Natividad de la Bienaventurada Virgen María (8 de septiembre) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Miq 5, 1-4a: El tiempo en que la madre de a luz
- 1ª Lectura: Rm 8, 28-30: A los que habla escogido, Dios los predestinó
- Salmo: Sal 12, 6ab. 6cd: Desbordo de gozo con el Señor
+ Evangelio: Mt 1, 1-16. 18-23: La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Andrés de Creta

Sermones: Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado


Sermón 1: PG 97, 806-810

Cristo es el fin de la ley: él nos hace pasar de la esclavitud de esta ley a la libertad del espíritu. La ley tendía hacia él como a su complemento; y él, como supremo legislador, da cumplimiento a su misión, transformando en espíritu la letra de la ley. De este modo, hacía que todas las cosas lo tuviesen a él por cabeza. La gracia es la que da vida a la ley y, por esto, es superior a la misma, y de la unión de ambas resulta un conjunto armonioso, conjunto que no hemos de considerar como una mezcla, en la cual alguno de los dos elementos citados pierda sus características propias, sino como una transmutación divina, según la cual todo lo que había de esclavitud en la ley se cambia en suavidad y libertad, de modo que, como dice el Apóstol, no vivamos ya esclavizados por lo elemental del mundo, ni sujetos al yugo y a la esclavitud de la ley.

Éste es el compendio de todos los beneficios que Cristo nos ha hecho; ésta es la revelación del designio amoroso de Dios: su anonadamiento, su encarnación y la consiguiente divinización del hombre. Convenía, pues, que esta fulgurante y sorprendente venida de Dios a los hombres fuera precedida de algún hecho que nos preparara a recibir con gozo el gran don de la salvación. Y éste es el significado de la fiesta que hoy celebramos, ya que el nacimiento de la Madre de Dios es el exordio de todo este cúmulo de bienes, exordio que hallará su término y complemento en la unión del Verbo con la carne que le estaba destinada. El día de hoy nació la Virgen; es luego amamantada y se va desarrollando; y es preparada para ser la Madre de Dios, rey de todos los siglos.

Un doble beneficio nos aporta este hecho: nos conduce a la verdad y nos libera de una manera de vivir sujeta a la esclavitud de la letra de la ley. ¿De qué modo tiene lugar esto? Por el hecho de que la sombra se retira ante la llegada de la luz, y la gracia sustituye a la letra de la ley por la libertad del espíritu. Precisamente la solemnidad de hoy representa el tránsito de un régimen al otro en cuanto que convierte en realidad lo que no era más que símbolo y figura, sustituyendo lo antiguo por lo nuevo.

Que toda la creación, pues, rebose de contento y contribuya a su modo a la alegría propia de este día. Cielo y tierra se unen en esta celebración, y que la festeje con gozo todo lo que hay en el mundo y por encima del mundo. Hoy, en efecto, ha sido construido el santuario creado del Creador de todas las cosas, y la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en sí al supremo Hacedor.

Francisco, Papa

Homilía (08-09-2015)


Misas Matutinas en Santa Marta
Martes 08 de septiembre del 2015

«En lo poco está todo».

Es el estilo de Dios que actúa en las cosas pequeñas pero que nos abre grandes horizontes.

En la oración colecta pronunciada poco antes —en la que se pide al Señor «la gracia de la unidad y de la paz»— podemos dirigir la atención a dos verbos: reconciliar y pacificar. Dios, dijo, «reconcilia: reconcilia al mundo consigo y en Cristo». Jesús, ofrecido a nosotros por María, pacifica, «da la paz a dos pueblos, y de dos pueblos hace uno: de los hebreos y de los gentiles. Un solo pueblo. Construye la paz. La paz en los corazones». Pero, ¿cómo reconcilia Dios?. ¿Cuál es su «estilo»? ¿Quizá él «forma una gran asamblea? ¿Se ponen todos de acuerdo? ¿Firman un documento?». No, Dios pacifica con una modalidad especial: reconcilia y pacifica en las cosas pequeñas y en el camino.

