Jueves III Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

2 S 7, 18-19. 24-29: ¿Quién soy yo, mi Señor, y qué es mi familia?
Sal 131, 1-2. 3-5. 11. 12. 13-14: El Señor Dios le dará el trono de David su padre
Mc 4, 21-25: El candil se trae para ponerlo en el candelero. La medida que uséis la usarán con vosotros



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (28-01-2016): El cristiano es testigo


Misa en Santa Marta
Jueves 28 de enero del 2016

El misterio de Dios es luz, como comenta el Evangelio de hoy donde Jesús dice que la luz no es para ponerla debajo el celemín o de la cama, sino en el candelero, para iluminar. Y ese es uno de los rasgos del cristiano, que ha recibido la luz en el Bautismo y debe darla. Es decir, el cristiano es un testigo.

Un cristiano que lleva esa luz, debe enseñarla porque es testigo. Cuando un cristiano no muestra la luz de Dios sino que prefiere sus propias tinieblas, éstas entran en su corazón porque tiene miedo a la luz, y los ídolos —que son tinieblas—, le gustan más. Entonces le falta algo, y no es un verdadero cristiano. ¡El testimonio! Un cristiano es un testigo de Jesucristo, luz de Dios, y debe poner esa luz en el candelero de su vida.

En el Evangelio Jesús dice: La medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces (Mc 4,24). Otro rasgo del cristiano es la magnanimidad, porque es hijo de un padre magnánimo, de ánimo grande. El corazón cristiano es magnánimo. Es abierto, siempre. No es un corazón que se encierra en su egoísmo. Cuando entras es esa luz de Jesús, cuando entras en la amistad de Jesús, cuando te dejas guiar por el Espíritu Santo, el corazón se abre, se vuelve magnánimo. El cristiano, en ese momento, no gana: pierde. Pero pierde para ganar otra cosa, y con esta —entrecomillas— «>derrota» de intereses, gana Jesús, y gana el cristiano siendo testigo de Jesús.

Finalmente, para mí es una alegría celebrar hoy con vosotros, que cumplís el 50o aniversario de vuestro sacerdocio: 50 años por el camino de la luz y del testimonio, 50 años procurando ser mejores, intentando llevar la luz en el candelero: a veces se cae, pero vamos otra vez, siempre con esa voluntad de dar luz generosamente, es decir, con el corazón magnánimo. Solo Dios y vuestra memoria saben cuánta gente habéis recibido con magnanimidad, con bondad de padres, de hermanos... A cuánta gente que tenía el corazón un poco oscuro habéis dado luz, la luz de Jesús. Gracias. Gracias por lo que habéis hecho en la Iglesia, por la Iglesia y por Jesús. Que el Señor os dé la alegría, esa alegría grande de haber sembrado bien, de haber iluminado bien y de haber abierto los brazos para recibir a todos con magnanimidad.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

2 Samuel 7,18-19.24-29: ¿Quién soy yo, mi Señor, y qué es mi familia? Ciertamente es un altísimo honor el que Dios hace a David al prometerle que su Casa permanecerá para siempre y que el Mesías nacerá de su linaje. Estas promesas grandiosas suscitan en David un acto de profunda humildad y acción de gracias.

Los santos Padres tratan muchas veces de la humildad. Así lo hace en una exposición San Agustín:

«Son «pobres de espíritu» los humildes y temerosos de Dios, es decir, los que no tienen el espíritu inflado. No podían empezar de otro modo las bienaventuranzas, porque ellas deben hacernos llegar a la suma sabiduría, pues «el principio de la sabiduría es el temor de Dios» (Eclo 21,16), mientras que, por el contrario, el primer origen del pecado es la soberbia (ib.10,13ss). Apetezcan, pues, y amen los soberbios el reino de la tierra; mas «bienaventurados son los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3)» (Sermón de la Montaña 1,1,3).

–La elección de David, no obstante sus muchas miserias, fue una predilección por parte de Dios. También tuvo grandes virtudes, entre ellas la humildad, como lo hemos visto, y una profunda devoción religiosa. Con el Salmo 131 decimos: «Señor, tenle en cuenta a David todos sus afanes, como juró el Señor e hizo voto al Fuerte de Jacob. «No entraré bajo el techo de mi casa, no subiré al lecho de mi descanso, no daré sueño a mis ojos, ni reposo a mis párpados, hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Fuerte de Jacob». El Señor ha jurado a David una promesa que no retractará: «a uno de tu linaje pondré sobre tu trono. Si tus hijos guardan mi alianza y los mandatos que les enseño, también sus hijos por siempre se sentarán sobre su trono. Porque el Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella. Ésta es mi mansión por siempre; aquí viviré porque lo deseo»».

En realidad, algunos de los descendientes de David se apartaron del Señor. A pesar de eso, Dios fue fiel a su promesa, y Cristo nació en Belén de Judá, del linaje de David.

