Mt 21, 23-27: Controversia sobre la autoridad de Jesús

Texto Bíblico

23 Jesús llegó al templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?». 24 Jesús les replicó: «Os voy a hacer yo también una pregunta; si me la contestáis, os diré yo también con qué autoridad hago esto. 25 El bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?». Ellos se pusieron a deliberar: «Si decimos “del cielo”, nos dirá: “¿Por qué no le habéis creído?”. 26 Si le decimos “de los hombres”, tememos a la gente; porque todos tienen a Juan por profeta». 27 Y respondieron a Jesús: «No sabemos». Él, por su parte, les dijo: «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

San Jerónimo

23. En estas palabras le hacen la misma ofensa que antes, cuando dijeron: “Arroja a los demonios en nombre de Belcebub, jefe de todos ellos” (Mt 12,24). Pues cuando dicen: “¿En virtud de qué poder haces esto?”, niegan terminantemente al Hijo de Dios, a quien consideran haciendo prodigios, no por sus propias fuerzas, sino en virtud de poderes ajenos. Podía el Señor haber desechado aquella calumnia de sus tentadores por medio de una contestación sencilla, pero les preguntó con mucha prudencia, para que ellos se condenasen a sí mismos, o con su silencio o con su sabiduría. Por esto sigue: “Y respondiendo Jesús, les dijo: Quiero yo también preguntaros una palabra”.

25b-27. Se conoce, pues, la malicia con que los sacerdotes preguntaron al Salvador, por lo que sigue: “Y ellos pensaban entre sí diciendo”. Porque si respondían que el bautismo de Juan procedía del cielo era muy natural la respuesta: entonces ¿por qué no habéis sido bautizados por Juan? Y si se atrevían a decir que había sido inventado por engaño de los hombres, y nada tenía de divino, temían a las gentes, pues casi todos los que se hallaban allí reunidos habían recibido por grupos el bautismo de Juan, y en realidad lo respetaban como a un profeta. Responde también a la mala intención, y a las palabras de humildad que usan para ocultar su malicia, diciendo que no saben. Por esto sigue: “Y respondieron a Jesús diciendo: no sabemos”. Mintieron al decir que no lo sabían. Era consiguiente también que el Señor les dijera, ni yo tampoco sé, pero la divina verdad no puede mentir; sigue pues: “Y les dijo Jesús: pues ni yo os digo…” En lo que da a entender que ellos sabían, pero que no habían querido responder y que él lo había conocido y que por lo tanto no lo decía, para que entiendan lo que ellos saben.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 67,2

23. Como no podían difamarle por sus milagros, se deciden a reprenderle porque había expulsado del templo a los que vendían, como si dijesen: ¿Acaso te has apoderado del trono de la sabiduría? ¿Eres sacerdote consagrado puesto que has demostrado tanto poder?

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 39

23a. Como habían visto los sacerdotes que Jesucristo había entrado en el templo con gran pompa, eran agitados por la envidia. Así, no pudiendo sufrir en su corazón el ardor de la envidia que les acosa, levantan la voz. Por esto sigue: “Y habiendo ido al templo, se llegaron a él…”

23b. Y es por esto que añaden: “¿Y quién te ha dado esa potestad?” Manifiestan en esto que hay muchas personas que dan sus poderes a otros hombres, ya en el orden material, ya en el espiritual. Como si dijesen: ¿has nacido de familia sacerdotal? El senado no te lo concedió; César tampoco te lo ha dado. Pero si hubiesen creído que todo poder viene de Dios, nunca le hubiesen preguntado: “¿Quién te ha concedido esa potestad?” Cada hombre juzga por sí mismo a los demás: el que fornica no cree que haya alguno que pueda ser casto; y el casto no sospecha fácilmente del lascivo. Así el que no es sacerdote según Dios, no cree en el sacerdocio de los demás respecto de Dios.

