Mt 22, 34-40: El mandamiento principal

Texto Bíblico

34 Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar 35 y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: 36 «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». 37 Él le dijo: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. 38 Este mandamiento es el principal y primero. 39 El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. 40 En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Orígenes, homilia 23 in Matthaeum

34. «Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo.» Jesús impuso silencio a los saduceos, queriendo demostrar que la luz de la verdad había hecho enmudecer la voz de la mentira. Así como es propio del hombre justo callar cuando es tiempo de callar, y hablar cuando se debe hablar, pero nunca enmudecer, así también es propio de los doctores de la mentira, enmudecer en cuanto a la cuestión, pero no callar.

35. «Y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba…» Todo el que pregunta a algún sabio, no para aprender, sino para examinarlo, debemos creer que es hermano de aquel fariseo, según lo que dice por San Mateo: “Lo que hicisteis con uno de mis pequeñuelos, lo hicisteis conmigo” (Mt 25,40).

36. «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» Decía Maestro, como tentándolo, porque no pronunciaba estas palabras como discípulo del Salvador. Por lo tanto, si alguien no aprende algo del divino Verbo, ni se entrega a El con toda su alma, aunque le dice Maestro, es hermano del fariseo, que tienta a Jesucristo. Cuando se leía la ley antes de la venida del Salvador, quizá se inquiría cuál era el mandamiento grande en ella; y no lo hubiese preguntado el fariseo si no se hubiese cuestionado esto mucho tiempo, no habiéndole encontrado solución hasta que viniese Jesucristo a enseñarlo.

37-39. «El le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.”» Con todo tu corazón, esto es, con toda tu memoria, todas tus acciones y todos tus deseos. Con toda tu alma, esto es, que estén preparados a ofrecerla por la gloria de Dios. Con toda tu inteligencia, esto es, no profiriendo más que lo que pertenezca a Dios. Y ve si puedes someter tu corazón a tu entendimiento por medio del cual conocemos las cosas inteligibles; también tu inteligencia, para manifestarlas, pues con ella las explicamos todas. Por cada una de estas cosas que se dan a conocer, como que crecemos y avanzamos en nuestra mente.

Si el Señor, no hubiese contestado al fariseo que le tentaba, podríamos creer que un mandamiento no es mayor que el otro. Pero el Señor le responde: “Este es el mayor y el primer mandamiento”; en lo que comprendemos que hay diferencia entre los mandamientos, que hay uno mayor y otros inferiores hasta el último. Le responde el Señor, no sólo que éste es el mandamiento grande, sino también el primero: no según el orden con que está escrito, sino según su mayor importancia. Únicamente reconocen la magnificencia y el primado de este mandamiento, aquellos que no sólo aman al Señor su Dios, sino que también le aman con aquellas tres condiciones, a saber: con todo su corazón, con toda su alma y con todo su entendimiento. Le enseñó que no sólo es grande y el primero, sino que también tiene un segundo que se parece a éste. Por esto sigue: «El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Por lo tanto, si el que ama la iniquidad aborrece su alma (Sal10,6), claro está que no ama a su prójimo como a sí mismo, porque ni aun a sí mismo se ama.

39-40. «El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» El hecho de ser semejante el segundo mandamiento al primero, demuestra que es uno mismo el proceder y el mérito de uno y de otro: no hay pues, amor que aproveche para salvarse como aquel que se tiene a Dios en Jesucristo, y a Jesucristo en Dios.
Prosigue: «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.»

Aquel que cumplió todo lo que está mandado, respecto del amor de Dios y del prójimo, es digno de recibir gracias divinas, para que comprenda, que toda la Ley y los Profetas dependen de un solo principio: a saber, del amor de Dios y del prójimo.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 42

34-35. «Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo.» Sin duda se pusieron de acuerdo los fariseos para vencer por medio del número a quien no habían podido vencer por medio de razones y se confiesan destituidos de verdad cuando apelan a la muchedumbre. Decían, pues, entre sí: que hable uno solo por nosotros, y nosotros hablemos por medio de él, y si vence, apareceremos como que hemos vencido todos. Y si queda confundido, lo será él solo. Por esto sigue: «y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba…»

36. «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» Le preguntaba acerca del mandato grande quien no cumplía ni aun el más pequeño. Debe preguntar acerca del progreso de la santidad, aquel que ya viene observando algo que pueda conducir a ella.

37. El Señor, para humillar con su primera contestación la conciencia engañosa del que le preguntaba, respondió así: «”Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.”» Amarás, dijo, y no temerás, porque amar es más que temer; temer es propio de los siervos, y amar es propio de los hijos. El temor procede de la necesidad, el amor, de la libertad; el que sirve a Dios por temor, evita el castigo, es verdad, pero no tiene la gracia de la santidad, puesto que obligado, practica el bien por miedo. No quiere el Señor que le teman los hombres de un modo servil, y como a amo, sino que se le ame como padre, puesto que ha concedido a los hombres el Espíritu de adopción. Amar a Dios de todo el corazón, es tanto como no tener su corazón inclinado al amor de alguna cosa, sino al amor de Dios. Amar a Dios con toda el alma, es tanto como tener un conocimiento ciertísimo de la verdad, y estar firme en la fe; por lo tanto, una cosa es el amor del corazón, y otra el amor del alma. El amor del corazón, es carnal en cierto sentido; en tal concepto amamos a Dios de una manera carnal, lo que no podemos hacer sin abstenernos del amor de las cosas terrenas; por lo tanto, el amor del corazón se siente en el corazón. Pero el amor del alma no se siente, sino que se comprende, porque consiste en el juicio del alma. El que cree que todo bien está en Dios, y que nada bueno está fuera de El, éste le ama con toda su alma. Amar a Dios con toda la mente, es tanto como consagrarle todos los sentidos, y aquél cuyo entendimiento sirve a Dios, y cuya sabiduría se fija en Dios, y cuya inteligencia se ocupa de las cosas de Dios, cuya memoria recuerda lo bueno, puede decirse que ama a Dios con toda su mente.

