Domingo XXX Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas (Domingo XXX del Tiempo Ordinario – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Jer 31, 7-9 : Guiaré entre consuelos a los ciegos y cojos.
-Salmo: 125, 1-6 : R. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
-2ª Lectura: Heb 5, 1-6 : Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.
+Evangelio: Mc 10, 46-52 : Maestro, haz que pueda ver.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Clemente de Alejandría, obispo

Exhortación: Acojamos la luz y hagámonos discípulos del Señor.

Exhortación a los paganos, Cap 11: PG 8, 230-234 (Liturgia de las Horas).

La norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. Recibe a Cristo, recibe la facultad de ver, recibe la luz, para que conozcas a fondo a Dios y al hombre. El Verbo, por el que hemos sido iluminados, es más precioso que el oro, más que el oro fino; más dulce que la miel de un panal que destila. Y ¿cómo no va a ser deseable el que ha iluminado la mente envuelta en tinieblas y ha agudizado los ojos del alma portadores de luz?

Lo mismo que sin el sol, los demás astros dejarían al mundo sumido en la noche, así también, si no hubiésemos conocido al Verbo y no hubiéramos sido iluminados por él, en nada nos diferenciaríamos de los volátiles, que son engordados en la oscuridad y destinados a la matanza. Acojamos, pues, la luz, para poder dar acogida también a Dios. Acojamos la luz y hagámonos discípulos del Señor. Pues él ha hecho esta promesa al Padre: Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Alábalo, por favor, y cuéntame la fama de tu Padre. Tus palabras me traen la salud. Tu cántico me instruirá. Hasta el presente he andado a la deriva en mi búsqueda de Dios; pero si eres tú, Señor, el que me iluminas y por tu medio encuentro a Dios y gracias a ti recibo al Padre, me convierto en tu coheredero, pues no te avergüenzas de llamarme hermano tuyo.

Pongamos, pues, fin, pongamos fin al olvido de la verdad; despojémonos de la ignorancia y de la oscuridad que, cual nube, ofuscan nuestros ojos, y contemplemos al que es realmente Dios, después de haber previamente hecho subir hasta él esta exclamación: «Salve, oh luz». Una luz del cielo ha brillado ante nosotros, que antes vivíamos como encerrados y sepultados en la tiniebla y sombra de muerte; una luz más clara que el sol y más agradable que la misma vida. Esta luz es la vida eterna y los que de ella participan tienen vida abundante. La noche huye ante esta luz y, como escondiéndose medrosa, cede ante el día del Señor. Esta luz ilumina el universo entero y nada ni nadie puede apagarla; el occidente tenebroso cree en esta luz que llega de oriente.

Es esto lo que nos trae y revela la nueva creación: el Sol de justicia se levanta ahora sobre el universo entero, ilumina por igual a todo el género humano, haciendo que el rocío de la verdad descienda sobre todos, imitando con ello a su Padre, que hace salir el sol sobre todos los hombres. Este Sol de justicia traslada el tenebroso occidente llevándolo a la claridad del oriente, clava a la muerte en la cruz y la convierte en vida; arrancando al hombre de la corrupción lo encumbra hasta el cielo; él cambia la corrupción en incorrupción, y transforma la tierra en cielo, él el labrador de Dios, portador de signos favorables, que incita a los pueblos al bien y les recuerda las normas para vivir según la verdad; él nos ha gratificado con una herencia realmente magnífica, divina, inamisible; él diviniza al hombre mediante una doctrina celestial, metiendo su ley en su pecho y escribiéndola en su corazón. ¿De qué leyes se trata?, porque todos conocerán a Dios, desde el pequeño al grande; les seré propicio —dice Dios—, y no recordaré sus pecados.

Recibamos las leyes de vida; obedezcamos la exhortación de Dios. Aprendamos a conocerle, para que nos sea propicio. Ofrezcámosle, aunque no lo necesita, el salario de nuestro reconocimiento, de nuestra docilidad, cual si se tratara del alquiler debido a Dios por nuestra morada aquí en la tierra.

San Juan Crisóstomo, obispo

Homilía: Los dos ciegos de Jericó

Homilía 66, Obras de San Juan Crisóstomo, tomo II, B.A.C., Madrid, 1956, pp. 354-357.

1. Mirad desde dónde se dirige a Jerusalén y dónde había pasado antes el tiempo. Es un punto, a mi parecer, muy digno de averiguarse. ¿Y por qué anteriormente no fue desde allí a Galilea sino pasando por Samaria? Mas esto lo dejaremos para los curiosos de saber, y el que quiera puntualmente investigarlo, en Juan hallará que se explica muy bien y allí pone el evangelista la causa. Nosotros atengámonos a nuestro propósito y escuchemos a estos ciegos, mejores indudablemente que muchos que gozan de buena vista. Porque fue así que, sin guía que los llevara al Señor y sin poderle ver cuando lo tenían delante, ellos se empeñaron en llegar hasta Él y empezaron a gritar a voz en cuello, Y cuando se les mandaba callar, ellos levantaban más la voz.

Tal es, en efecto, un alma constante: las mismas dificultades la exaltan. Cristo, por su parte, consintió que se les mandara callar, a fin de que así apareciera mejor su fervor y vieran todos que eran dignos de la curación. De ahí que ni siquiera les pregunta si tienen fe, como solía hacer otras veces, pues sus gritos y su romper por entre la gente ponían bien de manifiesto su fe a los ojos de todos. Aprende de ahí, carísimo, que, por despreciables y desechados que seamos, si con fervor nos acercamos a Dios, aun por nosotros mismos podremos alcanzar cuanto le pidamos. Mira, si no, cómo estos ciegos, sin tener por abogado a ningún apóstol, teniendo más bien a muchos que les mandaban callar, lograron superar todas las dificultades y llegar a la presencia de Jesús mismo. Realmente, el evangelista no atestigua que por su vida tuvieran estos ciegos motivo especial de confianza con el Señor, Todo lo suplió su fervor, Buen modelo para nuestra imitación. Aun cuando Dios dilate el escucharnos, aun cuando hubiere muchos que traten de apartarnos de orar, no abandonemos nosotros la oración, pues así señaladamente nos atraemos a Dios. Mira, si no, cómo en el caso presente ni la pobreza, ni la ceguera, ni que el Señor no los oyera, ni las reprensiones de la gente; ni otra cosa alguna pudo contener impetuoso fervor de estos ciegos. Tal es por naturaleza el alma ardiente y esforzada.

¿Qué hace, pues, Cristo? Llámalos a sí y les dice ¿Qué queréis que haga con vosotros? Y ellos le responden: Señor; que se abran nuestros ojos. ¿Por qué les pregunta el Señor? Para que nadie pensara que querían ellos una cosa y Él les daba otra. Y es que el Señor tiene siempre costumbre de poner antes patente y descubrir a todos la virtud de los que va a curar, y sólo entonces realiza la curación. Lo uno, para mover a los otros a que los imiten; y luego por que vean todos que merecen la gracia les hace. Así por lo menos lo hizo con la mujer cananea, así con el centurión, así con la hemorroísa: o, mejor dicho; esta admirable mujer se adelantó a la pregunta del Señor. Y, sin embargo, tampoco a ésta la pasó de largo, sino que, aun después de la curación, la descubrió, a todos. Así se ve el interés que tenía siempre el Señor en proclamar los méritos de quienes se acercaban a Él. Que es puntualmente lo que aquí hace. Seguidamente, ya que le habían dicho que querían, movido a compasión, los tocó. Porque ésta-la compasión- es la causa única de a curación; la misma, por cierto, por la que vino al mundo. Sin embargo, aun cuando todo era compasión y gracia, Él busca a los son dignos. Y que estos ciegos eran dignos de la curación, bien lo mostraron, primero por sus gritos y porque, después de recibida la gracia, no se apartaran del Señor, que es lo que hacen muchos, ingratos después de recibir los beneficios. No así estos ciegos. Ellos antes de la dádiva se muestran constantes, y después de la dádiva, agradecidos, pues fueron siguiendo al Señor.

San Agustín, obispo

Sermón: Jesucristo, médico del alma y del cuerpo

Sermón 88, Ed. BAC, T VII. Madrid, 1964, pp. 200-208

1. Cristo, Médico nuestro

—Sabéis como nosotros, hermanos míos, que nuestro Señor y Salvador Jesucristo es el médico de nuestra salud eterna, y que tomó nuestra enferma naturaleza para que nuestra enfermedad no fuera sempiterna. Porque asumió un cuerpo mortal para en él matar la muerte. Y aunque crucificado en nuestra enfermedad, como dice el Apóstol, vive por la virtud de Dios. Del mismo Apóstol son, además, estas palabras: Ya no muere ni está sujeto a la muerte. Todo esto bien notorio es para vuestra fe, pero debemos también saber que todos los milagros que obró en los cuerpos tienen por blanco hacernos llegar a lo que ni pasa ni tendrá fin. Devolvió a los ciegos los ojos que había de cerrar la muerte; resucitó a Lázaro, el cual morirá por segunda vez. Todo lo que hizo en beneficio de los cuerpos no lo hizo para hacerlos inmortales, bien que al mismo cuerpo le habrá de dar en el fin una eterna salud; mas, como no eran creídas las maravillas invisibles, quiso por medio de acciones visibles y temporales levantar la fe hacia las cosas que no se ven.

2. Elogio de la fe actual de la Iglesia

—Nadie, pues, hermanos, diga que ahora ya no hace nuestro Señor Jesucristo los milagros que antes; por donde los primeros tiempos de la Iglesia fueron mejores que los actuales. Pues en cierto lugar el mismo Señor pone a los que creen sin ver sobre los que creyeron porque vieron. La fe de los discípulos era por entonces en tal modo vacilante, que, aun viendo resucitado a su Maestro, no dieron crédito a sus ojos, antes necesitaron palparle. No los llenaba el verle con los ojos sin acercar a sus miembros las manos y tocar las cicatrices de las recientes llagas; y cuando sus manos le cercioraron de la realidad de las llagas, el discípulo incrédulo exclamó: ¡Señor mío y Dios mío! Quedaron las cicatrices como testimonio del que había sanado todas las llagas en otros. Sin duda podía el Señor resucitar sin cicatrices, pero conocía las llagas abiertas en el corazón de los discípulos, y conservó las de su cuerpo para sanarlos. ¿Qué dijo el Señor al discípulo que, reconociéndole por su Dios, exclamó: Señor mío y Dios mío? Creíste porque me haz visto; bienaventurados los que no ven y creen. ¿A quién se refiere sino a nosotros, hermanos? Y no solamente a nosotros, sino a todos los que vengan detrás de nosotros. Porque no mucho después, habiéndose alejado de sus ojos mortales para fortalecer la fe de sus corazones, cuantos en adelante creyeron en él creyeron sin verle, y su fe tuvo gran mérito, porque para conquistarla no usaron del tocamiento de las manos, sino del acercamiento de su piadoso corazón.

3. Grandes milagros que hace Cristo ahora

Las obras milagrosas del Señor eran, pues, un convite a la fe, y esta fe se conserva en la Iglesia, extendida por todo el mundo, y obra hoy curaciones más grandes, para obtener las cuales no se desdeñó él de hacer aquellas menores; porque tanto la salud del alma lleva ventaja a la del cuerpo cuando éste desmerece de aquélla. Si los ciegos no abren ahora los ojos bajo la mano del Señor, ¡cuántos corazones no menos ciegos los abren a su palabra! Ahora no resucita a un cadáver, pero resucita el alma que yacía muerta en un cadáver vivo; ahora no se abren los oídos sordos del cuerpo, pero ¡cuántos corazones se han abierto a la acción penetrante de la palabra de Dios y pasan de la incredulidad a la fe, de una vida desordenada a un honesto vivir y de la rebeldía a la sumisión! He ahí, nos decimos, uno que vino a la fe, y nos pasmarnos porque conocíamos su dureza. Mas ¿por qué te maravillas de su fe, de su inocencia y fidelidad a Dios, sino porque ves ha recobrado la vista el ciego, y la vida el muerto, y el oído el que sabías era sordo? Porque hay otro género de muertos, de los cuales habló el Señor, cuando a un joven que difería seguirle con el fin de enterrar a su padre, le dijo: Deja que los muertos sepulten a sus muertos. Cierto que los muertos no pueden ser sepultureros de un muerto corporal, pues ¿cómo puede un cadáver enterrar a otro cadáver?; pero llámalos muertos y es fuerza lo sean en el alma; porque, según a menudo vernos muerto al dueño de la casa sin que la morada sufra detrimento, así también muchos llevan muerta el alma dentro de un cuerpo sano; y a éstos quiérelos despertar el Apóstol diciendo: Levántate tú que duermes; levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará. El que ilumina al ciego y resucita al muerto es el mimo cuya voz clama: Levántate tú que duermes. El ciego será iluminado cuando resucite. ¿A cuántos sordos veía el Señor delante cuando dijo: El que tenga oídos para oír, que oiga? ¿Quién de los que allí estaban carecía del órgano del oído? Luego, ¿qué oídos pedía, sino los espirituales?