24-25a. No pregunta para que los que responden le escuchen, sino para que confundidos, no le sigan preguntando. El Salvador había dicho: “No queráis dar lo Santo a los perros” (Mt 7,6). Así, pues, aun cuando hubiese contestado, de nada aprovechaba, porque los deseos tenebrosos no pueden entender lo que procede de la luz. Conviene por lo tanto enseñar al que pregunta y confundir al que tienta por medio de razones contundentes, sin aclararle la virtud del misterio. Por lo tanto, el Señor pone un lazo con una pregunta sencilla a la interrogación de ellos, y como no podían huir de él, añade: “Y si me la dijereis, yo también os diré…” La pregunta es ésta: “El bautismo de San Juan, ¿de dónde procedía, del cielo o de los hombres?”

San Agustín, in Ioanemm, 5-6

25. San Juan recibió el poder de bautizar de Aquél a quien bautizó después, luego el bautismo que administraba, se llama aquí bautismo de Juan. Sólo él recibió esta gracia, ninguno antes que él ni después de él ha recibido la facultad de bautizar con bautismo propio; porque Juan había venido a bautizar en el agua de la penitencia, preparando el camino al Señor, pero no purificando interiormente, lo que un simple hombre no puede hacer.

Orígenes, homilia 17 in Matthaeum

23-25. Dirá alguno contra esto que era ridículo preguntar en virtud de qué poder hacía Jesucristo prodigios, porque no podía suceder que respondiese que los hacía por autorización del diablo, porque ni un hombre pecador respondería que era verdad. Si alguno dice que preguntan los príncipes para asustarle, como sucede cuando alguno obra con los nuestros de un modo que nos desagrada, le decimos: ¿quién te ha mandado hacer eso? asustándolo así, para que no continúe obrando de aquel modo. ¿Pero por qué Jesucristo responde así? “Decidme vosotros esto, y yo os diré en virtud de qué poder hago estas cosas”. Acaso este pasaje se entiende así. Generalmente hablando, hay dos potestades diferentes: una de parte de Dios y otra de parte del diablo. Pero especiales hay muchas. No era una misma potestad la que se había confiado a los profetas para que hiciesen prodigios, sino que una se les concedía a éstos, otra a los otros, y también algunas, aunque inferiores, al que había de hacer prodigios de poca importancia, y mayor al que había de hacerlos más superiores. Los príncipes de los sacerdotes veían que Jesús hacía muchos prodigios, y por esto querían oír de sus labios la clase y la propiedad del poder que se le había confiado. Los otros que habían hecho prodigios en verdad, habían recibido el poder para este fin, progresando hacia otro poder mayor. Sin embargo, el Salvador todo lo hace en virtud del poder que había recibido de su Padre. Pero como los príncipes no eran dignos de conocer tales misterios, no les da una respuesta, sino que les hace una pregunta.

Rábano

27. Por dos razones debe ocultarse el conocimiento de la verdad a los que la buscan: Porque el que lo desea no es capaz de comprender, y porque pregunta por odio o por desprecio, haciéndose indigno de conocer lo que desea.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

Sermón: Reconocer la voz; reconocer la Palabra.

Sermón para la natividad de San Juan Bautista 293,3: PL 38,1327-1329.

«» (Mt ,).

Como es difícil discernir entre la Palabra y la voz, los hombres creyeron que Juan era Cristo. Tomaron a la voz por la Palabra. Pero Juan se reconoció como la voz para no usurparle los derechos a la Palabra. Dijo: “No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta.” Le preguntaron: “¿Qué dices de ti mismo? Y él respondió: Yo soy la voz del que clama en el desierto: Prepara el camino del Señor” (cf Jn 1,23).

Soy la voz del que rompe el silencio. “Preparad el camino del Señor, como si dijera: “Soy la voz cuyo sonido no hace sino introducir la Palabra en el corazón; pero, si no le preparáis el camino, la Palabra no vendrá adonde yo quiero que ella entre.” ¿Qué significa esto sino que seáis humildes en vuestros pensamientos?

