Mt 18, 21—19,1: Parábola sobre el perdón y la misericordia

Texto Bíblico

21 Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». 22 Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. 23 Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. 24 Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. 25 Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. 26 El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. 27 Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. 28 Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. 29 El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. 30 Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. 31 Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. 32 Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. 33 ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. 34 Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. 35 Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Francisco de Sales, obispo

Sermón: Perdonar al hermano de todo corazón

Sermón para el Viernes santo, 25-03-1622.

«¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» (Mt 18,33)

La primera palabra que nuestro Señor pronunció sobre la cruz fue una oración por aquellos que le crucificaban; hizo lo que escribe San Pablo: ” Cristo, en los días de su vida mortal…, presentó oraciones y súplicas ” (He 5,7). Por cierto, que los crucificaban a nuestro divino Salvador no lo conocían…, porque si lo hubieran conocido no lo habrían crucificado (1Co 2,8).

Nuestro Señor pues, viendo la ignorancia y la debilidad de los que le atormentaban, comenzó a excusarles y a ofrecer por ellos este sacrificio a su Padre celeste, porque la oración es un sacrificio…: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Qué grande era la llama de amor que ardía en el corazón de nuestro dulce Salvador, que en el culmen de sus dolores, al tiempo que la vehemencia de sus tormentos parecía quitarle el poder de rezar por sí mismo, pudo por la fuerza de su caridad olvidarse de sí mismo, pero no de sus criaturas…

Quería así darnos a entender el amor que nos tenía, que no podía disminuir por ningún tipo de sufrimiento, y enseñarnos a nosotros cómo debe ser nuestro corazón con respecto a nuestro prójimo… Entonces, este divino Señor que se ha entregado para pedir perdón por los hombres, está seguro de que su petición le fue concedida, porque su divino Padre lo amaba demasiado para negarle cualquier cosa que le pidiera.

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia

Homilía: Condenar nuestros pecados y perdonar los de los demás

Homilía 61 sobre san Mateo.

«Ten paciencia conmigo» (Mt 18,26)

Cristo nos pide dos cosas: condenar nuestros pecados y perdonar los de los otros; hacer la primera cosa a causa de la segunda, que así será más fácil, porque el que se acuerda de sus pecados será menos severo hacia su compañero de miseria. Y perdonar no sólo de palabra, sino desde el fondo del corazón, para no volver contra nosotros mismos el hierro con el cual queremos perforar a los otros. ¿Qué mal puede hacerte tu enemigo que sea comparable al que tú mismo te haces con tu acritud?…

Considera, pues, cuantas ventajas sacas si sabes soportar humildemente y con dulzura una injuria. Primeramente mereces –y es lo más importante- el perdón de tus pecados. Además te ejercitas a la paciencia y a la valentía. En tercer lugar, adquieres la dulzura y la caridad, porque el que es incapaz de enfadarse contra los que le han disgustado, será mucho más caritativo aún con los que le aman. En cuarto lugar arrancas de raíz la cólera de tu corazón, lo cual es un bien sin igual. El libera su alma de la cólera, evidentemente arranca de ella la tristeza: no gastará su vida en penas y vanas inquietudes. Así es que, odiando a los otros nos castigamos a nosotros mismos; amándolos nos hacemos el bien a nosotros mismos. Por otra parte, todos te venerarán, incluso tus enemigos, aunque sean los demonios. Mucho mejor, comportándote así ya no tendrás más enemigos.

San Doroteo de Gaza

Instrucción: Acusarse a sí mismo

Instrucción sobre la acusación de sí mismo, 7,1-2: PG 88, 1695-1699.

«La causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo» (cf. Mt 18,35)

Tratemos de averiguar, hermanos, cuál es el motivo principal de un hecho que acontece con frecuencia, a saber, que a veces uno escucha una palabra desagradable y se comporta como si no la hubiera oído, sin sentirse molesto, y en cambio, otras veces, así que la oye, se siente turbado y afligido. ¿Cuál, me pregunto, es la causa de esta diversa reacción? ¿Hay una o varias explicaciones? Yo distingo diversas causas y explicaciones y sobre todo una, que es origen de todas las otras, como ha dicho alguien: «Muchas veces esto proviene del estado de ánimo en que se halla cada uno».

En efecto, quien está fortalecido por la oración o la meditación tolerará fácilmente, sin perder la calma, a un hermano que lo insulta. Otras veces soportará con paciencia a su hermano, porque se trata de alguien a quien profesa gran afecto. A veces también por desprecio, porque tiene en nada al que quiere perturbarlo y no se digna tomarlo en consideración, como si se tratara del más despreciable de los hombres, ni se digna responderle palabra, ni mencionar a los demás sus maldiciones e injurias.

De ahí proviene, como he dicho, el que uno no se turbe ni se aflija, si desprecia y tiene en nada lo que dicen. En cambio, la turbación o aflicción por las palabras de un hermano proviene de una mala disposición momentánea o del odio hacia el hermano. También pueden aducirse otras causas. Pero, si examinamos atentamente la cuestión, veremos que la causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo.

De ahí deriva toda molestia y aflicción, de ahí deriva el que nunca hallemos descanso; y ello no debe extrañarnos, ya que los santos nos enseñan que esta acusación de sí mismo es el único camino que nos puede llevar a la paz. Que esto es verdad, lo hemos comprobado en múltiples ocasiones; y nosotros, con todo, esperamos con anhelo hallar el descanso, a pesar de nuestra desidia, o pensamos andar por el camino recto, a pesar de nuestras repetidas impaciencias y de nuestra resistencia en acusarnos a nosotros mismos.

Así son las cosas. Por más virtudes que posea un hombre, aunque sean innumerables, si se aparta de este camino, nunca hallará el reposo, sino que estará siempre afligido o afligirá a los demás, perdiendo así el mérito de todas sus fatigas.

San Cesáreo de Arlés, obispo

Sermón: Dos tipos de misericordia

Sermón 25, 1: CCL 103, 111-112.

«La misericordia divina y la misericordia humana» (cf. Mt 18,27)

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dulce es el nombre de misericordia, hermanos muy amados; y, si el nombre es tan dulce, ¿cuánto más no lo será la cosa misma? Todos los hombres la desean, mas, por desgracia, no todos obran de manera que se hagan dignos de ella; todos desean alcanzar misericordia, pero son pocos los que quieren practicarla.