4. El ojo con que se ve a Dios

—Y ¿de qué ojos hablaba, dirigiéndose a hombres no corporalmente ciegos? Habiéndole dicho Felipe: Muéstranos, Señor, al Padre y nos basta, bien entendía que la vista del Padre podía bastarle; mas ¿podría bastar el Padre a quien no le bastaba el Igual al Padre? ¿Por qué? Porque no le veía. Y ¿por qué no le veía? Porque no estaba sano todavía el ojo por donde podía ser visto. Felipe veía en la humanidad del Señor lo que se mostraba a los ojos del cuerpo, lo cual veíanlo no solamente los fieles discípulos, sino también los judíos que le crucificaron. Pero Jesús podía ser visto de otra manera; de ahí el demandar otros ojos. Y por eso al que le dijo: Muéstranos el Padre, y tendremos bastante, le contestó: ¿Tanto tiempo como hace que estoy con vosotros, aún no me habéis conocido? Felipe, el que me ve a Mí, ve también a mi Padre. A fin de sanarle los ojos de la fe, llámale hacia la fe para que pueda llegar a la visión; y para que no se imaginara Felipe que hay en Dios la misma figura corporal de Jesucristo nuestro Señor, añadió: ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Acababa de decir: Quien a Mí me ve, ve a mi Padre; mas los ojos de Felipe aun no estaban acomodados para ver al Padre, ni, por ende, para ver al Hijo, igual al Padre; y de ahí que, hallándose aún tierna la vista de su alma e incapaz de fijarse en tan viva luz, se pro­puso el Señor curarle y fortalecerle con el colirio y fomentos da la fe; y por eso le pregunta: ¿No crees que yo estoy en el Pa­dre y que el Padre está en mí? Así, pues, quien todavía no pueda ver lo que ha el Señor de mostrar al descubierto, en vez de buscar antes ver que creer, debe creer primero para sanar el ojo con que vea. A los ojos serviles mostrábaseles no más la naturaleza de siervo; igual a Dios sin haberlo usurpado, si hu­biera podido ser visto en lo que tiene de igual al Padre—en su misma igualdad—por los hombres, que vino a curar, ¿qué nece­sidad tenía de anonadarse a sí mismo tomando la naturaleza de esclavo? Pero, no habiendo modo de que fuese Dios visto—y habiéndolo de que fuera visto el hombre—, hízose hombre quien era Dios, para que lo que se veía en él nos dispusiera para ver lo que en él no se veía. Y así dice en otro lugar: Bienaventura­dos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Felipe, ciertamente, podía responder: Señor, estoy cierto de que te veo, ¿Es el Padre como lo que veo en ti?; porque nos dijiste: Quien me ve a mí, ve también a mi Padre. Antes de responder esto Felipe, tal vez antes de pensarlo, añadió Jesús: ¿No crees que estoy yo en el Padre y que está el Padre en mí? El ojo interior del discípulo no podía ver aún ni al Padre ni al Hijo, igual al Padre, y así, por que pudiera ver, era necesario lavárselo con el agua de la fe. Por donde, para que puedas ver algún día lo que hoy no puedes, cree lo que todavía no ves. Anda por el camino de la fe para llegar a la clara vista; porque, si la fe nos sostiene en el camino, la clara vista no será nuestra dicha en la patria, o como dice el Apóstol: Mientras vivamos en cuerpo, somos peregrinos de Dios; y para mostrarnos por qué somos peregrinos, aunque ya creemos, añade: Andamos por la fe y no en la realidad.

5. Nuestro único empeño en esta vida

—Así, pues, hermanos míos, todo nuestro empeño en esta vida ha de consistir sanar el ojo del corazón para ver a Dios. Ese fin tiene la celebración de los santos misterios, la predicación de la palabra divina, las amonestaciones morales de la Iglesia, o digamos, las que se proponen la enmienda de las costumbres y concupiscencias carnales y la renuncia, no sólo de palabra, sino de obra también, a este siglo; y el blanco de las divinas letras no es otro que purificar el interior de cuanto nos impide la vista de Dios. El ojo, hecho para ver esta luz corpórea, aunque celeste sin duda, pero material y sensible, no es peculiar del hombre; se ha concedido también a los más viles animales; y con estar hecho para eso, cuando algo entra en él se oscurece y queda privado de esta luz, y aunque ella le envuelve por doquier, el ojo la rehúye o tiene que privarse de ella; y no sólo le es extraña a luz, sino que le atormenta, bien que haya sido criado para verla; así el ojo del corazón, cuando está herido y oscurecido, él mismo se aparta de la luz de la justicia y no se atreve a contemplarla, ni puede hacerlo.

6. Agentes perturbadores del ojo del corazón

— ¿Que turba el ojo del corazón? La codicia, la avaricia, la injusticia, el amor del siglo; esto es lo que turba, lo que cierra, lo que ciega el ojo del corazón. Ahora bien, cuando se lastima un ojo del cuerpo, es de ver la presteza con que se le avisa al médico para que nos lo abra, lo limpie y lo cure, y podamos ver la luz. No hay dilación ni sosiego, antes se corre a llamarle para que nos saque la pajita que se nos ha caído dentro. Pues aunque ese sol que deseamos gozar con ojos sanos lo hizo Dios, mucho más brillante es quien lo hizo; pero su esplendor, destinado a los ojos del alma, no es de la misma naturaleza que el sol; esta divina luz es la eterna Sabiduría. ¡Oh hombre! Dios te ha hecho a su imagen y, habiéndote dado con qué ver el sol que hizo, ¿te habrá negado con qué verle a él, que te hizo, y esto a su imagen y semejanza? No lo dudes; él te ha dado unos y otros ojos; sin embargo, tanto como amas los ojos exteriores, otro tanto descuidas el interior, que llevas averiado y ciego; y es para ti un sufrimiento el que tu Criador quiera mostrársete; un sufrimiento, sí, para tu ojo antes de ser curado y sanado. Pecó Adán en el paraíso, y escondióse de la cara de Dios. Cuando tenía el corazón y la conciencia puros, gozábase de la presencia divina; mas, en cuanto el pecado lastimó su ojo interior, co­menzó a espantarle la divina luz y se acogió a las tinieblas y a las espesuras del bosque, huyendo de la Verdad y apeteciendo las sombras.

7. Experiencia ejemplar de Cristo

—En resolución, hermanos míos; puesto que descendemos de él, y, come dice el Apóstol, Todos mueren en Adán, pues todos venimos de estos primeros padres, si hemos rehusado someternos al Médico para enfermar, obedezcámosle para librarnos de la enfermedad. Cuando estábamos sanos, nos dio prescripciones el Médico para que no lo necesitásemos, No son los sanos, dice, los que necesi­tan de médico, sino los enfermos. Cuando sanos, no le obedecimos, y bien a nuestra costa hemos aprendido cuánto mal nos trajo el menosprecio de aquel mandato. Ahora, pues, estamos en­fermos desde el principio, sufrimos, yacemos en el lecho del dolor; mas no desesperemos. No pudiendo nosotros ir al Médico, el Médico se ha dignado venir a nosotros. No abandonó al enfermo el que fue despreciado por el enfermo antes de enfermar, ni ha cesado de dar otras prescripciones a quien rehusó las primeras, para que no enfermase. Como si le dijera: “Ya sabes por experiencia con cuánta verdad te dije: No toques esto. Sana ya y vuelve a la vida. Yo cargo sobre mí tu enfermedad; toma esta copa; es amarga, pero tú fuiste quien te hiciste penosos aquellos preceptos míos, tan dulces cuando yo los di y tenías tú salud. Habiéndoles tenido en poco, empezaste a enferma­r, y ahora no puedes sanar si no bebes el cáliz amargo de tentaciones en que abunda esta vida, el cáliz de las tribulaciones, de las angustias, de los dolores. Bebe, dice, bebe para cobrar la vida”. Y por que no le respondiera el enfermo: “No puedo, no lo tolero, no bebo”, bebió primero el médico sano, para que sin vacilación bebiese también el enfermo. Porque ¿hubo amargura en aquel cáliz que el Médico no bebiera? ¿Ultrajes? El antes, cuando arrojaba los demonios, oyó decirle: Está endemoniado, y: En nombre de Belcebú echa los demonios. De donde, para consuelo de los enfermos, dice: Si han dicho del Padre de familias que era Belcebú, ¿cuánto más no lo dirán de los domésticos? Si son amargos los dolores, él fue atado, y azotado, y crucificado. Si es amarga la muerte, también murió Él. Si el enfermo se estremece ante la muerte, nada había entonces de más ignominioso que cierto género particular de muerte: la muerte de cruz; y no sin motivo, para encarecer su obediencia, dijo el Apóstol: Hízose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Benedicto XVI, papa

Homilía (25-10-2009): Encuentro de nuestra pobreza con la grandeza de Dios.

Concelebración Eucarística para la Clausura de la II Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos.
Basílica Vaticana, Domingo 25 de octubre de 2009.

Nota: Pequeñas partes de la homilía fueron modificadas, pues aplicándolas al contexto africano, son sin embargo válidas para todos. La parte modificada aparecerá entre corchetes []

He aquí un mensaje de esperanza …: lo acabamos de escuchar de la Palabra de Dios. Es el mensaje que el Señor de la historia no se cansa de renovar para la humanidad oprimida y sometida de cada época y de cada tierra, desde que reveló a Moisés su voluntad sobre los israelitas esclavos en Egipto: “He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto; he escuchado su clamor (…); conozco sus sufrimientos. He bajado para librarlo (…) y para subirlo de esta tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel” (Ex 3, 7-8). ¿Cuál es esta tierra? ¿No es el Reino de la reconciliación, de la justicia y de la paz, al que está llamada la humanidad entera? El designio de Dios no cambia. Es lo mismo que profetizó Jeremías, en los magníficos oráculos denominados “Libro de la consolación”, del que está tomada la primera lectura de hoy. Es un anuncio de esperanza para el pueblo de Israel, postrado por la invasión del ejército de Nabucodonosor, por la devastación del Jerusalén y del Templo, y por la deportación a Babilonia. Un mensaje de alegría para el “resto” de los hijos de Jacob, que anuncia un futuro para ellos, porque el Señor los volverá a conducir a su tierra, a través de un camino recto y fácil. Las personas necesitadas de apoyo, como el ciego y el cojo, la mujer embarazada y la parturienta, experimentarán la fuerza y la ternura del Señor: él es un padre para Israel, dispuesto a cuidar de él como su primogénito (cf. Jr 31, 7-9).

El designio de Dios no cambia. A través de los siglos y de las vicisitudes de la historia, apunta siempre a la misma meta: el Reino de la libertad y de la paz para todos. Y esto implica su predilección por cuantos están privados de libertad y de paz, por cuantos han visto violada su dignidad de personas humanas. Pensamos en particular en los hermanos y hermanas que … sufren pobreza, enfermedades, injusticias, guerras y violencias, y emigraciones forzadas. Estos hijos predilectos del Padre celestial son como el ciego del Evangelio, Bartimeo, que “mendigaba sentado junto al camino” (Mc 10, 46) a las puertas de Jericó. Precisamente por ese camino pasa Jesús Nazareno. Es el camino que lleva a Jerusalén, donde se consumará la Pascua, su Pascua sacrificial, a la que se encamina el Mesías por nosotros. Es el camino de su éxodo que es también el nuestro: el único camino que lleva a la tierra de la reconciliación, de la justicia y de la paz. En ese camino el Señor encuentra a Bartimeo, que ha perdido la vista. Sus caminos se cruzan, se convierten en un único camino. “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!”, grita el ciego con confianza. Replica Jesús: “¡Llamadlo!”, y añade: “¿Qué quieres que te haga?”. Dios es luz y creador de la luz. El hombre es hijo de la luz, está hecho para ver la luz, pero ha perdido la vista, y se ve obligado a mendigar. Junto a él pasa el Señor, que se ha hecho mendigo por nosotros: sediento de nuestra fe y de nuestro amor. “¿Qué quieres que te haga?”. Dios lo sabe, pero pregunta; quiere que sea el hombre quien hable. Quiere que el hombre se ponga de pie, que encuentre el valor de pedir lo que le corresponde por su dignidad. El Padre quiere oír de la voz misma de su hijo la libre voluntad de ver de nuevo la luz, la luz para la que lo ha creado. “Rabbuní, ¡que vea!”. Y Jesús le dice: “Vete, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista y lo seguía por el camino” (Mc 10, 51-52).

