Domingo I Tiempo de Adviento (C) – Homilías

Lecturas (Domingo I del Tiempo de Adviento – Ciclo C)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Jer 33, 14-16 : Suscitaré a David un vástago legítimo.
-Salmo: 24 : R. A ti, Señor, levanto mi alma.
-2ª Lectura: 1 Tes 3, 12-4, 2 : Que el Señor os fortalezca internamente, para cuando Jesús vuelva.
+Evangelio: Lc 21, 25-28. 34-36 : Se acerca vuestra liberación.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Bernardo, abad

Sermón: Aguardamos al Salvador.

Sermón 4 de Adviento 1, 3-4: Opera omnia, edit. cister. 4, 1966, 182-185 (Liturgia de las Horas).

Justo es, hermanos, que celebréis con toda devoción el Adviento del Señor, deleitados por tanta consolación, asombrados por tanta dignación, inflamados con tanta dilección. Pero no penséis únicamente en la primera venida, cuando el Señor viene a buscar y a salvar lo que estaba perdido, sino también en la segunda, cuando volverá y nos llevará consigo. ¡Ojalá hagáis objeto de vuestras continuas meditaciones estas dos venidas, rumiando en vuestros corazones cuánto nos dio en la primera y cuánto nos ha prometido en la segunda!

Ha llegado el momento, hermanos, de que el juicio empiece por la casa de Dios. ¿Cuál será el final de los que no han obedecido al evangelio de Dios? ¿Cuál será el juicio a que serán sometidos los que en este juicio no resucitan? Porque quienes se muestran reacios a dejarse juzgar por el juicio presente, en el que el jefe del mundo este es echado fuera, que esperen o, mejor, que teman al Juez quien, juntamente con su jefe, los arrojará también a ellos fuera. En cambio nosotros, si nos sometemos ya ahora a un justo juicio, aguardemos seguros un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa. Entonces los justos brillarán, de modo que puedan ver tanto los doctos como los indoctos: brillarán como el sol en el Reino de su Padre.

Cuando venga el Salvador transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, a condición sin embargo de que nuestro corazón esté previamente transformado y configurado a la humildad de su corazón. Por eso decía también: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Considera atentamente en estas palabras que existen dos tipos de humildad: la del conocimiento y la de la voluntad, llamada aquí humildad del corazón. Mediante la primera conocemos lo poco que somos, y la aprendemos por nosotros mismos y a través de nuestra propia debilidad; mediante la segunda pisoteamos la gloria del mundo, y la aprendemos de aquel que se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo; que buscado para proclamarlo rey, huye; buscado para ser cubierto de ultrajes y condenado al ignominioso suplicio de la cruz, voluntariamente se ofreció a sí mismo.

San Cirilo de Jerusalén, obispo

Catequesis: Las dos venidas de Cristo.

Catequesis 15,1-3: PG 33, 870-874 (Liturgia de las Horas).

Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado de sufrimiento; esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino.

Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón; el otro, manifiesto, todavía futuro.

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como vestidura. En la primera soportó la cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado, y escoltado por un ejército de ángeles.

No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la futura. Y habiendo proclamado en la primera: Bendito el que viene en nombre del Señor, diremos eso mismo en la segunda; y saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos, adorándolo: Bendito el que viene en nombre del Señor.

El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz, y les dirá: Esto hicisteis y yo callé.

Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado.

De ambas venidas habla el profeta Malaquías: De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis. He ahí la primera venida.

Respecto a la otra, dice así: El mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar —dice el Señor de los ejércitos—. ¿Quién podrá resistir el día de su venida, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata.

Escribiendo a Tito, también Pablo habla de esas dos venidas en estos términos: Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres; enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. Ahí expresa su primera venida, dando gracias por ella; pero también la segunda, la que esperamos.

Por esa razón, en nuestra profesión de fe, tal como la hemos recibido por tradición, decimos que creemos en aquel que subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.

Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo. Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizará entonces la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio, será otra vez renovado.

San Gregorio Magno, papa.

Homilía

Sobre los Evangelios, Libro I, Homilía I, Ed. BAC, Madrid, 1968, pp. 537-541.

Nuestro Señor anuncia de antemano los males que han de sobrevenir al mundo.

1. En aquel tiempo: Veránse fenómenos prodigiosos en el sol, la luna y las estrellas; y en la tierra estarán consternadas y atónitas las gentes por el estruendo del mar y de las olas; secándose los hombres de temor y de sobresalto por las cosas que han de sobrevenir a todo el universo; porque las virtudes de los cielos estarán bamboleando. Y entonces será cuando verán al Hijo del hombre venir sobre una nube con grande poder y majestad. Como quiera, vosotros, al ver que comienzan a suceder estas cosas, abrid los ojos y alzad la cabeza, porque vuestra redención se acerca. Y propúsoles esta comparación: Reparad en la higuera y en los demás árboles: cuando ya empiezan a brotar de sí el fruto, conocéis que está cerca el verano. Así también vosotros, en viendo la ejecución de estas cosas, entended que el reino de Dios está cerca. Os empeño mi palabra que no se acabará esta generación hasta que todo lo dicho se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no faltarán.

