Domingo VI de Pascua (Ciclo B): Homilías

Lecturas (Domingo VI de Pascua – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Hch 10, 25-26.34-35.44-48 : El don del Espíritu Santo se ha derramado también sobre los gentiles.
-Salmo: Sal 97, 1-4 : R. El Señor revela a las naciones su salvación.
-2ª Lectura: 1 Jn 4, 7-10 : Dios es amor.
+Evangelio: Jn 15, 9-17 : Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Agustín

Tratado sobre el Evangelio de san Juan

Tratado 82, 1-4: CCL 36, 532-534 – Liturgia de las Horas

Amamos a Cristo en la medida en que guardamos sus mandamientos

En este discurso a los discípulos, el Salvador vuelve insistentemente sobre el tema de la gracia que nos salva, diciendo: Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos. Y si con esto recibe gloria Dios Padre, con que demos fruto abundante y así seamos discípulos suyos, no lo adjudiquemos a nuestra propia gloria, como si hubiera de atribuirse a nuestra capacidad lo que hemos realizado. Suya es esta gracia y a él -no a nosotros- le corresponde la gloria. Por eso, habiendo dicho en otro lugar: Alumbre así vuestra luz a los hombres,para que vean vuestras buenas obras, para que no se creyeran los autores de tales obras buenas, añadió a renglón seguido: y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos. Con esto recibe gloria el Padre, con que demos fruto abundante y así seamos discípulos suyos Y ¿quién nos hace discípulos sino aquel cuya misericordia nos ha prevenido? Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las obras buenas.

Como el Padre me ha amado -dice-, así os he amado yo, permaneced en mi amor. Aquí está el origen de todas nuestras buenas obras. Pues, ¿cómo podrían ser nuestras, sino por la fe activa en la práctica del amor? Y ¿cómo podríamos nosotros amar, si no hubiéramos sido amados primero? Lo dijo clarísimamente el mismo evangelista en su carta: Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero. El Padre ciertamente nos ama también a nosotros, pero en sí mismo; porque con esto recibe gloria el Padre, con que demos fruto en la vid, esto es, en el Hijo, y así seamos discípulos suyos

Permaneced-dice-, en mi amor. ¿Cómo permaneceremos? Escucha lo que sigue: Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor. ¿Es el amor el que hace guardar los mandamientos o es la guarda de los mandamientos la que hace el amor? ¿Pero es que puede dudarse de que es el amor el que precede? El que no ama no tiene razón suficiente para observar los mandamientos. Por eso, lo que sigue: Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, muestra no dónde se genera el amor, sino cómo se manifiesta. Es como si dijera: No penséis permanecer en mi amor, si no guardáis mis mandamientos; pues si no los guardáis, no permaneceréis. Es decir, en esto se manifestará que permanecéis en mi amor, si guardáis mis mandamientos. Para que nadie se llame a engaño, diciendo que le ama, si no guarda mis mandamientos. Pues amamos a Cristo en la medida en que guardamos sus mandamientos; si somos remisos en la guarda de los mandamientos, lo seremos asimismo en el amor. Por consiguiente, no guardemos primero sus mandamientos para que nos ame; pero si nonos ama, no podemos guardar sus mandamientos. Ésta es la gracia patente a los humildes, latente en los soberbios.

San Gregorio Magno

Homilía

Hom. 7, Dirigida al pueblo en la basílica de San Pancracio el día de su natalicio
Obras, tomo X, Cuarenta Homilías sobre los Evangelios , BAC, Madrid, 1958, Pág. 668-674

1. Estando llenas de preceptos todas las alocuciones del Señor, ¿cómo es que, refiriéndose al del amor, cual si se tratara de un mandato único, dice el Señor: El precepto mío es que os améis los unos a los otros, sino porque todo mandato se refiere a sólo el amor y todos los preceptos se reducen a uno solo? Porque a la manera que las ramas de un árbol, por muchas que sean, proceden todas de una sola raíz, así todas las virtudes, aunque sean muchas, nacen de una sola, de la caridad, y no tiene verdor alguno el ramo de la buena obra si no está radicado en la caridad, puesto que cuanto se manda se funda en sólo la caridad.

Los preceptos del Señor, por consiguiente, son a la vez muchos y son uno solo: muchos, por la diversidad de las obras, y uno, por la raíz del amor.

Ahora bien, de qué modo ha de practicarse este amor, El mismo lo da entender, mandando en muchas sentencias de su Escritura amar a los amigos en El y a los enemigos por El. Tiene, pues, verdadera caridad quien ama al amigo en Dios y al enemigo por Dios.

Hay, empero, algunos que aman a los prójimos, mas por afecto de parentesco y de la carne; a los cuales, no obstante, no se oponen las Sagradas Letras; pero una cosa es lo que se hace espontáneamente por razón de la naturaleza y otra cosa es lo que se debe por obediencia a los preceptos del Señor referentes a la caridad. Estos no hay duda que también aman al prójimo; mas, con todo, no logran los grandes premios del amor, porque no explican su amor espiritualmente, sino carnalmente.

Por consiguiente, cuando el Señor dice: El precepto mío es que os améis los unos a los otros, en seguida añadió: como yo os he amado. Como si claramente dijera: Amad para lo que yo os he amado.

2. En lo cual debemos observar atentamente, hermanos carísimos, que el antiguo enemigo, cuando impele nuestras almas al amor de las cosas temporales, excita contra nosotros a un prójimo más débil para que procure quitarnos esas mismas cosas que nosotros amamos. Y no le importa al enemigo, al hacer esto, el quitar lo terreno, sino el debilitar en nosotros la caridad; pues en seguida montamos en cólera y, por no querer ceder en lo exterior, interiormente nos causamos daño grave; pues por defender bienes pequeños de fuera perdemos bienes mayores del interior, porque, amando lo temporal, perdemos el verdadero amor. Todo el que nos quita lo nuestro es, en efecto, enemigo; pero, cuando comenzamos a odiar al enemigo, de dentro es lo que perdemos. Así que, cuando el enemigo nos haga sufrir algo exteriormente, estemos alerta en el interior contra el ladrón oculto, el cual nunca queda mejor vencido que cuando se ama al que nos daña exteriormente.

Una sola y decisiva es, en efecto, la prueba de la caridad: si se ama al mismo que nos es contrario. Por eso la misma Verdad soporta el patíbulo de la cruz y dispensa el amor a sus mismos perseguidores, cuando dice (Lc. 23): Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen. ¿Qué extraño es que los discípulos amen, mientras viven, a los enemigos, si el Maestro ama a los enemigos aun cuando le están dando muerte?

El summum de este amor lo expresa cuando añade: Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos. El Señor había venido a morir también por sus enemigos, y, sin embargo, decía que El había de dar su vida por sus amigos, sin duda para enseñarnos que como, amándolos, podemos ganar a los enemigos, también son amigos los mismos perseguidores.

3. Pero he aquí que nadie nos persigue de muerte; ¿cómo, pues, podemos probar si amamos a los enemigos? Algo hay, sí, que debe hacerse en la paz de la Iglesia, por donde aparezca claro si, al tiempo de la persecución podremos morir amando. En efecto, el mismo San Juan dice (1Jn 3,17): Quien tiene bienes de este mundo y, viendo a su hermano en necesidad, cierra las entrañas para no compadecerse de él, ¿cómo es posible que resida en él la caridad de Dios? Por eso también San Juan Bautista dice (Lc. 3,11): El que tiene dos vestidos dé al que no tiene ninguno. Luego quien en tiempo de paz no da por amor de Dios su vestido, ¿cómo dará su vida en tiempo de persecución? Por tanto, para que en tiempo de perturbación se mantenga invicta la virtud de la caridad, nútrase de misericordia en el tiempo tranquilo, de manera que aprenda a dar a Dios primeramente sus cosas y después a sí mismo.

