Natividad del Señor, 25 de Diciembre (Misa del Día) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 52, 7-10:
- Salmo: Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6:
- 2ª Lectura: Heb 1, 1-6:
+ Evangelio: Jn 1, 1-18:


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Agustín, obispo

Sermón: La fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo

Sermón 185: PL 38, 997-999.

«El Verbo se hizo carne» (Jn 1,14).

Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Por ti precisamente, Dios se ha hecho hombre.

Hubieses muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne del pecado, si él no hubiera aceptado la semejanza de la carne de pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si él no hubiera venido.

Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación y redención. Celebremos el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve y temporal. Este se convirtió para nosotros en justicia, santificación y redención: y así –como dice la Escritura–: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor.

Pues la verdad brota de la tierra: Cristo, que dijo: Yo soy la verdad, nació de una virgen. Y la justicia mira desde el cielo: puesto que, al creer en el que ha nacido, el hombre no se ha encontrado justificado por sí mismo, sino por Dios.

La verdad brota de la tierra: porque la Palabra se hizo carne. Y la justicia mira desde el cielo: porque todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba. La verdad brota de la tierra: la carne, de María. Y la justicia mira desde el cielo: porque el hombre no puede recibir nada, si no se lo dan desde el cielo.

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, porque la justicia y la paz se besan. Por medio de nuestro Señor Jesucristo, porque la verdad brota de la tierra. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. No dice: «Nuestra gloria», sino: La gloria de Dios; porque la justicia no procede de nosotros, sino que mira desde el cielo. Por tanto, el que se gloríe, que se gloríe en el Señor, y no en sí mismo.

Por eso, después que la Virgen dio a luz al Señor, el pregón de las voces angélicas fue así: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. ¿Por qué la paz en la tierra, sino porque la verdad brota de la tierra, o sea, Cristo ha nacido de la carne? Y él es nuestra paz; él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa: para que fuésemos hombres que ama el Señor, unidos suavemente con vínculos de unidad.

Alegrémonos, por tanto, con esta gracia, para que el testimonio de nuestra conciencia constituya nuestra gloria: y no nos gloriemos en nosotros mismos, sino en Dios. Por eso se ha dicho: Tú eres mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza. ¿Pues qué gracia de Dios pudo brillar más intensamente para nosotros que ésta: teniendo un Hijo unigénito, hacerlo hijo del hombre, para, a su vez, hacer al hijo del hombre hijo de Dios? Busca méritos, busca justicia, busca motivos; y a ver si encuentras algo que no sea gracia.

San León Magno, Papa

Sermón: Reconoce, cristiano, tu dignidad.

Sermón 1 en la Navidad del Señor 13: PL 54,190193.

«Hoy nos ha nacido el Salvador» (Lc 2,11).

Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro Salvador; alegrémonos. No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida; la misma que acaba con el temor de la mortalidad, y nos infunde la alegría de la eternidad prometida.

Nadie tiene por qué sentirse alejado de la participación de semejante gozo, a todos es común la razón para el júbilo: porque nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte, como no ha encontrado a nadie libre de culpa, ha venido para liberarnos a todos. Alégrese el santo, puesto que se acerca a la victoria; regocíjese el pecador, puesto que se le invita al perdón; anímese el gentil, ya que se le llama a la vida.

Pues el Hijo de Dios, al cumplirse la plenitud de los tiempos, establecidos por los inescrutables y supremos designios divinos, asumió la naturaleza del género humano para reconciliarla con su Creador, de modo que el demonio, autor de la muerte, se viera vencido por la misma naturaleza gracias a la cual había vencido.

Por eso, cuando nace el Señor, los ángeles cantan jubilosos: Gloria a Dios en el cielo, y anuncian: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Pues están viendo cómo la Jerusalén celestial se construye con gentes de todo el mundo; ¿cómo, pues, no habrá de alegrarse la humildad de los hombres con tan sublime acción de la piedad divina, cuando tanto se entusiasma la sublimidad de los ángeles?

Demos, por tanto, queridos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a él fuésemos una nueva creatura, una nueva creación.

Despojémonos, por tanto, del hombre viejo con todas sus obras y, ya que hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne.

Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios.

Gracias al sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo; no se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped, ni volver a someterte a la servidumbre del demonio: porque tu precio es la sangre de Cristo.

San Bernardo

Sermón: Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judá.

Sermón 1 de Navidad.

