Domingo XXXIII Tiempo Ordinario (A)

Lecturas (Domingo XXXIII Tiempo Ordinario – Ciclo A)

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-1ª Lectura: Prov 31, 10-13. 19-20.30-31 : Trabaja con la destreza de sus manos
-Salmo: Sal 127 : Dichoso el que teme al Señor
-2ª Lectura: 1Tes 5, 1-6 : Que el día del Señor no os sorprenda como un ladrón
+Evangelio: Mt 25, 14-30 : Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Juan Crisóstomo, Homilía 78 sobre Mateo

En Lucas la parábola de los talentos se cuenta de otro modo (Lc 19,12); pero debemos decir que se trata de parábolas distintas. En Lucas de una misma suma los lucros son diversos, puesto que de una mina un siervo entregó cinco, otro diez minas; y por esto no tuvieron la misma recompensa. Acá, en cambio, fue al contrario; y por esto las coronas fueron iguales. Pues así como el que recibió dos talentos entregó además otros dos, así el que recibió cinco entregó otros cinco. En cambio, en la otra parábola, con el mismo capital uno logró mayor rendimiento y otro menos; y por lo mismo, al premiarlos no es igual la recompensa.

Advierte cómo el dueño no exige al punto y desde luego la ganancia. Así también dio la viña a los vinicultores y se fue lejos. Y en esta parábola les dio a los siervos su capital, y él se marchó. Para que por aquí entiendas su gran paciencia. A mí me parece que aquí deja entender la resurrección. Sólo que aquí no hay distinción entre vinicultores y viña, sino que todos son operarios. Es porque aquí habla no a solos los príncipes y a los judíos, sino a todos los hombres.

Al entregar los resultados, los operarios ingenuamente confiesan y entregan en conjunto lo suyo y lo de su señor. Uno dice: Señor: cinco talentos me diste; otro dice dos; con lo que demuestran que pudieron proceder a su operación gracias a su Señor y que por lo mismo le están muy agradecidos, y todo lo estiman como de su Señor. ¿Qué les dice el Señor?: ¡Enhorabuena, siervo diligente y fiel! Porque es propio del hombre honrado reconocer las cualidades del prójimo. Has sido fiel en lo poco, yo te estableceré en lo mucho. Entra en el festín de tu Señor. Palabra que encierra toda la felicidad y bienandanza, No dijo lo mismo el otro siervo, sino ¿que?: Señor: yo sabía que eres severo. Siegas donde no has sembrado y allegas donde no has esparcido. Por esto, aterrorizado, fui y escondí en tierra tu talento. Mira: aquí tienes lo que es tuyo. ¿Qué le respondió el Señor? ¡Siervo malo y perezoso! Lo razonable era que llevaras mi dinero a los banqueros. Es decir, debiste acudir a ellos, hablarles, instarlos, consultarlos. ¿Dirás que ellos no hacen caso de eso? No te toca a ti. ¿Quién hay más manso que este Señor? Ciertamente los hombres no proceden así; sino que obligan a dar cuentas al mismo que colocó a rédito.

Pero este Señor no procede del mismo modo. Sino que dice al siervo: A ti te tocaba poner mi dinero a rédito y a mí dejarme eso de exigir cuentas. Yo habría exigido mi dinero con sus réditos. Llama réditos a la exhibición de las obras que se siguen de escuchar la predicación.

Es como si le dijera: A ti te tocaba lo más fácil, dejándome a mí lo más difícil. Pues bien, como no lo hiciste: Quitadle el talento y dadlo al que tiene diez talentos. Porque a todo el que tiene se le dará y sobreabundará; mas al que no tiene, aun lo poco que tiene se le quitará. ¿Qué quiere decir esto? Que quien ha recibido el don de la palabra y la doctrina para utilidad de los demás, pero no lo ha usado, perderá ese don; pero quien puso su empeño se atraerá un don mayor, mientras que el otro perderá lo que había recibido. Mas al siervo desidioso no le aconteció solamente esa calamidad, sino además se le impuso un intolerable castigo y juntamente con el castigo una sentencia rebosante de justa recriminación. Pues dice el Señor: Y en cuanto al siervo perezoso, arrojadlo a las tinieblas exteriores. Ahí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Adviertes cómo no únicamente el ladrón y el criminal, sino también el que simplemente no obra el bien, sufren el extremo suplicio?

Pues bien: escuchemos nosotros estas palabras; y mientras es tiempo aún, aseguremos nuestra salvación. Tomemos aceite juntamente con nuestras lámparas y coloquemos a rédito el talento recibido. Pues si acá fuéramos desidiosos y perezosos, en la otra vida nadie se compadecerá de nosotros, aun cuando miles de veces lloremos. También el que entró en el banquete con los vestidos astrosos y manchados, muchas veces se condenó a sí mismo por eso, pero sin utilidad alguna. Este otro siervo devolvió el talento que se le había entregado, y a pesar de eso fue condenado. Las vírgenes necias rogaron, se acercaron, llamaron, pero todo en vano y para nada.

Sabiendo esto, pongamos a disposición de los pobres nuestros dineros, nuestro empeño, nuestro patrocinio. Porque en la parábola se llama talento a lo que cada cual posee, ya sea capacidad de patrocinar, ya dineros, ya doctrina, ya otra cosa cualquiera parecida. Que nadie diga: Yo no tengo sino un talento y nada puedo hacer; pues con solo un talento puedes proceder como se debe. No eres más pobre que la viuda aquella del evangelio, ni más ignorante que Pedro y que Juan, que lo eran totalmente y no tenían letras algunas. Y sin embargo, obtuvieron el cielo porque pusieron empeño y todo lo hicieron para común utilidad.

Nada hay tan grato a Dios como el que tú consagres tu vida a la común utilidad. Para eso nos dotó de la facultad de hablar y de pies y manos y de fuerzas corporales, de mente, inteligencia; para que todo lo usemos para utilidad común y salvación nuestra. Se nos dio el habla, no únicamente para que cantemos himnos y demos gracias a Dios, sino que sirva también para enseñar y amonestar. Si para esto la usamos, a Dios imitamos; si para lo contrario, imitamos al demonio. Así, cuando Pedro confesó a Cristo se le llamó bienaventurado, como a quien hablaba enseñado del Padre; pero en cambio, cuando se horrorizó de la crucifixión y la rechazó, recibió una reprensión fuerte, como a quien tenía sentimientos diabólicos. Pues si hablando él así por ignorancia, con tanta fuerza se le respondió; cuando voluntariamente pecamos en muchas cosas ¿qué perdón tendremos? Hablemos, pues, cosas tales que por ahí se vea claramente que nuestras palabras son de Cristo.