39. «El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» El que ama al hombre es semejante al que ama a Dios, porque como el hombre es la imagen de Dios, Dios es amado en él como el rey es considerado en su retrato. Y por esto dice que el segundo mandamiento es semejante al primero.

San Jerónimo

34. Como los fariseos habían sido confundidos en la presentación de la moneda, y vieron que se había levantado una facción en la parte contraria, debían con esto haberse decidido a no presentar nuevas asechanzas. Pero la malicia y la envidia fomentan muchas veces el atrevimiento. Por esto dice: «Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo.»

Los fariseos, por lo tanto, y los saduceos que eran enemigos entre sí, están conformes en cuanto se trata de tentar a Jesucristo, unidos por un mismo fin.

36. «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» No le pregunta acerca de los mandamientos, sino cuál sea el mandato primero y más grande. Porque como todo lo que Dios manda es grande, cualquier cosa que responda servirá para calumniarle.

San Agustín, varias obras

35-36. «Y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba…»No llame la atención que San Mateo diga aquí que hubo un tentador que interrogó a Jesús. San Marcos omite esta parte, pero al final del pasaje concluye diciendo que el Señor Jesús le dijo con toda sabiduría: “No estás lejos del reino de Dios” (Mt 12,34). Pues puede suceder muy bien que, aun cuando alguien se aproxime al Señor con intención de tentarlo, obtenga de El una respuesta que le aproveche. Y verdaderamente no debemos mirar a la tentación como mala e hija de uno que quiere engañar a su enemigo, sino más bien como causa con que se quiere examinar a quien no se conoce; no en vano está escrito: “Que el que cree fácilmente, es porque tiene un alma ligera” (Ecle 18,4). Lo que pregunta, es lo que se dice a continuación: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» (De consensu evangelistarum, 2,73).

37. «El le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.”» Se te manda que ames a Dios de todo corazón, para que le consagres todos tus pensamientos; con toda tu alma, para que le consagres tu vida; con toda tu inteligencia, para que consagres todo tu entendimiento a Aquel de quien has recibido todas estas cosas. No deja parte alguna de nuestra existencia que deba estar ociosa, y que dé lugar a que quiera gozar de otra cosa. Por lo tanto, cualquier otra cosa que queramos amar, conságrese también hacia el punto donde debe fijarse toda la fuerza de nuestro amor. Un hombre es muy bueno, cuando con todas sus fuerzas se inclina hacia el bien inmutable (De doctrina christiana, 1,22).

39. «El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Debe tenerse en cuenta que se ha de considerar como prójimo a todo hombre y que por lo tanto con nadie se debe obrar mal. Si se llama propiamente nuestro prójimo aquel a quien se debe dispensar o de quien debemos recibir oficios de caridad, se demuestra por medio de este precepto de qué modo tenemos obligación de amar al prójimo, y aun comprendiendo también a los santos ángeles, de quienes recibimos tantos oficios de caridad, como podemos ver fácilmente en las Escrituras. Así, el mismo Dios quiso llamarse nuestro prójimo, cuando Nuestro Señor Jesucristo se nos presenta como aquel tullido que se encontraba medio muerto y tendido en el camino (Lc 10) (De doctrina christiana 1,30).

El que ama a los hombres, debe amarlos, ya porque son justos, o ya para que lo sean. De este modo debe amarse al prójimo, y así es como se ama al prójimo como a sí mismo, sin peligro alguno; ya porque es justo, o ya para que sea justo (De Trinitate, 8,6).

Si debes amarte a ti mismo, no es por ti, sino por aquél a quien debe encaminarse tu amor, como a fin rectísimo; no se extrañe nadie, si le amamos también por Dios. El que ama con verdad a su prójimo, debe obrar con él de modo que también ame a Dios con todo su corazón (De doctrina christiana, 1, 22).

40. «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.» Dijo que depende; esto es, esta referida allí a donde tiene su cumplimiento (De consensu evangelistarum, 1,33).

Siendo, pues, dos los preceptos de los cuales dependen la Ley y los Profetas -el amor de Dios y del prójimo- con razón la sagrada Escritura los presenta muchas veces como uno solo. Ya como amor de Dios, según aquello de San Pablo: “Sabemos que a los que aman a Dios todo les sale bien” (Rom 8,28), ya como amor del prójimo, como dice el mismo Santo; “Toda la ley está comprendida en un solo punto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gál5,14). Por lo tanto, como el que ama a su prójimo consiguientemente amará también a Dios, amamos a Dios y al prójimo con la misma caridad, aunque debemos amar a Dios por sí mismo, y al prójimo por Dios (De Trinitate, 8, 7).

Mas, como la esencia divina es mucho más excelente que nuestra naturaleza, se le ama de una manera diferente a como amamos al prójimo, según está mandado. Y si te comprendes a ti mismo y si comprendes también a tu prójimo (esto es, alma y cuerpo), verás que no hay diferencia alguna entre estos dos preceptos: cuando va primero el amor de Dios y está circunscrito al modo con que se le puede amar, le sigue el amor del prójimo para que le ames como a ti mismo; por lo tanto, tu amor a ti no queda excluido de la cooperación a uno y otro amor (De doctrina christiana, 1,30,26).

Rábano

40. «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.» Todo el decálogo está comprendido en estos dos mandamientos: los preceptos primeros afectan al amor de Dios, y los segundos al del prójimo.

Glosa

37. «El le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.”» De todo tu corazón, esto es, con tu entendimiento; con tu alma, esto es, con tu voluntad; con tu inteligencia, esto es, con tu memoria, a fin de que nada quieras, sientas ni recuerdes, que pueda contrariarle.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia

Discurso:

Octavo Discurso para la Novena de Navidad

«El grande y primer mandamiento» ().