4. Prosigue: Vosotros sois mis amigos. ¡Oh, cuánta es la misericordia de nuestro Creador! ¡No somos siervos dignos, y nos llama amigos! ¡Cuánta es la dignidad de los hombres! ¡Ser amigos de Dios!

Mas, ya que habéis oído la gloria de la dignidad, oíd también a costa de qué se gana: Si hiciereis lo que yo os mando. Sois amigos míos si hacéis lo que yo os mando; como si claramente dijera: Gozaos de la dignidad, pero pensad a costa de qué trabajos se llega a tal dignidad.

Efectivamente, cuando los hijos de Zebedeo, por mediación de su madre, pretendían los dos primeros puestos, el uno a la diestra de Dios y el otro a la siniestra, oyeron (Mt. 20,22) ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Solicitaban ya un puesto eminente, y la Verdad los llama al camino por donde llegarían a tales preeminencias. Como si dijera: Ya veo que apetecéis un puesto elevado, pero recorred antes la vía del dolor, pues por el cáliz se llega a la grandeza; si vuestra alma apetece lo que agrada, bebed antes lo que mortifica. Así, así es como, por el trago amargo de la confesión, se llega al goce de la salud.

Ya no os llamaré siervos, pues el siervo no es sabedor de lo que hace su amo. Mas a vosotros os he llamado amigos, porque os he hecho saber cuantas cosas oí de mi Padre. ¿Cuáles son todas estas cosas que ha oído de su Padre, y que ha querido hacer saber a sus discípulos para hacerlos amigos suyos, sino los gozos de la caridad interior, sino los regocijos de la patria celestial, lo cual fija en nuestras almas, mediante las aspiraciones a su amor?; pues cuando amamos las cosas celestiales que hemos oído, ya conocemos lo que amamos, porque el mismo amor es noticia. Había, pues, hecho conocer todas estas cosas a aquellos que, habiendo trocado sus deseos terrenos, ardían en las llamas del amor divino.

Bien había contemplado a estos amigos de Dios el profeta cuando decía (Sal 38,17): Yo veo, Señor, que tú has honrado sobremanera a tus amigos; y amigo (amicus) suena así como custodio del alma.

Por tanto, cuando el Salmista vio que los elegidos de Dios, apartados del amor del mundo, cumplían la voluntad divina, obedeciendo sus mandatos celestiales, admiró a los amigos de Dios, diciendo: Yo veo, Señor, que tú has honrado sobremanera a tus amigos. Y como si en seguida pretendiéramos que nos diera a conocer la causa de tan grande honor, a continuación añadió: Su imperio ha llegado a ser sumamente poderoso.

Vedlos: los elegidos de Dios doman la carne, fortalecen el espíritu, vencen a los demonios, brillan en virtudes, menosprecian lo presente y predican con obras y con palabras la patria eterna; además la aman más que a la vida, y a ella llegan por medio de los tormentos; pueden ser llevados a la muerte, pero no pueden ser doblegados; su imperio, pues, ha llegado a ser sumamente poderoso. En el mismo martirio en que su cuerpo sucumbió a la muerte, ved cuánta fue la grandeza de su espíritu; y ¿de dónde esto sino porque su imperio ha llegado a ser sumamente poderoso?

Y para que no pienses tal vez que son pocos los que son tan grandes, añadió (v. 18): Póngome a contarlos y veo que son más que las arenas del mar. Contemplad, hermanos, todo el mundo: lleno está de mártires; ya apenas si los que vivimos somos tantos cuantos son los testigos de la verdad. Luego sólo Dios puede contarlos; para nosotros son más que las arenas, porque nosotros no podemos saber cuántos son.

5. Ahora, quién sea el que ha llegado a esta dignidad de ser llamado amigo de Dios, véalo cada uno en sí mismo; mas no atribuya a sus méritos ninguno de los dones que halle tener, no sea que venga a caer en la enemistad.

Por eso añade también: No me elegisteis vosotros, sino que yo soy el que os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y hagáis fruto. Os he puesto a la corriente de la gracia, os planté para que vayáis voluntariamente y con las obras hagáis fruto. Y he dicho que vayáis voluntariamente, porque querer hacer algo ya es ir con la voluntad. Y cuál fruto sea el que deben hacer se añade: Y vuestro fruto sea duradero.

Todo lo que trabajamos por este siglo apenas si dura hasta la muerte, pues la muerte, en interponiéndose, corta el fruto de nuestro trabajo; pero lo que se hace por la vida eterna, aun después de la muerte perdura, y entonces empieza a aparecer cuando comienza a desaparecer el fruto de las obras de la carne. Principia, pues, aquella retribución donde ésta termina. Por tanto, quien ya tiene conocimiento de lo eterno tenga en su alma por viles las ganancias temporales. Así que hagamos frutos tales que perduren, hagamos frutos tales que, cuando la muerte acabe con todo, ellos principien con la muerte. Y que en la muerte principien los frutos de Dios lo atestigua el profeta, que dice (Sal 126,2): Mientras concede Dios el sueño a sus amados, he aquí que les viene del Señor la herencia. Todo el que duerme en la muerte pierde la herencia; pero, cuando Dios diere a sus amados el sueño, he aquí que les viene del Señor la herencia, porque después que han llegado a la muerte es cuando lo elegidos de Dios encuentran la herencia.

6. Prosigue: A fin de que cualquiera cosa que pidiereis al Padre en mi nombre os la conceda. Ved que aquí dice: Cualquiera cosa que pidiereis a mi Padre en mi nombre os la conceda; y en otra parte dice el mismo evangelista (Jn 16,23) Cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo concederá. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre. Si todo lo que pedimos en nombre del Hijo nos lo concede el Padre, ¿cómo es entonces que Pablo rogó por tres veces al Señor y no mereció ser oído, sino que se le dijo (2 Cor 12,9) Te basta mi gracia, porque la virtud se perfecciona en la debilidad? ¿Acaso tan egregio predicador no pidió en nombre del Hijo? ¿Por qué, pues, no consiguió lo que pedía? ¿Cómo es entonces verdad que el Padre nos da todo lo que pidiéremos en nombre del Hijo, si el Apóstol pidió en nombre del Hijo que se le quitara el espíritu de Satanás y, con todo, no consiguió lo que pedía?

Pero, como el nombre del Hijo es Jesús, y Jesús significa Salvador o saludable, según esto, pide en nombre del Salvador quien pide lo pertinente a la verdadera salud; mas, si se pide lo que no conviene, no se pide al Padre en nombre de Jesús. Por eso, también a lo apóstoles flacos aún, dice el Señor: Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre. Como si claramente les dijera: No habéis pedido en nombre del Salvador los que no sabéis buscar la salud eterna. Por eso no es escuchado Pablo, porque, si se viera libre de la tentación, no le aprovecharía para la salud.

7. He aquí estamos viendo hermanos carísimos cuantos sois los que os habéis congregado para la solemnidad del Mártir los que os arrodilláis, golpeáis vuestros pechos, oráis, confesáis y regáis con lágrimas vuestras mejillas; pero examinad, os ruego vuestras peticiones: ved si pedís en nombre de Jesús, esto es, si pedís los gozos de la salud eterna. ¡Ay!, que en la casa de Jesús no buscáis a Jesús si en el templo de la eternidad importunáis pidiendo cosas temporales. Vedlo: el uno en su oración pide que se le dé esposa; el otro, una finca; aquél pide vestido, éste alimento… Y cierto es que deben pedirse estas cosas cuando son necesarias, mas debemos recordar continuamente la enseñanza que hemos aprendido del mandato de nuestro mismo Redentor (Mt 6,33): Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todas las demás cosas se os darán por añadidura.

