Domingo III Tiempo de Cuaresma (B) – Homilías

Lecturas (Domingo III Tiempo de Cuaresma – Ciclo B)

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-1ª Lectura: Éx 20, 1-17 : La Ley se dio por medio de Moisés.
-Salmo: Sal 18, 8-11 : R. Señor, tú tienes palabras de vida eterna.
-2ª Lectura: 1 Cor 1, 22-25 : Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres, pero, para los llamados, sabiduría de Dios.
+Evangelio: Jn 2, 13-25 : Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Agustín, obispo

Comentario: Somos las piedras vivas con las que se edifica el templo de Dios

Comentario sobre el salmo 130, nn.1-3: CCL 40, 1198-1200 – Liturgia de las Horas

Con frecuencia hemos advertido a vuestra Caridad que no hay que considerar los salmos como la voz aislada de un hombre que canta, sino como la voz de todos aquellos que están en el Cuerpo de Cristo. Y como en el Cuerpo de Cristo están todos, habla como un solo hombre, pues él es a la vez uno y muchos. Son muchos considerados aisladamente; son uno en aquel que es uno. El es también el templo de Dios, del que dice el Apóstol: El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros: todos los que creen en Cristo y creyendo, aman. Pues en esto consiste creer en Cristo: en amar a Cristo; no a la manera de los demonios, que creían, pero no amaban. Por eso, a pesar de creer, decían: ¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? Nosotros, en cambio, de tal manera creamos que, creyendo en él, le amemos y no digamos: ¿Qué tenemos nosotros contigo?, sino digamos más bien: «Te pertenecemos, tú nos has redimido».

Efectivamente, todos cuantos creen así, son como las piedras vivas con las que se edifica el templo de Dios, y como la madera incorruptible con que se construyó aquella arca que el diluvio no consiguió sumergir. Este es el templo –esto es, los mismos hombres– en que se ruega a Dios y Dios escucha. Sólo al que ora en el templo de Dios se le concede ser escuchado para la vida eterna. Y ora en el templo de Dios el que ora en la paz de la Iglesia, en la unidad del cuerpo de Cristo. Este Cuerpo de Cristo consta de una multitud de creyentes esparcidos por todo el mundo; y por eso es escuchado el que ora en el templo. Ora, pues, en espíritu y en verdad el que ora en la paz de la Iglesia, no en aquel templo que era sólo una figura.

A nivel de figura, el Señor arrojó del templo a los que en el templo buscaban su propio interés, es decir, los que iban al templo a comprar y vender. Ahora bien, si aquel templo era una figura, es evidente que también en el Cuerpo de Cristo –que es el verdadero templo del que el otro era una imagen– existe una mezcolanza de compradores y vendedores, esto es, gente que busca su interés, no el de Jesucristo.

Y puesto que los hombres son vapuleados por sus propios pecados, el Señor hizo un azote de cordeles y arrojó del templo a todos los que buscaban sus intereses, no los de Jesucristo.

Pues bien, la voz de este templo es la que resuena en el salmo. En este templo —y no en el templo material— se ruega a Dios, como os he dicho, y Dios escucha en espíritu y en verdad. Aquel templo era una sombra, figura de lo que había de venir. Por eso aquel templo se derrumbó ya. ¿Quiere decir esto que se derrumbó nuestra casa de oración? De ningún modo. Pues aquel templo que se derrumbó no pudo ser llamado casa de oración, de la que se dijo: Mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos. Y ya habéis oído lo que dice nuestro Señor Jesucristo: Escrito está: «Mi casa es casa de oración para todos los pueblos»; pero vosotros la habéis convertido en una «cueva de bandidos».

¿Acaso los que pretendieron convertir la casa de Dios en una cueva de bandidos, consiguieron destruir el templo? Del mismo modo, los que viven mal en la Iglesia católica, en cuanto de ellos depende, quieren convertir la casa de Dios en una cueva de bandidos; pero no por eso destruyen el templo. Pero llegará el día en que, con el azote trenzado con sus pecados, serán arrojados fuera. Por el contrario, este templo de Dios, este Cuerpo de Cristo, esta asamblea de fieles tiene una sola voz y como un solo hombre canta en el salmo. Esta voz la hemos oído en muchos salmos; oigámosla también en éste. Si queremos, es nuestra voz; si queremos, con el oído oímos al cantor, y con el corazón cantamos también nosotros. Pero si no queremos, seremos en aquel templo como los compradores y vendedores, es decir, como los que buscan sus propios intereses: entramos, sí, en la Iglesia, pero no para hacer lo que agrada a los ojos de Dios.

San Juan Pablo II, papa

Homilía (1979): La ira santa

VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE SAN JOSÉ EN EL BARRIO  “FORTE BOCCEA” (18-03-1979)

1. «La casa de mi Padre».

Hoy Cristo pronuncia estas palabras en el umbral del templo de Jerusalén.

Se presenta sobre este umbral para “reivindicar” frente a los hombres la casa de su Padre, para reclamar sus derechos sobre esta casa. Los hombres hicieron de ella una plaza de mercado. Cristo los reprende severamente; se pone decididamente contra tales desviaciones. El celo por la casa de Dios lo devora (cf. Jn 2, 17), por esto El no duda en exponerse a la malevolencia de los ancianos del pueblo judío y de todos los que son responsables de lo que se ha hecho contra la casa de su Padre, contra el templo.

Es memorable este acontecimiento. Memorable la escena. Cristo, con las palabras de su ira santa, ha inscrito profundamente en la tradición de la Iglesia la ley de la santidad de la casa de Dios. Pronunciando esas palabras misteriosas que se referían al templo de su cuerpo: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 19), Jesús ha consagrado de una sola vez todos los templos del Pueblo de Dios. Estas palabras adquieren una riqueza de significado totalmente particular en el tiempo de Cuaresma cuando, meditando la pasión de Cristo y su muerte —destrucción del templo de su cuerpo—, nos preparamos a la solemnidad de la Pascua, esto es, al momento en que Jesús se nos revelará todavía en el templo mismo de su cuerpo, levantado de nuevo por el poder de Dios, que quiere construir en él, de generación en generación, el edificio espiritual de la nueva fe, esperanza y caridad…

[…]  4. La casa es la morada del hombre. Es una condición necesaria para que el hombre pueda venir al mundo, crecer, desarrollarse, para que pueda trabajar, educar, y educarse, para que los hombres puedan constituir esa unión más profunda y más fundamental que se llama “familia”.

Se construyen las casas para las familias. Después, las mismas familias se construyen en las casas sobre la verdad y el amor. El fundamento primero de esta construcción es la alianza matrimonial, que se expresa en las palabras del sacramento con las que el esposo y la esposa se prometen recíprocamente la unión, el amor, la fidelidad conyugal. Sobre este fundamento se apoya ese edificio espiritual, cuya construcción no puede cesar nunca. Los cónyuges, como padres, deben aplicar constantemente a la propia vida de constructores sabios, la medida de la unión, del amor, de la honestidad y de la fidelidad matrimonial. Deben renovar cada día esa promesa en sus corazones y a veces recordarla también con las palabras. Hoy, con ocasión de esta visita pastoral, yo les invito a hacerlo de modo particular, porque la visita pastoral debe servir para la renovación de ese templo que formamos todos en Cristo crucificado y resucitado. San Pablo dice que Cristo es “poder y sabiduría de Dios” (1 Cor 1, 24). Sea El vuestro poder y vuestra sabiduría, queridos esposos y padres. Lo sea para todas las familias de esta parroquia. ¡No os privéis de este poder y de esta sabiduría! Consolidaos en ellos. Educad en ellos a vuestros hijos y no permitáis que este poder y esta sabiduría, que es Cristo, les sea quitado un día. Por ningún ambiente y por ninguna institución. No permitáis que alguien pueda destruir ese “templo” que vosotros construís en vuestros hijos. Este es vuestro deber, pero éste es también vuestro sacrosanto derecho. Y es un derecho que nadie puede violar sin cometer una arbitrariedad.