Oh hombre, ¿con qué cara te atreves a pedir, si tú te resistes a dar? Quien desee alcanzar misericordia en el cielo debe él practicarla en este mundo. Y, por esto, hermanos muy amados, ya que todos deseamos la misericordia, actuemos de manera que ella llegue a ser nuestro abogado en este mundo, para que nos libre después en el futuro. Hay en el cielo una misericordia, a la cual se llega a través de la misericordia terrena. Dice, en efecto, la Escritura: Señor, tu misericordia llega al cielo.

Existe, pues, una misericordia terrena y humana, otra celestial y divina. ¿Cuál es la misericordia humana? La que consiste en atender a las miserias de los pobres. ¿Cuál es la misericordia divina? Sin duda, la que consiste en el perdón de los pecados. Todo lo que da la misericordia humana en este tiempo de peregrinación se lo devuelve después la misericordia divina en la patria definitiva. Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo él mismo: Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. El mismo Dios que se digna dar en el cielo quiere recibir en la tierra.

¿Cómo somos nosotros, que, cuando Dios nos da, queremos recibir y, cuando nos pide, no le queremos dar? Porque, cuando un pobre pasa hambre, es Cristo quien pasa necesidad, como dijo él mismo: Tuve hambre, y no me disteis de comer. No apartes, pues, tu mirada de la miseria de los pobres, si quieres esperar confiado el perdón de los pecados. Ahora, hermanos, Cristo pasa hambre, es él quien se digna padecer hambre y sed en la persona de todos los pobres; y lo que reciba aquí en la tierra lo devolverá luego en el cielo.

Os pregunto, hermanos, ¿qué es lo que queréis o buscáis cuando venís a la iglesia? Ciertamente la misericordia. Practicad, pues, la misericordia terrena, y recibiréis la misericordia celestial. El pobre te pide a ti, y tú le pides a Dios, aquél un bocado, tú la vida eterna. Da al indigente, y merecerás recibir de Cristo, ya que él ha dicho: Dad, y se os dará. No comprendo cómo te atreves a esperar recibir, si tú te niegas a dar. Por esto, cuando vengáis a la iglesia, dad a los pobres la limosna que podáis, según vuestras posibilidades.


Comentarios exegéticos

Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): Perdón ilimitado

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1050-1052.

La presente sección se abre enunciando un principio básico de la vida cristiana: la reconciliación y el perdón. El lector del evangelio ya lo conoce por otras palabras de Jesús (5,23ss.) y la oración específicamente cristiana, el Padrenuestro, lo recuerda constantemente. Los números utilizados por la pregunta de Pedro y, sobre todo, por la respuesta de Jesús hablan de un perdón ilimitado. El patrón que se tiene delante, tanto para la pregunta como para la respuesta, es el de la venganza: si Caín fue vengado siete veces, Lamec lo será setenta veces siete (Gen 4,24). La contrapartida del principio pagano de la venganza sin límite es el principio cristiano del perdón ilimitado. 

La parábola que viene a continuación es una aclaración práctica y concreta del principio enunciado. La venganza era una ley sagrada en todo el Oriente; el perdón era humillante. Nuestra parábola es como un drama en cuatro actos: deuda, misericordia, crueldad y justicia. 

Un hombre debía diez mil talentos. Una suma exorbitante: unos siete millones de dólares. El auditorio de Cristo no podía imaginar deuda semejante. Los oyentes de Jesús debían llegar a la conclusión siguiente: es imposible que el siervo en cuestión pueda pagar su deuda. En resumen, se trata de una deuda impagable. 

El acreedor da orden de venta de todo cuanto su deudor tiene: él mismo, su mujer, familiares y cosas. Es un rasgo parabólico: el dinero obtenido de la venta de todo y de todos seria una cantidad ridícula, absolutamente desproporcionada con la deuda. La orden de venta pretende únicamente poner de relieve la indignación del señor ante la deuda de aquel siervo suyo. Este reacciona de la única forma que le es posible: suplica y promete. Así se ha preparado ya la reacción del rey: le condonó toda la deuda. Su magnanimidad le hizo ir mucho más allá de lo que el siervo podía imaginarse. 

El deudor perdonado se convierte en deudor despiadado. La deuda que un compañero suyo tenía con él era absolutamente ridícula en comparación con la que el rey acababa de perdonarle a él. Quiere ahogarlo. Y ahora se repite la misma escena que había protagonizado él ante el rey: suplica y promete. Pero en este caso todo resulta inútil y lo mete en la cárcel hasta que le pague todo lo que le debía. 

Los compañeros que sabían todo lo que había ocurrido, se lo cuentan al rey. Este, indignado por aquel proceder incalificable, le retira el perdón y le aplica la justicia. Este deudor despiadado vivirá en adelante bajo el látigo de los torturadores, porque nunca será capaz de compensar su deuda con el rey. 

Así hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonare cada uno a su hermano de todo corazón. La parábola describe las relaciones del hombre con Dios y de los hombres entre si. La deuda de diez mil talentos, impagable en todo caso, simboliza la situación del hombre pecador, de todo hombre, a quien Dios perdona por pura gracia. La actitud del siervo despiadado retrata la ruindad del corazón humano. Unos a otros nos debemos cien denarios. Una ridiculez en comparación con lo que nos ha sido perdonado. ¿Cuál debe ser la reacción del hombre frente al prójimo? 

Dios abre la gracia de su perdón de una manera insospechada para el hombre. Pero retira esta ola de indulgencia jubilar ante los corazones ruines que niegan el perdón al prójimo. Y en el día del juicio el deudor despiadado será medido con la medida de la justicia (ver el comentario a 7,1-5). 

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: La Alianza de la compasión

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 197-199.

Josué 3, 7-10a. 11.13-17.

El relato de la travesía del Jordán tiene relación con el santuario de Gilgal. Cuenta un acontecimiento histórico. En efecto, las tribus de Efraín y de Benjamín atravesaron el Jordán en las cercanías de Jericó. De hecho, esta travesía no necesitaba de ningún milagro, pues el Jordán podía ser atravesado vadeando (cfr. Jos 2, donde unos espías lo atraviesan dos veces). Sin embargo, por debajo del relato se adivina un acontecimiento que fue tenido por milagroso. El relato insiste, en efecto, en el hecho de que los israelitas atravesaron el río a pie enjuto, a pesar de que, como consecuencia del derretimiento primaveral de las nieves, el río venía crecido. Ahora bien, diferentes crónicas han relatado hechos semejantes: por ejemplo, la parada y el amontonamiento de las aguas, río arriba, como consecuencia de algún derrumbamiento de tierras. Podemos suponer, con R. de Vaux, que, o bien los israelitas fueron testigos de algún suceso semejante que sirvió de telón de fondo al relato del paso del río por parte de sus antepasados, o bien que los antepasados mismos vivieron realmente dicho acontecimiento. El relato de la travesía del Jordán podría ser entonces el resultado de la reinterpretación de un acontecimiento natural, visto como una acción del “Dios vivo”. Además, este relato habría influido en la redacción del paso del Mar Rojo (Ex 14), en su versión sacerdotal. 

