Domingo XXXII Tiempo Ordinario (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Sab 6, 13-17: Encuentran la sabiduría los que la buscan
- Salmo: Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 7-8: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío
- 2ª Lectura: 1 Tes 4, 12-17: A los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él
+ Evangelio: Mt 25, 1-13: Que llega el esposo, salid a recibirlo




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Benedicto XVI, Papa

Ángelus (06-11-2011): Un aceite que no se puede comprar


Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. Ciclo A.
Domingo 06 de noviembre del 2011

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas bíblicas de la liturgia de este domingo nos invitan a prolongar la reflexión sobre la vida eterna, iniciada con ocasión de la Conmemoración de todos los fieles difuntos. Sobre este punto es neta la diferencia entre quien cree y quien no cree, o —se podría igualmente decir— entre quien espera y quien no espera. San Pablo escribe a los Tesalonicenses: «No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza» (1 Ts 4, 13). La fe en la muerte y resurrección de Jesucristo marca, también en este campo, un momento decisivo. Asimismo, san Pablo recuerda a los cristianos de Éfeso que, antes de acoger la Buena Nueva, estaban «sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2, 12). De hecho, la religión de los griegos, los cultos y los mitos paganos no podían iluminar el misterio de la muerte, hasta el punto de que una antigua inscripción decía: «In nihil ab nihilo quam cito recidimus», que significa: «¡Qué pronto volvemos a caer de la nada a la nada!». Si quitamos a Dios, si quitamos a Cristo, el mundo vuelve a caer en el vacío y en la oscuridad. Y esto se puede constatar también en las expresiones del nihilismo contemporáneo, un nihilismo a menudo inconsciente que lamentablemente contagia a muchos jóvenes.

El Evangelio de hoy es una célebre parábola, que habla de diez muchachas invitadas a una fiesta de bodas, símbolo del reino de los cielos, de la vida eterna (cf. Mt 25, 1-13). Es una imagen feliz, con la que sin embargo Jesús enseña una verdad que nos hace reflexionar; de hecho, de aquellas diez muchachas, cinco entran en la fiesta, porque, a la llegada del esposo, tienen aceite para encender sus lámparas; mientras que las otras cinco se quedan fuera, porque, necias, no han llevado aceite. ¿Qué representa este «aceite», indispensable para ser admitidos al banquete nupcial? San Agustín (cf. Discursos 93, 4) y otros autores antiguos leen en él un símbolo del amor, que no se puede comprar, sino que se recibe como don, se conserva en lo más íntimo y se practica en las obras. Aprovechar la vida mortal para realizar obras de misericordia es verdadera sabiduría, porque, después de la muerte, eso ya no será posible. Cuando nos despierten para el juicio final, este se realizará según el amor practicado en la vida terrena (cf. Mt 25, 31-46). Y este amor es don de Cristo, derramado en nosotros por el Espíritu Santo. Quien cree en Dios-Amor lleva en sí una esperanza invencible, como una lámpara para atravesar la noche más allá de la muerte, y llegar a la gran fiesta de la vida.

A María, Sedes Sapientiae, pidamos que nos enseñe la verdadera sabiduría, la que se hizo carne en Jesús. Él es el camino que conduce de esta vida a Dios, al Eterno. Él nos ha dado a conocer el rostro del Padre, y así nos ha donado una esperanza llena de amor. Por esto, la Iglesia se dirige a la Madre del Señor con estas palabras: «Vita, dulcedo, et spes nostra». Aprendamos de ella a vivir y morir en la esperanza que no defrauda.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

Morir en el Señor
1Tes 4,12-17

«No os aflijáis como los hombres sin esperanza». Hay un dolor por la muerte de los seres queridos que es natural y totalmente normal. Pero hay una tristeza que no tiene nada de cristiana y que sólo refleja una falta de fe y de esperanza. El verdadero cristiano puede sentir pena en su sensibilidad, pero en el fondo de su alma está lleno de confianza, porque Cristo ha resucitado y los muertos resucitarán (1 Cor 15,20-21). Más aún, puede sentir una profunda alegría, porque sabe que el «muerto» no está en realidad muerto, sino «dormido» (Lc 8,52), esperando ser despertado por Cristo, y que mientras tanto ya «está con el Señor», gozando de su presencia, de su vida y de su felicidad.

«A los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con Él». En esto se juega todo: en «morir en Jesús». La verdadera tristeza no consiste en el hecho de morir, sino en morir fuera de Jesús, porque esa sí que es verdadera muerte, la «muerte segunda» (Ap 20,6), la muerte definitiva en los horrores del infierno por toda la eternidad. En cambio, el que muere en Jesús no puede perderse, pues Jesús no abandona a los suyos, sino que como Buen Pastor los conduce a «verdes praderas» para hacerlos descansar (Sal 23,2). El que muere en Jesús no pierde ni siquiera su cuerpo. El que no muere en Jesús lo pierde todo, «se pierde a sí mismo» (Lc 9,25).

«Y así estaremos siempre con el Señor». Eso es el cielo: no un lugar, sino una persona. Es estar por toda la eternidad en compañía de Aquel «que nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados» (Ap 1,5), «que nos ha amado y nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa» (2 Tes 2,16). Empezaremos a entender –y a desear– el cielo en la medida en que ya en este mundo vayamos conociendo y tratando a Cristo, en la medida en que vayamos calando «la anchura y la longitud, la altura y la profundidad» del «amor de Cristo, que excede a todo conocimiento» (Ef 3,18-19).

