Domingo III Tiempo de Adviento (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 35, 1-10: Dios vendrá y nos salvará
- Salmo: Sal 145, 6c-7. 8-9a. 9bc-10: Ven, Señor, a salvarnos
- 2ª Lectura: St 5, 7-10: Manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca
+ Evangelio: Mt 11, 2-11: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Juan Pablo II, Papa

Homilía (14-12-1980): En medio del Adviento, una pregunta


Parroquia de la Natividad de Nuestro Señor (Roma)
Domingo 14 de diciembre del 1980

1. Me alegro por el hecho de que hoy puedo estar en vuestra parroquia. Efectivamente, ya están muy cerca para nosotros las fiestas de la Navidad del Señor, y vuestra parroquia está dedicada precisamente a la Natividad. Por eso el período del Adviento se vive en vuestra comunidad de modo particularmente profundo, y me alegro porque puedo participar hoy en este modo vuestro de vivir el Adviento.

2. "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?" (Mt 11, 3).

Hoy, III domingo de Adviento, la Iglesia repite la pregunta que fue hecha por primera vez a Cristo por los discípulos de Juan Bautista: ¿Eres tú el que ha de venir?

Así preguntaron los discípulos de aquel que dedicó toda su misión a preparar la venida del Mesías, los discípulos de aquel que "amó y preparó la venida del Señor" hasta la cárcel y hasta la muerte. Ahora sabemos que, cuando sus discípulos presentan esta pregunta a Jesús, Juan Bautista se encuentra ya en la cárcel, de la que no podrá salir más.

Y Jesús responde, remitiéndose a sus obras y a sus palabras y, a la vez, a la profecía mesiánica de Isaías: "Los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia... Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo" (Mt 11, 5. 4).

En el centro mismo de la liturgia del Adviento nos encontramos, pues, esta pregunta dirigida a Cristo y su respuesta mesiánica.

Aunque esta pregunta se haya hecho una sola vez, sin embargo nosotros la podemos hacersiempre de nuevo. Debe ser hecha. ¡Y en realidad se hace!

El hombre plantea la pregunta en torno a Cristo. Diversos hombres, desde diversas partes del mundo, desde países y continentes, desde diversas culturas y civilizaciones, plantean la pregunta en torno a Cristo. En este mundo, en el que tanto se ha hecho y se hace siempre para cercar a Cristo con la conjura del silencio, para negar su existencia y misión, o para disminuirlas y deformarlas, retorna siempre de nuevo la pregunta en torno a Cristo. Retorna también cuando puede parecer que ya se ha extirpado esencialmente.

El hombre pregunta: ¿Eres tú, Cristo, el que ha de venir? ¿Eres tú el que me explicará el sentido definitivo de mi humanidad? ¿El sentido de mi existencia? ¿Eres tú el que me ayudará a plantear y a construir mi vida de hombre desde sus fundamentos?

Así preguntan los hombres, y Cristo constantemente responde. Responde como respondió ya a los discípulos de Juan Bautista. Esta pregunta en torno a Cristo es la pregunta de Adviento, y es necesario que nosotros la hagamos dentro de nuestra comunidad cristiana. Hela aquí:

¿Quién es para mi Jesucristo?

¿Quién es realmente para mis pensamientos, para mi corazón, para mi actuación? ¿Cómo conozco yo, que soy cristiano y creo en El, y cómo trato de conocer al que confieso? ¿Hablo de El a los otros? ¿Doy testimonio de El, al menos ante los que están más cercanos a mí en la casa paterna, en el ambiente de trabajo, de la universidad o de la escuela, en toda mi vida y en mi conducta? Esta es precisamente la pregunta de Adviento, y es preciso que, basándonos en ella, nos hagamos las referidas, ulteriores preguntas, para que profundicen en nuestra conciencia cristiana y nos preparen así a la venida del Señor.

3. El Adviento retorna cada año, y cada año se desarrolla en el arco de cuatro semanas, cediendo luego el lugar a la alegría de la Santa Navidad.

Hay, pues, diversos Advientos:

Está el adviento del niño inocente y el adviento de la juventud inquieta (frecuentemente crítica); está el adviento de los novios; está el adviento de los esposos, de los padres, de los hombres dedicados a múltiples formas de trabajo y de responsabilidad con frecuencia grave. Finalmente están los advientos de los hombres ancianos, enfermos, de los que sufren, de los abandonados. Este año está el adviento de nuestros compatriotas víctimas de la calamidad del terremoto y que han quedado sin casa.

Hay diversos advientos. Se repiten cada año, y todos se orientan hacia una dirección única.Todos nos preparan a la misma realidad. Hoy, en la segunda lectura litúrgica, escuchamos lo que escribe el Apóstol Santiago: "Hermanos, tened paciencia, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca". Y añade inmediatamente después: "Mirad que el juez está ya a la puerta" (5, 7-9).

Precisamente este reflejo deben tener tales advientos en nuestros corazones. Deben parecerse a la espera de la recolección. El labrador aguarda el fruto de la tierra durante todo un año o durante algunos meses. En cambio, la mies de la vida humana se espera durante toda la vida. Y todo adviento es importante. La mies de la tierra se recoge cuando está madura, para utilizarla en satisfacer las necesidades del hombre. La mies de la vida humana espera el momento en el que aparecerá en toda la verdad ante Dios y ante Cristo, que es juez de nuestras almas.

La venida de Cristo, la venida de Cristo en Belén anuncia también este juicio. ¡Ella dice al hombre por qué le es dado madurar en el curso de todos estos advientos, de los que se compone su vida en la tierra, y cómo debe madurar él!

En el Evangelio de hoy Cristo, ante las muchedumbres reunidas, da el siguiente juicio sobreJuan Bautista: "Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, aunque el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él" (Mt 11, 11). Mi deseo es que nosotros, queridos hermanos y hermanas, podamos ver el momento en que escuchemos palabras semejantes de nuestro Redentor, como la verdad definitiva sobre nuestra vida.

4. Estoy meditando sobre este mensaje de Adviento, unido a la liturgia de este domingo, juntamente con vosotros, queridos feligreses de la comunidad dedicada a la Natividad del Señor.

Por tanto, es necesario que cada uno lo considere como dirigido a él mismo y es necesario también que todos lo acojáis en vuestra comunidad.

Efectivamente, la parroquia existe para que los hombres bautizados en la comunidad, esto es, completándose y ayudándose recíprocamente, se preparen a la venida del Señor.

A este propósito quisiera preguntar: ¿Cómo se desarrolla y cómo debería desarrollarse en la comunidad esta preparación a la venida del Señor? La respuesta podría ser doble: desde un punto de vista inmediato, se puede decir que esta preparación se realiza siguiendo "en sintonía" la acción pedagógica de la Iglesia en el presente, típico período del Adviento: esto es, acogiendo la renovada invitación a la conversión y meditando el eterno misterio del Hijo de Dios que, encarnándose en el seno purísimo de María, nació en Belén. Pero, desde un punto de vista más amplio, no se trata sólo del Adviento de este año, o de la Navidad, para vivir en actitud de fe más viva; se trata también de la cotidiana, constante venida de Cristo en nuestra vida, gracias a una presencia que se alimenta con la catequesis y, sobre todo, con la participación litúrgico-sacramental.

Sé que en vuestra parroquia ésta es una de las líneas pastorales fundamentales: efectivamente, se da la catequesis sistemática y permanente, según las diversas edades, y se dedica una atención especial a la sagrada liturgia. En realidad, la vida sacramental, cuando está iluminada por un paralelo y profundo anuncio de Cristo, es el camino más expedito para ir al encuentro de El. En la oración y, ante todo, en la participación en la Santa Misa dominical nos encontramos precisamente con El. Pensándolo bien, esta participación es la renovación, cada semana, de la conciencia de la "venida del Señor". Si ella faltase, se disiparía esta conciencia, se debilitaría y pronto se destruiría. Por esto quiero dirigir la exhortación del Concilio acerca del permanente valor del domingo como "fiesta" primordial que se debe inculcar a la piedad de tos fieles, "a fin de que se reúnan en asamblea para escuchar la Palabra de Dios y participar en la Eucaristía" (cf.Sacrosanctum Concilium, 106).

Pero —como bien sabemos— Cristo viene a nosotros también en las personas de los hermanos, especialmente de los más pobres, de los marginados y de los alejados. También a este respecto sé que vuestra comunidad está comprometida según una línea pastoral, que configura una opción precisa y valiente. Sé, por ejemplo, que son muchas las Asociaciones y los grupos eclesiales que practican la acogida evangélica como "una sincera atención para todos los males, las tristezas y las esperanzas del hombre de hoy" (cf. Relazione pastorale, pág. 2): bajo la coordinación del consejo pastoral, esta solicitud florece en numerosas obras de asistencia, de promoción y de caridad.