1. Sonó una voz de alegría en nuestra tierra, sonó una voz de gozo y de salud en los tabernáculos de los pecadores. Se ha oído una palabra buena, una palabra de consuelo, una expresión llena de suavidad, digna de todo aprecio. Elevad, montes, la voz de la alabanza y aplaudid con las manos, árboles todos de las selvas, a la presencia de Dios, porque viene. Escuchadlo, cielos, y tú, tierra, está atenta; asómbrate y prorrumpe en alabanzas del Señor, universo de las criaturas; pero tú, hombre, mucho más. Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. ¿Quién hay de corazón tan empedernido cuya alma no se derrita a esta palabra? ¿Qué cosa más dulce se podía anunciar? ¿Qué cosa más deleitable se podía decir? ¿Qué cosa igual a ésta se oyó jamás o qué cosa semejante escuchó el mundo alguna vez? Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. ¡Oh palabra breve de la palabra abreviada, pero llena de suavidad celestial! Trabaja el afecto intentando derramar en más amplios discursos la copia de esta suavísima dulzura, pero no halla palabras con que explicarlas. Tanta es la gracia de estas solas palabras, que al punto hallo menos sabor si mudo una sola letra. Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. ¡Oh nacimiento! , puro por su santidad; digno del respeto del mundo y del amor de los hombres por la grandeza del beneficio que les comunica, impenetrable a los ángeles por la profundidad del sagrado misterio que encierra; y en todo admirable por la singular excelencia de la novedad; pues ni ha tenido otro semejante ni tendrá otro que se le siga. ¡Oh parto sólo sin dolor, sólo sin pudor, sólo sin corrupción, que no abre, sino que consagra el templo del seno virginal! ¡Oh nacimiento sobre la naturaleza, pero para favorecer a la naturaleza, y que al mismo tiempo que la sobrepasa por la excelencia del milagro, la restaura por la virtud del misterio! ¿Quién podrá, hermanos míos, contar esta generación? Un ángel trae la embajada, la virtud del Altísimo cubre con su sombra, el Espíritu Santo sobreviene, cree la virgen, con la fe concibe virgen, da a luz virgen, permanece virgen; ¿quién no se admirará? Nace el Hijo del Altísimo, Dios de Dios, engendrado antes de los siglos; nace el Verbo infante, ¿quién podrá admirarse, como es razón?

2. Ni es sin utilidad el nacimiento ni infructuosa la dignación de la majestad. Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. Vosotros, que estáis abatidos entre el polvo, despertad y dad alabanzas a Dios. Ved que viene el Señor con la salud, viene con perfumes, viene con gloria; porque ni sin la salud puede venir Jesús, ni sin unción Cristo, ni sin gloria el Hijo de Dios, siendo Él salud, siendo unción, siendo gloria, según está escrito: El hijo sabio es gloria del padre. Dichosa el alma que, habiendo gustado el fruto de su salud, es traída y corre al olor de sus perfumes para llegar a ver su gloria; gloria como de quien es hijo único del Padre. Perdidos, respirad; Jesús viene a buscar y salvar lo que había perecido. Enfermos, convaleced; viene Cristo, que sana a los que tienen quebrantado el corazón, con la unción de su misericordia. Alegraos todos los que anheláis conseguir cosas grandes: el hijo de Dios desciende a vosotros para haceros coherederos de su reino: Así, así te lo pido, Señor, sáname y seré sanado; sálvame y seré salvo; glorifícame y seré glorioso. Así te bendecirá mi alma, Señor, y todo lo que haya en mi interior tu santo nombre cuando perdones todas mis iniquidades, sanes todas las enfermedades mías y llenes mi deseo colmándome de tus bienes. Como que percibo ya, amadísimos, el suave gusto de estas tres cosas cuando oigo pronunciar que nace Jesucristo. Hijo de Dios. Pues ¿por qué le llamamos Jesús, sino Él hará salvo a su pueblo de sus pecados? ¿Por qué quiso llamarse Cristo, sino porque hará que se pudra el yugo a la abundancia del aceite? ¿Por qué se hizo hombre el Hijo de Dios, sino para hacer hijos de Dios a los hombres? ¿Y quién hay que resista a su voluntad? Jesús es quien justifica, ¿quién podrá condenar? Cristo es quien sana, ¿quién podrá herir? El Hijo de Dios ensalza, ¿quién podrá humillar?

3. Nace, pues, Jesús; alégrese, cualquiera que sea, a quien la conciencia de sus pecados le sentencie a muerte eterna; porque excede la piedad de Jesús, no sólo toda la enormidad, sino todo el número de los delitos. Nace Cristo; alégrese, cualquiera que sea, el que era combatido de los antiguos vicios; porque a la presencia de la unción de Cristo no puede perseverar en modo alguno enfermedad del alma, por más envejecida que sea. Nace el Hijo de Dios; alégrese el que acostumbra desear cosas grandes, porque ha venido un dadivoso grande. Este es, hermanos míos, el heredero; recibámosle devotamente, porque de este modo será Él también nuestra herencia. Quien nos dio a su propio Hijo, ¿cómo no nos dará juntamente con Él todas las cosas? Ninguno desconfíe, ninguno dude; tenemos un testimonio sobremanera digno de fe: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Quiso el Hijo de Dios tener hermanos para ser Él el primogénito entre muchos hermanos. Y, para que en nada vacile la pusilanimidad de la humana flaqueza, primero se hizo Él hermano de los hombres, se hizo hijo del hombre, se hizo hombre. Si el hombre juzga esto increíble, los ojos mismos ya no lo permiten dudar.

