Martirio de San Juan Bautista, memoria (29 de agosto) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Jer 1, 17-19: Diles todo lo que yo te ordene. No te dejes intimidar por ellos
- Salmo: Sal 70, 1-2. 3-4a. 5-6b. 15ab: Mi boca anunciará tu salvación
+ Evangelio: Mc 6, 17-29: Quiero que me traigas ahora mismo, sobre una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Beda el Venerable

Homilías: Precursor del nacimiento y de la muerte de Cristo


Homilía 23: CCL 122, 354. 356-357

El santo Precursor del nacimiento, de la predicación y de la muerte del Señor mostró en el momento de la lucha suprema una fortaleza digna de atraer la mirada de Dios ya que, como dice la Escritura, la gente pensaba que cumplía una pena, pero él esperaba de lleno la inmortalidad. Con razón celebramos su día natalicio, que él ha solemnizado con su martirio y adornado con el fulgor purpúreo de su sangre; con razón veneramos con gozo espiritual la memoria de aquel que selló con su martirio el testimonio que había dado del Señor.

No debemos poner en duda que san Juan sufrió la cárcel y las cadenas y dio su vida en testimonio de nuestro Redentor, de quien fue precursor, ya que, si bien su perseguidor no lo forzó a que negara a Cristo, sí trató de obligarlo a que callara la verdad; ello es suficiente para afirmar que murió por Cristo.

Cristo, en efecto, dice: Yo soy la verdad; por consiguiente, si Juan derramó su sangre por la verdad, la derramó por Cristo; y él, que precedió a Cristo en su nacimiento, en su predicación y en su bautismo, anunció también con su martirio, anterior al de Cristo, la pasión futura del Señor.

Este hombre tan eximio terminó, pues, su vida derramando su sangre, después de un largo y penoso cautiverio. Él que había evangelizado la libertad de una paz que viene de arriba, fue encarcelado por unos hombres malvados; fue encerrado en la oscuridad de un calabozo aquel que vino a dar testimonio de la luz y a quien Cristo, la luz en persona, dio el título de «lámpara que arde y brilla»; fue bautizado en su propia sangre aquel a quien fue dado bautizar al Redentor del mundo, oír la voz del Padre que resonaba sobre Cristo y ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él. Mas, a él, todos aquellos tormentos temporales no le resultaban penosos, sino más bien leves y agradables, ya que los sufría por causa de la verdad y sabía que habían de merecerle un premio y un gozo sin fin.

La muerte —que de todas maneras había de acaecerle por ley natural— era para él algo apetecible, teniendo en cuenta que la sufría por la confesión del nombre de Cristo y que con ella alcanzaría la palma de la vida eterna. Bien lo dice el Apóstol: A vosotros se os ha concedido la gracia de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él. El mismo Apóstol explica, en otro lugar, por qué sea un don el hecho de sufrir por Cristo: Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.

Francisco, Papa

Homilía (06-02-2015)


La noche oscura del más grande
Viernes 06 de febrero del 2015

Un hombre, Juan, es un camino, que es el camino de Jesús, indicado por el Bautista, pero es también el nuestro, en el cual todos estamos llamados en el momento de la prueba.

El Evangelio de san Marcos (6, 14-29) relata la prisión y el martirio de este hombre fiel a su misión; el hombre que sufrió muchas tentaciones y que nunca, nunca traicionó su vocación. Un hombre fiel y de gran autoridad, respetado por todos: el grande de ese tiempo. Lo que salía de su boca era justo. Su corazón era justo. Era tan grande que Jesús dirá también de él que «era Elías que regresó, para limpiar la casa, para preparar el camino». Y Juan era consciente de que su deber era sólo anunciar: anunciar la proximidad del Mesías. Él era consciente, como nos hace reflexionar san Agustín, que él sólo era la voz, la Palabra era otro. Incluso cuando se vio tentado de «robar» esta verdad, él siguió siendo justo: «Yo no soy, viene detrás de mí, pero yo no soy: yo soy el siervo; yo soy el servidor; yo soy el que abre las puertas para que Él venga.

