Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, fiesta (29 de septiembre) – Homilías

Lecturas (29 de Septiembre, Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Dan 7, 9-10. 13-14 : Miles y miles le servían.
o bien: Ap 12, 7-12a : Miguel y sus ángeles declararon la guerra al dragón.
-Salmo: 137, 1-5 : R. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
+Evangelio: Jn 1, 47-51 : Veréis a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Gregorio Magno, papa.

Homilía: El nombre de “ángel” designa la función, no el ser.

Homilía 34, 8-9: PL 76,1250-1251.

«A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos» (Sal 91,11).

Hay que saber que el nombre de “ángel”, designa la función, no el ser del que lo lleva. En efecto, aquellos santos espíritus de la patria celestial son siempre espíritus, pero no siempre pueden ser llamados ángeles, ya que solamente lo son cuando ejercen su oficio de mensajeros. Los que transmiten mensajes de menor importancia se llaman ángeles, los que anuncian cosas de gran trascendencia se llaman arcángeles.

Por esto, a la Virgen María no le fue enviado un ángel cualquiera, sino el arcángel Gabriel, ya que un mensaje de tal trascendencia requería que fuese transmitido por un ángel de la máxima categoría.

Por la misma razón, se les atribuyen también nombres personales, que designan cuál es su actuación propia. Porque en aquella ciudad santa, allí donde la visión del Dios omnipotente da un conocimiento perfecto de todo, no son necesarios estos nombres propios para conocer a las personas, pero sí lo son para nosotros, ya que a través de estos nombres conocemos cuál es la misión específica para la cual nos son enviados. Y; así, Miguel significa: “¿Quién como Dios?”, Gabriel significa: “Fortaleza de Dios” y Rafael significa: “Medicina de Dios”.

Por esto, cuando se trata de alguna misión que requiere un poder especial, es enviado Miguel, dando a entender por su actuación y por su nombre que nadie puede hacer lo que sólo Dios puede hacer. De ahí que aquel antiguo enemigo, que por su soberbia pretendió igualarse a Dios, diciendo: Escalaré los cielos, por encima de los astros divinos levantaré mi trono, me igualaré al Altísimo, nos es mostrado luchando contra el arcángel Miguel, cuando, al fin del mundo, será desposeído de su poder y destinado al extremo suplicio, como nos lo presenta Juan: Se trabó una batalla con el arcángel Miguel.

A María le fue enviado Gabriel, cuyo nombre significa: “Fortaleza de Dios”, porque venía a anunciar a aquel que, a pesar de su apariencia humilde, había de reducir a los Principados y Potestades. Era, pues, natural que aquel que es la fortaleza de Dios anunciara la venida del que es el Señor de los ejércitos y héroe en las batallas.

Rafael significa, como dijimos: “Medicina de Dios”; este nombre le viene del hecho de haber curado a Tobías, cuando, tocándole los ojos con sus manos, lo libró de las tinieblas de su ceguera. Si, pues, había sido enviado a curar, con razón es llamado “Medicina de Dios”.

San Basilio, obispo y doctor de la Iglesia

Tratado: La santidad de los ángeles.

Tratado sobre el Espíritu Santo, c. 16.

«Delante de los ángeles tañeré para ti» (Sal 138 [137], 1).

«Los cielos han sido consolidados por la palabra del Señor y todos sus ejércitos por el aliento de sus boca » (Sal 32,6…) ¿Cómo no pensar en la Trinidad : el Señor que ordena, la Palabra que crea, el Espíritu que consolida? ¿Qué quiere decir «consolidar» sino perfeccionar en la santidad, esta palabra que designaba ciertamente, estar sólidamente establecido en el bien? Pero, sin Espíritu Santo no hay santidad, porque las fuerzas del cielo no son santas por su propia naturaleza, pues, de no ser así, no habría diferencia entre ellas y el Espíritu Santo; ellas reciben del Espíritu Santo la medida de su santidad según el lugar que ocupa cada una de ellas.

