Domingo XV Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas (Domingo XV del Tiempo Ordinario – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Am 7, 12-15 : Ve y profetiza a mi pueblo.
-Salmo: 84, 9-14 : Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
-2ª Lectura: Ef 1, 3-14 : Nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo.
+Evangelio: Mc 6, 7-13 : Los fue enviando.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia

Homilías sobre el Evangelio, 17,1-3.5-8; PL 76,1139-1142 (cf. Liturgia de las Horas)

«Los fue enviando de dos en dos»

Nuestro Señor y Salvador, amadísimos hermanos, nos instruye tanto con sus palabras como con sus actos. Sus acciones son, por ellas mismas, mandamientos porque cuando él hace cualquier cosa sin decir palabra, nos muestra cómo debemos actuar. Y es así que él envía a sus discípulos a predicar de dos en dos, porque los mandamientos de la caridad son dos: el amor de Dios y el del prójimo. El Señor envía a predicar a sus discípulos de dos en dos para sugerirnos, aunque sin decirlo, que el que no tiene caridad para con los demás no debe, de ninguna manera, iniciar el ministerio de la predicación.

Está muy bien dicho que «los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares donde pensaba ir él» (Lc 10,1). En efecto, el Señor va detrás de sus predicadores porque la predicación es un preámbulo; el Señor viene a habitar en nuestras almas cuando las palabras de exhortación han llegado ya hasta nosotros como precursoras y hace que el alma pueda acoger la verdad. Por eso Isaías dice a los predicadores: «Preparad el camino del Señor, allanad los senderos de nuestro Dios» (40,3). Y también el salmista las dice: «Alfombrad el camino del que viene desde poniente» (Sl 67,5 Vulg.) El Señor sube desde el ocaso porque habiéndose acostado por su pasión se manifiesta con una gloria mayor en su resurrección. Sube desde el ocaso porque resucitando ha pisoteado la muerte que había experimentado. Así pues, nosotros alfombramos el camino al que sube desde poniente cuando predicamos su gloria a vuestras almas a fin de que viniendo en seguida les ilumina por la presencia de su amor.

No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. El predicador ha de tener tanta confianza en Dios que, aunque no se provea de lo necesario para la presente vida, esté sin embargo segurísimo de que nada le ha de faltar, no ocurra que por tener la atención centrada en las cosas temporales, descuide de proveer a los demás las realidades eternas.

Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. La paz que se ofrece por boca del predicador, o descansa en la casa, si en ella hay gente de paz, o vuelve al mismo predicador; porque o bien habrá allí alguno predestinado a la vida y pondrá en práctica la palabra celestial que oye, o bien si nadie quisiere oír, el mismo predicador no quedará sin fruto, pues a él vuelve la paz, por cuanto el Señor le recompensará dándole la paga por el trabajo realizado.

Y ved cómo quien prohibió llevar ni alforja ni talega concede los necesarios medios de subsistencia a través de la misma predicación, pues agrega: Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. Si nuestra paz es aceptada, justo es que nos quedemos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan, y así recibamos una retribución terrena de aquellos a quienes ofrecemos los premios de la patria celestial. De este modo, la recompensa que se recibe en la presente vida debe estimularnos a tender con más entusiasmo a la recompensa futura. Por lo cual, un predicador ya curtido no debe predicar para recibir la recompensa en esta tierra, sino que ha de recibir la recompensa para poder seguir predicando. Porque quien predica para recibir aquí la paga, en prestigio o en metálico, se priva indudablemente de la recompensa eterna. En cambio, quien predica buscando agradar a los hombres para atraerlos con sus palabras al amor del Señor, no al suyo propio, o bien percibe una retribución para no caer extenuado en el ministerio de la predicación a causa de su pobreza, éste ciertamente recibirá su recompensa en la patria celestial, porque durante su peregrinación sólo recibió lo estrictamente necesario.

Y ¿qué hacemos nosotros, oh pastores, que no sólo recibimos la recompensa, sino que para colmo no somos operarios? Recibimos, ya lo creo, los frutos de la santa Iglesia para nuestro cotidiano sustento, y sin embargo no nos empleamos a fondo en la predicación en beneficio de la Iglesia eterna. Pensemos cuál será la penalización subsiguiente al hecho de haber percibido un salario sin haber llenado la jornada laboral. Mirad: nosotros vivimos de las ofrendas de los fieles; y ¿qué hacemos por las almas de los fieles? Invertimos en gastos personales lo que los fieles ofrecieron para remisión de sus pecados, y sin embargo no nos afanamos, como sería justo, en luchar, con la dedicación a la plegaria o a la predicación, contra esos mismos pecados.

Tertuliano

La prescripción de los herejes 19-21; SC 46 (Liturgia de las Horas, 3 de Mayo)

«Creo en la Iglesia… apostólica»

¿Por quién nos viene la fe que emana de las Escrituras? ¿Por quién, por qué intermediario, cuándo y a quien la doctrina que nos hace cristianos nos alcanzó?… Cristo Jesús, nuestro Señor, durante su vida terrena, iba enseñando por sí mismo quién era él, qué había sido desde siempre, cuál era el designio del Padre que él realizaba en el mundo, cuál ha de ser la conducta del hombre para que sea conforme a este mismo designio; y lo enseñaba unas veces abiertamente ante el pueblo, otras aparte a sus discípulos, principalmente a los doce que había elegido para que estuvieran junto a él, y a los que había destinado como maestros de las naciones. (Mc 3,14).

Y así, después de la defección de uno de ellos, cuando estaba para volver al Padre, después de su resurrección, mandó a los otros once que fueran por el mundo a adoctrinar a los hombres y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. (Mt 28,19). … Primero dieron testimonio de la fe en Jesucristo en Judea e instituyeron allí Iglesias, después fueron por el mundo para proclamar a las naciones la misma doctrina y la misma fe.

De modo semejante, continuaron fundando Iglesias en cada población, de manera que las demás Iglesias fundadas posteriormente, para ser verdaderas Iglesias, tomaron y siguen tomando de aquellas primeras Iglesias el retoño de su fe y la semilla de su doctrina. Por esto también aquellas Iglesias son consideradas apostólicas, en cuanto que son descendientes de las Iglesias apostólicas…Y, por esto, toda la multitud de Iglesias son una con aquella primera Iglesia fundada por los apóstoles, de la que proceden todas las otras. En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola.

Congregación para el Clero

El envío en misión de los Doce es el momento culminante de la vocación de los discípulos: llamados de la dispersión al seguimiento, del seguimiento a la comunión con el Señor, de la comunión con Él a la misión.

Aquel grupo de hombres, el primero de una ininterrumpida Tradición, no tiene otro objetivo que reproducir, en el mundo, el rostro de Aquel que los ha enviado: no se hay, de hecho, auténtico discipulado ni fructuosa misión si no es por la identificación con Cristo.

La fuente y el origen, así como el centro y el sentido de actuar de los Doce, es el Señor Jesús. Ellos se ponen en marcha  porque fueron llamados por Él y es por esto que pueden actuar con poder y autoridad como Él.

Pero aquel envío no es extraño para el hombre de hoy, sino que es un reclamo, fuerte y claro, de lo que realmente es la “vocación del cristiano”: dar testimonio de la persona de Cristo y del poder de Su presencia. En el envío en misión está en juego toda la dimensión humana del discípulo. Por esto, las indicaciones de Jesús no son teóricas, sino extremadamente prácticas. Más que preocuparse por lo que han de decir, Jesús se preocupa por lo que es necesario que sean.

Para ser creíble y fecundo, todo el anuncio cristiano requiere el testimonio de la vida; el contra-testimonio tiene el dramático poder de hacer no-creíble la verdad del anuncio. La pobreza pedida por Jesús a quienes emprenden el camino de la misión, no es de tipo estoico o ideológico, sino que es la condición del que renuncia a todo, para afirmar la riqueza del tesoro encontrado en el Señor Jesús. Es una pobreza que proviene de la alegría y lleva a la victoria sobre el pecado del mundo que, por el contrario, se muestra preocupado por el tener, por el poder, por aparentar. La pobreza, así, se hace la condición para amar.

Precisamente en la pobreza del ser del hombre, Dios realiza maravillas; en la finitud de nuestro ser humano, Dios ofrece todo de sí mismo. «Dios se sirve de pobres hombres para estar, por medio de Él,  presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se confía a sí mismo a los hombres conociendo nuestras debilidades, necesita hombres capaces de actuar y de estar presentes en lugar suyo. Esta audacia de Dios es lo verdaderamente grande que se esconde en la palabra “sacerdocio” ». (Benedicto XVI – Homilía al concluir el Año Sacerdotal).

La experiencia que hacen los Doce, y con ellos los discípulos de hoy, es constatar continuamente que la Gracia sirve solo como una “vía de escape” de la eficacia humana, pero no se apoya en ella; la eficacia divina del anuncio es inversamente proporcional a la presunta eficacia de los medios humanos.

El envío en misión y la obediencia al mandato de Cristo, no es simplemente un encargo para cumplirlo con diligencia, sino el modo que se la ha dado al hombre para participar de la gloria misma de Dios (II Lectura).

