Mt 24, 42-51: Estar vigilantes – Servidor fiel y prudente

Texto Bíblico

42 Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. 43 Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. 44 Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.
45 ¿Quién es el criado fiel y prudente, a quien el señor encarga de dar a la servidumbre la comida a sus horas? 46 Bienaventurado ese criado, si el señor, al llegar, lo encuentra portándose así. 47 En verdad os digo que le confiará la administración de todos sus bienes. 48 Pero si dijere aquel mal siervo para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, 49 y empieza a pegar a sus compañeros, y a comer y a beber con los borrachos, 50 el día y la hora que menos se lo espera, llegará el amo 51 y lo castigará con rigor y le hará compartir la suerte de los hipócritas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Santa Teresa de Calcuta, religiosa

Escritos: Dios se aleja cuando nos alejamos del hermano

Jesús, la Palabra, que ha hablado, capítulo 10.

«Feliz el servidor que su dueño, al regreso, lo encuentra trabajando» (Mt 24,46).

Si a veces tenemos la impresión de que el Maestro se ha ido, ¿no será porque yo me he alejado de una u otra hermana? Una cosa nos garantizará siempre el cielo: los actos de caridad y la gentileza que habremos tenido en nuestra vida.

Nunca sabremos el bien que puede provocar una simple sonrisa. Decimos a los hombres lo grande que es Dios, comprensivo, indulgente: y ¿somos nosotros la prueba viviente de ello? ¿Pueden realmente darse cuenta de esa grandeza, comprensión, indulgencia viéndola viva en nosotros?

San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia

Sermón: La puerta de la fe.

12avo sermón sobre el salmo 118 : CSEL 62,258.

«Estad en vela» (Mt 24,42).

Dichoso tú cuando Cristo llama a tu puerta. Nuestra puerta es la fe que, si es sólida, defiende toda la casa. Es por esta puerta que Cristo entra. Por eso la Iglesia dice en el Cantar de los Cantares: «Oigo la voz de mi hermano que llama a la puerta». Escucha al que llama, escucha al que desea entrar: «¡Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, mi perfecta! Que mi cabeza está cubierta de rocío y mis bucles del relente de la noche». (Ct 5,2). Fíjate en qué momento el Dios Verbo llama a tu puerta: cuando tu cabeza está cubierta del rocío de la noche. Porque él se digna visitar a los que están sometidos a prueba y a tentaciones a fin de que ninguno sucumba, vencido por las dificultades. Su cabeza está cubierta de rocío o de gotas de agua cuando su cuerpo está penando.

Es entonces cuando hay que velar por temor a que, cuando el Esposo vendrá, no se vaya porque ha encontrado cerrada la puerta de la casa. En efecto, si tú duermes y tu corazón no está en vela (Ct 5,2), él se aleja antes de llamar; si tu corazón está en vela, llama y te pide le abras la puerta. Nosotros, pues, disponemos de la puerta de nuestra alma, y disponemos también de las puertas sobre las cuales se ha escrito: «¡Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria!»

Padres apostólicos

Didajé: El último momento.

§ 10.16.

«Velad pues no conocéis el día» (Mt 24,42).

Una vez saciados de la Eucaristía, damos gracias así: “Nosotros te damos gracias, Padre santo, por tu santo nombre que has hecho habitar en nuestros corazones, y por el conocimiento, la fe, la inmortalidad que tú nos has revelado por Jesús, tu servidor.¡Gloria a ti por los siglos. Amén!…Ante todo, nosotros te damos gracias, porque eres poderoso:¡Gloria a ti por los siglos. Amén! Acuérdate de tu Iglesia, Señor, para librarla de todo mal y hacerla perfecta en tu amor. Reúne desde los cuatro vientos esta Iglesia santificada, en el Reino que tu le has preparado. Pues ¡a ti sea la fuerza y la gloria por los siglos. Amén! ¡Qué la gracia llegue y este mundo pase. Amén! Si alguno es santo, que se acerque; si no lo es, que haga penitencia. ¡Marana tha! Amén.

Si, velad, sobre vuestra vida; no dejéis apagar vuestra lámpara ni se desate de vuestros riñones vuestro cinturón. Estad preparados. Pues ignoráis la hora cuando nuestro Señor vendrá. Reuníos frecuentemente para buscar juntos lo que conviene a vuestras almas. Pues todo el tiempo de vuestra fe no servirá de nada, si, el último momento, no habéis sido perfectos.

San Bernardo, abad

Sermón: En medio de la noche.

Sermón 1 para el Adviento.

«Mi señor tarda en llegar» (Mt 24,48).

¿Cuándo vino el Salvador? No vino al comienzo del tiempo, ni en medio, sino al final. Esto no lo ha hecho sin alguna razón, sino que, muy prudentemente, la Sabiduría divina, que no desconocía que los hijos de Adán son ingratos, dispuso que no los socorrería hasta que ellos sintieran gran necesidad de ello.