Porque tuve miedo de ti, que eres un hombre exigente, que quieres percibir lo que no has depositado y cosechar lo que no has sembrado’. El le respondió: ‘Yo te juzgo por tus propias palabras, mal servidor. Si sabías que soy un hombre exigentes, que quiero percibir lo que no deposité y cosechar lo que no sembré, ¿por qué no entregaste mi dinero en préstamo? A mi regreso yo lo hubiera recuperado con intereses’. Y dijo a los que estaban allí: ‘Quítenle las cien monedas y dénselas al que tiene diez veces más’. ‘¡Pero, señor, le respondieron, ya tiene mil!’. Les aseguro que al que tiene, se le dará; pero al que no tiene, se le quitará aún lo que tiene. En cuanto a mis enemigos, que no me han querido por rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia”.

Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén.

Orígenes, presbítero

Comentario: ¿Un Dios duro?

Sobre el evangelio de san Mateo, nn. 68-69: PG 13, 1709-1710
Liturgia de las Horas

El justo siembra para el espíritu, y del Espíritu cosechará vida eterna

Mi impresión, a propósito del presente pasaje, es ésta: que el justo siembra para el espíritu, y del Espíritu cosechará vida eterna. En realidad, todo lo que «otro», es decir, el hombre justo, siembra y recoge para la vida eterna, lo cosecha Dios, pues el justo es posesión de Dios, que siega donde no siembra, sino el justo.

Lógicamente diremos también que el justo reparte limosna a los pobres y que el Señor recoge en sus graneros todo lo que el justo ha repartido en limosnas a los pobres. Segando lo que no sembró y recogiendo lo que no esparció, considera y estima como ofrecido a sí mismo todo lo que se sembró o se esparció en los fieles pobres, diciendo a los que hicieron el bien al prójimo: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer, etc. Y porque quiere segar donde no sembró y recoger donde no esparció, al no encontrar nada dirá a los que no le dieron la oportunidad de segar y recoger: Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado por el Padre para el diablo y sus ángeles, porque tuve hambre y no me disteis de comer, etc. Porque realmente es duro, como dice Mateo, o austero, según la expresión de Lucas, pero sólo para los que abusan de la misericordia de Dios por propia negligencia y no para su conversión, como dice el Apóstol: Fíjate en la bondad y en la severidad de Dios; para los que cayeron, severidad; para ti, su bondad, con tal que no te salgas de su bondad.

Pues para el que piensa que Dios es bueno, seguro de conseguir su perdón si se convierte a él, para él Dios es bueno. Pero para el que considera que Dios es bueno, hasta el punto de no preocuparse de los pecados de los pecadores, para ese Dios no es bueno, sino exigente. Pues Dios arde en ira contra los pecados de los hombres que le desprecian. Sin embargo, para que no dé la impresión de que Cristo siega lo que no hemos sembrado y recoge lo que no hemos esparcido, sembremos para el espíritu y esparzamos en los pobres, y no escondamos el talento de Dios en la tierra.

Porque no es buena esa clase de temor ni nos libra de aquellas tinieblas exteriores, si fuéremos condenados como empleados negligentes y holgazanes. Negligentes, porque no hemos hecho uso de la acendrada moneda de las palabras del Señor, con las cuales hubiéramos podido negociar y regatear el mensaje cristiano, y adquirir los más profundos misterios de la bondad de Dios. Holgazanes, porque no hemos traficado con la palabra de Dios la salvación, nuestra o la de los demás, cuando hubiéramos debido depositar el dinero de nuestro Señor, es decir, sus palabras, en el banco de los oyentes, que, como banqueros, todo lo examinan, todo lo someten a prueba, para quedarse con el dogma bueno y verdadero, rechazando el malo y falso, de suerte que cuando vuelva el Señor pueda recibir la palabra que nosotros hemos encomendado a otros con los intereses y, por añadidura, con los frutos producidos por quienes de nosotros recibieron la palabra. Pues toda moneda, esto es, toda palabra que lleva grabada la impronta real de Dios y la imagen de su Verbo, es legítima.

San Fulgencio de Ruspe, obispo

Sermón: Siervos y administradores

Sermón 1, 2-3: CCL 91 A, 889-890

«Criado fiel y solícito» (cf. Mt 25,21)

El Señor, queriendo explicar el peculiar ministerio de aquellos siervos que ha puesto al frente de su pueblo, dice: ¿Quién es el criado fiel y solicito a quien el Señor ha puesto al frente de su familia para que les reparta la medida de trigo a sus horas? Dichoso ese criado, si el Señor, al llegar, lo encuentra portándose así. ¿Quién es este Señor, hermanos? Cristo, sin duda, quien dice a sus discípulos: Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy.

¿Y cuál es la familia de este Señor? Sin duda, aquella que el mismo Señor ha liberado de la mano del enemigo para hacerla pueblo suyo. Esta familia santa es la Iglesia católica, que por su abundante fertilidad se encuentra esparcida por todo el mundo y se gloría de haber sido redimida por la preciosa sangre de su Señor. El Hijo del hombre -dice el mismo Señor- no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.

Él mismo es también el buen pastor que entrega su vida por sus ovejas. La familia del Redentor es la grey del buen pastor.

Quien es el criado que debe ser al mismo tiempo fiel y solícito, nos lo enseña el apóstol Pablo cuando, hablando de sí mismo y de sus compañeros, afirma: Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador, lo que se busca es que sea fiel.

Y, para que nadie caiga en el error de creer que el apóstol Pablo designa como administradores sólo a los apóstoles y que, en consecuencia, despreciando el ministerio eclesial, venga a ser un siervo infiel y descuidado, el mismo apóstol Pablo dice que los obispos son también administradores: El obispo, siendo administrador de Dios, tiene que ser intachable.

