Homilías Domingo IV Tiempo Ordinario (Ciclo B) | deiverbum.org

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

Dt 18, 15-20: Suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca
Sal 94, 1-2. 6-7c. 7d-9: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»
1 Co 7, 32-35: La soltera se preocupa de los asuntos del Señor, de ser santa
Mc 1, 21-28: Les enseñaba con autoridad



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Ángelus (01-02-2015): Una palabra que cura y libera


Domingo IV del Tiempo Ordinario (Ciclo B)
Domingo 01 de febrero del 2015

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasaje evangélico de este domingo (cf. Mc 1, 21-28) presenta a Jesús que, con su pequeña comunidad de discípulos, entra en Cafarnaún, la ciudad donde vivía Pedro y que en esa época era la más grande de Galilea. Y Jesús entró en esa ciudad.

El evangelista san Marcos relata que Jesús, al ser sábado, fue inmediatamente a la sinagoga y comenzó a enseñar (cf. v. 21). Esto hace pensar en el primado de la Palabra de Dios, Palabra que se debe escuchar, Palabra que se debe acoger, Palabra que se debe anunciar. Al llegar a Cafarnaún, Jesús no posterga el anuncio del Evangelio, no piensa en primer lugar en la ubicación logística, ciertamente necesaria, de su pequeña comunidad, no se demora con la organización. Su preocupación principal es comunicar la Palabra de Dios con la fuerza del Espíritu Santo. Y la gente en la sinagoga queda admirada, porque Jesús «les enseñaba con autoridad y no como los escribas» (v. 22).

¿Qué significa «con autoridad»? Quiere decir que en las palabras humanas de Jesús se percibía toda la fuerza de la Palabra de Dios, se percibía la autoridad misma de Dios, inspirador de las Sagradas Escrituras. Y una de las características de la Palabra de Dios es que realiza lo que dice. Porque la Palabra de Dios corresponde a su voluntad. En cambio, nosotros, a menudo, pronunciamos palabras vacías, sin raíz o palabras superfluas, palabras que no corresponden con la verdad. En cambio, la Palabra de Dios corresponde a la verdad, está unida a su voluntad y realiza lo que dice. En efecto, Jesús, tras predicar, muestra inmediatamente su autoridad liberando a un hombre, presente en la sinagoga, que estaba poseído por el demonio (cf. Mc 1, 23-26). Precisamente la autoridad divina de Cristo había suscitado la reacción de Satanás, oculto en ese hombre; Jesús, a su vez, reconoció inmediatamente la voz del maligno y le «ordenó severamente: «Cállate y sal de él»» (v. 25). Con la sola fuerza de su palabra, Jesús libera a la persona del maligno. Y una vez más los presentes quedan asombrados: «Incluso manda a los espíritus inmundos y le obedecen» (v. 27). La Palabra de Dios crea asombro en nosotros. Tiene el poder de asombrarnos.

El Evangelio es palabra de vida: no oprime a las personas, al contrario, libera a quienes son esclavos de muchos espíritus malignos de este mundo: el espíritu de la vanidad, el apego al dinero, el orgullo, la sensualidad... El Evangelio cambia el corazón, cambia la vida, transforma las inclinaciones al mal en propósitos de bien. El Evangelio es capaz de cambiar a las personas. Por lo tanto, es tarea de los cristianos difundir por doquier la fuerza redentora, convirtiéndose en misioneros y heraldos de la Palabra de Dios. Nos lo sugiere también el pasaje de hoy que concluye con una apertura misionera y dice así: «Su fama —la fama de Jesús— se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea» (v. 28). La nueva doctrina enseñada con autoridad por Jesús es la que la Iglesia lleva al mundo, juntamente con los signos eficaces de su presencia: la enseñanza autorizada y la acción liberadora del Hijo de Dios se convierten en palabras de salvación y gestos de amor de la Iglesia misionera. Recordad siempre que el Evangelio tiene la fuerza de cambiar la vida. No os olvidéis de esto. Se trata de la Buena Noticia, que nos transforma sólo cuando nos dejamos transformar por ella. Por eso os pido siempre tener un contacto cotidiano con el Evangelio, leerlo cada día, un trozo, un pasaje, meditarlo y también llevarlo con vosotros adondequiera que vayáis: en el bolsillo, en la cartera... Es decir, nutrirse cada día en esta fuente inagotable de salvación. ¡No os olvidéis! Leed un pasaje del Evangelio cada día. Es la fuerza que nos cambia, que nos transforma: cambia la vida, cambia el corazón.