Deseo expresaros públicamente mi aprecio y también mi gratitud por cuanto hacéis en favor de los ancianos, de los jóvenes en dificultad, de los enfermos, de las familias necesitadas, como por el interés y la ayuda que ofrecéis a la misión de Matany en Uganda.

5. Y ahora permitidme que termine esta meditación sobre el Adviento con las palabras que sugiere el Profeta Isaías: "Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios ... El os salvará" (Is 35, 3-4).

Que nunca falte en vuestra vida, queridos feligreses de la parroquia de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, esta esperanza que su venida deposita en el corazón de cada hombre y en la que lo confirma saludablemente.

Homilía (13-12-1998): El motivo de nuestra alegría


Parroquia de Santa Julia Billiart (Roma)
Domingo 13 de diciembre del 1998

1. «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito: alegraos. El Señor está cerca» (Antífona de entrada).

De esta apremiante invitación a la alegría, que caracteriza la liturgia de hoy, recibe su nombre el tercer domingo de Adviento, llamado tradicionalmente domingo «Gaudete». En efecto, ésta es la primera palabra en latín de la misa de hoy: «Gaudete», es decir, alegraos porque el Señor está cerca.

El texto evangélico nos ayuda a comprender el motivo de nuestra alegría, subrayando el gran misterio de salvación que se realiza en Navidad. El evangelista san Mateo nos habla de Jesús, «el que ha de venir» (Mt 11, 3), que se manifiesta como el Mesías esperado mediante su obra salvífica: «Los ciegos ven y los cojos andan, (...) y se anuncia a los pobres la buena nueva» (Mt 11, 5). Viene a consolar, a devolver la serenidad y la esperanza a los que sufren, a los que están cansados y desmoralizados en su vida.

También en nuestros días son numerosos los que están envueltos en las tinieblas de la ignorancia y no han recibido la luz de la fe; son numerosos los cojos, que tienen dificultades para avanzar por los caminos del bien; son numerosos los que se sienten defraudados y desalentados; son numerosos los que están afectados por la lepra del mal y del pecado y esperan la salvación. A todos ellos se dirige la «buena nueva» del Evangelio, encomendada a la comunidad cristiana. La Iglesia, en el umbral del tercer milenio, proclama con vigor que Cristo es el verdadero liberador del hombre, el que lleva de nuevo a toda la humanidad al abrazo paterno y misericordioso de Dios.

2. «Sed fuertes, no temáis. Vuestro Dios va a venir a salvaros» (Is 35, 4).

[...] con gran afecto, hago mías las palabras del profeta Isaías que acabamos de proclamar: «Sed fuertes, no temáis. (...) El Señor va a venir a salvaros ». Estas palabras expresan mi mejor deseo, que renuevo a todos aquellos con quienes Dios me permite encontrarme en cualquier parte del mundo. Resumen lo que quiero repetiros también a vosotros esta mañana. Mi presencia desea ser una invitación a tener valor, a perseverar dando razón de la esperanza que la fe suscita en cada uno de vosotros.

«Sed fuertes». No temáis las dificultades que se han de afrontar en el anuncio del Evangelio. Sostenidos por la gracia del Señor, no os canséis de ser apóstoles de Cristo en nuestra ciudad que, aunque se ciernen sobre ella los numerosos peligros de la secularización típicos de las metrópolis, mantiene firmes sus raíces cristianas, de las que puede recibir la savia espiritual necesaria para responder a los desafíos de nuestro tiempo. Los frutos positivos que la misión ciudadana está produciendo, y por los que damos gracias al Señor, son estímulos para proseguir sin vacilación la obra de la nueva evangelización.

4. «El Espíritu del Señor (...) me ha enviado para dar la buena nueva a los pobres».

Estas palabras del Aleluya reflejan bien el clima de la misión ciudadana, que ya ha entrado en su última fase, en la que todos los cristianos son impulsados a llevar el Evangelio a los diversos ambientes de la ciudad... Como recuerda la Escritura: Un hermano ayudado por su hermano es como una plaza fuerte (cf. Pr 18, 19)» (n. 6).

[...] deseo de corazón que todos los cristianos sientan la urgencia de transmitir a los demás, especialmente a los jóvenes, los valores evangélicos que favorecen la instauración de la «civilización del amor».

5. «Tened paciencia (...) hasta la venida del Señor» (St 5, 7). Al mensaje de alegría, típico de este domingo «Gaudete », la liturgia une la invitación a la paciencia y a la espera vigilante, con vistas a la venida del Salvador, ya próxima.

Desde esta perspectiva, es preciso saber aceptar y afrontar con alegría las dificultades y las adversidades, esperando con paciencia al Salvador que viene. Es elocuente el ejemplo del labrador que nos propone la carta del apóstol Santiago: «aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía». «Tened paciencia también vosotros .añade.; manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca» (St 5, 7-8).

Abramos nuestro espíritu a esa invitación; avancemos con alegría hacia el misterio de la Navidad. María, que esperó en silencio y orando el nacimiento del Redentor, nos ayude a hacer que nuestro corazón sea una morada para acogerlo dignamente. Amén.

Homilía (16-12-2001): Alegría de la comunión


Parroquia de Santa María Josefa del Corazón de Jesús (Roma)
Domingo 16 de diciembre del 2001

1. "El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa" (Is 35, 1).

Una insistente invitación a la alegría caracteriza la liturgia de este tercer domingo de Adviento, llamado domingo "Gaudete", porque precisamente "Gaudete" es la primera palabra de la antífona de entrada. "Regocijaos", "alegraos". Además de la vigilancia, la oración y la caridad, el Adviento nos invita a la alegría y al gozo, porque ya es inminente el encuentro con el Salvador.

En la primera lectura, que acabamos de escuchar, encontramos un verdadero himno a la alegría. El profeta Isaías anuncia las maravillas que el Señor realizará en favor de su pueblo, liberándolo de la esclavitud y conduciéndolo de nuevo a su patria. Con su venida, se realizará un éxodo nuevo y más importante, que hará revivir plenamente la alegría de la comunión con Dios.

Para los que están desanimados y han perdido la esperanza resuena la "buena nueva" de la salvación: "Gozo y alegría seguirán a los rescatados del Señor. Pena y aflicción se alejarán" (cf. Is 35, 10).

2. "Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios. (...) Viene a salvaros" (Is 35, 4). ¡Cuánta confianza infunde esta profecía mesiánica, que permite vislumbrar la verdadera y definitiva liberación, realizada por Jesucristo. En efecto, en la página evangélica que ha sido proclamada en nuestra asamblea, Jesús, respondiendo a la pregunta de los discípulos de Juan Bautista, se aplica a sí mismo lo que había afirmado Isaías: él es el Mesías esperado: "Id a anunciar a Juan -dice- lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la buena nueva" (Mt 11, 4-5).

Aquí radica la razón profunda de nuestra alegría: en Cristo se cumplió el tiempo de la espera. Dios realizó finalmente la salvación para todo hombre y para la humanidad entera. Con esta íntima convicción nos preparamos para celebrar la fiesta de la santa Navidad, acontecimiento extraordinario que vuelve a encender en nuestro corazón la esperanza y el gozo espiritual...

6. "Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor" (St 5, 7).

El Adviento nos invita a la alegría, pero, al mismo tiempo, nos exhorta a esperar con paciencia la venida ya próxima del Salvador. Nos exhorta a no desalentarnos, superando todo tipo de adversidades, con la certeza de que el Señor no tardará en venir.

Esta paciencia vigilante, como subraya el apóstol Santiago en la segunda lectura, favorece la consolidación de sentimientos fraternos en la comunidad cristiana. Al reconocerse humildes, pobres y necesitados de la ayuda de Dios, los creyentes se unen para acoger a su Mesías que está a punto de venir. Vendrá en el silencio, en la humildad y en la pobreza del pesebre, y a quien le abra el corazón le traerá su alegría.

Por tanto, avancemos con alegría y generosidad hacia la Navidad. Hagamos nuestros los sentimientos de María, que esperó en oración y en silencio al Redentor y preparó con cuidado su nacimiento en Belén. ¡Feliz Navidad!

Benedicto XVI, Papa

Ángelus (12-12-2010): ¿Eres tú?


Visita pastoral a la parroquia romana de San Maximiliano Kolbe, en el barrio de Torre Angela
Domingo 12 de diciembre del 2010

Queridos hermanos y hermanas de la parroquia de San Maximiliano Kolbe:

Vivid con empeño el camino personal y comunitario de seguimiento del Señor. El Adviento es una fuerte invitación para todos a dejar que Dios entre cada vez más en nuestra vida, en nuestros hogares, en nuestros barrios, en nuestras comunidades, para tener una luz en medio de tantas sombras y de las numerosas pruebas de cada día. Queridos amigos, estoy muy contento de estar entre vosotros hoy para celebrar el día del Señor, el tercer domingo del Adviento, domingo de la alegría...