Imitad el ejemplo de humildad del Bautista. Lo toman por Cristo, pero él dice que no es lo que ellos piensan ni se adjudica el honor que erróneamente le atribuyen. Si hubiera dicho: “Soy Cristo”, con cuánta facilidad lo hubieran creído, ya que lo pensaban de él sin haberlo dicho. No lo dijo: reconoció lo que era, hizo ver la diferencia entre Cristo y él, y se humilló. Vio dónde estaba la salvación, comprendió que él era sólo una antorcha y temió ser apagado por el viento de la soberbia.

San Beda el Venerable, presbítero y doctor de la Iglesia

Sermón:

Sermón 1: CCL 122, 2.

«Todos tienen a Juan por profeta» (Mt ,).

Si queremos saber porqué Juan bautizaba, sabiendo que su bautismo no podía perdonar los pecados, la razón es clara: para ser fiel a su ministerio de precursor, debía antes bautizar al Señor por la misma razón que había nacido antes que él, que predicaría antes que él y moriría antes que él. Al mismo tiempo era para impedir que la disputa envidiosa de los fariseos y de los escribas no influyera sobre el ministerio del Señor, en el caso que él hubiera dado primero el bautismo a los hombres. «El bautismo de Juan, ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?» Como no se atrevieron a negar que venía del cielo, se vieron forzados a reconocer que las obras del cielo de aquél de quien Juan predicaba también eran debidas a un poder que venía del cielo.

Sin embargo, aunque el bautismo de Juan no perdonaba los pecados, no dejaba, sin embargo, sin frutos a los que lo recibían… Era una señal de fe y de arrepentimiento, o sea que recordaba que todos debían abstenerse de pecado, practicar la limosna, creer en Cristo, y apresurarse a recibir su bautismo desde que él se hiciera presente, a fin de lavarse para recibir la remisión de sus pecados. Por otra parte, el desierto donde Juan permanecía representa la vida de los santos que abandonaban los placeres de este mundo.

Tanto si viven en soledad o entre la multitud, sin cesar con toda la fuerza de su alma tienden a prescindir de los deseos del mundo presente; su gozo lo encuentran en no unirse más que a Dios, en el secreto de su corazón, y a no poner más que en él solo toda su esperanza. Es hacia esta soledad del alma, tan amada por Dios, que el profeta, con la ayuda del Espíritu Santo, deseaba ir cuando decía: «¿Quién me diera alas de paloma para volar y posarme?» (Sal 54,7).

Comentario: No sabemos nada

Comentario sobre los Salmos (Salmo 109).

«» (Mt ,).

Sin embargo, hermanos, como a los hombres les parecía increíble lo prometido por Dios –a saber, que los hombres habían de igualarse a los ángeles de Dios, saliendo de esta mortalidad, corrupción, bajeza, debilidad, polvo y ceniza-, no sólo entregó la escritura a los hombres para que creyesen, sino que también puso un mediador de su fidelidad. Y no a cualquier príncipe, o a un ángel o arcángel, sino a su Hijo único. Por medio de éste había de mostrarnos y ofrecernos el camino por donde nos llevaría al fin prometido. Poco hubiera sido para Dios haber hecho a su Hijo manifestador del camino. Por eso, le hizo camino, para que, bajo su guía, pudieras caminar por Él.

¡Qué lejos estábamos de él! ¡Él muy alto y nosotros aquí abajo! Estábamos enfermos, sin posibilidad de curación. Un médico fue enviado, pero el enfermo no le reconoció, “porque si le hubieran conocido, jamás habrían crucificado al Señor de gloria” (1Co 2,8). Pero la muerte del médico fue el remedio del enfermo; el médico había venido a visitarlo y murió para curarle. Dio a entender a los que creyeron en Él que era Dios y hombre: Dios que nos creó, hombre que nos recreó. Una cosa se veía en Él, otra estaba escondida; y lo que estaba escondido llevaba a muchos hacia lo que se veía… El enfermo fue curado por lo que era visible, para llegar a ser capaz de ver plenamente más tarde. Esta última visión, Dios la difería escondiéndola, no la negaba.

