Mt 18, 15-20: Conflictos en el seno de la comunidad

Texto Bíblico

15 Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. 16 Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. 17 Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. 18 En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. 19 Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. 20 Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Cesáreo de Arles, obispo

Sermón: La medicina de la confesión

Sermón al pueblo, nº 59.

«Todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mt 18,18)

Todas las Santas Escrituras nos advierten, para nuestro bien, que debemos confesar nuestros pecados constantemente y con humildad, no sólo delante de Dios sino también ante un hombre santo y temeroso de Dios. Es eso lo que el Espíritu Santo, por boca del apóstol Santiago, nos recomienda: «Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados» (5,16)… y el salmista dice: «’Confesaré al Señor mi culpa’ y tú perdonaste mi culpa y mi pecado» (31,5).

Estamos siempre heridos por nuestros pecados; por eso mismo debemos recurrir siempre a la medicina de la confesión. En efecto, si Dios quiere que confesemos nuestros pecados, no es porque él mismo no pueda conocerlos, sino porque el diablo desea tener de qué acusarnos ante el tribunal del Juez eterno; por eso quisiera que pensáramos antes en excusarlos que en acusarlos. Nuestro Dios, por el contrario, porque es bueno y misericordioso, quiere que los confesemos en este mundo para que en el otro no seamos confundidos a propósito de los mismos. Si los confesamos, él se muestra clemente; si los declaramos, él los perdona… Y nosotros, hermanos, somos vuestros médicos espirituales: con solicitud buscamos curar vuestras almas.

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia

Homilía: Divorcio entre fe y vida

Homilía 8 sobre la carta a los Romanos, 8; PG 60, 464-466.

«Allí estoy yo, en medio de ellos» (Mt 18,20)

Cuando os digo de imitar al apóstol Pablo, no es que os diga: Resucitad a los muertos, curad a los leprosos. Sino que os digo lo mejor: tened caridad. Tened el mismo amor que animaba a san Pablo, porque esta virtud es muy superior al poder de hacer milagros. Allí donde hay caridad, el Hijo de Dios reina con su Padre y el Espíritu Santo. Él mismo lo ha dicho: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Amar es encontrarse unidos, es el carácter de una amistad tan fuerte como real.

Me diréis: ¿Es que hay gente tan miserable como para no desear tener a Cristo en medio de ellos? Sí, nosotros mismos, hijos míos; le echamos de entre nosotros cuando luchamos los unos contra los otros. Me diréis: ¿Qué dices? ¿No ves como estamos reunidos en su nombre, todos dentro las mismas paredes, en el recinto de la misma iglesia, atentos a la voz de nuestro pastor? No hay la más pequeña disensión en la unidad de nuestros cánticos y plegarias, escuchando juntos a nuestro pastor. ¿Dónde está la discordia?

Sé bien que estamos en el mismo aprisco y bajo el mismo pastor. Y no puedo llorar más amargamente… Porque si en este momento estáis pacíficos y tranquilos, al salir de la iglesia éste critica al otro; uno injuria públicamente a otro, uno se encuentra devorado por la envidia, los celos o la avaricia; el otro medita la venganza, otro la sensualidad, la duplicidad o el fraude. […] Respetad, respetad pues, esta mesa santa de la cual comulgamos todos; respetad a Cristo inmolado por todos; respetad el sacrificio que se ofrece sobre este altar en medio de nosotros.

Obras: El hermano es Cristo

La Penitencia, 10

«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20)

¿Por qué crees que son diferentes de ti los que viven como hermanos, son servidores de un mismo Señor, y todo lo tienen en común, la esperanza, el temor, el gozo, la pena, el sufrimiento (puesto que tienen una sola alma venida del mismo Señor y del mismo Padre)? ¿Por qué dudas de los que han tenido las mismas caídas que tú, como si tuvieran que alegrarse de tus caídas? El cuerpo no puede alegrase del mal que sufre uno de sus miembros; es preciso que todo él se duela y trabaje para curarse.

Allí donde dos fieles están unidos, allí está la Iglesia, pero la Iglesia es Cristo. Así pues, cuando tú abrazas las rodillas de tus hermanos, tocas a Cristo, y es a Cristo a quien suplicas. Y cuando los hermanos, por su parte, derraman lágrimas por ti, es Cristo quien sufre, es Cristo quien pide al Padre. Lo que el Hijo pide pronto está concedido.

Santa Teresa de Calcuta, religiosa

Escritos: El sacramento del perdón

El amor más grande

«Todo lo que desatareis en la tierra, será desatado en el cielo» (Mt 18,18)

El otro día un periodista me hizo una curiosa pregunta: ¿Incluso usted tiene que confesarse? Sí, le dije. Me confieso cada semana. Entonces Dios tiene que ser muy exigente, si hasta usted tiene que confesarse.

Seguro que su hijo a veces se equivoca, le dije. Y ¿qué ocurre cuando viene y le dice «papá, lo siento»?, ¿qué hace usted? Lo rodea con sus brazos y lo besa. ¿Por qué? Pues porque esa es su manera de decirle que lo ama.

Dios hace lo mismo. Nos ama tiernamente. Por lo tanto cuando pecamos o cometemos un error, lo que debemos hacer es servirnos de eso para acercarnos más a Dios. Digámosle humildemente: «Sé que no debería haber hecho esto, pero incluso esta falta te la ofrezco».