Esperando al Esposo
Mt 25,1-13


En estas últimas semanas del año litúrgico la Iglesia quiere fijar nuestra mirada en la venida de Cristo al final de los tiempos. En esta venida aparecerá como Rey y como Juez (evangelio de los dos próximos domingos); pero hoy se nos presenta como venida del Esposo.

El título de Esposo, que se aplica a Yahvé en el Antiguo Testamento (por ejemplo Os 2,18), Jesús lo toma para sí (por ejemplo Mt 9,15; Jn 3,29). Sin entrar en mayores explicaciones, este título subraya sobre todo la relación de profunda intimidad que Cristo establece con la Iglesia, su Esposa, y en ella con cada hombre.

El cristiano –según esta parábola– es el que está esperando a Cristo Esposo con un gran deseo que brota del amor. Por tanto, es una espera amorosa. Y no es una espera de estar con los brazos cruzados: el que espera de verdad prepara la lámpara, sale al encuentro... Precisamente, la parábola pone el acento en esta atención vigilante a Cristo que viene, para estar preparado, con vestido de bodas (Mt 22,11-14). Lejos de temer esta venida, el cristiano la desea, como la esposa desea la vuelta del marido que marchó de viaje. El cristiano no se entristece por la muerte «como los hombres sin esperanza» (1 Tes 4,13). La muerte es sólo un «dormir» y el cristiano tiene la certeza de que será despertado y experimentará la dicha de «estar siempre con el Señor» (1 Tes 4,17). Por eso, en lugar de vivir de espaldas a la muerte, el verdadero creyente vive «aguardando la vuelta de Jesús desde el cielo» (1Tes 1,10).

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

En la primera lectura se nos exhorta a consagrar las jornadas y las vigilias de la noche a buscar la Sabiduría que procede de Dios. El Evangelio nos manda que estemos vigilantes y atentos, siempre preparados para la venida del Señor. Y San Pablo en la segunda lectura nos afirma que todos aquellos que hayan creído en Jesús entrarán, cuando Él vuelva, en el mundo de la resurrección, donde vivirán para siempre en su Reino.

La Iglesia, según el Vaticano II, es «el sacramento universal de salvación» (LG 1). Pero la salvación de los hombres, que es una invitación gratuita y amorosa de iniciativa divina, está siempre condicionada por la respuesta de los mismos hombres ante el llamamiento de Dios. Por eso necesitamos preocuparnos más del gran problema de nuestra vida: la santificación y la salvación. De ahí la necesidad urgente de una vigilancia constante.

–Sabiduría 6,13-17: Encuentran la Sabiduría los que la buscan. Por Sabiduría entendemos aquí el designio amoroso de Dios de poner a nuestro alcance su invitación generosa de salvación, que es encontrada por los que la buscan sinceramente. La salvación del Dios es un tema hondamente arraigado en la Sagrada Escritura: Dios salva a los hombres, Cristo es nuestro Salvador. El Evangelio aporta la salvación a todo creyente. Es, por lo mismo, un término clave en el lenguaje bíblico, pero su proceso de elaboración ha sido lento. Toda la historia de Israel es una «historia de salvación» que llega a su culmen en Cristo Jesús, que precisamente significa: «Dios salva». En Él Dios re-capitula toda la historia de la salvación en favor de los hombres.

Dios salva del pecado. Solo Dios puede perdonarlo, absolverlo, eliminarlo. Por eso es por lo que Israel, tomando más conciencia de la universalidad del pecado, ya no podrá buscar otra salvación que la que viene de invocar el nombre de Dios Redentor. El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está presente en la persona de su Hijo, hecho hombre para la redención universal y definitiva del pecado. Él es «el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

–Por eso con el Salmo 62 decimos que nuestra alma está sedienta de Dios. Nuestra carne tiene ansia de Él, como tierra reseca, agostada y sin agua. Solo Él puede salvarnos. Su gracia vale más que la vida, solo en Él podemos encontrar la saciedad de nuestra alma. Él es nuestro auxilio y «a la sombra de sus alas» cantamos con júbilo.

–1 Tesalonicenses 4,12-37: A los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con Él. Hemos sido creados y redimidos para la eternidad. Toda nuestra vida temporal lleva en sí una responsabilidad permanente para el «día» del encuentro con el que ha de venir.

El punto central de esta lectura es la unión constante con el Señor. Nuestra fe en el retorno del Señor ha de ir a lo esencial: «¡estaremos siempre con Él!» Ésta ha de ser nuestra alegría constante, nuestra gran solicitud: no separarnos de Cristo. Y lo único que nos aparta de Él es el pecado. De ahí la gran vigilancia que hemos de tener para no dejarnos atrapar por el pecado. Con la gracia divina nosotros siempre podemos salir victoriosos en las dificultades y tentaciones que podamos encontrar en nuestro camino hacia el Padre. La Iglesia, «Sacramento universal de salvación», con todos los medios que tiene, es la gran ayuda que nosotros tenemos y necesitamos.

La esperanza firme en la vida eterna, lograda por la misericordia de Dios, que es fiel a sus promesas, da a los cristianos paz en la vida y paz en la muerte. Oigamos a San Agustín:

«Nos amonesta el Apóstol a “no entristecernos” por nuestros seres queridos que duermen, o sea, que han muerto, “como hacen los que no tienen esperanza” en la resurrección e incorrupción eterna. También la costumbre de la Escritura los denomina en verdad durmientes, para que al escuchar este término no perdamos la esperanza de que hemos de volver al estado de vigilia. Por ello canta también en el salmo: “¿acaso no volverá a levantarse el que duerme?’’ (Sal 40,9). Los muertos causan tristeza, en cierto modo natural, en aquellos que los aman. El pánico a la muerte no proviene, en efecto, de la sugestión, sino de la naturaleza. Pero la muerte no habría llegado al hombre si no hubiese existido antes la culpa que originó la pena» (Sermón 172,1).

