Mt 15, 21-28: Jesús cura la hija de una mujer cananea

Texto Bíblico

21 Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. 22 Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». 23 Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». 24 Él les contestó: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel». 25 Ella se acercó y se postró ante él diciendo: «Señor, ayúdame». 26 Él le contestó: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». 27 Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
28 Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Hilario de Poitiers, obispo

Comentarios: El silencio del Señor

Comentario al evangelio de Mateo, 15 : SC 258

«Mi hija está atormentada por un demonio» (Mt 15,22).

Esta Cananea pagana no necesita para ella más curación, ya que confiesa a Cristo como el Señor e Hijo de David, pero ella pide ayuda para su hija, es decir para la muchedumbre pagana, prisionera por la dominación de espíritus impuros. El Señor se calla, guardando por su silencio el privilegio de la salvación a Israel… Llevando en él el misterio de la voluntad del Padre, responde que ha sido enviado a las ovejas perdidas de Israel, para que quedara claro, que la hija de la Cananea es el símbolo de la Iglesia… No se trata de que la salvación no sea dada también a los paganos, sino que el Señor había venido “para los suyos y en su casa” (Jn 1,11), y guarda las primicias de la fe para este pueblo del que había salido, después el resto deberá ser salvado por la predicación de los apóstoles…

Y para que comprendamos que el silencio del Señor proviene de la consideración del tiempo y no de un obstáculo puesto por él, añade: “¡Mujer, qué grande es tu fe!” Quería decir que esta mujer, conocedora de su salvación, tenía fe – o lo que es mejor todavía – en la alianza de los paganos, ya cercana, por su fe, serán liberados como la niña de toda forma de dominación de los espíritus impuros. Y la confirmación de esto llega: en efecto, después de la representación del pueblo pagano en la hija de la Cananea, hombres aquejados de diversas enfermedades son presentados al Señor por la muchedumbre, sobre la montaña (Mt 15,30). Son hombres descreídos, es decir enfermos, que son traídos por creyentes a la adoración y prosternación y a quienes se les devuelve la salvación con vistas a acoger, estudiar, y seguir a Dios.

Guillermo de San Teodorico, monje

Oración: !Ábreme, Señor¡

Oraciones meditativas, nº 2.

«Ten piedad de mí, Señor, Hijo de Dios» (Mt 15,22).

A veces, Señor, te siento pasar, pero no te detienes para mí, pasas de largo, y yo te grito como la Cananea. ¿Me atreveré todavía a acercarme a ti? Seguro que sí, los perritos echados fuera de la casa de su amo siempre vuelven a ella, y cuidando guardar la casa, reciben cada día su ración de pan. Echado, aquí estoy todavía; frente a la puerta, te llamo; maltrecho, suplico. Así como los perritos no pueden vivir lejos de los hombres, ¡de la misma manera mi alma no puede vivir lejos de mi Dios!

Ábreme, Señor. Haz que llegue hasta ti para ser inundado por tu luz. Tú, que habitas en los cielos, te has escondido en las tinieblas, en la oscura nube. Como lo dice el profeta: «Te has arropado en una nube para que no pasara la oración» (Lm 3,44). Me corrompo en la tierra, el corazón como en un lodazal… Tus estrellas no brillan para mí, el sol se ha oscurecido, la luna ya no emite su luz. Oigo cantar tus hazañas en lo salmos, los himnos y los cánticos espirituales; en el Evangelio, tus palabras y tus gestos resplandecen como la luz; los ejemplos de tus siervos…, las amenazas y las promesas de tus Escrituras de verdad se imponen a mis ojos y vienen a golpear la sordera de mis orejas. Pero mi espíritu se ha endurecido; he aprendido a dormir de cara al resplandor del sol; me he acostumbrado a no ver ya lo que se me pone delante así…

¿Hasta cuándo, Señor, cuánto tardarás en romper tus cielos, en descender para venir a socorrer mi torpeza? (sl 12,1; Is 64,1). Que yo no se ya más lo que soy…, que me convierta y que, por lo menos, venga al atardecer como un perrito hambriento. Recorro tu ciudad; en parte aún peregrina sobre la tierra, aunque la mayoría de sus habitantes han encontrado ya su gozo en el cielo. ¿Encontraré también yo allí mi morada?

Juan Taulero, dominico

Sermón: Penetrar en el fondo de la verdad

Sermón 9.

«Mujer, qué grande es tu fe» (Mt 15,28).

«¡Ten compasión de mí, Hijo de David!». Es un grito de auxilio de una fuerza inmensa… Es un gemido que viene como de una profundidad sin fin. Sobrepasa en mucho la naturaleza, es el Espíritu Santo quien debe proferir este gemido en nosotros (Rm 8,26)… Pero Jesús le dice: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel»… (Mt 15,24) y «No está bien tomar e pan de los hijos para echárselo a los perrillos.» (Mt 15,26)… No podía poner a prueba a la mujer con más fuerza, ni ahuyentarla con más vehemencia. Ahora bien ¿qué hizo la mujer rechazada de esta manera? Se dejó decir y se humilló ella misma hasta lo más hondo. Abajándose, humillándose, ha mantenido la confianza y ha dicho: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».

¡Ojalá también vosotros llegarais a penetrar de manera tan veraz en el fondo de la verdad, no a través de sabios comentarios, de grandes palabras, o con los sentidos, sino desde el verdadero fondo de vosotros mismos! Ni Dios, ni ninguna criatura podrá apretaros, anonadaros, si permanecéis en la verdad, en confiada humildad. Os podrán hacer soportar afrentas, menosprecios, repulsas, pero permaneceréis firmes en la perseverancia, y os adentraréis todavía más profundamente, animados de entera confianza y veréis aumentar todavía más vuestro celo. Todo depende de eso, y el que llega a ese punto, éste sale vencedor. Estos y sólo estos caminos conducen, en verdad y sin parada intermedia, hasta Dios. Pero perseverar hasta ese alto grado de humildad, con perseverancia, con entera y verdadera certeza, como lo hizo esta pobre mujer, son pocos los que llegan a él.

Isaac de la Stella, monje cisterciense

Sermón: El tiempo de la misericordia

Sermón 35, 3º para el 2º domingo de Cuaresma; SC 207.

«Enviado a las ovejas perdidas de Israel» (Mt 15,24).

«Yo no he sido enviado, declara el Señor, más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Se puede decir en breve…: fue enviado a aquél a quien él fue prometido. «Es a Abraham, dijo, a quien se le hicieron las promesas y a su descendencia» (Ga 3,16). La promesa hecha en el tiempo, se realizada en su tiempo, y para los judíos a partir de los judíos, según está escrito: “La salvación viene por los judíos” (Jn 4,22). Es a ellos a quienes Cristo, nacido de ellos en la carne, fue enviado al final de los tiempos; a ellos a los que había sido prometido al comienzo del tiempo, predestinado antes todos los tiempos. Predestinado para los judíos y los paganos, nacido sólo de judíos, sin intermediario en la carne, que fue presentado en su nacimiento, según la carne, a aquellos a quienes se les había prometido…

Pero el nombre “Israel” significa “hombres que ven a Dios”: ello se aplica, con razón, a todo espíritu humano. En consecuencia, se puede comprender que «la casa de Israel» abarca también a los ángeles, espíritus poseedores de la visión de Dios… Mientras que 99 ovejas…, disfrutan en la montaña y son el deleite de su pastor, es decir del Verbo de Dios, y caminan y descansan sin temor en abundantes pastos siempre exuberantes de verdor (Sal. 22,2), el buen Pastor descendió desde el Padre, cuando llegó “el tiempo de la misericordia» (Sal. 101,14), y fue enviado misericordiosamente en el tiempo, aquel que había sido prometido desde la eternidad; Vino a buscar a la única oveja que se le había perdido (Lc 15,4s)…

El Buen Pastor, por consiguiente, fue enviado para recuperar lo que estaba perdido y para fortalecer a los débiles (Ez 34,16). Lo que estaba perdido y debilitado, era el libre arbitrio de los humanos. En el pasado, queriendo enaltecerse, cayó; no teniendo fuerza para sostenerse, se estrelló y se rompió…, y quedó totalmente incapaz de recuperarse. Al final, es consolidado y alentado por el mismo Cristo…, pero sin estar completamente fortalecido, de tal manera, que al recobrarlo, no es depositado con las 99 ovejas restantes, en los abundantes pastos, sino que fue llevado en los brazos del Pastor: “Lleva en brazos los corderos y hace recostar a las madres» (Is 40,11).

