Mt 24, 37-44: Discurso escatológico – Estar alerta para no ser sorprendidos

Texto Bíblico

37 Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. 38 En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; 39 y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: 40 dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; 41 dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán. 42 Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. 43 Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. 44 Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Pascasio Radberto

Sobre el Evangelio de san Mateo: Velad, para estar preparados

«Estad preparados» (Mt 24,44)
Sobre el evangelio de san Mateo, Lib. 11, Cap. 24: PL 120, 799-800

PL

Velad, porque no sabéis el día ni la hora. Siendo una recomendación que a todos afecta, la expresa como si solamente se refiriera a los hombres de aquel entonces. Es lo que ocurre con muchos otros pasajes que leemos en las Escrituras. Y de tal modo atañe a todos lo así expresado, que a cada uno le llega el último día y para cada cual es el fin del mundo el momento mismo de su muerte. Por eso es necesario que cada uno parta de este mundo tal cual ha de ser juzgado aquel día. En consecuencia, todo hombre debe cuidar de no dejarse seducir ni abandonar la vigilancia, no sea que el día de la venida del Señor lo encuentre desprevenido.

Y aquel día encontrará desprevenido a quien hallare desprevenido el último día de su vida. Pienso que los apóstoles estaban convencidos de que el Señor no iba a presentarse en sus días para el juicio final; y sin embargo, ¿quién dudará de que ellos cuidaron de no dejarse seducir, de que no abandonaron la vigilancia y de que observaron todo lo que a todos fue recomendado, para que el Señor los hallara preparados? Por esta razón, debemos tener siempre presente una doble venida de Cristo: una, cuando aparezca de nuevo y hayamos de dar cuenta de todos nuestros actos; otra diaria, cuando a todas horas visita nuestras conciencias y viene a nosotros, para que cuando viniere, nos encuentre preparados.

¿De qué me sirve, en efecto, conocer el día del juicio si soy consciente de mis muchos pecados?, ¿conocer si viene o cuándo viene el Señor, si antes no viniere a mi alma y retornare a mi espíritu?, ¿si antes no vive Cristo en mí y me habla? Sólo entonces será su venida un bien para mí, si primero Cristo vive en mí y yo vivo en Cristo. Y sólo entonces vendrá a mí, como en una segunda venida, cuando, muerto para el mundo, pueda en cierto modo hacer mía aquella expresión: El mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.

Considera asimismo estas palabras de Cristo: Porque muchos vendrán usando mi nombre. Sólo el anticristo y sus secuaces se arrogan falsamente el nombre de Cristo, pero sin las obras de Cristo, sin sus palabras de verdad, sin su sabiduría. En ninguna parte de la Escritura hallarás que el Señor haya usado esta expresión y haya dicho: Yo soy el Cristo. Le bastaba mostrar con su doctrina y sus milagros lo que era realmente, pues las obras del Padre que realizaba, la doctrina que enseñaba y su poder gritaban: Yo soy el Cristo con más eficacia que si mil voces lo pregonaran. Cristo, que yo sepa, jamás se atribuyó verbalmente este título: lo hizo realizando las obras del Padre y enseñando la ley del amor. En cambio, los falsos cristos, careciendo de esta ley del amor, proclamaban de palabra ser lo que no eran.

Ambrosio de Milán

Sobre los Salmos: Dichoso el hombre a cuya puerta llama el Señor

«Estad en vela» (cf. Mt 24,42)
Sobre el salmo 118. Hom. 12, 12-15: CSEL 62, 258-259

CSEL

Nosotros somos ciudadanos del cielo. Este es el cielo donde está la fe, la gravedad, la continencia, la doctrina, la vida celestial. Pues así como se llamó «tierra» al que habiendo perdido, por el pecado, la gracia celestial y, arrojado a los vicios terrenos, se enredó en los lazos de su prevaricación, así por el contrario se llama «cielo» al que, mediante la guarda de su integridad, lleva una vida angelical y modera su cuerpo con la sobriedad de la continencia; al que gobierna su alma con serena tranquilidad y reparte su dinero a los pobres con misericorde liberalidad. Existe, pues, también un cielo en la tierra, en el que pueden florecer virtudes celestiales. El texto: el cielo es mi trono, lo entiendo más por el afecto del justo que como un lugar concreto. Llamo «cielo» a aquel a cuya alma viene Cristo, y llama a su puerta; si le abre, entrará a él. Y no entra solo sino con el Padre, como él mismo dice: Yo y el Padre vendremos a él y haremos morada en él.

