Domingo V Tiempo Ordinario (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 58, 7-10:
- Salmo: Sal 111, 4-5. 6-7. 8a y 9:
- 2ª Lectura: 1 Co 2, 1-5:
+ Evangelio: Mt 5, 13-16:




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Benedicto XVI, Papa

Homilía (08-02-1981): Todo cristiano es sal y es luz


Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Carlos y San Blas.
Domingo V del Tiempo Ordinario. Ciclo A
Domingo 08 de febrero del 1981

1. "Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 13-14).

Repito gustosamente las palabras de la perícopa evangélica de este domingo para saludaros... ¿Por qué con estas palabras? Porque las ha pronunciado Cristo ante sus discípulos, y la parroquia es precisamente la comunidad de los discípulos de Cristo. Con estas palabras Cristo definió a sus discípulos y, al mismo tiempo, les asignó una tarea, explicó cómo deben ser, puesto que se trata de sus discípulos...

2. ¿Por qué el Señor Jesús ha llamado a sus discípulos "la sal de la tierra"? El mismo nos da la respuesta si consideramos, por una parte, las circunstancias en las que pronuncia estas palabras y, por otra, el significado inmediato de la imagen de la sal. Como sabéis, la afirmación de Jesús se inserta en el sermón de la montaña, cuya lectura comenzó el domingo pasado con el texto de las ocho bienaventuranzas: Jesús, rodeado de una gran muchedumbre, está enseñando a sus discípulos (cf. Mt 5, 1), y precisamente a ellos, como de improviso, les dice no que "deben ser", sino que "son" la sal de la tierra. En una palabra, se diría que El, sin excluir obviamente el concepto de deber, designa una condición normal y estable del discipulado: no se es verdadero discípulo suyo, si no se es sal de la tierra.

Por otra parte, resulta fácil la interpretación de la imagen: la sal es la sustancia que se usa para dar sabor a las comidas y para preservarlas, además, de la corrupción. El discípulo de Cristo, pues, es sal en la medida en que ofrece realmente a los otros hombres, más aún, a toda la sociedad humana, algo que sirva como un saludable fermento moral, algo que dé sabor y que tonifique. Dejando a un lado la metáfora, este fermento sólo puede ser la virtud o, más exactamente, el conjunto de las virtudes tan estupendamente indicadas en la serie precedente de las bienaventuranzas.

Se comprende, pues, cómo estas palabras de Jesús valen para todos sus discípulos. Por tanto, es necesario que cada uno de nosotros, queridos hermanos e hijos, las entienda como referidas a sí mismo. Cuando en mi saludo inicial he citado estas palabras programáticas, pensaba precisamente en vosotros, y ahora, después de la explicación que de ellas he hecho, debéis sentiros comprendidos en ellas todos los feligreses. No me refiero sólo a los que llamamos "comprometidos", sino a todos, a cada uno de vosotros, sin excepción. ¡Porque todos sois discípulos de Cristo!

Y ahora la segunda pregunta: ¿Por qué el Señor Jesús llamó a sus discípulos "la luz del mundo"? El mismo nos da la respuesta, basándonos siempre en las circunstancias a que hemos aludido y en el valor peculiar de la imagen. Efectivamente, la imagen de la luz se presenta inmediatamente como complementaria e integrante respecto a la imagen de la sal: si la sal sugiere la idea de la penetración en profundidad, la de la luz sugiere la idea de la difusión en el sentido de extensión y de amplitud, porque —diré con las palabras del gran poeta italiano y cristiano— "La luz rápida cae como lluvia de cosa en cosa, y suscita varios colores, dondequiera que se posa" (A Manzoni, La Pentecoste, vs. 41-44).

El cristiano, pues, para ser" fiel discípulo de Cristo Maestro, debe iluminar con su ejemplo, con sus virtudes, con esas "bellas obras" (Kala Erga), de las que habla el texto evangélico de hoy (Mt 5, 16), y las cuales puedan ser vistas por los hombres. Debe iluminar precisamente porque es seguidor de Aquel que es "la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre" (Jn 1, 9), y que se autodefine "luz del mundo" (Jn 8, 12). El lunes pasado hemos celebrado la fiesta de "La Candelaria", cuyo nombre exacto es el de "Presentación del Señor". Al llevar al Niño al templo, fue saludado proféticamente por el anciano Simeón como "luz para alumbrar a las naciones" (Lc 2, 32). Ahora bien, ¿no nos dice nada esta "persistencia de imagen" en la óptica de los evangelistas? Si Cristo es luz, el esfuerzo de la imitación y la coherencia de nuestra profesión cristiana jamás podrán prescindir de un ideal y, al mismo tiempo, de la semejanza real con El.

También esta segunda imagen configura una situación normal y universal, válida para la vida cristiana: se presenta y se impone como una obligación de estado y debe tener, por tanto, una realización práctica y detallada, de modo que en ella se encuentren los sacerdotes, las religiosas, los padres, los jóvenes, los ancianos, los niños y, sobre todo, los enfermos, los que están solos, los que sufren. Igual que todos están invitados a hacerse discípulos de Cristo, así también todos pueden y deben hacerse, en sus obras concretas, sal y luz para los demás hombres.

3. Y ahora escuchemos la confesión del auténtico discípulo de Cristo.

He aquí que habla San Pablo con las palabras de su Carta a los Corintios. Lo vemos, mientras se presenta a sus destinatarios, y oímos que lo ha hecho "débil y temeroso" (1 Cor 2, 3). ¿Por qué?