En la primera lectura (Miqueas 5, 1-4) se habla de los «pequeños»: «Y tú, Belén Efratá, pequeña...». Así de pequeña: pero serás grande, porque de ti nacerá tu guía y Él será la paz. Él mismo será la paz, porque de ese «pequeño», viene la paz. Este es el estilo de Dios, que elige las cosas pequeñas, las cosas humildes para hacer las grandes obras. El Señor, es el Grande y nosotros somos los pequeños, pero el Señor nos aconseja hacernos pequeños como los niños para poder entrar en el Reino de los cielos, donde los grandes, los potentes, los soberbios, los orgullosos no podrán entrar. Dios, por lo tanto, reconcilia y pacifica en lo pequeño.

Además el Señor reconcilia también en el camino: caminando. El Señor no quiso pacificar y reconciliar con la varita mágica: hoy —¡zaz!— ¡todo ya hecho! No. Se puso a caminar con su pueblo. Un ejemplo de esta acción de Dios se encuentra en el Evangelio del día (Mt 1, 1-16.18-23). Un pasaje, el de la genealogía de Jesús, que puede parecer un poco repetitivo: «Este engendró a aquel, este otro al de más allá, este a este otro... Es una lista». Sin embargo, es el camino de Dios: el camino de Dios entre los hombres, buenos y malos, porque en esta lista están los santos y están los criminales pecadores. Una lista, por lo tanto, donde se encuentra también mucho pecado. Sin embargo, Dios no se asusta: camina. Camina con su pueblo. Y en este camino hace crecer la esperanza de su pueblo, la esperanza en el Mesías. Es esta la cercanía de Dios. Lo había dicho Moisés a los suyos: «Pero pensad: ¿Qué nación tiene un Dios así de cercano a vosotros?». He aquí, entonces, que este caminar en lo pequeño, con su pueblo, este caminar con buenos y malos nos da nuestro estilo de vida. Para caminar como cristianos, para pacificar y reconciliar como hizo Jesús, tenemos el camino: Con las bienaventuranzas y con aquel protocolo a partir del cual todos seremos juzgados. Mateo 25: «Haced así: cosas pequeñas». Esto significa «en lo pequeño y en el camino».

Podemos también añadir otro elemento importante. El pueblo de Israel, dijo, soñaba la liberación, tenía este sueño porque le había sido prometido. También José sueña y su sueño es un poco como el resumen del sueño de toda la historia del camino de Dios con su pueblo. Pero, no sólo José tiene sueños: Dios sueña. Nuestro Padre Dios tiene sueños, y sueña cosas bellas para su pueblo, para cada uno de nosotros, porque es Padre; y siendo Padre, piensa y sueña lo mejor para sus hijos.

En conclusión: Este Dios omnipotente y grande, nos enseña a realizar la gran obra de la pacificación y de la reconciliación en lo pequeño, en el camino, en no perder la esperanza con esa capacidad de realizar «grandes sueños», de tener «grandes horizontes»

Por ello, os invitó a todos —en esta conmemoración del inicio de una etapa determinante de la historia de la salvación, el nacimiento de la Virgen— a pedir la gracia que habíamos pedido en la oración, de la unidad, es decir, de la reconciliación y de la paz. Pero siempre en camino, cercano a los demás y con grandes sueños. Con el estilo de «lo pequeño», ese pequeño, que se encuentra en la celebración eucarística: un pequeño trozo de pan, un poco de vino.... En este «pequeño» está todo. Está el sueño de Dios, está su amor, está su paz, está su reconciliación, está Jesús.

Juan Pablo II, Papa

Homilía (08-09-1980)


Visita Pastoral a Frascati
Lunes 08 de septiembre del 1980

Queridísimos hermanos y hermanas:

2. [...] Estamos reunidos para proclamar el alegre mensaje de la esperanza cristiana porque —como hemos escuchado en la liturgia— celebramos hoy "con alegría el nacimiento de María, la Virgen: de Ella salió el Sol de Justicia, Cristo, nuestro Dios".