Ya ves que el Verbo de Dios provoca al ocioso y despierta al dormido. Pues quien viene y llama a la puerta, señal de que quiere entrar. Si no siempre entra, si no siempre permanece, eso ya depende de nosotros. Que tu puerta esté abierta de par en par para el que viene: ábrele tu alma, ensancha el regazo de tu inteligencia, para que pueda ver la riqueza de simplicidad, los tesoros de paz, la suavidad de la gracia. Dilata tu corazón, sal al encuentro del sol de la luz eterna, que alumbra a todo hombre. En realidad la luz verdadera luce para todos: pero si uno cierra sus ventanas, él mismo se privará de la luz eterna.

Así que, excluyes también a Cristo, si cierras las puertas de tu alma. Y aunque él podría entrar, no quiere parecer inoportuno, no quiere obligar a nadie. Nacido de la Virgen, salió de su seno llenando de resplandor el mundo entero, para que todos pudieran ser iluminados. Lo reciben quienes hambrean la claridad del fulgor eterno, que ninguna noche puede ofuscar. De hecho, mientras a este sol que todos los días vemos, le sucede una noche tenebrosa, el sol de justicia no tiene ocaso, porque a la sabiduría no le sucede la malicia.

¡Dichoso aquel a cuya puerta llama Cristo! Nuestra puerta es la fe: si la fe es fuerte, defiende toda la casa. Por eso la Iglesia dice en el Cantar de los cantares: Oigo a mi amado que llama. Mira cómo llama, mira cómo desea entrar: Ábreme, amada mía, mi paloma sin mancha, que tengo la cabeza cuajada de rocío, mis rizos, del relente de la noche. Fíjate cuándo el Verbo divino llama con más intensidad a tu puerta: cuando su cabeza está cuajada de rocío. Se digna visitar a los que se encuentran en la prueba y en la tribulación, para que no acaben por sucumbir, víctima de la angustia.

Pero si duermes y tu corazón no está en vela, se va sin ni siquiera llamar. Pero si tu corazón vigila, llama y te pide que le abras la puerta, ábrele, pues; desea entrar, quiere encontrar a la esposa vigilante.

Isidro Gomá y Tomás

El Evangelio Explicado

, Vol. 1, Acervo, Barcelona, 1966

Tiempo de la ruina del Templo y del mundo

(Mc. 13, 28; Lc. 21, 29-33)

Explicación. —

En este fragmento, final de la primera parte discurso escatológico, responde Jesús a la tercera pregunta de sus discípulos: ¿Cuándo sucederá esto?, refiriéndose a la ruina ciudad y a la del mundo. La destrucción de la capital judía ocurrirá antes que pase la generación contemporánea de Jesús (vv.32-35); la destrucción del mundo llegará de improviso, sin que nadie sepa la hora, sino Dios (vv. 36-41).

Tiempo de la Ruina del Mundo (36-41). -

Ha predicho Jesús de un modo parecido el tiempo de la destrucción de la ciudad. Cuanto a la destrucción del mundo, nadie sabe cuándo sucederá: Mas de aquel día, ni de aquella hora, nadie sabe, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, porque aunque lo sepa como Dios y como hombre, por la plenitud de su ciencia, no lo sabe como legado del Padre a los hombres, y por lo mismo no se lo puede revelar: sino sólo el Padre, y como es obvio, el Hijo y el Espíritu Santo, consubstanciales con el Padre.

Tan ignorado es aquel día, que vendrá de improviso, como vino el diluvio en los días de Noé: Y como en los días de. Noé, así será también la venida del Hijo del hombre. Para hacer más gráfica la descripción de lo subitáneo de la llegada de aquella hora, propone unos ejemplos sacados de la vida ordinaria de los judíos: Porque así como en los días antes del diluvio continuaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, completamente despreocupados de la catástrofe que amagaba, hasta el día en que entró Noé en el arca; y no lo entendieron hasta que vino el diluvio, porque no había señales de él, y los llevó a todos: así será también la venida del Hijo del hombre. Al ejemplo de la historia añade los de la vida casera: Y entonces estarán dos en el campo, ocupados en el mismo trabajo: el uno será tomado, por los ángeles, que reunirán a los elegidos para el Reino de Dios (v. 31), y el otro será dejado, excluido del reino y destinado a la condenación. Dos mujeres molerán en un molino: la una será tomada, y la otra será dejada.

Nótese que en ninguna ocasión de este discurso escatológico hace Jesús alusión a la muerte de los contemporáneos de los acontecimientos del fin del mundo. ¿Morirán todos los hombres de aquellos días, aunque no sea más que por un instante, para resucitar luego y comparecer con los demás a juicio, como han pretendido algunos intérpretes? Ningún pasaje de la Escritura nos impone la creencia de la muerte universal de los hombres antes del juicio: tomando este pasaje en un sentido literal, y concordando con otros de la Escritura, una regla elemental de exégesis nos induce a admitir que no morirán los hombres de la última generación (cf. 1 Thess. 4, 14-17; 2 Cor. 5, 2-5).

