Domingo XXXI Tiempo Ordinario (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Mal 1, 14b-2, 2b. 8-10: Si explotáis a viudas y huérfanos se encenderá mi ira contra vosotros
- Salmo: Sal 130, 1. 2. 3: Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor
- 2ª Lectura: 1 Tes 2, 7b-9. 13: Deseábamos no sólo entregaros el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas
+ Evangelio: Mt 23, 1-12: No hacen lo que dicen




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Juan Pablo II, Papa

Homilía (31-10-1999): No buscar las apariencias


nn. 1. 6. Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Benito José Labre.
Domingo XXXI del Tiempo Ordinario. Ciclo A.
Domingo 31 de octubre del 1999

1. «Uno solo es vuestro Maestro, Cristo» (Mt 23, 10). El pasaje evangélico que acabamos de escuchar narra la disputa de Jesús con los escribas y los fariseos. Haciéndose eco de los profetas del Antiguo Testamento (cf. Ml 2, 1-10), Jesús condena su hipocresía, fundada en la presunción de ser justos ante Dios. Esa actitud, que aleja al hombre del camino del bien, puede anidar también hoy en el corazón del hombre.

Las palabras de Jesús ponen en guardia frente a cualquier «fariseísmo», es decir, frente a la búsqueda de las apariencias, a la fácil componenda con la mentira y a la tentación de afirmarse a sí mismo independientemente de la voluntad divina. Ante esta orgullosa pretensión del hombre de prescindir de Dios, Jesús, el verdadero Maestro, dirige una apremiante invitación a acoger con humilde disponibilidad la acción de la gracia divina: «El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Mt 23, 11).

6. [...] todos los discípulos de Cristo son portadores de un mensaje de salvación que proviene de Dios y está destinado a todo el mundo. No se trata de una palabra que tiene simplemente autoridad humana; al contrario, posee una autoridad que deriva directamente de Dios. Nos lo recuerda san Pablo en la secunda lectura de este domingo: «Al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes» (1 Ts 2, 13).

Sed conscientes del gran tesoro de la palabra de Dios confiado a la Iglesia en su totalidad y a cada uno de los fieles. Dejaos evangelizar por la palabra de Cristo para ser, también vosotros, evangelizadores de vuestros hermanos.

María, Estrella de la evangelización, la primera que acogió dócilmente en su seno al Verbo de Dios para ofrecerlo a todo el mundo, nos ayude a escuchar atentamente la Palabra y a ser testigos valientes de su hijo Jesús, único Maestro y Salvador del mundo. Amén.

Benedicto XVI, Papa

Ángelus (30-10-2011): Maestro único y verdadero

Domingo 30 de octubre del 2011

Queridos hermanos y hermanas:

En la liturgia de este domingo, el apóstol san Pablo nos invita a considerar el Evangelio «no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como Palabra de Dios» (1 Ts 2, 13). De este modo podemos acoger con fe las advertencias que Jesús dirige a nuestra conciencia, para asumir un comportamiento acorde con ellas. En el pasaje de hoy, amonesta a los escribas y fariseos, que en la comunidad desempeñaban el papel de maestros, porque su conducta estaba abiertamente en contraste con la enseñanza que proponían a los demás con rigor. Jesús subraya que ellos «dicen, pero no hacen» (Mt 23, 3); más aún, «lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar» (Mt 23, 4). Es necesario acoger la buena doctrina, pero se corre el riesgo de desmentirla con una conducta incoherente. Por esto Jesús dice: «Haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen» (Mt 23, 3). La actitud de Jesús es exactamente la opuesta: él es el primero en practicar el mandamiento del amor, que enseña a todos, y puede decir que es un peso ligero y suave precisamente porque nos ayuda a llevarlo juntamente con él (cf. Mt 11, 29-30).

Pensando en los maestros que oprimen la libertad de los demás en nombre de su propia autoridad, san Buenaventura indica quién es el auténtico Maestro, afirmando: «Nadie puede enseñar, ni obrar, ni alcanzar las verdades conocibles sin que esté presente el Hijo de Dios» (Sermo I de Tempore, Dom. XXII post Pentecosten, Opera omnia, IX, Quaracchi, 1901, p. 442). «Jesús se sienta en la «cátedra» como el Moisés más grande, que extiende la Alianza a todos los pueblos» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 93). ¡Él es nuestro verdadero y único Maestro! Por ello, estamos llamados a seguir al Hijo de Dios, al Verbo encarnado, que manifiesta la verdad de su enseñanza a través de la fidelidad a la voluntad del Padre, a través del don de sí mismo. Escribe el beato Antonio Rosmini: «El primer maestro forma a todos los demás maestros, del mismo modo que forma a los discípulos, porque [tanto unos como otros] existen sólo en virtud de ese tácito pero poderosísimo magisterio» (Idea della Sapienza, 82, en: Introduzione alla filosofia, vol. II, Roma 1934, p. 143). Jesús condena enérgicamente también la vanagloria y asegura que obrar «para que los vea la gente» (Mt 23, 5) pone a merced de la aprobación humana, amenazando los valores que fundan la autenticidad de la persona.