Invoquemos la maternal intercesión de la Virgen María, quien acogió la Palabra y la engendró para el mundo, para todos los hombres. Que ella nos enseñe a ser oyentes asiduos y anunciadores autorizados del Evangelio de Jesús.

Benedicto XVI, Papa

Ángelus (01-02-2009): Mandar a callar al diablo


Domingo IV del Tiempo Ordinario (Ciclo B)
Domingo 01 de febrero del 2009

Este año, en las celebraciones dominicales, la liturgia propone a nuestra meditación el evangelio de san Marcos, una de cuyas características es el así llamado "secreto mesiánico", es decir, el hecho de que Jesús no quiere que por el momento se sepa, fuera del grupo restringido de sus discípulos, que él es el Cristo, el Hijo de Dios. Por eso, en varias ocasiones, tanto a los Apóstoles como a los enfermos que cura, les advierte de que no revelen a nadie su identidad.

Por ejemplo, el pasaje evangélico de este domingo (Mc 1, 21-28) habla de un hombre poseído por el demonio, que repentinamente se pone a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios". Y Jesús le ordena: "Cállate y sal de él". E inmediatamente —constata el evangelista— el espíritu maligno, con gritos desgarradores, salió de aquel hombre.

Jesús no sólo expulsa los demonios de las personas, liberándolas de la peor esclavitud, sino que también impide a los demonios mismos que revelen su identidad. E insiste en este "secreto", porque está en juego el éxito de su misma misión, de la que depende nuestra salvación. En efecto, sabe que para liberar a la humanidad del dominio del pecado deberá ser sacrificado en la cruz como verdadero Cordero pascual. El diablo, por su parte, trata de distraerlo para desviarlo, en cambio, hacia la lógica humana de un Mesías poderoso y lleno de éxito. La cruz de Cristo será la ruina del demonio; y por eso Jesús no deja de enseñar a sus discípulos que, para entrar en su gloria, debe padecer mucho, ser rechazado, condenado y crucificado (cf. Lc 24, 26), pues el sufrimiento forma parte integrante de su misión.

Jesús sufre y muere en la cruz por amor. De este modo, bien considerado, ha dado sentido a nuestro sufrimiento, un sentido que muchos hombres y mujeres de todas las épocas han comprendido y hecho suyo, experimentando profunda serenidad incluso en la amargura de duras pruebas físicas y morales. Y precisamente "la fuerza de la vida en el sufrimiento" es el tema que los obispos italianos han elegido para su tradicional Mensaje con ocasión de esta Jornada por la vida. Me uno de corazón a sus palabras, en las que se percibe el amor de los pastores por la gente y la valentía de anunciar la verdad, la valentía de decir con claridad, por ejemplo, que la eutanasia es una falsa solución para el drama del sufrimiento, una solución que no es digna del hombre. En efecto, la verdadera respuesta no puede ser provocar la muerte, por "dulce" que sea, sino testimoniar el amor que ayuda a afrontar de modo humano el dolor y la agonía. Estemos seguros de que ninguna lágrima, ni de quien sufre ni de quien está a su lado, se pierde delante de Dios.

La Virgen María guardó en su corazón de madre el secreto de su Hijo y compartió con él la hora dolorosa de la pasión y la crucifixión, sostenida por la esperanza de la resurrección. A ella le encomendamos a las personas que sufren y a quienes se esfuerzan cada día por sostenerlas, sirviendo a la vida en cada una de sus fases: padres, profesionales de la salud, sacerdotes, religiosos, investigadores, voluntarios y muchos otros más. Oramos por todos.