La sustancia de los ángeles es, posiblemente, un aliento –que es aire- o un fuego material. En un salmo se dice : «Tienes a los vientos por mensajeros y por servidores unas llamas de fuego» (sal 103,4). Es por esta razón que pueden estar en un lugar y, seguidamente aparecer visibles bajo un aspecto corporal a los que son dignos de ello. Pero la santidad… se les comunica por el Espíritu Santo. Y los ángeles conservan su dignidad perseverando en el bien, guardando la elección de la que han sido objetos ; y ellos escogen el no alejarse jamás del verdadero bien…

¿Cómo los ángeles podrían decir : «Gloria a Dios en las alturas» (Lc 2,4) sino es por el Espíritu Santo? En efecto «nadie puede decir: ‘Jesús es el Señor’ si no es en el Espíritu Santo; y nadie, si habla por el Espíritu de Dios, puede decir: ‘Maldito sea Jesús’» (1Co 1,16). Es eso, precisamente, lo que habrán dicho los espíritus malos, adversarios de Dios… en su libre arbitrio… ¿Podrían todos los poderes invisibles (Col 1,16) tener una vida bienaventurada si no pudieran contemplar sin cesar el rostro del Padre que está en los cielos? (Mt, 8,10) Ahora bien, esta visión no se puede tener sin el Espíritu… ¿Podrían decir los serafines: «Santo, Santo, Santo» (Is 6,3) si el Espíritu no les hubiera enseñado esta alabanza? Si todos esos ángeles y todas estas fuerzas alaban a Dios (Sal 148,2), si millares y millares de ángeles e innumerables miríadas de ministros están siempre junto a Él, es por la fuerza del Espíritu Santo que rige toda esta armonía celestial e indecible en el servicio de Dios y en un mutuo acuerdo.

Sermón: Los ángeles suben y bajan.

Sermón 11 sobre el Salmo «Quien habitará» 6,10-11.

«Veréis los ángeles subir y bajar sobre el Hijo del hombre» (Jn 1,51).

“Veréis los ángeles subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (Jn 1, 51) Los ángeles suben por él y bajan por nosotros, o mejor dicho, bajan con nosotros. Estos espíritus bienaventurados suben por la contemplación de Dios y descienden para tener cura de nosotros y para guardarnos en nuestros caminos. (Sal 91(90),11) Suben a Dios para gozar de su presencia, bajan hacia nosotros para obedecer a sus órdenes, ya que Dios les encargó de protegernos con sus cuidados. De todas formas, aunque descendiendo hacia nosotros, no están privados de la gloria de su felicidad, ya que ven, sin cesar, el rostro del Padre…

Cuando suben a la contemplación de Dios, buscan la verdad que los colma sin interrupción, y buscándola se sacian de ella constantemente. Cuando descienden ejercen hacia nosotros la misericordia ya que nos amparen en todos nuestros caminos. Porque estos espíritus bienaventurados son mensajeros de Dios que nos son enviados para nuestra ayuda. (Hb 1,14) Y en esta misión sirven, no a Dios, sino a nosotros. Imitan así la humildad del Hijo de Dios que no ha venido para ser servido sino para servir y que ha vivido entres sus discípulos como el que sirve. (Mt 20,28)…

Dios ha dado órdenes a sus ángeles, no de quitarte de tu camino, sino de guardarte en él, de conducirte por los caminos de Dios que ellos mismos siguen. ¿Cómo se hará esto? Me preguntas. Los ángeles, a buen seguro, actúan con toda pureza y por puro amor, pero tú, por lo menos, condicionado por tu ser de hombre, desciendes, condesciendes hacia tu prójimo, dando pruebas de misericordia. Luego, a imitación de los ángeles, levanta tu anhelo, y con todo el ardor de tu corazón, esfuérzate a subir hasta la verdad eterna.