Esta actitud de "debilidad y temor" nace del hecho de que él sabe que choca con la mentalidad corriente, la sabiduría puramente humana y terrena, que sólo se satisface con las cosas materiales y mundanas. Él, en cambio, anuncia a Cristo y a Cristo crucificado, esto es, predica una sabiduría que viene de lo alto. Para hacer esto, para ser auténtico discípulo de Cristo, vive interiormente todo el misterio de Cristo, toda la realidad de su cruz y de su resurrección. Además, es preciso notar que así también la intensa vida interior se convierte, casi de modo natural, en lo que el Apóstol llama "el testimonio de Dios" (1 Cor 2, 1). Así, pues, en la vida práctica, un auténtico discípulo debe siempre ser tal en el sentido de la aceptación interior del misterio de Cristo, que es algo totalmente "original", no mezclado con la ciencia "humana" y con la "sabiduría" de este mundo.

Viviendo de este modo tendremos, ciertamente, el "conocimiento" de él y también la capacidad de actuar según él. Pero es necesario que en relación con los compromisos de naturaleza laical, nuestra fe no se funde en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios (1 Cor 2, 5).

4. La parroquia —como he dicho al comienzo— es la comunidad de los discípulos de Cristo. ¿Qué consecuencias prácticas nos conviene sacar de las lecturas litúrgicas de hoy? Me parece que deben ser éstas: ante todo, la profundización en la fe y en la vida interior; en segundo lugar, un empeño serio en la actividad apostólica: "para que (los hombres) vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo" (Mt 5, 16); y finalmente, la disponibilidad en ayudar a los otros, como bien dice la primera lectura con las palabras de Isaías: "Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, enseguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor y te responderá. Gritarás y te dirá: Aquí estoy" (Is 58, 7-9).

5. Permitid ahora que de la palabra divina de este domingo, palabra que hemos meditado juntos, saque las últimas conclusiones y, al mismo tiempo, formule mis votos tanto para vuestra comunidad cristiana, como para cada uno de vosotros. Ante todo, deseo que renovéis en vosotros la conciencia personal y comunitaria: soy discípulo, quiero ser discípulo de Cristo. Esta es una cosa maravillosa: ¡Ser discípulo de Cristo! ¡Seguir su llamada y su Evangelio! Os deseo que podáis sentir esto más profundamente, y que la vida de cada uno de vosotros y de todos adquiera, gracias a esta conciencia, su pleno significado.

En las palabras de Isaías se contiene una promesa particular: el Señor escucha a los que le obedecen. El responde "Aquí estoy" a los que se hallan ante El con la misma disponibilidad y dicen con su conducta el mismo "aquí estoy". Os deseo que vuestra relación con Jesucristo nuestro Señor, Redentor y Maestro, se regule de este modo. Deseo que Cristo esté con vosotros, y que, mediante vosotros esté con los demás: y que se realice así la vocación de sus verdaderos discípulos, los cuales deben ser "la sal de la tierra" y "la luz del mundo". Así sea.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: Sólo Cristo

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

«No fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciaros el misterio de Dios». Los medios no deben entorpecer la acción de Dios. Dar demasiada importancia a los medios es sustituir a Cristo. Apoyarse en los medios es una idolatría, además de una insensatez. Toda sabiduría que no viene de Cristo y no conduce a Él es un estorbo. «¡Mire cada cuál cómo construye!» (1 Cor 3,10).

«No quise saber sino a Jesucristo, y éste crucificado». ¿Cuándo nos convenceremos de que Cristo basta? No se trata de tener a Cristo y «además» otras cosas, otros medios, etc. En Cristo tenemos todo. Él es para nosotros «sabiduría, justicia, santificación y redención» (1 Cor 1,30). La santidad viene sólo del costado abierto de Cristo crucificado. Sólo Él redime, sólo Él convierte. Quedarnos en los medios es quedarnos sin la gracia que sólo de Él procede.

Más aún, es Cristo lo único que tenemos que dar al mundo. Como Iglesia, hemos de sentirnos dichosos de no tener otra cosa que ofrecer. ¡Ojalá nuestra Iglesia pudiera decir con toda verdad como los apóstoles: «No tengo oro ni plata, te doy lo que tengo: en nombre de Jesús Nazareno echa a andar!» (He 3,6). No tengo nada más que a Cristo –¡y nada menos!– Cuando la Iglesia es verdaderamente pobre, entonces es cuando brilla con fuerza su auténtica riqueza: Cristo, con todo su poder salvador.

«Mi palabra... fue una demostración de Espíritu y de poder». Desde la debilidad del apóstol y desde la pobreza de los medios se manifiesta la potencia infinita de Dios. Desde la carencia se pone de relieve que el milagro de la conversión, el cambio de los corazones, es absolutamente desproporcionado a los medios humanos y por tanto es obra de la acción omnipotente del Espíritu Santo. De esta manera se construye con solidez para la vida eterna, pues la fe se apoya no en razones o convicciones humanas, sino en el poder de Dios.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Por el Bautismo pasamos de las tinieblas a la luz. Por eso siempre hemos de ser luz para los demás, llevando una vida cristiana irreprochable.

-Isaías 58,7-10: Entonces nacerá tu luz como la aurora. El profeta Isaías anuncia la regeneración mesiánica como una irrupción en la vida de los hombres de la luz divina, que es capaz de transformar toda su existencia. Cristo también se presenta como Luz, que ilumina las tinieblas del mundo. El tema de la luz es riquísimo en la Sagrada Escritura y en la doctrina patrística. En el prólogo del Evangelio de San Juan el Verbo eterno del Padre es la Luz verdadera que ilumina a todo hombre. Oigamos a San Agustín:

«El Verbo es el Hijo del Padre y su Sabiduría. Él ha sido enviado no porque sea desemejante al Padre, sino porque es una emanación de la claridad de Dios Omnipotente. El caudal y la fuente son una misma sustancia. No es como agua que salta de los veneros de la tierra o de las hendiduras de la roca, sino como «Luz de Luz». Cuando se dice «esplendor de la Luz eterna», ¿qué otra cosa queremos significar sino que es Luz de Luz eterna? ¿Qué es el esplendor de la luz sino luz?