En verdad, ya «atardecía y el día iba de caída», «el sol de la justicia» había casi desaparecido (Lc 24,29; Ml 3,20); sobre la tierra ya no se difundía sino una luz incierta y un calor débil. De hecho, la luz del conocimiento de Dios había disminuido mucho y se había enfriado el calor de la caridad a causa de la creciente iniquidad (Mt 24,12). Ya no había apariciones de ángeles, ni oráculos de profetas: se habían acabado como si estuvieran vencidos por la desesperanza ante el extremo endurecimiento de los hombres y su obstinación. Es entonces que el Hijo afirmó: «Entonces yo digo: aquí estoy» (Sl 39,8). Sí, cuando un sosegado silencio todo lo envolvía y la noche se encontraba en la mitad de su carrera, tu Palabra omnipotente, Señor, cual implacable guerrero, saltó del Cielo, desde el trono real (Sab 18,14). Tal como lo dice el apóstol Pablo: «Cuando se cumplió el tiempo Dios envió a su Hijo a la tierra (Gal 4,4).

San Fulgencio de Ruspe, obispo

Sermón: Criado fiel y solícito.

Sermón 1, 2-3: CCL 91 A, 889-890 (Liturgia de las Horas).

«¿Quién es el criado fiel y prudente, a quien el señor encarga de dar a la servidumbre la comida a sus horas?» (Mt 24,45).

El Señor, queriendo explicar el peculiar ministerio de aquellos siervos que ha puesto al frente de su pueblo, dice: ¿Quién es el criado fiel y solicito a quien el Señor ha puesto al frente de su familia para que les reparta la medida de trigo a sus horas? Dichoso ese criado, si el Señor, al llegar, lo encuentra portándose así. ¿Quién es este Señor, hermanos? Cristo, sin duda, quien dice a sus discípulos: Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy.

¿Y cuál es la familia de este Señor? Sin duda, aquella que el mismo Señor ha liberado de la mano del enemigo para hacerla pueblo suyo. Esta familia santa es la Iglesia católica, que por su abundante fertilidad se encuentra esparcida por todo el mundo y se gloría de haber sido redimida por la preciosa sangre de su Señor. El Hijo del hombre -dice el mismo Señor- no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.

Él mismo es también el buen pastor que entrega su vida por sus ovejas. La familia del Redentor es la grey del buen pastor.

Quien es el criado que debe ser al mismo tiempo fiel y solícito, nos lo enseña el apóstol Pablo cuando, hablando de sí mismo y de sus compañeros, afirma: Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador, lo que se busca es que sea fiel.

Y, para que nadie caiga en el error de creer que el apóstol Pablo designa como administradores sólo a los apóstoles y que, en consecuencia, despreciando el ministerio eclesial, venga a ser un siervo infiel y descuidado, el mismo apóstol Pablo dice que los obispos son también administradores: El obispo, siendo administrador de Dios, tiene que ser intachable.

Somos siervos del padre de familias, somos administradores de Dios, y recibiremos la misma medida de trigo que os servimos. Si queremos saber cuál deba ser esta medida de trigo, nos lo enseña también el mismo apóstol Pablo, cuando afirma: Estimaos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada uno.

Lo que Cristo designa como medida de trigo, Pablo lo llama medida de la fe, para que sepamos que el trigo espiritual no es otra cosa sino el misterio venerable de la fe cristiana. Nosotros os repartimos esta medida de trigo, en nombre del Señor, todas las veces que, iluminados por el don de la gracia, hablamos de acuerdo con la regla de la verdadera fe. Vosotros mismos recibís la medida de trigo, por medio de los administradores del Señor; todas las veces que escucháis la palabra de la verdad por medio de los siervos de Dios.

San Juan Pablo II, papa

Testamento

«Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor» (Mt 24,42).

“Totus Tuus ego sum”

En el nombre de la Santísima Trinidad. Amén.

“Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor” (cf. Mt 24, 42). Estas palabras me recuerdan la última llamada, que llegará en el momento en el que quiera el Señor. Deseo seguirle y deseo que todo lo que forma parte de mi vida terrena me prepare para ese momento. No sé cuándo llegará, pero al igual que todo, pongo también ese momento en las manos de la Madre de mi Maestro: “Totus tuus”. En estas mismas manos maternales lo dejo todo y a todos aquellos a los que me ha unido mi vida y mi vocación. En estas manos dejo sobre todo a la Iglesia, así como a mi nación y a toda la humanidad. Doy las gracias a todos. A todos les pido perdón. Pido también oraciones para que la misericordia de Dios se muestre más grande que mi debilidad e indignidad.

[…]

No dejo tras de mí ninguna propiedad de la que sea necesario tomar disposiciones. Por lo que se refiere a las cosas de uso cotidiano que me servían, pido que se distribuyan como se considere oportuno. Que los apuntes personales sean quemados. Pido que vele sobre esto don Stanislaw, a quien agradezco su colaboración y ayuda tan prolongada a través de los años y tan comprensiva…

Tras la muerte, pido santas misas y oraciones.

Expreso mi más profunda confianza en que, a pesar de toda mi debilidad, el Señor me conceda todas las gracias necesarias para afrontar, según su voluntad, cualquier tarea, prueba y sufrimiento que quiera pedir a su siervo, en el transcurso de la vida. Confío también en que no permita nunca que, a través de cualquier actitud mía: palabras, obras u omisiones, traicione mis obligaciones en esta santa Sede de Pedro.

[…]

Hoy sólo quiero añadir esto: que todos debemos tener presente la perspectiva de la muerte. Y debemos estar dispuestos a presentarnos ante el Señor y Juez, y simultáneamente Redentor y Padre. Por eso, yo también tengo presente esto continuamente, encomendando ese momento decisivo a la Madre de Cristo y de la Iglesia, a la Madre de mi esperanza.