[...] La liturgia de hoy —con las palabras del apóstol Santiago que hemos escuchado— nos invita no sólo a la alegría sino también a ser constantes y pacientes en la espera del Señor que viene, y a serlo juntos, como comunidad, evitando quejas y juicios (cf. St 5, 7-10).

Hemos escuchado en el Evangelio la pregunta de san Juan Bautista que se encuentra en la cárcel; el Bautista, que había anunciado la venida del Juez que cambia el mundo, y ahora siente que el mundo sigue igual. Por eso, pide que pregunten a Jesús: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? ¿Eres tú o debemos esperar a otro?». En los últimos dos o tres siglos muchos han preguntado: «¿Realmente eres tú o hay que cambiar el mundo de modo más radical? ¿Tú no lo haces?». Y han venido muchos profetas, ideólogos y dictadores que han dicho: «¡No es él! ¡No ha cambiado el mundo! ¡Somos nosotros!». Y han creado sus imperios, sus dictaduras, su totalitarismo que cambiaría el mundo. Y lo ha cambiado, pero de modo destructivo. Hoy sabemos que de esas grandes promesas no ha quedado más que un gran vacío y una gran destrucción. No eran ellos.

Y así debemos mirar de nuevo a Cristo y preguntarle: «¿Eres tú?». El Señor, con el modo silencioso que le es propio, responde: «Mirad lo que he hecho. No he hecho una revolución cruenta, no he cambiado el mundo con la fuerza, sino que he encendido muchas luces que forman, a la vez, un gran camino de luz a lo largo de los milenios».

Comencemos aquí, en nuestra parroquia: san Maximiliano Kolbe, que se ofreció para morir de hambre a fin de salvar a un padre de familia. ¡En qué gran luz se ha convertido! ¡Cuánta luz ha venido de esta figura! Y ha alentado a otros a entregarse, a estar cerca de quienes sufren, de los oprimidos. Pensemos en el padre que era para los leprosos Damián de Veuster, que vivió y murió con y para los leprosos, y así llevó luz a esa comunidad. Pensemos en la madre Teresa, que dio tanta luz a personas, que, después de una vida sin luz, murieron con una sonrisa, porque las había tocado la luz del amor de Dios.

Y podríamos seguir y veríamos, como dijo el Señor en la respuesta a Juan, que lo que cambia el mundo no es la revolución violenta, ni las grandes promesas, sino la silenciosa luz de la verdad, de la bondad de Dios, que es el signo de su presencia y nos da la certeza de que somos amados hasta el fondo y de que no caemos en el olvido, no somos un producto de la casualidad, sino de una voluntad de amor.

Así podemos vivir, podemos sentir la cercanía de Dios. «Dios está cerca» dice la primera lectura de hoy; está cerca, pero nosotros a menudo estamos lejos. Acerquémonos, vayamos hacia la presencia de su luz, oremos al Señor y en el contacto de la oración también nosotros seremos luz para los demás.

Precisamente este es el sentido de la iglesia parroquial: entrar aquí, entrar en diálogo, en contacto con Jesús, con el Hijo de Dios, a fin de que nosotros mismos nos convirtamos en una de las luces más pequeñas que él ha encendido y traigamos luz al mundo, que sienta que es redimido.

Nuestro espíritu debe abrirse a esta invitación; así caminemos con alegría al encuentro de la Navidad, imitando a la Virgen María, que esperó en la oración, con íntimo y gozoso temor, el nacimiento del Redentor. Amén.

Congregación para el Clero

Homilía: La alegría de Juan y la nuestra


Homilía para el III Domingo de Adviento 2013

El austero Juan el Bautista, primo de Jesús, hijo de Isabel y Zacarías, es llamado en la Escritura «el amigo que se alegra con la llegada del Esposo» (Jn 3,29).

El Bautista, dado a conocer por Jesús como «Elías que debe venir» (Mt 11,14), se nos presenta en la fragilidad de su fe. Los signos realizados por Jesús lo dejan en duda, no sabe reconocer la presencia del Mesías. Necesita ser sostenido en su fe por el mismo Jesús, que lo invita y lo acompaña a releer los signos que realiza, a la luz de las Escrituras.

La alegría de Juan el Bautista al reconocer en Jesús al Mesías, es también nuestra misma alegría. Este domingo, llamado «gaudete», nos invita a la alegría; a alegrarnos porque lo que nos fue anunciado por Isaías, en la primera lectura, se cumple en las palabras y en los gestos de Jesús, el Mesías: «Se abrirán los ojos de los ciegos, se destaparán los oídos de los sordos, entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo» (Is 35, 5-6).

Podemos sentir la tentación de buscar a nuestro alrededor los ciegos, los sordos, los mudos... Más difícil es descubrir, y sentir interiormente, que los verdaderos ciegos, sordos, cojos y mudos somos nosotros mismos. Por eso se nos da esta hermosa noticia: Dios viene a visitarnos y nos hará gustar su entrada en nuestra historia, para abrirnos a la plenitud de la vida en el reino. Las «mochilas» de nuestra vida están llenas de muchas cosas que nos impiden esperar vigilantes esta visita. Somos poco capaces de convertirnos a lo esencial.

Juan el Bautista, en cambio, con energía, nos señala lo esencial, nos lleva a lo esencial, nos abre a lo esencial.

¡Cuántas cosas inútiles llenan nuestra vida y a menudo terminan por causarnos daño, son nocivas, pesadas, nos perturban!... ¡Cuántas cosas inútiles en nuestras familias!

Lo esencial nos lleva a poner orden en nuestra vida. Es una disciplina que nos educa y que nos forma, no para llenarnos de cosas, no para desbordarnos con necesidades sin sentido, no para multiplicar nuestros ídolos, sino para hacer sitio a Dios y a los hermanos.

Lo esencial es la toma de conciencia de que somos exiliados, peregrinos en camino hacia el Padre. Nuestra verdadera realidad, la que se nos recuerda en este tiempo de Adviento, es que nuestro camino es visitado por Dios y va hacia Dios, hacia el día sin atardecer, en el que Dios será todo en todos. Este es el ejemplo que nos viene de Juan el Bautista, de los exiliados, de los emigrantes, de los pobres..., que no están ávidos de tantas cosas sino llenos de esperanza en una vida mejor, más simple y esencial que, para nosotros que tenemos fe, es Dios mismo.

El Espíritu Santo, que visitó a María, haciéndola Madre de Cristo y que preparó a Juan el Bautista para anunciar la presencia del Mesías en el mundo, prepare también nuestro corazón para acoger plenamente el don del Nacimiento del Señor, ya inminente.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: El desierto florecerá

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

«El desierto florecerá». He aquí la intensidad de la esperanza que la Iglesia quiere infundir en nosotros mediante las palabras del profeta. Nosotros solemos esperar aquello que nos parece al alcance de nuestra mano. Sin embargo, la verdadera esperanza es la que espera aquello que humanamente es imposible. Debemos esperar milagros: que el desierto de los hombres sin Dios florezca en una vida nueva, que el desierto de nuestra sociedad secularizada y materialista reverdezca con la presencia del Salvador.

Estos son los signos que Dios quiere darnos y que debemos esperar: que se abran a la fe los ojos de los que por no tenerla son ciegos, que se abran a escuchar la palabra de Dios los oídos endurecidos, que corra por la senda de la salvación el que estaba paralizado por sus pecados, que prorrumpa en cantos de alabanza a Dios la lengua que blasfemaba... Si esperamos estos signos, ciertamente se producirán, y todo el mundo los verá, y a través de ellos se manifestará la gloria del Señor, y los hombres creerán en Cristo, y no tendrán que preguntar más: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» (evangelio).

El que tiene esta esperanza se siente fuerte y sus rodillas dejan de temblar. Pero el secreto para tenerla es mirar al Señor. La palabra de Dios quiere clavar nuestra mirada en el Señor que viene y dejarla fija en su potencia salvadora: «¡Animo! No temáis. Mirad a vuestro Dios que viene... Él vendrá y os salvará». Dejar la mirada fija en las dificultades arruina la esperanza; fijarla en el Señor y desde Él ver las dificultades acrecienta la esperanza.



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía (11-12-1983)

Visita a la Parroquia romana de San Camilo De Lellis
Domingo 11 de diciembre del 1983

Carissimi fratelli e sorelle!