Si hemos pecado o cometido un error, digámosle: «¡Lo siento! Me arrepiento». Dios es un Padre que perdona. Su clemencia es mayor que nuestros pecados. Él nos perdonará.


Comentarios exegéticos

Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): Corrección fraterna

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1049-1050.

Para la comprensión de las normas que establece esta pequeña sección es necesario tomar como punto de partida la frase conclusiva de la perícopa precedente: Dios no quiere que se pierda ninguno de estos pequeñuelos… Consiguientemente los dirigentes de la comunidad, antes de decidirse a separar de la misma a alguien que se haya”extraviado”, deben seguir el camino de la corrección fraterna. La organización de la iglesia, según esta perícopa de Mateo, se halla calcada sobre el patrón de la sinagoga. Era una “congregación” de la que se excluía a todo aquél que no aceptase al judaísmo como medio único de salvación. Los que así pensaban eran considerados como los paganos o los publícanos. 

La norma de la iglesia debe ser diferente. El camino a seguir, para todos, debe ser el de la corrección fraterna. No debía existir por principio la separación o excomunión automática ante un pecado determinado, sea cual fuere (así procedía la sinagoga; Jesús condena este procedimiento y no quiere que su iglesia actúe como ella). Esto no obstante, puede llegar el momento en que los dirigentes de la iglesia deban aplicar esta sanción última. Las mismas palabras de Jesús les autorizan para hacerlo. Esta es la razón por la cual aparecen aquí las palabras de Jesús a Pedro dándole la máxima autoridad de atar y desatar (16,16ss.). 

A continuación viene el proverbio sobre la eficacia de la oración. El “acuerdo” alude a la plegaria comunitaria hecha en el lugar destinado al culto. Allí era donde se reunían “dos o tres en el nombre de Cristo”. El verdadero poder de la comunidad reside en la oración (Rom 15,30; 1 Tes 5,25; Col 4,3). Este poder ilimitado de la oración se halla en la misma linea de otras palabras de Jesús: pedid, buscad, llamad… (7,7-11). Se supone que la oración está hecha con las características que Jesús fijó en la oración específicamente cristiana, el Padrenuestro. 

La última sentencia, que garantiza la presencia de Jesús donde se hallen reunidos dos o tres en su nombre, tiene también paralelos en la literatura rabínica. De un rabino de la época es la frase siguiente: “Donde hay dos reunidos en el estudio de la Ley, la shekiná (la gloria o presencia divina) está en medio de ellos”. Jesús está presente en la iglesia: todo lo que ella predica, hace o sufre es palabra, hecho o sufrimiento de Cristo. Esto supone que el centro de interés ya no es la ley, sino la persona de Cristo. Supone igualmente que la reunión tiene lugar en el nombre de Cristo, es decir, con las mismas inquietudes y finalidad que determinaron su vida mientras estuvo entre los hombres. 

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: Unidos

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 194-195.

Deuteronomio 34,1-12.

Formado por una mezcla de tradiciones, este relato de la muerte de Moisés conmueve por su concisión. Antes de morir, Moisés —que, según el mandato de Yahvé, no atravesará el Jordán— es invitado a tomar simbólicamente posesión de la tierra prometida por Dios a los antepasados. 

Además, tiene la discreción de mantener en el anonimato la localizarían de la tumba. ¿Por temor, quizá, a que el fervor popular se apoderara del personaje? Los últimos versículos son un elogio del desaparecido, pero se trata de un elogio mesurado que, ante todo, subraya el carácter singular de la relación que unía a Moisés con su Dios. Estos versículos sirven, en realidad, de introducción a la continuación de la obra deuteronomista, o sea, la que se denomina “los profetas anteriores”, de Josué a 2 Reyes. La muerte de Moisés no impide, pues, que la historia continúe. Pero la leyenda tampoco se quedó atrás: toda una tradición piensa que el mismo Dios o sus ángeles se ocuparon de dar sepultura a Moisés, y un apócrifo judío, la Asunción de Moisés, sugiere que el mundo entero fue su ataúd. 

Salmo 65.

El salmo 65 está formado por un himno (vv. 1-12) y un salmo de acción de gracias (vv. 13-20). El salmista invita a Israel a cantar su reconocimiento: ¿qué no ha hecho Yahvé por su pueblo? Algunos versículos evocan una liturgia que celebraba la victoria de Dios sobre el enemigo tradicional. 

Mateo 18,15-20.

Si una oveja se extravía, la comunidad debe tomar a su cargo al pecador y hacer todo lo posible para librarlo de su pecado. Sin embargo, si el hermano se obstina en seguir en el camino del mal, él mismo se sitúa fuera de la Iglesia santa, que no puede tolerar la confusión. Esta restricción no significa que el pecador obstinado deje de ser objeto de la solicitud de la comunidad; al contrario, el hecho de que sea para ella una especie de publicano no hace sino evocar la solicitud de Jesús para con los pecadores. 