La humilde Esclava del Señor, la que ha dicho “fiat” delante del misterio, nos conceda dar siempre nuestro “sí” y participar así de la gloria divina.

Benedicto XVI, papa

Homilia (15-07-2012)

Visita Pastoral a Frascati.
Plaza de San Pedro, Frascati.

2. En el Evangelio de este domingo, Jesús toma la iniciativa de enviar a los doce apóstoles en misión (cf. Mc 6, 7-13). En efecto, el término «apóstoles» significa precisamente «enviados, mandados». Su vocación se realizará plenamente después de la resurrección de Cristo, con el don del Espíritu Santo en Pentecostés. Sin embargo, es muy importante que desde el principio Jesús quiere involucrar a los Doce en su acción: es una especie de «aprendizaje» en vista de la gran responsabilidad que les espera. El hecho de que Jesús llame a algunos discípulos a colaborar directamente en su misión, manifiesta un aspecto de su amor: esto es, Él no desdeña la ayuda que otros hombres pueden dar a su obra; conoce sus límites, sus debilidades, pero no los desprecia; es más, les confiere la dignidad de ser sus enviados. Jesús los manda de dos en dos y les da instrucciones, que el evangelista resume en pocas frases. La primera se refiere al espíritu de desprendimiento: los apóstoles no deben estar apegados al dinero ni a la comodidad. Jesús además advierte a los discípulos de que no recibirán siempre una acogida favorable: a veces serán rechazados; incluso puede que hasta sean perseguidos. Pero esto no les tiene que impresionar: deben hablar en nombre de Jesús y predicar el Reino de Dios, sin preocuparse de tener éxito. El éxito se lo dejan a Dios.

3. La primera lectura proclamada nos presenta la misma perspectiva, mostrándonos que los enviados de Dios a menudo no son bien recibidos. Este es el caso del profeta Amós, enviado por Dios a profetizar en el santuario de Betel, un santuario del reino de Israel (cf. Am 7, 12-15). Amós predica con gran energía contra las injusticias, denunciando sobre todo los abusos del rey y de los notables, abusos que ofenden al Señor y hacen vanos los actos de culto. Por ello Amasías, sacerdote de Betel, ordena a Amós que se marche. Él responde que no ha sido él quien ha elegido esta misión, sino que el Señor ha hecho de él un profeta y le ha enviado precisamente allí, al reino de Israel. Por lo tanto, ya se le acepte o rechace, seguirá profetizando, predicando lo que Dios dice y no lo que los hombres quieren oír decir. Y esto sigue siendo el mandato de la Iglesia: no predica lo que quieren oír decir los poderosos. Y su criterio es la verdad y la justicia aunque esté contra los aplausos y contra el poder humano.

4. Igualmente, en el Evangelio Jesús advierte a los Doce que podrá ocurrir que en alguna localidad sean rechazados. En tal caso deberán irse a otro lugar, tras haber realizado ante la gente el gesto de sacudir el polvo de los pies, signo que expresa el desprendimiento en dos sentidos: desprendimiento moral —como decir: el anuncio os ha sido hecho, vosotros sois quienes lo rechazáis— y desprendimiento material —no hemos querido y nada queremos para nosotros (cf. Mc 6, 11). La otra indicación muy importante del pasaje evangélico es que los Doce no pueden conformarse con predicar la conversión: a la predicación se debe acompañar, según las instrucciones y el ejemplo de Jesús, la curación de los enfermos; curación corporal y espiritual. Habla de las sanaciones concretas de las enfermedades, habla también de expulsar los demonios, o sea, purificar la mente humana, limpiar, limpiar los ojos del alma que están oscurecidos por las ideologías y por ello no pueden ver a Dios, no pueden ver la verdad y la justicia. Esta doble curación corporal y espiritual es siempre el mandato de los discípulos de Cristo. Por lo tanto la misión apostólica debe siempre comprender los dos aspectos de predicación de la Palabra de Dios y de manifestación de su bondad con gestos de caridad, de servicio y de entrega.

Raniero Cantalamessa: Les envió de dos en dos

«Y llama a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón; ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino “Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas”…».

Los estudiosos de la Biblia nos explican que, como de costumbre, el evangelista Marcos, al referir los hechos y las palabras de Cristo, tiene en cuenta la situación y necesidades de la Iglesia en el momento en el que escribe el Evangelio, esto es, después de la resurrección de Cristo. Pero el hecho central y las instrucciones que en este pasaje da Cristo a los apóstoles se refieren al Jesús terreno.

Es el inicio y como las pruebas generales de la misión apostólica. Por el momento se trata de una misión limitada a los pueblos vecinos, esto es, a los compatriotas judíos. Tras la Pascua esta misión será extendida a todo el mundo, también a los paganos: «Id por todo el mundo y predicad la Buena Nueva a toda la creación» [Mc 16, 15. Ndt.].

Este hecho tiene una importancia decisiva para entender la vida y la misión de Cristo. Él no vino para realizar una proeza personal; no quiso ser un meteorito que atraviesa el cielo para después desaparecer en la nada. No vino, en otras palabras, sólo para aquellos pocos miles de personas que tuvieron la posibilidad de verle y escucharle en persona durante su vida. Pensó que su misión tenía que continuar, ser permanente, de manera que cada persona, en todo tiempo y lugar de la historia, tuviera la posibilidad de escuchar la Buena Nueva del amor de Dios y ser salvado.

Por esto eligió colaboradores y comenzó a enviarles por delante a predicar el Reino y curar a los enfermos. Hizo con sus discípulos lo que hace hoy con sus seminaristas un buen rector de seminario, quien, los fines de semana, envía a sus muchachos a las parroquias para que empiecen a tener experiencia pastoral, o les manda a instituciones caritativas a que ayuden a cuantos se ocupan de los pobres, de los extracomunitarios, para que se preparen a la que un día será su misión.

La invitación de Jesús «¡Id!» se dirige en primer lugar a los apóstoles, y hoy a sus sucesores: el Papa, los obispos, los sacerdotes. Pero no sólo a ellos. Éstos deben ser las guías, los animadores de los demás, en la misión común. Pensar de otro modo sería como decir que se puede hacer una guerra sólo con los generales y los capitanes, sin soldados; o que se puede poner en pié un equipo de fútbol sólo con un entrenador y un árbitro, sin jugadores.

Tras este envío de los apóstoles, Jesús, se lee en el Evangelio de Lucas, «designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir» (Lc 10, 1). Estos setenta y dos discípulos eran probablemente todos los que Él había reunido hasta ese momento, o al menos todos los que le seguían con cierta continuidad. Jesús, por lo tanto, envía a todos sus discípulos, también a los laicos.

La Iglesia del post-Concilio ha asistido a un florecimiento de esta conciencia. Los laicos de los movimientos eclesiales son los sucesores de esos 72 discípulos… La vigilia de Pentecostés brindó una imagen de las dimensiones de este fenómeno con esos cientos de miles de jóvenes llegados a la Plaza de San Pedro para celebrar con el Papa las Vísperas de la Solemnidad. Lo que más impresionaba era el gozo y el entusiasmo de los presentes. Claramente para esos jóvenes vivir y anunciar el Evangelio no era un peso aceptado sólo por deber, sino una alegría, un privilegio, algo que hace la vida más bella de vivir.

El Evangelio emplea sólo una palabra para decir qué debían predicar los apóstoles a la gente («que se convirtieran»), mientras que describe largamente cómo debían predicar. Al respecto, una enseñanza importante se contiene en el hecho de que Jesús les envía de dos en dos. Eso de ir de dos en dos era habitual en aquellos tiempos, pero con Jesús asume un significado nuevo, ya no sólo práctico. Jesús les envía de dos en dos –explicaba San Gregorio Magno— para inculcar la caridad, porque menos que entre dos personas no puede haber ahí caridad. El primer testimonio que dar de Jesús es el del amor recíproco: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 35).

Hay que estar atentos para no interpretar mal la frase de Jesús sobre el marcharse sacudiéndose también el polvo de los pies cuando no son recibidos. Éste, en la intención de Cristo, debía ser un testimonio «para» ellos, no contra ellos. Debía servir para hacerles entender que los misioneros no habían ido por interés, para sacarles dinero u otras cosas; que, más aún, no querían llevarse ni siquiera su polvo. Habían acudido por su salvación y, rechazándoles, se privaban a sí mismos del mayor bien del mundo.

Es algo que también hay que recalcar hoy. La Iglesia no anuncia el Evangelio para aumentar su poder o el número de sus miembros. Si actuara así, traicionaría la primera el Evangelio. Lo hace porque quiere compartir el don recibido, porque ha recibido de Cristo el mandato: «Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis».

J. Aldazabal

Misa Dominical (1988), 15

-Dios nos envía como testigos en el mundo. Dios no se sirve normalmente de revelaciones directas, ni de ángeles. Es la Iglesia, o sea, los cristianos, los que continúan y visibilizan la voz y la obra salvadora de Cristo Jesús.