–Mateo 25,1-13: ¡Que llega el Esposo, salid a su encuentro! La vigilancia responsable o la irresponsabilidad paralizante son dos modos de vivir la fe cristiana ante el misterio de la salvación. Pero su desenlace final es irreversible. La salvación no se improvisa.

La vocación cristiana es irrenunciable-mente una vivencia profunda, personal y colectiva de la esperanza escatológica. Sin estas vivencias careceremos del sentido auténtico de la misión redentora de Cristo. El santo temor de Dios nos libra de la presunción vana ante la salvación y nos comunica la confianza filial, que quita de nosotros toda desesperanza paralizante. Es en el tiempo y en nuestro quehacer diario donde hemos de ser y permanecer vigilantes, esperando el retorno del Señor con las lámparas encendidas, alimentadas con el aceite de nuestras buenas obras. La eternidad nos la jugamos a diario en este tiempo que Dios nos concede para colaborar con su gracia divina realizando bajo su influjo obras buenas y salvíficas. Oigamos a San Agustín:

«Aquellas vírgenes simbolizan a las almas. En realidad no son solo cinco, pues simbolizan a muchas. Y además, ese número de cinco comprende tanto varones como mujeres, pues ambos sexos están representados por una mujer, es decir, por la Iglesia. A ambos sexos, esto es, a la Iglesia, se la llama Virgen (2 Cor 11,2). Y si pocos poseen la virginidad de la carne, todos deben poseer la virginidad del corazón...

«¿Y quiénes son las vírgenes necias? También ellas son cinco. Son las almas que conservan la continencia de la carne, evitando toda corrupción, procedente de los sentidos... Evitan ciertamente la corrupción, venga de donde venga, pero no presentan el bien que hacen a los ojos de Dios en la propia conciencia, sino que intentan agradar con él a los hombres, siguiendo el parecer ajeno... Evidentemente no llevan el aceite consigo... Las necias encienden ciertamente sus lámparas; parece que lucen sus obras, pero decaen en su llama y se apagan, porque no se alimentan del aceite interior... Faltarán las obras a las vírgenes necias, por no tener el aceite de la buena conciencia» (Comentario al Salmo 147,10-11).



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía (07-11-1993)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Vigilio
Domingo 07 de noviembre del 1993

«Arrivò lo sposo e le vergini che erano pronte entrarono con lui alle nozze» (Mt 25, 10).

1. Carissimi fratelli e sorelle..., la pagina evangelica dell’odierna domenica narra la parabola delle vergini invitate alle nozze. La festa nuziale, nel linguaggio di Gesù, è un simbolo. Gesù come Sposo è un grande simbolo del Nuovo Testamento, simbolo del Regno dei cieli, della salvezza finale, della vita beata, realtà alla quale siamo tutti chiamati e che, nel disegno divino come pure nel desiderio dell’uomo, rappresenta il termine ultimo dell’esistenza, il compimento della nostra vocazione cristiana. A questa salvezza bisogna tendere con perseveranza e senso di grande responsabilità (cf. Fil 2, 12).

Il testo dell’evangelista Matteo presenta due categorie di persone, entrambe desiderose di entrare alla festa e tuttavia radicalmente differenti per il loro comportamento. Un primo gruppo è formato di vergini «sagge», le quali, prevedendo che l’attesa avrebbe potuto prolungarsi, portano con sé, insieme con le lampade per rischiarare la notte, anche la scorta di olio per alimentarle. L’altro gruppo invece è costituito da quelle che non vi hanno pensato e all’arrivo dello sposo si trovano con le fiammelle vacillanti e nell’impossibilità di rifornirsi di olio. Il risultato è ineluttabile: le prime entrano e le altre restano escluse, vittime della loro stessa stoltezza. Gesù conclude: «Vegliate dunque, perché non sapete né il giorno né l’ora» (Mt 25, 13).

2. Come interpretare la metafora delle lampade e dell’olio? Anzitutto, le lampade rappresentano la vita dei credenti, rinati ed illuminati nel Battesimo, diventati «figli della luce» (Gv 12, 36) per la fede in Cristo, «luce vera che illumina ogni uomo» (Gv 1, 9). L’olio, poi, possiamo intenderlo come simbolo delle risorse spirituali di cui è dotata la Chiesa: un tesoro di verità e di grazia, di preghiera e di energia divina, di insegnamenti e di esempi continuamente a disposizione dei fedeli. Questi esempi sono i Santi.

Inseriti attivamente nella vostra parrocchia, cellula della Chiesa universale, cellula della Chiesa di Roma, anche voi, carissimi Fratelli e Sorelle, potete attingere con previdente costanza da tale patrimonio inesauribile, per essere pronti ad accogliere il Signore in qualunque ora, quando verrà e chiamerà i suoi amici a stare con lui per sempre.

3. Questa interpretazione spiccatamente ecclesiale della parabola aiuta a sottolineare due caratteristiche fondamentali del cristiano. La prima è che egli dispone di grandi ricchezze soprannaturali – anche quella che si chiama cultura cristiana è un tesoro inesauribile – per vivere in modo conforme al suo autentico bene personale e comunitario, bene della Chiesa e del popolo, un bene secondo le attese divine.