En este contexto, distinto del de Cesárea de Filipo, Mateo ha incluido el versículo concerniente al poder de las llaves, expresando así la conciencia que tiene la Iglesia de ser una comunidad de salvación y reconciliación. Efectivamente, la solicitud de la comunidad para con el pecador da testimonio de la ternura de Dios, y la comunidad se constituye así en el lugar donde se experimenta el perdón divino; la Iglesia es “la primera etapa decisiva de la sacramentalidad de la penitencia” (Gh. Pinckers). 

***

La Iglesia no es una yuxtaposición de creyentes, sino un cuerpo, un pueblo. Es un pueblo que conoce la experiencia de la liberación, un pueblo que pasará a la otra orilla del Jordán, a la Tierra Prometida. “¡Si tu hermano peca, repréndelo!” En los días del Génesis, Caín se había rebelado: “¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”; hoy el evangelio interroga: “¿Qué has hecho con tu hermano?” 

¿Podemos ver en todo ello un principio de procedimiento, un “embrión” de derecho canónico, con etapas previstas y sanciones, incluso con exclusión de la comunidad? De hecho, nos hallamos en un clima totalmente distinto; los últimos versículos de esta página del evangelio no permiten ninguna duda: en el fondo de todo ello subyace la oración común en presencia de Cristo. La amonestación fraterna, el recurso a los testigos, la sentencia emitida por la Iglesia no son más que la aplicación de esa paciencia y esa misericordia de Dios. Somos de una “raza comunitaria” y no estamos unidos entre nosotros por ninguna ley ni por necesidad alguna de intereses; vivimos juntos, porque juntos experimentamos una misma ternura y un único perdón. La Iglesia es una comunidad santa, porque está santificada por una palabra de gracia. 

“Si tu hermano ha pecado, ve y háblale.” La fe y el perdón se intercambian; la gracia se comparte. En los días de la torre de Babel, los hombres habían robado la palabra, la habían secuestrado en provecho propio, la habían desnaturalizado queriendo poseerla. Habían dejado de comprenderse entre sí y se habían dispersado, enemigos unos de otros. En los días de Pentecostés, los hombres recibirán el Espíritu, y una lengua común vendrá a posarse sobre cada uno de ellos. Es en el compartir y en la fraternidad donde se producirá el intercambio de la Palabra de gracia. La obediencia de la fe crea la comunicación, la Iglesia. La Alianza se ofrece siempre al pueblo para que se convierta en una asamblea santa. 

Dios y Padre nuestro,
tu Hijo nos ha dado esta seguridad: 
“Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra 
para pedir cualquier cosa,
la obtendrán de mi Padre celestial.” 

No mires nuestras divisiones,
sino fíjate más bien en la confianza de tu Iglesia, 
que es unánime en pedir la paz y la unidad: 
concédele esa paz 
para que viva de ella ahora y para siempre. 

Biblia Nácar-Colunga Comentada

La corrección fraterna, 18:15-17 (Lc 17:3).

Lc lo trae en otro contexto. En él, “hermano” es equivalente a hombre; en Mt “hermano” es, por el contexto (v.17), equivalente a cristiano. Se parte de una falta del prójimo para exponerse la actitud cristiana ante la misma. La expresión “contra ti” es lección críticamente muy discutida.

Si se trata de una verdadera falta, se ha de buscar el bien del “hermano”; por eso, lo primero es hacérselo notar para remediarlo. Pero “a solas,” por justicia, caridad y actitud pedagógica. Si “oye,” se habrá ganado un hombre para Dios.

Si no hace caso, queda la prueba testifical, que ya exigía la Ley (Dt 17:6; 19:17). Pero en esta perspectiva cristiana no excluye, sino destaca preferentemente, la testificación privada, no jurídica. Naturalmente que no se condena ni excluye ésta. Es otra la perspectiva. Es la benevolencia en el castigo (1 Cor 6:1-8).

Si tampoco es eficaz, queda el recurso a la Iglesia, probablemente jerárquica (v.18), aunque alguno piensa en el influjo benéfico que puede recibir de la “asamblea,” sentido que quieren dar a εκκλησία.

Si no oye, es ya mala voluntad o cerrazón, y puede considerarlo “como gentil o publicano.” Parece ser esto ya redacción de alguna Iglesia con necesidades especiales. Lo que ya aparece es la Iglesia constituida, por lo que su redacción refleja este estadio. Aparte de la testificación judicial, se decía en la Torah: “El que reprende a su prójimo (judío) por amor a Dios, tendrá parte con Dios.” 

No se trata, desde luego, de establecer una reglamentación jurídica; se supone la Iglesia ya constituida, y se da una instrucción sobre el buen uso de la misma en la comunidad. Cristo no estableció reglas, sino principios.

En el momento histórico en que Cristo pronuncia la sentencia, acaso pudo ser una censura sobre el rigorismo juridicista de la sinagoga, y que se aplicaría ahora a los usos disciplinarios de una comunidad eclesial, posiblemente siro-palestinense.

¿Exige esta enseñanza de Jesucristo la realización sistemática de ese triple estadio de recursos? Los incluirá en ocasiones. Pero la enseñanza directa de Jesucristo es el celo y discreción en el ejercicio de la caridad. Puede ser una argumentación por “acumulación” y analógica a otra enseñanza sobre la caridad, dada por Jesucristo, en la que aparece un triple estadio ante el “juicio,” el “sanedrín” y la “gehenna de fuego” (Mt 5:21-22).