Queridos hermanos, demos gracias porque este “misterioso encuentro entre nuestra pobreza y la grandeza” de Dios se [realiza también hoy]. Dios ha renovado su llamada: “¡Ánimo! ¡Levántate!” (Mc 10, 49). Y también [hemos acogido] el mensaje de esperanza y la luz para avanzar por el camino que lleva al reino de Dios. “Vete, tu fe te ha salvado” (Mc 10, 52). Sí, la fe en Jesucristo —cuando se entiende bien y se practica— guía a los hombres y a los pueblos a la libertad en la verdad o, por usar las tres palabras del tema sinodal, a la reconciliación, a la justicia y a la paz. Bartimeo que, curado, sigue a Jesús por el camino, es imagen de la humanidad que, iluminada por la fe, se pone en camino hacia la tierra prometida. Bartimeo se convierte a su vez en testigo de la luz, narrando y demostrando en primera persona que había sido curado, renovado y regenerado. Esto es la Iglesia en el mundo: comunidad de personas reconciliadas, artífices de justicia y de paz; “sal y luz” en medio de la sociedad de los hombres y de las naciones. Por eso el Sínodo ha reafirmado con fuerza —y lo ha manifestado— que la Iglesia es familia de Dios, en la que no pueden subsistir divisiones de tipo étnico, lingüístico o cultural. Testimonios conmovedores nos han mostrado que, incluso en los momentos más tenebrosos de la historia humana, el Espíritu Santo actúa y transforma los corazones de las víctimas y de los perseguidores para que se reconozcan hermanos. La Iglesia reconciliada es una poderosa levadura de reconciliación en cada país y en todo el continente africano.

La segunda lectura nos ofrece otra perspectiva: la Iglesia, comunidad que sigue a Cristo por el camino del amor, tiene una forma sacerdotal. La categoría del sacerdocio, como clave de interpretación del misterio de Cristo, y en consecuencia de la Iglesia, fue introducida en el Nuevo Testamento por el autor de la Carta a los Hebreos. Su intuición parte del Salmo 110, citado en el pasaje de hoy, donde el Señor Dios, con juramento solemne, asegura al Mesías: “Tu eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec” (v. 4). Esa referencia recuerda otra, tomada del Salmo 2, en la que el Mesías anuncia el decreto del Señor que dice de él: “Tu eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (v. 7). De estos textos deriva la atribución a Jesucristo del carácter sacerdotal, no en sentido genérico, sino más bien “según el rito de Melquisedec”, es decir, el sacerdocio sumo y eterno, cuyo origen no es humano sino divino. Si todo sumo sacerdote “es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios” (Hb 5, 1), solo él, Cristo, el Hijo de Dios, posee un sacerdocio que se identifica con su propia Persona, un sacerdocio singular y trascendente, del que depende la salvación universal. Cristo ha transmitido su sacerdocio a la Iglesia mediante el Espíritu Santo; por lo tanto, la Iglesia tiene en sí misma, en cada miembro, en virtud del Bautismo, un carácter sacerdotal. Pero el sacerdocio de Jesucristo —este es un aspecto decisivo— ya no es principalmente ritual, sino existencial. La dimensión del rito no queda abolida, pero, como se manifiesta claramente en la institución de la Eucaristía, toma significado del misterio pascual, que lleva a cumplimiento los sacrificios antiguos y los supera. Así nacen a la vez un nuevo sacrificio, un nuevo sacerdocio y también un nuevo templo, y los tres coinciden con el misterio de Jesucristo. La Iglesia, unida a él mediante los sacramentos, prolonga su acción salvífica, permitiendo a los hombres ser curados por la fe, como el ciego Bartimeo. Así la comunidad eclesial, siguiendo las huellas de su Maestro y Señor, está llamada a recorrer decididamente el camino del servicio, a compartir hasta el fondo la condición de los hombres y las mujeres de su tiempo, para testimoniar a todos el amor de Dios y así sembrar esperanza.

Queridos amigos, este mensaje de salvación la Iglesia lo transmite conjugando siempre la evangelización y la promoción humana. Tomemos, por ejemplo, la histórica encíclica Populorum progressio: lo que el siervo de Dios Pablo VI elaboró en forma de reflexión los misioneros lo han realizado y lo siguen realizando sobre el terreno, promoviendo un desarrollo respetuoso de las culturas locales y del medio ambiente, según una lógica que ahora, después de más de 40 años, parece la única que puede permitir a los pueblos africanos salir de la esclavitud del hambre y de las enfermedades. Esto significa transmitir el anuncio de esperanza según una “forma sacerdotal”, es decir, viviendo en primera persona el Evangelio, intentando traducirlo en proyectos y realizaciones coherentes con el principio dinámico fundamental, que es el amor. En estas tres semanas, la II Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos ha confirmado lo que mi venerado predecesor Juan Pablo II ya había puesto de relieve, y que yo también quise profundizar en la reciente encíclica Caritas in veritate: es necesario renovar el modelo de desarrollo global, de modo que sea capaz de “incluir a todos los pueblos y no solamente a los adecuadamente dotados” (n. 39). Todo lo que la doctrina social de la Iglesia ha sostenido siempre desde su visión del hombre y de la sociedad, hoy lo requiere también de la globalización (cf. ib.). Esta —conviene recordarlo— no se ha de entender de forma fatalista, como si sus dinámicas fueran producidas por fuerzas anónimas impersonales e independientes de la voluntad humana. La globalización es una realidad humana y como tal modificable según los diversos enfoques culturales. La Iglesia trabaja con su concepción personalista y comunitaria, para orientar el proceso en términos de relacionalidad, de fraternidad y de participación (cf. ib., 42).

“¡Ánimo, levántate!”. Así el Señor de la vida y de la esperanza se dirige hoy a la Iglesia y a las poblaciones africanas, al término de estas semanas de reflexión sinodal. Levántate, Iglesia en África, familia de Dios, porque te llama el Padre celestial a quien tus antepasados invocaban como Creador antes de conocer su cercanía misericordiosa, que se reveló en su Hijo unigénito, Jesucristo. Emprende el camino de una nueva evangelización con la valentía que procede del Espíritu Santo. La urgente acción evangelizadora, de la que tanto se ha hablado en estos días, conlleva también un apremiante llamamiento a la reconciliación, condición indispensable para instaurar en África relaciones de justicia entre los hombres y para construir una paz justa y duradera en el respeto de cada individuo y de cada pueblo; una paz que necesita y se abre a la aportación de todas las personas de buena voluntad más allá de sus respectivas pertenencias religiosas, étnicas, lingüísticas, culturales y sociales. En esta ardua misión tú, Iglesia peregrina en el África del tercer milenio, no estás sola. Te acompaña con la oración y la solidaridad activa toda la Iglesia católica, y desde el cielo te acompañan los santos y las santas africanos que han dado testimonio de plena fidelidad a Cristo con la vida, a veces hasta el martirio.

¡Ánimo! Levántate, continente africano, tierra que acogió al Salvador del mundo cuando de niño tuvo que refugiarse con José y María en Egipto para salvar su vida de la persecución del rey Herodes. Acoge con renovado entusiasmo el anuncio del Evangelio para que el rostro de Cristo ilumine con su esplendor las múltiples culturas y lenguajes de tus poblaciones. Mientras ofrece el pan de la Palabra y de la Eucaristía, la Iglesia se esfuerza por lograr, con todos los medios de que dispone, que a ningún africano le falte el pan de cada día. Por esto, junto a la obra de primera urgencia de la evangelización, los cristianos participan activamente en las intervenciones de promoción humana.

[…] Que la Virgen María os recompense a todos y cada uno, y obtenga a la Iglesia crecer… difundiendo por doquier la “sal” y la “luz” del Evangelio.

Homilía (28-10-2012): Ha perdido la luz, pero no la esperanza.

Santa Misa de Clausura del Sínodo de los Obispos.
Basílica Vaticana, Domingo 28 de octubre de 2012.

El milagro de la curación del ciego Bartimeo ocupa un lugar relevante en la estructura del Evangelio de Marcos. En efecto, está colocado al final de la sección llamada «viaje a Jerusalén», es decir, la última peregrinación de Jesús a la Ciudad Santa para la Pascua, en donde él sabe que lo espera la pasión, la muerte y la resurrección. Para subir a Jerusalén, desde el valle del Jordán, Jesús pasó por Jericó, y el encuentro con Bartimeo tuvo lugar a las afueras de la ciudad, mientras Jesús, como anota el evangelista, salía «de Jericó con sus discípulos y bastante gente» (10, 46); gente que, poco después, aclamará a Jesús como Mesías en su entrada a Jerusalén. Bartimeo, cuyo nombre, como dice el mismo evangelista, significa «hijo de Timeo», estaba precisamente sentado al borde del camino pidiendo limosna. Todo el Evangelio de Marcos es un itinerario de fe, que se desarrolla gradualmente en el seguimiento de Jesús. Los discípulos son los primeros protagonistas de este paulatino descubrimiento, pero hay también otros personajes que desempeñan  un papel importante, y Bartimeo es uno de éstos. La suya es la última curación prodigiosa que Jesús realiza antes de su pasión, y no es casual que sea la de un ciego, es decir una persona que ha perdido la luz de sus ojos. Sabemos también por otros textos que en los evangelios la ceguera tiene un importante significado. Representa al hombre que tiene necesidad de la luz de Dios, la luz de la fe, para conocer verdaderamente la realidad y recorrer el camino de la vida. Es esencial reconocerse ciegos, necesitados de esta luz, de lo contrario se es ciego para siempre (cf. Jn 9,39-41).

Bartimeo, pues, en este punto estratégico del relato de Marcos, está puesto como modelo. Él no es ciego de nacimiento, sino que ha perdido la vista: es el hombre que ha perdido la luz y es consciente de ello, pero no ha perdido la esperanza, sabe percibir la posibilidad de un encuentro con Jesús y confía en él para ser curado. En efecto, cuando siente que el Maestro pasa por el camino, grita: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí» (Mc 10,47), y lo repite con fuerza (v. 48). Y cuando Jesús lo llama y le pregunta qué quiere de él, responde: «Maestro, que pueda ver» (v. 51). Bartimeo representa al hombre que reconoce el propio mal y grita al Señor, con la confianza de ser curado. Su invocación, simple y sincera, es ejemplar, y de hecho –al igual que la del publicano en el templo: «Oh Dios, ten compasión de este pecador» (Lc 18,13)– ha entrado en la tradición de la oración cristiana. En el encuentro con Cristo, realizado con fe, Bartimeo recupera la luz que había perdido, y con ella la plenitud de la propia dignidad: se pone de pie y retoma el camino, que desde aquel momento tiene un guía, Jesús, y una ruta, la misma que Jesús recorre. El evangelista no nos dice nada más de Bartimeo, pero en él nos muestra quién es el discípulo: aquel que, con la luz de la fe, sigue a Jesús «por el camino» (v. 52).

San Agustín, en uno de sus escritos, hace una observación muy particular sobre la figura de Bartimeo, que puede resultar también interesante y significativa para nosotros. El Santo Obispo de Hipona reflexiona sobre el hecho de que Marcos, en este caso, indica el nombre no sólo de la persona que ha sido curada, sino también del padre, y concluye que «Bartimeo, hijo de Timeo, era un personaje que de una gran prosperidad cayó en la miseria, y que ésta condición suya de miseria debía ser conocida por todos y de dominio público, puesto que no era solamente un ciego, sino un mendigo sentado al borde del camino. Por esta razón Marcos lo recuerda solamente a él, porque la recuperación de su vista hizo que ese milagro tuviera una resonancia tan grande como la fama de la desventura que le sucedió» (Concordancia de los evangelios, 2, 65, 125: PL 34, 1138). Hasta aquí san Agustín.

Esta interpretación, que ve a Bartimeo como una persona caída en la miseria desde una condición de «gran prosperidad», nos hace pensar; nos invita a reflexionar sobre el hecho de que hay riquezas preciosas para nuestra vida, y que no son materiales, que podemos perder. En esta perspectiva, Bartimeo podría ser la representación de cuantos viven en regiones de antigua evangelización, donde la luz de la fe se ha debilitado, y se han alejado de Dios, ya no lo consideran importante para la vida: personas que por eso han perdido una gran riqueza, han «caído en la miseria» desde una alta dignidad –no económica o de poder terreno, sino cristiana –, han perdido la orientación segura y sólida de la vida y se han convertido, con frecuencia inconscientemente, en mendigos del sentido de la existencia. Son las numerosas personas que tienen necesidad de una nueva evangelización, es decir de un nuevo encuentro con Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios (cf. Mc 1,1), que puede abrir nuevamente sus ojos y mostrarles el camino. Es significativo que, mientras concluimos la Asamblea sinodal sobre la nueva evangelización, la liturgia nos proponga el Evangelio de Bartimeo. Esta Palabra de Dios tiene algo que decirnos de modo particular a nosotros, que en estos días hemos reflexionado sobre la urgencia de anunciar nuevamente a Cristo allá donde la luz de la fe se ha debilitado, allá donde el fuego de Dios es como un rescoldo, que pide ser reavivado, para que sea llama viva que da luz y calor a toda la casa.

