Mt 22, 15-21: Lo de Dios a Dios y lo del César al César

Texto Bíblico

15 Entonces se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. 16 Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos herodianos, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. 17 Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?». 18 Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? 19 Enseñadme la moneda del impuesto». Le presentaron un denario. 20 Él les preguntó: «¿De quién son esta imagen y esta inscripción?». 21 Le respondieron: «Del César». Entonces les replicó: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Lorenzo de Brindisi

Homilía: Tú, cristiano, eres la moneda del impuesto

«Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios» (Mt 22,21)
Homilía 1, 2-4 .6, en el domingo XXII después de Pentecostés: Opera omnia, t. 8, 335-336. 339-340. 346

Opera Omnia

En el evangelio de hoy se plantean dos interrogantes: uno el que los fariseos plantean a Cristo; otro, el que Cristo plantea a los fariseos; aquél es totalmente terreno, éste, enteramente celestial y divino; aquél es producto de una supina ignorancia y de una refinadísima malicia; éste, de la suprema sabiduría y de la suma bondad.

¿De quién son esta cara y esta inscripción? Le respondieron: Del César. Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios: hay que dar —dice— a cada uno lo suyo. Sentencia llena realmente de celestial sabiduría y doctrina. Enseña, en efecto, que existe una doble esfera de poder: una, terrena y humana; otra, celestial y divina. Enseña que se nos exige una doble obediencia, que hemos de observar tanto las leyes humanas como las divinas, y que hemos de pagar un doble impuesto: uno al César y otro a Dios. Al César el denario, que lleva grabada la cara y la inscripción del César; a Dios lo que lleva impresa la imagen y la semejanza divina: La luz de tu rostro está impresa en nosotros (Vg).

Hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios. Tú, cristiano, eres ciertamente un hombre: luego eres la moneda del impuesto divino, eres el denario en el que va grabada la efigie y la inscripción del divino emperador. Por eso te pregunto yo con Cristo: ¿De quién son esta cara y esta inscripción? Me respondes: De Dios. Te replico: ¿Por qué, pues, no le devuelves a Dios lo que es suyo?

Pero si realmente queremos ser imagen de Dios, es necesario que seamos semejantes a Cristo. El es, en efecto, la imagen de la bondad de Dios e impronta de su ser; y Dios a los que había escogido, los predestinó a ser imagen de su Hijo. Por su parte, Cristo pagó realmente al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, observando a la perfección las dos losas de la ley divina, rebajándose hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz, y estuvo perfectísimamente dotado de todas las virtudes tanto internas como externas.

Brilla hoy en Cristo una suma prudencia, con la cual sorteó los lazos de los enemigos, dándoles una prudentísima y sapientísima respuesta; brilla asimismo la justicia, con la cual nos enseña a dar a cada uno lo suyo. Por esta razón, él mismo quiso pagar también el impuesto, dando por él y por Pedro un didracma; brilla la fortaleza del alma, con la cual enseñó libremente la verdad, es decir, que debía pagarse al César el impuesto, sin temer a los judíos que se sentían vejados por esto. Este es el camino de Dios que Cristo enseña conforme a la verdad.

Así pues, el que en la vida, en las costumbres y las virtudes se asemeja y conforma a Cristo, ése representa de verdad la imagen de Dios; la restauración de esta divina imagen consiste en una perfecta justicia: Pagad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. A cada cual lo suyo.

Juan Crisóstomo

Sobre el Evangelio de san Mateo: Ya Él ha pagado

«Entonces se retiraron los fariseos para deliberar cómo tenderle un lazo, para cogerlo en palabras» (Mt 22,15)
Homilía 70