El Verbo encarnado es, «en consecuencia, coeterno a la Luz de la que es el esplendor. Se dice «esplendor de la Luz», para que nadie crea más oscura la Luz que emana que la Luz de la cual emana» (Tratado sobre la Santísima Trinidad 4, 20,27).

–El cristiano, viviendo en Cristo, vive en la Luz. Por eso con razón cantamos el Salmo 111: «El justo brilla en las tinieblas como una luz. En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos. El justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo. No temerá las malas noticias, su corazón está firme en el Señor...»

Nadie más justo que el Señor Jesús, nadie tan clemente ni tan compasivo como Él. Por eso nadie brilla en las tinieblas con una Luz tan esplendorosa como la Suya.

2 Corintios 2,1-5: Os he anunciado a Cristo crucificado. No es la filosofía humana, ni la filosofía de los hombres la que puede iluminar nuestra vida para la salvación, sino el misterio de Cristo crucificado y el poder renovador del Espíritu Santo, que nos transforma profundamente, iluminándonos en la fe. Comenta San Agustín:

«Aunque sólo sepa esto [el misterio de la Cruz], nada le queda por saber. Cosa grande es el conocimiento de Cristo crucificado, pero es mostrado a los ojos de los pequeños como un tesoro encubierto... ¡Cuántas cosas encierra en su interior ese tesoro...! ¡Cristo crucificado! Tal es el tesoro escondido de la sabiduría y de la ciencia.

«Quieren engañarnos, pues, bajo el pretexto de la sabiduría... ¡Necio filósofo de este mundo, eso que buscas es nada! ¿Cuál es el precepto [del Señor], sino que creamos en Él y nos amemos mutuamente? ¿Creer en quién? Creer en Cristo crucificado. Escuche, pues, la sabiduría lo que no quiere oír la soberbia... Es éste el mandato: que creamos en Cristo crucificado. Pero el hombre soberbio, erguida su cerviz, hinchada la garganta, con lengua orgullosa y carrillos inflados, se burla de Cristo crucificado» (Sermón 160,3).

Mateo 5,13-16: Vosotros sois la luz del mundo. Las lecturas de este día tienen una gran unidad temática. El Nuevo Testamento muestra al auténtico cristiano como un hombre iluminado por Cristo, esto es, como un «hijo de la luz» (Lc 16,8; Jn 12,36; Ef 5,8; 1 Tes 5,5). Por tanto el cristiano, con su conducta, ha de purificar e iluminar el mundo, glorificando a Dios en medio de la humanidad. Comenta San Agustín:

«Cuando dije que vosotros erais luz, quise decir que erais lámparas. Pero no exultéis, llenos de soberbia, no sea que se os apague la llama. No os pongo bajo el celemín, sino en el candelabro, para que deis luz. ¿Y cuál es el candelabro para la lámpara? Escuchad cuál. La Cruz de Cristo es el gran candelabro. Quien quiera dar luz, que no se avergüence de ese candelabro de madera...

«Si no habéis podido encenderos vosotros para llegar a ser lámparas, tampoco habéis podido colocaros sobre el candelabro; sea glorificado quien os lo ha concedido... Dice el Apóstol: «lejos de mí gloriarme, si no es en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo» (Gal 6,14). Por tanto, «esté crucificado el mundo para vosotros, y vosotros para el mundo» (ib.)... Pon tu gloria en estar en el candelabro [de la Cruz]. Conserva siempre, oh lámpara, tu humildad en ese candelabro, para que no pierdas tu resplandor. Y cuida de que la soberbia no te apague» (Sermón 289,6).

Adrien Nocent

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo 5


pp. 125-127

-Luz del mundo (Mt 5, 13-16)

Este pasaje sigue a la proclamación de las Bienaventuranzas. El cristiano sabe ya cómo ha de comportarse; sabe que debe seguir a Cristo y lo que esto significa. En este momento, utilizando imágenes vigorosas, san Mateo quiere recordar a sus lectores lo que ellos son en realidad: sal de la tierra y luz del mundo.

"Sal de la tierra". La expresión es poco corriente. Puede entenderse en el sentido real: la sal que sirve de fertilizante para la tierra y de la que san Lucas dice que si se desvirtúa ya no es útil ni para la tierra ni para el estercolero (Lc 14, 35). Aquí se tiene más bien la impresión de que la palabra "tierra" sale de la metáfora anterior y designa más bien al "mundo". Así, pues, los discípulos de Jesús son de por sí una fuerza llamada a hacer que el mundo se desarrolle. Consiguientemente, cada cristiano tiene en sí mismo ese fermento que ha de actuar sobre el mundo. Si el cristiano llegara a dejar de ser sal, ya no tendría sentido y deberían "tirarlo fuera". La expresión es fuerte, pero la encontramos en otros lugares con el significado de condenación eterna. En san Mateo, esta expresión se aplica repetidamente a quienes no se conducen en consonancia con su vocación en Cristo (7, 19; 13, 48.50; 18, 8.9; 22, 13). Sin duda Jesús empleó aquí un proverbio corriente en su tiempo.

Muy útil sería extenderse sobre el enigma de una sal que se vuelve sosa; estamos aquí en pleno proverbio, y todo el mundo entiende lo que esto significa aplicado a seres humanos que deben actuar como responsables. El problema es más profundo y nos afecta a todos. Somos sal de la tierra por el bautismo. Debemos seguir siéndolo y desarrollar la fuerza de acometida depositada en nosotros y el dinamismo difusivo que tenemos en principio. La gravedad del ejemplo puesto por Cristo se mantiene íntegra, y nos preguntamos todos sobre la "sal" de cada cristiano en la Iglesia. ¿Son los cristianos unos meros practicantes, o son también "sal"? Y, si no son ya sal, ¿en qué queda su significado? Este es el problema, y sólo a Dios corresponde la respuesta. No tenemos derecho a juzgar a los demás, pero lo que sí debemos hacer es examinarnos a nosotros mismos y decidir lo que debemos hacer...