1. La terza domenica d’Avvento porta con sé un pressante invito alla gioia ed è chiamata, a motivo delle prime parole del testo latino dell’«antifona d’ingresso», la domenica Gaudete (cf. Fil 4, 4. 5). La stessa natura è invitata dal profeta a manifestare con vivace tripudio segni di esultanza: «Si rallegrino il deserto e la terra arida, esulti e fiorisca la steppa» (Is 35, 1), perché vedranno presto «la gloria del Signore».

È la gioia dell’Avvento, che viene accompagnata, nel fedele, dall’umile e intensa invocazione a Dio: «Vieni!». È la supplica ardente, che fa da ritornello al Salmo responsoriale dell’odierna Liturgia: «Vieni, Signore, a salvarci!».

2. La gioia dell’Avvento, tipica di questa domenica, trova la sua sorgente nella risposta, che hanno ricevuto dal Cristo i messaggeri, a lui inviati da Giovanni il Battista. Questi, mentre si trovava in carcere, avendo sentito parlare delle opere di Gesù, gli mandò i suoi discepoli, latori della domanda cruciale, che attendeva una risposta definitiva: «Sei tu colui che deve venire o dobbiamo attenderne un altro?» (Mt 11, 3). Ed ecco la risposta del Cristo: «Andate e riferite a Giovanni ciò che voi udite e vedete: i ciechi recuperano la vista, gli storpi camminano, i lebbrosi sono guariti, i sordi riacquistano l’udito, i morti risuscitano, ai poveri è predicata la buona novella, e beato chi non si scandalizza di me» (Mt 11, 4-6).

Gesù di Nazaret, nella sua solenne risposta a Giovanni il Battista, si richiama, con evidenza, al compimento delle promesse messianiche. E sono quelle promesse, che si trovano profetizzate nel Libro di Isaia, e che abbiamo testé ascoltato nella prima lettura: «Egli viene a salvarvi. / Allora si apriranno gli occhi dei ciechi / e si schiuderanno gli orecchi dei sordi. / Allora lo zoppo salterà come un cervo, / griderà di gioia la lingua del muto, / perché scaturiranno acque nel deserto, / scorreranno torrenti nella steppa . . . / Ci sarà una strada appianata / e la chiameranno «Via santa» . . . / Su di essa ritorneranno i riscattati dal Signore / e verranno in Sion con giubilo; / felicità perenne splenderà sul loro capo; / gioia e felicità li seguiranno / e fuggiranno tristezza e pianto» (Is 35, 4-10).

Così pertanto risponde il Cristo a Giovanni il Battista: Non si stanno forse compiendo, le promesse messianiche? Dunque, è giunto il tempo del primo Avvento!

Questo tempo noi lo abbiamo già alle nostre spalle e, contemporaneamente, perseveriamo sempre in esso. La Liturgia, infatti, lo rende ogni anno presente. Ed è questa la sorgente della nostra gioia.

3. Questa gioia dell’Avvento ha una sua sorgente profonda. Il fatto che si sono compiute in Gesù di Nazaret le promesse messianiche è la dimostrazione che Dio è fedele alla sua parola. Possiamo veramente ripetere con il Salmista: «Il Signore è fedele per sempre!» (Sal 146, 6). L’Avvento ci ricorda, ogni anno, il compimento delle promesse messianiche riguardanti il Cristo, al fine di orientare le nostre anime verso tali promesse, la cui realizzazione abbiamo ricevuto in Cristo e per Cristo. Queste promesse conducono verso gli ultimi destini dell’uomo.

In Cristo e per Cristo «il Signore è fedele per sempre». In lui e per lui si apre, di generazione in generazione, il secondo Avvento che è «il tempo della Chiesa». Per Cristo la Chiesa vive l’avvento di ogni giorno - cioè la propria fede nella fedeltà di Dio, che è «fedeltà per sempre». L’Avvento riconferma sempre, in tal modo, nella vita della Chiesa la dimensione escatologica della speranza. Per questo san Giacomo ci raccomanda: «Siate . . . pazienti, fratelli, fino alla venuta del Signore» (Gc 5, 7).

4. In tale prospettiva, la Liturgia di questa terza domenica d’Avvento è non solo un invito alla gioia, ma anche al coraggio. Se, infatti, dobbiamo gioire nella serena speranza della futura pienezza dei beni messianici, dobbiamo anche passare con coraggio in mezzo e al di sopra della realtà temporanea e transitoria, con lo sguardo e l’impegno rivolti verso ciò che è eterno e immutabile.

Tale coraggio nasce dalla speranza cristiana e, in un certo senso, è la stessa speranza cristiana. L’invito al coraggio risuona nella profezia del Libro di Isaia: «Irrobustite le mani fiacche, / rendete salde le ginocchia vacillanti. / Dite agli smarriti di cuore: / Coraggio! Non temete!» (Is 35, 3).

L’Avvento, come dimensione stabile della nostra esistenza cristiana, si manifesta in questa speranza, che porta in sé, allo stesso tempo, il coraggio «escatologico» della fede! Questo coraggio - forza della fede - è, come dice il profeta, magnanimità. Esso è, allo stesso tempo, pazienza. È simile alla pazienza dell’agricoltore, che «aspetta pazientemente il prezioso frutto della terra finché abbia ricevuto le piogge d’autunno e le piogge di primavera» (Gc 5, 7). E san Giacomo aggiunge: «Siate pazienti anche voi, rinfrancate i vostri cuori, perché la venuta del Signore è vicina» (Gc 5, 8).

Dal Vangelo di questa domenica ci viene presentato uno splendido esempio di questa magnanimità paziente: Giovanni il Battista. Gesù parla di lui alla folla in termini elogiativi: «Che cosa siete andati a vedere nel deserto? Una canna sbattuta dal vento? . . . Un profeta? Sì, vi dico, anche più di un profeta» (Mt 11,7-9). E continua: «Tra i nati di donna non è nato uno più grande di Giovanni il Battista; tuttavia il più piccolo nel Regno dei cieli è più grande di lui» (Mt 11, 11).

La fede magnanima e il coraggio paziente della speranza aprono a tutti noi la via al Regno dei cieli.

6. Cari fratelli e sorelle... mediante il nostro incontro e il ministero del Vescovo di Roma, si rinnovi in tutti voi l’invito alla gioia d’Avvento, che risuona nella liturgia della domenica odierna.

Che si rinnovi, al tempo stesso, l’invito alla speranza magnanima, che ha la sua sorgente nel coraggio soprannaturale della fede!

Coltiviamo con pazienza la terra della nostra vita, come l’agricoltore che «aspetta pazientemente il prezioso frutto della terra«! Questo frutto della terra»!

Questo frutto si manifesterà nella venuta del Signore!

Amen.

Homilía (14-12-1986)

Visita a la Parroquia romana de Santa María "Regina Mundi"
Domingo 14 de diciembre del 1986

1. «Sei tu colui che deve venire?» (Mt 11, 3).

Nella liturgia dell’odierna domenica d’Avvento risuona questa domanda, posta a Gesù da Giovanni Battista, per il tramite dei suoi discepoli: «Sei tu colui che deve venire o dobbiamo attenderne un altro?». In quel momento Giovanni si trovava già in carcere e la sua attività sulle rive del fiume Giordano era stata brutalmente interrotta. Infatti egli diceva la verità a tutti; non aveva esitato a dirla anche al re adultero. Per questo era finito in prigione. Dal carcere egli indirizza a Gesù una domanda, che può sorprenderci in bocca a Giovanni.

Presso il Giordano, infatti, egli aveva già reso testimonianza a Cristo proclamando: «Ecco l’Agnello di Dio, colui che toglie il peccato del mondo» (Gv 1, 29). Come mai, dunque, una simile domanda da parte di colui, che aveva riconosciuto la pienezza dei tempi? Non perché vi fosse in lui dubbio alcuno circa il Redentore, da lui indicato come il perdono di Dio così lungamente atteso e invocato, ma perché vi era nel Battista una certa qual sorpresa. Infatti egli, che stava vivendo la condizione del prigioniero destinato a morire, è in un certo senso sconcertato che Gesù porti il giudizio di Dio in modo così umile e inerme: realizzando con la delicata potenza dell’amore quanto il Battista aveva preannunziato con parole forti: il Messia «ha in mano il ventilabro, pulirà la sua aia e raccoglierà il suo grano, ma brucerà la pula con il fuoco inestinguibile» (Mt 3, 12).

2. Gesù, in primo luogo, dà la risposta; poi, rivolgendosi alle persone presenti, manifesta la grandezza di un uomo, che anelava a lui con ogni energia della mente e del cuore.

Ai discepoli di Giovanni, Gesù si richiama ad alcune parole del profeta Isaia riguardanti il Messia, affermando che quella descrizione del tempo messianico, quale epoca di salute, di pace e di letizia, aveva trovato il proprio adempimento nel suo operare salvifico.