Sermón:

Sermón 288.

«Jesús se presentó a Juan para que lo bautizara… Juan le dijo: ‘¡Soy yo el que necesita que tú me bautices!’» (Mt 3,13-14).

«Muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron» (Mt 13,17). En efecto, estos santos personajes, llenos del Espíritu de Dios para anunciar la venida de Cristo, deseaban ardientemente, si era posible, gozar de su presencia en la tierra. Es por este motivo que Dios aplazaba la hora de retirar a Simeón de este mundo. Quería que pudiera contemplar, bajo la forma de un recién nacido, a aquel por quien el mundo fue creado (Lc 2,25s)… Simeón, pues, lo vio pero con rasgos de niño. Juan, por el contrario, lo vio cuando ya enseñaba y escogía a sus discípulos. ¿Dónde? En las orillas del río Jordán…

Vemos aquí un símbolo y un enfoque del bautismo de Jesucristo, en este bautismo de preparación que le abría el camino, según las palabras de Juan: «Preparad los caminos del Señor, allanad sus senderos» (Mt 3,3). El mismo Señor quiso ser bautizado por su siervo para hacer comprender a los que reciben el bautismo del Señor, la gracia que se les otorga. Es entonces que comienza su reino, como para que se cumpla esta profecía: «Que domine de mar a mar, del Gran Río hasta el confín de la tierra» (Sl 71,8). En las orillas del río donde comienza esta dominación de Cristo, Juan vio al Salvador; lo vio, lo reconoció y dio testimonio de él. Juan se humilló ante la grandeza divina, para merecer que su humildad fuera levantada por esta grandeza. Se declara el amigo del Esposo (Jn 3,29), y ¿qué amigo? ¿Es un amigo que se considera un igual a su amigo? Lejos de él este pensamiento. ¿A qué distancia se coloca? «Yo no merezco, dice, agacharme para desatarle las correas de sus sandalias» (Mc 1,7).

Santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia

Comentario: El testigo de Dios.

Comentario sobre el evangelio de Juan 4, 1.

«» (Mt ,).

Toda criatura está llamada a dar testimonio de Dios ya que toda criatura es como una prueba de su bondad. La grandeza de la criatura atestigua, a su manera, la fuerza y la omnipotencia divinas, y su belleza es testimonio de su divina sabiduría. Algunos hombres reciben de Dios una misión particular: dan testimonio de Dios no sólo desde el punto de vista natural, por el simple hecho de existir, sino más bien de una forma espiritual, por sus buenas obras…No obstante, aquellos que no se contentan con sólo recibir los dones de Dios y obrar rectamente, sino que comunican estos dones a los demás por la palabra, exhortando y dando ánimos a los otros, son testigos de Dios de una manera todavía más excelente. Juan es uno de estos testimonios. Ha venido a extender los dones de Dios y anunciar su alabanza.

Esta misión de Juan, el papel de testimonio, es de una grandeza incomparable ya que nadie puede dar testimonio de una realidad sino en la medida en que participa de ella. Jesús dijo: “Hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto.” (Jn 3,11) Quien da testimonio de la verdad de Dios conoce esta verdad. Por esto, el mismo Cristo desempeñó el papel de testigo. “…para eso nací y para eso vine al mundo, para dar testimonio de la verdad.” (cf Jn 18,37) Pero Cristo y Juan desempeñaron esta misión de manera distinta. Cristo poseía en sí mismo esta luz. Más aún, él era esta luz, mientras que Juan participaba de ella. Cristo da un testimonio acabado, manifiesta perfectamente la verdad. Juan y los otros santos lo hacen en la medida que reciben esta verdad.

