Martes III Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

2 S 6, 12b-15. 17-19: Iban llevando David y los israelitas el Arca del Señor entre vítores
Sal 23, 7. 8. 9. 10: ¿Quién es ese Rey de la Gloria? Es el Señor en persona
Mc 3, 31-35: El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

2 Samuel 6,12-15.17-19: Iban llevando los israelitas el arca del Señor entre vítores a la Ciudad de David. Por el camino van ofreciendo muchos sacrificios. Y el mismo rey David danza ante el arca... Si esto se hizo ante el arca, ¿qué no hemos de hacer ante la sagrada Eucaristía?... Dice Orígenes:

Conocéis vosotros, los que soléis asistir a los misterios divinos, cómo cuando recibís el Cuerpo del Señor lo guardáis con toda cautela y veneración, para que no caiga ni un poco de él, ni desaparezca algo del don consagrado. Pues os creéis reos, y rectamente por cierto, si se pierde algo de él por negligencia» (Homilía 13 sobre el Exodo).

Lo mismo dicen también Tertuliano, San Gregorio de Nisa, San Cirilo de Jerusalén, San Agustín y otros muchos Padres. Todos muestran gran veneración por el Cuerpo y la Sangre del Señor, por su presencia eucarística. ¿Y nosotros?

–Con el Salmo 23 cantamos la gloriosa presencia del Señor, que invade el Santuario. Si el arca era signo de esa presencia, mucho más aún lo es la sagrada Eucaristía: «¿Quién es ese Rey de la gloria? Es el Señor en persona. ¡Portones! alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, héroe valeroso, el Señor, héroe de la guerra. ¡Portones! Alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos: Él es el Rey de la gloria».

Esta devota veneración por lo sagrado, tan propia de Israel, hemos de tenerla nosotros, cristianos, por todo lo sagrado, pero muy especialmente por la Eucaristía, la suprema sacralidad cristiana, que contiene al Santo de los Santos, el mismo Jesucristo, nuestro Señor. San Juan Crisóstomo decía:

«Los ángeles rodean al sacerdote. Todo el Santuario y el espacio que circunda al altar están ocupados por las potencias celestes, para honrar a Aquél que está presente en el altar» (Homilía 6 sobre el sacerdocio).

Marcos 3,31-35: El que cumple la voluntad de Dios ése es mi hermano y mi hermana y mi madre. Éste fue un elogio grande que Jesús hizo de la Virgen María, pues ninguna persona humana ha cumplido la voluntad de Dios como Ella. Su fiatfue sumamente meritorio y eficaz para la salvación de los hombres. Dice San Bernardo:

«Ya que en Su voluntad está la vida, no podemos dudar lo más mínimo de que nada encontraremos que nos sea más útil y provechoso que aquello que concuerda con el querer divino. Por tanto, si en verdad queremos conservar la vida de nuestra alma, procuremos con solicitud no desviarnos en lo más mínimo de la voluntad de Dios» (Sermón 5)

Y San Agustín afirma:

«El Señor conoce mejor que el hombre lo que conviene en cada momento, lo que ha de otorgar, añadir, quitar, aumentar, disminuir, y cuándo lo ha de hacer» (Carta 138).

El abandono en Dios lleva consigo una confianza en Él sin límites. Por él se ve a Dios, como un Padre providente, en todos y en cada uno de los momentos de la propia existencia, también en la cruz y en la tribulación. Eso es lo único que puede guardar siempre nuestras vidas en una gran paz y alegría.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 76-80

1. II Samuel 6,12-15.17-19

a) David es hábil político, además de persona creyente. Ayer vimos que conquistó Jerusalén y estableció allí la capital de su reino. Ahora da un paso adelante: la hace también capital religiosa.

Hasta entonces Jerusalén, ciudad pagana, no tenía ninguna tradición religiosa para los israelitas, como podía tenerla por ejemplo Silo. David traslada solemnemente el Arca de la Alianza a su ciudad. Todavía no hay Templo -lo construirá su hijo Salomón- pero la presencia del Arca va a ser punto de referencia para la consolidación política y religiosa del pueblo.

