Domingo XIX Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas (Domingo XIX del Tiempo Ordinario – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: 1 Re 19, 4-8 : Con la fuerza de aquel alimento, caminó hasta el monte de Dios.
-Salmo: 33, 2-9 : R. Gustad y ved qué bueno es el Señor.
-2ª Lectura: Ef 4, 30-5, 2 : Vivid en el amor como Cristo.
+Evangelio: Jn 6, 41-51 : Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Ruperto de Deutz

Comentario:

Comentario obre el evangelio de san Juan, Lib 6, 51-52: CCL CM 9, 356-357. Liturgia de las Horas.

Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Puesto que los convidados de mi Padre fueron dispersados por la muerte a causa del manjar prohibido que había comido su progenitor, bajan-do sus almas a los infiernos y siendo sus cuerpos depositados en el sepulcro, también yo, que soy el pan de los ángeles, seré dispersado, descendiendo a los infiernos donde las almas pasan hambre, según aquella sustancia de que se alimentan los ángeles, y, según el cuerpo, seré enterrado en el vientre de la tierra, donde reposan sus cuerpos: allí permaneceré tres días y tres noches, como estuvo Jonás tres días y tres noches en el vientre del pez, de forma que las almas, recreadas con la visión de Dios, revivirán, y los cuerpos, muchos resucitarán ahora, y todos los demás en el futuro. Y más tarde, al resto, es decir, a todos aquellos que todavía viven corporalmente en este mundo, se les dará aquí ese mismo pan adaptado a su módulo vital, esto es, en el verdadero sacrificio del pan y del vino según el rito de Melquisedec.

Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Este es el mayor consuelo para los pobres, a los que el Espíritu del Señor que vino sobre mí me envió a anunciarles la buena noticia; sea ésta, repito, la mayor, la incomparable congratulación para todas las naciones esparcidas por la tierra, que pediré y recibiré del Padre en herencia o posesión. Pues la participación en este pan de vida de aquellos a quienes el Padre que me ha enviado, selló y dio este pan, no será inferior a la de los antiguos padres. Porque al descender a ellos para saciarlos de mí, cuando el infierno me hubiere mordido y yo me hubiere convertido en su aguijón, en muerte de la muerte para los encerrados en sus entrañas, entregado a los santos y justos hambrientos, para que todos recobren la vida, entonces yo daré el pan a este resto. En este pan no está ausente la realidad de mi misma carne o cuerpo que, sacado del vientre del cetáceo sano y salvo, volverá a sentarse a la derecha del Padre por toda la eternidad. El hombre vivo comerá, de un modo adecuado a él, el mismo pan de los ángeles que yo le daré; este pan se lo da el Padre a los que murieron, para que lo coman y resuciten: ahora las almas, el último día los cuerpos.

Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Realmente, aquel a quien el Padre nos dio como pan de los ángeles, para que asumiera la carne y muriera a fin de poder dar vida a los muertos, él que es el pan celestial nos da el pan terreno, pan que él transforma en su propia carne para poder dar la vida eterna a los vivientes que son capaces de comerlo. De esta forma, el Verbo, que es el pan de los ángeles, se hizo carne, no convirtiéndose en carne, sino asumiendo la carne; de esta forma el mismo Verbo, ya hecho carne, se hace pan visible, no convertido en pan, sino asumiendo el pan e incorporándolo a la unidad de su persona.

Por consiguiente, como de nuestra carne —asumida en la Virgen María—, confesamos que es verdadero Dios a causa de la unidad de persona, así también de este pan visible —que la divinidad invisible del mismo Verbo asumió y convirtió en su propia carne—, confesamos con plena y católica fe que es el cuerpo de Cristo. Dice, en efecto: Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo, o sea, para que el mundo redimido coma y beba, después de haber previamente lavado, mediante el bautismo, la mancha producida por el antiguo manjar que la serpiente ofreció e indujo a que comiera. 

San Juan Crisóstomo, obispo

Homilía: Yo soy el pan vivo

Explicación del Evangelio de San Juan, Editorial Tradición, México, 1981, pp. 15 – 23

«Yo soy el pan vivo; el que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,41-51)

Pablo, escribiendo a los filipenses, dice de algunos de ellos: Cuyo dios es el vientre y ponen su gloria en lo que es su vergüenza. Que trata ahí de los judíos es cosa clara por lo que precede; y también por lo que ahora aquí dicen de Cristo. Cuando les suministró el pan y les hartó sus vientres, lo lla­maron profeta y querían hacerlo rey. Pero ahora que los ins­truyó acerca del alimento espiritual y la vida eterna, y los levantó de lo sensible y les habló de la resurrección y les elevó los pensamientos, convenía que quedaran estupefactos de admiración. Pero al revés, se le apartan y murmuran.

Si Cristo era el Profeta, como ellos lo afirmaban anterior­mente, diciendo: Porque éste es aquel de quien dijo Moisés: El Señor Dios os enviará un Profeta de entre vosotros, como yo: a él escuchadlo, lo necesario era prestarle oídos cuando decía: He descendido del cielo. Pero no lo escuchaban, sino que murmuraban. Todavía lo reverenciaban a causa del reciente milagro de los panes; y por esto no lo contradecían abier­tamente, pero murmuraban y demostraban su indignación, pues no les preparaba una mesa como ellos la querían. Y decían murmurando: ¿Acaso no es éste el hijo de José? Se ve claro por aquí que aún ignoraban su admirable generación. Por lo cual todavía lo llaman hijo de José.

Jesús no los corrigió ni les dijo: No soy hijo de José. No lo hizo porque en realidad fuera El hijo de José, sino porque ellos no podían aún oír hablar de aquel parto admirable. Aho­ra bien, si no estaban aún dispuestos para oír acerca del parto según la carne, mucho menos lo estaban para oír acerca del otro admirable y celestial. Si no les reveló lo que era más ase­quible y humilde, mucho menos les iba a revelar lo otro. A ellos les molestaba que hubiera nacido de padre humilde; pero no les reveló la verdad para no ir a crear otro tropiezo tratando de quitar uno. ¿Qué responde, pues, a los que murmuraban? Les dice: Nadie puede venir a Mí si mi Padre que a Mi me envió no lo atrae. (…)

Y Yo lo resucitaré al final de los tiempos. Gran­de aparece aquí la dignidad del Hijo, pues el Padre atrae y El resucita. No es que se reparta la obra entre el Padre y el Hijo. ¿Cómo podría ser semejante cosa? sino que declaraba Jesús la igualdad de poder. Así como cuando dijo: El Padre que me envió da testimonio de Mi, los remitió a la Sagrada Escritura, no fuera a suceder que algunos vanamente cuestionaran acerca de sus palabras, así ahora los remite a los profetas, y los cita para que se vea que Él no es contrario al Padre. Pero dirás: Los que antes existieron ¿acaso no fueron ense­ñados por Dios? Entonces ¿qué hay de más elevado en lo que ahora ha dicho? Que en aquellos tiempos anteriores los dogmas divinos se aprendían mediante los hombres; pero ahora se aprenden mediante el Unigénito y el Espíritu Santo. Luego continúa: No que alguien haya visto al Padre, sino el que viene de Dios. San Juan CrisóstomoNo dice aquí esto según la razón de causa, sino según el modo de la substancia. Si lo dijera según la razón de causa lo cierto es que todos venimos de Dios. Y entonces ¿en dónde quedaría la preeminencia del Hijo y su diferencia con nosotros? Dirás: ¿por qué no lo expresó más claramente? Por la ru­deza de los oyentes. Si cuando afirmó: Yo he venido del Cie­lo, tanto se escandalizaron ¿qué habría sucedido si hubiera además añadido lo otro? A Sí mismo se llama pan de vida porque engendra en nosotros la vida así presente como futura. Por lo cual añade: Quien comiere de este pan vivirá para siem­pre. Llama aquí pan a la doctrina de salvación, a la fe en El, o también a su propio cuerpo. Porque todo eso robustece al alma. En otra parte dijo: Si alguno guarda mi doctrina no experimentará la muerte; y los judíos se escandalizaron. Aquí no hicieron lo mismo, quizá porque aún lo respetaban a causa del milagro de los panes que les suministró. Nota bien la diferencia que establece entre este pan y el maná, atendiendo a la finalidad de ambos. Puesto que el maná nada nuevo trajo consigo, Jesús añadió: Vuestros Padres co­mieron el maná en el desierto y murieron. Luego pone todo su empeño en demostrarles que de él han recibido bienes mayores que los que recibieron sus padres, refiriéndose así oscuramente a Moisés y sus admiradores. Por esto, habiendo dicho que quie­nes comieron el maná en el desierto murieron, continuó: El que come de este pan vivirá para siempre. Y no sin motivo puso Aquello de en el desierto, sino para indicar que aquel maná no duró perpetuamente ni llegó hasta la tierra de promisión; pero dice que éste otro pan no es como aquél. Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo. Tal vez alguno en este punto razonablemente dudando pregun­taría: ¿por qué dijo esto en semejante ocasión? Porque para nada iba a ser de utilidad a los judíos, ni los iba a edificar. Peor aún: iba a dañar a los que ya creían. Pues dice el evan­gelista: Desde aquel momento muchos de los discípulos se volvieron atrás, y dejaron definitivamente su compañía. Y decían: duro es este lenguaje e intolerable. ¿Quién podrá soportarlo? Porque tales cosas sólo se habían de comunicar con los discí­pulos, como advierte Mateo: En privado a sus discípulos se lo declaraba todo.

¿Qué responderemos a esto? ¿Qué utilidad había en ese mo­do de proceder? Pues bien, había utilidad y por cierto muy grande e incluso era necesario. Insistían pidiéndole alimento, pero corporal; y recordando el manjar dado a sus padres, de­cían ser el maná cosa de altísimo precio. Jesús, demostrándoles ser todo eso simples figuras y sombras, y que este otro era el verdadero pan y alimento, les habla del manjar espiritual. In­sistirás alegando que debía haberles dicho: Vuestros padres co­mieron el maná en el desierto, pero Yo os he dado panes. Res­pondo que la diferencia es muy grande, pues esos panes pa­recían cosa mínima, ya que el maná había descendido del cielo, mientras que el milagro de los panes se había verificado en la tierra. De manera que, buscando ellos el alimento bajado del cielo, Jesús les repetía: Yo he venido del Cielo. Y si todavía alguno preguntara: ¿por qué les habló de los sagrados misterios? le responderemos que la ocasión era propicia. Puesto que la oscuridad en las palabras siempre excita al oyente y lo hace más atento, lo conveniente era no escandalizarse, sino preguntar.

Si en realidad creían que era el Profeta, debieron creer en sus palabras. De modo que nació de su necedad el que se es­candalizaran, pero no de la oscuridad del discurso. Considera por tu parte en qué forma poco a poco va atrayendo a sus dis­cípulos. Porque son ellos los que le dicen: Tú tienes palabras de vida eterna. ¿A quién iremos? Por lo demás aquí se declara El como dador y no el Padre: El pan que Yo daré es mi carne para vida del mundo. No contestaron las turbas igual que los discí­pulos, sino todo al contrario: Intolerable es este lenguaje, dicen. Y por lo mismo se le apartan. Y sin embargo, la doctrina no era nueva ni había cambiado. Ya la había dado a conocer el Bautista cuando a Jesús lo llamó Cordero. Dirás que ellos no lo entendieron. Eso yo lo sé muy bien; pero tampoco los discípulos lo habían entendido. Pues si lo de la resurrección no lo entendían claramente y por tal motivo ignoraban lo que que­ría decir aquello de: Destruid este santuario y en tres días lo levantaré, mucho menos comprendían lo anteriormente di­cho, puesto que era más oscuro.

Sabían bien que los profetas habían resucitado aunque esto no lo dicen claramente las Escrituras; en cambio, que alguien hubiera comido carne humana, ningún profeta lo dijo. Y sin embargo lo obedecían y lo seguían y confesaban que Él tenía palabras de vida eterna. Porque lo propio del discípulo es no inquirir vanamente las sentencias de su Maestro, sino oír y asen­tir y esperar la solución de las dificultades para el tiempo opor­tuno. Tal vez alguien preguntará: entonces ¿por qué sucedió lo contrario y se le apartaron? Sucedió eso por la rudeza de ellos. Pues en cuanto entra en el alma la pregunta: ¿cómo será eso? al mismo tiempo penetra la incredulidad. Así se perturbó Nicodemo al preguntar: ¿Cómo puede el hombre entrar en el vientre de su madre? Y lo mismo se perturban ahora éstos y dicen: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Si inquieres ese cómo ¿por qué no lo investigaste cuando multiplicó los panes, ni dijiste: cómo ha multiplicado los cinco panes y los ha hecho tantos? Fue porque entonces sólo cuidaban de har­tarse y no reflexionaban en el milagro.

Dirás que en ese caso la experiencia enseñó el milagro. Pues bien: precisamente por esa experiencia precedente convenía más fácilmente darle crédito ahora. Para eso echó por delante suceso tan maravilloso, para que enseñados por El, ya no ne­garan su asentimiento a sus palabras. Pero ellos entonces nin­gún provecho sacaron de ellas. Nosotros en cambio disfrutamos del beneficio en su realidad. Por lo cual es necesario que sepa­mos cuál sea el milagro que se verifica en nuestros misterios y por qué se nos han dado y cuál sea su utilidad.