San Juan Crisóstomo, obispo

Homilía: Insistió con mayor fuerza

Homilía 52

1. Salió de ahí Jesús y se retiró a los términos de Tiro y de Sidón. Una mujer cananea de aquellos contornos comenzó a gritar diciendo: Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David: Mi hija es malamente atormentada por el demonio. Marcos, por su parte, dice que él no pudo ocultarse cuando fue a una casa. ¿Por qué Cristo fue a aquellas partes? Una vez que liberó a las turbas de la falta de alimentos, siguiendo la misma linea de conducta fue para abrir la puerta del reino a los gentiles. Como lo hizo Pedro cuando se le ordenó derogar esa ley de los alimentos, pues enseguida fue enviado a Cornelio. Y si alguno preguntara: ¿cómo es que habiendo dicho Cristo a los apóstoles: No vayáis a los gentiles, ahora El va a ellos? le responderemos en primer lugar que Cristo no estaba obligado a guardar ese precepto, dado por El a los discípulos. En segundo lugar, que en realidad no fue allá precisamente para predicarles. Dando a entender esto, dice Marcos que no pudo permanecer oculto aun cuando se escondió.

Así como el orden de las cosas pedía que no fuera El el primero en acercárseles, así también no decía con su bondad rechazarlos cuando iban a El. Si era conveniente ir en busca de los que huían, mucho más conveniente era no huir de los que lo buscaban y seguían. Advierte cómo aquella mujer es digna de cualquier beneficio. No se atrevió a ir a Jerusalén por temor y por no creerse digna de ello. Pues si tal temor no la hubiera cohibido, sin duda habría ido allá, como parece claro por la urgencia que al presente demuestra, y porque salió de los términos de su país. Hay algunos que explican esto alegóricamente; y dicen que cuando Jesús salió de Judea, entonces se atrevió a acercárseles la Iglesia, saliendo ella misma de sus confines. Porque dice en un salmo: Olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre? Salió Cristo de su país y también la mujer salió de su país, y así pudieron dialogar. Pues dice el evangelista: Una mujer cananea, habiendo salido de los términos de su país. Acusa el evangelista a esa mujer para hacer ver el milagro y para más enaltecerla. Porque al oír que es cananea debes recordar que aquella gente malvada había arrancado de raíz hasta los fundamentos mismos de la ley natural. Y al recordarlo, piensa en la virtud y fuerza del advenimiento de Cristo. Pues los que habían sido arrojados de en medio de los judíos para que a éstos no los pervirtieran, ahora se tornan mejores que los judíos, hasta el punto de salir de su país para acercarse a Cristo, mientras los judíos lo rechazaban, siendo así que para ellos había venido.

Se acercó, pues, la mujer y no dijo sino: ¡Compadécete de mí! y con su clamor suscitó un gran espectáculo. Porque gran espectáculo era contemplar a aquella mujer gritando con tan crecido afecto; ver a una madre suplicando por su hija; por su hija, repito, que tan intensamente sufría No se atrevió a llevar a la posesa a la presencia del Maestro, sino que la dejó en su casa y se presentó ella como suplicante, y únicamente representó el caso, sin añadir nada más. Tampoco se atrevió a llevar a su casa al Médico, como el príncipe aquel que decía: Ven e imponle las manos y baja antes de que muera mi hija; sino que, habiendo expuesto su desgracia y lo terrible del padecimiento, con grandes clamores implora la misericordia del Señor.

Y no dice: Compadécete de mi hija, sino: Compadécete de mí. Como si dijera: ella no se da cuenta de su enfermedad, pero yo estoy inmensamente atormentada y siento como propia su enfermedad y al verla enloquezco. Pero él no le contestó ni una palabra. ¡Cosa más nueva e inaudita! A los judíos Cristo los atrae aun siendo ellos ingratos; aun blasfemando ellos, les ruega. En cambio, a esta mujer que lo busca, le ruega, le suplica, y que no ha sido instruida en la Ley ni en los profetas, y que por otra parte demuestra tan gran piedad, ni siquiera se digna responderle. ¿Quién no se habría dado por ofendido al ver un comportamiento tan contrario a la fama de Cristo?

Había ella oído que Jesús recorría las villas curando las enfermedades; pero ahora, cuando ella se le acerca, él la rechaza. Por otra parte, ¿a quién no habría conmovido aquel padecimiento y aquellas súplicas que la mujer hacía en favor de su hija posesa del demonio? Porque no se acercó a Cristo como digna de aquel beneficio y como si exigiera una deuda, sino pidiendo misericordia y declarando su trágico padecer; y sin embargo, no reporta ninguna respuesta. Quizá muchos de los oyentes quedaron mal impresionados, pero ella no. ¿Qué digo muchos de los oyentes? Pienso que los discípulos mismos, impresionados por la desgracia de aquella mujer, se conturbaron. Sin embargo, ni aun así impresionados se atrevieron a decirle a El: Concédele ese beneficio; sino que se le acercaron y le rogaron diciéndole: Despídela, pues viene gritando detrás de nosotros. Porque sucede que nosotros, cuando queremos persuadir de algo, con frecuencia decimos cosas inoportunas.

2. Cristo en cambio dice: Yo no he sido enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel.

¿Qué hace entonces la mujer? ¿decayó de ánimo al oír semejante respuesta? ¿se alejó? ¿abandonó su empeño y anhelos? ¡De ninguna manera! Al revés, instó con mayor fuerza. No lo hacemos así nosotros. Por el contrario, si no conseguimos lo que pedimos, desistimos al tiempo en que lo conveniente sería instar con mayor fuerza. ¿A quién no habría derrotado la palabra de Jesús? El silencio mismo del Maestro podía haberla hecho desesperar, pero mucho más semejante respuesta. Al ver que juntamente con ella eran rechazados los que por ella intercedían; y al oír que lo que pedía no era posible, podía esto haberla hecho desesperar. Pero no decayó de ánimo, sino que, viendo que sus abogados nada lograban, perdiendo laudablemente la vergüenza, tomó atrevimiento.

Antes no se había atrevido a presentarse de frente, pues los discípulos dicen: Clama detrás de nosotros. Pero cuando lo verosímil era que ella, dudosa ya en su ánimo, se apartara, entonces se acercó mucho más, y adorándolo le dijo: ¡Señor, ayúdame! ¿Qué es esto, oh mujer? ¿Tienes acaso una confianza mayor que la de los apóstoles? ¿Tienes mayor fortaleza? ¡No! responde: ni mayor confianza, ni mayor fortaleza. Más aún: estoy llena de vergüenza. Pero echo mano de la audacia para suplicar. El se compadecerá de mi atrevimiento. Mas ¿por qué lo haces? ¿no has oído que dijo: No he sido enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel?

Responde la mujer: ¡Sí, lo he oído! Pero él es el Señor. Porque por este motivo ella no le dijo: ruega, suplica; sino ¡ayúdame! Y ¿qué hace Cristo? No se contentó con la prueba, sino que la aumentó, diciendo: No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los canes. Jesús con tal respuesta la colmó de tristeza más aún que con el anterior silencio. Ya no pasa el negocio a otro, ni dice: Yo no he sido enviado. Sino que cuanto más ella insiste pidiendo, tanto mayor repulsa recibe. Ya no llama él ovejas a los judíos, sino hijos, y a ella can.

¿Qué hace la mujer? De las mismas palabras de Cristo saca su argumento Como si dijera: ¡si perro soy, a lo menos ya no soy extranjera! Con razón Cristo decía: Yo he venido al mundo para juicioA Aquella mujer, aun injuriada, muestra virtud, muestra perseverancia y fe grande; mientras que los judíos, cultivados cuidadosa y honorablemente, se portan de modo contrario. Como si ella dijera: bien sé yo que el alimento es necesario para los hijos, por lo cual yo no por eso debo ser rechazada. Si en absoluto está prohibido recibir alguna cosa, será necesario abstenerse aun de las migas; pero si en alguna cosilla se puede participar, aun cuando yo sea un can, no se me prohíbe, sino al revés, por eso mismo se me debe dar alguna partecilla.

Bien sabía Cristo que ella iba a responderle así, y por eso difería el beneficio, para que apareciera públicamente la virtud de aquella mujer Pues si no pensara en concederlo, tampoco luego lo hubiera concedido ni a ella de nuevo la hubiera reprendido. Lo que hizo en el caso del centurión cuando le dijo: Yo iré y lo curaré, con el objeto de que conociéramos la piedad del centurión y lo oyéramos decir: No soy digno de que entres bajo mi techo; y lo que hizo con la mujer que padecía el flujo de sangre, cuando dijo: Yo he conocido que una virtud ha salido de mí, y lo que hizo con la samaritana para dejar ver que ella ni aun refutada desistía, eso mismo hace ahora. Porque no quería que tan gran virtud de aquella mujer permaneciera oculta. En realidad lo que él le decía no era para reprenderla, sino para instarla a más acercarse y para ir descubriendo aquel oculto tesoro.

