Homilías Domingo III de Adviento (B)

Lecturas (Domingo III Tiempo de Adviento – Ciclo B)

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-1ª Lectura: Is 61, 1-2a.10-11 : Yo me regocijaré con sumo gozo en el Señor
-Salmo: Lc 1, 46-50.53-54 : Me alegro con mi Dios
-2ª Lectura: 1 Tes 5, 16-24 : Vuestro espíritu entero se conserve para cuando vuelva el Señor
+Evangelio: Jn 1, 6-8.19-28 : En medio de vosotros esta uno a quien no conocéis


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Ruperto de Deutz, abad

Tratado: En medio de vosotros

Tratado sobre las obras del Espíritu, Lib III, cap 3: SC 165, 26-28. En Liturgia de las Horas

«En medio de vosotros hay uno que no conocéis» (Jn 1, 26)

El bautismo de Juan es el bautismo del siervo; el bautismo de Cristo es el bautismo del Señor. El bautismo de Juan es un bautismo de conversión; el bautismo de Cristo es un bautismo para el perdón de los pecados. Mediante el bautismo de Juan, Cristo fue manifestado; mediante su propio bautismo, es decir, mediante su pasión, Cristo fue glorificado. Juan habla así de su bautismo: Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel. Por lo que a Cristo se refiere, una vez recibido el bautismo de Juan, habla así de su bautismo: Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! Finalmente, mediante el bautismo de Juan el pueblo se preparaba para el bautismo de Cristo; mediante el bautismo de Cristo el pueblo se capacita para el reino de Dios.

No cabe duda de que los que fueron bautizados con el bautismo de Juan –de Juan que decía al pueblo que creyesen en el que iba a venir después–, y salieron de esta vida antes de la pasión de Cristo, una vez que Cristo fue bautizado en su pasión, fueron absueltos de sus pecados por graves que fueran, entraron con él en el paraíso y con él vieron el reino de Dios. En cambio, los que despreciaron el plan de Dios para con ellos y, sin haber recibido el bautismo de Juan, abandonaron la luz de esta vida antes del susodicho bautismo de la pasión de Cristo, de nada les sirvió el antiguo remedio de la circuncisión; como tampoco les aprovechó la pasión de Cristo ni fueron sacados del infierno, porque no pertenecían al número de aquellos de quienes decía Cristo: Y por ellos me consagro yo.

Por otra parte, tampoco conviene olvidar que quienes recibieron el bautismo de Juan y sobrevivieron al momento en que, glorificado Jesús, fue predicado el evangelio de su bautismo, si no lo recibieron, si no juzgaron necesario ser bautizados con su bautismo, de nada les valió el haber recibido el bautismo de Juan. Consciente de ello el apóstol Pablo, habiendo encontrado unos discípulos, les preguntó: ¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe? Y de nuevo: Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido? –se sobreentiende: si ni siquiera habéis oído hablar de un Espíritu Santo—, respondiendo ellos: El bautismo de Juan, les dijo: El bautismo de Juan era signo de conversión, y él decía al pueblo que creyesen en el que iba a venir después, es decir, en Jesús. Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; cuando Pablo les impuso las manos, bajó sobre ellos el Espíritu Santo.

¡Qué enorme diferencia entre el bautismo del siervo, en el que ni mención se hacía del Espíritu Santo, y el bautismo del Señor que no se confiere sino en el nombre del Espíritu Santo, a la vez que en el nombre del Padre y del Hijo, y en el que se otorga el Espíritu Santo para el perdón de los pecados! Luego bajo un nombre común, ambas realidades son denominadas bautismo; mas a pesar de la identidad de nombre el sentido profundo es muy diferente.

San Gregorio Magno

Homilía: ¿Por qué bautiza Juan?

Homilías sobre el Evangelio, n° 7

«Entre vosotros está uno que no conocéis: él viene detrás de mí»

“Yo bautizo con agua, pero entre vosotros hay uno que no conocéis». No está en espíritu, sino en el agua que Juan bautiza. Incapaz de perdonar los pecados, lava con agua el cuerpo de los bautizados, pero no se lava el espíritu para el perdón. Entonces, ¿por qué bautizar, si no se limpian los pecados por su bautismo? ¿Por qué, si no permanecería en su papel de precursor? Al igual que al nacer, precedió al Señor que iba a nacer, también lo precedió, al bautizarse, el Señor que iba a ser bautizado. Precursor de Cristo por su predicación, lo precedió también bautizando, el que fue la imagen del sacramento que estaba por venir.

Juan anunció un misterio cuando dijo que Cristo estaba entre los hombres y que no lo conocían, ya que el Señor, cuando se mostró en la carne se hizo visible en su cuerpo e invisible en su majestad. Y Juan añade: “El que viene después de mí se ha puesto delante mío” (Jn 1,15)…; explica las causas de la superioridad de Cristo cuando dice: “Porque existía antes que yo”, como si dijera claramente: “Si va delante mío, aunque él nació después que yo, es porque el tiempo de su nacimiento, no le pone límites. Nacido de una madre en el tiempo, es engendrado por el Padre fuera del tiempo”.

Juan muestra humilde respeto, continúa: “yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.” Era costumbre entre los antiguos, que si alguien se negaba a casarse con una chica con la que estaba prometido, esta desataba la sandalia de aquel que se volvía atrás. Pero Cristo ¿no se mostró como el Esposo de la santa Iglesia? … Pero debido a que los hombres pensaban que Juan era el Mesías – cosa que el mismo Juan negaba – se declara indigno de desatar la correa de su sandalia. Es como si dijera… “No me adjudico incorrectamente el nombre del esposo” (cf. Jn 3,29).

San Antonio de Padua

Sermón: Lo que nos hace olvidar al Señor

Serm. para el 3er domingo de Adviento

«Él está en medio de vosotros y no le conocéis» (cf. Jn 1,26)

“El Señor está cerca, que nada os preocupe” (Flp 4,5-6). Dios Padre habla así por boca del profeta Isaías: “Yo os acerco mi justicia” –es decir, su Hijo- “no está lejos y mi salvación no se hará esperar. Daré a Sión la salvación, y mi gloria a Israel” (46,13). Es lo que dice el evangelio de este día: “en medio de vosotros está aquel que no conocéis”. Mediador entre Dios y los hombres, un hombre (1Tm 2,5), Cristo Jesús, se levanta en el campo del mundo para combatir al diablo; vencedor, libera al hombre y le reconcilia con Dios Padre. Pero vosotros no lo conocéis.

