Santo del día

17 de Junio

Santos Nicandro y Marciano, mártires

En Dorostoro, en Mesia (hoy Rumanía), santos mártires Nicandro y Marciano. Siendo soldados, rechazaron hacer ofrenda y se negaron a sacrificar a los dioses, y por ello fueron condenados a la pena capital por el prefecto Máximo, en la persecución durante el tiempo del emperador Diocleciano (cerca del año 297).
(Elogio del Martirologio Romano)

Vida

Hacía tiempo que Nicandro y Marciano prestaban sus servicios en el ejército romano, cuando se proclamaron los edictos contra los cristianos y, como ambos lo eran, renunciaron a la carrera militar. Su renuncia fue considerada como una deserción y, los dos soldados, perseguidos como criminales, fueron aprehendidos y llevados ante Máximo, el gobernador de la provincia. El magistrado les informó que había una orden imperial para que todos los ciudadanos ofreciesen sacrificios a los dioses. Nicandro repuso que semejante mandato no rezaba para los cristianos, quienes consideraban contrario a su ley renegar de su Dios inmortal para adorar figuras de piedra y de madera. Daría, la esposa de Nicandro, presente en el proceso, se dirigió a su esposo para alentarlo, pero Máximo la interrumpió bruscamente. «¡Calla, mujer malvada!, le dijo. ¿Por qué te empeñas en que muera tu marido?». «Yo no deseo su muerte, replicó Daría, sino que viva en Dios para que nunca muera». El magistrado desvirtuó el sentido de las palabras de la mujer e insinuó que, en realidad, Daría buscaba la manera de deshacerse de Nicandro para tomar otro marido. «Si eso es lo que sospechas, dijo indignada; manda que me maten a mí primero»

A Máximo le pareció inútil prolongar la discusión con la apasionada Daría, le ordenó que callase y se dirigió a Nicandro: «Tómate el tiempo necesario para deliberar contigo mismo, le dijo, si prefieres vivir o morir». «Ya tengo tomada mi decisión, respondió Nicandro, estoy cierto de que mi salvación es lo primero». El juez comprendió que había decidido salvar la vida y estaba dispuesto a ofrecer sacrificios a los dioses, pero no tardó en desengañarlo el reo, quien comenzó a orar en voz alta y expresó su alegría ante la perspectiva de morir y librarse para siempre de los peligros y tentaciones de este mundo. «¿Qué estás diciendo?, inquirió el gobernador. ¿Hace apenas unos instantes querías vivir y ahora pides la muerte?». Nicandro replicó inmediatamente: «Deseo la vida que es inmortal, no la pasajera existencia en este mundo. A ti te entrego voluntariamente mi cuerpo; haz con él lo que te plazca. ¡Soy cristiano!». «¿Y qué dices tú a todo esto, Marciano?», inquirió el juez dirigiéndose al otro acusado. Marciano declaró que su opinión era enteramente igual a la de su compañero. Entonces Máximo, exasperado, mandó que los dos reos fuesen arrojados a un calabozo y suspendió la sesión.

Veinte días pasaron los dos soldados en un agujero estrecho sin aire ni luz, del que fueron sacados para comparecer de nuevo ante el gobernador. Este les preguntó si ya estaban dispuestos a obedecer el edicto del emperador y Marciano se encargó de responderle: «Nada de lo que puedas decir hará que abandonemos nuestra religión o neguemos a Dios. Por la fe le tenemos presente ante nosotros y sabemos que nos llama a Sí. Te suplicamos que no nos detengas por más tiempo y que nos mandes rápidamente a Aquél que fue crucificado, al que tú no conoces, puesto que te atreves a blasfemar de Su nombre; pero al que nosotros honramos y adoramos». El gobernador declaró que estaba obligado a obedecer las órdenes del emperador y pidió disculpas a los reos por tener que condenarles a morir decapitados. Los mártires expresaron su gratitud con estas palabras: «La paz sea contigo, juez clemente».

Marcharon alegremente al lugar de la ejecución; entonando a coro alabanzas al Señor. Detrás del cortejo iba Daría, la esposa de Nicandro y el hijo pequeño de éste en los brazos de Papiniano, hermano del mártir San Pasicrates. También la esposa de Marciano seguía al cortejo, pero ella no mantenía la misma serenidad de los demás, antes bien gemía y se mesaba los cabellos con desesperación. Ya para entonces, había hecho todo lo posible para apartar a Marciano de su resolución; sobre todo, había tratado de conmoverle por medio del cariño al hijo pequeño que iba a dejar desamparado. En el lugar de la ejecución, Marciano tomó en brazos a su hijo, lo besó con ternura y clamó, con los ojos levantados al cielo: «¡Señor mío, todopoderoso; toma Tú a este niño bajo tu protección!» Después lo entregó a su esposa y, como un reproche por su falta de fe, le pidió que se alejara pronto de ahí, porque seguramente no podría soportar verle morir.

La esposa de Nicandro, en cambio, no se apartaba de su lado y le exhortaba de continuo a conservar su entereza y su alegría frente a la muerte. «Manten fuerte tu corazón, mi señor, le decía. Yo he vivido diez años en la casa sin tenerte conmigo y nunca dejé de orar para que se me concediera la dicha de verte de nuevo. Ahora tengo ese consuelo: estoy al lado tuyo en el camino a la gloria y seré la esposa de un mártir. Entrega a Dios, como se debe, tu testimonio de la Verdad, a fin de que también a mí me libre de la muerte eterna». Se apartó de él con una última súplica para que sus sufrimientos y sus plegarias sirviesen al propósito de obtener para ella la misericordia divina. El verdugo cubrió los ojos de los dos reos arrodillados y, con certeros golpes de su espada, les cortó la cabeza. Era un 17 de junio, según se afirma en las «actas» de estos mártires.