Por tu parte, considera juntamente la fe y la humildad de aquella mujer. El a los judíos los llamó hijos; ella, no contenta con eso, los llamó señores: ¡tan lejos estuvo de dolerse por las alabanzas ajenas! De modo que respondió: ¡Cierto, Señor! Pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores. ¿Observas la prudencia de esta mujer? ¿Cómo no se atreve a contradecir ni envidia las alabanzas ajenas ni se entristece o irrita por la injuria? ¿Ves su perseverancia? El le dice: No esta bien; ella responde: ¡Cierto, Señor! El a los judíos los llama hijos; ella, señores. El a ella la llama can; ella arguye con la costumbre de los canes. ¿Observas su humildad? Compara esto con la jactancia de los judíos. ¡Somos linaje de Abrahán y de nadie hemos sido siervos jamás; y hemos nacido de Dios! (Jn 8,33) No así la mujer, sino que se llama can y a ellos señores; y por esta humildad fue constituida hija. ¿Qué le responde Cristo?: ¡Oh mujer! ¡grande es tu fe! Por esto difería el don, para que brotara semejante expresión de aquellos labios, y por este camino coronar a aquella mujer. Hágase como quieres Como si dijera: tu fe puede hacer aun cosas mayores que ésta. Hágase, pues, como tú quieres. Esta palabra tiene afinidad con aquella otra: Hágase el cielo, y el cielo fue hecho (Gn 1,3). Y su hija desde aquella hora quedó sana.

3. Considera cómo esta mujer ayudó no poco a la curación de su hija. Por esto no dice Cristo: Sea sana tu hija, sino: Grande es tu fe: hágase como quieres. Para que veas que no fueron palabras de adulación, sino que hubo ahí una excelentísima virtud de fe. Y dejó Cristo que los sucesos dieran una exacta prueba y demostración de la verdad. Pues dice el evangelista que al punto quedó sana la hija. Advierte cómo, venciendo a los apóstoles y sin que ellos hicieran nada de su parte, fue la mujer la que todo lo hizo. Tan gran cosa es la perseverancia en la oración. Prefiere Dios, cuando se trata de nuestros propios intereses, que seamos nosotros mismos los que le supliquemos, a que otros lo hagan por nosotros.

Pues en el caso, los apóstoles tenían una mayor confianza, pero la mujer tuvo mucho mayor perseverancia. Por lo demás, con el feliz éxito del negocio, Jesús como que se justificó delante de los discípulos de haber retardado el milagro; y que, con razón, cuando ellos le rogaban, El no había accedido. Y partiendo de ahí Jesús vino al mar de Galilea; y habiendo subido a una montaña se asentó ahí. Y se le acercó una gran muchedumbre, en la que había cojos y mancos, ciegos y mudos y muchos otros que se echaron a sus pies y los curó. Y la muchedumbre se admiraba viendo que hablaban los mudos, los mancos sanaban, los cojos andaban y veían los ciegos. Y glorificaban al Dios de Israel. Unas veces va por las aldeas, otras se asienta en espera de los enfermos y lleva a los cojos hasta la montaña. Ahora no tocan sus vestidos; sino que llevados a lo alto, se arrojan a sus pies y demuestran así su doble fe. Porque cojos, suben al monte y no necesitan otra cosa, sino arrojarse a los pies de Jesús. Y era cosa de maravilla ver andar, sin que nadie les ayudara, a quienes antes eran llevados por otros; y que los ciegos veían, sin necesidad de lazarillos.

Llenó así de admiración a todos tanto la gran multitud de los que fueron curados, como la facilidad con que lo fueron. ¿Adviertes cómo a la hija de la mujer cananea la curó tras de larga espera, mientras que acá a estos enfermos los curó al punto? No fue porque éstos fueran mejores, sino porque la fe de aquélla fue más fervorosa. Por eso en el caso de la mujer, dio largas para hacer ver su perseverancia; mientras que a estos enfermos los cura al punto, para cerrar la boca al judaísmo incrédulo, y quitarle toda justificación y excusa. Pues cuanto son mayores los beneficios que alguno ha recibido, a tanto mayor castigo se le condena, en el caso de que se muestre ingrato, y ni por el honor que se le ha concedido se torne mejor. Por esto los ricos son con mayor rigor castigados que los pobres, si son malvados; puesto que ni por la mayor abundancia de bienes se tornaron más mansos.

Julián de Vézelay, monje benedictino

Sermón: Si tu fe es grande moverás montañas

Sermón 17 (SC 93)

«Mujer, ¡qué grande es tu fe!» (Mt 15,28)

“No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perrillos.” La mujer acoge la palabra y replica: “Eso es cierto, Señor”, como si dijera: … ”Yo no pido más que una migaja de la mesa y de la mano del amo generoso que da el alimento a todo viviente (cf Sal 135,25) Tu obsequias a los judíos como hijos. Por esto, te lo pido, no rehuses una migaja a tu pequeña perra cananea.”

Jesús le dice: “Mujer, qué grande es tu fe!” Reprocha a Pedro su poca fe. (Mt 14,31) Admira la gran fe de esta mujer. Realmente tiene una fe grande pues proclama que el Verbo hecho carne (Jn 1,14) es el Hijo de David, y porque, segura del poder divino, tiene confianza de que puede restablecer la salud de su hija ausente, simplemente con un acto de su voluntad.

Tú también, si tu fe es grande, una fe viva de la que vive el justo, (Rm 1,17) y no una fe muerta, sin alma, es decir, sin caridad, tú también obtendrás no sólo la salud completa de tu familia, de tu alma, sino tendrás poder para mover montañas.” (cf Mt 17,20)

San Juan Pablo II, papa

Catequesis, Audiencia General (16-12-1987)

nn. 6-8.

El milagro como llamada a la fe

6. Impresiona de manera particular el episodio de la mujer cananea que no cesaba de pedir la ayuda de Jesús para su hija “atormentada cruelmente por un demonio”. Cuando la cananea se postró delante de Jesús para implorar su ayuda, Él le respondió: “No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perrillos” (Era una referencia a la diversidad étnica entre israelitas y cananeos que Jesús, Hijo de David, no podía ignorar en su comportamiento práctico, pero a la que alude con finalidad metodológica para provocar la fe). Y he aquí que la mujer llega intuitivamente a un acto insólito de fe y de humildad. Y dice: “Cierto, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores”. Ante esta respuesta tan humilde, elegante y confiada, Jesús replica: “¡Mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres” (cf. Mt 15, 21-28).

¡Es un suceso difícil de olvidar, sobre todo si se piensa en los innumerables “cananeos” de todo tiempo, país, color y condición social que tienden su mano para pedir comprensión y ayuda en sus necesidades!

7. Nótese cómo en la narración evangélica se pone continuamente de relieve el hecho de que Jesús, cuando “ve la fe”, realiza el milagro. Esto se dice expresamente en el caso del paralítico que pusieron a sus pies desde un agujero abierto en el techo (cf. Mc 2, 5; Mt 9, 2; Lc 5, 20). Pero la observación se puede hacer en tantos otros casos que los evangelistas nos presentan. El factor fe es indispensable; pero, apenas se verifica, el corazón de Jesús se proyecta a satisfacer las demandas de los necesitados que se dirigen a Él para que los socorra con su poder divino.

8. Una vez más constatamos que, como hemos dicho al principio, el milagro es un “signo” del poder y del amor de Dios que salvan al hombre en Cristo. Pero, precisamente por esto es al mismo tiempo una llamada del hombre a la fe. Debe llevar a creer sea al destinatario del milagro sea a los testigos del mismo.

Esto vale para los mismos Apóstoles, desde el primer “signo” realizado por Jesús en Caná de Galilea; fue entonces cuando “creyeron en Él” (Jn 2, 11). Cuando, más tarde, tiene lugar la multiplicación milagrosa de los panes cerca de Cafarnaum, con la que está unido el preanuncio de la Eucaristía, el evangelista hace notar que “desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían”, porque no estaban en condiciones de acoger un lenguaje que les parecía demasiado “duro”. Entonces Jesús preguntó a los Doce: “¿Queréis iros vosotros también?”. Respondió Pedro: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios” (Cfr. Jn 6, 66-69). Así, pues, el principio de la fe es fundamental en la relación con Cristo, ya como condición para obtener el milagro, ya como fin por el que el milagro se ha realizado. Esto queda bien claro al final del Evangelio de Juan donde leemos: “Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 30-31).

