Bienaventurada Virgen María de los Dolores (15 de septiembre) – Homilías

Lecturas (15 de Septiembre, Nuestra Señora de los Dolores)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Heb 5, 7-9 : Aprendió a obedecer y se convirtió en la causa de nuestra salvación eterna.
-Salmo: 30 : R. Sálvame, Señor, por tu misericordia.
-Secuencia (ad libitum) : La Madre piadosa estaba… (Stabat Mater Dolorosa).
+Evangelio: Jn 19, 25-27 : Triste contemplaba y dolorosa miraba del Hijo amado la pena.
o bien: Lc 2, 33-35 : A ti una espada te traspasará el alma.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Bernardo, abad

Sermón: María es mártir en su alma

Sermón en el Domingo infraoctava de la Asunción, 14-15: Opera Omnia, edición cisterciense, 5 (1968), (273-274). Liturgia de las Horas 15 de Septiembre

La madre estaba junto a la cruz (cf. Jn 19,25).

El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por la misma historia de la pasión del Señor. Éste —dice el santo anciano, refiriéndose al niño Jesús— está puesto como una bandera discutida; y a ti —añade, dirigiéndose a María— una espada te traspasará el alma.

En verdad, Madre santa, una espada traspasó tu alma. Por lo demás, esta espada no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, después que aquel Jesús —que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo— hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar. Por tanto, la punzada del dolor atravesó tu alma, y, por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir, ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal.

¿Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: Mujer, ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se parte con sólo recordarlas?

No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde haber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de sus humildes servidores.

Pero quizá alguien dirá: “¿Es que María no sabía que su Hijo había de morir?” Sí, y con toda certeza. “¿Es que no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco tiempo?,” Sí, y con toda seguridad. “¿Y, a pesar de ello, sufría por el Crucificado?” Sí, y con toda vehemencia. Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de dónde te viene esta sabiduría, que te extrañas más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? Éste murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor superior al que pueda tener cualquier otro hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que, después de aquél, no tiene semejante.

San Buenaventura, doctor de la Iglesia

Conferencia: Animada por el amor y la compasión.

Los siete dones del Espíritu Santo, conferencia VI, 15-21.

«He aquí a tu madre» (Jn 19,27).

La gloriosa Virgen ha pagado nuestro rescate como mujer valiente y animada por un amor de compasión hacia Cristo. En el evangelio de Juan se dice: “La mujer, cuando está apunto de dar a luz está triste porque ve venir su hora….” (Jn 16,21) La buenaventura Virgen no ha experimentado los dolores de parto porque no había concebido a consecuencia del pecado como Eva, contra la que fue pronunciada la maldición. El dolor de la Virgen vino después, ha dado a luz en la cruz. Las otras mujeres conocen el dolor físico del alumbramiento, ella experimentó el del corazón. Las otras sufren por una alteración física, ella por la compasión y el amor.

La bienaventurada Virgen ha pagado nuestro rescate como mujer valiente y amando con amor de misericordia por el mundo y, sobre todo, por el pueblo cristiano. “¿Puede una madre olvidarse de su pequeño y no tener entrañas para el fruto de su seno? (cf Is 49,14) Esto nos puede dar a entender que el pueblo cristiano todo entero ha salido de las entrañas de la gloriosa Virgen. ¡Qué Madre tan llena de amor que tenemos! ¡Hagámonos semejantes a ella e imitémosla en su amor! Ella tuvo compasión de nosotros hasta el punto de no considerar para nada la pérdida material y el sufrimiento físico. “Hemos sido rescatados pagando un precio.” (cf 1Cor 6,20).

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia

Homilía: Nueva Eva.

Homilía sobre el cementerio y la cruz, 2 : PG 49, 396 (Liturgia de las Horas, Memoria de Santa María Virgen).

«Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre.» (Jn 19,25).