Chi è assiduo alla vita della Comunità imita le vergini prudenti ed assicura a se stesso, lungo l’intera esistenza, la necessaria costanza nel tendere a Dio, attraverso la vita di ogni giorno, attraverso la preghiera, attraverso la conoscenza delle verità divine. Da questa conoscenza deriva l’amore di Dio e del prossimo. Nello stesso tempo questo cammino ci conduce al bene, alla carità, alla santità.

Un secondo aspetto di tale appartenenza ecclesiale è l’impegno multiforme che essa comporta, impegno che, nei nostri tempi segnati da preoccupanti forme di neopaganesimo, si presenta ancor più pressante e necessario, come ci ha reso visibile il Sinodo di Roma che ha una sua speciale importanza.

4. I decenni conclusivi del secolo XX, che stiamo vivendo, risentono felicemente del Concilio Ecumenico Vaticano II, che ha esaminato in profondità il rapporto tra la Chiesa e il mondo contemporaneo. I frutti dell’insegnamento conciliare, contenuto in documenti di altissimo valore teologico e pastorale, sono ben visibili. Penso al rinnovamento della liturgia, alla più intensa partecipazione dei fedeli laici alla missione della Chiesa, all’impegno di carità e al generoso coinvolgimento missionario, agli sforzi coraggiosi del dialogo ecumenico ed interreligioso.

Nella linea dell’autentica interpretazione del Concilio si situa anche il Sinodo pastorale della nostra diocesi romana, evento di comunione e di missione, conclusosi nello scorso mese di giugno. Il suo primo risultato consiste proprio in un rinnovato stile di vita dell’intera Comunità credente per una partecipazione più attiva all’opera della nuova evangelizzazione della Città, del Paese e del mondo contemporaneo. È una grande sfida per la Chiesa.

[...]

8. [Comunità di San Vigilio], anche a te il Signore dice: «Sii fedele... e ti darò la corona della vita» (cf. Ap 2, 10).

Carissimi, Iddio ricompensi quanto voi fate per la Chiesa, per l’animazione evangelica delle vostre famiglie, per il quartiere e per la Città.

Possiate vivere ed operare in modo tale da essere pronti ad accogliere il Signore che viene.

Possiate ogni giorno ripetere con profonda nostalgia dello spirito: «Ha sete di te, Signore, l’anima mia»!

Siate sempre desti e vigilanti! Cercate il Signore! Non perdete mai il vostro cammino.

L’Eucaristia è il momento in cui si dice: «Ecco lo sposo, andategli incontro». Cristo ha istituito questo sacramento che lo rende presente in persona. Ricevetelo.

«Le vergini che erano pronte entrarono con lui alle nozze». Entrare alle nozze vuol dire oggi partecipare al banchetto eucaristico e ricevere il Signore. È quanto vi auguro di cuore.

Amen!

Homilía (11-11-1990)

Visita Pastoral a Campania. Plaza del Plebiscito, Nápoles.
Domingo 11 de noviembre del 1990

«Il regno dei cieli è simile a dieci vergini . . .» (Mt 21, 1).

1. Cristo insegnava in parabole, che erano comprensibili per i suoi ascoltatori. Il loro contenuto poteva essere facilmente assimilato dall’immaginazione. Nello stesso tempo, il loro messaggio apriva l’animo di chi le ascoltava a un’altra realtà: il regno dei cieli. La realtà divina, soprannaturale. L’uomo è chiamato a questa realtà. È chiamato al regno di Dio, che inizia qui in terra, ma che troverà la sua realizzazione definitiva nell’eterna città di Dio, nel cielo. Il regno di Dio costituisce pure il futuro escatologico dell’uomo. Di esso Cristo è il testimone oculare: egli è sul trono del Padre, come Figlio consostanziale ed eterno.

Nella parabola delle dieci vergini, che abbiamo ascoltato, Gesù concentra la sua attenzione soprattutto sull’uomo invitato al banchetto celeste, chiamato a partecipare al futuro divino.

2. La parabola delle dieci vergini non cessa di essere attuale. Certamente oggi le tradizioni legate alla celebrazione del matrimonio hanno assunto forme esterne diverse. Tuttavia la parabola è sempre attuale. Si può dire che quanto in essa è raccontato accade anche ai nostri giorni. Accade qui a Napoli; accade nella città e in ognuno dei suoi quartieri; accade in ogni parrocchia, in ogni famiglia, in ogni uomo.

Di quali nozze si tratta? Chi è lo sposo a cui siamo chiamati ad andare incontro? La parabola ci permette di avvicinarci al mistero di Dio, espresso con l’immagine delle nozze. Si tratta delle nozze di Cristo: Egli è lo Sposo. È Sposo anzitutto in quanto Verbo incarnato: il Figlio di Dio ha sposato l’umanità, la nostra natura umana, facendosi uomo nel seno della Vergine Maria per opera dello Spirito Santo.

In virtù di queste prime nozze Cristo, Dio-Uomo, sposa tutti gli uomini: poiché per tutti si è fatto Uomo, per redimere e salvare tutti. Cristo è l’Agnello di Dio che toglie i peccati del mondo. La sua Sposa è la Chiesa, che egli ha istituito, perché cooperi con lui nell’opera della salvezza. È in essa che nascono e maturano i figli dell’adozione divina, chiamati a partecipare alla vita di Dio a somiglianza dell’eterno e unigenito Figlio.

