Domingo VI Tiempo Ordinario (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Si 15, 15-20: A nadie obligó a ser impío
- Salmo: Sal 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34: Dichoso el que camina en la ley del Señor
- 2ª Lectura: 1 Co 2, 6-10: Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria
+ Evangelio: Mt 5, 17-37: Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (16-02-2014): Dejar que el corazón sea iluminado


Visita pastoral a la parroquia romana de Santo Tomás Apóstol.
Domingo VI del Tiempo Ordinario. Ciclo A.
Domingo 16 de febrero del 2014

Una vez los discípulos de Jesús comían trigo, porque tenían hambre; pero era sábado, y el sábado no se podía comer trigo. Y lo tomaban, hacían así [frota las manos] y comían el trigo. Y [los fariseos] dijeron: «¡Mira lo que hacen! Quién hace eso, va contra la ley y mancha el alma, porque no cumple la ley». Y Jesús responde: «No mancha el alma lo que tomamos fuera. Ensucia el alma lo que viene de dentro, de tu corazón». Y creo que nos hará bien, hoy, pensar no si mi alma está limpia o sucia, sino pensar en lo que hay en mi corazón, qué tengo dentro, que yo sé que tengo y nadie lo sabe. Decir la verdad a nosotros mismos: ¡esto no es fácil! Porque nosotros siempre buscamos cubrirnos cuando vemos algo que no está bien dentro de nosotros, ¿no? Que no salga a la luz, ¿no? ¿Qué hay en nuestro corazón? ¿Hay amor? Pensemos: ¿amo a mis padres, a mis hijos, a mi esposa, a mi marido, a la gente del barrio, a los enfermos? ... ¿amo? ¿Hay odio? ¿Odio a alguien? Porque muchas veces encontramos que hay odio, ¿no? «Yo amo a todos, excepto a éste, a éste y a ésta». Esto es odio, ¿no? ¿Qué hay en mi corazón? ¿Hay perdón? ¿Hay una actitud de perdón hacia quienes me ofendieron, o hay una actitud de venganza —«¡me la pagarás!»?. Debemos preguntarnos qué hay dentro, porque esto que está dentro sale fuera y hace mal, si es malo; y si es bueno, sale fuera y hace el bien. Y es tan hermoso decir la verdad a nosotros mismos, y avergonzarnos cuando nos encontramos en una situación que no es como Dios la quiere, que no es buena; cuando mi corazón está en una situación de odio, de venganza, tantas situaciones pecaminosas. ¿Cómo está mi corazón?...

Jesús decía hoy, por ejemplo —pondré sólo un ejemplo: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No matarás». Pero yo os digo: todo el que se deja llevar por la cólera contra su hermano, lo mató en su corazón». Y quien insulta a su hermano, lo mata en su corazón; quien odia a su hermano, mata a su hermano en su corazón; quien critica a su hermano, lo mata en su corazón. Tal vez no nos damos cuenta de esto, y luego hablamos, «despachamos» a uno y a otro, criticamos esto y aquello... Y esto es matar al hermano. Por ello es importante conocer qué hay dentro de mí, qué sucede en mi corazón. Si uno comprende a su hermano, a las personas, ama, porque perdona: comprende, perdona, es paciente... ¿Es amor o es odio? Todo esto debemos conocerlo bien. Y pedir al Señor dos gracias. La primera: conocer qué hay en mi corazón, para no engañarnos, para no vivir engañados. La segunda gracia: hacer el bien que está en nuestro corazón, y no hacer el mal que está en nuestro corazón. Y sobre esto de «matar», recordar que las palabras matan. Incluso los malos deseos contra el otro matan. Muchas veces, cuando escuchamos hablar a las personas, hablar mal de los demás, parece que el pecado de calumnia, el pecado de la difamación fue borrado del decálogo, y hablar mal de una persona es pecado. ¿Por qué hablo mal de una persona? Porque en mi corazón tengo odio, antipatía, no amor. Pedir siempre esta gracia: conocer lo que sucede en mi corazón, para hacer siempre la elección justa, la opción del bien. Y que el Señor nos ayude a querernos. Y si no puedo querer a una persona, ¿por qué no puedo? Rezar por esta persona, para que el Señor haga que la quiera. Y así seguir adelante, recordando que lo que mancha nuestra vida es el mal que sale de nuestro corazón. Y que el Señor nos ayude.

Juan Pablo II, Papa

Homilía (14-02-1999): Grabará la Ley en el interior mediante el Espíritu


Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Fulgencio.
Domingo VI del Tiempo Ordinario, Año A.
Domingo 14 de febrero del 1999

1. «Dichosos los que caminan en la voluntad del Señor» (Salmo responsorial).

En este sexto domingo del tiempo ordinario, pocos días antes del comienzo de la Cuaresma, la liturgia habla del cumplimiento de la ley por parte de Cristo. Él afirma que no ha venido a abolir la ley antigua, sino a darle plenitud. Con el envío del Espíritu Santo, grabará la ley en el corazón de los creyentes, es decir, en el lugar de las opciones personales y responsables. Con ese espíritu se podrá aceptar la ley no como orden externa, sino como opción interior. La ley promulgada por Cristo es, por tanto, una ley de «santidad» (cf. Mt 5, 48), es la ley suprema del amor (cf. Jn 15, 9-12).

A esta responsabilidad personal, que reside en el corazón del hombre, se refiere también el pasaje tomado del libro del Sirácida que acabamos de escuchar. Subraya la libertad de la persona frente al bien y al mal: Dios ha puesto «ante ti fuego y agua, echa mano a lo que quieras» (Si 15, 16). Así, se nos indica el camino para encontrar la verdadera felicidad, que es la escucha dócil y el cumplimiento diligente de la ley del Señor...

3. Amadísimos hermanos y hermanas, en el esfuerzo apostólico diario, como muestra muy bien el apóstol Pablo en la segunda lectura, no hay que seguir la lógica de la «sabiduría de este mundo», sino otra sabiduría, «divina y misteriosa», revelada por Dios en Cristo y por medio del Espíritu (cf. 1 Co 2, 6-10). Estas palabras son un estímulo y un consuelo para todos los creyentes y, especialmente, para los agentes pastorales deseosos de dar a su acción un gran impulso espiritual, sin buscar éxitos humanos, sino sólo el reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6, 33).

Sé que os dedicáis con gran celo a lograr que la parroquia sea dinámica y abierta, para responder a los desafíos espirituales del barrio. Proseguid con valentía por este camino, privilegiando los aspectos de la evangelización que llevan a una madura formación cristiana de todos. En primer lugar, promoved el crecimiento interior de las personas con una enseñanza doctrinal bien enraizada en la tradición de la Iglesia. La celosa transmisión del patrimonio de la fe exige atención y métodos adecuados a las diferentes edades, sin descuidar a nadie: niños y jóvenes, familias y ancianos.

Ciertamente, hay que reservar un lugar privilegiado a la pastoral familiar y a la preparación de los jóvenes y los novios para el matrimonio... favorecer su participación activa en la liturgia e impulsar a las familias a una confrontación personal con la palabra de Dios. También es indispensable testimoniar de modo concreto la solidaridad hacia los pobres y los que sufren, manifestando a todos el amor misericordioso del Padre celestial. Así, además de la solidez doctrinal y la eficaz organización pastoral, existe una generosa apertura a los hermanos, especialmente a cuantos tienen dificultades, poniendo de relieve la dimensión misionera propia de toda comunidad cristiana.

4. «Haz que el pueblo cristiano (...) sea coherente con las exigencias del Evangelio y se transforme para cada hombre en signo de reconciliación y de paz» (Oración colecta).