“He alimentado y educado a unos hijos, pero me han despreciado. El buey conoce a su amo, el asno conoce el pesebre de su amo, pero Israel no me ha conocido, y mi pueblo no me ha comprendido” (Is 1,2-3) ¡Es que el Señor está cerca de nosotros! ¡Y no le conocemos! Con mi sangre he alimentado a mis hijos, nos dice, igual que una madre alimenta a sus hijos con su propia leche. He levantado a la naturaleza humana que yo mismo he tomado y a la que me he unido, por encima de los coros de los ángeles. ¿Podía haceros un honor más grande? Y me han despreciado. Mirad si hay dolor semejante al mío (Lm 1,12)… Entonces pues, “no os preocupéis por nada”, porque es la preocupación por las cosas materiales la que nos hace olvidar al Señor.

Beato Guerrico de Igny

Sermón: Peligro de creer haber llegado a la meta

Serm. 5 para el Adviento

«Allanad los caminos del Señor.» (Mt 3,3)

«Preparad los caminos del Señor». Hermanos, aunque estéis muy avanzados en el camino os queda todavía por preparar el camino, para que avancéis más y más, siempre tendiendo hacia lo que está por delante. Así, a cada paso que andáis por el camino del Señor, él irá delante de vosotros, siempre de nuevo, siempre más grande. Por esto, con razón, el justo ora de este modo: «Enséñanos el camino de tu voluntad para que te busquemos siempre». (cf Sal 118,33) Esta vía se llama, «camino eterno» (cf Sal 138,24)…porque la bondad de aquel hacia el cual avanzamos no tiene límite.

Por esto, el viajero sabio y decidido, aunque haya llegado al término, seguirá pensando en comenzar de nuevo; «olvidando lo que queda atrás» (cf Flp 3,13) se dirá cada día: «Ahora comienzo» (cf Sal 76,11)… Nosotros que hablamos de este avanzar en el camino, quiera Dios que nos hayamos siquiera puesto en camino. Según mi parecer, cualquiera que se haya metido en camino está ya en el buen camino. Pero hay que comenzar de veras, encontrar «el camino de ciudad habitada» (Sal 106,4) Porque «no son muchos lo que andan por él», dice la Verdad (cf Mt 7,14); son numerosos «los que yerran por el desierto deshabitado» (cf Sal 106,4)

Y tú, Señor, tú nos has preparado un camino, sólo hace falta que consintamos y nos comprometamos en seguirlo… Por tu Ley, tú nos has enseñado el camino de tu voluntad diciendo: «Este es el camino, caminad por él.» (cf Is 30,21) Es el camino que el profeta había prometido: «Habrá una ruta recta y los insensatos no se perderán en ella.» (cf Is 35,8)… Nunca he visto a un insensato perder tu camino, Señor…; pero, ay de vosotros, sabios a vuestros propios ojos. (cf Is 5,21) Vuestra sabiduría os ha descarriado del camino de la salvación y no habéis seguido la locura del Señor… Locura deseable que se llamará sabiduría según Dios y que nos preserva de perder su camino.

Juan Scot Erigène

Homilía: “voz” y “Palabra”

Hom. sobre el Prólogo de Juan, cap. 15

«En medio de vosotros hay uno que no conocéis: es el que viene detrás de mí» (cf. Jn 1,25-26)

Como es lógico Juan, el evangelista, es el que introduce a Juan Bautista dentro de su discurso sobre Dios, «una sima grita a otra sima» en la voz de los misterios divinos (Sal 41,8): el evangelista narra la historia del Precursor. El que ha recibido la gracia de conocer «la Palabra que ya existía en el principio (Jn 1,1) nos informa sobre aquel que ha recibido la gracia de venir antes que la Palabra encarnada… No dice simplemente: surgió un enviado de Dios, sino «surgió un hombre (Jn 1,6). Habla así con el fin de distinguir al Precursor, que participa tan sólo de la humanidad, del hombre que, uniendo estrechamente en él divinidad y humanidad, vino después; ello con el fin de separar la voz que pasa de la Palabra que permanece para siempre de modo inmutable, para sugerir que uno es la estrella de la mañana que aparece en la aurora del Reino de los cielos, y declarar que este otro es el Sol de justicia que le sucede (Ml 3,20). Distingue al testigo del que lo envía, la lámpara vacilante de la luz espléndida que llena el universo (cf Jn 5,35) y que disipa las tinieblas de la muerte y de los pecados para todo el género humano…

«Un hombre fue enviado.» ¿Por quién? Por el Dios Palabra a quien ha precedido. Su misión era ser Precursor. Es con un grito que envía su palabra delante de él: «Una voz grita en el desierto» (Mt 3,3). El mensajero prepara la venida del Señor. «Se llamaba Juan» (Jn 1,6) significando que la gracia le ha sido dada para ser el Precursor del Rey de reyes, el revelador de la Palabra desconocida. El que bautizaría en vistas al nacimiento espiritual, el que, a través de su palabra y su martirio, sería el testigo de la luz eterna.

San Juan Pablo II, papa

Homilía: Juan es voz, precursor, anunciador de una gran noticia

Domingo III de Adviento (13-12-1981)
VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DEL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA

1. “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo…” (Lc1. 46-49).

Queridos hermanos y hermanas:

Permitidme que, con motivo de la visita a vuestra parroquia, dedicada al Corazón Inmaculado de María, haga referencia a estas palabras de la Madre de Dios, que la liturgia de hoy ha elegido como Salmo responsorial.

La solemnidad de la Inmaculada Concepción acaba de celebrarse, marcando su signo feliz en todo el tiempo de Adviento. Por esto hoy —casi como prolongación de esta fiesta— puedo visitar la parroquia dedicada al Corazón Inmaculado de María, para poder pronunciar, juntamente con vuestra comunidad, las palabras de la adoración a Dios que sólo podían salirdel corazón de la “Llena de Gracia“, y sólo en el corazón de la “Llena de Gracia” podían resonar con un eco tan profundo, como el que pedía su significado.