4. Jesucristo nació en Belén de Judá. Advierte qué indignación tan grande; no nació en Jerusalén, ciudad real, sino en Belén, que es la más pequeña entre las principales ciudades de Judá. ¡Oh Belén!; pequeña, pero engrandecida por el Señor, te engrandeció el que de grande se hizo pequeño en ti. Alégrate, Belén, y cántese hoy por todas tus calles el festivo aleluya. ¿Qué ciudad, en oyéndolo, no te envidiará aquel preciosísimo establo y la gloria de aquel pesebre? Verdaderamente en toda la tierra es celebrado tu nombre y te llaman bienaventurada todas las generaciones. En todas partes se dicen cosas gloriosas de ti, ciudad de Dios; en todas partes se canta que un hombre nació aquí y que el Altísimo la fundó. En todas partes, vuelvo a decir, se predica, en todas partes se anuncia que Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. Ni sin causa se añade de Judá, pues esto nos trae a la memoria la promesa que se hizo a los antiguos Padres. El cetro, dice, no será quitado de Judá, ni príncipe de su posteridad, hasta que el que debe ser enviado haya venido; y él será la esperanza de las gentes. Viene, pues, la salud por los judíos, pero esta salud se dilata hasta los últimos términos de la tierra. ¡Oh Judá!, dice, tus hermanos te alabarán. Tus manos pondrán bajo del yugo la cerviz de tus enemigos, y las demás cosas que nunca leemos cumplidas en la persona de Judá, sino que las vemos verificadas en Cristo. Porque Él es el león de la tribu de Judá, de quien se añade: Un león joven es Judá; te levantaste, hijo mío, para tomar la presa. Grande apresador Cristo, pues, antes que sepa llamar al padre o a la madre, saquea los despojos de Samaria. Grande apresador Cristo, que subiendo al cielo llevó en triunfo una numerosa multitud de cautivos; ni con todo eso quitó cosa alguna, sino que antes bien distribuyó dones a los hombres. Estas, pues, y otras semejantes profecías, que se han cumplido en Cristo, como de Él se habían preanunciado, nos trae a la memoria el decirse en Belén de Judá; ni es ya necesario en manera alguna preguntar si de Belén puede salir algo bueno.

5. En lo que a nosotros toca, por esto debemos aprender de qué modo quiere ser recibido el que quiso nacer en Belén. Había acaso quien pensase que se debían buscar palacios sublimes en que fuese recibido con gloria el Rey de la gloria; pero no vino por eso de aquellas reales sillas. En su siniestra están las riquezas y la gloria; en su diestra la longitud de la vida. De todas estas cosas había eterna afluencia en el cielo, pero no se encontraba en él la pobreza. Abundaba la tierra y sobreabundaba en esta especie, aunque el hombre no conocía su precio. Deseándola, pues, el Hijo de Dios descendió del cielo para escogerla para sí y hacerla preciosa con su estimación para nosotros también. Adorna tu tálamo, Sión, pero con la pobreza, con la humildad; porque en estos paños se complace el Señor y, asegurándolo María con su testimonio, éstas son las sedas en que gusta ser envuelto. Sacrifica a tu Dios las abominaciones de los egipcios.

6. Finalmente, considera que Jesús nace en Belén de Judá, y pon cuidado en cómo podrás hacerte Belén de Judá; y ya no se desdeñará de ser recibido en ti. Belén, pues, significa casa de pan. Judá significa confesión. Conque si llenas tu alma de la palabra divina, y fielmente, aunque no sea con toda la devoción debida, pero a lo menos con cuanta puedas tener, recibes aquel pan que bajó del cielo y da la vida al mundo, esto es, el cuerpo del Señor Jesús; para que aquella nueva carne de la resurrección recree y conforte la vieja piel de tu cuerpo, a fin de que, fortalecida con esta liga, pueda contener el nuevo vino que está dentro; si, por último, vives también de la fe, y de ningún modo sea preciso gemir que te has olvidado de comer tu pan, te habrás hecho entonces Belén, digno ciertamente de recibir en ti al Señor, con tal que no falte la confesión. Sea, por tanto, Judá tu santificación, vístete de la confesión y de la hermosura, que es la estola que agrada a Cristo principalísimamente en sus ministros. En fin, ambas cosas te las recomienda el Apóstol brevemente: Con el corazón se debe creer para alcanzar la justicia, y con la boca se debe hacer la confesión para obtener la salud. El que tiene, pues, en su corazón la justicia, tiene pan en su casa; porque es pan la justicia; y bienaventurados los que han hambre y sed de la justicia, porque ellos serán hartos. Así esté en tu corazón la justicia, que viene por la fe en Jesucristo, pues sólo ésta tiene gloria delante de Dios. Esté también en la boca la confesión para obtener la salud, y de esta suerte seguro ya recibirás a aquel Señor que nace en Belén de Judá, Jesucristo, Hijo de Dios.