Questi testi di Isaia (Is 26, 19; 29, 18-19; 35, 5 ss) sono ben noti e vengono spesso ripetuti nella liturgia. In essi questo grande profeta preannunciava ciò che, con la venuta di Cristo, accade ora davanti agli occhi di tutti. Il Verbo si è fatto carne, L’annuncio è divenuto realtà. Ecco: «I ciechi ricuperano la vista, gli storpi camminano, i lebbrosi sono guariti, i sordi riacquistano l’udito, i morti risuscitano, ai poveri è predicata la buona novella». Gesù quindi asserisce che tutti questi «segni messianici» vengono confermati dalla sua attività, e conclude dicendo: «Andate a riferire a Giovanni ciò che udite e vedete» (Mt 11, 5. 4).

3. Nella prima parte dell’odierno brano evangelico, Gesù risponde alla domanda del Battista, riferendosi alla testimonianza della Scrittura: ciò che l’Antico Testamento annunciava del Messia si realizza in lui, in Gesù di Nazaret. Nella seconda parte della pericope il Salvatore rende testimonianza a Giovanni. Questi è un «profeta . . . anche più di un profeta» (Mt 11, 9).

Nell’asserire ciò, Gesù fa appello alla memoria di coloro che lo stavano ascoltando in quel momento: quando essi andavano al Giordano per ascoltare Giovanni il Battista non vi trovavano, né una canna sbattuta dal vento, né un uomo avvolto in morbide vesti, come coloro che stanno nei palazzi dei re! (cf. Mt 11, 7-8). Vi trovavano un profeta: un uomo che diceva la verità - e solamente la verità -, in nome di Dio stesso. Tale verità a volte era dura ed esigente. Nel nome del Regno, che si stava avvicinando, nel nome del giudizio di Dio, Giovanni esortava alla penitenza chi si recava da lui per ascoltarlo, affinché riconoscendosi peccatore potesse accogliere con animo contrito il Messia.

Forse - come ho già accennato - lo stesso Giovanni era un poco sorpreso che parole e azioni di Gesù non fossero così severe come le sue. Ma Cristo è prima di tutto buona novella di salvezza e rivelazione dell’amore misericordioso di Dio. Giovanni, tuttavia, non era solo un profeta, servo della parola di Dio da proclamare agli uomini quale annuncio di pace, ma era anche il Precursore, l’inviato per «preparare la via» a Cristo e indicarlo come gioiosa verità offerta all’uomo. Per tale motivo Gesù esclama: «In verità vi dico, tra i nati di donna non è sorto uno più grande di Giovanni il Battista» (Mt 11, 11).

4. A queste parole Gesù ne aggiunge altre che fanno riflettere: «Tuttavia il più piccolo nel regno dei cieli è più grande di lui». Perché la compiacenza del Padre si posa in pienezza su quanti sono rinati nello Spirito, e i figli di adozione sono elevati a una familiarità con Dio imparagonabile a quella, che nella vita terrena ha potuto gustare Giovanni.

Anzi, a motivo di quest’ultima frase, possiamo affermare che questo secondo intervento di Cristo non si riferisce solamente a Giovanni il Battista, ma - in un certo senso - ad ogni uomo. Infatti, sin da quando il regno di Dio è venuto nel mondo, tutti siamo soggetti alla misura di grazia che esso stesso costituisce nei riguardi dell’uomo. E anche un profeta così grande come Giovanni, il quale seppe riconoscere il Messia sulle rive del Giordano, nel regno di Dio viene valutato secondo questa misura.

5. Oggi, terza domenica di Avvento, la Chiesa ricorda queste parole quando tutta la liturgia fa risuonare la letificante verità della vicinanza di Dio: «Il Signore è vicino!» (Fil 4, 5; Gv 5, 8).

Veramente è vicino. Il Redentore, che si è stabilito tra gli uomini e può essere accostato sulle vie delle esperienze umane, non solo ammaestra, ma conversa con loro in modo fraterno e santo: egli conduce un dialogo di salvezza.

L’uomo dei nostri tempi è molto sensibile al «dialogo», parola che si è frequentemente usata, ma di cui forse a volte ai nostri giorni si abusa. Tuttavia la Chiesa ha inserito questa parola nel suo linguaggio contemporaneo. Il mio predecessore, papa Paolo VI, ha dedicato gran parte della sua prima enciclica a questo tema. E, in particolare, ha spiegato in che cosa consista il «dialogo della salvezza». Dopo aver ricordato che tale colloquio salvifico fu spontaneamente aperto dall’iniziativa amorosa e benefica di Dio, insegna che anche il nostro parlare con l’uomo deve essere mosso da amore fervente, gratuito e senza preclusioni. Egli afferma: «Il dialogo della salvezza non obbligò fisicamente alcuno ad accoglierlo; fu una formidabile domanda d’amore, la quale, se costituì una tremenda responsabilità in coloro a cui fu rivolta, li lasciò tutti liberi di corrispondervi o di rifiutarla, adattando perfino la quantità dei segni alle esigenze e alle disposizioni spirituali dei suoi uditori e la forza probativa dei segni medesimi, affinché fosse agli uditori stessi facilitato il libero consenso alla divina rivelazione» (Ecclesiam Suam, III, 77).

6. L’uomo è avvicinato a Dio anche mediante il dialogo, mediante il colloquio con gli uomini, quando cerca su questa via la verità e la giustizia. Si potrebbe dire che il dialogo fa parte dello spirito dell’Avvento, dell’atteggiamento dell’Avvento. Il Vangelo di oggi lo pone in potente risalto.

L’uomo può - anzi deve - porre delle domande a Cristo, anche nella presente tappa della storia: «Sei tu colui che deve venire?». La risposta di Cristo, conservata e offerta dalla Chiesa, da una parte, sarà simile a quella che hanno ricevuto i discepoli di Giovanni; dall’altra, sarà adattata ai problemi dell’epoca in cui viviamo. Proprio in tal modo il Concilio Vaticano II ha dato questa risposta agli uomini d’oggi.

Cristo è colui su cui continuano a trovare conferma i «segni messianici». Colui che indica le vie della salvezza. Si può dunque - e si deve - condurre il dialogo della salvezza. Mediante esso si approfondisce la nostra fede e, in pari tempo, questa diventa matura esortazione alle opere.

7. Ricordiamoci però che il centro di questo dialogo - se deve essere un vero dialogo della salvezza - si trova nella preghiera. Anche nella preghiera e prima di tutto in essa, l’uomo «pone degli interrogativi». E nella preghiera - soprattutto nella preghiera - trova la risposta. La preghiera, più di ogni altra realtà, appartiene allo spirito dell’Avvento, forma nel modo più completo l’atteggiamento dell’Avvento: «il Signore è vicino».

8. Cari fratelli e sorelle! Siate sempre di più una comunità di preghiera, che specialmente con la liturgia si innesta nell’armonioso divino, tenendo desto e costante il desiderio di Dio. In tal modo maturerà tra voi una comunità di vita redenta, che spinge a praticare la carità, che Cristo ha raccomandato (cf. Gv 13, 35), promuovendo l’uomo secondo il disegno di Dio.

L’esistenza di una parrocchia si sviluppa in pienezza quando avanza nella fede e progredisce nella santità delle buone opere. Non esitate a porvi sulla via, che la misericordia di Cristo indica, imitandone l’esempio, custodendone l’insegnamento e procedendo sicuri nella sua pace. La parrocchia è una casa di fratelli, resa bella e accogliente dalla carità.

[...]

10. «Il Signore è vicino!». Ecco, nel nascondimento della casa di Nazaret l’umile Vergine, di nome Maria, ode le parole dell’annunciazione: «Concepirai un figlio, lo darai alla luce e lo chiamerai Gesù. Sarà grande e chiamato Figlio dell’Altissimo, il Signore Dio gli darà il trono di Davide suo padre e regnerà per sempre sulla casa di Giacobbe e il suo regno non avrà fine» (Lc 1, 31-33).

Queste parole si sono compiute. La Vergine Madre è entrata nella storia dell’Avvento come la Serva del Signore che dice: «Avvenga di me quello che hai detto» (Lc 1, 38).

Fra pochi istanti sarò lieto di incoronare l’effigie della Madonna, da voi tanto venerata e invocata. La Chiesa - e la vostra parrocchia in particolare - chiama quest’umile Serva del Signore «Regina del mondo». E la invoca in tutte le necessità degli uomini di oggi. Maria, Madre nostra e Regina del mondo, aiuti e protegga tutti i figli di questa parrocchia.

Homilía (17-12-1989)

Visita a la Parroquia de San León I
Domingo 17 de diciembre del 1989

1. «Sei tu colui che deve venire?» (Mt 11, 3).

La domanda dei discepoli di Giovanni Battista attraversa tutto il brano evangelico di questa terza domenica d’Avvento, chiamata a giusto titolo «della gioia».