Queridos amigos, el Señor Jesús se presentó al mundo como siervo, se despojó totalmente de sí mismo y se rebajó hasta dar en la cruz la más elocuente lección de humildad y de amor. De su ejemplo brota la propuesta de vida: «El primero entre vosotros será vuestro servidor» (Mt 23, 11). Invoquemos la intercesión de María santísima y pidamos, de modo especial, por aquellos que en la comunidad cristiana están llamados al ministerio de la doctrina, para que testimonien siempre con obras las verdades que transmiten con la palabra.

Congregación para el Clero

Homilía

La liturgia de la Palabra de hoy es una fuerte llamada a la conversión para todos los creyentes, pero de manera especial para quien, en la comunidad, ha recibido la tarea de presidirla: los sacerdotes. Afirma el profeta Malaquías: «!Para vosotros es esta advertencia, sacerdotes! [...] Os habéis desviado del camino, habéis hecho tropezar a muchos con vuestra enseñanza; habéis pervertido la alianza con Leví [...].Por eso yo os he hecho despreciables y viles para todo el pueblo, porque no habéis seguido mis caminos».

La fidelidad a Dios y a su ley es condición imprescindible para agradarle y para la eficacia del testimonio cristiano. Si esto vale para todo bautizado, es aún más apremiante en el caso de los sacerdotes. La fidelidad al Señor es un deber personal y moral, es un deber ministerial, para evitar «hacer tropezar a muchos», es decir, causar, por la propia conducta, el alejamiento de la Iglesia e, incluso, de Dios.

La responsabilidad en el ejercicio del ministerio, más que nunca debe recuperarse en todo su valor teológico y pastoral. Siendo fecunda y llena de promesas la justa valoración de la común vocación bautismal, no se puede infravalorar el papel imperioso que la Providencia confía a los sacerdotes, en relación con el testimonio y la enseñanza del Evangelio.

Nunca podemos olvidar la fuerte advertencia del Señor: «A quien mucho se le da, mucho se le pedirá; a quien se le ha confiado mucho, se le pedirá mucho más» (Lc 12, 48) y, sin temor pero con la conciencia de la gravedad de la vocación recibida, estamos llamados a implorar de la divina misericordia el don de una luminosa fidelidad, de un empeño constante, de una atención vigilante, de una ascética incansable para que nuestra existencia, por la gracia, sea siempre más eficazmente conformada a la de Cristo crucificado y resucitado.

¡El precio del pecado es la muerte! El fruto de la infidelidad es llegar a ser despreciados a los ojos de los hermanos: «os he hecho despreciables y viles para todo el pueblo». Los recientes y dramáticos acontecimientos que han afectado al cuerpo sacerdotal, llegando en no pocos casos a desfigurar la imagen a los ojos de los fieles y a nublar en sus rostros el fulgor de la santidad de la Iglesia, atestiguan la verdad de lo que afirma el profeta Malaquías.

Que no suceda nunca a nadie, sacerdote o no, caer en el error condenado con tanta inequívoca claridad por el Señor: «Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen pero no hacen» (Mt 23,2). La armonía –siempre en tensión de plenitud- entre anuncio y testimonio, entre lo que «se dice» y lo que «se hace», es el primer motivo de credibilidad y la única verdadera, universal y eficaz estrategia pastoral. ¡El único «plan pastoral» que consigue con certeza frutos de evangelización es la santidad!: vivida por todos los cristianos y, entre ellos, y particularmente llena de promesas, la santidad sacerdotal.

Esta santidad, este luminoso testimonio tiene un nombre inequívoco: amor. Nos lo recuerda San Pablo con conmovedora expresión: «Como una madre que da alimento y calor a sus hijos, así, movidos por nuestro amor, queríamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino nuestras propias vidas, ¡tanto os llegamos a querer!» (1 Tes 2, 8). Es esta la «temperatura» del amor que nace de la fe. ¡Es ésta la «cura pastoral» a la que son llamados todos los sacerdotes! El amor se hace así irresistible testimonio y, por eso, invencible obra apostólica de evangelización. ¿Quién puede resistirse al amor de una madre? ¿Quién puede rechazar la proximidad y el testimonio de quien está dispuesto a ofrecer la propia vida?