Tampoco es cosa mala pedir estas cosas por Jesús, con tal que no se pidan en exceso. Pero, lo que es más grave aún, hay quien pide la muerte del enemigo, y a quien no puede perseguir con la espada, le persigue con la oración; y el que es maldecido vive todavía, y, sin embargo, el maldiciente ya se ha hecho reo de la muerte de aquél. ¡Dios manda amar al enemigo, y se pide a Dios que mate al enemigo! Luego quien así ora, en sus mismas oraciones pugna contra el Creador.

8. De ahí que, bajo la figura de la Judea, se dice (Sal 108,7): Su oración sea delito. La oración es delito cuando quien ora pide lo que prohíbe Aquel a quien pide. Por eso, la Verdad dice (Mc. 11,25): Al poneros a orar, si tenéis algo en contra de alguno, perdonadle el agravio. Virtud de perdonar que manifestaremos más claramente aduciendo un ejemplo del Antiguo Testamento.

En efecto, habiendo incurrido la Judea en culpas que reclaman la justicia de su Creador, el Señor prohíbe a su profeta que ruegue por ella, diciendo (Jer 16): No tienes tú que interceder, por este pueblo, ni te empeñes en cantar mis alabanzas y rogarme. Jer 15,1: Aun cuando Moisés y Samuel se me pusieran delante, no se doblaría mi alma a favor de este pueblo.

¿Cómo es que, dejando a un lado sin mencionar a tantos Padres, sólo trae a cuento a Moisés y a Samuel, cuyo admirable poder de intercesión se pone de manifiesto al decir que ni éstos pueden interceder, que es como si claramente dijera el Señor: Ni siquiera escucho a los que, por el mérito grande de su oración, de ningún modo desprecio? ¿Cómo es, repito, que Moisés y Samuel son preferidos a los otros sus iguales, sino porque solamente de estos dos en toda la serie del Antiguo Testamento, se lee que oraron también por sus enemigos? El uno es apedreado por el pueblo, y, sin embargo, ruega al Señor por los que le apedrean; el otro es despojado de su mando, y, no obstante, al pedirle que rogara, se declara, diciendo (I Re 12,23): Lejos de mi cometer tal pecado contra el Señor, que yo cese de rogar por vosotros.

Aun cuando Moisés y Samuel se me pusieran delante, no se doblegaría mi alma a favor de este pueblo. Como si claramente dijera: Ni siquiera escucho ahora en favor de los amigos los que sé que, por su gran virtud, ruegan también por sus enemigos. El poder, pues, de la oración está en la grandeza de la caridad, y todos consiguen lo que rectamente piden cuando, al orar, no se halla su alma ofuscada con el odio del enemigo.

Además vencemos al espíritu recalcitrante si oramos también por los enemigos. Los labios, sí, ruegan por nuestros enemigos, pero ojalá que el corazón tenga amor; pues con frecuencia oramos, sí, por nuestros enemigos, pero esto, más bien que por caridad, lo hacemos, porque está mandado, ya que pedimos que vivan nuestros enemigos, y, no obstante, tememos ser oídos. Mas, como el juez interior atiende a la intención más que a las palabras, resulta que nada pide en favor del enemigo quien ruega por él sin caridad.

9. Pero he aquí que el enemigo nos ha ofendido gravemente, nos ha causado daños, ha perjudicado a los que le ayudábamos, ha perseguido a los que le amábamos. Sería cosa de no perdonar eso si no fuera porque nosotros necesitamos que se perdonen nuestros delitos; pero es el caso que nuestro Abogado ha compuesto la oración a favor nuestro, y el mismo que es abogado es también juez de nuestra causa; y a la petición que compuso agregó una condición, que dice (Mt. 6): Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Por lo tantos como viene por juez el mismo abogado, el mismo que hizo la oración la oye; luego, o sin hacerlo, decimos: Perdónanos nuestras deudas, así corno nosotros perdonamos a nuestros deudores, y al decir esto nosotros mismos nos condenamos más, o tal vez suprimimos en la oración de esta condición, y entonces nuestro abogado no reconoce la oración que Él compuso y al punto dice para sí: Yo bien sé lo que mandé; ésa no es la misma oración que yo hice.

¿Qué debemos hacer en consecuencia, hermanos, para amar a nuestros hermanos con afecto de caridad, si no es no mantener maldad alguna en el corazón, para que así Dios omnipotente tenga en cuenta nuestra caridad para con el prójimo y dispense su piedad a nuestras iniquidades?

Acordaos de lo que se nos manda: Perdonad y se os perdonará. Ved, pues, qué se nos debe y qué debemos: así que perdonemos lo que se nos debe. Pero a esto se resiste el ánimo: quiere cumplir lo que oye, y, sin embargo, se rebela.

Estamos ante la tumba de un mártir, de quien sabemos por qué muerte llegó al reino de los cielos. Nosotros, ya que no demos la vida del cuerpo por Cristo, domemos tan siquiera el corazón. Dios se aplaca con este sacrificio, y en el juicio de su piedad aprueba la victoria de nuestra paz. Él contempla la lucha de nuestro corazón, y a los que después remunera por vencedores, ahora, mientras luchan, los ayuda Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

San Juan Crisóstomo

Homilías sobre el Evangelio de san Juan, 76-77

Homilía 76

Como me amó el Padre, así os amo Yo. Ahora habla Cristo en forma más humana; puesto que semejante expresión tiene su propia fuerza, tomada como dicha a hombres. Puesto que quien quiso morir, quien en tal forma colmó de honores a los siervos, a los enemigos y a los adversarios ¿cuán grande amor no demuestra al hacer eso? Como si les dijera: Pues Yo os amo, tened confianza. Si es gloria del Padre que fructifiquéis, no temáis mal alguno. Y nuevamente, para no hacer que desmayen de ánimo, mira cómo los une consigo: Permaneced en mi amor.

Mas ¿cómo podremos hacerlo?: Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor, como Yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Otra vez el discurso procede al modo humano, puesto que el Legislador no está sujeto a preceptos. ¿Ves cómo lo que yo constantemente digo aparece aquí de nuevo a causa de la rudeza de los oyentes? Pues muchas cosas las dice Jesús acomodándose a ellos, y por todos los medios les demuestra que están seguros y que sus enemigos perecerán; y que todo cuanto tienen lo tienen del Hijo; y que si viven sin pecado, nadie los vencerá.

Advierte cómo habla con ellos con plena autoridad, pues no les dice: Permaneced en el amor del Padre, sino: En mi amor. Y para que no dijeran: Nos has hecho enemigos de todos, y ahora nos abandonas y te vas, les declara que El no se les aparta, sino que si quieren los tendrá unidos a Sí como el sarmiento lo está a la vid. Y para que no, por el contrario, por excesiva confianza, se tornen perezosos, les declara que semejante bien, si se dan a la desidia, no será permanente ni inmóvil. Y para no atribuirse todo a Sí mismo y con esto causarles una más grave caída, les dice: En esto es glorificado el Padre. En todas partes les demuestra su amor y el del Padre. De moda que no eran gloria del Padre las cosas de los judíos sino los dones que ellos iban a recibir. Y para que no dijeran: ya perdimos todo lo paterno y hemos quedado sin nada y abandonados, les dice: Miradme a Mí: Soy amado del Padre, y sin embargo tengo que padecer todo lo que ahora acontece. De modo que no os abandono porque no os ame. Si yo recibo la muerte, pero no la tomo como indicio de que el Padre no me ame, tampoco vosotros debéis turbaros. Si permanecéis en mi amor, estos males en nada podrán dañaros por lo que hace al amor.