Benedicto XVI, papa

Ángelus (14-08-2011)

Castelgandolfo, Domingo 14 de agosto de 2011

Queridos hermanos y hermanas:

El pasaje evangélico de este domingo comienza con la indicación de la región a donde Jesús se estaba retirando: Tiro y Sidón, al noroeste de Galilea, tierra pagana. Allí se encuentra con una mujer cananea, que se dirige a él pidiéndole que cure a su hija atormentada por un demonio (cf. Mt 15, 22). Ya en esta petición podemos descubrir un inicio del camino de fe, que en el diálogo con el divino Maestro crece y se refuerza. La mujer no tiene miedo de gritar a Jesús: «Ten compasión de mí», una expresión recurrente en los Salmos (cf. 50, 1); lo llama «Señor» e «Hijo de David» (cf. Mt 15, 22), manifestando así una firme esperanza de ser escuchada. ¿Cuál es la actitud del Señor frente a este grito de dolor de una mujer pagana? Puede parecer desconcertante el silencio de Jesús, hasta el punto de que suscita la intervención de los discípulos, pero no se trata de insensibilidad ante el dolor de aquella mujer. San Agustín comenta con razón: «Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no por rechazarle la misericordia, sino para inflamar su deseo» (Sermo 77, 1: PL 38, 483). El aparente desinterés de Jesús, que dice: «Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel» (v. 24), no desalienta a la cananea, que insiste: «¡Señor, ayúdame!» (v. 25). E incluso cuando recibe una respuesta que parece cerrar toda esperanza —«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (v. 26)—, no desiste. No quiere quitar nada a nadie: en su sencillez y humildad le basta poco, le bastan las migajas, le basta sólo una mirada, una buena palabra del Hijo de Dios. Y Jesús queda admirado por una respuesta de fe tan grande y le dice: «Que se cumpla lo que deseas» (v. 28).

Queridos amigos, también nosotros estamos llamados a crecer en la fe, a abrirnos y acoger con libertad el don de Dios, a tener confianza y gritar asimismo a Jesús: «¡Danos la fe, ayúdanos a encontrar el camino!». Es el camino que Jesús pidió que recorrieran sus discípulos, la cananea y los hombres de todos los tiempos y de todos los pueblos, cada uno de nosotros. La fe nos abre a conocer y acoger la identidad real de Jesús, su novedad y unicidad, su Palabra, como fuente de vida, para vivir una relación personal con él. El conocimiento de la fe crece, crece con el deseo de encontrar el camino, y en definitiva es un don de Dios, que se revela a nosotros no como una cosa abstracta, sin rostro y sin nombre; la fe responde, más bien, a una Persona, que quiere entrar en una relación de amor profundo con nosotros y comprometer toda nuestra vida. Por eso, cada día nuestro corazón debe vivir la experiencia de la conversión, cada día debe vernos pasar del hombre encerrado en sí mismo al hombre abierto a la acción de Dios, al hombre espiritual (cf. 1 Co 2, 13-14), que se deja interpelar por la Palabra del Señor y abre su propia vida a su Amor.

Queridos hermanos y hermanas, alimentemos por tanto cada día nuestra fe, con la escucha profunda de la Palabra de Dios, con la celebración de los sacramentos, con la oración personal como «grito» dirigido a él y con la caridad hacia el prójimo. Invoquemos la intercesión de la Virgen María, a la que mañana contemplaremos en su gloriosa asunción al cielo en alma y cuerpo, para que nos ayude a anunciar y testimoniar con la vida la alegría de haber encontrado al Señor.

Ángelus (14-08-2011)

Castelgandolfo, Domingo 14 de agosto de 2005

Queridos hermanos y hermanas:

En este XX domingo del tiempo ordinario la liturgia nos presenta un singular ejemplo de fe: una mujer cananea, que pide a Jesús que cure a su hija, que “tenía un demonio muy malo”. El Señor no hace caso a sus insistentes invocaciones y parece no ceder ni siquiera cuando los mismos discípulos interceden por ella, como refiere el evangelista san Mateo. Pero, al final, ante la perseverancia y la humildad de esta desconocida, Jesús condesciende: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas” (Mt 15, 21-28).

“Mujer, ¡qué grande es tu fe!”. Jesús señala a esta humilde mujer como ejemplo de fe indómita. Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros un estímulo a no desalentarnos jamás y a no desesperar ni siquiera en medio de las pruebas más duras de la vida. El Señor no cierra los ojos ante las necesidades de sus hijos y, si a veces parece insensible a sus peticiones, es sólo para ponerlos a prueba y templar su fe.

[…]

Francisco, papa

Catequesis, Audiencia General (10-06-2015)

nn. 4-6.

Orar por los enfermos

4. La Iglesia invita a la oración continua por los propios seres queridos afectados por el mal. La oración por los enfermos no debe faltar nunca. Es más, debemos rezar aún más, tanto personalmente como en comunidad. Pensemos en el episodio evangélico de la mujer cananea (cf. Mt 15, 21-28). Es una mujer pagana, no es del pueblo de Israel, sino una pagana que suplica a Jesús que cure a su hija. Jesús, para poner a prueba su fe, primero responde duramente: «No puedo, primero debo pensar en las ovejas de Israel». La mujer no retrocede —una mamá, cuando pide ayuda para su criatura, no se rinde jamás; todos sabemos que las mamás luchan por los hijos— y responde: «También a los perritos, cuando los amos están saciados, se les da algo», como si dijese: «Al menos trátame como a una perrita». Entonces Jesús le dijo: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas» (v. 28).

5. Ante la enfermedad, incluso en la familia surgen dificultades, a causa de la debilidad humana. Pero, en general, el tiempo de la enfermedad hace crecer la fuerza de los vínculos familiares. Y pienso cuán importante es educar a los hijos desde pequeños en la solidaridad en el momento de la enfermedad. Una educación que deja de lado la sensibilidad por la enfermedad humana, aridece el corazón. Y hace que los jóvenes estén «anestesiados» respecto al sufrimiento de los demás, incapaces de confrontarse con el sufrimiento y vivir la experiencia del límite. Cuántas veces vemos llegar al trabajo a un hombre, una mujer, con cara de cansancio, con una actitud cansada y al preguntarle: «¿Qué sucede?», responde: «He dormido sólo dos horas porque en casa hacemos turnos para estar cerca del niño, de la niña, del enfermo, del abuelo, de la abuela». Y la jornada continúa con el trabajo. Estas cosas son heroicas, son la heroicidad de las familias. Esas heroicidades ocultas que se hacen con ternura y con valentía cuando en casa hay alguien enfermo.

6. La debilidad y el sufrimiento de nuestros afectos más queridos y más sagrados, pueden ser, para nuestros hijos y nuestros nietos, una escuela de vida —es importante educar a los hijos, los nietos en la comprensión de esta cercanía en la enfermedad en la familia— y llegan a serlo cuando los momentos de la enfermedad van acompañados por la oración y la cercanía afectuosa y atenta de los familiares. La comunidad cristiana sabe bien que a la familia, en la prueba de la enfermedad, no se la puede dejar sola. Y debemos decir gracias al Señor por las hermosas experiencias de fraternidad eclesial que ayudan a las familias a atravesar el difícil momento del dolor y del sufrimiento. Esta cercanía cristiana, de familia a familia, es un verdadero tesoro para una parroquia; un tesoro de sabiduría, que ayuda a las familias en los momentos difíciles y hace comprender el reino de Dios mejor que muchos discursos. Son caricias de Dios.

Catecismo de la Iglesia Católica

La fe

nn. 2609-2612.

2609 Decidido así el corazón a convertirse, aprende a orar en la fe. La fe es una adhesión filial a Dios, más allá de lo que nosotros sentimos y comprendemos. Se ha hecho posible porque el Hijo amado nos abre el acceso al Padre. Puede pedirnos que “busquemos” y que “llamemos” porque Él es la puerta y el camino (cf Mt 7, 7-11. 13-14).

2610 Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da gracias antes de recibir sus dones, nos enseña esta audacia filial: “todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido” (Mc 11, 24). Tal es la fuerza de la oración, “todo es posible para quien cree” (Mc 9, 23), con una fe “que no duda” (Mt 21, 22). Tanto como Jesús se entristece por la “falta de fe” de los de Nazaret (Mc 6, 6) y la “poca fe” de sus discípulos (Mt 8, 26), así se admira ante la “gran fe” del centurión romano (cf Mt 8, 10) y de la cananea (cf Mt 15, 28).