Dice Pablo: Somos un solo cuerpo y miembros de su carne y de sus huesos. Los ya iniciados den crédito a lo dicho. Ahora bien, para que no sólo por la caridad, sino por la realidad misma nos mezclemos con su carne, instituyó los misterios; y así se lleva a cabo, mediante el alimento que nos proporcionó; y por este camino nos mostró en cuán grande amor nuestro arde. Por eso se mezcló con nuestro ser y nos constituyó en un solo cuerpo, para que seamos uno, como un cuerpo unido con su cabeza. Esto es indicio de un ardentísimo amor. Y esto da a entender Job diciendo de sus servidores que en forma tal lo amaban que anhelaban identificarse con su carne y mezclarse a ella, y decían: ¿Quién nos dará de sus carnes para hartar­nos?

Procedió Cristo de esta manera para inducimos a un mayor amor de amistad y para demostrarnos El a su vez su caridad. De modo que a quienes lo anhelaban, no únicamente se les mostró y dio a ver, sino a comer, a tocarlo, a partirlo con los dientes, a identificarse con El; y así sació por completo el deseo de ellos. En consecuencia, tenemos que salir de la mesa sagrada a la manera de leones que respiran fuego, hechos te­rribles a los demonios, pensando en cuál es nuestra cabeza y cuán ardiente caridad nos ha demostrado. Fue como si dijera: Con frecuencia los padres naturales entregan a otros sus hijos para que los alimenten; mas Yo, por el contrario, con mi propia carne los alimento, a Mí mismo me sirvo a la mesa y quiero que todos vosotros seáis nobles y os traigo la buena es­peranza para lo futuro. Porque quien en esta vida se entregó por vosotros, mucho más os favorecerá en la futura. Yo an­helé ser vuestro hermano y por vosotros tomé carne y sangre, común con las vuestras: he aquí que de nuevo os entrego mi carne y mi sangre por las que fui hecho vuestro pariente y con­sanguíneo.

Esta sangre modela en nosotros una imagen regia, llena de frescor; ésta engendra en nosotros una belleza inconcebible y prodigiosa; ésta impide que la nobleza del alma se marchite, cuando con frecuencia la riega y el alma de ella se nutre. Por­que en nosotros la sangre no se engendra directamente del alimento sino que se engendra de otro elemento; en cambio esta otra sangre riega al punto el alma y le confiere gran for­taleza. Esta sangre, dignamente recibida, echa lejos los demo­nios, llama hacia nosotros a los ángeles y al Señor mismo de los ángeles. Huyen los demonios en cuanto ven la sangre del Señor y en cambio acuden presurosos los ángeles. Derramada esta sangre, purifica el universo.

Muchas cosas escribió de esta sangre Pablo en la Carta a los Hebreos, discurriendo acerca de ella. Porque esta sangre puri­ficó el santuario y el Santo de los santos. Pues si tan gran fuer­za y virtud tuvo en figura, en el templo aquel de los hebreos, en medio de Egipto, en los dinteles de las casas rociada, mu­cho mayor la tendrá en su verdad y realidad. Esta sangre consagró el ara y el altar de oro, y sin ella no se atrevían los príncipes de los sacerdotes a entrar en el santuario. Esta san­gre consagraba a los sacerdotes; y en figura aún, limpiaba de los pecados. Pues si en figura tan gran virtud tenía; si la muerte en tal forma se horrorizó ante sola su figura, pregunto yo: ¿cuánto más se horrorizará ante la verdad? Esta sangre es salud de nuestras almas; con ella el alma se purifica, con ella se adorna, con ella se inflama. Ella torna nuestra mente más brillante que el fuego; ella hace el alma más resplandeciente que el oro; derramada, abrió la senda del cielo. Tremendos en verdad son los misterios de la Iglesia: tremendo y escalofriante el altar del sacrificio. Del paraíso brotó una fuente que lan­zaba de si ríos sensibles; pero de esta mesa brota una fuente que lanza torrentes espirituales. Al lado de esta fuente crecen y se alzan no sauces infructuosos, sino árboles cuya cima toca al cielo y produce frutos primaverales que jamás se marchitan. Si alguno arde en sed, acérquese a esta fuente y tiemple aquí su ardor. Porque ella ahuyenta el ardor y refrigera todo lo que esta abrasado y árido: no lo abrasado por los rayos del sol, das lo que han abrasado las saetas encendidas de fuego. Porque ella tiene en los cielos su principio y venero, y desde allá alimentada. Masa de ella abundantes arroyos, lanzados por el Espíritu Santo Paráclito y mi Hijo es medianero; y no abre el cauce vallándolo de un bieldo, sino abriendo nuestros afectos. Esta es fuente de luz que difunde vertientes de verdad. De pie están junto a ella lea Virtudes del cielo, contemplando la belleza de NI alvéolos; porque todas ellos perciben con mayor claridad la fuerza de la sangre que tienen delante y sus inaccesibles eflu­vios. Como si alguien en una masa de oro líquido mete la mano o bien la lengua —si es que tal cosa puede hacerse—al punto la saca cubierta de oro, eso mismo hacen en el alma y mucho mejor los sagrados misterios que en la mesa se en­cuentran dispuestos. Porque hierve ahí y burbujea un río más ardoroso que el fuego, aunque no quema, sino que solamente purifica.

Esta sangre fue prefigurada antiguamente en los altares y sacrificios sangrientos de la ley; y es ella el precio del orbe; es ella con la que Cristo compró su Iglesia; y ella es la que a toda la Iglesia engalana. Como el que compra esclavos da por ellos oro, y si quiere engalanarlos con oro así los engalana, del mismo modo Cristo con su sangre nos compró y con su sangre nos hermosea. Los que de esta sangre participan for­man en el ejército de los ángeles, de los arcángeles y de las Virtudes celestes, con la regia vestidura de Cristo revestidos y con armas espirituales cubiertos.

Pero… ¡ no, nada grande he dicho hasta ahora! Porque en realidad se hallan revestidos del Rey mismo.. Ahora bien, así como el misterio es sublime y admirable, así también, si te acercas con alma pura, te habrás acercado a la salud; pero si te acercas con mala conciencia, te habrás acercado al castigo y al tormento. Porque dice la Escritura: Quien come y bebe en forma indigna del Señor, come y bebe su condenación. Si quienes manchan la púrpura real son castigados como si la hu­bieran destrozado ¿por qué ha de ser admirable que quienes con ánimo inmundo reciben este cuerpo, sufran el mismo cas­tigo que quienes lo traspasaron con clavos?

Observa cuán tremendo castigo nos presenta Pablo: Quien violó la ley de Moisés irremisiblemente es condenado a muerte bajo la deposición de dos o tres testigos. Pues ¿cuánto más duro castigo juzgáis que merecerá el que pisoteó al Hijo de Dios y profanó deliberadamente la sangre de la alianza, con la que fue santificado? Miremos por nosotros mismos, ca­rísimos, pues de tan grandes bienes gozamos; y cuando nos ven­ga gana de decir algo torpe o notemos que nos arrebata la ira u otro afecto desordenado, pensemos en los grandes beneficios que se nos han concedido al recibir al Espíritu Santo.

Este pensamiento moderará nuestras pasiones. ¿Hasta cuándo estaremos apegados a las cosas presentes? ¿hasta cuándo despertaremos? ¿hasta cuándo habremos de olvidar totalmente nuestra salvación? Recordemos lo que Dios nos ha concedido, démosle gracias, glorifiquémoslo no solamente con la fe sino además con las obras, para que así consigamos los bienes fu­turos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria, juntamente con el Padre y, el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.—Amén.

Homilía:

Exposición homilética XLVI vv. 41-51

Cap. VI, v. 41. Murmuraban, pues, los judíos de El, porque decía: “Yo soy el pan que bajó del cielo” 42. Y decían.’ ¿No es éste el hijo de José, de quien nosotros conocemos al padre y a la madre? ¿Cómo dice, pues, que bajó del cielo?”

Escribiendo a los filipenses, dijo San Pablo de algunos judíos: Cuyo Dios es el vientre y su gloria está en su ignominia (Philipp., III, 19). Y que también éstos eran judíos, manifiesto es por lo que precede, y manifiesto no menos por lo que decían acercándose a Cristo. Pues cuando les dio pan y sació su hambre, llamábanle Profeta y trataban de hacerle Rey; pero cuando los instruía sobre el alimento espiritual, sobre la vida eterna; cuando los desviaba de las cosas sensibles, cuando les hablaba de la resurrección y levantaba sus ánimos, cuando más que nunca debieran admirarle, entonces murmuran y se retiran de El. Ahora bien: si éste era el profeta, como antes lo dijeron (Porque éste es aquel de quien Moisés dijo. “Un Profeta como yo os suscitará Dios de entre vuestros hermanos; a él oíd) (Deut., XVIII, 15), debieran oírle, cuando decía: Del cielo bajé (42). Mas no le oían, antes murmuraban. Todavía le respetaban, por estar reciente el milagro de los panes, por eso no le contradecían abiertamente; pero murmurando manifestaban su disgusto, porque no les dio el alimento que ellos querían. Y murmuraban, diciendo: ¿No es éste el hijo de José? Por donde es manifiesto que todavía ignoraban su admirable y extraordinaria generación: por eso le llaman hijo de José. Y no los reprende, ni les dice: No soy hijo de José; no porque lo fuese, sino porque aun no estaban en disposición de oír aquella maravillosa concepción. Y si no podían oír la concepción según la carne, ¡cuánto menos aquella otra divina e inefable! Si lo más humilde no se lo descubrió, ¡cuánto menos había de comunicarles aquellas cosas!

Y eso que precisamente les ofendía que fuese de padre despreciable y vulgar; y, sin embargo, no les reveló aquello, no fuera que, por quitar un escándalo, les diera ocasión de otro.

¿Qué es, pues, lo que responde a las murmuraciones de ellos? 44. Nadie puede venir a Mí, si el Padre que me envió no le trajere. Con esto se levantan los maniqueos; diciendo, que no está nada en nuestras manos, dado que esta es la prueba de ser dueños de nuestra voluntad. Porque si uno va a El, dicen: ¿qué falta hace llevarle?- Mas esto no quita nuestro albedrío, antes declara que necesitamos de auxilio, porque prueba aquí que no va cualquiera, sino quien tiene grande socorro de la gracia.

A continuación enseña también el modo cómo atrae. Pues para que no sospecharan de nuevo en Dios algo material, añadió: No que al Padre le haya visto alguien, sino el que procede de Dios, ése ha visto al Padre. Pues, ¿cómo atrae? dirás.- Esto lo declaró antes el Profeta, vaticinándolo con estas palabras: 45. Serán todos enseñados de Dios. ¿Ves la dignidad de la fe, y cómo han de aprender, no de hombres, sino del mismo Dios? Por esta razón para conciliar crédito a sus palabras, los remitió a los profetas. Pero si está escrito, dirás, que serían todos enseñados de Dios, ¿cómo algunos no creen?- Porque aquello se dijo de la mayor parte. Fuera de que, aun sin eso, la sentencia del Profeta no se refiere a todos simplemente, sino a todos los que quieran. A todos se les propone Maestro, dispuesto a presentar a todos su enseñanza, derramando a todos su doctrina.

v. 54. Y Yo le resucitaré en el último día. No es poca la dignidad del Hijo que aquí se significa; dado que el Padre atrae, y el Hijo resucita: no porque separe sus obras del Padre, de ningún modo, sino demostrando la igualdad de su poder. Porque así como allí, al decir: Y el Padre que me envió da testimonio acerca de Mí 15, a continuación para que algunos no inquiriesen curiosamente sobre las palabras los remitió a las Escrituras, así también aquí, para que no sospechasen lo mismo, los remite a los profetas, alegándolos a cada paso, para probar que no era contrario al Padre.

Pero ¿qué? dirás, ¿y los de antes no fueron también enseñados de Dios? Pues, según eso, ¿qué hay aquí de ventajoso?- Que entonces aprendían las cosas de Dios por medio de hombres; mas ahora por medio del Unigénito Hijo de Dios y del Espíritu Santo.

Inmediatamente añade: No que al Padre le haya visto alguien, sino el que procede de Dios: donde no dice proceder de Dios en razón de causa (como efecto), sino según el modo de la substancia (por generación); pues si lo dijera en razón de causa, todos procedemos de Dios; y entonces, ¿en qué estuviera lo eximio y singular del Hijo?

Mas ¿por qué, dirás, no lo expresó con mayor claridad?- Por la debilidad de ellos, ya que si al oír: Baje del cielo, de tal modo se escandalizaron, ¿qué les hubiera pasado si también esto hubieses añadido? Y llámase a sí mismo Pan de vida, porque sustenta nuestra vida, tanto la presente como la futura; por lo cual añadió: ¡El que coma de este pan vivirá para siempre! Y pan llama aquí, o bien los dogmas saludables y la fe en El, o bien su propio Cuerpo. Pues ambas cosas fortalecen al alma. Pues bien: con ser así que en otra parte, al decir El: Si alguno oyere mi palabra, no probará la muerte (Joan., VIII, 52), se escandalizaron; aquí no les sucedió lo mismo, quizá porque todavía le respetaban a causa de los panes.

Mira, además, por dónde establece la diferencia con respecto al maná: por el fin de entrambos alimentos. En efecto: haciendo ver que el maná no trajo ninguna utilidad extraordinaria, añadió: Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. A continuación endereza el discurso a persuadirlos, sobre todo, que ellos recibieron beneficios mucho mayores que sus padres, insinuando a Moisés y a aquellos admirables varones. Por eso, después de haber dicho que los que comieron el maná murieron, añadió: 58. El que come de este pan vivirá para siempre. Y no en vano dijo las palabras en el desierto, sino para insinuar que ni duró mucho tiempo, ni fue con ellos a la tierra de promisión. Mas no así este otro pan.