Siendo, pues, el amor algo muy grande e invencible, y no consistiendo en solas palabras, manifestémoslo en las obras. Jesús nos reconcilió consigo, siendo nosotros sus enemigos. En consecuencia nosotros, hechos ya sus amigos, debemos permanecer siéndolo. El comenzó la obra, nosotros a lo menos vayamos tras El. El no nos ama para propio provecho, pues de nada necesita; amémoslo nosotros a lo menos por propia utilidad. El nos amó cuando éramos sus enemigos; nosotros amémoslo a El, que es nuestro amigo.

Mas sucede que procedemos al contrario. Pues diariamente por culpa nuestra es blasfemado su nombre a causa de las rapiñas y de la avaricia. Quizá alguno de vosotros me diga: diariamente nos hablas de la avaricia. Ojalá pudiera yo hacerlo también todas las noches. Ojalá pudiera hacerlo siguiéndoos al foro y a la mesa. Ojalá pudieran las esposas, los amigos, los criados, los hijos, los siervos, los agricultores, los vecinos y aun el pavimento mismo y el piso lanzar continuamente semejantes voces, para así descansar nosotros un poco de nuestra obligación.

Porque esta enfermedad tiene invadido al orbe todo y se ha apoderado de todos los ánimos: ¡tiranía en verdad grande la de las riquezas! Cristo nos redimió y nosotros nos esclavizamos a las riquezas. A un Señor predicamos y a otro obedecemos. Y a éste en todo lo que nos ordena diligentemente procedemos: por éste nos olvidamos de nuestro linaje, de la amistad, de las leyes de la naturaleza y de todo. Nadie hay que mire al Cielo; nadie que piense en las cosas futuras. Llegará un tiempo en que ya no habrá utilidad en estas palabras, pues dice la Escritura: En el infierno ¿quién te confesará? Amable es el oro y nos proporciona grandes placeres y grandes honores. Sí, pero no tantos como el Cielo. Muchos aborrecen al rico y le huyen; mientras que al virtuoso lo respetan y ensalzan. Me objetarás que al pobre, aun cuando sea virtuoso, lo burlan, Sí, pero no son los que de verdad son hombres, sino los que están locos, y por lo mismo se han de despreciar. Si rebuznaran en contra nuestra los asnos y nos gritaran los grajos; y por otra parte nos ensalzaran los sobrios y prudentes, todos en forma alguna rechazaríamos las alabanzas de éstos para volvernos hacia el ruido y clamor de los irracionales.

Quienes admiran las cosas presentes son como los grajos y aun peores que los asnos. Si un rey terreno te alaba, para nada te preocupas del vulgo, aun cuando todos te burlen; y alabándote el Rey del universo ¿todavía anhelas los aplausos y encomios de los escarabajos y de los cínifes? Porque no son otra cosa tales hombres si con Dios se les compara; y aun son más viles que esos animalejos. ¿Hasta cuándo nos revolcaremos en el cieno? ¿Hasta cuándo dejaremos de buscar como espectadores y encomiadores nuestros a los parásitos y dados a la gula? Tales hombres pueden encomiar a jugadores, a ebrios, a glotones; pero en cambio qué sea la virtud y qué el vicio no son capaces de imaginarlo ni en sueños.

Si alguno se burla de ti porque no sabes trazar los surcos en el barbecho, no lo llevarás a mal. Por el contrario, te burlarás tú de quien te reprenda por semejante impericia. Pero cuando quieres ejercitar la virtud ¿te atendrás al juicio y harás tus espectadores a quienes en absoluto la ignoran? Por esto nunca llegamos a lograr ese ejercicio y arte; porque ponemos nuestro interés no en manos de hombres peritos, sino de ignorantes. Ahora bien: tales hombres no lo examinan según las reglas del arte, sino según su ignorancia.

En consecuencia, os ruego, despreciemos el juicio del vulgo. O mejor aún, no ambicionemos las alabanzas ni los dineros ni los haberes. No tengamos la pobreza como un mal. La pobreza es maestra de la prudencia, de la paciencia y de todas las virtudes. En pobreza vivió el pobre Lázaro y recibió la corona. Jacob no pedía a Dios sino su pan. José, puesto en extrema pobreza, no solamente era esclavo, sino además cautivo; pero precisamente por esto más lo encomiamos. No lo admiramos tanto cuando distribuye el grano, como cuando vive encarcelado; no lo ensalzamos más ceñido con la diadema, como ceñido con la cadena; no lo encumbramos más cuando se asienta en su solio que cuando es acometido de asechanzas y vendido.

Pensando todas estas cosas, y también las coronas que para estos certámenes están preparadas, no alabemos las riquezas, los honores, los placeres, el poder, sino la pobreza, las cadenas, las ataduras, la paciencia, todo lo que se emplea para adquirir la virtud. Al fin y al cabo, el término de aquellas cosas está repleto de tumultos y perturbaciones y todas se acaban con la vida. En cambio, el fruto de estas otras son el cielo y los bienes celestiales, que ni el ojo vio, ni el oído oyó. Ojalá nos acontezca a todos alcanzarlos por gracia y benignidad del Señor nuestro Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía 77

Esto os digo a fin de que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros tal como Yo os he amado. (Jn 15,11-12).

TODOS LOS bienes entonces tienen su recompensa cuando han obtenido su finalidad; pero si se interceptan y estorban, sobreviene el naufragio. Así como la nave cargada de infinitas riquezas, si no llega al puerto, sino que en mitad de los mares naufraga, ningún provecho produce de su larga travesía, sino que tanto es mayor la desgracia cuanto mayores fueron los trabajos sufridos, así les sucede a las almas que descaecen antes de obtener el fin cuando se han lanzado en mitad de los certámenes. Por lo cual Pablo afirma que alcanzan gloria, honra y paz los que con paciencia ejercitan las buenas obras. Esto mismo deja ahora entender Cristo a los discípulos. Cristo los había acogido y de ello se alegraban; pero luego la Pasión y las conversaciones sobre cosas tristes tenían que interrumpir aquel gozo, y una vez que con muchas razones los había consolado, les dice: Esto os digo a fin de que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea colmado. Es decir: no os apartéis de mí ni desistáis de la empresa. Os habéis alegrado en mí abundantemente, pero luego ha venido la tristeza. Yo ahora la echo fuera para que al fin venga el gozo. Les manifiesta así que los acontecimientos presentes no eran dignos de llanto, sino más bien de alegría.

Como si les dijera: Yo os he visto turbados, pero no por eso os desprecié ni os dije: ¿Por qué no permanecéis con ánimo noble y esforzado? Al contrario, os he hablado cosas que podían consolaros. Y deseo conservaros perpetuamente en este cariño. Oísteis acerca del reino y os alegrasteis. Pues bien, ahora os he dicho estas cosas para que vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros tal como Yo os he amado. Advierte cómo el amor de Dios está enlazado con el nuestro y como vinculado con una cadena. Por lo cual Jesús unas veces lo llama un solo precepto y otras dos. Es que quien ha abrazado el uno no puede no poseer el otro.

Unas veces dice: En esto se resumen la Ley y los profetas. Otras dice: Todo cuanto quisiereis que con vosotros hagan los hombres, hacedlo también vosotros con ellos? Porque esta es la Ley y los profetas. Y también: La plenitud de la Ley es la caridad? Es lo mismo que dice aquí Jesús. Si ese permanecer en El depende de la caridad, y la caridad depende de la guarda de los mandamientos, y el mandamiento es que nos amemos los unos a los otros, entonces permanecer en Dios se consigue mediante el amor mutuo. Y no indica únicamente el amor, sino también el modo de amar, cuando dice: Como Yo os he amado. Les declara de nuevo que el apartarse de ellos no nace de repugnancia, sino de cariño. Como si les dijera: precisamente porque ese es el motivo, debía yo ser más admirado, pues entrego mi vida por vosotros. Sin embargo, en realidad, nada de eso les dice, sino que ya antes al describir al excelentísimo Pastor, y ahora aquí cuando los amonesta y les manifiesta la grandeza de su caridad, sencillamente se da a conocer tal como es.