El que ama conoce siempre también cuál es su propio lugar: el de servidor. «Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor» (Mt 23, 11). La santidad se refleja en el amor gratuito y el amor se traduce y llega a su cumbre en el servicio. La pertenencia a Cristo hace a todos los bautizados «siervos» de la fe y de la felicidad de los otros hombres; y la configuración ontológica con Cristo hace de los sacerdotes «especiales servidores», llamados a una particularísima amistad e intimidad con su Señor y, por lo tanto, a una consecuente gran responsabilidad y lealtad.

La Santísima Virgen María, madre que, como ninguna, «cuida a sus propios hijos» proteja a todos los sacerdotes del mundo y haga que resplandezca, por la fe de los hombres, la santidad, el amor y el servicio.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

Recibir y dar la Palabra
1Tes 2,7-9.13


«Al recibir la Palabra de Dios que os predicamos la acogisteis no como palabra de hombre...» El que acoge la Palabra de Dios con fe es transformado por ella. Pues esta Palabra «permanece operante», es enérgica y activa, es «viva y eficaz» (Hb 4,12). Pero sólo si se recibe con fe. La razón del poco fruto que esta palabra –tantas veces escuchada– produce de hecho es la falta de fe, que se refleja en falta de interés, en rutina, en falta de docilidad, en quedarse en los hombres, en no recibirla con actitud de conversión, con auténtico deseo de dejarse cambiar por ella... Si la predicación del evangelio produjo tales maravillas entre los tesalonicenses, ¿por qué no puede producirlas en nosotros? Basta que la recibamos con las mismas disposiciones que ellos.

«Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas». Además de acoger la Palabra de Dios estamos llamados también –todos– a transmitirla a otros. Este es el mayor acto de caridad que podemos realizar pues lo más grande que podemos dar es el evangelio de Jesucristo, la Buena Noticia de que todo hombre es infinitamente amado por Dios y de que este amor lo ha manifestado entregando a su Hijo por él y por la salvación del mundo entero (Jn 3,16).

Pero es preciso subrayar que esta increíble noticia del amor personal de Dios a cada uno, sólo puede ser hecha creíble si el que transmite el evangelio está lleno de amor hacia aquel a quien se lo transmite. El evangelio no se comunica a base de argumentos. Para que cada hombre pueda entender que «Cristo me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20), es necesario que el que le hable de Cristo le ame de tal modo que esté dispuesto a dar la vida por él. Y con un amor concreto y personal, lleno de ternura y delicadeza, «como una madre cuida de sus hijos»; un amor que a san Pablo le llevó a «esfuerzos y fatigas», incluso a trabajar «día y noche para no ser gravoso a nadie»...

Vivir en la mentira
Mt 23, 1-12


Las palabras de Jesús nos dan pie para examinar qué hay de fariseo dentro de nosotros mismos. En primer lugar, el Señor condena a los fariseos porque «no hacen lo que dicen». También nosotros podemos caer en el engaño de hablar muy bien, de tener muy buenas palabras, pero no buscar y desear vivir aquello que decimos. Sin embargo, sólo agrada a Dios «el que hace la voluntad del Padre celestial», pues sólo ese tal «entrará en el Reino de los cielos» (Mt 7,21).

En segundo lugar, Jesús les reprocha que «todo lo que hacen es para que los vea la gente». ¡Qué demoledor es este deseo de quedar bien a los ojos de los hombres! Incluso las mejores obras pueden quedar totalmente contaminadas por este deseo egoísta que lo estropea todo. Por eso san Pablo exclamará: «Si todavía tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo» (Gal 1,10). El cristiano solo busca «agradar a Dios» (1 Tes 4,1) en toda su conducta; le basta saber que «el Padre que ve lo secreto le recompensará» (Mt 6,4).

Y, finalmente, Jesús les echa en cara que buscan los honores humanos, las reverencias de los hombres, la gloria mundana. También a nosotros fácilmente se nos cuela esa búsqueda de gloria que en realidad es sólo vanagloria, es decir, gloria vana, vacía. Los honores que los hombres consideran valiosos el cristiano los estima como basura (Fil 3,8), pues espera la verdadera gloria, la que viene de Dios, «que nos ha llamada a su Reino y gloria» (1 Tes 2,12). En cambio, buscar la gloria que viene de los hombres es un grave estorbo para la fe (Jn 6,44).