En todo caso, la narración de la travesía del Jordán reviste un carácter cultual innegable. ¿Proviene quizá de alguna liturgia celebrada en el santuario de Gilgal para conmemorar el acontecimiento? Así lo han afirmado algunos. La procesión salía de Gilgal, y los sacerdotes, que llevaban el arca, tocaban el agua con los pies, mientras el pueblo, que había seguido la procesión a respetuosa distancia, era invitado a desfilar delante del arca. Pero esta hipótesis encuentra fuertes objeciones. Por ejemplo, Jos 3-4, supone que Gilgal se convirtió en un lugar sagrado común a todas las tribus, lo cual, en resumidas cuentas, nos remite a la época de Samuel-Saúl o incluso de David, en un momento en que el arca de la alianza, que se piensa desempeñó un papel destacado en la liturgia, no podía encontrarse en Gilgal. Detrás de esta hipótesis, se plantea la cuestión de saber si el culto crea la tradición. R. de Vaux ha sostenido lo contrario: que la tradición crea el culto; él ve en Jos 3-4 un “discurso sagrado” que se recitaba en Gilgal, “donde se habían erigido las doce piedras como un memorial”. Pero también es cierto que la narración conmemora algo más que un simple recuerdo: el paso del Jordán significa franquear la frontera que separa el desierto de la Tierra Prometida por Dios, con lo cual comienza una nueva época. 

Salmo 113a

El salmo 113a es el ejemplo típico de un poema teofánico que describe la conmoción de la naturaleza que acompaña a la llegada de Yahvé. Pero el poema ha sido transformado para adaptarlo a las tradiciones de la historia de la salvación, como se puede observar en el v. 1, donde se sustituye “la venida de Yahvé” por la “salida del pueblo de Israel de Egipto”. 

Mateo 18, 21-19,1.

“Si cada cual no perdona de corazón a su hermano, lo mismo hará con vosotros mi Padre Celestial.” La comunidad es el lugar donde se experimenta el perdón de Dios. Si los versículos precedentes ilustraban esta realidad insistiendo en la necesidad de la corrección fraterna, la parábola del acreedor implacable revela que la misericordia divina se expresa en el perdón ilimitado que los hermanos se otorgan entre sí. Pedro había preguntado si había que perdonar hasta siete veces, que es la cifra de la plenitud; Jesús subraya la profundidad del perdón proponiendo el número de setenta veces siete, lo cual, desde el punto de vista bíblico, significa justamente lo contrario de lo que se afirma a propósito de la venganza de Lamec (Gn 4, 24). 

La parábola muestra claramente que los pensamientos de Dios no son como los de los hombres. Entre éstos reinan la intolerancia, el rencor y la mezquindad. El acreedor se niega a perdonar una deuda ridícula, pero cree poder contar a su favor con el corazón de Dios. Sin duda, Dios está dispuesto a perdonarle su deuda -y así lo hace-, pero el acreedor no sabe discernir que es precisamente su actitud lo que constituye el obstáculo (el “escándalo “) principal para que pueda ejercerse la gracia divina. A pesar de lo cual Jesús toma el camino de Jerusalén, donde derramará su sangre por el pecado de la multitud. 

***

El pueblo errante va a instalarse en Canaán. El libro de Josué nos presenta a un pueblo de Dios fatigado de su caminar por el desierto, irritado por la incomodidad de la vida nómada, harto de la insipidez del maná, derrengado por las frías noches bajo la frágil tienda. Desea tener cuanto antes una tierra, unos campos que cultivar, unas casas como Dios manda, una ciudad, un poco de tranquilidad… Hasta ahora, las promesas de Dios habían sido objeto de esperanza; con la toma de Jericó, dichas promesas se convierten e realidad. 

El pueblo va a instalarse y, aunque el establecimiento de las tribus israelitas se ha revelado tan frágil y discutible como todas las demás conquistas, no es menos cierto que esta instalación es como una parábola. Entrar en un país es una realidad política, pero es también un símbolo. La tierra de Canaán se convierte en figura del Reino ofrecido, dado como herencia. El Evangelio abre una frontera y exige un destierro: con Jesús, pasamos a una “nueva tierra”. Y esta tierra, que es la de la promesa y la de la alianza, es también la de la compasión. 

La compasión… Es de buen tono en nuestros días tacharla de condescendiente y paternalista. Se la desprecia y, sin embargo, la compasión es el nombre que adopta el amor cuando la otra persona sufre; añade a la lástima una decisión eficaz de prestar ayuda. La tierra que se nos ofrece gratuitamente es un país en el que se vive al ritmo de Dios: ” ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Ese gran rey que quiere ajustar sus cuentas representa lo que sería Dios si fuera “justo” en el sentido corriente y jurídico de la palabra. Afortunadamente para nosotros, Dios no es así; la Buena Nueva del Evangelio pone de manifiesto el hecho de que nuestra situación actual no tiene nada que ver con una “justicia” de este tipo. Todos somos perdonados: ¡Dios nos ha perdonado sesenta millones de monedas de plata! Nos ha amado simplemente como somos: ¡mezquinos, calculadores, tramposos o ridículamente cargantes! Dios nos ha perdonado todo, y este perdón es el fundamento de su alianza. Pasamos a una tierra en la que las costumbres son nuevas, al contrario que nuestras leyes de la jungla -leyes en las que domina el provecho a ultranza, la venganza tenaz, la violencia y opresión de todo tipo-. Y nos atrevemos a decir: “Perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…” La tierra que está al otro lado del Jordán es también la tierra de la cruz y de la llamada a amar con esta clase de amor: ¡Amaos como yo os he amado!” Es la tierra de los nuevos comienzos, del nuevo génesis, en la que, al igual que en el paraíso, el hombre y Dios vivirán en comunión. Es la tierra de la nueva creación, puesto que el perdón da al otro una nueva posibilidad de existir. 

***

Señor, Dios y Padre nuestro, 
al darnos a tu Hijo, 
nos manifiestas tu compasión y tu misericordia; 
y al resucitarlo, 
nos haces pasar a la tierra de la libertad, 
de la paz y de la ternura.
Haznos vivir por tu Espíritu:
que nuestro perdón mutuo sea el signo de tu Reino, 
que nuestro amor fraterno sea ya
el comienzo de la alegría eterna. 