Los poderes de la Iglesia, 18:18.

En esta forma “acumulativa” se somete, por último, al que no reconoce su “pecado,” al juicio de la Iglesia. La doctrina que se enseña es de importancia capital. La Iglesia se halla dotada de verdaderos poderes judiciales: puede castigar, y esto supone que puede juzgar. No es más que la enseñanza de la Iglesia como sociedad perfecta, dotada de todos los medios — poderes — para poder realizar su fin. Por eso se dirá expresamente que todo lo que atareis en la tierra quedará atado en el cielo, y viceversa. Las expresiones “atar” y “desatar,” conforme a la literatura rabínica, significan “permitir” o “prohibir”. La Iglesia, por tanto, está dotada de estos plenos poderes. En el contexto se refiere a los apóstoles — μαθηται — (Mt 18:1). Si el recurso a la Iglesia supone en ésta tal tipo de poderes, el destacarse aquí el poder de los apóstoles hace ver que se pone en cuanto eran “jefes” de la Iglesia.

Este poder conferido a la Iglesia en nada va contra el pleno poder personal conferido a Pedro, y que relata el mismo Mt (16:13-19). Pero este poder conferido a la Iglesia, en el contexto es a los apóstoles (v.18:1), y lo exige aquí el mismo texto: “Cuanto atareis. (vosotros).” No es, pues, poder conferido al laicado ni a cada uno de los fieles. Porque el poder que tiene la Iglesia — sociedad — supone una jerarquía, que es la que formalmente está dotada de tales poderes. Y si el v. 18 estuviese desplazado de su propio lugar, habría que reconocer que su inserción aquí sería una interpretación de Mt al v.17, y siempre quedaría el “poder” que se concede a la Iglesia, sin decirse que se concede a cada uno de los fieles, lo que tiene que ser, además, interpretado en función de esta jerarquía, pues el “díselo a la Iglesia” supone el decírselo al que tiene el “poder,” que es la jerarquía. Lo contrario sería, sencillamente, imposibilitar el recurso al “poder” de la Iglesia. A lo que se une, con valor interpretativo, a la hora de la composición de los evangelios, la enseñanza y vida práctica de la misma.

Acaso podría sugerir el tenerlo como “un pagano y un publicano”, el que estaban separados, no pertenecientes a la Iglesia, o que ésta lo hubiese separado oficialmente de la misma — ”excomunión” (1 Coro 5:4-5) —, por lo que se le podría tener por todos, sin escándalo, como a “un pagano y a un publicano.” Eran, por otra parte, los poderes que ya existían en la Sinagoga — el herem —, y que eran eficazmente ejercidos por la jerarquía, como aparece incluso en el Evangelio (Jn 9:22). Sin embargo, el texto no pone expresamente una excomunión oficial, sino sólo “sea para ti” como un separado. Acaso sea un modo de suponerla o de advertir que es digno de ella.

Bonnard piensa que atar y desatar, en este contexto, no significa, probablemente, prohibir o permitir, sentido corriente en la casuística rabínica, sino pronunciarse contra una medida disciplinar propuesta en la Iglesia contra un hermano.” El v.18 tiene todo el aspecto de estar fuera de su propio contexto, pues no tiene una conexión literaria inmediata con el v.17. Lo tendría mejor con el v.14; cf. Mt 18:12 (“vosotros”). Por tanto, permanece con la amplitud de poderes que requiere la misión de la jerarquía de la Iglesia (cf. Act 15:6.23.28; comp. Act 15:22).

La oración colectiva, 18:19-20.

Este tema debe de ser evocado por la palabra Iglesia. Esta presencia de Cristo haría ver la rectitud de sus juicios.

Si dos o más oran juntos al Padre celestial, “lo conseguirán.” En la perspectiva se supone que no pedirán nada al margen de lo que deba pedirse. Aparte que aquí en lo que principalmente se insiste es en la eficacia de la oración en común. ¿Por qué esta eficacia? Porque, cuando éstos están reunidos “en mi nombre” — conforme al sentido rabínico, “por causa de él.,” “en nombre de él.” —, “allí estoy yo en medio de ellos.” Era ya creencia en Israel la fuerza religiosa de la oración hecha en reunión, en sinagoga. Así decía un rabino “que las oraciones hechas en las sinagogas, al momento en que la comunidad ora, son oídas.” Esto se deduce del midrasch de Job (36:5): Dios no desprecia la multitud.

Pero Jesús potencializa esta oración cristiana por tres motivos: a) por no exigir la oración en “sinagoga,” sino que le basta la reunión de “dos o tres”; b) porque han de estar reunidos en su “nombre”; c) por la garantía de estar El mismo presente entre los que oran así. Esta reunión con Cristo, que no les hará pedir nada al margen de su voluntad (Jn 15:7.17), les hará recibir, además de la fuerza de su vinculación (Jn 15:5; 14:13.14; 15:16; 16:23.24), la presencia mística y complacida de Jesucristo “en medio de ellos.” El tono “sapiencial” con que está formulada la concesión de lo que se pida, indica el poder de Cristo.