Para poder amar mucho a Dios en el cielo, es necesario, en primer lugar, amarlo mucho en la tierra. El grado de nuestro amor a Dios, al final de nuestra vida, será la medida de nuestro amor de Dios durante la eternidad. ¿Queremos tener la certeza de no separarnos de este soberano Bien en la vida presente? Estrechémosle cada vez más por los vínculos de nuestro amor, diciéndole con la esposa del Cantar de los cantares: “Encontré al amor de mi alma: lo abracé y no lo solté”(3,4). ¿Cómo ha apresado la esposa sagrada a su amado? “Con el brazo de la caridad”, responde Guillermo…; “es con el brazo de la caridad con lo que se apresa a Dios”, afirma san Ambrosio.

Dichoso aquel que podrá escribir con San Pablo: «Que los ricos posean sus riquezas, que los reyes posean sus reinos: pero para nosotros, ¡nuestra gloria, nuestra riqueza y nuestro reino, es Cristo!».

Y con san Ignacio: «Dame sólo tu amor y tu gracia, eso me basta». Haz que te ame y que yo sea amado por Ti; no deseo ni desearé otra cosa.

San Roberto Belarmino, obispo y doctor de la Iglesia

Tratado:

Tratado sobre la ascensión de la mente hacia Dios, Grado 1: Opera omnia 6 (Liturgia de las Horas, 17 de septiembre)

«¿Cuál es el gran mandamiento?» ().

¿Qué es, Señor, lo que mandas a tus siervos? “Cargad, nos dices, con mi yugo”. ¿Y cómo es este yugo tuyo? “Mi yugo, añades, es llevadero y mi carga, ligera”. ¿Quién, no llevará de buena gana, un yugo que no oprime, sino que anima; una carga que no pesa, sino que reconforta? Con razón añades: ” y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11,29). ¿Y cuál es este yugo tuyo, que no fatiga sino que da reposo? Por supuesto aquel mandamiento, el primero y el más grande: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón”. ¿Qué más fácil, más agradable, más dulce que amar la bondad, la belleza y el amor, todo lo cual eres tú, Señor Dios mío?

¿Acaso no prometes además un premio, a los que guardan tus mandamientos “más preciosos que el oro y más dulce que la miel del panal”? (Sal. 18,11) Por cierto que sí, y un premio grandioso, como dice tu apóstol Santiago: “El Señor preparó la corona de vida para aquellos que lo aman” (1,12)… Y así dice san Pablo, inspirándose en el profeta Isaías: ” Ni el ojo vió, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman ” (1Co 2,9)

En verdad, es muy grande el premio que proporciona la observancia de tus mandamientos. Y no sólo aquel mandamiento, el primero y el más grande es provechoso para el hombre que lo cumple, no para Dios que lo impone, sino que también los demás mandamientos de Dios, perfeccionan al que los cumple, lo embellecen, lo instruyen, lo ilustran, lo hacen en definitiva bueno y feliz. Por esto, si juzgas rectamente, comprenderás que has sido creado para la gloria de Dios y para tu eterna salvación, comprenderás que éste es tu fin, que éste es el objetivo de tu alma, el tesoro de tu corazón. Si llegas a este fin, serás dichoso, si no lo alcanzas, eres un desdichado.

San Francisco de Asís, religioso

Regla:

Primera regla, § 23

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón» ().

Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y poder, con todo el entendimiento, con todas las energías, con todo el empeño, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y quereres, al Señor Dios, que nos dio y nos da a todos nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida, que nos creó, nos redimió y por sola su misericordia nos salvará; que nos ha hecho y hace todo bien a nosotros, miserables y míseros, pútridos y hediondos, ingratos y malos.

Ninguna otra cosa, pues, deseemos, ninguna otra queramos, ninguna otra nos agrade y deleite, sino nuestro Creador, y Redentor, y Salvador, solo verdadero Dios, que es bien pleno, todo bien, bien total, verdadero y sumo bien; que es el solo bueno, piadoso, manso, suave y dulce; que es el solo santo, justo, veraz, santo y recto; que es el solo benigno, inocente, puro; de quien, y por quien, y en quien está todo el perdón, toda la gracia, toda la gloria de todos los penitentes y justos, de todos los bienaventurados que gozan juntos en los cielos.

Nada, pues, impida, nada separe, nada adultere; nosotros todos, dondequiera, en todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, todos los días y continuamente, creamos verdadera y humildemente y tengamos en el corazón y amemos, honremos, adoremos, sirvamos, alabemos y bendigamos, glorifiquemos y sobresaltemos, engrandezcamos y demos gracias al altísimo y sumo Dios eterno, trinidad y unidad, Padre, e Hijo, y Espíritu Santo.

Benedicto XVI, papa

Carta Encíclica «Deus caritas est»

n. 18.

«Todo… depende de estos dos mandamientos» ().

Hay una interacción necesaria entre amor a Dios y amor al prójimo… Si en mi vida me falta completamente el contacto con Dios, jamás puedo ver en el otro más que el otro y no consigo reconocer en él la imagen divina. Si por el contrario, en mi vida descuido completamente la atención al otro, deseando solamente ser «piadoso» y cumplir con mis «deberes religiosos», entonces mi relación con Dios se seca. Cuando es así, esta relación es solamente «correcta» pero sin amor. Tan sólo mi disponibilidad de ir al encuentro del prójimo, a testimoniarle mi amor, me hace también sensible ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a ese Dios hecho para mí y según su propia manera de amarme.

Los santos –pongamos por ejemplo a la beata Teresa de Calcuta- en su encuentro con el Señor en la Eucaristía, han sacado toda su capacidad de amar al prójimo de manera siempre nueva y, recíprocamente, este encuentro ha adquirido todo su realismo y toda su profundidad precisamente gracias a su servicio a los otros.

Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, es un único mandamiento. Sin embargo, los dos viven del amor solícito de Dios que nos ha amado el primero. Así, no se trata ya de un «mandamiento» que nos prescribe algo imposible desde el exterior sino, por el contrario, de una experiencia de amor, dada desde el interior, un amor que, por su naturaleza, debe ser compartido con los otros. El amor crece con el amor. El amor es «divino» porque viene de Dios y nos une a Dios y, a través de este proceso de unificación, nos transforma en un Nosotros, que sobrepasa nuestras divisiones y nos hace llegar a ser uno hasta que, al final, Dios sea «todo en todos».


Comentarios exegéticos

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: La ley de la vida

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 219-221.

Rut 1, 3-6,14b-16.22.

¿Una novela moderna en la época de los Jueces? En realidad, la lengua empleada en el libro de Rut es postexílica, pero la historia en sí debe de ser más antigua. Al igual que los Setenta, la tradición cristiana, ha colocado este libro a continuación del de los Jueces, pues se considera que la acción se desarrolla en esa época. La obra, pues, refleja una mentalidad opuesta a la que se desprende del libro de los Jueces y que ilustran los libros de Esdrás y Nehemías. En efecto, el riesgo de idolatría que los pueblos extranjeros representaron para Israel, dio lugar, después del exilio, a la prohibición de los matrimonios mixtos. Y aunque el libro de Rut no se muestra contrario a las medidas que se toman para salvaguardar la fe, no por ello deja de significar una reacción contra el ¡lesa/rollo de un nacionalismo demasiado riguroso. 

La historia que cuenta el libro Rut es la de un idilio muy sencillo que se desarrolla en un medio campesino, donde se honran las virtudes familiares, donde se recompensan la generosidad y la piedad familiar, y donde la providencia aparece por doquier.” (W. Harrington). Los nombres de los personajes son simbólicos: Noemí es la Graciosa; Rut, la Compañera; Orfa, la Irreductible. También podemos relacionar el nombre de Belén, la Casa-del-pan, con el gesto del Señor dando pan a su pueblo (v. 6). 

Salmo 145.

Los versículos 5 al 9 del salmo 145 forman un himno de congratulación que estaba dirigido a los peregrinos del templo; este canto adopta la forma de un himno en honor del Señor que protege a los más débiles. 

Mateo 22, 34-40.

“Se reunieron los fariseos…” La traducción pierde fuerza y no expresa debidamente la intención del evangelista. Efectivamente, la “reunión” de los fariseos es una cita textual del Salmo 2,2 según la Biblia griega (“Los jefes se reunieron en grupos contra el Señor y contra su Cristo”). La reunión es, pues, una conspiración; el proceso de Jesús ya está en marcha. 

El legista plantea la debatida cuestión acerca del mandamiento principal de la ley. En realidad, no se trata tanto de fijar una jerarquía dada como de dilucidar los fundamentos de la vida moral. Jesús responde citando el doble mandamiento de amar a Dios y al prójimo, mandamientos que se basan en el señorío de Dios, como lo muestran Dt 6,5, con la hermosa oración del Shema, de donde se ha sacado el primer mandamiento (cfr. Me 12,29), y el estribillo “Yo soy Yahvé”, de Lv 19, para el segundo mandamiento. La originalidad de la respuesta no se encuentra “en las ideas de amor a Dios y al prójimo, conocidas del Antiguo Testamento, sino en el hecho de que Jesús junte ambas cosas y les dé una misma importancia y, sobre todo, en la simplificación y la concentración de toda la ley en estos dos mandamientos. Efectivamente, de estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los profetas. 

***

Vienen de nuevo al encuentro de Jesús para preguntarle; las sectas y los grupos se suceden, y todos buscan un apoyo para sus tesis o una argucia para hacer que el Hijo de Dios se contradiga. “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?” En tiempos de Jesús, y en los años en que Mateo redacta su evangelio para cristianos provenientes del judaísmo, la pregunta era temible. ¡El estudio de la ley de Moisés había llevado a encontrar en ella 365 prohibiciones, tantas como los días del año, y 248 mandamientos, tantos como los componentes del cuerpo humano! Todo ello tenía que regir la vida de un judío piadoso, y los rabinos se esforzaban en demostrar con toda minuciosidad la importancia de cada mandamiento y de cada prohibición. La pregunta era comprometida y, cuando se le plantea a Jesús, es “para ponerlo a prueba”. 

La respuesta de Cristo es sencilla y completamente tradicional; se limita a responder con el admirable texto que todo judío piadoso y sincero conoce de memoria: ” ¡Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser!” Nada nuevo, desde luego; y, sin embargo, Jesús ha evitado la trampa que se le tiende trastocando radicalmente los datos de la pregunta. 

Para Jesús, no basta con una reglamentación tan luminosamente simplificada que podríamos observarla como si fuese un código de leyes; se trata de volver a lo esencial, que no es precisamente del orden de la ley, sino del orden del corazón. 

“Es el corazón lo que yo quiero, y no los sacrificios”, decía ya el Antiguo Testamento. El programa de la vida nueva no puede reducirse a una serie de preceptos imperativos; la ley nueva es, de ahora en adelante, la interpelación de un rostro. Jesús libera al hombre de su obsesión por los tabúes y por la observancia, de las cortapisas de los miedos íntimos y de las restricciones sociales. La savia de toda moral no es la conformidad con unas normas: es el amor lo que de veras llega a los seres vivos. Jesús denuncia todo cuanto puede desviar la mirada de la contemplación de lo esencial: los rabinos habían puesto pantallas entre el hombre y la exigencia de Dios; en adelante, hay que mirar directamente a Dios y a los hombres. No se trata ya tanto de estar en regla cuanto de amar. 

Amar a Dios con todo el ser. Y el amor es una pasión, no un deber. Amar como se ama la vida. Con ebriedad y admiración, sin tino; ¡amar a Dios con desmesura! 