Marcos 4,21-25: La luz sobre el candelero. La medida que usaréis la usarán con vosotros. Dos ideas principales: el cristianismo ha de ser proclamado. Y no hemos de hacer a los demás lo que no queremos que se haga con nosotros. Las dos cosas vienen impulsadas por la caridad. Sobre ella dice San Agustín:

«Vino el Señor mismo, como doctor de la caridad, rebosante de ella, llevando a plenitud la palabra divina sobre la tierra, y puso de manifiesto que tanto la ley como los profetas radican en los dos preceptos de la caridad. Así pues, hermanos, recordad conmigo aquellos dos preceptos. En efecto, tienen que sernos en extremo familiares, y no han de venirnos a la memoria solamente cuando ahora los recordamos, sino que deben permanecer siempre grabados en nuestros corazones. Nunca olvidéis que hay que amar a Dios y al prójimo: a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser; y al prójimo como a uno mismo.

«He aquí lo que hay que pensar y meditar, lo que hay que mantener vivo en el pensamiento y en la acción, lo que hay que llevar hasta el fin. El amor a Dios es el primero en la jerarquía del precepto, el primero en el rango de la acción. Pues el que te puso ese amor en dos preceptos no había de proponerte primero al prójimo y luego a Dios, sino al revés, a Dios primero y al prójimo después. Pero tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo haces mérito para verlo. Con el amor al prójimo aclaras tu pupila para mirar a Dios, como claramente dice San Juan: «quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1 Jn 4,20). Al amar al prójimo y cuidarte de él vas haciéndote capaz de amar a quién tenemos que amar con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser.

«Es verdad que no hemos llegado todavía hasta nuestro Señor, pero sí que tenemos con nosotros al prójimo. Ayuda, por tanto, a aquel con quien caminas, para que llegues hasta a Aquel con quien deseas quedarte para siempre» (Tratado sobre el Evangelio de San Juan 17,7-9).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
84-87

1. II Samuel 7,18-19.24-29

a) Si ayer leíamos las palabras del profeta anunciando la fidelidad de Dios para con David y su descendencia, hoy escuchamos una hermosa oración de David, llena de humildad y confianza.

David muestra aquí su profundo sentido religioso, dando gracias a Dios, reconociendo su iniciativa y pidiéndole que le siga bendiciendo a él y a su familia. Lo que quiere el rey es que todos hablen bien de Dios, que reconozcan la grandeza y la fidelidad de Dios: «que tu nombre sea siempre famoso y que la casa de David permanezca en tu presencia».

b) Ojalá tuviéramos nosotros siempre estos sentimientos, reconociendo la actuación salvadora de Dios: «¿quién soy yo, mi Señor, para que me hayas hecho llegar hasta aquí?», «tú eres el Dios verdadero, tus palabras son de fiar», «dígnate bendecir a la casa de tu siervo, para que esté siempre en tu presencia».

¿Son nuestros los éxitos que podamos tener? ¿son mérito nuestro los talentos que hemos recibido? Como David, deberíamos dar gracias a Dios porque todo nos lo da gratis.

Y sentir la preocupación de que su nombre sea conocido en todo el mundo. Que la gloria sea de Dios y no nuestra.

2. Marcos 4,21-25

a) Otras dos parábolas o comparaciones de Jesús nos ayudan a entender cómo es el Reino que él quiere instaurar.

La del candil, que está pensado para que ilumine, no para que quede escondido. Es él, Cristo Jesús, y su Reino, lo primero que no quedará oculto, sino aparecerá como manifestación de Dios. El que dijo «yo soy la Luz».

La de la medida: la misma medida que utilicemos será usada para nosotros y con creces.

Los que acojan en si mismos la semilla de la Palabra se verán llenos, generosamente llenos, de los dones de Dios. Sobre todo al final de los tiempos experimentarán cómo Dios recompensa con el ciento por uno lo que hayan hecho.

b) Esto tiene también aplicación a lo que se espera de nosotros, los seguidores de Cristo. Si él es la Luz y su Reino debe aparecer en el candelero para que todos puedan verlo, también a nosotros nos dijo: «vosotros sois la luz del mundo» y quiso que ilumináramos a los demás, comunicándoles su luz.

Creer en Cristo es aceptar en nosotros su luz y a la vez comunicar con nuestras palabras y nuestras obras esa misma luz a una humanidad que anda siempre a oscuras. Pero ¿somos en verdad luz? ¿iluminamos, comunicamos fe y esperanza a los que nos están cerca? ¿somos signos y sacramentos del Reino en nuestra familia o comunidad o sociedad? ¿o somos opacos, «malos conductores» de la luz y de la alegría de Cristo?

En la celebración del Bautismo, y luego en su anual renovación en la Vigilia Pascual, la vela de cada uno, encendida del Cirio Pascual, es un hermoso símbolo de la luz que es Cristo, que se nos comunica a nosotros y que se espera que luego se difunda a través nuestro a los demás. No podemos esconderla. Tenemos que dar la cara y testimoniar nuestra fe en Cristo.

«Tú eres el Dios verdadero, tus palabras son de fiar» (1a lectura, II)
«La medida que uséis la usarán con vosotros» (evangelio).