Ángelus (29-01-2012): Significado de la autoridad para Dios


IV Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)
Domingo 29 de enero del 2012

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este domingo (Mc 1, 21-28) nos presenta a Jesús que, un sábado, predica en la sinagoga de Cafarnaún, la pequeña ciudad sobre el lago de Galilea donde habitaban Pedro y su hermano Andrés. A su enseñanza, que despierta la admiración de la gente, sigue la liberación de «un hombre que tenía un espíritu inmundo» (v. 23), el cual reconoce en Jesús «al santo de Dios», es decir, al Mesías. En poco tiempo su fama se difunde por toda la región, que él recorre anunciando el reino de Dios y curando a los enfermos de todo tipo: palabra y acción. San Juan Crisóstomo pone de relieve cómo el Señor «alterna el discurso en beneficio de los oyentes, en un proceso que va de los prodigios a las palabras y pasando de nuevo de la enseñanza de su doctrina a los milagros» (Hom. in Matthæum 25, 1: pg 57, 328).

La palabra que Jesús dirige a los hombres abre inmediatamente el acceso a la voluntad del Padre y a la verdad de sí mismos. En cambio, no sucedía lo mismo con los escribas, que debían esforzarse por interpretar las Sagradas Escrituras con innumerables reflexiones. Además, a la eficacia de la palabra Jesús unía la de los signos de liberación del mal. San Atanasio observa que «mandar a los demonios y expulsarlos no es obra humana sino divina»; de hecho, el Señor «alejaba de los hombres todas las enfermedades y dolencias. ¿Quién, viendo su poder... hubiera podido aún dudar de que él era el Hijo, la Sabiduría y el Poder de Dios?» (Oratio de Incarnatione Verbi 18.19: pg 25, 128 bc.129 b). La autoridad divina no es una fuerza de la naturaleza. Es el poder del amor de Dios que crea el universo y, encarnándose en el Hijo unigénito, abajándose a nuestra humanidad, sana al mundo corrompido por el pecado. Romano Guardini escribe: «Toda la vida de Jesús es una traducción del poder en humildad..., es la soberanía que se abaja a la forma de siervo» (Il Potere, Brescia 1999, pp. 141-142).

A menudo, para el hombre la autoridad significa posesión, poder, dominio, éxito. Para Dios, en cambio, la autoridad significa servicio, humildad, amor; significa entrar en la lógica de Jesús que se inclina para lavar los pies de los discípulos (cf. Jn 13, 5), que busca el verdadero bien del hombre, que cura las heridas, que es capaz de un amor tan grande como para dar la vida, porque es Amor. En una de sus cartas santa Catalina de Siena escribe: «Es necesario que veamos y conozcamos, en verdad, con la luz de la fe, que Dios es el Amor supremo y eterno, y no puede desear otra cosa que no sea nuestro bien» (Ep. 13 en: Le Lettere, vol. 3, Bolonia 1999, p. 206).

Queridos amigos, el próximo jueves 2 de febrero, celebraremos la fiesta de la Presentación del Señor en el templo, Jornada mundial de la vida consagrada. Invoquemos con confianza a María santísima, para que guíe nuestro corazón a recurrir siempre a la misericordia divina, que libera y cura nuestra humanidad, colmándola de toda gracia y benevolencia, con el poder del amor.

Congregación para el Clero

Homilía

Jesús, enseñando en la sinagoga de Cafanaúm, despierta el estupor de los que lo escuchan porque, como subraya Marcos, «les enseñaba como quien tiene autoridad».

La autoridad con la que enseña Jesús está anunciada en la primera Lectura, en la cual se habla de un profeta como Moisés, suscitado por Dios, en cuya boca Dios pondrá sus mismas palabras. La figura de este profeta, por tanto, tendrá plena autoridad porque su palabra coincidirá con la palabra misma del Señor.

Esto se encuentra subrayado particularmente, por el juicio que Dios reservará a quienes no escuchen la palabra del profeta. El juicio será idéntico al que tendrán quienes rechacen al mismo Dios: «Si alguno no escucha las palabras que hablará en mi nombre, yo le pediré cuentas» (Dt 18, 19).

En la sinagoga, Jesús se presenta como la realización, el cumplimiento de esta promesa. Aparece como el profeta «perfecto», superior a cualquier otro profeta humano. Esta perfección se hace evidente en su autoridad.

El evangelista Marcos no describe lo que dijo Jesús aquel día, no recoge el contenido de su predicación: solamente manifiesta la reacción de los que le escuchan, que aparecen asombrados. Es necesario comprender que este asombro, que nace de lo que han escuchado, está motivado fundamentalmente porque han tomado conciencia de que la promesa del Mesías, el tan esperado «profeta perfecto», finalmente se está cumpliendo.