Al precursore, finito in carcere per la testimonianza coraggiosa resa alla verità, era giunta l’eco delle parole e dei gesti di Gesù: erano parole e gesti che contraddicevano le attese di un Messia politico e violento, com’era quello aspettato da molti in Israele. Ciò aveva fatto sorgere in loro il dubbio; in alcuni persino lo scandalo.

«Sei tu . . . o dobbiamo aspettarne un altro?». La domanda dei discepoli di Giovanni conserva una sua attualità. Se la pone, in certo modo, anche il nuovo Israele, la Chiesa, che attende la venuta, quella ultima soprattutto, del suo Signore. Se la pongono particolarmente molti uomini sfiduciati e smarriti che, con cuore sincero, cercano la via della salvezza.

2. La risposta a tale domanda non può essere data poggiando sulla semplice logica umana. L’identificazione del Messia-salvatore non è facile. È possibile soltanto per coloro che hanno orecchi per udire le parole e occhi per vedere le opere di Cristo alla luce della fede e nell’ottica del progetto salvifico di Dio, già annunciato dai profeti.

Di tale progetto Isaia aveva offerto una sintesi particolarmente eloquente. Gesù si rifà a quella predicazione per svelare la sua vera identità messianica e la sua missione: «I ciechi recuperano la vista, gli storpi camminano, i lebbrosi sono guariti, i sordi riacquistano l’udito, i morti risuscitano, ai poveri è annunziata la buona novella».

Con le sue parole, dunque, Gesù offre i «segni» della venuta del Regno promesso e presenta le credenziali della sua missione; con la sua predicazione porta a compimento la liberazione già annunciata. Egli, infatti, è il Messia-servo, salvatore di tutto l’uomo e di tutti gli uomini, dei poveri, dei sofferenti, degli emarginati soprattutto. Attraverso le sue parole e i suoi gesti il Regno di Dio «viene» per la salvezza e la gioia dei poveri che riconoscono in lui «la gloria e la magnificenza» di Dio e sono salvati. Per essi la liberazione sarà un «nuovo esodo»: una «via santa» da percorrere in atteggiamento di conversione e di fedeltà alla sua parola, quale buona notizia di speranza e di gioia.

3. La risposta offerta da Gesù è motivo di fiducia e stimolo all’impegno per ogni persona di buona volontà. Lo è, in particolare, per questa vostra comunità parrocchiale, carissimi fedeli di san Leone I al Prenestino. Anche qui ci sono sofferenti, emarginati, poveri, ai quali Gesù vuole portare la buona Novella della salvezza. Lo fa attraverso i suoi ministri: il vostro parroco, don Vito di Nuzzo, e i sacerdoti suoi collaboratori, ai quali va il mio saluto cordiale. Lo fa attraverso l’opera del Cardinale vicario e del Vescovo del settore, monsignor Giuseppe Mani, che sono qui stasera con noi per rendere più bello quest’incontro. Lo fa mediante la persona del Papa, che è venuto tra voi per esprimervi il suo affetto e la sua sollecitudine pastorale nei confronti dei problemi che affliggono la vostra comunità.

Conosco le difficoltà con cui dovete quotidianamente misurarvi a motivo della insufficienza di infrastrutture e di servizi sociali fondamentali. Confido che con l’impegno di tutti - autorità civiche, forze sociali e imprenditoriali, responsabili di enti pubblici, privati si affrettino le desiderate soluzioni.

Prendo atto con gioia delle molteplici iniziative che la parrocchia come tale ha avviato nel campo della catechesi, della liturgia, della carità, contando sull’apporto prezioso di laici qualificati per competenza e generosità. Mentre incoraggio ciascuno a farsi carico della propria parte di responsabilità e a perseverare in una collaborazione alla quale Dio non farà mancare la giusta ricompensa, esorto a privilegiare - nella luce del brano evangelico ascoltato poc’anzi - l’attenzione verso gli ultimi. E a loro in primo luogo, ai «poveri», che il Signore Gesù vuol portare per mezzo vostro la buona Novella.

Egli vi è accanto, nell’adempimento di questo compito, col sostegno della sua grazia. In questo momento, poi, egli apre dinanzi a voi, e a tutta la Chiesa che è in Roma, una «via santa» di rinnovamento mediante il Sinodo pastorale diocesano. E, questa, una via da fare insieme in piena fedeltà agli esempi e agli insegnamenti di Cristo, maestro e Signore.

4. La situazione della città in cui viviamo, anche quella del vostro popoloso quartiere, si presenta talora - per usare le parole del profeta Isaia - come un «deserto», una «terra arida», difficile da dissodare e refrattaria alla seminagione evangelica, Ci sono gli «smarriti di cuore», che hanno perduto la strada della verità e della vita; molte le «mani fiacche», incapaci di fare il bene; molte le «ginocchia vacillanti» nel cammino della sequela di Cristo.

Con le parole del profeta, Dio ci invita a non scoraggiarci e ci esorta alla speranza: «Coraggio, non temete; ecco il vostro Dio . . . viene a salvarvi!».

Sì, fratelli e sorelle, il Signore viene; anzi è qui tra noi. I segni della sua presenza salvifica sono già visibili nella nostra città. Molte sono, infatti, le iniziative poste in atto nella comunità ecclesiale per annunciare la buona notizia del Vangelo ai poveri. Molte sono le opere di carità e di servizio realizzate per offrire ai malati, ai sofferenti e agli emarginati una liberazione integrale. Roma, Chiesa chiamata a presiedere le altre Chiese nella carità cerca di dare a tutte una eloquente e coraggiosa testimonianza in questo importante campo della sua missione salvifica. Glielo riconoscono, con apprezzamento, gli uomini abituati a giudicare con animo libero da pregiudizi e le stesse autorità pubbliche, disponibili alla collaborazione per la promozione dell’uomo e il bene comune.

La salvezza che Gesù viene a portare non è, però, un dono che ha raggiunto tutti; molti «poveri» che abbiamo con noi non hanno ancora accolto l’annuncio della buona Novella e non sono stati ancora liberati dal peccato e da tutto ciò che li umilia e li pone al margine di una convivenza umana fraterna e solidale; molti «scandalizzati» hanno preso le distanze da Cristo, e dalla Chiesa.

È necessario, allora, incrementare la missione di evangelizzazione e di promozione umana, per aprire a tutti le porte del Regno di Dio, che viene in Gesù Cristo. Nascono da ciò gli impegni del Sinodo pastorale diocesano.

5. Per una concorde ed efficace realizzazione di questi impegni, vorrei ricordarne alcune fondamentali esigenze.

Anzitutto il rapporto necessario tra la «nuova evangelizzazione», a cui il Sinodo ci sollecita, e la promozione integrale dell’uomo. Ci sono profondi legami che uniscono questi due aspetti della missione ecclesiale. «Legami di ordine teologico, poiché non si può dissociare il piano della creazione da quello della Redenzione che arriva fino alle situazioni molto concrete di ingiustizia da promuovere. Legami dell’ordine evangelico, quale è quello della carità; come infatti proclamare il comandamento nuovo senza promuovere nella giustizia e nella pace la vera, autentica crescita dell’uomo?» (Pauli VI, Evangelii Nuntiandi, 31).

Occorre tuttavia fuggire due pericolose tentazioni. Da una parte, bisogna evitare di ridurre la missione della Chiesa alle sole dimensioni di un progetto temporale, con il rischio di far perdere al messaggio evangelico della liberazione la sua originalità (cf. Pauli VI, Evangelii Nuntiandi, 32). Dall’altra parte, nel cammino della liberazione umana, è necessario escludere ogni forma di violenza, perché questa «genera irresistibilmente nuove forme di oppressione e di schiavitù» (Pauli VI, Evangelii Nuntiandi, 37).

«Per questo, col predicare la liberazione e con l’associarsi a coloro che operano e soffrono per essa, la Chiesa - senza accettare di circoscrivere la propria missione al solo campo religioso, disinteressandosi dei problemi temporali dell’uomo - riafferma il primato della sua vocazione spirituale, rifiuta di sostituire l’annuncio del Regno con la proclamazione delle liberazioni umane e sostiene che anche il suo contributo alla liberazione è incompleto, se trascura di annunziare la salvezza in Cristo Gesù» (Pauli VI, Evangelii Nuntiandi, 34).

6. I credenti, peraltro, sanno che questa salvezza offerta da Cristo non si esaurisce in una dimensione esclusivamente terrena e temporale essa è trascendente, escatologica e avrà il suo compimento definitivo al secondo Avvento del Signore. Ha certamente qui e ora il suo inizio, ma solo alla fine la sua piena realizzazione.

Per questo anche la Chiesa di Dio che è in Roma, per mezzo del Sinodo pastorale diocesano, s’impegna attivamente nella promozione dell’uomo.