Somos siervos del padre de familias, somos administradores de Dios, y recibiremos la misma medida de trigo que os servimos. Si queremos saber cuál deba ser esta medida de trigo, nos lo enseña también el mismo apóstol Pablo, cuando afirma: Estimaos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada uno.

Lo que Cristo designa como medida de trigo, Pablo lo llama medida de la fe, para que sepamos que el trigo espiritual no es otra cosa sino el misterio venerable de la fe cristiana. Nosotros os repartimos esta medida de trigo, en nombre del Señor, todas las veces que, iluminados por el don de la gracia, hablamos de acuerdo con la regla de la verdadera fe. Vosotros mismos recibís la medida de trigo, por medio de los administradores del Señor; todas las veces que escucháis la palabra de la verdad por medio de los siervos de Dios.

Santo Padre Pio de Pietrelcina

Escritos: No perdamos el tiempo

Buona giornata 5, 3,1

«Al cabo de un tiempo volvió el Señor» (Mt 25,19)

“Hermanos míos, hasta ahora no hemos hecho nada todavía. ¡Empecemos hoy!” San Francisco se hizo a sí mismo esta exhortación. ¡Hagamos nosotros lo mismo! Es verdad, todavía no hemos hecho nada, o casi nada. Los años se han seguido uno tras otro sin que nos hubiéramos preguntado qué hemos hecho con el tiempo. ¿No hay nada en nuestra conducta que necesite modificarse, nada que añadir, nada que quitar? Hemos vividos despreocupados, como si nunca tuviera que llegar aquel día en que el juez eterno nos llame para dar cuenta de nuestras acciones y de cómo hemos aprovechado nuestro tiempo.

¡No perdamos el tiempo! No hay que dejar para mañana lo que se puede hacer hoy. ¡Las tumbas rebosan de buenas intenciones! Y desde luego ¿quién nos asegura que mañana viviremos? ¡Escuchemos la voz de nuestra conciencia. Es la voz del profeta: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis el corazón!” (Sal 94,7.8) No poseemos más que el momento presente. Vigilemos, pues, y vivámoslo como un tesoro que nos ha sido confiado. El tiempo no nos pertenece. No lo malgastemos.

Beata Teresa de Calcuta

Escritos: No estamos llamados a tener éxito, sino a ser fieles

La oración, frescor de una fuente, con el Hno. Roger

«Has sido fiel en lo poco… entra al banquete de tu Señor» (Mt 25,21.23)
«Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha, no vacilaré» (Sal. 15,8).

Si algo me pide Jesús, es que me apoye en Él, que confíe sólo en Él, que me abandone a Él sin reserva… No debemos intentar controlar las acciones de Dios. No debemos contar las etapas del viaje por las que nos quiere llevar. Incluso si me siento como un barco a la deriva, me entrego totalmente a Él. Cuando esto parece difícil, acuérdate de que no estamos llamados a tener éxito, pero sí a ser fieles. La fidelidad es importante, incluso en las pequeñas cosas, no por la cosa en sí, lo que en sí sería de un espíritu mezquino, la grandeza está en hacer la voluntad de Dios. San Agustín dijo:»Las pequeñas cosas siguen siendo pequeñas, pero ser fiel en las pequeñas cosas es una gran cosa. ¿Acaso nuestro Señor no es el mismo, con un pequeño que con un poderoso?» (Mt 25,40)

San Juan Pablo II, papa

Homilía: entrega total de sí mismo

VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE SANTA MARÍA DE LA SALUD
12-11-1981: Domingo 33 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

[…] 2. “Dichoso el hombre que teme al Señor” (Sal 127, 4). En la liturgia de este XXXIII domingo “per annum”, que nos prepara al Adviento ya cercano, la Iglesia nos llama a un vigilante y dinámico uso de los talentos que el Señor ha confiado a cada uno de nosotros, y a ser generosos en la correspondencia a las gracias y a los dones que El nos destina. Por esto, no son dignos del Señor la comunidad o el individuo que por miedo de comprometerse, se cierran en sí mismos y se desentienden de las realidades de este mundo. Precisamente en el Evangelio de hoy tenemos la actitud típica del que no hace fructificar los dones recibidos: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra” (Mt 25, 24-25). ¿Se puede decir de él que es “dichoso”, porque “ha tenido miedo del Señor”? ¡Ciertamente, no! Lo dan a entender las mismas palabras de Cristo. Efectivamente, el Señor de la parábola reprueba el comportamiento de ese siervo. Es un siervo “negligente y holgazán”, que no ha utilizado en absoluto su dinero, no lo ha explotado, sino que sin más lo ha desperdiciado. Y he aquí lo que dice el Señor: “Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene” (Mt 25, 28-29). Esta parábola de los talentos nos enseña a distinguir el auténtico temor de Dios del falso. El verdadero temor de Dios no es miedo, sino más bien don del Espíritu, por el cual se teme ofenderle, entristecerle y no hacer lo suficiente para ser fieles a su voluntad; mientras que el falso temor de Dios se funda sobre la desconfianza en El y sobre el mezquino cálculo humano. Tiene verdadero temor de Dios el que “sigue los caminos del Señor” (Sal 127, 1), tal como se manifestó en el comportamiento del primero y del segundo siervo, alabados ambos por el Señor con las palabras: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante” (Mt 25, 21 y 23).

3. Pero, ¿cuál es el significado de estos talentos evangélicos? Como es sabido, tienen un sentido analógico y, por esto, pueden prestarse a varias aplicaciones. La parábola responde, ante todo, a las instancias del Reino: se engañan los que creen cumplir su deber con relación a Dios, dándole lo que juzgan lo “suyo”, como dice el siervo holgazán “aquí tienes lo tuyo” (Mt 25, 25), es decir, sin pensar que se trata de una relación existencia! en la que el hombre debe corresponder con la entrega total de sí mismo, sin soluciones de comodidad o de miedo. Efectivamente, la parábola, insertada como está en el contexto de la parusía, hace pensar en la plenitud del Reino, como premio de una vigilancia que es espera operante y valiente, en vista de la cual no nos podemos contentar de conservar el tesoro, mucho menos cuando dejar infructuosos los dones de los diversos talentos es culpa que merece “llanto y rechinar de dientes” (Mt 25, 30). Todo esto comporta para cada uno de los cristianos el compromiso de corresponder a las gracias divinas en orden a la perseverancia final, y exige también la voluntad de construir un mundo nuevo. Por ejemplo, en este barrio de Primavalle se trata de actuar para transformar cada vez más la parroquia en un centro de promoción espiritual, en una verdadera comunidad de creyentes que alaban al Señor y que, en su nombre, se aman mutuamente, solícitos siempre los unos por las necesidades de los otros. Este esfuerzo mira a contribuir a la solución de los más graves problemas sociales que agobian a los habitantes de esta zona, como los problemas de la vivienda, de la desocupación, de la carencia de medios de transporte y de escuelas superiores, la tutela de los ciudadanos frente al fenómeno insistente de la violencia, de la droga y de las malas costumbres, que amenazan frecuentemente a los más débiles, inexpertos e inocentes.