En esto se hace evidente la autoridad: no sólo en lo que dice Jesús, sino también en el modo en que lo dice y, sobre todo, en la realización de la promesa de Dios.

Después, esa autoridad encuentra un gran signo en la capacidad de Jesús de mandar a los espíritus inmundos y obtener su obediencia. La reacción del espíritu inmundo frente a la intervención de Jesús muestra que su enseñanza, aunque se describe aquí con un solemne comienzo, no es un «grito» y menos aún una agresión o un signo taumatúrgico, sino más bien una enseñanza de vida para ser recibida en actitud de búsqueda y de filial escucha.

Jesús le impone el silencio al espíritu inmundo, ya sea por exigencia del secreto mesiánico o porque el camino de la fe, que nace siempre de un encuentro y de la correspondencia humana despertada por él con la ayuda de la gracia, exige «el tiempo de la escucha y del silencio».

Como recordaba recientemente el Santo Padre Benedicto XVI: «el silencio y la palabra (...) deben equilibrarse, alternarse e integrarse para obtener un auténtico diálogo y una profunda cercanía entre las personas. Cuando palabra y silencio se excluyen mutuamente, la comunicación se deteriora, ya sea porque provoca un cierto aturdimiento o porque, por el contrario, crea un clima de frialdad; sin embargo, cuando se integran recíprocamente, la comunicación adquiere valor y significado».

El espíritu grita que Jesús es el Santo de Dios. Esto no puede entenderse de manera superficial o expeditiva: debe acogerse como el corazón de la verdad de Dios para el mundo, en un itinerario de fe que, arrancando del misterio de Cristo, culminará con su Pascua.

La invitación que hoy nos propone la liturgia, es ir en pos de Jesús en actitud de búsqueda atenta y profunda, escuchando su palabra sin igual. Somos invitados a dejarnos asombrar por su autoridad, y a implorar y a conseguir una verdadera conversión de fe en nuestra vida.

Que María Santísima, Virgen de la escucha y del silencio, eduque nuestro corazón y nos conduzca a saber meditar «todas estas cosas», como fieles discípulos de su Hijo.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

El cuarto domingo nos sitúa ante la fascinación irresistible de la palabra de Jesús (1,21-28). Es una palabra como la de Yahvé: eficaz, que «dice y hace»; tiene, sobre todo, poder y autoridad, que se manifiesta expulsando a los demonios con la sola palabra. Por eso no es sólo un profeta, sino el profeta que habla en nombre de Dios hasta el punto de que Dios pide cuentas al que no le escucha (1a lectura: Dt 18,15-20). Demuestra así con los hechos que es real su proclamación de que ha llegado el Reino de Dios (1,15).

Un corazón poseído por Cristo
1Cor 7,32-35


El texto de la primera carta a los corintios en la segunda lectura de hoy es uno de esos que choca a primera vista, porque da la impresión de que san Pablo no valorase el matrimonio. Sin embargo no hay tal, porque en el mismo capítulo indica que «cada cual tiene de Dios su gracia particular» (7,7), unos el celibato y otros el matrimonio, e insiste en que cada uno debe santificarse en el estado al que Dios le ha llamado (7,17), casado o célibe.

Supuesto eso, hace una llamada especial al celibato como un estado de especial consagración. Y da las razones: el célibe se preocupa exclusivamente de los asuntos del Señor, busca únicamente contentar el Señor, vive consagrado a Él en cuerpo y alma, se dedica al trato con Él con corazón indiviso.

Con ello traza las líneas maestras de esta preciosa vocación dentro de la Iglesia. Resaltar el celibato no quiere decir despreciar el matrimonio. Pero la Iglesia siempre ha apreciado como un don singular de Cristo la virginidad consagrada a Él. La virginidad testimonia belleza de un corazón poseído sólo por Cristo Esposo. Manifiesta al mundo el infinito atractivo de Cristo, el más hermoso de los hijos de los hombres (Sal 45,3), y la inmensa dicha de pertenecer sólo a Él. Grita el que quiera entender que Cristo basta, que Cristo sacia plenamente los más profundos anhelos del corazón humano.

