Viernes IV Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

Heb 13, 1-8: Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre
Sal 26, 1. 3. 5. 8b-9abc: El Señor es mi luz y mi salvación
Mc 6, 14-29: Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (06-02-2015): Vivió y murió como su Señor


Misa en Santa Marta
Viernes 06 de febrero del 2015

El Evangelio de San Marcos (6,14-29) nos cuenta el trágico final de Juan el Bautista. El que nunca traicionó su vocación —consciente de que su deber era solo anunciar la proximidad del Mesías, consciente de ser solo la voz, porque la Palabra era Otro—, acaba su vida como el Señor, con el martirio.

Cuando acaba en la cárcel por manos de Herodes Antipas, el hombre más grande nacido de mujer (Mt 11,11) se hace pequeño, pequeño, pequeño, primero con la prueba de la oscuridad del alma —cuando duda que Jesús sea aquel a quien ha preparado el camino—, y luego cuando le llega el final, ordenado por un rey fascinado y, a la vez perplejo, por Juan. Después de esa purificación, después de ese continuo caer en el anonadamiento —preparando el camino para el anonadamiento de Jesús—, acaba su vida. Aquel rey perplejo es capaz de una decisión, pero no porque su corazón se haya convertido, sino porque el vino le ha envalentonado. Y así acaba Juan su vida, bajo la autoridad de un rey mediocre, borracho y corrupto, por el capricho de una bailarina y por el odio vengativo de una adúltera. Así acaba el Grande, el hombre más grande nacido de mujer.

Cuando leo este texto, os confieso que me emociono y pienso siempre en dos cosas. Primero, pienso en nuestros mártires, en los mártires de nuestros días, en esos hombres, mujeres y niños que son perseguidos, odiados, expulsados de sus casas, torturados, masacrados. Y esto no es algo del pasado: ¡está pasando hoy! Nuestros mártires acaban su vida bajo la autoridad corrupta de gente que odia a Jesucristo. Nos viene bien pensar en nuestros mártires. Hoy pensamos en San Pablo Miki y sus compañeros, pero eso pasó en el 1600. ¡Pensemos en los de hoy, de 2015!

Además, ese disminuir de Juan el Grande, continuamente hasta la nada, me hace pensar que estamos en ese camino y que vamos a la tierra en la que todos acabaremos. Me lleva a pensar en mí mismo: ¡yo también acabaré! ¡Todos acabaremos! Nadie ha comprado su vida. También nosotros —queramos o no— vamos por el camino del anonadamiento existencial de la vida. Y eso —al menos a mí— me lleva a rezar para que ese anonadamiento se parezca lo más posible al de Jesucristo.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Hebreos 13,1-8: Jesucristo es siempre el mismo, ayer, hoy y siempre. Los fieles han de brillar en el amor, la pureza, el desprendimiento de los bienes materiales, «sin ansias de dinero», en la presencia de Jesucristo, que vive para siempre. En efecto, el Cristo histórico vive ya en un eterno «hoy», y Él es al mismo tiempo el objeto de la fe y el autor de la salvación. Así escribe Clemente de Alejandría:

«Todos los poderes del Espíritu, unificados en un solo ser, se consuman en Él mismo, en el Hijo; pero Él es irreductible a un límite definido, si se intenta dar noción de cada uno de esos poderes. Por eso, el Hijo no es el Hijo sino en cuanto uno, no múltiple como partes, sino uno, como unión de todas las cosas. Por donde viene a ser también todas las cosas. En efecto, Él mismo es como un círculo de todos los poderes, que se resuelven y unifican en uno.

«Con razón el Logos se dice «Alfa y Omega» (Ap 1,8). Por Él solo el fin viene a ser principio, y vuelve de nuevo al principio inicial, sin permitir ninguna interrupción. Por eso creer en Él y por Él significa fundarse en la unidad, uniéndose en Él, sin distanciamiento alguno (1 Cor 7,35). Y no creer significa estar en la ambigüedad, estar desunido y dividido» (Stromata 4,25, 156-157).

Difícilmente podemos encontrar un comentario más profundo y bello a la expresión: «Cristo, ayer, hoy y siempre».

–Todo nuestro auxilio y apoyo lo encontramos en el Señor. Así lo confesamos en el Salmo 26: «El Señor es mi Luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla; si me declaran la guerra, me siento tranquilo. Él me protegerá en su tienda el día del peligro; me esconderá en lo escondido de su morada, me alzará sobre la roca. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que Tú eres mi auxilio; no me deseches».

Marcos 6,14-29: Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado. Eso es lo que llega a pensar el brutal rey Herodes. Comenta San Agustín:

«La lectura del Santo Evangelio presentó ante nuestros ojos un cruel espectáculo: la cabeza de Juan en una bandeja. Él, testimonio de la crueldad de una bestia, fue decapitado por el odio a la verdad. Danza una joven, su madre siente rebosar crueldad, y entre los placeres y lascivias de los comensales el rey jura tremendamente e impíamente cumple lo jurado.«

Así vino a realizarse en Juan lo que él mismo había predicho: «conviene que Él crezca y que yo mengüe» (Jn 3,30). Juan menguó al ser decapitado y Cristo creció levantado en la Cruz. La verdad suscitó el odio. No podían soportarse con ánimo sereno los reproches de aquel santo hombre de Dios, que ciertamente buscaba la salvación de aquellos a quienes los dirigía. Ellos le devolvieron mal por bien. ¿De qué podría hablar él sino de lo que estaba lleno? ¿Y qué podían responderle ellos sino de lo que estaban llenos?» (Sermón 307,1).