Los tiempos en que vivimos son sumamente difíciles y agitados. Se ha hecho también difícil y tenso el camino de la Iglesia, prueba característica de estos tiempos, tanto para los fieles como para los pastores. En algunos países (como, por ejemplo, en uno sobre el que he leído durante los ejercicios espirituales), la Iglesia se encuentra en un período de persecución tal, que no es inferior a las de los primeros siglos, más aún, las supera por el nivel de crueldad y de odio. “Sanguis martyrum, semen christianorum”. Además de esto, muchas personas desaparecen inocentemente, también en este país en el que vivimos…

Una vez más, deseo encomendarme totalmente a la gracia del Señor. Él mismo decidirá cuándo y cómo tengo que terminar mi vida terrena y el ministerio pastoral. En la vida y en la muerte “Totus Tuus”, mediante la Inmaculada. Aceptando ya desde ahora esa muerte, espero que Cristo me dé la gracia para el último paso, es decir, la Pascua (mía). Espero que también la haga útil para esta causa más importante a la que trato de servir: la salvación de los hombres, la salvaguarda de la familia humana y, en ella, de todas las naciones y pueblos (entre ellos, me dirijo también de manera particular a mi patria terrena); que sea útil para las personas que de manera particular me ha confiado, para la Iglesia, para la gloria del mismo Dios.

No deseo añadir nada a lo que ya escribí hace un año: sólo expresar esta disponibilidad y, al mismo tiempo, esta confianza, a la que me han impulsado de nuevo estos ejercicios espirituales.


Comentarios exegéticos

Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): El siervo responsable

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1084-1085.

El título que hemos dado a la parábola supone un esfuerzo conciliador. Mateo habla de “siervo”; Lucas de “administrador” (Lc 12,41-46). El significado es el mismo. El concepto de “administrador” implica la responsabilidad que le ha sido confiada. Mateo utiliza la palabra “siervo”, que encaja mejor en su evangelio, cuyos destinatarios inmediatos eran los judíos o judío-cristianos. El hombre familiarizado con la Biblia debe saber que la palabra “siervo” indica también la elección de Dios para una misión o cargo de responsabilidad.

Jesús, al hablar de la vigilancia implicada en la naturaleza misma del reino, extiende su necesidad, de modo particular, a los responsables del nuevo Israel, a los dirigentes de la Iglesia. La parábola describe exclusivamente las obligaciones ineludibles y la actitud constante de servicio del mencionado “siervo” o “administrador” elegido por el Señor. No menciona para nada sus derechos y poderes. Aunque los supone, al situarse en la hipótesis de que esa actitud obligada de servicio puede convertirse en actitud despótica de mando desmesurado o de señorío ambicioso.

Jesús cuenta con la posibilidad de que el “siervo” se proponga no precisamente servir sino ser servido. En este caso traicionaría sustantivamente su misión específica. Y si la venida de su Señor le sorprende obrando de esta forma, se habría ganado un puesto de honor entre los hipócritas, infieles e impíos. Las tres palabras son sinónimas. En definitiva, entre aquellos que serán alejados para siempre de su Señor.

La parábola cuenta con esta posibilidad, pero no la pone en primer plano. Quiere, más bien, destacar la actitud vigilante del “siervo” a quien ha sido confiada la dirección de sus consiervos, del pueblo fiel. El siervo responsable debe proporcionar a sus consiervos las provisiones necesarias. Manifestar la voluntad del único Señor de todos y procurar que se cumpla, para que todos sean galardonados y puedan sentarse en la sala del festín de bodas. Para que todos puedan entrar en el reino de los cielos cuando venga el Señor.

La parábola adquiere un tinte de seria amonestación. No debe ocurrir con los dirigentes del nuevo Israel lo que ocurrió en los tiempos de Cristo con los responsables inmediatos del pueblo: “Ay de vosotros, doctores de la Ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia; y ni entráis vosotros ni dejáis entrar” (Lc 11,52). Ellos tenían la llave de la ciencia, la llave de acceso al reino de Dios, en un conocimiento teológico raquítico y repelente. Sus imposiciones y exigencias, su interpretación minimista y ridícula de la Ley, no dejaban ver ni su verdadero contenido ni, mucho menos, al autor de la misma. También aquí los árboles impedían ver el bosque. Y ante esta presentación empobrecida y minimizada del reino de Dios no valía la pena esforzarse por entrar en él. Era una consecuencia lógica de todos aquéllos que conocían el mensaje divino a través de aquellos dirigentes espirituales del pueblo. Al “siervo responsable” se le exige una actitud vigilante e inteligente.

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: Por una santidad despierta

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 396-397.

1 Corintios 1,1-9.

Cuando Pablo escribe a la Iglesia de Corinto, la comunidad es presa de divisiones. No sólo sufre las convulsiones provocadas por las distintas tendencias, sino que está bajo la influencia del paganismo ambiente. Sabiendo esto, no nos sorprenderá la insistencia del apóstol en la unión con la persona de Cristo. En efecto, ni la ley judía, ni la filosofía griega liberan totalmente al hombre; sólo la cruz es la verdadera fuente de salvación, y por eso puede Pablo decir a los “santos” de Corinto que su santidad se la deben a Cristo y sólo a él. Las promesas divinas apuntaban a esta comunión, a la vida compartida; su cumplimiento demuestra la fidelidad del Dios de la Alianza.

Salmo 144.