ENTONCES. ¿Cuándo? Cuando más convenía que se arrepintieran y admiraran su bondad; cuando lo propio era temblar por las cosas futuras; cuando por lo pasado convenía dar fe a lo que luego había de venir. Hechos y discursos así lo proclamaban. Los publícanos y las meretrices habían creído; profetas y justos habían sido muertos: enseñados por esos sucesos, los judíos no debían negar su futura ruina, sino creer y arrepentirse. Pero ni así desistió su perversidad, sino que creció y fue adelante. Mas como, por temor de las turbas, no se atrevían a prenderlo, echaron por otro camino para ponerlo en peligro y hacer que se le tuviera como reo de públicos crímenes. Le enviaron a sus propios discípulos acompañados de los herodianos, que le propusieron lo siguiente: Maestro, sabemos que eres sincero, y enseñas el camino de Dios, fiel a la verdad, sin servilismos con nadie, pues no tienes acepción de personas. Dinos, pues: ¿qué opinas? ¿Es lícito pagar el tributo al César o no? Porque los judíos ya pagaban el tributo, pues su república había pasado a poder de los romanos. Y como veían que Teudas y Judas un poco antes habían perecido por cuestiones del tributo, como si prepararan una rebelión, querían hacer a Jesús sospechoso de lo mismo y por igual motivo. Por esto le enviaron a sus discípulos mezclados con soldados de Herodes, preparándole por aquí un doble precipicio, según pensaban; y de tal modo disponían el lazo que como quiera que contestara quedara cogido por ellos; de manera que si respondía en favor de los herodianos lo acusaran ante los judíos, y si en favor de ellos mismos, los herodianos lo acusaran.

Jesús había ya pagado la didracma, pero ellos no lo sabían; y esperaban poder cogerlo de cualquier modo que respondiera. Hubieran preferido que dijera algo en contra de los herodianos Por esto envían juntamente discípulos suyos propios, que lo indujeran a ese paso con su presencia y poder así entregarlo al presidente romano como si tratara de instituir la tiranía. Así lo deja entender Lucas cuando dice que fue interrogado delante de las turbas, sin duda para que fuera de más fuerza el testimonio. Pero sucedió exactamente lo contrario, pues dieron una demostración de su necedad delante de una más amplia multitud. Observa la forma adulatoria y el dolo oculto. Dicen! Sabemos que eres sincero. Entonces ¿por qué antes clamabais que es engañador y que seduce a las turbas y que es un poseso y no viene de Dios? ¿Por qué antes andabais buscando el modo de matarlo? Proceden con él en la forma que las asechanzas les van sugiriendo.

Poco antes con arrogancia le preguntaban: ¿Con qué potestad haces esto? Mas no lograron obtener ninguna respuesta. Ahora esperan que mediante la adulación lo ablandarán y lo inducirán a que algo diga en contrario de las leyes que estaban vigentes y al poder que los dominaba. Por esto lo llaman veraz y sincero, confesando así lo que El de verdad era. Pero no lo dicen con buenos fines ni con sinceridad, ni tampoco lo que enseguida añaden: No tienes acepción de personas. Mira cuan claro aparece que ellos anhelan implicarlo en palabras que ofendan a Herodes y lo hagan caer en sospecha de buscar la tiranía, como quien se levanta contra las leyes; y por este Camino entregarlo al suplicio debido por sedicioso y por tirano. Porque con eso de: No tienes servilismo y No miras ni tienes acepción de personas, disimuladamente se referían a Herodes y al César.

Dinos, pues: ¿qué opinas? ¿De modo que ahora honráis y tenéis por doctor al que despreciasteis y con frecuencia injuriasteis cuando trataba de vuestra salvación? De modo que también en esto anduvieron concordes Pero observa su astucia perversa. No le dicen: Dinos qué sea lo bueno, qué sea lo útil, qué sea lo legal; sino: Tú ¿qué opinas? De manera que lo único que procuraban era entregarlo y declararlo enemigo de la autoridad imperante. Dando a entender esto y demostrando el ánimo sanguinario y la arrogancia de ellos, dice que le dijeron: ¿Debemos pagar el censo al César o no debemos pagarlo? Así, mientras que simulaban reverenciar al Maestro, respiraban furor y le ponían asechanzas. ¿Qué les responde El? ¡Hipócritas! ¿por qué me tentáis? Advierte cómo contesta con cierta mayor acrimonia. Pues su perversidad era completa y manifiesta, con mayor acritud los punza, comenzando por confundirlos y cerrarles la boca y trayendo al medio los secretos de su corazón, para poner de manifiesto ante todos la finalidad con que se le habían acercado.