Así hemos orado al comienzo de nuestra celebración. Que el Señor nos ayude a ser fieles a él e intrépidos en el testimonio de su mensaje de salvación. Que ayude a vuestra comunidad a crecer en espíritu misionero para que difunda el evangelio de la esperanza en todas las casas y en todos los ambientes de vida y trabajo. Lo esperan los habitantes de esta zona, gran parte de los cuales, por formación y actividad social o profesional, tienden a incluir entre los valores fundamentales la protección de su vida privada, a veces, por desgracia, en detrimento de una mayor participación en la vida de la comunidad...

5. [...] Imploremos a la santísima Virgen para toda la comunidad parroquial el don de acoger siempre la voluntad divina y ponerla en práctica fielmente en la vida diaria.

6. «Bendito seas, Padre, (...) porque has revelado los secretos del Reino a la gente sencilla» (Aleluya).

Dios manifiesta su sabiduría y revela sus planes de salvación a la gente sencilla. ¡Cuántas veces lo experimentamos en nuestro trabajo diario! ¡Cuántas veces el Señor elige caminos aparentemente ineficaces para realizar sus providenciales designios de salvación!

¡Bendito seas, Padre, porque revelas a la gente sencilla la sabiduría divina y misteriosa, que ha permanecido oculta, y has predestinado antes de los siglos para nuestra gloria! (cf. 1 Co 2, 7).

Ayúdanos a buscar siempre y únicamente tu sabia voluntad. Haz que seamos instrumentos de tu amor, para que caminemos sin cesar en tu ley. Abre nuestros ojos, para que descubramos las maravillas de esta ley; danos inteligencia para que la observemos y cumplamos con todo nuestro corazón. Amén.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

«Hablamos...una sabiduría divina, misteriosa...» Uno de los grandes dones que Cristo nos ha traído es esta sabiduría, este conocimiento de Dios y de sus planes. Es el misterio de Cristo, mantenido en secreto durante siglos, que ahora, en esta etapa final de la historia, nos ha sido dado a conocer por beneplácito de Dios para nuestra salvación (Ef 3,4-6; Rom 16,25-26). ¡Cuánta gratitud debería desbordar nuestro corazón! ¡Cómo deberíamos vivir a tono con este misterio y con esta sabiduría revelada! Por fin conocemos el sentido de la vida y de la muerte, del sufrimiento y del trabajo... Por fin sabemos el por qué y el para qué... «¡Cuántos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron!» (Mt 13,17).

«Dios nos lo ha revelado por su Espíritu». Necesitamos invocar continuamente el Espíritu para que nos dé a conocer a Cristo y al Padre. Sin Él somos ciegos, incapaces de ver y de entender (Mc 8,17-21). Sin Él no entendemos los planes de Dios, sin Él no comprendemos las Escrituras. Necesitamos pedir la acción de este Maestro interior para que nos invada con su luz y Cristo no nos parezca un fantasma, un extraño. Sólo Él, que sondea lo profundo de Dios, que conoce lo íntimo de Dios, puede dárnoslo a conocer, y de manera atractiva, de modo que ese conocimiento nos haga amarle hasta dar la vida por Él.

«Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó ...» Nos equivocamos continuamente al valorar las cosas de Dios con nuestras capacidades naturales. Lo que Él tiene preparado para nosotros es infinitamente más grande, más bello, más rico de lo que imaginamos y pensamos. Y no sólo en el cielo; ya en este mundo Dios quiere colmarnos de manera insospechada, quiere hacer cosas grandes en nosotros. Por eso necesitamos dejar que el Espíritu Santo nos dilate la capacidad y el deseo de recibir estos dones.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

La Encarnación del Verbo, con su palabra y su vida, compromete toda nuestra conducta moral. Tiene fuerza para cambiar radicalmente nuestra vida, renovándola por el Evangelio, por obra del Espíritu Santo.

Eclesiástico 15,16-21: Delante del hombre están la muerte y la vida. Y él, libremente, se orienta hacia lo que elige. La libertad del hombre fundamenta su responsabilidad teológica ante Dios y ante su propia conciencia. Es una libertad que puede y debe ser sanada por la gracia divina, con la que puede y debe colaborar. Solo así podrá ser una libertad perfecta.

Esta antigua lectura es uno de los testimonios más claros de la libertad del hombre. Las consideraciones sapienciales que contiene meditan sobre el misterio del bien y del mal. ¿Cuál es la responsabilidad del hombre en el bien y en la culpa? El mal no proviene de Dios, sino del hombre, que, siendo dueño de su destino, usa mal de su libertad. Taciano enseña:

«No fuimos creados para la muerte, sino que morimos por nuestra culpa. La libertad [el mal uso de la libertad] nos perdió. Esclavos quedamos los que éramos libres; por el pecado fuimos vencidos. Nada malo fue hecho por Dios; fuimos nosotros los que produjimos la maldad. Pero los mismos que la produjimos somos también capaces de rechazarla» (Discurso contra los griegos 11).

–Con el Salmo 118 decimos: «Dichosos los que caminan en la voluntad del Señor. Dichoso el que con vida intachable camina en la voluntad del Señor. Dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón».

1 Corintios 2,6-10: Dios predestinó para nuestra gloria una Sabiduría que no es de este siglo. Cristo es, personalmente, la Luz de la Sabiduría divina, e ilumina amorosamente toda nuestra existencia. Sin Cristo, la vida del hombre permanece en las tinieblas, y corre el riesgo gravísimo de degradarse en el tiempo y para la eternidad.

Las discordias en la comunidad de Corinto nacen de una mentalidad y de una sabiduría meramente humana, que está contrapuesta a la Sabiduría de Dios, es decir, que se opone a su misterioso designio de salvación, fundamentado en la Cruz de Cristo. San Agustín comenta:

En Cristo «fue crucificada su humanidad. Dios no cambió ni murió y, sin embargo, en cuanto hombre, sufrió la muerte. «Si lo hubieran reconocido, dice el Apóstol, nunca hubiesen crucificado al Señor de la gloria» (1 Cor 2,8). Afirma que [Cristo] es «el Señor de la gloria», y al mismo tiempo confiesa que fue crucificado... Él es el Señor, es el Hijo único del Padre, es nuestro Salvador, es el Señor de la gloria, y no obstante, fue crucificado, pero en la carne; y fue sepultado, pero en la carne» (Sermón 213,4).

La falsa sabiduría es la que pertenece a este mundo, a «los príncipes de este siglo», es decir, a los que en él están vigentes y prestigiados, y consecuentemente, a las oscuras fuerzas del mal y de la mentira.

Mateo 5,17-37: Se dijo a los antiguos..., pero yo os digo. Cristo se nos manifiesta como expresión de la voluntad definitiva del Padre. No ha venido a abrogar esa Voluntad divina, manifestada en la Ley, sino para consumarla en la verdadera santidad y en el pleno amor de Dios. San Juan Crisóstomo dice:

«Imposible quede nada sin cumplirse, pues hasta la más leve parte [de la Ley] ha de cumplirse. Esto es exactamente lo que Él hizo, cumpliéndola con toda perfección. Pero aquí nos quiere dar a entender el Señor que el mundo entero ha de transformarse. Aquí pretende levantar a su oyentes, haciéndoles ver que Él viene a introducir en el mundo una nueva manera de vida, que la creación entera va a ser renovada, y que el género humano es llamado a otra patria y a una vida más elevada...

«Habiendo, pues, amenazado a los que infringen la ley, y propuesto grandes premios a los que la cumplen; habiendo además demostrado que con razón nos exige más de lo que pedían las antiguas medidas, pasa ya a establecer su propia ley, en parangón con la antigua. Con esto quiere hacernos ver dos cosas: primero, que no establece sus preceptos en pugna con los pasados, sino muy en consecuencia con ellos; y segundo, que muy razonable y oportunamente añade los nuevos» (Homilías sobre San Mateo 16,3 y 5).

