Mt 20, 17-28: Petición de los hijos de Zebedeo

Texto Bíblico

17 Mientras iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino: 18 «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte 19 y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará».
20 Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición. 21 Él le preguntó: «¿Qué deseas?». Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda». 22 Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?». Contestaron: «Podemos». 23 Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre». 24 Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos. 25 Y llamándolos, Jesús les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. 26 No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, 27 y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. 28 Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Agustín de Hipona

Sobre los Salmos: ¿Queréis veros enaltecidos antes de ser humillados?

«No sabéis lo que pedís» (Mt 20,22)
Salmo 126


«Es en vano que madruguéis» (Sal (126,2)... Así eran los hijos de Zebedeo quienes, antes de haber sufrido la humillación en conformidad con la Pasión del Señor, ya habían escogido su sitio, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Querían «levantarse antes de la Aurora»... También Pedro se había levantado antes de la Aurora, cuando dio al Señor el consejo de que no sufriera por nosotros. Efectivamente, el Señor había hablado de su Pasión que debía salvarnos y de sus humillaciones, y Pedro, que poco antes había confesado que Jesús era el Hijo de Dios, se estremeció ante la idea de su muerte y le dijo: ¡No lo permita Dios, Señor! Sálvate a ti mismo. Eso no puede pasarte.» (cf. Mt 16,22). Quería ser más que la Luz, dar un consejo al que es la Luz. Pero, ¿qué hace el Señor? Ha hecho que se ponga detrás de la Luz diciéndole: «¡Quítate de mi vista»... «Ponte detrás de mí para que yo camine delante de ti y tú me sigas. Pasa por el mismo camino que yo, en lugar de querer enseñarme el camino por el que tú quieres andar»...

¿Por qué, pues, hijos del Zebedeo, queréis pasar antes que el Día? Esta es la pregunta que es preciso ponerles; no se van a enfadar porque estas cosas están ya escritas para ellos con el fin de que nosotros sepamos preservarnos del orgullo al cual ellos han caído. ¿Por qué querer pasar antes que el Día? Es en vano. ¿Queréis veros enaltecidos antes de ser humillados? El mismo Señor vuestro, el que es vuestra luz, se humilló para ser enaltecido. Escuchad lo que dice Pablo: «Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo... Actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo (Flp 2,6s)

Tito Brandsma

La mística del sufrimiento: En la cruz está la victoria y la salvación

«Estamos subiendo a Jerusalén» (Mt 20,17)


El mismo Jesús se declaró cabeza del Cuerpo místico del que nosotros somos los miembros. Él es la vid; nosotros los sarmientos (Jn 15,5). Se extendió sobre la prensa y se puso a pisarlo; nos dio así el vino para que bebiéndolo, pudiéramos vivir de su vida y compartir sus sufrimientos. "El que quiera hacer mi voluntad, que tome cada día su cruz. El que me sigue tiene la luz de la vida. Soy el camino. Os di ejemplo con el fin de que vosotros también hagáis, lo que yo hice por vosotros" (Lc 9,23; Jn 8,12; 14,6; 13,15). Y como sus discípulos no comprendían, que su camino debía ser un camino de sufrimiento, se lo explicaba diciendo: "¿No hacía falta que Cristo sufriera todo esto para entrar en su gloria?" (Lc 24,26).

Entonces el corazón de los discípulos ardía en su interior (v. 32). La Palabra de Dios los inflamaba. Y cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos, como una llama divina, para abrasarlos (Hch. 2), se sentían felices de sufrir desprecio y persecución (Hch. 5,41), porque así se parecían al que los había precedido en el camino del sufrimiento. Los profetas ya habían anunciado este camino de sufrimiento de Cristo, y los discípulos comprendían por fin que no lo había evitado. De la cena al suplicio de la cruz, pobreza y falta de comprensión fueron su heredad. Había pasado su vida enseñándoles a los hombres que la mirada de Dios en el sufrimiento, la pobreza, la incomprensión humana, es diferente de la loca sabiduría del mundo (1Co 1,20)... En la cruz está la salvación. En la cruz está la victoria. Dios lo quiso así.

Basilio de Seleucia

Sermón: Ha hecho del Reino el objeto de su súplica

«Manda que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda» (Mt 20,21)
24: PG 85, 282ss


¿Quieres conocer la fe de esta mujer? Considera, pues, el momento de su petición... La cruz estaba cercana , la pasión inminente, la muchedumbre de los enemigos a punto. El Maestro habla de su muerte, los discípulos se inquietan: antes de la pasión se estremecen al oír hablar de ella. Lo que escuchan los espanta y quedan turbados. En este momento, esta madre se distancia del grupo de los apóstoles y pide el Reino y un trono para sus hijos.