5. La familia está construida sobre la sabiduría y el poder del mismo Cristo, porque se apoya sobre un sacramento. Y está construida también y se construye constantemente sobre la ley divina, que no puede ser sustituida en modo alguno por cualquier otra ley. ¿Acaso puede un legislador humano abolir los mandamientos que nos recuerda hoy la lectura del Libro del Éxodo: «No matar, no cometer adulterio, no robar, no decir falsos testimonios» (Ex 20, 13-16)? Todos sabemos de memoria el Decálogo. Los diez mandamientos constituyen la concatenación necesaria de la vida humana personal, familiar, social. Si falta esta concatenación, la vida del hombre se hace inhumana. Por esto el deber fundamental de la familia, y después de la escuela, y de todas las instituciones, es la educación y consolidación de la vida humana sobre el fundamento de esta ley, que a nadie es lícito violar.

Así estamos construyendo con Cristo el templo de la vida humana, en el que habita Dios. Construyamos en nosotros la casa del Padre. Que el celo por la construcción de esta casa constituya el núcleo de la vida de todos nosotros aquí presentes…

Ángelus (1997): Vendedores del templo de nuestra época

02-03-1997

1. En el evangelio de este tercer domingo de Cuaresma,  san Juan relata que Jesús, al encontrar en el templo de Jerusalén a vendedores y cambistas, hizo un azote de cordeles y los arrojó con palabras encendidas: «¡Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre!» (Jn 2, 16).

La actitud «severa» del Señor parecería estar en contraste con la mansedumbre habitual con la que se acerca a los pecadores, cura a los enfermos, acoge a los pequeños y a los débiles. Sin embargo, observando con atención, la mansedumbre y la severidad son expresiones del mismo amor, que sabe ser, según la necesidad, tierno y exigente. El amor auténtico va acompañado siempre por la verdad.

Ciertamente, el celo y el amor de Jesús a la casa del Padre no se limitan a un templo de piedra. El mundo entero pertenece a Dios, y no se ha de profanar. Con el gesto profético que nos refiere el texto evangélico de hoy, Cristo nos pone en guardia contra la tentación de «comerciar» incluso con la religión, supeditándola a intereses mundanos o, de cualquier modo, ajenos a ella.

Cristo alza su voz también contra los «vendedores del templo» de nuestra época, es decir, contra cuantos convierten el mercado en su «religión» hasta ofender, en nombre del «dios-poder y del dios-dinero», la dignidad de la persona humana con abusos de todo tipo. Pensemos, por ejemplo, en la falta de respeto a la vida, hecha objeto a veces de peligrosos experimentos; pensemos en la contaminación ecológica, la comercialización del sexo, el tráfico de drogas y la explotación de los pobres y los niños.

2. La página evangélica también tiene un significado más específico, que remite al misterio de Cristo y anuncia la alegría de la Pascua. Respondiendo a quienes le pedían que confirmara con un «signo» su profecía, Jesús lanza una especie de desafío: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 19). El mismo evangelista advierte que hablaba de su cuerpo, aludiendo a su futura resurrección. Así, la humanidad de Cristo se presenta como el verdadero «templo», la casa viva de Dios. Será «destruida» en el Gólgota, pero inmediatamente volverá a ser «reconstruida» en la gloria, para transformarse en morada espiritual de cuantos acogen el mensaje evangélico y se dejan plasmar por el Espíritu de Dios.

3. Que la Virgen nos ayude a acoger las palabras de su Hijo divino. La misión de María consiste, precisamente, en llevarnos a él, repitiéndonos la invitación que hizo a los sirvientes en Caná: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). Escuchemos su voz materna. María sabe bien que las exigencias del Evangelio, incluso cuando son pesadas y duras, constituyen el secreto de la verdadera libertad y de nuestra felicidad auténtica.

Homilía (1997): La Resurrección

MISA EN LA PARROQUIA ROMANA DE SAN JULIANO MÁRTIR (02-03-1997)

1. «Señor, tú tienes palabras de vida eterna» (cf. Jn 6, 68).

El Salmo responsorial que acabamos de proclamar nos lleva al corazón del mensaje de la liturgia de hoy. El poder de la Palabra divina se manifestó por primera vez en la creación del mundo, cuando Dios dijo: «Fiat» (cf. Gn 1, 3), llamando a la existencia a todas las criaturas. Pero las lecturas bíblicas de este tercer domingo de Cuaresma destacan otra dimensión del poder de la Palabra de Dios: la que se refiere al orden moral.

Dios entregó al pueblo elegido el Decálogo en el monte Sinaí, montaña que reviste singular valor simbólico en la historia de la salvación. Precisamente por esto, con ocasión del gran jubileo de año 2000, se ha propuesto un encuentro en ese monte (cf. Tertio millennio adveniente, 53). La primera lectura de hoy, tomada del libro del Éxodo, desarrolla de modo particular los primeros tres mandamientos dados a Israel, esto es, los de la que se suele llamar «primera tabla»: «Yo soy el Señor, tu Dios (…). No tendrás otros dioses frente a mí (…). No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso (…). Fíjate en el sábado para santificarlo » (Ex20, 2.7-8).

2. Es fundamental el primer mandamiento, en el que se afirma solemnemente la unicidad de Dios: no hay otras divinidades, además de él. En la ley dada a Moisés, se manifiesta el Dios invisible, que ninguna imagen realizada por las manos del hombre puede representar dignamente. Con la encarnación del Verbo, Dios se hizo hombre, y así el Dios invisible se hizo visible y, desde ese momento, la humanidad puede contemplar su gloria. La cuestión de la representación artística de Dios fue examinada detenidamente en el segundo concilio de Nicea, y se aclaró entonces que, dado que el Dios invisible se había hecho hombre en la Encarnación, su reproducción artística era legítima para los cristianos.

Al primer mandamiento está muy unido el segundo, que no sólo quiere condenar el abuso del nombre de Dios, sino que también tiene como finalidad advertir que no se siga la idolatría difundida en las religiones paganas.

De la misma forma, por lo que concierne al tercer mandamiento: «Fíjate en el sábado para santificarlo» (Ex 20, 8), la normativa es detallada y se remonta al modelo originario del descanso, del que dio ejemplo Dios al término de la creación.

En cambio, se describen de manera sintética los mandamientos de la que se suele llamar «segunda tabla».

3. «Señor, tú tienes palabras de vida eterna». Las palabras que Dios pronuncia en el Antiguo Testamento encuentran pleno cumplimiento en Cristo, Palabra de Dios encarnada. En la antigua alianza, el poder creador de Dios en el ámbito moral se expresó en el Decálogo; en la nueva alianza, en cambio, Cristo es la actuación plena de ese poder; por tanto, no es una ley escrita, sino la persona misma del Salvador.

Se trata de una verdad que san Pablo expresa con eficacia al escribir a los Gálatas y a los Romanos: a la justificación mediante la observancia de la ley contrapone la justificación mediante la fe en Cristo. Hoy, en cambio, en la segunda lectura, tomada de la primera carta a los Corintios, leemos estas palabras: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos; pero para los llamados a Cristo —judíos o griegos— fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Co 1, 22-24).

El poder y la sabiduría que Dios manifestó al crear el mundo y al hombre, hecho «a su imagen y semejanza» (cf. Gn 1, 26), se expresan plenamente en el orden moral. Por tanto, está al servicio del bien del hombre y de la sociedad humana. Esto lo confirma el Nuevo Testamento que determina con claridad el papel de la moral al servicio de la salvación eterna del hombre.

Precisamente por esto, en la aclamación antes del Evangelio acabamos de proclamar las palabras que Jesús pronunció en el diálogo con Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único. Todo el que cree en él, tiene vida eterna» (Jn 3, 16). No sólo los mandamientos, sino sobre todo el Verbo eterno, que se hizo hombre, es la fuente de la vida eterna.

[…]

5. «Él hablaba del templo de su cuerpo» (Jn 2, 21).

En el evangelio hemos releído el episodio de la expulsión de los vendedores del templo. La descripción de san Juan es viva y elocuente: por una parte está Jesús que, «haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes» (Jn 2, 14-15), y por otra están los judíos, en particular los fariseos. El contraste es fuerte, hasta el punto de que algunos de los presentes preguntan a Jesús: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» (Jn 2, 18).

«Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 19), responde Cristo. La gente replica: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» (Jn 2, 20). No habían comprendido —anota san Juan— que el Señor estaba hablando del templo vivo de su cuerpo que, durante los acontecimientos pascuales, sería destruido con la muerte en la cruz, pero que resucitaría al tercer día. «Y cuando resucitó de entre los muertos —escribe el evangelista—, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús» (Jn 2, 22).

El acontecimiento pascual da significado auténtico a todos los elementos presentes en las lecturas de hoy. En la Pascua se revela plenamente el poder del Verbo encarnado, poder del Hijo eterno de Dios, que se hizo hombre por nosotros y por nuestra salvación.

«Señor, tú tienes palabras de vida eterna».

Creemos que tú eres verdaderamente el Hijo de Dios.

Y te damos gracias por habernos hecho partícipes de tu misma vida divina.

Amén.

Benedicto XVI, papa

Homilía (2006): Crucificado y Resucitado

CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA PARA LOS TRABAJADORES EN LA FIESTA DE SAN JOSÉ (19-03-2006)

Hemos escuchado juntos una famosa y bella página del libro del Éxodo, en la que el autor sagrado narra la entrega del Decálogo a Israel por parte de Dios. Un detalle llama enseguida la atención:  la enumeración de los diez mandamientos se introduce con una significativa referencia a la liberación del pueblo de Israel. Dice el texto:  “Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud” (Ex 20, 2). Por tanto, el Decálogo quiere ser una confirmación de la libertad conquistada. En efecto, los mandamientos, si se analizan en profundidad, son el instrumento que el Señor nos da para defender nuestra libertad tanto de los condicionamientos internos de las pasiones como de los abusos externos de los maliciosos. Los “no” de los mandamientos son otros tantos “sí” al crecimiento de una libertad auténtica. Conviene subrayar también una segunda dimensión del Decálogo:  con la Ley dada por medio de Moisés el Señor revela que quiere establecer con Israel una alianza. Por consiguiente, la Ley, más que una imposición, es un don. Más que mandar lo que el hombre debe hacer, quiere manifestar a todos la elección de Dios:  él está de parte del pueblo elegido; lo liberó de la esclavitud y lo rodeó con su bondad misericordiosa. El Decálogo es testimonio de un amor de predilección.

La liturgia de hoy nos ofrece un segundo mensaje:  la Ley mosaica se cumplió plenamente en Jesús, que reveló la sabiduría y el amor de Dios mediante el misterio de la cruz, “escándalo para los judíos, necedad para los griegos —como nos dice san Pablo en la segunda lectura—; pero para los llamados (…), judíos o griegos, fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Co 1, 23-24). Precisamente a este misterio se refiere la página evangélica que se acaba de proclamar:  Jesús expulsa del templo a los vendedores y a los cambistas. El evangelista ofrece la clave de lectura de este significativo episodio en el versículo de un salmo:  “El celo por tu casa me devora” (cf. Sal 69, 10). A Jesús lo “devora” este “celo” por la “casa de Dios”, utilizada con un fin diferente de aquel para el que estaba destinada. Ante la petición de los responsables religiosos, que pretenden un signo de su autoridad, en medio del asombro de los presentes, afirma:  “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (Jn 2, 19). Palabras misteriosas, incomprensibles en aquel momento, pero que san Juan vuelve a formular para sus lectores cristianos, observando:  “Él hablaba del templo de su cuerpo” (Jn2, 21).
Sus adversarios destruirán este “templo”, pero él, al cabo de tres días, lo reconstruirá mediante la resurrección. La muerte dolorosa y “escandalosa” de Cristo se coronará con el triunfo de su gloriosa resurrección. Mientras en este tiempo cuaresmal nos preparamos para revivir en el triduo pascual este acontecimiento central de nuestra salvación, contemplamos al Crucificado vislumbrando ya en él el resplandor del Resucitado.

Queridos hermanos y hermanas, esta celebración eucarística, que a la meditación de los textos litúrgicos del tercer domingo de Cuaresma une el recuerdo de san José, nos ofrece la oportunidad de considerar, a la luz del misterio pascual, otro aspecto importante de la existencia humana. Me refiero a la realidad del trabajo, que hoy está en el centro de cambios rápidos y complejos. En numerosas páginas la Biblia muestra cómo el trabajo pertenece a la condición originaria del hombre. Cuando el Creador plasmó al hombre a su imagen y semejanza, lo invitó a trabajar la tierra (cf. Gn 2, 5-6). A causa del pecado de nuestros primeros padres, el trabajo se transformó en fatiga y sudor (cf. Gn 3, 6-8), pero el proyecto divino mantiene inalterado su valor. El  mismo  Hijo de Dios, haciéndose semejante en todo a nosotros, se dedicó durante muchos años a actividades manuales, hasta el punto de que lo conocían como el “hijo del carpintero” (cf. Mt 13, 55). La Iglesia ha mostrado siempre, especialmente durante el último siglo, interés y solicitud por este ámbito de la sociedad, como testimonian las numerosas intervenciones sociales del Magisterio y la acción de múltiples asociaciones de inspiración cristiana, algunas de las cuales han venido hoy aquí a representar a todo el mundo de los trabajadores. Me alegra acogeros, queridos amigos, y os dirijo a cada uno mi cordial saludo. Saludo en particular a monseñor Arrigo Miglio, obispo de Ivrea y presidente de la Comisión episcopal italiana para los problemas sociales y el trabajo, la justicia y la paz, que se ha hecho intérprete de los sentimientos comunes y me ha dirigido amables palabras de felicitación por mi fiesta onomástica. Se las agradezco vivamente.

El trabajo reviste una importancia primaria para la realización del hombre y el desarrollo de la sociedad, y por eso es preciso que se organice y desarrolle siempre en el pleno respeto de la dignidad humana y al servicio del bien común. Al mismo tiempo, es indispensable que el hombre no se deje dominar por el trabajo, que no lo idolatre, pretendiendo encontrar en él el sentido último y definitivo de la vida. Al respecto, es oportuna la invitación de la primera lectura:  “Fíjate en el sábado para santificarlo. Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso dedicado al Señor, tu Dios” (Ex 20, 8-9). El sábado es día santificado, es decir, consagrado a Dios, en el que el hombre comprende mejor el sentido de su existencia y también de la actividad laboral. Por tanto, se puede afirmar que la enseñanza bíblica sobre el trabajo culmina en el mandamiento del descanso. Al respecto, el Compendio de la doctrina social de la Iglesia observa oportunamente:  “El descanso abre al hombre, sujeto a la necesidad del trabajo, la perspectiva de una libertad más plena, la del sábado eterno (cf. Hb 4, 9-10). El descanso permite a los hombres recordar y revivir las obras de Dios, desde la creación hasta la Redención, reconocerse a sí mismos como obra suya (cf. Ef 2, 10), y dar gracias por su vida y su subsistencia a él, que de ellas es el Autor” (n. 258).

La actividad laboral debe contribuir al verdadero bien de la humanidad, permitiendo “al hombre individual y socialmente cultivar y realizar plenamente su vocación” (Gaudium et spes, 35). Para que esto suceda no basta la preparación técnica y profesional, por lo demás necesaria; ni siquiera es suficiente la creación de un orden social justo y atento al bien de todos. Es preciso vivir una espiritualidad que ayude a los creyentes a santificarse a través de su trabajo, imitando a san José, que cada día debió proveer con sus manos a las necesidades de la Sagrada Familia, y por eso la Iglesia lo propone como patrono de los trabajadores. Su testimonio muestra que el hombre es sujeto y protagonista del trabajo. Quisiera encomendarle a él a los jóvenes que con esfuerzo logran insertarse en el mundo del trabajo, a los desempleados y a todos los que sufren las dificultades debidas a la crisis laboral generalizada. Que junto con María, su esposa, san José vele sobre todos los trabajadores y obtenga serenidad y paz para las familias y para toda la humanidad. Que al contemplar a este gran santo, los cristianos aprendan a testimoniar en todos los ámbitos laborales el amor de Cristo, manantial de solidaridad verdadera y de paz estable. Amén.