Biblia Nácar-Colunga Comentada

El perdón de las ofensas, 18:21-35.

Acaso sugerido por el tema de los ”pequeñuelos” y pecadores, se trata aquí este tema de caridad. ¿Cuál había de ser la actitud cristiana ante las faltas reiteradas del prójimo?

La vida está llena de reincidencias en culpas perdonadas, y la vida social, ¿va a estar sometida al juego de indefinidos perdones? Tampoco el perdón social externo debe ir contra la prudencia y el honor. Pero aquí se trata de la actitud sincera de perdón ante Dios (Mt 5:38-45).

Pedro, que plantea el problema, lo lleva al extremo de preguntar si incluso ha de perdonar “siete veces,” número muchas veces simbólico de lo universal (Gen 4:24). La pregunta de Pedro es equivalente a saber si tiene que perdonar siempre. El judaísmo discutía el número legal de veces a perdonar; generalmente eran cuatro. Pero era un perdón externo. La respuesta de Cristo es afirmativa, con el grafismo oriental, de perdonar no sólo “siete veces,” sino “setenta veces siete.” Y para hacer más gráfica la enseñanza se expone una parábola de Cristo.

El “talento” era una unidad fundamental de peso; indicaba un peso determinado de dinero. El “talento” comprendía 60 “minas” = 6.000 “dracmas áticas.” La “dracma ática” era equivalente al “denario.” Y éste era la paga diaria de un jornalero (Mt 20:1). Por eso la deuda de 10.000 “talentos” era equivalente a 60 millones de ”denarios.” La deuda era, pues, fabulosa.

La escena, como parabólica, utiliza deliberadamente datos artificiosos por su exclusiva finalidad pedagógica. Por ejemplo, Perea y Galilea daban anualmente a Antipas 200 “talentos”; Idumea, Judea y Samaría daban anualmente a Arquelao 600 “talentos”. El servidor podría haber sido un valido que había defraudado la confianza del dueño.

Se manda, para compensar en parte, vender a su mujer, hijos y propiedades. En los contratos de entonces entraba la responsabilidad familiar (2 Re 4:1; Dan 6:24; Est l6:18). Mas el análisis de los datos hace ver que se trata de la pintura de una corte oriental, pero no judía. Con ello se ve lo inverosímil de poder, con esta venta, lograr ni una cantidad respetable ante la deuda de los 10.000 “talentos.” Es un dato más alegorizante en la parábola para acusar la misericordia de su señor con él. Por lo que, no pudiendo pagar, el dueño se lo perdona todo.

Pero se contrapone la conducta de este siervo perdonado con lo que exige a otro consiervo para que le pague, inmediatamente, una pequeña deuda: 100 ”denarios.” Y al no pagarlos, lo mete en la cárcel. Enterado el rey, lo manda encarcelar hasta que pague la deuda.

La parábola se alegoriza en parte. Son varios los puntos doctrinales que se destacan.

a) El motivo por el que el consiervo debía haber perdonado: el que el rey — Dios — le había perdonado a él. “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5:43-48; cf. Col 3:12-15; Sant 2:13).

b) También se percibe, alegorizada, la distancia entre el perdón del rey al siervo (60.000.000 de denarios”) y lo que no quería perdonar aquel otro siervo (100 “denarios”). Esto habla de la deuda infinita del perdón de Dios a los seres humanos, y la pequeñez de perdón de los seres humanos entre sí.

c) Pero el punto central es la necesidad de perdonar para que Dios perdone. Es el Paternóster (cf. 1 Jn 4:20).

A la hora de esta redacción evangélica se refleja los problemas internos eclesiales, que exigían resolverlos — lo que no es destruir la justicia — con la caridad y el perdón.

Pequeña indicación geográfica y milagrosa, 19:1-2 (Mc 1:1; Lc 16:18).

Después de la larga actividad de Cristo en Galilea, que ha ocupado casi todo el ministerio público de Cristo en Mt (c.4-18; cf. 4:12), lo sitúa en las “partes de Judea al otro lado del Jordán” (v.1), que es Perea. Luego lo pondrá subiendo a Jerusalén (20:17) y después hará su entrada el día de Ramos (c.21). Esta estancia en Perea es estable (Jn 10:40). A Perea ha debido ir desde Jerusalén, como indica Jn, y pasando por Betania. Así se explica también cómo las hermanas de Lázaro sabían dónde estaba Jesús. Mt aquí, como en otras ocasiones, va jalonando su evangelio con cuadros genéricos — impactos psicológicos — en los que resume y expone la obra grandiosa de Jesús: su autoridad mesiánica.

G. Zevini, Lectio Divina (Mateo): El perdón y el deudor despiadado

Verbo Divino (2008), pp. 337-346.

La Palabra se ilumina

Pedro le plantea a Jesús una pregunta que tiene una gran importancia para toda la comunidad: «¿Cuántas veces hay que perdonar al hermano en caso de recibir una ofensa personal?». La práctica judía preveía que se perdonara una misma culpa hasta tres veces. Pedro, al preguntar si basta con «siete veces» (número que indica la perfección), se muestra disponible a un perdón generoso. Sin embargo, Jesús da una vez más un vuelco a la perspectiva yendo más allá de la ley establecida: es preciso perdonar «setenta veces siete», o sea, siempre. 

Es fácil percibir en la respuesta del Maestro una alusión al «canto de la espada» de Lámec (Gn 4,23s), que pretendía para sí una venganza de «setenta veces siete» superior a la fijada por Dios para Caín. La petición de Jesús exige, por tanto, un cambio radical de mentalidad, un cambio que haga pasar al hombre de la atención a sí mismo y de la reivindicación de sus propios derechos al amor desmesurado y gratuito por el otro. Ésta es la verdadera conversión que restaura en él su semejanza original con Dios, haciéndole «perfecto» como su Padre, es decir, misericordioso más allá de todo cálculo y medida. 

El fragmento, para hacer más claro y eficaz el mensaje, prosigue con la parábola del siervo sin entrañas. Ésta, exclusiva de Mateo, se articula en tres escenas; las dos primeras -simétricas- ponen en clara contraposición los dos diferentes comportamientos que se pueden asumir frente a un deudor: la misericordia hasta «perjudicarse» a sí mismo en favor de los otros, o la dureza hasta aniquilar a los otros en beneficio de los propios intereses (vv. 24-27; 28-30); la tercera escena describe el castigo reservado a quien no es capaz de ser benévolo. Los tonos empleados son los propios del judaísmo escatológico, que revelan que la parábola ha sido adaptada en vistas a las exigencias eclesiales de la comunidad judeocristiana a la que se dirige el evangelista. 