¿Por qué continuamente ensalza la caridad? Por ser ella el sello de sus discípulos y la que alimenta la virtud. Pablo, que la había experimentado como verdadero discípulo de Cristo, habla del mismo modo de ella: Vosotros sois mis amigos. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe los secretos de su señor. A vosotros os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que mi Padre me confió. Pero entonces ¿por qué dice: Tengo todavía muchas cosas que deciros, pero no podéis ahora comprenderlas? Cuando dice: todo lo que he oído sólo quiere decir que no ha tomado nada ajeno, sino únicamente lo que oyó del Padre. Y como sobre todo se tiene por muy íntima amistad la comunicación de los secretos arcanos, también, les dice, se os ha concedido esta gracia. Al decir todo, entiende todo lo que convenía que ellos oyeran.

Pone luego otra señal no vulgar de amistad. ¿Cuál es? Les dice: No me elegisteis vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros. Yo ardientemente he buscado vuestra amistad. Y no se contentó con eso, sino que añadió: Y os puse, es decir, os planté (usando la metáfora de la vid), para que recorráis la tierra y deis fruto, un fruto que permanezca. Y si el fruto ha de permanecer, mucho más vosotros. Como si les dijera: No me he contentado con amaros en modo tan alto, sino que os he concedido grandes beneficios para que se propaguen por todo el mundo vuestros sarmientos.

¿Adviertes de cuántas maneras les manifiesta su amor? Les da a conocer sus arcanos secretos, es el primero en buscar la amistad de ellos, les hace grandes beneficios; y todo lo que padeció, por ellos lo padeció. Por este modo les declara que permanecerá perpetuamente con ellos y que también ellos perpetuamente fructificarán. Porque para fructificar necesitan de su auxilio. De suerte que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo otorgue. A aquel a quien se le pide le toca hacer lo que se le pide. Entonces, si es al Padre a quien se le pide ¿por qué es el Hijo quien lo hace? Para que conozcas que el Hijo no es menor que el Padre.

Esto os ordeno: Amaos los unos a los otros: Como si les dijera: Esto no os lo digo por reprenderos; o sea, lo de que Yo daré mi vida, pues fui el primero en buscar vuestra amistad; sino para atraeros a la amistad. Luego, como resultaba duro y no tolerable el sufrir de muchos persecuciones y reprimendas, aparte de que esto podía echar por tierra aun a un hombre magnánimo, Jesús, tras de haber expuesto primero bastantes razones, finalmente acomete también ésta. Y eso después de haberles suavizado el ánimo y haberles abundantemente demostrado que todo era para su bien, lo mismo que las demás cosas que ya les había manifestado.

Pues así como les dijo no ser motivo de pena, sino incluso de gozo, que El fuera a su Padre, ya que no lo hacía por abandonarlos, sino porque mucho los amaba, así ahora les declara que no hay por qué dolerse sino alegrarse. Advierte en qué forma lo demuestra. Pues no les dijo: Ya sé yo que eso de sufrir es cosa molesta, pero soportadlo por amor a Mí, pues por Mí lo sufrís. En aquellos momentos, esto no los habría consolado suficientemente. Por lo cual Jesús deja ese motivo y les propone otro. ¿Cuál es? Que semejante cosa sería señal y prueba de la anterior virtud; de modo que, al contrario, sería cosa de dolerse, no el que ahora fuerais motivo de odio, sino el que fuerais amados.

Esto es lo que deja entender cuando dice: Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo que es suyo. Es decir: si fuerais amados del mundo daríais testimonio de perversidad. Pero como con aquellas palabras aún nada aprovecharan, prosigue: No es el siervo mayor que su Señor. Si a Mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros. Con lo que sobre todo da a entender que ellos serán sus imitadores. Mientras Cristo vivió en carne mortal, peleaban contra El; pero una vez que fue llevado al Cielo, se luchó contra sus discípulos.

Y como ellos se perturbaran pensando tener que luchar con un pueblo tan numeroso, siendo ellos tan pocos, les levanta el ánimo diciéndoles que esa es sobre todo la causa de alegrarse: el que todos los otros los aborrezcan. Como si les dijera: Así seréis compañeros míos en los sufrimientos. De modo que conviene que no os conturbéis, ya que no sois mejores que Yo; pues como dije: No es el siervo de mejor condición que su Señor…

San Juan Pablo II, papa

Homilia (1991)

«Este es el Mandamiento mío, que os améis… como yo os he amado»

En la parroquia romana de Santa María del Olivo en Settecamini, 5 de mayo de 1991

1. Queridos hermanos y hermanas, en el ambiente de alegría del tiempo de Pascua, al celebrar la plenitud del amor de Dios por la humanidad, expresado y comunicado a nosotros en su Hijo, muerto y resucitado, la liturgia de hoy nos lleva a la consideración de esta gran “don”, del cual proviene el mandamiento de amar a nuestros hermanos.

Contemplamos, en primer lugar, el amor de Dios por el hombre, que se ha revelado plenamente en Cristo, su Hijo.

“Dios es amor”, ha recordado el apóstol Juan. Es amor porque es “comunión” que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en la vida trinitaria. Es amor porque es “don”. El amor de Dios, en efecto, no permanece cerrado en sí mismo, sino que se difunde y llega al corazón de todos los que ha creado, llamándolos a ser sus hijos.

El amor de Dios es un amor gratuito, que antecede la espera y la necesidad del hombre. “No fuimos nosotros a amar a Dios, sino que él nos amó.” Nos amó primero, Él tomó la iniciativa. Esta es la gran verdad que ilumina y explica todo lo que Dios ha hecho y conseguido en la historia de la salvación.

El amor de Dios, por otra parte, no está reservado a algunos, unos pocos, sino que quiere abrazar a todos, invitándolos a ser una sola familia. El apóstol Pedro dice lo mismo en su discurso de evangelización que tuvo lugar en la casa del centurión Cornelio, donde se encontraban muchas personas: Dios – dice – “no hace acepción de personas, sino el que le teme y practica la justicia, perteneciendo al pueblo que pertenezca, es aceptable a él”.

El amor de Dios por la humanidad no conoce fronteras, no se detiene delante de alguna barrera de raza o cultura: es universal, es para todos. Pide sólo disponibilidad y acogida; sólo exige un terreno humano para fecundar, hecho de conciencia honesta y buena voluntad.

Es, finalmente, un amor concreto hecho de palabras y gestos que llegan al hombre en diferentes situaciones, incluidas las de sufrimiento y de opresión, porque es amor que libera y salva, ofreciendo amistad y creando comunión. Todo esto por la fuerza del don del Espíritu, derramado como don de amor en los corazones de los creyentes, para que puedan glorificar a Dios y proclamar sus maravillas a todos los pueblos.

2. De la contemplación del amor de Dios viene la necesidad de una respuesta, de un compromiso. ¿Cuál? Es un deber preguntárselo. Y la palabra de Dios, apenas escuchada, colma nuestras expectativas. Se requiere antes que nada que el hombre se deje amar por Dios. Esto sucede cuando se cree en su amor y se lo toma en serio, aceptando el don en la propia vida para dejares transformar y moldear por él, especialmente en las relaciones de solidaridad y fraternidad que unen a los hombres unos con otros.

Jesucristo, en efecto, pide a aquellos que han sido alcanzados por el amor del Padre amarse unos con otros y amar a todos como Él los amó. La originalidad y la novedad de su mandamiento residen precisamente en aquel “como”, que dice gratuidad, apertura universal, concreción en palabras y gestos verdaderos, capacidad de donación hasta al supremo sacrificio de sí mismos. De esta manera, su vida puede difundirse, transformar el corazón humano y hacer de todos los hombres de una comunidad reunida en su amor.