Lo fa in quell’atteggiamento di speranza e di attiva pazienza, che san Giacomo ci ha chiesto nella seconda lettura della Messa, sicura che il deserto fiorirà e la terra darà il suo frutto.

Lo fa cercando di accompagnare le sue opere con la testimonianza coraggiosa e coerente della vita. Come Giovanni Battista.

Lo fa orientando nella vera direzione gli sforzi di tutti coloro, e sono tanti, che, come singoli o in gruppo, lavorano per la giustizia, la solidarietà e la pace. Affinché tutti gli uomini, ma soprattutto i poveri e gli oppressi, vedano la gloria del Signore, la magnificenza del nostro Dio e siano salvati.

«Coraggio! Non temete, - essa ripete col profeta Isaia - ecco il vostro Dio . . . Egli viene a salvarvi».

Sì, vieni, Signore Gesù, vieni a salvarci.

Homilía (13-12-1992)

Visita a la Parroquia de San Hugo, Obispo
Domingo 13 de diciembre del 1992

Carissimi fratelli e sorelle della Parrocchia di Sant’Ugo!

1. «Rinfrancate i vostri cuori» (Gc 5, 8). Con la terza Domenica d’Avvento, che stiamo celebrando, siamo ormai giunti al «cuore» di quell’itinerario spirituale che ci condurrà sino ai piedi della santa Grotta, per contemplare, adorare e ringraziare il Verbo di Dio, divenuto uomo per la salvezza dell’intera umanità. E l’odierna liturgia, quasi a volerci sostenere nell’impegnativo cammino di preparazione e conversione, è pervasa da un invito alla fiducia e alla speranza. L’attesa del credente, infatti, non è vana e la promessa di Dio è veritiera. L’Apostolo Giacomo ce lo ha rammentato nella seconda Lettura: «Rinfrancate i vostri cuori, perché la venuta del Signore è vicina» (Gc 5, 8). Le sue parole fanno eco a quelle del profeta Isaia, indirizzate al Popolo ebraico durante il duro esilio nella terra babilonese. «Coraggio! non temete; ecco il vostro Dio» (Is 35, 4). Come ai tempi di Mosè Dio era intervenuto per affrancare il suo popolo dalla schiavitù egiziana e, attraverso il deserto, condurlo alla terra promessa, così ora egli si dichiara pronto a operare prodigi in suo favore restituendogli la libertà. «Egli viene a salvarci» (Is 36, 4). Isaia descrive una strada appianata, sulla quale ritorneranno esultanti i deportati: essi vedranno la gloria e la magnificenza del Signore. Gli sfiduciati e gli scoraggiati non dovranno disperare perché - egli osserva - «il vostro Dio . . . viene a salvarvi»; e aggiunge: «Allora si apriranno gli occhi dei ciechi e si schiuderanno gli orecchi dei sordi. Allora lo zoppo salterà come un cervo, griderà di gioia la lingua del muto» (Is 35, 5-6). In questa pagina, così ricca di simbologia, la Chiesa intravede una chiara profezia messianica, che supera e perfeziona quella immediatamente storica. Per l’uomo la vera e definitiva liberazione da ogni schiavitù e oppressione, infatti, è solo quella realizzata da Gesù, nel mistero pasquale della sua morte e risurrezione.

2. «Sei tu colui che deve venire?» (Mt 11, 3), domandano al Messia i discepoli di Giovanni Battista, incarcerato dal re persecutore Erode Antipa. «Sei tu colui che deve venire, o dobbiamo attenderne un altro?». Ancora una volta il Precursore apre la strada al Signore e gli offre un’ulteriore occasione per manifestarsi agli uomini. Gesù risponde con le stesse parole di Isaia: «Andate e riferite a Giovanni ciò che voi udite e vedete: i ciechi recuperano la vista, gli storpi camminano, i lebbrosi sono guariti, i sordi riacquistano l’udito, i morti risuscitano, ai poveri è predicata la buona novella» (Mt 11, 5). Qualche tempo prima, nella sinagoga di Nazaret, egli aveva applicato a sé un altro brano del profeta Isaia, che suona così: «Lo Spirito del Signore è sopra di me; per questo mi ha consacrato con l’unzione, e mi ha mandato per annunziare ai poveri un lieto messaggio, per proclamare ai prigionieri la liberazione, e ai ciechi la vista; per rimettere in libertà gli oppressi (Lc 4, 18). Il Redentore si appoggia all’autorità del grande profeta del Vecchio Testamento, per dimostrare la sua messianità. E questa volta lo fa per togliere ogni dubbio sia ai discepoli di Giovanni, sia alle folle che ormai lo seguono assiduamente considerandolo il Maestro. Per dare poi testimonianza al Precursore, che ha terminato la sua predicazione, ma non ancora la sua missione, esprime verso di lui un elogio senza confronti. Lo definisce «più che un profeta», lo indica come il messaggero inviato a preparare la strada al Messia, lo paragona ad Elia, e sintetizza il suo giudizio con questa solenne affermazione: «In verità vi dico: tra i nati da donna non è sorto uno più grande di Giovanni Battista» (Mt 11, 11).

3. «Il più piccolo nel regno dei cieli è più grande di lui» (Mt 11, 11). Allo straordinario elogio fa seguito, però, una annotazione apparentemente misteriosa: «Il più piccolo del regno dei cieli è più grande di lui». Può sembrare contraddittoria e invece esprime una verità fondamentale. In effetti, il Signore ha inteso contrapporre il tempo della preparazione della salvezza, concluso e quasi simboleggiato dal Battista, a quello della sua definitiva realizzazione, da Cristo stesso inaugurato. Con l’Avvento del Redentore ha termine l’attesa e viene inaugurata la salvezza destinata a ogni uomo, senza restrizioni. Così si spiega il paradosso delle parole di Gesù su Giovanni Battista. I segni prodigiosi di guarigione da Cristo compiuti sugli infermi, vengono così ad assumere un prezioso valore simbolico, quello di indicare cioè l’autentico dono del risanamento e della vita nuova da lui recato alle anime. Le guarigioni di Gesù sono segni di salvezza eterna.

4. Cari fratelli e sorelle, ecco il profondo significato del Natale del Signore al quale ci stiamo preparando. Gesù appare al mondo come un piccolo bambino; attraverso la povertà, la semplicità e l’umiltà della sua nascita, egli vuole condurre tutti noi a comprendere il suo arcano disegno salvifico. Dopo aver dato l’esempio, Gesù ha predicato le vie del regno divino; dopo aver dato se stesso per redimere l’umanità, Egli, risorto, fonda la Chiesa affidandole l’eterna verità da trasmettere, e la grazia rinnovatrice da diffondere gratuitamente. Da allora, il popolo di Dio, ricco di carismi e ministeri posti al servizio dell’unica fede e dell’unico Signore, si estende sulla terra in molteplici comunità particolari, diocesi e parrocchie proprio per proclamare e testimoniare questo messaggio di salvezza di cui è depositario. Esso è ben consapevole di dover proseguire tra gli uomini l’opera redentrice del Salvatore, annunciando il suo Vangelo a ogni creatura. È nella parrocchia che si viene generati alla nuova esistenza cristiana mediante la grazia battesimale; che si partecipa all’esistenza divina attraverso i sacramenti; che si cresce nella fede grazie all’impegno di una catechesi permanente, che si coltivano le vocazioni all’ordine sacro, al matrimonio e alla vita consacrata. È nella parrocchia che fiorisce la carità verso tutti. Anzi la comunità parrocchiale è chiamata ad essere una privilegiata «scuola di carità», dove si impara ad accogliere e amare ogni persona senza alcuna discriminazione, né distinzione né preferenze, offrendo ai più bisognosi il dono delle opere di misericordia. Ecco, questo è in sintesi il ruolo della parrocchia nella comunità cristiana, cominciando da quelle primitive, intorno agli Apostoli, fino a oggi con la vostra parrocchia di Sant’Ugo recentemente inaugurata.

5. In questa prospettiva assume rilievo singolare anche la missione della vostra Comunità parrocchiale nella città di Roma. Essa è giovane e proprio in questi giorni celebra il primo anniversario della dedicazione della sua Chiesa. È giovane, perché eretta da poco e perché abitata da molte famiglie giovani. È perciò depositaria di energie fresche, capaci di dedicarsi alla crescita della vita spirituale e alla cura delle membra più deboli, come gli anziani e i portatori di handicap. So che avete cominciato bene, dando largo spazio al lavoro dei catechisti e puntando sulla formazione dei giovani e delle famiglie. Vi esorto a proseguire su questa strada bene avviata, tenendo ben presenti allo spirito le parole che l’Apostolo S. Giacomo ci ha rivolto nella seconda lettura: «Siate pazienti anche voi, rinfrancate i vostri cuori, perché la venuta del Signore è vicina» (Gc 5, 8).