Adrien Nocent

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo 5


pp. 133-137

-Se dijo, pero yo os digo (Mt 5, 17-37)

El evangelio de este día nos ofrece a primera vista una especie de contestación revolucionaria de Jesús. "Se dijo a los antiguos..., pero yo os digo" (Mt 5, 28). Y sin embargo, se comprueba que esta impresión es una apreciación falsa, pues desde el principio del pasaje que hoy se nos propone, leemos: "No creáis que he venido a abolir la Ley o los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud" (5, 17). No es difícil saber qué perfección es ésa y cuál la plenitud de la Ley que no es abolida sino plenamente realizada: es la caridad. Lo afirma san Pablo en su carta a los Romanos: "Amar es cumplir la Ley entera" (Rm 13, 10).

Pero podríamos decir vaguedades, entender sin entender y conformarnos con cierta intuición de lo que pueden ser esa plenitud y esa perfección. Ambas son las de la Ley, pero, a la vez, las de los que la siguen. Plenitud de la Ley misma que esta vez consiste en la imitación misma de Dios. Como leemos en este mismo capítulo 5 de san Mateo, se trata de "ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5, 48). El paralelismo entre él y nosotros es tal que le imponemos a Dios la medida en que debe ejercitar con nosotros su misericordia: "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores" (Mt 6, 12). Así pues, esta imitación consiste en "ser compasivos, como nuestro Padre es compasivo" (Lc 6, 36). La Ley encuentra, pues, su síntesis en la caridad; es asumida por ella. Si Cristo cita la Ley y los Profetas, que no ha venido a abolir, es porque la Ley y los Profetas son los dos grandes modelos y la línea de conducta impuesta al pueblo de Israel. Y también, porque en el culto sinagogal, las dos lecturas que se hacen son la de la Ley y la del Profeta. No viene el Señor a abolir esta enseñanza litúrgica continua, sino que da a la Ley y a los Profetas su verdadero significado. Esta caridad que ilumina y transfigura la Ley es enormemente exigente, y los que están animados por ella van más allá de las prescripciones jurídicas.

Aquí es donde se inscribe cierta contestación por parte de Cristo: "Se dijo a los antiguos..., pero yo os digo" (Mt 15, 2137). Y Jesús enumera toda una serie de actitudes de las que trata la Ley, pero a las que los nuevos tiempos, los de la Nueva Alianza, hacen más exigentes. No se trata sólo de no matar, pero ni siquiera se puede decir a un hermano una palabra injuriosa (Mt 15, 21-22); sería inútil colocar sobre el altar una ofrenda ritual, sin antes haber dado señales ciertas de caridad y unión con los demás (Mt 15, 23-26). No se trata sólo de no cometer adulterio; con sólo desearlo se es ya culpable (Mt 5, 27-30). En otro tiempo, estuvo permitido repudiar a la mujer; en lo sucesivo, excepto en casos de fornicación, el matrimonio es indisoluble (Mt 5, 31-32). No jurar (Mt 5, 33-37). Que las afirmaciones estén claras: sí o no (Mt 5, 34-35).

No es cuestión de estudiar aquí cada una de estas afirmaciones de Cristo, como por ejemplo, la frase crucial sobre la mujer a la que no se puede repudiar, salvo en el caso de fornicación. El interés de la proclamación litúrgica del evangelio no se reduce a estos detalles. Hoy se lee este evangelio para insistir en el hecho de que la Ley ha entrado ahora en su fase de perfeccionamiento y plenitud; a los demás detalles no hay que darles relieve ante la voluntad manifiesta que presidió la elección de la 1a lectura de este día.

-Condenados a ser libres (Eclo 15, 15-20)

Tal es la condición del hombre desde su creación, como bien lo vio y expresó J. P. Sartre en su obra "El existencialismo es un humanismo". El Eclesiástico escribe: "El fue quien al principio hizo al hombre y le dejó a su albedrío" (Si 15,14). Este versículo, que es lástima que no se le haya incluido en la lectura de este día, domina todo lo que sigue y que es expresado en términos que subrayan la suma libertad del hombre creado. En este pasaje, en el que se presentan los mandamientos, es importante subrayar que su observancia depende de la voluntad del hombre, al que no se fuerza a ella (Eclo 15, 15). El hombre tiene incluso el privilegio de escoger entre la vida y la muerte; le basta alargar la mano para elegir conforme a sus preferencias (Eclo 15, 16-17). Pero, evidentemente, hay que entender correctamente esta frase. Si es verdad que al hombre no se le imponen ni siquiera la vida y la muerte y que el camino que los hombres siguen depende de ellos mismos, sin embargo es cosa clara que los que obedecen a lo mandado por el Señor reciben la vida y la bendición (Dt 11, 26-28); siempre sigue siendo cierto que la vida está en el camino de la justicia (Prov 12, 28).

Aunque el hombre es libre, debe pensar, sin embargo, que Dios posee la sabiduría, que conoce todas las acciones de los hombres y que los que le temen se granjean su benevolencia (Eclo 15, 18-19).

Dios ofrece al hombre la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha, quien obedezca a los mandamientos del Señor, vivirá (Dt 30, 15-20). Así, pues, es sabiduría por parte del hombre elegir libremente los caminos de Dios, identificándose con la sabiduría misma del Señor.

Esta sabiduría es en realidad -y esto lo formula negativamente el Sirácida- una invitación a la vida equilibrada en la observancia de la Ley y en la abstención del pecado: "A nadie ha mandado ser impío, a nadie ha dado licencia de pecar" (Si 15, 20). A esta lectura del Eclesiástico responde el salmo 118, que canta la dicha de los que ajustan sus pasos a la palabra de Dios.

Con todo, existiría cierto peligro de figurarse que, en el Antiguo Testamento, la Ley no tenía nada que ver con el amor, y que sólo el Nuevo ha marcado, por boca de Cristo, la línea del destino del hombre al invitarle a caminar en el amor. Pensar así sería deformar la verdad y no leer los textos con la suficiente profundidad. La creación y lo mismo la Ley propuesta por Dios a su pueblo son obras de amor, y la observancia de sus mandamientos, sobre todo por parte del hombre libre, actos de amor. Sin embargo, Cristo afirma que no ha venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud, y se está en lo cierto al decir que el Nuevo Testamento se distingue claramente por la supremacía que concede al amor en la observancia misma de los mandamientos, a los que el hombre obedece libremente pero por amor. Esto no excluye la debilidad ni las infidelidades humanas ni los desgarramientos interiores. Pues si el hombre es libre, también es débil. No oculta esto san Pablo, que no teme afirmar su desconcierto al comprobar que no consigue hacer lo que quiere, llegando incluso a hacer lo que no quiere (Rm 7, 14-20). Sin embargo, el cristiano sabe como san Pablo que el Señor es su fuerza (Flp 4, 13). La Ley se ha hecho amor, no está abolida sino que, en continuidad con ella, vivimos hoy nuestra vida de resucitados con Cristo. La Ley es la misma, pero transformada, sin embargo, por lo que Cristo nos reveló de su Padre, por los misterios de salvación que consumó y por el envío del Espíritu, fuente de amor.

-Se nos revela la sabiduría para nuestra gloria (1 Co 2, 6-10)

Sin duda sería exagerado encajar por completo la segunda lectura con las otras dos. Sin embargo, me parece posible, sin incurrir en artificiosidad, encontrar elementos que objetivamente se dan en todas ellas y que, como tales, pueden ayudarnos a enriquecer el tema de la Ley que continúa aunque transformada, y de las consecuencias que ello tiene para nosotros.