La nueva evangelización concierne toda la vida de la Iglesia. Ella se refiere, en primer lugar, a la pastoral ordinaria que debe estar más animada por el fuego del Espíritu, para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y del Pan de vida eterna. Deseo subrayar tres líneas pastorales que han surgido del Sínodo. La primera corresponde a los sacramentos de la iniciación cristiana. Se ha reafirmado la necesidad de acompañar con una catequesis adecuada la preparación al bautismo, a la confirmación y a la Eucaristía. También se ha reiterado la importancia de la penitencia, sacramento de la misericordia de Dios. La llamada del Señor a la santidad, dirigida a todos los cristianos, pasa a través de este itinerario sacramental. En efecto, se ha repetido muchas veces que los verdaderos protagonistas de la nueva evangelización son los santos: ellos hablan un lenguaje comprensible para todos, con el ejemplo de la vida y con las obras de caridad.

En segundo lugar, la nueva evangelización está esencialmente conectada con la misión ad gentes. La Iglesia tiene la tarea de evangelizar, de anunciar el Mensaje de salvación a los hombres que aún no conocen a Jesucristo. En el transcurso de las reflexiones sinodales, se ha  subrayado también que existen muchos lugares en África, Asía y Oceanía en donde los habitantes, muchas veces sin ser plenamente conscientes, esperan con gran expectativa el primer anuncio del Evangelio. Por tanto es necesario rezar al Espíritu Santo para que suscite en la Iglesia un renovado dinamismo misionero, cuyos protagonistas sean de modo especial los agentes pastorales y los fieles laicos. La globalización ha causado un notable desplazamiento de poblaciones; por tanto el primer anuncio se impone también en los países de antigua evangelización. Todos los hombres tienen el derecho de conocer a Jesucristo y su Evangelio; y a esto corresponde el deber de los cristianos, de todos los cristianos –sacerdotes, religiosos y laicos–, de anunciar la Buena Noticia.

Un tercer aspecto tiene que ver con las personas bautizadas pero que no viven las exigencias del bautismo. Durante los trabajos sinodales se ha puesto de manifiesto que estas personas se encuentran en todos los continentes, especialmente en los países más secularizados. La Iglesia les dedica una atención particular, para que encuentren nuevamente a Jesucristo, vuelvan a descubrir el gozo de la fe y regresen a las prácticas religiosas en la comunidad de los fieles. Además de los métodos pastorales tradicionales, siempre válidos, la Iglesia intenta utilizar también métodos nuevos, usando asimismo nuevos lenguajes, apropiados a las diferentes culturas del mundo, proponiendo la verdad de Cristo con una actitud de diálogo y de amistad que tiene como fundamento a Dios que es Amor. En varias partes del mundo, la Iglesia ya ha emprendido dicho camino de creatividad pastoral, para acercarse a las personas alejadas y en busca del sentido de la vida, de la felicidad y, en definitiva, de Dios. Recordamos algunas importantes misiones ciudadanas, el «Atrio de los gentiles», la Misión Continental, etcétera. Sin duda el Señor, Buen Pastor, bendecirá abundantemente dichos esfuerzos que provienen del celo por su Persona y su Evangelio.

Queridos hermanos y hermanas, Bartimeo, una vez recuperada la vista gracias a Jesús, se unió al grupo de los discípulos, entre los cuales seguramente había otros que, como él, habían sido curados por el Maestro. Así son los nuevos evangelizadores: personas que han tenido la experiencia de ser curados por Dios, mediante Jesucristo. Y su característica es una alegría de corazón, que dice con el salmista: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres» (Sal 125,3). También nosotros hoy, nos dirigimos al Señor, Redemptor hominis y Lumen gentium, con gozoso agradecimiento, haciendo nuestra una oración de san Clemente de Alejandría: «Hasta ahora me he equivocado en la esperanza de encontrar a Dios, pero puesto que tú me iluminas, oh Señor, encuentro a Dios por medio de ti, y recibo al Padre de ti, me hago tu coheredero, porque no te has avergonzado de tenerme por hermano. Cancelemos, pues, cancelemos el olvido de la verdad, la ignorancia; y removiendo las tinieblas que nos impiden la vista como niebla en los ojos, contemplemos al verdadero Dios…; ya que una luz del cielo brilló sobre nosotros sepultados en las tinieblas y prisioneros de la sombra de muerte, [una luz] más pura que el sol, más dulce que la vida de aquí abajo» (Protrettico, 113, 2- 114,1). Amén

Congregación para el Clero

«Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí» (Mc 10,48). El Evangelio de este Domingo nos presenta una de las invocaciones más conmovedoras del Nuevo Testamento: «¡Jesús ten compasión de mí!». Y la Iglesia, al comenzar la Santa Misa, pone en nuestros labios las mismas palabras del pobre ciego de Jericó: «Kyrie eleison» – «Señor, ten piedad»; y cada día repite a su Señor, realmente presente en la Eucaristía, las mismas palabras: «Miserere nobis!» – «Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ¡ten piedad de nosotros!».

Podemos preguntarnos: ¿por qué la Iglesia nos invita, a nosotros, sus hijos, a implorar piedad? ¿Por qué nos hace rezar: «ten piedad de nosotros»? Quizás alguien podría pensar: ¿la fe no debería ser, más bien, para cada uno, fuente de alegría, y las Celebraciones un momento de fiesta? ¿Acaso no es mortificante semejante oración? ¿No es el eco de un estilo penitencial que resulta extraño a nuestra cultura?

Para responder, nos fijamos en la narración de San Marcos. Bartimeo, el ciego sentado en el camino que iba de Jericó a Jerusalén, escuchando que el que pasaba era Jesús el Nazareno, empezó a gritar suplicando: “¡Ten compasión de mí!”, y a cuantos le insistían para que se callara, respondía gritando aún más fuerte: «¡Ten compasión de mí!». La oración de Bartimeo es una oración rápida, segura, varonil, decidida, de quien está acostumbrado a pedir, de quien sabe que su propia condición –la ceguera- no le permite hacer nada más que eso. Y Bartimeo pide, con todas sus fuerzas: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!».

Todo lo que sucede a continuación es el fruto de la humilde obediencia del ciego a lo que hace Cristo. En efecto, apenas Bartimeo sintió lo que le decían aquellos a los que Cristo les pidió que lo llamaran, reacciona inmediatamente, se levanta, deja de lado su manto y va hacia Jesús. Deja su manto, o sea, se priva de lo único que un pobre tenía para cubrirse y resguardarse en la intemperie; deja todo, como los discípulos, y se presenta delante del Señor, pobre y ciego.

«¿Qué quieres que te haga?». Jesús afirma así la dignidad de este hombre, la dignidad de todo hombre. «¿Qué quieres que te haga?». Toda la persona de Cristo, con su divina realeza, y todos los que lo acompañaban, ahora están a disposición de Bartimeo, el cual parece dominar la escena. El Señor, respondiendo a su grito, lo ha a afirmado como antes nunca nadie lo había hecho y como nadie podrá hacerlo en adelante, porque en las palabras de Jesús– «¿qué quieres que te haga?» –, todo el Cielo se inclina delante del pobre mendigo. Dios, el Creador del universo, está atento a su criatura.

Y el ciego de Jericó, llevando a su culmen la tensión de esta escena, pide entonces de un modo más radical: pide a Cristo lo que nunca había podido pedir a nadie antes que ahora: «¡Maestro, que vea!». Y he aquí que resplandece la luz del día en el rostro de Bartimeo; he aquí que resplandece sobre él la luz del Rostro de Cristo, el más hermoso entre los hombres. He aquí que nace en su corazón la alegría verdadera, la «estupenda alegría sobre la cual, diría Dante, se funda toda virtud» (Dante Alighieri, Divina Comedia, Paraíso, Canto XXIV).

Cristo Dios, viniendo al mundo, le permite al hombre ir a lo profundo de su corazón y ponerle voz a las preguntas que lleva consigo y que, sin Cristo, serían para él sólo causa de desesperación.  «Ninguno se atribuya a sí mismo este honor, hemos escuchado, si no quien es llamado por Dios» (Hebr 5,4). Ninguno, excepto Cristo, puede asumir tal prerrogativa porque sólo Él, Amor crucificado, es fuente de Salvación para quienes le obedecen. Nadie, excepto los sacerdotes, aquellos a los que Él elige entre los mendigos de este mundo para que, levantado con Él hasta la Cruz, puedan dirigir a cada uno, esa misma palabra que ellos han recibido primero: «¡Ánimo, levántate, te llama!» (Mc 10,50).

Que la Virgen Santísima, Auxilio de los Cristianos, interceda por nosotros e infunda en nuestros corazones la certeza de que somos escuchado para gritar a Aquel que es nuestra Alegría: “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!”. Amén.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

Breve comentario: Tu fe te ha curado.

La ceguera de los discípulos –es decir, su incapacidad de entender y seguir a Jesús– requiere una intervención sanadora del propio Jesús. Es lo que aparece en el evangelio del domingo trigésimo (10,46-52). Bartimeo se convierte en modelo del verdadero discípulo que, reconociendo su ceguera, apela con una fe firme y perseverante a la misericordia de Jesús y, una vez curado, le sigue por el camino. Sólo curado de la ceguera e iluminado por Cristo se le puede seguir hasta Jerusalén y adentrarse con Él por la senda oscura de la luz. Así Bartimeo se convierte en signo de la multitud doliente de desterrados que por el camino de Jerusalén –por el camino de la cruz– es reconducida por Cristo a la casa del Padre (1ª lectura: Jer 31,7-9).

Es de resaltar la insistencia de la súplica del ciego –repetida dos veces– y su intensidad –a voz en grito, y cuando intentan callarle grita aún más–, una súplica que nace de la conciencia de su indigencia –la ceguera– y sobre todo de la confianza cierta y segura en que Jesús puede curarle –de ahí la respuesta sorprendente de Jesús: «Tu fe te ha curado»–

En la manera de escribir, el evangelista está sugiriendo con fuerza que la falta de fe se identifica con la ceguera, lo mismo que la fe se identifica con recobrar la vista. El que creé en Cristo es el que ve las cosas como son en realidad, aunque sea ciego de nacimiento –o aunque sea inculto o torpe humanamente hablando–; en cambio, el que no cree está rematadamente ciego, aunque tenga la pretensión de ver e incluso alardee de ello (Jn 9,39).

Es significativa también la petición –«Ten piedad de mí»–, que tiene que resultarnos muy familiar, porque todos necesitamos de la misericordia de Cristo. Pero no menos significativo es el hecho de que esta compasión de Cristo no deja al hombre en su egoísmo, viviendo para sí. Se le devuelve la vista para seguir a Cristo. El que ha sido librado de su ceguera no puede continuar mirándose a sí mismo. Si de verdad se le han abierto los ojos, no puede por menos de quedar deslumbrado por Cristo, sólo puede tener ojos para Él y para seguirle por el camino con la mirada fija en Él.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo VII

La curación del ciego de Jericó, relatada en el Evangelio de hoy, ha sugerido el pasaje de Jeremías de la primera lectura. La segunda lectura nos expone el sacerdocio de Jesucristo, que siempre intercede por nosotros. Él es el gran Mediador entre Dios y los hombres.

El don de la fe que, por amorosa iniciativa divina, hemos recibido puede ofrecernos la luz sobrenatural suficiente para superar la ceguera angustiante del hombre viejo y carnal. Siempre para la existencia humana será más trágica la ceguera naturalista o autosuficiente del hombre privado de la fe cristiana, que la misma ceguera material de los cuerpos.

Jeremías 31,7-9: Congregaré a ciegos y cojos. En la historia de la salvación, solo a la luz de la fe y de la Revelación puede el hombre descubrir los designios amorosos de Dios en los acontecimientos de la vida.

El anuncio de la inminente liberación está formulado por el profeta con una invitación litúrgica a celebrar y alabar al Señor, porque ha cumplido su obra a favor del pueblo elegido. La felicidad de Israel proviene únicamente de la bondad y omnipotencia de su Dios tanto en el pasado como en el futuro. A Él va dirigida toda la alabanza y toda gloria. La Biblia es un inmenso coro de cantos de exultación y de gratitud por las continuas intervenciones salvíficas de Yahvé. El profeta es el primero en verlo y celebrarlo: «Gritad de alegría… regocijaos, proclamad, alabad y decid: el Señor ha salvado a su pueblo». Él es un Padre para Israel, para la Iglesia, para cada uno de nosotros.