... Possa la vostra comunità perseverare nella pazienza, maturare nella fede e accogliere con rendimento di grazie il Vangelo della gioia. Questo si trova dentro la Parola, la Chiesa, il Vangelo, «evangelo», Buona Novella. Questo si trova specialmente inscritto nell’odierna Domenica, chiamata Domenica «gaudete».

6. «La venuta del Signore è vicina».

Sì, carissimi fratelli e sorelle, la venuta del Signore è vicina perché è alle porte il Natale, nascita di Gesù nel grembo verginale di Maria; ma è vicina pure perché la vita, anche la più longeva, è destinata a finire nel tempo per aprirsi all’eternità.

Il tempo è breve (cf. 1 Cor 7, 29). Ecco, ora il momento favorevole, ora il giorno della salvezza (cf. 2 Cor 6, 2).

Facciamo tesoro del tempo, per il bene delle nostre anime.

Gesù viene. Vieni, Signore, a salvarci!

Amen.

Homilía (17-12-1995)

Visita a la Parroquia de Santa María, Reina de los Apóstoles
Domingo 17 de diciembre del 1995

Rorate caeli desuper!
Carissimi Fratelli e Sorelle!

1. Le letture, che abbiamo ascoltato nell’odierna liturgia, illustrano come la realtà dell’Avvento sia già inscritta nella stessa esperienza della natura. L’Avvento, infatti, è il tempo dell’attesa. San Giacomo parla dell’agricoltore che «aspetta pazientemente il prezioso frutto della terra finché abbia ricevuto le piogge d’autunno e le piogge di primavera» (Gc 5, 7). Queste parole si possono collegare in qualche modo con quelle del profeta Isaia, proclamate nella prima lettura: «Si rallegrino il deserto e la terra arida, esulti e fiorisca la steppa. Come fiore di narciso fiorisca; sì, canti con gioia e con giubilo» (Is 35, 1-2). Per gli Israeliti, che vivevano ai margini del deserto, l’attesa del raccolto costituiva oggetto di particolare sollecitudine. Del resto, non è forse questo il contenuto dell’invocazione dell’Avvento: «Rorate caeli desuper!»? L’attesa del Messia è, dunque, simile a quella dell’agricoltore: «Et nubes pluant Iustum», «Stillate dall’alto, o cieli, la vostra rugiada e dalle nubi scenda a noi il Giusto»! (cf. Is 45, 8).

2. Su questo sfondo di trepida attesa, la liturgia di oggi ci porta ad affermare ancora una volta che al centro dell’Avvento si trovano l’uomo e Dio: l’uomo che attende la venuta di Dio, e Dio che cerca le vie per incontrare l’uomo. Il contenuto dell’attesa dell’uomo è la salvezza che può venirgli soltanto da Dio. Il Messia promesso, che viene sulla terra nella notte di Betlemme, è il Salvatore del mondo, è Colui che libera l’uomo dal male, orientandolo verso il bene e la felicità.

Il Salmo responsoriale inneggia a Dio fedele per sempre: egli rende giustizia agli oppressi, nutre di pane gli affamati, libera i prigionieri, ridona la vista ai ciechi, rialza chi è caduto, ama i giusti, protegge gli stranieri, veglia sull’orfano e la vedova (cf. Sal 145, 7-10).

3. Le parole del Salmista si riallacciano a quanto espresso dal profeta Isaia: «Allora si apriranno gli occhi dei ciechi e si schiuderanno gli orecchi dei sordi. Allora lo zoppo salterà come un cervo, griderà di gioia la lingua del muto» (Is 35, 5-6). Sono segni di una grande conversione, di un ritorno, che si compirà per opera del Redentore. Il Profeta annuncia: «Ritorneranno i riscattati dal Signore e verranno in Sion con giubilo; felicità perenne splenderà sul loro capo; gioia e felicità li seguiranno e fuggiranno tristezza e pianto» (Is 35, 10).

E quando i discepoli di Giovanni Battista andarono da Cristo per domandargli: ««Sei tu colui che deve venire o dobbiamo attenderne un altro?», Gesù risponde: «Andate e riferite a Giovanni ciò che voi udite e vedete: i ciechi ricuperano la vista, gli storpi camminano, i lebbrosi sono guariti, i sordi riacquistano l’udito, i morti risuscitano, ai poveri è predicata la Buona Novella e beato colui che non si scandalizza di me»» (Mt 11, 3-6). Così, dunque, Gesù di Nazaret conferma in modo inequivocabile di essere proprio Lui il compimento delle attese messianiche di Israele. In tal modo Egli si pone come mediatore tra le attese dell’uomo e l’eterna disponibilità di Dio a corrispondere pienamente ai bisogni dell’umanità.

4. Ricollegandosi al messaggio di Giovanni Battista e alla conseguente risposta, Gesù parla alla folla della persona del Battista. Il Battista non è un uomo che dubita. La domanda da lui posta scaturisce dal profondo della sua vocazione profetica e tende ad ottenere da Cristo stesso la conferma di quella divina verità a cui aveva reso testimonianza sulle rive del Giordano: verità confermata definitivamente con il sacrificio della propria vita.

E Gesù testimonia la speciale missione del Battista, quasi volesse estinguere un «debito di riconoscenza» verso il Precursore. «In verità vi dico: tra i nati di donna non è sorto uno più grande di Giovanni il Battista» (Mt 11, 11). La folla non incontrava soltanto un profeta, ma «più di un profeta» (cf. Mt 11, 9). Con tali parole, Cristo rende testimonianza a Giovanni ed imprime in un certo senso un sigillo messianico su tutta la sua eroica missione.

5. La figura del Battista ritorna più volte nelle letture dell’Avvento e conferisce un significato particolare alla liturgia di questo periodo. Sì, l’Avvento è tempo di attesa del Natale del Signore, del suo ingresso nell’esistenza terrena in un clima di gioia e di pace. Giovanni Battista, in un certo senso, fa rivivere, a trent’anni di distanza, l’esperienza dell’Avvento, nel momento in cui Gesù di Nazaret inizia la sua vita pubblica. È proprio la realizzazione concreta della sua missione salvifica a manifestare il definitivo significato della Notte di Natale.

Il Messia compirà con la propria missione la profezia di Isaia e per tutti i tempi continuerà a ripetere quanto disse agli inviati di Giovanni: «Beato colui che non si scandalizza di me» (Mt 11, 6). Egli ripete la stessa cosa agli uomini del ventesimo secolo che ormai volge al termine; a noi, radunati in questo tempio; alla Chiesa e a tutta l’umanità. Mentre ci avviamo verso la conclusione del secondo millennio cristiano, queste parole continuino a risuonare con particolare chiarezza e rianimino i cuori degli uomini in questa svolta epocale.

6. Carissimi Fratelli e Sorelle della Parrocchia di Santa Maria Regina Apostolorum! Quest’oggi il profeta Isaia rivolge un pressante invito: «Coraggio! non temete; ecco il vostro Dio... Egli viene a salvarvi» (Is 35, 4). Ripeto queste parole, ormai a pochi giorni dalla grande solennità del Natale, a voi, che vivete in questa parrocchia...

8. Carissimi Fratelli e Sorelle... Si può dire che ogni tempio è un segno dell’Avvento, di quell’Avvento che è iscritto in tutto il creato. Nella casa del Signore, posta in mezzo a quelle degli uomini, questo incontro avviene in modo sacramentale.

Auguro che questo tempio sia per voi il luogo di frequenti incontri con Dio! Venite qui, tra queste mura, per porre, come i discepoli di Giovanni, delle domande a Cristo. Voi uscirete di qui rassicurati, portando con voi la risposta data da Gesù agli inviati di Giovanni: «Beato colui che non si scandalizza di me».

9. Vi auguro che questo tempio sia a servizio della vostra fede, della vostra speranza e della vostra carità! Vi prepari, qui, sulla terra, all’incontro con Dio, definitivo destino di ogni uomo. San Giacomo ci ha così esortati: «Siate dunque pazienti, fratelli... rinfrancate i vostri cuori, perché la venuta del Signore è vicina... ecco, il giudice è alle porte» (Gc 5, 7-10). Questo giudice è il Salvatore del mondo ed il suo giudizio è un giudizio salvifico.

Vi aiuti questo tempio ad entrare in contatto col Dio che giudica mediante la verità della salvezza. Dio infatti «vuole che tutti gli uomini siano salvati e arrivino alla conoscenza della verità» (1 Tm 2, 4). Questo desiderio di Dio si renda presente anche in questo tempio come segno della divina benedizione per tutti coloro che vi entreranno!

Amen.

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