Se defiende, por razones filológicas y alguna otra observación, que esta reunión de “dos o tres” se refiere a un acto litúrgico, y que precisamente estos “dos o tres” son los oficiantes. Sus razones, de interés algunas, no son decisivas. Aunque la redacción acuse un tono eclesial, el núcleo fundamental es de Cristo. Acaso, primitivamente, Cristo habló de la presencia de Yahvé en las reuniones religiosas ambientales, que, naturalmente, se identificaron con Cristo al saberle Dios. Aunque también es muy probable que Cristo animase a los suyos con la promesa de su presencia entre ellos (cf. Mt 28:20), y que, conocida plenamente su divinidad, se identificase con la presencia de Yahvé entre los suyos.

Buzy ha hecho a este propósito una consideración sumamente sugestiva. Dice así:

“Los judíos creían en la presencia de la Shekiná entre ellos; en suma, en la presencia de Dios.” Rabí Ranina bar Teradjon (sobre 135) decía: “Si dos personas están reunidas y hablan de la Torah (la Ley), La Shekiná mora entre ellos.” La Shekiná era la sensibilización de la presencia de Dios. “Cuando los fieles se ocupan uno con otro, Yahvé los oye y los escucha. ¿Por qué Dios se llama maqom, “El Lugar”? Porque, en todo lugar donde se encuentran los justos, allí también se encuentra Dios entre ellos.” Pero después que Jesús habita entre los hombres, El es entre ellos una Shekiná, una habitación concreta y viva de Dios. Hoy estamos acostumbrados a esta afirmación y a todas las afirmaciones semejantes. Pero es preciso que la costumbre (en su sentido ambiental) no nos vele el sentido y la fuerte intención de tales palabras. Ellas equivalen a una nueva afirmación de la divinidad. Todos los textos que mencionan una presencia misteriosa en el seno de una comunidad dicen que es la de Dios. Pero ahora Jesús sustituye a La Shekiná, a la “Piedra,” al “Lugar.” El reivindica para sí el tributo de la presencia y de la omnipresencia. ¿Quién osaría hablar así? Una criatura no podría, sin sacrilegio, sustituir a Dios. Aquel que osa compararse a Dios lo hace en un tono el más seguro y tranquilo. La sola explicación plausible es que Jesús se considera Dios.” 

G. Zevini, Lectio Divina (Mateo): La corrección fraterna

Verbo Divino (2008), Cf. pp. 329-335.

La Palabra se ilumina

[…] En profunda continuidad con el mensaje de la parábola [de la oveja perdida], se ponen de manifiesto, en la segunda parte del discurso eclesial (vv. 15-20), dos aspectos fundamentales de la vida cristiana: el deber de la corrección fraterna y el valor de la oración comunitaria. 

Si la parábola (vv. 12-15) da a conocer la voluntad de Dios de que ninguna se pierda, la corrección fraterna y la oración comunitaria constituyen los medios privilegiados para llegar a ese fin. Dado que la comunidad no está compuesta de santos, sino de hombres inclinados al pecado, hace falta un camino de conversión. 

En primer lugar, la oración concorde de todos los miembros de la comunidad puede impetrar la gracia del arrepentimiento y de la vuelta del hermano pecador. En segundo lugar, la corrección recíproca también es expresión de caridad. En consecuencia, es tarea de todos la corrección de los hermanos que se equivocan, con tal de que se haga verdaderamente con benevolencia y del modo más oportuno. 

Mateo enumera un procedimiento disciplinar articulado en tres momentos diferentes marcados por algunos «si…» en un proceso creciente de intervenciones hasta el remedio extremo de tener que considerar al hermano como «un pagano o un publicano». Con todo, esto no significa considerarlo separado de Cristo, que es precisamente «amigo» de los pecadores, sino ponerlo en condiciones de experimentar la privación del gran bien que es la comunidad eclesial. Ésta, a su vez, se empeñará todavía más en orar por la conversión del hermano y por su vuelta al seno de la Iglesia. 

Caminar con la Palabra

He aquí una comunidad particular, concreta, amasada de Evangelio y de culpa, de amor y de egoísmo. Un discípulo ha cometido una «culpa» en su interior. ¿Qué se puede hacer? ¿Dejar que se pierda? ¿Marginarlo? ¿Juzgarlo? La imagen del buen pastor en busca de la ovejilla perdida sugiere otro estilo. Hay que poner en acción la pedagogía de la paciencia para «ganarse» al pecador. Tres notas caracterizan la progresión apremiante del perdón. Antes de hacer público al que yerra está el diálogo a dos. Es el momento del amor discreto. Después se sugiere la implicación de «una o dos personas»: no como testigos de la culpabilidad del imputado, sino como hermanos dotados de autoridad para garantizar una mayor eficacia en la corrección fraterna. Es el paso del amor apremiante. Y, por último, la Iglesia: con la fuerza de su poder de misericordia y de verdad, toda la comunidad debe hacerse cargo del que yerra. Pero también ella puede fracasar. Sin embargo, ni siquiera sobre el rechazo perverso del pecador pende un juicio de exclusión definitiva… No queda entonces más que la fantasía inagotable de la misericordia de Dios en sus llamadas sin límite. En suma, la comunidad fraterna está completamente abierta a vencer el corazón del pecador. La misma «pasión» que siente por el hermano que se equivoca se convierte en sinfonía hacia lo alto, en sinfonía de una oración increíblemente eficaz. Y esto es posible viviendo en una adhesión singular: el estar reunidos en el nombre de Jesús. La fórmula es precisa: expresa la dirección de una fraternidad que tiende al Señor. De este modo, la comunidad eclesial se convierte en un lugar extraordinario: es el signo del pastor bueno que va en busca de la oveja perdida; es el signo de la presencia de Jesús en lo más vivo de una comunidad orante para dar eficacia a la oración. 