Procedía así para reprimir su maldad y para que en adelante ya no se atrevieran a tales cosas dañinas. Aun cuando las palabras eran de sumo honor, pues lo llamaban Maestro y sincero y nada servil; pero El, por ser Dios, no podía ser engañado. Podían, pues, ellos darse cuenta de que no lo decía por conjeturas cuando los increpaba, sino que aquello era señal de que conocía los secretos de sus corazones. Pero no se contentó con increparlos, cuando el reprenderles el ánimo con que lo hacían podía haber bastado para ponerles vergüenza. Pero en fin, no se detuvo aquí Jesús, sino que por otro camino les cosió la boca, diciéndoles: Mostradme la moneda del tributo. Y en cuanto se la mostraron, luego, según su costumbre, pronunció la sentencia; pero por la lengua de ellos mismos, y los obligó a declarar que sí era lícito pagar el tributo, lo cual constituyó para El una brillante y preclara victoria. De modo que cuando les preguntaba, no les preguntaba porque El ignorara, sino para demostrarles por las palabras de ellos que eran reos.

Habiendo ellos respondido a su pregunta: ¿De quién es esta imagen?, que era la del César, El les dijo: Dad pues al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Lo cual en realidad no es dar sino devolver, como lo demostraban la imagen y la inscripción de la didracma. Mas para que no objetaran que así los sujetaba a los hombres, añadió: Y lo que es de Dios, a Dios. Porque cosa lícita es dar a los hombres lo que a los hombres pertenece y dar a Dios lo que de parte de los hombres se le debe. Por lo cual dijo Pablo: Pagad a todos las deudas: A quien contribución, contribución; a quien impuesto, impuesto; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor.- Pero tú, cuando oyes: Dad al César lo que es del César, entiéndelo únicamente de las cosas que no dañan a la piedad, porque si dañan, ya no son tributo del César sino impuestos del diablo.

Cuando eso oyeron, contra su voluntad callaron y se admiraron de su sabiduría. De modo que, en consecuencia, lo conveniente era creer, quedar estupefactos. Pues al revelar los secretos del corazón de ellos, les daba una demostración de su divinidad y suavemente les cerraba la boca. Y ¿qué? ¿acaso creyeron? De ninguna manera. Porque dice el evangelista: Y dejándolo, se fueron. Pero después de ellos se acercaron los saduceos. ¡Oh locura! Tras de haberse visto obligados a callar los otros, ahora se acercan éstos y acometen al Maestro, cuando convenía que se llegaran a El con cierto temor. Pero así es la audacia: impudente, petulante, atrevida para intentar aun lo imposible. Por eso el evangelista, estupefacto ante tal arrogancia, lo significó diciendo: En aquel día se le acercaron. En aquel. ¿En cuál? En el mismo en que reprimió la maldad de ellos y los cubrió de vergüenza.

Vaticano

Biografías de Santos (26-10-2000): Tomás Moro, mártir: primacía de la conciencia

«¿Es lícito pagar tributo al César o no?» (Mt 22,17)
Petición para declarar a Tomás Moro Patrono de los Gobernantes


Esta tensión hacia Dios permeaba toda su conducta. Su familia, a la que se afanó por procurar una instrucción de elevado nivel moral, fue llamada por sus contemporáneos "academia cristiana". En su faceta de hombre público demostró ser enemigo absoluto de los favoritismos y de los privilegios del poder: profesó un ejemplar desprendimiento de los honores y los cargos y, a la vez, vivió con sencillez y humildad su condición de altísimo servidor del Rey.

Fiel hasta las últimas consecuencias a sus deberes civiles, se expuso a riesgos extremos por servir a su propio País. Consiguió ser un perfecto servidor del Estado porque luchó por ser un perfecto cristiano. «Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt22, 21): Santo Tomás Moro comprendió que estas palabras de Cristo, que por una parte afirman la relativa autonomía de lo temporal en relación con lo espiritual, por otra —en cuanto pronunciadas por Dios mismo— obligan a la conciencia del cristiano a proyectar sobre la esfera civil los valores del Evangelio, rechazando todo compromiso y llegando, si es preciso, hasta el heroísmo del martirio, de un martirio que él personalmente afrontó con profunda humildad.