“El Poderoso ha hecho obras grandes por mí”, dice Aquella que en la Anunciación se llamó a Sí misma “esclava”, y en el Magníficat  se expresó de manera análoga: “Ha mirado la humillación de su esclava”.

¡Cuánto amamos a esta esclava del Señor! ¡Cuán profundamente le confiamos todo y a todos, la Iglesia, el mundo! ¡Cuánto nos dice su “humildad”! Constituye como el espacio adecuado para que en Ella pueda revelarse Dios. Para que de Ella pueda nacer Dios. Para que por Ella pueda obrar Dios “de generación en generación”.

¡Las palabras de María están realmente llenas de Adviento! Es difícil “sentir” bien la cercanía de Dios si no escuchamos estas palabras.

2. Quiero expresar mi alegría porque entre estas “generaciones”, de las que afirma la Madre de Dios que la “llamarán bienaventurada”, se encuentra vuestra parroquia desde el comienzo mismo de su existencia, que se remonta al 1936…

3. El Adviento nos habla en la liturgia de hoy con las palabras del Magníficat mariano. Hablatambién con otra figura que retorna continuamente en la liturgia de Adviento. Es Juan, hijo de Zacarías e Isabel, el cual predicaba en las orillas del Jordán.

He aquí el testimonio de Juan. ¡Ante todo de sí mismo! “¿Eres tú Elías? —No lo soy. —¿Eres tú el Profeta? —No. ¿Quién eres?— —Yo soy la voz que grita en el desierto”.

Juan es voz. Ha dicho admirablemente San Agustín: “Juan es la voz, pero el Señor (Jesús) es la Palabra que existe desde el principio. Juan era una voz provisional, Cristo desde el principio era la Palabra eterna. Quita la palabra, ¿y qué es la voz? Si no hay concepto, no hay más que un ruido vacío. La voz sin la palabra llega al oído, pero no edifica el corazón…” (Sermo 293, 3; PL 38, 1328).

Así, pues, Juan no es el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Y, sin embargo, predica y bautiza.“Entonces, ¿por qué bautizas?”, preguntan los enviados de Jerusalén. Esta era la causa principal de su inquietud. Juan predicaba repitiendo las palabras de Isaías: “Allanad el camino del Señor”, y el bautismo que recibían sus oyentes era el signo de que las palabras llegaban a ellos y provocaban su conversión; los enviados de Jerusalén preguntan, pues: “¿Por qué bautizas?” (Jn 1, 25).

Juan responde: “Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia” (Jn 1. 26 s).

Juan es un precursor: sabe que Aquel al que esperan, viene “detrás de él”.

Juan es anunciador de Adviento. Dice: “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”.

Adviento no es sólo espera. Es anunciación de la Venida. Juan dice: “El que debe venir ya ha venido”.

Las palabras de Juan junto al Jordán están llenas de Adviento; lo mismo que una vez las palabras de María en el umbral de la casa de Zacarías, cuando fue a visitar a Isabel, su pariente, la madre de Juan.

Las palabras de Juan están llenas de Adviento, aun cuando resuenan casi 30 años más tarde. La liturgia une el Adviento, expresado con las palabras de María, con el Adviento de las palabras de Juan. La venida del Mesías, que nacerá la noche de Belén del seno de la Virgen, y su venida en la potencia del Espíritu Santo, en las riberas del Jordán, donde Juan predicaba y bautizaba.

4. El adviento de Juan se manifiesta con una actitud singular: Dice: no soy digno de desatar la correa de sus sandalias al que viene detrás de mí (cf. Jn 1, 27).

Se trata de algo muy importante. En efecto, el Adviento significa una actitud. Se expresa mediante una actitud.

Juan en las riberas del Jordán la define con las palabras citadas. Mediante ellas vemos lo que dice de sí, cómo se siente ante Aquel al que anunciaba.

Sabemos que la correa de las sandalias se las desataba el siervo al amo. Y Juan dice: “No soy digno de desatar la correa de sus sandalias”. ¡No soy digno! Se siente más pequeño que un siervo.

Esta es la actitud del Adviento. La Iglesia la acepta plenamente y repite siempre con los labios de todos sus sacerdotes y de todos los fieles: “Señor, no soy digno…”.

Y pronuncia estas palabras siempre ante la venida del Señor, ante el adviento eucarístico de Cristo: “Señor, no soy digno…”. El Señor viene precisamente hacia los que sienten en lo más hondo su indignidad y la manifiestan.

Nuestras palabras, cuando inclinamos la cabeza y el corazón ante la santa comunión, están llenas de Adviento. Aprendamos siempre de nuevo esta actitud.

5. Lo que leemos hoy en la liturgia de la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses,nos explica aún más ampliamente cómo debe ser en cada uno de nosotros esa actitud de Adviento, en el que se realiza la Venida, el Adviento de Dios.

Escribe el Apóstol: “Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. En toda ocasión tened la acción de gracias… No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino examinadlo todo, quedándoos con lo bueno. Guardaos de toda forma de maldad” (1 Tes 5, 16-22).

Estos son, por así decirlo, los elementos constitutivos de la actitud interior, mediante la cual el Adviento perdura en nuestro corazón. Como hemos oído, está compuesto el Adviento de alegría y de oración constante. La una y la otra están unidas con el esfuerzo por evitar toda especie de mal. Al mismo tiempo, esta actitud interior se manifiesta como apertura a todaverdad de la profecía, tanto de la que proviene de Dios, y esto se realiza por vía de revelación y de fe, como también de la que proviene por el camino de la búsqueda honesta por parte del hombre. Actitud que se expresa en la disposición a hacer todo lo que es bueno, noble. Perseverando en esta disposición, el hombre permite al Espíritu Santo actuar en él y no permite que se apague en él la luz, que el Espíritu enciende en él alma.

El Apóstol escribe: “No apaguéis el espíritu”.

La actitud de Adviento se expresa en la apertura interior a la acción del Espíritu Santo; en la obediencia a esta acción.