V. 51. Oportunidad de las palabras de Cristo. Con ellas afianza más en su seguimiento a los discípulos.

v. 51. Y de cierto, el pan que Yo daré es mi carne, la cual Yo daré por la vida del mundo. Justamente pudiera alguno dudar y preguntar aquí por qué habló en esta ocasión tales palabras, que nada edificaban ni aprovechaban, sino más bien perjudicaban a lo ya edificado. 66. Desde entonces, dice, muchos de sus discípulos se volvieron atrás, diciendo: 60. “Duro es este razonamiento, y ¿quién puede oírlo?” Ya que estas cosas se comunicaban sólo a los discípulos, como dijo San Mateo: Hablábales aparte (Marc. IV, 34). ¿Qué decir, pues a esto?- Que también ahora era mucha la utilidad y la necesidad de estas palabras. Pues como instaban pidiendo alimento, pero corporal, y ya que recordándole el que había sido dado a sus padres, llamaban excelente al maná; para demostrar que todo aquello no era sino sombra y figura, y que el de ahora era la verdad, les habla del alimento espiritual.

Pero, replicarás, debiera decírseles: Vuestros padres comieron el maná en el desierto, mas Yo os he dado pan.- Pero había gran diferencia. Porque esto parecía menos que aquello; ya que el maná había bajado del cielo, y el milagro de los panes se había hecho en la tierra. Pues como pidiesen alimento bajado del cielo, por eso continuamente decía: Del cielo bajé. Y si alguno investigare por qué motivo habló también acerca de los misterios (de la Eucaristía ), responderémosle que esta era una ocasión muy oportuna. Porque la obscuridad de las palabras suele excitar a los oyentes, y hacerlos más atentos; por tanto, no debieran escandalizarse, antes bien peguntar e informarse. Mas ellos se retiraban. Pues si le tenían por Profeta, debieran creer a sus palabras. Así que el escándalo procedía de su necedad, no de la obscuridad de las palabras.

Tú en tanto considera cómo poco a poco estrechó más consigo a los discípulos; pues ellos son los que decían: 68. Palabras de vida tiene, ¿adónde iremos?

Por lo demás, a sí mismo se presenta aquí como dador, no al Padre. 51. El pan, dice, que Yo daré, es mi carne.

No así las turbas, sino al contrario. Duro es este razonamiento, dicen, y por eso se retiran.

Ahora bien, no era nueva ni diferente la doctrina; pues Ya antes la había insinuado San Juan, al llamarle Cordero.- Pero, dirás, ellos no lo entendieron.- Verdad es, lo confieso; mas tampoco lo sabían los discípulos. Porque si de la resurrección no tenían aún claro conocimiento, y por eso ignoraban el sentido de las palabras: Destruid este templo, y en tres días lo levantare (Joan., II, 19); mucho menos entenderían estas otras palabras, que eran más obscuras. Porque (tratándose de la resurrección) sabían que habían resucitado algunos profetas por más que no lo digan tan claro las Escrituras, pero ninguno de ellos dijo en parte alguna que un hombre comiese la carne de otro hombre. Mas con todo eso, obedecían y le seguían, y confesaban que El tenía palabras de vida eterna. Propio es de un discípulo no examinar curiosamente las palabras del maestro, sino oírlas y obedecer, y esperar el tiempo oportuno de la solución.

Mas ¿qué decir, replicaréis, si aconteció lo contrario, y le volvieron la espalda?- Eso fue por la insensatez de ellos; porque una vez que se introduce la cuestión “cómo”, entra juntamente la incredulidad. Así se turbó también Nicodemus, diciendo: ¿Cómo puede el hombre entrar en el vientre de su madre? Lo mismo que éstos se turban, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?- Pues si preguntas el cómo, ¿por qué acerca de los panes no preguntabas, cómo multiplicó los cinco en tantos otros?- Porque entonces sólo atendían a quedar hartos, no a ver el milagro.

Pero entonces, dirás, los enseñó la experiencia.- Luego por aquella experiencia debieran dar crédito también a lo de ahora. Puesto que por eso hizo de antemano aquel milagro tan extraordinario, para que, aleccionados con él, no fuesen incrédulos a lo que después les dijera.

VI.

Pero ellos, al fin, no sacaron fruto de las palabras y nosotros, en cambio, gozamos del beneficio de las obras. Por lo cual es necesario que nos informemos del milagro de los misterios (eucarísticos), a saber, en qué consisten, por qué se dieron y cuál es su utilidad.

Un cuerpo nos hacemos, dice (el Apóstol), y miembros de su carne y de sus huesos (Eph., V, 30). Sigan los iniciados este razonamiento.

Pues bien: para que esto lleguemos a ser no solamente por el amor, sino también en realidad, mezclémonos con aquella carne; por que esto se lleva a cabo por medio del manjar que el nos dio, queriendo darnos una muestra del vehemente amor que nos tiene. Por eso se mezcló con nosotros, y metió cual fermento en nosotros su propio cuerpo, para que llegáramos a formar un todo, como el cuerpo unido con su cabeza. Pues esta es prueba de ardientes amadores. Y así Job, para darlo a entender, lo decía de sus siervos, de quienes eran tan excesivamente amado, que deseaban ingerirse en sus carnes; ya que para mostrar su ardiente amor, decían: !Quién nos diera de sus carnes, para hartarnos! (Job. XXXI, 31). Pues por eso hizo lo mismo Cristo, induciéndonos a su mayor amistad, y demostrándonos su amor ardentísimo hacia nosotros; ni sólo permitió a quienes le aman verle, sino también tocarle, y comerle y clavar los dientes en su carne, y estrecharse con El, y saciar todas las ansias de amor. Salgamos, pues, de aquella mesa, como leones, respirando fuego, terribles a Satanás, con el pensamiento fijo en nuestro Capitán y en el amor que nos ha mostrado. A la verdad, muchas veces los padres entregan los hijos a otros para que los sustenten; mas Yo, dice, no así, antes os alimento con mi propia carne, a M í mismo me presento por manjar, deseoso de que todos seáis nobles, y ofreciéndoos buenas esperanzas acerca de los bienes venideros. Porque quien aquí se os dio a sí mismo, mucho más en la vida venidera. Quise hacerme hermano vuestro; por vosotros participé de carne y sangre; de nuevo os entrego la carne y la sangre, por medio de las cuales me hice pariente vuestro.

VII. Los efectos y excelencias de la Eucaristía.

Esta sangre produce en nosotros floreciente la imagen de nuestro Rey, ella causa inconcebible hermosura, ella no deja que se marchite la nobleza del alma, regándola continuamente y sustentándola. La sangre que en nosotros se forma de los manjares no se forma inmediatamente, sino primero es otra substancia; no así esta otra sangre, antes bien desde luego riega el alma y le infunde grande fuerza. Esta sangre, dignamente recibida, ahuyenta y aleja a los demonios y atrae a los ángeles hacia nosotros y al mismo Señor de los ángeles; pues dondequiera que ven la sangre del Señor, huyen los demonios y concurren los ángeles. Esta sangre derramada lavó todo el mundo. Muchas cosas dijo de esta sangre el bienaventurado San Pablo en la epístola a los hebreos. Esta sangre purificó el santuario y el Sancta Sanctorum. Y si la imagen de ella tuvo tanta eficacia, ora en el templo de los hebreos, ora en medio de Egipto, puesta sobre los umbrales, ¡cuánto más podrá la verdadera y real! Esta sangre santificó el altar de oro. Sin esta sangre no se atrevía el sacerdote a entrar en el santuario. Esta sangre ordenaba a los sacerdotes. Esta sangre lavaba los pecados en sus figuras. Y si en las figuras tuvo tanta fuerza, si ante la sombra de ella se estremeció la muerte, dime, ¿cómo no ha de temblar ante la misma realidad? Ella es la salud de nuestras conciencias, con ella se lava el alma, con ella se hermosea, con ella se inflama; ella hace el alma más resplandeciente que el fuego; ella, apenas derramada, hizo accesible el cielo.

¡Tremendos son, en verdad, los misterios de la Iglesia! ¡Tremendo es el altar! Brotó del paraíso una fuente que derramaba ríos materiales: de esta mesa brota una fuente, de la que corren ríos espirituales. Junto a esta fuente están plantados, no ya sauces estériles, sino árboles que se yerguen hasta el cielo, y llevan fruto siempre en sazón e inmarcesibles. Si alguno se abrasa, véngase a esta fuente y refrigere el ardor. Pues ella deshace el bochorno y refresca todo lo ardiente, y no sólo lo quemado del sol, sino aun lo inflamado por aquellas saetas de fuego, ya que tiene su principio y origen en el cielo, de donde recibe su riego. Muchos son los arroyos de esta fuente, los cuales envía el Paráclito. Y hácese el Hijo mediador, no ya abriendo camino con la azada, sino disponiendo nuestros ánimos. Esta fuente es fuente de luz, que brota rayos de verdad. Ante ella asisten aun las potestades del cielo, fija la mirada en la hermosura de sus corrientes, ya que ellas contemplan con mayor claridad la eficacia de la oblación eucarística y sus inaccesibles destellos de luz. Pues así como si uno metiera en el oro derretido, si posible fuese, la mano o la lengua, al punto las transformaría en oro; así también, y aun mucho más, aquí obra la Eucaristía en el alma estos efectos. Bulle hirviente este río más que fuego; mas no quema, sin que lava tan sólo cuanto a su paso encuentra.

Esta sangre era continuamente prefigurada de antiguo en los altares, en las muertes de los justos. Ella es el precio del mundo; con ella compró Cristo la Iglesia, con ella la hermoseó toda entera. Pues a semejanza de un hombre que para comprar esclavos da oro, y si quiera adornarlos emplea oro, así también Cristo con sangre nos compró y con sangre nos hermoseó. Los que de esta sangre participan asisten a una con los ángeles, con los arcángeles y con las soberanas potestades, vestidos de la misma real estola de Cristo y provistos de las armas espirituales. Mas nada grande he dicho todavía: vestidos están del mismo Rey.

VIII. Gravísimo crimen de los que indignamente comulgan.

Pero así como es cosa grande y admirable, así mientras te acerques con pureza, te acercas para salud; pero si con mala conciencia, para suplicio y venganza. Porque quien come, dice, y bebe indignamente del Señor, su condenación se come y se bebe (1 Cor., X, 1, 29). Si, pues, los que manchan la púrpura imperial son castigados lo mismo que los que la rasgan, ¿qué hay de extraño en que los que reciben el Cuerpo de Cristo con impura conciencia sufran el mismo suplicio que los que le desgarraron con los clavos? Considera, en efecto, cuán terrible castigo dio a entender San Pablo cuando dijo: Uno que atropella la ley de Moisés, muere sin misericordia, sobre el testimonio de dos o tres. ¡De cuánto peor castigo pensáis que será juzgado digno quien al Hijo de Dios pisoteó, y reputó inmunda la sangre del testamento, con la que fue santificado! (Hebr., X, 28, 29).

Miremos, pues, por nosotros mismos, amados (hijos), y a que tales bienes gozamos, y cuando nos viniere al pensamiento decir algo torpe o nos viéremos arrebatar de la ira o de alguna otra pasión, reflexionemos de qué beneficios hemos sido objeto, de qué Espíritu hemos gozado, y este pensamiento será freno de nuestros irracionales apetitos. ¿Hasta cuándo, si no, hemos de estar enclavados a las cosas de la tierra? ¿Hasta cuándo estaremos sin despertar? ¿Hasta cuándo no hemos de cuidar de nuestra salvación? Consideramos qué beneficios se ha dignado hacernos Dios: démosle gracias, glorifiquémosle, no sólo por la fe, sino también por las obras, para que alcancemos también los bienes venideros, por gracia y benignidad de Nuestro Señor Jesucristo, con el cual sea al Padre la gloria, juntamente con el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
(San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Juan , Ed. Apostolado Mariano, Sevilla, nº 28, 1991, Pág. 67-75)

San Alberto Magno

Obras: Este sacramento es una gracia por encima de toda gracia

(San Alberto Magno, Obras Selectas , Ed. Lumen, 2ª Ed., Bs. As., 1993, Pág. 102-108)

Por encima de todas las otras gracias se señala el fruto de la eterna beatitud, como dice el bienaventurado Dionisio en el primer capítulo de su “Jerarquía celestial”. A ella se refiere San Gregorio en la recopilación cuando dice: orad de tal manera que, al apoyarnos en la palanca de la apariencia, la hagamos girar y extraigamos la verdad.

Del mismo modo que Cristo nos penetra con su gracia sagrada por virtud del sacramento, así, de acuerdo con su divinidad, nos dará su gloria como a todos los bienaventurados.

Esto es, además, lo que dijo San Juan: “les di la gloria que me habías dado, a fin de que sean uno con nosotros, como nosotros somos uno, Yo en ellos y ellos en Mí, para que formen una unidad”.

La gloria cuyo cumplimiento realizó el Padre en el Hijo es la gloria que se manifiesta en todos los miembros del Cuerpo Místico. En todos centellea y brilla la gloria de Cristo. Por eso, cuando Judas lo traiciona, al ser separado del Cuerpo Místico, Jesús dice en seguida: “ahora, el Hijo del hombre es glorificado”. Cuando los gentiles se convirtieron, conocieron inmediatamente su gloria, dice San Juan: “Llegó la hora en que el Hijo será glorificado”. No podemos poseer ninguna gloria, fuera de la que el Hijo de Dios expande en nosotros.