San Francisco de Sales, obispo

Carta: Él te ama.

Carta a la Madre de Chantal el 25-12-1613: XVI, 120-121.

«Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo» (Ga 4,4).

¡El gran Niñito de Belén sea siempre la delicia de nuestro corazón, mi queridísima Madre, mi hija!

¡Qué precioso el pobrecito recién nacido! Me parece ver a Salomón sentado en su gran trono de marfil, dorado y labrado, que no tenía igual en todo el reino, como dice la Escritura. Y el rey no tenía comparación con ningún otro en gloria y magnificencia. Pero cien veces prefiero contemplar a nuestro querido Niño en el pesebre, que ver a todos los reyes en sus tronos.

Al mirarlo sobre las rodillas de su Madre, o entre sus brazos, con su boquita como un botón de rosa, pegada a los lirios de los santos pechos maternos, ¡oh!, lo encuentro con mayor magnificencia en ese trono, que Salomón en el suyo de marfil…

El gran San José comparte con nosotros su consolación; la Madre soberana nos hace partícipes de su amor y el Niño quiere derramar, para siempre, sus méritos en nuestro corazón.

Os ruego, hija, que reposéis lo más dulcemente posible junto al Infantito celestial. Él siempre seguirá amando vuestro corazón tal como es, aunque no tenga ternura ni delicadezas. ¿No veis cómo recibe el aliento de la mula y el buey, que no tienen sentimientos ni afectos? ¿Cómo no va a recibir las aspiraciones de vuestro pobre corazón, el cual, aunque sin ternura, se pone a sus pies para ser, por siempre, servidor inviolable de su Corazón y del de su santa Madre y del jefe de la familia del pequeño Rey?

Mi querídisima Madre, esto es cierto, tengo una luz muy particular que me hace ver que la unión de nuestros corazones es obra de ese gran “Unidor” y por tanto quiero, desde ahora, no sólo sentir dilección por esta unión, sino amarla y honrarla como sagrada.

Que la alegría y la consolación del Hijo y de la Madre sean por siempre el gozo de nuestras almas.

Orígenes, presbítero

Sobre los Principios (De Principiis).

Lib 2, cap 6,1-2: sobre la encarnación de Cristo: PG 16, 209-211.

Con el mayor temor y reverencia hemos de contemplar el misterio de Cristo.

Si tenemos en cuenta lo que la Escritura santa nos refiere de su majestad y no perdemos de vista que Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, y que por medio de él fueron creadas todas las cosas: visibles e invisibles; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él, que es la cabeza de todos, comprobamos la imposibilidad de poner por escrito el misterio de la gloria del Salvador.

Si, pues, consideramos tantas y tales cosas como se han dicho sobre la naturaleza del Hijo de Dios, nos llenará de asombro y de estupor el que una naturaleza tan por encima de todo lo creado, desde la altura de su majestad, se haya rebajado hasta el anonadamiento, haciéndose hombre y viviendo entre los hombres.

Él mismo, antes de hacerse visible en un cuerpo mortal, envió a los profetas en calidad de precursores y mensajeros de su venida. Y después de su ascensión a los cielos, mandó a los santos apóstoles, investidos con los poderes de su divinidad –hombres imperitos e indoctos, escogidos de entre los publicanos y los pescadores– a recorrer toda la tierra, para que, de toda raza y de la universalidad de los pueblos, le congregasen un pueblo santo que creyera en él.

Mas, entre todos los milagros y prodigios que de él conocemos, hay uno que excede muy particularmente toda capacidad de admiración de la inteligencia humana: la fragilidad de la inteligencia mortal no llega a comprender ni siquiera a intuir que tan inmenso poder de la divina majestad, el mismo Verbo del Padre y la propia Sabiduría de Dios, por medio de la cual fueron creadas todas las cosas: visibles e invisibles, hayamos de creer que estaba circunscrita dentro de los límites de aquel hombre que apareció en Judea. Más aún, esa fe nos invita a aceptar que la Sabiduría de Dios penetró en el seno de una mujer, que nació hecho niño, que prorrumpió en vagidos como cualquier otro niño que llora. Y por fin, lo que se nos cuenta de él que se turbó en presencia de la muerte, como el mismo Jesús confesó diciendo: Me muero de tristeza; y para colmo, que fue conducido a una muerte, considerada por los hombres como la más ignominiosa, aunque resucitase al tercer día.