Y he aquí que cuando perseveramos en esta actitud, el Dios de la paz santifica hasta la perfección nuestro espíritu, el alma y el cuerpo se mantienen irreprensibles para la venida de Nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tes 5, 23).

Pablo Apóstol, en la primera Carta a los Tesalonicenses, enseñó así a los primeros cristianos. Su enseñanza es siempre actual; la actitud de Adviento da al hombre la certeza de que Dios ha venido al mundo en Jesucristo; que ha entrado en la historia del hombre; que está en medio de nosotros; y que, al mismo tiempo, da al hombre la madurez del encuentro con Dios durante la vida terrena y la madurez del encuentro definitivo con El.

Aprendamos esta actitud.

Aprendámosla de año en año, de día en día.

A tanto nos invita y dispone toda la liturgia del Adviento.

6. ¿Quién es el que ha venido ya, y viene constantemente y debe venir definitivamente?

Mirad, es el que trae el alegre anuncio a los pobres, que venda las heridas de los corazones desgarrados, que proclama la liberación a los hombres privados de libertad, a los hombres obligados interior o exteriormente a la esclavitud.

El que promulga el año de misericordia del Señor (cf. Is 61, 1 s.).

Es necesario que aquí, en la parroquia del Corazón Inmaculado de María, El sea esperado con gozo; que todos repitan con María: “Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador” (Le 1, 47).

Que esta actitud interior de Adviento florezca en todos: en las personas ancianas que se acercan a los límites de la vida, y en los jóvenes que comienzan esta vida. Es preciso que esta actitud penetre en vuestras comunidades y en vuestros ambientes; que se convierta en un clima de la vida familiar. Que en él crezca y madure cada uno de los hombres en medio de todas las experiencias y pruebas que la vida no ahorra. Que en ella, en la actitud de Adviento, encuentren apoyo todos los que sufren: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala” (Is 61, 10).

Que el Corazón Inmaculado de María obtenga a cada uno de vosotros esta alegría de salvación, que es más grande que todo lo que puede ofrecernos el mundo.

Catequesis:En Cristo, Dios cumple su promesa

Audiencia general 03-06-1987

6. El prólogo del Evangelio de Juan (lo mismo que, de otro modo, la Carta a los Hebreos), expresa, pues, bajo la forma de alusiones bíblicas, el cumplimiento en Cristo de todo cuanto se había dicho en a Antigua Alianza, comenzando por el libro del Génesis, pasando por la ley de Moisés (cf. Jn 1, 17) y los Profetas, hasta los libros sapienciales. La expresión “el Verbo” (que “estaba en el principio en Dios”), corresponde a la palabra hebrea “dabar”. Aunque en griego encontramos el término “logos”, el patrón es, con todo, vétero-testamentario. Del Antiguo Testamento toma simultáneamente dos dimensiones: la de “hochma”, es decir, la sabiduría, entendida como “designio” de Dios sobre la creación, y la de “dabar” (Logos), entendida como realización de ese designio. La coincidencia con la palabra “Logos”, tomada de la filosofía griega, facilitó a su vez a aproximación de estas verdades a las mentes formadas en esa filosofía.

7. Permaneciendo ahora en el ámbito del Antiguo Testamento, precisamente en Isaías, leemos: La “palabra que sale de mi boca, no vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero y cumple su misión” (Is 55, 11 ). De donde se deduce que la “dabar-Palabra” bíblica no es sólo “palabra”, sino además “realización” (acto). Se puede afirmar que ya en los libros de la Antigua Alianza se encuentra cierta personificación del “verbo” (dabar, logos); lo mismo que de la “Sabiduría” (sofia).

Efectivamente, en el libro de la Sabiduría leemos: (la Sabiduría) “está en los secretos de la ciencia de Dios y es la que discierne sus obras” (Sab 8, 4); y en otro texto: “Contigo está la sabiduría, conocedora de tus obras, que te asistió cuando hacías al mundo, y que sabe lo que es grato a tus ojos y lo que es recto… Mándala de los santos cielos, y de tu trono de gloria envíala, para que me asista en mis trabajos y venga yo a saber lo que te es grato” (Sab 9, 9-10).

8. Estamos, pues, muy cerca de las primeras palabras del prólogo de Juan. Aún más cerca se hallan estos versículos del libro de la Sabiduría que dicen: “Un profundo silencio lo envolvía todo, y en el preciso momento de la medianoche, tu Palabra omnipotente de los cielos, de tu trono real… se lanzó en medio de la tierra destinada a la ruina llevando por aguda espada tu decreto irrevocable” (Sab 18, 14-15). Sin embargo, esta “Palabra” a la que aluden los libros sapienciales, esa Sabiduría que desde el principio está en Dios, se considera en relación con el mundo creado que ella ordena y dirige (cf. Prov 8, 22-27). En el Evangelio de Juan, por el contrario, “el Verbo” no sólo está “al principio”, sino que se revela como vuelto completamente hacia Dios (pros ton Theon) y siendo Dios Él mismo. “El Verbo era Dios”. El es el “Hijo unigénito, que está en el seno del Padre”, es decir, Dios-Hijo. Es en Persona la expresión pura de Dios, la “irradiación de su gloria” (cf. Heb 1, 3), “consubstancial al Padre”.

9. Precisamente este Hijo, el Verbo que se hizo carne, es Aquel de quien Juan da testimonio en el Jordán. De Juan Bautista leemos en el prólogo: “Hubo un hombre enviado por Dios de nombre Juan. Vino éste a dar testimonio de la luz…” (Jn 1, 6-7). Esa luz es Cristo, como Verbo. Efectivamente, en el prólogo leemos: “En Él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1, 4). Esta es “la luz verdadera que… ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9). La luz que “luce en las tinieblas, pero las tinieblas no a acogieron” (Jn 1, 5).

Así, pues, según el prólogo del Evangelio de Juan, Jesucristo es Dios porque es Hijo unigénito de Dios Padre. El Verbo. El viene al mundo como fuente de vida y de santidad. Verdaderamente nos encontramos aquí en el punto central y decisivo de nuestra profesión de fe: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Ángelus: Llamados a continuar la misión del Bautista

Domingo Tercero de Adviento (12-12-1993)

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. La liturgia de este tercer domingo de Adviento nos presenta a Juan Bautista, el precursor, como testigo de la luz (cf. Jn 1, 7-8), que señala a los hombres a Cristo, «la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9).