¿Te das cuenta, qué victoria tan admirable? ¿Te das cuenta de cuán esclarecidas son las obras de la cruz? ¿Puedo decirte algo más maravilloso todavía? Entérate cómo ha sido conseguida esta victoria, y te admirarás más aún. Pues Cristo venció al diablo valiéndose de aquello mismo con que el diablo había vencido antes, y lo derrotó con las mismas armas que él había antes utilizado. Escucha de qué modo. Una virgen, un madero y la muerte fueron el signo de nuestra derrota. Eva era virgen, porque aún no había conocido varón; el madero era un árbol; la muerte, el castigo de Adán. Mas he aquí que, de nuevo, una Virgen, un madero y la muerte, antes signo de derrota, se convierten ahora en signo de victoria. En lugar de Eva está María; en lugar del árbol de la ciencia del bien y del mal, el árbol de la cruz; en lugar de la muerte de Adán, la muerte de Cristo.

¿Te das cuenta de cómo el diablo es vencido en aquello mismo en que antes había triunfado? En un árbol el diablo hizo caer a Adán; en un árbol derrotó Cristo al diablo. Aquel árbol hacía descender a la región de los muertos; éste, en cambio, hace volver de este lugar a los que a él habían descendido. Otro árbol ocultó la desnudez del hombre, después de su caída; éste, en cambio, mostró a todos, elevado en alto, al vencedor, también desnudo. […]

Éstos son los admirables beneficios de la cruz en favor nuestro: la cruz es el trofeo erigido contra los demonios, la espada contra el pecado, la espada con la que Cristo atravesó a la serpiente; la cruz es la voluntad del Padre, la gloria de su Hijo único, el júbilo del Espíritu Santo, el ornato de los ángeles, la seguridad de la Iglesia, el motivo de gloriarse de Pablo (Ga 6,14), la protección de los santos, luz de todo el orbe.

San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia

Comentario: Dios en busca del hombre extraviado

Sobre el evangelio de san Lucas, 7, 207.

«Para caída y elevación de muchos» (cf. Lc 2,34).

Puesto que la debilidad de los hombres no sabe mantener un camino firme en este mundo resbaladizo, el buen médico de enseña los remedios contra el extravío, y el juez misericordioso de ninguna manera rechaza la esperanza del perdón. Es por este motivo que san Lucas ha propuesto las tres parábolas siguientes: la oveja que se había extraviado y que fue hallada, la moneda de plata que se había perdido y se encontró, el hijo que se daba por muerto y recobró la vida. Todo ellos es para que este triple remedio nos impulse a curar nuestras heridas… La oveja cansada es devuelta al redil por el pastor; la moneda extraviada es hallada; el hijo pisa de nuevo el camino y regresa a su padre arrepentido de su extravío…

Alegrémonos, pues, de que esta oveja que se extravió en Adán, sea levantada por Cristo. Las espaldas de Cristo son los brazos de la cruz; Las espaldas de Cristo son los brazos de la cruz; Las espaldas de Cristo son los brazos de la cruz; es en ella donde he dejado mis pecados, es sobre esta horca que he encontrado mi descanso. Esta oveja es única en su naturaleza, pero no en sus personas, porque nosotros todos formamos un solo cuerpo, pero somos muchos miembros. Por esto está escrito: “Sois el cuerpo de Cristo y miembros de sus miembros” (1Co 2,27). “El Hijo del hombre ha venido para salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10), es decir, a todos los hombres puesto que “si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida” (1Co 15,22)…

Tampoco es sin relevancia que esta mujer se alegre de haber encontrado la moneda: pues no es poca cosa que en esta moneda figure el rostro de un príncipe. De la misma manera el rostro del Rey es el bien de la Iglesia. Nosotros somos ovejas: pidamos las praderas: Somos la moneda: conservemos nuestro valor. Somos los hijos: corramos hacia el Padre.

Beato Guerrico de Igny, abad cisterciense

Sermón: María, Madre de los que viven.

Sermón 1º para el día de la Asunción : PL 185A, 187.

«Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27).