Así, espiritualmente penetrados, nos entrega por el sacramento la gloria que el Padre le dio para perfeccionar al mundo; de esta forma no somos más que uno con su propio Cuerpo, como afirma el Apóstol en la primera Epístola a los Corintios (XII); sois el cuerpo de Cristo y sois sus miembros, cada uno por su parte.

De esta manera el Padre, por su Hijo consustancial, glorifica con su deidad a Cristo-Hombre, según su humanidad. Y así el Hijo se glorifica en el Padre, al poseer una sola y misma sustancia divina y gloriosa. Cristo se glorifica en nosotros y nosotros somos glorificados en un solo Padre y un solo Hijo, y estamos consumados en la gracia que es la señal de la gloria eterna; del mismo modo irradiamos luz por la penetración en nosotros de la divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Llegaremos a él y haremos en él nuestra morada (Jn XIV). El habita en nosotros porque entre nosotros ha establecido gloriosa morada.

Así se cumplió lo dicho por el Apóstol en la primera Epístola a los Corintios (XV): “que Dios sea todo en todos”. Y es lo que dice Job (XXVIII): “el oro y el vidrio no pueden comparársele”. En efecto, el oro y todo lo que es material no se puede igualar al esplendor eterno. El vidrio y todo lo que se encuentra entre las piedras preciosas, revelando por su transparencia lo que está oculto en su interior, grande o pequeño y que no luce cuando se los expone simplemente, no puede igualar esta gloria celestial, que estará en nosotros cuando nuestros espíritus y nuestros cuerpos sean iluminados hasta sus profundidades más recónditas y penetrados por Dios y por la gloria divina.

Esto es lo que entiende San Gregorio comentando, con la Glosa, que en la beatitud el aspecto del cuerpo no oculta a los ojos el espíritu. Estas cosas divinas, dice Dionisio, representan la Eucaristía, que hace penetrar sacramentalmente a Dios en nosotros; y, recibida de este modo, nos incorpora, trazando en nosotros los caminos futuros de su gloriosa divinidad, que nos penetran integralmente, no ocultando sino iluminando todo con su gloria. San Alberto MagnoA esto se refería el libro de la Sabiduría (VII): “es más bella que el sol y que el parpadeo de las estrellas”; comparada con la luz es muy superior a ella. Porque la luz deja lugar a la noche, pero el mal no vence a la sabiduría. Incorporados a esta gloria, nos tornamos semejantes al sol, como se lee en San Mateo (XIII): “entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre”; esto no implica nada extraordinario, ya que son incorporados a Cristo en quien no cabe la oscuridad del pecado y del que se dice en el libro de la Sabiduría (VII) que es el resplandor de la luz eterna, el espejo sin mancha de la majestad de Dios y la imagen de su bondad.

De este modo, vueltos los ojos hacia Dios, lo vemos resplandecer en medio de muchos bienaventurados, como se distingue una luz en una multitud de lámparas, participando ellos de diferentes maneras de una sola y misma dignidad, según su propia diversidad. Tal es el significado que le atribuimos aquí a la Eucaristía y que justifica su denominación de ser una gracia por encima de todas las gracias.

Este sacramento encierra todas las gracias

En el esplendor de los ornamentos sagrados, del seno de la aurora te hizo nacer (Salmo 109); es decir, mi divinidad fecunda te engendra a Ti, Hijo, brillando con todos los esplendores de la santidad, antes que la luz creada apareciera en el cielo y sobre la tierra. Este Hijo, con toda su belleza, está contenido en el sacramento de la Eucaristía ; por eso se puede decir de El lo que aparece en el Eclesiástico (XLIII): “el remedio de todo es una nube que llega rápidamente”.

Según la letra, la hostia en la que el cuerpo del Señor está consagrado se denomina nube, ya que se apresura a descender para curarnos y, llegada la hora, el pan que está bajo esta nube se trasmuta rápidamente en el cuerpo de Cristo en el que se encuentra todo remedio. Ya que en El existe eternamente el esplendor de la santidad por el cual todo hombre se cura. Así se puede explicar lo escrito en el tercer libro de los Reyes (VIII): “el Señor quiere habitar en la nube”. La Glosa agrega: es decir, se muestra por sus obras. El eligió habitar en esta nube por nuestra salvación y, como todo el esplendor de los santos está en ella, no es sorprendente que en esta imagen resplandezcan quienes la reciben dignamente.

Cada uno de nosotros, con el rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria de Dios, nos transformamos en su misma imagen, más y más resplandeciente, a semejanza del Señor que es Espíritu (II Epístola a los Corintios III). Este sacramento contiene a Cristo con todo el esplendor de su santidad. Incluye el derecho de Cristo en toda la plenitud de la santidad. El Hijo -sabiduría del Padre- dice: “Yo residí en la plenitud de los santos” (Eclesiástico XXIV).

En efecto, en Cristo la plenitud corporal es la santidad. En consecuencia, el Hijo de Dios también es acogido como Dios por el hombre, que recibe este sacramento y que tiene fe en él. Y este hombre, tomado así, debe ser particularmente bienaventurado. Lo dice el Salmo 64: “feliz aquél que elegiste y que acercas a Ti, porque habita en tus atrios; es decir, aquél que recibe esta beatitud particular y privilegiada, por la que Tú, Dios, asumes la naturaleza humana, y que elegiste para elevarle a esta plenitud de santidad”. Al ser uno contigo habita en tus atrios, en sitio elevado, donde están todos tus bienes; lugar al que es llamado para gozar antes que todos los otros, participando en la plenitud de tu santidad.

Es perfectamente razonable decir de Cristo lo que se escribió de la participación divina del primer ángel: “Tú eras el sello de la perfección, pleno de sabiduría y belleza y morabas en las delicias del paraíso de Dios” (Ezequiel, XXVIII). Más que todos los otros, el sello de la perfección no difiere en nada de la imagen del Padre, siendo totalmente igual al Padre en la plenitud de la divinidad y de la santidad.

Ahora bien, este sacramento los contiene en la totalidad de su riqueza y de su abundancia. El total de sus riquezas, porque se brinda a todos, según dice el Señor en San Mateo: “he aquí que estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos”. Está con nosotros en el sacramento. La totalidad de su abundancia, por que se expande a Sí mismo en todas las partes del Cuerpo místico, como se lee en la Epístola a los Efesios (III): “estamos colmados de la plenitud de Dios”.

Además la Epístola a los Efesios (IV) dice: “para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que hayamos alcanzado la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, hasta el estado de hombre perfecto, hecho según la medida de la plenitud de Cristo”. Es decir, que todas las cosas que hace Cristo en los misterios de su Iglesia, las hace para llegar a la edificación de su Cuerpo Místico y penetrar armónicamente en la total santidad de su verdadero cuerpo.

De este modo, todos los que somos sus miembros nos ofrendamos a Cristo, nuestro Dios, en la unidad de su fe y en reconocimiento de su santidad, del hombre perfectamente Cristo en todo su cuerpo; participando según la medida de nuestra edad de la gracia y en la plenitud de Cristo; de manera tal, teniendo en abundancia gracia y santidad perfectas, dejamos de ser pequeños e imperfectos. Así Cristo está contenido en este sacramento -llamado con justicia gracia buena- con toda la plenitud de su riqueza y santidad.

El conjunto total de gracias de este sacramento es visible y re conocible, ya que no hay nada en él que no sea plenitud de gracia. Esto dice San Juan (I): “vimos su gloria, gloria como la que el Hijo único tiene de su Padre, lleno de gracia y de verdad”. Lo que vimos en El no estaba vacío, sino pleno de gracia, surgiendo de una fuente rica y exuberante. Así Ester (XV) exclama: “eres digno de admiración, Señor, y tu rostro está repleto de gracia”.

De cualquier manera que observemos su rostro, lo encontramos admirable y todo bondadoso; el rostro de Dios engendra la gracia y el del hombre la expande; su nacimiento consagra la virginidad; su vida es el ornamento de nuestra existencia cotidiana, su palabra revela las gracias de la verdad, sus milagros prueban la existencia de su poder, su muerte revela la eficacia de su gracia; por ello todo su rostro está lleno de gracias. Y el cúmulo de estas gracias lo contiene totalmente este sacramento, ya que la gracia y la verdad vienen de Jesucristo.

A todos los que reciben este sacramento de la Eucaristía se les trasmite la plenitud y la abundancia de todas las gracias y este sacramento se llama dignamente Eucaristía.

Que este don produce un efecto en aquél que lo recibe

Este don tiene múltiples efectos pero, entre otros, uno esencial o sustancial, junto a otros puramente accidentales.

Su efecto sustancial es la restauración de las fuerzas de la vida espiritual, debilitadas por una larga falta de alimentos.

Los efectos accidentales son de causalidad y de significación. Desde el punto de vista de la causalidad este don une, reconforta e inspira caridad. Desde el punto de vista de la significación, puede decirse que este sacramento es el signo sensible de la verdad y la representación de la beatitud celestial.

El primer efecto, que es esencial, muestra que este don restaura en el orden espiritual como los alimentos corporales en el suyo, y esto es un don de Dios.

Leemos en el Salmo 22: “Tú preparas delante de mí una mesa frente a mis enemigos; esparces óleo sobre mi cabeza y mi copa está desbordante”. Al decir que el Señor le prepara delante una mesa, hace referencia al alimento para reparar fuerzas. Añadiendo “frente a mis enemigos” señala que esta refacción le da fuerza contra ellos junto con las virtudes necesarias para superar su inanición espiritual. Diciendo “Tú derramas óleo sobre mi cabeza” indica la abundancia y la dulzura de este don, convertido en alimento deleitable. “Mi copa está desbordante” alude al licor caliente y dulce que se vierte espiritualmente sobre nuestros miembros, inspirando al alma el olvido y transportándola hacia la deleitación divina y hacia la más deliciosa embriaguez.

San Pedro Julián Eymard

La Fe en la Eucaristía

«Quien cree en mí tiene la vida eterna» (Jn, 6, 47).

Obras Eucarísticas. Ed. Eucaristía, Madrid, 1963, pp. 38-41

I.
¡Qué felices seríamos si tuviésemos una fe muy viva en el santísimo Sacramento! Porque la Eucaristía es la verdad principal de la fe; es la virtud por excelencia, el acto supremo del amor, toda la religión en acción. Si scires donum Dei. ¡Si conociésemos el don de Dos!

La fe en la Eucaristía es un gran tesoro; pero hay que buscarlo con sumisión, conservarlo por medio de la piedad y defenderlo aun a costa de los mayores sacrificios..

No tener fe en el santísimo Sacramento es la mayor de todas las desgracias.

Ante todo, ¿es posible perder completamente la fe en la sagrada Eucaristía, después de haber creído en ella y haber comulgado alguna vez?

Yo no lo creo. Un hijo puede llegar hasta despreciar a su padre e insultar a su madre; pero desconocerlo…imposible. De la misma manera un cristiano no puede negar que ha comulgado ni olvidar que ha sido feliz alguna vez cuando ha comulgado.

La incredulidad, respecto de la Eucaristía, no proviene nunca de la evidencia de las razones que se puedan aducir contra este misterio. Cuando uno se engolfa torpemente en sus negocios temporales, la fe se adormece y Dios es olvidado. Pero que la gracia le despierte, que le despierte una simple gracia de arrepentimiento, y sus primeros pasos se dirigirán instintivamente a la Eucaristía.San Pedro Eymard

Esa incredulidad puede provenir también de las pasiones que dominan el corazón. La pasión, cuando quiere reinar, es cruel. Cuando ha satisfecho su deseo, despreciada y combatida, niega. Preguntad a uno de esos desgraciados desde cuando no cree en la Eucaristía y, remontando hasta el origen de su incredulidad, se verá siempre una debilidad, una pasión mal reprimida, a las cuales no se tuvo valor de resistir.

Otras veces nace esa incredulidad de una fe vacilante y tibia, que permanece así mucho tiempo. Se ha escandalizado de ver tantos indiferentes, tantos incrédulos prácticos. Se ha escandalizado de oír las artificiosas razones y los sofismas de una ciencia falsa, y exclama; “si es verdad que Jesucristo está realmente presente en la sagrada Hostia, ¿cómo es que no impone castigos? ¿Por qué permite que le insulten? ¿Por otra parte, ¡hay tantos que no creen!, y, con todo, no dejan de ser personas honradas.

He aquí uno de los efectos de la fe vacilante; tarde o temprano conduce a la negación del Dios de la Eucaristía.

¡Desdicha inmensa! Porque entonces uno se aleja, como los cafarnaítas, de aquel qu tiene palabras de verdad y de vida.

II.
¡A qué consecuencias tan terribles se expone el que no cree en la Eucaristía! En primer lugar, se atreve a negar el poder de Dios. ¿Cómo? ¿Puede Dios ponerse en forma tana despreciable? ¡Imposible, imposible ¿Quién puede creerlo?

A Jesucristo lo acusa de falsario, porque Él ha dicho: “Este es mi cuerpo, esta es mi sangre.”

Menosprecia la bondad de Jesús, como aquellos discípulos que oyendo la promesa de la Eucaristía, le abandonaron.

Aun más; una vez negada la Eucaristía, la fe en los demás misterios tiende a desaparecer, y se perderá bien pronto. Si no se cree en este misterio vivo, que se afirma en un hecho presente, ¿en qué otro misterio se podrá creer?

