Miércoles III del Tiempo de Cuaresma – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

Dt 4, 1. 5-9: Observad los mandatos y cumplidlos
Sal 147, 12-13. 15-16. 19-20: Glorifica al Señor, Jerusalén
Mt 5, 17-19: Quien los cumpla y enseñe será grande



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Cuaresma. , Vol. 2, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Deuteronomio 4,1.5-9: Guardad los preceptos y cumplidlos. La Ley es expresión de la voluntad divina y forma parte de la alianza. La observancia de la Ley ha de producir dos efectos en los gentiles: el reconocimiento de la sublimidad de la Ley y la constatación de la presencia de Dios en medio de su pueblo.

Las grandes maravillas realizadas por Dios en favor de Israel debieron ser motivos para ser fieles al Señor. Pero la historia de la salvación nos manifiesta lo contrario: el pueblo de Dios fue ingrato e infiel al Señor muchas veces. Fue ingrato al Señor.

¿Y nosotros? En realidad, Dios ha realizado aún mayores portentos con nosotros, por la Encarnación de su Hijo, la Redención, la institución de la Iglesia, la Eucaristía y los demás sacramentos... También nosotros hemos recibido los mandamientos y preceptos de Dios para que los cumplamos. Esos preceptos y mandatos son santos, sabios e inviolables, como el mismo Dios. Son frutos de la bondad, de la sabiduría, de la justicia y de la santidad de Dios. ¿Puede haber para nosotros algo mejor, más razonable, más santo, más poderoso y más dichoso que la santa voluntad de Dios, expresada en sus mandamientos? Tal vez muchas veces hemos dejado de cumplirlos.

Hoy, en esta celebración cuaresmal volvamos a escoger de nuevo el camino de los divinos preceptos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Y a tu prójimo como a ti mismo»

No seamos como los escribas y fariseos del tiempo de Jesucristo. Ellos cumplían, en apariencia, los mandatos de Dios, interpretando la letra según su interés. Digamos y cumplamos nosotros lo que Jesús dijo: «Mi comida consiste en hacer siempre la voluntad del que me envió» (Jn 4,34). Debemos morir a la propia voluntad, para vivir entera y ciegamente confiados en la santa voluntad de Dios, entregados totalmente a su beneplácito, al gobierno y Providencia de Dios y llevando, según sus mandamientos, una conducta intachable. Esta es la esencia de la vida cristiana. ¿Pensamos así? ¿Vivimos así?

–Si Dios nos ha dado mandamientos y leyes es para que vivamos y nos salvemos. Por eso, los preceptos del Señor son la alegría del hombre, que se ve distinguido y privilegiado con ellos. De ahí brota el deseo de una fidelidad sincera, que manifestamos con el Salmo 147: «Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión, que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. Él envía su mensaje a la tierra y su palabra corre veloz, manda la nieve como lana, esparce la escarcha como ceniza. Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos».

Mateo 5,17-19: Quien cumpla los mandamientos y los enseñe será grande en el Reino de los cielos. La santa Cuaresma es un tiempo adecuado para examinar nuestra vida entera, para una revisión de vida en el cumplimiento de los mandatos de Dios. Cristo vino a vivificar la ley y a perfeccionarla. Él fue modelo en el cumplimiento de la voluntad divina. Dice San Bernardo:

«Y ya que en la voluntad de Dios está la vida, no podemos dudar lo más mínimo de que nada encontraremos que nos sea más útil y provechoso que aquello que concuerda con el querer divino, vida de nuestra alma. Procuremos con solicitud no desviarnos en lo más mínimo de la voluntad de Dios» (Sermón 5).

No se haga mi voluntad, sino la tuya, dijo el Señor (Mc 14,36; cf. Mt 26,33-46; Lc 22,40-46). Y comenta San León Magno:

«Esta voz de la Cabeza es la salvación de todo el Cuerpo; esta voz enseña a todos los fieles, enciende a los confesores, corona a los mártires» (Sermón 58).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos 2


pp. 67-68

1. Moisés exhorta a su pueblo, en vísperas de entrar en la tierra prometida, a que viva según la voluntad de Dios, que cumpla la parte que le toca en la Alianza que han firmado con Dios: tienen que vivir según sus mandamientos. La Alianza se concreta en normas de vida.

Se lo dice en tono positivo: ¡qué afortunado es un pueblo como el de Israel, que tiene un Dios tan cercano, un Dios que le dirige su palabra, que le orienta, que le enseña su sabiduría! Eso no lo tiene ningún otro pueblo. Siguiendo esos caminos que Dios les señala, caminos que son en verdad justos y sensatos, llegarán a la felicidad y a la vida.

El salmo nos invita a alabar a Dios («glorifica al Señor, Jerusalén») por lo mismo, porque ha bendecido a su pueblo comunicándole su palabra: «él envía su mensaje a la tierra y su palabra corre veloz... anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel: con ninguna nación obró así».

2. A veces Jesús en el evangelio critica las interpretaciones exageradas que los maestros de su época hacen de la disciplina. Pero hoy la defiende, diciendo que hay que cumplir los mandamientos de Dios. El no ha venido a abolir la ley. En todo caso, a darle plenitud, a perfeccionarla.

Invita a cumplir las normas que Dios ha dado, las grandes y las pequeñas. A cumplirlas y a enseñar a cumplirlas.

3. Si los israelitas estaban orgullosos de la palabra que Dios les dirigía y de la sabiduría que les enseñaba, nosotros los cristianos tenemos razones todavía mayores para sentirnos contentos: Dios nos ha dirigido su palabra viviente, su propio Hijo, el verdadero Maestro que nos orienta en la vida. Nosotros sí que podemos decir: «con ninguna nación obró así».

La Cuaresma es el tiempo de una vuelta decidida a Dios, o sea, a sus enseñanzas, a sus caminos, los que nos va mostrando cada día con su palabra. Sin seleccionar sólo aquello que nos gusta. Y no quedándonos tampoco en palabras. Cuaresma es tiempo de obras, de cambio de vida.

La ley bien entendida no es esclavitud. Puede ser signo de amor y de libertad interior. La ley -los mandamientos de Dios, las normas de la vida familiar de la comunidad religiosa, o de la Iglesia- se puede cumplir sólo por evitar el castigo, o por un sentido del deber, o por amor. El amor lo transforma todo. También las cosas pequeñas, los detalles. El amor de cada día está hecho de detalles, no tanto de cosas solemnes y heroicas.

Nosotros escuchamos con frecuencia la palabra de Dios. Cada día nos miramos al espejo para ver si vamos conservando la imagen que Dios nos pide. Cada día volvemos a la escuela, en la que el Maestro nos va ayudando en una formación permanente que nunca acaba. Es una de las consignas de la Cuaresma: poner más atención a esa palabra, sobre todo en la primera parte de la Eucaristía. Para contrarrestar otras muchas palabras que luego escuchamos en este mundo y que generalmente no coinciden con lo que nos ha dicho Dios.

En la Cuaresma nos hemos propuesto orientar nuestra conducta de cada día según esa palabra. Que se note que algo cambia en nuestra vida porque nos preparamos a la Pascua, que es vida nueva con Cristo y como Cristo.

«Penetrados del sentido cristiano de la Cuaresma y alimentados con tu palabra» (oración)
«Yo os enseño unos mandatos y decretos: ellos son vuestra sabiduría y vuestra prudencia» (1a lectura)
«Dichosos los que escuchan la palabra de Dios, la guardan y perseveran hasta dar fruto» (aclamación)
«Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia» (comunión).