Por una parte, hay un siervo «inicuo», que pide a su señor tiempo para saldar su deuda y no sólo obtiene un aplazamiento, sino la condonación total (cien mil talentos es una suma que nunca hubiera podido reembolsar); por otra, este mismo siervo, agraciado, en vez de derramar sobre los otros la misericordia que han usado con él, se muestra duro e inflexible hasta el punto de no perdonar una pequeña deuda a un consiervo suyo que le debe una cifra irrisoria. Él mismo se condena. En efecto, tal como nos recuerda la oración que nos enseñó Jesús, para obtener el perdón del Padre también nosotros debemos perdonar a los hermanos. La naturaleza herida por el pecado sería incapaz de esto; por eso Jesús, el perdón del Padre, ha venido a clavar en la cruz el documento de nuestra deuda y a derramar en nuestros corazones su Espíritu de amor. 

La Palabra me ilumina

Para quien ha encontrado a Cristo y en él ha conocido la misericordia del Padre que perdona y renueva la vida, la piedad con los hermanos se convierte en un deber imprescindible: « ¿No debías haber tenido…?». Cuando el corazón del hombre ha conocido los amplios horizontes del verdadero amor, cuando ha descubierto que cada uno de nosotros ha sido pensado y querido desde la eternidad por un designio que le arranca del anonimato y de la desesperación del sinsentido para hacerle cooperador de la salvación universal, inevitablemente se adquiere también una mirada diferente sobre los hombres, reconocidos en Cristo como hermanos. 

El amor tiene una ley propia fundamental: cuando se comparte con los otros, se multiplica; cuando lo retenemos para nosotros mismos, se deteriora en egoísmo. Así como una llamita no se apaga si enciende otras, sino que hace aumentar la luz, así el amor del Señor, propagado, se vuelve un río impetuoso que derriba todas las barreras, supera todo limite en un crescendo de caridad que llega a abarcar toda la humanidad. 

Por el contrario, si el comportamiento esta en abierta contradiccion con la fe profesada, la incoherencia se convierte en un gran obstaculo para la fe de los hermanos. Un cristiano que no sea capaz de perdonar y hasta probablemente conserve en su corazón sentimientos de rencor, no se perjudica solo a si mismo, sino también a los otros a los que escandaliza. En efecto, el encuentro con Cristo no es autentico si no transforma radicalmente las relaciones interpersonales a partir de las que tenemos con las personas que viven a nuestro lado. 

No siempre resulta fácil -más aún, en ocasiones puede resultar muy difícil- superar ciertas reacciones interiores frente a los que nos han causado sufrimiento. Para vencer la resistencias instintivas no hay camino más seguro que mantener fija la mirada en Jesus crucificado. Con excesiva frecuencia olvidamos todo lo que el Señor nos ha perdonado y nos perdona continuamente, mientras que tenemos una memoria optima para cobrarnos el más pequeño desaire recibido. Nuestro «yo» se muestra a menudo un monarca absoluto a quien todos deben honor y reverencia: ¡ay de él si alguien se permite ofender tal majestad! Sucede entonces que, mientras no honramos nunca de manera suficiente a nuestro Señor y Salvador, reclamamos justicia por cualquier nadería. Solo un amoroso recuerdo del sacrificio de Cristo podrá arrancarnos del pecho ese corazón de piedra y enseñarnos la dulce compasión de Dios. 

La Palabra en el corazón de los Padres

Dos cosas, pues, son las que de nosotros quiere aquí el Señor: que condenemos nuestros propios pecados y que perdonemos los de nuestro prójimo. Y la condonación del Señor esta en función del perdón, porque lo uno haga más fácil lo otro; pues aquel que considera sus propios pecados, estará más dispuesto al perdón de su compañero. Y no perdonar simplemente de boca, sino de corazón, pues de lo contrario, manteniendo el rencor, no hacemos sino clavarnos la espada a nosotros mismos. Porque ¿qué es lo que pudo haberte hecho tu ofensor comparado con lo que tú te haces a ti mismo cuando enciendes tu ira y te atraes contra ti la sentencia condenatoria de Dios? 

Porque, si estas alerta y sabes obrar filosóficamente, todo el mal recaerá sobre la cabeza del ofensor y el será quien lo pague todo. Mas, si te obstinas en tu malhumor y enfado, entonces el daño será para ti: no el que te hace tu enemigo, sino el que te haces tú a ti mismo. No digas, pues, que te injurio y te calumnio y te hizo males sin cuento, pues cuanto más digas, más demuestras que es un bienhechor tuyo. Porque el te ha dado ocasión de expiar tus pecados. Si más te hubiera agraviado, de mayor perdón hubiera sido causa. Verdaderamente, si nosotros queremos, nadie será capaz de agraviarnos ni dañarnos. Nuestros mismos enemigos nos harán los mayores favores. Y no digo solo los hombres. e.Puede haber algo más perverso que el diablo? Y, sin embargo, hasta el diablo puede ser para nosotros ocasión de la mayor gloria, como lo demuestra la historia de Job. Si, pues, el diablo puede ser para ti ocasión de corona, ¿a qué temes a un hombre enemigo? Mira, si no, cuánto ganas sufriendo con mansedumbre los ataques de tus enemigos. 

En primer lugar, y ésta es la mayor ganancia, te libras de tus pecados; en segundo lugar, adquieres constancia y paciencia; en tercer lugar, ganas mansedumbre y misericordia, porque quien no sabe irritarse contra quienes le ofenden y dañan, con más razón será suave con los que le quieren. En cuarto lugar, te limpias definitivamente de la ira. ¿Y puede haber bien comparable a éste? Porque el que está puro de ira, evidentemente también estará libre de la tristeza, de la que es fuente la ira, y no consumirá su vida en vanos afanes y dolores. El que no sabe irritarse no sabe tampoco estar triste, sino que gozará de placer y de bienes infinitos. 

En conclusión, cuando a los otros aborrecemos, a nosotros mismos nos castigamos; y al revés, a nosotros mismos nos hacemos beneficio cuando a los otros amamos. Sobre todo esto, tus mismos enemigos, aun cuando fueren demonios, te respetarán; o, por mejor decir, con esta actitud tuya, ni enemigos tendrás en adelante. En fin, lo que vale más que todo y es lo primero de todo: así te ganarás la benevolencia de Dios; y, si has pecado, alcanzarás perdón; si has practicado el bien, añadirás nuevo motivo de confianza. 