Ahora bien: cuando observamos en él rasgos tan profundamente humanos, que en nada parece diferenciarse del común de los mortales y, por el contrario, otros tan típicamente divinos que no riman con ningún otro sino con aquella primera e inefable naturaleza de la deidad, la inteligencia humana se angustia y, presa de inmenso estupor, no sabe a qué atenerse, a qué ha de aferrarse, qué dirección tomar. Si lo siente Dios, lo ve mortal; si lo considera hombre, lo ve volver de entre los muertos cargado de botín, después de haber destruido el dominio de la muerte. Por lo cual, hemos de contemplarlo con el mayor temor y reverencia.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo I: Adviento-Navidad, Fundación Gratis Date.

La Liturgia nos lleva hoy a Belén, junto al pesebre, donde reposa el divino Rey, recién nacido. Dejémonos llevar por ella. Una vez ante el divino Niño, postrémonos en actitud de adoración y recitemos el símbolo de la fe y el prólogo del Evangelio según San Juan: «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, Engendrado no creado, de la misma sustancia que el Padre… Descendió de los cielos, por nosotros los hombres y por nuestra salvación. Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de santa María Virgen…»

Isaías 52,7-10: Los confines de la tierra verán la victoria de nuestro Dios. Ha cumplido Dios su palabra de consolación. Nos ha redimido, dejándose ver y amar en medio de nosotros. Cristo es la realidad suprema del acercamiento pedagógico de Dios a nosotros. Cristo es el Mensajero que viene a anunciar la Buena Nueva: el Evangelio, de la paz y de la salvación.

Cristo colma la expectativa de la Historia y de todo hombre. Se pone a la cabeza de un pueblo nuevo que con Él camina más aprisa hacia Dios. El hombre adquiere una nueva conciencia de sí mismo, adquiere el sentido verdadero de la propia dignidad y la posibilidad de crecer hacia el más allá, hacia la salvación definitiva.

En el Misterio de la Encarnación se nos da Dios mismo con todo lo que Él es y con todo cuanto posee. Él sabe muy bien que ninguna otra cosa puede saciarnos más que Él mismo. Es, pues, legítima nuestra alegría y son buenas nuestras fiestas, pero sin el desorden ni el derroche.

–Con el Salmo 97 cantamos al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo… Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Estamos salvados. Pero muchos hombres aún no lo saben o se comportan como si no lo supiesen.

Hebreos 1,1-6: Dios nos ha hablado por su Hijo. Cristo es personalmente la Palabra de Dios vivo. En la plenitud de los tiempos el Padre nos ha hablado por su Hijo. Ha habido dos fases en la Revelación: la preparación por los profetas, primero, y en la plenitud de los tiempos la revelación perfecta por medio del Hijo. Son dos momentos continuos, de manera que, ciertamente, en todo tiempo Dios ha hablado a los hombres. Pero en el último tiempo su Palabra se ha expresado de un modo insólito y maravilloso, con un gesto nuevo de infinito amor. Cristo, Verbo encarnado, imagen de Dios y de su gloria es el signo sacramental de una nueva presencia de Dios en medio de nosotros. Es la Palabra eterna que dialoga con nosotros, y así nos regenera. Salva y libra al hombre de la esclavitud del pecado.

Juan 1,1-18: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. El Verbo, que es Luz y Vida divina –Luz que salva y Amor que redime–, se ha hecho uno más entre nosotros. El Hijo de Dios se nos hace presente en la realidad viviente de un Corazón también humano. San Agustín ha comentado este pasaje evangélico muchas veces.

«Nadie dé muestras de ingenio, revolviendo en su cabeza pensamientos pobres, como el siguiente: –“¿Cómo, si en el principio ya existía el Verbo?… ¿cómo el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros?” Oye la causa. Cierto que a los que creen en su nombre les dio la potestad de ser hijos de Dios… ¿Es acaso maravilla que lleguéis vosotros a ser hijos de Dios, cuando por vosotros el Hijo de Dios llegó a ser hijo del hombre? Y si, haciéndose hombre, quien era más, vino a ser menos, ¿no puede hacer que nosotros, que éramos menos, pudiéramos venir a ser algo más? Él pudo bajar a nosotros, ¿y nosotros no podremos subir a Él? Tomó por nosotros nuestra muerte, ¿y no ha de darnos la vida? Padeció tus males, ¿y no te dará sus bienes?…

«Ésta es la fe. Mantén lo que no ves todavía. Es necesario que permanezcas ligado por la fe a lo que no ves, para no tener que avergonzarte cuando llegues a verlo» (Sermón 119,5, en Hipona).