La Ley ha adquirido una nueva forma en el amor; somos libres para andar por los caminos del Señor y en ellos encontramos la sabiduría desde el momento mismo en que nos plegamos a su voluntad. Esta sabiduría nos la revela el Espíritu que nos permite comprender lo que Dios ha preparado para los que le aman; lo que ningún ojo vio ni oído oyó, lo que el corazón del hombre no había imaginado (1 Co 2,6-10). Desde el momento en que el cristiano se adentra por el camino del evangelio, sus ojos se abren y el Espíritu le impulsa hacia la perfección y el evangelio, y le anima a ser perfecto como el Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48). Sin embargo, se trata de una perfección y de una sabiduría que no pueden medirse con la mentalidad de este mundo, pues se trata de niveles distintos. Esta sabiduría de Dios es, en realidad, la totalidad del plan de salvación preparado para nosotros desde antes de todos los siglos y al que la Ley, con su renovación, nos ayuda a seguir activamente. Esta sabiduría se revela en Cristo pues él es por su actividad pascual el revelador de esta sabiduría que estaba oculta en Dios antes de los siglos, y que ahora es revelada en Jesús.

Esta sabiduría oculta se nos revela por Jesús. Para san Pablo, el Misterio no es lo que no podemos comprender sino, por el contrario, lo que se nos revela habiendo estado oculto en Dios. Finalmente el Misterio es Cristo mismo, transparencia del plan de Dios, que él realiza para nosotros. Al adherirnos a Cristo y al plan de salvación cuya revelación es el mismo Cristo, bajo el impulso del Espíritu Santo, nos hacemos perfectos y nos encaminamos hacia la gloria, cuyas primicias poseemos desde que fuimos bautizados. Pero esto es locura para los príncipes y los sabios de este mundo (1 Co 2, 6). Solamente los "adultos" en la fe pueden llegar a barruntar este misterio, y entrar en el camino de la sabiduría, llegando a ser perfectos por el camino de esa sabiduría. Paradójicamente, al obedecer a la Ley se hacen más libres, penetrados como están por la sabiduría que el Espíritu de Jesús les revela. En la Liturgia de las Horas, san Efrén comenta el evangelio del día:

...La Palabra de Dios es el árbol de vida que te ofrece el fruto bendito desde cualquiera de sus lados, como aquella roca que se abrió en el desierto y manó de todos lados una bebida espiritual. Comieron -dice el Apóstol- el mismo manjar espiritual y bebieron la misma bebida espiritual.

El libro de los Proverbios describe la situación opuesta para los que no quieren seguir la sabiduría con libre obediencia:

Porque tuvieron odio a la ciencia y no eligieron el temor del Señor, no hicieron caso de mi consejo, ni admitieron de mí ninguna reprensión, comerán del fruto de su conducta, de sus propios consejos se hartarán (Prov 1, 30-31).

Alessandro Pronzato

El Pan del Domingo (Ciclo A)


p. 130 ss

Seis piedras cayeron rodando desde lo alto de la montaña. Duras, inexorables, precisas. Un ruido seco. Dos, tres, seis golpes duros, al zambullirse en el agua estancada de un legalismo arrogante y complaciente. Las salpicaduras llegaron muy lejos, molestando y empapando materialmente a un gran número de personas. El agua pesada del estanque comenzó a encresparse y se puso a hervir. La bonanza fue abatida brutalmente por la tempestad. Un auténtico desastre, provocado por aquellas seis piedras toscas. Sí. Aquel era el fin de un mundo. Ocurrió hace dos mil años.

Desde el monte de las bienaventuranzas, que se refleja en el lago de Galilea, Jesús lanzó seis piedras que dieron despiadadamente en el blanco de nuestro bienestar, de nuestras seguridades, de nuestros cómodos egoísmos, de nuestros penosos compromisos. Seis piedras lanzadas por la Palabra hecha carne.

Seis «pero yo os digo» de un poder irresistible, de una fuerza arrolladora, que cambiaron para siempre el ritmo de las cosas.

«Habéis oído que se dijo a los antiguos... Habéis oído que se dijo... Se dijo... Pero yo os digo...». Estos «pero» repetidos por Cristo, señalan el paso del antiguo al nuevo testamento. Continuidad y ruptura al mismo tiempo. Paso del legalismo a la ley del amor. Del sentido humano a la divina locura de la cruz. De la prudencia al riesgo sublime de la aventura. Del orden formalista al escándalo evangélico. No es la abolición de la ley. Sino la suprema perfección, el cumplimiento de la ley. La perfección de la interioridad, del amor. Un amor cuya única medida es no tener medida.

«Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado...».

«Habéis oído el mandamiento "no cometerás adulterio". Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior».

Los hombres llamados honestos tienen que mirarse las manos. Y al encontrarlas manchadas con la sangre de sus mismos hermanos, caerán en la cuenta de que también se puede matar con la lengua. Y comprenderán que quien se acerca al altar, sin haber antes perdonado a su hermano, es un profanador del templo.

Y los hombres de bien, los que observan hasta el detalle las más insignificantes disposiciones de la ley, convencidos de que para estar «limpios» basta con lavarse las manos antes de comer, descubrirán de improviso que hay pensamientos que también pueden manchar.

Aquellos «pero» hicieron tambalearse a la justicia. Levantaron en el aire piedras seculares (y, debajo, había gusanos). Quitaron las vendas de la hipocresía y descubrieron unas llagas hediondas. Deshicieron miles de preceptos de un moralismo gris y sofocante, para abrir un camino real a la libertad y al radicalismo de los hijos de Dios.

Los seis «pero», uno tras de otro, fueron cayendo con un golpe seco en la charca de la costumbre, del tradicionalismo, de la honestidad barata. Y los hombres, para librarse de aquella molesta salpicadura, se dieron prisa para abrir el paraguas. Luego recurrieron a su atávica vocación de alquimistas. Y se pusieron alegremente a transformar, a domesticar, a dulcificar aquella tosca e inquietante palabra de Dios.

Al «pero» de Cristo opusieron sus propios «peros». "No matar". «Pero... en algunas circunstancias, por ciertos motivos, será lícito matar». Y aquel «pero» alentó a miles de asesinos y hubo millones y millones de muertos.

«Amad a vuestros enemigos». «Pero, en ciertos casos, habrá que hacerse respetar». Y con ese «pero» se ha desencadenado una salvaje caza del hombre, tan sólo porque ese hombre no tiene el color de nuestra piel, no comparte nuestras ideas o, peor aún, porque ese «enemigo» no cree en el Dios que nosotros creemos.

Estos ejemplos podrían multiplicarse indefinidamente.

Como se ve, el «pero» de los hombres se sitúa en una vertiente totalmente contraria al «pero» de Cristo. Es el «pero» de la humana prudencia, contrario al «pero» de la locura divina. Es el «pero» del más retrógado tradicionalismo, opuesto al «pero» de la novedad del mensaje evangélico. Es el «pero» de la mediocridad, opuesto al «pero» de la santidad.

Pensemos ahora en nosotros. ¿Acaso no hemos intentado muchas veces neutralizar la fuerza avasalladora del «pero» de Cristo? ¿No hemos hecho tal vez todo lo posible para suavizar la dureza de aquellas palabras con la careta de nuestro cálculo, de nuestro equilibrio, de lo que nos empeñamos en llamar prudencia (que es, más bien, una peligrosa imprudencia), de nuestras tradiciones? «Sed perfectos». Y nosotros nos damos prisa en añadir un «pero».

«Pero seamos realistas, tengamos en cuenta nuestra fragilidad humana. La carne es la carne...». Y así nos colocamos fuera del evangelio.

«Que vuestro lenguaje sea sí si es sí y no si es no». Y nosotros nos agarramos si es preciso a un clavo ardiendo para añadir: «Pero es lícito, por motivos graves, para no comprometer la causa, y ¡claro! siempre para hacer el bien, arreglárselas de manera que el sí quiere decir no y viceversa». Y así nos colocamos de nuevo fuera del evangelio.

En suma, nos obstinamos en contraponer al «pero» de Cristo, expresión de la novedad y de la radicalidad evangélica, nuestros «pero», expresión de nuestra mezquindad y de nuestro miedo a llegar hasta el fondo.

