Domingo XI Tiempo Ordinario (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ex 19, 2-6a: Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa
- Salmo: Sal 99, 2. 3. 5: Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño
- 2ª Lectura: Rm 5, 6-11: Si fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, con cuánta más razón seremos salvos por su vida
+ Evangelio: Mt 9, 36—10, 8: Llamó a sus doce discípulos y los envió




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: Con el poder de Jesús

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

Pedro, Andrés, Santiago... Esa lista abre la inmensa hilera de los seguidores de Cristo, pero no acaba ahí. En esa lista estás tú también, llamado por Cristo; con tu nombre y apellidos. ¡Tú junto a los apóstoles de Cristo, junto a los mártires y a los santos de todas las épocas! ¿ De veras al escuchar este evangelio sientes la alegría de ser cristiano? Tú has sido elegido personalmente por Cristo, y no por tus méritos o cualidades, sino pura y simplemente porque Él lo ha querido.

Y también tú como ellos has recibido los mismos poderes de Cristo para curar toda enfermedad y dolencia, para arrojar demonios, para resucitar muertos... Ante un mundo que agoniza porque no conoce a Cristo o le ha rechazado, nosotros tenemos el remedio, porque tenemos las armas de Cristo. Y no podemos seguir lamentándonos como si las cosas no tuvieran solución.

La pregunta, más bien, es la siguiente: ¿Sientes compasión de la gente que está extenuada y abandonada como ovejas sin pastor? Es decir, ¿te importa la gente que sufre porque le falta Cristo, aunque aparente ser feliz? ¿Te duele la situación de tanta gente hundida en su falta de fe, enfangada en su pecado, destrozada por sus propios egoísmos? La compasión de Cristo no es un sentimiento estéril. Tampoco tú puedes quedar indiferente.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Todos constituimos un pueblo, que es el depositario de la gracia y de la obra de Cristo. Y, por lo mismo, depositario de la salvación que los demás hombres necesitan.

Éxodo 19,2-6: Seréis para Mí un reino de sacerdotes y una nación santa. Los Apóstoles son enviados, como lo había sido Moisés, para anunciar a los hombres sin esperanza, que Dios quiere hacer de ellos, su pueblo, Israel, pueblo sacerdotal, figura del nuevo pueblo de Dios. ¡Pueblo de reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal! ¡Pueblo de Dios: bendice a tu Señor!

Son apelativos legítimos del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento y que pasan a la Iglesia, verdadero Pueblo de Dios en el Nuevo Testamento.

Los santos Padres han tratado muchas veces del sacerdocio común de los fieles. En esta ocasión trasladamos aquí un texto de San Pedro Crisólogo:

«Hombre, procura ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad; que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente, que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tu oración arda continuamente, como perfume de incienso; toma en tus manos la espada del Espíritu; haz de tu corazón un altar y, así afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio. Dios te pide fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte, sino con tu buena voluntad» (Sermón108).

–Por eso cantamos en el Salmo 99: «nosotros somos tu pueblo y ovejas de tu rebaño». Este Salmo nos lleva como de la mano al sacrificio puro y santo de la Nueva Alianza en la sangre de Cristo. Este es el verdadero sacrificio de expiación y de acción de gracias, la Eucaristía. En él podemos pagar con creces nuestras ofensas al Padre, puesto que en él se ofrece el Cuerpo y la Sangre de Cristo derramada por nuestros pecados. Pero, además, el sacrificio admirable y todo santo de la Cruz se reactualiza sacramentalmente en la Eucaristía, o Santa Misa. Y es el que funda y constituye la Iglesia, como Cuerpo místico de Cristo y Pueblo de Dios congregado. Nunca mejor dicho que en la Cruz, en la Eucaristía, «Él nos hizo y somos ovejas de su rebaño», un pueblo santo, regio y sacerdotal.

Romanos 5,6-11: Si fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, con cuanta más razón seremos salvados por su vida. San Efrén dice:

«Nuestro Señor fue dominado por la muerte, pero Él venció a la muerte, pasando por ella como si fuera su camino. Se sometió a la muerte y la soportó deliberadamente para acabar con la obstinada muerte. En efecto, nuestro Señor salió cargado con la cruz, como deseaba la muerte; pero desde la cruz gritó, llamando a los muertos a la resurrección, en contra de lo que la muerte deseaba.

«La muerte le mató gracias al cuerpo; pero Él, con las mismas armas, triunfó sobre la muerte. La divinidad se ocultó bajo los velos de la humanidad; sólo así, acabó con la muerte. La muerte destruyó la vida natural, pero luego fue destruida, a su vez, por la vida sobrenatural.

«La muerte, en efecto, no hubiera podido devorarle a Él si Él no hubiera tenido un cuerpo, ni el abismo hubiera podido tragarle si Él no hubiera estado revestido de un cuerpo, pero cuando hubo asumido el cuerpo, penetró en el reino de la muerte, destruyó sus riquezas y desbarató sus tesoros» (Sermón 3 sobre Nuestro Señor).

Mateo 9, 36-10,8: Llamó a sus doce discípulos y los envió. En el plan divino, Israel debía ser el que primero recibiera los beneficios de la ofrenda mesiánica (cf. Rom 1,16). La misión está confinada al territorio galileo. La autenticidad de su mensaje está garantizada con milagros. Sus propósitos misioneros no han de ser oscurecidos y frustrados por la ambición del dinero, ya que el poder de obrar milagros nada les ha costado a los Apóstoles. Comenta San Juan Crisóstomo:

«Mirad la grandeza del ministerio, mirad la dignidad de los apóstoles. No se les manda que hablen de cosas sensibles, ni como hablaron antaño Moisés y los profetas. Su predicación había de ser nueva y sorprendente. Moisés y los profetas predicaban de la tierra y de los bienes de la tierra; los apóstoles, del reino de los cielos y de cuanto a él atañe. Mas no sólo por este respecto son los apóstoles superiores a Moisés y a los profetas, sino también por su obediencia. Ellos no se arredran de su misión ni vacilan como los antiguos... Ninguna gracia hacéis a los que os reciben, pues no habéis recibido vuestros poderes como una paga ni como fruto de vuestro trabajo. Todo es gracia mía. De este modo, pues, dad también vosotros a aquéllos. Porque, por otra parte, tampoco es posible hallar precio digno de lo que vuestros dones merecen» (Homilía 32,4,sobre San Mateo).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Escúchame, Señor, que te llamo. Tú eres mi auxilio;
no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.
(Sal 26, 7-9)

Oración colecta
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan,
escucha nuestras súplicas,
y pues el hombre es frágil y sin ti nada puede,
concédenos la ayuda de tu gracia
para guardar tus mandamientos
y agradarte con nuestras acciones y deseos.
Por nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
Tú nos has dado, Señor,
por medio de estos dones que te presentamos,
el espíritu del cuerpo
y el sacramento que renueva nuestro espíritu;
concédenos con bondad
que siempre gocemos del auxilio de estos dones.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida.
(Sal 26, 4)

O bien:
Padre santo: guárdalos en tu nombre a los que me has dado,
para que sean uno como nosotros -dice el Señor-.
(Jn 17, 11)

Oración post-comunión
Que esta comunión en tus misterios, Señor,
expresión de nuestra unión contigo,
realice la unidad de tu Iglesia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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