Jesús pide a sus seguidores que permanezcan en su amor, es decir, que vivan permanentemente en comunión con él, en una relación constante de amistad y de diálogo. Y esto para gustar de la alegría plena, para encontrar la fuerza para observar sus mandamientos y, finalmente, para producir frutos de justicia y de paz, de santidad y de servicio.

4. Acoged con renovada conciencia el Evangelio del amor que Jesucristo revela con su palabra y con su vida. Él los ha elegido y, con el don del Espíritu Santo, los ha “constituido” y establecido en Él, haciéndolos sus amigos y partícipes, con el bautismo, de su propia vida. Permanezcan en su amor, perseveren en él, cultiven el diálogo de la oración con Él, crezcan en la comunión a través de la participación en los sacramentos y en la liturgia, custodien fielmente su palabra en el corazón, observen sus mandamientos.

Y entonces ámense el uno al otro, porque “todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.” El amor fraternal, en efecto, testimoniado y experimentado, hace creíble el Evangelio del amor de Dios de “los de fuera” y se convierte así en la primera forma de evangelización para los hombres de nuestro tiempo. Este amor mutuo, en la realidad de su comunidad parroquial, está destinado a expresarse en múltiples formas de compromiso y servicio.

Exige disponibilidad y acogida a todos, especialmente a los niños, a los pobres, a los que sufren; pide una cooperación activa y armoniosa a las diversas iniciativas en miras a crear y fortalecer la comunión; incluye la valoración del carisma personal y de grupo, con el objetivo de orientar al bien común y la edificación de la comunidad, superando el impulso fácil del individualismo y la búsqueda de intereses particulares. Nos demanda, en una palabra, “caminar juntos”, guiados por quien es pastor de la Iglesia, con el objetivo común del Reino de Dios.

5. El Evangelio del amor, por último, pide a todos y a cada uno que vayan y den fruto, y un fruto que permanezca. Es el deber de la “misión”, que nos insta a llevar la reconciliación y la paz allí donde hay división y enemistad; a crear la solidaridad allí donde hay marginación y soledad; a promover la vida allí donde se propagan los signos de la muerte; a compartir allí donde el egoísmo levanta barreras y prejuicios: en la familia, en el trabajo, en la vida del barrio.

“Con voces de júbilo den el gran anuncio, hacedlo llegar a los confines de la tierra: el Señor ha liberado a su pueblo. Aleluya”.

Queridos, vivan en el amor de Dios y en la alegría. La liturgia de hoy es “alegría”: es la alegría de ir juntos, es la alegría de estar juntos como familia de Dios reunida alrededor de su altar, de su Eucaristía. Es una alegría especial ver a estos niños vestidos tan solemnemente, niñas vestidas de blanco, para recibir la Sagrada Comunión. Es, sobre todo, la alegría de los corazones de estos niños, ya que deben abrirse a Jesucristo Eucaristía y convertirse en su casa como él les ha dicho. Es alegría para las familias que viven así un gran día en su camino de la vida cristiana. Siempre es alegría en su comunidad eclesial, en su comunidad parroquial este día de la Primera Comunión de los niños, día de gran alegría pascual. Es alegría para mí, que he podido encontrarme en su parroquia en este día en que sus hijos reciben la Primera Comunión y yo personalmente puede dar a Jesús Eucaristía a cada uno de ellos. Que el Señor los bendiga y les ayude en el camino parroquial cristiano, especialmente en este mes de mayo, y a lo largo de nuestras vidas. Alabado sea Jesucristo.

Benedicto XVI, papa

Homilía (2012)

Visita Pastoral a Arezzo, La Verna y Sansopolcro. Concelebración Eucarística en Parque “Il Prato”, Arezzo, 13 de Mayo de 2012

5. Queridos amigos, la primera lectura nos ha presentado un momento importante en el que se manifiesta precisamente la universalidad del mensaje cristiano y de la Iglesia: san Pedro, en la casa de Cornelio, bautizó a los primeros paganos. En el Antiguo Testamento Dios había querido que la bendición del pueblo judío no fuera exclusiva, sino que se extendiera a todas las naciones. Desde la llamada de Abrahán había dicho: «En ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gn 12, 3). Y así Pedro, inspirado desde lo alto, comprende que «Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea» (Hch 10, 34-35). El gesto realizado por Pedro se convierte en imagen de la Iglesia abierta a toda la humanidad. Siguiendo la gran tradición de vuestra Iglesia y de vuestras comunidades, sed testigos auténticos del amor de Dios hacia todos.

6. Pero, ¿cómo podemos nosotros, con nuestra debilidad, llevar este amor? San Juan, en la segunda lectura, nos ha dicho con fuerza que la liberación del pecado y de sus consecuencias no es iniciativa nuestra, sino de Dios. No hemos sido nosotros quienes lo hemos amado a él, sino que es él quien nos ha amado a nosotros y ha tomado sobre sí nuestro pecado y lo ha lavado con la sangre de Cristo. Dios nos ha amado primero y quiere que entremos en su comunión de amor, para colaborar en su obra redentora.

7. En el pasaje del Evangelio ha resonado la invitación del Señor: «Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16). Son palabras dirigidas de modo específico a los Apóstoles, pero, en sentido amplio, conciernen a todos los discípulos de Jesús. Toda la Iglesia, todos nosotros hemos sido enviados al mundo para llevar el Evangelio y la salvación. Pero la iniciativa siempre es de Dios, que llama a los múltiples ministerios, para que cada uno realice su propia parte para el bien común. Llamados al sacerdocio ministerial, a la vida consagrada, a la vida conyugal, al compromiso en el mundo, a todos se les pide que respondan con generosidad al Señor, sostenidos por su Palabra, que nos tranquiliza: «No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido» (ib.).

Congregación para el Clero

«Ya no os llamo siervos […] sino que os he llamado amigos» (Jn 15,15). Estas palabras, dirigidas a nosotros por el Señor Resucitado, pueden y deben ser una fuente de sobre abundante alegría en el presente, y esperanza cierta frente a cualquier cosa que nos reserve el futuro. Ellas son la raíz de la vida, siempre nueva y siempre dada con amor apasionado por Cristo, por la Verdad y por todos los hombres. Son portadoras de una radical novedad en la relación de los hombres con Dios.

En ellas nos ha sido revelado lo que el hombre, por su condición de criatura y de pecador, jamás habría podido imaginar: el Hijo de Dios, el Unigénito del Padre, nos llama «amigos».

Probablemente, esta palabra -«amistad»- requiera una re-semantización: debería ser re-significada, re-descubierta en su real significado, puesto que, como también la palabra «amor», ha sido usada y abusada hasta tal punto, en la época contemporánea, que se ha visto vaciada de su propia y genuina riqueza. Pero el Señor Jesús, en el pasaje evangélico, nos ofrece la comprensión auténtica de la Amistad de Dios.

El Señor señala la condición de «amigos» como, podríamos decir, cualitativamente superior a la de «siervos». Por nuestra moderna sensibilidad, esto parece bastante obvio: más aún, ser llamados «amigos» y no «siervos» parece casi como un derecho exigible. La condición de siervo nos parece claramente indigna del ser humano, hecho para la libertad y para vivir grandes ideales.

En verdad, un modo semejante de entender las palabras del Señor sería por lo menos ilegítimo, tanto por el específico contexto histórico-cultural en el que fueron pronunciadas,  como por la peculiaridad de la relación en cuestión, que vería como términos de la amistad –o de la esclavitud- no un hombre y otro hombre, sino un hombre y su Creador y Redentor.

La condición de servidumbre en las relaciones con Dios, ya constituía por sí misma la gloria del pueblo de Israel y era la condición de su libertad, frente a todos los demás pueblos. «Servir al Señor» era consecuencia, además, de haber sido, entre todas las naciones, elegidos y liberados de la esclavitud. Y era una gloria y un privilegio, para el pueblo, haber sido elegidos por Dios y llamados para servirlo.

