San Joaquín y Santa Ana, memoria (26 de Julio) – Homilías


Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

San Juan Damasceno, obispo

Sermón: Por sus frutos los conoceréis

Sermón 6, Sobre la Natividad de la Virgen María, 2. 4. 5. 6: PG 96, 663. 667. 670

Ya que estaba determinado que la Virgen Madre de Dios nacería de Ana, la naturaleza no se atrevió a adelantarse al germen de la gracia, sino que esperó a dar su fruto hasta que la gracia hubo dado el suyo. Convenía, en efecto, que naciese como primogénita aquella de la que había de nacer el primogénito de toda la creación, en el cual todo se mantiene.

¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana! Toda la creación os está obligada, ya que por vosotros ofreció al Creador el más excelente de todos los dones, a saber, aquella madre casta, la única digna del Creador.

Alégrate, Ana, la estéril, que no dabas a luz, rompe a cantar de júbilo, la que no tenías dolores. Salta de gozo, Joaquín, porque de tu hija un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado, y será llamado: “Ángel del gran designio” de la salvación universal, “Dios guerrero”. Este niño es Dios.

¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana, totalmente inmaculados! Sois conocidos por el fruto de vuestro vientre, tal como dice el Señor: Por sus frutos los conoceréis. Vosotros os esforzasteis en vivir siempre de una manera agradable a Dios y digna de aquella que tuvo en vosotros su origen. Con vuestra conducta casta y santa, ofrecisteis al mundo la joya de la virginidad, aquella que había de permanecer virgen antes del parto, en el parto y después del parto; aquella que, de un modo único y excepcional, cultivaría siempre la virginidad en su mente, en su alma y en su cuerpo.

¡Oh castísimos esposos Joaquín y Ana! vosotros, guardando la castidad prescrita por la ley natural, conseguisteis, por la gracia de Dios, un fruto superior a la ley natural, ya que engendrasteis para el mundo a la que fue madre de Dios sin conocer varón. Vosotros, comportándoos en vuestras relaciones humanas de un modo piadoso y santo, engendrasteis una hija superior a los ángeles, que es ahora la reina de los ángeles. ¡Oh bellísima niña, sumamente amable! ¡Oh hija de Adán y madre de Dios! ¡Bienaventuradas las entrañas y el vientre de los que saliste! ¡Bienaventurados los brazos que te llevaron, los labios que tuvieron el privilegio de besarte castamente, es decir, únicamente los de tus padres, para que siempre y en todo guardaras intacta tu virginidad!

Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad. Alzad fuerte la voz, alzadla, no temáis. 

San Juan Pablo II, papa

Homilías (10-12-1978)

n. 2

Nuestra parroquia vaticana está dedicada a Santa Ana…

Ya desde el comienzo de mi pontificado, tenía mucho deseo de visitar “mi parroquia”, como una de las primeras parroquias de la diócesis de Roma…

La figura de Santa Ana, en efecto, nos recuerda la casa paterna de María, Madre de Cristo. Allí vino María al mundo, trayendo en Sí el extraordinario misterio de la Inmaculada Concepción. Allí estaba rodeada del amor y la solicitud de sus padres Joaquín y Ana. Allí “aprendía” de su madre precisamente, de Santa Ana, a ser madre. Y, aunque desde el punto de vista humano, Ella hubiese renunciado a la maternidad, el Padre celestial, aceptando su donación total, la gratificó con la maternidad más perfecta y más santa. Cristo, desde lo alto de la cruz, traspasó, en cierto sentido, la maternidad de su Madre al discípulo predilecto, y asimismo la extendió a toda la Iglesia, a todos los hombres. Así, pues, cuando como “herederos de la promesa” divina (cf. Gál 4, 28. 31), nos encontramos en el radio de esta maternidad y cuando sentimos de nuevo su santa profundidad y plenitud, pensamos entonces que fue precisamente Santa Ana la primera que enseñó a María, su Hija, a ser Madre.

“Ana” en hebreo significa “Dios (sujeto sobreentendido) realizó la gracia”. Reflexionando sobre este significado del nombre de Santa Ana, exclamaba así San Juan Damasceno: “Ya que debía suceder que la Virgen Madre de Dios naciese de Ana, la naturaleza no se atrevió a preceder al germen de la gracia, sino que quedó sin el propio fruto para que la gracia produjera el suyo. En efecto, debía nacer la primogénita, de la que nacería el Primogénito de toda criatura” (Serm. VI, De nativa B. V. M., 2; PG 96, 663).

Mientras hoy venimos aquí todos nosotros, feligreses de Santa Ana en el Vaticano, dirijamos nuestros corazones a ella y, por medio de ella, a María, Hija y Madre, y repitamos: “Mostra Te esse Matrem / sumat per te preces / qui pro nobis natus / tulli esse tuus: Muestra que eres Madre, reciba por tu medio nuestras súplicas, el que nacido por nosotros, quiso ser tu Hijo”.

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