¡Qué inefable alegría debe producirnos nuestra viva fe en el misterio de la Navidad! Sigamos contemplando el Misterio con la ayuda de San Agustín:

«Un año más ha brillado para nosotros –y hemos de celebrarlo– el Nacimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. En Él la verdad ha brotado de la tierra (Sal 84,12); el Día del día ha venido ha nuestro día: alegrémonos y regocijémonos en Él (Sal 117,24). La fe de los cristianos conoce lo que nos ha aportado la humildad de tan gran excelsitud. De ello se mantiene alejado el corazón de los impíos, pues Dios escondió estas cosas a los sabios y prudentes y las reveló a los pequeños (Mt 11,25).

«Posean, por tanto, los humildes la humildad de Dios, para llegar también a la altura de Dios con tan grande ayuda, cual jumento que soporta su debilidad. Aquellos sabios y prudentes, en cambio, cuando buscan lo excelso de Dios y no creen lo humilde, al pasar por alto esto y, en consecuencia, no alcanzar aquello debido a su vaciedad y ligereza, a su hinchazón y orgullo, quedaron como colgados entre el cielo y la tierra, en el espacio propio del viento…

«Por tanto, celebremos el nacimiento del Señor con la asistencia y el aire de fiesta que merece. Exulten los varones, exulten las mujeres…Exultad, jóvenes santos… Exultad, vírgenes santas… Exultad, todos los justos… Ha nacido el Justificador. Exultad, débiles y enfermos, ha nacido el Salvador. Exultad, cautivos, ha nacido el Redentor. Exultad, siervos, ha nacido el Señor. Exultad, hombres libres: ha nacido el Libertador. Exultad, todos los cristianos, ha nacido Cristo» (Sermón 184, día de Navidad, después del año 412).

Y dice el mismo Doctor en otro sermón, predicado entre los años 412 y 416:

«Se llama día del Nacimiento del Señor a la fecha en que la Sabiduría de Dios se manifestó como Niño y la Palabra de Dios, sin palabras, emitió la voz de la carne. La divinidad oculta fue anunciada a los pastores por la voz de los ángeles e indicada a los Magos por el testimonio del firmamento. Con esta festividad anual celebramos, pues, el día en que se cumplió la profecía: “La verdad ha brotado de la tierra y la justicia ha mirado desde el cielo” (Sal 84,12).

«La Verdad, que mora en el seno del Padre, ha brotado de la tierra para estar también en el seno de una Madre. La Verdad, que contiene el mundo, ha brotado de la tierra para ser llevada por manos de mujer. La Verdad, que alimenta de forma incorruptible la bienaventuranza de los ángeles, ha brotado de la tierra, para ser amamantada por los pechos de carne. La Verdad, a la que no basta el cielo, ha brotado de la tierra para ser colocada en un pesebre.

«¿En bien de quién vino con tanta humildad tan grande excelsitud? Ciertamente, no vino para bien suyo, sino nuestro, a condición que creamos. ¡Despierta, hombre; por ti, Dios se hizo hombre!… Por ti, repito, Dios se hizo hombre. Estarías muerto para la eternidad si Él no hubiera venido. Celebremos con alegría la llegada de nuestra salvación y redención» (Sermón 185).

Congregación para el Clero

Hoy es la gran solemnidad de mostrarse al mundo, por fin nació, el Verbo encarnado, Salvador del genero humano. «Es un gran evento  aquel por el cual Dios se hace verdadero hombre […] Sucede realmente algo que va más allá de cualquier proceso evolutivo, la fusión de hombre y de Dios, de  Creatura y de  Creador.  Ya no es un paso más en el proceso evolutivo sino el estallido de una acción personal basada en el amor, que reveló a los hombres, a partir de este momento en adelante, un nuevo espacio y nuevas posibilidades» (J. Ratzinger en entrevista con P. Seewald, Dios y el mundo, Cinisello Balsamo 2001, p. 197).
 
Por lo tanto la Navidad  nos dice: que solos  no somos en grado de cambiar en  profundidad el mundo, de redimirlo. Solos podemos  empeorarlo  o mejorarlo, pero no salvarlo. Precisamente por esto Cristo ha venido, porque dejados a nosotros mismos no podíamos salir de la “enfermedad mortal” que nos envuelve desde el momento de la concepción en el vientre materno. Y  esto da esperanza,  la verdadera esperanza y el verdadero  optimismo del cristiano: yo  no puedo hacerlo, pero Él está ahí. Es el misterio de la gracia  sintetizado en una figura humana: Aquella del Dios encarnado.
 