Esforcémonos, pues, por no odiar a nadie, a fin de que Dios nos ame. Así, aun cuando le debamos diez mil talentos, se compadecerá de nosotros y nos perdonará. ¿Pero dices que te perjudicó tu enemigo? Pues tenle compasión, no le aborrezcas; llórale, no le rechaces. Porque no eres tú el que ha ofendido a Dios, sino él; tú más bien has adquirido gloria, si lo sabes llevar pacientemente. Considera que, cuando Cristo iba a ser crucificado, se alegró por sí y lloró por los que le crucificaban. Tal ha de ser también nuestra disposición del alma: cuanto más se nos agravie y perjudique, tanto más hemos de llorar a quienes nos agravian y perjudican. Porque a nosotros, sólo bien puede venirnos de ello; mas a ellos, todo lo contrario. ¡Pero es que me insultó, es que me hirió en presencia de todo el mundo! Luego en presencia de todo el mundo se cubrió de ignominia y deshonor y abrió la boca de infinitos acusadores y tejió para ti más numerosas coronas y juntó mayor coro de heraldos de tu paciencia. ¡Pero es que me calumnió delante de los otros! ¿Y qué tiene eso que ver cuando ha de ser Dios el que te ha de pedir cuentas y no esos que oyeran a tu calumniador? A sí mismo fue a quien se añadió materia de castigo, pues no sólo tendrá que dar cuenta de sus propios actos, sino también de lo que dijo contra ti. Él te desacreditó a ti delante de los hombres, pero él quedó desacreditado delante de Dios. Mas, si no te bastan estas consideraciones, piensa que también tu Señor fue calumniado no sólo por Satanás, sino también por los hombres, y calumniado ante quienes más él amaba. 

Y como el Padre, así también su Unigénito. De ahí que éste dijera: Si al amo de casa le han llamado Belcebú, mucho más se lo llamarán a sus familiares. Y no sólo calumnió al Señor aquel maligno demonio, sino que se le dio crédito, y no le calumnió en cosas de poco más o menos, sino de infamias y culpas gravísimas. En efecto, de él hizo correr que era un endemoniado, impostor y enemigo de Dios. Mas ¿es que después de hacer beneficio se te ha pagado con malos tratos? Pues por eso justamente has de llorar por quien te los ha dado y alegrarte por ti, porque has venido a ser semejante a Dios, que hace salir su sol sobre buenos y malos. 

Acaso te parezca por encima de tus fuerzas el imitar a Dios. A la verdad, para quien vive vigilante, esto no es difícil. Pero, en fin, si te parece superior a tus fuerzas, yo te pondré ejemplos de hombres como tú. Ahí esta José, que, después de sufrir tanto por parte de ellos, fue el bienhechor de sus hermanos; ahí Moises, que, después de tanta insidia por parte de su pueblo, ruega a Dios por el; ahí Pablo, que, no obstante no poder ni contar cuanto sufrió por parte de los judíos, aún pedía ser anatema por su salvación; ahí Esteban, que, apedreado, rogaba al Señor que no les imputara aquel pecado. Considerando también estos ejemplos, desechemos de nosotros toda ira, a fin de que también a nosotros nos perdone Dios nuestros pecados, por la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, con quien sea al Padre y al Espíritu Santo gloria, poder y honor ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amen (Juan Crisóstomo, Comentario al evangelio según Mateo, LXI, 5). 

Caminar con la Palabra

Probemos a preguntarnos si no hay en nuestra familia, entre nuestros amigos, alguien al que no hayamos perdonado la ofensa que nos ha hecho, alguien del que nos hayamos separado pensando: «No, con esta persona ya no puedo tener nada en común». ¿O somos hasta tal punto inconscientes de que no conocemos ni siquiera uno? ¿No corremos el riesgo de que se levanten una vez uno tras otro para acusarnos: «Te separaste de mí en la discordia»; «No has sido capaz de soportarme»; «Un día te hice mal y me dejaste solo»; «Te he buscado con frecuencia y me has evitado»? En ese momento revivirán ante nosotros nombres que ni siquiera recordamos, los nombres de muchos a los que no hemos sido capaces de perdonar el pecado. 

Y entre ellos tal vez se encuentre el de un verdadero amigo, el de un hermano, el de uno de nuestros padres. Se levantaría entonces contra nosotros una Unica gran voz, amenazadora, terrible: «Has sido un hombre duro. Toda tu cortesía no te sirve de nada; todos te éramos indiferentes u odiosos; nunca has sabido lo que obra el perdón: cuanto bien hace al que lo experimenta y cuán libre hace al que lo concede». 

iTomamos tan a la ligera nuestras relaciones con los demás! Nos volvemos insensibles y pensamos que cuando no alimentamos pensamientos malos contra alguien es como si le hubiéramos perdonado. Y olvidamos por completo que no tenemos ningún pensamiento bueno respecto a él. Sin embargo, perdonar significa tener solo pensamientos buenos respecto a él, significa «llevar» al otro. Y esto es precisamente lo que evitamos; no llevamos al otro, no pasamos a su lado y acabamos por acostumbrarnos a su silencio. 

Lo que cuenta es el llevar: llevar al otro en todo, en todas las facetas de su carácter, incluso en las difíciles y desagradables, y callar ante sus errores y sus pecados, incluso ante los cometidos contra nosotros. Llevar y amar sin desistir: esto se acerca al perdón. 

Quien adopta una actitud semejante respecto al otro, respecto a su padre, respecto a un amigo, respecto a su propia mujer, respecto a su propio marido e incluso respecto a los extraños, respecto a todos los que encuentra, sabe muy bien lo difícil que resulta. Incluso llegará a decir en alguna ocasión: «No, ahora ya no puedo más. Señor, ¿cuántas veces he de perdonar? ¿Durante cuánto tiempo habré de soportar que alguien se muestre duro conmigo, que me ofenda y me hiera, que se muestre falto de atención y de delicadeza, que continúe haciéndome daño?». 