En el A.T. se sirvió de profetas como Amós, un laico, campesino. En el N.T., Cristo envió a los apóstoles a predicar y preparar el camino del Reino. Y ahora Dios se sigue sirviendo de todos nosotros, desde el Papa hasta el último cristiano. Cada uno desde una misión peculiar: no todos escriben “encíclicas” para la Iglesia, ni han recibido el encargo de animar una diócesis o una parroquia. Pero sí todos los cristianos somos misioneros y testigos de la Palabra de Dios en el mundo en que nos toca vivir: padres, catequistas, maestros, médicos y personal sanitario, estudiantes, obreros… Todos, por el bautismo y la confirmación, recibimos el noble encargo de dar testimonio de Cristo.

El mejor “enviado” y profeta es Cristo mismo. Pero desde Amós en el AT, los doce en el NT, y Pablo (un magnífico ejemplo de apóstol y enviado, que hoy escuchamos en su anuncio gozoso de la carta a los Efesios, una visión optimista de la historia), hasta nosotros, la iniciativa de Dios, enviando profetas, sigue en plena actualidad.

-Los apóstoles de Cristo tienen un estilo propio. El evangelio de hoy, sin llegar a ser un “manual de apóstoles”, nos pone unos interrogantes, y nos dice qué estilo de apostolado quería Cristo que tuvieran sus enviados. O sea, nosotros, cada uno en su tarea cristiana de testigos en el mundo de hoy.

a) Ante todo, la pobreza “evangélica”: basta con unas sandalias y un bastón, un modo de decir “lo imprescindible”, sin demasiados repuestos y apoyos materiales. No se trata tanto de un sentido literal, sino de una espíritu de radical desinterés económico, para que nuestro apoyo sea la fuerza de la Palabra y no los medios técnicos, que por otra parte, nos harán falta (la Madre Teresa necesita millones para su obra de atención a los pobres; los responsables de la animación de una diócesis o de la Iglesia universal tendrán que echar mano de medios técnicos para su misión). Pero el espíritu es claro: el enviado de Cristo no tiene que tener apego ni interés propio en estos medios.

b) Lo que sí debe tener es total disponibilidad y dedicación, sin caer en tentaciones de profesionalismo (Amós, un profeta no profesionalizado), ni de instalación cómoda. Además, el verdadero enviado no se “vende”, buscando el aplauso, o el interés propio. Seguramente un verdadero profeta de Cristo -sea ministro ordenado o laico de a pie que decide ser coherente en este mundo- debe contar con la incomprensión y hasta con la persecución. Como Amós por parte del sacerdote del templo de Betel, o como Cristo (recordar, el domingo pasado: no es profeta en su tierra), o los apóstoles, que en algunas partes sí serán recibidos pero en otras, no. Un cristiano que da testimonio de los valores del evangelio, muchas veces contrarios a los que pregona el mundo, resulta incómodo. Pero no por eso debe claudicar en su tarea profética.

c) Lo que debe predicar es el Reino, la Buena Noticia, la Palabra de Dios: no a sí mismo; la iniciativa es de Dios, no del mismo apóstol, y el contenido de su anuncio también. Amós predica lo que Dios le ha encargado. Los apóstoles anuncian el Reino: la palabras y el mensaje que han visto y oído en Jesús.

d) Y eso lo deben (debemos) hacer con palabras y obras: además de las palabras, que pueden ser más o menos creíbles, el cristiano debe dar testimonio con su vida y sus obras: aquellos apóstoles expulsaban demonios y curaban enfermos. Exactamente como hizo Cristo.

-Las direcciones de aplicación. De nuevo hoy es un día en que el primer interpelado por la Palabra es el mismo predicador. Y no está mal que lo indique así. Porque es un examen de conciencia de si somos a no apóstoles de Cristo según el estilo que El quiere. Pero el mensaje interpela a cualquier cristiano, que no sólo está en este mundo “para salvarse él”, sino para ayudar a otros, o sea, para ser misionero y apóstol, en nombre de Cristo, y en el ámbito de la Iglesia. Todos tenemos la misma misión. En la familia, en el trabajo, en los medios de comunicación, en el ámbito de la escuela o de la sanidad, o de las iniciativas parroquiales, todos podemos hacer bastante para dar color cristiano a este mundo, para ayudar a discernir cuáles son los valores según Dios y cuáles no. Desde Juan Pablo II hasta el último confirmado de este año que ha decidido ser valiente en su testimonio de fe cristiana.

No estaría mal que se hiciera alusión al testimonio y cooperación que un cristiano puede dar en el mundo de la sanidad. Como los apóstoles curaban enfermos, ungiéndoles con aceite, muchos tienen ocasión, en su propia familia, o en las estructuras sanitarias, de atender a los enfermos, Un lenguaje que resulta mucho más inteligible que el de los discursos y las palabras bonitas. Si uno, aunque “no le toque”, es capaz de atender una noche a un enfermo grave, o de emplear voluntariamente unas horas ayudando a minúsválidos, seguramente está dando un testimonio de Cristo más creíble que si escribiera libros. Tampoco estaría mal que se aludiera a la Unción de los enfermos, el sacramento que la Iglesia ofrece para alivio de los cristianos que están en ese trance serio de la enfermedad. Es el momento privilegiado que un conjunto de atenciones pastorales que la comunidad cristiana ofrece a los enfermos, como parte de su testimonio de Cristo.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

En los domingos siguientes (15º-24º) la revelación que Jesús hace de sí mismo tropieza también con la ceguera y la incomprensión de sus mismos discípulos. Sólo al final, Pedro en nombre de ellos acaba reconociendo a Jesús como Mesías. A pesar de lo cual, aún quedará un largo recorrido en la maduración de la fe de ellos.

En el Evangelio del domingo decimoquinto (6,7-13) se nos presenta la misión de los Doce. Jesús los envía con su misma autoridad, de modo que, al igual que Él, predican la conversión, curan enfermos y echan demonios. El texto insiste en la necesidad de ir desprovistos de medios y seguridades; su única seguridad reside –lo mismo que la del profeta: (1ª lectura de Amós 7,12-15)– en el hecho de ir en nombre de Jesús. Esta es también una ley esencial para la eficacia de la misión de la Iglesia en todas las épocas y lugares.

Echad Demonios (Mc 6,7-13)

Lo mismo que los Doce, todo cristiano es enviado a echar demonios. Cristo mismo nos capacita para ello, dándonos parte en su mismo poder. Y así toda la vida del cristiano, lo mismo que la de Cristo, es una lucha contra el mal en todas sus manifestaciones, no sólo en sí mismo, sino también en los demás y en el ambiente que le rodea. Precisamente para esto se ha manifestado Cristo, para deshacer las obras del Diablo (1Jn 3,8).

Y todo ello se realiza en pobreza. La eficacia del cristiano en el mundo no depende de los medios que posee. Todo lo contrario. Cuantos menos medios, más se manifiesta la fuerza de Dios, que es quien salva del mal. Cuanto más medios, tanto mayor es el peligro de apoyarse en ellos y no dar frutos de vida eterna. La historia de la Iglesia lo demuestra. Cuando la Iglesia ha carecido de todo ha sido fecunda. Cuando se ha apoyado en los medios materiales, en el prestigio humano, en las cualidades humanas, etc., ha dejado de serlo.

Finalmente, el texto de la carta a los Efesios nos sitúa en la razón de ser de nuestra vida en este mundo. Hemos sido creados para ser santos. Esa es la única tarea necesaria y urgente. Para eso hemos nacido. Sólo si somos santos nuestra vida valdrá la pena. Y sólo si somos santos echaremos los demonios y el mal de nosotros mismos y del mundo.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo V

La primera lectura trata de la vocación del profeta Amós, cómo el Señor elige su mensajero a quien quiere, cuándo y como quiere. La tercera lectura nos habla de las consignas dadas por Cristo a los discípulos enviados a evangelizar. En la segunda lectura San Pablo describe a los Efesios el plan divino sobre nosotros. Dios nos ha destinado desde toda la eternidad a convertirnos en hijos suyos por Jesucristo para alabanza de su gloria.

La vocación cristiana, don de iniciativa amorosa de Dios a quienes Él mismo ha elegido, es, por su propia naturaleza, vocación a la santidad testifical y vocación al apostolado responsable (cf. Lumen Gentium 17 y 40)

El auténtico cristiano es siempre un testigo viviente de Cristo. El falso cristiano vive ajeno a la salvación de los hombres, sus hermanos.

Amós 7,12-15: Ve y profetiza a mi pueblo. En su fe profunda y operante, Amós se siente responsable ante Dios, que le reclama para profeta y testimonio contra la frivolidad religiosa del reino de Israel. Su vida evidencia plenamente su fidelidad a Yavé. San Jerónimo dice:

«Los médicos que se llaman cirujanos son tenidos por crueles y son realmente desdichados. Porque, ¿no es una desdicha dolerse de las heridas ajenas y tener que cortar con hierro compasivo las carnes muertas, y, al tener que curar, no sentir horror de lo que horroriza al que es curado, y encima ser tenido por enemigo? Está en la naturaleza de las cosas el que la verdad sea amarga y los vicios sean considerados agradables.