¿Qué dices, mujer? ¿Oyes hablar de la cruz y pides un trono? Se trata de la pasión y tú deseas el Reino. Abandonas a los discípulos a sus miedos y temores. Pero ¿de dónde te puede venir este deseo de dignidades? ¿Qué es lo que te lleva a pedir un reino para tus hijos, después de todo lo que acabas de escuchar?...

Yo veo, dice ella, la pasión, pero preveo también la resurrección. Veo alzada la cruz y contemplo el cielo abierto. Miro los clavos, pero también veo el trono... He oído al Señor decir: «Os sentaréis en doce tronos» (Mt 19,28) Veo el porvenir con los ojos de la fe.

Esta mujer se adelanta, me parece a mí, a las palabras del ladrón. El, en la cruz, pronuncia esta oración: «Acuérdate de mí, cuando llegues a tu Reino.» (Lc 23,42) Antes de la cruz, ha hecho del Reino el objeto de su súplica...¡Deseo grande, perdido en el futuro! Lo que el tiempo escondía lo veía la fe.

Juan Crisóstomo

Sobre el Evangelio de san Mateo: Partícipes de la pasión de Cristo

«El cáliz que yo voy a beber lo beberéis» (Mt 20,23)
Homilía 65, 2-4: PG 58, 619-622

PG

Los hijos de Zebedeo apremian a Cristo, diciéndole: Ordena que se siente uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. ¿Qué les responde el Señor? Para hacerles ver que lo que piden no tiene nada de espiritual y que, si hubieran sabido lo que pedían, nunca se hubieran atrevido a hacerlo, les dice: No sabéis lo que pedís, es decir: «No sabéis cuán grande, cuán admirable, cuán superior a los mismos coros celestiales es esto que pedís.» Luego añade: ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar? Es como si les dijera: «Vosotros me habláis de honores y de coronas, pero yo os hablo de luchas y fatigas. Éste no es tiempo de premios, ni es ahora cuando se ha de manifestar mi gloria; la vida presente es tiempo de muertes, de guerra y de peligros.»

Pero fijémonos cómo la manera de interrogar del Señor equivale a una exhortación y a un aliciente. No dice: «¿Podéis soportar la muerte? ¿Sois capaces de derramar vuestra sangre?», sino que sus palabras son: ¿Sois capaces de beber el cáliz? Y, para animarlos a ello, añade: Que yo he de beber; de este modo, la consideración de que se trata del mismo cáliz que ha de beber el Señor había de estimularlos a una respuesta más generosa. Y a su pasión le da el nombre de «bautismo», para significar, con ello, que sus sufrimientos habían de ser causa de una gran purificación para todo el mundo. Ellos responden: Lo somos. El fervor de su espíritu les hace dar esta respuesta espontánea, sin saber bien lo que prometen, pero con la esperanza de que de este modo alcanzarán lo que desean.

¿Qué les dice entonces el Señor? El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizarán con el bautismo con que yo me voy a bautizar. Grandes son los bienes que les anuncia, esto es: «Seréis dignos del martirio y sufriréis lo mismo que yo, vuestra vida acabará con una muerte violenta, y así seréis partícipes de mi pasión. Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.» Después que ha levantado sus ánimos y ha provocado su magnanimidad, después que los ha hecho capaces de superar el sufrimiento, entonces es cuando corrige su petición.

Los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Ya veis cuán imperfectos eran todos, tanto aquellos que pretendían una precedencia sobre los otros diez, como también los otros diez que envidiaban a sus dos colegas. Pero —como ya dije en otro lugar— si nos fijamos en su conducta posterior, observamos que están ya libres de esta clase de aspiraciones. El mismo Juan, uno de los protagonistas de este episodio, cede siempre el primer lugar a Pedro, tanto en la predicación como en la realización de los milagros, como leemos en los Hechos de los Apóstoles. En cuanto a Santiago, no vivió por mucho tiempo; ya desde el principio se dejó llevar de su gran vehemencia y, dejando a un lado toda aspiración humana, obtuvo bien pronto la gloria inefable del martirio.

Basilio Magno

Sobre los Salmos: Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles

«¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?» (Mt 20,22)
Salmo 115, 4: PG 30, 110-111


¿Cómo pagaré al Señor? No con sacrificios ni holocaustos, no con la observancia del culto legal, sino con la totalidad de mi vida. Por eso dice el salmista: Alzaré la copa de la salvación, entendiendo por copa la fatiga en la lucha sostenida por el amor de Dios, y la constancia con que ha resistido al pecado hasta la muerte.