"Luz del mundo" somos también. Si Cristo llama así a sus discípulos, ordenándoles que tengan la actitud que corresponde a ese estado luminoso e iluminador, también a nosotros nos señala como luz del mundo. San Mateo se expresa de forma contrastante: "Vosotros sois la luz del mundo", como si quisiera significar claramente que esta dignidad ha pasado ahora de los judíos (Is 42, 6; 49, 6; 60, 3) a sus discípulos y al nuevo pueblo. Por lo tanto, los cristianos han de anunciar al Mesías que vino y salvó al mundo. Esto han de predicar y en esto son luz en medio de las tinieblas. Su cualidad les impone constantemente unas obligaciones: no tienen derecho a sustraerse a su función: no deben dejar que la sal se vuelva sosa, ni meter la luz debajo del celemín. Así, si el cristiano puede mostrarse legítimamente orgulloso de estar asociado al mensaje de Cristo, y si su actividad inspirada por el Espíritu se dirige al mundo entero, sin embargo no debe dar su propia luz sino anunciar la de Cristo, que vino a iluminar a todo hombre. La conducta de los cristianos deberá suscitar en todos la alabanza al Padre por lo que ha hecho. Las maravillas de Dios son el punto de partida de la alabanza; el cristiano ha de ser una de esas maravillas que provoque el grito de admiración y de alabanza. Dar gloria supone la aceptación, que es señal de la conversión. Así está llamado el cristiano a provocar la salvación del mundo, con la luz que difunde.

-Brillará tu luz en las tinieblas (Is 58, 7-10)

Aquí, la luz va unida a la caridad con los demás. Acoger a los desgraciados sin hogar, cubrir al que no tiene qué ponerse, no sustraerse a sus semejantes; esta actitud es indispensable a quien quiera ser luz. La luz brotará como la aurora, y rápidamente volverán las fuerzas al que tiene sentido del otro. Entregar el corazón al que padece hambre, colmar los deseos de los desdichados; en estas condiciones, nuestra luz surgirá en medio de las tinieblas y nuestra obscuridad brillará como la luz del mediodía. Así, el tema de la luz que somos, no es exclusivo de la sabiduría sino que va estrechamente unido al de la caridad y al del sentido del prójimo. Los versículos que preceden a la lectura de hoy, van todos ellos orientados en idéntico sentido: el profeta enviado a Israel y nosotros mismos, adquirimos toda nuestra autenticidad de profetas y de cristianos desde el preciso momento en que nos abrimos a los demás. Por tanto, no se trata sólo de destruir la injusticia; hay que construir la justicia. En estas condiciones, el Señor está cerca de nosotros; con sólo que le llamemos, él responde: Aquí estoy. El amor practicado con el prójimo de manera concreta, eso es la luz.

-Anunciar un Mesías crucificado (1 Co 2, 1-5)

También este pasaje va dirigido a los Corintios, expuestos siempre a la tentación de dividirse por problemas de pertenencia a escuelas de predicadores. San Pablo les recuerda que, en realidad, el verdadero predicador no es el que se expresa con un lenguaje humano o con el de la sabiduría de los hombres. Son el Espíritu y su poder los que se deben manifestar en un lenguaje humano, y los que exclusivamente anuncian al Mesías crucificado.

Al parecer, esta segunda lectura podemos relacionarla con las otras dos en lo relativo a la luz. Si somos luz del mundo, el que ésta brille está condicionado por nuestra caridad. Pero además, tenemos que hacer que brille el objeto central de nuestra fe: Cristo crucificado; para que manifestemos este objeto central de nuestra fe, el Espíritu nos comunica su poder. Dar luz es hacer que se encuentre a Cristo, el Mesías crucificado, lo cual supone también, evidentemente, al Señor glorioso, resucitado. La fe, pues, no se apoya en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. Por lo tanto, el don de la fe, la luz, es encontrar el misterio de Cristo, a Cristo mismo en su misterio de la Pascua. El predicador, todo cristiano, hace que se encuentre la luz, al Verbo encarnado que se hizo carne, fue crucificado y resucitó de entre los muertos. Desembocamos en el Prólogo de san Juan. El Espíritu es quien manifiesta este misterio y da fuerzas para adherirse a él.

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
p. 38 s

1. Las tres imágenes.

En el evangelio aparecen tres imágenes, las tres introducidas por un apóstrofe que Jesús dirige a sus discípulos: «Vosotros sois». En este indicativo se encuentra también, como claramente muestra lo que sigue, un optativo: «Debéis ser esto», tenéis que serlo aunque la amenaza que sigue («ser arrojado fuera») no deba cumplirse. Estas imágenes son muy sencillas y evidentes para todos. Las tres tienen algo en común. La sal no existe para sí misma, sino para condimentar; la luz no existe para sí misma, sino para iluminar su entorno; la ciudad está puesta en lo alto del monte para ser visible para otros e indicarles el camino. El valor de cada una de ellas consiste en la posibilidad de prodigar algo a otros seres. Esto, que para Jesús es evidente, se expresa de un modo muy peculiar en la primera lectura, donde se habla dos veces de la luz y una vez del mediodía: la luz brilla allí donde alguien parte su pan con el hambriento, viste al desnudo y hospeda a los pobres que no pueden dormir bajo techo. En la segunda lectura la fuerza de la luz y de la sal se manifiesta en el hecho de que el apóstol «no quiere saber» ni anunciar cosa alguna «sino a Jesucristo, y éste crucificado». Este es su don espiritual.