«Isaías, para poner un ejemplo de lo que había de ser la cautividad inminente, no tuvo empacho de andar desnudo (Isaías 20,2); Jeremías es sacado de en medio de Jerusalén y enviado al Éufrates, río de Mesopotamia, para esconder allí, entre gentes enemigas, donde está el asirio y los ejércitos de los caldeos, una faja que debía pudrirse (cf. Jer 13,1-7); a Ezequiel se le manda comer un pan hecho de todo género de semillas y rociado primero con excrementos humanos y luego bovinos (cf. Ez 4,9-15), y termina presenciando con los ojos secos de lágrimas la muerte de su mujer (ib. 24,15-17). Amós es expulsado de Samaría (Am 7,12) Y todo esto, te pregunto, ¿por qué? Porque eran cirujanos espirituales que cortaban los vicios de los pecadores y exhortaban a la penitencia… Así, no es de extrañar, si también nosotros, al censurar los vicios, ofendemos a muchos» (Carta 40 1-2, a Marcela).

–Con el Salmo 84 decimos: «voy a escuchar lo que dice el Señor». Esta es la actitud de todo profeta en todos los tiempos. «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos y a los que se convierten de corazón». El misterio de la venida de Cristo tiene una historia en la vida de todo creyente. El que se convierte y recibe la gracia es como un exiliado que espera regresar a la patria verdadera. Por eso puede hacer suyas las palabras del Salmo: «La salvación ya está cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra. La misericordia y la felicidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos».

Efesios 1,3-14: Nos eligió en Él antes de crear el mundo. La introducción a la Carta a los Efesios nos recuerda que nuestra fe cristiana es un don de iniciativa divina que compromete plenamente nuestra existencia ante el Padre y ante los hombres.

Todo el proceso salvífico de la lectura es atribuido por san Pablo a la benevolencia de la voluntad divina. Por tres veces se subraya que esto sucede «para alabanza y gloria de su gracia», «para que la gloria de su gracia… redunde en alabanza suya», «seremos alabanza de su gloria». Estas expresiones tienen en el himno la función de estribillo, el carácter doxológico de toda la composición. San Jerónimo comenta:

«Aunque uno sea santo y perfecto, y sea estimado digno de la felicidad a juicio de todos, sin embargo ahora ha conseguido las arras del Espíritu para la herencia futura. Si la prenda es tanta, ¿qué será la posesión? Como la prenda que se nos da no está fuera de nosotros, sino dentro de nosotros, así la herencia misma –esto es, el reino de Dios dentro de nosotros está (Lc 17,21)– es algo intrínseco a nosotros. ¿Qué mayor herencia puede haber que contemplar y ver sensiblemente la belleza de la Sabiduría del Verbo, de la Verdad y de la Luz, y lo inefable del mismo; y considerar la magnífica naturaleza de Dios y ver la sustancia de todas las cosas creadas a semejanza de Dios. Este Espíritu Santo de la promesa, que es la prenda de nuestra heredad, se nos da ahora, para que seamos redimidos y unidos a Dios para alabanza de su gloria. No porque Dios necesite alabanza de nadie, sino para que su alabanza aproveche a los que le alaban, y mientras conocen en cada una de sus obras su majestad y su grandeza, se levanten a alabarle en un milagro de estupor» (Comentario a la Carta a los Efesios 1,14).

Marcos 6,7-13: Y comenzó a enviarlos. Los primeros creyentes, los apóstoles y los discípulos, vieron íntegramente comprometidas y marcadas sus vidas para la obra redentora de Cristo. A San Marcos le interesa presentar al predicador evangélico como al que revela en el mundo el misterio de la salvación mediante el Mesías crucificado. A esto parece que va dirigida la absoluta pobreza de medios en el apóstol, catequista, evangelizador. La Iglesia es en sí, como lo fue Cristo, portadora de la salvación, pero no tiene ningún aspecto triunfalístico pagano y mundano. Cristo triunfó por su Misterio Pascual sobre el pecado y la muerte. La Iglesia sigue ese mismo camino, no puede prescindir de ello.

Esto no podemos olvidarlo, aun en nuestro aspecto de vida escondida, crucificada, en la pobreza y debilidad, en nuestras limitaciones. La doctrina que subyace en esta lectura es la de que la victoria se realiza en la humildad y en la carencia de medios humanos. No podemos prescindir de ellos, ciertamente; pero no hemos de poner nuestro afán en ellos. San Pablo nos dice que todo es para nosotros, para nuestra utilidad, para nuestro provecho, pero nosotros somos de Cristo y Cristo de Dios. Ése es el orden que siempre han seguido los santos. Emplear los medios de este mundo para el servicio de Dios, sin estar apegados, sino desprendidos totalmente de ellos.

En la celebración litúrgica no agotamos toda la responsabilidad de nuestra fe y de nuestra identidad cristiana. Esto se ha de prolongar en la vida cotidiana, como testigos y apóstoles de Cristo.

San Ambrosio, obispo

Tratado sobre el Evangelio de San Lucas

“Cuanto a los que no quieran recibirlos, saliendo de aquella ciudad, sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos”.

Los preceptos del Evangelio indican qué debe hacer el que anuncia el reino de Dios: sin báculo, sin alforja, sin calzado, sin pan, sin dinero, es decir, no buscando la ayuda de los auxilios mundanos, abandonado a la fe y pensando que, mientras menos anhe­len los bienes temporales, más podrán conseguirlos. Si se quiere, puede entenderse todo esto en el sentido siguiente: este pasaje parece tener por fin formar un estado de alma enteramente espi­ritual, que parece se ha despojado del cuerpo como de un ves­tido, no sólo renunciando al poder y despreciando las riquezas, sino también apartando aun los atractivos de la carne.

Ante todo, les hace una recomendación general a la paz y a la constancia: para que aporten la paz, guarden la constan­cia, observen las normas del derecho de hospitalidad; no conviene al predicador del reino de los cielos ir de casa en casa ni modificar las leyes inviolables de la hospitalidad. Pero, para que se piense que se les ofrece el beneficio de la hospitalidad, sino son recibidos, se les ordena que se sacudan el polvo y salgan de la ciudad: lo cual nos enseña que una buena hospitalidad no es poco recompensada: no sólo procuramos la paz a nuestros huéspedes, sino que, si ellos están cubiertos con el polvo de faltas ligeras, se les limpia al recibir los pasos de los predicadores apostólicos. No sin razón en San Mateo se ordena a los apóstoles que elijan la casa en que han de entrar, a fin de que no tengan que cambiar y violar los derechos de la hospitalidad. Sin embargo, no se recomienda la misma precaución al que recibe al huésped, no sea que al escogerlo se disminuya la hospitalidad.

Pero si nosotros ahí, en el sentido literal, vemos la forma de un precepto venerable que atañe al carácter religioso de la hospitalidad, la interpretación mistérica y espiritual también nos son­ríe. Cuando se elige una casa, se busca un huésped digno. Veamos si no será la Iglesia y Cristo los que son dignos de nuestras prefe­rencias. ¿Existe una mansión más digna que la Iglesia para acoger al predicador evangélico? ¿Quién puede ser preferido a todos con mayor título que Cristo? El acostumbra a lavar los pies a sus huéspedes, y desde el momento que El recibe en su casa, no soporta que permanezcan con los pies sucios, sino que, aunque los tengan manchados por su vida pasada, Él se digna limpiarlos para el resto del viaje. Este, pues, es el único a quien nadie debe dejar, nadie debe cambiar; con razón se ha dicho, refiriéndose a Él: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos (Io 6,69-70). Observa cómo ejecuta los preceptos celestiales el que, por no cambiar de hospedaje (San Pedro), ha merecido tener parte en la consagración celes­tial.

Ante todo prescribe que se enriquezca la fe de una Iglesia: si Cristo habita en ella, sin duda alguna hay que elegir ésa; pero, si un pueblo de mala fe o un doctor desfigura la morada, se le ordena evitar la comunión con los herejes y huir de esta sinagoga. Es necesario sacudir el polvo de los pies, no sea que la sequedad agrietada de una fe mala y estéril manche, como una tierra árida y arenosa, la señal de tu espíritu. Pues, si el predicador del Evangelio ha de tomar sobre sí las debilidades corporales del pueblo fiel, arrancar y hacer desaparecer con sus pies las acciones vanas, comparables a la basura —según está escrito: ¿Quién enferma y no enfermo yo? (Cor 11,29) —, igualmente él debe abandonar toda Iglesia que rehúye la fe y no posee los fundamentos de la predicación apostólica, no sea que sea salpicado y manchado con una fe errónea. El Apóstol, a su vez, lo afirma claramente: Evita, dice, al hereje después de una sola corrección (Tit 3,10).

(SAN AMBROSIO, (I), BAC, Madrid, 1966, pp. 319-321)

San Juan Crisóstomo

Hom. 32

Poderes y consejos que da el Señor a sus apóstoles

Marchad, pues -les dice-, y pregonad que el reino de los cielos está cerca.