Por eso seguimos exultando con el Salmo 125: «Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar, la boca se nos llenaba de risa, la lengua de cantares. Hasta los gentiles decían: el Señor ha estado grande con ellos». Así es. Por eso en la liturgia cristiana siempre cantamos con alegría al Señor.

Hebreos 5,1-6: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Jesús, Testigo del Padre y Pontífice y Mediador de nuestra salvación, es quien elige de entre sus discípulos aquellos que deben participar especialmente de su sacerdocio ministerial. Escribe San Juan Crisóstomo:

«Al preguntar a Pedro si le ama, no se lo pregunta porque necesite conocer el amor de su discípulo, sino porque quiere mostrar el exceso de su propio amor. Y así al decir: ¿quién es el siervo fiel y prudente? no lo dice como ignorando quién es, sino para enseñarnos la singularidad de este hecho y la grandeza del oficio. Mira si es grande, mirando su recompensa: por él lo constituye sobre todos sus bienes, y concluye que, moralmente, el sacerdote debe sobresalir por su santidad» (Sobre el Sacerdocio 2,1-2).

Marcos 10,46-52: Señor, que veamos, como el ciego de Jericó. Para ver y reconocer a Cristo, necesitamos que Él nos ilumine. Cristo es «el autor de nuestra fe» (Heb 12,2). El conocimiento de Jesús por la fe obra la salvación completa del hombre, le muestra la Verdad única que ha de seguir, le libera de la ceguera interior y exterior, y si así Él lo quiere, le otorga como complemento la misma vista física. La omnipotencia divina está siempre dispuesta a favorecer a quien se deja conducir por la fe verdadera, suscitada por el Espíritu. La fe auténtica, que proviene  de lo alto, produce un genuino testimonio y no permite que sean desviados los que creen en la verdad de Cristo crucificado y resucitado. San Cirilo de Alejandría comenta:

«Cuando admitimos la fe, no por eso excluimos la razón; por el contrario, procuramos con ella adquirir algún conocimiento, aunque oscuro, de los misterios; pero con justo motivo preferimos la fe a la razón, porque la fe es la que precede, y la razón no hace más que seguirla, según este lugar de la Escritura: si no creéis, no conoceréis. A la verdad, si no sentáis los fundamentos de la fe, excluyendo toda duda, jamás podréis levantar el edificio fundado sobre el conocimiento de Jesucristo, y por consiguiente, no podréis llegar a ser hombres espirituales» (Comentario al Evangelio de San Juan 20,2).

Raniero Cantalamessa OFM Cap

Homilía: Tomado de entre los hombres y constituido para los hombres

El sacerdote puede errar, pero los gestos que realiza como sacerdote, en el altar o en el confesionario, no resultan por ello inválidos o ineficaces.

El pasaje del Evangelio relata la curación del ciego de Jericó, Bartimeo… Bartimeo es alguien que no deja escapar la ocasión. Oyó que pasaba Jesús, entendió que era la oportunidad de su vida y actuó con rapidez. La reacción de los presentes («le gritaban para que se callara») pone en evidencia la inconfesada pretensión de los «acomodados» de todos los tiempos: que la miseria permanezca oculta, que no se muestre, que no perturbe la vista y los sueños de quien está bien.

El término «ciego» se ha cargado de tantos sentidos negativos que es justo reservarlo, como se tiende a hacer hoy, a la ceguera moral de la ignorancia y de la insensibilidad. Bartimeo no es ciego; es sólo invidente. Con el corazón ve mejor que muchos otros de su entorno, porque tiene la fe y alimenta la esperanza. Más aún, es esta visión interior de la fe la que le ayuda a recuperar también la exterior de las cosas. «Tu fe te ha salvado», le dice Jesús.

Me detengo aquí en la explicación del Evangelio porque me apremia desarrollar un tema presente en la segunda lectura de este domingo, relativa a la figura y al papel del sacerdote. Del sacerdote se dice ante todo que es «tomado de entre los hombres». No es, por lo tanto, un ser desarraigado o caído del cielo, sino un ser humano que tiene a sus espaldas una familia y una historia como todos los demás. «Tomado de entre los hombres» significa también que el sacerdote está hecho de la misma pasta que cualquier otra criatura humana: con los deseos, los afectos, las luchas, las dudas y las debilidades de todos. La Escritura ve en esto un beneficio para los demás hombres, no un motivo de escándalo. De esta forma, de hecho, estará más preparado para tener compasión, estando también él revestido de debilidad.

Tomado de entre los hombres, el sacerdote es además «constituido para los hombres», esto es, devuelto a ellos, puesto a su servicio. Un servicio que afecta a la dimensión más profunda del hombre, su destino eterno. San Pablo resume el ministerio sacerdotal con una frase: «Que nos tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Co 4,1). Esto no significa que el sacerdote se desinterese de las necesidades también humanas de la gente, sino que se ocupa también de éstas con un espíritu diferente al de los sociólogos o políticos. Frecuentemente la parroquia es el punto más fuerte de agregación, incluso social, en la vida de un pueblo o de un barrio.

La que hemos trazado es una visión positiva de la figura del sacerdote. No siempre, lo sabemos, es así. De vez en cuando las crónicas nos recuerdan que existe también otra realidad, hecha de debilidad e infidelidad… De ella la Iglesia no puede hacer más que pedir perdón. Pero hay una verdad que hay que recordar para cierto consuelo de la gente. Como hombre, el sacerdote puede errar, pero los gestos que realiza como sacerdote, en el altar o en el confesionario, no resultan por ello inválidos o ineficaces. El pueblo no es privado de la gracia de Dios a causa de la indignidad del sacerdote. Es Cristo quien bautiza, celebra, perdona; el [sacerdote] es sólo el instrumento.

Me gusta recordar, al respecto, las palabras que pronuncia antes de morir el «cura rural» de Bernanos: «Todo es gracia». Hasta la miseria de su alcoholismo le parece gracia, porque le ha hecho más misericordioso hacia la gente. A Dios no le importa tanto que sus representantes en la tierra sean perfectos, cuanto que sean misericordiosos.

Adrien Nocent: Los signos mesiánicos y la fe.

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo. Tomo VII. Sal Terrae, Santander (1982), pp. 82ss.

-Señor, que yo vea (Mc 10, 46-52)

Jesús está en camino, sube a Jerusalén. Le sigue un gentío considerable. Sentado al borde del camino, un ciego, Bartimeo. En este marco se va a desarrollar el milagro, un milagro que, como todos los de Jesús, será un signo de la presencia del Mesías.

La acción de Jesús es desencadenada por los gritos de fe del ciego: “Hijo de David, ten compasión de mí”; gritos del ciego a quien la muchedumbre quiere imponer silencio, gritos molestos y casi sin decoro. La gente no está en condiciones de sopesar lo que en esa conmovedora llamada hay de fe. Jesús sí se conmueve, se detiene y hace llamar al ciego. Jesús se detiene: es un signo de su benevolencia; pero no se adelanta: hace llamar al ciego. Su venida hacia Jesús significará su proceso personal. Por sus reflejos se ve su fe: deja el manto, salta y se acerca a Jesús.

La pregunta de Jesús puede parecer extraña: ¿Para qué preguntar a un ciego lo que quiere se haga por él? Parece evidente; además, el ciego había gritado: “Ten compasión de mí”. Pero Jesús ha querido un avanzar físico que pruebe la fe del desgraciado; quiere, asimismo, que exprese su fe claramente: “Maestro, que pueda ver”. La respuesta es inmediata: “Tu fe te ha curado”. El ciego recobra la vista y camina siguiendo a Jesús.

-El ciego y el cojo son consolados (Jer 31, 7-9)

Este pasaje ha sido elegido por estas palabras: “… entre ellos hay ciegos y cojos…, los guiaré entre consuelos”. Este consuelo es uno de los signos que manifiesta que “el Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel”. Porque el ciego y el cojo aquí no tienen sino un puesto muy secundario: se trata de la salvación ofrecida a todo Israel, una gran multitud que retorna. Son los deportados del exilio de Babilonia. El “resto” de Israel vuelve al país, y Jeremías enumera las categorías de todos los que vuelven, y entre ellos el ciego y el cojo. Se marcharon llorando, vuelven en medio de consuelos. El Señor termina su declaración diciendo: “Yo soy un padre para Israel”.

El salmo 125 era respuesta obligada a esta lectura, ya que canta el jubiloso regreso de los deportados: Hasta los gentiles decían: “El Señor ha estado grande con ellos”. ¡EI Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres! ¿Cómo abarcar la amplia temática ofrecida en la celebración de este domingo? Sin duda, Ia curación del ciego nos hace pensar inmediatamente en la luz dada por Dios.

Pero en la 2ª lectura no se encuentra esa especificación. Si queremos sintetizar los puntos importantes para nosotros, propuestos en las dos lecturas de hoy, podríamos contentarnos con las notas siguientes. En la salvación, todo depende de la iniciativa de Dios. Eminentemente es él quien salva.

Así es para los deportados de Babilonia a quienes el Señor libera, y así es para el ciego. Dios es quien se detiene para, en su benevolencia, entablar contacto con el hombre. Sin embargo, siempre se exige un movimiento del hombre hacia el Señor: “el resto” de Israel obedece y camina hacia Jerusalén, aun los ciegos, los cojos y las preñadas y paridas; el ciego salta y se acerca al Señor. Ese movimiento es signo de una profunda fe: el ciego grita hasta el punto de que la gente quiere hacerle callar. Por parte del hombre, pues, la fe es el elemento fundamental de la salvación.

Pero la salvación no se limita a una curación personal e inmediata. La curación del ciego es signo mesiánico y signo de un tiempo definitivo que llega. “El resto” de Israel camina hacia Jerusalén, pero la ciudad santa misma es signo de una ciudad definitiva. Para tener acceso a este Reino definitivo hay que convertirse y caminar en la fe.

Tenemos, por lo tanto, que tener cuidado de no detenernos en los acontecimientos inmediatos, como si fueran un fin en sí mismos. No conviene pararse en la curación del ciego, como si esta fuera un término, sin darnos cuenta de que es un signo, una señal del mundo que llega; e igualmente, no tenemos que detenernos en el signo sacramental en sí mismo, como si acabara en sí mismo, sino en cuanto que nos lleva, a nosotros y al mundo, hacia el último día y la reconstrucción total. Por eso, en este domingo se nos invita a alimentar continuamente nuestra fe, orientándola hacia el mundo definitivo que viene. Toda gracia recibida debe conducirnos hacia ese Día.


Comentarios exegéticos

R. Schnackenburg: La curación del ciego Bartimeo

El Evangelio según San Marcos. El Nuevo Testamento y su Mensaje, Herder, Barcelona (1980).

Jesús es reconocido como Mesías antes de morir (Mc 10, 46-52)

Comienza ahora una nueva sección, que podríamos llamar “Jesús en Jerusalén” (10,46 – 13,37). Con 10,46 Jesús alcanza Jericó, la ciudad en que los peregrinos que llegaban por el camino del Este (cf. 10,1) cruzaban el Jordán y entraban en la antigua vía hacia Jerusalén (cf. Lc 10:30). La curación del ciego Bartimeo, un antiguo relato firmemente localizado en Jericó, pertenece ya por su carácter a la nueva sección que trata de la entrada de Jesús en Jerusalén y de su último ministerio en la capital. Esta sección permite establecer tres subsecciones: 1) las obras simbólicas, de alcance mesiánico: curación del ciego Bartimeo, entrada bajo las aclamaciones del pueblo, purificación del templo y maldición de la higuera; 2) diálogos y discusiones de Jesús con distintos grupos en la capital judía; 3) vaticinio sobre la destrucción de Jerusalén y gran discurso escatológico. (…)

Las obras simbólicas de alcance mesiánico (10,46 – 11,25)

Lo que sorprende en estas perícopas, que externamente presentan una estrecha trabazón, es la repetida actividad de Jesús con una fin bien preciso. En la mente del evangelista esto empieza ya con la curación del ciego de Jericó: Jesús no impide la invocación a voz en grito de «Hijo de David», sino que da la vista a este hombre que cree y que le sigue con fe.

En la preparación de la entrada en Jerusalén Jesús da de antemano a los discípulos unas instrucciones clarividentes, elige con toda intención un borriquillo sobre el que nadie había aún montado y se deja acompañar por las multitudes del pueblo. El comportamiento de la muchedumbre, especialmente sus gritos de aclamación, subrayan la transparencia mesiánica de la escena de la entrada.