Esta festividad mariana es toda ella una invitación a la alegría, precisamente porque con el nacimiento de María Santísima Dios daba al mundo como la garantía concreta de que la salvación era ya inminente: la humanidad que, desde milenios, en forma más o menos consciente, había esperado algo o alguien que la pudiese liberar del dolor, del mal, de la angustia, de la desesperación, y que dentro del Pueblo elegido había encontrado, especialmente en los Profetas, a los portavoces de la Palabra de Dios, confortante y consoladora, podía mirar finalmente, conmovida y emocionada, a María "Niña", que era el punto de convergencia y de llegada de un conjunto de promesas divinas, que resonaban misteriosamente en el corazón mismo de la historia.

Precisamente esta Niña, todavía pequeña y frágil, es la "Mujer" del primer anuncio de la redención futura, contrapuesta por Dios a la serpiente tentadora: "Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer y entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza, y tú le morderás a él el calcañal" (Gén 3, 15).

Precisamente esta Niña es la "Virgen" que "concebirá y parirá un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que quiere decir 'Dios con nosotros'" (cf. Is 7, 14; Mt 1, 23). Precisomente esta Niña es la "Madre" que parirá en Belén "a aquel que señoreará en Israel" (cf. Miq 5, 1 s.).

La liturgia de hoy aplica a María recién nacida el pasaje de la Carta a los Romanos, en el que San Pablo describe el designio misericordioso de Dios en relación con los elegidos: María es predestinada por la Trinidad a una misión altísima; es llamada; es santificada; es glorificada.

Dios la ha predestinado a estar íntimamente asociada a la vida y a la obra de su Hijo unigénito. Por esto la ha santificado, de manera admirable y singular, desde el primer momento de su concepción, haciéndola "llena de gracia" (cf. Lc 1, 28); la ha hecho conforme con la imagen de su Hijo: una conformidad que, podemos decir, fue única, porque María fue la primera y la más perfecta discípulo del Hijo.

El designio de Dios en María culminó después en esa glorificación, que hizo a su cuerpo motal conforme con el cuerpo glorioso de Jesús resucitado; la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo representa como la última etapa de la trayectoria de esta Criatura, en la que el Padre celestial ha manifestado, de manera exaltante, su divina complacencia.

Por tanto, toda la Iglesia no puede menos de alegrarse hoy al celebrar la Natividad de María Santísima, que —como afirma con acentos conmovedores San Juan Damasceno— es esa "puerta virginal y divina, por la cual y a través de la cual Dios, que está por encima de todas las cosas, hizo su entrada en la tierra corporalmente... Hoy brotó un vástago del tronco de Jesé, del que nacerá al mundo una Flor sustancialmente unida a la divinidad. Hoy, en la tierra, de la naturaleza terrena, Aquel que en un tiempo separó el firmamento de las aguas y lo elevó a lo alto, ha creado un cielo, y este cielo es con mucho divinamente más espléndido que el primero" (Homilía sobre la Natividad de María: PG 96, 661 s.).

3. Contemplar a María significa mirarnos en un modelo que Dios mismo nos ha dado para nuestra elevación y para nuestra santificación.

Y María hoy nos enseña, ante todo, a conservar intacta la fe en Dios, esa fe que se nos dio en el bautismo y que debe crecer y madurar continuamente en nosotros durante las diversas etapas de nuestra vida cristiana. Comentando las palabras de San Lucas (Lc 2, 19), San Ambrosio se expresa así: "Reconozcamos en todo el pudor de la Virgen Santa, que, inmaculada en el cuerpo no menos que en las palabras,  meditaba en su corazón los temas de la fe" (Expos. Evang. sec. Lucam II, 54: CCL XIV, pág. 54). También nosotros, hermanos y hermanas queridísimos, debemos meditar continuamente en nuestro corazón "los temas de la fe", es decir, debemos estar abiertos y disponibles a la Palabra de Dios, para conseguir que nuestra vida cotidiana —a nivel personal, familiar, profesional— esté siempre en perfecta sintonía y en armoniosa coherencia con el mensaje de Jesús, con la enseñanza de la Iglesia, con los ejemplos de los Santos.