2. El desfallecimiento.

Jesús lo explica en dos de las tres imágenes del evangelio: el discípulo que debe ser sal puede volverse soso; entonces ya no puede salar nada y toda la comida se vuelve insípida para la comunidad que le rodea. Jesús dice «Vosotros sois»: se dirige tanto a la Iglesia o a la comunidad como a cada cristiano en particular. El cristiano que no vive las bienaventuranzas, cada una de ellas, ya no alumbra más; no debe extrañarse de que se le tire a la calle y de que le pise la gente. En la parábola de la vid, el labrador poda las cepas, corta los sarmientos estériles y los echa al fuego, los quema. A una comunidad, a la Iglesia de un país, puede sucederle algo similar: quizá una cruel persecución sea el único medio de devolverle su capacidad de alumbrar y de salar. Por esta razón Pablo (en la segunda lectura) teme difundir, «con sublime elocuencia» o «con persuasiva sabiduría humana», difundir una luz falsa, una luz que no remitiría la fe de la comunidad a la fuerza y a la luz de Dios ni construiría sobre ellas. Entonces el apóstol no sería una luz que alumbra en el sentido de Jesucristo, sino que se colocaría sobre la luz y haría justamente lo que Jesús quiere decir con la imagen de la vela que se mete debajo del celemín. Quien se pone sobre la luz de Dios, la apaga inmediatamente por falta de aire.

3. Alumbrar, ¿para qué?

«Para que los hombres vean vuestras buenas obras y den gloria a nuestro Padre que está en el cielo». Aquí hay un peligro evidente: si los hombres ven nuestras buenas obras, podrían alabarnos como cristianos buenos y santos, y entonces «ya habríamos cobrado nuestra paga» (Mt 6,2.S). El justo del Antiguo Testamento está expuesto a este peligro porque todavía no conoce a Cristo: «Te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor» (Is S8,8). Pero Cristo jamás ha irradiado su luz y su sabiduría a partir de sí mismo, sino siempre desde el Padre. Y por eso el cristiano debe ser plenamente consciente de que todo lo que él puede transmitir le ha sido dado por Dios para los demás: «Santificado sea tu nombre, hágase tu voluntad». El hombre que reza verdaderamente (no como el fariseo, sino como el publicano) aprende a experimentar más profundamente que debe entregarse del todo porque Dios en sí mismo es el amor trinitario que se da, un amor en el que cada una de las personas sólo existe para las otras y no conoce ningún ser-para-sí.



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía (08-02-1987)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de Santa María in Aquiro
Domingo 08 de febrero del 1987

1. «Voi siete il sale della terra . . . Voi siete la luce del mondo» (Mt 5, 13.14).

Ascoltando queste parole di Cristo, pronunziate ai discepoli e oggi indirizzate a noi, ci prende un santo timore. Vorremmo subito rispondere al Maestro: sei tu la luce del mondo. Tu sei divenuto il sale della terra, che tutto conserva e rinnova.

Sei tu! Non noi.

E l’odierna liturgia sembra dire lo stesso, quando, prima del Vangelo, ricorda le parole di Cristo: «Io sono la luce del mondo . . . chi segue me avrà la luce della vita» (Gv 8, 12); e quando, col salmo responsoriale, proclama: «Spunta nelle tenebre come luce per i giusti, buono, misericordioso e giusto» (Sal 112, 4), intendiamo queste parole come dette profeticamente su Cristo.

2. «Tu - noi» . . . «Tu e noi» . . .

Tuttavia la parola dell’odierna liturgia non si ferma alla contrapposizione. Cristo, anzi, la elimina perché non dice soltanto di se stesso: «Io sono la luce del mondo», ma dice anche dei discepoli, e ai discepoli, di noi e a noi: «Voi siete la luce del mondo». Voi lo siete. Sì, lo siete, dato che mi seguite. Dato che voi ricevete questa luce che è in me. Io non sono venuto nel mondo solamente per «essere la luce», ma per «dare la luce», per trasferirla nelle menti e nei cuori umani, per accenderla nel profondo dell’uomo.

Di questa verità ebbe piena coscienza san Paolo, il quale scrive ai Corinzi di se stesso, della sua debolezza e del timore che l’accompagna sempre, quando egli deve rendere testimonianza a Cristo davanti agli uomini. Perciò confessa: «Io ritenni infatti di non sapere altro in mezzo a voi se non Gesù Cristo, e questi crocifisso... perché la vostra fede non fosse fondata sulla sapienza umana, ma sulla potenza di Dio» (1 Cor 2, 2.5).

3. L’Apostolo è per noi un modello di come attingere questa luce che è in Cristo - la luce che è Cristo - e di come trasferirla negli altri, di come trasmetterla.

Infatti Cristo vuole da noi proprio questo, quando dice «voi siete la luce del mondo». Infatti aggiunge: «Non può restare nascosta una città collocata sopra un monte, né si accende una lucerna per metterla sotto il moggio, ma sopra il lucerniere perché faccia luce a tutti quelli che sono nella casa» (Mt 5, 14-15).

Abbiamo quindi un compito. Abbiamo una responsabilità per il dono ricevuto: la responsabilità per la luce che ci è stata tramandata. Non possiamo soltanto appropriarci di essa. Non possiamo chiuderla tra le quattro pareti del nostro «io». Dobbiamo anche comunicarla agli altri. Dobbiamo «darla». Dobbiamo risplendere con essa «davanti agli uomini» (Mt 5, 16).

4. Anche Isaia spiega che cosa vuol dire «risplendere»: quando la luce che è nell’uomo - «la tua luce» - sorge come l’aurora (cf. Is 58, 8). Questo avviene mediante le buone opere, con le quali la bontà del Signore compenetra il credente e si riverbera all’esterno.