¿Ves la alteza del ministerio? ¿ves la dignidad de los apóstoles? No se les ordena predicar acerca de las cosas sensibles para nada, ni al modo de Moisés y los profetas anteriores, sino cosas nuevas e inesperadas. Porque aquéllos no predicaban esto sino bienes de la tierra y de acá abajo, mientras que éstos predican el reino de los cielos y todo lo que en él hay. Pero no únicamente por esto les son superiores, sino, además por la obediencia. Porque no rehusan el ministerio ni dudan, como los antiguos; sino que, aun cuando se les anuncian peligros y guerras y males intolerables, emprenden lo mandado con alta obediencia, como pregoneros del reino.

Dirás: ¿por qué son admirables en que al punto obedecieran, no habiendo de predicar nada duro ni áspero? ¿qué dices? ¿qué no se les mandó predicar nada duro? Pero ¿no oyes al Maestro que les decía cómo poco después les sobrevendrían cárceles, destierros, combate de sus congéneres, aborrecimiento de todos? Porque los envía como pregoneros para llevar a los demás infinitos bienes; pero a ellos les anuncia y predice que sufrirán males intolerables. Y luego para mediante la fe confirmarlos más aún, les dice: Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a Zot leprosos, arrojad los demonios: gratis lo recibisteis, dadlo gratis. Observa el cuidado que tiene de las costumbres lo mismo que de los milagros, demostrando que los milagros sin las buenas costumbres, nada son. Y para que no los invada la soberbia les dice: Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis. Provee además que huyan del amor al dinero. Por otra parte, para que no creyeran que tan grandes obras nacían de su virtud, y no se ensoberbecieran por el poder de hacer milagros, les advierte: Gratis lo recibisteis, gratis dadlo. Nada vuestro dais a quienes os reciben, pues no lo habéis recibido como recompensa de vuestros trabajos, sino que es don mío. Dadlo, pues, vosotros de la misma manera, ya que es imposible a tales dones hallarles precio que digno sea.

Desprendimiento que pide el Señor a sus apóstoles

Y al punto, atacando la raíz misma de los males, añade: No llevéis oro ni plata ni bronce en vuestros cintos, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias ni bastón. No les dijo: No llevéis con vosotros, sino que, aun cuando por otros lados podáis recibir, huid de semejante enfermedad malvada. Con este mandato muchos bienes conseguía. Desde luego que no sospechen de los discípulos. En segundo lugar, a éstos les quita toda solicitud, de manera que puedan darse a la predicación totalmente. En tercer lugar les enseña cuánto sea el poder de El. Por esto último les dijo después: ¿Os faltó acaso algo cuando os envié desnudos y sin calzado? Y no les da este mandato al principio, sino después de haberles dicho: Limpiad a los leprosos, arrojad los demonios. Hasta entonces les pone el mandato: No llevéis con vosotros; y luego añadió: Gratis lo recibisteis, dadlo gratis. Les da, pues, la que conviene para la empresa y lo que es para ellos decoroso y lo que sí es posible.

Dirá quizás alguno: todo lo demás parece acomodado y razonable, pero no lo de no llevar alforja para el camino ni dos túnicas ni bastón ni calzado. Entonces ¿por qué lo ordenó Jesús? Para ejercitarlos en una vida austera, pues ya antes no les había permitido ni siquiera la solicitud por el día de mañana. Tenía que enviarlos después como maestros del orbe todo. Por esto los hace, por así decirlo, de hombres ángeles; y los libra de todos los cuidados de la vida, para que todos su cuidado sea enseñar su doctrina. Más aún: aun de este cuidado los libera, diciéndoles: No os preocupéis de cómo o de qué hablaréis. De manera que lo que parece duro y trabajoso, se lo hace fácil y manual. Porque nada produce mayor tranquilidad que el estar libre de cuidados; en especial porque libres de semejante preocupación, de nada necesitan, estando presente Dios que les serviría en lugar de todas las cosas.

El trabajador merece su salario

Y para que no digas: entonces ¿de dónde tendremos el necesario alimento? Cristo no les dice: Habéis ya oído lo que anteriormente os tengo dicho: Mirad las aves del cielo, porque no podían aún llevar a la práctica semejante precepto. Les puso en cambio otra razón menos perfecta, diciendo: El obrero es acreedor a su sustento. Con lo que declaró que debían ser sus tentados por sus discípulos. Y esto para que no se ensoberbecieran ante los discípulos, como si a éstos ellos les dieran todo, mientras que nada recibían de los discípulos. Y también para que los discípulos no fueran simplemente despreciados por los maestros.

Y para que tampoco dijeran: entonces ¿nos ordenas que pidamos de limosna el alimento? cosa que les sería vergonzoso, les hace ver que es deber de los discípulos suministrárselo; por esto a ellos los llama operarios; y al alimento, recompensa. Como si dijera: no penséis que por consistir todo vuestro trabajo en palabras, hacéis un beneficio pequeño, puesto que se trata de una obra muy laboriosa, y lo que os den los que son enseñados no os lo dan gratis, sino que tiene el valor de una recompensa, y el obrero es acreedor a su sustento. Claro es que no dice esto porque los trabajos apostólicos se hayan de estimar en semejante precio ¡lejos tal cosa! sino que les ordena no buscar más de lo que les den y que persuadan a los donantes de que no lo dan por simple y sencilla liberalidad, sino como un deber y adeudo.

Las leyes de la hospitalidad

En cualquiera ciudad o aldea en donde entréis, informaos de quién hay ahí digno, y quedaos ahí hasta que partáis. Como si les dijera: No porque os dije: El obrero es acreedor a su sustento, ya por eso os he abierto las puertas de par en par y de todos, sino que también en esto espero de vosotros grande cuidado; porque esto mismo será para vosotros alabanza y honor y aun para el alimento os vendrá bien. Porque si el que os hospeda es persona digna, os dará plenamente vuestro alimento, en especial si no pedís sino lo necesario. Ni sólo ordena que se busquen personas dignas, sino que prohíbe andar de casa en casa, tanto para no molestar al que los hospeda, como para no parecer ellos gente ligera y dada a la crápula. Esto fue lo que declaró con aquellas palabras: Permaneced ahí hasta que partáis. Así se ve también por los otros evangelistas.

¿Observas de qué manera hace a los discípulos más honorables y a los hospedadores más diligentes, demostrándoles cómo llevan máximas ganancias, tanto en gloria como en provecho?

Y sigue luego la misma materia: Entrando en la casa, saludad la. Si la casa fuere digna, venga sobre ella vuestra paz; si no lo fuere, vuelva vuestra paz a vosotros. ¿Observas cómo ordena esto minuciosamente? Y con razón. Está instruyendo a los atletas de la religión y preparando a los pregoneros de todo el orbe; y por estos caminos los hace más moderados y más amables.

Y añade: Si no os reciben y no escuchan vuestras palabras, saliendo de aquella casa o de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies. En verdad os digo que más tolerable suerte tendrá la tierra de Sodoma y Gomorra en el día del juicio que aquella ciudad.

Como si les dijera: no porque enseñáis, esperéis que otros os saluden primero, sino adelantaos a hacerles este honor. Y luego para declarar que no se trata de un simple saludo, sino de una bendición, dice: si esa casa fuere digna, vendrá la bendición sobre ella; pero si es casa de querellas, el primer castigo será que no gozará de paz; y el segundo que será castigada como Sodoma. Y si dijeren: ¿qué tenemos que ver con esos castigos? les responde: tendréis casas más dignas.

Y ¿qué significa: sacudid el polvo de vuestros pies? Es para testificar que nada han recibido de ellos, o bien en testimonio del largo camino emprendido para ir a ayudarlos. Por lo demás considera cómo no les da todo de una vez. No les concede la preciencia para poder de antemano saber quiénes son dignos y quiénes indignos; sino que les ordena explorar e ir experimentando y examinando. Entonces ¿por qué El convivía con el publicano? Porque el publicano se había hecho digno mediante la conversión Advierte cómo, tras de despojarlos de todo, les da todo al mandarles que permanezcan en la casa de los discípulos y entren en ella sin llevar nada. Con esto quedan libres de toda solicitud y persuadirán a los discípulos de que no venían con alguna otra finalidad, sino su salvación; tanto por llegar sin nada como por sólo pedir lo necesario y finalmente por no hospedarse con todos sin previo examen.

Lo más importante es la virtud.

No quiso que brillaran únicamente por los milagros, sino mucho más por la virtud que por los milagros; ya que nada caracteriza mejor una doctrina y virtud como el nada poseer superfluo y que en cuanto sea posible de nada se necesite. Así lo sabían incluso los falsos apóstoles. Por lo que Pablo decía: Para cortar toda ocasión a los que buscan encontrar algo en que gloriarse igual que nosotros. Si cuando vamos de viaje a una región extraña y estamos entre gente desconocida no hay que buscar otra cosa que el diario alimento, mucho más debemos hacerlo cuando estamos hospedados en una casa.