María, la Virgen-Madre, proclama hoy de nuevo ante todos nosotros el valor altísimo de la maternidad, gloria y alegría de la mujer, y además el de la virginidad cristiana, profesada y acogida "por amor del Reino de los cielos" (cf. Mt 19, 12), esto es, como un testimonio en este mundo caduco, de ese mundo final en el que los que se salvan serán "como los ángeles de Dios" (cf. Mt 22, 30).

4. La festividad de hoy nos sugiere también otro punto para nuestra reflexión, vinculado con un acontecimiento eclesial de particular importancia, que durante bastantes meses centrará la atención en la diócesis de Frascati. El próximo año celebraréis solemnemente el III centenario de la consagración de vuestra artística catedral, es decir, del templo principal, el más importante de la diócesis.

Pero el templo de piedras nos hace pensar en un Tabernáculo viviente, en el verdadero Templo santo del Altísimo, que fue María, que concibió en su seno virginal y engendró, por obra del Espíritu Santo, al Verbo encarnado. Y, según la Palabra de Dios, cada uno de los cristianos, por medio del bautismo, se convierten en templo de Dios (cf. 1 Cor 3, 16. 17; 6, 19; 2 Cor 6, 16); es una piedra viva para la construcción de un edificio espiritual (cf. 1 Pe 2, 5), esto es, debe contribuir, con su ejemplar vida cristiana, al crecimiento y a la edificación de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, Pueblo de Dios, Familia de Dios.

[...] ¡Oh Virgen naciente,

esperanza y aurora de salvación para todo el mundo, vuelve benigna tu mirada materna hacia todos nosotros, reunidos aquí para celebrar y proclamar tus glorias!

¡Oh Virgen fiel,

que siempre estuviste dispuesta y fuiste solícita para acoger, conservar y meditar la Palabra de Dios, haz que también nosotros, en medio de las dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana, tesoro precioso que nos han transmitido nuestros padres!

¡Oh Virgen potente,

que con tu pie aplastaste la cabeza de la serpiente tentadora, haz que cumplamos, día tras día, nuestras promesas bautismales, con las cuales hemos renunciado a Satanás, a sus obras y a sus seducciones, y que sepamos dar en el mundo un testimonio alegre de esperanza cristiana!

¡Oh Virgen clemente,

que abriste siempre tu corazón materno a las invocaciones de la humanidad, a veces dividida por el desamor y también, desgraciadamente, por el odio y por la guerra, haz que sepamos siempre crecer todos, según la enseñanza de tu Hijo, en la unidad y en la paz, para ser dignos hijos del único Padre celestial!

Amén.

Benedicto XVI, Papa

Homilía (07-09-2008)


Visita Pastoral a Cágliari. Celebración Eucarística en el Atrio del Santuario de Nuestra Señora de Bonaria
Domingo 07 de septiembre del 2008

Queridos hermanos y hermanas: 

El espectáculo más hermoso que un pueblo puede ofrecer es, sin duda, el de su fe. En este momento soy testigo de una conmovedora manifestación de la fe que os anima, y ante todo quiero expresaros mi admiración. Acogí de buen grado la invitación a venir a vuestra bellísima isla con ocasión del centenario de la proclamación de la Virgen de Bonaria como vuestra patrona principal.

[...] Estamos en el día del Señor, el domingo, pero, dada la circunstancia particular, la liturgia de la Palabra nos ha propuesto lecturas propias de las celebraciones dedicadas a la santísima Virgen. En concreto, se trata de los textos previstos para la fiesta de la Natividad de María, que desde hace siglos se ha fijado el 8 de septiembre, fecha en la que en Jerusalén fue consagrada la basílica construida sobre la casa de santa Ana, madre de la Virgen.

Son lecturas que contienen siempre una referencia al misterio del nacimiento. Ante todo, en la primera lectura, el estupendo oráculo del profeta Miqueas sobre Belén, en el que se anuncia el nacimiento del Mesías. El oráculo dice que será descendiente del rey David, procedente de Belén como él, pero su figura superará los límites de lo humano, pues "sus orígenes son de antigüedad", se pierden en los tiempos más lejanos, confinan con la eternidad; su grandeza llegará "hasta los últimos confines de la tierra" y así serán también los confines de la paz (cf. Mi 5, 1-4).