«Habéis oído...». Sí, tal vez hemos oído muchas cosas. Hemos escuchado a muchos maestros. Hemos aprendido demasiadas artimañas para hacer que el evangelio no venga a estropear excesivamente nuestros sueños o nuestras digestiones.

Pero ha sonado la hora de que nos decidamos a tomar en serio ese «pero yo os digo». Es la hora de ponernos un poco menos a favor de nuestro «razonable» modo de ver las cosas y un poco más de la parte de Cristo.

Ha llegado la hora de tirar por la borda todos nuestros cómodos tradicionalismos y rendirnos sin condiciones a la «novedad» de Cristo. Ha llegado el momento de no tener miedo al evangelio.

¿Que Jesús nos pide demasiado? Puede ser. Pero ¿no hemos pensado que podemos mucho más de lo que creemos? Ya está bien. Dejemos de hacer el triste oficio de alquimistas.

No intentemos por más tiempo detener esas seis piedras toscas que bajan rodando desde la montaña. ¿No nos damos cuenta de que así nos estamos desollando las manos... y la cara? Porque, de hecho, el detener esas piedras, esos «pero yo os digo», equivale a desfigurarse horriblemente la cara.

Dejémonos alcanzar de lleno por esos "pero yo os digo". Resultará dolorosísimo al principio. Pero poco a poco descubriremos que nos ha restituido nuestro verdadero rostro. Un rostro cristiano.

Palabra de Dios: Ciclo A: Un maestro «excesivo»

Comentarios a las tres lecturas del domingo. Sígueme, Salamanca, 2007
pp. 147-150

Si quieres, guardarás sus mandatos, porque es prudencia cumplir su voluntad ... (Eclo 15, 16-21).
Hablamos ... una sabiduría que no es de este mundo ... (1 Cor 2, 6-10).
...Si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos ... (Mt 5, 17-37).

«Si quieres ... ».

El Eclesiástico, en la primera lectura, nos ofrece la clave de interpretación del mensaje de Cristo que nos llega desde las alturas de aquella montaña.

Ninguna imposición. «Si quieres ... ». Se trata de una llamada a la libertad.

La ley nueva no se presenta con un perentorio «debes», sino con una serie de invitaciones a la felicidad. «Dichosos ... dichosos ... dichosos ... ».

Por tanto, «si quieres ... ».

Podríamos traducirlo también: «Si gustas ... ».

Si no te contentas, si no te resignas, si no te adaptas, si deseas salir fuera de la regularidad, de la vulgaridad, de una existencia incolora e insabora ...

Entonces, es la hora de decidirse, de elegir.

La vida o la muerte. Pero, antes, debes aclarar qué es de verdad vida y en qué condiciones puede decirse que uno vive.

El agua o el fuego.

Tu querías poner de acuerdo el agua y el fuego. Y hasta inclinarte ... por el agua tibia, una solución de compromiso.

No, aquí se trata de elegir entre el uno o el otro. Las palabras de Cristo son fuego, y no puedes acogerlas, si pretendes atenuarlas, echando en ellas cubos de sentido común, reservas mentales, acomodos.

Si quieres, si tienes un deseo intenso, abrasador. .. Eres libre para rechazarlo.

Pero no te hagas la ilusión de que puedes negociar, obtener descuentos, minimizar, dulcificar, firmar tu adhesión buscando después escapatorias ...

Antes de enseñar ...

Quisiera, ante todo, mostrar cómo la temática de Mateo distingue entre fases o etapas, que se han de respetar sucesivamente, estando atentos para no poner antes lo que viene después. Se trata, pues, de: -Comprender («no creáis que he venido a ... », o sea, entended bien. Pongamos las cosas en claro...).

- Practicar u observar («el que se salte uno solo de estos preceptos ...» ) .

- Enseñar («pero quien los cumpla y enseñe así a los hombres ...»). Nuestro instinto (y nuestra costumbre) sería pasar inmediatamente a la enseñanza. Por el contrario, antes de enseñar es necesario comprender.

Y antes de enseñar, también es necesario practicar.

Si tienes dudas que aclarar, intenta «hacer». Verás que, «haciendo», entenderás mejor.

Si temes que los otros no te entiendan, explícate mejor con las obras.

Y después de que hayas enseñado, preocúpate de cerciorarte si has comprendido tú (el entender, el aprender, no constituye sólo la condición inicial, sino que representa también la consecuencia, tanto del practicar como del enseñar).

El es el más exigente

Y precisemos la postura de Jesús frente a la ley antigua. Intentemos fijar algunos puntos:

1. No ha venido a abolirla, a declararla en decadencia, sino a «darla plenitud». Podemos decir: llevarla hasta las últimas consecuencias. No es cuestión, pues, de añadiduras, sino de descubrimiento de la intención de Dios que «da» la ley, y consiguientemente del espíritu de la misma ley.

Cristo es el más exigente. Pero no en el sentido de la cantidad, sino de la radicalidad. Ni la aligera ni la hace más pesada. Sino que revela las implicaciones profundas de los mandamientos de Dios.

2. Jesús evita las deformaciones del legalismo, de la casuística. «El cristiano no es el hombre de la minucia, sino de la totalidad» (G. Ravasi).

3. El Maestro denuncia sobre todo el equívoco del formalismo.

No le interesa simplemente la observancia disciplinar, el orden, el funcionamiento, que todo esté en regla.

El va a la raíz, al centro.

El sermón de la montaña no produce personas de bien, irreprensibles.

Crea individuos fieles a través de la adhesión, desde dentro, a la voluntad de Dios.

La ética de Cristo dirige todo hacia la interioridad.

A este respecto son típicas las antítesis que se nos proponen en el texto del evangelio de hoy sobre los puntos específicos: «no matar», el adulterio, el divorcio y los juramentos.

Una religión formalista y legalista se preocupa exclusiva y obsesivamente de la buena o mala conducta desde un punto de vista exterior, fijando y multiplicando normas y reglamentos.

Cristo identifica el pecado, lo desaloja de su escondite más secreto: el corazón del hombre.

La ley imponía: no al asesinato. Pero yo os digo: no a la cólera, alodio en el corazón, no al desprecio al otro.

La ley antigua condenaba el adulterio. Pero yo os digo: no a la concupiscencia, no a los deseos deshonestos. También los deseos ensucian, no sólo las acciones.

La ley antigua sancionaba el divorcio en determinadas condiciones, respetando ciertos procedimientos. Pero yo os digo: la entrega al otro debe ser total, incondicionada, gozosa, sin reservas, sin egoísmos.

En una palabra, el matrimonio como compromiso serio, fidelidad costosa, signo luminoso del amor mismo de Dios. La indisolubilidad, no sancionada por una norma jurídica, sino confiada a un lazo mucho más fuerte: el establecido por las motivaciones profundas del corazón de un discípulo «apasionado», dispuesto a ir hasta el fondo.

La ley antigua tronaba: no a los juramentos falsos. Pero yo os digo: no a los juramentos. Un hablar habitual sincero, leal, típico de una persona veraz, es una garantía más que suficiente.

Decididamente, un Maestro exigente hasta el exceso.

Y, sin embargo, estamos llamados a elegir - parafraseando la expresión de Pablo en la segunda lectura- entre la moral corriente, dominante («de los príncipes de este mundo»), que conduce a la muerte, y la moral de Cristo, que es la expresión de una sabiduría escondida, no evidente, pero que sólo puede ser acogida por revelación a través del Espíritu, el único capaz de escrutar las profundidades de Dios, y que conduce a la plenitud de la vida.

Sabiduría escondida que nos abre al proyecto de Dios.

Sabiduría escondida porque nos deja intuir que ciertas cosas «excesivas», Dios las reserva exclusivamente «para los que lo aman».