La «corrección fraterna» es algo necesario en cada familia, en cada comunidad. A buen seguro, no resulta fácil usar el tono de la discreción frente al error del que yerra; dan ganas de echárselo en cara, probablemente con la jactancia de ser sinceros. No es fácil usar la paciencia frente a la culpa ajena. Dan ganas de tomar el atajo del juicio, unas veces duro hasta la arrogancia y otras severo hasta la presunción de ser justos. Y cuando, en una familia o en una comunidad, el que se equivoca se siente asediado por el aliento del juicio, se distancia y se aleja cada vez más. Ya no siente ningún eco de la misericordia de Dios. Haría falta un milagro para volver la mirada hacia su casa. Ahora bien, el primer milagro sugerido por Jesús es la obstinación de la misericordia, que sabe mirar al otro con el coraje de llamarle hermano; que sabe mirar hacia lo alto con el coraje de dirigirse a Dios con el nombre de «Padre» (E. Masseroni, La Parola come pone. Il vangelo della domenica. Anno A, San Paolo, Cinisello B. 1998, 173-175). 

W. Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt): La corrección fraterna

Herder (1980), Tomo II, Cf. pp. 141-149.

vv. 15-17.

15 Si tu hermano comete un pecado, ve y repréndelo a solas tú con él. Si te escucha, ya ganaste a tu hermano; 16 pero, si no te escucha, toma todavía contigo a uno o dos, para que todo asunto se decida a base de dos o tres testigos, 17 y si no les hace caso, dilo a la Iglesia, y si tampoco a la Iglesia hace caso, sea para ti como un gentil o un publicano. 

El tercer tema del discurso podría titularse el pecado en la comunidad. Ya se habló de este tema al tratar de la solicitud por los pequeños. Con todo no se fija la mirada en este caso de una manera accesoria, sino directa. No parece que se diga que el hermano haya faltado contra mí, como dicen algunas traducciones («si pecare tu hermano contra ti»)[52]. En primer lugar se trata del hecho del pecado como tal. Puede atemorizar que se cuente con esta posibilidad. ¿No debería bastar para siempre la conversión que se ha efectuado y ha conducido a la fe? 

Aquí se fijan los ojos de una manera realista en la posibilidad del pecado. La Iglesia no es una comunidad de puros y santos. 

El hermano que se da cuenta de la caída del prójimo debe dar el primer paso. Tiene que «acercarse» y reprender al pecador. En la ley del Antiguo Testamento se da la siguiente orden: «No aborrezcas en tu corazón a tu hermano, sino corrígele abiertamente, para no caer en pecado por su causa. No procures la venganza, ni conserves la memoria de la injuria de tus conciudadanos. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor» (Lev 19,17s). En este texto como en el de san Mateo debe nombrarse sin rodeos la culpa. El pecador debe llegar a comprender. El derecho de corregir es propio del hermano, porque es hermano. En la antigua alianza era el prójimo, que estaba ligado con los lazos de la sangre y de la patria común; ahora es el hermano, que está unido con la misma fe y religión. El primer paso debe darse a solas, para que la culpa permanezca lo más escondida posible y, así, se proteja el honor del prójimo. 

Sería magnífico que este primer paso ya condujera al éxito. Si el prójimo abre su oído, no rehusa comprender y acepta el servicio de su hermano, entonces se ha logrado todo lo que se pretendía. Ha sido ganado. Se dice del que se ha corregido que su acción fue el fundamento del éxito. Se ha recuperado al que había caído en pecado, está de nuevo en la comunidad y es hermano como antes. A la inversa se puede concluir que el pecador antes se había colocado al margen de la comunidad. La falta tiene que haber sido grave, ya que un extravío insignificante no hubiese causado esta separación. 

Pero si el prójimo cierra su oído, debe hacerse una segunda tentativa. Según una antigua disposición de la ley, sólo se considera como válido un testimonio que es confirmado por dos o tres de la misma manera. «No bastará para nadie un solo testigo, cualquiera que sea el pecado y el crimen, sino que todo caso se decidirá por deposición de dos o tres testigos» (Dt 19,15). Aquí se aplica esta disposición del procedimiento judicial para vigorizar la advertencia y evitar el último paso. Dos o tres juntos deben testificar las circunstancias del delito y hacer regresar al que yerra. 

