Sábado II Tiempo de Adviento – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

Si 48, 1-4. 9-11b: Elías volverá de nuevo
Sal 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19: Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve
Mt 17, 10-13: Elías ya ha venido y no lo reconocieron



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Adviento y de Navidad. , Vol. 1, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

En el canto de entrada expresamos nuestros anhelos por la venida del Señor: «Despierta tu poder, Señor, Tú que te sientas sobre querubines, y ven a salvarnos» (Sal 79,4.2). En la comunión tenemos la respuesta: «Mira, llego en seguida, dice el Señor, y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno su propio trabajo» (Ap 22, 12).

En la oración colecta (Rótulus de Rávena), pedimos al Señor que amanezca en nuestros corazones su Unigénito, resplandor de su gloria, para que su venida ahuyente las tinieblas del pecado y nos transforme en hijos de la luz.

Eccl. 48,1-4.9-11: Elías volverá de nuevo. El elogio del profeta Elías en el libro de Sirac concluye con una alusión a su venida al final de los tiempos para preparar los corazones de los hombres. En el Nuevo Testamento se aplica esto a San Juan Bautista, que vino en el espíritu y poder de Elías para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto. Acojamos, pues, su mensaje.

Un profeta semejante al fuego, por la palabra ardiente como el horno encendido. De esta manera, por el celo ardiente, es presentado Elías, el defensor de Yavé, el profeta de la vida austera. Hablar de profetas y de profecías es hoy casi una moda, pero no ciertamente en el sentido de vidente, sino en el sentido de testimonio. En la Iglesia los profetas pueden ser incómodos, pero son siempre necesarios. Dios los suscita, igual que a los apóstoles, para que ayuden a la Iglesia en su camino.

Le ayudarán a condición de que sean profetas auténticos, defensores de Dios, austeros, celosos, suscitados por Dios, por cuyo honor han sido devorados por el celo. Atribuirse la calificación de profetas, querer pasar por tales, es cosa fácil, una tentación hoy bastante frecuente, sobre todo si se quiere evadir la doctrina apostólica del Magisterio de la jerarquía eclesiástica y actuar con resentimientos.

El verdadero profeta está dominado por Dios. Y es tal su testimonio de vida que se halla pronto a morir por el Evangelio, por su fe cristiana. Su vida es ejemplar en todo, principalmente en la obediencia, en la humildad, en la caridad. Todo profeta auténtico prepara el camino del Señor, procura hacer rectas sus veredas, rellena los valles y allana la altivez, principalmente con su vida santa.

–Con el Salmo 79 pedimos al Señor que nos restaure, que brille su rostro y nos salve: «Pastor de Israel, Tú que guías a José como a un rebaño, resplandece ante Efraín, Benjamín y Manasés. Dios de los ejércitos, vuélvete; que brille tu rostro y nos salve. Mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu Viña, la cepa que tu diestra plantó y que Tú hiciste vigorosa. Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que Tú fortaleciste. No nos alejaremos de Ti; danos la vida para que invoquemos tu nombre».

Dios no nos abandona. Actuó por medio de los profetas del Antiguo Testamento para preparar los caminos del Mesías. Envió a un nuevo Elías en la persona del Bautista. Él, el Pastor de Israel eterno, venga también ahora a visitar a su Viña, su Iglesia, y proteja a su escogida, a su amada.

Mateo 17,10-13: Elías ya ha venido, pero no le reconocieron. En la tradición bíblica el profeta Elías había de venir. Elías ya vino, dice el Señor y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo. Así, también el Hijo del Hombre va a padecer en manos de ellos.

Cuando dijo esto el Señor, sus discípulos entendieron que se refería a Juan el Bautista. Todo profeta es tal en relación a Cristo. Le prepara el camino de la conciencia de los hombres con su predicación y su testimonio de vida. Está dispuesto a desaparecer cuando Él llegue. Ha de percatarse de que su misión está cumplida. Sobre todo le imitará en su conducta. Como Cristo, y como los antiguos profetas que lo anunciaron, el profeta de hoy y de todos los tiempos sabe que le espera la incomprensión, el sufrimiento, tal vez la muerte.

Pero no se busca a sí mismo; no se deja enredar por la soberbia sutil de sentirse «distinto» de los otros y, por consiguiente, mejor que los demás. No exige reconocimientos, ni honores. Acepta la dramaticidad de la fe y de su vocación. Está en paz con su conciencia. No quiere ser dominador del prójimo, sino solo un testigo, un colaborador, un servidor. Todos hemos de ser profetas si aceptamos las profundas exigencias de nuestro bautismo. Ante todo y sobre todo, hemos de lograr humildad, servicialidad, caridad y, en una palabra, santidad de vida. San Juan Crisóstomo alaba así la tarea de San Juan Bautista:

«Es deber del buen servidor no sólo el de no defraudar a su dueño la gloria que se le debe, sino también el de rechazar los honores que quiera tributarle la multitud... San Juan dijo «quien viene detrás de mí, en realidad me precede», y «no soy digno de desatar la correa de sus sandalias», y «Él os bautizará con el Espíritu Santo y el fuego», y que había visto al Espíritu Santo descender en forma de paloma y posarse sobre Él. Por último atestiguó que era el Hijo de Dios y añadió «he ahí al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo»...