El salmo 144 pertenece al género hímnico. Bendice al Señor por su grandeza y su esplendor, sus obras y maravillas. El cristiano, que ha visto la salvación de Dios, ¿cómo no lo alabará?

Mateo 24, 42-51.

El discurso escatológico, que concluye con una solemne apelación a la vigilancia, explicitada en varias parábolas, ha ilustrado dos acontecimientos: por una parte, la ruina del templo, es decir, el rechazo de las instituciones judías; por otra, el retorno del Señor al final de los tiempos. La parábola del ladrón debe leerse a dos niveles: en primer lugar, al nivel del Jesús histórico, convencido de que a su muerte sonaría la señal de la catástrofe final, a la cual corrían el riesgo de ser arrastrados sus discípulos; y en segundo lugar, al nivel de la Iglesia, preocupada por el retraso de la parusía y por el peligro de adormecimiento que de ello se derivaba para sus responsables.

La parábola del criado se dirige también a los responsables de la Iglesia. ¿Acaso la comunidad mateana sufrió en algún momento la negligencia o infidelidad de sus responsables? En todo caso, la parábola subraya enérgicamente las obligaciones de aquellos a quien se ha confiado el cuidado de la “casa”. El Señor vendrá sin avisar: tampoco los jefes de Israel esperaban que, en la mañana de Pascua, Jesús fuera a atravesar los muros de su sepulcro.

***

La Iglesia de Dios no es una casa de reposo, y aquellos a quienes el apóstol Pablo llama “santos” no se parecen a esas estatuas de pacotilla que ni siquiera llamarían la atención del más pobre de los ladrones. Poseedores de toda la gracia recibida de Cristo resucitado, los santos se parecen más bien a esos criados vigilantes y sensatos a quienes su señor puede confiar sin temor la gestión de todos sus bienes. Sí, la Iglesia de los santos es una casa activa y sólida, siempre alerta para que fructifiquen los talentos recibidos en herencia.

Pero ¿quiénes son esos “santos”, ese “pueblo santo”, esos fieles a los que felicita el apóstol y por los que da gracias a Dios? Somos, sencillamente, tú y yo, ayer cristianos de Corinto, y hoy de nuestras innumerables comunidades. Fieles no siempre ejemplares: la lectura de la carta a los Corintios basta para convencernos de ello. Y, sin embargo, santos de Dios, pues la santidad es, ante todo, una llamada, una gracia, un don; y después, una fidelidad que hay que renovar continuamente. La santidad no consiste en descansar sobre laureles marchitos; es una atenta vigilia en el amor y la conversión.

La Iglesia de Dios es santa. Ha recibido como herencia un inmenso tesoro, nada menos que el cuerpo de Cristo resucitado. Pero no hay que guardar el cuerpo del Señor como lo haría el vigilante de un museo con sus antigüedades. La santidad no se preserva, como hacen algunos con su virtud demasiado frágil. La Iglesia de Dios es santa en la medida en que se afana para que la simiente recibida produzca abundante fruto. Y no hay acción totalmente pura, sobre todo cuando los siglos van pasando y se hace necesario reinventar incesantemente la santidad para el presente.

El cuerpo de Cristo no es una estatua; es el cuerpo de los hombres y las mujeres habitados por el Espíritu. ¡Es algo muy distinto!

¡Hermanos, tratad de comprender la parábola del ladrón! ¿Qué podría encontrar en nuestra Iglesia ese ladrón nocturno que acecha para atravesar el muro de nuestro edificio? Si lo único que va a encontrar en nuestra casa es una santidad celosamente guardada, entonces, ¡que venga y se lo lleve todo! Y si nos encuentra dormidos, aunque sólo sea en nuestra buena conciencia, demos gracias por tan estimulante perturbación.

Pero no se trata de eso. Es el cuerpo de Cristo lo que querrían llevarse y ocultar esos ladrones a los que nuestra fe les resulta molesta. Me rodean para separar a la Iglesia de su fuente y reducirla a un museo de la religión ancestral. Así pues, ¡velemos! En el Gólgota, nadie fue capaz de poner la mano sobre el cuerpo amado… Con María Magdalena, velemos día y noche. Por la mañana, cuando venga el Maestro, que nos encuentre activos, amando y esperando. La santidad no tiene otro nombre, y la Iglesia no tiene otra razón de ser.

***

Señor Jesús,
tú haces de nosotros, aquí, en este lugar,
tu Iglesia santa;
tú nos llamas tal como somos
y nos santificas con tu palabra.
Invocamos tu nombre,
del cual recibimos el nuestro:
mantennos irreprochables
hasta el día en que vengas
a pedirnos cuentas de nuestro amor,
hazlo crecer cada día sin medida,
pues tú no dejas de darnos tu gracia,
infinita como los siglos de los siglos.

Biblia Nácar-Colunga Comentada

Necesidad de vigilar, 24:42-51 (Mc 13:33-37; Lc 21:34-36).

Esta última sección del “discurso escatológico” se refiere a la necesidad de “vigilar.” Puesto que “ese día y hora” es desconocido, no cabe más que estar alerta y preparados para su llegada.

Esta necesidad de la “vigilancia” es presentada por Mt con dos comparaciones o pequeñas parábolas.