4. Estos fenómenos negativos amenazan sobre todo la santidad e integridad de la familia. El pasaje del libro de los Proverbios y el Salmo responsorial, que hemos leído hace poco, son muy instructivos a este respecto. En ellos se describe a la mujer ideal, en el seno de la familia, y se exaltan sus méritos y la alegría con que ella sabe colmar su hogar. Sus cualidades principales son: la laboriosidad, el interés por los pobres, la prudencia, la bondad y la donación total al marido y a los hijos. De este modo ella, empleando sabiamente su talento, realiza con plenitud su vocación de mujer en el ámbito de su familia y en el más amplio de la Iglesia y de la sociedad. En cualquier parte, gracias a la mujer que hace fructificar su talento de fe y de caridad operante, la familia, de la que ella es sabia custodia e inspiradora, y “en la que distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor sabiduría y a armonizar los derechos de las personas con las demás exigencias de la vida social, constituye el fundamento de la sociedad” (Gaudium et spes, 52).

5. Por esto, de la liturgia de hoy nace una doble llamada a permanecer en Cristo, como hemos escuchado en el canto del Aleluya: “Sé fiel hasta la muerte, dice el Señor, y te daré la corona de la vida eterna”, y a vigilar, según la palabra de San Pablo a los Tesalonicenses. También aquí retorna el tema general del empleo generoso de los talentos, dados por Dios. El cristiano no es aquel que pierde el tiempo discutiendo sobre el día y la hora de la venida del Señor, sino más bien aquel que, instruido por las palabras de Jesús, vive en comunión con El, vigilando constantemente. Esta espera, para ser auténtica, debe ser operante. Pablo insiste a los Tesalonicenses para que sean activos en el bien: el bien concreto, el de cada día. Se salvarán los que son vigilantes y sobrios, no los que duermen. Una certeza guía la vida del cristiano y determina su conducta: ¡el Séñor vendrá! Y no hay que considerar su venida solamente en términos escatológicos, es decir, la que tendrá lugar al fin del mundo, sino también la que se realiza en nuestro tiempo y en nuestras vicisitudes cotidianas. De aquí nace también nuestra responsabilidad ante el mundo por su paz y su seguridad (cf. 1 Tes 5, 3); pero no por “esa paz que reina entre los hombres, infiel, inestable, mudable e incierta…, sino por la paz que proviene de Jerusalén”, como explica San Agustín (Enarr. in Ps.. 127, 16), esto es, por la paz que garantiza el Señor. Continúa el Santo obispo de Hipona: “Esta es la paz que os predicamos, la que nosotros mismos amamos y deseamos que améis. Es una paz que conseguirán los que en la tierra han sido pacíficos. Para estar allí en la paz, es necesario ser pacíficos aquí. Estos pacíficos se sientan alrededor de la mesa del Señor” (ib., 16)

6. […] Con esta paz en el corazón también nosotros nos acercamos ahora al santo altar para tomar parte en la celebración eucarística. Pidamos al Señor Jesús, que dentro de poco se hará presente entre nosotros bajo las especies del pan y del vino, que confirme en nuestros corazones los deseos expresados en esta liturgia de la Palabra, y que se pueden resumir en el empeño cotidiano para saber valorar cada vez mejor y siempre más la función insustituible de la familia en la Iglesia y en la sociedad contemporánea. Pidamos que la espera activa y confiada del día del Señor sea tal que guíe la vida y determine la conducta. Y finalmente, pidamos un empleo sabio de los talentos recibidos de Dios con amorosa confianza en el Padre, sin dejarnos llevar por el miedo del tercer siervo, porque el miedo en el cristiano no debe subsistir, habiéndose convertido él, con el bautismo, en hijo de Dios y coheredero de Cristo.

Que las palabras del Señor: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor…, pasa al banquete de tu Señor” (Mt 25, 21 y 23), se cumplan y se realicen también para cada uno de vosotros.

Confío estos deseos a María Santísima de la Salud. Ella os ayudará a descubrir y a poner en juego todos vuestros talentos. Os ayudará a hacer el mejor uso de ellos. Ella, que es salud de los enfermos, no dejará de salvar vuestras almas y de llevaros a Jesús, fruto bendito de su seno. Amén.

Catequesis: falsa concepción del Juicio de Dios

Audiencia general 30-09-1987

2. […] como resulta de la parábola de los talentos (Mt 25, 14-30), la medida del juicioserá la colaboración con el don recibido de Dios, colaboración con la gracia o bien rechazo de ésta.

3. El poder divino de juzgar a todos y a cada uno pertenece al Hijo del hombre. El texto clásico en el Evangelio de Mateo (25, 31-46) pone de relieve en especial el hecho de que Cristo ejerce este poder no sólo como Dios-Hijo, sino también como Hombre. Lo ejerce —y pronuncia las sentencias— en nombre de la solidaridad con todo hombre, que recibe de los otros el bien o el mal: “Tuve hambre y me disteis de comer” (Mt 25, 35), o bien: “Tuve hambre y no me disteis de comer” (Mt 25, 42). Una “materia” fundamental del juicio son las obras de caridad con relación al hombre-prójimo. Cristo se identifica precisamente con este prójimo: “Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40); “Cuando dejasteis de hacer eso…, conmigo dejasteis de hacerlo” (Mt25, 45).