La fiesta que organiza con tal ocasión -danzando él mismo ante el Arca- es muy simpática y de alguna manera significa el fin de la época nómada del pueblo. El Arca, en la Tienda del encuentro, había sido el símbolo de la cercanía de Dios para con su pueblo en el periodo de su larga travesía por el desierto. Ahora se estabiliza tanto el pueblo como la presencia de Dios con ellos.

b) A pesar de que Dios está presente en todas partes y podemos rezarle también fuera de nuestras iglesias, necesitamos lugares de oración. que nos ayuden también psicológicamente en nuestros momentos de culto y de reunión ante Dios.

Aunque en todo momento de nuestra vida podamos establecer contacto con Dios, la iglesia o la capilla, como lugar de reunión y de celebración, nos favorece en nuestro encuentro con Dios. El altar, en el que somos invitados a celebrar el memorial de Cristo y participar en su Cuerpo y Sangre; el lugar de la Palabra, desde el que se nos proclama la lectura bíblica; y luego el sagrario, donde se reserva el Pan eucarístico sobre todo para los enfermos: son para nosotros, con mucha más razón que el Arca para los israelitas, gozosos puntos de referencia que nos recuerdan la continua presencia de Cristo Jesús en nuestra vida. Todos los signos de aprecio y veneración serán pocos para agradecerle este don. David nos recuerda también con su actuación que necesitamos la fiesta, la expresión total -espiritual y corpórea- de nuestra pertenencia a la comunidad de fe y de nuestra relación con Dios. Por eso nos resulta aleccionadora la fiesta que él organizó, con elementos que continúan siendo válidos en la expresión de la fe: procesiones, oraciones, sacrificios, cantos, música, danza cúltica, comida festiva.

Necesitamos expresar exteriormente el aprecio que sentimos en el interior. A veces con formas litúrgicas y oficiales. Otras, con manifestaciones de religiosidad popular, también legítimas, y a veces más eficaces y comunicativas. Lo importante es rendir a Dios nuestro mejor culto y dar a nuestra vida una conciencia mayor de pertenencia a la comunidad cristiana y un tono más alegre de fiesta y comunión.

2. Marcos 3,31-35

a) Acaba el capítulo tercero de Marcos con este breve episodio que tiene como protagonistas, esta vez en un contexto diferente del anterior, a sus familiares. Los «hermanos» en el lenguaje hebreo son también los primos y tíos y demás familiares. Esta vez sí se dice que estaba su madre.

Las palabras de Jesús, que parecen como una respuesta a las dificultades de sus familiares que leíamos anteayer, nos suenan algo duras. Pero ciertamente no desautorizan a su madre ni a sus parientes. Lo que hace es aprovechar la ocasión para decir cuál es su visión de la nueva comunidad que se está reuniendo en torno a él. La nueva familia no va a tener como valores determinantes ni los lazos de sangre ni los de la raza. No serán tanto los descendientes raciales de Abraham, sino los que imitan su fe: «El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre».

b) Nosotros, como personas que creemos y seguimos a Cristo, pertenecemos a su familia. Esto nos llena de alegría. Por eso podemos decir con confianza la oración que Jesús nos enseñó: «Padre nuestro». Somos hijos y somos hermanos. Hemos entrado en la comunidad nueva del Reino.

En ella nos alegramos también de que esté la Virgen María, la Madre de Jesús. Si de alguien se puede decir que «ha cumplido la voluntad de Dios» es de ella, la que respondió al ángel enviado de Dios: «Hágase en mi según tu Palabra». Ella es la mujer creyente, la totalmente disponible ante Dios.

Incluso antes que su maternidad física, tuvo María de Nazaret este otro parentesco que aquí anuncia Cristo, el de la fe. Como decían los Santos Padres, ella acogió antes al Hijo de Dios en su mente por medio de la fe que en su seno por su maternidad.

Por eso es María para nosotros buena maestra, porque fue la mejor discípula en la escuela de Jesús. Y nos señala el camino de la vida cristiana: escuchar la Palabra, meditarla en el corazón y llevarla a la práctica.

«Iba danzando ante el Señor con todo entusiasmo» (1a lectura, II)
«Llevando al altar los gozos y las fatigas de cada día, nos disponemos a ofrecer el sacrificio agradable a Dios» (ofertorio de la Misa)
«El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre» (evangelio).