Pero tales cosas no únicamente oigámoslas, sino imitémoslas. No se han dicho para sólo los apóstoles, sino para todos los futuros fieles. Seamos dignos de semejante herencia. La paz a veces va y a veces viene, conforme a la voluntad de los que la reciben. Esto depende no sólo de la virtud y potestad del que enseña, sino además de la dignidad de los que lo reciben. Y no pensemos ser poco daño que no disfrutemos de esa paz. Semejante paz profetizaba Nahum al decir: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian la paz. Y luego, declarando cuan digna sea, añade: De los que anuncian los bienes. Y también Cristo predicó sus grandezas diciendo: La paz os dejo, mi paz os doy. No omitamos medio alguno para gozarla, tanto en el hogar como en la iglesia.

Autores Varios: Comentarios Bíblicos al Leccionario Dominical

Tomo II (Ciclo B). Secretariado Nacional de Liturgia, Barcelona (1983), pp. 228-232.

Primera lectura: Ve y profetiza a mi pueblo

Israel, el Reino del Norte separado por el cisma casi dos siglos antes, vive su máximo esplendor —previo a la ruina— a mediados del siglo VIII bajo Jeroboam II: pero, como suele suceder, el lujo se hace insulto de la pobreza y el formalismo ahoga en vanidad el culto pomposo. Surge entonces el primer profeta escritor, Amos, un pastor de Técoa (1, 1), aldea situada entre Belén y Hebrón. Con lenguaje rudo y directo, de pastor del desierto y labrador que ignora rodeos de diplomacia —igual que un rugido de Dios, 1, 2—, condena la injusticia social, la depravación moral y religiosa, la violencia del lujo, el formalismo del culto (2, 6-9; 3, 9-10; 5, 7-13.21-27; etc.), y anuncia por primera vez el castigo del Día de Yahvéh (5, 18-20; cfr. Sof 1, 4-18; etc.), la ruina de la casa de Jeroboam (7, 9) y la deportación (5, 27; 6,7). Sus palabras, «insoportables» para todos, lo son más para los responsables de la religión y resuenan agrias en Betel —santuario oficial del Reino del Norte y rival del de Jerusalén—. Amasías le trata con desprecio, como a un profeta que «come su pan» o vive del oficio como las confederaciones de profetas (cfr. 1 Sam 10. 5-10; 2 Re 2, 2-7) y además extranjero (de Judá)). Pero Amos no puede callar: le ha llamado Dios directamente (origen del profetismo auténtico: cfr. 3, 3-8; Is 6; Jr 1, 5-7; Ez 2, 3), le ha tomado de detrás del rebaño, como a David (2 Sam 7, 8; Sal 77, 70-71), para ser profeta de Israel. La vocación de Dios no repara en antecedentes humanos, y es irresistible (3, 1-8; cfr. Jr 20, 7-9).

Salmo Responsorial

Todo el Antiguo Testamento estuvo pendiente de la llegada del Mesías. En él la salvación se haría cercanía para los fieles. Cristo inaugura los tiempos definitivos de salvación en los que nosotros nos encontramos, tendiendo, no obstante, hacia la salvación consumada y definitiva. Por esto, podemos clamar con el salmista: Danos, Señor, tu salvación.

Segunda lectura: Nos eligió en él, antes de crear el mundo

La perícopa es un himno al plan divino de la salvación. Enumera una serie de bendiciones divinas que constituyen otros tantos motivos para alabar a Dios. Pueden distinguirse seis: elección, filiación adoptiva, redención, manifestación del misterio salvífico, elección de judíos y paganos a la salvación en Cristo. Fundamento de todas las bendiciones del Padre es la elección. La iniciativa es divina. No han mediado méritos por nuestra parte (Dt 7, 6ss; 1 Cor 1, 26ss; Rm 8, 30). Antes de la misma creación nos eligió (Ef 1, 4). Sólo el amor inmenso de Dios fundamenta este acto de liberalidad por el que nos ha predestinado a ser hijos suyos mediante la vinculación a Cristo. El es, pues, el tronco vital en quien Dios nos ama (Rm 3, 24-26; 6, 5-11). La exigencia inmediata de la elección es la consagración de todo nuestro ser a Dios. El amor auténtico es la única respuesta digna al amor que Dios nos ha tenido desde la eternidad. El fin último es una alabanza constante a la bondad de Dios que ha actuado tan generosamente con nosotros (Jn 3, 16s) .

Evangelio: Los fue enviando

Jesús elige a unos hombres y los hace «apóstoles » suyos, es decir, representantes personales suyos, no sólo mensajeros, profetas, testigos o heraldos… Esta representación de la persona de Jesús debe manifestarse en su mismo comportamiento: ir como Jesús, libres de todo, con vida pobre y pendiente de la Providencia del Padre. Y debe además manifestarse en el cumplimiento de la misión, que es la proclamación del Reino y la realización de los poderes salvadores (Mc 3, 14; Le 11, 20; Mt 10, 1; cfr. también Mt 28, 18-20).

La conducta y los poderes manifestarán que estos hombres son auténticos representantes del Salvador (Mt 10, 40-11,1) ; y en quienes los acepten como tales se producirán los efectos de salvación (Lc 10, 16).

El apostolado, parte integrante del Reino de Dios, sigue vigente hoy en cuantos, por el Bautismo, son elegidos y enviados como embajadores del Señor (cfr. 2 Cor 5, 20).

Autores Varios: Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): No Iglesia de los pobres, sino Iglesia pobre

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1143-1144.

No Iglesia de los pobres, sino Iglesia pobre

A la proclamación del reino de Dios no se procede casualmente. Hay una “institución”, una organización que pone en movimiento y planifica el anuncio de la gran noticia. En este pasaje el evangelista nos presenta con mucha agudeza una de las partes más esenciales de la eclesiología del Nuevo Testamento.

En primer lugar está el envío, la misión. Se va a predicar porque ha sido Jesús el que ha enviado; no se va a ofrecer una opinión propia o un descubrimiento propio. El evangelista es coherente consigo mismo. El envío implica el anuncio de una gran noticia, la cual posee ciertamente un contenido intelectual, pero consiste principalmente en la praxis: “y les había dado autoridad sobre los espíritus impuros”.

La gran noticia no era solamente o principalmente una interpretación del mundo o de la historia; era, sobre todo, una indicación de transformación de este mundo y de esta historia, que desde el primer momento estaban sometidos a la acción benéfica del Evangelio, que, por lo tanto, puede concebirse como una dinámica desalienante. Hablar de “espíritus impuros” o de “alienaciones” es fundamentalmente la misma cosa: se trata de todo lo que amenaza al hombre desde fuera y no le permite realizarse como ser humano.

En segundo lugar, observamos que los discípulos son enviados “de dos en dos”: se trata de la comunidad, de la colectividad. El anuncio se lleva adelante siempre en forma comunitaria; por lo tanto, hay que crear una plataforma colectiva, una especie de estación de lanzamiento, desde donde se pueda hacer escuchar este “kerygma”, esta gran noticia.

Es sorprendente la insistencia en condenar, de la forma más absoluta, el triunfalismo de la misión: los discípulos tenían que llevar consigo solamente lo estrictamente necesario. La misión se prepara, sí, pero no más de la cuenta.

El acento no se pone principalmente sobre la pobreza de los misioneros, cuanto sobre la pobreza de la misión. La misión es solamente esto: un “envío”, un ser enviados por aquél que es el único responsable de su éxito.

El misionero cristiano no debería apartarse mucho de la descripción que el apóstol Pablo hace de su propia actividad, escribiendo a los corintios (1 Cor 2,1-5): su presentación a la comunidad se hizo dentro de un marco de complejo de inferioridad y de máximo respeto a las opciones de los misioneros.

Instrucciones antitriunfalistas eran, sin duda, tanto la de no cambiar de residencia como la de no insistir con los que no aceptaban la predicación. Efectivamente, por un lado hay el peligro de presentarse como persona importante, aceptando en consecuencia una mejor hospitalidad, ofrecida en función del orgullo y de la vanidad. Por otra parte, hay el peligro también de no respetar la libertad humana, incluso cuando quiere oponerse al designio benéfico de Dios. La gran noticia sólo podría ser ofrecida, jamás impuesta.

Este debería ser el código inicial de toda misión eclesial. Una iglesia que va buscando excesivos medios para instalarse, con el pretexto de la utilidad y eficacia de estos medios, es una iglesia que se ha debilitado en su fe. Pronto terminará por someter la fe a los intereses culturales, políticos y económicos, en los que fatalmente se ve envuelta en el gran tinglado de su “misión”.

La pobreza de los misioneros es esencial; pero mucho más lo es la pobreza de la misión misma.