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

La actitud del soberbio es siempre repugnante y hace repulsiva la religiosidad y la misma fe que profesamos. La soberbia puede adoptar forma de engreimiento personal, forma de irresponsabilidad, de autoritarismo, de intransigencia... Todo esto separa de Dios, que es el Todo Otro. Ante Dios no hay más superioridad humana que la de la verdad, la sinceridad y la humildad, avaladas por la virtud de la caridad.

–Malaquías 1,14-2,2.8-10: Os apartasteis del camino y habéis hecho tropezar a muchos en la ley. Aun el sacerdocio, en Israel, y cualquier autoridad religiosa sobre el pueblo de Dios merecen la reprobación divina, si no testifican la verdad y el amor de Dios a su pueblo. Es necesario dar buen ejemplo. Para todos es urgente la coherencia entre fe y vida. Así dice San Agustín:

«¿Qué pensar de los que se adornan con un nombre y no lo son? ¿De qué sirve el nombre si no se corresponde con la realidad? Así, muchos se llaman cristianos, pero no son hallados tales en la realidad, porque no son lo que dicen en la vida, en las costumbres, en la esperanza, en la caridad» (Trat. sobre I Juan 4,4).

Y también: «¿Queréis alabar a Dios? Vivid de acuerdo con lo que pronuncian vuestros labios. Vosotros mismos seréis la mejor alabanza que podéis tributarle, si es buena vuestra conducta» (Sermón 34).

–Con el Salmo 130 pedimos al Señor que guarde nuestra alma en la paz y en la humildad, siempre junto a Él: «Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos altaneros. No pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre. Espero en el Señor ahora y por siempre».

–1 Tesalonicenses 2,7-9.13: Deseábamos no sólo entregaros el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas. El verdadero amor cristiano, por lo que tiene de humilde servicio a los demás, constituye la mejor garantía de nuestra autenticidad cristiana en la Iglesia. San Juan Crisóstomo, se pone en lugar de San Pablo y dice:

«“Es verdad que os he predicado el Evangelio para obedecer un mandato de Dios. ¡Pero os amo con un amor tan grande que hubiera deseado morir por vosotros!” Pues bien, ése es el modelo acabado de un amor sincero y auténtico. El cristiano que ama a su prójimo debe estar animado por estos sentimientos. Que no espere a que se le pida entregar su vida por su hermano, antes bien debe ofrecerla él mismo» (Homilía sobre I Tes 2).

–Mateo 23,1-12: No hacen lo que dicen. El Evangelio de Jesús es diáfano: «el que se exalta, será humillado... y el que se humilla será enaltecido» (Mt 23,12). Podemos decir, en síntesis, que todo el mensaje bíblico de este Domingo es: «una vida para Dios». Una vida orientada a la glorificación de Dios, no a conseguir la propia gloria. Dice San Juan Crisóstomo:

«¿Quién es más manso, quien más bueno que el Señor? Es tentado por los fariseos, y sus trampas se rompen... Y sin embargo, por respeto al sacerdocio, por la dignidad de su nombre, exhorta al pueblo a sometérseles en consideración no de sus obras, sino de su doctrina... Mientras ellos dilatan innecesariamente sus filacterias y agrandan las franjas para obtener la alabanza de los hombres, les reprocha que pretendan los primeros lugares en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se den en público a la gula, a buscar la gloria y hacerse llamar por los hombres Maestros» (Comentario al Evangelio de Mateo 23,3 y 7).



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía (31-10-1993)

Messa per la Communità del Seminario Redemptoris Mater de Roma
Domingo 31 de octubre del 1993

«Siamo stati amorevoli in mezzo a voi come una madre nutre e ha cura delle proprie creature» (1 Ts 2, 7).

1. Venerati fratelli nell’Episcopato e nel Sacerdozio,
Carissimi giovani!

Ogni presbitero dovrebbe poter far sue le parole di San Paolo poc’anzi ascoltate. L’immagine materna che egli si attribuisce è infatti una delle più suggestive per esprimere la bellezza della vocazione sacerdotale. Essa non soltanto indica una rara intensità di affetto e di dedizione, ma suggerisce anche l’intima connessione che vi è tra il ministero apostolico e il mistero della nuova «nascita» in Cristo mediante lo Spirito Santo (cf. Gv 3, 5-8).