La misión del Bautista continúa más aún, se profundiza en la Iglesia, llamada a anunciar a Cristo a todas las generaciones. Ante la inminencia del Año de la familia, me complace subrayar que esa misión ha sido confiada, de una manera muy especial, a la familia cristiana. Como escribí en la Familiaris consortio, «la familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón» (n. 52).

Sin embargo, en cierto sentido, toda familia del mundo debe ser testimonio de luz, en virtud del plan de Dios que hace de ella el santuario de la vida, lugar de acogida, de esperanza y de solidaridad.

2. Al recordar la sublime misión de la familia, ¿cómo no pensar con gran inquietud en los numerosos núcleos familiares desgarrados por la guerra que se libra en los países de la ex Yugoslavia donde el conflicto continúa y, por desgracia no se vislumbra en un futuro próximo una solución justa y equitativa? A tiempo que exhorto a los responsables de esos pueblos a acallar por fin el ruido de las armas e invito a las autoridades internacionales a hacer todos los esfuerzos posibles para llevar a cabo una mediación pacífica y eficaz, quisiera pedir a los creyentes del mundo entero que supliquen a Dios el don inestimable de la paz. Debemos seguir haciéndolo, sin caer jamás en el desaliento.

También la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que tendrá lugar del 18 al 25 del próximo mes de enero, debe constituir para los católicos y lo hermanos de las demás confesiones cristianas una ocasión importante para estar espiritualmente cerca de las poblaciones tan probadas de Bosnia-Herzegovina. Con ese fin, he convocado para el domingo 23 de enero una especial jornada de oración para implorar de Dios la paz. Ese día, aquí en Roma, celebraré la sagrada eucaristía, e invito desde hoy a toda la Iglesia a unirse a mí, preparando ese momento de profunda oración comunitaria mediante una jornada de ayuno. Extiendo esta invitación a los demás creyentes a todas las personas de buena voluntad. El Señor que nos exhorta a invocarlo con fe, sostenida por el esfuerzo de conversión y comunión fraterna, quiera escuchar nuestros deseos y conceda finalmente la paz a esa martirizada región, así como a todos los demás pueblos involucrados en el drama de la guerra.

3. Amadísimos hermanos y hermanas, contemplemos a María, Reina de la paz. Repasemos los acontecimientos que angustiaron a la familia de Nazaret, víctima de la persecución y de la violencia.

Virgen santísima, tú que viviste en la fe los momentos duros de la vida familiar, alcanza la paz a las naciones que están en guerra y ayuda a las familias del mundo cumplir su insustituible misión de paz.

Ángelus: La Luz que Juan nos señala

Tercer Domingo de Adviento (15-12-1996)

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Entre las figuras que la liturgia pone en nuestro camino de Adviento… encontramos hoy a san Juan Bautista. Hombre austero, «voz del que clama en el desierto» (Jn 1, 23), que el poder sacrificó por haber dicho sin miedo la verdad, sigue siendo profundamente actual. El evangelio de Juan nos lo presenta como el «testigo de la luz» (cf. Jn 1, 6).

La luz que nos señala no es sólo una verdad moral; es la persona de Cristo, que no duda en decir de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8, 12), «Yo soy la verdad» (Jn 14, 6).

Se trata, indudablemente, de una afirmación inaudita, a primera vista desconcertante, pero plenamente creíble en boca de Jesús, que, con sus palabras y sus obras, y sobre todo con su muerte y resurrección, demostró que era el «Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos» (Símbolo Niceno-constantinopolitano).

Muchos mártires dieron su vida para testimoniar su fe en él. Después de dos milenios de historia, la Iglesia sigue ‹apostándolo todo» por esta verdad, que el concilio de Nicea, replicando a los arrianos, recogió para siempre en el Símbolo de fe, en el que confesamos a Cristo como «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero» (ib.).

2. Sí, Cristo es luz porque, en su identidad divina, revela el rostro del Padre. Pero también lo es porque, siendo hombre como nosotros, solidario en todo con nosotros, a excepción del pecado, revela el hombre al propio hombre. Lamentablemente, el pecado ha ofuscado en nosotros la capacidad de conocer y seguir la luz de la verdad; más aún, como advierte el apóstol Pablo, ha cambiado «la verdad de Dios por la mentira» (Rm 1, 25). Con su encarnación, el Verbo de Dios vino a traer al hombre la luz plena. El Vaticano II dice a este respecto: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et spes, 22).

3. Que la Virgen santísima, la humilde joven de Nazaret, que fue madre y discípula de Cristo, nos ayude a abrir los ojos a la luz. Ante el misterio de su Hijo divino, también ella debió hacer cada día su «peregrinación de la fe» (Lumen gentium, 58). Pidámosle que esté cerca de cuantos buscan sinceramente la verdad, orientando a «la humanidad hacia aquel que es “la luz verdadera, que ilumina a todo hombre”» (Tertio millennio adveniente, 59).

Homilía: Dios entró en nuestra historia

Domingo III de Adviento (12-12-1999)
VISITA A LA PARROQUIA ROMANA DE SAN URBANO Y SAN LORENZO

1. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, (…) para proclamar el año de gracia del Señor” (Is 61, 1-2).

Estas palabras, pronunciadas por el profeta Isaías hace muchos siglos, son muy actuales para nosotros, [mientras nos encaminamos a grandes pasos hacia el gran jubileo del año 2000]. Son palabras que renuevan la esperanza, preparan el corazón para acoger la salvación del Señor y anuncian la inauguración de un tiempo especial de gracia y liberación.