Homilía (2000): La Resurrección, signo de fidelidad

MISA EN LA BASÍLICA DEL SANTO SEPULCRO DE JERUSALÉN (26-03-2000)

3. “Destruid este templo y en tres días lo levantaré” (Jn 2, 19).

El evangelista san Juan nos narra que, después  de la resurrección de Jesús de entre los muertos, los discípulos recordaron estas palabras y creyeron (cf. Jn 2, 22). Jesús las pronunció a fin de que fueran un signo para sus discípulos. Cuando fue al templo con sus discípulos, expulsó a los cambistas y a los vendedores del lugar santo (cf. Jn 2, 15). En el momento en que los presentes protestaron, preguntándole:  “¿Qué señal nos muestras para obrar así?”, Jesús les replicó:  “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”. El evangelista anota que “él hablaba del templo de su cuerpo” (Jn 2, 18-21).

La profecía encerrada en las palabras de Jesús se cumplió en la Pascua, cuando “al tercer día resucitó de entre los muertos”. La resurrección de nuestro Señor Jesucristo es el signo de que el Padre eterno es fiel a su promesa y hace nacer nueva vida de la muerte:  “la resurrección del cuerpo y la vida eterna”. El misterio se refleja claramente en esta antigua iglesia de laAnástasis, que contiene tanto el sepulcro vacío, signo de la Resurrección, como el Gólgota, lugar de la crucifixión. La buena nueva de la Resurrección no puede separarse nunca del misterio de la cruz. San Pablo nos lo dice en la segunda lectura de hoy:  “Nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Co 1, 23). Cristo, que se ofreció a sí mismo como sacrificio vespertino en el altar de la cruz (cf. Sal 141, 2), se revela ahora como “fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Co 1, 24). Y en su resurrección, los hijos y las hijas de Adán han sido hechos partícipes de su vida divina, que tenía desde toda la eternidad, con el Padre, en el Espíritu Santo.

4. […] Mediante el Decálogo y la ley moral inscrita en el corazón del hombre (cf. Rm 2, 15), Dios desafía radicalmente la libertad de cada hombre y cada mujer. Responder a la voz de Dios que resuena en lo más profundo de nuestra conciencia y elegir el bien es  la  opción  más sublime de la libertad humana. Equivale, realmente, a elegir entre la vida y la muerte (cf. Dt 30, 15). Caminando por la senda de la Alianza con Dios santísimo, el pueblo se convierte en heraldo y testigo de la promesa, la promesa de una auténtica liberación y de la plenitud de vida.

La resurrección de Jesús es el sello definitivo de todas las promesas de Dios, el lugar de nacimiento de una humanidad nueva y resucitada, la prenda de una historia caracterizada por los dones mesiánicos de paz y alegría espiritual. En el alba de un nuevo milenio, loscristianos pueden y deben mirar al futuro con firme confianza en el poder glorioso del Resucitado de renovar todas las cosas (cf. Ap 21, 5). Él es el único que libra a toda la creación de la servidumbre de la corrupción (cf. Rm 8, 20). Con su resurrección, abre el camino al gran descanso del sabbath, el octavo día, cuando la peregrinación de la humanidad llegue a su fin y Dios sea todo en todos (cf. 1 Co 15, 28).

Aquí, en el Santo Sepulcro y en el Gólgota, a la vez que renovamos nuestra profesión de fe en el Señor resucitado, ¿podemos dudar de que con el poder del Espíritu de vida recibiremos la fuerza para superar nuestras divisiones y trabajar juntos a fin de construir un futuro de reconciliación, unidad y paz? Aquí, como en ningún otro lugar de la tierra, oímos una vez más al Señor que dice a sus discípulos:  “¡Ánimo!:  yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

6. “Mors et vita duello conflixere mirando; dux vitae mortuus, regnat vivus”.

El Señor resucitado, resplandeciente por la gloria del Espíritu, es la Cabeza de la Iglesia, su Cuerpo místico. Él la sostiene en su misión de proclamar el Evangelio de la salvación a los hombres y mujeres de cada generación, hasta que vuelva en la gloria.

En este lugar, donde se dio a conocer la Resurrección primero a las mujeres y luego a los Apóstoles, invito a todos los miembros de la Iglesia a renovar su obediencia al mandato del Señor de anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra. En el alba de un nuevo milenio es muy necesario proclamar desde los tejados la buena nueva de que “tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). “Señor, (…) tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Hoy, como indigno Sucesor de Pedro, deseo repetir estas palabras mientras celebramos el sacrificio eucarístico en este lugar, el más santo de la tierra. Con toda la humanidad redimida, hago mías las palabras que Pedro, el pescador, dirigió a Cristo, Hijo del Dios vivo:  “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.
Christós anésti.

¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad, ha resucitado! Amén.

Ángelus (2012): Nuevo culto y nuevo Templo

Plaza de San Pedro (11-03-2012)

El Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma refiere, en la redacción de san Juan, el célebre episodio en el que Jesús expulsa del templo de Jerusalén a los vendedores de animales y a los cambistas (cf. Jn 2, 13-25). El hecho, recogido por todos los evangelistas, tuvo lugar en la proximidad de la fiesta de la Pascua y suscitó gran impresión tanto entre la multitud como entre sus discípulos. ¿Cómo debemos interpretar este gesto de Jesús? En primer lugar, hay que señalar que no provocó ninguna represión de los guardianes del orden público, porque lo vieron como una típica acción profética: de hecho, los profetas, en nombre de Dios, con frecuencia denunciaban los abusos, y a veces lo hacían con gestos simbólicos. El problema, en todo caso, era su autoridad. Por eso los judíos le preguntaron a Jesús: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» (Jn 2, 18); demuéstranos que actúas verdaderamente en nombre de Dios.

La expulsión de los mercaderes del templo también se ha interpretado en sentido político revolucionario, colocando a Jesús en la línea del movimiento de los zelotes. Estos, de hecho, eran «celosos» de la ley de Dios y estaban dispuestos a usar la violencia para hacer que se cumpliera. En tiempos de Jesús esperaban a un mesías que liberase a Israel del dominio de los romanos. Pero Jesús decepcionó estas expectativas, por lo que algunos discípulos lo abandonaron, y Judas Iscariote incluso lo traicionó. En realidad, es imposible interpretar a Jesús como violento: la violencia es contraria al reino de Dios, es un instrumento del anticristo. La violencia nunca sirve a la humanidad, más aún, la deshumaniza.

Escuchemos entonces las palabras que Jesús dijo al realizar ese gesto: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre» (Jn 2, 16). Sus discípulos se acordaron entonces de lo que está escrito en un Salmo: «El celo de tu casa me devora» (69, 10). Este Salmo es una invocación de ayuda en una situación de extremo peligro a causa del odio de los enemigos: la situación que Jesús vivirá en su pasión. El celo por el Padre y por su casa lo llevará hasta la cruz: el suyo es el celo del amor que paga en carne propia, no el que querría servir a Dios mediante la violencia. De hecho, el «signo» que Jesús dará como prueba de su autoridad será precisamente su muerte y resurrección. «Destruid este templo —dijo—, y en tres días lo levantaré». Y san Juan observa: «Él hablaba del templo de su cuerpo» (Jn 2, 19. 21). Con la Pascua de Jesús se inicia un nuevo culto, el culto del amor, y un nuevo templo que es él mismo, Cristo resucitado, por el cual cada creyente puede adorar a Dios Padre «en espíritu y verdad» (Jn 4, 23). Queridos amigos, el Espíritu Santo comenzó a construir este nuevo templo en el seno de la Virgen María. Por su intercesión, pidamos que cada cristiano sea piedra viva de este edificio espiritual.

Congregación para el Clero

«Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén» (Jn 2,13). San Juan, a diferencia de los otros evangelistas, coloca este relato al comienzo de su Evangelio, en la primera de las tres fiestas pascuales, en las cuales está documentada la participación del Señor.

Todo lo que Él, con su pasión, muerte y resurrección realizó en la tercera y definitiva Pascua, aquí se encuentra como anticipado y prefigurado.

