Mt 23, 23-26: Contra los escribas y fariseos (ii) – Guías ciegos

Texto Bíblico

23 ¡Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello! 24 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno! 25 ¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera. 26 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre;

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Orígenes, presbítero

Homilía: Preparar un camino en nuestro corazón

Homilía 21 sobre San Lucas

«Limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera» (Mt 23,26).

Nosotros leemos en el profeta Isaías esta palabra: “Voz que clama en el desierto: ¡preparad el camino al Señor! Allanad todas sus sendas” (40,3). El Señor quiere encontrar un camino donde el pueda entrar en nuestros corazones y allí caminar… ¿Qué camino nosotros vamos a preparar al Señor? ¿Es un camino material? Pero ¿la Palabra de Dios puede valerse de un tal camino? ¿No hará falta más bien preparar al Señor un camino interior y trazar en nuestro corazón las rutas derechas y unidas? Sí, ahí está el camino por donde entra la Palabra de Dios en el corazón humano capaz de acogerla.

¡Qué grande, es el corazón del hombre! ¡Qué largo y qué capaz con tal que sea puro! ¿Quieres tú conocer su grandeza y su largueza? Veas tú los amplios conocimientos divinos que abarca… Date cuenta que su grandeza no viene de su dimensión sino de la fuerza de pensamiento por la que es capaz de conocer tantas verdades…

Ahora bien, si él no es pequeño, y si puede coger tantas cosas, puede preparar un camino al Señor y trazar una ruta derecha donde caminará la Palabra, la Sabiduría de Dios. Prepara un camino al Señor con buena conciencia, allana la ruta para que el Verbo de Dios camine en ti sin tropiezos y te dará el conocimiento de sus misterios y de su venida.

Homilía: Destruir las orgullosas murallas del pecado

Homilías sobre el libro de Josué, n. 5, 2.

«Filtráis el mosquito y os tragáis el camello» (Mt 23,24).

“Marchemos a la guerra como Josué; asaltemos la ciudad más considerable de este mundo –la malicia- y destruyamos las orgullosas murallas del pecado. ¿Acaso no mirarás a tu alrededor para ver qué camino has de tomar y qué campo de batalla vas a escoger? Sin duda te van a parecer extrañas mis palabras; y sin embargo son verdaderas: limita tu búsqueda a ti solo.

En ti está el combate que vas a emprender, en tu interior el edifico de malicia que has de socavar; tu enemigo sale del fondo de tu corazón. Y no soy yo quien lo digo sino el mismo Cristo; escúchale: «del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias» (Mt 15,19). ¿Te das cuenta de la fuerza de este ejército enemigo que avanza contra ti desde el fondo de tu corazón? Ahí tienes a nuestros enemigos, a los que hemos de matar al primer combate, los que están en primera línea para ser derribados. Si somos capaces de derribar sus murallas y exterminarlos hasta que no quede ni uno sólo para poderlo narrar, ni tan sólo uno para volver a atacar (Jos 11,14), si no queda ni uno para revivir y volver a ocupar nuestros pensamientos, entonces Jesús nos dará el gran descanso”.

San Rafael Arnaiz Barón, monje trapense

Escrito: Cristo nos llama a todos a la conversión

Escritos del 25-01-1937. (Obras completas – Editorial Monte Carmelo, p. 767.768, § 883.884.885)

«¡Ay de vosotros que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno!» (Mt 23,25).

No tenemos virtud, no porque sea difícil, sino porque no queremos. No tenemos paciencia…, porque no queremos. No tenemos templanza…, porque no queremos. No tenemos castidad, por lo mismo. Si quisiéramos seríamos santos…, y es mucho más difícil ser ingeniero, que ser santo. ¡Si tuviéramos fe!

Vida interior…, vida de espíritu, vida de oración. ¡Dios mío! ¡eso sí que debe ser difícil! No hay tal. Quita de tu corazón lo que estorba y en él hallarás a Dios. Ya está todo hecho. Muchas veces buscamos lo que no hay, y en cambio pasamos al lado de un tesoro y no lo vemos. Esto nos pasa con Dios, que le buscamos […] en una maraña de cosas, que a nosotros nos parecen mejores cuanto más complicadas. Y, sin embargo, Dios le llevamos dentro, y ahí no lo buscamos. Recógete dentro de ti mismo…, mira tu nada del mundo, ponte a los pies de una Cruz, y si eres sencillo, verás a Dios.