Juan es el precursor: precursor no sólo de la entrada del Señor en la vida pública, sino de toda la vida del Señor. El Bautista sigue adelante en el camino del Señor; da testimonio del Señor no sólo mostrándolo —«¡Es éste!»— sino también llevando la vida hasta las últimas consecuencias como la condujo el Señor. Y terminando su vida con el martirio fue precursor de la vida y de la muerte de Jesucristo.

Es preciso reflexionar sobre estos caminos paralelos a lo largo de los cuales el grande sufre muchas pruebas y llega a ser pequeño, pequeño, pequeño, pequeño hasta el desprecio. Juan, como Jesús, se abaja, conoce el camino del abajamiento. Juan con toda esa autoridad, pensando en su vida, comparándola con la de Jesús, dice a la gente quién es él, como será su vida: «Conviene que Él crezca, yo en cambio debo disminuir». Es esta la vida de Juan: disminuir ante Cristo, para que Cristo crezca. Es la vida del siervo que deja sitio, abre camino, para que venga el Señor.

La vida de Juan no fue fácil: en efecto, cuando Jesús comenzó su vida pública, él era cercano a los esenios, es decir, a los observantes de la ley, pero también de las oraciones, de las penitencias. Así, a un cierto punto, en el período en el que estaba en la cárcel, sufrió la prueba de la oscuridad, de la noche en su alma. Y esa escena, comentó el Papa Francisco, conmueve: el grande, el más grande manda al encuentro de Jesús a dos discípulos para preguntarle: «Juan te pregunta: ¿eres tú o me he equivocado y tenemos que esperar a otro?». A lo largo del camino de Juan se asomó la oscuridad del error, la oscuridad de una vida consumida en el error. Y esto fue para él una cruz.

Ante la pregunta de Juan Jesús responde con las palabras de Isaías: el Bautista comprende, pero su corazón permanece en la oscuridad. Todo esto incluso estando disponible ante las peticiones del rey, a quien le gustaba escucharlo, a quien le gustaba conducir una vida adúltera, y casi se convierte en un predicador de corte, de ese rey perplejo. Pero él se humillaba porque pensaba convertir a ese hombre.

Por último, después de esta purificación, después de este continuo caer en el anonadamiento, dando lugar al abajamiento de Jesús, termina su vida. El rey, perplejo, es capaz de tomar una decisión, pero no porque su corazón se haya convertido; sino más bien porque el vino le da valor.

De esta manera Juan termina su vida bajo la autoridad de un rey mediocre, ebrio y corrupto, por el capricho de una bailarina y el odio vengativo de una adúltera. Así, termina un grande, el hombre más grande nacido de mujer. Cuando leo este pasaje, me conmuevo. Pienso en dos cosas: primero, pienso en nuestros mártires, en los mártires de nuestros días, esos hombres, mujeres y niños que son perseguidos, odiados, expulsados de sus casas, torturados, masacrados. Esto no es algo del pasado: hoy sucede esto. Nuestros mártires, que terminan su vida bajo la autoridad corrupta de gente que odia a Jesucristo. Por eso nos hará bien pensar en nuestros mártires. Hoy pensamos en Paolo Miki, pero eso sucedió en 1600. Pensemos en los de hoy, de 2015.

Este pasaje me impulsa también a reflexionar sobre mí mismo: Yo también moriré. Todos nosotros moriremos. Nadie tiene la vida «comprada». También nosotros, queriéndolo o no, vamos por el camino del abajamiento existencial de la vida. Y esto, me impulsa a rezar para que este abajamiento se asemeje lo más posible al de Jesucristo, a su abajamiento.

