San Beda el Venerable, presbítero
Homilías y Comentarios Bíblicos

Casi todos los datos que poseemos sobre San Beda proceden de un corto escrito del propio santo y de una emocionante descripción de sus últimas horas, debida a la pluma de uno de sus discípulos, el monje Cutberto. En el último capítulo de su famosa obra, «Historia Eclesiástica del Pueblo Inglés», el Venerable Beda dice: «Yo,Beda, siervo de Cristo y sacerdote del monasterio de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, de Wearmouth y Jarrow, he escrito esta historia eclesiástica con la ayuda del Señor, basándome en los documentos antiguos, en la tradición de nuestros predecesores y en mis propios conocimientos. Nací en el territorio del susodicho monasterio. A los siete años de edad, mis parientes me confiaron al cuidado del muy reverendo abad Benito (San Benito Biscop) y después, al de Ceolfrido, para que me educasen. Desde entonces, viví siempre en el monasterio, consagrado al estudio de la Sagrada Escritura. Además de la observancia de la disciplina monástica y del canto diario en la iglesia, mis mayores delicias han sido aprender, enseñar y escribir. A los diecinueve años, recibí el diaconado y a los treinta, el sacerdocio; ambas órdenes me fueron conferidas por el muy reverendo obispo Juan (San Juan de Beverley), a petición del abad Ceolfrido. Desde entonces hasta el presente (tengo actualmente cincuenta y nueve años), me he dedicado, para mi propia utilidad y la de mis hermanos, a anotar la Sagrada Escritura, basándome en los comentarios de los Santos Padres y de acuerdo con sus interpretaciones». En seguida, el Venerable Beda hace una enumeración de sus obras y concluye con estas palabras: «Te suplico, amante Jesús, que, así como me has concedido beber las deliciosas palabras de tu sabiduría, me concedas un día llegar a Ti, fuente de toda ciencia y permanecer, para siempre, ante tu faz».
Algunos días del año 733 los pasó San Beda en York, con el arzobispo Egberto; esto permite suponer que, de cuando en cuando, iba a visitar a sus amigos a otros monasterios; pero, fuera de esos cortos períodos, su vida estaba consagrada a la oración, al estudio y a la composición de libros. Dos semanas antes de la Pascua del año 735, el santo se vio afligido por una enfermedad del aparato respiratorio y todos comprendieron que se acercaba su fin. Sin embargo, sus discípulos continuaron sus estudios junto al lecho del santo, aunque las lágrimas ahogaban frecuentemente la voz durante las lecturas. Por su parte, el Venerable Beda dio gracias a Dios. Durante los cuarenta días que median entre la Pascua y la Ascensión, San Beda se dedicó a traducir al inglés el Evangelio de San Juan y una colección de notas de San Isidoro, sin interrumpir por ello la enseñanza y el canto del oficio divino. A propósito de esas traducciones, dijo el santo: «Las hago porque no quiero que mis discípulos lean traducciones inexactas ni pierdan el tiempo en traducir el original después de mi muerte». El martes de Rogativas se agravó su enfermedad; sin embargo, San Beda dio sus lecciones como de costumbre, aunque decía, de vez en cuando: «Id de prisa, porque no sé cuánto tiempo podré resistir, ni si Dios va a llamarme pronto a El».
Tras de pasar la noche en oración, San Beda empezó a dictar el último capítulo del Evangelio de San Juan. A las tres de la tarde, mandó llamar a los sacerdotes del monasterio, les repartió un poco de pimienta, incienso y unas piezas de tela que tenía en una caja y les rogó que orasen por él. Los monjes lloraron mucho cuando el santo les dijo que no volvería a verlos sobre la tierra, pero se regocijaron al pensar que su hermano iba a ver a Dios. Al anochecer, el joven que hacía las veces de amanuense le dijo: «Sólo os queda una frase por traducir». Cuando el amanuense le anunció que el trabajo estaba terminado, Beda exclamó: «Has dicho bien; todo está terminado. Sostenme la cabeza para que pueda yo sentarme y mirar hacia el sitio en que acostumbraba a orar y así, podré invocar a mi Padre». A los pocos momentos exhaló el último suspiro, postrado en el suelo de la celda, mientras cantaba: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo».
Se han inventado leyendas fantásticas para explicar el título de «Venerable» que se ha dado a Beda. En realidad se trata de un título de respeto que se daba frecuentemente en aquella época a los miembros más distinguidos de las órdenes religiosas. El Concilio de Aquisgrán aplicó ese título a San Beda, el año 836 y, evidentemente fue aceptado por las generaciones posteriores, que lo mantuvieron en uso a través de los siglos. Aunque Beda fue oficialmente reconocido como santo y doctor de la Iglesia en 1899, hasta hoy se le llama Venerable.