Al dirigirse al templo maldice una higuera que no lleva fruto, gesto aparentemente absurdo puesto que no era tiempo de higos, pero que constituye una acción simbólica al modo de las de los profetas.

Después expulsa a los mercaderes del atrio del templo, demostración que tiene también un sentido más profundo.

Finalmente, con ocasión de la higuera que entre tanto se ha secado, da a los discípulos unas instrucciones sobre la fe firme, la oración consciente de ser escuchada y el perdón fraterno.

Jesús y el pueblo, los discípulos y los enemigos aparecen en escena y desarrollan sus respectivos papeles; pero todo lo domina la figura de Jesús, que actúa con una majestad hasta entonces desconocida; pese a lo cual se ve rodeado por la malicia y el odio de sus enemigos y por los obscuros nubarrones de los acontecimientos inminentes. El propio Jesús ve acercarse su pasión y marcha decidido a su encuentro; los discípulos viven unos signos que sólo comprenderán más tarde y escuchan unas palabras cuyo pleno significado sólo descubrirán en las circunstancias y tribulaciones de la comunidad.

Curación del ciego de Jericó (Mc.10,46-52)

Las curaciones de ciegos desempeñan un papel especial ya en la tradición más antigua (cf. 8,22-26). Las muchas enfermedades oculares del Oriente tenían entonces pocas perspectivas de curación, y el destino de los pacientes era duro. Por lo general no les quedaba otra salida que la mendicación (cf. Jua_9:8), a lo que se sumaba la angustia interior derivada de semejante situación, de una vida en constantes tinieblas. De este modo los ciegos aparecen como los representantes de la miseria y desesperanza humanas.

Sin duda que el relato del ciego-Bartimeo contiene una tradición antigua. El nombre, que es una formación aramea con el nombre del padre -bar Timai-, no tiene ningún significado simbólico; también la fórmula de saludo Rabbuni («maestro», v. 51b; cf. Jn 20:16) es una antigua forma aramea. Tampoco tiene especial interés la localización del suceso en Jericó, la «ciudad de las palmeras» al Norte del mar Muerto, uno de los establecimientos humanos más antiguos de Palestina, con la que en los Evangelios sólo se conecta la tradición particular lucana del jefe de aduanas Zaqueo (Lc 19:1-10). Fuera de esto sólo se menciona a Jericó en la parábola del samaritano compasivo (Lc 10:30).

Marcos refiere esta curación -la única en la segunda parte de su libro- no porque haya tenido lugar en la última estación del viaje de Jesús a Jerusalén, ni siquiera para demostrar la no menguada fuerza curativa o la no disminuida misericordia de Jesús. Esta curación está narrada de distinto modo que la de Betsaida (Lc 8:22-26). Escuchamos los grandes gritos del mendigo en el camino, en los que resuena por dos veces la invocación «Hijo de David». Fuera del diálogo sobre la filiación davídica del Mesías en Mc 12:35-37, es la única vez que encontramos en el Evangelio de Marcos esta designación judía del Mesías… y Jesús la permite. Muchas personas de entre la multitud del pueblo reprendían al hombre, pero Jesús manda que se lo acerquen. Alaba su fe -«tu fe te ha salvado»- con las mismas palabras que había dirigido a la mujer de fe sencilla que sufría un flujo de sangre (Mc 5:34). El ciego sanado no se marcha sin más ni más sino que sigue a Jesús en su camino.

Considerando estos matices narrativos, puestos por el evangelista, es precisamente como descubrimos el sentido de la curación del ciego en este pasaje. Las turbas populares, cosa que ya sabían los lectores mucho antes, acompañan a Jesús, pero sin una fe profunda, ciegas por lo que respecta a su misión. El ciego Bartimeo, por el contrario, cree en él como Hijo de David y como Mesías, de manera firme e inconmovible, aunque las gentes se lo recriminan. Su fe está todavía tan poco iluminada como la de aquella mujer del pueblo que tocó la fimbria del vestido de Jesús; pero cree en la bondad y en el poder de Jesús en quien se le acerca la ayuda de Dios. Esa fe supera la perspicacia de los doctores de la ley (cf. 12,35-37) al igual que la torpeza de la multitud. El ciego se ha formado su propia idea sobre el «Nazareno» (cf. 1,24), su procedencia no le crea ningún obstáculo (cf. 6,1-6) y le habla lleno de confianza. Un hombre así de confiado puede haberse convertido en discípulo de Jesús y aceptado la posterior confesión de fe de la comunidad en Jesús, pero no, le sigue inmediatamente, y más tarde quizá perteneció de hecho a la comunidad, como aquel Simón de Cirene que ayudó a Jesús a llevar la cruz (15,21).

Para los lectores cristianos el ciego pasa a ser el modelo del creyente y discípulo que ante nada retrocede y que sigue a Jesús en su camino de muerte. Mas para Marcos tiene también importancia especial la conducta de Jesús: ¡Es sorprendente que no rechace el título de Mesías y ni siquiera el título de «Hijo de David», más peligroso políticamente! Pero una vez emprendido el camino de la muerte y cuando se acerca el fin en que debe cumplirse el designio divino, pueden caer las barreras y puede desvelarse el misterio mesiánico. La falsa interpretación de un libertador político no impedirá por lo demás que Jesús sea ejecutado como tal; eso no sólo no impide sino que da cumplimiento a los planes secretos de Dios: la muerte de Jesús a mano de los hombres le convierte por voluntad divina en verdadero portador de la salvación.

Jesús es el Mesías, aunque en un sentido distinto del que los judíos esperaban. Evidentemente hay una línea que va desde la invocación del ciego de Jericó a las aclamaciones del pueblo con motivo de la entrada en Jerusalén: «¡Bendito sea el reino, que ya llega, de nuestro padre David!» (11,10). Ese reino llega, pero de forma diferente de como lo esperaba el pueblo: como el reino de Dios que abraza a todos los pueblos, a «los muchos» por quienes es derramada la sangre de Jesús (14,24; cf. 10,45). Es un reino de paz, como lo testifica a los sabios la entrada real y pacífica de Jesús en Jerusalén sobre un pollino. Jesús permite al ciego Bartimeo y a la multitud que le acompañen en la entrada. La curación era sólo un signo de la fe salvadora. Así como la fe ha curado al ciego, le ha «salvado» con ayuda de Jesús, así también la fe, que conduce a la unión con Jesús y a su seguimiento por el camino de la muerte, proporciona la verdadera salvación, la redención definitiva.

José A. Ciordia: Comentarios a las tres lecturas

Apuntes hechos públicos por sus alumnos

Primera Lectura: Jr 31, 7-9: Gritad de alegría, regocijaos, el Señor ha salvado a su pueblo.

Jeremías, el profeta de los anuncios tristes, el profeta de las amenazas duras, el profeta a quien todo anunciar, dolorido, la destrucción del santo Templo de Dios y la cautividad de su pueblo, el profeta perseguido, el profeta abandonado, es también Jeremías el profeta de la esperanza. El anunció como nadie la terrible tempestad que se cernía sobre la Palestina de entonces. A él tocó verlo y llorarlo amargamente. Violento, como violento puede ser un amor no correspondido, tiene palabras duras para un pueblo duro que por culpa propia está abocado a la perdición. Con los ojos nublados por las lágrimas contempló atónito el fracaso de la Antiguo Economía. El pacto del Señor no había conseguido del pueblo, gente de dura cerviz, el efecto apetecido. Casi diríamos que llegó a la desesperación. Pero no. A él le llegó también la comunicación divina de tiempos mejores. Dios se lo dijo; Dios se lo comunicó. Dios le reveló que, a pesar de los delitos de su pueblo, El no lo había abandonado, que no lo quería destruir definitivamente. Lo había castigado, sí, porque quería sanarlo y curarlo. Dios había dispuesto recoger a su pueblo desparramado y hacer con él un pacto nuevo, una Alianza nueva, un Testamento eterno, para siempre. Dios amaba todavía a su pueblo y quería atraerlo de nuevo hacía sí para siempre. Tras la tormenta, venía la bonanza; tras la ruina, la edificación; tras la dispersión, la vuelta; tras el castigo, el perdón; tras el abandono de amante airado, el cariño de tierno Padre.

Jeremías anuncia el plan divino de salvación, y sus palabras recobran sentido siempre que se leen. No es un deseo lo que anunció Jeremías; es un hecho. El lo ha visto en Dios, el Señor del universo. Lo ha oído de sus propios labios; lo ha percibido en la determinación divina de seguir adelante la obra de salvación. El Dios de Israel no es un Dios a quien le complace la muerte. Es un Dios que salva, que ama las criaturas que El con sus propias manos creó. Notemos:

a) Invitación a la alegría, al gozo. Se trata de un anuncio salvífico. He aquí la buena nueva: El Señor ha salvado a su pueblo. En aquel concreto y crítico momento de dispersión y destierro, la salvación recibe la forma de vuelta a la patria, de posesión de la tierra patria, de la renovación del culto en el templo, de la unidad nacional. Al segundo Isaías le tocaría verlo de cerca. A Jeremías le bastó, para invitarnos a la alegría, ver en la disposición divina el cambio de situación.

b) La razón única que explica esta actitud divina es el amor de Padre que Dios tiene a su pueblo. Se trata , al mismo tiempo, de la fórmula del Pacto: Seré Padre y él será hijo. Sin la acción redentora de Dios, el pueblo hubiera desaparecido. El amor puede más que la ira. Dios salva, por que Dios ama. He ahí el nuncio de Jeremías.

Segunda Lectura: Hb 5, 1-6: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

Continua la lectura de la carta a los Hebreos. Es quizás uno de los pasajes más importantes de la carta. Después de haber proclamado en los versillos anteriores a Cristo «Sumo Sacerdote», trata de justificar su aserto. Podemos dividir el texto en dos partes bien marcadas.

A) En primer lugar, el autor nos da, partiendo naturalmente del Antiguo Testamento y de la tradición vigente en Israel, la definición del sacerdocio, que ya se ha hecho clásica. Son los versillos 1-4. Obsérvese en esta definición los siguientes elementos:

1) El sacerdote es tomado de entre los hombres. Es un hombre, no un ángel. Veremos por qué.

2) El fin del sacerdocio es representar al pueblo delante de Dios. A él lo compete ofrecer y presentar los dones y sacrificios por los pecados ante Dios en favor de los hombres. Debe rogar por los hombres a quienes representa. No es oficio cualquiera. El fin, dice santo Tomás, no es el lucro, ni el poder político, no cosa semejante. Es un intermediario que trata de llevar a Dios las ofrendas de los hombres y recabar de Dios el perdón de los pecados y hacerlo propicio a los hombres, a quienes representa.

3) Precisamente por ser hombre igual a los otros, está capacitado para condolerse de los que yerran y pecan. Debe sentir como en carne propia la debilidad y flaqueza de aquellos por los que ruega. Así rogará con más ahínco y entusiasmo. El está dentro de la masa a quien representa delante de Dios. Necesitado de la asistencia divina, consciente de su propia necesidad, recurre a Dios en favor de los que son semejantes a él. El mismo tienen necesidad de ofrecer sacrificios por sí mismo.

4) Condición importante es también la vocación. No es para cualquiera esta función de sacerdote. Debe ser llamado por Dios. Así lo fue Aarón. Como se ve, el autor está hablando del sacerdocio del antiguo testamento. Realmente representar al pueblo delante de Dios en orden al perdón de los pecados y a Dios delante de los hombres es algo que debe partir de Dios mismo. Por eso se necesita de una vocación.

B) En segundo lugar, el autor aplica a Cristo la definición. Cristo es Sumo sacerdote. Cristo reúne en sí las condiciones necesarias para ser el Sacerdote Sumo. Son los versillos 5-10. En la lectura presente sólo aparecen los dos primeros. Nos bastan por ahora. Pero conviene leer los siguientes, de lo contrario se quedaría manca la explicación. Realmente Cristo cumple en sí las condiciones. Cristo ha sido constituido Sacerdote por Dios mismo. Para ello cita el autor el salmo 109. Es un salmo mesiánico-real. Se habla del Ungido, del Rey que al mismo tiempo es Sacerdote. Dado que Cristo es el Mesías, el Ungido, es también Sacerdote. Dios pronunció la frase; Tú eres sacerdote según el orden de Melquisedec, así como también son palabras suyas las de Tú eres mi hijo. Con esto queda claro: Cristo es Sumo sacerdote constituido por Dios. Las otras condiciones están a continuación. Es hombre, puede condolerse. Precisamente Cristo sufrió como los demás hombres. Está, pues, capacitado para entendernos y compadecernos.

Tercera Lectura: Mc 10, 46-52: Maestro, que pueda ver.