«La boca mentirosa da muerte al alma» (Sab 1,11). El Bautista tenía que hablar rectamente y dar «testimonio de la verdad» (Jn 5,33), como Jesús (Jn 18,37), aunque tuviera que sufrir, aunque hubiera de morir. Nada tiene que ver con esto, ni siquiera lo entiende, un espíritu frívolo y una vida mundana.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 114-119

1. Hebreos 13,1-8

a) Estamos llegando al final de la carta a los Hebreos. Después de la teología, el escrito termina con recomendaciones muy concretas y variadas para la vida de la comunidad cristiana:

- «conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad»: pone como motivación, tomada del AT, el ejemplo de Abrahán que acogió tan amablemente a los tres viajeros, que resultó que eran ángeles del Señor o el Señor mismo,

- «acordaos de los presos y de los que son maltratados», solidarizándoos con ellos,

-«que todos respeten el matrimonio», porque Dios quiere la vida matrimonial dignamente vivida,

- «vivid sin ansia de dinero»: la avaricia, que es la idolatría del dinero, es una de las cosas que más hay que evitar,

- al contrario, «contentaos con lo que tengáis», con una cierta austeridad en la vida, poniendo la confianza más en Dios que en los dineros ahorrados,

- «acordaos de vuestros jefes», los que os anunciaron la fe y han vivido una vida de fe digna de imitación,

- y finalmente, la afirmación cristológica que da consistencia a todo: «Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre», Jesús es el modelo supremo de todo cristiano.

b) Todos los consejos son de actualidad para el cristiano de hoy:

- la motivación que nosotros hemos recibido del mismo Cristo, para la caridad y la hospitalidad, es que en la persona del prójimo vemos su misma persona: «a mi me lo hicisteis»,

- cuando el Catecismo ejemplifica en qué clase de personas tenemos que ver de modo especial a Cristo, nombra a «los pobres, los enfermos y los presos» (CEC 1373),

- la exhortación a evitar el adulterio y todo otro atentado contra la santidad de la vida matrimonial sigue teniendo plena actualidad, cuando los cristianos, como los contemporáneos de la carta, vivimos en medio de un mundo de costumbres no ciertamente inspiradas en el plan de Dios, que espera de los esposos una espiritualidad de auténtica santidad,

- lo mismo que la recomendación de evitar la avaricia, tentación que puede afectar a todos: laicos, religiosos y sacerdotes,

- el respeto a los pastores de la comunidad, con una mirada llena de fe y deseos de ayudarles y aprender de ellos, no es tampoco superfluo en las relaciones interpersonales de la comunidad cristiana,

- y sobre todo, la convicción de la perenne actualidad de Cristo: cuando el papa Juan Pablo II ha convocado al Jubileo del año 2000, ha elegido como lema del documento («Tertio millennio adveniente»), como titular del primero y del último capitulo, este breve y denso pasaje de Hebreos que hemos leído hoy: «Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre», cosa que recordamos de modo más explícito en torno al bimilenario de su nacimiento.

2. Marcos 6,14-29

a) La figura de Juan el Bautista es admirable por su ejemplo de entereza en la defensa de la verdad y su valentía en la denuncia del mal.

De la muerte del Bautista habla también Flavio Josefo («Antigüedades judaicas» 18), que la atribuye al miedo que Herodes tenía de que pudiera haber una revuelta política incontrolable en torno a Juan. Marcos nos presenta un motivo más concreto: el Bautista fue ejecutado como venganza de una mujer despechada, porque el profeta había denunciado públicamente su unión con Herodes: «Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano».

Herodes apreciaba a Juan, a pesar de esa denuncia, y le «respetaba, sabiendo que era un hombre honrado y santo». Pero la debilidad de este rey voluble y las intrigas de la mujer y de su hija acabaron con la vida del último profeta del AT, el precursor del Mesías, la persona que Jesús dijo que era el mayor de los nacidos de mujer. Como Elías había sido perseguido por Ajab, rey débil, instigado por su mujer Jezabel, así ahora Herodes, débil, se convierte en instrumento de la venganza de una mujer, Herodías.

b) De Juan aprendemos sobre todo su reciedumbre de carácter y la coherencia de su vida con lo que predicaba. El Bautista había ido siempre con la verdad por delante, en su predicación al pueblo, a los fariseos, a los publicanos, a los soldados. Ahora está en la cárcel por lo mismo.

Preparó los caminos del Mesías, Jesús. Predicó incansablemente, y con brío, la conversión. Mostró claramente al Mesías cuando apareció. No quiso usurpar ningún papel que no le correspondiera: «él tiene que crecer y yo menguar», «no soy digno ni de desatarle las sandalias».

Cuando fue el caso, denunció con intrepidez el mal, cosa que, cuando afecta a personas poderosas, suele tener fatales consecuencias. Un falso profeta, que dice lo que halaga los oídos de las personas, tiene asegurada su carrera. Un verdadero profeta -los del AT, el Bautista, Jesús mismo, los apóstoles después de la Pascua, y los profetas de todos los tiempos- lo que tienen asegurada es la persecución y frecuentemente la muerte. Tanto si su palabra profética apunta a la justicia social como a la ética de las costumbres. ¡Cuántos mártires sigue habiendo en la historia!

Tal vez nosotros no llegaremos a estar amenazados de muerte. Pero sí somos invitados a seguir dando un testimonio coherente y profético, a anunciar la Buena Noticia de la salvación con nuestras palabras y con nuestra vida. Habrá ocasiones en que también tendremos que denunciar el mal allí donde existe. Lo haremos con palabras valientes, pero sobre todo con una vida coherente que, ella misma, sea como un signo profético en medio de un mundo que persigue valores que no lo son, o que levanta altares a dioses falsos.

«Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad» (1a lectura, I)
«Vivid sin ansia de dinero, contentándoos con lo que tengáis» (1a lectura, I)
«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre» (1a lectura, I)
«El Señor es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré? « (salmo, I).