Misión sublime, la de Juan ya que implica su participación en la luz de Dios y su semejanza con Cristo que también cumplió esta misión.

San Cirilo de Jerusalén, obispo y doctor de la Iglesia

Catequesis:

Catequesis bautismal 12, 6-8.

«¿Por qué no habéis creído en su palabra?» (Mt ,).

Los profetas fueron enviados con Moisés para curar al pueblo; lo intentaron con lágrimas pero no pudieron dominar el mal, tal como lo dice uno de ellos: «La felicidad ha desparecido del país, no queda ni un justo entre los hombres.» (Mi 7,2)… «Desde la planta del pie hasta la cabeza no queda nada sano: todo son heridas, golpes, llagas en carne viva, que no han sido curadas ni vendadas, ni aliviadas con aceite.» (Is 1,6) Los profetas, agotados por la lágrimas decían: «Ojalá venga desde Sión la salvación de Israel.» (Sal 13,7) Las llagadas de la humanidad sobrepasan los remedios que tenemos. Los hombres mataron a los profetas y arrasaron tu santuario (cf 1Re 19,10) Nuestra miseria no puede ser sanada por nosotros mismos. Eres Tú quien tienes que obrar nuestra curación.

El Señor escuchó la oración de los profetas. El Padre no ha despreciado nuestra raza asesina. Ha enviado del cielo a su propio Hijo como médico. «Mirad, yo envío mi mensajero a preparar el camino delante de mí y de pronto vendrá a su templo.» (Mi 3,1) allí donde lapidasteis a su profeta. (cf 1Cor 24,11)… Dios mismo dijo también: «Vendré y habitaré en medio de ellos y muchos pueblos ser refugiarán en la presencia del Señor.» (Sal ¿) …Ahora voy a venir y reunir a todos los pueblos, de todas las lenguas, porque «vino a los suyos pero los suyos no la recibieron.» (Jn 1,11)

Tú vienes y ¿qué darás a las naciones? «Pondré en medio de ellos una señal y mandaré algunos de sus supervivientes a las naciones…» (Is 66,19) En efecto, luego del combate de la cruz, marcaré a cada uno de mis soldados con el sello real (cf Ap 7,4) Y otro profeta dice: «Inclinó los cielos y bajó, con nubarrones bajo sus pies.» (Sal 17,10) Pero su venida ha quedado ignorada por los hombres.

Francisco, Papa

Homilía: Profecía y clericalismo

En Santa Marta (16-12-2013)

El profeta es el que escucha las palabras de Dios, sabe ver el momento y proyectarse en el futuro. Tiene dentro de sí estos tres momentos: el pasado, el presente y el futuro.

El pasado: el profeta es consciente de la promesa y tiene en su corazón la promesa de Dios, la mantiene viva, la recuerda, la repite. Después mira el presente, mira a su pueblo y siente la fuerza del Espíritu para decirle una palabra que lo ayude a levantarse, a continuar el camino hacia el futuro. El profeta es un hombre de tres tiempos: promesa del pasado, contemplación del presente, valentía para indicar el camino hacia el futuro. El Señor siempre ha custodiado a su pueblo, con los profetas, en los momentos difíciles, en los momentos en los que el Pueblo se desanimaba o era destruido, cuando el Templo no estaba, cuando Jerusalén estaba bajo el poder de los enemigos, cuando el pueblo se preguntaba dentro de sí: ‘¡Pero Señor tú nos hiciste esa promesa! ¿Ahora qué pasa?’.