Sus virtudes muy pronto se volverán estériles, porque pierde su alimento natural y rompen los lazos de unión con Jesucristo, del cual recibían todo su vigor; ya no hacen caso y olvidan a su modelo allí presente.

Tampoco tardará mucho en agotarse la piedad, pues queda incomunicada con este centro de vida y de amor.

Entonces ya no hay que esperar consuelos sobrenaturales en las adversidades de la vida y, si la tribulación es muy intensa, no queda más remedio que la desesperación. Cuando uno no puede desahogar sus penas a un corazón amigo., terminan por ahogarnos.

III.
Creamos, pues en la Eucaristía. Hay que decir a menudo: Creo, Señor; ayuda mi fe vacilante.” Nada hay más glorioso para nuestro Señor que este acto de fe en su presencia eucarística. De esta manera honramos, cuanto es posible, su divina veracidad, porque, así como la mayor honra podemos tributar a una persona es creer de plano en sus palabras, así la mayor injuria sería tenerle por embustero o poner en duda sus afirmaciones y exigirle pruebas y garantías de lo que dice. Y si el hijo cree a su padre bajo su palabra, el criado a su señor y los súbditos a su rey, ¿por qué no hemos de creer a Jesucristo cuando nos afirma con toda solemnidad que se halla en el santísimo Sacramento del altar?

Este acto de fe sencillo y sin condiciones en la palabra de Jesucristo le es muy glorioso, porque con él le reconocemos y adoramos en un estado oculto. Es más honroso para nuestro amigo el honor que le tributamos cuando le encontramos disfrazado y, para un rey, el que se la da cuando se presenta vestido con toda sencillez, que cualquier otro honor recibido de nosotros en otras circunstancias. Entonces honramos de veras a la persona y no los vestidos que usa.

Así sucede con nuestro Señor en el santísimo Sacramento. Reconocerle por Dios, a pesar de los velos eucarísticos que lo encubren, y concederle los honores que como a Dios le corresponden, es propiamente honrar la divina persona de Jesús y respetar el misterio que le rodea.

Al mismo tiempo, obrar así es para nosotros más meritorio, pues como san Pedro, cuando confesó la divinidad del hijo del hombre, y el buen ladrón, cuando proclamó la inocencia del crucificado, afirmamos de Jesucristo lo que es, sin mirar a lo que parece, o, mejor dicho, es creer lo contrario de los que nos dicen los sentidos, fiados únicamente de su palabra infalible.

Creamos, creamos en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. ¡Allí está Jesucristo! Que el respeto más profundo se apodere de nosotros al entrar en la Iglesia; rindámosle el homenaje de la fe y del amor que le tributaríamos si no encontráramos con Él en persona. Porque, en hecho de verdad, nos encontramos con Jesucristo mismo.

Sea éste nuestro apostolado y nuestra predicación, la más elocuente, por cierto, para los incrédulos e impíos.

La Comunión, Educación Divina

«Todos serán enseñados de Dios» (Jn, 6, 45).

Obras Eucarísticas. Ed. Eucaristía, Madrid, 1963, pp. 308-310.

Para ayo de un príncipe escógese al hombre más instruido, noble y distinguido. Honor es éste que se debe a la majestad soberana. Una vez crecido, el mismo rey le enseñará el arte de gobernar a los hombres; sólo él puede enseñarle este arte, por lo mismo que sólo él lo ejerce.

Todos los cristianos somos príncipes de Jesucristo: somos vástagos de sangre real. En sus primeros años, para comenzar nuestras educación. Nuestro Señor nos confía a us ministros, los cuales hablan de Dios, noes explican su naturaleza y atributos, no los muestran y prometen; pero hacernos sentir o comprender su bondad, eso no lo pueden: por lo que Jesucristo mismo se nos viene el día de la primera Comunión para darnos a gustar e l oculto e íntimo sentido de todas las instrucciones que hemos recibido y para revelarse por sí mismo al alma, cosa que no pueden hacer ni las palabras ni los libros. Formar al hombre espiritual a Jesucristo en nosotros es realmente el triunfo de la Eucaristía, una educación interior será siempre incompleta en tanto no la complete el mismo nuestro Señor.

I.
Jesucristo se nos viene para enseñarnos todas las verdades. La ciencia de quien no comulga es solamente especulativa. Como Jesús no se le ha mostrado, no sabe más que términos cuyo significado ignora. Puede que sepa la definición, la regla, los progresos que se ha de realizar una virtud para desarrollarse; pero no conoce a Jesucristo. Seméjase al ciego de nacimiento que, como no conocía a nuestro Señor, hablaba de Él como de un profeta o de una amigo de Dios. Cuando se le declaró Jesucristo, entonces vio a Dios, cayó a sus pies y le adoró.

El alma que antes de la Comunión tiene alguna idea de nuestro Señor o le conoce por los libros, en la sagrada mesa le ve y le reconoce con embeleso; sólo por sí mismo se da a conocer bien Jesucristo. La misma vida divina y sustancial verdad es la que nos enseña a comulgar y, fuera de sí, exclama uno: dominus meus et Deus meus. San Pedro EymardLo mismo que el sol, Jesucristo se manifiesta mediante su propia luz y no con razonamientos. Esta íntima revelación mueve al espíritu a indagar las ocultas razones de los misterios, a sondear el amor y la bondad de Dios en sus obras; y este conocimiento no es estéril ni seco como la ciencia ordinaria, sino afectuoso y dulce, en el cual se siente al mismo tiempo que se conoce; mueve a amar, inflama y hace obrar. Ella hace penetrar en lo interior de los misterios; la adoración hecha después de la Comunión y bajo la influencia de la gracia de la Comunión no se contenta con levantar la corteza, sino que ve, razona, contempla; Scutatur profunda Dei. Se va de claridad en claridad como en el cielo. El Salvador se nos parece desde un aspecto siempre nuevo, y así, por más que el asunto sea siempre Jesús vivo en nosotros, la meditación nunca es la misma. Hay en Jesús abismos de amor que es menester sondear con fe amante y activa. ¡Ah! ¡Si nos atreviéramos a penetrarle, cómo le amaríamos! Mas la apatía, la pereza, se contenta con unos cuantos datos muy trillados, con algunos puntos de vista exteriores. La pereza tiene miedo de amar. Y cuanto a tanto mayor amor se ve uno obligado.

II.
La educación por medio de la Comunión, por medio de Jesús presente en nosotros, nos forma en el amor y hacer producir numerosos actos de amor, en lo cual están comprendidas todas las virtudes. Y la manera de educarnos Jesús en el amor es demostrando clarísima e íntimamente cuánto nos ama. Convéncenos de que nos da cuanto es y cuanto tiene y nos obliga a amar con el exceso mismo de su amor para con nosotros. Mirad cómo se las arregla la madre para que su hijo la ame. Pues lo mismo hace nuestro Señor.

Nadie puede daros el amor de Jesucristo ni infundirlo en vuestro corazón. Lo que sí puede hacerse es exhortaros; pero el enseñar cómo se ama está por encima de los medios humanos; es cosa que se aprende sintiendo. Sólo a nuestro Señor incumbe esta educación del corazón, porque sólo él quiere ser su fin. Comienza por dar el sentimiento del amor, luego la razón del amor y, finalmente, impulsa al heroísmo del amor. Todo esto no se aprende fuera de la Comunión, “Si no coméis la carne del hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis la vida en vosotros”. ¿Y qué vida puede ser ésta sino la del amor, la vida activa que no se saca más que del manantial, o sea del mismo Jesús?

¿En qué día o en qué acto de la vida se siente uno más amado que en el de la Comunión? Verdad es que se llora de gozo cunado se nos perdonan los pecados; pero el recuerdo de los mismos impide que la dicha sea cabal; mientras que en la Comunión se goza de la plenitud de la felicidad, sólo aquí se ven y se aprecian todos los sacrificios de Jesucristo y bajo el peso de amor tanto se prorrumpe en exclamaciones como ésta: Dios mío, ¿cómo es posible que me améis tanto? Y levántase de la sagrada mesa respirando fuego de amor. Tanquam ignem spirantes. No puede menos de sentirse la negra ingratitud que sería no hacer nada en pago de tanta bondad, y tras de sumergirse en la propia nada y sentirse incapaz para todo por sí mismo, pero fuerte con el que está consigo, va luego a todas las virtudes. El amor así sentido engendra siempre abnegación bastante para corresponder fielmente.

Lo que deba hacerse lo indica el amor, el cual, haciéndonos salir fuera de nosotros, nos eleva hasta las virtudes de nuestro Señor y en él nos concentra. Una educación así dirigida lleva muy lejos y pronto. El motivo por el cual tantos cristianos quedan en el umbral de la virtud es porque no quieren romper las cadenas que los detiene y ponerse con confianza bajo la dirección de Jesucristo. Bien ven que si comulgaran les sería preciso darse en pago, porque no podrían resistir a tanto amor. Por eso se contentan con libros y palabras, sin atreverse a dirigirse al maestro mismo.

Oh hermanos míos, tomad por maestro al mismo Jesucristo. Introducidle en vuestra alma para que Él dirija todas vuestras acciones. No vayáis a contentaros con el evangelio ni con las tradiciones cristianas, ni tampoco meditar los misterios de la vida pasada. Jesucristo está vivo; encierra en sí todos los misterios, que viven en Él y en Él tiene su gracia. Entregaos, pues, a Jesucristo y que Él more en vosotros; así produciréis mucho fruto, según la promesa que os tiene hecha; Qui manet in me, et ego in eo, hic fert fructum multum.

Congregación para el Clero

«Yo soy el pan de vida». A la murmuración de la multitud, que no comprende el significado de estas palabras, Jesús les presenta la verdad de Sí mismo: «Yo soy el pan de vida bajado del cielo, para la vida del mundo».

La murmuración de la muchedumbre es similar a la de Israel en el desierto; es el lamento del hombre de todos los tiempos, incapaz de estar delante de la propia necesidad, solo, excluyendo el misterio. Como Elías, que cansado y descorazonado afirma: «¡Ya basta, Señor! Toma mi vida». La parábola del profeta es la parábola de todo hombre.
Y Dios está pronto para intervenir, apasionadamente, amador de cada destino, movido por el deseo de verdadera felicidad que Él quiere para cada hombre.

Dios interviene a su estilo: no nos quita el cansancio, pero reclama “un poco de pan y un poco de agua”: interviene con la fuerza de las cosas cotidianas, con la humildad y la pobreza que tienen las cosas esenciales. He aquí que, en el profeta y en cada uno, florece el deseo e incluso la voluntad de caminar: como una infinita capacidad de recomenzar, que tiene el Amor que se da de raíz.

«Yo soy el pan que ha bajado del cielo». «Yo soy», con las mismas palabras con las cuales Dios se presenta, al comienzo de la Historia de la Salvación, Jesús manifiesta el deseo divino de renovar la alianza de amor con el hombre, para ser alimento, es decir, sostén a lo largo del camino que tiene como meta el Cielo.

El Señor, afirma el Papa, «nos llama a unirnos a él en el sacramento de la Eucaristía, Pan partido para la vida del mundo, para formar juntos la Iglesia, su Cuerpo histórico. Y si nosotros decimos sí, como María, es más, en la medida misma de este “sí” nuestro, sucede también para nosotros y en nosotros este misterioso intercambio: somos asumidos en la divinidad de Aquel que asumió nuestra humanidad.

La Eucaristía es el medio, el instrumento de esta transformación recíproca, que tiene siempre a Dios como fin y como actor principal: él es la Cabeza y nosotros los miembros, él es la Vid y nosotros los sarmientos. Quien come de este Pan y vive en comunión con Jesús dejándose transformar por él y en él, está salvado de la muerte eterna: ciertamente muere como todos, participando también en el misterio de la pasión y de la cruz de Cristo, pero ya no es esclavo de la muerte, y resucitará en el último día para gozar de la fiesta eterna con María y con todos los santos. (Benedicto XVI, Angelus, 16 agosto 2009)

«Atraídos por el Padre» y comiendo y adorando con fe el pan bajado del Cielo, se experimenta la vida eterna; la fe se hace así más fuerte, capaz de una adhesión más radical y de un seguimiento más comprometido.
El Señor pide a sus discípulos que “no murmuren”, sino que acojan con sencillez de corazón el Don que Él hace.
La Madre de Dios, Asunta al Cielo, nos obtenga lo que es necesario para nuestra vida: que nos ayude a alimentarnos siempre, con intensa y pura fe, con el Pan  de vida eterna, para experimentar ya en la tierra, la alegría del Cielo.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

El don de la fe

«¿No es este el hijo de José?» Los judíos murmuraban de Jesús que se presentaba como «pan bajado del cielo». Se negaban a creer su palabra. No se fiaban de Él. Preferían permanecer encerrados en su razón, en su «experiencia», en sus sentidos… y en sus intereses. La fe exige de nosotros un salto, un abandono, una expropiación. La fe nos invita a ir siempre «más allá». La fe es «prueba de las realidades que no se ven» (Hb 11,1).

«Nadie puede venir a mí si el Padre no lo atrae». La fe es respuesta a esa atracción del Padre, a esa acción suya íntima y secreta en lo hondo de nuestra alma. La adhesión a Cristo es siempre respuesta a una acción previa de Dios en nosotros. Pero es necesario acogerla, secundarla. Por eso la fe es obediencia (Rom 1,5), es decir, sumisión a Dios, rendimiento, acatamiento. Y por eso la fe remata en adoración.