2611 La oración de fe no consiste solamente en decir “Señor, Señor”, sino en disponer el corazón para hacer la voluntad del Padre (Mt 7, 21). Jesús invita a sus discípulos a llevar a la oración esta voluntad de cooperar con el plan divino (cf Mt 9, 38; Lc 10, 2; Jn 4, 34).

2612 En Jesús “el Reino de Dios está próximo” (Mc 1, 15), llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que es y que viene, en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria (cf Mc 13; Lc 21, 34-36). En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación (cf Lc 22, 40. 46).


Comentarios exegéticos

Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): La mujer cananea

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1029-1031.

Esta mujer es conocida también con el nombre de “siro-fenicia”. Así la llama Marcos (Me 7,24-30). Con ello indica su procedencia: una mujer siria cuya nacionalidad era Tiro. Mateo utiliza un nombre más arcaico al llamarla “cananea”. Desde el punto de vista del contenido ambos coinciden. Porque su interés al presentar en escena esta mujer es afirmar que era pagana, no judía. En el Antiguo Testamento Tiro y Sidón designan la tierra de los paganos (esto justificaría la presentación de Marcos). También según el Antiguo Testamento, Canaán era el país pagano (esto justificaría la presentación de Mateo). 

Literariamente la escena está construida sobre el esquema de petición-negación en un “crescendo” que, partiendo del silencio (Jesús no contesta a la primera intervención de aquella mujer), continúa por la indicación de la limitación de la misión de Jesús a los judíos y alcanza su culminación estableciendo la distinción brutal entre los hijos y los perros. 

La escena pretende ofrecernos la actitud de Jesús frente a los paganos. Para comprenderla resulta interesante la comparación entre la narración de Marcos y la de Mateo. Ambos coinciden en que la misión de Jesús durante su ministerio terreno se limitó al pueblo judío. Ambos coinciden en que Jesús, en este caso, realizó una excepción. Mateo, sin embargo, nos da la razón por la cual hizo Jesús esta excepción. Y la razón es la fe grande de aquella mujer (lo cual es omitido por Marcos). Entonces resulta que la excepción no es propiamente una excepción. Estamos, más bien, ante un principio general: los no judíos tienen los mismos privilegios, que ellos creían poseer en exclusiva, con tal de que tengan fe suficiente. Se repite aquí el caso del centurión romano (8,5-10): “no he hallado fe tan grande en Israel”. Un principio que servirá para establecer las condiciones de pertenencia al nuevo pueblo de Dios. En lugar de “condiciones” habría que ponerlo en singular, ya que la condición única es la fe. La Iglesia descubrió desde muy pronto este principio y comenzó a aplicarlo (como lo hizo el apóstol Pablo en los primeros capítulos de la carta a los Romanos). 

La cananea se dirige a Jesús con el mismo titulo mesiánico que era dado al futuro “rey de Israel”: “hijo de David”. Y la petición “ten piedad de mí” es la que suena constantemente en los Salmos y sigue siendo utilizada con mucha frecuencia en el culto cristiano. Es una oración de petición que arranca de una fe profunda en que Dios, en este caso Jesús, puede hacer lo que se le pide, y de una confianza ilimitada en que lo hará. La fe es el distintivo esencial del cristiano. Una fe que recibe lo que quiere, porque lo que quiere es la voluntad de Dios. La lucha que esta mujer mantiene con Jesús, que la rechaza una y otra vez, resulta paradigmática. Está en la línea de lo mandado por Jesús: “pedid… buscad… llamad…” Esto es lo que define sustantivamente al hombre. De ahí la necesidad de “luchar” con Dios en el terreno de una oración perseverante. La cananea obtuvo lo que pedía porque se mantuvo en esta actitud de esencial pobreza. Ante ella aparece la palabra de Dios: “…recibiréis, …hallaréis, …se os abrirá” (7,7). Tres aspectos que definen a Dios (como los tres anteriores habían definido al hombre). Dios y el hombre puestos frente a frente y haciendo cada uno lo que le es propio. 

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: Pasar el rubicón

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 174-177.

Números 13 l-2a.25 – 14, 1.26-29.34-35.

El relato lleva al lector hasta las lindes de la Tierra Prometida, constatando que el espíritu del pueblo no ha sufrido modificación, aunque los riesgos que comporta la invasión de Palestina han reemplazado a las incomodidades del desierto. El análisis de la relación de los exploradores, después de haber explorado el país, permite distinguir dos fuentes principales. Según el v. 20, en efecto, la Tierra Prometida se presenta como un país fabuloso; los exploradores son, pues, partidarios de un ataque inmediato, pese al miedo que les inspiran los habitantes. Esta fuente, atribuida al yahvista, se hace eco de las tradiciones del sur, por lo que podríamos relacionarla con el éxodo de expulsión. La otra fuente es muy posterior; pertenece al documento sacerdotal. Demuestra no solamente ser producto de una profunda reflexión sobre los acontecimientos del desierto, sino que además tiene en cuenta la fusión de las tradiciones del sur con las del norte. Se interesa muy particularmente por los exploradores, que fueron los primeros testigos de la realización de las promesas hechas a los antepasados; en efecto, de su opinión, positiva o negativa, iba a depender la continuación de la aventura. El documento sacerdotal refuerza, pues, la oposición entre el entusiasmo del grupo de Caleb, fuente de fe y de esperanza, y el escepticismo del resto de la población (vv. 31-32), que “pasó gimiendo toda la noche”, lo que le valió la reprobación divina. El castigo fue proporcional a la gravedad de la ofensa y alcanzó a la comunidad entera, a excepción de Caleb y Josué. La generación del desierto no pudo nunca penetrar en Palestina. 

En el plano histórico, Nm 13-14 permite, pues unir el éxodo de expulsión y el éxodo de huida, sobre la base de una estancia de Moisés en Cades, sobre la que la tradición bíblica se muestra muy firme. R. de Vaux sugiere que puede haber habido un contacto en Cades entre el grupo de tribus del sur y el clan de calebitas en un primer momento, y luego con el grupo de Moisés, lo cual pudo permitir una primera asimilación del yahvismo. Pero, incluso después de este encuentro con Moisés, el grupo del sur quedó, quizá, independiente y prosiguió su lenta invasión de Palestina por el sur, hasta ser detenido por una hilera de fortalezas cananeas en los alrededores de Jerusalén. 

Salmo 105

El salmo 105 es una confesión nacional que desarrolla el tema del pueblo infiel, a pesar de la liberalidad divina. Este género literario, propio del norte, derivaba de los salmos de súplica y de las liturgias de la renovación de la alianza. 

Mateo 15, 21-28.

El relato de la mujer cananea ilustra, tanto en Mateo como en Marcos, el tema de la admisión de los paganos a la eucaristía. Pero es interesante resaltar la aportación particular que hace Mateo. Es verdad que también en Marcos el contexto general es la fe en Jesucristo; pero, mientras que Marcos no hace más que sugerir, Mateo es completamente explícito: “¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como pides”. Es decir, lo que debe determinar la admisión de los hombres en la comunidad eclesial no es su adscripción racial o religiosa, sino su fe en Cristo y en su misión salvadora. Y, sin embargo, la primera respuesta de Jesús había sido más bien reservada: “Dios me ha enviado sólo a las ovejas perdidas de la casa de Israel”, le había precisado a la mujer; y esta precisión nos recuerda no sólo el discurso del envío en misión (10,6), sino también la consigna: “Lo que es sagrado, no se lo deis a los perros” (7,6). ¿Qué debemos sacar en conclusión de todo esto? En primer lugar, que la consigna, a pesar de su dureza aparente, está impregnada de un gran respeto por los caminos humanos; y también que el discurso de misión, al subrayar la prioridad de Israel, no hace sino recordar una evidencia: “La salvación no es una ideología, sino que se inscribe en una historia, cuya clave le ha sido dada a Israel” (J. Radermakers). De todas formas, Jesús se encuentra ahora en los territorios de Tiro y Sidón, y la mujer pagana demuestra su madurez religiosa. ¿Acaso no se dirige a Jesús con exclamaciones que repiten las fórmulas litúrgicas de las Iglesias? ¿No se postra ante El? ¿No le reconoce explícitamente como Señor e Hijo de David? Sí, en su persona se ve reflejada la comunidad de paganos, que llama a la puerta de la gran Iglesia. 

***

Jesús acaba de pasar la frontera, al noroeste. Está en la región de Tiro y Sidón, el Líbano actual. Tiene que huir, pues ha insultado públicamente a los escribas y a los fariseos. Acabamos de asistir al enfrentamiento: “¿Cómo es que tus discípulos no observan la tradición de nuestros antepasados? ¿Por qué no se lavan las manos para comer?…” Volviéndose hacia el pueblo, Jesús exclama: “¡Dejadlos; son ciegos, guías de ciegos!” Semejante subversión era intolerable: Jesús ha firmado ya su sentencia de muerte. Pero aún no ha llegado la hora ni es éste el lugar. Al término de la escaramuza, Jesús se retira a la región de Tiro. 