San Juan Pablo II, papa

Catequesis (23-07-1986): Llamados a conocer la verdad y a amar el bien.

Audiencia general del 23/07/1986.

«Hubo un combate en el cielo : Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón» (Ap 12,7).

En la perfección de su naturaleza espiritual, los ángeles están llamados desde el principio, en virtud de su inteligencia, a conocer la verdad y a amar el bien que conocen en la verdad de modo mucho más pleno y perfecto que cuanto es posible al hombre. Este amor es el acto de una voluntad libre… que significa posibilidad de hacer una elección en favor o en contra del Bien que ellos conocen, esto es, Dios mismo. Hay que repetir aquí lo que ya hemos recordado a su debido tiempo a propósito del hombre: creando a los seres libres, Dios quiere que en el mundo se realice aquel amor verdadero que sólo es posible sobre la base de la libertad. Él quiso, pues, que la creatura, constituida a imagen y semejanza de su Creador, pudiera, de la forma más plena posible, volverse semejante a Él: Dios, que “es amor” (1 Jn 4, 16). Creando a los espíritus puros, como seres libres, Dios, en su Providencia, no podía no prever también la posibilidad del pecado de los ángeles. Pero precisamente porque la Providencia es eterna sabiduría que ama, Dios supo sacar de la historia de este pecado… el definitivo bien de todo el cosmos creado.

De hecho, como dice claramente la Revelación, el mundo de los espíritus puros se divide en buenos y malos… ¿Cómo comprender esta oposición?… Los Padres de la Iglesia y los teólogos no dudan en hablar de “ceguera”, producida por la supervaloración de la perfección del propio ser, impulsada hasta el punto de velar la supremacía de Dios que exigía, en cambio, un acto de dócil y obediente sumisión. Todo esto parece expresado de modo conciso en las palabras “¡No te serviré!” (Jer 2, 20), que manifiestan el radical e irreversible rechazo de tomar parte en la edificación del reino de Dios en el mundo creado. “Satanás”, el espíritu rebelde, quiere su propio reino, no el de Dios, y se yergue como el primer “adversario” del Creador, como opositor de la Providencia, como antagonista de la amorosa sabiduría de Dios. De la rebelión y del pecado de Satanás, como también del pecado del hombre, debemos concluir acogiendo la sabia experiencia de la Escritura, que afirma: “En el orgullo está la perdición” (Tob 4, 14).

San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia

Sermón: ¿Qué podemos decir de los ángeles?

1er sermón para la fiesta de san Miguel

«Bendecid al Señor, todos sus ángeles… servidores que cumplís sus deseos» (Sal 102,20-21).

Celebramos hoy la fiesta de los santos ángeles… Pero ¿qué podemos decir acerca de estos espíritus angélicos? Esta es nuestra fe: creemos que gozan de la presencia y de la visión de Dios, que tienen una felicidad sin fin, son propiedad del Señor “que el ojo no vio, ni oído oyó, incomprensible para el corazón del hombre “(1 Cor 2,9). ¿Qué puede decir un simple mortal de ellos, a otros hombres mortales, siendo como es, incapaz de entender tales cosas? … Si no es posible hablar de la gloria de los santos ángeles de Dios, por lo menos podemos hablar de la gracia y el amor que nos muestran, ya que no sólo tienen una dignidad incomparable, sino también una servicialidad llena de bondad…Si no podemos entender su gloria, nos centramos más en la misericordia de la que están repletos estos familiares de Dios, estos ciudadanos del cielo, los príncipes de los cielos.

El mismo apóstol Pablo, que ha contemplado con sus ojos la corte celestial y que ha conocido sus secretos (2 Cor 12,2), certifica que “todos los ángeles son espíritus encargados de un ministerio, enviados para servicio para los que van a heredar la salvación”(Hb 1,14). ¿No ves nada sorprendente, ya que el Creador, el Rey de los ángeles mismo “no vino para ser servido sino a servir y a dar su vida por la multitud de hombres”? (Mc 10,45). Entonces, ¿qué ángel se burla de este servicio, en la que aventajó al de los ángeles en el cielo con presteza y alegría?

San Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia

Obras: Todo es vano si no se sirve a Dios.

Avisos y máximas.

«Sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial» (Mt 18,10).

Se pueden entender estos pastores del alma por los mismos ángeles; porque no sólo llevan a Dios nuestros recaudos, sino también traen los de Dios a nuestras almas, apacentándolas, como buenos pastores, de dulces comunicaciones e inspiraciones de Dios, por cuyo medio Dios también las hace, y ellos nos amparan y defienden de los lobos, que son los demonios.

Porque en cuanto los ángeles me inspiran y los hombres de ti me enseñan, de ti más me enamoran, y así todos de amor más me llagan.

La luz de Dios ilumina al ángel penetrándolo de su esplendor y abrasándolo en amor, porque el ángel es puro espíritu dispuesto totalmente para esta participación divina, pero ordinariamente no esclarece al hombre más que de manera oscura, dolorosa y penosa, porque el hombre es impuro y débil…

Cuando el hombre llega a ser verdaderamente espiritual y transformado por el amor divino que le purifica, recibe la unión y la amorosa iluminación de Dios con una suavidad semejante a la de los ángeles…

Se acuerde cuán vana cosa es gozarse de otra cosa que de servir a Dios y cuán peligrosa y perniciosa; considerando cuánto daño fue para los ángeles gozarse y complacerse de su hermosura y bienes naturales, pues por esto cayeron en los abismos feos.

Congregación para el Clero

La Sagrada Escritura y la ininterrumpida Tradición de la Iglesia hacen ver dos aspectos significativos de la identidad del Ángel. Ante todo, es una criatura que “está delante de Dios”, orientada con todo su ser hacia Dios. Es sintomático que los nombres de los tres Arcángeles terminen con la palabra ‘El’: Dios está inscrito en sus nombres, en su misma identidad. Su naturaleza es la existencia en Él y para Él.

Esto nos lleva a otra dimensión de los Ángeles: son mensajeros de Dios, llevan Dios a los hombres, abren el Cielo y, de este modo, abren la tierra a la Verdad, como lo atestigua el Evangelio de hoy. Precisamente porque están delante de Dios, pueden estar también muy cerca de los hombres. Los Ángeles nos invitan a descubrir que, como ellos, nosotros recibimos continuamente nuestro ser de Dios y somos llamados a estar delante de Él: esta es nuestra común identidad y verdad. ¡Dios está inscrito en el nombre de ellos y en nuestro nombre! Mirando de cerca a los tres Arcángeles, se hace aún más luminosa su fisonomía y más preciosa su misión.

Del Arcángel San Miguel, la Escritura presenta dos tareas, dos misiones. Miguel defiende la causa de la unicidad de Dios contra la presunción del dragón, el diabólico tentativo, en cada época de la historia, de hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer para que ellos puedan llegar a ser grandes.

Pero el dragón no acusa sólo a Dios; acusa también  al hombre. Satanás es “el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de Dios día y noche” (Ap 12,10). Alejarse de Dios no hace grande al hombre, sino que, por el contrario, lo priva de su dignidad y lo hace insignificante. La fe en Dios, en cambio, defiende al hombre y lo hace libre, desvelándole, en Dios, su grandeza.