Nella prima lettura, infatti, il profeta rivela quanto Dio chiede perché sia a lui reso un culto non formalistico, ma vero e interiorizzato: perché la pietà è genuina quando conduce a praticare attraverso le opere di misericordia ciò che la fede crede. L’autore sacro richiama in tal modo quale deve essere l’atteggiamento fondamentale del giusto verso Dio, che così concede una benedizione abbondante di luce e di gloria.

Con un premio che supera il merito, il vero credente risplende davanti agli uomini per pienezza di vita, per rettitudine di intenzione per longanimità e sollecitudine.

5. Gesù ribadisce il medesimo insegnamento, quando dice: «Così risplenda la vostra luce davanti agli uomini, perché vedano le vostre opere buone e rendano gloria al vostro Padre che è nei cieli» (Mt 5, 16). Così dunque la luce che è nell’uomo per opera di Cristo, del suo Vangelo e della sua grazia si manifesta nella testimonianza delle buone opere. La nostra fede richiede le opere che derivano dalla fede, la cui luce può venir meno se non la si alimenta con l’amore.

E questa è al tempo stesso una testimonianza resa a Dio: ogni bene, che nasce sul terreno delle buone opere, arricchisce il mondo e nello stesso tempo reca gloria a Dio.

6. Così la metafora della «luce» s’incontra con quella del «sale».

Come discepoli di Cristo dobbiamo essere il sale della terra. Il sale preserva il cibo dall’alterazione. I cristiani sono chiamati ad assicurare a questo mondo i valori che danno salute e freschezza ai cuori, alle coscienze e alle opere umane, che rendono la vita umana veramente tale e degna dell’uomo.

Così dunque «essere luce», vuol dire insieme «essere sale della terra», ed essere sale «vuol dire essere luce». Non si possono separare queste due correnti della vita cristiana, questi due compiti, queste due dimensioni della missione che riceviamo mediante la partecipazione al mistero di Cristo: alla sua croce e risurrezione.

Perciò la Chiesa - anche nella sua missione magisteriale e pastorale - vede la propria responsabilità particolare per le questioni della fede e della morale. Le custodisce congiuntamente. Esse costituiscono insieme l’eredità della nostra redenzione. Esse sono la nostra partecipazione a questa sapienza e potenza che è in Cristo.

7. A motivo di questa comunione, la mente diventa acuta e saggia, capace cioè di riconoscere in Cristo la risposta stupenda e inaudita - ma incessantemente attesa - all’anelito dell’uomo. A motivo di questa intima partecipazione, la volontà è in grado di conformarsi al volere di grazia del Padre, che oggi ha dato a me e a voi, fratelli carissimi, la gioia di poterci raccogliere in questo tempio, per celebrare le meraviglie del suo amore...

[...]

9. Cari fratelli e sorelle! ... Insieme abbiamo meditato la verità circa «la luce del mondo» e «il sale della terra».

Per opera di Maria, Cristo sia per voi, in ogni tempo e sempre di più, «la luce» che fa nascere in tutta la comunità la testimonianza della fede e delle buone opere.

Risplenda quindi «la vostra luce davanti agli uomini, perché vedano le vostre opere buone». Risplenda, perché mediante queste opere tutti rendano gloria al Padre.

Quanto tutto questo è indispensabile nel mondo contemporaneo! Quanto è indispensabile a Roma alla fine del secondo millennio dell’eredità apostolica della fede e della morale cristiana!

Homilía (28-01-1990)

Celebración de la Misa en Bamako (Mali)
Domingo 28 de enero del 1990

1. «Voi siete la luce del mondo ... Voi siete il sale della terra» (Mt 5, 14. 13).

Cari fratelli e sorelle,

Queste parole, il Signore Gesù le ha rivolte ai suoi discepoli. Egli continua a rivolgerle a coloro che, ovunque nel mondo, sono oggi i suoi discepoli.

In questo giorno, il Signore Gesù pone queste stesse parole sulle labbra del Vescovo di Roma. Esse si rivolgono in modo particolare a voi, cari fratelli e sorelle che siete i discepoli di Cristo in questo paese africano del Mali, a voi che siete qui riuniti per celebrare la liturgia dell’Eucaristia in questa città di Bamako, capitale del Mali, o che comunque assistete a questa liturgia cristiana. Fratelli e sorelle, vi saluto di cuore e vi esprimo tutta la mia gioia di essere con voi nel vostro paese quale messaggero di Dio...

2. Cosa significano queste parole di Cristo a proposito della luce e del sale? Esse hanno un senso metaforico: la luce, perché rischiara; il sale, perché dà sapore agli alimenti.

Per quali motivi, noi che siamo discepoli di Cristo, siamo simili al sale e alla luce? Anzitutto, perché viviamo l’amore...

3. Il sale è necessario per conservare i cibi. Esso dà loro sapore. E la Chiesa dei discepoli di Cristo deve essere a modo suo, un «cibo sano» per gli uomini e per la società.

Questo è ciò che la Chiesa qui nel Mali deve essere.

I cristiani qui, secondo l’insegnamento di Cristo, si sforzano di essere «il sale della terra», devono essere pronti ad immergersi nella marea umana. Essi non possono rimanere spettatori della realtà quotidiana, ma devono entrarvi per dare un gusto, un gusto divino a questa realtà. È bene che essi creino ogni tipo di opere e si impegnino in ogni tipo di organismo, ma non bisogna cedere alla tentazione di rimanere in disparte. La loro preoccupazione sarà sempre quella di dare gusto alla realtà umana di tutti i giorni: a scuola, nei luoghi di lavoro, nelle istituzioni del paese.