«Yo soy el pan de la vida». Cristo es siempre el pan que alimenta y da vida; no sólo en la eucaristía, sino en todo momento. Y la fe nos permite «comulgar» –es decir, entrar en comunión con Cristo– en cualquier instante. La fe nos une a Cristo, que es la fuente de la vida. Por eso asevera Jesús: «Os lo aseguro, el que cree tiene vida eterna». Todo acto de fe acrecienta nuestra unión con Cristo y, por tanto, la vida.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo VI

Jesús se nos da como pan de vida en la fe, y sobre todo en la Eucaristía, simbolizada en el pan que alimentó a Elías en el desierto. En la medida en que seamos verdaderos cristianos nos comportaremos como hombres auténticos con todas sus virtudes.

Toda la vida del cristiano es un peregrinar irreversible con vocación de eternidad. Es un «éxodo» permanente que consumará, para la Iglesia y para cada uno de nosotros, el designio de Dios de trasladarnos al Reino del Hijo de su Amor. El Pan de vida que necesitamos en esta peregrinación es la Eucaristía.

1 Reyes 19,4-8: Con la fuerza de aquel alimento caminó hasta el monte del Señor. Mientras vivimos en el tiempo, nuestra existencia cristiana es una ardua peregrinación hacia la eternidad. Como Elías, camino del Sinaí, nuestra debilidad necesita del alimento eucarístico. San Jerónimo explica:

«Cuando Elías, que iba huyendo de Jezabel, se echó cansado bajo una encina, fue despertado por un ángel que llega hasta él y le dice: “Levántate y come”. Y alzó los ojos y vio a su cabecera una hogaza de trigo y un vaso de agua (1 Re 19, 5-6). ¿No podía Dios mandarle vino oloroso y comidas condimentadas con aceite y carnes picadas?… Son innumerables los textos dispersos en las Escrituras divinas que condenan la gula y proponen comidas sencillas; pero como no es mi intención tratar ahora de los ayunos, por otra parte todas estas cosas pertenecen a título y libro especial, baste lo poco que he dicho de entre lo mucho que se podría decir» (Carta 20,9, a Eustoquia).

–Los versos del Salmo 33 nos sirven de oportuno responsorio: «Gustad y ved qué bueno es el Señor: Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca. Mi alma se gloría en el Señor, que los humildes lo escuchen y se alegren… Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias».

Dice San Agustín que en este Salmo es Cristo mismo el que invita a todos los hombres a alabar al Padre juntamente con Él y nos enseña el santo temor de Dios. El estribillo ha sido interpretado en la tradición cristiana como referido a la Eucaristía, de hecho se ha escogido muchas veces para antífona de la Comunión.

Efesios 4,30–5,2: Vivid en el amor como Cristo. Ante el Padre, el Corazón redentor de Cristo es quien nos da la vida y el amor que nos hacen dignos del Padre y el que nos lleva por su Espíritu vivificante. Comenta San Agustín:

«El Padre no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros. Él no opuso resistencia, sino que lo quiso igualmente, puesto que la voluntad del Padre y del Hijo es una, conforme a la igualdad de la forma divina, poseyendo la cual, no consideró objeto de rapiña el ser igual a Dios. Al mismo tiempo, su obediencia fue única en cuanto que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo. Pues Él nos amó y se entregó a Sí mismo por nosotros como oblación y víctima a Dios en olor de suavidad (Ef 5,2). Así pues, el Padre no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó por nosotros, pero de forma que también el Hijo se entregó por nosotros.

«Fue entregado el Excelso, por quien fueron hechas todas las cosas; fue entregado en su forma de siervo al oprobio de los hombres y al desprecio de la plebe; fue entregado a la afrenta, a la flagelación y a la muerte, y con el ejemplo de su Pasión nos enseñó cuánta paciencia requiere el caminar con Él» (Sermón 157,2-3).

Por medio del bautismo el fiel ha sido insertado en Cristo, viniendo a ser un solo cuerpo, animado por un solo Espíritu que es fuente de gozo y motivo de esperanza para la gloria futura, viviendo en el Amor y siguiendo a Cristo en su entrega para gloria de Dios y salvación de los hombres.

Juan 6,41-51: Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo. Cristo, el Hijo de Dios vivo, encarnado en nuestra propia carne y sangre, para hacer a los hombres hijos de Dios, se nos ha convertido en Sacramento de Pan de vida al alcance de todos los hombres. San Agustín dice:

«Pan vivo precisamente, porque descendió del cielo. El maná también descendió del cielo; pero el maná era la sombra, éste es la verdad… ¿Cuándo iba la carne a ser capaz de comprender esto de llamar al pan carne? Se da el nombre de carne a lo que la carne no entiende; y tanto menos comprende la carne, porque se llama carne. Esto fue lo que les horrorizó y dijeron que esto era demasiado y que no podía ser. Mi carne, dice, es la vida del mundo. Los fieles conocen el cuerpo de Cristo si no desdeñan ser el cuerpo de Cristo. Que lleguen a ser cuerpo de Cristo si quieren vivir del Espíritu de Cristo. Del Espíritu de Cristo solamente vive el cuerpo de Cristo…. Mi cuerpo recibe ciertamente de mi espíritu la vida. ¿Quieres tú recibir la vida del Espíritu de Cristo? Incorpórate al Cuerpo de Cristo… El mismo Cuerpo de Cristo no puede vivir sino del Espíritu de Cristo.

«De aquí que el Apóstol Pablo nos hable de este Pan, diciendo: Somos muchos un solo Pan, un solo Cuerpo. ¡Oh qué misterio de amor, y qué símbolo de unidad, y qué vínculo de caridad!. Quien quiere vivir sabe dónde está su vida y sabe de dónde le viene la vida. Que se acerque, y que crea, y que se incorpore a este Cuerpo, para que tenga participación de su vida» (Tratado sobre el Evangelio de San Juan 26,13).


Comentarios exegéticos

Raymond Brown

El discurso del pan de la vida

En respuesta al pedido de pan hecho por la muchedumbre, Jesús inicia su gran discurso sobre el pan de la vida. Este discurso consta de dos partes. En la primera (vv. 35-50) el pan celeste que nutre es la revelación, o la enseñanza de Jesús (tema sapiencial); en la segunda (vv. 51-58) es la eucaristía (tema sacramental). (…)Raymond Brown Los dos temas, el sapiencial y el sacramental, son complementarios: la palabra proclamada y la Palabra en el sacramento han constituido, desde siempre, el contenido fundamental de la liturgia cristiana.

El tema sapiencial: 6,35-50

Diversamente a la sabiduría veterotestamentaria (cf. Sir.24,20), la enseñanza de Jesús nutre al hombre para siempre (vv. 37-39). Y así como Jesús puso en advertencia para que ningún fragmento de pan se perdiera (v. 12), así también Él declara que ninguno de aquellos que son nutridos por su enseñanza perecerá (v. 40; a excepción de Judas, vv. 70ss.; cf. Jn.17,12). El pan celeste de la enseñanza divina produce el mismo efecto que el agua viva de la enseñanza divina: la vida eterna (cf. Jn.4,14). (Nótese que Jesús toma sus imágenes y sus metáforas de la vida cotidiana).

Así como los antepasados de Israel durante el éxodo habían murmurado contra el maná (cf. Éx.16,2.8), así, de la misma manera, “los judíos” ponen objeciones contra el nuevo maná (vv. 41-42). Su afirmación de conocer bien el origen de Jesús es una forma de la ironía juanea,1 y no tiene necesidad de réplica. Jesús se limita a recordar a sus interlocutores las profecías que prometían una enseñanza divina como la suya (Is.54,13), y ellos –agrega- no saben de dónde viene Él, porque no han visto al Padre. Tan orgullosos que están de sus propios antepasados y del maná del éxodo, y sin embargo tal maná no ha impedido que sus padres murieran; ni tampoco los mantuvo fieles a Dios (vv. 49-50).

El tema sacramental: 6,51-58

En un sentido más profundo, el pan que da la vida, o, aún más, el pan vivo, es la carne misma de Jesús . Aquí Juan nos da lo que parece ser una variante de la institución de la eucaristía: “El pan que yo les daré es mi carne para la vida del mundo” (cf. “Esto es mi cuerpo, entregado por vosotros”; cf. Lc.22,19; Jn.3,16). Si para Pablo la eucaristía es la proclamación de la muerte del Señor hasta su retorno al fin del mundo (cf. 1Cor.11,26), en Juan el acento está puesto sobre el hecho de que la Palabra se ha encarnado y ha dado su propia carne y su propia sangre como alimento de vida: una proclamación de la dimensión salvífica de la encarnación (la sangre es decididamente un argumento ligado a la última cena). Aquí la teología sacramental toca de verdad profundidades abisales. Si el bautismo nos da la vida que el Padre comparte con el Hijo, la eucaristía es el alimento que nutre tal vida.
(BROWN, R., Il Vangelo e le Lettere di Giovanni. Breve comentario, Ed. Queriniana, Brescia, 1994, pp. 62 – 64; traducción del equipo de Homilética)

[1] La ironía juanea: El evangelio de Juan presenta a los adversarios de Jesús en el acto de expresar afirmaciones sobre Él de tono despreciativo, sarcástico, incrédulo o, al menos, inadecuado en el sentido en el que ellos lo entienden. Pero, en cambio, por ironía, tales afirmaciones resultan a menudo verdaderas en un sentido que permanece escondido a quien las pronuncia (cf. Jn.3,2; 4,12; 6,42; 7,28-29.35; 8,22; 9,24.40; 11,48-50; 12,19; 14,22; 19,3).

José Ma. Solé Roma

Comentario a las tres Lecturas

Primera lectura: 1 Reyes 19, 4-8

En la historia de los Reyes de Judá e Israel se inserta el ciclo del Profeta Elías:
Este Profeta es el defensor máximo en Israel de la pureza y de la fidelidad en el culto de Yahvé. La lectura de hoy nos le presenta perseguido por la impía Jezabel, atravesando el desierto, en peregrinación a la montaña de Dios, Horeb. Este nuevo Moisés, que es Elías, va a reconfortar su fe y a reavivar su celo en aquel Monte, el más santo y célebre de la Historia de la Salvación.

La comida y la bebida milagrosa con que el ángel le conforta (v. 7) para la larga jornada de cuarenta días nos recuerda el “maná” milagroso de los cuarenta años del Desierto. J. M. Sole RomaY son un preanuncio y figura del Viático que en la Nueva Alianza se le dará a la Iglesia peregrina. Con el vigor de este aumento que recibe del ángel, Elías, que sentía el fastidio y el desaliento ante el endurecimiento de Israel y ante las persecuciones de la corte, de los sacerdotes y de los profetas cismáticos (“Se deseó la muerte diciendo: ¡Basta; toma ya, oh Yahvé, mi vida!”), recobra nuevos alientos. El celo por la causa de Yahvé le abrasa: “Me devora el celo por Yahvé” (10). De la Montaña Santa de Horeb retorna a su campo de apostolado. En la Antigua y en la Nueva Alianza será Elías prototipo y modelo de Apóstoles. En el Apocalipsis nos presenta San Juan a los “Testigos” o adalides de la causa de Cristo como continuadores de la vocación y de la misión de Moisés y Elías. Con el celo y entereza que ellos defendieron la causa de Dios y preservaron al pueblo de prevaricaciones e idolatrías, los “Testigos” defienden la causa de Cristo y sostienen la firmeza, la pureza y la fidelidad del Pueblo cristiano (Ap 11, 3-9).

Segunda Lectura: Efesios 4, 30-5, 2

La enseñanza primordial de esta perícopa es: Vivamos, caminemos, actuemos en “Caridad”:

Nos exige esta “Vida en Caridad” nuestra dignidad cristiana: Hijos muy queridos de Dios, debemos vivir en el Amor del Padre (5, 1). Entrañados en Cristo por el Bautismo, debemos imitar el amor de Cristo (2). Entrados en el Reino de la Luz, debemos fructificar bondad y caridad (8). Vivir y andar en caridad significa, por tanto, amar filialmente al Padre, como el Hijo y con el Hijo, en el Espíritu Santo. Y significa imitar la entrega de amor de Cristo, hecho oblación y Hostia por nosotros: “Señor, al tiempo que aceptas esta Hostia espiritual haznos también a nosotros sacrificio perpetuo a honor tuyo” (Super Oblata).

Para que esta vida de amor no sea teórica, traza San Pablo un programa de lo que debemos evitar: amargura, indignación, cólera, griteríos, maledicencia y toda especie de maldad (4, 31); y de lo que debemos cultivar: benignos, compasivos…, “condonándoos recíprocamente, a la manera como Dios en Cristo os perdonó a vosotros” (32). Ni que decir que esta caridad predicada por Pablo, que es el amor a Dios y a los hermanos, vivificado por el Espíritu Santo y que fructifica en virtudes sinceras y heroicas, haría nuestra vida cristiana hermosa, gozosa, luminosa.

El aviso del v 30 debe avivar la conciencia de nuestras responsabilidades cristianas. El Espíritu Santo quedó grabado en nosotros por el Bautismo con un sello: “Habéis sido sellados con el Espíritu Santo para el día de la Redención = glorificación”. Este “sello” es la prenda y garantía de que nos pertenece ya el cielo (1, 13). Sin embargo, los cristianos, al igual que los israelitas en el Antiguo Testamento, pueden contristar al Espíritu Santo, alejarlo de sí y perder la herencia eterna.