Pedro nos hace sonreír: ¡siete veces! Nos parece muy poco. Cuantas veces hemos perdonado ya y cerrado los ojos… Pero, en verdad, no debemos reírnos de Pedro. Perdonar siete veces, pero perdonar de verdad, es decir, cambiar en bien todo el daño que se nos ha hecho, trocar el mal por el bien, acoger al otro como si hubiera sido siempre nuestro hermano más querido, no es cosa de nada. Es un verdadero tormento este continuo interrogarme: «¿Cómo me las arreglaré con este, como haré para soportarle? ¿Donde empieza mi derecho?». Veamos: hagamos, pues, como Pedro, vayamos a Jesús. Si acudimos a otro o si nos interrogamos a nosotros mismos, no obtendremos ayuda alguna o sólo una ayuda pésima. Jesús, sí, Jesús puede ayudarnos realmente, aunque de una manera absolutamente sorprendente: «No te digo hasta siete —le dice a Pedro—, sino hasta setenta veces siete», y sabe muy bien que es la única manera de ayudarle (D. Bonhoeffer, Memoria e fedeltá, Qiqajon, Magnano 1995, 94-98, passim). 

W. Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt): El perdón de las ofensas

Herder (1980), Tomo II, Cf. pp. 149-159.

a) Regla del perdón (18,21-22).

vv. 21-22.

21 Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano, si peca contra mí? ¿Hasta siete veces? 22 Respóndele Jesús: No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. 

Al principio del capítulo los discípulos preguntan juntos (.18.1), al fin sólo pregunta Pedro. Él es el apóstol que ha sido tratado con distinción sobre todos mediante la transmisión del poder de las llaves para el reino de los cielos y del poder de atar y desatar (16.18s). En otros pasajes del Evangelio de san Mateo Pedro habla y obra en nombre de los discípulos “,4. Además es el apóstol que cayó y fue perdonado por el Señor (26,69ss). De una forma significativa Pedro dirige la palabra a Jesús llamándole Señor. El que está ante él no sólo es el instructor y Maestro, sino también el Señor dotado de poder y lleno de la gloria de Dios, el Señor que ordena. Este pasaje está enlazado con el precedente (18,15-20) por el hecho del pecado. Pero aquí se dice claramente que se trata de un delito contra el propio hermano, lo cual hasta entonces no se había dicho “. No se indica la clase y gravedad del delito, pero parece natural pensar en la amplia zona de las infracciones del mandamiento del amor. 

La pregunta se dirige a la medida del perdón. ¿Se puede esperar de un discípulo que se ejercite siempre en perdonar sin ninguna compensación? ¿Hay una norma con que se pueda medir la obligación de reconciliarse? 

El número siete que nombra Pedro, se dice de una forma tan típica como el siguiente número setenta veces siete. Siete es un número sagrado y ya alude a algo perfecto y total. Hasta siete veces significaría que estoy dispuesto a seguir también perdonando más allá de la única vez que ciertamente exige la obligación del amor. Aunque se repita regularmente la falta, estoy dispuesto a perdonar. Siete veces ya se dice como tope máximo. 

La respuesta de Jesús aún es más asombrosa que la medida por la que ya se ha preguntado. Pedro no sólo debe perdonar hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Este es un número, que alude a una ilimitada disposición pura perdonar. Aquí no se da la medida q u e Pedro deseaba conocer. La parábola siguiente explica el porqué del trastorno de los principios de una conducta «razonable». Aunque el hermano no mejore en modo alguno y siempre recaiga en el pecado, el otro nunca debe desistir de ejercitarse en el perdón. Ni siquiera se dice, como en san Lucas, que el hermano se convierta, que lo diga expresamente y con ello solicite el perdón (Lc 17,4). Aunque no se llegue al acto externo de reconciliarse, a la declaración oral de arrepentimiento, en el interior nunca deben tolerarse los sentimientos de enemistad y endurecimiento. El ofendido en principio con respecto al ofensor está en una situación semejante a la del deudor con respecto a su acreedor. Esto es tan sorprendente y pasmoso que se requiere necesariamente la parábola como explicación. En el libro del Génesis se transmite un antiguo canto, que Lamec, uno de los descendientes de Caín, cantó antiguamente ante sus mujeres: 

Ada y Sela, oíd mi voz;
mujeres de Lamec dad oídos a mis palabras:
Por una herida mataré a un hombre,
y a un joven, por un cardenal.
Caín será vengado siete veces,
pero Lamec lo será setenta veces siete (Gen 4,23s). 

Aquí están los dos números. Caín disfrutó de la especial protección de Yahveh, obtuvo una señal para que no pudiera matarle nadie que le encontrase (Gen 4,15). Pero si sucediera que alguien lo matara, entonces Caín sería vengado siete veces, es decir con un castigo muchísimo más grave. En su arrogante canto triunfal Lamec intenta sobrepujar a Caín. Si a Caín le corresponde una represalia séptuple, entonces a él, a Lamec, hay que vengarle de un modo feroz y desmedido. Dios se había reservado la venganza de Caín, pero ahora el mismo Lamec la reclama. Este texto está al principio del gran desorden en la creación. Poco después que la primera pareja humana fue expulsada del paraíso, Caín mató a su hermano Abel. Unas líneas más abajo, leemos aquella perversión que lo inunda todo, consistente en la desmesura en la venganza y en la sangre. El mal se reproduce de mil formas y un pecado siempre origina otros. 

Jesús da su orden contra esta temible destrucción del mundo de Dios. Fundándose en este texto de Lamec se da la primera explicación del ilimitado deber de reconciliarse. Puesto que el pecado en el mundo presenta mil maneras diferentes, sólo puede ser detenido, si se le contrapone una medida igualmente grande en el bien. Puesto que el perdón siempre debe seguir siendo la última palabra, que nunca debe pronunciar el ofensor, en todos los casos el bien alcanza la victoria. Solamente así parece posible detener la marea ascendente del pecado y superarla mediante el amor libremente dispensado. San Pablo dirá: «No te dejes vencer por el mal, sino vence al mal con el bien» (Rom 12,21). 

b) Parábola del siervo despiadado (18,23-35).

vv. 23-35.

23 A propósito de esto: el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. 

24 Cuando comenzó a ajustarías, le presentaron a uno que le debía diez mil talentos. 25 Pero, como éste no tenía con qué pagar, mandó el señor que lo vendieran, con su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que así se liquidara la deuda. 26 El siervo se echó entonces a sus pies y, postrado ante él, le suplicaba: ¡Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo! 27 Movido a compasión el señor de aquel siervo, lo dejó en libertad, y además le perdonó la deuda. 28 Al salir, aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien denarios; y, agarrándolo por el cuello, casi lo ahogaba mientras le decía: ¡Paga lo que debes! 29 El compañero se echó a sus pies y le suplicaba: ¡Ten paciencia conmigo, que te pagaré! 30 Pero él no consintió, sino que fue y lo metió en la cárcel, hasta que pagara lo que debía. 31 Al ver, pues, sus compañeros lo que había sucedido, se disgustaron mucho y fueron a contárselo todo a su señor. 32 El señor, entonces, lo mandó llamar a su presencia y le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné, porque me ¡o suplicaste. 33. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti? 34 Y el señor, enfurecido, lo entregó a los torturadores, hasta que pagara todo lo que le debía. 35. Así también mi Padre celestial hará con vosotros, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano. 