Sapendo che il sale è utile perché dà sapore, i cristiani si adopereranno per non diminuire gli sforzi, ma, al contrario, per formarsi continuamente, per approfondire sempre più la fede del loro battesimo, nel proseguimento della grande esperienza di rinnovamento spirituale che è stato nel Mali l’anno del centenario.

Essere «sale della terra» o, in altre parole, apostolo, missionario, evangelizzatore, questo ruolo spetta a tutti i cristiani, perché, con il battesimo, sono stati segnati dal sigillo dello Spirito che ne fa testimoni e messaggeri della Buona Novella. Per poter rendere conto della speranza che è in loro (cf. 1 Pt 3, 15), uomini e donne dovranno continuare la loro formazione, come ha raccomandato l’ultimo Sinodo dei vescovi sulla missione dei laici.

Sono gli uomini e le donne la cui fede è forte che reagiscono alla disperazione, al pessimismo o alla passività: pericoli questi che minacciano gli abitanti di un paese come il vostro, già preda di tanti flagelli naturali e di difficoltà di carattere socio-economico.

4. Se i discepoli di Cristo sono veramente «il sale della terra», se la Chiesa si presenta come un «cibo sano» per la società, allora essa è anche la luce di cui parla il Vangelo di oggi, la luce «che si mette sopra il lucerniere perché faccia luce a tutti quelli che sono nella casa» (Mt 5-15).

Con il battesimo, ognuno ha ricevuto un cero la cui fiamma è stata accesa al cero pasquale: è il simbolo del dono della luce, luce che viene da Cristo, luce che è Cristo stesso. A voi, figli e figlie battezzati il compito di diffondere questa luce, come viene fatto nella notte di Pasqua, per annunciare al mondo la speranza e la salvezza che Dio gli dona...

5. La Vostra missione è dunque di portare la luce di Cristo. Per fare questo occorre che la persona del Signore vi sia familiare grazie alla preghiera personale e comune; essa deve esservi ben conosciuta grazie all’approfondimento della fede. Continuate anche a sviluppare le strutture comunitarie che favoriscono una vita fraterna e calorosa. Dovete ancora consolidare la vostra identità cristiana e non dovete temere di manifestarla con parole e con azioni, quali individui e quale Chiesa. La vostra vocazione cristiana comprende la vocazione all’apostolato. La raccomandazione ultima del Signore ai suoi apostoli prima della Pentecoste è stata questa: «Andate dunque e ammaestrate tutte le nazioni, battezzandole nel nome del Padre e del Figlio e dello Spirito Santo, insegnando loro ad osservare tutto ciò che vi ho comandato» (Mt 28, 19-20). E come per rafforzare il coraggio dei discepoli Cristo ha aggiunto: «Ecco, io sono con voi tutti i giorni, fino alla fine del mondo» (Mt 28, 20).

6. Continuare la missione oggi richiede anche che i figli e le figlie della Chiesa cattolica nel Mali si adoperino per dialogare con coloro la cui fede è diversa dalla loro.

L’incontro con credenti di altre tradizioni invita ad approfondire le proprie convinzioni per meglio riconoscere la verità su Dio e sull’uomo; in tutta chiarezza si può quindi collaborare per salvaguardare i grandi valori umani e spirituali: la pace, la giustizia, il rispetto reciproco, la dimensione interiore dell’uomo, il fine ultimo dell’umanità. Il dialogo oggi è un cammino necessario. È anche un aspetto essenziale della missione evangelizzatrice della Chiesa che non può «predicare il Vangelo ad ogni creatura» (Mc 16, 15) al di fuori di un dialogo di fede e di amore con coloro ai quali viene annunciata la Buona Novella. Il dialogo autentico diventa quindi una testimonianza; il rispetto e l’ascolto reciproco sono atteggiamenti propriamente evangelici.

7. Mentre meditiamo sulla parola del Signore Gesù circa il sale e la luce - cioè circa la vocazione cristiana -, pensiamo alle parole del libro della Genesi che abbiamo ascoltato; «Io sono Dio onnipotente: cammina davanti a me e sii integro. Porrò la mia alleanza tra me e te... Ti chiamerai Abramo perché padre di una moltitudine di popoli» (Gen 17, 5). L’alleanza di Dio con Abramo continua «di generazione in generazione». È un’alleanza eterna.

Il piano di Dio che è un piano di salvezza, riguarda coloro che riconoscono il Creatore, e in particolare i nostri fratelli musulmani che professano la fede di Abramo e che adorano come noi il Dio unico e misericordioso. Allo stesso modo in cui Abramo si è sottomesso a Dio, essi cercano di sottomettersi ai comandamenti di Dio.

Sono lieto che nel Mali regni un clima di intesa tra le comunità musulmane e cattoliche, che sono tradizionalmente tolleranti. Il dialogo tra musulmani e cristiani è oggi più necessario che mai. Dio è fonte di ogni gioia. Perciò noi dobbiamo testimoniare il nostro culto verso di Lui, la nostra adorazione, la nostra preghiera di lode e la nostra supplica. Noi dobbiamo testimoniare la nostra ricerca della sua volontà. È Dio che ispira il nostro impegno per un mondo più giusto e più fraterno. È l’amore di Dio che ci spinge a preoccuparci delle condizioni di vita dei nostri fratelli e delle nostre sorelle che vivono nello stesso paese.

Io auspico che il dialogo fra musulmani e cattolici progredisca ancora e favorisca una collaborazione costruttiva. I legami di amicizia che esistono tra le due comunità sono una garanzia del rispetto della dignità di ogni essere umano e della convivialità necessaria perché tutti affrontino uniti i problemi che si pongono a tutta la nazione.