Ahora por gracia, podemos decir que realmente Dios «ha bajado» en medio de nosotros, para «tirarnos hacia arriba», ¡hasta Él!

En Cristo se ha cumplido este designio del Padre: es Él la verdadera Tierra prometida, que nos ha sido preparada en el seno de la Santísima Virgen María. Y a nosotros nos ha sido dado no sólo contemplarla desde lejos –desde el exterior- , como sucedió a Moisés, el Siervo del Señor (cf. Dt 32,52), sino que podemos entrar y morar en ella: «Como el Padre me ha amado, así os he amado a vosotros […] todo lo que he oído al Padre os lo he dado a conocer a vosotros» (Jn 15,9.15b).

He aquí la radical novedad de esta amistad: los hombres, objeto de la predilección de Dios, creados y llamados para servirlo, son destinatarios de un amor incomparable: «Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por sus amigos » (Jn 15,13). El Hijo de Dios, hecho hombre, se da todo a Sí mismo y así «eleva» hacia el Padre la humanidad, abriendo las puertas de su morada y acogiendo a los fieles al banquete nupcial.

Eligiéndonos, es decir, llamando personalmente a cada uno, Cristo nos da la alegría de compartir su misma Vida y Filiación: nos hace partícipes, dirá san Pedro, de la naturaleza divina (cf. 2Pe 1,4).

Animados por esta profunda y nueva Comunión con el Resucitado, que nos acompaña siempre y en todas partes, imploramos a la Santísima Virgen, Refugio de los pecadores y Nuestra Señora de Fátima, «permanecer» en el amor de Cristo, de amarnos los unos a los otros y de llevar fruto, el fruto de los hijos de Dios. Amén.

Rainiero Cantalamessa

Homilía 21-05-2006

El «deber» de amar

«Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado… Lo que os mando es que os améis los unos a los otros».

El amor, ¿un mandamiento? ¿Se puede hacer del amor un mandamiento sin destruirlo? ¿Qué relación puede haber entre amor y deber, dado que uno representa la espontaneidad y el otro la obligación?

Hay que saber que existen dos tipos de mandamientos. Existe un mandamiento o una obligación que viene del exterior, de una voluntad diferente a la mía, y un mandamiento u obligación que viene de dentro y que nace de la cosa misma. La piedra que se lanza al aire, o la manzana que cae del árbol, está «obligada» a caer, no puede hacer otra cosa; no porque alguien se lo imponga, sino porque en ella hay una fuerza interior de gravedad que la atrae hacia el centro de la tierra.

De igual forma, hay dos grandes modos según los cuales el hombre puede ser inducido a hacer o no determinada cosa: por constricción o por atracción. La ley y los mandamientos ordinarios le inducen del primer modo: por constricción, con la amenaza del castigo; el amor le induce del segundo modo: por atracción, por un impulso interior. Cada uno, en efecto, es atraído por lo que ama, sin que sufra constricción alguna desde el exterior. Enseña a un niño un juguete y le verás lanzarse para agarrarlo. ¿Qué le empuja? Nadie; es atraído por el objeto de su deseo. Enseña un Bien a un alma sedienta de verdad y se lanzará hacia él. ¿Quién la empuja? Nadie; es atraída por su deseo.

Pero si es así –esto es, somos atraídos espontáneamente por el bien y por la verdad que es Dios–, ¿qué necesidad había, se dirá, de hacer de este amor un mandamiento y un deber? Es que, rodeados como estamos de otros bienes, corremos peligro de errar el blanco, de tender a falsos bienes y perder así el Sumo Bien. Como una nave espacial dirigida hacia el sol debe seguir ciertas reglas para no caer en la esfera de gravedad de algún planeta o satélite intermedio, igual nosotros al tender hacia Dios. Los mandamientos, empezando por el «primero y mayor de todos» que es el de amar a Dios, sirven para esto.

Todo ello tiene un impacto directo en la vida y en el amor también humano. Cada vez son más numerosos los jóvenes que rechazan la institución del matrimonio y eligen el llamado amor libre, o la simple convivencia. El matrimonio es una institución; una vez contraído, liga, obliga a ser fieles y a amar al compañero para toda la vida. Pero ¿qué necesidad tiene el amor, que es instinto, espontaneidad, impulso vital, de transformarse en un deber?

El filósofo Kierkegaard da una respuesta convincente: «Sólo cuando existe el deber de amar, sólo entonces el amor está garantizado para siempre contra cualquier alteración; eternamente liberado en feliz independencia; asegurado en eterna bienaventuranza contra cualquier desesperación». Quiere decir: el hombre que ama verdaderamente, quiere amar para siempre. El amor necesita tener como horizonte la eternidad; si no, no es más que una broma, un «amable malentendido» o un «peligroso pasatiempo». Por eso, cuanto más intensamente ama uno, más percibe con angustia el peligro que corre su amor, peligro que no viene de otros, sino de él mismo. Bien sabe que es voluble, y que mañana, ¡ay!, podría cansarse y no amar más. Y ya que, ahora que está en el amor, ve con claridad la pérdida irreparable que esto comportaría, he aquí que se previene «vinculándose» a amar para siempre. El deber sustrae el amor de la volubilidad y lo ancla a la eternidad. Quien ama es feliz de «deber» amar; le parece el mandamiento más bello y liberador del mundo.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

Permaneced en mi amor

«Permaneced en mi amor». En esta Pascua Cristo nos ha manifestado más clara e intensamente su amor. Y ahora nos invita a permanecer bajo el influjo de este amor. En realidad podemos decir que toda la vida del cristiano se resume en dejarse amar por Dios. Dios nos amó primero. Nos entregó a su Hijo como víctima por nuestros pecados. Y el secreto del cristiano es descubrir este amor y permanecer en él, vivir de él. Sólo la certeza de ser amados por Dios puede sostener una vida. No sólo hemos sido amados, sino que somos amados continuamente, en toda circunstancia y situación. Y se trata de permanecer en su amor, de no salirnos de la órbita de ese amor que permanece amándonos siempre, que nos rodea, que nos acosa, que está siempre volcado sobre nosotros.

«Amaos unos a otros como yo». Sólo el que permanece en su amor puede amar a los demás como Él. El amor de Cristo transforma al que lo recibe. El que de veras acoge el amor de Cristo se hace capaz de amar a los demás. Pues el amor de Cristo es eficaz. Lo mismo que Él nos ama con el amor que recibe de su Padre, nosotros amamos a los demás con el amor que recibimos de Él. La caridad para con el prójimo es el signo más claro de la presencia de Cristo en nosotros y la demostración más palpable del poder del Resucitado.

«El que ama ha nacido de Dios». Dios infunde en nosotros su misma caridad. Por eso nuestro amor, si es auténtico, debe ser semejante al de Dios. Pero Dios ama dando la vida: el Padre nos da a su Hijo; Cristo se entrega a sí mismo, ambos nos comunican el Espíritu. La caridad no consiste tanto en dar cuanto en darse, en dar la propia vida por aquellos a quienes se ama; y eso hasta el final, hasta el extremo, como ha hecho Cristo y como quiere hacer también en nosotros: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». El amor de Cristo es de este calibre. Y el amor a los demás que quiere producir en nosotros, también.

Como yo os he amado

«Yo os he elegido». Nuestra fe, nuestro ser cristiano, no depende primera ni principalmente de una opción que nosotros hayamos hecho. Ante todo, hemos sido elegidos, personalmente, con nombre y apellidos. Cristo se ha adelantado a lo que yo pudiera pensar o hacer, ha tomado la iniciativa, me ha elegido. Ahí está la clave de todo, ahí esta la raíz de nuestra identidad. Y es preciso dejarnos sorprender continuamente por esta elección de Dios, «Él nos amó primero» (1Jn 4,19).