Las Sagradas Escrituras son la fuente constante de la reflexión teológica de San Beda. A partir de un cuidadoso estudio crítico del texto, comenta la Biblia, leyéndola en clave cristológica, es decir, reúne dos cosas: por una parte, escucha lo que dice exactamente el texto —quiere realmente escuchar, comprender el texto mismo—; y, por otra, está convencido de que la clave para entender la Sagrada Escritura como única Palabra de Dios es Cristo y, con Cristo, a su luz, se entiende el Antiguo y el Nuevo Testamento como «una» Sagrada Escritura. Las circunstancias del Antiguo y del Nuevo Testamento están unidas, son camino hacia Cristo, aunque estén expresadas con signos e instituciones diversas (lo que él llama concordia sacramentorum).
Otro tema recurrente en San Beda es la historia de la Iglesia. Tras haberse interesado por la época descrita en los Hechos de los Apóstoles, repasa la historia de los Padres y de los concilios, convencido de que la obra del Espíritu Santo continúa en la historia. En las «Chronica Maiora», San Beda traza una cronología que se convertirá en la base del Calendario universal «ab incarnatione Domini». Por entonces se calculaba el tiempo desde la fundación de la ciudad de Roma. San Beda, viendo que el verdadero punto de referencia, el centro de la historia es el nacimiento de Cristo, nos dio este calendario que interpreta la historia partiendo de la encarnación del Señor. Registra los primeros seis concilios ecuménicos y su desarrollo, presentando fielmente la doctrina cristológica, mariológica y soteriológica, y denunciando las herejías monofisita, monotelita, iconoclasta y neo-pelagiana. Por último, escribió con rigor documental y pericia literaria la ya mencionada Historia eclesiástica de los pueblos ingleses, por la que se le ha reconocido como «el padre de la historiografía inglesa».
San Beda fue también un insigne maestro de teología litúrgica. En las homilías sobre los evangelios dominicales y festivos desarrolló una verdadera mistagogia, educando a los fieles a celebrar gozosamente los misterios de la fe y a reproducirlos coherentemente en la vida, en espera de su plena manifestación al regreso de Cristo, cuando, con nuestros cuerpos glorificados, seremos admitidos en la procesión de las ofrendas en la liturgia eterna de Dios en el cielo. Siguiendo el «realismo» de las catequesis de san Cirilo, san Ambrosio y san Agustín, san Beda enseña que los sacramentos de la iniciación cristiana convierten a cada fiel «no sólo en cristiano sino en Cristo», pues cada vez que un alma fiel acoge y custodia con amor la Palabra de Dios, imitando a María, concibe y engendra nuevamente a Cristo. Y cada vez que un grupo de neófitos recibe los sacramentos pascuales, la Iglesia se «auto-engendra», o con una expresión aún más audaz, la Iglesia se convierte en «madre de Dios», participando en la generación de sus hijos, por obra del Espíritu Santo.
San Beda es el único inglés que ha merecido el título de Doctor de la Iglesia y el único inglés a quien Dante consideró suficientemente importante para mencionarle en el «Paraíso». La cosa no tiene nada de sorprendente, ya que, aunque Beda vivió recluido en su monasterio, llegó a ser conocido mucho más allá de las fronteras de Inglaterra. La Iglesia occidental ha incorporado algunas de sus homilías a las lecturas del Breviario. La «Historia Eclesiástica» de Beda es prácticamente una historia de la Inglaterra anterior al año 729, «el año de los cometas». San Beda fue una de las columnas de la cultura de la época carolingia, tanto por sus propios escritos, como por la influencia que ejerció en Europa, a través de la escuela de York, fundada por su discípulo, el arzobispo Egberto. Cierto que sabemos muy poco acerca de la vida de San Beda; pero el relato de su muerte, escrito por Cutberto, basta para recordarnos que «la muerte de los santos es preciosa a los ojos del Señor». San Bonifacio dijo que San Beda había sido «la luz con que el Espíritu Santo iluminó a su Iglesia». Y las tinieblas no han logrado nunca extinguir esa luz.
Después de su muerte, sus escritos se difundieron ampliamente en su patria y en el continente europeo. El gran misionero de Alemania, el obispo San Bonifacio, pidió en muchas ocasiones al arzobispo de York y al abad de Wearmouth que hicieran transcribir algunas de sus obras y se las mandaran para que también él y sus compañeros pudieran gozar de la luz espiritual que emanaban.
Un siglo más tarde, Notkero Galbulo, abad de San Gallo, reconociendo la extraordinaria influencia de San Beda, lo comparó con un nuevo sol que Dios había hecho surgir no desde Oriente, sino desde Occidente, para iluminar al mundo. Es un hecho que, con sus obras, San Beda contribuyó eficazmente a la construcción de una Europa cristiana, en la que los diversos pueblos y culturas se amalgamaron entre sí, confiriéndole una fisonomía unitaria, inspirada en la fe cristiana.
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- Propio de los Santos, Martirio de San Juan Bautista. | Precursor del nacimiento y de la muerte de Cristo
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