El Adviento es un período litúrgico que pone de relieve la espera, la esperanza y la preparación para la visita del Señor. La liturgia de hoy, que nos propone la figura y la predicación de Juan Bautista, nos invita a este compromiso. Como hemos escuchado en el texto evangélico, Juan fue enviado para preparar a los hombres para al encuentro con el Mesías prometido:  “Allanad el camino del Señor” (Jn 1, 23). Esta invitación del Bautista es para todos nosotros:  ¡aceptémosla! Con alegría, apresuremos el paso hacia el gran jubileo, hacia el año de gracia durante el cual en toda la Iglesia resonará un gran himno de alabanza a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

3. Al encontrarme esta mañana en “Prima Porta”, localidad así llamada por el arco anexo al antiguo templo recién restaurado, que se remonta a la época del emperador Augusto, mi pensamiento va espontáneamente al tiempo en que el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros.
Cuando recordamos el gran acontecimiento de la Encarnación, no podemos menos de pensar que nuestro Dios está muy cerca de nosotros, más aún, entró en nuestra historia para redimirla desde dentro. ¡Sí! En Jesús de Nazaret, Dios vino a vivir en medio de nosotros, para “dar la buena noticia a los pobres, para vendar los corazones desgarrados, (…) para proclamar el año de gracia del Señor” (Is 61, 1-2).

6. “Hermanos:  estad siempre alegres” (1 Ts 5, 16). Quisiera concluir con esta invitación a la alegría, que san Pablo dirige a los cristianos de Tesalónica. Es característica de este domingo, llamado comúnmente “Gaudete”. Es una exhortación a la alegría que resuena ya en las primeras palabras de la antífona de entrada:  “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito:  estad siempre alegres. El Señor está cerca”.

Sí, amadísimos hermanos y hermanas, alegrémonos porque el Señor está cerca. Dentro de pocos días, en la noche de Navidad, celebraremos con gozo el bimilenario de su nacimiento. Que esta alegría penetre en todos los ámbitos de nuestra existencia.

Pidamos a María, la primera que escuchó la invitación del ángel:  “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28), que nos sostenga en este programa de vida cristiana, sin olvidar jamás que todo creyente tiene la misión de testimoniar la alegría.

María, Madre del Amor Divino, sea para todos nosotros causa de nuestra verdadera y profunda alegría. Amén.

Homilía: Juan Bautista, ejemplo a imitar

Domingo Tercero de Adviento (15-12-2002)
MISA PARA LOS FIELES DE LA PARROQUIA ROMANA DE SAN JUAN NEPOMUCENO NEUMANN

1. “Hermanos, estad siempre alegres” (1 Ts 5, 16). Esta invitación del apóstol san Pablo a los fieles de Tesalónica, que acaba de resonar en nuestra asamblea, expresa bien el clima de la liturgia de hoy. En efecto, hoy es el tercer domingo de Adviento, llamado tradicionalmente domingo “Gaudete”, por la palabra latina con la que inicia la antífona de entrada.

“Alegraos siempre en el Señor”. Ante las inevitables dificultades de la vida, las incertidumbres y el miedo al futuro, ante la tentación del desaliento y la desilusión, la palabra de Dios vuelve a proponer siempre la “buena nueva” de la salvación:  el Hijo de Dios viene a “vendar los corazones desgarrados” (Is 61, 1). Que esta alegría, anuncio de la alegría de la Navidad ya próxima, impregne el corazón de cada uno de nosotros y todos los ámbitos de nuestra existencia.

2. Amadísimos hermanos y hermanas… Reunidos en torno a la Eucaristía, comprendemos más fácilmente que la misión de toda comunidad cristiana consiste en llevar el mensaje del amor de Dios a todos los hombres. Por eso es importante que la Eucaristía sea siempre el corazón de la vida de los fieles, como lo es hoy para vuestra parroquia, aunque no todos sus miembros han podido participar personalmente en ella.

5. “Preparad el camino del Señor” (Jn 1, 23). ¡Acojamos esta invitación del evangelista! La proximidad de la Navidad nos estimula a una espera más vigilante del Señor que viene, al tiempo que la liturgia de hoy nos presenta a Juan el Bautista como ejemplo que imitar.

Por último, dirijamos la mirada a María, “causa” de nuestra verdadera y profunda alegría, para que nos obtenga a cada uno la alegría que viene de Dios y que nadie podrá quitarnos jamás. Amén.

Benedicto XVI, papa

Ángelus: auténtico motivo de alegría

Domingo Tercero de Adviento (14-12-2008)

Queridos hermanos y hermanas:  

Este domingo tercero del tiempo de Adviento, se llama domingo “Gaudete“, “estad alegres”, porque la antífona de entrada de la santa misa retoma una expresión de san Pablo en la carta a los Filipenses, que dice así:  “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito:  estad alegres”. E inmediatamente después añade el motivo:  “El Señor está cerca” (Flp 4, 4-5). Esta es la razón de nuestra alegría. Pero ¿qué significa que “el Señor está cerca”? ¿En qué sentido debemos entender esta “cercanía” de Dios?

El apóstol san Pablo, al escribir a los cristianos de Filipos, piensa evidentemente en la vuelta de Cristo, y los invita a alegrarse porque es segura. Sin embargo, el mismo san Pablo, en su carta a los Tesalonicenses, advierte que nadie puede conocer el momento de la venida del Señor (cf. 1 Ts 5, 1-2), y pone en guardia contra cualquier alarmismo, como si la vuelta de Cristo fuera inminente (cf. 2 Ts 2, 1-2). Así, ya entonces, la Iglesia, iluminada por el Espíritu Santo, comprendía cada vez mejor que la “cercanía” de Dios no es una cuestión de espacio y de tiempo, sino más bien una cuestión de amor:  el amor acerca. La próxima Navidad nos recordará esta verdad fundamental de nuestra fe y, ante el belén, podremos gustar la alegría cristiana, contemplando en Jesús recién nacido el rostro de Dios que por amor se acercó a nosotros.

A esta luz, para mí es un verdadero placer renovar la hermosa tradición de la bendición de las estatuillas del Niño Jesús que se pondrán en el belén. Me dirijo en particular a vosotros, queridos muchachos y muchachas de Roma, que habéis venido esta mañana con vuestras estatuillas del Niño Jesús, que ahora bendigo. Os invito a uniros a mí siguiendo atentamente esta oración:

Dios, Padre nuestro,
tú has amado tanto a los hombres
que nos has mandado a tu Hijo único Jesús,
nacido de la Virgen María,
para salvarnos y guiarnos de nuevo a ti.