Evangelio: Juan 6, 41-52

La Eucaristía es el Viático de los peregrinos. Vigoriza al cristiano; dispone al Testigo. Inmortaliza:

Cristo es un don o gracia que nos hace el Padre. La mayor gracia que puede el Padre regalarnos. Y es imposible recibir este don de otro que del Padre (44). Ahora es nuestro el Unigénito del Padre. Tan nuestro que de El nos nutrimos, de El vivimos: “No es Moisés quien os dio pan del cielo; es mi Padre quien os da el verdadero Pan del cielo. Yo soy el Pan bajado del cielo” (32). “Tu nunca me quitarás, Padre, lo que una vez me diste en tu Hijo, en quien me das cuanto Yo pueda tener”. Poseedores de tan rico don podemos decir: “Míos son los cielos y la tierra. Dios es mío y para mí porque Cristo es mío y para mí”.

A esta gracia del Padre nosotros respondemos con la fe. La fe es la aceptación plena de Cristo. Los que creen son discípulos dóciles de Dios (45). El corazón debe apartar la fe al don de Dios: “Recibe el Verbo de Dios siempre antiguo y que nace siempre joven en el corazón de los fieles”. De ahí que la fe en Cristo sea Vida eterna: “Os lo aseguro: el que cree en Mí tiene Vida Eterna” (47).

Cristo, Gracia y Don del Padre, Maestro y Maná de vida Eterna con su doctrina, sus inspiraciones, sus sacramentos, especialmente con el de la Eucaristía , prosigue su tarea: llama, invita, ilumina, predica, consuela, orienta, convierte, purifica, vivifica, diviniza: Este Maestro, Palabra Infinita, Verbo Eterno, te hablará y te saciará más cuanto te hagas más enseñable: “Oh Verbo Eterno, Palabra de mi Dios quiero pasar mi vida escuchándote. Quiero ser toda yo enseñable a fin de aprenderlo todo de Ti” (Sor Isabel de la Trinidad ).

Tenemos la suerte de recibir este Don del padre que es Jesús su Hijo. Le recibimos por la fe. Le comemos bajo signo de Pan en la Eucaristía. Verdadera y plena Comunión que nos entra en la Vida Divina. La fe nos abre a la revelación de Dios y nos matricula en esta escuela en la que el mismo Dios es el Maestro y nosotros sus discípulos.

Y la Comunión nos nutre de la misma vida de Dios que llega a nosotros por el Hijo Encarnado. El Hijo de Dios nos ha deparado este Banquete o Sacramento de Vida Divina, dándosenos él mismo en manjar.
(José Ma. Solé Roma O.M.F., “Ministros de la Palabra “, ciclo “B”, Herder, Barcelona 1979).

Isidro Gomá y Tomás

Discurso del Pan de Vida

El Evangelio Explicado , Vol. I, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona, 1966, p. 687-691

MURMURAN LOS JUDÍOS Y JESÚS INSISTE (41-47).-A los adversarios de Jesús, que también los había en la Galilea (Mc. 2, 16; Lc. 5, 17), y que probablemente le oían en la sinagoga, les chocó la afirmación de Jesús sobre el origen celeste, y empezaron a murmurar: Los judíos, pues, murmuraban de él porque había dicho:

Yo soy el pan vivo, que descendí del cielo. No se lee que Jesús hubiese dicho estas mismas palabras: pero ellas resumen admirable mente los vv. 33, 35 y 38. No quieren reconocer la divinidad de Jesús a pesar de sus milagros, y su incredulidad les sugiere el mismo pensamiento que a los nazarenos (Mt. 13, 55; Mc. 6, 3): Card. Gomá y tomás

Y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocimos? No se sigue de aquí que viviese todavía el esposo de María; créese que había ya muerto al comenzar Jesús su ministerio público. Y decían con desdén: Pues ¿cómo dice éste: Que del cielo descendí?

En este estado de ánimo, hubiese sido inútil que les explicara Jesús el misterio de la Encarnación; y soslayando la pregunta, deja en pie la dificultad, proponiéndoles, sin embargo, una verdad más útil para ellos en aquellos momentos: el camino por donde podrán llegar a él, si quieren salvarse: Mas Jesús les respondió, y les dijo: “No murmuréis entre vosotros”, como si hubiese dicho yo algo absurdo. Que vosotros no lo entendáis, no quita que sea verdad: es que no tenéis la luz divina que se requiere para comprenderlo; lo que debéis hacer es pedirla al Padre, porque: Nadie puede venir a mí, si no le trajere el Padre que me envió; con lo que revela la insuficiencia de nuestra libertad para la fe, que es don gratuito de Dios. Lo que el Padre empieza en la obra de la redención, él lo consuma: Y yo le resucitaré en el último día. Por lo mismo, quien no es llamado, o mejor, quien no deja atraerse por el Padre, no será resucitado por el Hijo, no tendrá la vida eterna.

Este llamamiento del Padre es universal: a nadie exceptúa ni rechaza: Escrito está en los profetas (Is. 54, 13): Y serán todos enseñados por Dios, Instruidos por Dios mismo; y este divino magisterio será la forma con que atraerá Dios a si a los hombres. Pero, para que la atracción sea eficaz, se requieren dos condiciones: oír la voz de Dios, como se oye la voz del maestro, y aprender, es decir, prestar humilde asentimiento a lo que se oye; es la conjugación de los dos factores de la vida sobrenatural, la gracia y la libertad, que da por resultado ir a Jesús y ser de su reino: Todo aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí.

Con todo, no crean que el Padre deja verse y oírse físicamente, como se ve al maestro humano: “No porque alguno ha visto al Padre”. Uno solo es el que ha visto al Padre: es el Hijo, eternamente engendrado por el Padre y consubstancial con él; éste es el que puede enseñar, transmitiéndolo a los hombres, lo que él directamente ha visto en el seno del Padre: “Sino aquel que vino de Dios”, éste ha visto al Padre.

Con esto ha respondido Jesús a la murmuración de los judíos, cerrando el episodio con las mismas palabras que lo habían provocado, v. 40, y que sirven al propio tiempo de transición para hablar claramente del misterio de la Eucaristía: “En verdad, en verdad os digo: Que aquel que cree en mí, tiene vida eterna”.

Lecciones morales. – A) v. 45. – Y serán todos enseñados por Dios. – Considera, dice el Crisóstomo, la dignidad de la fe, que no se aprende por ministerio de hombres, sino que nos viene del magisterio del mismo Dios. El maestro es el que preside a todos, preparado a dar lo suyo, y derramando a todos sus doctrina. Pero si todos son enseñados por Dios, ¿por qué no todos creen? Porque no todos quieren. Creen sólo los que doblegan su voluntad a las enseñanzas del maestro Dios.

B) v. 47.- Aquel que cree en mí tiene vida eterna. – Quiso el Señor revelar aquí lo que era, dice San Agustín; por lo cual dice: ” En verdad, en verdad os digo que el que me tiene a mí tiene vida eterna.” Como si dijera: “El que cree en mí me tiene a mí.” Y ¿qué es tenerme a mí? Tener la vida eterna. Porque la vida eterna es el Verbo que en el principio existía en Dios, y en el Verbo estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. Tomó la vida la muerte para que la vida matara a la muerte. Incorporémonos a Jesús creyendo en él, comiéndole a él, y tendremos vida eterna, porque tendremos su misma vida.

Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): El pan imperecedero

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1478-1480.

Yo soy el pan de vida 6, 41-52 (6, 44-47/6, 44-52/6, 44-46). 

Yo soy el pan que ha bajado del cielo. Sencillamente absurdo El auditorio sabía muy bien quién era Jesús. O, más bien, creían saberlo. Jesús es el hijo de José, cuyos padres conocemos. ¿Cómo se presenta diciendo que ha bajado del cielo? 

La murmuración era natural. Y sirve para introducirnos otra vez en el ambiente del Antiguo Testamento: la murmuración del antiguo pueblo de Dios. También volverá a aparecer el tema del maná. El evangelista no pierde ninguna oportunidad para establecer la conexión entre la multiplicación de los panes y el discurso sobre el pan de la vida. 

La cuestión del origen de Jesús aparece frecuentemente como motivo de incomprensión. ¿Cómo puede concillarse la afirmación de que es el Hijo del hombre con su origen humano, o este origen humano con la afirmación de ser el pan que ha bajado del cielo? 

Jesús nunca responde a la cuestión de su origen quedando^ al nivel puramente humano. La respuesta a la objeción sobre SlJ pretensión absurda, la tenemos en los vv. 44-46: él es el enviado y el revelador del Padre, está en Dios, de allí ha bajado como pan de vida para el hombre. 

De todos modos, conciliar el origen humano con el verdadero origen de Jesús sólo puede lograrse mediante el don de la fe, que Dios regala. Nadie puede ir a El si no fuere “traído” por ej Padre. La frase suena a determinismo fatalista. Es preciso, para evitarlo, tener en cuenta el “modo” como Dios “trae” al hombre. No lo trae por la fuerza, sino por la invitación a la decisión ante su manifestación en la Escritura. Jesús se halla testimoniado en la Escritura. Es decir, que se halla abierto para todos el camino para ser traídos por el Padre a Jesús. En este sentido llegaron a Jesús todos los que leen rectamente la Escritura, los que escuchan al Padre, los que son adoctrinados por Dios (es el texto del profeta Isaías, 54, 13). 

Los judíos, sin embargo, murmuraban. El tema de la murmuración, ya lo hemos apuntado, evoca la murmuración del antiguo pueblo de Dios. El tema es introducido porque la murmuración es el índice más claro de no querer creer. Sólo cuando existe una verdadera apertura al movimiento de Dios, cuando se cesa de murmurar, puede tener lugar la “tracción” que Dios hace del hombre hacia Jesús. 

El evangelista, al recoger así estas palabras de Jesús, que cita a Isaías, pretende afirmar que estamos en ese tiempo que el profeta había anunciado. La enseñanza —serán enseñados por Dios— tiene un doble aspecto: uno externo, que se halla personificado en Jesús, que está en medio de ellos, y otro interno, Dios actuando en el corazón. 

La recepción de la vida ya no se vincula ahora (vv. 48ss) a venir a Jesús y creer en él. Es necesario comer el pan. Esto es así porque solamente él realiza plenamente la idea, y la realidad implicada en ella, del pan de Dios, que ha bajado del cielo. El evita la muerte, cosa que no pudo hacer el maná. El y solamente él —no el maná de Moisés— es el pan vivo que ha bajado del cielo, y tiene la virtualidad de comunicar la vida eterna. 

Por primera vez aparece en esta sección el verbo “comer”. Va a introducirse algo nuevo. Esto ocurrirá plenamente en la sección siguiente. Aquí, no obstante, nos hallamos en el plano sapiencial, aunque las alusiones a la eucaristía estén presentes. Pero, en realidad, el comer el pan puede entenderse de la comida espiritual por parte de aquél que se llega a Jesús y cree en él. Mediante esta “comida espiritual” puede asimilarse la plenitud de vida de Jesús, que garantiza y anticipa ya la posesión de la vida eterna. 

Esta pequeña sección termina incluyendo el tema eucarístico propiamente dicho. Pero como este tema constituye el objeto de la sección siguiente, remitimos a ella. 

M. de Tuya, Biblia comentada: Diferencia y necesidad de un alimento espiritual

Evangelio de San Juan, Tomo Vb, BAC, Madrid (1977)

El encuentro de Cristo con las turbas en la región de Cafarnaúm da lugar a este primer diálogo, tan del gusto de Jn.

La pregunta que le hacen con el título honorífico de “Rabí”: “¿cuándo has venido aquí?” lleva un contenido sobre el modo extraordinario como vino. Sabían que no se había embarcado ni venido a pie con ellos. ¿Cómo, pues, había venido? Era un volver a admitir el prodigio en su vida.

La respuesta de Cristo soslaya aparentemente la cuestión para ir directamente al fondo de su preocupación. No le buscan por el milagro como “signo” que habla de su grandeza y que postula, en consecuencia, obediencia a sus disposiciones, sino que sólo buscan el milagro como provecho: porque comieron el pan milagrosamente multiplicado. Que busquen, pues, el alimento no temporal, aun dado milagrosamente, sino el inmortal, el que permanece para la vida eterna, y éste es el que dispensa el Hijo del hombre — el Evangelio — , y cuya garantía es que el Padre, que es al que ellos “llaman Dios” (Jn 8:54), “selló” al Hijo.

Un legado lleva las credenciales del que lo envía. Y éstos son los milagros, los “signos.” Así les dice: pero “vosotros no habéis visto los signos” (v.26; Jn 3:2).

Hasta aquí las turbas, y sobre todo los directivos que intervienen, no tienen dificultad mayor en admitir lo que Cristo les dice, principalmente por la misma incomprensión del hondo pensamiento de Cristo. Por eso, no tienen inconveniente en admitir, como lo vieron en la multiplicación de los panes, que Cristo esté “sellado” por Dios para que enseñe ese verdadero y misterioso pan que les anuncia, y que es “alimento que permanece hasta la vida eterna.”

De ahí el preguntar qué “obras” han de practicar para “hacer obras de Dios,” es decir, para que Dios les retribuya con ese alimento maravilloso. Piensan, seguramente, que puedan ser determinadas formas de sacrificios, oraciones, ayunos, limosnas, que eran las grandes prácticas religiosas judías.