El pasaje que nos ofrece Marcos es el relato de un milagro. Con la espontaneidad, ingenuidad y viveza que le caracterizan, Marcos nos habla de la curación de un ciego. Era ciego el hombre aquel: ahora ve. El portento se lo debe a Jesús. Cristo no pudo negarse a la petición tan suplicante de aquel hombre. Mostró gran fe. Y la fe movió al Señor a concederle el don deseado. Por la fe llegó a la vista. Por parte de Cristo misericordia y ejercicio de un gran poder. Recobraba la vista, le seguía.

Cristo, pues aparece, como taumaturgo, con poderes para sanar. El Señor es poderoso; el Señor salva. En este caso concreto la salvación toma la forma de luz y vista. La fe ocupa un lugar importante. Tras el milagro, el agradecimiento: lo seguía.

Consideraciones

Como siempre, conviene comenzar con Cristo. El es el alfa y la omega. A él se le ha concedido rasgar los sellos que cierran el libro de Dios. El es el Misterio y la explicación del Misterio. En él nos llega Dios mismo y en él se nos hace patente su voluntad y su designio de salvación. El es la gran revelación de su justicia y la llave que abre su corazón de Padre. Con él se nos hacen los secretos de Dios patentes. El es quien nos lleva al Padre y a través de quien Dios llega a nosotros. El es la cima de la creación. En él cobran sentido todas las cosas; a él están todas dirigidas. El está al centro de los dos Testamento. Por eso, para entender toda palabra de Dios, necesitamos recurrir a él, gran Palabra de Dios. Los sonidos que se desprenden de las lecturas recibirán cohesión y sentido unidos a él, en forma de Palabra de Dios, pues Cristo es la Palabra de Dios única y completa. El es el amado, el primogénito y el unigénito del Padre, Jesús Señor nuestro. Por eso:

A) Dios salvador- Cristo Salvador.

La salvación de Dios llega a nosotros por Cristo. Cristo es la revelación y manifestación de Dios Salvador.

Es un tema importante en las lecturas leídas. Aquí la palabra Salvador está coloreada con el suave tono de misericordia, de cariñoso amor paterno. El evangelio así nos lo presenta. Un ciego acude suplicante a Jesús: Hijo de David –es decir Mesías- ten compasión de mí. El Mesías escucha la voz suplicante del afligido. Jesús tiene compasión de él Dios se muestra así en Cristo misericordioso Salvador. El tema aparece también en el profeta Jeremías. Dios tiene piedad de su pueblo. Lo ha castigado, lo ha privado de su presencia, lo ha echado fuera de sí, lo ha arrojado a los caminos del mundo a mendigar de otros lo que dentro de sí con Dios ya poseía. Pero Dios no lo abandona a su suerte para siempre. Dios es Padre, Dios ama tiernamente. Dios tiene misericordia y determina para su pueblo la salvación en la forma concreta de vuelta. Lo atrae hacia sí, pues es él mismo la Salvación. algo semejante hace Cristo con el ciego. Lo llama hacia sí y le concede la luz. El es la Luz.

El tema de la compasión aparece también en la segunda lectura. Puede compadecernos. Es una de las condiciones para ser un buen sacerdote, un buen intermediario entre Dios y los hombres. Cristo la posee en grado eminente, como lo aseguran los versillos siguientes a la lectura. Cristo es el Sumo sacerdote, puesto por Dios mismo, como Hijo suyo, para ofrecer por nosotros oblaciones y sacrificios; para hacernos a Dios propicio y benévolo. Esta es su obra y su misión: llevarnos al Padre, como Salvador.

Partiendo de este punto, nótese el cambio operado en la salvación: Destierro-Vuelta; alejamiento-acercamiento; castigo-perdón; tinieblas-luz; tristeza-alegría.

El salmo responsorial va por ahí. Es el recuerdo poético de la maravilla operada por Dios en su pueblo al volverlo del destierro. El Señor cambió su suerte. Realmente Dios estableció a Cristo Sacerdote para cambiar nuestra suerte.

B) El tema de la Fe. Tema secundario, pero importante. Tu fe te ha salvado, dice Jesús al ciego. La fe lo llevó a la luz, humana y divina. La fe que obra milagros. En un sentido espiritual, no cabe duda que la fe – aceptación cordial de lo que Dios nos comunica- nos da luz, conocimiento y seguridad. Al fin y al cabo no es otra cosa que la participación de la visión de Dios. El ciego recibió la luz. Con la luz por guía seguía a Cristo. Fe-Luz-seguimiento: palabras sugestivas. Podemos preguntarnos qué papel desempeña en nosotros la fe ¿Es fe viva y entregada? ¿De qué tipo es?

La oración del ciego es también aleccionadora. Dios no se niega, como no se negó Cristo a la petición del ciego. Precisamente Cristo ha sido colocado por Dios, para que ofrezca su oblación por nosotros. Es sumo sacerdote.

Somos por definición videntes. Mantengamos la fe. La fe lleva a la salvación. Hay que seguir a Cristo. Fuera de Cristo estamos mendigando ciegos por los caminos del mundo, como si no hubiera un Padre y un Amigo. Con la fe todo cambia de color.

El ciego del evangelio y el pueblo en el destierro son imágenes del hombre alejado de Dios, del pecador de la debilidad errante. Volvamos a Dios. El cambiará nuestra suerte. Pidamos y tengamos fe y sigamos.

Pensamiento eucarístico: Cristo está entre nosotros, como salvador y Sacerdote eficaz. Acerquémonos a él. El es capaz de salvarnos. Actuemos la fe, pues es un misterio de fe lo que presenciamos. El puede transformarnos. Pidámoslo con confianza y determinemos seguirle adonde vaya.

José Ma. Solé Roma: Comentario a las tres Lecturas

Ministros de la Palabra, Ciclo “B”, Herder, Barcelona (1979).

Primera lectura: Jeremías 31, 7-9.

En los capítulos 30-33 Jeremías nos habla de la “Restauración” de Israel. La presente perícopa es un estallido de gozo por la “Salvación” de la Era Mesiánica:

El Señor “salva” a su Pueblo: El “Resto” que sobrevive siempre al castigo purificador, recibe la gracia del Señor y lleva la “salvación” a todas las naciones. Hay, pues, motivo de gozo.

Este “Retorno” o “Salvación” del “Resto” la obra el Señor con mayores prodigios que la del Éxodo de Egipto. Dios, Padre Misericordioso, inunda de consuelo a la muchedumbre que retorna: Los conduce por caminos llanos; los guía y los provee de aguas abundantes.
– Estas bondades del Señor llegan al colmo: “Seré un Padre para Israel. Efraim será mi primogénito”
– (v 9). Cuando el Mesías realice todas estas Promesas y profecías dándoles su plenitud, comprenderemos su rico contenido. Debemos, sí, estallar de júbilo. Júbilo porque gozamos la Salvación: La que por Cristo llega a todos los hombres. Júbilo porque esta Salvación sobrepasa como la sombra a la realidad, a la de Egipto y a la de Babilonia. La que nos trae Cristo es la espiritual; que es plena y definitiva. Júbilo porque en Cristo el Hijo Unigénito, el Hermano Primogénito, nos llamamos hijos de Dios, y verdaderamente lo somos.

Segunda Lectura: Hebreos 5, 1-6:

Se enumeran las cualidades o condiciones que debe tener todo sacerdote. Luego, haciendo la aplicación a Jesús, se constata cómo El las tiene en grado sumo. Y sólo El las posee perfectamente. De donde Jesús es el Sumo y Único Sacerdote:

El “Sacerdote” debe ser: a) Hombre; b) Representante de los hombres ante Dios y de Dios ante los hombres, mediador; c) Oferente de sacrificios y dones incruentos; d) Compasivo y misericordioso; e) Llamado por Dios al Sacerdocio.

Cristo, Sacerdote en razón de su naturaleza humana supeditada al Verbo, posee aventajadamente estas condiciones. Su “Compasión”, es decir, su lote en el dolor humano, es el más rico, pues se ha solidarizado con todas nuestras miserias. Su “Mediación” Sacerdotal es la más eficiente. Perfectamente hombre nos representa ante el Padre; perfectamente Hijo de Dios no puede ser desoído del Padre. Es Mediador cualificado. Su “Sacrificio” es de eficacia redentora infinita, porque es el único Sacerdote que como Hostia se ofrece a Sí mismo. El Verbo Encarnado es Sacerdote en virtud ya de la encarnación (v 5). Le unge y consagra Sacerdote en su humana naturaleza el Verbo mismo cuando la asume personalmente. Y un decreto y juramento del Padre le da la investidura oficial (v 6). El Salmo 109 presenta a Melquisedec Rey y Sacerdote del Altísimo como el más logrado tipo del Mesías Rey Sacerdote.

-Por ser Cristo el Sumo y Único Sacerdote, su Sacerdocio es intransferible. El Sacerdote Cristo no tiene sucesores; sólo tiene vicarios o ministros. No se repite su Sacrificio; sólo se rememora, se actualiza, se aplica. “La ordenación sacerdotal capacita al presbítero para realizar actos que trascienden la eficacia natural y para obrar como en persona de Cristo Cabeza. Convierte al sacerdote en cauce necesario del Espíritu Santo y en instrumento de la gracia de Cristo” (Paulo VI: 30 11 69). Es propio y exclusivo de los presbíteros “obrar como en persona de Cristo Cabeza; ejercer el oficio de Cristo Pastor y Cabeza” (L. G. 38). Eso son los sacerdotes de Cristo: sus instrumentos, sus ministros y vicarios. Actúan in persona Christi. El Sumo Sacerdote Único: “El sacerdote en el altar representa a Jesucristo nuestro Señor, principal sacerdote y fuente de nuestro sacerdocio” (Ávila).

Evangelio: Marcos 10, 46-52:

Es claro que en la curación de este cieguecito como en la que narra San Juan la intención de Jesús es enseñarnos que El es nuestra Luz:

Es aleccionador oír a este cieguecito que proclama a Jesús: Mesías Hijo de David. Con los ojos de la fe y con la valentía de la sinceridad ha visto y proclamado lo que los Jerarcas de Israel se resisten a ver y prohíben proclamar: “Ya habían declarado excomulgado de la Sinagoga a todo el que confesara que Jesús era el Mesías” (Jn 9, 22). Con esto los fariseos escogían las tinieblas. El ciego con su fe en Jesús entraba en la luz. La fe es “iluminación”.

Jesús, movido a compasión, va a ocuparse del cieguecito que a gritos le invoca. Esta narración tan concisa de Marcos nos emociona con sólo leerla. Nos emociona el interés compasivo de Jesús: “Jesús se detuvo y dijo: Llamadlo.” Nos emociona la intuición de la multitud: ” ¡Buen ánimo! ¡Levántate! ¡Te llama!” Nos emociona el diálogo entre el cieguecito y el Maestro. El Maestro, que es “Luz del mundo”, a todos nos da gustoso su Luz y su Vida cuando le pedimos humildes: ¡Maestro, haz que yo vea!

Jesús, que siempre había rehuido las explosiones de entusiasmo mesiánico de las turbas, por el peligro de ganga política y nacionalista que lo enturbiaba, ahora, que va ya camino a Jerusalén a subir al trono de la Cruz, con lo que quedará a plena luz el sentido espiritual y redentor de su Mesianismo, acepta ser aclamado Mesías Hijo de David. La fe, y piedad cristiana guardarán en su repertorio esta bella jaculatoria del cieguecito: ¡Jesús, Hijo de David, apiádate de mí! La “Collecta” de la Misa de hoy la traduce en esta petición de sinceridad: Omnipotens sempiterne Deus, fac nos tibi semper et devotam gerere voluntatem, et majestati tuae sincero corde servire.

Isidro Gomá y Tomás: La curación del ciego Bartimeo

El Evangelio Explicado, Vol. II, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona (1967), p. 332-335.

Explicación.

– Por la suma dificultad que ofrecen los dos textos son el objeto de este número a ser reducidos a una sola narra los insertamos íntegros, uno a continuación del otro. Insistimos en nuestra opinión expresada en el número 152: Los ciegos curados por Jesús en las inmediaciones de Jericó en su viaje a Jerusalén para la última Pascua, no nos parecen tres, ni uno, sino dos; narrado por Lucas, tal como se explicó en el citado número y el que aquí se refiere Marcos sobre Bartimeo. Podríamos decir tal que Mateo sobrepone las dos narraciones haciendo un solo relato de los dos hechos casi iguales, como agrupa a veces discursos o parábolas sin cuidar de la cronología, siguiendo su orden de redacción más sistemático que el de los demás Evangelistas. Aunque tampoco habría dificultad en que fueran dos y uno los ciegos curados en este caso a la salida de Jericó y que se fijara Marcos sólo en uno, Bartimeo, más conocido que el otro, quizá más ferviente discípulo de Jesús que el otro después de su curación. Tendríamos entonces un caso análogo al de la narración de los posesos de Gerasa (núm. 69). Por lo demás, como nota en este pasaje San Agustín, debe salvarse absolutamente la inspiración divina de ambos relatos, y dejar al secreto de las intenciones de Dios el que hallen en los Evangelios algunas oscuridades y dificultades orden histórico.