Su Martirio, dentro de los límites de la prudencia con que debe ser examinada la historia imperfecta de los hombres, es la prueba suprema de esta unidad de valores —fruto de la asidua búsqueda de la verdad y de una no menos tenaz lucha interior— a la que Santo Tomás Moro supo condicionar toda su existencia. Su extraordinario buen humor, su perenne serenidad, la atenta consideración de las posturas contrarias a la suya y el sincero perdón de quienes lo condenaban muestran cómo su coherencia se compaginaba con un profundo respeto de la libertad de los demás.

Precisamente la actualidad de esta convergencia de responsabilidad política y coherencia moral, de esta armonía entre lo sobrenatural y lo humano, de esta unidad de vida sin residuos, ha movido a numerosas personalidades públicas de varios Países del mundo a expresar su adhesión al Comité para la proclamación de Sir Thomas More, Santo y Mártir, como Patrono de los Gobernantes. Entre los firmantes de la presente instancia hay católicos y no católicos: son hombres de Estado que ejercen su actividad en circunstancias políticas y culturales muy heterogéneas, pero que comparten una misma sensibilidad ante el ejemplo moreano, un ejemplo fecundo que, por encima del mero arte de gobernar, comprende las virtudes indispensables del buen gobierno.

La política nunca fue para él una profesión interesada, sino un servicio con frecuencia arduo al que se había preparado concienzudamente no sólo con el estudio de la historia, las leyes y la cultura de su propio País, sino, sobre todo, por medio de un paciente examen de la naturaleza humana, con su grandeza y sus debilidades, y de las condiciones siempre perfectibles de la vida social. En la política encontró su cauce un asiduo esfuerzo personal de comprensión. Gracias a ese esfuerzo pudo mostrar la justa jerarquía de fines que, en virtud del primado de la Verdad sobre el poder y del Bien sobre la utilidad, todo gobierno debe perseguir. Orientó siempre su actuación en la perspectiva de los fines últimos, esos fines que ningún cambio histórico podrá nunca anular.

Ahí reside la fuerza que lo sostuvo cuando hubo de afrontar el martirio. Fue un mártir de la libertad en el sentido más moderno del término, porque se opuso a la pretensión del poder de dominar sobre las conciencias, tentación perenne —trágicamente atestiguada por la historia del siglo XX— de sistemas políticos que no reconocen nada por encima de ellos. Fiel a las instituciones de su pueblo —Ecclesia anglicana libera sit, rezaba la Magna Charta— y atento a las lecciones de la historia, que le mostraban que el primado de Pedro constituye una garantía de libertad para las Iglesias particulares, Santo Tomás Moro dio la vida por defender una Iglesia libre del dominio del Estado. A la vez estaba defendiendo también la libertad y el primado de la conciencia del ciudadano frente al poder civil.

Fue mártir de la libertad porque fue mártir de la primacía de la conciencia, una primacía que, sólidamente enraizada en la búsqueda de la verdad, nos hace plenamente responsables de nuestras decisiones y, por tanto, libres de todo vínculo que no sea el propio del ser creado, esto es, el vínculo que nos une a Dios. Su Santidad nos ha recordado que la conciencia moral rectamente entendida es «testimonio de Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las raíces de su alma» (Enc. Veritatis splendor, n. 58). Nos parece que esa es la lección fundamental de Santo Tomás Moro a los hombres de Gobierno: la lección de la huida del éxito y el consenso fáciles cuando ponen en entredicho la fidelidad a los principios irrenunciables, de los que dependen la dignidad del hombre y la justicia del orden civil. Y nos parece una lección altamente inspiradora para todos los que, en el umbral del nuevo Milenio, se sienten llamados a conjurar las insidias disimuladas pero recurrentes de nuevas tiranías.

Por eso, seguros de actuar por el bien de la sociedad futura y confiando en que nuestra súplica encontrará benévola acogida en Su Santidad, pedimos que Sir Tomás Moro, Santo y Mártir, fiel servidor del Rey, pero sobre todo de Dios, sea proclamado "Patrono de los Hombres de Gobierno".

Juan Pablo II

Audiencia General (28-07-1993): ¿Cuál es la misión del Mesías?

«Eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza» (Mt 22,16)
n. 2


[...] Jesús nunca quiso empeñarse en un movimiento político, rehuyendo todo intento de implicarlo en cuestiones o asuntos terrenos (cf. Jn 6, 15). El Reino que vino a fundar no es de este mundo (cf. Jn 18, 36). Por eso, a quienes querían que tomara posición respecto al poder civil, les dijo: "Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios" (Mt 22, 21). Nunca prometió a la nación judía, a la que pertenecía y amaba, la liberación política, que muchos esperaban del Mesías. Jesús afirmaba que había venido como Hijo de Dios para ofrecer a la humanidad, sometida a la esclavitud del pecado, la liberación espiritual y la vocación al reino de Dios (cf. Jn 8, 34.36); que había venido para servir, no para ser servido (cf. Mt 20, 28); y que también sus seguidores, especialmente los Apóstoles, no debían pensar en el poder terreno y el dominio de los pueblos, como los príncipes de la tierra, sino ser siervos humildes de todos (cf. Mt 20, 20.28), como su "Señor y Maestro" (Jn 13, 13.14).

Esa liberación espiritual que trajo Jesús debía tener ciertamente consecuencias decisivas en todos los sectores de la vida individual y social, abriendo una era de valoración nueva del hombre-persona y de las relaciones entre los hombres según justicia. Pero el empeño directo del Hijo de Dios no iba en ese sentido.

Discurso (11-10-1998): El cristiano sabe discernir lo de Dios y lo del César

«¿De quién es esta imagen y la inscripción?» (Mt 22,20)
|nn. 9-12


[...] La función más alta de la ley es la de garantizar igualmente a todos los ciudadanos el derecho de vivir de acuerdo con su conciencia y de no contradecir las normas del orden moral natural reconocidas por la razón.

9. [...] Me parece importante recordar que es del humus del cristianismo del que la Europa moderna ha extraído el principio —con frecuencia perdido de vista durante los siglos de "cristiandad"—, que gobierna fundamentalmente su vida pública: quiero decir el principio, proclamado por primera vez por Cristo, de la distinción entre "lo que es del Cesar" y "lo que es de Dios" (cf. Mt 22, 21). Esta distinción esencial entre la esfera de la organización del marco exterior de la ciudad terrestre y la de la autonomía de las personas se ilumina desde la naturaleza de la comunidad política a la cual pertenecen necesariamente todos los ciudadanos, y de la comunidad religiosa a la que se adhieren libremente los creyentes.

Tras Cristo, ya no es posible idolatrar la sociedad como grandeza colectiva devoradora de la persona humana y de su destino irreductible. La sociedad, el Estado, el poder político, pertenecen al cuadro cambiante y siempre perfeccionable de este mundo. Ningún proyecto de sociedad podrá jamás establecer el reino de Dios, es decir, la perfección escatológica sobre la tierra. Los mesianismos políticos desembocan casi siempre en las peores tiranías. Las estructuras que las sociedades se dan, nunca valen de modo definitivo; no pueden tampoco ofrecer por sí mismas todos los bienes a los cuales el hombre aspira. Particularmente, no pueden sustituir la conciencia del hombre ni su búsqueda de la verdad y del Absoluto.

La vida pública, el recto orden del Estado, reposa sobre la virtud de los ciudadanos, la cual invita a subordinar los intereses individuales al bien común, a no darse y a no reconocer como ley más que lo que es objetivamente justo y bueno. Ya los antiguos griegos habían descubierto que no hay democracia sin la sujeción de todos a la ley, y que no hay ley que no este fundada sobre una norma trascendente de lo verdadero y lo justo.

Decir que corresponde a 1a comunidad religiosa, y no al Estado, administrar "lo que es de Dios", equivale a poner un límite conveniente al poder de los hombres, y este límite es el del campo de 1a conciencia, de los últimos fines, del sentido último de 1a existencia, de la apertura al absoluto, de la tensión hacia un perfeccionamiento jamás conseguido, que estimula los esfuerzos e inspira las justas opciones. Todas las familias de pensamiento de nuestro viejo continente tendrían que reflexionar sobre 1as sombrías perspectivas a las que podría conducir la eliminación de Dios de la vida pública, de Dios como última instancia de la ética y garantía suprema contra todos los abusos de poder del hombre sobre el hombre.