Acaba de derribar peligrosamente una barrera que encerraba a los hombres:”¡es el corazón del hombre lo que le hace puro o impuro!” Y de nuevo otra frontera aparece ante El, cuando una mujer “pagana” le pide una curación. ¿Va a atreverse a franquear esta línea de demarcación tan celosamente respetada por los judíos, despreciando a los que llamaban “esos perros paganos”? En el “juego serio de Jesús con la cananea”, como dirá Lutero, podemos sin duda maravillarnos de la clarividencia de esta mujer, de su sagacidad, de su confianza ciega; en suma, la fe es ante todo un impulso espontáneo hacia Jesús. Pero hay que ir más lejos: Jesús tendrá en cuenta la lección de esta mujer. Va a pasar una nueva frontera y a suprimir otra barrera entre los hombres y Dios: ¡el Reino se ofrece a todos los hombres! Sin duda, los hijos de Israel están sentados a la mesa de Dios, sin duda el más alto encuentro de Dios tuvo lugar en la vida de este pueblo elegido, pero de ahora en adelante la gracia ha sido derramada a todos los vientos, y los paganos también tienen derecho a la herencia de los hijos. 

La Iglesia tampoco olvidará la lección. Cuando se conoce el conflicto que desgarró a las primeras comunidades cristianas, cuando los paganos pedían su admisión —en la época misma en que fue escrito el Evangelio— , se percibe mejor el alcance de este episodio y de esta página. A ejemplo de su Señor, la Iglesia abate sus fronteras: en adelante, como dirá San Pablo, “no habrá ya ni judíos ni paganos”. El amor maternal de una mujer ha hecho derribar, tal vez no sin dudas, una barrera milenaria, y con él es la Iglesia de todos los tiempos la que se pone en la brecha. 

Sin duda, me diréis, entre los cristianos como entre los demás, existen barreras de color, de razas, de lenguas, de tradiciones… ¡Y es verdad! Pero, meditando sobre esta página del Evangelio, aportamos, a nuestra Iglesia y al mundo esta promesa: lo único que cuenta es el hombre, que está destinado a entrar en el Reino. Aportamos esta promesa como los hombres enviados en misión de reconocimiento al país de Canaán, y decimos: “Es verdad, la Tierra Prometida mana leche y miel, y podéis ver sus frutos.” Nos deseamos ya la paz, a pesar de nuestras diferencias y a pesar, incluso, de nuestras oposiciones; confesamos ya a la Iglesia Universal, a pesar de nuestros sectarismos y de nuestras desuniones. Estas señales son como tesoros en nuestras manos: son la prueba tangible de que no hemos soñado; son la constatación de lo que debemos hacer: la Tierra Prometida aún parece plagada de hostilidad y divisiones; siguen existiendo murallas fortificadas como barreras aparentemente infranqueables. 

Jesús pasa la frontera al noroeste y declara: en adelante, la herencia de Israel queda ofrecida a todos los hombres. Jesús no podrá ya volverse atrás, “ha pasado el Rubicón”. Mañana tendrá que abatir otra frontera y pasar la muerte para que la vida desborde por la brecha de una tumba abierta. La Iglesia, por su parte, no deja de mirar hacia la mujer cananea: tiene vocación de universalidad, pasando por una conversión siempre por reiniciar. 

Dios, que derribas los muros de la muerte 
y nos llevas día a día
a la tierra de los vivos, 
¡que tu nombre sea alabado 
por grandes y pequeños, pobres y ricos,
los que se saben próximos 
y los que se creen alejados!
Sí, ¡que te canten 
todos cuantos tienen acceso a la única morada 
pasando por Jesús,
la puerta que abre al Reino! 
En El te bendecimos.

Biblia Nácar-Colunga Comentada

Curación de la hija de una mujer cananea, 15:21-28 (Mc 7:25-30).

Mt-Mc narran a continuación el episodio de la mujer cananea. Probablemente el objetivo principal de los evangelistas es destacar la fe de esta gentil frente al fariseísmo judío. Si Lc omite esta excursión de Cristo por la provincia de Siria, puede ser debido a que “no quiere romper el marco geográfico de Galilea”, acaso a tono del pasaje, por parecer que hay cierto desprecio en la misión de Cristo a los gentiles (v.22), o al hecho, molesto para los gentiles, de decir que los judíos son, metafóricamente, “señores” de ellos (v.27).

Se pensó si Cristo no había entrado en territorio sirio, sino quedándose cerca de sus límites, a causa de la vaguedad de la expresión. Pero ésta puede indicar el ingreso. Sin embargo, el v.22 de Mt parece sugerir lo contrario, pues esta mujer “salió de sus contornos” para ver a Cristo. Y éste, “entró en una casa” (Mc). Parecía sugerir la de algún judío conocido. Pero podría ser algún gentil de los que le habían escuchado.

Cristo, al retirarse a esta región, o extremidades de Galilea, debe de ir buscando el reposo para sus discípulos que no pudo encontrar en la región de Betsaida (Mc 6:31), y pasar con ellos unos días de formación y coloquios sobre el Reino. Pero tampoco aquí lo logró (Mc). El país de Tiro tocaba con Galilea del Norte. Y de los “alrededores de Tiro y Sidón” habían escuchado a Cristo en Galilea, junto al Lago, y habían presenciado muchas curaciones (Mc 3:8.11). Mt dirá, con motivo de la actividad de Cristo en Galilea, que se había “extendido su fama por toda Siria” (Mt 4:24).

La noticia de su llegada se supo pronto, y entre los que se enteraron había una mujer, que era, según Mt, “cananea,” y según Mc, “griega de origen siró-fenicio.”

La denominación de Mt, llamándola cananea, acaso mire solamente a indicar que no era judía, gentil, sino que la quiere señalar con la toponimia de los primeros habitantes de Fenicia, que fueron cananeos (Gen 10:15). Pero la denominación de Mc es mucho más precisa. Esta mujer era helénica (έλληνι’ς); con ello se expresa seguramente su lengua y religión. Y por su origen era siró-fenicia. Desde Pompeyo (64 a.C.), Fenicia quedó convertida en provincia romana incorporada a Siria. Ser siró-fenicia quiere decir fenicia perteneciente a la provincia romana de Siria, para distinguirla de los fenicios de Libia: de los “libio-fenicios,” de los que habla Estrabón.

Esta mujer, viniendo al encuentro de Cristo, se “echó a sus pies” (Mc); y gritando al modo oriental, le pide la curación de su hija, llamándole “Hijo de David.” Este título era mesiánico (Mt 21:9) y estrictamente judío. ¿Cómo esta mujer cananea emplea este calificativo de uso tan local? Lo más lógico es que sea un préstamo literario de Mt, aunque no repugnaría que fuese un eco de aclamaciones anteriores de las turbas, entre las que había gentes de estas regiones (Mc 3:8).

Esta mujer, conforme al medio ambiente, atribuye el mal de su hija a un demonio. La sola expresión no basta para dictaminar si se trata de una verdadera posesión diabólica o de simples modos populares y crédulos de valorar así las enfermedades (1 Sam 16:14.23; 18:10; 19:9).

La mujer insistía mucho con sus gritos orientales, tanto que los discípulos le ruegan la despida. Posiblemente el término sugiera que le haga gracia (Mt 18:27; 27:15s; Lc 2:29; 13:12; 14:4). Pero Cristo tarda en responder: era la espera para excitar la fe.

La respuesta primera de Cristo es que El había sido enviado personalmente a las gentes de Israel que están caídas por la desorientación mesiánica farisaica. No era más que el plan de Dios. El judío no sólo tenía una primacía, por razón geográfica, para venir a la fe, sino también por razón de privilegio: por descender de los ”padres,” y por haber tenido las “revelaciones” (Rom 3:1.2; 9:4-6). Los apóstoles llevarían la fe hasta lo “último de la tierra” (Act 1:8). Mc omite esto, porque escribiendo para un público gentil interesaba menos destacar el privilegio judío.