Por todo ello, siendo ambos relatos casi idénticos entre sí y con el de Lucas, salvadas las diferencias que notamos, sólo nos fijaremos en los matices distintos que nos ofrecen las narraciones de Marcos y Mateo, que son el argumento de este número.

Y fueron a Jericó según lo narrado ya en números preceden lo ocurrido en la entonces opulenta ciudad lo refiere (Lc. 19, 1) Y al salir de Jericó él y sus discípulos y una gran multitud, que hacían el mismo camino de Jerusalén con motivo de la Pascua, el hijo de Timeo, Bartimeo el ciego, estaba sentado junto al camino pidiendo limosna. Suponen algunos a Bartimeo muy conocido los cristianos de la primera generación, y que por ello le nombra el Evangelista; según San Agustín, Bartimeo habría venido a parar, después de una gran posición a la ceguera y a la mendicidad.

Otra particularidad presenta la narración de Mc. A las palabras de Jesús, que llama al ciego, los que antes le increpaban para callase, le transmiten la orden del Señor y se muestran atención compasivos con él. Llaman, pues, al ciego, y le dicen: Ten buen ánimo: confía, que te llama, y ello puede ser presagio de tu curación. Abrióse el pecho del ciego a la esperanza: El arrojó su capa, su manto, para correr más expedito, y, saltando, lo que demuestra ansias de mover a misericordia a Jesús, se fue a él. Al preguntarle Jesús qué quiere que le haga, le responde con la palabra “Rabboni” más respetuosa que la denominación de Señor, y que sólo se otra vez en los Evangelios (Ioh. 20, 16). Mateo añade que Jesús “compadecido de ellos”, de los dos ciegos que dice curados al s de Jericó, “les tocó sus ojos”, e inmediatamente vieron.

En los demás detalles convienen los tres Evangelistas.

Lecciones morales.

– A) v. 46. – Bartimeo, el ciego, estaba sentado junto al camino… – Una de las significaciones que se atribuye a Timeo es la de “ciego”: Bartimeo sería ciego de hecho, hijo de ciego por su nombre patronímico. ¿No es entonces adecua tipo de la humanidad, ya que todos somos ciegos e hijos de ciegos con la ceguera nativa de la ignorancia, de los errores de los prejuicios que sólo la luz del Hijo de Dios pudo disipar? ¡Venturosos ciegos los que, como el de Jericó, están sentados junto al camino de la vida, por donde pasan tantos viandantes que no son capaces de darnos la vista de la verdad, pero qué cuando pasa Jesús, Verdad substancial – para los ciegos que desean ver para siempre Jesús-, le llaman y le piden misericordia de la claridad espiritual! Jesús es la luz, que vino para que fuésemos hijos de la luz, que no quiere más que tocar nuestros ojos interiores para que veamos, pero que quiere que se lo pidamos. ¡Maestro mío, digámosle con Bartimeo, que se abran mis ojos! Si se abren ahora para la fe, los tendré abiertos para veros cara a cara en el cielo.

B) v. 48. -Y le reñían para que callase…- ¿Por qué le reñían? Llamaba a Jesús, Hijo de David, reconociéndole como Mesías; pedía la misericordia del Mesías, que es la forma más tangible, podríamos decir substancial, de la misericordia de Dios para con los hombres; y pedía la misericordia de la vista, de esta luz de los ojos, tan necesaria para la vida y de la que tan celosos estamos. No había de qué reñir al pobre ciego. Por esto Jesús sigue con él una conducta totalmente opuesta: se para ante él, le manda llamar, le pregunta con divina amabilidad lo que quiere, le toca los ojos, le cura, alaba su fe. ¡Cuántas veces lo que parece a los hombres una desviación, un error, una inconveniencia, es cosa laudabilísima ante Dios! Y ¡cómo debiéramos ponderar todos los elementos de juicio, que muchas veces no están en nuestra mano, antes de repudiar y re probar las obras de nuestros hermanos!

C) v. 49- Ten buen ánimo: levántate, que te llama. – La palabra de Jesús es reconfortante: nada es capaz de producir como ella la robustez, la agilidad, la resolución en el espíritu del hombre. Es la palabra de Dios, clara, que en un momento nos enseña la ruta que debemos seguir en nuestras oscuridades y vacilaciones; es la palabra de Dios, fuerte, a la que prestan acatamiento todas las pobres fuerzas de nuestra vida cuando quiere él llamarnos con eficacia, como rinde y troncha el aquilón los cedros del Líbano; es la palabra de Dios, íntima, que llega hasta el meollo del alma y que resuena, aunque no queramos, en las vastas concavidades de nuestro espíritu. ¡Oh, palabras de Jesús, que derribasteis a Saulo, que vencisteis a Agustín, que habéis obtenido los homenajes de las inteligencias más grandes y más rebeldes! Llamadme: mandad que me llamen en vuestro nombre vuestros heraldos, y sentiré reconfortarse mi espíritu, como el pobre Bartimeo, y me levantaré para venir a Vos.

D) v. 50 – El arrojó su capa, y, saltando, se fue a él. – Es el símbolo de lo que debemos hacer cuando nos llame Jesús, dice un interprete: no debemos dudar, ni diferir de día en día nuestra aproximación a Jesús, sino que, dejando de lado todo aquello que puede impedir o retardar nuestro acceso a él, hemos de correr a su encuentro presurosos; esta diligencia y abnegación facilitan la dispensación de las divinas misericordias que Jesús nos tiene siempre preparadas.

José M. Bover, S.J: Los ciegos de Jericó

El Evangelio de San Mateo, Editorial Balmes, Barcelona, 1946, pp. 370-374.

La singular belleza de este milagro invita a considerar su dramatismo, su trascendencia y su simbolismo.

La fuerza propulsora del movimiento dramático es la oración de los ciegos. Están junto a Jericó, sentados, mendigando. De pronto por el vocerío que oyen se enteran de que pasa por allí un gran gentío. ¿Qué será?, preguntan; y oyen que pasa por allí Jesús de Nazaret. Ninguno de los Evangelistas indica que los ciegos preguntasen quién fuese Jesús. Sin duda le conocían de nombre, y sabían que había curado muchos ciegos. La conciencia de la propia desgracia y la esperanza de remediarla se tradujeron en una oración clamorosa, oración a gritos: “Señor, apiádate de nosotros, Hijo de David ” . Se ha iniciado la acción dramática; pero luego le salen al paso los obstáculos. La turba se enfada de tanto grito, y manda a los ciegos que se callen. ¿Se acobardarán? Todo lo contrario.

Al chocar con los obstáculos la oración se hace más clamorosa. ¿La oirá aquél a quien va dirigida? ¿La escuchará? Ahí está el nudo. Pero comienza el desenlace. Jesús ha oído los gritos de los ciegos, se detiene, los llama. En la turba el enfado de antes se trueca en interés por los ciegos y también en expectación de un milagro que se presiente llegan los ciegos a la presencia de Jesús: la desgracia humana ante la pialad divina. La pregunta de Jesús en la corteza es delicadamente ambigua: ” ¿Qué queréis de mí?” Podría significar, no sin enfado: “Pero ¿a qué vienen tantos gritos? ¿Qué de seáis de mí?” Pero en realidad significaba otra cosa muy diferente: “Aquí me tenéis: estoy a vuestra disposición, para hacer lo que deseáis”. La oración ha comenzado a hacer su efecto: virtualmente ha alcanzado su objeto, que sólo falta precisar o concretar. Eso hace la respuesta de los ciegos: “Señor, ¡ver! “. ¿Qué otra cosa podían pedir unos ciegos? Esta angustiosa petición conmovió a Jesús: nuevo triunfo de la oración, con mover el Corazón de Jesús. Conmovido Jesús, blanda y amorosamente puso sus manos sobre los ojos de los ciegos; naturalmente, la derecha sobre el uno, la izquierda sobre el otro. ¡Qué emoción sentirían los pobres ciegos! ¡Y qué expectación toda la turba, que atentamente miraba! Y Jesús, con las manos sobre los ojos, de los ciegos, les dijo: “Ved: vuestra fe os ha salvado”. Y al instante vieron: y sus ojos abiertos cruzaron sus primeras miradas con la dulce mirada de los ojos de Jesús. Y dejando su puesto y oficio de mendigos, siguieron a Jesús, glorificando a Dios.

La oración de los ciegos, si es la fuerza propulsora del dramatismo, es también una gran lección, en que se concentra toda la significación y trascendencia del hecho: lección, no especulativa y abstracta, sino concreta y viviente. Para poner de relieve esta lección bastará un sencillo análisis psicológico de la oración de los ciegos.

La base de todo y el punto de arranque del proceso de la oración, la conciencia y como la sensación viva de la propia desgracia y miseria. La desgracia sentida hará nacer el deseo ardiente de verla remediada. A más viva sensación más vivo deseo. Pero este deseo podría estrellarse en la imposibilidad del remedio. Si no se ve la posibilidad del remedio, los más ardientes deseos o se extinguen o se convierten en amarga desesperación. Y entonces no hay oración. Pero no toda posibilidad del remedio lleva a la oración. No habrían los ciegos recurrido a ella, si por sí mismos, por sus propios recursos o industrias hubieran podido curar su ceguera. La posibilidad de curarla se hallaba en otro, en Jesús, que podía, si quería, curarla, y era tan bueno y compasivo, que, si se le pedía humildemente, querría sin duda. Esta doble persuasión, esta doble fe de los ciegos en el poder y en la bondad de Jesús, fue el principio inmediato de su oración, el impulso decisivo que les hizo prorrumpir en su oración clamorosa. Conciencia de la propia indigencia, deseos de remediarla, convicción de la propia impotencia, fe ciega en el poder y en la bondad de Jesús: tales fueron los factores que determinaron la oración de los ciegos y le dieron su eficacia irresistible. Semejante oración tiene un solo objetivo: mover la voluntad omnipotente y misericordiosa de Jesús a que quiera poner remedio a nuestra indigencia. Y a esta oración de la fe Jesús jamás se resiste. Podrá diferir un tiempo el acceder a las súplicas; pero a estas dilaciones divinas responde la oración, como en los ciegos, con la constancia o insistencia y con la intensificación de la oración. Y, si es constante, la oración acaba por triunfar de las resistencias divinas, como triunfó naturalmente la oración de los ciegos. Un pormenor interesante ofrece esta oración, que no debe desperdiciarse. Los ciegos repiten dos veces, mejor, repetirían innumerables veces, la misma fórmula de oración. Esto quiere decir que la repetición de
las mismas fórmulas, siempre que no sea rutinaria, no obsta al fervor y a la eficacia de la oración. Cincuenta veces se puede repetir la misma fórmula; pero si esta repetición nace siempre de la misma conciencia de la propia miseria e impotencia, lejos de entibiarla, enardece la oración. También el mismo Maestro en Getsemaní repitió muchas veces la misma fórmula de oración, y no por rutina.

Son, por tanto muy evangélicas las repeticiones litúrgicas de una misma oración, las letanías, el Rosario.

Otras significaciones, transcendentes encierra la curación de los ciegos. En ella resaltan, como generalmente en los milagros de Jesús, el poder de sus manos y la bondad inagotable de su Corazón. Pero semejante significación basta haberla apuntado. Otra significación más particular conviene recoger: el simbolismo del hecho. Estos ciegos son un símbolo viviente del hombre miserablemente ciego, espiritualmente ciego. Sentado junto al camino, mendigando satisfacciones pasajeras, tiene los ojos cerrados a las grandes realidades del mundo sobrenatural. Y no es lo peor su ceguera: lo peor es no tener conciencia de ella, no sentirla vivamente como una enorme desgracia. Muchos, ilusionados con los fuegos fatuos de la ciencia mundana o de la prudencia de la carne, repiten aquello de los fariseos “¿Por ventura también nosotros somos ciegos?” (Jn. 9, 40) ¡ Miserables ciegos que no conocen su ceguera! Y por esto desahuciados. ¡Ojalá que los ciegos de Jericó, que por su ceguera son símbolo del hombre ciego, lo sean también por la conciencia de su desgracia, por la fe y la clamorosa oración! Entonces el simbolismo de pesimista se trocará en optimista, los ciegos de Jericó simbolizarán al hombre, que, conocedor de su ceguera, clamará a Jesús, que es luz del mundo, y recobrará la vista perdida. Y verá a Jesús. Y verá la verdad. Y gozará la vida.

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