Es lo que sucedió en el corazón de la Virgen cuando estaba a los pies de la Cruz. En estos momentos es necesaria la intervención del profeta. Y el profeta no siempre es recibido, muchas veces es rechazado. El mismo Jesús dice a los fariseos que sus padres asesinaron a los profetas, porque decían cosas que no eran agradables: decían la verdad ¡recordaban la promesa! Y cuando en el pueblo de Dios falta la profecía algo falta: ¡falta la vida del Señor! Cuando no hay profecía la fuerza cae en la legalidad, predomina el legalismo. Así, en el Evangelio, los sacerdotes iban a Jesús a pedirle la cartilla de la legalidad: ‘¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¡Nosotros somos los señores del Templo!’. No entendían las profecías. ¡Habían olvidado la promesa! No sabían leer los signos del momento, no tenían ni ojos penetrantes ni habían escuchado la Palabra de Dios: ¡solo tenían la autoridad!

Cuando en el pueblo de Dios no hay profecía, el vacío que deja es ocupado por el clericalismo: es ese clericalismo que le pregunta a Jesús: ‘¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Con qué legalidad?’. Y la memoria de la promesa y la esperanza de seguir hacia delante se ven reducidas solo al presente, ni pasado ni futuro esperanzador. El presente es legal: si eres legal vas hacia delante.

Pero cuando reina el legalismo, la Palabra de Dios no está y el pueblo de Dios que cree, llora en su corazón, porque no encuentra al Señor: les falta la profecía. Llora como lloraba Ana, la mamá de Samuel, pidiendo la fecundidad del pueblo, la fecundidad que viene de la fuerza de Dios, cuando Él despierta la memoria de su promesa y nos empuja hacia el futuro, con la esperanza. ¡Este es el profeta! Este es el hombre del ojo penetrante que escucha las palabras de Dios.

Que nuestra oración en estos días, en los que nos preparamos para la Natividad del Señor sea: ‘Señor, ¡que no falten los profetas en tu pueblo!’. Todos los bautizados somos profetas. ‘Señor, ¡que no nos olvidemos de tu promesa! ¡Que no nos cansemos de seguir hacia delante! ¡Que no nos encerremos en la legalidad que cierran puertas! Señor, libera a tu pueblo del espíritu del clericalismo y ayúdalo con el espíritu de profecía’.

Manuel Garrido Bonaño, OSB

Año Litúrgico Patrístico

¿De dónde venía el bautismo de Juan? Jesús es la respuesta de Dios a las esperanzas más profundas del hombre. La espera y la petición pueden llegar a ser principio de la respuesta y de la escucha. Comenta San Agustín:

«Apareció la lámpara, huyeron las tinieblas. Efectivamente, aunque se hallasen corporalmente presentes, huyeron [de la luz] con el corazón, diciendo que ignoraban lo que sabían. Y la prueba de esa huida es el temor del corazón. Temían que el pueblo los apedrease si decían que el bautismo de Juan procedía de los hombres; pero temían también quedar convictos por Cristo si decían que procedía del cielo. Huyeron, pues, confundidos. Mencionado el nombre de Juan, temieron y, llenos de turbación, callaron…
«Así, pues, a Cristo, nuestro Señor, se le preparó la lámpara: Juan Bautista. Sus enemigos, que le interrogaban capciosamente, se alejaron confundidos, nada más aparecer la luz de la lámpara. Pero, nosotros, hermanos, reconocemos al Señor gracias a Juan Bautista, el precursor, y, más aún creemos en Cristo por el testimonio del mismo Señor. Hagámonos cuerpo de la Cabeza que es Él, para que haya un solo Cristo, Cabeza y Cuerpo, y así se cumplirá en nosotros, hechos unidad, aquello: “sobre Él florecerá mi santificación”»
(Sermón 308 A,7-8).

Cuanto más miserables seamos por nosotros mismos, más debemos volvernos hacia Él, más debemos orar, dar gracias, rogar y suplicar sin descanso. Y el Señor nos librará. Está cerca con su amor, con su misericordia, con su Corazón salvífico.


Profundización Teológica

Santo Tomás de Aquino

Suma Teológica: ¿El bautismo de Juan venía de Dios?