“No está bien tomar el pan de los hijos (éste es Israel, Ex 4:23; Is 1:2; Jer 31:20; Os 11:1) y echárselo a los perrillos (gentiles) (Mt). Marcos, escribiendo para étnicos, transcribe la frase diciendo que “primeramente” deje que atienda a los “hijos.” Con ello, la frase queda suavizada y literariamente universalizada. No era un rechazar de plano, pues dice que “primero” atiende a Israel. Y añadió lo siguiente, que parecería muy duro: “porque no está bien tomar el pan de los hijos y darlo a los perrillos.” Mt sólo recoge esta segunda forma; Mc, las dos. La literatura judía conoce esta expresión metafórica de “perros.” Con ella se denominaban a veces los dioses paganos; otras, las naciones gentiles, los no judíos.

Se ha hecho ver cómo esta expresión en boca de Cristo no tiene la crudeza que parece para una mentalidad occidental. Estas expresiones y otras más duras no extrañan en el grafismo semita. Menos aún en la intención de Cristo, que iba a elogiar la fe de aquella mujer y curar a su hija.

Porque, con una fe y una insistencia y una lógica tomada de lo que pasa en los hogares, le dirá que no hace falta que quite el pan a los hijos, sino que, como sucede en las casas, sin quitar el pan a los hijos, los pequeños perrillos comen también del mismo pan., sólo que de las migajas que “caen” de la mesa de sus señores. El, que era el gran paterfamilias de Israel, podía hacer también, y mucho mejor, lo que los padres en el hogar. No era esto, en esta mujer, insistencia machacona, falta de vida. Era todo su corazón el que le creaba una dialéctica de fe y de confianza excepcionales. Tan excepcionales, que en el plan de Dios sobre los hijos se hizo la excepción para esta mujer gentil.

Y Jesús elogió la fe de esta mujer en contraste con tantas de Israel — tema en su momento histórico — y de su mismo Nazaret y de su misma “familia,” que no “creían” en El, por lo que no podía hacer milagros (Mt 13:58), y “en aquel mismo instante” el milagro se hizo. Fue un nuevo milagro a distancia. La mujer marchó llena de fe en la palabra de Jesús: “volvió a su casa” y encontró a la niña “acostada en el lecho y que el demonio — acaso una enfermedad epiléptica — había salido” (Mc).

Este milagro es una escena cargada de ternura: habla del corazón de Jesús, de los planes del Padre, de sus excepciones, de la confianza de una mujer gentil; en el orden apologético, se expone un milagro a distancia, sin autosugestiones y con una curación instantánea; en el orden del plan de Dios, había del privilegio de los judíos, pero de la vocación de las gentes: de la salvación única de todos por la fe. Es tema destacado por los Hechos y San Pablo. Preocupaba mucho a la Iglesia primitiva.

En torno a la mujer cananea se formó una serie de leyendas fabulosas, que recoge el autor de las Homilías clementinas.

G. Zevini, Lectio Divina (Mateo): La fe de la cananea

Verbo Divino (2008), pp. 269-274.

La Palabra se ilumina

En el evangelio según Mateo emerge con una particular insistencia el tema de la salvación universal y en él aparecen varias veces las expresiones de gran estima pronunciadas por Jesús respecto a los paganos llamados a la fe (cf. Mt 8,5-13; 11,21). Sin embargo, la salvación de los «gentiles» pasa históricamente, en el plan de Dios, por la elección de Israel. Al leer el relato del milagro de la curación de la hija de una mujer cananea -pagana, por consiguiente- es preciso tener en cuenta un doble orden de consideraciones: por un lado, la tradición evangélica; por otro, la comunidad judeocristiana a la que iba dirigido el evangelio de Mateo. Sus miembros se preguntaban, en efecto, si «el pan de los hijos» -la eucaristía- se podía distribuir también a los paganos convertidos. 

La respuesta que ofrece el evangelista es clara: la condición para entrar en el Reino es la fe auténtica, que no retrocede ante ninguna dificultad, según el modelo de la fe de Abrahán (cf. Rom 4,9-25). La mujer cananea, como el centurión (cf. Mt 8,10), arranca una alabanza de admiración de los labios de Cristo, precisamente por su confianza total. 

La dureza inicial de las respuestas de Jesús constituye una «prueba» de la fe: la mujer acepta en su humildad y sin discusión el designio divino y reconoce la elección de Israel, pero en su pobreza continúa esperando que no se le niegue la salvación. Y así sucede de hecho; más aún, quedándose en el último sitio, se encuentra, en cierto modo, todavía más cerca del Salvador, «el cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios. Al contrario, se despojó de su grandeza y tomó la condición de esclavo» (Flp 2,6s). 

Con su actitud humilde y su oración insistente, la mujer cananea da testimonio de tener hacia Jesús una consideración como no han demostrado tener los maestros de la ley, ni los habitantes de Nazaret, ni siquiera los discípulos. En efecto, aunque es pagana, le considera realmente como don del Padre ofrecido a todos, con tal de que lo acojan. 

La Palabra me ilumina

La figura de la mujer cananea nos habla a cada uno de muchos modos, según las distintas estaciones de la vida espiritual. No hay auténtica vida de fe que no deba confrontarse, antes o después, con el misterioso silencio de Dios, que parece no escuchar, sino incluso rechazar la oración más apesadumbrada. Jesús mismo grita a su Padre desde lo alto de la cruz su dolor por la experiencia de abandono a la que está siendo sometido: «Desde el mediodía toda la región quedó sumida en tinieblas hasta las tres. Hacia las tres gritó Jesús con voz potente: “Elí, Elí. ¿lemá sabaktani?”, que quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”» (Mt 27,46s; cf. Sal 21). 

Sin embargo, estamos seguros de que Dios no es un padre sádico que se divierte haciendo sufrir a sus criaturas. Jesús mismo afirma que «el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama le abren» (Mt 7,7). ¿Por qué, entonces, la duda en la respuesta? ¿Cuál es su sentido? No es posible establecer por qué ha elegido Dios este camino, pero sabemos que le gusta ser invocado durante tiempo, con insistencia, con perseverancia. Como una madre que goza al oír la voz de su hijo, así Dios, a través de la oración, nos tiene junto a él, haciéndonos crecer en la comunión con él y en la caridad con los hermanos. En su momento no dejará de oírnos mucho más allá de lo que esperábamos, y la mejor prueba de que nos escucha será precisamente nuestra propia conversión. 

Si bien el hombre parte siempre en su relación con Dios de una atención egoísta a sus propias necesidades, con el crecimiento de la fe y del amor su corazón entra en sintonía con la voluntad de Dios, la ama y coopera así de una manera activa en la realización del designio divino de salvación. Este camino sólo es posible si crecen en nosotros de modo paralelo la fe y la humildad. Se trata de comprender que Dios es Dios y nosotros somos únicamente sus pequeñas criaturas. Estar en su presencia nos libera verdaderamente de toda presunción y nos abre al don más verdadero, que es reconocer a Dios la sabiduría de quien sabe lo que esta bien para todos y para cada uno. 

La Palabra en el corazón de los Padres

El pasaje del evangelio que se ha leído nos incita a orar, a creer y a confiar no ya en nosotros, sino en el Señor. Si falta la fe, es imposible la oración. En efecto, e;quien ora alguna vez lo que no cree? Por eso también el bienaventurado apóstol, exhortando a la oración, dice: «Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. (Rom 10,13). Y para demostrar que la fe es la fuente de la oración y que el arroyo no puede correr cuando la fuente esta seca, añade: «Ahora bien, ¿cómo podrán invocar al Señor si no han creído en él?» (Rom 10,14). En consecuencia, para orar debemos creer y, para que no disminuya la fe con la que oramos, debemos orar. La fe hace brotar la oración, y la oración que mana obtiene la estabilidad de la fe. La fe -repito- es la fuente de la oración, la cual, cuando se efunde, obtiene firmeza para la misma fe. 

Precisamente para que no disminuyera la fe en las tentaciones, dijo el Señor: «Velad y orad, para no entrar en la tentación» (Lc 22,46). eQue significa «entrar en la tentación., sino «salir de la feD ? La tentación progresa, en efecto, en la medida en que retrocede la fe, y viceversa. Pues bien, a fin de que vuestra caridad comprenda con mayor claridad que la exhortación del Señor «velad y orad, para no entrar en la tentación» se hizo a propósito de la fe, para que no disminuyera y desapareciera, dijo en este pasaje del evangelio: «Simon, Simon, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como al trigo. Pero yo he rogado por ti, para que tu fe no decaiga. (Lc 22,31s). Ora aquel que nos defiende, ¿y no ora el que se encuentra en el peligro? Son los humildes los que tienen fe, no los soberbios. Hablad por los que no tienen voz, orad por los que lloran (Agustin de Hipona, Sermones, 115, 1.4). 