He aquí la vida de oración…, no hay que poner lo que ya está, sino que hay que quitar lo que sobra. Digo lo que ya están suponiendo al alma en gracia de Dios, y si algunas veces Dios no está en ella es porque nosotros no queremos. Tenemos tal cúmulo de atenciones, distracciones, aficiones, deseos de vanidades, presunciones; tanto mundo dentro, que Dios se aleja… pero nada más quererlo Dios llena el alma de tal modo, que hace falta estar ciego para no verlo. ¿Quiere un alma vivir según Dios?… Quite de ella todo lo que nos sea Él…, y ya está. Es relativamente fácil. Si quisiéramos, y con sencillez a Dios se lo pidiéramos, haríamos grandes progresos en la vida del espíritu. Si quisiéramos seríamos santos… Pero somos tan tontos que no queremos… Preferimos perder el tiempo en estúpidas vanidades.

San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

Comentario: Purifica primero el interior

Comentario a la Primera Carta de san Juan, VI, 3 ; SC 75.

«¡Limpia la copa por dentro!» (Mt 23,26).

Mirad lo que Juan nos recomienda: «En esto sabremos que somos de la verdad», cuando amamos con obras y de verdad y no solamente de palabra y con la lengua, «y tendremos la conciencia tranquila ante Dios».

¿Qué quiere decir «ante Dios»? Donde Dios ve. Por eso, el propio Señor dice en el evangelio: «No hagáis el bien para que os vean los hombres, porque entonces vuestro Padre celestial no os recompensará». ¿Qué significa el precepto «que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha» (Mt 6, 1.3), sino que la derecha es la conciencia pura mientras que la izquierda es la codicia? Mucha gente hace muchas cosas admirables por la codicia de los ojos; entonces actúa la mano izquierda, no la derecha. La derecha es la que tiene que actuar, pero sin que lo sepa la izquierda, para que la codicia de los ojos no intervenga para nada cuando hagamos algo bueno por amor.

¿Y cómo lo sabemos?

Ponte ante Dios e interroga a tu corazón; mira lo que has hecho y si lo que pretendias con ello era tu salvación o pura vanagloria humana.

Mira por dentro, pues el hombre no puede juzgar al que no puede ver.

Si apaciguamos nuestro corazón, apaciguémoslo ante Dios.

Porque «si nuestra conciencia nos condena», es decir, si nos acusa por dentro porque no hacemos las cosas como las debiéramos hacer, «Dios es más grande que nuestra conciencia y lo conoce todo».

Tú que eres capaz de esconder a los demás el fondo de tu corazón, intenta hacerlo con Dios, a ver si puedes. ¿Cómo vas a ocultárselo a aquel, de quien decía un pecador, lleno de miedo y de arrepentimiento: «¿Adónde podré ir lejos de tu espíritu, a dónde escaparé de tu mirada?».

Buscaba adónde huir para escapar al juicio de Dios, y no lo encontraba, pues ¿hay algún sitio donde no esté Dios? «Si subo hasta los cielos, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro» (Sal 138, 7-8). ¿Adónde irás?, ¿adónde huirás?, ¿quieres un consejo? Si quieres huir de él, huye hacia él. Huye hacia él confesándote a él, no escondiéndote de él, pues no puedes esconderte de él, pero sí confesarle todos tus pecados. Dile: «Tú eres mi refugio» (Sal 31, 7) y alimenta en ti el amor, lo único que conduce a la vida.


Comentarios exegéticos

Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): Tergiversación de la Ley

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1077-1078.

La religión es cuestión del corazón. Tanto en su dimensión vertical, en relación con Dios, como en la horizontal, en relación con el prójimo. Cuando esto no sucede se convierte en algo añadido y superpuesto al hombre. Algo que le abruma, asfixia y esclaviza. La Ley, manifestativa de la voluntad divina y reguladora de la conducta humana, se convierte entonces en un monstruo amenazador, al que hay que tener contento dándole mucho más de lo que necesita para evitar el peligro de que nos devore.