Lecciones morales.

v. 39.—Y no lo entendieron hasta que vino el diluvio... —El diluvio es aquí el símbolo de la muerte, que abre las cataratas del cielo sobre el infeliz mortal. Cataratas de luz y de bendiciones, si muerte es la del justo; de terrores y de maldición y de tormento eterno, si el que muere es pecador. Feliz el que, como Noé, con la mente puesta en el diluvio que se aproxima, labra el arca de su vida en forma que en ella pueda seguramente cobijarse a la hora improvisa de la muerte. Loco y digno de lástima el que no entiende el problema de la vida, que se reduce a resolver bien el problema e la muerte. Vendrá el diluvio y, sin albergue de buenas obras donde se ampare, perecerá en las aguas de la indignación de Dios.

v. 40. —El uno será tomado, y el otro será dejado. — El campo en que será uno tomado y el otro dejado, dice San Jerónimo, representa la igualdad de ocupaciones y profesiones y la desigualdad de suerte definitiva. Mientras unos se santifican y lucran el cielo en una labor, otros atesoran en el mismo trabajo la ira de Dios que un día les condenará. Es que no es la profesión la que hace santos, aunque sea santa, sino las condiciones de los que en ella se ocupan. Todos los estados son buenos, y todos pueden ser camino del cielo, si es que los abrazamos con vocación; pero todos los estados pueden ocasionar nuestra ruina si no cumplimos los deberes que nos imponen.

Exhortación a la vigilancia y trabajo
A) La vigilancia: Parábolas del lazo y el ladrón

Mt. 24, 42-44; Lc 21, 34-36; (Mc. 13, 33)

Explicación.

— Los terribles e imprevistos acontecimientos predichos por el Señor en la primera parte del discurso escatológico, reclaman vigilancia asidua y trabajo, de lo contrario vendrá Señor y nos encontrará desprevenidos y con las manos vacías buenas obras. Es la tesis de esta segunda parte, que ilustra Jesús con las parábolas del ladrón, del lazo, de los siervos, de las vírgenes y de los talentos. Las dos primeras son objeto de este número.

Hay que vigilar: Parábola del ladrón (Mt. vv. 42-44). — Si el advenimiento del Hijo del hombre ha de ser rápido e imprevisto como vino la inundación del diluvio, la consecuencia es natural: hay que estar en vela: Mirad, pues, velad y orad. No quiere el Señor que sus discípulos sepan el tiempo ni la hora del advenimiento para que estén siempre sus ánimos en suspenso, esperándole: que no sabéis cuándo será el tiempo, a qué hora ha de venir vuestro Señor.

Ilústrase esta tesis, primero con la parábola del padre de familias y el ladrón, clásica en el Nuevo Testamento para concretar esta verdad (cf. 1 Thess. 5, 2; 2 Petr. 3, 10; Apoc. 3, 3). Jesús reclama la atención de sus discípulos: Mas entended, que... Un jefe de casa que sabe ha de venir el ladrón, no duerme, sino que hace todo ojos y oídos para advertir su llegada: Si el padre familias supiese a qué hora ha de venir el ladrón, velaría sin duda. Solían en la Palestina construirse las casas con muros de adobe o barro apisonado, o con ladrillos crudos; no era difícil abrir de noche un boquete por el exterior sin que lo advirtiesen los moradores: en este caso, el padre de familias evitaría la intrusión de la gente maleante: Y no dejaría que fuera minada su casa. Como él deben estar en vela los discípulos de Cristo, porque el Hijo del hombre vendrá impensadamente como ladrón, de noche: Por tanto, estad apercibidos también vosotros: porque a la hora que menos penséis, ha de venir el Hijo del hombre.

Parábola del lazo (Lc. vv. 34-36). — Nuestro interés personal, pues en ello van envueltos nuestros destinos eternos, exige que evitemos todo aquello que pueda embotar este agudo sentido de la vigilancia: lo que adormece nuestro espíritu es la sensualidad en todas sus formas y la absorción de los negocios mundanos: ¡Mirad por vosotros!, no sea que vuestros corazones se emboten con la crápula, la embriaguez y los afanes de esta vida. ¡Ay de aquellos que se entreguen a la crápula y a la disipación, que verán precipitarse sobre ellos el día tremendo!: Y os sobrevenga de repente aquel día...

El lazo (35.36).— Los peces son cogidos en la red y las aves en trampas y lazos cuando menos advertidos están; así serán cogidos de improviso todos los hombres en la gran redada del último día: Porque como un lazo vendrá sobre todos los que están sobre la tierra (cf. Eccl. 9, 12; Is. 8, 14.15; 24, 17).