María ha engendrado un hijo; y tal como es el Hijo único del Padre de los cielos, es el hijo único de su madre en la tierra… Sin embargo, esta sola virgen madre, que ha tenido la gloria de dar a luz al Hijo único de Dios, abraza a este mismo Hijo en todos los miembros de su Cuerpo y no se avergüenza de ser llamada la madre de todos aquellos en quienes ella reconoce a Cristo ya formado o a punto de serlo. Eva, que antaño legó a sus hijos la condena a muerte incluso antes que nacieran, ha sido llamada «la madre de los vivientes» (Gn 3,20)… Pero puesto que no realizó el sentido de su nombre, es María la que realiza el misterio. Como la Iglesia, de la cual ella es símbolo, es la madre de todos los que renacen a la vida. Es, verdaderamente, la madre de la Vida que da vida a todos los hombres; y engendrándola, en alguna manera, regenera a todos los que van a vivir de ella…

Esta bienaventurada madre de Cristo, que se sabe madre de los cristianos en razón de su misterio, muestra ser también su madre por su solicitud para con ellos y por el afecto que les demuestra. No es dura para con ellos como si no fueran suyos. Sus entrañas, fecundadas una sola vez pero no agotadas, no dejan de dar a luz al fruto de la bondad. «El fruto bendito de tu vientre» (Lc 1,42), dulce madre, te ha llenado de una bondad inagotable: nacido de ti una sola vez, permanece en ti para siempre.

Sermón: Nunca abandonó a su Hijo.

Sermón 4º para el día de la Asunción.

«Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,27).

Cuando Jesús se puso a recorrer pueblos y ciudades para anunciar la Buena Nueva (Mt 9,35), María le acompañó, inseparablemente unida a sus pasos, pendiente de sus labios desde que abría la boca para enseñar. Hasta tal punto que ni la tempestad de la persecución ni el horror del suplicio no consiguieron que dejara de acompañar a su Hijo, ni la enseñanza de su Maestro. «Junto a la cruz de Jesús, estaba María, su madre». Verdaderamente es madre la que no abandonó a su hijo ni tan sólo en los terrores de la muerte. ¿Cómo podía horrorizarse por la muerte, ella cuyo «amor era fuerte como la muerte» (Ct 8,6) e incluso más fuerte que la muerte? Sí, se mantenía de pie junto a la cruz de Jesús y el dolor de esta cruz le crucificaba su corazón; todas las llagas que veía herían al cuerpo de su Hijo eran otras tantas espadas que le laceraban su alma (Lc 2,35). Es justo pues, que allí fuera proclamada Madre y que un protector bien escogido fuera designado para cuidar de ella, porque es ahí, sobre todo, que se manifiesta el amor perfecto de la madre con respecto al Hijo y la verdadera humanidad que el Hijo había recibido de su madre…

Jesús «habiéndola amado, la amó hasta el fin» (Jn 13,1). No tan solo ha sido para ella el fin de su vida sino sus últimas palabras: por así decir, acabando de dictar su testamento, Jesús confió el cuidado de su madre a su más querido heredero… Pedro, por su parte, recibió la Iglesia, y Juan, a María. Esta parte le era concedida a Juan como un signo del amor privilegiado del que fue objeto, pero también a causa de su castidad… Porque convenía que nadie más sino el discípulo amado de su Hijo, prestara este servicio a la madre del Señor… Y por esta disposición providencial, el futuro evangelista pudo conversar familiarmente de todo con aquella que lo sabía todo, ella que, desde el principio, había observado atentamente todo lo referente a su Hijo, y que «conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2,19).

Ruperto de Deutz, monje benedictino

Comentario: Ahora sufre los dolores de parto.

Comentario al evangelio de Juan, 13 : PL 169, 789.

«Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27).

«Mujer, ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre». ¿Con qué derecho el discípulo que Jesús amaba es el hijo de la madre del Señor? ¿Con qué derecho ésta es su madre? Es porque ella había dado a luz, entonces sin dolor, al que es la causa de la salvación de todos cuando de su carne nació el Dios hecho hombre. Ahora es con gran dolor que ella da a luz estando de pié junto a la cruz.