III, q. 37, a. 2

Objeciones:
Por las que parece que el bautismo de Juan no venía de Dios.

1. Ningún sacramental que proceda de Dios recibe su denominación de un puro hombre, así como el bautismo de la nueva ley no se llama de Pedro o de Pablo, sino de Cristo (cf. 1Co 1,12-13). En cambio, aquel bautismo recibe su nombre de Juan según el pasaje de Mt 21,25: El bautismo de Juan, ¿procedía del cielo o de los hombres? Luego el bautismo de Juan no provenía de Dios.

2. Toda doctrina nueva proveniente de Dios es confirmada con algunos milagros; de donde también el Señor, según Ex 4, dio a Moisés la facultad de hacer prodigios; y en He 2,3-4 se dice que, habiendo tenido nuestra fe su principio en la predicación del Señor, fue confirmada en nosotros por aquellos que la escucharon, confirmándola Dios con señales y prodigios. Pero de Juan Bautista se dice en Jn 10,41: Juan no hizo ningún milagro. Luego parece que el bautismo administrado por él no venía de Dios.

3. Los sacramentos, que han sido instituidos por inspiración de Dios, están contenidos en algunos preceptos de la Sagrada Escritura. Ahora bien, el bautismo de Juan no está prescrito por ningún precepto de la Sagrada Escritura.
Luego parece que no provenía de Dios.

Contra esto:
Está lo que se lee en Jn 1,33: El que me envió a bautizar con agua, ése fue el que me dijo: Sobre quien vieres el Espíritu, etc.

Respondo:
En el bautismo de Juan pueden considerarse dos cosas, a saber: el rito de bautizar y el efecto del bautismo. El rito de bautizar no provino de los hombres, sino de Dios, que, mediante una revelación familiar del Espíritu Santo, envió a Juan a bautizar. En cambio, el efecto del bautismo vino de los hombres, porque en tal bautismo no se realizaba nada que no pudiera hacer el hombre.
Luego no provino exclusivamente de Dios, a no ser en cuanto que Dios actúa en el hombre.

Soluciones a las objeciones:
1. Mediante el bautismo de la ley nueva, los hombres son bautizados interiormente por el Espíritu Santo, cosa que solamente hace Dios. En cambio, mediante el bautismo de Juan, sólo el cuerpo era purificado por el agua. Por lo que se dice en Mt 3,11: Yo os bautizo con agua; él os bautizará con Espíritu Santo. Y por eso el bautismo de Juan recibe su nombre de él, en cuanto que nada se producía en tal bautismo que el propio Juan no hiciese. Por el contrario, el bautismo de la ley nueva no se denomina por el ministro, puesto que él no produce el efecto principal del bautismo, es decir, la purificación interior.

2. Toda la doctrina y obra de Juan se ordenaban a Cristo, el cual confirmó su propia doctrina y la de Juan con multitud de milagros. Si Juan hubiera hecho prodigios, los hombres hubieran atendido por igual a Juan y a Cristo. Y por eso, con el fin de que los hombres prestasen atención especialmente a Cristo, no le fue concedido a Juan hacer milagros. Sin embargo, cuando los judíos le preguntaron por qué bautizaba, confirmó su ministerio con la autoridad de la Escritura, diciendo: Yo soy la voz del que clama en el desierto, etc., como se lee en Jn 1,19ss). Incluso la misma austeridad de su vida recomendaba su ministerio, porque, como dice el Crisóstomo In Matth., era algo maravilloso ver un aguante tan grande en un cuerpo humano.

3. Dios dispuso en su providencia que el bautismo de Juan durase poco tiempo, por las razones que acabamos de apuntar (a. 1). Y debido a esto no fue recomendado por precepto alguno general en la Sagrada Escritura, sino por una revelación privada del Espíritu Santo, como se ha dicho (en la sol).

Suma Teológica: ¿Se confería la gracia en el bautismo de Juan?