Según este texto de Mateo, cada uno será juzgado sobre todo por el amor. Pero no hay duda de que los hombres serán juzgados también por su fe: “A quien me confesare delante de los hombres, el Hijo del hombre le confesará delante de los ángeles de Dios” (Lc 12, 8); “Quien se avergonzare de mí y de mis palabras, de él se avergonzará el Hijo del hombre cuando venga en su gloria y en la del Padre” (Lc 9, 26; cf. también Mc 8, 38).

4. Así, pues, del Evangelio aprendemos esta verdad —que es una de las verdades fundamentales de fe—, es decir, que Dios es juez de todos los hombres de modo definitivo y universal y que este poder lo ha entregado el Padre al Hijo (cf. Jn 5, 22) en estrecha relación con su misión de salvación. Lo atestiguan de modo muy elocuente las palabras que Jesús pronunció durante el coloquio nocturno con Nicodemo: “Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvado por Él” (Jn 3, 17).

8. Pero es verdad de fe que “el Padre… ha entregado al Hijo todo el poder de juzgar” (Jn 5, 22). Ahora bien, si el poder divino de juzgar pertenece a Cristo, es signo de que Él —el Hijo del hombre— es verdadero Dios, porque sólo a Dios pertenece el juicio y puesto que este poder de juicio está profundamente unido a la voluntad de salvación, como nos resulta del Evangelio, este poder es una nueva revelación del Dios de la Alianza, que viene a los hombres como Emmanuel, para librarlos de la esclavitud del mal. Es la revelación cristiana del Dios que es Amor.

Queda así corregido ese modo demasiado humano de concebir el juicio de Dios, visto sólo como fría justicia, o incluso como venganza. En realidad, dicha expresión, que tiene una clara derivación bíblica, aparece como el último anillo del amor de Dios. Dios juzga porque ama y en vistas al amor. El juicio que el Padre confía a Cristo es según la medida del amor del Padre y de nuestra libertad.

Ángelus: El temor de Dios

11-06-1989

Hoy deseo completar con vosotros la reflexión sobre los dones del Espíritu Santo. El último, en orden de enumeración de estos dones, es el don del temor de Dios.

La Sagrada Escritura afirma que “Principio del saber, es el temor de Yahveh” (Sal 110/111, 10; Pr 1, 7). ¿Pero de qué temor se trata? No ciertamente de ese “miedo de Dios” que impulsa a evitar pensar o recordarse de Él, como de algo o de alguno que turba e inquieta. Este fue el estado de ánimo que, según la Biblia, impulsó a nuestros progenitores, después del pecado, a “ocultarse de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín” (Gn 3, 8); éste fue también el sentimiento del siervo infiel y malvado de la parábola evangélica, que escondió bajo tierra el talento recibido (cf. Mt 25, 18. 26).

Pero este concepto del temor-miedo no es el verdadero concepto de temor-don del Espíritu. Aquí se trata de algo mucho más noble y sublime; es el sentimiento sincero y trémulo que el hombre experimenta frente a la tremenda majestad de Dios, especialmente cuando reflexiona sobre las propias infidelidades y sobre el peligro de ser “encontrado falto de peso” (Dn 5, 27) en el juicio eterno, del que nadie puede escapar. El creyente se presenta y se pone ante Dios con el “espíritu contrito” y con el “corazón humillado” (cf. Sal 50/51, 19), sabiendo bien que debe atender a la propia salvación “con temor y temblor” (Flp 2, 12). Sin embargo, esto no significa miedo irracional, sino sentido de responsabilidad y de fidelidad a su ley.

2. El Espíritu Santo asume todo este conjunto y lo eleva con el don del temor de Dios.Ciertamente ello no excluye la trepidación que nace de la conciencia de las culpas cometidas y de la perspectiva del castigo divino, la suaviza con la fe en a misericordia divina y con la certeza de la solicitud paterna de Dios que quiere la salvación eterna de todos. Sin embargo, con este don, el Espíritu Santo infunde en el alma sobre todo el temor filial, que es un sentimiento arraigado en el amor de Dios: el alma se preocupa entonces de no disgustar a Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en nada, de “permanecer” y crecer en la caridad (cf. Jn 15, 4-7).

3. De este santo y justo temor, conjugado en el alma con el amor a Dios, depende toda la práctica de las virtudes cristianas, y especialmente de la humildad, de la templanza, de la castidad, de la mortificación de los sentidos. Recordemos la exhortación del Apóstol Pablo a sus cristianos: “Queridos míos, purifiquémonos de toda mancha de la carne y del espíritu, consumando la santificación en el temor de Dios” (2 Co 7, 1).

Es una advertencia para todos nosotros que, a veces, con tanta facilidad transgredimos la ley de Dios, ignorando o desafiando sus castigos. Invoquemos al Espíritu Santo a fin de que infunda largamente el don del santo temor de Dios en los hombres de nuestro tiempo. Invoquémoslo por intercesión de Aquella que, al anuncio del mensaje celeste “se conturbó” (Lc 1, 29) y, aun trepidante por la inaudita responsabilidad que se le confiaba, supo pronunciar el “fiat” de la fe, de la obediencia y del amor.

Carta a los Jóvenes: Defender el “talento” de la familia

CARTA APOSTÓLICA A LOS JÓVENES DEL MUNDO CON OCASIÓN DEL AÑO INTERNACIONAL DE LA JUVENTUD (31-03-1985)

[…] La historia de la humanidad pasa desde el comienzo –y pasará hasta el final– a través de la familia. El ser humano forma parte de ella mediante el nacimiento que debe a sus padres: al padre y a la madre, para dejar en el momento oportuno este primer ambiente de vida y amor y pasar a otro nuevo. «Al dejar al padre y a la madre» cada uno y cada una de vosotros contemporáneamente, en cierto sentido, los lleva dentro consigo, asume la herencia múltiple, que tiene su comienzo directo y su fuente en ellos y en sus familias. De este modo, aun marchando, cada uno de vosotros permanece; la herencia que asume lo vincula establemente con aquellos que se la han transmitido y a los que debe tanto. Y él mismo, –ella o él– seguirá transmitiendo la misma herencia. De ahí que el cuarto mandamiento del Decálogo posea tan gran importancia: «Honra a tu padre y a tu madre» (Ex 20, 12; Dt 5, 16; Mt 15, 4).