Por lo demás, la vocación a la virginidad o al celibato no es una cuestión privada. Existe en la Iglesia y para la Iglesia. Es un don de Cristo a su Esposa la Iglesia. El testimonio de los célibes debe recordar a los que tienen mujer que vivan como si no la tuvieran (7,29), que la apariencia de este mundo pasa (7,31) y que en el mundo futuro ni ellos ni ellas se casarán (Lc 20,34-35). El celibato debe testimoniar palpablemente que Cristo se quiere dar del todo a todos. Por ello el Papa puede afirmar que los esposos «tienen derecho» a esperar de las personas vírgenes el testimonio de la fidelidad plena a su vocación (FC 16).

Asombro y admiración
Mc 1,21-28


«Cállate y sal de él». Los evangelistas tienen mucho interés en presentar a Jesús curando endemoniados y expulsando demonios. Quieren resaltar el dominio de Jesús sobre el mal, sobre el pecado y sobre la muerte; pero sobre todo ponen de relieve que Jesús ha vencido a Satanás, que –directa o indirectamente– es la causa de todo mal. Ningún mal tiene poder sobre el cristiano adherido a Cristo, pues todo está sometido a Cristo: «¡Veía a Satanás caer como un rayo!» (Lc 10,18). Frente al mal en todas sus manifestaciones, Dios es el Dios de la vida. «Si echo los demonios con el dedo de Dios es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lc 11,20). Y también al discípulo de Cristo se someten incluso los demonios (Mc 16,17).

«Quedaban asombrados». Con breves pinceladas, san Marcos nos pinta el poder de Jesús. Desde el principio de su evangelio pretende presentarnos la grandeza de Cristo, que produce asombro a su paso en todo lo que hace y dice. Y la Iglesia nos presenta a Cristo para que también nosotros quedemos admirados. Pero para admirar a Cristo, hace falta antes que nada mirarle y tratarle. Y es sobre todo en la oración y en la meditación del evangelio donde vamos conociendo a Jesús. Por lo demás, también la vida del cristiano de-be producir asombro y admiración. Mi vi-da, ¿produce asombro con la novedad del evangelio o pasa sin pena ni gloria?

«Enseñaba con autoridad». Jesús no da opiniones. Enseña la verdad eterna de Dios. Por eso habla con seguridad. Y, sobre todo, su palabra tiene poder para realizar lo que dice. Si escuchamos la palabra de Cristo con fe, esa palabra nos transforma, nos purifica, crea vida en nosotros, porque «es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo» (Heb 4,12).

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

En este Domingo se considera a Cristo como Profeta, y ciertamente lo fue de modo excepcional, verdadero, definitivo y único. Por eso su magisterio es de supremo valor para todos los hombres, de todos los tiempos y de todas las naciones y culturas. El profetismo, como medio de comunicación de los designios divinos a los hombres, fue ya una institución querida por Dios en el Antiguo Testamento. Así lo quiso Dios, a pesar del riesgo inevitable de los falsos profetas, hijos de la presunción y de la osadía humana, que son posibles en todos los tiempos.

Después del Concilio Vaticano II, concretamente, se ha utilizado mucho el calificativo de «profeta», a veces exageradamente y sin fundamento. Para ser profeta hace falta ser elegido, enseñado y enviado por el mismo Dios; hay que saber interpretar la situación presente a la luz de la Palabra divina, y es necesario también ser personalmente un ejemplo vivo y fidedigno de esa Palabra divina, que viene ya expuesta por la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Son éstas las condiciones señaladas, por ejemplo, en el concilio Vaticano II (Dei Verbum 10). Por eso, el que se dice profeta, pero no reúne todas y cada una de esas condiciones, se engaña a sí mismo y engaña a los demás. Es un falso profeta.

Deutoronomio 18,15,20. Suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca. Es bueno tener presente lo que en el siglo primero se decía ya en un documento venerable, la Didajé:

«Al que viniendo a vosotros os enseñare todo lo dicho, aceptadle. Pero si el maestro, extraviado, os enseña otra doctrina para vuestra disgregación, no le prestéis oído; si, en cambio os enseña para aumentar vuestra justicia y conocimiento del Señor, recibidle como al mismo Señor.

«Con los apóstoles y profetas, obrad de la siguiente manera, de acuerdo con la enseñanza evangélica: todo apóstol que venga a vosotros, sea recibido como el Señor. No se detendrá sino un solo día, y, si fuere necesario, otro más. Si se queda tres días, es un falso profeta. Cuando el apóstol se vaya, no tome nada consigo, si no es pan hasta su nuevo alojamiento. Si pide dinero, es un falso profeta.