El dueño de la casa. — La primera comparación se toma de un “dueño de casa.” La noche es la hora propicia para el robo. El cuadro tiene todo un matiz local. Las casas palestinas estaban hechas, sobre todo en su techumbre, de argamasa de barro con ramajes (Mc 1:2), y las paredes laterales no raramente eran de adobes. De ahí la descripción del ladrón que “horada” la casa para entrar. Por eso, si el dueño de la casa supiese la hora en que pudiese haber un robo en su hogar, “vigilaría” y no dejaría que “perforasen su casa” para entrar a robar (2 Pe 3:4-14).

El siervo bueno y el malo. — Otra comparación se trae al mismo propósito basada en la conducta de dos siervos.

La escena es un dueño que tiene varios siervos, y pone al frente de ellos un “ecónomo,” que ha de ser fiel y prudente para que sea leal al dueño y sepa cumplir bien su oficio en ausencia de su señor. Pues cuando éste vuelva y llegue a casa sin avisar, si encontrase que aquel siervo ecónomo había cumplido bien su oficio, esperando siempre la llegada de su señor, obtendría por premio el que, por su fidelidad y solicitud, le ponga al frente de todos sus bienes, como un intendente general de su casa.

Por el contrario, si el siervo es malo y, viendo que su amo tarda en su retorno, golpease a sus compañeros — escena muy típica del encumbramiento de un siervo oriental — y él se baquetease y mezclase con los borrachos, tendrá su merecido castigo cuando venga su señor “en el día que no espera y en la hora que no conoce.” El castigo que le inflige se expresa, primeramente, con un término griego (διχοτομήσει) que lo mismo puede significar que lo parte físicamente en dos mitades (castigo bíblicamente conocido; cf. 1 Sam 15:33; Jer 34:18; Dan 13:55-59; Heb 11:37), que ser tomado en un sentido metafórico de separarlo de su cargo o de repartir aquí azotes. El castigo aún se redondea: “Lo pondrá con los hipócritas.” Este término podía expresar los fariseos (Mt 6:2-5.16; Jl 5:7ss). También pudiera ser una defectuosa traducción del arameo, que Lucas traduciría mejor (Lc 12:46) por “infieles” o “impíos”. Y aún se completa esta descripción con el clásico “llanto y crujir de dientes.” Para los que interpretan este pasaje del fin del mundo sería imagen del infierno.

Para los que lo interpretan directamente de la destrucción de Jerusalén, como gran juicio de Dios, es imagen de los castigos — materiales o espirituales — que sobrevendrán al que no atienda y vigile esta hora, para evitarlos o superarlos en fidelidad.

Otros dos aspectos de esta vigilancia son propios, uno, de Marcos (13:33-37), tomado de un dueño que se ausenta y de una doble conducta de dos criados, y otro de Lc (21:34-36), que tiene un marcado matiz moral y está situado en otro contexto.

Al llegar a este final de la exégesis de la primera parte del “discurso escatológico,” cabe plantearse el problema siguiente: si en este discurso se habla directamente de la destrucción de Jerusalén, pero si también está vaticinado “el fin del mundo” (Mt 24:3), ¿cómo se conjugan en este discurso estas dos intenciones y estas dos inclusiones en este texto?

“Se admite ordinariamente que en este discurso están mezcladas dos perspectivas: la de la destrucción de Jerusalén y la del fin del mundo, y esto es verdad. Pero no está bien el creerlas yuxtapuestas (buscando el pasaje de una y de otra, sea en el v.29, sea en el v.23 o incluso en el v.21), puesto que ellas están, en realidad, superpuestas. Parece, en efecto, preferible interpretar todo el discurso en función de la destrucción de Jerusalén y ver, al mismo tiempo, en este terrible drama el verdadero pródromo del fin del mundo. Pues esta catástrofe que señaló el fin de la Antigua Alianza fue un drama sin precedentes en el drama de la Salud y no se reproducirá más que al final de los tiempos, cuando Dios ejercerá sobre todo el género humano, elegido en Cristo, el mismo juicio que El ejerció entonces sobre el primer pueblo elegido. Es por lo que este “día de Yahvé,” considerado en la Escritura desde un punto de vista teológico, más que histórico, reviste siempre una amplitud cósmica, cuyas imágenes apocalípticas,” de un impresionismo oriental que afecta nuestro espíritu moderno, tentado de tomarlas a la letra, no hacen más que subrayar la profunda significación espiritual. El pensamiento y las expresiones de Jesús, como las de sus intérpretes, están penetradas en este punto de las tradiciones del A. Τ. Υ si la ruina del judaísmo parecía así confundirse con el fin de los tiempos, es ello una verdad profunda, porque este terrible juicio de Dios ha marcado realmente el comienzo de la era escatológica, de la cual el fin del mundo no será más que el último y definitivo acontecimiento.”

Sin embargo, parece que la solución así planteada prescinde, de hecho, que la respuesta de Jesucristo a la cuestión del fin del mundo. O no responde a la pregunta que le formulan los discípulos (Mt 24:3) o, de lo contrario, esta solución parece más bien soslayar la respuesta.

Es verdad que en el estilo apocalíptico se pueden mezclar las perspectivas; sería el caso de estar “superpuestas.” Pero también es verdad que, en la época de Cristo, las concepciones rabínicas sobre el reino mesiánico y la escatología estaban tan divididas como confusas. ¿Respondería Jesucristo, o los redactores del discurso en su forma actual, a las dos preguntas en una forma “superpuesta”? ¿Cuál sería el criterio de su discernimiento, máxime en la confusión ambiental de perspectivas?