Y luego amar al prójimo como a uno mismo… No conformarse y “tolerar” al otro, sino dejarse llevar por una infinita ternura hacia aquel a quien Dios mira como me mira a mí, con una pasión que llega al extremo de morir de amor. ¿Son sólo palabras? Quizá…, pero, si se hicieran realidad, ¡qué revolución! Jesús simplificaba la ley… ¡Quizá hubiese valido más en nuestro caso seguir respetando los 248 mandamientos y las 365 prohibiciones! Al menos, habríamos sabido adonde nos llevaba la escucha del Evangelio. El amor no es en sí peligroso: ¡no puede conducir más que a la cruz! Pero también a la mañana de Pascua… 

No acabaremos nunca, Dios y Padre nuestro, de cantar la inmensidad de tu amor. Que esta alabanza nos abra a una vida nueva, animada por tu Espíritu y orientada al servicio de nuestros hermanos. 

***

Nuestra alegría es bendecirte, Padre de amor infinito: 
en tu creación descubrimos, maravillados,
la ternura que pones en todas las cosas. 
¡Te alabamos por tanto amor! 

Bendito seas, además,
cuando cuando nos haces darnos unos a otros, 
como una multitud de hermanos
llamados a vivir en la gracia de tu ley. 

En el camino de este difícil amor
tú nos insuflas tu Espíritu,
para que nuestra vida coincida en verdad 
con las palabras de nuestra alabanza. 

Es esa alabanza la que unimos a la aclamación 
de todos cuantos en el mundo
inventan día a día
los mil rostros de tu único amor. 

Biblia Nácar-Colunga Comentada

El primer mandamiento de la Ley, 22:34-40 (Mc 12:28-34; Lc 10:25-27).

Este pasaje lo traen en forma análoga Mt y Mc. Lc también lo trae en forma más esquemática y como introducción justificatoria, que dará lugar a la exposición de la parábola del buen samaritano. Se quiere saber de Jesucristo su pensamiento sobre el mayor mandamiento de la Ley. Era algo que estaba en las discusiones del medio ambiente rabínico.

Las discusiones rabínicas sobre la diversa importancia de los mandamientos eran frecuentes. Se distinguían ordinariamente 613 mandatos: 248 eran positivos y 365 negativos. De ellos, en las listas que se elaboraban, a unos se los califica de graves, y a otros, de leves. Aunque en la época de Cristo este número no hubiese estado cerrado y fijo, existían ya listas, clasificaciones y discusiones en torno a ello. Frecuentemente se buscaba cuál fuese el primero de estos mandamientos. Se lee en una parábola sobre el Deuteronomio 22:7: “El Santo (Dios) no ha revelado qué recompensa guarda sino sólo a dos preceptos, el más importante entre los importantes: Honra a tus padres (Ex 20:22), y el más pequeño entre los pequeños: Deja libre a la madre cuando cojas a los pajaritos (Dt 22:7). Para estos dos mandamientos ha fijado la recompensa: una larga vida.”

En este ambiente surge la pregunta que se le va a hacer a Cristo. En Mc-Mt se le acerca un grupo de fariseos al saber que había respondido “bien” a los saduceos, sus enemigos doctrinales, al enseñar la resurrección de los muertos. Es verdad que Mt pone que se le acercan par a “tentarle” (πειράζω), pero el sentido exacto de esta palabra depende del contexto. No siempre tiene mal sentido, ya que significa “experimentar,” “probar,” pero lo mismo puede ser capciosamente que poner a prueba para saber lo que dice, para aprovecharse de su enseñanza. Este parece ser el sentido, como se desprende de Mc (v.34). El que le interroga es “legista,” un doctor de la Ley (νομικός). En Mt-Mc se plantea el problema ambiental sobre cuál sea el mayor mandamiento de la Ley.

Y se formula con el valor de lo que hay que hacer para alcanzar la vida eterna. Si no es que pretende preguntar por algunas prácticas especiales, en el fondo es la pregunta que se hace en Mt-Mc: serían las prácticas esenciales, por lo que se le centra el tema. En Lc la redacción es más exhortativa; era interés suyo o de su “fuente.” En Mc se aprecia un ambiente helenístico, en el que interesa, además del hecho histórico de Cristo, darle una redacción polémica en defensa del monoteísmo contra el politeísmo (Mc 12:29), a lo que se le añade una serie de palabras técnicas helenísticas: διάνοια, καλώς, συνέσεως, νουνεχώς. El actual texto de Mc tendría unas fuentes helenizantes y más tardías que Mt-Lc. En Mt, el v.40 parece ser la clave de todo el pasaje. Toda la Ley y los Profetas se reducen o penden (χρέμαται) de los dos preceptos que aquí se citan. En Mc la respuesta de Cristo está hecha conforme al Shemá, que todo israelita varón, no esclavo, debía recitar dos veces al día, y que debía de estar ya en uso en tiempo de Cristo. Toma su nombre del comienzo de la misma: “Oye, Israel” (Dt 6:4.5). Todas estas expresiones: “corazón,” “alma” y “fuerza” (Mc), más que expresar cosas distintas, son formas semíticas, pleonásticas, de decir globalmente lo mismo. Esto es lo que constituía originaría y fundamentalmente la oración diaria del Shemá. Para los judíos, este mandato del amor de Dios sobre todo era fundamental. Pero también se vinieron a mixtificar o yuxtaponer a él otros, en los que, dándole una importancia excesiva a otras cosas muy secundarias de la misma legislación, tales como la recomendación de pensar siempre en estas palabras, lo que dio lugar a las ”filacterias” (Dt 6:8; Núm 15:38), o los premios temporales que se pusieron anejos al primer mandamiento para mejor cumplirlo (Dt 11,13ss), vinieron a derivar en utilitarismo el mismo precepto del amor de Dios. Y era frecuente en muchos rabinos poner por encima de todos los preceptos el mandamiento de sacrificar diariamente dos corderos de un año a Yahvé. Hasta el mismo precepto del amor a Dios venía a quedar así desvirtuado por el precepto de sus mismos ritos.

Por eso, Jesucristo insistirá en situar el precepto del amor a Dios sobre todas las cosas, en su lugar primero, absoluto y excepcional. “Este es el mayor y primer mandamiento” (Mt).