3. Attraverso le vie di Napoli si leva lo stesso grido: «Ecco lo sposo, andategli incontro!» (cf. Mt 25, 6). Questo grido risuona qui da secoli, dagli inizi apostolici della Chiesa nella vostra città. Esso giunge a noi attraverso la testimonianza degli antichi martiri napoletani: Gennaro, Sosio, Festo, Fortunato, Desiderio, Procolo, Eutiche; ci giunge attraverso i santi vostri conterranei più recenti, come san Francesco de Geronimo, sant’Alfonso de’ Liguori, il beato Vincenzo Romano, e altri ancora. Echeggia inoltre grazie all’esempio dei laici, che io stesso ho avuto la gioia di elevare agli onori degli altari: san Giuseppe Moscati e il beato Bartolo Longo.

«Ecco lo sposo, andategli incontro!». Questo stesso grido risuona oggi, in questo ultimo scorcio del secondo millennio...

Le nozze dell’Agnello di Dio continuano. Ogni giorno, ogni ora è il momento della venuta di Cristo, per cui particolarmente risultano attuali le parole dell’odierna liturgia: «Vegliate e state pronti, perché, nell’ora che non immaginate, il Figlio dell’uomo verrà» (Canto al Vangelo).

State pronti! Non impedite che possa incontrarvi! Non lasciatevi assorbire dalle preoccupazioni temporali così da non accorgervi della sua venuta. Preparatevi anzi ad accogliere Cristo, lo Sposo, operando attivamente, uniti al vostro arcivescovo, il venerato fratello card. Michele Giordano e ai suoi vescovi ausiliari, che saluto cordialmente. Siate vigilanti voi, cari sacerdoti, voi, cari religiosi e religiose, tutti voi, cari fedeli laici.

4. L’evangelizzazione deve diventare il vostro impegno permanente: perché fa parte della vita stessa della Chiesa e mai si esaurisce. Quanto mai opportuna è perciò la scelta operata dal vostro Sinodo, e io auspico di cuore che voi possiate profittare di ogni circostanza favorevole e di inventarne di nuove per garantire a ciascuno e all’intera comunità ecclesiale l’alimento costante della evangelizzazione.

Non dimenticate, inoltre, che il Signore vi invia a evangelizzare anche coloro che non lo hanno mai incontrato, o che ne hanno perduto la memoria. E sono, purtroppo, tanti, anzi troppi anche in questa vostra terra che, come poc’anzi ho ricordato, è generatrice di santi. Questo compito che, in forza del Battesimo e della Confermazione, concerne veramente tutti, deve diventare la comune ansia per la «nuova evangelizzazione».

5. Risplendano pertanto le lampade della vostra fede, alimentate da ardente carità. Siate degni della tradizione di questa Chiesa napoletana, ricca di innumerevoli opere di solidarietà cristiana. Come in passato l’energia dell’amore ha dato vita a istituzioni assistenziali che hanno segnato in profondità la vostra storia, così anche ai nostri giorni siate pronti ad affrontare con generosa disponibilità le nuove forme di povertà emergenti nel tessuto travagliato della società moderna.

Il vostro sforzo, tuttavia, potrà essere efficace se recupererete, come è nella vostra sana tradizione, il valore della famiglia, quale primo e fondamentale soggetto dell’evangelizzazione, secondo le indicazioni dello stesso Sinodo diocesano. È in questa struttura comunitaria elementare e basilare che l’evangelizzazione trova la sua prima espressione e i genitori sono chiamati a essere i fondamentali evangelizzatori dei figli, avviandoli alla vita della grazia divina attraverso una positiva educazione religiosa, accompagnata dalla loro coerente testimonianza cristiana.

Dono prezioso delle famiglie è la vita, la vita nascente, la vita indifesa, il cui sviluppo dipende unicamente dall’amore della famiglia che l’accoglie. Proprio pensando alla famiglia e all’esistenza umana, che in essa deve essere custodita, difesa e coltivata, sono lieto di poter inaugurare quest’oggi un consultorio familiare che si ispira ai principi cristiani. Si tratta di una iniziativa di notevole rilievo, ideata dall’Istituto Toniolo e realizzata dall’Università Cattolica del Sacro Cuore in collaborazione con la vostra arcidiocesi. Che il Signore renda merito ai promotori di una così opportuna e importante attività a favore dell’uomo e della famiglia.

6. Carissimi fratelli e sorelle, l’odierna liturgia ci ricorda che tutta la nostra vita è vigile preparazione all’incontro con lo Sposo. «Vegliate e state pronti»!

Qui dobbiamo scendere nell’intimo di ogni uomo. Il Salvatore ce ne mostra la via. In che consiste questo «vegliate» evangelico, in che consiste la disponibilità delle vergini sagge, di cui parla la parabola, se non appunto in ciò che il Salmo proclama? «O Dio, tu sei il mio Dio, all’aurora ti cerco, di te ha sete l’anima mia, a te anela la mia carne, come terra deserta, arida, senz’acqua» (Sal 62, 2).

La sensibilità verso Dio; la consapevolezza che egli è presente nel mondo, in questa città, in ciascuno di noi. «In lui infatti viviamo, ci muoviamo ed esistiamo» (At 17, 28). Da lui siamo usciti venendo alla luce. E la nostra vita è una via che non può condurre in nessun altro luogo se non a lui.