A la hora de su Pasión, el mismo Señor había, justamente, comparado a los apóstoles con una mujer que da a luz, diciendo: «La mujer cuando va a dar a luz está triste porque le ha llegado su hora. Pero cuando el niño ya ha nacido se olvida de sus angustias pasadas, porque en el mundo ha nacido un ser humano» (Jn 16,21). ¿Cuánto más un hijo como él ha podido comparar una tal madre, esta madre que se encuentra de píe junto a la cruz, a una mujer que da a luz? ¿Qué digo, comparar? Ella es verdaderamente mujer, y verdaderamente madre y, en esta hora sufre auténticos dolores de parto. Ella no experimentó los dolores de parto cuando dio a luz a su hijo tal como las demás mujeres; es ahora que ella sufre, que es crucificada, que experimenta la tristeza como la que da a luz porque ha llegado su hora (cf Jn 13,1; 17,1)…

Cuando esta hora habrá pasado, cuando la espada de dolor habrá traspasado enteramente su alma que da a luz (Lc 2,35), entonces tampoco ella «se acordará ya más de la angustia sufrida, porque en el mundo ha nacido un ser humano» –el hombre nuevo que renueva todo el género humano y reina sin fin sobre el mundo entero, verdaderamente, más allá de todo sufrimiento, nacido inmortal, el primer nacido de entre los muertos. Sí, en la Pasión de su hijo único, la Virgen ha dado a luz la salvación para todos, por eso es en verdad la madre de todos.

San Siluan, monje ruso

Escritos: Consoladora de toda la Iglesia.

«Junto a la cruz de Jesús estaba su madre» (Jn 19,25).

Si no llegamos a la plenitud el amor de la Madre de Dios, es porque tampoco podemos comprender plenamente su dolor. Su amor era perfecto. Ella amaba inmensamente a su Dios y a su hijo, pero amaba igualmente con un gran amor a todos los hombres. Y ¿qué es lo que ella no ha soportado cuando esos hombres, a quien tanto amaba y para quienes deseaba a más no poder la salvación, han crucificado a su hijo muy amado?

No lo podemos comprender, porque nuestro amor a Dios y a los hombres es demasiado débil. De la misma manera que el amor de la Madre de Dios es sin medida y sobrepasa nuestra comprensión, así también su dolor es inmenso e impenetrable para nosotros.

Cuando el alma está penetrada del todo por el amor de Dios, entonces, todo es bueno, todo está lleno de dulzura y de gozo. Pero, incluso entonces, nadie se escapa de la aflicción, y cuando mayor es el amor, mayor también la aflicción. La Madre de Dios no tenía pecado alguno, ni por un simple pensamiento, nunca perdió la gracia. Sin embargo, ha sufrido grandes aflicciones. Cuando estaba al pie de la cruz, su pena era inmensa como el océano. El dolor de su alma era incomparablemente mayor que el de Adán cuando fue echado del paraíso, porque el amor de María era incomparablemente mayor que el de Adán. Quedó con vida gracias al Señor que la sostenía, porque él quería que viera su resurrección, y que después de la ascensión se quedara en el mundo para consolar y alegrar a los apóstoles y el nuevo pueblo cristiano.

San Romano el Melódico

Himno: Serás la primera en verme salir del sepulcro

Himno 25, María en el camino de la cruz

«Y a ti misma, una espada te traspasará el corazón» (Lc 2,35).

Oveja contemplando a su cordero que es llevado al matadero (Is 53,7), consumida de dolor; le seguía, con las demás mujeres, clamando así: «¿Adónde vas, hijo mío? ¿Por qué acabas de esta manera tu corta vida (Sal 18,6)? Todavía hay, en Caná, otras bodas, ¿es allí que tú vas ahora, tan rápidamente para hacer, de nuevo, vino del agua? ¿Te puedo acompañar, hijo mío, o es mejor que espere? Dime una palabra, Verbo, no pases delante de mí en silencio…, tú, que eres mi hijo y mi Dios…