Pero Jesucristo va a insistir y situar en su propio lugar otro mandamiento descuidado por el judaísmo y pospuesto a otros preceptos menores. “Un segundo (mandamiento) hay semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt). Jesucristo da este segundo mandamiento sin que el “legista” se lo haya preguntado. ¿A qué se debe esta insistencia y la proclamación de su excelencia? En el lugar análogo de Lc (10:27), el doctor de la Ley le responde a Jesucristo con los dos preceptos. Pero aquí no se preguntan.

La razón es la importancia de este segundo mandato, el olvido o devaluación en que se le tenía frente a otros preceptos ritualistas o minuciosos. Por ejemplo, en el Talmud se atribuía la misma recompensa al amor a los padres que si, al coger a los pajaritos de su nido, se dejase libre a la madre.

Es verdad que se leía a veces una mayor valoración del mandamiento del amor al prójimo. En el Testamento de los doce patriarcas se lee: “Amad al Señor durante toda vuestra vida y amaos los unos a los otros de corazón”. Y rabí Aqiba, sobre 130, decía: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo; es el principio fundamental.” 

Pero lo que podía ser una superación moral no llegaba, en ningún caso, al mandato como Jesucristo lo sitúa y lo entiende.

Jesucristo lo anuncia con las palabras del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19:18). Pero en su mismo contexto se ve que este prójimo de un judío es sólo otro judío, y a lo más el “peregrino” (ger) que morase con ellos. Los samaritanos, los publícanos y las gentes de mala vida no eran para ellos prójimo; los samaritanos y los publícanos eran positivamente odiados (Eclo 50:27.28).

Pero, frente a esta mutilación de lo que es prójimo y de los deberes que para él hay, Jesucristo explica el mandamiento del Levítico y lo sitúa en el puesto que le corresponde, y lo preceptúa en función de Dios. Por eso se da aquí a este mandamiento dos características: la universalidad en el concepto de prójimo, sacándolo de los estrechos límites judíos para darle la universalidad de lo “humano”; es la doctrina de Cristo, bien sintetizada en la parábola del buen samaritano (Lc 10:29-37), y que en Lc es la consecuencia de la doctrina que se expone (Lc 10:28-29); y también el situar y destacar la gravedad e importancia del mismo, al ponerlo, por encima de todas las minucias y pequeñeces del amor de Dios: “No hay otro mandamiento mayor que éstos” (Mc). Precisamente el precepto del amor al prójimo es “semejante” al mandamiento del amor a Dios. “La semejanza está en la caridad, que no va al prójimo sino por amor de Dios.” Pero lo que aquí también se urge es la gran obligación — ”semejante al primero” — de la práctica del amor al “prójimo”!

El escriba respondió, admirado de la doctrina de Jesús, aprobando cuanto había dicho y resaltando, con relación al amor al prójimo como a sí mismo, que “es más (importante) que todos los holocaustos y sacrificios” (Mc), tomados éstos como simple rito, como era tan frecuente, y los profetas lo habían censurado en Israel. Era un escriba que, como Jesús le dirá, no estaba “lejos del Reino de Dios” por su rectitud moral. Ni se presenta su actitud como extraña, pues hay algunas sentencias de rabinos que ponen el amor a Dios y al prójimo por encima de los ritos y ceremonias. Tal, en el siglo II después de Cristo, el rabino Ben Zoma. Lo cual no era más que situarse en la enseñanza de los profetas (Os 6:6; Jer 7:21-23; cf. Prov 21:3).

Más aún, se termina la exposición haciéndose una síntesis de lo que estos dos mandamientos significan en la economía de la revelación y de la moral. “De estos dos mandamientos pende (χρεματοκ) toda la Ley y los Profetas” (Mt). De estos dos principios fundamentales y vitales penden toda la Ley y los Profetas, porque ellos son los que religiosamente los vitalizan, los “moralizan,” los que les dan el verdadero “espíritu” de que han de estar animados. Es, por otra parte, una síntesis, al modo ambiental, de destacar la suprema importancia de ambos. Así, Hillel, sobre el 20 antes de Cristo, decía: “Lo que te desagrade no lo hagas a otro. Esto es toda la Ley; el resto no es más que el comentario.”

Jesucristo, con estas palabras, ha dado a la Humanidad otra de esas lecciones trascendentales. Es la lección de la caridad cristiana volcándose en la fraternidad de todos los seres humanos.

G. Zevini, Lectio Divina (Mateo): Invectivas y lamento por Jerusalén

Verbo Divino (2008), cf. pp. 447-453.

Nota: Este texto suele venir con muchos errores, queda pendiente una revisión minuciosa del mismo

La Palabra se ilumina

Mateo recoge en este capítulo los dichos polémicos contra los escribas y los fariseos que los otros sinópticos refieren en diferentes contextos. De este modo, el evangelista, en los umbrales del relato de la pasión, pone de relieve la divergencia, que ahora se ha vuelto insuperable, entre la mentalidad farisaica y la enseñanza de Jesús. Por otra parte, el fragmento deja aparecer la ruptura definitiva entre la Iglesia y la sinagoga, así como la naciente tendencia de los discípulos a asumir modelos de comportamiento contrarios a la doctrina evangélica. El capítulo se articula en tres partes: en primer lugar, aparece una amonestación de Jesús dirigida a la gente y a sus discípulos, para invitarles a respetar la doctrina de los intérpretes autorizados de la ley (v. 2) y para que se guarden también de su incoherencia, vanagloria y ambición (vv. 1-12). 

