Mt 14, 22-33 — Primicias del Reino: Jesús camina sobre las aguas y Pedro con él.

Texto Bíblico

22 Enseguida Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. 23 Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. 24 Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. 25 A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. 26 Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. 27 Jesús les dijo enseguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».
28 Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». 29 Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; 30 pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». 31 Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?». 32 En cuanto subieron a la barca amainó el viento. 33 Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Agustín de Hipona

Sermón: ¡Señor, sálvame, que me hundo!

«Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?”» (Mt 14,31)
Sermón 76, 1. 4.-6. 8-9: PL 38, 479-483

PL

El evangelio que se nos ha proclamado y que recoge el episodio de Cristo, el Señor, andando sobre las aguas del mar, y del apóstol Pedro, que al caminar sobre las aguas titubeó bajo la acción del temor, dudando se hundía y confiando nuevamente salió a flote, nos invita a ver en el mar un símbolo del mundo actual y en el apóstol Pedro la figura de la única Iglesia.

En efecto, Pedro en persona —él, el primero en el orden de los apóstoles y generosísimo en el amor a Cristo— con frecuencia responde personalmente en nombre de todos. Cuando el Señor Jesús preguntó quién decía la gente que era él, mientras los demás discípulos le informan sobre las distintas opiniones que circulaban entre los hombres, al insistir el Señor en su pregunta y decir: Y vosotros, ¿quién decís que soy?, Pedro respondió: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. La respuesta la dio uno en nombre de muchos, la unidad en nombre de la pluralidad.

Contemplando a este miembro de la Iglesia, tratemos de discernir en él lo que procede de Dios y lo que procede de nosotros. De este modo no titubearemos, sino que estaremos cimentados sobre la piedra, estaremos firmes y estables contra los vientos, las lluvias y los ríos, esto es, contra las tentaciones del mundo presente. Fijaos, pues, en ese Pedro que entonces era figura nuestra: unas veces confía, otras titubea; unas veces le confiesa inmortal y otras teme que muera. Por eso, porque la Iglesia tiene miembros seguros, los tiene también inseguros, y no puede subsistir sin seguros ni sin inseguros. En lo que dijo Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, significa a los seguros; en el hecho de temblar y titubear, no queriendo que Cristo padeciera, temiendo la muerte y no reconociendo la Vida, significa a los inseguros de la Iglesia. Así pues, en aquel único apóstol, es decir, en Pedro, el primero y principal entre los apóstoles, en el que estaba prefigurada la Iglesia, debían estar representados ambos tipos de fieles, es decir, los seguros y los inseguros, ya que sin ellos no existe la Iglesia.

Este es también el significado de lo que se nos acaba de leer: Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua. Y a una orden del Señor, Pedro caminó efectivamente sobre las aguas, consciente de no poder hacerlo por sí mismo. Pudo la fe lo que la humana debilidad era incapaz de hacer. Estos son los seguros de la Iglesia. Ordénelo el Dios hombre y el hombre podrá lo imposible. Ven —dijo —. Y Pedro bajó y echó a andar sobre las aguas: pudo hacerlo porque lo había ordenado la Piedra. He aquí de lo que Pedro es capaz en nombre del Señor; ¿qué es lo que puede por sí mismo? Al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: ¡Señor, sálvame, ¡que me hundo! Confió en el Señor, pudo en el Señor; titubeó como hombre, retornó al Señor. En seguida extendió la ayuda de su diestra, agarró al que se estaba hundiendo, increpó al desconfiado: ¡Qué poca fe!

Bueno, hermanos, que hemos de terminar el sermón. Considerad al mundo como si fuera el mar: viento huracanado, tempestad violenta. Para cada uno de nosotros, sus pasiones son su tempestad. Amas a Dios: andas sobre el mar, bajo tus pies ruge el oleaje del mundo. Amas al mundo: te engullirá. Sabe devorar, que no soportar, a sus adoradores. Pero cuando al soplo de la concupiscencia fluctúa tu corazón, para vencer tu sensualidad invoca su divinidad. Y si tu pie vacila, si titubeas, si hay algo que no logras superar, si empiezas a hundirte, di: ¡Señor, sálvame, que me hundo! Pues sólo te libra de la muerte de la carne, el que en la carne murió por ti.


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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Domingo XIX (Ciclo A)



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