«Como solo se preocupaba de conducirlos a Cristo y hacerlos discípulos suyos, no lanzó un largo discurso. San Juan sabía que, una vez que hubieran acogido sus palabras y se hubieran convencido, no tendrían ya necesidad de su testimonio a favor de Aquél... Cristo no habló; todo lo dijo San Juan... Juan, haciendo oficio de amigo, tomó la diestra de la esposa, al conciliarle con sus palabras las almas de los hombres. Y Él, tras haberles acogido, los ligó tan estrechamente a sí mismo que ya no regresaron a aquél que se los había confiado... Todos los demás profetas y apóstoles anunciaron a Cristo cuando estaba ausente. Unos, antes de su Encarnación; otros, después de su Ascensión. Sólo él lo anunció estando presente. Por eso también lo llamó «amigo del esposo», pues sólo él asistió a su boda» (Homilías sobre el evangelio de S. Juan 16 y 18).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos 1


pp. 48-50

1. De nuevo la persona de Juan el Bautista, del que Jesús hablará en el evangelio, es prefigurada por el profeta Elías, uno de los personajes más importantes del A.T.

El libro del Eclesiástico le describe como «un fuego». Su temperamento era vivo, enérgico. Sus palabras, «un horno encendido». Anunció sequías como castigo de Dios, luchó incansablemente contra la idolatría de su pueblo, fue insobornable en su denuncia de los atropellos de las autoridades, hizo bajar fuego sobre las ofrendas de Yahvé en su reto con los dioses falsos, y al final desapareció misteriosamente en un carro de fuego, arrebatado por un torbellino que le llevó a la altura.

Pero en el fondo Elías, que vivió nueve siglos antes de Cristo, fue el profeta de la esperanza escatológica, el que por tradición popular iba a volver para preparar inmediatamente el día del Señor. Su misión entonces seria «aplacar la ira» de Dios, «reconciliar a padres con hijos» y «restablecer las tribus de Israel». Por eso en el salmo hemos cantado: «Oh Dios, restáuranos».

2. Jesús, al bajar del monte de la Transfiguración, donde los discípulos le han visto acompañado de Elías y de Moisés, les dice que Elías ya ha venido «a renovarlo todo», aunque muchos no le han sabido reconocer.

Los discípulos entienden que habla de Juan Bautista. Y en efecto, Juan es el Precursor, el predicador de la justicia y la conversión, el que prepara con su ejemplo y su voz recia la inmediata venida y luego señala la presencia del Mesías en medio de su pueblo, el que denuncia la situación irregular del rey Herodes y muere mártir por su entereza y coherencia.

Pero muchos no le aceptan, como hicieron con Elías y como harán con el mismo Jesús, «que padecerá a manos de ellos». La dureza del pueblo es grande. No saben leer los signos de los tiempos. Son «lentos y tardos de corazón», como tuvo que reprochar Jesús a los discípulos de Emaús. O como oró en la cruz, «no saben lo que hacen». Tanto Elías como el Bautista y Jesús son incómodos en su testimonio personal y en su mensaje: aceptarles es aceptar los planes de Dios en la propia existencia, y eso es comprometedor.

3. a) Las lecturas de hoy nos sitúan a todos ante una alternativa. ¿Sabemos leer los signos de los tiempos, sabemos distinguir la presencia de los profetas y de Jesús mismo en nuestra vida? ¿y la aceptamos?

A nuestro alrededor hay muchos testigos de Dios, hombres y mujeres que nos dan testimonio de Cristo y de su Evangelio, personas fieles que sin actitudes espectaculares nos están demostrando que sí es posible vivir según las bienaventuranzas de Cristo. Lo que pasa es que tal vez no queremos verlas.

Como los apóstoles no querían entender el mesianismo de Jesús, que era distinto del que ellos esperaban. Como los fariseos y autoridades de Israel no querían reconocer en Jesús de Nazaret al esperado de tantos siglos, porque no encajaba en sus esperanzas.

b) Está terminando la segunda semana de este Adviento. Si todo iba a consistir sólo en introducir cantos propios de este tiempo en nuestro repertorio, o en cambiar el color de los vestidos de la liturgia, o en colocar coronas y velas junto al libro de la Palabra, entonces sí que es fácil celebrar el Adviento. Pero si se trataba de que hemos de preparar seriamente la venida del Señor a nuestras vidas, que es la gracia de la Navidad, y no sabemos darnos cuenta de los signos de esta venida en las personas y los acontecimientos, y no nos hemos sentido interpelados para «renovarlo todo» en nuestra existencia, entonces el Adviento son sólo hojas del calendario que van pasando, y no la gracia sacramental que Dios habla pensado.

Tenemos que decir desde lo profundo de nuestro ser: «Oh Dios, restáuranos», «que amanezca en nuestros corazones tu Unigénito, y su venida ahuyente las tinieblas del pecado y nos transforme en hijos de la luz» (oración). Y decirlo con voluntad sincera de dejar que Dios cambie algo en nuestra vida.

c) Más aún, los cristianos somos invitados a ser Elías y Bautista para los otros: a ser voz que anuncia y testimonio que contagia, y contribuir a que otros también. en nuestra familia, en nuestra comunidad, se preparen a la venida del Señor, y se renueve algo en nuestro mundo, y suceda de veras esa señal que anunciaba el profeta, que «se reconcilien padres e hijos».