 Ante todo, el hecho: Jesús expulsa a los vendedores y a los cambistas de la Casa de su Padre (Jn 2,14-16). En esta ocasión, Jesús no solamente advierte, sino que interviene con todo su ser, así como nos va a salvar no con una doctrina, sino entregándose a Sí mismo en la Cruz.

Si el relato nos resulta familiar, por cierto clima ideológico que caracteriza a nuestro tiempo tendemos a ver enseguida sus consecuencias “morales”, sobre todo en relación con la Iglesia. No obstante, se olvida que la Iglesia es “ya” el Templo destruido por los hombres y resucitado por Cristo en tres días; es ya “el lugar donde Dios “llega” a nosotros y desde donde nosotros “partimos” hacia Él”, como recientemente ha enseñado el Santo Padre Benedicto XVI (Homilía en la Solemnidad de la Cátedra de San Pedro, 19 febrero 2012).

Sea lo que fuere que hagan los hombres que forman el cuerpo –siempre llamados a la conversión, especialmente en este tiempo de Cuaresma-, la Iglesia sigue siendo el lugar donde Dios nos reúne; lugar de la presencia de Cristo en la historia, como lo será hasta la consumación de los tiempos. Por esto es que se la debe amar profundamente y mirarla por lo que Ella es: Templo de la misericordia y de la condescendencia de Dios, en el cual hay lugar para los pecadores, hay lugar para cada uno de nosotros.

El gesto realizado por Cristo es mucho más que “moralizante”. Él no pretende quitar del templo lo material, como el comercio de los animales para el sacrificio y la mesa de los cambistas, como si fueran cosas “indignas” de Dios. Si pensáramos así olvidaríamos que quien purifica el templo es íntegramente hombre e íntegramente Dios; que, a partir de Cristo, no sólo lo “material” se hace compatible con lo divino, sino que, aún más, es el instrumento mismo a través del cual se alcanza lo Divino. Es algo muy distinto de la búsqueda de una pureza o una purificación ritual.

Cristo, más bien, vuelve a Israel –y, por tanto, a nuestra humanidad- a su verdadera vocación. ¿Cómo? Ante todo, llamando al templo, corazón del pueblo de Israel, a su verdad. Los bancos de los vendedores, en efecto, ocupaban el Patio de los Gentiles, lugar al que podían acceder también los que no-hebreos, que así eran invitados a adorar al único verdadero Dios. Cristo reabre ese espacio, y con él todo el templo, a su verdad de lugar en el cual “Dios quiere encontrar” al hombre: no sólo los sacrificios de los hombres, sino aquello de lo cual los sacrificios eran signos: el corazón mismo del hombre.

Él llama al hombre –a todo el hombre y a todos los hombres- al encuentro con Él, y comienza a hacerlo por medio del pequeño pueblo que había elegido, Israel.

Cristo, por esto, no es un revolucionario político –como algunos han sostenido en el siglo pasado- ni un asceta que llama a una especie de mortificación de uno mismo.

Él es el Redentor, que ha venido para iluminar al hombre con la Luz de la Verdad, para purificar el templo, para reabrir la razón al horizonte grande de Dios. Él es la Verdad que, crucificada el Viernes Santo, veremos esplendorosa el día de Pascua y que nos acoge en el el nuevo Templo de su Cuerpo. Por esto, «mientras los judíos piden signos y los griegos buscan la sabiduría, nosotros predicamos a Cristo Crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los paganos; pero para aquellos que son llamados (…), fuerza de Dios y sabiduría de Dios » (1Cor 1,23-24).

A la Santísima Virgen María, a su libre humanidad, inteligente, consciente y transparente a la Luz de Dios, a Ella que es Mediadora de todas las gracias, pidámosle tomarnos en serio la llamada de Dios, y liberando el “patio” de nuestra razón, que lleguemos a estar realmente abiertos a Dios y a los hombres. Amén.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo III: Tiempo de Cuaresma

Antífonas y oraciones

Entrada: «Tengo los ojos puestos en el Señor, porque Él saca mis pies de la red. Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí, que estoy solo y afligido» (Sal 24,15-16). O  bien: «Cuando os haga ver mi santidad, os reuniré de todos los países; derramaré sobre vosotros un agua pura, que os purificará; de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar. Y os infundiré un espíritu nuevo» (Ez 36,23-26)

Colecta (del Gelasiano): «Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hun-didos bajo el peso de nuestras culpas».

Ofertorio (del misal anterior y, antes, del Gelasiano y Gregoriano): «Te pedimos, Señor, que la celebración de esta eucaristía perdone nuestras deudas y nos ayude a perdonar a nuestros deudores».

Comunión: «El que beba del agua que yo le daré –dice el Señor– no tendrá más sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,13-14). O bien: «Hasta el gorrión ha encontrado una casa y la golondrina un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa alabándote por siempre» (Sal 83,4-5).

Postcomunión (del Veronense): «Alimentados ya en la tierra con el pan del cielo, prenda de eterna salvación, te suplicamos, Señor, que se haga realidad en nuestra vida futura lo que hemos recibido en este sacramento».

Liturgia de la Palabra

No podemos reducir nuestra celebración cuaresmal en una meras prácticas devocionales. «No todo el que dice: “Señor, Señor” entrará en el Reino de los Cielos» (Mt 7,21). Hemos de identificar nuestra voluntad con la de Dios. A esto deben conducirnos nuestras prácticas cuaresmales. La fidelidad filial con que Jesucristo cumplió la voluntad del Padre, hasta el sacrificio real de su vida, su actitud de obediencia incondicional, constituyen el ejemplo de vida impresionante que debemos imitar, como discípulos suyos.

Éxodo 20,1-17: La ley fue dada por Moisés. Dios se eligió un pueblo para realizar con él una alianza de amor y salvación. La ley mosaica fue la manifestación paternal de su amor, en forma de mandatos divinos que dignificasen la vida de sus hijos. Son diez los preceptos, pero se reducen a dos, como dice San Agustín:

«Has de amar a Dios con todo tu ser, porque es mejor que tú, y al prójimo como a ti mismo, porque es lo que eres tú. Los preceptos son dos, por tanto: “ama a Dios” y “ama al prójimo”; tres en cambio los objetos del amor… pues no se diría “y al prójimo como a ti mismo”, si no te amas a ti mismo.

«Si son tres los objetos del amor, ¿por qué, pues, son dos los preceptos? ¿Por qué? Escuchadle. Dios no consideró necesario exhortarte a amarte a ti mismo, pues no hay nadie que no se ame a sí mismo. Mas, puesto que muchos van a la perdición por amarse mal, diciéndote que ames a tu Dios con todo tu ser, se te dio al mismo tiempo la norma de cómo has de amarte a ti mismo. ¿Quieres amarte a ti mismo? Para que no te pierdas en ti mismo, ama a Dios con todo tu ser, pues en Él te encontrarás a ti» (Sermón 179 A, 3-4).

–Con el Salmo 18 decimos: «La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos».

1 Corintios 1,22-25: Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres, pero sabiduría de Dios para los llamados. Jesús no vino a abrogar la ley, sino a perfeccionarla con el amor (Mt 5,17). El misterio de la Cruz es la mejor prueba de su amor total al Padre y a los hombres, sus hermanos. San Agustín dice:

«Los sabios de este mundo nos insultan a propósito de la Cruz de Cristo y dicen: “¿Qué corazón tenéis que adoráis a un Dios crucificado?” “¿Qué corazón tenemos?”… Ciertamente, no el vuestro. La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. No tenemos, pues, un corazón como el vuestro. Decid lo que queráis. Vosotros no podéis ver a Jesús, porque os avergonzáis de subir al árbol, como hizo Zaqueo; suba el humilde a la Cruz… y, para no avergonzarte de la Cruz de Cristo, ponla en tu frente…» (Sermón 174,3).