10. Nuestra historia europea enseña abundantemente con qué frecuencia la frontera entre "lo que es del Cesar" y "lo que es de Dios" ha sido sobrepasada en los dos sentidos. La cristiandad latina medieval —para no mencionar nada más que a esta—, si bien elaboró teóricamente, volviendo a tomar la gran tradición de Aristóteles, la concepción natural del Estado, no escapó siempre a la tentación integrista de excluir de la comunidad temporal a aquellos que no profesaban la verdadera fe. El integrismo religioso, sin distinción entre la esfera de la fe y la de la vida civil, aún hoy practicado bajo otros cielos, parece incompatible con el genio propio de Europa tal como la configuró el mensaje cristiano.

Pero es de otra parte de donde han venido, en nuestro tiempo, las mayores amenazas, cuando ciertas ideologías han absolutizado la sociedad misma o un grupo dominante, en detrimento de la persona humana y de su libertad. Allí donde el hombre no se apoya ya sobre una grandeza que le trasciende, corre el riesgo de entregarse al poder sin freno de lo arbitrario y de los seudo absolutos que lo destruyen.

11. Otros continentes conocen hoy una simbiosis más o menos profunda entre la fe cristiana y la cultura, que está llena de promesas. Pero, desde hace ya cerca de dos milenios, Europa ofrece un ejemplo muy significativo de la fecundidad cultural del cristianismo que, por su naturaleza, no puede ser relegado a la esfera privada. El cristianismo, en efecto, tiene vocación de profesión pública y de presencia activa en todos los dominios de la vida. También es mi deber destacar con fuerza que si el substrato religioso y cristiano de este continente tuviese que llegar a ser marginado en su papel de inspirador de la ética y en su eficacia social, no solamente toda la herencia del pasado europeo sería negada, sino que además un futuro digno del hombre europeo —digo de todo hombre europeo, creyente o no creyente— estaría gravemente comprometido.

12. Finalizando, recordaría tres campos donde me parece que la Europa integrada del mañana, abierta hacia el Este del continente, generosa hacia el otro hemisferio, tendría que retomar un papel de faro en la civilización mundial:

— Primero, reconciliar al hombre con la creación, cuidando de preservar la integridad de la naturaleza, su fauna y su flora, su aire y sus aguas, sus sutiles equilibrios, sus recursos limitados, su belleza que alaba la gloria del Creador.

— Seguidamente, reconciliar al hombre con sus semejantes, aceptándose los unos a los otros entre europeos de diversas tradiciones culturales o escuelas de pensamiento, siendo acogedores para con el extranjero y el refugiado, abriéndose a las riquezas espirituales de los pueblos de los otros continentes.

— Finalmente, reconciliar al hombre consigo mismo: sí, trabajar por reconstituir una visión integrada y completa del hombre y del mundo, frente a las culturas de la desconfianza y de la deshumanización, una visión en la cual la ciencia, la capacidad técnica y el arte no excluyan, sino que reclamen la fe en Dios.

Señor Presidente, Señores y Señoras Diputados: Respondiendo a vuestra invitación de dirigirme a vuestra ilustre Asamblea, tenía ante los ojos a los millones de hombres y de mujeres europeos a los que representáis. A vosotros ellos han confiado la gran tarea de mantener y desarrollar los valores humanos —culturales y espirituales— que corresponden a la herencia de Europa y que serán la mejor salvaguarda de su identidad, de su libertad y de su progreso. Ruego a Dios que os inspire y os fortalezca en este gran intento.

Catecismo de la Iglesia Católica

Catecismo de la Iglesia Católica: Dios ante todo

«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29)
nn. 2242-2243


2242

El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política. «Dad [...] al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt22, 21). «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29):

«Cuando la autoridad pública, excediéndose en sus competencias, oprime a los ciudadanos, éstos no deben rechazar las exigencias objetivas del bien común; pero les es lícito defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de esta autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y evangélica» (GS 74, 5).

La resistencia a la opresión de quienes gobiernan no podrá recurrir legítimamente a las armas sino cuando se reúnan las condiciones siguientes: 1) en caso de violaciones ciertas, graves y prolongadas de los derechos fundamentales; 2) después de haber agotado todos los otros recursos; 3) sin provocar desórdenes peores; 4) que haya esperanza fundada de éxito; 5) si es imposible prever razonablemente soluciones mejores.





Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Domingo XXIX (Ciclo A)



Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 42

15-16. Así como sucede cuando alguno quiere detener el curso del agua que corre, que si llega a saltar la presa busca su curso por otro lado, así la malicia de los judíos, cuando se vio confundida por una parte, buscó salida por otra. Por esto dice: «Entonces los fariseos se fueron y celebraron consejo sobre la forma de sorprenderle en alguna palabra.». Se fueron, diré, a buscar a los herodianos. Tal fue el consejo, como tales eran los que lo dieron.

Por esto sigue: «Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas.»

Esta es la primera ficción de los hipócritas, cuando alaban a los que quieren perder; y por lo tanto, empiezan la alabanza, diciendo: «Maestro, sabemos que eres veraz…» Le llaman Maestro, para que viéndose honrado y alabado, les manifieste sencillamente los secretos de su corazón, como deseando tenerles por discípulos.

18. «Mas Jesús, conociendo su malicia, dijo: “Hipócritas, ¿por qué me tentáis?”» No les responde de la misma manera sencilla y pacífica sino que contesta según las intenciones malas de los que preguntan, porque Dios responde a los pensamientos y no a las palabras.

Les llama hipócritas porque no iban a llevar a cabo lo que pensaban hacer, sabiendo que El conoce el corazón de los hombres y que, por eso mismo, conocía sus malas intenciones. Véase aquí el porqué los fariseos le halagaban para perderle. Pero Jesús los confundía para salvarlos, puesto que para un hombre no es de ningún provecho adular mientras que sí lo es ser corregido por Dios.

San Jerónimo

16. «Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: “Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas.”» Hacía poco que Judea había quedado sometida a los romanos por César Augusto, cuando tuvo lugar el censo de todo el mundo, y se establecieron los tributos. Por eso había en el pueblo mucho deseo de insurreccionarse. Decían unos que los romanos cuidaban de la seguridad y de la tranquilidad de todos, por cuya razón se les debía pagar el tributo; pero los fariseos, que se atribuían toda justicia, apoyaban, por el contrario, que el pueblo de Dios (que ya pagaba los diezmos, daba las primicias, y todo lo demás que estaba prescrito en la ley) no debía estar sujeto a leyes humanas. Pero César Augusto había colocado a Herodes, hijo de Antipatro, extranjero y prosélito, como rey de los judíos; el cual debía ordenar los tributos y obedecer al Imperio Romano. Por lo tanto, los fariseos envían a sus discípulos con los herodianos, esto es, o con los soldados de Herodes o con aquellos a quienes daban el apodo irónico de herodianos y trataban como no afectos al culto divino, porque pagaban sus tributos a los romanos.

17. Esta pregunta suave y engañosa, le provoca a responder, que debe temerse más a Dios que al César; por esto dicen: Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?». Para que si dice que no deben pagarse los tributos, lo oigan enseguida los herodianos y le detengan como reo de sedición contra el emperador de Roma.

18. «Mas Jesús, conociendo su malicia, dijo: “Hipócritas, ¿por qué me tentáis?”» La primera virtud del que responde consiste en conocer las intenciones de los que preguntan y no llamarles discípulos suyos sino tentadores. Hipócrita es aquel que aparenta ser algo que no es.

19-21. La sabiduría siempre obra de una manera sabia, y confunde con frecuencia a sus tentadores, por medio de su palabra. Por esto sigue: «”Mostradme la moneda del tributo”. Ellos le presentaron un denario.» Esta clase de moneda era la que se consideraba del valor de diez monedas, y llevaba el retrato del César. Por esto sigue: «Y les dice: “¿De quién es esta imagen y la inscripción?”» Los que creían que la pregunta del Salvador era hija de la ignorancia y no de la deferencia, aprendan aquí cómo Jesús podía conocer la imagen que había en la moneda. Prosigue: «Dícenle: “Del César.” » Y no creemos que era César Augusto, sino Tiberio, su hijastro, en cuyo tiempo sufrió la pasión nuestro Señor. Todos los emperadores romanos, desde el primero, llamado Cayo César que se apoderó del imperio, se llamaban Césares. Prosigue: «Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios.», esto es, la moneda, el tributo y el dinero… Las décimas, las primicias, las oblaciones y las víctimas. Así como el mismo Señor pagó al César el tributo por sí y por San Pedro, pagó también a Dios, lo que es de Dios, haciendo la voluntad de su Padre.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 70,1-2

16. «Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: “Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas.”» Envían a sus discípulos junto con los soldados de Herodes, para que pudiesen vituperar cualquier cosa que dijere el Salvador. Deseaban, pues, que el Señor dijere algo en contra de los herodianos, porque como temían prenderlo por temor a las turbas, querían ponerle en peligro, y hacerle aparecer como enemigo de los tributos públicos.

