divino (2008), pp. 237-243.

La Palabra se ilumina

El rechazo inmediato del que fue objeto Jesús en su patria ofrece al evangelista la conexión para hablar de otro gran profeta, el Bautista, perseguido también y muerto después por el mismo Herodes, que, ahora, quería conocer al nuevo rabí, curioso por todo lo que oye decir de él. Juan se encuentra en la cárcel por haber dado «testimonio de la verdad», y será decapitado por la petición insensata de una jovencita «manipulada» por una madre corrupta y vengativa. No se oye de él ni siquiera una palabra, y en esto también fue precursor de Jesús, que callará ante Pilato. Juan anticipa en su muerte la suerte que padecerá Cristo, el siervo de YHWH. 

Mateo narra el episodio de la prisión y muerte del Bautista como un resumen de martirio, suerte común de los profetas. Resulta significativo, en efecto, que en el v. 5 se refiera la opinión del pueblo, «que lo tenía por profeta», con una alusión evidente a las palabras de Jesús (13,57). 

La Palabra en el corazón de los Padres

Hoy, mientras se nos narraba la virtud de Juan y la crueldad de Herodes, se han estremecido nuestros corazones… ¿Que puede permanecer firme cuando la grandeza de los crímenes hace perecer la grandeza de las virtudes? 

«Herodes -dice el evangelio- había detenido a Juan»: Juan, escuela de la virtud, maestro de la vida, modelo de santidad, vía de la penitencia, disciplina de la fe; Juan, mas grande que un hombre, parejo a los angeles, cumbre de la ley, sementera del Evangelio, voz de los apóstoles, silencio de los profetas, lampara del mundo, precursor de Cristo, testigo de Dios, instrumento de toda la Trinidad. 

«Lo había encadenado y lo había metido en la cárcel.: Herodes, eres tu quien ha cometido el adulterio, ¿y es Juan el Bautista el que va a la cárcel? Te pregunto: donde esta el rostro de las cosas, donde el pudor? Al menos, donde esta Dios? zDonde esta el hombre? Donde esta lo Hato? e;Donde esta la ley? Por decirlo de una vez, Herodes, todo se ha confundido, por tus acciones, por tus juicios, por tus ordenes. 

Juan reprende a Herodes con amonestaciones, no con acusaciones; quería corregirle, no hacerle perecer; pero Herodes prefirió perecer antes que volver en sí. La libertad de la inocencia se vuelve particularmente odiosa a quien es prisionero de las culpas. La virtud es contraria a los viciosos, […] a los crueles les resulta insoportable la compasión, a los impíos la piedad, a los injustos la justicia. El evangelista demuestra esto cuando dice: «Juan decía: “No te es lícito tomar la mujer de Filipo, tu hermano”». Éste es el motivo por el que se oponía Juan. El que amonesta ofende a los malvados. Quien reprende a los perversos va contra ellos. Juan decía lo que era según la ley, lo que ayudaba a la salvación; a buen seguro, lo que no estaba inspirado por el odio, sino por el amor: ésta es la recompensa que obtuvo de un impío por su piedad. 

«Quería matarle -dice-, pero temía al pueblo». Fácilmente se desvía de la justicia quien no teme a Dios, sino a los hombres. Sólo el temor de Dios enmienda los ánimos, rechaza los delitos, conserva la inocencia, confiere una constante capacidad de bien (Pedro Crisólogo, «Sermoni» 127, en G. Banterle [ed.], Opere di san Pietro Crisologo, 3: Sermoni 125-179, Biblioteca Ambrosiana – Cittá Nuova, Milán – Roma 1998, passim). 

S. Carrillo, El evangelio según san Mateo: La muerte de Juan el Bautista

Verbo Divino (2010), pp. 198-199

Herodes Antipas, rey de Galilea y de Perea, era hijo de Herodes el Grande y de Maltaces, y hermano de Arquelao y de Filipo. Estaba casado con la hija de Aretas IV, rey de los nabateos, a quien repudió para casarse con Herodías, nieta de Herodes el Grande, hija de Aristóbulo IV y de Berenice, esposa de su tío Herodes Filipo –un hijo de Herodes que vivía en Roma–, y madre de Salomé. El relato de Mateo es más breve que la historia narrada por Marcos. 

Herodes creía que Jesús era Juan el Bautista, que había resucitado y que por eso obraban en él poderes milagrosos. Juan reprendía a Herodes por el incesto en que vivía (Lv 20,21). Éste, por una parte, temía a Juan por ser un hombre justo (Mc 6,20), y temía también al pueblo, que lo tenía como un profeta, pero, en definitiva, quería darle muerte. La ocasión se presentó cuando, en su cumpleaños, Salomé bailó y complació tanto a Herodes que éste le juró darle lo que ella quisiera. Instigada por su madre, pidió la cabeza de Juan el Bautista. Juan fue decapitado en la prisión de Maqueronte, al este del mar Muerto, sin que hubiera el menor juicio. La cabeza de Juan fue entregada a Salomé y a Herodías, mientras que los discípulos de Juan recogieron su cadáver. Y Jesús fue informado de todo. 

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