Si esta tentativa tampoco tiene éxito, el caso debe presentarse a la Iglesia. Aquí la palabra ekklesia designa la comunidad de los fieles congregada en el lugar. La comunidad debe repetir la advertencia con todo el peso de su autoridad. Ante ella, el caso se hace ahora público. La comunidad ofrece el último retorno posible, después ya no habría otra oportunidad. Por otra parte, es difícil decir de qué manera hay que hablar con la comunidad y de qué modo ésta puede ser efectiva. ¿Es el presidente (¿el obispo?) o un colegio de ancianos (presbíteros) el que decide convocar una asamblea plenaria de toda la comunidad o una comisión determinada, prevista para tales casos? Estas preguntas han de quedar en suspenso, ya que el texto no ofrece ningún punto de apoyo para contestarlas. Lo único que puede decirse con seguridad es que el veredicto que se pronuncia de una u otra forma, contiene el dictamen de toda la Iglesia (local). La misma Iglesia decide, y aquí lo hace como suprema y última instancia. 

Aquí también se tiene en cuenta la posibilidad de que el pecador rechace la advertencia. La actitud que entonces adopta, se reviste con una expresión proverbial. Sea para ti como un gentil o un publicano. Aquí todavía no se dice que la Iglesia pronuncie y ponga en ejecución una sentencia formal (sin embargo, cf. 18,18). La idea más bien parece ser que sin este requisito ya sólo por ser pecador está fuera de la fraternidad y ahora se le considera y designa expresamente como tal. Lo que primero ha efectuado por delito propio personal, ahora también vale por parte de la colectividad. Se ha desmembrado, y luego la comunidad confirma este estado del pecador por la sola causa de que ha repelido la mano que se le ofrecía para la conversión. 

Según la manera de pensar del Antiguo Testamento el gentil no pertenece al pueblo escogido de Dios. El publicano está fuera de la colectividad de hijos honorables de Israel, ya que según la apreciación general ejerce un oficio inmundo y vive del pacto con el poder pagano de ocupación. Ninguno de los dos es, en sentido pleno, hijo del pueblo santo. Los judíos los consideran como personas que están fuera. Así como la comunidad de Israel mira a estos dos grupos de hombres, así también debe suceder en la Iglesia. 

Esta relegación del hermano pecador resulta dura. Pero la dureza queda justificada en cierto modo si se considera la solicitud pastoral que alienta en esta medida. Estas palabras dan a entender la magnitud de la exigencia y la elevada conciencia de sí misma habida por la comunidad cristiana. El miembro que se entrega al pecado y persevera en esta sujeción, ha roto el puente y ha salido de la familia. Sólo cuando los hermanos han hecho todo lo que está en su poder, puede cortarse el vínculo. Únicamente teniendo en cuenta el versículo siguiente puede contestarse si la sentencia debe estar en vigor perpetuamente o sólo hasta un retorno que se espera en un tiempo posterior. En este pasaje, se expresa con cuánta severidad se enjuicia el pecado… 

v. 18.

18 Os lo aseguro: todo lo que atéis en la tierra, atado será en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra, desatado será en el cielo. 

Estas palabras hacen que lo precedente aparezca a una nueva luz. Apoyándose en ellas, cabe afirmar que la Iglesia como tal puede dictar sentencia en virtud de la que el pecador queda privado de su comunidad con ella. La coherencia con lo precediente es tan estrecha y la conexión de la sentencia (18,18) tan íntima, que resulta forzoso admitir una transposición a este lugar para dar remate a los v. 15-17. Sin ella hubiese quedado aislada la sentencia y difícilmente conectable. 

Estas palabras tienen su paralelo en las de la promesa dirigidas a Pedro. «Te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ates en la tierra, atado será en los cielos, y todo lo que desates en la tierra, desatado será en los cielos» (Mt 16,19). La diferencia entre los dos textos consiste en que la facultad de atar y desatar aquí se otorga a Pedro y allí a la Iglesia. Detrás está la unidad en la materia tratada. Las dos facultades proceden de Jesucristo. La Iglesia, incluso la «comunidad» reunida en el lugar, está autorizada para decidir sobre la vinculación de sus miembros. Esta decisión es de suma eficacia. La toman los hombres «en la tierra» y produce un efecto inmediato «en el cielo». La sentencia terrena es completamente igual a la del cielo, la humana es enteramente igual a la divina. No sólo de forma que una sentencia dictada por la Iglesia, posteriormente sea puesta en vigor por Dios, sino de un modo todavía mucho más inmediato: en la sentencia terrena se cumple la sentencia divina. La decisión de la Iglesia tiene autoridad divina, lo cual vale para los dos actos: declarar la vinculación de los miembros y la pérdida de la categoría de miembro. 

No sólo hay que atar (excomulgar) sino también desatar. De aquí se puede concluir que la exclusión del pecador no ha de ser definitiva, sino que ha de dejar abierta la posibilidad de convertirse y de reanudar las relaciones precedentes. Así, incluso en la forma más dura de la corrección, se percibe la solicitud por la salvación del hermano y el anhelo de que se convierta. 

¡Cuan estrechamente enlazadas entre sí están en este texto el delito personal del individuo y la vida de toda la comunidad! El delito no queda supeditado solamente a la Iglesia «oficial», es decir, al actual sacramento de la penitencia, sino a la responsabilidad de todos los miembros. Esta responsabilidad está en primer lugar dividida y se expresa en una actividad distribuida. Primero se obliga al individuo a la corrección fraterna, luego otros deben prestar ayuda y sólo al fin se debe apelar a la última instancia. La actuación extrasacramental y la sacramental están, pues, relacionadas entre sí, pero las dos juntas se encaminan a la salvación del pecador. Para reavivar la práctica del sacramento de la penitencia se habría ganado mucho, si esta diversidad coordinada penetrara con más vigor en nuestra conciencia. 

v. 19.