Como consecuencia de ello, incúlcase otra vez la idea de la vigilancia: Velad, pues... A los obstáculos de la vigilancia, la sensualidad y la disipación, se contrapone el espíritu y la práctica de la oración: Orando en todo tiempo. De esta suerte se evitarán los grandes males de aquel último día, que fatalmente deben venir, el juicio adverso y la condenación: para que seáis dignos de evitar todas estas cosas, que han de venir: y podremos presentarnos sin temor de reprobación ante el tribunal del Señor: y de estar en pie delante del Hijo del hombre, no sucumbiendo en juicio, en aquel día de su venida.

Lecciones morales.

— A) M. v. 42. — Mirad, pues, velad... — Está en vela, dice San Gregorio, quien tiene los ojos abiertos para ver toda luz verdadera que ante ellos brille; está en vela quien practica aquello que cree; está en vela quien ahuyenta de sí las tinieblas de la pereza y de la negligencia. Y esta palabra, añade San Agustín, la dijo Jesús no sólo para los discípulos a quienes hablaba, sino para cuantos nos precedieron, y para nosotros mismos, Y para cuantos vivirán después de nosotros hasta el día de su advenimiento final, que será el día de todos. Porque entonces viene para nosotros aquel día, cuando viene «nuestro» día, pues tales seremos juzgados el último día del mundo cuales salgamos de esta vida el día último de la nuestra. Por esto debe estar en vela todo cristiano, para que no lo halle mal dispuesto el día del advenimiento del Señor; sin preparación hallará aquel día a quien sin preparación cogió su último día.

B) vv. 43.44. — Ha de venir el ladrón... a la hora que menos pensáis... — Guardamos celosamente las riquezas para que no caigan en manos de ladrones, y dejamos abierta la casa de nuestra alma para que penetren en ella los ladrones de las verdaderas riquezas, que son las de nuestro espíritu, dice el Crisóstomo. ¡Peligro tremendo el que corren nuestros destinos eternos! Porque a la hora que menos pensemos vendrá el Hijo del hombre. Vendrá la muerte, en la que nadie piensa, porque hasta los que piensan morir, o no piensan en el advenimiento de quien les ha de juzgar, o piensan que aún tienen tiempo de más vivir. Y el día del Señor es inexorable; nos cogerá cuales seamos y como estemos: vigilantes y llenos de buenas obras en el Señor, o descuidados y con nuestra alma en posesión del infernal ladrón, para quien el último día del pecador es el día del dominio definitivo y eterno sobre él mismo.

C) Lc. v. 34.—Mirad por vosotros!... — No dice Jesús: Mirad por lo vuestro, o por los vuestros, o por los que tenéis a vuestro rededor; sino: «Mirad por vosotros», dice Teofilacto: y nosotros somos nuestro entendimiento y nuestra alma, nuestro cuerpo y nuestros sentidos; así como lo nuestro es las posesiones, riquezas, etc., sobre las que no nos advierte cuidemos. Nosotros somos los que debemos evitar la sensualidad y el vértigo que dan las cosas de la vida, para que no nos aturdamos y seamos cogidos en el lazo cuando menos pensemos. En esto son más prudentes los irracionales que nosotros; por cuanto ellos escogen por instinto aquello que les conviene, dejando lo que les es nocivo; mientras nosotros hacemos servir nuestra razón y nuestros sentidos para nuestra ruina.

D) v. 36.—Y de estar en pie delante del Hijo del hombre.- No estar en pie ante el Hijo del hombre es sucumbir en el último juicio que El hará de los actos de nuestra vida. Es, además, caer de nuestro destino eterno, que no es otro que ver a nuestro Dios cara a cara en el cielo, por los siglos de los siglos. Pero, ¿quién, Dios mío, podrá no sucumbir ante Vos, Juez santísimo y justísimo? ¿Quién será capaz de ver vuestra cara y no morir? Nosotros; podemos decir confiados en la gracia de Jesucristo. Si le seguimos imitándole, nos llamará en su mismo tribunal «benditos de su Padre», y nos introducirá El mismo en el reino que se nos ha preparado desde el principio del mundo. Como Dios nos da su gracia en este mundo para que seamos santos y podamos presentarnos ante el tremendo Juez y ser colocados a su diestra, así nos dará en el cielo una gracia especialísima, que los teólogos llaman «luz de la gloria», para que podamos verle cara a cara, tal como es. La visión de la esencia de Dios y el gozo que la acompaña es el fin de nuestra vocación y de nuestra vida de cristianos.




Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Adviento: Domingo I (Ciclo A)



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