Así pues, el «pero yo os digo» de Cristo afecta sólo a aquellos a quienes se les concede comprender otro discurso. Un lenguaje secreto. El del amor.

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
p. 40s

1. El sentido de la ley.

Al comienzo del evangelio, Jesús subraya que no ha venido a abolir la ley dada por Dios en la Antigua Alianza, sino a darle plenitud: a cumplirla en su sentido original, tal y como Dios quiere. Y esto hasta en lo más pequeño, es decir, hasta el sentido más íntimo que Dios le ha dado. Este sentido fue indicado en el Sinaí: «Santificaos y sed santos, porque yo soy santo» (Lv 11,44). Jesús lo reitera en el sermón de la montaña: «Sed buenos del todo, como es bueno vuestro Padre del cielo» (Mt S,48). Tal es el sentido de los mandamientos: quien quiere estar en alianza con Dios, debe corresponder a su actitud y a sus sentimientos; esto es lo que pretenden los mandamientos. Y Jesús nos mostrará que este cumplimiento de la ley es posible: él vivirá ante nosotros, a lo largo de su vida, el sentido último de la ley, hasta que «todo (lo que ha sido profetizado) se cumpla», hasta la cruz y la resurrección. No se nos pide nada imposible, la primera lectura lo dice literalmente: «Si quieres, guardarás sus mandatos». «Cumplir la voluntad de Dios» no es sino «fidelidad», es decir: nuestro deseo de corresponder a su oferta con gratitud. «El precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable... El mandamiento está a tu alcance; en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo» (Dt 30,11.14).

2."Pero yo os digo".

Ciertamente parece que en todas estas antítesis («Habéis oído que se dijo a los antiguos... Pero yo os digo») Jesús quiere reemplazar la ley de la Antigua Alianza por una ley nueva. Pero la nueva no es más que la que desvela las intenciones y las consecuencias últimas de la antigua. Jesús la purifica de la herrumbre que se ha ido depositando sobre ella a causa de la negligencia y de la comodidad minimalista de los hombres, y muestra el sentido límpido que Dios le había dado desde siempre. Para Dios jamás hubo oposición entre la ley del Sinaí y la fe de Abrahán: guardar los mandamientos de Dios es lo mismo que la obediencia de la fe. Esto es lo que los «letrados y fariseos» no habían comprendido en su propia justicia, y por eso su «justicia» debe ser superada en dirección a Abrahán y, más profundamente aún, en dirección a Cristo. La alianza es la oferta de la reconciliación de Dios con los hombres, por lo que el hombre debe reconciliarse primero con su prójimo antes de presentarse ante Dios. Dios es eternamente fiel en su alianza, por eso el matrimonio entre hombre y mujer debe ser una imagen de esta fidelidad. Dios es veraz en su fidelidad, por lo que el hombre debe atenerse a un sí y a un no verdaderos. En todo esto se trata de una decisión definitiva: o me busco a mí mismo y mi propia promoción, o busco a Dios y me pongo enteramente a su servicio; es decir, escojo la muerte o la vida: «Delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja» (primera lectura).

3. Cielo o infierno.

El radicalismo con el que Jesús entiende la ley de Dios conduce a la ganancia del reino de los cielos (Mt 5,20) o a su pérdida, el infierno, el fuego (Mt 5,22.29.3O). El que sigue a Dios, le encuentra y entra en su reino; quien sólo busca en la ley su perfección personal, le pierde y, si persiste en su actitud, le pierde definitivamente. El mundo (dice Pablo en la segunda lectura) no conoce este radicalismo; sin el Espíritu revelador de Dios «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar» lo que Dios da cuando se corresponde a su exigencia. Pero a nosotros nos lo ha revelado el Espíritu Santo, «que penetra hasta la profundidad de Dios», y con ello también hasta las profundidades de la gracia que nos ofrece en la ley de su alianza: «ser como él» en su amor y en su abnegación.



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía (14-02-1993)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de la Sagrada Familia de Nazaret
Domingo 14 de febrero del 1993

Carissimi Fratelli e Sorelle! «Beato chi cammina nella legge del Signore».

1. Questa beatitudine, collocata come un ritornello tra i versetti del Salmo responsoriale, ben riassume il messaggio che la odierna Liturgia della Parola propone alla nostra riflessione. Della legge del Signore ci parla infatti, già nella prima Lettura, il Siracide ricordandoci che l’uomo non è legge a se stesso, ma è chiamato ad osservare i comandamenti di Dio. Prendere coscienza di questo, è accogliere l’intima verità dell’esistenza umana, è riconoscersi creatura di fronte al Creatore.

Una certa cultura ha sostenuto o temuto che osservare la Legge del Signore e custodirla con tutto il cuore potesse essere mortificante o alienante per l’uomo. Nulla di più falso. La legge di Dio è condizione di vita, mentre la morte è tragicamente in agguato ogni volta che l’uomo la rifiuta. È questa la puntuale esperienza fatta dall’essere umano fin dai primordi della storia. Ce lo ricorda oggi il Siracide: «Davanti agli uomini stanno la vita e la morte» (Sir 15, 17). Basta guardarsi intorno, in un mondo come il nostro così segnato dal male, per sentire il brivido del tremendo confronto tra la vita e la morte. Ma non lo sente forse anche ciascuno di noi, quando sinceramente guarda dentro il suo cuore?

Dobbiamo dunque scegliere. La parola di Dio ci ammonisce sul tremendo rischio della libertà: «Se vuoi, osserverai i comandamenti. L’essere fedele dipenderà dal tuo buon volere» (Sir 15, 15). La libertà è un incomparabile dono, ma anche fondamento di doveri e di responsabilità. Di ciò che fa, l’uomo è chiamato a rispondere.

2. «Non pensate che io sia venuto ad abolire la legge o i profeti» (Mt 5, 17). Anche il Vangelo ci parla della legge di Dio. Qui però si tratta di un discorso più specifico ed esigente. Siamo infatti nel contesto del grandioso e solenne «Discorso della montagna», nel quale Gesù disegna la legge di vita del Regno di Dio, da lui stesso inaugurato. Non a caso, l’intonazione dell’intero discorso è data dalle Beatitudini. Come già l’Antico Testamento aveva ben compreso, Iddio vuole la nostra gioia, e ce ne addita il segreto proprio nell’osservanza del suo comandamento.

Quello che Egli ora propone, nella pienezza della Rivelazione, è qualcosa di esaltante ed esigente, ben lontano dal minimalismo etico costruito su misura della nostra mediocrità. Egli è un Padre pieno di fiducia verso i suoi figli, che chiama ad imitare sempre più da vicino la sua divina perfezione. Così, nell’odierno brano, Gesù non esita a chiedere ai suoi discepoli una giustizia più grande di quella finora realizzata: «Se la vostra giustizia non supererà quella degli scribi e dei farisei, non entrerete nel regno dei cieli» (Mt 5, 20).

Non si deve pensare qui a una nuova legge morale, come Gesù stesso chiarisce: egli non è venuto «per abolire ma per dare compimento». Si tratta piuttosto di una nuova comprensione dei comandamenti, nella piena misura delle loro implicazioni.

3. «Parliamo di una sapienza divina, misteriosa, che Dio ha preordinato prima dei secoli per la nostra gloria» (1 Cor 2, 7). L’apostolo Paolo ci aiuta a penetrare in questo mistero di vita nuova, pienamente realizzatosi in Gesù Cristo. In lui assumono significato nuovo i vari precetti della legge.

Il «non uccidere» significherà molto di più del semplice rispetto della vita, esigendo tutte le finezze dell’amore fraterno, diventando legge di accoglienza, di fraterna premura, di sempre rinnovato perdono. Il «non commettere adulterio» andrà ben al di là di una semplice regolamentazione esteriore dei rapporti tra uomo e donna, ma esigerà un atteggiamento di vigile e interiore rispetto nel modo stesso di pensare all’altro sesso. E infine, le relazioni sociali sono chiamate a diventare rapporti di autentica solidarietà tra fratelli, vissuti nella cordialità, nella semplicità e nella verità: «Sia il vostro parlare sì, sì; no, no; il di più viene dal maligno» (Mt 5, 37).