Siamo consapevoli che questa è la via della nostra vita? Ci siamo forse persi per luoghi scoscesi? O forse cominciamo ora a uscire da questa strada maestra? Siamo, forse, simili a quelle vergini della parabola che si assopirono e dormirono? Esse continuano a dormire e non avvertono la venuta dello sposo. Non c’è il rischio che nemmeno la potente scossa della sua morte e della sua risurrezione possa svegliarle?

Sì. Ammiriamo pure le opere del genio umano, ma i nostri occhi siano ben aperti per riconoscere le opere della divina Sapienza. Le nostre orecchie siano ben aperte per ascoltare la voce dello Sposo. Non lasciamo spegnere le nostre lampade, offuscate da una colluvie di informazioni che conducono verso il nulla. Esse non ci aprono le prospettive divine, anzi ci impediscono di percepire la voce dello Sposo e non ci fanno ascoltare la Chiesa che grida: «Andategli incontro!».

7. Non possiamo restare nell’ignoranza. Non possiamo nemmeno restare nell’ignoranza circa quelli che muoiono (cf. 1 Ts 4, 13) . . . circa quelli che sono morti nelle vostre famiglie, nelle vostre parrocchie, nella vostra città. Novembre è il mese nel quale si ricordano i morti! Non possiamo restare nell’ignoranza. Non basta un’afflizione senza speranza.

L’umanità sembra oggi sottovalutare il significato della morte. Quando si svaluta il senso della morte, quando si svaluta anche quello della vita umana sin dal primo momento del concepimento, l’uomo cade in un sonno pericoloso. Cerca di assopirsi per non affrontare le responsabilità che gli derivano dalla grandezza della sua vocazione e dalla dignità conferitagli da Dio. Cerca di non percepire la voce dello Sposo! Novembre è il mese dei morti che vivono in Dio.

«Noi crediamo infatti che Gesù è morto e risorto; così anche quelli che sono morti, Dio li radunerà per mezzo di Gesù insieme con lui» (1 Ts 4, 14). Vegliate! Ricordate che viviamo immersi nella Comunione dei santi. Manteniamoci quindi pronti - come le vergini sagge della parabola - ad entrare insieme con Cristo alle nozze del regno di Dio.

La voce della Chiesa ripete: «Ecco lo Sposo, andategli incontro!». Vegliate, pertanto, e state pronti. Amen!

Dopo aver impartito la Benedizione Apostolica, Giovanni Paolo II rivolge le seguenti parole ai fedeli napoletani che gremiscono Piazza del Plebiscito.

Al termine di questa assemblea desidero dire a tutti i presenti un forte «grazie». Un abbraccio fraterno al card. Giordano, vostro arcivescovo, ai cardinali Ursi e Casoria. Un caro saluto a tutti i vescovi della Conferenza episcopale campana qui presenti. A loro chiedo di portare l’augurio del Papa a tutte le diocesi a loro affidate. Cosa devo dire a te, Napoli, la città esperta nel sole? «O sole mio». Devo ringraziare per questo sole che ci ha accompagnato finora, ma dovrei anche pregare insieme a voi per questo accompagnamento solare nei due prossimi giorni tra i vostri vicini, nelle due diocesi che stanno accanto a Napoli.

Un grande napoletano, almeno come studente e docente, san Tommaso d’Aquino, insegnava «bonum est diffusivum sui», il bene si diffonde. Auguro a tutti, ai napoletani e a tutta la Campania, alle diocesi vicine, questa diffusione del bene, questa diffusione del sole. E voi che siete esperti nel sole, riconosciuti come tali in tutto il mondo, cercate anche di diffondere un po’ di questo vostro tesoro ai vostri vicini, anzi vicinissimi, e a tutti gli uomini che cercano Napoli a motivo di questo sole, che è il vostro tesoro, il vostro bene speciale. Grazie per la grande ospitalità.

Homilía (08-11-1987)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Malaquías, papa
Domingo 08 de noviembre del 1987

«Risorgeranno i morti in Cristo» (1 Ts 4, 16).

1. Cari fratelli e sorelle, che cosa ci vuol dire la Chiesa nella liturgia della domenica odierna?

Prima di tutto vuole rinnovare in noi la fede nella risurrezione della carne e nella vita eterna: questa fede che da generazioni professiamo con le parole del Simbolo degli apostoli.

Oggi, maestro di questa fede è innanzitutto san Paolo, il quale ci si rivolge con le parole della Prima Lettera ai Tessalonicesi (1 Ts 4, 13): «Fratelli, non vogliamo lasciarvi nell’ignoranza circa quelli che sono morti, perché non continuiate ad affliggervi come gli altri che non hanno speranza»).

La grande moltitudine dei morti non forma soltanto l’eredità della morte. Essa è abbracciata dalla potenza della risurrezione di Cristo: «Noi crediamo infatti che Gesù è morto e risuscitato; così anche quelli che sono morti, Dio li radunerà per mezzo di Gesù insieme con lui» (1 Ts 4, 14).

2. Queste parole, nella liturgia della domenica odierna, ci permettono di far riferimento alla solennità di Tutti i Santi e alla Commemorazione di tutti i fedeli defunti, che la Chiesa ha celebrato nei primi giorni di questo mese. Tutto il mese di novembre è quindi un tempo dedicato alla particolare preghiera per i defunti nelle famiglie, nelle parrocchie, in tutta la Chiesa.

È una cosa molto importante per noi - vivi - rileggere ciò che i nostri defunti ci dicono, non soltanto mediante la loro morte, ma soprattutto nel loro essere fondamentalmente congiunti col mistero pasquale di Cristo: con la sua morte e risurrezione.