Para definir la venida del "Consagrado del Señor", que marcará el inicio de la liberación del pueblo, el profeta usa una expresión enigmática:  "Hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz" (Mi 5, 2). Así, la liturgia, que es escuela privilegiada de la fe, nos enseña a reconocer que el nacimiento de María está directamente relacionado con el del Mesías, Hijo de David.

El evangelio, una página del apóstol san Mateo, nos ha presentado precisamente el relato del nacimiento de Jesús. Ahora bien, antes el evangelista nos ha propuesto la lista de la genealogía, que pone al inicio de su evangelio como un prólogo. También aquí el papel de María en la historia de la salvación resalta con gran evidencia:  el ser de María es totalmente relativo a Cristo, en particular a su encarnación. "Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo" (Mt 1, 16).

Salta a la vista la discontinuidad que existe en el esquema de la genealogía:  no se lee "engendró", sino "María, de la que nació Jesús, llamado Cristo". Precisamente en esto se aprecia la belleza del plan de Dios que, respetando lo humano, lo fecunda desde dentro, haciendo brotar de la humilde Virgen de Nazaret el fruto más hermoso de su obra creadora y redentora.

El evangelista pone luego en escena la figura de san José, su drama interior, su fe robusta y su rectitud ejemplar. Tras sus pensamientos y sus deliberaciones está el amor a Dios y la firme voluntad de obedecerle. Pero ¿cómo no sentir que la turbación y, luego, la oración y la decisión de José están motivados, al mismo tiempo, por la estima y por el amor a su prometida? En el corazón de san José la belleza de Dios y la de María son inseparables; sabe que no puede haber contradicción entre ellas. Busca en Dios la respuesta y la encuentra en la luz de la Palabra y del Espíritu Santo:  "La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel", que significa "Dios con nosotros" (Mt 1, 23; cf. Is 7, 14).

Así, una vez más, podemos contemplar el lugar que ocupa María en el plan salvífico de Dios, el "plan" del que nos habla la segunda lectura, tomada de la carta a los Romanos. Aquí, el apóstol san Pablo, en dos versículos de notable densidad, expresa la síntesis de lo que es la existencia humana desde un punto de vista meta-histórico:  una parábola de salvación que parte de Dios y vuelve de nuevo a él; una parábola totalmente impulsada y gobernada por su amor.

Se trata de un plan salvífico completamente penetrado por la libertad divina, la cual, sin embargo, espera que la libertad humana dé una contribución fundamental:  la correspondencia de la criatura al amor de su Creador. Y aquí, en este espacio de la libertad humana, percibimos la presencia de la Virgen María, aunque no se la nombre explícitamente. En efecto, ella es, en Cristo, la primicia y el modelo de "los que aman a Dios" (Rm 8, 28).

En la predestinación de Jesús está inscrita  la predestinación de María, al igual que la de toda persona humana. El "Heme aquí" del Hijo encuentra un eco fiel en el "Heme aquí" de la Madre (cf. Hb 10, 7), al igual que en el "Heme aquí" de todos los hijos adoptivos en el Hijo, es decir, de todos nosotros.

[...] María es puerto, refugio y protección para el pueblo sardo, que tiene en sí la fuerza de la encina. Pasan las tempestades, pero la encina resiste; después de los incendios, brota nuevamente; sobreviene la sequía, pero la encina sale victoriosa. Así pues, renovemos con alegría nuestra consagración a una Madre tan solícita. Estoy seguro de que las generaciones de sardos seguirán subiendo hasta el santuario de Bonaria para invocar la protección de la Virgen. Nunca quedará defraudado quien se encomienda a Nuestra Señora de Bonaria, Madre misericordiosa y poderosa. ¡María, Reina de la paz y Estrella de la esperanza, intercede por nosotros! Amén.

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