Juan, el grande, que disminuye continuamente hasta la nada; los mártires, que se abajan hoy, en nuestra Iglesia de hoy, hasta la nada; y nosotros, que estamos en este camino y vamos hacia la tierra, donde todos acabaremos. Que el Señor nos ilumine, nos haga entender este camino de Juan, el precursor del camino de Jesús; y el camino de Jesús, que nos enseña cómo debe ser el nuestro.

Juan Pablo II, Papa

Ángelus (29-08-2004)


Vivir el Evangelio sin glosa
Domingo 29 de agosto del 2004

1. Hoy, 29 de agosto, la tradición cristiana recuerda el martirio de san Juan Bautista, "el mayor entre los nacidos de mujer", según el elogio del Mesías mismo (cf. Lc 7, 28). Ofreció a Dios el supremo testimonio de la sangre, inmolando su existencia por la verdad y la justicia; en efecto, fue decapitado por orden de Herodes, al que había osado decir que no le era lícito tener la mujer de su hermano (cf. Mc 6, 17-29).

2. En la encíclica Veritatis splendor [1], recordando el sacrificio de san Juan Bautista (cf. n. 91), afirmé que el martirio es un "signo preclaro de la santidad de la Iglesia" (n. 93). En efecto, "es el testimonio culminante de la verdad moral" (ib.). Aunque son pocos relativamente los llamados al sacrificio supremo, existe sin embargo "un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios" (ib.). Realmente, a veces hace falta un esfuerzo heroico para no ceder, incluso en la vida diaria, ante las dificultades y las componendas, y para vivir el Evangelio sin glosa.

3. El ejemplo heroico de san Juan Bautista nos hace pensar en los mártires de la fe, que, a lo largo de los siglos, han seguido valientemente sus pasos. De modo especial, me vienen a la memoria los numerosos cristianos que durante el siglo pasado fueron víctimas del odio religioso en diversas naciones de Europa. También hoy, en algunas partes del mundo, los creyentes siguen sometidos a duras pruebas por su adhesión a Cristo y a su Iglesia.

¡Ojalá que estos hermanos y hermanas nuestros sientan la plena solidaridad de toda la comunidad eclesial! Los encomendamos a la Virgen santísima, Reina de los mártires, a la que ahora invocamos juntos.

Benedicto XVI, Papa

Audiencia General (29-08-2012)


Se le ordenó callar la verdad
Miércoles 29 de agosto del 2012

Este último miércoles del mes de agosto se celebra la memoria litúrgica del martirio de san Juan Bautista, el precursor de Jesús. En el Calendario romano es el único santo de quien se celebra tanto el nacimiento, el 24 de junio, como la muerte que tuvo lugar a través del martirio. La memoria de hoy se remonta a la dedicación de una cripta de Sebaste, en Samaría, donde, ya a mediados del siglo iv, se veneraba su cabeza. Su culto se extendió después a Jerusalén, a las Iglesias de Oriente y a Roma, con el título de Decapitación de san Juan Bautista. En el Martirologio romano se hace referencia a un segundo hallazgo de la preciosa reliquia, transportada, para la ocasión, a la iglesia de San Silvestre en Campo Marzio, en Roma.