Juan 2,13-25: Destruid este templo y en tres días lo levantaré. Jesús hubo de enfrentarse personalmente con el fariseísmo puritano, que trataba de conjugar la piedad legalista con sus propios intereses egoístas y materiales. Comenta San Agustín:

«¿Para qué quiso Salomón que el templo fuese levantado? Para que fuese prefiguración del cuerpo de Cristo. Aquel templo era una sombra; llegó la luz y ahuyentó la sombra. Busca ahora el templo construido por Salomón y encontrarás las ruinas. ¿Por qué se convirtió en ruinas aquel templo? Porque se cumplió lo que él simbolizaba.

«El verdadero templo, que es el cuerpo del Señor, se derrumbó; pero luego se levantó, y de tal manera que en modo alguno podrá derrumbarse de nuevo. “Destruid este templo y yo lo levantaré en tres días”, había dicho el Señor respecto a su cuerpo. Así pues, el templo de Dios es el cuerpo de Cristo… Quien dijo: “vuestros cuerpos son miembros de Cristo”, ¿qué otra cosa mostró sino que nuestros cuerpos y nuestra Cabeza, que es  Cristo, constituyen en conjunto el único templo de Dios?» (Sermón 217).

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

El signo del templo

El evangelio nos presenta a Jesús como el nuevo templo, destruido en la cruz y reconstruido a los tres días. De este templo manará para nosotros el agua vivificante del Espíritu (cfr. Jn 19,34). En este templo estamos llamados a morar, a permanecer (Jn 15,4), lo mismo que Él mora en el seno del Padre (Jn 1,18). De este templo formamos parte como piedras vivas (1Pe 2,5) por el bautismo. Este templo destruido y reconstruido es el signo que Dios nos da en esta cuaresma para que creamos en Él.

Jesús aparece también empleando la violencia. Este texto nos presenta un Jesús intransigente contra el mal. El mismo Jesús que vemos lleno de ternura y amor hacia los pecadores (cfr. Jn 8,1-11) hasta dar la vida por ellos (Jn 15,13) es el que aquí contemplamos actuando enérgicamente contra el mal. El mismo y único Cristo. Nos corrobora así la postura que ya manifestaba en el primer domingo luchando contra Satanás. Jesús no pacta con el mal. Lo vemos devorado por el celo de la casa de Dios, del templo. El mismo celo que debe encendernos a nosotros en la lucha contra el mal. El mismo celo que debe devorarnos por la santidad de la casa de Dios que es la Iglesia. El mismo celo que debe hacernos arder en esta Cuaresma por la purificación del templo que somos nosotros mismos.

Pero la lucha contra el mal es sobre todo una opción positiva, una adhesión al bien, al Bien que es Dios mismo. La cuaresma es una oportunidad de gracia para renovar nuestra vivencia de los mandamientos. Para renovar, mediante el cumplimiento fiel de los mandamientos, nuestra pertenencia al Señor que nos ha sacado de la esclavitud y nos ha hecho libres. Cumpliendo los mandamientos decimos «sí» a Dios. Cumpliendo los mandamientos reafirmamos la alianza, el pacto de amor que Dios hizo con nosotros en el bautismo. Cumpliendo los mandamientos nos lanzamos por el camino que nos hace verdaderamente libres.

El celo de tu casa me devora

Jn 2,13-25

Nos encontramos en este texto de san Juan con un rasgo de Jesús en el que solemos reparar poco: la dureza de Jesús frente al mal y la hipocresía, que aparece otras muchas veces en sus invectivas contra los fariseos. ¿La razón? «El celo de tu casa me devora». A veces casi se llega a identificar el amor con la melosidad inofensiva. Y, sin embargo, la postura aparentemente violenta de Jesús es fruto del amor, de un amor apasionado, porque el celo es el amor llevado al extremo (cfr. Dt 4,24 y 2Cor 11,2). ¿No deberemos también nosotros ganar mucho en fortaleza en la lucha contra el mal en todas sus manifestaciones? Porque «el amor es fuerte como la muerte» (Ct. 8,6).

Jesús es fuerte para defender los derechos de su Padre. Su corazón humano, que ama el Padre con todas sus fuerzas, se enciende de celo ante la profanación del Templo, el lugar santo, la morada de Dios. En medio de un mundo que desprecia a Dios, también el cristiano debe vivir la actitud de Jesús: «El celo de tu casa me devora».

La fortaleza de Cristo, por lo demás, no se ejerce contra los hombres, sino en favor de ellos, dejando que destruyan el templo de su cuerpo y reconstruyéndolo en tres días. «Tengo poder para entregar mi vida y poder para recobrarla de nuevo» (Jn 10,18). De igual modo, el cristiano unido a Cristo es invencible, aunque deje su piel y su vida en la lucha contra el mal: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma… Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados» (Mt 10,28-30).

Joseph Ratzinger (Benedicto XVI): Jesús de Nazaret

Tomo II, Capítulo I, 2

La Purificación del Templo

Marcos nos dice que Jesús, después de este recibimiento, fue al templo, lo estuvo observando todo y, siendo ya tarde, se fue a Betania, donde se alojaba aquella semana. Al día siguiente volvió al templo y empezó a echar fuera a los que vendían y compraban, «volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas» (11,15).
Justifica su modo de obrar con una palabra del profeta Isaías, que Él integra con otra de Jeremías: «Mi casa se llama casa de oración para todos los pueblos. Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos» (Mc 11,17; cf. Is 56,7; Jr 7,11). ¿Qué es lo que hizo Jesús? ¿Qué quiso dar a entender con ello?
En la literatura exegética se pueden reconocer tres grandes líneas de interpretación que hemos de considerar brevemente.
En primer lugar, la tesis según la cual la purificación del templo no significaba un ataque contra el templo como tal, sino que se refería sólo a los abusos. Ciertamente, los mercaderes tenían permiso de la autoridad judía, que sacaba de eso pingües beneficios. En este sentido, la actividad de los cambistas y de los comerciantes de ganado era legítima según las normas vigentes; también es comprensible que estuviera previsto el cambio de las monedas romanas en uso por la moneda del templo, precisamente en el patio de los gentiles, dado que las primeras debían considerarse idolátricas por llevar la imagen del emperador; y también que allí se vendieran los animales para el sacrificio. Pero esta mezcla entre templo y negocios no se correspondía con el planteamiento arquitectónico del templo, con el destino propio del patio de los gentiles.
Con su intervención Jesús atacaba la normativa en vigor dispuesta por la aristocracia del templo, pero no violaba la Ley y los Profetas; al revés: contra una praxis profundamente corrupta que se había convertido en «derecho», reivindicaba el derecho esencial y verdadero, el derecho divino de Israel. Sólo así se explica por qué no intervino la policía del templo ni la cohorte romana que había en la fortaleza Antonia. Las autoridades del templo se limitaron a preguntar a Jesús qué autorización tenía para hacer lo que hizo.
En este sentido, es justa la tesis, argumentada minuciosamente sobre todo por Vittorio Messori, según la cual Jesús actuó conforme a la ley en la purificación del templo, impidiendo un abuso respecto al templo. Pero, si de eso se quisiera sacar la conclusión de que Jesús «aparece como un simple reformador que defiende los preceptos judíos de santidad» (así Eduard Schweizer; cit. según Pesch, Markusevangelium, II, p. 200), no se valoraría bien el verdadero sentido del acontecimiento. Las palabras de Jesús demuestran que su reivindicación iba más al fondo, precisamente porque con su actuación pretendía dar cumplimiento a la Ley y los Profetas.

Llegamos así a una segunda explicación, que contrasta con la primera: la interpretación político-revolucionaria del acontecimiento. Ya en la Ilustración se habían producido intentos de interpretar a Jesús como un revolucionario político. Pero sólo la obra de Robert Eisler, Iesous Basileus ou Basileusas, publicada en dos volúmenes (Heidelberg 1929-1930), trató de demostrar coherentemente, basándose en el conjunto de los datos neotestamentarios, que «Jesús habría sido un revolucionario político de carácter apocalíptico: habría sido arrestado y ejecutado por los romanos por haber provocado una insurrección en Jerusalén» (Hengel, War Jesus Revolutionär?,p. 7). El libro causó una enorme sensación, pero, dada la situación particular de los años treinta no obtuvo en aquel tiempo un efecto duradero.