19 Os aseguro que si dos de vosotros unen sus voces en la tierra para pedir cualquier cosa, la conseguirán de mi Padre que está en los cielos. 

Aquí propiamente no se habla de la oración en el nombre de Jesús. El peso recae en lo comunitario. Los hermanos deben convenir entre sí y llegar a un acuerdo sobre lo que deben pedir. El número más reducido de la comunidad, o sea dos hermanos solos ya bastan para garantizar la promesa. Entre el cielo y la tierra existe una inmediata acción recíproca. Lo que aquí se resuelve y es sostenido en común delante de Dios, podemos estar seguros de que será escuchado. Con ello no se dice que la oración privada del individuo no tenga esta seguridad, sino solamente que hay una garantía absoluta de que el Padre celestial atiende el ruego común. El que así ruega, conoce y desempeña su papel como «niño». No confía en sí, sino en la inteligencia de los hermanos en la elección de lo que piden, y en la virtud del ruego común, y juntamente con ellos confía en el poder de Dios. 

No se nombra lo que se pide en la oración. «Cualquier cosa» es una expresión general. Ciertamente se supone que sólo puede pedirse lo que, con espíritu de fe y de solidaridad con Dios y con Jesucristo, se conoce como importante y como digno de ser escuchado. Mediante esta práctica comunitaria resulta mayor la garantía de que se trata de una cosa digna de ser atendida. Pero aquí hay que fijarse en la conexión entre el procedimiento correccional y la oración de la comunidad. Están mutuamente conectadas la solicitud por el pecador y la oración. Las súplicas de la Iglesia por el hermano que se aparta del camino, también forman parte de lo que pide la Iglesia en la oración. Están sostenidos por la oración común todos los actos de corregir y amonestar, de hacer venir los testigos y de pronunciar la sentencia, de excluir de la comunidad y de readmitir en la misma.

v. 20.

20 Porque donde están dos o tres congregados por razón de mi nombre, allí estoy yo entre ellos. 

El pequeño grupo que se reúne para orar, está asistido por la presencia del Señor. Jesús está presente entre ellos, si están juntos por razón de su nombre. Eso quiere decir que la comunidad entre ellos se funda en la común confesión de Jesús, el Mesías. Éste es el plano en que ellos están, la fuerza aglutinante que los junta. Con el nombre se alude a toda la existencia y ser del que se nombra. Si están congregados por razón del nombre, la efectividad y el poder del Señor, entonces Jesús está presente de una forma verdadera y real. La confesión común, en cierto modo le fuerza a estar presente. Aquí también se piensa en el grupo más pequeño posible, bastan «dos o tres» para hacer patente aquí y en este momento la gloria del Señor.

En la recopilación de los proverbios de los padres, que es una parte notable de la tradición rabínica, hay una frase que manifiesta el mismo pensamiento aplicado a la ley del pueblo de Dios: «Pero si dos están sentados juntos y se ocupan de las palabras de la torah, la shekiná está entre ellos (Abot 3,2). Shekiná significa «la habitación», «la presencia»[53]. La meditación comunitaria de las palabras de la ley, que contienen la voluntad de Dios, hacen que esté presente el mismo Dios. Ahora es el mismo Señor glorificado el que está entre los discípulos. Jesús a quien se llama la «imagen del Dios invisible» (cf. Col 1,15), que vino por mandato del Padre, de cuya voluntad dio perfecto testimonio y que «puso su morada» (cf. Jn 1,14) mucho más cerca de Yahveh que ningún otro puede ser llamado en un sentido muy profundo shekiná, la habitación de Dios en la tierra. En él está Dios presente por completo. Vive como Señor glorificado en medio de su grupo fiel, vive tan cerca, como antes vivía siendo un hombre entre los hombres. 

Si se mira todo el texto en conjunto (18,15-20), resplandece en él una profunda imagen de la Iglesia. Ésta tiene su firmeza en la común confesión del nombre de Jesús, del nombre sólo por medio del cual tenemos la salvación (cf. Act 4,12). En esta confesión el mismo Jesús se hace presente. Con él Dios mora entre los hombres, él es la habitación de Dios. Mediante la presencia de Jesús se encauza la oración comunitaria y se le da seguridad de ser atendida. Mediante esta presencia un veredicto de la comunidad logra también la garantía de la validez divina. 

Esta promesa es el motivo de la inquebrantable conciencia que la Iglesia tiene de sí misma, y de su indestructible gozo aquí en la tierra. 


Notas

52. En muchos manuscritos importantes se dice «contra ti», expresión que no se encuentra en otra serie de manuscritos. A la luz de la crítica textual, no hay dificultades en admitirla como perteneciente al texto original. La otra lectura es más difícil; este aditamento pudo haberse deslizado por paralelismo con Mt 18,21 y Lc 17,4. Si se prescinde de esta añadidura, el texto resulta más radical.
53. «En la literatura rabínica, shekiná es la denominación de Dios en cuanto habita en medio de su pueblo» (H. HAAG, Diccionario de la Biblia. Herder, Barcelona 1967 col. 1812). Nota del traductor. 

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