José María Solé Roma, OMF: Exégesis sobre las tres lecturas

Ministros de la Palabra. Ciclo B, Herder, Barcelona, 1979

Sobre la Primera Lectura (Amós 7, 12-15)

Amós es un caso palmario de cómo es siempre Dios quien toma la iniciativa. Dios llama, elige, ilumina, autoriza, envía a su Profeta. Este debe obedecer:
– Amós era originario de Tecoa, aldea agrícola cercana a Belén. Era pastor, como David. Dios le llama y le envía al Reino de Israel como Profeta: ‘Yahvé me tomó de detrás del rebaño y me dijo: Ve, profetiza a mi pueblo de Israel’ (15). Es un caso más de cómo el Profeta no lo es ni por méritos ni por propia elección, sino solamente por divina vocación.
– El mensaje de Amós es explosivo. En Israel del Norte, bajo Jeroboam II, han crecido el lujo, la riqueza y los vicios. La religión oficial es puro formalismo cuando no culto supersticioso. Amós reivindica los derechos de los pobres y oprimidos frente a las injusticias de los opresores: ‘Venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias; aplastan contra el polvo la cabeza de los pobres; profanan mi santo Nombre’ (2, 6). Al castigo que se cierne sobre tantas injusticias y profanaciones lo llama Amós: ‘Día de Yahvé (5, 18). ‘Es día de tinieblas y no de luz.’ Los Profetas posteriores dejarán estereotipada la expresión: ‘Día de Yahvé’ como amenaza de los castigos divinos.
– En la lectura de este domingo vemos cómo se enfrentan Amasías, sacerdote de Betel, profeta áulico, oficial, y Amós, Profeta auténtico de Dios. Amasías, valiéndose de su poder ante Jeroboán, quiere hacer enmudecer a aquel inoportuno predicador: ‘Amasías envió a decir a Jeroboán: Amós está conspirando contra ti en medio de la Casa de Israel. El país no puede soportar más todas sus palabras’ (7, 10). Y seguro del apoyo de su rey conmina a Amós: ‘¡Vidente, vete! huye a la tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. Pero no vuelvas a profetizar en Betel, porque éste es el santuario del rey, casa real (7, 12). La respuesta de Amós es seria y valiente: ‘Yahvé me tomó de detrás del rebaño y me dijo: Ve, profetiza a mi pueblo de Israel. ¿Quién al rugir el león no temerá? El Señor ha hablado, ¿quien no profetizará? (3, 8). Amós no es un conspirador político. No predica por gusto ni por interés. Debe obedecer a quien le envía. El Profeta de Dios ungido y vigorizado por quien le envió y le sostiene, se mantiene libre y sereno. Ningún poder civil ni religioso puede apagar el fragor de su mensaje.

Sobre la Segunda Lectura (Ef.1, 3-14)

La Carta a los Efesios desarrolla el que llama San Pablo ‘Misterio de Cristo’: Es el plan divino de la salvación.
– Este plan está en el corazón del Padre desde la eternidad y es todo él iniciativa del amor del Padre. Pablo entona un hermoso himno de alabanza al amor eterno del Padre. El centro y el eje de este plan es: Cristo ab aeterno y de pura gracia se desborda sobre nosotros el amor del Padre. Concebido este plan de amor en la eternidad se realiza en el tiempo, en la Era Mesiánica; cuando Cristo Hijo de Dios no sólo nos redime del pecado, sino que nos hace partícipes de su divina filiación.
– San Pablo enumera algunas de las riquezas de este adorable plan de amor: El Padre en Cristo nos bendice, nos elige, nos predestina; nos ve, nos piensa, nos ama (3). Y porque nos ve en Cristo nos ve santos, inmaculados, partícipes de la filiación divina, agraciados en el Amado (5. 6). El pecado no será ya óbice, porque Cristo con su sangre nos redimirá de él. En este plan de amor entran todos los hombres, así judíos como gentiles (12. 13).
– De nuestra parte debemos dar respuesta al plan de amor divino. Y nuestra respuesta es la fe; y el amor y la alabanza sin fin a quien tanto nos amó. San Pablo nos exhorta a todos a dar esta respuesta al amor eterno de Dios: ‘Tan luego oísteis el Evangelio de vuestra salvación lo aceptasteis con fe. Y así fuisteis sellados con el Espíritu Santo prometido; el cual es prenda de nuestra herencia mientras llega la plena redención de los que debemos formar el pueblo de su patrimonio para alabanza de su gloria’ (13. 14). Tres veces nos repite San Pablo en esta perícopa que vivamos ya ahora y luego en la eternidad: ¡Para alabanza de la Gloria de Dios! (6, 12, 14): ‘Repletos, Señor, de tus ricas dádivas, concédenos que los que recibimos tu don salvífico nunca reposemos en tu alabanza’.

Sobre el Evangelio (Mc 6, 7-13)

En el N. T. es también Cristo quien llama, elige, ilumina, forma, autoriza y envía a sus Apóstoles. Estos deben obedecer y corresponder a su vocación:
– Nos narra San Marcos la elección de los ‘Doce’. Cuando Jesús desaparezca de nuestra vista ellos serán no sólo sus heraldos y representantes, sino los que prolongarán y perpetuarán su misión redentora. Esto significa el poder que les da sobre los demonios (7). Les deja la plenitud de sus poderes: ‘Como me enviaste Tú al mundo Yo también los envió al mundo’ (Jn 17, 18). Y San Pablo definirá al Apóstol: ‘Así nos deben todos considerar: como ministros de Cristo y como administradores de los misterios de Dios’ (1 Cor 4, 1).
– Y así como representan la Persona de Cristo deben imitarle: pobres, desasidos, desinteresados.
– El Apóstol de Cristo debe tener confianza en Aquel que le ha elegido y enviado: ‘Esta seguridad tenemos por Cristo ante Dios. No que de nosotros mismos seamos idóneos, sino que nuestra idoneidad nos viene de Dios. El nos hace idóneos ministros de la Nueva Alianza’ (2 Cor 3, 4). Así, los fieles y creyentes deben ver y aceptar con fe al Apóstol de Cristo: ‘El que a vosotros recibe a Mí me recibe’ (Mt 10, 40). ‘El que a vosotros escucha a Mí me escucha. El que a vosotros rechaza a Mí me rechaza’. (Lc 10, 16).

Beato Manuel González

Obras Completas: ¡Apóstol!

Obras Completas, nº 4914-4931

Comulgantes de Jesús de cada mañana, ¡Sed los apóstoles de Jesús de cada hora!

¡Apóstol! Bella palabra, quizá la más bella con que se puede calificar a un hombre noble, a un cristiano bueno.

¡Ser apóstol! Aspiración de almas grandes, generosas, heroicas. ¡Ser apóstol! Es llenarse hasta rebosar, de Jesucristo, de su doctrina, de su amor, de su virtud, de su vida y mojar hasta empapar a todo el que nos toque o se nos acerque del agua que nos rebosa. Es hartarse hasta embriagarse del vino del conocimiento y amor intensos de Jesucristo y salir por las calles y plazas ebrios… Es hacerse loco de un solo tema que sea: Jesús crucificado y sacramentado está y no debe estar abandonado…

Abandonado, porque no se le conoce, no se le ama, no se le come, no se le imita…

¡Ser siempre apóstol! ¿Puede haber corazón sinceramente piadoso que no tenga por aspiración constante la realización de este deseo? Estar siempre haciendo algo con la palabra o la intención para que Jesús, el Jesús-Rey de nuestro corazón y centro de nuestra vida, sea un poquito más conocido, amado, servido, imitado y glorificado, ¿qué alma sinceramente cristiana no lo desea y procura?

Pero yo, pobre clérigo o seminarista, sin dinero, sin influencia, sin brillo social. Yo, pobre obrero, sirvienta, atareado hombre de negocios, juguetón niño, estudioso joven, débil jovencita, ocupada madre de familia, ¿puedo yo ejercer ese constante apostolado? ¿Cómo puedo yo ser siempre apóstol?

A contestar esas preguntas vienen estas paginillas enseñando modos de apostolados fáciles y compatibles con todas las clases de personas y situaciones. Apostolado menudo llamo a esos modos y plegue al Amo que la facilidad y suavidad de su ejecución multiplique los apóstoles y los apostolados y con unos y otros la vida del Sagrario en las almas y en los pueblos.

Por qué apostolado menudo

Y llamo menudos a estos apostolados por razón:
1º De la misión que no es misión oficial y solemne como la de los obispos, sucesores por misión divina de los apóstoles.
2º De las personas, que no han de ser siempre personajes, como grandes escritores, doctores, predicadores, sino que los pueden ejercitar a más de esos señores, si quieren, hasta los niños y viejecitas y gente sin letras ni grados.
3º De los lugares, que no han de ser grandes escenarios de púlpitos, cátedras, templos, numerosos auditorios, sino en cualquier ocasión o coyuntura favorable.
4º De la materia, que no han de ser sabias epístolas, profundas encíclicas, elocuentes sermones, sino ratillos de conversación, cartas de amigos, servicios insignificantes, hasta sonrisas y gestos.
Y 5º Del tiempo, porque estos apostolados no lo tienen señalado, sino que han de menudearse, mientras más, mejor, hasta el punto de que a cada hora y en cada ocupación y en cada palabra y en cada mirada nuestra, los que nos rodean puedan sentir algo de Jesús, presente y vivo en nuestra alma, como el que pasa junto a un nardo o una violeta, huele el aroma, aunque no vea la flor.