In quanto portatore della «parola divina della predicazione», l’Apostolo si percepisce strumento di questa spirituale rigenerazione. Egli incarna per i fratelli la «maternità» della Chiesa. Essendo stato chiamato a generarli in Cristo mediante il Vangelo (cf. 1 Cor 4, 15), a buon diritto si sente, nei loro confronti, «padre» e «madre», pronto a dare non soltanto il Vangelo, ma «la sua stessa vita» (cf. 1 Ts 2, 8).

2. Quale differenza tra questa immagine dell’apostolato e quella che emerge nelle due altre letture, scandite da moniti taglienti e severi! Essi sono indirizzati ai sacerdoti dell’Antica Alleanza, agli scribi, ai farisei, ma additano rischi di deviazione che sono sempre in agguato anche nel nostro ministero.

«Voi vi siete allontanati dalla retta via e siete stati d’inciampo a molti con il vostro insegnamento» (Ml 2, 8).

Questa parola del profeta Malachia sottolinea la grande responsabilità dei ministri dell’altare e della Parola. La loro incoerenza è doppiamente grave, perché ad essa s’accompagna lo scandalo. Guai a coloro che dovrebbero essere gli educatori del popolo di Dio, e invece gli sono d’inciampo!

Non meno dure le parole di Gesù, per coloro che si sono seduti sulla cattedra di Mosè, non come umili servi della Parola di Dio, ma come avidi cercatori del plauso degli uomini. In essi, parola e vita appaiono in stridente contrasto: sono maestri di cose che non osservano, impongono fardelli che non osano portare, rivendicano un titolo – quello di «rabbi» – che loro non appartiene, perché «uno solo è il Maestro, il Cristo» (cf. Mt 23, 10).

3. La Parola di Dio ci presenta così, da una parte, il modello autentico della vocazione apostolica e sacerdotale, dall’altra le sue possibili degenerazioni. Essa giunge a proposito per questo mio incontro con voi, responsabili e chierici del Seminario romano, che ha nome come questa cappella: «Redemptoris Mater»...

[...]

4. Occorre avere profonda coscienza, che non si può essere «generatori» di fede, se non si è prima «generati» dalla fede. Paolo poteva annunciare Cristo, anche perché poteva dire con tutta verità: «Non sono più io che vivo, ma Cristo vive in me» (Gal 2, 20). Così poteva annunciare Cristo essendo prima generato da Cristo, convertito da Cristo, permeato da Cristo. Non rivendicava quindi un titolo improprio, come quello che l’odierno Vangelo proibisce, quando si sentiva e si diceva «padre» delle sue comunità, perché la sua paternità non era altro che trasparente manifestazione di quella di Dio. E allo stesso tempo si diceva «madre». Anzi, dava una certa precedenza alla «maternità» apostolica che era propria di lui verso queste comunità.

Il mistero del sacerdozio va infatti colto nella sua intima connessione col mistero di Cristo. A tutta la Chiesa spetta di rendere il Cristo, in qualche modo, «visibile» nella storia degli uomini, ma compete al presbitero, chiamato ad agire «in persona Christi», di rappresentarlo come «pastore» e «capo» del suo popolo.

Il sacerdote deve essere perciò una persona conquistata, «afferrata» da Cristo (cf. Fil 3, 12). Ministero davvero «grande», anche se di una grandezza contraddistinta dall’umiltà del servizio: «Il più grande tra voi sia vostro servo» (Mt 23, 11).

5. Carissimi, sono lieto di poter celebrare con voi questo divin Sacrificio, che offro al Signore per la vostra perseveranza. Vi aiuti Iddio a camminare sui sentieri della santità e della gioia verso quei popoli ai quali la sua Provvidenza vi guiderà. È bene che il Cardinale Vicario ci abbia dato questa domenica libera per incontrare il Seminario «Redemptoris Mater», che è come una parrocchia di Roma. Valeva la pena di trascorrere questa domenica libera insieme con il Seminario romano «Redemptoris Mater».

Vi sostenga Maria, Santa Madre del Redentore. Affidandovi a Lei, vi sentirete davvero «tranquilli e sereni» come «bimbi nelle braccia della madre» (cf. Sal resp.). Ella vi ottenga di spendervi con l’ardore dell’apostolo Paolo per il Regno di Dio, in totale fedeltà ed obbedienza alla Chiesa, che è anche Madre, come ci insegnano tutta la Tradizione e il Vaticano II; è anche Madre, ad imitazione della Madre di Cristo. È questa Chiesa che ci genera, che ci ha generati alla fede. In questa Chiesa voi siete chiamati ad essere presbiteri e a servire Dio fino alla fine dei vostri giorni.

Amen.

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