Pero la respuesta de Cristo es de otro tipo y terminante. En esta hora mesiánica es que “creáis en aquel que Él ha enviado.” Fe que, en Jn, es con obras (Jn 2:21; cf. Jn 13:34). La turba comprendió muy bien que en estas palabras de Cristo no sólo se exigía reconocerle por legado de Dios, sino la plena entrega al mismo, lo cual Jn toca frecuentemente y es tema de su evangelio.

Los oyentes, ante esta pretensión de Cristo, vienen, por una lógica insolente, a pedirle un nuevo milagro. En todo ello late ahora la tipología del éxodo. El “desierto,” la multiplicación de los panes en él, contra el que evocará la turba el maná; la “murmuración” de estos judíos contra Cristo, como Israel en el desierto, y, por último, la Pascua próxima, es un nuevo vínculo al Israel en el desierto. Ya el solo hecho de destacarse así a Cristo es un modo de superponer planos para indicar con ello, una vez más, la presentación de Cristo como nuevo Moisés: Mesías.

Los judíos exigían fácilmente el milagro como garantía. San Pablo se hace eco de esta actitud judía (1Co 1:22). Y Godet, en su comentario a Jn, escribe: “El sobre naturalismo mágico era la característica de la piedad judía.”

La multiplicación de los panes les evocaba fácilmente, máxime en aquel lugar “desierto” en el que habían querido proclamarle Rey-Mesías, el milagro del maná. Y esto es a lo que aluden y alegan. Los padres en el desierto comieron el maná (Ex 16:4ss). La cita, tal como está aquí, evocaba, sobre todo, el relato del maná, pero magnificado en el Salterio, en el que se le llama “pan del cielo” (Sal 105:40; Neh 9:15; Sal 16:20). La cita era insidiosa. Pues era decirle: Si Moisés dio el maná cuarenta años, y que era “pan del cielo,” y a una multitud inmensamente mayor, pues era todo el pueblo sacado de Egipto, y, a pesar de todo, no se presentó con las exigencias de entrega a él, como tú te presentas, ¿cómo nos vamos a entregar a ti? Por lo que le dicen que, si tiene tal presunción, lo pruebe con un milagro proporcionado.

Estaba en el ambiente que en los días mesiánicos se renovarían los prodigios del éxodo (Miq 7:15). El Apocalipsis apócrifo de Baruc dice: “En aquel tiempo descenderá nuevamente de arriba el tesoro del maná, y comerán de él aquellos años.” Y el rabino Berakhah decía, en síntesis, sobre 340: “El primer redentor (Moisés) hizo descender el maná. e igualmente el último redentor (el Mesías) hará descender el maná.”

Si el Mesías había de renovar los prodigios del éxodo, no pasaría con ello de ser otro Moisés. ¿Por quién se tenía Cristo? ¿Qué “señal” tenía que hacer para probar su pretensión?

Pero la respuesta de Cristo desbarata esta argumentación, al tiempo que el clímax del discurso se dirige a su culmen.

En primer lugar, no fue Moisés el que dio el maná, puesto que Moisés no era más que un instrumento de Dios, sino “mi Padre”; ni aquel pan venía, en realidad, del cielo, sino de sólo el cielo atmosférico; ni era el pan verdadero, porque sólo alimentaba la vida temporal; pero el verdadero pan es el que da la vida eterna; ni el maná tenía universalidad: sólo alimentaba a aquel grupo de israelitas en el desierto, mientras que el “pan verdadero es el que desciende del cielo y da la vida al mundo.”

¿A quién se refiere este pan que “baja” del cielo y da la vida al mundo? Si directamente alude a la naturaleza del verdadero pan del cielo, no está al margen de él su identificación con Cristo Si la naturaleza del verdadero pan de Dios es el que “baja” del cielo y da “la vida al mundo,” éste es Cristo, que se identificará luego, explícitamente, con este pan (v.35).

Los judíos, impresionados o sorprendidos por esta respuesta, tan categórica y precisa, pero interpretada por ellos en sentido de su provecho material, le piden que él les de siempre de ese pan, como la Samaritana (Jn 4:15). Probablemente vuelve a ellos el pensamiento de ser Cristo el Mesías, y esperan de Él nuevos prodigios. Pero ignoran en qué consistan, y no rebasan la esperanza de un provecho material. Pero ese “pan,” que aún no habían discernido lo que fuese, se les revela de pronto: “Yo soy el pan de vida” (v.35).

Respecto al versículo 6,35, es la evocación del banquete de la Sabiduría (Pro 9:5; Isa 55:1.2). La Sabiduría invita a los hombres a venir a ella, a incorporarse a su vida. Así Cristo se presenta aquí evocando la Sabiduría. Es Cristo la eterna Sabiduría (Jn 1:3.4.5), a la que hay que venir, incorporarse y vivir de El (Jn 15:5; Jn 7:37.38).

Por eso, “el que está creyendo” en El en un presente actual y habitual, como lo indica el participio de presente en que está expuesta la fe del creyente, éste está unido a Cristo, Sabiduría y Vida, por lo que, nutriéndose de Él, no tendrá ni más hambre ni sed, de lo que es verdadera hambre y sed del espíritu (Isa 5:49.10; Isa 55:1-3; Pro 9:5).

G. Zevini, Lectio Divina (Jn): Jesús y el pan de vida que desciende del cielo

Lectio divina para la vida diaria. Verbo Divino, Navarra (2010), pp. 161-167

La Palabra se ilumina

La muchedumbre, a pesar de las distintas pruebas aportadas por Jesús, no se siente satisfecha ni con sus signos ni con las palabras con las que ha intentado iluminar sus mentes y sus corazones. Pide aún garantías para poder creerle. Pone condiciones antes de adherirse a él plenamente (v. 30). El milagro de los panes que había hecho un día antes no es suficiente. Para que puedan creer en el Mesías como enviado de Dios hace falta un signo particular y más estrepitoso que los ya hechos, que demuestre que Jesús renueva los prodigios de Moisés y que, por consiguiente, es superior a él. La ironía está en que piden un signo cuando la misión de Jesús ya se muestra rica en milagros. 

Si sus oyentes piden la pura repetición del milagro del maná, eso significa que no han comprendido el alcance espiritual y profético contenido en su símbolo. El maná, que cada día bajaba del cielo y alimentaba al pueblo de Israel en el desierto, no lo había dado Moisés, ni mucho menos era el pan del cielo. Era sólo una imagen imperfecta y pasajera de éste, porque el verdadero pan del cielo lo había dado el Padre de Jesús y expresa el mismo amor de Dios por los hombres (v. 32). Más aún, el pan de Dios coincide con la persona de Jesús, que ha venido al mundo procedente de Dios, como don suyo (cf. 1,11.14; 3,16) y fuente de vida (5,26). 

La nueva incomprensión lleva a Jesús a enfrentarse directamente al tema de su identidad con afirmaciones explícitas que ponen a los hombres ante opciones concretas. En efecto, precisa de una manera que no deja lugar a equívocos: « Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre; el que cree en mí nunca tendrá sed» (v. 35). Él es el pan venido del cielo para sostener al nuevo pueblo de Dios. Él es el don de amor hecho por el Padre a cada hombre, peregrino en el desierto del mundo. Él es la Palabra que deben creen para gustar la vida eterna (cf. Gn 2,9; 3,22-24; Prov 11,30; 13,12; 15,14). 

La Palabra me ilumina

Las revelaciones de Jesús sobre su origen divino -«Yo soy el pan de vida» (v. 35), «Yo he bajado del cielo» (v. 38)- provocan disentimiento y protestas entre la muchedumbre, que se vuelve hostil y murmura contra el Maestro. Es demasiado duro superar el obstáculo del origen humano de Cristo. Jesús, con su respuesta, intenta evitar una discusión inútil con los que le escuchan y les ayuda a reflexionar sobre la dureza de su corazón. A continuación, eleva el discurso a un nivel superior, el de Dios, enunciando las condiciones necesarias para creer en él. 

La primera es la de ser atraído por el Padre (v. 44). La atracción del Padre es un don hecho al hombre que empuja hacia Jesús al que lo recibe: nadie puede ir al Verbo hecho carne si no le atrae el Padre. La segunda condición es la docilidad ante Dios (v. 45a). Los hombres deben darse cuenta de la acción salvífica de Dios respecto al mundo y no oponerse a es ta atracción del Padre. La tercera condición es la escucha del Padre (v. 45b): estamos ante la enseñanza interior del Padre y ante la enseñanza de la vida de Jesus. Para ser enseriados por el Profeta de Nazaret es preciso ser instruido por Dios. Ahora bien, ser instruidos por Dios coincide con el dejarse «atraer» por Jesus (12,32). 

En este punto del discurso el texto presenta una nueva revelación, una revelación que ilumina el misterio: quien come a Jesus-pan no muere. Es preciso comer el pan vivo bajado del cielo para sobrevivir y entrar en comunión íntima con Jesus. La revelación divina consiste en el pan que contiene la eficacia de comunicar vida mas allá de la muerte. Es Jesús-pan de vida el que da la inmortalidad a quien se alimenta de el, a quien interioriza su Palabra en la fe y asimila su vida. La escucha interior de Jesus es alimentarse del pan celeste y saciar el hambre que cada hombre tiene en sí mismo. La vida eterna que tendrán los que se alimenten de este pan será la resurrección, la participación definitiva de toda la realidad humana en la vida trinitaria de Dios. 

La Palabra en el corazón de los padres

Cada vez que el santo evangelista nos recuerda que el Señor sufrió y obro humanamente, el conocimiento de los hombres carnales se descompone como un mar en tempestad, puesto que los espíritus débiles no son capaces de escuchar y distinguir. La infeliz y detestable maldad, siempre dispuesta a contestar más que a creer, se e inducida con prontitud por los milagros divinos no a la fe, sino a la calumnia. Desprecia la doctrina, de la que se sorprende, preguntándose de dónde procede, maliciosamente curiosa o lamentosa, sospechosa ante el bien, excesivamente dispuesta a lo que es dañoso; no lleva cuidado con los mandamientos, que, no obstante, aprueba, yéndose por las ramas ante Dios, propensa a los ídolos, cavilosa en las cuestiones divinas, rebelde a la profecía, contraria a la verdad, ruinosamente crédula a los presagios y a los embustes. 

Moisés habla realizado muchos prodigios, Elias había hecho ver grandísimas pruebas de sus poderes, y Eliseo no había hecho empresas diferentes: ¿por qué nadie pone en discusión su figura? ¿Por qué nadie plantea el problema de su condición? ¿Por qué nadie buscó con la misma curiosidad de donde vengan, quienes eran, donde y en nombre de quien hicieron esos prodigios? Solo se juzga a este, que no quiso juzgar para no castigar; se examina con facciosa severidad al que no pidió nada para conceder el perdón. Y aunque el único que no tenía culpa encontró a todos culpables, prefirió acogerlos mediante un juicio de inmensa misericordia antes que pronunciar una sentencia, a fin de restituir a los mortales, pagando por ello el precio de su vida, la vida que perdieron en un tiempo. Como dice el apóstol, es verdaderamente grande el misterio de la piedad que se manifiesta en nuestra carne (Pedro Crisólogo, Sermo 49, 1-3; edición italiana, Sermoni, Milan-Roma 1996, 339-341). 

Caminar con la Palabra

Jesús presentó la nueva realidad divina con tanta crudeza que sus oyentes no sólo quedaron impactados, sino incluso descompuestos. La protesta no se dirigía aún contra el misterio de la eucaristía, puesto que todavía no había sido anunciado, sino contra la pretensión de Jesús de ser el pan de la fe, la verdad eterna. Sin embargo, Jesús no mitiga lo que ha dicho, ni tampoco intenta aclararlo. Todos se sienten angustiados, pero Jesús no acude en su ayuda. Se trata de una cuestión de vida o de muerte: o están dispuestos a acoger la verdadera revelación, que descompone inevitablemente a la razón humana, o exigen juzgar la posibilidad de la revelación según sus presupuestos. Ninguna palabra de ayuda o explicación; sólo la petición de decidirse. 

Cristo dice que quiere entregarse a nosotros, que quiere llegar a ser sustancia y fuerza de nuestra vida. Y no en un sentido espiritual, simbólico, sino real: verdadera carne, verdadera sangre, verdadera comida y bebida. Este es el punto crucial de la fe, la angostura a través de la cual debe pasar la fe si pretende alcanzar la libertad de su esencia completa. Y la experiencia demuestra que cuantos niegan esta realidad, lo niegan todo. Niegan la Iglesia, la encarnación, la Trinidad; niegan que Cristo sea el Hijo de Dios. Esta es realmente la prueba suprema de la fe. El hombre debe estar dispuesto a superar su propio sentimiento, pues, de lo contrario, «no conseguirá entrar en el Reino de Dios». Los criterios se invierten. Sólo cuando advertimos la gravedad de la decisión y hemos superado el peligro de la rebelión, se abre el milagro del misterio y se hace justicia a la naturaleza ínsita en él -que el amor se realice no sólo entregando lo que le es propio, sino a sí mismo-. Ningún tipo de amor terreno llega a su realización cabal. Cuando el hombre ama de verdad, debe querer más de lo que pueda. En esto se manifiesta el hecho, de que Dios no sólo ama, sino que «es amor», como dice Juan. El es el único que no sólo quiere, sino que puede «amar hasta el extremo». Por eso quiere hacerse alimento del hombre con todo su ser. Sólo él lo puede (R. Guardini, II testamento di Gesú, Milán 1993, 158-162, passim). 

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