«No pongáis a prueba ni a examen ningún profeta que habla en espíritu. Porque todo pecado será perdonado, pero este pecado no será perdonado. Con todo, no todo el que habla en espíritu es profeta, sino el que tiene el modo de vida del Señor. En efecto, por el modo de vida se distinguirá el verdadero profeta del falso... Todo profeta que predica la verdad, si no cumple lo que enseña es un falso profeta...» (cp.11-12).

–A esta lectura conviene bien el Salmo 94: «Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia, dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos. Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, Creador nuestro; porque Él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía. Ojalá escuchéis hoy su voz: No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras».

Dios nos sigue hablando por medio de su Palabra, proclamada en la celebración litúrgica, en los documentos del Magisterio de la Iglesia, y comunicada también por sus inspiraciones en lo más íntimo de nuestros corazones. Escuchemos siempre con docilidad la voz del Señor.

1 Corintios 7,32-35: El célibe se preocupa de los asuntos del Señor. El don vocacional del celibato facilita en la Iglesia una imitación más plena de Cristo, nuestro Salvador, y muestra un signo de la dedicación personal al servicio evangélico de los demás. Comenta San Agustín:

«No es Dios capaz de dar riquezas al hombre exterior y dejar en la miseria al interior; al invisible hombre interior le dio riquezas invisibles y lo enalteció de forma invisible. Suspirando por estas joyas, las hijas de Dios, las vírgenes santas, no desearon lo que les era lícito, ni dieron su consentimiento a algo a lo que a veces se las obligaba. Muchas de ellas vencieron con el fuego del divino amor los esfuerzos en dirección opuesta de sus padres. El padre se llenó de ira y la madre lloraba; pero esto a ella no le hizo desistir, pues tenía puestos sus ojos en el más hermoso de los hijos de los hombres: Cristo. Pensando en Él, deseaba verse embellecida para «preocuparse de las cosas del Señor» (cf. 1 Cor 7,34).

«Fijaos en lo que es el amor. No dice: «se preocupa de que no la condene Dios». Esto es todavía temor servil, que guarda sin duda a los malos, para que se abstengan de obrar perversamente y, absteniéndose, se hagan dignos de admitir en su interior la caridad. Pero ellas no piensan en cómo evitar el castigo, sino en cómo agradarle con la hermosura interior... con la belleza del corazón. Sean las vírgenes quienes enseñen a los casados y casadas para no caer en el adulterio. ¡Al menos ellas! Si ellas sobrepasan lo lícito, ellos no se salgan de lo lícito» (Sermón 161,11-12).

Marcos 1,21-28: Les enseñaba con autoridad. «Dios ha hablado a nuestros padres muchas veces y de muchos modos en el pasado por el ministerio de los profetas. Ahora, en la plenitud de los tiempos, nos ha hablado por su Hijo» (Heb 1,2). El Corazón de Cristo es la plena revelación del Padre... Oigamos a Orígenes:

«Así, pues, quien investigue, y no de pasada, la naturaleza de las cosas, no podrá menos de admirar profundamente a Jesús, que dejó atrás a cuantos gloriosos en el mundo han sido. En efecto, han sido muy pocos los hombres gloriosos que fueron capaces de ganar renombre por más de un concepto al mismo tiempo. Unos han sido admirados y se han hecho gloriosos por su ciencia; otros por el arte de la guerra; algunos bárbaros, por los prodigios obrados en virtud de sus fórmulas mágicas; otros, en fin, por otros motivos que nunca han sido muchos a la vez.

«Jesús, sin embargo, es admirado al mismo tiempo por su sabiduría, por sus prodigios y por su inmensa autoridad. Y es así que Él no persuade a los suyos, como lo hace un tirano, a que, como él, se aparten de las leyes, ni como un forajido arma a sus bandas contra los hombres, ni como un ricachón provee a cuantos se le acercan, ni es tampoco como alguno que, acusados por todos, merecen reprobación. No. Jesús habló como Maestro de la doctrina acerca del Dios supremo, del culto que se le debe y de toda la materia moral, que puede unir con el Dios de todas las cosas a cualquiera que viva como Él enseña» (Contra Celso 1,30).