«Tú vas hacia una muerte injusta y nadie comparte tu sufrimiento. Pedro no te acompaña ahora, él que decía: «Aunque tuviera que morir, yo jamás te negaré» (Mt 26,35). Te ha abandonado ese Tomás que exclamaba: «Muramos con él» (Jn 11,6). Y también los demás, los íntimos, ellos que han de juzgar a las doce tribus (Mt 19,28), ¿dónde están, ahora? No ha quedado ninguno; y tú, completamente solo, hijo mío, mueres por todos. Es tu salario por haber salvado a todos los hombres y haberles servido, hijo mío y Dios mío.»

Girándose hacia María, aquél que salió de ella, exclamó: «¿Por qué lloras, madre ?… Yo, ¿no sufrir? ¿no morir? ¿Cómo podría salvar a Adán? ¿Dejar de habitar el sepulcro? ¿Cómo devolvería la vida a los que permanecen en el país de los muertos? ¿Por qué lloras? Mejor que grites: ‘Él sufre voluntariamente, mi hijo y mi Dios’. Virgen sensata, no te vuelvas semejante a las insensatas (Mt 25,1s); tú estás dentro de la sala de bodas, no reacciones, pues, como si estuvieras fuera… No llores más, pues es mejor que digas: ‘Ten piedad de Adán, sé misericordioso con Eva, tú, mi hijo y mi Dios.’

«Ten la seguridad, madre, que tú serás la primera en verme salir del sepulcro. Vendré a mostrarte de qué males he rescatado a Adán, qué de sudores he derramado por él. A mis amigos les revelaré el sentido de las señales que verán en mis manos. Entonces, tú verás a Eva como en otros tiempos.

Benedicto XVI, papa

Encíclica: Madre de la esperanza

Encíclica «Spes salvi» § 50.

«Una espada atravesará tu alma» (Lc 2,35).

Santa María…, el anciano Simeón te habló de la espada que traspasaría tu corazón (cf. Lc 2,35), del signo de contradicción que tu Hijo sería en este mundo. Cuando comenzó después la actividad pública de Jesús, debiste quedarte a un lado para que pudiera crecer la nueva familia… de los que hubieran escuchado y cumplido su palabra (Lc 11,27s). No obstante toda la grandeza y la alegría de los primeros pasos de la actividad de Jesús, ya en la sinagoga de Nazaret experimentaste la verdad de aquella palabra sobre el “signo de contradicción” (cf. Lc 4,28ss). Así has visto el poder creciente de la hostilidad y el rechazo que progresivamente fue creándose en torno a Jesús hasta la hora de la cruz, en la que viste morir como un fracasado, expuesto al escarnio, entre los delincuentes…

Recibiste entonces la palabra: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26). Desde la cruz recibiste una nueva misión. A partir de la cruz te convertiste en madre de una manera nueva: madre de todos los que quieren creer en tu Hijo Jesús y seguirlo. La espada del dolor traspasó tu corazón. ¿Había muerto la esperanza? ¿Se había quedado el mundo definitivamente sin luz, la vida sin meta? Probablemente habrás escuchado de nuevo en tu interior en aquella hora la palabra del ángel, con la cual respondió a tu temor en el momento de la anunciación: “No temas, María” (Lc 1,30). ¡Cuántas veces el Señor, tu Hijo, dijo lo mismo a sus discípulos: no temáis!…

En la hora de Nazaret el ángel también te dijo: “Su reino no tendrá fin” (Lc 1,33). ¿Acaso había terminado antes de empezar? No, junto a la cruz… te convertiste en madre de los creyentes. Con esta fe… te has ido a encontrar con la mañana de Pascua. La alegría de la resurrección ha conmovido tu corazón y te ha unido de modo nuevo a los discípulos…El “reino” de Jesús era distinto de como lo habían podido imaginar los hombres. Este “reino” comenzó en aquella hora y ya nunca tendría fin. Por eso tú permaneces con los discípulos (cf Ac 1,14)como madre suya, como Madre de la esperanza.

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