Se trata aquí, ante todo, del patrimonio de ser hombre y, sucesivamente, de ser hombre en una más definida situación personal y social. Tiene su cometido en esto hasta la semejanza física con los padres. Más importante todavía es todo el patrimonio cultural, en cuyo centro se encuentra casi a diario la lengua. Los padres han enseñado a cada uno de vosotros a hablar aquella lengua que constituye la expresión esencial del vínculo social con lo demás hombres. Ello está determinado por límites más amplios que la familia misma o bien que un determinado ambiente. Estos son, por lo menos, los límites de una tribu y la mayoría de las veces los confines de un pueblo o de una nación, en la que habéis nacido.

La herencia familiar se extiende de este modo. A través de la educación familiar participáis en una cultura concreta, participáis también en la historia de vuestro pueblo o nación. El vínculo familiar significa la pertenencia común a una comunidad más amplia que la familia, y a la vez otra base de identidad de la persona. Si la familia es la primera educadora de cada uno de vosotros, al mismo tiempo –mediante la familia– es un elemento educativo la tribu, el pueblo o la nación, con la que estamos unidos por la unidad cultural, lingüística e histórica.

Este patrimonio constituye también una llamada en el sentido ético. Al recibir la fe y heredar los valores y contenidos que componen el conjunto de la cultura de su sociedad, de la historia de su nación, cada uno y cada una de vosotros recibe una dotación espiritual en su humanidad individual. Tiene aplicación aquí la parábola de los talentos que recibimos del Creador a través de nuestros padres, de nuestras familias y también de la comunidad nacional a la que pertenecemos. Respecto a esta herencia no podemos mantener una actitud pasiva o incluso de renuncia, como hizo el último de los siervos que menciona la parábola de los talentos (cf. Mt 25, 14-30; Lc 19, 12-26).

Debemos hacer todo lo que está a nuestro alcance para asumir este patrimonio espiritual,para confirmarlo, mantenerlo e incrementarlo. Ésta es una tarea importante para todas las sociedades, de manera especial quizás para aquellas que se encuentran al comienzo de su existencia autónoma, o bien para aquellas que deben defender su propia existencia y la identidad esencial de su nación ante el peligro de destrucción desde el exterior o de descomposición desde el interior.

Mensaje a los jóvenes: Dios nos confía el “talento” de la vida

CON OCASION DE LA XI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD (26-09-1995)

[…] 6. Es preciso, ante todo, que vosotros, jóvenes, deis un gran testimonio de amor a la vida, don de Dios; un amor que se debe extender desde el inicio hasta el fin de toda existencia y debe luchar contra toda pretensión de hacer del hombre el árbitro de la vida del hermano, tanto del que aún no ha nacido como del que se halla en su ocaso, del minusválido y del débil.

A vosotros, jóvenes, que de forma natural e instintiva hacéis del deseo de vivir el horizonte de vuestros sueños y el arco iris de vuestras esperanzas, os pido que os transforméis en profetas de la vida. Sedlo con las palabras y con las obras, rebelándoos contra la civilización del egoísmo que a menudo considera a la persona humana un instrumento en vez de un fin, sacrificando su dignidad y sus sentimientos en nombre del mero lucro; hacedlo ayudando concretamente a quien tiene necesidad de vosotros y que tal vez sin vuestra ayuda tendría la tentación de resignarse a la desesperación.

La vida es un talento (cf. Mt 25, 14-30) que se nos ha confiado para que lo transformemos y lo multipliquemos, dándola como don a los demás. Ningún hombre es un iceberg a la deriva en el océano de la historia; cada uno de nosotros forma parte de una gran familia, dentro de la cual tiene un puesto que ocupar y un papel que desempeñar. El egoísmo vuelve sordos y mudos; el amor abre de par en par los ojos y el corazón, capacita para dar la aportación original e insustituible que, junto a los innumerables gestos de tantos hermanos, a menudo lejanos y desconocidos, contribuye a constituir el mosaico de la caridad, que puede cambiar el rumbo de la historia.

7. «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna».

Cuando, considerando demasiado duro su lenguaje, muchos de sus discípulos lo abandonaron, Jesús preguntó a los pocos que habían quedado: «¿También vosotros queréis marcharos?», le respondió Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 67-68). Y optaron por permanecer con él. Se quedaron porque el Maestro tenía palabras de vida eterna, palabras que, mientras prometían la eternidad, daban pleno sentido a la vida.

Hay momentos y circunstancias en que es preciso hacer opciones decisivas para toda la existencia. Como sabéis muy bien, vivimos momentos difíciles, en los que con frecuencia no logramos distinguir el bien del mal, los verdaderos maestros de los falsos. Jesús nos ha advertido: «Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: “Yo soy” y “el tiempo está cerca”. No les sigáis» (Lc 21, 8). Orad y escuchad su palabra; dejaos guiar por verdaderos pastores; no cedáis jamás a los halagos y a los fáciles espejismos del mundo que luego, con demasiada frecuencia, se transforman en trágicos desengaños.

En los momentos difíciles, en los momentos de prueba se mide la calidad de las opciones. Así pues, en estos tiempos de dificultad cada uno de vosotros está llamado a tomar decisiones valientes. No existen atajos hacia la felicidad y la luz. Prueba de ello son los tormentos de las personas que, en el decurso de la historia de la humanidad, se han puesto a buscar con empeño el sentido de la vida, la respuesta a los interrogantes fundamentales inscritos en el corazón de todo ser humano.

Ya sabéis que estos interrogantes no son sino la expresión de la nostalgia de infinito sembrada por Dios mismo en el interior de cada uno de nosotros. Así pues, con sentido del deber y del sacrificio debéis caminar por las sendas de la conversión, del compromiso, de la búsqueda, del trabajo, del voluntariado, del diálogo, del respeto a todos, sin rendiros ante los fracasos, conscientes de que vuestra fuerza está en el Señor, que guía con amor vuestros pasos, dispuesto a acogeros de nuevo como al hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-24).

8. Queridos jóvenes, os he invitado a ser profetas de la vida y del amor. Os pido también que seáis profetas de la alegría: el mundo nos debe reconocer por el hecho de que sabemos comunicar a nuestros contemporáneos el signo de una gran esperanza ya realizada, la de Jesús, muerto y resucitado por nosotros.