Sólo en los años sesenta se formó el clima espiritual y político en el que una visión como ésta pudo desarrollar una fuerza explosiva. Entonces fue Samuel George Frederick Brandon, en su obra Jesus and the Zealots (Nueva York 1967), quien dio a la interpretación de Jesús como revolucionario político una aparente legitimación científica. Con eso, Jesús fue colocado en la línea del movimiento de los zelotes, que veía su fundamento bíblico en el sacerdote Pinjás, un nieto de Aarón: Pinjás traspasó con la lanza a un judío que se había juntado con una mujer idólatra. En aquel momento fue considerado como modelo de los «celantes» de la Ley, del culto ofrecido únicamente a Dios (cf. Nm 25).

El movimiento zelote reconocía su origen concreto en la iniciativa del padre de los hermanos macabeos, Matatías, que, frente al intento de uniformar a Israel totalmente según el modelo de la cultura unitaria helenística, privándolo con eso también de su identidad religiosa, había afirmado: «No obedeceremos las órdenes del rey, desviándonos de nuestra religión a derecha ni a izquierda» (1 M 2,22). Esta palabra inició la insurrección contra la dictadura helenística. Matatías llevó a la práctica su palabra: mató al hombre que, siguiendo los decretos de las autoridades helenísticas, quería ofrecer públicamente sacrificios a los ídolos. «Al verlo, Matatías se indignó…, corrió a degollar a aquel hombre sobre el ara… en su celo por la Ley» (1 M 2, 24ss). De allí en adelante, la palabra «celo» (zélos, en griego) fue el término clave para expresar la disponibilidad a comprometerse con la fuerza en favor de la fe de Israel, a defender el derecho y la libertad de Israel mediante la violencia.

Según la tesis de Eisler y Brandon habría que colocar a Jesús en esta línea del «zélos», de los zelotes, una tesis que en los años sesenta suscitó una oleada de teologías políticas y teologías de la revolución. Como prueba central de esta teoría se aducía entonces la purificación del templo, que habría sido evidentemente un acto de violencia, porque sin violencia ni siquiera habría podido ocurrir, aunque los evangelistas hayan tratado de ocultarlo. También el saludo a Jesús como hijo de David y fundador del reino davídico habría sido un acto político, y la crucifixión de Jesús por los romanos bajo la acusación de «rey de los judíos» demostraría plenamente que Él había sido un revolucionario —un zelote—, y como tal habría sido ajusticiado.

Con el tiempo se ha calmado la oleada de las teologías de la revolución que, basándose en un Jesús interpretado como zelote, trataron de legitimar la violencia como medio para establecer un mundo mejor, el «Reino». Los terribles resultados de una violencia motivada religiosamente están a la vista de todos nosotros de manera más que sobradamente rotunda. La violencia no instaura el Reino de Dios, el reino del humanismo. Por el contrario, es un instrumento preferido por el anticristo, por más que invoque motivos religiosos e idealistas. No sirve a la humanidad, sino a la inhumanidad.

Pero entonces, ¿cuál es la verdad acerca de Jesús? ¿Fue tal vez un zelote? La purificación del templo ¿fue quizás el principio de una revolución política? Toda la actividad y el mensaje de Jesús —desde las tentaciones en el desierto, su bautismo en el Jordán, el Sermón de la Montaña, hasta la parábola del Juicio final (cf. Mt 25) y su respuesta a la confesión de Pedro— se oponen decididamente a ello, como hemos visto en la primera parte de esta obra.
No. La insurrección violenta, el matar a otros en nombre de Dios no se corresponde con su modo de ser. Su «celo» por el Reino de Dios fue completamente diferente. No sabemos precisamente lo que se imaginaron los peregrinos cuando, en la «entronización» de Jesús, hablaban de «el Reino que llega, el de nuestro padre David». Pero lo que Jesús mismo pensaba y pretendía lo ha mostrado muy a las claras con sus gestos y con las palabras proféticas en cuyo contexto se puso Él mismo.

Ciertamente, en los tiempos de David el burro había sido la expresión de su majestad y, siguiendo la estela de esta tradición, Zacarías presenta al nuevo rey de la paz que cabalga en un borrico cuando entra en la Ciudad Santa. Pero ya en los tiempos de Zacarías, y todavía más en los de Jesús, el caballo se había convertido en la expresión del poder y de los poderosos, mientras que el burro era el animal de los pobres y, por tanto, la imagen de una majestad bien diferente.

Es verdad que Zacarías anuncia un reino «de mar a mar». Pero precisamente con ello abandona el cuadro nacional e indica una nueva universalidad, en la que el mundo encuentra la paz de Dios y, en la adoración del único Dios, permanece unido por encima de todas las fronteras. En ese reino del que habla el profeta se rompen los arcos guerreros. Lo que en él es todavía una visión misteriosa, cuya configuración concreta no se puede percibir con nitidez cuando se avista en lontananza su llegada, se irá desvelando poco a poco en el obrar de Jesús, aunque sólo podrá adquirir su plena forma después de la resurrección y en la progresión del Evangelio hacia los paganos. Pero también en el momento de la entrada de Jesús en Jerusalén, la conexión con la profecía tardía, en la cual Jesús enmarca su acción, daba a su gesto una orientación en contraste radical con la interpretación de los zelotes.

Jesús no sólo encontró en Zacarías la imagen del rey de la paz que llega sobre un borrico, sino también la del pastor herido que, con su muerte, trae la salvación, y la imagen del traspasado hacia el que todos habrían vuelto la mirada. Otro gran punto de referencia en el cual Jesús enmarcaba su actuación era la visión del siervo de Dios que sufre y que sirviendo ofrece la vida por la multitud y trae así la salvación (cf.Is 52,13-53,12). Esta profecía tardía es la clave de interpretación con la que Jesús abre el Antiguo Testamento; a partir de ella, Él mismo se convierte más tarde, después de la Pascua, en la clave para leer de modo nuevo la Ley y los Profetas.

Vengamos ahora a las palabras de interpretación con las que Jesús mismo explica el gesto de la purificación del templo. Escuchemos ante todo a Marcos, con el que coinciden Mateo y Lucas, prescindiendo de pequeñas variantes. Después de la purificación, Jesús «enseñaba», nos dice Marcos. El evangelista ve resumido lo esencial de esta «enseñanza» en las palabras de Jesús: «¿No está quizás escrito: mi casa se llama casa de oración para todos los pueblos? Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos» (11,17). En esta síntesis de la «doctrina» de Jesús sobre el templo —como ya hemos visto— están como fundidas dos palabras proféticas.

Ante todo, la visión universalista del profeta Isaías (56,7), de un futuro en el que, en la casa de Dios, todos los pueblos adorarán al Señor como único Dios. En la estructura del templo, el patio de los gentiles donde se desarrolla la escena es el espacio abierto que invita a todo el mundo a rezar allí al único Dios. La acción de Jesús subraya esta apertura interior de la esperanza que estaba viva en la fe de Israel. Aunque Jesús limita conscientemente su intervención a Israel, está sin embargo movido siempre por la tendencia universalista de abrir a Israel, de manera que todos puedan reconocer en el Dios de este pueblo al único Dios común a todo el mundo. A la pregunta sobre lo que Jesús ha traído realmente a los hombres, respondíamos en la primera parte de esta obra que Él ha traído a Dios a los pueblos de la tierra (cf. pp. 69-70). Según su palabra, en la purificación del templo se trata precisamente de esta intención fundamental: quitar aquello que es contrario al conocimiento y a la adoración común de Dios, despejar por tanto el espacio para la adoración de todos.

En la misma dirección apunta un pequeño episodio que Juan incluye en el «Domingo de Ramos».
A este propósito debemos tener presente que, según Juan, la purificación del templo tuvo lugar durante la primera Pascua de Jesús, al principio de su actividad pública. Los Sinópticos, en cambio —como ya hemos visto—, sólo relatan una única Pascua de Jesús y, así, la purificación del templo se sitúa necesariamente en los últimos días de toda su actividad. Mientras que hasta hace algún tiempo la exégesis partía predominantemente de la tesis de que la datación de san Juan era «teológica», y no exacta en el sentido biográfico-cronológico, hoy se ven cada vez más claramente las razones que abogan por una datación exacta, también desde el punto de vista cronológico, del cuarto evangelista que, no obstante toda la impregnación teológica del contenido, se revela también aquí, como en otros casos, informado con mucha precisión sobre tiempos, lugares y desarrollo de los hechos. Pero no debemos entrar aquí en esta discusión, a fin de cuentas secundaria. Detengámonos sencillamente a examinar ese pequeño episodio que, para Juan, no está relacionado temporalmente con la purificación del templo, pero que aclara ulteriormente su sentido intrínseco.