Esto lo decían en secreto, pero refiriéndose a Herodes y a César.

17. Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?» Como sabían que a algunos que habían aspirado a introducir esta discordia los habían matado, querían también hacerle caer en esta sospecha por estas palabras.

21. «Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios.» Tú también, cuando oigas: da al César lo que es del César, sabe que únicamente dice el Salvador aquello que no se opone a la piedad. Porque si hubiese algo de esto, no constituirá un tributo del César, sino del diablo. Y después, para que no digan: que los hombres no están sujetos, añade: “Y a Dios lo que es de Dios”.

San Hilario, in Matthaeum, 23

21. «Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios.» Si nada hay que siendo del César se encuentre entre nosotros, no estaremos obligados a darle lo que es suyo. Por lo tanto si nos ocupamos de sus cosas, si usamos del poder que él nos concede no haremos ofensa alguna, si damos al César lo que es del César.

Conviene por lo tanto que nosotros le paguemos lo que le debemos, esto es, el cuerpo, el alma y la voluntad. La moneda del César está hecha en el oro, en donde se encuentra grabada su imagen; la moneda de Dios es el hombre, en quien se encuentra figurada la imagen de Dios; por lo tanto dad vuestras riquezas al César y guardad la conciencia de vuestra inocencia para Dios.

Orígenes, homilia 21 in Matthaeum

21. «Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios.» En esto aprendemos por el ejemplo del Salvador que no debemos atender a lo que dicen muchos so pretexto de religiosidad y que, por lo tanto, tiene algo de vanagloria, sino a lo que es conveniente, según dicta la razón. También podemos entender este pasaje en sentido moral, porque debemos dar al cuerpo algunas cosas -lo necesario- como tributo al César. Pero todo lo que está conforme con la naturaleza de las almas, esto es, lo que afecta a la virtud, debemos ofrecerlo al Señor. Los que enseñan que según la ley de Dios no debemos cuidarnos del cuerpo son fariseos, que prohíben pagar el tributo al César, como los que prohíben casarse y mandan abstenerse de comer a los que Dios ha creado. Y los que dicen que debemos conceder al cuerpo más de lo que debemos, son herodianos. Nuestro Salvador quiere que no sufra menoscabo la virtud, cuando prestamos nuestro servicio al cuerpo; ni que sea oprimida la naturaleza material, cuando nos dedicamos con exceso a la práctica de la virtud. El príncipe de este mundo, es decir, el diablo, representa al César; no podemos por lo tanto dar a Dios lo que es de Dios hasta que hayamos pagado al príncipe lo que es suyo, esto es, hasta que hayamos dejado toda su malicia. Aprendamos también aquí esto mismo que no debemos callar en absoluto en contra de los que nos tientan, ni responder sencillamente, sino con circunspección, así quitaremos la ocasión de que se quejen contra nosotros, y enseñaremos qué es lo que deben hacer para no ser dignos de reprensión los que quieren salvarse.

Glosa

16. «Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos…»Se valieron de personas desconocidas, para engañar más fácilmente a Jesús y poderle atrapar por medio de ellas. Porque como temían a las gentes, no se atrevían a hacerlo por sí mismos.

16. «… “Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas.”» De tres modos sucede que alguno no enseñe la verdad: primeramente, por parte del que enseña, porque o desconoce la verdad, o no la estima; y en contra de esto dicen: “Sabemos que eres veraz”. En segundo lugar, de parte de Dios, porque pospuesto su temor, algunos no enseñan con toda su pureza la verdad que procede de Dios, y que ellos conocen; y contra esto dicen: “Y que enseñas el camino de Dios, en verdad”. Y en tercer lugar, de parte del prójimo, por cuyo temor o amor calla alguno la verdad; y para ocultar esto añaden: “Y que no te cuidas de cosa alguna”, (esto es, del hombre), “porque no miras a la persona de los hombres”.

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