Domingo XII Tiempo Ordinario (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Jer 20, 1-13: Libró la vida del pobre de manos de los impíos
- Salmo: Sal 68, 8-10. 14 y 17. 33-35: Que me escuche tu gran bondad, Señor
- 2ª Lectura: Rm 5, 12-15: El don no se puede comparar con la caída
+ Evangelio: Mt 10, 26-33: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: No temáis...

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

Ante evangelios como este uno se asusta viendo lo poco cristianos que somos los cristianos. Jesús nos dice que no tengamos miedo a los que matan el cuerpo, y sin embargo todo son temores ante la muerte, ante el sufrimiento, ante lo que los hombres puedan hacernos, ante lo que puedan decir de nosotros...

El verdadero cristiano –es decir, el hombre que tiene una fe viva– encuentra su seguridad en el Padre. Si Dios cuida de los gorriones ¿cómo no va a cuidar de sus hijos? Sabe que nada malo puede pasarle. Lo que ocurre es que a veces llamamos malo a lo que en realidad no es malo. ¿Qué de malo puede tener que nos quiten la vida o nos arranquen la piel a tiras si eso nos da la vida eterna? Ahí está el testimonio de tantos mártires a lo largo de la historia de la Iglesia, que han ido gozosos y contentos al martirio en medio de terribles tormentos.

Este evangelio de hoy nos invita a mirar al juicio –«nada hay escondido que no llegue a saberse»–. En ese momento se aclarará todo. Y en esa perspectiva, ante lo único que tenemos que temblar es ante la posibilidad de avergonzarnos de Cristo, pues en tal caso también Él se avergonzará de nosotros ese día ante el Padre. El único mal real que el hombre debe temer es el pecado, que le llevaría a una condenación eterna –«temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo»–. Ante este evangelio, ¡cuántas maneras de pensar y de actuar tienen que cambiar en nuestra vida!.

Rom 5,12-15

A partir de hoy, durante los próximos domingos leeremos como segunda lectura la carta a los Romanos, tan rica en alimento para nuestra vida cristiana.

«Todos pecaron». Debemos prestar una atención mucho mayor al realismo de la palabra de Dios, que no anda con eufemismos ni disimulos. Todos somos pecadores, sometidos a la ley inexorable del pecado que nos encadena (Rom 3,10ss. 23). ¿Por qué seguir pensando y actuando como si la gente no fuera pecadora? Todo hombre es irremediablemente pecador; no puede salvarse por sí mismo ni puede ser bueno por sus solas fuerzas; necesita de Cristo, el único que se nos ha dado capaz de salvarnos (He 4,12; Rom 3,24ss).

«Por el pecado entró la muerte». Desde el pecado de Adán, la tragedia del hombre consiste no sólo en pecar de hecho, sino en dejarse engañar por Satanás tomando lo malo por bueno y lo bueno por malo. Por eso, Dios que nos ama insiste en recordarnos que «el salario del pecado es la muerte» (Rom 6,23). El pecado es siempre muerte y sólo muerte; es causa de muerte y destrucción; es fuente de todos los males en este mundo y para la eternidad. El pecado es el único mal real.

«Gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron». La situación de pecado, humanamente irremediable, ha sido transformada por Dios. La ley inexorable del pecado ha sido destruida por un amor más grande que el pecado. He aquí la grandeza de Jesucristo, que hace que «no haya proporción entre la culpa y el don». Si Dios ha permitido el pecado ha sido en vista de Cristo. Y también nosotros hemos de aprender a ver el mundo y cada persona desde Cristo: no disimular o disculpar su pecado, pero sí tener la certeza de que su pecado tiene remedio, porque la gracia de Cristo «ha desbordado».

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Se nos presenta en este domingo el drama existencial del cristiano auténtico, en su condición de testigo de Cristo con todas sus consecuencias. No es el discípulo de mejor condición que su Maestro. Él fue vaticinado como «signo de contradicción» (Lc 2,34). Por lo mismo el cristiano no puede quedar extrañado de que le surjan contradicciones y dificultades. Pero Cristo venció y el que le sigue también participa de su victoria.

Jeremías 20,10-13: Libró la vida del pobre de manos de los impíos. Jeremías, por su fidelidad a Dios y por su misión de testigo de sus designios ante el pueblo degenerado y frívolo, fue personalmente un signo de contradicción en medio de los suyos. Figura de Cristo y de los cristianos.

–Es bien expresivo el Salmo 68 sobre el tema de la contradicción: «Por Ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro». Ante todo vemos en este Salmo la figura de Cristo, el Hijo de Dios, devorado por el celo de la Casa y de la causa de su Padre; muerto por nuestros pecados, insultado, abandonado de todos saciada su sed con vinagre...

«Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre, porque me devora el celo de tu templo, y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. Pero mi oración se dirige a Ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude. Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; por tu gran compasión vuélvete hacia mí. Miradlo los humildes y alegraos, buscad al Señor y vivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a los pobres, no desprecia a los cautivos. Alábenlo el cielo y la tierra, las aguas y cuanto bulle en ellas».

Buena ocasión para agradecer al Señor los beneficios de su Pasión, para seguirle, para imitarle, para soportar las contradicciones de la vida presente.

¡Qué caminos tan distintos siguen Dios y el hombre! Dios hecho hombre tiene sed y el hombre le da vinagre. El hombre tiene sed y Dios hecho hombre le da su propia Sangre para la vida eterna! (Mt 26,27). San Ignacio de Loyola decía:

«¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo?»

Romanos 5,12-15: El don no se puede comparar con la caída. San Pablo subraya nuestra solidaridad en la condenación a fin de exaltar nuestra solidaridad en la gracia que se nos da por Jesucristo. La vida de toda la humanidad es, por lo mismo, un signo de contradicción. El pecado de origen común y la gracia redentora de Cristo luchan en el interior de cada hombre. No es posible ser indiferente. Comenta San Agustín:

«Ved lo que nos dio a beber el hombre, ved lo que bebimos de aquel progenitor, que apenas pudimos digerir. Si esto nos vino por medio del hombre ¿qué nos llegó a través del Hijo del Hombre?... Por aquél el pecado, por Cristo la justicia. Por tanto todos los pecadores pertenecen al hombre, todos los justos al Hijo del Hombre» (Sermón 255,4).

Y en otro lugar:

«Gracias a la acción mediadora de Cristo, adquiere la reconciliación con Dios la masa entera del género humano, alejada de Él por el pecado de Adán (Rom 5,12). ¿Quién podrá verse libre de esto? ¿Quién se distinguiría pasando de esta masa de ira a la misericordia? ¿Quién, pues, te distingue? ¿Qué tienes que no hayas recibido? No nos distingue los méritos, sino la gracia... Gracias a una sola persona, nos salvamos los mayores, los menores, los ancianos, los hombres maduros, los niños, los recién nacidos; todos nos salvamos gracias a uno solo: Cristo» (Sermón 293,8).

Mateo 10,26-33: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo. Los auténticos discípulos de Cristo habrán de afrontar siempre la contradicción de cuantos no conocen a Cristo o positivamente lo rechazan. «No puede ser el discípulo de mejor condición que el Maestro». San Juan Crisóstomo comenta:

«Ya, pues, que ha animado el Señor y levantado a sus apóstoles, nuevamente les profetiza los peligros que habrían de pasar, y nuevamente también presta alas a sus almas y los levanta por encima de todas las cosas. Pues, ¿qué les dice? No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. ¡Mirad cómo los pone por encima de todo! Porque no les persuade a despreciar sólo toda solicitud y la maledicencia, y los peligros, y las insidias, sino a la muerte misma, que parece ser lo más espantoso de todo. Y no sólo la muerte en general, sino hasta la muerte violenta...

«¿Teméis la muerte, y por eso vaciláis en predicar? Justamente porque teméis la muerte, tenéis que predicar, pues la predicación os librará de la verdadera muerte. Porque, aun cuando os hayan de quitar la vida, contra lo que es principal en vosotros, nada han de poder, por más que se empeñen y porfíen... De suerte que, si temes el suplicio, teme a lo que es mucho más grave que la muerte del cuerpo.

«Mirad cómo tampoco aquí les promete el Señor librarlos de la muerte. No, permite que mueran; pero les hace merced mayor que si no lo hubiera permitido. Porque mucho más que librarlos de la muerte es persuadirlos de que desprecien la muerte. Así pues, no los arroja temerariamente a los peligros, pero los hace superiores a todo peligro. Y notad cómo con una breve palabra fija el Señor en sus almas el dogma de la inmortalidad del alma y cómo, plantadas en ella esa saludable doctrina, pasa a animarlos por otros razonamientos» (Homilía 34,2, sobre San Mateo).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su Ungido.
Salva a tu pueblo y bendice tu heredad, sé su pastor y llévalos siempre.
(Sal 27, 8-9)

Oración colecta
Concédenos vivir siempre, Señor,
en el amor y respeto a tu santo nombre,
porque jamás dejas de dirigir
a quienes estableces
en el sólido fundamento de tu amor.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Acepta, Señor,
este sacrificio de reconciliación y alabanza,
para que, purificados por su poder,
te agrademos con la ofrenda de nuestro amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Los ojos de todos te están aguardando, Señor,
tú les das comida a su tiempo.
(Sal 144, 15)

O bien:

Yo soy el buen Pastor, yo doy mi vida por las ovejas -dice el Señor-.
(Jn 10, 11. 15)

Oración post-comunión
Renovados con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,
imploramos de tu bondad, Señor,
que cuanto celebramos en cada eucaristía
sea para nosotros prenda de salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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