El evangelista dice que había también entre los peregrinos algunos griegos «que habían subido para adorar en la fiesta» (Jn 12,20). Estos griegos se acercan a «Felipe, el de Betsaida de Galilea», y le ruegan: «Señor, queremos ver a Jesús» (12,21). En el discípulo con nombre griego procedente de la Galilea medio pagana ven obviamente a un intermediario que puede facilitarles el acceso a Jesús.

Esta palabra de los griegos —«Señor, queremos ver a Jesús»— nos recuerda en cierto modo la visión que san Pablo tuvo de aquel Macedonio que le dijo: «Ven a Macedonia y ayúdanos» (Hch 16,9). El Evangelio prosigue comentando que Felipe habló con Andrés y ambos expusieron la petición a Jesús. Como sucede a menudo en el Evangelio de Juan, Jesús responde de una manera misteriosa y, en aquel momento, enigmática: «Ha llegado la hora en que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad os digo que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero, si muere, da mucho fruto» (12,23s). A la solicitud de un grupo de peregrinos griegos de obtener un encuentro, Jesús contesta con una profecía de la Pasión, en la cual interpreta su muerte inminente como «glorificación», una glorificación que se demostrará en la gran fecundidad obtenida. ¿Qué significa esto?

Lo que cuenta no es un encuentro inmediato y externo entre Jesús y los griegos. Habrá otro encuentro que irá mucho más al fondo. Sí, los griegos lo «verán»: irá a ellos a través de la cruz. Irá como grano de trigo muerto y dará fruto para ellos. Ellos verán su «gloria»: encontrarán en el Jesús crucificado al verdadero Dios que estaban buscando en sus mitos y en su filosofía. La universalidad de la que habla la profecía de Isaías (cf. 56,7) se manifiesta a la luz de la cruz: a partir de la cruz, el único Dios se hace reconocible para los pueblos; en el Hijo conocerán al Padre y, de este modo, al único Dios que se ha revelado en la zarza ardiente.

Pero volvamos a la purificación del templo, donde la promesa universalista de Isaías se entrelaza también con aquella otra palabra de Jeremías: «Habéis hecho de mi casa una cueva de bandidos» (cf. 7,11). En el contexto de la explicación del discurso escatológico de Jesús retornaremos aún brevemente a la lucha del profeta Jeremías a propósito y en favor del templo. Anticipamos aquí lo esencial: Jeremías se bate apasionadamente por la unidad entre culto y vida en la justicia delante de Dios; lucha contra una politización de la fe, según la cual Dios debería defender en cualquier caso su templo para no perder el culto. Sin embargo, un templo que se ha convertido en una «cueva de bandidos» no tiene la protección de Dios.

En la convivencia entre culto y negocios que Jesús combate, Él ve obviamente que se produce de nuevo la situación de los tiempos de Jeremías. En este sentido, tanto su palabra como su gesto son una advertencia en la que, sobre la base de Jeremías, se podía percibir también la alusión a la destrucción de este templo. Pero, como Jeremías, tampoco Jesús es el destructor del templo: ambos indican con su pasión quién y qué es lo que destruirá realmente el templo. Esta explicación de la purificación del templo resulta más clara aún a la luz de una palabra de Jesús que, en este contexto, es transmitida sólo por Juan, pero que de una manera deformada se encuentra también en labios de los falsos testigos durante el proceso de Jesús, según el relato de Mateo y Marcos. No cabe duda de que dicha palabra se remonta a Jesús mismo, y es igualmente obvio que se la debe situar en el contexto de la purificación del templo.
En Marcos, el falso testigo dice que Jesús habría declarado: «Yo destruiré este templo, edificado por hombres, y en tres días construiré otro no edificado por hombres» (14,58). Con eso el «testigo» se aproxima mucho quizás a la palabra de Jesús, pero se equivoca en un punto decisivo: no es Jesús quien destruye el templo; lo abandonan a la destrucción quienes lo convierten en una cueva de ladrones, como había ocurrido en los tiempos de Jeremías.

En Juan, la verdadera palabra de Jesús se presenta así: «Destruid este templo y yo en tres días lo levantaré» (2,19). Con esto Jesús responde a la petición de la autoridad judía de una señal que probara su legitimación para un acto como la purificación del templo. Su «señal» es la cruz y la resurrección. La cruz y la resurrección lo legitiman como Aquel que establece el culto verdadero. Jesús se justifica a través de su Pasión; éste es el signo de Jonás, que Él ofrece a Israel y al mundo.

Pero la palabra va todavía más al fondo. Con razón dice Juan que los discípulos sólo comprendieron esa palabra en toda su profundidad al recordarla después de la resurrección, rememorándola a la luz del Espíritu Santo como comunidad de los discípulos, como Iglesia.
El rechazo a Jesús, su crucifixión, significa al mismo tiempo el fin de este templo. La época del templo ha pasado. Llega un nuevo culto en un templo no construido por hombres. Este templo es su Cuerpo, el Resucitado que congrega a los pueblos y los une en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Él mismo es el nuevo templo de la humanidad. La crucifixión de Jesús es al mismo tiempo la destrucción del antiguo templo. Con su resurrección comienza un modo nuevo de venerar a Dios, no ya en un monte o en otro, sino «en espíritu y en verdad» (In 4,23). ¿Qué hay entonces acerca del «zélos» de Jesús? Sobre esta pregunta Juan —precisamente en el contexto de la purificación del templo— nos ha dejado una palabra preciosa que representa una respuesta precisa y profunda a la cuestión. Nos dice que, con ocasión de la purificación del templo, los discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora» (2,17). Es una palabra tomada del gran Salmo 69, aplicable a la Pasión. A causa de su vida conforme a la Palabra de Dios, el orante es relegado al aislamiento; la palabra se convierte para él en una fuente de sufrimiento que le causan quienes lo circundan y lo odian. «Dios mío, sálvame, que me llega el agua al cuello… Por ti he aguantado afrentas… me devora el celo de tu templo…» (Sal 69,2.8.10).

Los discípulos han reconocido a Jesús al recordar al justo que sufre: el celo por la casa de Dios lo lleva a la Pasión, a la cruz. Este es el vuelco fundamental que Jesús ha dado al tema del celo. Ha transformado el «celo» de servir a Dios mediante la violencia en el celo de la cruz. De este modo ha establecido definitivamente el criterio para el verdadero celo, el celo del amor que se entrega. El cristiano ha de orientarse por este celo; en eso reside la respuesta auténtica a la cuestión sobre el «zelotismo» de Jesús.

Esta interpretación encuentra confirmación nuevamente en dos pequeños episodios con los que Mateo concluye el relato de la purificación del templo.
«En el templo se acercaron a Él ciegos y tullidos, y los curó» (21,14). Al comercio de animales y al negocio con los dineros, Jesús contrapone su bondad sanadora. Ésta es la verdadera purificación del templo. Jesús no viene como destructor; no viene con la espada del revolucionario. Viene con el don de la curación. Se dedica a quienes son relegados al margen de la propia vida y de la sociedad a causa de su enfermedad. Muestra a Dios como Aquel que ama, y a su poder como la fuerza del amor.

En total armonía con todo esto, además, aparece el comportamiento de los niños, que repiten la aclamación del Hosanna que los adultos le niegan (cf. Mt 21,15). De estos «pequeños» recibirá siempre la alabanza (cf. Sal 8,3), de los que son capaces de ver con un corazón puro y simple, y que están abiertos a su bondad.

Así, en estos pequeños episodios se apunta ya al nuevo templo que Él ha venido a edificar.

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