La vigilia y el día de Navidad son momentos de contemplación. Consideremos, en sus múltiples dimensiones, el misterio del Amor que se encarna. Contemplemos ante todo la luz y la alegría, sin olvidarnos del dolor y el sufrimiento de Jesús y de María, por las dificultades que les acompañaron desde el principio: el frío,  el lugar incómodo, los peligros … Sería bueno acompañar  estos pensamientos con la  recita lenta y meditada  del Santo Rosario, incluso ante pesebre. «Bendita gruta de Belén, que fue testigo de tales maravillas. ¿Quién de nosotros, en esta hora, no  dirigiría su corazón hacía ella? ¿Quién de nosotros, no la preferiría,  a los palacios más suntuosos de los reyes? » (P. Guéranger, El año litúrgico, Dawn 1959 [orig. Franc. 1841], I, p. 122).

Escuchemos de que modo nos invita a la contemplación el Doctor seráfico, San Buenaventura, en sus Meditaciones sobre la vida de Jesucristo: «Y también tú que has  persistido tanto, dobla la rodilla, adora el Señor tu Dios, venera a su madre y saluda con reverencia el santo José; por lo tanto besa los pies del Niño Jesús, que está en el pesebre, y pídele a la Santa Virgen de dártelo y de permitirte que tu lo tomes. Tómalo entre tus brazos, estréchalo y contempla bien su amable rostro; bésalo con reverencia y alégrate con él. Esto lo puedes hacer, porque es por los pecadores que él ha venido, para traer la salvación; y ha humildemente conversado con ellos y por último se ha donado como alimento. (cit. in Guéranger, pp. 136-137).

La Navidad nos recuerda  también el gran misterio del nuevo pueblo de Dios,  de la Iglesia, adquirida por la sangre de Cristo, animada por el Espíritu que da la vida, regida por los legítimos pastores en comunión con el Sucesor de Pedro. En el día en el cual viene al mundo el Verbo que asumió una naturaleza humana, alma y cuerpo, ¿Como no pensar al misterio del Cuerpo Místico de Cristo, animado por el Espíritu Santo? «Por una analogía que no es sin valor, por eso [la Iglesia] se compara, al misterio del Verbo encarnado, pues así como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como de instrumento vivo de salvación unido indisolublemente a El, de modo semejante la articulación social de la Iglesia sirve al Espíritu  de Cristo, que la vivifica, para el acrecentamiento de su Cuerpo» (Conc. Vat. II, Lumen Gentium, n. 8).

Por eso, la santa  Navidad no puede hacer otra cosa que recordarnos  el misterio de María, tanto porque ella es la Madre de Dios, Madre del Verbo Encarnado, y como Madre de su Cuerpo místico, Madre de la Iglesia. La  Santa Navidad nos empuja a contemplar  a Jesús junto con María, a contemplar juntos a Jesús y «su madre» como otras veces citan los Evangelios. Si nuestra fe debe ser plenamente evangélica, no puede ignorar una sana y profunda devoción a la Madre de Dios, que es el camino más fácil y más seguro para llegar a Jesús.

Adrien Nocent: Un recién nacido, mensajero de Dios.

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo. Tomo II. Sal Terrae, Santander (1979), pp. 61-64.

Un recién nacido, mensajero de Dios.

Así es como nos presenta a Jesús el canto de entrada de la misa del día de Navidad: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva a hombros el imperio y tendrá por nombre “Ángel del Gran Consejo” (Is 9,5).

La elección del Prólogo de san Juan no podía ser más acertada. El niño que ha nacido es el Verbo de Dios, la Palabra del Señor encarnada. Es lo que Juan Bautista anunciaba. Ahora que esta Palabra se ha encarnado, de un extremo al otro de la tierra se verá la salvación de nuestro Dios (Is 52, 7-10). Es el tema de la 1ª. lectura. Por su parte, la carta a los Hebreos nos muestra cómo Dios nos ha hablado en esta etapa final por su Hijo, su Enviado (Heb 1, 1-6).

De hecho, toda la liturgia de la Palabra de esta celebración del día de Navidad, está centrada en el mensaje de Dios, en el conocimiento de su plan de salvación que ha revelado en su Hijo. En adelante, el “misterio” será para nosotros no lo que no entendemos, sino al contrario lo que nos ha sido revelado del designio de salvación de Dios mediante su Hijo, el enviado (Col 1, 25-29). El niño que acaba de nacer es “el mensajero que anuncia la paz, que trae la buena noticia que anuncia la salvación” (1ª. lectura). En este niño “el Señor ha dado a conocer la fuerza de su brazo ante todas las naciones, y de un confín al otro contemplarán la salvación de Dios”.

La Iglesia medita esta sorprendente pero actual y maravillosa realidad, y canta su entusiasmo con el salmo 97:

Los confines de la tierra han contemplado

la salvación de nuestro Dios… El ha dado a conocer su salvación, a los ojos de las naciones ha revelado su justicia.