La interpretación farisea había convertido a la Ley en este monstruo. Ella mandaba pagar el diezmo de los frutos de la tierra y de los ganados, para que el hombre aprendiese a temer a Yahveh, dador de la vida, de la fecundidad y de la fertilidad (Deut 14,22-23). Los fariseos, para cumplir meticulosamente la Ley —no para aprender el temor y el amor de Dios—, habían extendido estas prescripciones a toda clase de productos, incluso los más insignificantes, utilizados como condimento en las comidas: el anís, la menta y el comino. Jesús critica aquel servilismo legal fundamentalmente porque había servido para olvidar lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad.

El lector del evangelio de Mateo sabe ya que lo más importante es el amor a Dios y al prójimo (22,34-40). Todo lo demás debe emanar espontáneamente de esta base sólida y permanente. En nuestro texto son mencionadas tres virtudes: la justicia, la que procede de Dios y se refleja como verdadera en la adecuada conducta humana; la misericordia, que traduzca un comportamiento frente al prójimo en la línea de la actuación divina para con el hombre (5,7; 6,14-15; 18,33); la fidelidad, atributo mayor de Dios en el Antiguo Testamento, y que habla de un proceder constante, sin cambios, que pudieron haber sido provocados por las infidelidades de Israel, en el apoyo y ayuda a su pueblo; así es como debe actuar el hombre. Prescindir de esto y aferrarse a las menudencias prescritas equivale a colar el vino para que no pase un mosquito y tragarse tranquila y conscientemente un camello.

Jesús respetó la Ley. Más aún, vino a darle todo su sentido y plenitud. Pero ridiculizó la concepción e interpretación farisea de la misma. El principio había sido establecido ya en el sermón de la montaña (5,20). En el caso presente tenemos una ilustración práctica de esa “justicia superior” de los discípulos de Jesús sobre la de los escribas y fariseos.

En la misma línea apuntada debe entenderse el otro proverbio que habla de la necesidad de limpiar primeramente el vaso por dentro. Las prescripciones legales sobre la purificación de vasos sagrados, utilizados en el culto, habían sido ampliadas y aplicadas por los fariseos a todos los utensilios empleados en el uso doméstico. Esta costumbre o ampliación legal le sirve a Jesús de punto de partida para una reflexión sobre lo más importante de la religión. Lo primero es el interior, el corazón; posteriormente, y naciendo de ello, vendrá lo exterior. Se necesita “purificar” el corazón con la aceptación de la palabra de Dios (Jn 15,3), con la respuesta dada a la palabra de Dios desde la fe o desde la obediencia de la fe (Rom 1,5).

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: Contras las hipnosis religiosas

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 392-393.

2 Tesalonicenses 2, 1-3a. 14-17.

“No perdáis la cabeza”. 2 Tes permite entrever la fiebre producida por la espera del regreso de Cristo entre los primeros cristianos. Esta espera no estaba exenta de desórdenes, ya que algunas personas, convencidas de la inminencia de dicho retorno, se desentendían de las obligaciones de la vida diaria e incluso sucumbían a un falaz descomprometimiento.

¿Se transformaría la comunidad cristiana en una secta de los últimos días? Viendo el peligro, Pablo reacciona y llama a sus discípulos a una visión más serena y más equilibrada de la realidad. Les invita especialmente a observar con fidelidad las tradiciones que él mismo había recibido de la Iglesia primitiva y se las había transmitido a ellos. Ahí está la verdad y ahí radica el consuelo.

Salmo 95.

La continuación del salmo 95 (cfr. lunes) mezcla elementos teofánicos con un mensaje destinado a las naciones: “¡El Señor es rey!” Si el Señor viene y provoca la alegría en la tierra, el mundo se mantendrá firme, inquebrantable. Hay aquí una alusión al señorío de Yahvé, que protege al mundo del caos original.

Mateo 23, 23-26.

Pagan el diezmo de la menta, del anís y del comino, pero descuidan lo más importante de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad. Purifican por fuera el vaso y el plato, mientras que por dentro siguen llenos de rapiña y ambición. Son guías ciegos: observan los preceptos más secundarios, pero olvidan lo esencial y acaban por engañarse sí mismos. Son verdaderamente desgraciados.