Te pedimos que, con tu bendición,
estas imágenes de Jesús,
que está a punto de venir a nosotros,
sean en nuestros hogares
signo de tu presencia y de tu amor.

Padre bueno,
bendícenos también a nosotros,
a nuestros padres,
a nuestras familias y a nuestros amigos.

Abre nuestro corazón,
para que recibamos a Jesús con alegría,
para que hagamos siempre lo que él nos pide
y lo veamos en todos
los que necesitan nuestro amor.

Te lo pedimos en nombre de Jesús,
tu Hijo amado,
que viene para dar al mundo la paz.

Él vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.

Y ahora recemos juntos la oración del Angelus Domini, invocando la intercesión de María para que Jesús, que al nacer trae a los hombres la bendición de Dios, sea acogido con amor en todos los hogares de Roma y del mundo.

Después del Ángelus 

Al aproximarse la celebración del Nacimiento de Jesucristo, Príncipe de la paz, os invito a prepararos a esta fiesta de gozo y salvación intensificando la plegaria, avivando la alegría interior y dedicándoos a la escucha meditativa de la Palabra de Dios, para después transmitirla con sencillez a los demás. Confío esta hermosa tarea a la maternal protección de la Virgen María, tan presente en estos días en el corazón de las queridas naciones latinoamericanas bajo la advocación de Guadalupe. ¡Feliz domingo!

Homilía: ¿Por qué alegrarse?

III Domingo de Adviento (11-12-2011)
VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA “SANTA MARÍA DE LAS GRACIAS”, EN CASAL BOCCONE

Queridos hermanos y hermanas …:

Hemos escuchado la profecía de Isaías: «El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres… a proclamar un año de gracia del Señor» (Is 61, 1-2). Estas palabras, pronunciadas hace muchos siglos, resuenan muy actuales también para nosotros, hoy, mientras nos encontramos a mitad del Adviento y ya cerca de la gran solemnidad de la Navidad. Son palabras que renuevan la esperanza, preparan para acoger la salvación del Señor y anuncian la inauguración de un tiempo de gracia y de liberación.

El Adviento es precisamente tiempo de espera, de esperanza y de preparación para la visita del Señor. A este compromiso nos invitan también la figura y la predicación de Juan Bautista, como hemos escuchado en el Evangelio recién proclamado (cf. Jn 1, 6-8.19-28). Juan se retiró al desierto para llevar una vida muy austera y para invitar, también con su vida, a la gente a la conversión; confiere un bautismo de agua, un rito de penitencia único, que lo distingue de los múltiples ritos de purificación exterior de las sectas de la época. ¿Quién es, pues, este hombre? ¿Quién es Juan Bautista? Su respuesta refleja una humildad sorprendente. No es el Mesías, no es la luz. No es Elías que volvió a la tierra, ni el gran profeta esperado. Es el precursor, un simple testigo, totalmente subordinado a Aquel que anuncia; una voz en el desierto, como también hoy, en el desierto de las grandes ciudades de este mundo, de gran ausencia de Dios, necesitamos voces que simplemente nos anuncien: «Dios existe, está siempre cerca, aunque parezca ausente». Es una voz en el desierto y es un testigo de la luz; y esto nos conmueve el corazón, porque en este mundo con tantas tinieblas, tantas oscuridades, todos estamos llamados a ser testigos de la luz. Esta es precisamente la misión del tiempo de Adviento: ser testigos de la luz, y sólo podemos serlo si llevamos en nosotros la luz, si no sólo estamos seguros de que la luz existe, sino que también hemos visto un poco de luz. En la Iglesia, en la Palabra de Dios, en la celebración de los Sacramentos, en el sacramento de la Confesión, con el perdón que recibimos, en la celebración de la santa Eucaristía, donde el Señor se entrega en nuestras manos y en nuestro corazón, tocamos la luz y recibimos esta misión: ser hoy testigos de que la luz existe, llevar la luz a nuestro tiempo.

Queridos hermanos y hermanas, me alegra mucho estar en medio de vosotros, en este hermoso domingo, «Gaudete», domingo de la alegría, que nos dice: «incluso en medio de tantas dudas y dificultades, la alegría existe porque Dios existe y está con nosotros»…

«Hermanos, estad siempre alegres» (1 Ts 5, 16). Esta invitación a la alegría, dirigida por san Pablo a los cristianos de Tesalónica en aquel tiempo, caracteriza también a este domingo, llamado comúnmente «Gaudete». Esta invitación resuena desde las primeras palabras de la antífona de entrada: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. El Señor está cerca»; así escribe san Pablo desde la cárcel a los cristianos de Filipos (cf. Flp 4, 4-5) y nos lo dice también a nosotros. Sí, nos alegramos porque el Señor está cerca y dentro de pocos días, en la noche de Navidad, celebraremos el misterio de su Nacimiento. María, la primera en escuchar la invitación del ángel: «Alégrate, llena de gracia: el Señor está contigo» (Lc 1, 28), nos señala el camino para alcanzar la verdadera alegría, la que proviene de Dios. Santa María de las Gracias, Madre del Divino Amor, ruega por todos nosotros. Amén.

Ángelus: Gozosa vigilancia

Domingo Tercero de Adviento “Gaudete” (11-12-2011)

Queridos hermanos y hermanas:

Los textos litúrgicos de este período de Adviento nos renuevan la invitación a vivir a la espera de Jesús, a no dejar de esperar su venida, de tal modo que nos mantengamos en una actitud de apertura y disponibilidad al encuentro con él. La vigilancia del corazón, que el cristiano está llamado a practicar siempre en la vida de todos los días, caracteriza de modo particular este tiempo en el que nos preparamos con alegría al misterio de la Navidad (cf. Prefacio de Adviento II). El ambiente exterior propone los acostumbrados mensajes de tipo comercial, aunque quizá en tono menor a causa de la crisis económica. El cristiano está invitado a vivir el Adviento sin dejarse distraer por las luces, sino sabiendo dar el justo valor a las cosas, para fijar la mirada interior en Cristo. De hecho, si perseveramos «velando en oración y cantando su alabanza» (ib.), nuestros ojos serán capaces de reconocer en él la verdadera luz del mundo, que viene a iluminar nuestras tinieblas.