Es la conclusión de una larguísima historia. Llega de pronto a su punto culminante con el envío del Verbo, después de infructuosas tentativas de Dios por que nos aviniéramos a un diálogo. Indudablemente, Dios habló a nuestros padres a través de los profetas en formas fragmentarias y diversas; pero en estos últimos tiempos, en estos días en que estamos, nos ha hablado por medio de su Hijo… (Heb 1, 1-2). Y “estos días en que estamos” han de entenderse en estrecho y estricto sentido: ahora, para nosotros, hoy, a quienes celebramos la Navidad como un hoy que es una Pascua. No es poesía, no es una manera de hablar; desde ahora no habrá que extrañarse ya de esto:

Dios nos habla por medio de su Hijo y nos revela su plan de salvación.

-Reencontrar la Persona de Cristo

Navidad es, por lo tanto, algo completamente distinto de una fiesta de ternura y un poema de la niñez encantadora. Para el mundo y para nosotros es el reencuentro con la persona de Cristo, con todas las consecuencias concretas que ello supone. Es el final de una concepción mitológica de un Dios lejano que no tiene experiencia de nuestra vida; el final de un Dios tapa-agujeros a quien se recurre en los momentos difíciles de la vida; el final de un Dios-refugio que nos tranquiliza y pone término a nuestras perplejidades. Es un Dios, sí, pero es también un hombre que es lo que nosotros somos, excepto en el pecado. Desde muy pronto la Iglesia conoció las tendencias nestorianas que podrían hacer creer que Jesús es un hombre sólo, un hombre excepcional cuya sola presencia consagra las cosas humanas. Como consecuencia, el cristianismo consistiría no en transformar la vida humana en vida divina, sino en cambiar en divina la vida corriente. La humanidad salvada es una humanidad transformada en Cristo. El misterio de Cristo consagra la humanidad dejándola como está. En términos modernos, es lo que llamamos el “horizontalismo”.

Basta con ver a Dios y lo sagrado en el vecino. La caridad, la sociabilidad es la salvación; no se ve por qué sería necesaria ninguna otra cosa, signos sacramentales, por ejemplo, sobre todo signos sacramentales que no coincidan exactamente con lo que hacemos en la vida normal. El ideal de la celebración eucarística sería, pues, la comida normal con una acentuación en el aspecto fraterno. Se llega a olvidar que la Cena jamás fue una comida normal, sino escogida por Cristo porque era ya banquete ritual de actualización de la Pascua y de la salida de la esclavitud.

En el lado opuesto está la doctrina de Eutiques: se tiende a negar la humanidad de Cristo para no ver en él más que a Dios y nosotros quedamos bajo el choque de esta presencia de Dios entre nosotros. Por ello, los signos sagrados, los sacramentos, deben estar lo más lejos posible de nosotros, han de revestir el esoterismo más perfecto; lo inaccesible es lo que les corresponde ya que se trata en ellos de un encuentro con Dios. En consecuencia, en la liturgia todo debe caer fuera de la vida normal: lenguaje incomprensible, ropas no usuales, gestos extraños y que no se pueden explicar, porque su extrañeza les es esencial. Y en esta línea, una concepción sobre la institución de los sacramentos entendida de la manera más estricta: los instituyó Cristo sin tener en cuenta un contexto humano, fuera de toda atención a la antropología y a la historia, pareciendo una herejía el pensar que Cristo pudiera utilizar formas preexistentes introduciendo en ellas un contenido nuevo, insertándose de este modo en la historia.

Ambas tendencias, muy antiguas, volvemos a encontrarlas siempre, incluso hoy día en muchos cristianos fervientes que apenas son conscientes de ellas. ¿No habrán comprendido aún la liturgia de Navidad? ¿No habrán oído nunca más que una teología conceptual de la persona de Cristo, sin haberles llegado jamás una teología expresada vitalmente en la liturgia?

Para san León, en su conocido primer sermón para el día de Navidad, el hecho de la Encarnación ha cambiado todo en la vida del hombre. La alegría de la fiesta tiene raíces profundas: el Señor ha venido a destruir el pecado y la muerte, no he encontrado a nadie entre los hombres que estuviera libre de falta, ha venido a liberar a todos. Que se alegre el santo, porque está próximo a recibir la victoria; que se alegre el pecador, puesto que se le invita al perdón; que se anime el pagano, porque se le llama a recibir la vida (León el Grande, Sermón 1 sobre la Natividad). Pero el pasaje más célebre es el siguiente: “Reconoce, cristiano, tu dignidad, y puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro”. Este es el sermón que la Oración de las Horas nos hace leer en el día de Navidad.

Nuestro reencuentro con la persona de Cristo es transformante; no es encuentro psicológico, fruto de una oración; a partir de la Encarnación es encuentro sacramental, en la Iglesia y sus signos. Mediante ellos, hemos conocido a Dios visiblemente (Cf. prefacio I de Navidad).

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