3. Che cosa ci dicono?

Un’espressione particolare di questo mistero è la figura dello sposo del Vangelo odierno. La parabola delle dieci vergini che, conforme al costume nuziale israeliano, escono incontro allo sposo, contiene in sé un invito affinché noi guardiamo con gli occhi della fede anche alla morte umana, e più ancora alla vita umana, in quanto essa costituisce, in un certo senso, una preparazione alla morte.

Ecco, la morte non è soltanto una necessità biologica, un destino esistenziale e una predestinazione per ogni uomo, vivente su questa terra. La morte è contemporaneamente - alla luce della rivelazione e della fede - un grande incontro.

È l’incontro con lo Sposo. L’incontro in Cristo con Dio, che ha tanto amato ognuno di noi da dare il suo Figlio unigenito perché l’uomo non muoia ma abbia la vita eterna (cf. Gv 3, 16).

Da ciò attinge il suo senso cristiano la preparazione alla morte, e quindi, in un certo senso, tutta la vita dell’uomo sulla terra. Bisogna andare a questo «grande incontro» con la «lampada accesa» (cf. Mt 25, 7).

Chi ci aiuta ad accendere questa lampada? La lampada della fede e dell’amore, la lampada del «grande incontro», la lampada della vita attraverso la morte? Lo Spirito Santo, che è stato dato alla Chiesa da Cristo, dallo Sposo, mediante la sua morte e risurrezione. È lo Spirito che dà la vita.

4. Proprio questo vuole dire la Chiesa nella liturgia della odierna domenica a noi, viventi ancora su questa terra. Desidera dirci questo, in un certo senso, nel nome dei defunti.

Dice dunque: non permettete che si verifichi una simile situazione: che lo Sposo venga mentre voi siete immersi nel sonno, e le vostre lampade sono rimaste senza luce! Non permettete che lo Sposo «entri alle nozze» in compagnia delle vergini sagge, lasciandovi fuori della porta a causa della pigrizia del vostro spirito! Non permettete che si debba dire: «Non vi conosco» (Mt 25, 12).

Non lo permettete! Non lo rischiate! In altre parole: «Vegliate . . . perché non sapete né il giorno né l’ora» (Mt 25, 13).

5. Vegliate! . . . Che cosa vuol dire: vegliate? Sembra che proprio su questo ci voglia intrattenere ancora la Chiesa nella liturgia della domenica odierna. Che cosa significa «vegliate»?

Si potrebbe pensare che «vegliare» significhi soltanto perseverare in attesa; ma questo sarebbe un modo piuttosto passivo che attivo. Invece le parole della liturgia ci fanno capire che «vegliare» vuol dire, ancora di più, «cercare»: cercare Dio, desiderare Dio.

La lettura tratta dall’Antico Testamento ci insegna che cosa significa desiderare la Sapienza, cercarla giorno e notte, faticare per trovarla (cf. Sap 6, 12-14).

Il salmista poi parla direttamente della ricerca di Dio: «O Dio, tu sei il mio Dio, / all’aurora ti cerco, / di te ha sete l’anima mia, / a te anela la mia carne» (Sal 63, 2).

6. Dunque: «vegliare» significa, sì, perseverare in attesa, ma tale perseverare è possibile soltanto in base al principio del «cercare» Dio: in base al principio dell’intimo sforzo della fede, della speranza e della carità; in base all’aspirazione - e a questo lavoro particolare dello spirito umano, che permette di avvicinarsi a Dio e attingere in un certo senso, alla sovrabbondanza del suo Spirito, nel Cristo crocifisso e risorto.

7. [...] Siate tutti missionari della voce del Signore che chiama ogni fedele a essere suo apostolo. È mediante la vostra testimonianza che Gesù Cristo sollecita ogni uomo ad essere vigilante, a tenere accesa la lampada della sua fede, fino al giorno dell’incontro con Dio nell’eternità.

8. «Così ti benedirò finché io viva, / nel tuo nome alzerò le mie mani» (Sal 63, 5).

Cari fratelli e sorelle! Accogliete insieme con l’odierna visita del vescovo di Roma questo eloquente messaggio del mese di novembre:

del mese di Tutti i Fedeli defunti,

del mese di Tutti i Santi,

del mese di Cristo-Re.

Homilía (11-11-1984)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de la Gran Madre de Dios en Ponte Milvio
Domingo 11 de noviembre del 1984

1. «Il regno è simile a dieci vergini, che . . . uscirono incontro allo sposo» (Mt 25, 1).

Chi è questo sposo? La figura dello Sposo, che parla d’amore disinteressato, è profondamente inscritta nei Libri dell’Antico e del Nuovo Testamento. È l’amore col quale Dio «dona se stesso». Non solo rivela se stesso nei numerosi e differenti doni del creato ma Egli stesso diventa il Dono per l’uomo che vive nella comunità del Popolo di Dio: il Dono per la vita eterna in Dio.

Il popolo d’Israele ha conosciuto questa verità su Dio nell’Antica Alleanza, soprattutto mediante l’insegnamento dei Profeti.

Questa verità su Dio alla fine è stata rivelata in Gesù Cristo: «Dio infatti ha tanto amato il mondo da dare il suo Figlio unigenito . . .» (Gv 3, 15)

E il Figlio ha realizzato questo amore del Padre mediante il suo Vangelo. E infine lo ha realizzato mediante la Croce e la Risurrezione. Nella Croce e nella Risurrezione l’amore misericordioso di Dio per tutta l’umanità ha assunto una potenza redentrice.