III, q. 37, a. 3

Objeciones:
1. En (Mc 1,4) se dice: Juan se presentó en el desierto bautizando y predicando un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados. Pero la penitencia y el perdón de los pecados se logran por medio de la gracia. Luego el bautismo de Juan confería la gracia.

2. Los que habían de ser bautizados por Juan confesaban sus pecados, como se lee en Mt 3,6) y en Mc 1,5). Ahora bien, la confesión de los pecados se ordena al perdón, que se consigue por medio de la gracia. Luego en el bautismo de Juan se daba la gracia.

3. El bautismo de Juan distaba del bautismo de Cristo menos que la circuncisión. Ahora bien, mediante la circuncisión se perdonaba el pecado original, pues, como dice Beda, la circuncisión en tiempos de la ley proporcionaba el mismo auxilio de una curación saludable contra la herida del pecado original, que ahora acostumbra a realizar el bautismo en tiempo de la revelación de la gracia. Luego el bautismo de Juan producía con mayor razón el perdón de los pecados. Esto no puede realizarse sin la gracia.

Contra esto:
Está que en Mt 3,11) se dice: Yo os bautizo con agua para la conversión. Exponiendo esto Gregorio en una Homilía, dice: Juan no bautizaba con Espíritu, sino con agua, porque no podía perdonar los pecados. Ahora bien, la gracia proviene del Espíritu Santo, y por medio de ella se quitan los pecados.
Luego el bautismo de Juan no confería la gracia.

Respondo:
Como acabamos de explicar (a. 2 ad 2), toda la enseñanza y todo el ministerio de Juan eran una preparación con miras a Cristo, como la del discípulo y la del artista de rango inferior es preparar la materia para la forma que hará aparecer el artista principal. Ahora bien, la gracia debía ser conferida por Cristo, conforme a las palabras de Jn 1,17: La gracia y la verdad han venido por Jesucristo. Y por este motivo el bautismo de Juan no confería la gracia, sino sólo la preparación para ésta, de tres maneras. Primero, porque Juan con su doctrina movía a los hombres a la fe en Cristo. Segundo, acostumbrando a los hombres al rito del bautismo de Cristo. Tercero, preparando a los hombres, mediante la penitencia, a recibir el efecto del bautismo de Cristo.

Soluciones a las objeciones:
1. En las palabras aludidas, como explica Beda, puede distinguirse un doble bautismo de penitencia. Uno, el que administraba Juan bautizando, bautismo que se llama de penitencia, etc., porque era una persuasión para la penitencia y como una protestación por parte de los hombres de que habrían de hacer penitencia. El otro es el bautismo de Cristo, por el cual son perdonados los pecados. Juan no podía administrar este bautismo, sino sólo predicarlo, diciendo: El os bautizará con Espíritu Santo (Mc 1,8).

O también puede decirse que predicaba un bautismo de penitencia, esto es, que inducía a la penitencia, la cual conduce a los hombres a la remisión de los pecados.

O puede decirse, como expone Jerónimo, que por el bautismo de Cristo se confiere la gracia, por la que son perdonados gratuitamente los pecados: Lo que es acabado por el Esposo, tiene su principio en el padrino, esto es, en Juan. Por eso se narra que bautizaba y predicaba un bautismo de penitencia para remisión de los pecados (Mc 1,4 Lc 3,3); cf. ), pero no porque lo hiciese él, sino porque lo incoaba preparándolo.

2. La confesión de los pecados citada no se hacía para causar al instante el perdón de los pecados por medio del bautismo de Juan, sino para conseguirlo por la penitencia subsiguiente, y por medio del bautismo de Cristo, al que disponía aquella penitencia.

3. La circuncisión había sido instituida para remedio del pecado original. En cambio, el bautismo de Juan no fue instituido para eso, sino sólo como preparación para el bautismo de Cristo, como queda dicho (en la sol.). Y los sacramentos producen su efecto en virtud de la institución.

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