***

Nadie sabe el día ni la hora. La venida del Señor no está fijada para una fecha concreta; se produce a cada instante, y es como la cara oculta de todo cuanto sucede. Jesús no viene para poner fin a este mundo; viene para hacer de nuestra historia otro mundo, en el que reinen la justicia y la misericordia. No esperemos, pues, una nueva revelación, pues el programa de su venida está escrito en el Evangelio. Manteniendo fielmente la tradición de la Palabra viva, es como renovamos la faz de la tierra, y no huyendo hacia adelante, en busca de un imprevisible fin del mundo. Pues el mundo empieza y acaba todos los días, e incluso nuestra muerte no será otra cosa que la revelación de lo que ya vivimos. Todo está recapitulado en Jesucristo: el pasado, el presente y el futuro. No hay más ley para el futuro del mundo que la inscrita en su Palabra eterna: ¡Ámaos como yo os he amado! Y el que cumple esta ley cumple ya la historia de los hombres, pues Jesús viene en cada acción de justicia, de caridad, de ternura y de esperanza. Esta es la única venida que cabe esperar.

Pero existe otro peligro más sutil para nuestra fe: imaginar que Cristo ha regresado aquí o allá, de forma distinta de la de todos los días. Dicen que ha vuelto a casa de Fulano, o a determinada secta. Por encima de todo, dice San Pablo, no acudáis a tales reclamos, pues lo triste en todos esos casos es que, según pretenden los interesados, el Señor no regresa nunca si no es para alejar a los hombres de sus tareas humanas. ¡Gran tinglado de hipnosis religiosa! El peligro es grave para la fe, porque ésta sólo tiene sentido en el seno del mundo. Mejor es para la salud del mundo y de la religión un padre de familia que trabaja afanosamente, o una madre que vive plenamente su vida de mujer, que un campamento de ociosos que en torno a un Cristo vacío de sentido… Sí, el Evangelio es realista. Por eso insiste en que no sabemos el día ni la hora; no hay más hora que ésta, con su peso de vida humana. ¡Lo demás es un sueño estúpido, cuando no desequilibrio mental!

***

¡Te damos gracias,
oh Dios, porque tomas nuestra vida en serio!
Cuando viniste a nosotros,
fue para trabajar con tus manos de hombre
y para hablarle al pueblo de todos los días.
Tú no creaste el universo fuera de nuestra historia,
sino que, humildemente,
abriste una brecha en nuestro trabajo diario.
Creemos
que hoy como, siempre,
tú vienes y estás presente
donde quiera que los hombres realicen
su trabajo humano con la fe de la esperanza.
Permítenos, pues, cantar para ti
el canto diario de nuestra vida
y bendecirte
con las sencillas palabras de nuestra fe.

Biblia Nácar-Colunga Comentada

4) v.23.24; cf. Lc 11:42. La cuarta censura que Cristo dirige a los fariseos es por su hipocresía en hacer que se paguen “diezmos” por cosas tan mínimas como la “menta, el anís y el comino,” y no se “cuidan,” en cambio, de “lo más grave de la Ley: la justicia, la misericordia y la buena fe.”

La Ley preceptuaba el pago de los “diezmos” de los animales y de los productos de la tierra (Lev 27:30-33; Dt 14:22ss). Los rabinos llevaban esto con ostentación escrupulosa. Se dice en el Talmud: “Si alguno desgrana una espiga de cebada, puede comer los granos uno a uno sin ‘diezmo’; pero si los recoge en su mano, debe pagar el diezmo”; añadiéndose: “Todo lo que se come, y conserva, y crece en el suelo, está sometido a diezmos”. Así pagaban o diezmaban escrupulosamente la “menta,” el “hinojo,” el “comino,” la “ruda” (Lc) y “todas las legumbres” (Lc).