Lo Sposo, di cui si parla nella parabola odierna, è il Redentore del mondo. Nella potenza del suo amore redentore Gesù Cristo è diventato lo Sposo della Chiesa, lo Sposo di ogni anima umana nella grande, interpersonale comunità del Popolo di Dio.

2. La parabola parla di dieci vergini che uscirono incontro allo Sposo. In questo modo essa fa riferimento alla prassi di allora collegata con la cerimonia nuziale.

Mediante questo riferimento, mediante questa cifra simbolica delle dieci vergini, si rivela una verità universale.

Tutti gli uomini sono chiamati ad andare incontro a Cristo Redentore, perché Egli stesso viene incontro a tutti ed a ciascuno, come «Colui che ama»; come lo Sposo, il quale dona se stesso per amore.

Non ci parlano forse di questo la Croce e la Risurrezione? Non ce ne parlano tutti i sacramenti della Chiesa e, in particolare, la santissima Eucaristia?

3. Oggi, questa chiamata è rivolta, in modo particolare, a questa vostra parrocchia, dedicata alla Gran Madre di Dio.

La visita pastorale del Vescovo di Roma nella vostra parrocchia ha proprio questo scopo: vuole esprimere e riconfermare il fatto che nella comunità del Popolo cristiano di tutta la Chiesa, e in particolare di questa Chiesa che fin dai tempi di San Pietro è a Roma, la vostra parrocchia - ed insieme ciascuno e ciascuna di quanti appartengono ad essa - sono chiamati ad incontrare Cristo-Redentore - Cristo stesso, infatti, viene incontro come Sposo a ciascuno e a tutti in questa comunità.

Nel nome del suo amore redentore ed insieme col Cardinale Vicario, tutti e ciascuno di voi qui convenuti per prendere parte alla celebrazione eucaristica.

[...]

A tutti voi, che vivete all’ombra di questa Chiesa che sorge sul luogo dove, secondo una tradizione, apparve a Costantino il segno della Croce in un momento decisivo per la storia del Cristianesimo, dico: guardate alla Croce, come al simbolo della lotta e della vittoria sul peccato e sul male; sia essa lo strumento della vostra santificazione e del vostro successo finale: in hoc signo vinces.

4. La parabola evangelica parla di dieci vergini, delle quali cinque erano sagge e cinque no.

Le sagge furono quelle che, uscendo incontro allo Sposo, presero non solo le loro lampade, ma anche l’olio per sostenere la fiamma che ardeva in quelle lampade.

Le vergini stolte dimenticarono l’olio.

Perciò, quando giunse lo sposo, le prime furono pronte per entrare insieme con lui alle nozze. Alle altre invece si spensero le lampade per mancanza di olio. Non erano pronte per entrare alle nozze insieme con lo sposo. E non entrarono.

Questa parabola è molto eloquente ed in pari tempo profondamente significativa.

La lampada accesa è l’uomo, che risponde alla chiamata dello Sposo. La lampada accesa è la vita umana, nella quale fruttifica la potenza redentrice della Croce e della Risurrezione di Cristo. La lampada accesa è il cuore dell’uomo, illuminato dalla fede e dalla speranza, ed insieme ardente di quell’amore che lo Spirito Santo «diffonde nei nostri cuori» come l’olio di cui parla il Vangelo. La lampada accesa è la grazia santificante, come stato dell’anima umana, come pegno della vita eterna.

5. Il Vescovo di Roma viene oggi alla vostra parrocchia per ricordarvi il mistero dello Sposo Divino, che è il nostro Redentore.

Viene pure per ricordare le «lampade e l’olio» della parabola evangelica.

Viene a ricordare la necessità di tenere sempre desta la lampada del fervore cristiano e sempre pronto l’olio della generosità, che non viene meno nell’attesa del Signore. Fervore e generosità: sono queste, virtù indispensabili affinché voi possiate perseverare nella sequela del Cristo con entusiasmo, per scuotervi, qualora ce ne fosse bisogno, dal torpore e dall’indifferenza in materia religiosa, e per sentirvi ed essere membri realmente vivi ed operanti nel contesto della vita parrocchiale. Fervore e generosità per superare ogni indugio, ogni pregiudizio ed ogni esitazione nella libera e fattiva risposta all’invito evangelico di vigilare e di scrutare i segni dei tempi salvifici per non sentirsi ripetere un giorno le dure parole della parabola: «In verità vi dico: non vi conosco» (Mt 25, 12).

6. Il nostro incontro, in occasione della visita, con Cristo Sposo, è prima di tutto un incontro nella preghiera. Celebrando l’Eucaristia desidero pregare insieme con voi, con quelli che sono qui presenti, e con tutti coloro che appartengono a questa parrocchia:

- prima di tutto: affinché, con sempre maggiore consapevolezza, riconosciate in Gesù Cristo quell’Amore eterno che dà senso e valore definitivi a tutta la nostra esistenza e vita;

- poi: affinché rispondiate a questo amore; affinché non si spengano le lampade della vocazione cristiana nelle vostre mani, ma perché siano sempre ardenti con la luce della fede, della speranza e della fiamma dell’amore. Affinché viviate nella grazia santificante e non in stato di peccato.

E infine: in questo mese che è dedicato in modo speciale alla memoria dei Defunti, io prego insieme con voi per tutti i Defunti di questa parrocchia della Gran Madre di Dio.

Che essi tutti insieme, entrino con Cristo-Redentore e Sposo alle «nozze» della Vita Eterna nella Casa del Padre!

Amen.

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