No olvidéis que «la suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar» (Gaudium et spes, 31).

Purificados por la reconciliación, fruto del amor divino y de vuestro arrepentimiento sincero, practicando la justicia, viviendo en acción de gracias a Dios, podréis ser en el mundo, a menudo sombrío y triste, profetas de alegría creíbles y eficaces. Seréis heraldos de la plenitud de los tiempos, cuya actualidad nos recuerda el gran jubileo del año 2000.

El camino que Jesús os señala no es cómodo; se asemeja más bien a un sendero escarpado de montaña. No os desalentéis. Cuanto más escarpado sea el sendero, tanto más rápidamente sube hacia horizontes cada vez más amplios. Os guíe María, estrella de la evangelización. Dóciles, al igual que ella, a la voluntad del Padre, recorred las etapas de la historia como testigos maduros y convincentes.

Con ella y con los Apóstoles sabed repetir en cada instante la profesión de fe en la presencia vivificante de Jesucristo: Tú tienes palabras de vida eterna.

Carta encíclica Evangelium Vitae: debremos dar cuentas del talento de la vida

Publicada el 25-03-1995 (n. 52-53)

52. […] el Evangelio de la vida es un gran don de Dios y, al mismo tiempo, una tarea que compromete al hombre. Suscita asombro y gratitud en la persona libre, y requiere ser aceptado, observado y estimado con gran responsabilidad: al darle la vida, Diosexige al hombre que la ame, la respete y la promueva. De este modo, el don se hace mandamiento, el mandamiento mismo es un don.

El hombre, imagen viva de Dios, es querido por su Creador como rey y señor. « Dios creó al hombre —escribe san Gregorio de Nisa— de modo tal que pudiera desempeñar su función de rey de la tierra… El hombre fue creado a imagen de Aquél que gobierna el universo. Todo demuestra que, desde el principio, su naturaleza está marcada por la realeza… También el hombre es rey. Creado para dominar el mundo, recibió la semejanza con el rey universal, es la imagen viva que participa con su dignidad en la perfección del modelo divino ». Llamado a ser fecundo y a multiplicarse, a someter la tierra y a dominar sobre todos los seres inferiores a él (cf. Gn 1, 28), el hombre es rey y señor no sólo de las cosas, sino también y sobre todo de sí mismo y, en cierto sentido, de la vida que le ha sido dada y que puede transmitir por medio de la generación, realizada en el amor y respeto del designio divino. Sin embargo, no se trata de un señorío absoluto, sino ministerial, reflejo real del señorío único e infinito de Dios. Por eso, el hombre debe vivirlo con sabiduría y amor, participando de la sabiduría y del amor inconmensurables de Dios. Esto se lleva a cabo mediante la obediencia a su santa Ley: una obediencia libre y gozosa (cf. Sal 119 118), que nace y crece siendo conscientes de que los preceptos del Señor son un don gratuito confiado al hombre siempre y sólo para su bien, para la tutela de su dignidad personal y para la consecución de su felicidad.

Como sucede con las cosas, y más aún con la vida, el hombre no es dueño absoluto y árbitro incensurable, sino —y aquí radica su grandeza sin par— que es « administrador del plan establecido por el Creador ».

La vida se confía al hombre como un tesoro que no se debe malgastar, como un talento a negociar. El hombre debe rendir cuentas de ella a su Señor (cf. Mt 25, 14-30; Lc 19, 12-27).

« Pediré cuentas de la vida del hombre al hombre » (cf. Gn 9, 5): la vida humana es sagrada e inviolable

53. « La vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta “la acción creadora de Dios” y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término: nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente ». Con estas palabras la Instrucción Donum vitae expone el contenido central de la revelación de Dios sobre el carácter sagrado e inviolable de la vida humana.

Benedicto XVI, papa

Angelus: Responsabilidad, no miedo

16-11-2008: Domingo 33 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

La Palabra de Dios de este domingo, penúltimo del año litúrgico, nos invita a estar vigilantes y activos, en espera de la vuelta del Señor Jesús al final de los tiempos. La página del Evangelio narra la célebre parábola de los talentos, referida por san Mateo (cf.Mt 25, 14-30). El “talento” era una antigua moneda romana, de gran valor, y precisamente a causa de la popularidad de esta parábola se ha convertido en sinónimo de dote personal, que cada uno está llamado a hacer fructificar. En realidad, el texto habla de “un hombre que, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda” (Mt 25, 14).

El hombre de esta parábola representa a Cristo mismo; los siervos son los discípulos; y los talentos son los dones que Jesús les encomienda. Por tanto, estos dones, no sólo representan las cualidades naturales, sino también las riquezas que el Señor Jesús nos ha dejado como herencia para que las hagamos fructificar: su Palabra, depositada en el santo Evangelio; el Bautismo, que nos renueva en el Espíritu Santo; la oración —el “padrenuestro”— que elevamos a Dios como hijos unidos en el Hijo; su perdón, que nos ha ordenado llevar a todos; y el sacramento de su Cuerpo inmolado y de su Sangre derramada. En una palabra: el reino de Dios, que es él mismo, presente y vivo en medio de nosotros.

Este es el tesoro que Jesús encomendó a sus amigos al final de su breve existencia terrena. La parábola de hoy insiste en la actitud interior con la que se debe acoger y valorar este don. La actitud equivocada es la del miedo: el siervo que tiene miedo de su señor y teme su regreso, esconde la moneda bajo tierra y no produce ningún fruto. Esto sucede, por ejemplo, a quien, habiendo recibido el Bautismo, la Comunión y la Confirmación, entierra después dichos dones bajo una capa de prejuicios, bajo una falsa imagen de Dios que paraliza la fe y las obras, defraudando las expectativas del Señor.

Pero la parábola da más relieve a los buenos frutos producidos por los discípulos que, felices por el don recibido, no lo mantuvieron escondido por temor y celos, sino que lo hicieron fructificar, compartiéndolo, repartiéndolo. Sí; lo que Cristo nos ha dado se multiplica dándolo. Es un tesoro que hemos recibido para gastarlo, invertirlo y compartirlo con todos, como nos enseña el apóstol san Pablo, gran administrador de los talentos de Jesús.