La enseñanza doctrinal de Cristo es clara: ante esta escrupulosidad para cosas tan mínimas, debería ello ser exponente de una escrupulosidad mayor para las cosas fundamentales. Pero no era así en los fariseos. Hacían estas cosas “para ser vistos de los hombres” (Mt v. 5). Por eso omitían lo que era esencial, pero que podía pasar más inadvertido a los ojos de los hombres. Y esto era descuidar “lo más grave de la Ley: la justicia, la misericordia y la buena fe” (Mt). Lo cual Lc lo sistematiza en que descuidan “la justicia y el amor de Dios.” La práctica de sus “diezmos” era, pues, pura hipocresía. “Bien sería hacer aquello, pero sin omitir esto” (Mt-Lc). Por eso les refuta otra vez el pensamiento al estilo oriental, variando sólo la forma: “Coláis un mosquito y os tragáis un camello” (Mt). Es una especie de proverbio, ya que el mosquito se tomaba usualmente por término comparativo de las cosas pequeñas, y basado, además, probablemente, en un juego de palabras arameas: qalma’ (mosquito, insecto pequeño) y gamba’ (camello). Comparaciones semejantes se encuentran varias en las escrituras rabínicas. Así decía, sobre el año 90, rabí Eliezer: “Quien en sábado mata un piojo, es como si matase un camello.”

5) v. 25; cf. Lc 11:39-41. La quinta censura de hipocresía va contra las “purificaciones” que hacían de las “copas y platos.”

Para no contaminarse con alguna impureza legal, los rabinos y los “mayores” habían elaborado un código de prescripciones minucioso e insoportable. Mc recoge una alusión a esto y hace una explicación de estas costumbres. Dice de los “fariseos y judíos” que de “vuelta de la plaza (Mercado), si no se lavan, no comen.: el lavado de las ollas, de las copas, de las bandejas” (Mc 7:2-4). El Talmud recoge todo un verdadero código de prescripciones y minuciosidades sobre estas “purificaciones”.

El pensamiento de Cristo se desarrolla en toda una línea armónica de censura a la hipocresía farisaica. Escrupulosamente limpiaban por “fuera” los utensilios para comer, pero no se ocupaban tanto de lo que iban a poner “dentro” del plato. Estos, purificados “por fuera,” iban a estar “por dentro” “llenos de rapiña e intemperancia” (άχρασιας). Esta expresión se usa preferentemente para denominar sensualidades y también un apetito desordenado de las cosas ajenas. Es decir, no se preocupaban de comer unas cosas que fuesen producto de sus injusticias — rapiña — o con las que tendían, no ya a alimentarse, sino a mantener su “intemperancia.”

Y lo que Mt aquí formula directamente de los utensilios que se limpian por fuera y los productos reales que se le ponen dentro, pero connotando indirectamente el estado de su vida moral, Lc lo interpreta directamente del estado moral: “Limpiáis la copa y el plato por fuera, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad.” Por eso, frente a esta actitud de una moralidad tan doble, les pide que limpien primero lo de dentro de la copa y el vaso, tantas veces proveniente en ellos de aprovechamiento, robo, que es lo que verdaderamente está manchado — por injusticia, lo que supone su devolución o su justificación a quien se lo hayan quitado o aprovechado — y que luego, si quieren por su código de “purificación” artificiosa y farisaica, que “limpien” el plato o copa “por fuera.”

Lucas cambia, en el lugar “paralelo,” esta sentencia. Acaso provenga de una versión aramaica equívoca. Se estudia en el comentario a Lc 11:39-41. En Mt la versión es más lógica.

6) v. 26; cf. Lc 11:44. La sexta censura se la dirige Cristo a los fariseos para diagnosticarles su vida moral de hipocresía. Su moral es la de los “sepulcros blanqueados.”

Se leía en el libro de los Números que cualquiera que tocase un muerto, o huesos humanos, o “un sepulcro,” quedaría legalmente “inmundo” por siete días (Núm 19:16). De ahí la costumbre preventiva de blanquear los sepulcros antes de las fiestas de “peregrinación,” sobre todo antes de la Pascua, para lo cual se empezaba esto desde el 15 del mes de Adar. El Talmud recoge estos usos antes de la Pascua, que se hacía encalándolos. Esta alusión se lleva como censura global a los fariseos. Aquellos “sepulcros blanqueados” estaban llenos de “huesos de muerto y de toda suerte de inmundicias.” Así, los fariseos “aparecen por fuera justos a los hombres,” pero en su auténtica realidad interna estaban llenos de “hipocresía e iniquidad.”