Estas pequeñas referencias históricas nos ayudan a comprender cuán antigua y profunda es la veneración de san Juan Bautista. En los Evangelios se pone muy bien de relieve su papel respecto a Jesús. En particular, san Lucas relata su nacimiento, su vida en el desierto, su predicación; y san Marcos nos habla de su dramática muerte en el Evangelio de hoy. Juan Bautista comienza su predicación bajo el emperador Tiberio, en los años 27-28 d.C., y a la gente que se reúne para escucharlo la invita abiertamente a preparar el camino para acoger al Señor, a enderezar los caminos desviados de la propia vida a través de una conversión radical del corazón (cf. Lc 3, 4). Pero el Bautista no se limita a predicar la penitencia, la conversión, sino que, reconociendo a Jesús como «el Cordero de Dios» que vino a quitar el pecado del mundo (Jn 1, 29), tiene la profunda humildad de mostrar en Jesús al verdadero Enviado de Dios, poniéndose a un lado para que Cristo pueda crecer, ser escuchado y seguido. Como último acto, el Bautista testimonia con la sangre su fidelidad a los mandamientos de Dios, sin ceder o retroceder, cumpliendo su misión hasta las últimas consecuencias. San Beda, monje del siglo IX, en sus Homilías dice así: «San Juan dio su vida por Cristo, aunque no se le ordenó negar a Jesucristo; sólo se le ordenó callar la verdad» (cf. Hom. 23: CCL122, 354). Así, al no callar la verdad, murió por Cristo, que es la Verdad. Precisamente por el amor a la verdad no admitió componendas y no tuvo miedo de dirigir palabras fuertes a quien había perdido el camino de Dios.

Vemos esta gran figura, esta fuerza en la pasión, en la resistencia contra los poderosos. Preguntamos: ¿de dónde nace esta vida, esta interioridad tan fuerte, tan recta, tan coherente, entregada de modo tan total por Dios y para preparar el camino a Jesús? La respuesta es sencilla: de la relación con Dios, de la oración, que es el hilo conductor de toda su existencia. Juan es el don divino durante largo tiempo invocado por sus padres, Zacarías e Isabel (cf. Lc 1, 13); un don grande, humanamente inesperado, porque ambos eran de edad avanzada e Isabel era estéril (cf. Lc 1, 7); pero nada es imposible para Dios (cf. Lc 1, 36). El anuncio de este nacimiento se produce precisamente en el lugar de la oración, en el templo de Jerusalén; más aún, se produce cuando a Zacarías le toca el gran privilegio de entrar en el lugar más sagrado del templo para hacer la ofrenda del incienso al Señor (cf. Lc 1, 8-20). También el nacimiento del Bautista está marcado por la oración: el canto de alegría, de alabanza y de acción de gracias que Zacarías eleva al Señor y que rezamos cada mañana en Laudes, el «Benedictus», exalta la acción de Dios en la historia e indica proféticamente la misión de su hijo Juan: preceder al Hijo de Dios hecho carne para prepararle los caminos (cf. Lc 1, 67-79). Toda la vida del Precursor de Jesús está alimentada por la relación con Dios, en especial el período transcurrido en regiones desiertas (cf. Lc 1, 80); las regiones desiertas que son lugar de tentación, pero también lugar donde el hombre siente su propia pobreza porque se ve privado de apoyos y seguridades materiales, y comprende que el único punto de referencia firme es Dios mismo. Pero Juan Bautista no es sólo hombre de oración, de contacto permanente con Dios, sino también una guía en esta relación. El evangelista san Lucas, al referir la oración que Jesús enseña a los discípulos, el «Padrenuestro», señala que los discípulos formulan la petición con estas palabras: «Señor enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos» (cf. Lc 11, 1).

Queridos hermanos y hermanas, celebrar el martirio de san Juan Bautista nos recuerda también a nosotros, cristianos de nuestro tiempo, que el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad, no admite componendas. La Verdad es Verdad, no hay componendas. La vida cristiana exige, por decirlo así, el «martirio» de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, la valentía de dejar que Cristo crezca en nosotros, que sea Cristo quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones. Pero esto sólo puede tener lugar en nuestra vida si es sólida la relación con Dios. La oración no es tiempo perdido, no es robar espacio a las actividades, incluso a las actividades apostólicas, sino que es exactamente lo contrario: sólo si somos capaces de tener una vida de oración fiel, constante, confiada, será Dios mismo quien nos dará la capacidad y la fuerza para vivir de un modo feliz y sereno, para superar las dificultades y dar testimonio de él con valentía. Que san Juan Bautista interceda por nosotros, a fin de que sepamos conservar siempre el primado de Dios en nuestra vida. Gracias.

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