La gran razón y el gran impulsor de estos apostolados menudos
Yo no conozco mejor y más decorosa acción de gracias de la misa celebrada y de la comunión recibida cada mañana, que el celo por hacer sentir a los que nos rodeen la presencia de Jesús Inmolado, ¡el Cordero de Dios! en nosotros.

Comulgantes de Jesús de cada mañana, ¡sed los apóstoles de Jesús de cada hora!
Apóstoles de la presencia de Jesús, salid en su nombre por todas partes enseñando más con vuestras obras que con vuestras palabras, y de todos los modos que os sugiera el Espíritu Santo esta grande y consoladora verdad: Que Jesús, no sólo está realmente en los Sagrarios, sino en las almas y en la vida de los buenos comulgantes…

I. La ley del apostolado menudo
Todas sus leyes se reducen a esta sola: que se ejerza.
El apostolado entre semejantes
Rarillo es, en verdad, el título; pero os confieso que no he encontrado en mi pobre majín otro más adecuado y expresivo, y así y todo, he menester echarle una mano para sacarlo a la claridad del día.

Después de todo, quizá debería llamarse este capítulo Menudencias del apostolado, mejor que Apostolados menudos, que más que de un apostolado aparte, voy a hablar de un condimento esencial a todos ellos.

El apostolado es obra de misión y de amor: de misión, por parte del que envía al apóstol, que éste es siempre un enviado, y si no es un entrometido y un impostor, y de amor, por parte del apóstol mismo, que si tiene sólo misión y no amor a lo que es enviado, será un recadero, un comisionista, un viajante, pero no un apóstol.

¡El amor del apóstol!
Si no fuera porque me haría muy largo, me detendría ahora, no en demostrar la necesidad de ese elemento en el apostolado, que eso salta a la vista, sino en apuntar y lamentar el sinnúmero de fracasos de hartos apostolados, tanto en el bien como en el mal, precisamente por la falta o poca cantidad del amor apostólico.

Resígnome a sentar esa observación y prosigo mi razonamiento.

Si apostolado es amor, y amor como de fuente llena que se desborda y como fuego que se deshace en ganas de calentar e incendiar a muchos, el apostolado, como el amor, presupone igualdad o semejanza, o a todo trance la procura; entre el que lo ejerce y lo recibe.

El puente de la semejanza
El semejante se goza con su semejante, dijeron los antiguos y le experiencia de los siglos confirma que el amor o la amistad entre dos nunca se entabla, ni muchos menos, se estrecha, sino cuando entre esos dos se tiende el puente de semejanza o igualdad.

El blanco, naturalmente, se hace más pronto amigo de otro blanco, que de un negro; el niño, de otro niño que de un viejo; el cristiano, mejor de otro que del que no lo es; el que quiere ser cristiano bueno, de otro que le parece justo, más que del que le parece pecador o licencioso.

Y si encontramos algunas excepciones a esa ley del amor entre semejantes, más que excepción de la ley, es modo distinto, oculto, inconsciente, raro, si queréis, de cumplirla o preparación para ella.

¿Excepciones o confirmaciones?
Sin duda conoceréis no pocos casos de matrimonios de una desemejanza y desigualdad tales que os ha obligado a preguntaros y a preguntar a vuestros amigos: ¿Pero cómo Fulano, tan listo, tan sabio, ha podido querer y adaptarse a Zutana que, si no es tonta, lo parece?

Si estudiáis un poco a fondo el caso, veréis que aquella disparidad es sólo aparente y que o el Fulano no es, en realidad, tan sabio, sobre todo con talento práctico, o que la Zutana no es, en realidad, tan tonta, o que lo que a ésta le falta de cabeza le sobra de corazón o de alguna otra buena prenda para contrarrestar y establecer el equilibrio con lo que a aquél le falta.
Repito: el amor presupone la semejanza o la procura a todo trance, y si no se va.

El puente del apostolado
Con la luz de esta verdad, que es a la vez un hecho permanente, alumbremos la gran obra del amor que es el apostolado.
¿El apóstol es sabio y ha sido enviado a ignorantes?
¡Que no vaya a ellos como sabio, sino como ignorante!
¿El apóstol es rico y es grande y ha sido enviado a pobres y pequeñuelos?
¡Que no se llegue a ellos fastuoso ni encumbrado, sino modesto y chico o achicado!
El fulgor de la sabiduría, del dinero y del poderío del apóstol podrá producir deslumbramientos, asombros, hasta admiraciones; pero, ¿atracción, adhesión y lealtad de cariño? No.
Falta el puente de la semejanza para que pueda pasar éste.

El gran puente
¡Bendita, adorable, y nunca bastantemente agradecida Encarnación del Hijo de Dios, verdadero y colosal y eterno puente de semejanza tendido entre Dios y el hombre para que por él venga el gran Enviado del Padre celestial vestido de hombre y hasta con apariencias de pecador y por Él vaya el cariño rendido y sobre todo cariño de sus adoctrinados y redimidos.
Apóstoles grandes y menudos, ¿os habéis ocupado y preocupado del puente de vuestro apostolado?

El puente descrito por san Pablo
San Pablo, el por antonomasia llamado apóstol, describe la ley de semejanza que debe regir los apostolados fecundos con aquella consoladora y aliviadora descripción del sacerdocio de Cristo. «No es tal nuestro pontífice, que sea incapaz de compadecerse de nuestras miserias: habiendo voluntariamente experimentado todas las tentaciones y debilidades, a excepción del pecado, por razón de la semejanza con nosotros» (Hb 4,15).

¿Razón y fin de esa semejanza? Él mismo prosigue: «Lleguémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, a fin de, alcanzar misericordia».

Si Jesús, el gran Apóstol y Maestro y Padre de todos los apóstoles, para ganarnos el amor se ha hecho semejante a nosotros en la pobreza, en la enfermedad, en la tentación, en la muerte y en todo, ¿cómo no habrá de escoger para apóstoles, no a ángeles ni a santos del cielo, sino a hombres de la tierra, y como tales, de barro, con las flaquezas y fragilidades del barro…?

Y con todos esos apóstoles de barro quebradizo se ha levantado y formado y sostenido la Iglesia de los hombres de barro también y seguirá sosteniéndose hasta la consumación de los siglos.

¡Qué bien, qué maravillosamente bien entendió y practicó el apóstol Pablo la ley apostólica de semejanza por él tan bellamente predicada!

Leed, entre otros ejemplos, ese trozo de su primera Epístola a los Corintios (1Cor 9,19-22).
«En verdad que estando libre o independiente de todos, de todos me he hecho siervo, para ganar más almas.

Y así con los judíos he vivido como judío, para ganar a los judíos; con los sujetos a la ley o prosélitos, he vivido como si yo estuviese sujeto a la ley (con no estar yo sujeto a ella), sólo por ganar a los que a la ley vivían sujetos; así como con los que no estaban sujetos a la ley de Moisés, he vivido como si yo tampoco lo estuviese (aunque tenía yo una ley con respecto a Dios, teniendo la de Jesucristo) a trueque de ganar a los que vivían sin ley.

Híceme flaco con los flacos para ganar a los flacos.
Híceme todo para todos para salvarlos a todos.»
Ése es el apóstol de Cristo, el que es de todos y es nada.

Con los sabios, sabio sin arrogancia; con los ignorantes, sobrio y modesto en el hablar, como si lo fuera. Con los viejos, viejo; con los niños, niño; con este solo fin: ¡para salvarlos a todos!

¿Se entiende ahora la ley del apostolado, o sea, el «apostolado entre semejantes»?
De que se atienda o no esa ley de semejanza ¡cuánta cosecha de agradables sorpresas o de molestísimos e irritantes chascos!

Y como no escribo para teorizar, sino para sugerir ganas y modos de trabajar por las almas, más que meterme en reflexiones sobre la aplicación de esa ley, al que pudiera llamar apostolado grande y oficial, prefiero estudiarla en lo que venimos llamando Apostolados menudos, o sea, los inspirados por el celo, que a las personas sólidamente piadosas impide ver con indiferencia y con brazos cruzados en torno o al alcance de ellas, ausencias y faltas de conocimientos, de amor e imitación de nuestro Señor Jesucristo.

A esas buenas almas, a las que el celo de la gloria de Jesús y de las almas hizo catequistas, maestros, visitadores de enfermos o de presos, Marías o Juanes de Sagrarios abandonados o poco frecuentados y a todos los corazones noblemente empeñados en apostolados menudos, digo:

¿Queréis dejar bien pegadas en las almas de vuestros catequizandos las enseñanzas que con vuestra palabra, vuestro ejemplo, vuestra abnegación y vuestra oración tratáis de inculcarles?
Pegadlas con cariño mutuo, de vosotros a ellos y de ellos a vosotros.

¿Que el vuestro está pronto, pero el de ellas os cuesta trabajo ganarlo?
Construid y echad el puente de la semejanza y veréis cómo los dos cariños se encuentran en el camino.

¿Qué procuráis echar el puente, pero que no acabáis de cerrarlo?
Quizá os faltarán algunos sillares; buscadlos en donde podáis; el amor es ingenioso y buscador.

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