El pensamiento de Lc difiere en su formulación. Pero en el fondo es lo mismo. Debe de ser una citación “quoad sensum.” Se compara a los fariseos “como sepulturas, que no se ven y que los hombres pisan sin saberlo” (v. 44). Sepultura que se pisa sin saber que es sepultura, se pisa creyendo que es campo. Así los fariseos. Se los trata, pero no se dan cuenta las gentes que son, en realidad, “sepulturas” por su falta de rectitud moral.

W. Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt): Las siete conminaciones (ii)

Herder (1980), Tomo II, Cf. pp. 244-246.

23-24

23 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os preocupáis por el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, mientras habéis descuidado lo de más peso en la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Esto es lo que había que practicar y aquello no dejarlo. 24 ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!

En la ley está ordenado que se cumpla el mandamiento del diezmo. Debe entregarse la décima parte del producto de los cereales, mosto y aceite para el sostenimiento del templo y para el servicio del culto. Los fariseos recargan asimismo esta obligación haciéndola rigurosa y desatinada, al extenderla también a las hortalizas más corrientes. Por una parte tanta minuciosidad, y por otra, tanta laxitud. Hacen la vista gorda en las cosas que propiamente importan.

Resuenan las antiguas exigencias de los profetas respecto a la justicia, misericordia, y fidelidad. Para los profetas los deberes de la justicia social y del amor eran más importantes que los deberes del culto. Apoyar a los oprimidos y débiles, no explotar a los pobres, mantener limpio el matrimonio y la familia, ejercitar la justicia social en el trabajo y en los sueldos que se pagan lo recomendaron encarecida e incesantemente86. El profeta Oseas dijo: «Escuchad la palabra del Señor, ¡oh vosotros hijos de Israel!, pues el Señor viene a juzgar a los moradores de esta tierra, porque no hay verdad, ni hay misericordia, no hay conocimiento de Dios en el país. La maldición, la mentira, el homicidio, el robo y el adulterio lo han inundado todo, y un crimen alcanza a otro» (Os 4,1s). Veamos todavía otro ejemplo: «Esto es lo que manda el Señor de los ejércitos: Juzgad según la verdad y la justicia, y haced cada uno de vosotros repetidas obras de misericordia para con vuestros hermanos. Guardaos de agraviar a la viuda, al huérfano, al extranjero y al pobre, y en su corazón nadie piense mal contra el prójimo. Mas ellos no quisieron escuchar, y rebeldes volvieron la espalda, y se taparon sus oídos, para no oír» (Zac 7,9-11). Los fariseos son fieles descendientes de sus antepasados.

25-26

25 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mas por dentro quedan llenos de rapacidad y desenfreno! 26 ¡Fariseo ciego! Limpia primero por dentro la copa que así quedará limpio también lo de fuera.

Con estas imágenes se trata una vez más del concepto y de la doctrina de la pureza. Se mantienen con gran esmero y se recomiendan encarecidamente las prescripciones sobre la pureza exterior. Pero lo que importa no es el ceremonial externo (la limpieza de copas y platos), sino los sentimientos interiores. Sólo un corazón puro verá a Dios (cf. 5,8). No lo que entra por la boca contamina al hombre, sino lo que sale de la boca, esto sí que contamina al hombre (15,11.15-20).

En el fariseo no cuadran entre sí lo interno y lo externo, la manera interna de pensar y el comportamiento exterior. Y así exponen a la vista su piedad. Pero esta piedad está interiormente hueca, porque no es ejercitada para Dios, sino para el hombre. Son «hijos de la gehenna» (23,15) y malos de cabo a rabo (12,34). Si se purificara primero su interior, si se convirtiera su manera de pensar y querer, entonces también sería puro y eficaz el exterior, su actuación y su actitud entre los hombres. Entonces también serían superfluas todas las prescripciones externas de limpieza para su vajilla. Pero así se oculta hipócritamente la maldad con el comportamiento, bienes mal adquiridos e inmoderada ambición.


Notas

[86]. Entre un número enorme de testimonios, cf. por ejemplo Is 5,8ss; Jer 9,23s; 22,3; Ez 18,1-32.

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