Caminar con la Palabra

La Fe en Cristo es la raíz y el centro de la vida cristiana, la identidad del cristiano. Nosotros somos cristianos porque creemos en Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado para salvarnos. Jesús no es un libro, un dogma o un código de comportamiento: es una persona que vivió históricamente hace dos mil arios, el Hijo de Dios nacido de Maria virgen, en el que creemos, al que amamos e intentamos imitar. Si Jesús ha resucitado verdaderamente —y nosotros lo creemos de verdad—, entonces todo cambia en mi vida y nada es ya como antes. En suma, la fe, si es auténtica, cambia la vida. Hace al hombre más humano, más alegre, más motivado, más generoso, más capaz de sacrificarse por el prójimo, menos egoísta y más altruista, etc. Naturalmente, todo esto sucede si la fe es auténtica, sincera. 

No necesito ver a Jesús para amarle. Así es, creo en él, le conozco porque leo el evangelio y le amo, le rezo y le pido todos los días amarle cada vez más. 

La Fe tiene dos dimensiones: una intelectual, racional, y otra emocional, existencial. La primera es el asentimiento del intelecto a las verdades contenidas en el «Credo» que el pueblo cristiano canta en la misa dominical. Nosotros creemos que Dios es el único clavo firme del que suspender la vida del hombre. La segunda dimensión de la fe es el amor, el corazón, la conmoción por haber recibido el don de creer. El corazón no expresa sólo un sentimiento superficial, sino al hombre interior, al hombre profundo. El problema de fondo de la fe es llegar al corazón, convertirse en la experiencia fundamental de la vida. Si alguien está enamorado de Cristo, su vida cambia por fuerza, y cambia para mejor en todos los sentidos. Apoyado en Cristo, puedo hacer todos los razonamientos que quiero, aunque, sustancialmente, estoy llamado, en mi pequeñez, a enamorarme de él. No es fácil, sino más bien incómodo por las renuncias que requiere, al menos al comienzo, pero es preciso intentarlo sabiendo que nada es imposible para Dios: por eso la oración es el motor de la vida cristiana. Estar enamorado de Jesús constituye la clave de bóveda de la vida, lo que da sentido y alegría a la existencia, lo que llena los días y las noches con un sentimiento inexpresable de plenitud, serenidad, paz del corazón, dulzura, ternura, fuerza, optimismo, júbilo, juventud… Eso es Jesucristo para mí: el único amor de mi vida (P. Gheddo, La tentazione di credere, Piemme, Casale M. 1999, 91-94, passim). 

W. Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt): La mujer cananea

Herder (1980), Tomo II, pp. 80-84.

vv. 21-23

21 Cuando Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. 22 Y en esto, una mujer cañonea, salida de aquellos contornos, le decía a gritos: ¡Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David! Mi hija está atrozmente atormentada por un demonio. 23 Pero él no le respondió palabra. Y sus discípulos, acercándose a él, le suplicaban: Despídela; que viene gritando detrás de nosotros. 

Jesús siempre ha permanecido en el territorio de Israel y sólo raras veces ha penetrado en territorio de los gentiles. Aquí el evangelista san Mateo menciona una de estas pequeñas correrías, en este caso en dirección norte, en el territorio de las dos poderosas ciudades comerciales de Tiro y Sidón. 

En el camino le sale al encuentro una mujer cananea. Esta expresión se emplea para caracterizarla como gentil (cf. en Me 7,26: sirofenicia). San Mateo no designa su nacionalidad civil, sino la religión a la que pertenece. Así prepara la siguiente conversación, que es importante. La mujer conoce lo que permanecía oculto a los hijos de Israel en conjunto, y le invoca con el título mesiánico de hijo de David. Le pide ayuda para su hija. Los discípulos se molestan y ruegan al Maestro que la despida. ¿Solamente tienen la sensación de fastidio o les resulta impertinente la importunidad de una mujer pagana? Evidentemente Jesús había proseguido la marcha sin prestarle atención. Pero ella no cesa de caminar detrás del pequeño grupo. 

¿Qué hará Jesús? Lo que haga será importante no sólo para la mujer y para el grupo de los discípulos, sino para el tiempo futuro de su obra. 

vv. 24-27

24 Pero él respondió: No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 25 Sin embargo, ella se acercó y se postró ante él, diciéndole: ¡Señor, socórreme! 26 Él le contestó: No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perrillos. 27 Ella replicó: Es verdad, Señor; pero también los perrillos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos. 

Jesús habla a los discípulos. De suyo, la respuesta sólo se ajusta a la mujer como explicación de la conducta de Jesús y como recusación indirecta de la súplica de la mujer. Pero aquí la respuesta va dirigida a los discípulos, que han rogado al Maestro que la despache. Las palabras de Jesús en este pasaje parece que sean una confirmación de lo que pensaban los discípulos, a saber que Jesús no le puede ayudar y que ella debe regresar a su casa sin haber logrado su propósito. Pero los discípulos primero deben oír la frase que les hace comprender mejor a Jesús. 

«No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.» Dios le ha enviado, él no se ha encargado nada a sí mismo. Dios también le ha señalado el campo de la actividad. Su misión está limitada a Israel, por medio del cual los pueblos deben participar en la salvación. Éste es el orden establecido, así rezan las promesas de los profetas. Pero Israel es un rebaño sin pastor que se ha dispersado por las montañas y está destinado a la destrucción. Sólo se conserva el rebaño, si está reunido y el pastor lo vigila y lo conduce. Ahora los hijos de Israel tienen como pastores a ciegos guías de ciegos (15,14), son como «ovejas sin pastor» (9,36). Dios había anunciado por el profeta Ezequiel que destituiría a los falsos profetas y que él mismo ejercería el cargo de pastor (Ez 34). Ahora llega el tiempo de cumplir lo anunciado. El Mesías está enviado para reunir en un rebaño las ovejas extraviadas, para impedir que desfallezcan y para conducirlas a los terrenos de fértiles pastos. Sólo cuando Israel se haya vuelto a juntar, y siga de buen grado a su verdadero pastor, Dios, pueden también los pueblos del mundo congregarse al lado del único Dios verdadero. Tal es el encargo que ha recibido el Mesías. 

Luego continúa la conversación con la mujer. Se acerca y pide ayuda. Jesús le contesta que no está bien quitar el pan a los hijos y darlo a los perrillos. Jesús no quiere pronunciar una sentencia despectiva sobre los gentiles ni compararlos con los perros. Es una frase metafórica que expresa de nuevo el pensamiento del v. 24: el pan es para aquellos hijos, así como el pastor es para aquel rebaño. Los hijos son los hijos de Israel, a quienes ahora se dedica la misericordia de Dios. No se dice lo que quizá tiene aplicación al tiempo futuro. La mujer acoge con osadía la palabra de Dios. Los perrillos también reciben algo de lo que cae de la mesa de su señor. Casi parece humorística la manera como la mujer (que sabe contestar) se vale de la imagen y la invierte en su favor. Pero Jesús está vinculado a su misión. Se ha subordinado a ella, sin reserva, y desde un principio rehusa cualquier desviación en la lucha con Satán en el desierto. ¿Cómo procederá Jesús? 

vv. 28

28 Entonces le dijo Jesús: ¡Mujer, qué grande es tu fe! Que te suceda como deseas. Y desde aquel momento quedó sana su hija. 

A pesar de todo Jesús socorre. Todo lo precedente hablaba en contra. Pero ahora se indica el motivo: tu je es grande. Dios ayuda a quien cree así, con perseverancia y tenacidad, sin desfallecer ni darse por vencido precipitadamente, con la firme convicción de que sólo hay uno que pueda ayudar. El ruego de la mujer es atendido y la hija queda curada desde esta hora. Jesús no socorre a la mujer porque sea pagana, sino porque tiene una gran fe. Se mantiene el orden, no se sobrepasan los límites del encargo. Pero ha brillado una esperanza. En ella ya aparece un nuevo Israel, cuyo fundamento es esta fe. Así sucedió con el centurión (8,10.13), así sucede aquí con esta mujer. Así como Dios puede sacar de las piedras hijos de Abraham, así formará con estos creyentes un nuevo Israel. La salvación todavía no llega a los gentiles. Jesús permanece y actúa en Israel, y parte a sus hijos el pan. Pero acá y allá, en casos particulares se hace patente algo nuevo, el tiempo futuro, en el cual Dios perfeccionará el orden de la salvación, que ha estado en vigor hasta ahora. Todos los pueblos de la tierra deben recibir toda la salvación, incólume y pródigamente. 

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  • Judith

    Buenas tardes.
    Mi nombre es Judith. Vivo en México. soy Laico comprometido. he tomado formación católica, me gusta compartir.
    Gracias por compartirnos su sabiduría.