La Palabra me ilumina

La reprimenda contra la hipocresía de los maestros de la ley y los fariseos es un aviso severo y acongojado que Jesús dirige a sus discípulos, a nosotros. La ambición, la vanagloria y el formalismo constituyen, en efecto, la carcoma que puede corroer las mas nobles intenciones de servicio al Señor y a los hermanos. Si dejamos espacio a estas tendencias, el culto se convierte en idolatría del yo, la interpretación de la Palabra se pliega a los propios fines y el cumplimiento escrupuloso de algunos preceptos puede cubrir la transgresión de mandamientos mucho mas importantes. Jesús nos invita vigorosamente a la autenticidad, es decir, a la humildad, que es la Unica que nos guía a reconocer con alegre libertad de corazón la nada que somos y el todo que recibimos en cada instante del único Padre del cielo, del Unico Maestro, Cristo. Ser el siervo de todos, con el deseo de configurarse con Jesús, Siervo sufriente por nuestra salvación: ese es el imperativo para quien ejerce una autoridad en la Iglesia. 

El cristiano que aspira a crecer y a progresar debe tener muy claro que la grandeza del discípulo no será diferente a la de su Maestro, que eligió para sí el último sitio y llevo a cabo su misión en medio de la ignominia y con un aparente fracaso. 

El Evangelio nos encuentra siempre faltos y necesitados de conversión; precisamente por eso se nos ofrece, para que podamos dirigir de nuevo la mirada a nuestro humildísimo Salvador, desenmascarando las ambiciones y las modalidades de hipocresía que se insinúan también en nosotros, discípulos que querrían hacerse pasar por maestros sin haber abrazado todavía la cruz, sin haber emprendido todavía el camino del servicio hasta la consumación del don de nosotros mismos en la caridad. 

La Palabra en el corazón de los Padres

Que cada uno de nosotros se acuse y se reprenda a sf. mismo -y no a Adan- por cualquier pecado en el que caiga, y cada uno de nosotros muestre una penitencia digna, si quiere conseguir de verdad la vida eterna en el Señor. Sin embargo, si no queréis y permanecéis en vuestro endurecimiento, esto es lo que dice el Señor: «Cuando, en efecto, tiemble la tierra, este el cielo descompuesto (cf. Is 13,13) y se enrolle como un libro (cf. Is 34,4; Ap 6,14), quedarán aterrados frente a estas espantosas calamidades». Los que contradicen, murmuran o hacen todavía peor, ¿cómo se defenderán entonces? ¿Acaso dirán: «No hemos oído», o bien: «Nadie nos ha avisado»? Con razón se les podía responder: «Cuantas cosas os he predicho, oh infelices, y cuantas exhortaciones os he dirigido por medio de los profetas, de los apóstoles, de todos mis siervos y hasta personalmente! ¿No oíais decir en mis evangelios: «Haced penitencia». Y aunque yo dijera: «Estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la vida» (Mt 7,14), ¿no estabais acaso sobre lechos blandos y buscabais la comodidad en todos? Y cuando os decía: «El que quiera ser el primero, que sea el último de todos, el esclavo de todos y el siervo de todos» (Mc 9,35; 10,44; cf. Mt 20,27), ¿no preferisteis acaso los primeros puestos en la mesa y los primeros asientos (cf. Mt 23,6), sitios preeminentes, autoridad, funciones, otros cargos, y acaso no os negasteis a someteros o a servir con humildad de ánimo al que era vil, pobre y rechazado? Por eso os suplico a todos, padres y hermanos espirituales míos, y nunca cesaré de suplicar a vuestra caridad que ninguno de vosotros descuide su propia salvación (Heb 2,3). Según las palabras del Señor, no cesemos de velar y orar (cf. Mt 26,41), hasta que no pasemos a las bienaventuranzas del más allá y no consigamos los bienes prometidos por la gracia y el amor a los hombres de nuestro Señor Jesucristo, a quien corresponde toda gloria por los siglos de los siglos. Amén (Simeón el Nuevo Teólogo, Le catechesi, Cittá Nuova, Roma 1995, 182-202, passim). 

Caminar con la Palabra

Nada permanece secreto, nada escondido, precisamente nada. En realidad, la humanidad se divide en dos categorías: aquellos cuyas culpas escondidas han salido a la luz y aquellos cuya realidad escondida no ha salido a la luz. A éstos se les llama «morales», honestos; a aquéllos, «inmorales», deshonestos. 

Y, en verdad, el sol sólo puede sacar a la luz las acciones, no los pensamientos. Pero nos equivocaríamos enormemente si nos contentáramos con esta constatación y continuáramos viviendo tranquilamente -prudentemente- como antes. El sol, la luz, que irrumpe en cada rincón y revela lo que está escondido, se llama Cristo. Y así todo cambia. 

Nosotros llevamos una existencia pública, visible, y al lado una existencia oculta, secreta, de pensamientos, sentimientos y esperanzas que nadie llega a conocer; y nos quedaríamos paralizados de terror si supiéramos que todos nuestros pensamientos y todos nuestros sentimientos pudieran ser exhibidos a los ojos de todos. 

Y he aquí que, contra toda regla dictada por la discreción, se dice en la Biblia que al final compareceremos ante Cristo con todo lo que somos y hayamos sido, y no sólo ante Cristo, sino también ante los hombres que estén junto a nosotros. 

Será Cristo quien juzgue. Será su Espíritu el que discierna entre los espíritus. En consecuencia, sólo cuenta una pregunta: ¿cómo te sitúas respecto a este hombre Jesucristo? Quien aquí abajo haya pasado a su lado sin haber pronunciado su «sí» o su «no» con claridad, en la hora de la muerte, cuando su vida sea pesada en la eternidad, deberá estar frente a él, deberá mirarle a la cara. Y su pregunta será: «¿Has vivido en el amor a Dios y a los hombres, o bien has vivido sólo para ti mismo?» En ese momento no habrá ninguna escapatoria, ninguna excusa, ninguna charla; en ese momento toda la vida quedará al descubierto a la luz de Cristo «para que cada uno reciba el premio o castigo que le corresponda por lo que hizo durante su existencia corporal» (2 Cor 5,10) (D. Bonhoeffer, Memoria e fedelta, Qiqajon, Magnano 1995, 226-230, passim). 

W. Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt): El mandamiento

Herder (1980), Tomo II, Cf. pp. pp. 229-232.