La enseñanza evangélica que la liturgia nos ofrece hoy ha influido también en el plano histórico-social, promoviendo en las poblaciones cristianas una mentalidad activa y emprendedora. Pero el mensaje central se refiere al espíritu de responsabilidad con el que se debe acoger el reino de Dios: responsabilidad con Dios y con la humanidad.

La Virgen María, que, al recibir el don más valioso, Jesús mismo, lo ofreció al mundo con inmenso amor, encarna perfectamente esta actitud del corazón. Pidámosle que nos ayude a ser “siervos buenos y fieles”, para que podamos participar un día en “el gozo de nuestro Señor”.

Francisco, papa

Catequesis: quien se cierra a sí mismo no es cristiano

Audiencia general 24-04-2013

En el Credo profesamos que Jesús «de nuevo vendrá en la gloria para juzgar a vivos y muertos». La historia humana comienza con la creación del hombre y la mujer a imagen y semejanza de Dios y concluye con el juicio final de Cristo. A menudo se olvidan estos dos polos de la historia, y sobre todo la fe en el retorno de Cristo y en el juicio final a veces no es tan clara y firme en el corazón de los cristianos. Jesús, durante la vida pública, se detuvo frecuentemente en la realidad de su última venida…

[…] La parábola de los talentos, nos hace reflexionar sobre la relación entre cómo empleamos los dones recibidos de Dios y su retorno, cuando nos preguntará cómo los hemos utilizado (cf. Mt 25, 14-30). Conocemos bien la parábola: antes de su partida, el señor entrega a cada uno de sus siervos algunos talentos para que se empleen bien durante su ausencia. Al primero le da cinco, al segundo dos y al tercero uno. En el período de ausencia, los primeros dos siervos multiplican sus talentos —son monedas antiguas—, mientras que el tercero prefiere enterrar el suyo y devolverlo intacto al señor. A su regreso, el señor juzga su obra: alaba a los dos primeros, y el tercero es expulsado a las tinieblas, porque escondió por temor el talento, encerrándose en sí mismo. Un cristiano que se cierra en sí mismo, que oculta todo lo que el Señor le ha dado, es un cristiano… ¡no es cristiano! ¡Es un cristiano que no agradece a Dios todo lo que le ha dado! Esto nos dice que la espera del retorno del Señor es el tiempo de la acción —nosotros estamos en el tiempo de la acción—, el tiempo de hacer rendir los dones de Dios no para nosotros mismos, sino para Él, para la Iglesia, para los demás; el tiempo en el cual buscar siempre hacer que crezca el bien en el mundo. Y en particular hoy, en este período de crisis, es importante no cerrarse en uno mismo, enterrando el propio talento, las propias riquezas espirituales, intelectuales, materiales, todo lo que el Señor nos ha dado, sino abrirse, ser solidarios, estar atentos al otro. En la plaza he visto que hay muchos jóvenes: ¿es verdad esto? ¿Hay muchos jóvenes? ¿Dónde están? A vosotros, que estáis en el comienzo del camino de la vida, os pregunto: ¿habéis pensado en los talentos que Dios os ha dado? ¿Habéis pensado en cómo podéis ponerlos al servicio de los demás? ¡No enterréis los talentos! Apostad por ideales grandes, esos ideales que ensanchan el corazón, los ideales de servicio que harán fecundos vuestros talentos. La vida no se nos da para que la conservemos celosamente para nosotros mismos, sino que se nos da para que la donemos. Queridos jóvenes, ¡tened un ánimo grande! ¡No tengáis miedo de soñar cosas grandes!

[…] Queridos hermanos y hermanas, que contemplar el juicio final jamás nos dé temor, sino que más bien nos impulse a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerle en los pobres y en los pequeños; para que nos empleemos en el bien y estemos vigilantes en la oración y en el amor. Que el Señor, al final de nuestra existencia y de la historia, nos reconozca como siervos buenos y fieles. Gracias.

Catecismo de la Iglesia Católica

Igualdad y diferencias entre los hombres

n. 1934-1938

1934 Creados a imagen del Dios único y dotados de una misma alma racional, todos los hombres poseen una misma naturaleza y un mismo origen. Rescatados por el sacrificio de Cristo, todos son llamados a participar en la misma bienaventuranza divina: todos gozan por tanto de una misma dignidad.

1935 La igualdad entre los hombres se deriva esencialmente de su dignidad personal y de los derechos que dimanan de ella:

«Hay que superar y eliminar, como contraria al plan de Dios, toda […] forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión» (GS 29,2).

1936 Al venir al mundo, el hombre no dispone de todo lo que es necesario para el desarrollo de su vida corporal y espiritual. Necesita de los demás. Ciertamente hay diferencias entre los hombres por lo que se refiere a la edad, a las capacidades físicas, a las aptitudes intelectuales o morales, a las circunstancias de que cada uno se pudo beneficiar, a la distribución de las riquezas (GS 29). Los “talentos” no están distribuidos por igual (cf Mt 25, 14-30, Lc 19, 11-27).

1937 Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de “talentos” particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten. Las diferencias alientan y con frecuencia obligan a las personas a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación. Incitan a las culturas a enriquecerse unas a otras:

«¿Es que acaso distribuyo yo las diversas [virtudes] dándole a uno todas o dándole a éste una y al otro otra particular? […] A uno la caridad, a otro la justicia, a éste la humildad, a aquél una fe viva […] En cuanto a los bienes temporales, las cosas necesarias para la vida humana las he distribuido con la mayor desigualdad, y no he querido que cada uno posea todo lo que le era necesario, para que los hombres tengan así ocasión, por necesidad, de practicar la caridad unos con otros […] He querido que unos necesitasen de otros y que fuesen mis servidores para la distribución de las gracias y de las liberalidades que han recibido de mí» (Santa Catalina de Siena, Il dialogo della Divina provvidenza, 7).

1938. Existen también desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y mujeres. Están en abierta contradicción con el Evangelio:

«La igual dignidad de las personas exige que se llegue a una situación de vida más humana y más justa. Pues las excesivas desigualdades económicas y sociales entre los miembros o los pueblos de una única familia humana resultan escandalosas y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y también a la paz social e internacional» (GS 29).

www.deiverbum.org [*]

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