En concreto, la liturgia de este domingo, llamado Gaudete, nos invita a la alegría, a una vigilancia no triste, sino gozosa. «Gaudete in Domino semper» —escribe san Pablo—. «Alegraos siempre en el Señor» (Flp 4, 4). La verdadera alegría no es fruto del divertirse, entendido en el sentido etimológico de la palabra di-vertere, es decir, desentenderse de los compromisos de la vida y de sus responsabilidades. La verdadera alegría está vinculada a algo más profundo. Ciertamente, en los ritmos diarios, a menudo frenéticos, es importante encontrar tiempo para el descanso, para la distensión, pero la alegría verdadera está vinculada a la relación con Dios. Quien ha encontrado a Cristo en su propia vida, experimenta en el corazón una serenidad y una alegría que nadie ni ninguna situación le pueden quitar. San Agustín lo había entendido muy bien; en su búsqueda de la verdad, de la paz, de la alegría, tras haber buscado en vano en múltiples cosas, concluye con la célebre frase de que el corazón del hombre está inquieto, no encuentra serenidad y paz hasta que descansa en Dios (cf. Confesiones, I, 1, 1). La verdadera alegría no es un simple estado de ánimo pasajero, ni algo que se logra con el propio esfuerzo, sino que es un don, nace del encuentro con la persona viva de Jesús, de hacerle espacio en nosotros, de acoger al Espíritu Santo que guía nuestra vida. Es la invitación que hace el apóstol san Pablo, que dice: «Que el mismo Dios de la paz os santifique totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo se mantenga sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts 5, 23). En este tiempo de Adviento reforcemos la certeza de que el Señor ha venido en medio de nosotros y continuamente renueva su presencia de consolación, de amor y de alegría. Confiemos en él; como afirma también san Agustín, a la luz de su experiencia: el Señor está más cerca de nosotros que nosotros mismos: «interior intimo meo et superior summo meo» (Confesiones, III, 6, 11). Encomendemos nuestro camino a la Virgen Inmaculada, cuyo espíritu se llenó de alegría en Dios Salvador. Que ella guíe nuestro corazón en la espera gozosa de la venida de Jesús, una espera llena de oración y de buenas obras.

Queridos hermanos y hermanas, hoy mi primer saludo está reservado a los niños de Roma, que han venido para la tradicional bendición de los «Bambinelli», organizada por el Centro de oratorios romanos. Os doy las gracias a todos. Queridos niños, cuando recéis ante vuestro belén, acordaos también de mí, como yo me acuerdo de vosotros. Os doy las gracias y os deseo una feliz Navidad.

Congregación para el Clero

 
En esta tercera liturgia dominical del tiempo de Adviento, la figura de Juan el Bautista ocupa el centro del relato evangélico de Juan. Este hombre “enviado por Dios”, viene para “dar testimonio de la luz”. La “luz” de la cual se habla es Jesús, el Hijo de Dios, que está por entrar en el mundo y viene a quedarse en nuestro medio: el Verbo eterno que ilumina a todos los hombres, que el Padre ha enviado para “que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios” DV, n. 4).

El Señor Jesús es “más grande” que el Bautista, es aquel al que ni siquiera se sente digno de “desatarle la correa de sus sandalias”.
Aunque el Bautista “no era la luz”, él advierte en lo íntimo de su corazón que “da testimonio” de la luz,  y así llega a ser el modelo por excelencia del testigo que invita a preparar el camino del Señor. “Yo soy, dice, la voz de aquel que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor” (cfr. Jn 1, 20-23).

“Voz del que grita en el desierto, voz de quien rompe el silencio”, como afirmaba el gran San Agustín: “Preparad el camino, significa: Yo grito para introducirlo a Él en los corazones, pero Él no se digna venir adonde quiero introducirlo, si no le preparáis el camino. ¿Qué significa ‘preparad el camino’, si no pedid como se debe? ¿Qué significa ‘preparad el camino’ si no sed humildes de corazón? Tomad ejemplo del Bautista que, creyendo la gente que era el Cristo, dice que él no es el que piensan que es. Se cuida bien de aprovecharse del error de los otros para afirmarse personalmente. Y eso que, si hubiera dicho que era el Cristo, le habrían creído fácilmente, puesto que así lo pensaban aun antes de que hablara. Pero no lo dice; reconoce simplemente lo que él era. Precisó las debidas diferencias, se mantuvo en la humildad. Vio justamente dónde debía encontrar la salvación. Comprendió que no era más que una lámpara y temió que fuera apagada por el viento de la soberbia” (S. AGUSTÍN, PL 1328-1329).

Por tanto, solamente Cristo, la luz de la gracia, traerá a todos el “alegre anuncio”, inaugurará el año de la misericordia del Señor”. El Señor vestirá a todos con “el vestido de la salvación”, haciendo así “brotar la justicia” en todo el mundo (cfr. Is 61, 10-11).
En consecuencia, la actitud que cada cristiano está llamado a asumir para esperar al Señor, debe estar motivada por el espíritu de oración. Como nos recuerda San Pablo, debemos “rezar incesantemente”, para ser santificados hasta la perfección, para que podamos custodiar íntegramente toda nuestra vida, “espíritu, alma y cuerpo (…) para la venida del Señor” (1 Tes 5, 23).

En este tiempo santo, dirijamos con confianza nuestra mirada a la gruta de Belén: “en unión espiritual con la Virgen María, Nuestra Señora del Adviento, pongamos nuestra mano en la suya y entremos con alegría en este nuevo tiempo de gracia que Dios regala a su Iglesia, para el bien de toda la humanidad. Como María, y con su ayuda materna, seamos dóciles a la acción del Espíritu Santo, para que el Dios de la paz nos santifique plenamente, y la Iglesia se convierta en signo e instrumento de esperanza para todos los hombres” (Benedicto XVI, Celebración de las Primeras Vísperas del primer Domingo de Adviento, 29 de noviembre de 2008).

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