Si todo esto es posible, parece, sin embargo, que acaso pudiera ser otra la solución.

En efecto, en Mc y Lc la pregunta que se hace a Jesucristo es sólo sobre “cuándo sucederá esto y cuál será la señal de que todo esto se va a cumplir” (Mc 13:4). Y esto a que alude es a la afirmación de Jesucristo de que no quedará del templo “piedra sobre piedra.” Se refiere, pues, a la destrucción de Jerusalén. En la perspectiva literaria de Mc-Lc, parece que sólo se habla de la destrucción de Jerusalén. Prescinden, por tanto, de lo que hubo de vaticinio sobre el fin del mundo.

Mt, en esta parte expuesta — c.24 —, parece que sólo se refiere a la destrucción de Jerusalén. Pero, a diferencia de Mc-Lc, ya en la pregunta que hacen los discípulos a Jesucristo se la formulan literariamente con mucha más amplitud. Pues se le pregunta: “Cuándo sucederá esto (la destrucción de Jerusalén predicha) y cuál es la señal de tu venida y del fin del mundo” (Mt 24:3). Si en Mt la respuesta a la primera pregunta se encuentra en el c.24, la respuesta a la segunda se encuentra en el c.25. Los dos forman una unidad que responde, literariamente, a las dos preguntas hechas a Jesucristo.

Así, en el c.25 se habla manifiestamente del juicio final (v.31-46), en que la sentencia es que unos “irán al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna” (v.46). Es, pues, “el fin del mundo.”

Pero antes de expresarse este cuadro — responde a aquella pregunta — se ponen dos parábolas. La primera es la de las vírgenes necias y prudentes, que se trae para ilustrar esta afirmación que allí dice: “Velad, pues no sabéis ni el día ni la hora” (v.13). Ilustra la necesidad de “vigilar” la venida del “esposo,” Cristo. ¿Cuándo? Es una perspectiva previa al juicio final, pero en cuanto queda literariamente vinculada al mismo.

La segunda es la parábola de los “talentos.” Mira a la necesidad de rendir los valores que Dios da a cada uno. Pues, a la hora de la retribución, al negligente le mandará echar “a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y crujir de dientes” (v.30). Pero todo este rendir y aprovechar Irá “talentos” no es otra cosa, en el fondo, que vivir rectamente, estar siempre preparándose — ”vigilar” — para la hora de la retribución, el juicio final. En la perspectiva literaria de Mt, esta parábola está vinculada al juicio final. Este “bloque” de parábolas sobre la “vigilancia” da la impresión, o bien que Cristo aludió o añadió alguna de ellas sobre la necesidad de “vigilar” ante la incertidumbre, a la cual se le añadió por las “fuentes” o los evangelistas un conjunto de otras, provenientes de contextos distintos — lo mismo que en desarrollo de los c.24 y 25 —, pero afines por un fondo común de vigilancia; o que la catequesis primitiva, expectante ante una inminente parusía (2 Tes 2:1ss), aprovechó este contexto para incluir la necesidad de esta vigilancia que afecta a una doble vertiente en Mt: vigilancia ante la venida de Cristo, presenciada por “esta generación,” y vigilancia ante la parusía final.

Es así como parece que se salva bien la interpretación del c.24 de sólo la destrucción de Jerusalén (lo que acusa Mc-Lc), y la respuesta de Jesucristo, en Mt, a la destrucción de Jerusalén y al fin del mundo. De esa hora no se dan señales; es hora incierta, será súbita, y sólo cabe “vigilar”.

G. Zevini, Lectio Divina (Mateo): La vigilancia y fidelidad en el servicio

Verbo Divino (2008), pp. 463-468.

La Palabra se ilumina

Jesús, respondiendo a los discípulos, indicó los signos preparatorios de los últimos tiempos. Prosiguiendo con su discurso, afirma que, sin embargo, el día y la hora definitivos llegarán de una manera absolutamente inesperada. De ahí la necesidad de la vigilancia, confirmada por medio de varias comparaciones y parábolas. El ejemplo bíblico de Noé y del diluvio es iluminador: como ya lo hizo entonces, el Señor avisa previamente, pero la vida de los hombres prosigue con sus ocupaciones habituales. Sin embargo, es precisamente en el contexto de la vida donde debemos acoger el aviso divino, puesto que el Señor vendrá de improviso y se llevará a cabo una separación entre los que se han adherido a su Palabra y los que han preferido ignorarla (vv. 37-42).

La imagen del ladrón nocturno resulta particularmente eficaz para exhortar a la vigilancia, mientras que la parábola del siervo añade al tema la nota de la confianza otorgada por parte de Dios al hombre y del premio o del castigo correspondientes al comportamiento de este último: se trata de una invitación clara a la fidelidad dirigida por Jesús a los jefes del pueblo elegido, y que el evangelista aplica a los responsables de la comunidad de los discípulos (vv. 45-51).