34 Cuando los fariseos oyeron que había hecho callar a los saduceos, se reunieron en el mismo lugar, 35 y uno de ellos, doctor de la ley, para tentarlo, le preguntó, 36 Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor en la ley? 37 Él le respondió: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. 38 Éste es el mandamiento mayor y primero. 39 El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 40 De estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas. 

Para los escribas, todos los mandamientos tienen en sí el mismo valor. Tienen la misma dignidad y la misma fuerza obligatoria, porque proceden de Dios y de Moisés. No obstante se distinguía entre los mandamientos graves y los leves, por cuanto algunos exigían un esfuerzo mayor y otros un esfuerzo menor. También se intentó compendiar el contenido de los distintos mandamientos. En este sentido la pregunta del doctor de la ley es legítima y se ha formulado con seriedad. Es probable que se la hubiesen planteado ya en círculos especializados. 

Se pregunta a Jesús por el mandamiento mayor en la ley. De este modo ya está determinado que Jesús sólo puede dar citas de la ley escrita. No era desacostumbrado responder a esta pregunta con el mandamiento del amor a Dios ni tampoco con el mandamiento del amor al prójimo. Lo desacostumbrado era relacionarlos y equipararlos entre sí. Ambos mandamientos están en el Antiguo Testamento, en dos pasajes distintos; el mandamiento del amor al prójimo incluso aparece en un lugar donde casi pasa desapercibido: «No procures la venganza, ni conserves la memoria de la injuria de tus conciudadanos. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor» (Lev 19,18). En cambio el mandamiento del amor a Dios fue puesto por escrito en un texto de mayor alcance. Es la respuesta amorosa del pueblo que Dios escogió con preferencia sobre todos los demás y condujo al país de los padres: «Escucha, ¡Israel!: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estos mandamientos, que yo te doy en este día, estarán estampados en tu corazón, y los enseñarás a tus hijos, y en ellos meditarás sentado en tu casa, y andando de viaje» (Dt 6,4-7a). Muchos doctores de la ley hubiesen podido mencionar esta respuesta sola como la de mayor entidad. Jesús, en cambio, cita ambos mandamientos unidos como «el mandamiento mayor». 

Eso se corrobora con una formulación claramente teológica: De estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas. ¿Qué significa esta frase? «La ley y los profetas» es una expresión permanente y alude a la voluntad viviente de Dios, como está consignada en toda la Escritura. Esta voluntad de Dios, que se ha dado a conocer en tantos libros y prescripciones particulares y en tan diferentes tiempos, ¿puede ser expresada con una fórmula breve? ¿Hay una declaración, una manifestación de la voluntad de Dios que abarque en sí todas las demás? O si se pregunta teniendo en cuenta al hombre: ¿Existe la posibilidad de cumplir todas las distintas manifestaciones de la voluntad de Dios, si solamente se sigue una de ellas? Estas palabras de Jesús lo afirman y lo establecen como una nueva ley. En el mandamiento doble del amor a Dios y del amor al prójimo están contenidos todos los demás mandamientos. Y también puede decirse a la inversa, que todos los demás mandamientos pueden ser reducidos a estos dos. Es una nueva doctrina. Aquí no solamente se dice lo que es el mayor mandamiento, sino que en él también están incluidos todos los demás. ¡Qué liberación para el hombre! Ya no necesita fijarse con angustia en observar 248 mandamientos y 365 prohibiciones, como los contaban los rabinos, sino solamente en dos. El que los guarda, cumple toda la ley, y por tanto la verdadera voluntad de Dios82. 

Aquí se nos dice una vez más con toda claridad lo que ya sabemos por el sermón de la montaña. Toda la aspiración moral del hombre debe tener su origen en una raíz, y estar dirigida a un objetivo, que es el amor. El hombre no solamente está creado para obedecer a Dios como su señor, sino también para amarle como su padre. La obediencia se lleva a cabo por medio del amor a Dios. Dios no quiere esclavos miedosos, sino hijos libres. El amor a Dios debe ser el núcleo de toda piedad. 

El amor a los hombres también debe proceder de la misma raíz. Hemos leído que «el prójimo» no solamente es el miembro del mismo pueblo y el habitante del mismo país, como lo entendían los judíos en conjunto en tiempo de Jesús. El prójimo puede ser cualquier persona humana. El amor del discípulo en ningún sitio puede encontrar barreras. Su modelo es el amor del Padre, que hace brillar su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos (5,45). También para la conducta con respecto al hombre puede afirmarse que el amor debe ser la medula, aquella fuerza que vivifica y junta todas las posibilidades de contacto recíproco. 

Eso da por resultado un concepto grande y unitario para la vida del hombre. Por medio del amor la vida debe formarse y conseguir una unidad inconsútil. Nadie necesita malgastar ni destruir sus fuerzas ante las múltiples exigencias que se nos imponen. Para el discípulo del Señor, sólo hace al caso la misma conducta, ya sea ante Dios o ante el hombre. Si alguien dudara de lo que tiene que hacer en el caso particular y dónde hay que encontrar la voluntad de Dios, esta respuesta nunca le fallará… 

Jesús aquí no dice de qué manera se han de cumplir conjuntamente en la práctica los dos mandamientos: si son dos direcciones distintas que se señalan al hombre — por una parte, amar a Dios y por otra al prójimo — o si el amor es distinto en cada uno de los dos mandamientos. Pero por la vida del hombre llegamos a conocer cómo se relacionan entre sí los dos mandamientos. En ella se unifican el cumplimiento de la voluntad de Dios y el amor que está al servicio del hombre. La obra de la redención de Jesús se lleva a cabo por amor al hombre, y por entrega amorosa a Dios, que así lo ha dispuesto (cf. 20, 28). Eso se dice más tarde de una forma sin par en una carta apostólica: «Si alguno dice: yo amo a Dios, y odia a su hermano, es mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y este mandamiento tenemos de él: que quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1Jn 4,20s)

Uso litúrgico de este texto (Homilías)

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