Toda la historia parece muy inverosímil. Aunque no se cuente entre los siervos a ningún sirviente bajo, sino a altos funcionarios, resulta difícil de concebir que uno de ellos pudiera haber acumulado una deuda tan enorme (10 000 talentos = unos 10 millones de dólares). Aunque se hubiese vendido al funcionario derrochador con su mujer y sus hijos, difícilmente se podría esperar que esta venta hubiese aportado tan ingente suma. El siervo, movido por la angustia, pide su libertad, y promete la devolución de la deuda. El rey por esta mera súplica se deja inducir a condonarle simplemente toda la deuda. Ni siquiera le exige una insignificante señal de buena voluntad. Además, cuando el siervo se enfrenta sin piedad con su compañero, hace que lo encierren inmediatamente en la cárcel hasta que haya reunido su exigua deuda (100 denarios = 17.5 dólares). Y finalmente el rey enojado entrega al siervo a los torturadores «hasta que pague todo lo que le debe», lo cual también excede todo lo que nos podamos imaginar. 

La historia ya contiene en su diseño la declaración de su sentido interno. Toda la parábola es transparente y hace que se trasluzca la majestad y misericordia de Dios. Todo lo que se cuenta, sólo puede decirse razonablemente de Dios. No se puede decir que a todos los pormenores de la narración resulte posible atribuirles en seguida un significado religioso, pero sí puede afirmarse que, a lo largo de toda la historia, la mirada está dirigida a Dios y a su modo de proceder. En la Sagrada Escritura se tiende a representar la relación entre Dios y el hombre con la metáfora del Señor y del siervo. Sólo Dios puede perdonar una deuda tan colosal, sólo él puede pronunciar una sentencia tan terrible. El siervo que es entregado a los torturadores, tiene que pagar toda su deuda. Puesto que la deuda era inmensa y había alcanzado cifras enormes, el siervo tendrá que expiar para siempre. El pánico de la eterna reprobación relampaguea tras las palabras que nos indican el castigo. 

La primera enseñanza de la parábola es la advertencia contra la dureza de corazón. Si los hermanos no se perdonan mutuamente, está en peligro su eterno destino. El Padre que está en los cielos procederá como el rey de la parábola, si alguien no perdona de todo corazón (18.35). El cuarto tema de nuestro capítulo y todo el discurso concluyen con estas palabras amenazadoras. En ellas recae la definitiva decisión sobre la vida humana. Sólo tiene perspectiva de que sea condonada su deuda el que antes hizo lo mismo con sus hermanos (cf. 6.15). 

Tan grande como la medida del castigo es la medida del perdón de Dios. Él es el rey que perdona la enorme deuda sólo por la simple súplica. Su clemencia es sin medida, el perdón de la culpa sobrepasa todo límite humano. Dios demuestra su omnipotencia y majestad en la grandeza de la misericordia. Pero no es esto sólo. Cada uno de los hermanos sabe que él también está obligado a tenerla si quiere subsistir ante Dios. Cada uno va acumulando pecados y se parece de algún modo al primer siervo. Si Dios le condona la deuda, está de nuevo ante Dios como siervo que vive enteramente de la munificencia y de la misericordia de su Señor. 

Solamente así resulta inteligible que la obligación con el hermano haya de tener validez sin limitaciones. El que recibe la misericordia con exceso, no puede encerrarla y endurecer su corazón. Para quien desempeña el papel de deudor, no hay nadie más que también pueda ser deudor con respecto a él. La medida con que Dios nos mide es la misma con que nosotros debemos medir. La relación con los demás hermanos se regula con nuestra relación con Dios. De aquí nace la orden de estar dispuestos sin restricciones a reconciliarnos. Solamente así se mantiene la perspectiva de ser salvado al rendir cuentas en el juicio. 

De este modo se ha elevado a un nuevo plano la relación de los hermanos entre sí. Todos ellos están relacionados como personas que viven de la misericordia del mismo Señor. Lo que se les ha encargado es obsequiarse también entre sí con esta misericordia, que se les ha concedido con exceso. En la historia se revela la conducta de Dios con el hombre con la misma profundidad que la conducta de los hombres entre sí. El que no busca su propia gloria, sino que constantemente se da poca importancia y perdona desinteresadamente, éste es el mayor en el reino de los cielos. 

v. 19, 1.

1 Cuando Jesús acabó estos discursos, partió de Galilea y se fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán. 2 Le siguieron grandes multitudes y realizó curaciones allí. 

Por cuarta vez el evangelista concluye uno de los grandes discursos de Jesús con las mismas palabras. Al mismo tiempo Mateo designa aquí una nueva sección en la obra del Mesías. Galilea y Judea se excluyen entre sí. La precedente actividad de Jesús se efectuó según el modo de ver que el evangelista adoptó en su relato, en el ámbito de Galilea con muy pocos cruces de frontera “. Aquí un nuevo ámbito entra en el campo visual del lector. Inicialmente parecen las palabras a la región de Judea algo indeterminadas. Paulatinamente aparece con mayor claridad la dirección en que se mueve la comitiva del maestro. Pero con el nombre de Judea resuena lo crítico y decisivo. Ya hace tiempo sabemos lo que sucederá en Judea, sobre todo en Jerusalén. y lo que de allí hay que esperar (cf. 2,3; 15.1). Estamos preparados especialmente por medio de vaticinios de la pasión (16,21s; 17.22s). Pronto seguirá un nuevo vaticinio (20.17-19). Desde la confesión mesiánica de Pedro se sabe adonde se va. La inestable vida errante es relevada por el camino resuelto hacia Jerusalén. Jesús llega a Judea. que ya no abandonará hasta su muerte. Judea es el recinto de la crisis. Galilea fue eJ recinto del comienzo primaveral, y será el recinto de la revelación de Jesús resucitado (28,16). 

«Al otro lado del Jordán» es una expresión que aquí solamente indica que Jesús no tomó el camino directo a través de Samaría, sino que dio un rodeo por oriente del Jordán, pasando por la ciudad de Jericó situada en el camino hacia Jerusalén (20,29)…

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