La otra gran misión de Miguel es ser protector del Pueblo de Dios (cfr Dn 10,13.21;12,1). Donde resplandece la gloria de Dios en la Santa Iglesia, allí se desencadena fuertemente la envidia del demonio. La cristiandad medieval comprendió bien esta específica misión de protección y dedicó al arcángel San Miguel espléndidas y atrevidas iglesias: basta pensar en el tríptico de abadías: S. Michele sul Gargano, la Sacra de San Miguel de Turín y la del Monte San Miguel en Francia. Son lugares sagrados que, incluso en su colocación geográfica (equidistantes 1.000 kilómetros y colocadas sobre un único eje orientado exactamente hacia Jerusalén), dan testimonio de la fe eclesial en su protección celestial sobre toda Europa. Hoy, más que nunca, es necesaria su poderosa protección.

San Gabriel es el mensajero de la Encarnación de Dios (Lc 1,26-38). Él llama a la puerta de María y, por medio suyo, Dios mismo pide a la Virgen su “sí” para llegar a ser la Madre del Redentor. El Señor está incansablemente llamando a la puerta del mundo y a la puerta de cada corazón: “Miro que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, yo vendré y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20). Llama para pedirle la libertad de abrirle. Él, entrando en nosotros y habitando entre nosotros, desea que nuestra vida tenga el respiro de Dios y la grandeza del Cielo. En la comunión con Cristo, estamos asociados también nosotros a la misión de Gabriel: llevar a los hombres la llamada de Cristo y darles la buena noticia de su presencia.

San Rafael, finalmente, es presentado en el libro de Tobías como el Ángel a quien se le confía la misión de curar. Cuando Jesús envía a sus discípulos en misión, a la tarea de anunciar el Evangelio le añade también la de sanar. Anunciar el Evangelio significa, ya por sí mismo, sanar, porque el hombre necesita sobre todo la verdad y el amor de Dios. El Arcángel San Rafael cura la comunión entre hombre y mujer. Cura su amor y les da la capacidad de acogerse mutuamente y para siempre. En segundo lugar, el libro de  Tobías habla de la curación de los ojos que están ciegos. Hoy tocamos con las manos que estamos amenazados por la ceguera para con Dios. Cuando mayor sea el peligro por lo que sabemos sobre las cosas materiales y lo que podemos hacer con ellas, más podemos hacernos ciegos para la luz de Dios. No captamos más la realidad del cielo, abierto sobre nosotros. Esto empobrece la tierra y hace triste nuestra vida. Curar esta ceguera de los corazones con el anuncio de Cristo, es la tarea sublime que, junto a Rafael, se nos ha confiado. Sólo la experiencia de la presencia regeneradora de Cristo puede hacer brillar con luz nueva nuestra mirada y abrir el Cielo, en el cual los Ángeles “suben y bajan” sirviendo y alabando la comunión entre el cielo y la tierra.

Hoy, en los santos Arcángeles, el cielo de Dios brilla luminoso y se abre nuevamente para nosotros: como defensa y protección, como alegre anuncio de su presencia y como luz que sana nuestros ojos. Agradezcamos a Dios el don de estos poderosos Amigos e invoquémosles como protectores celestiales, juntamente con Aquella que es Reina de los Ángeles, para nuestro bien y el de toda la Iglesia.

Catecismo de la Iglesia Católica

nn. 328-332.

«Los ángeles de Dios suben y bajan encima del Hijo del hombre» (Jn 1,51).

“Creo en un solo Dios…, creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles.” La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición. San Agustín dice respecto a ellos: “El nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel. Con todo su ser, los ángeles son servidores y mensajeros de Dios. Porque contemplan “constantemente el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18,10), son “agentes de sus órdenes, atentos a la voz de su palabra” (Sl 103,20). En tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales e inmortales. Superan en perfección a todas las criaturas visibles. El resplandor de su gloria da testimonio de ello.

Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles… (Mt 25,31). Le pertenecen porque fueron creados por y para él: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles: tronos, dominaciones, principados, potestades; todo fue creado por él y para él” (Col 1,16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación: “¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?” (Hb 1,14).

Desde la creación y a lo largo de toda la historia de la salvación, los encontramos, anunciando de lejos o de cerca, esa salvación y sirviendo al designio divino de su realización.

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