Di fronte a tali elevatissime esigenze non possiamo non avvertire l’umiliazione della nostra colpevole mediocrità. Sì, dobbiamo riconoscere che talora nel nostro modo di essere Chiesa non vibra questo anelito di perfezione. Si è tentati di adeguarsi a quella logica mondana da cui ci mette in guardia San Paolo nella Lettera ai Corinzi, mentre ci invita ad accogliere la «sapienza divina». Oggi il Signore si aspetta da noi una risposta generosa. Non abbiamo paura della santità. Fidiamoci di Dio! La sua parola chiama tutti a un rinnovato impegno di fedeltà e di testimonianza.

4. Carissimi Fratelli e Sorelle della parrocchia della Sacra Famiglia! Questa parola divina giunge oggi a voi, che avete la fortuna di avere per patrono non questo o quel santo, ma Gesù, Maria e Giuseppe, la santa Famiglia di Nazareth. Quale esempio di vita secondo il cuore di Dio! Quale realizzazione sublime del Vangelo!

Davvero essi hanno «camminato nella legge del Signore»! Guardare a loro, imitarne lo stile di vita, è la via sicura della perfezione umana e soprannaturale. Possa l’esempio della Santa Famiglia aiutare la vostra comunità parrocchiale a crescere giorno dopo giorno nel cammino della fedeltà e dell’amore. Sia di stimolo alle famiglie perché nel loro vivere quotidiano si ispirino al clima di fattiva e serena operosità della Casa di Nazareth, crescendo unite nel costante ascolto e nella docile sequela del Vangelo. Sia di sostegno ai fanciulli e ai giovani che guardano con apprensione e speranza al loro avvenire. Sia modello per l’intera parrocchia, perché, imitando la Sacra Famiglia, diventi sempre più famiglia autentica, vivificata dalla luce e dal vigore dello Spirito Santo, e «segno di riconciliazione e di pace» per ogni uomo.

[...]

7. «Sii per me difesa, o Dio,... guidami per amore del tuo nome» (Antifona all’introito). La tua legge, Signore, ci guidi nelle scelte di ogni momento! Con questa invocazione, che riassume i sentimenti della nostra assemblea liturgica, noi ci rivolgiamo fiduciosi verso il Signore: «Grande infatti è la speranza del Signore, egli è onnipotente e vede tutto» (Sir 15, 19). Egli ci chiama alla santità: «non ha dato a nessuno il permesso di peccare» (Sir 15, 20). Ci rivela per mezzo del suo Spirito la profondità del suo cuore.

 «Indicami, Signore la via dei tuoi precetti... dammi intelligenza, perché osservi la tua legge» (Salmo resp.). Ti seguirò, Signore, sino alla fine! «Beato chi cammina nella legge del Signore!».

[...] Sia lodato Gesù Cristo. Amen.

Homilía (15-02-1987)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de Santa María de la Consolación
Domingo 15 de febrero del 1987

1. «Non sono venuto per abolire, ma per dare compimento» (Mt 5, 17).

Sono le parole del discorso della montagna. Gesù di Nazaret insegna. Proclama la legge che proviene da Dio ed è destinata all’uomo. All’uomo di tutti i tempi. «Finché non siano passati il cielo e la terra, non passerà dalla legge neppure un iota o un segno, senza che tutto sia compiuto» (Mt 5, 18).

Gesù è maestro del popolo di Dio. Egli è insieme il primo tra coloro che osservano e insegnano a osservare tutto ciò che proviene da Dio ed è destinato all’uomo (cf. Mt 5, 19): la ricca eredità dell’antica alleanza. La Legge e i profeti.

La sorgente di quest’eredità è il Dio dell’alleanza. Le parole che provengono da lui «sono spirito e vita» (Gv 6, 63). Sono le «parole di vita eterna» (Gv 6, 68). La vita eterna è il regno di Dio, il regno dei cieli. Le parole di Cristo nel discorso della montagna indicano all’uomo la via che porta a questo regno.

2. L’alleanza . . . il regno . . . sono le espressioni-chiave del Vangelo, di tutta la Bibbia, della Rivelazione.

Dio che parla all’uomo, «e ha parlato molte volte . . . per mezzo dei profeti . . . ultimamente . . . per mezzo del Figlio» (Eb 1, 1-2), rivela se stesso, svela il suo disegno salvifico nei riguardi dell’uomo.

Chi è l’uomo?

L’uomo è, in tutto l’universo visibile, un essere singolare. Il Creatore gli ha donato la capacità di conoscere la verità, e in particolare la verità sul bene e sul male. E gli ha donato la libertà: la capacità di scegliere. Dovrebbe scegliere ciò che conosce come il vero bene. Ma può scegliere contro tale verità. Può fare il male.

Tale è l’uomo.

E tale sta, fin dall’inizio, al cospetto del suo Creatore.

Oggi leggiamo nel libro del Siracide:

«Egli ti ha posto davanti il fuoco e l’acqua: là dove vuoi stenderai la tua mano. Davanti agli uomini stanno la vita e la morte» (Sir 15, 16-17).

La verità e il bene aprono davanti all’uomo la via della vita. Il male e il peccato aprono la via della morte.

Dio infatti «conosce ogni azione degli uomini. Egli non ha comandato a nessuno di essere empio e non ha dato a nessuno il permesso di peccare» (Sir 15, 19-20).

3. Sullo sfondo di questa verità sull’uomo, sulla libertà umana e sulla coscienza, il salmista spiega, nell’odierna liturgia, l’importanza della Legge divina:

«Tu hai dato i tuoi precetti / perché siano osservati fedelmente». Perciò: / «Beato l’uomo . . . che cammina nella legge del Signore. / Beato chi è fedele ai suoi insegnamenti / e lo cerca con tutto il cuore» (Sal 119, 4.1-2).

La Legge divina esprime ciò che è il vero bene e perciò deve essere principio del comportamento umano. La grandezza della Legge, la sua forza obbligatoria s’uniscono alla verità sul bene. Dio ha rivelato questa verità all’uomo. L’ha anche scritta «nei cuori» umani che non conoscono la rivelazione, come ricorda san Paolo nella Lettera ai Romani (Rm 2, 15).

Ogni legge umana trova qui la sorgente della sua forza morale. Essa è retta e giusta quando esprime una norma vera circa il bene che dovrebbe realizzarsi nel comportamento dell’uomo.

4. La liturgia dell’odierna domenica ci indirizza in modo particolare a Dio come Inizio e ultima Sorgente del vero bene. Dio è la prima Sorgente della Legge. Di qui la conferma della forza indistruttibile della Legge divina nelle parole di Gesù: «Non passerà dalla legge neppure un iota - o un segno - senza che tutto sia compiuto» (Mt 5, 19).

E la fervente preghiera del salmista:

«Siano diritte le mie vie / nel custodire i tuoi decreti . . . / Aprimi gli occhi perché io veda / le meraviglie della tua legge. / Indicami, Signore, la via dei tuoi precetti / e la seguirò fino alla fine. / Dammi intelligenza, perché io osservi la tua legge / e la custodisca con tutto il cuore» (Sal 119, 5.18.33-34).

5. Gesù proclama il discorso della montagna. Lo proclama non soltanto ai suoi contemporanei, ma a tutte le generazioni e a tutta l’umanità.

Insegna ad ammirare la Legge divina.

Fa vedere come occorre rispettarla.

Rileggiamo spesso le parole che abbiamo ascoltato nell’odierna liturgia. Rileggiamole e meditiamole. Esse sono veramente «spirito e vita». Sono «le parole di vita eterna».