8. L’alleanza di Dio onnipotente con Abramo ha raggiunto la sua pienezza in Gesù Cristo, redentore del mondo. «Con la sua incarnazione il Figlio di Dio si è in un certo senso unito Lui stesso ad ogni uomo». Egli ha lavorato con mani d’uomo, ha pensato con intelligenza d’uomo, ha agito con volontà d’uomo, ha amato con cuore d’uomo» (Gaudium et spes, 22).

A voi che ascoltate il Vangelo di Cristo, a voi che vi dichiarate discepoli di Cristo nel vostro paese, a voi in particolare che partecipate all’Eucaristia in questo grande giorno auguro «così risplenda la vostra luce davanti agli uomini, perché vedano le vostre opere buone e rendano gloria al vostro Padre che è nei cieli» (Mt 5, 16).

Amen.

Homilía (04-02-1996)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Julio I, papa
Domingo 04 de febrero del 1996

1. "Io sono la luce del mondo" (Gv 8, 12).

Così dice di sé Cristo, il Figlio del Dio vivente, Colui che la Chiesa proclama, mediante le parole del Simbolo della fede, "Dio da Dio, Luce da Luce".

Proprio Lui, il Verbo eterno di Dio, è la luce del mondo, poiché "per noi uomini e per la nostra salvezza discese dal cielo, e per opera dello Spirito Santo si è incarnato nel seno della Vergine Maria e si è fatto uomo". Egli si è fatto uomo per introdurci nella luce di Dio: in quella Luce che è Lui stesso.

Il tema principale dell’odierna Liturgia è contenuto nel Canto al Vangelo, nel quale Cristo ripete a ciascuno di noi: "Chi segue me avrà la luce della vita" (cf. Gv 8, 12). In queste parole troviamo un riflesso della luce che risplende nel Natale del Signore, nell’Epifania e nella Presentazione al tempio. Allo stesso tempo esse annunciano già la Pasqua, alla quale ci stiamo gradualmente avvicinando: " Lumen ad revelationem gentium", "luce per illuminare le genti" ( Lc 2, 32).

2. Le Letture che abbiamo ascoltato mettono in risalto la vocazione cristiana. La luce di Cristo deve rispecchiarsi e risplendere nella condotta dei suoi discepoli attraverso la testimonianza delle opere buone.

A questo esorta il profeta Isaia: "Spezza il tuo pane con l’affamato, introduci in casa i miseri, senza tetto, vesti chi è nudo, senza distogliere gli occhi dalla tua gente. Allora la tua luce sorgerà come l’aurora" (cf. Is 58, 7-8).

Lo stesso spirito di solidarietà e di apertura verso il prossimo viene proposto dal Salmo responsoriale, che indica nel timore del Signore la radice della vera pietà e della beatitudine: "Beato l’uomo che teme il Signore... Felice l’uomo pietoso che dà in prestito" ( Sal 111, 1. 5).

Il valore delle opere buone è, infatti, un arricchimento interiore per coloro che le compiono: "Sicuro è il suo cuore, non teme... Egli dona largamente ai poveri, la sua giustizia rimane per sempre" ( Sal 111, 8. 9).

3. Nel brano del Vangelo di Matteo, che è stato poc’anzi proclamato, Cristo sviluppa ed approfondisce queste verità. Nella sua predicazione, infatti, Egli afferma apertamente: "Voi siete la luce del mondo; non può restare nascosta una città collocata sopra un monte, né si accende una lucerna per metterla sotto il moggio, ma sopra il lucerniere, perché faccia luce a tutti quelli che sono nella casa" (Mt 5, 14-15).

Se vogliamo essere autentici discepoli di Colui che è Luce del mondo, dobbiamo essere riconoscibili come tali dalle nostre opere. Gesù ribadisce questa esigenza quando afferma: "Così risplenda la vostra luce davanti agli uomini, perché vedano le vostre opere buone e rendano gloria al vostro Padre che è nei cieli" ( Mt 5, 16).

Il Padre è la Luce primordiale, la Fonte di ogni bene: da Lui trae origine ogni altra luce ed ogni dono per gli uomini. È necessario che la condotta dei credenti testimoni tale originaria verità della fede.

4. L’apostolo Paolo, nella prima Lettera ai Corinzi, offre un esempio singolare di questa testimonianza, presentando la propria esperienza personale. Le sue parole meritano di essere approfondite con particolare attenzione.

Come annunciatore del Vangelo, egli è intimamente persuaso che in quest’opera non è sufficiente una seducente "sublimità di parola o di sapienza" umana ( 1 Cor 2, 1). È necessaria, invece, un’altra sapienza, con una diversa forza di argomentazione. La potenza di tale testimonianza è fornita unicamente da Cristo crocifisso e risorto. "Io ritenni infatti di non sapere altro in mezzo a voi se non Gesù Cristo, e questi crocifisso" ( 1 Cor 2, 2).

In questa affermazione paolina è racchiuso il nucleo centrale dell’evangelizzazione, proclamato incessantemente nel cuore di ogni Celebrazione Eucaristica: "Annunziamo la tua morte, Signore, proclamiamo la tua risurrezione, nell’attesa della tua venuta".

7. Nel brano evangelico odierno troviamo una seconda immagine associata a quella della luce: "Voi siete il sale della terra" (Mt 5, 13). Vengono dunque abbinati gli elementi della luce e del sale. La luce divina, infatti, non soltanto illumina, ma anche trasforma, guarendo e garantendo la salvezza di chi l’accoglie.

La luce di Dio è fonte di vitalità spirituale per colui che la lascia penetrare nella propria vita e rimane in comunione con essa, sottomettendosi alla sua azione salvifica. Carissimi Fratelli e Sorelle, lasciamoci illuminare dalla luce di Cristo, per diventare a nostra volta "il sale della terra" e "la luce del mondo"!

La vostra luce risplenda davanti agli uomini ed essi, vedendo le opere buone da voi compiute, rendano gloria al Padre che è nei cieli.

Amen!

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