Pero esto sucederá como el mismo Salvador enseñó en el evangelio: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Y también a sus discípulos: ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Se refería a la muerte que iba a sufrir por la salvación del mundo. Por eso dice: Alzaré la copa de la salvación, es decir, como un sediento, anhelo la consumación del martirio, porque los suplicios que me han infligido en esta lucha por la piedad no los considero como dolores, sino como un descanso del alma y del cuerpo. Yo mismo —dice— me ofreceré a mí mismo como víctima y holocausto, pues considero que todas las demás cosas son inferiores a la grandeza y dignidad del donante. Y estoy dispuesto a mantener esta promesa delante de todo el pueblo: Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo.

Después exhorta a sus oyentes a no temer la muerte, diciendo: Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Que es como si dijera: No os mostréis, oh hombres, renuentes en esta noble batalla; no tengáis miedo a morir: no se trata de ir al encuentro de la muerte, sino de una magnífica ocasión de conquistar la vida; no es una destrucción total, sino un paso a la gloria. Además, los avaros acostumbran a llamar preciosas a ciertas piedras, resplandecientes de hermosos colores; en cambio, a los ojos del Señor, es de gran precio la muerte de sus fieles.

Cuando el alma, libre de las miserias de la carne, después de una vida pura, sin mancha ni arruga, haya obtenido la gloria como recompensa a las fatigas sufridas por el amor de Dios, y, ceñida con la corona de la justicia y, en consecuencia, resplandeciente con la belleza de todas las virtudes, se presente al Señor y juez universal revestida del esplendor de la gracia, más refulgente que cualquier gema preciosa, ¿cómo no ha de ser de gran precio en presencia del Señor la muerte de una tal persona?

Así pues, no estamos aquí para llorar la partida de los santos de esta vida, sino más bien su nacimiento y su ingreso en el mundo. La entrada del hombre en esta vida acontece, de hecho, en un contexto de circunstancias humillantes; mientras que la partida de esta vida es preciosa y noble. Bien es verdad que no para todos los hombres, sino tan sólo para quienes han llevado una vida justa y santa. Preciosa es, pues, la muerte, y no el nacimiento de los hombres.

Cuando se moría bajo la ley judaica, los cadáveres eran considerados como cosa abominable; cuando, por el contrario, se muere por Cristo, las reliquias de los santos son preciosas. El que toque un cadáver quedará impuro hasta la tarde. En cambio, el que ahora toca los huesos de un mártir, de la virtud que reside en aquel cuerpo recibe una cierta participación en su sacralidad. Concluyamos, pues: Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles.

Francisco de Sales

Sermón: Un martirio que dura toda la vida

«¿Sois capaces de bebe el cáliz que Yo he de beber?» (Mt 20,22)
IX, nn. 76-79, 6-5-1616 ó 1617


«Entonces se acercó a Jesús la madre de los de Zebedeos con sus hijos, y se postró para hacerle una petición. Jesús replicó: No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de bebe el cáliz que Yo he de beber? Contestaron: Lo somos.» Mt 20, 17-28

¡Qué grande es nuestra miseria! Queremos que Dios haga nuestra voluntad y no queremos hacer la suya más que cuando es conforme a la nuestra.

La mayoría de nosotros, si nos examinamos bien, veremos que nuestras peticiones son impuras e imperfectas; si estamos en la oración, queremos que Dios nos hable, que venga a visitarnos, consolarnos y recrearnos; le decimos que haga esto, que nos de lo otro.

Y si no lo hace, aunque sea en beneficio nuestro, nos inquietamos, nos turbamos y nos afligimos...

Nuestro divino Maestro les dijo: ¿Podéis beber conmigo el cáliz que me está preparado?... y respondieron: podemos. Y Él añadió: ¿sabéis lo que es beber mi cáliz?

No creáis que es tener dignidades, honores, favores o consuelos, ¡no! Beber mi cáliz es participar en mi pasión, soportar las penas y los sufrimientos, los clavos, las espinas, beber la hiel y el vinagre.

Los mártires bebían de un trago ese cáliz... y ¿no es un gran martirio el no hacer nunca su propia voluntad, someter el juicio, desgarrar el corazón, vaciarlo de todos sus afectos impuros y de todo lo que no es Dios; no vivir según nuestras inclinaciones y humores sino según la voluntad divina y la razón?

Es un martirio muy largo y enojoso y que debe durar toda nuestra vida, pero que nos obtendrá al final una gran corona como recompensa si somos fieles a todo esto.


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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Cuaresma: Miércoles II



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