Quando Gesù di Nazaret svela dinanzi ai suoi ascoltatori il profondo significato dei comandamenti: «non uccidere», «non commettere adulterio», «non spergiurare», ai nostri occhi si manifesta l’abbondanza della giustizia, che rende l’uomo maturo per il regno di Dio, per il regno dei cieli.

6. E nello stesso tempo - mediante la piena verità sul bene a cui l’uomo è chiamato dalla Legge divina - si svela più pienamente la verità sull’uomo stesso. Vediamo chiaramente in che cosa consiste la sua maturità spirituale. La sua vera dignità.

L’uomo rivelato da Cristo, mediante le parole del discorso della montagna, è un essere chiamato all’intimità, mediante la verità e il bene con Dio che è la pienezza stessa della verità e del bene. È chiamato all’intimità con Dio durante il pellegrinaggio terrestre, e nell’eternità.

[...]

9. Tra poco ci accosteremo all’altare per portare le offerte per il sacrificio: è il dono eucaristico del pane e del vino in cui si manifestano i doni interiori del cuore umano.

Mettete nel calice anche le vostre intenzioni e le vostre offerte con animo rinnovato e riconciliato.

Cristo dice: «Se . . . presenti la tua offerta sull’altare e lì ti ricordi che tuo fratello ha qualche cosa contro di te, lascia lì il tuo dono davanti all’altare e va prima a riconciliarti con il tuo fratello e poi torna a offrire il tuo dono» (Mt 5, 23-24).

Vogliamo adeguarci fedelmente a tali parole!

Le tue parole, Signore, sono «spirito e vita».

Homilía (10-02-1990)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Frumenzio ai Prati Fiscali
Sábado 10 de febrero del 1990

«Se la vostra giustizia non supererà quella degli scribi e dei farisei, non entrerete nel regno dei cieli» (Mt 5, 20).

1. Carissimi fratelli e sorelle, in queste parole è racchiusa la grande novità della legge della nuova alleanza che Gesù, nuovo Mosè, ha promulgato sul monte delle beatitudini davanti ai discepoli e alla folla, riuniti intorno a lui.

Gesù, Maestro che parla con autorità, non è venuto ad abolire l’antica legge data ad Israele, ma a portarla a compimento. Lui stesso - come annota più volte il Vangelo - l’ha osservata fedelmente. Tuttavia ha dato al nuovo Israele quel «di più» che gli consente di superarla come legge puramente esteriore, fatta di decreti e prescrizioni avvertiti e vissuti talora come pesanti e insopportabili, e di trasformarla in «scelta interiore», frutto della docilità allo Spirito e di amore a Dio e ai fratelli.

La «giustizia» dei farisei, infatti, si limitava spesso all’osservanza materiale delle norme, si arrestava alla «lettera» e non ne coglieva lo «spirito». Finiva così per scivolare nel formalismo e nell’ipocrisia, sia nell’esercizio del culto come nel comportamento di vita. Per questi motivi era frequentemente oggetto della denuncia e del rimprovero di Gesù.

2. La giustizia, invece, che Cristo propone a quanti vogliono essere suoi discepoli e formare il nuovo popolo di Dio, non si arresta alla materialità delle azioni, ma si rifà alle intenzioni con cui esse devono essere compiute. È nel cuore che si decide l’atteggiamento più vero e più radicale dei suoi discepoli; nel cuore maturano le scelte finalizzate alla gloria di Dio e all’autentico bene della persona e della società. La «nuova legge» dell’amore non è scritta su tavole di pietra, ma nell’intimo del cuore e quindi nella coscienza dell’uomo. A scrivere questa legge nel cuore dei discepoli è lo Spirito Santo, che Cristo risorto dona ai suoi per farli «nuove creature». Lo Spirito, dunque, è la «legge interiore», che li rende puri di cuore e retti nell’intenzione; è lui che li illumina e li muove interiormente ad agire secondo la volontà di Dio; è lui che li abilita a conformare la propria vita all’unico comandamento dell’amore, che è il compimento di tutta la legge. È in forza della sua azione, segreta ma efficace, che è possibile ai discepoli vivere non più come schiavi e quindi nella paura, ma come figli e perciò nella gioia e nella verità.

Questo è il «di più» con cui Gesù porta a compimento e a perfezione la legge antica.

3. Così il Maestro divino svela ai suoi il significato autentico della fedeltà alla legge: non un’osservanza esterna, ma un’«obbedienza» di fede alla volontà di Dio che si manifesta attraverso di essa. Nel rapporto con l’uomo, scoperto come fratello, non basta «non uccidere», è necessario non offendere; non basta non commettere adulterio, occorre guardare con purezza d’intenzione ogni donna. Nel rapporto con Dio, amato come Padre, e particolarmente nel culto, non basta l’osservanza scrupolosa delle norme rituali; bisogna puntare alla comunione con lui e all’atteggiamento di misericordia e di riconciliazione. Il servizio a Dio senza il servizio ai fratelli è falso e perciò non gradito al Signore.

Alla scuola di Cristo i discepoli imparano in questo modo a vivere con coerenza la loro vita, nella vera libertà, e cioè nella verità e nella carità. E così diventano testimoni e annunciatori del regno di Dio a tutti gli uomini. Lo slancio missionario si fonda infatti nella «coscienza di verità» e nel dinamismo di una carità a tutta prova che bandisce ogni forma di convenienza e di interessi privatistici. Ciò è possibile solo a coloro che si lasciano guidare dallo Spirito e ascoltano la parola di Dio, autorevolmente interpretata e proposta alla comunità dei credenti da parte di coloro che ne sono dispensatori e garanti.

È questa la testimonianza che gli uomini si attendono da parte dei discepoli del Signore, che hanno il dono e perciò la consapevolezza di essere portatori della verità che salva.

4. In una situazione di scristianizzazione, che si caratterizza per la perdita di molti valori morali, per l’incoerenza di vita anche di coloro che si professano cristiani, per egoismi che producono lacerazioni e ingiustizie nel tessuto sociale, una decisa e diffusa «coscienza di verità» e una forte testimonianza di rigore e di coerenza morale, di riconciliazione, di amore e di servizio, diventano fattori indispensabili per una «nuova evangelizzazione». Tutto ciò da parte specialmente dei fedeli laici che sono chiamati ad essere sale della terra e luce del mondo, con la specifica vocazione e missione di «cercare il regno di Dio trattando le cose temporali e ordinandole secondo Dio» (Lumen gentium, 31).

I cristiani, come non devono essere dei rinunciatari restando alla finestra e chiudendosi nel privato, così non possono assimilarsi alla mentalità e al costume correnti, limitandosi a un’osservanza puramente esteriore della legge di Cristo.

Nella complessità del mondo moderno e in mezzo alle contraddizioni, frutto talora di formalismo e di ipocrisia, i cristiani sono chiamati ad agire «nella verità» e quindi con coerenza, specialmente quando sono in gioco i valori relativi alla famiglia e alla fraternità, all’onestà nella vita pubblica e sociale; sono sollecitati a celebrare il culto della nuova alleanza «in spirito e verità», sensibili e disponibili alle esigenze di riconciliazione e di pace, di amore e di servizio, proprie della liturgia cristiana, che è memoriale del sacrificio redentore di Cristo.

[...]

8. Fratelli e sorelle, ascoltiamo ancora le parole del Salmo: «Beato l’uomo di integra condotta, che cammina nella legge del Signore. / Beato chi è fedele ai suoi insegnamenti e lo cerca con tutto il cuore».

Carissimi, se vi sforzerete di camminare nella verità e nell’amore, se custodirete la parola di Dio con cuore retto e sincero, sarete «beati», diventerete stabile dimora di Dio e darete un fattivo contributo alla «nuova evangelizzazione». Amen!

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