«Os llamo amigos». Cristo resucitado, vivo y presente, nos llama y nos atrae a su amistad. Ante todo, busca una intimidad mayor con cada uno de nosotros. Nos ha contado todos sus secretos, nos ha introducido en la intimidad del Padre. Y es una amistad que va en serio: la ha demostrado dando la vida por los que eran enemigos (Col 1,21-22) y convirtiéndolos en amigos. A la luz de la Pascua hemos de examinar si nuestra vida discurre por los cauces de la verdadera amistad e intimidad con Cristo o –por el contrario– todavía le vemos distante, lejano. Y si correspondemos a esta amistad con la fidelidad a sus mandamientos.

«Como yo os he amado». Quizá muchas veces meditamos en el amor al prójimo. Pero tal vez no meditamos tanto en la medida de ese amor, en ese «como yo». La medida del amor al hermano es dar la vida por él como Cristo la ha dado, gastar la vida por los demás día tras día. Mientras no lleguemos a eso hemos de considerarnos en déficit. El cristiano nunca se siente satisfecho como si ya hubiera hecho bastante. «El amor de Cristo nos apremia» (2Cor 5,14). Y lo maravilloso es que realmente podemos amar como Él porque este amor «ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5). Cristo resucitado, viviendo en nosotros nos capacita y nos impulsa a amar «como Él».

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico (III)

Antífonas y Oraciones

Entrada: «Con gritos de júbilo, anunciadlo y proclamadlo; publicadlo hasta el confín de la tierra. Decid: “El Señor ha redimido a su pueblo”. Aleluya» (Is 48,20).

Colecta (compuesta con textos del Veronense y del Gelasiano): «Concédenos, Dios todopoderoso, continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado; y que los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras».

Ofertorio (textos del Veronense y del Sacramentario de Bérgamo): «Que nuestra oración, Señor, y nuestras ofrendas sean gratas en tu presencia, para que así, purificados por tu gracia, podamos participar más dignamente en los sacramentos de tu amor».

Comunión: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” –dice el Señor–. Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,15-16).

Postcomunión (del Gelasiano): «Dios todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas».

Liturgia de la Palabra

La Iglesia, a través de su liturgia, trata de abrirnos y hacernos dóciles a la acción interior del Espíritu Santo, subrayándonos la necesidad que tenemos de Él para vivir con autenticidad nuestra condición de miembros de Cristo y de su Iglesia. San Pablo nos recuerda que la grandeza del cristiano arranca del amor de Dios, que nos eligió para derramar sobre nosotros su amor mediante el don del Espíritu Santo.

Hechos 10,25-26.34-35.44-48: El don del Espíritu Santo se derramará también sobre los gentiles. La acción santificadora del Espíritu Santo es la que da universalidad a la misión de la Iglesia, como sacramento de salvación para todos los hombres. Fue un caso importantísimo el hecho de la recepción en la Iglesia de Cornelio, oficial romano. Una intervención especialísima del Espíritu Santo que actúa en la Iglesia, como el mismo Cristo lo había profetizado. Oigamos a San Jerónimo:

«Verdaderamente se ha cumplido en vosotros la palabra apostólica y profética: “Su sonido llegó a la tierra entera, y a los confines del orbe su palabra” (Sal 18,5). Porque, ¿quién pudiera creer que la lengua bárbara de los godos buscara la verdad hebraica y, mientras los griegos dormitan y hasta contienden entre sí, la Germania misma escudriña los oráculos del Espíritu Santo? La mano poco ha callosa de empuñar la espada y los dedos hechos a tirar del arco se reblandecen para el estilo y la pluma, y los pechos belicosos se vuelven a la mansedumbre cristiana. En verdad me doy cuenta de que Dios no hace acepción de personas, sino que cualquier nación que teme a Dios y obra la justicia le es acepta (Hch 10,34-35)» (Carta 106 a Sumnia y Fretela sobre el Salterio).

Con el Salmo 17 proclamamos: «Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, revela a las naciones su justicia, se acordó de su misericordia y de su fidelidad en favor de la casa de Israel –de la Iglesia, de las almas–. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad».

1 Juan 4,7-10: Dios es amor. «La caridad de Dios ha sido derramada sobre nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5). Se es cristiano en la medida en que se responde al amor de Dios y a su mandato de caridad. San Agustín repite que Dios es Amor:

«Aunque nada más se dijese en alabanza del amor en todas las páginas de esta Carta; aunque nada más se dijera en todas las páginas de las Sagradas Escrituras y únicamente oyéramos por boca del Espíritu Santo: “Dios es Amor”, nada más deberíamos buscar» (Comentario a la Primera Carta de San Juan 7,5).
«La fuente de todas las gracias es el amor que Dios nos tiene y que nos ha revelado, no exclusivamente con las palabras, sino también con los hechos. El amor divino hace que la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo de Dios Padre, tome nuestra carne, es decir, nuestra condición humana, menos el pecado,. Y el Verbo, La Palabra de Dios es la Palabra de la que procede el Amor» (De Trinitate 9, 10).

San Gregorio de Nisa dice a este respecto:

«…Con tales flores aquel Artífice de los hombres adornó nuestra naturaleza a su propia imagen. Y si se desea seguir encontrando otras, con las que se expresa la divina belleza, te darás cuenta de que, en nuestra imagen, se ha conseguido cuidadosamente la semejanza. En la naturaleza divina está el pensamiento y la palabra. Está dicho en la Sagrada Escritura que en el principio existía la Palabra (Jn 1,1). También los posee el hombre. En ti mismo ves que tienes palabra y mente inteligente, verdadera imagen de aquella inteligencia y palabra. Dios es también caridad y fuente del amor mutuo. Así lo dice el apóstol San Juan: “El amor viene de que Dios es amor” (1 Jn 4,7-8). También el Creador de todas las cosas imprimió esta nota en nuestro rostro, pues dice: “En esto conocerán de que sois mis discípulos, en que os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13,35). Por tanto, si este amor mutuo falta en nosotros, todas las notas de nuestra imagen se han alterado» (Tratado sobre la obra del hombre 5).

Juan 15,9-17: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. La misión que Cristo transfiere a su Iglesia es, fundamentalmente, misión de amor salvífico. «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. Permaneced en mi Amor» (Jn 15,9). Por ello, el misterio del amor del Corazón de Jesucristo será siempre el centro de la Iglesia.

El mandamiento supremo de Cristo consiste en la caridad fraterna, que llega hasta el don de la propia vida en favor de los seres amados. Jesús da a conocer a los discípulos elegidos por Él mismo todo cuanto conoce del Padre. La revelación del Padre no es otra cosa que Jesucristo y es revelación por el amor, para el amor y en el amor. El amor de los discípulos entre sí será el fundamento y la condición de la permanencia gozosa en ellos de Jesús, después de su partida de este mundo. San Juan Crisóstomo dice:

«El amor que tiene por motivo a Cristo es firme, inquebrantable e indestructible. Nada, ni las calumnias, ni los peligros, ni la muerte, ni cosa semejante será capaz de arrancarlo del alma. Quien así ama, aun cuando tenga que sufrir cuanto se quiera, no dejará nunca de amar si mira el motivo por el que ama. El que ama por ser amado terminará con su amor apenas sufra algo desagradable…, pero quien está unido a Cristo jamás se apartará de ese amor» (Homilía sobre San Mateo 60).

Y San Bernardo afirma:

«El amor basta por sí solo y por causa de sí. Su premio y su mérito se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo para amar. Gran cosa es el amor, con tal que se recurra a su principio y origen, con tal que vuelva el amor a su fuente y sea una continua emanación de la misma» (Sermón 83).

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