La Palabra me ilumina

El sentido de la inminencia de la venida del Señor era, indudablemente, muy vivo y fecundo de gracia (con algunas excepciones que deja entrever el Nuevo Testamento: cf. 2 Tes 3,6-15) en las primeras generaciones cristianas. Sin embargo, Jesús no habló sólo para la gente de su tiempo, ni sólo para los que estén en vida en el momento de su venida: sus palabras «no pasarán». ¿Por qué habría insistido tanto en este acontecimiento si sólo tuviera que ver con un exiguo número de personas, con la última generación de la historia? ¿Qué valor tiene este aviso para la humanidad de todos los tiempos? La hora de la entrada en el día último será para cada uno de nosotros el instante de su muerte, cuando salgamos del fluir del tiempo para entrar en la eternidad, en la que todos los tiempos -incluso el último día- son compresentes. No cabe duda de que habrá un día y una hora, que sólo el Padre conoce, en los que concluirá la historia: Jesús multiplicó los ejemplos para convencernos de esto y de la absoluta necesidad de la vigilancia. No obstante, en general, se prefiere pensar que la cosa no tiene que ver con nuestra existencia personal, y seguimos llevándola precisamente como la gente del tiempo de Noé. Sin embargo, la última hora de la historia tiene que ver precisamente con todos, porque cada uno entra en ella con su propio tránsito de este mundo. A fin de ser encontrados dispuestos en ese instante supremo, debemos prepararnos con la fidelidad de una vida conforme a la voluntad del Señor y entregada al bien de los hermanos.

«Dichoso ese criado»… Comprendemos así la importancia de la oración elevada con humilde perseverancia y ofrecida en nombre de todos los hombres: «Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte». Que todo hermano y la humanidad entera puedan aferrar la mano materna de María para que les ayude a atravesar la hora definitiva, y a entrar en la luz radiante del día sin ocaso.

La Palabra en el corazón de los Padres

Es menester estar atentos, vigilar, orar según el precepto de nuestro Señor Jesucristo, que dice: Procurad que vuestros corazones no se emboten. Velad, pues, y orad en todo tiempo, para que os libréis de todo lo que ha de venir y podáis presentaros sin temor ante el Hijo del hombre» (Lc 21,34-36).

Si hemos escuchado y creído estas cosas, nuestra vigilancia mostrará nuestra fe; sacúdete las escamas y la pereza y todo lo que entorpece tu ánimo con mortífera somnolencia, que la sentencia de nuestro Señor y Salvador haga vibrar todos nuestros sentidos, a fin de que, depuestos todos los afanes mortales, estemos siempre dispuestos, esto es, a la espera de la venida del último día, en el que nos estarán reservadas la pena o la gloria; que nos estimule, pues, al combate espiritual el discurso del Señor que hemos recordado más arriba, en el que nos enseñó a estar continuamente vigilantes y en oración, de suerte que no seamos, por así decirlo, creyentes y no creyentes, oyentes y no oyentes.

iCuán dichosos son aquellos siervos a quienes el amo a su llegada encuentra velando! Feliz esa vigilia en la cual se espera al mismo Dios y Creador del universo, que todo lo llena y todo lo supera. Ojalá se dignara el Señor despertarme del sueño de desidia, a mí, que, aun siendo vil, soy su siervo! ¡Ojalá me inflamara en el deseo de su amor inconmensurable y me encendiera con el fuego de su divina caridad resplandeciente!: con ella brillaría más que los astros y todo mi interior ardería continuamente con este divino fuego.

Ojalá mis méritos fueran tan abundantes que mi lámpara ardiera sin cesar, durante la noche, en el templo de mi Señor, e iluminara a cuantos penetran en la casa de mi Dios! Concédeme, Señor, te lo suplico en nombre de Jesucristo, tu Hijo, y mi Dios, un amor que nunca mengüe, para que con él brille siempre mi lámpara y no se apague nunca y sus llamas sean para mí fuego ardiente y para los demás luz brillante (Columbano, Instrucciones, XII).

Caminar con la Palabra

El retraso de la parusía (retorno del Señor) induce a muchos al abandono. «Mi señor se retrasa», dice el siervo en su corazón, y se aprovecha de ello. La prolongación del tiempo es un dato de hecho, una constatación innegable, y el siervo tiene razón en esto. Ahora bien, se equivoca en la conclusión que saca de ello. La parábola se sitúa exactamente aquí, mostrando que la conclusión que debe sacarse del retraso de la venida del Señor es la opuesta a la del siervo.

La constatación de que el patrón se retrasa puede llevar a una conclusión completamente equivocada si se olvida que —en todo caso— será imprevisible del todo, sin ningún aviso previo, como la venida del ladrón por la noche. Es verdad que el Señor parece tardar, pero puede llegar de un momento a otro. Con retraso o sin él, la única actitud responsable sigue siendo la vigilancia continua. El retraso no atenúa el deber de vigilar; simplemente, lo prolonga. Dejando de hablar en sentido figurado, podríamos decir que para el cristiano el tiempo se hace «urgente» no porque sea «corto», sino porque, por breve o largo que sea, es siempre el ámbito de las opciones decisivas.

La parábola no sólo denuncia el relajamiento recordando la intacta validez del mandato de la vigilancia, sino que indica también dos formas posibles que puede asumir el relajamiento de la espera: enseñorearse sobre los compañeros de servidumbre y llevar una vida placentera Mateo había indicado ya, algunas líneas más arriba, otra forma de relajamiento, tal vez todavía más frecuente que las dos aquí mencionadas. Lo contrario de la vigilancia no es sólo el placer desmandado o el dominio sobre los otros, sino también el simple vivir sin sospechar. Como en tiempos de Noé, la gente come y bebe, toman mujer y marido, sin darse cuenta de que el diluvio es inminente. Las excesivas cosas, aunque de por sí sean honestas, pueden distraer de la vigilancia, tanto en el sentido de no avisarnos ya de la venida del Señor como en el de dejar de darnos cuenta del juicio que ya actúa en la historia y en la vida. Vigilar es el modo de vivir ‘del que no se erige en señor, sino que administra con sabiduría los bienes del verdadero señor, «distribuyendo a cada uno el alimento en el tiempo oportuno» (Sal 103,27). Esta discreta llamada al modo como Dios mismo dispone de los bienes del mundo es muy significativa (B. Maggioni, Le parabole evangeliche, Vita e Pensiero, Milán 1992, 141s, passim).

W. Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt): Dueño vigilante y criado fiel y sensato

Herder (1980), Tomo II, Cf. pp. 278-282.

El dueño vigilante de la casa (24,42-44).

42 Velad, pues, porque no sabéis en qué día va a llegar vuestro Señor.  43 Entendedlo bien: si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría en vela y no dejaría perforar su casa. 44 Por eso mismo, estad también vosotros preparados; que a la hora en que menos lo penséis llegará el Hijo del hombre.

Ésta es otra parábola corta. Naturalmente el dueño de una casa no puede velar cada noche, si tiene que contar con una irrupción. Pero si supiera el tiempo exacto, entonces se quedaría despierto en esta hora precisa. A vosotros os sucede que no sabéis el tiempo. Y por eso es preciso andar siempre prevenido y estar preparados.

Pero esta comparación sola todavía no basta. Para agravar la advertencia Jesús dice que el Hijo del hombre vendrá cuando menos se piensa. No se requiere, pues, solamente una vigilancia general, sino una muy particular, para no descuidar esta hora. La apariencia y la propia conjetura engañarán, los cálculos resultarán inconsistentes, las señales serán mal interpretadas. Cuando nadie lo espere, de una forma sorprendente y repentina, tendrá lugar la venida.

Para la mayor parte de los hombres esta advertencia no fue referida ni se refiere al día de la segunda venida de Cristo, sino al día de su propia muerte. Nadie conoce este día, y nadie lo puede calcular. También puede venir de una forma súbita y sorprendente, en medio del trabajo, durante el sueño o en un alegre juego. Ejercitarse para la muerte es ejercitarse para la parusía: contar serenamente con la muerte y estar preparado para ella es equivalente a la actitud que el cristiano debe tener ante el Señor que viene.

El criado fiel y sensato (24,45-51).

45 ¿Quién es, pues, el criado fiel y sensato, a quien el señor puso al frente de su servidumbre, para darles el alimento a su debido tiempo? 46 Dichoso aquel criado a quien su señor, al volver, lo encuentre haciéndolo así. 47 Os lo aseguro: lo pondrá al frente de todos sus bienes. 48 Pero, si aquel criado fuera malo y dijera para sí: Mi señor está tardando, 49 y se pusiera a pegarles a sus compañeros, y además comiera y bebiera con borrachos, 50 llegará el señor de ese criado el día en que menos lo espera y a la hora en que menos lo piensa, 51 lo castigará duramente y le asignará la misma suerte que a los hipócritas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.

En este segundo ejemplo lo que interesa no es estar en vela, sino servir con fidelidad por encargo del Señor. Antes de partir de viaje el Señor encomienda al jefe de los criados que cuide de los que moran en la casa. Debe cuidarse fielmente de ellos y darles puntualmente lo que necesitan en cada ocasión. El criado es fiel, si lo hace así y su señor puede fiarse de él. Pero es sensato, porque sabe que cuando regrese el señor, le alabará y le dará una recompensa. Dichoso el criado a quien el señor encuentre en el fiel ejercicio de su misión. La actitud ante el señor que vuelve también está determinada por esta fidelidad a lo que quiere el señor.

Aquí en primer lugar se piensa en los que han logrado un cargo administrativo en la comunidad. Deben transmitir a los fieles los bienes que los fieles necesitan del Señor celestial de la casa. Con esta confianza y fidelidad muestran la disposición que espera el Señor celestial que les ha dado el encargo. Su vigilancia se manifiesta en su fiel servicio. Porque este servicio no les deja ninguna posibilidad de pensar en sí, sino que los conduce todos los días a cuidarse de las personas que les han sido confiadas. Éste es un ejercicio ininterrumpido que dispone para la parusía.

Un destino espantoso amenaza al que pasa el tiempo con ligereza, descuida su cargo, emprende una vida licenciosa e incluso maltrata a sus compañeros. Abusa de su cargo y a la vuelta de su señor tiene que abandonarlo. Se había convencido ilusoriamente de que su señor tardaría mucho en regresar y que él podría despilfarrar durante mucho tiempo, pero quedará súbitamente sorprendido. A una hora imprevista, en un día ignorado le cogerá desprevenido la desventura. Se le aplicará, sin misericordia, el castigo más espantoso.

Pero en la misma frase el discurso de Jesús pasa de una comparación metafórica a la realidad: el criado es equiparado a los hipócritas y se le castiga como ellos. Una vez más surge esta idea que penetra en todo el capítulo 23. También aquí la hipocresía es la desavenencia entre la fe y la acción. Sólo la vida que posee las dos y de ellas forma una unidad, puede tener consistencia ante Dios. La vida ya está juzgada en sí, si se desdobla en palabras y acciones, en apariencia exterior y en realidad interna.

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