Hermanos carísimos: Nuestro Señor y Redentor, deseando encontrarnos bien dispuestos, anuncia de antemano los males que han de sobrevenir al mundo, cuyo fin se avecina, con el propósito de apagar en nosotros el amor del mundo.

Pone de manifiesto cuántas calamidades han de preceder a su término, que se acerca, para que, sino queremos temer a Dios cuando la vida se desliza tranquila, temamos al menos, su cercano juicio, amedrentados por las calamidades. En efecto, a esta lección del Santo Evangelio que vosotros, hermanos, acabáis de oír adelantó el Señor lo que poco más arriba dice ( Lc 21-10-12): Se levantará un pueblo contra otro pueblo y un reino contra otro reino, y habrá terremotos en varias partes y pestilencias y hambres; y poco después de algunas cosas más agregó, esto que acabáis de oír ( Lc 21,25); Veránse fenómenos prodigiosos en el sol, la luna y las estrellas; y en la tierra estarán consternadas y atónitas las gentes por el estruendo del mar y de las olas.

Estamos viendo que, de todos estos acontecimientos, unos han sucedido ya en efecto, y tememos que otros han de suceder pronto; pues levantarse un pueblo contra otro pueblo y hallarse las gentes consternadas, vemos que ocurre en nuestro tiempo más de lo que leemos en los libros; que el terremoto sepulta innumerables ciudades, sabéis con cuánta frecuencia lo oímos referir de otras partes del mundo; pestilencias las padecemos sin cesar; ahora, fenómenos prodigiosos en el sol, en la luna y en las estrellas todavía no los hemos visto claramente; pero que también éstos no distan mucho, lo colegimos de la mudanza de la atmósfera; por más que, antes de que Italia cayera bajo el dominio de los gentiles, vimos ráfagas de fuego, cual si relampagueara la misma sangre humana que ha sido derramada más tarde; no ha aparecido aún el extraño alboroto del mar y de las olas, pero, como muchas de las cosas anunciadas se han cumplido ya, no hay duda de que también sucederán las pocas que restan, porque el cumplimiento de las que pasaron da la seguridad de que se cumplirán las que están por venir.

2. Hermanos míos, estas cosas os las decimos con el fin de que vuestras almas estén vigilantes por vuestra salvación, no sea que, por contarse seguros, se adormezcan, o por la ignorancia languidezcan; antes bien, el temor las tenga siempre solícitas y la solicitud las confirme en el bien obrar, considerando esto que añade la palabra de nuestro Redentor (v.z6);

Secándose los hombres de temor y de sobresalto por las cosas que han de sobrevenir a todo el universo, porque las virtudes de los cielos estarán bamboleando. Ahora bien, ¿a qué llama el Señor virtudes de los cielos sino a los ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, principados y potestades, que aparecerán visibles a nuestros ojos a la venida del justo Juez, para entonces exigirnos rigurosa cuenta de lo que ahora el Creador invisible tolera paciente?

También allí se añade (v.27): Y entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con grande poder y majestad. Como si claramente dijera: Al que no quisieron escuchar cuando se mostró humilde, le verán venir en grande poder y majestad, para que entonces experimenten su poder, tanto más riguroso cuanto menos doblegan ahora la cerviz del corazón ante la paciencia de Él.

3. Mas, porque todo esto se ha dicho contra los réprobos, en seguida se dicen palabras para consuelo de los elegidos; pues también se agrega (v.28): Vosotros, al ver que comienzan a suceder estas cosas, abrid los ojos y alzad la cabeza, porque se avecina vuestra redención. Como si la Verdad aconsejara claramente a sus elegidos, diciendo: Cuando vayan en aumento las calamidades del mundo, cuando en la conmoción de las virtudes del cielo se manifieste el terror del juicio, alzad la cabeza, esto es, estad de buen ánimo; porque al acabarse el mundo, del cual no sois amigos, se avecina la redención que esperáis; que frecuentemente en la Sagrada Escritura se dice la cabeza por significar el alma, porque, así como los miembros son regidos por la cabeza, así el alma dispone los pensamientos; de suerte que levantar la cabeza es levantar nuestra almas a los gozos de la patria celestial.

Por tanto, a los que aman a Dios se les manda gozarse y alegrarse del fin del mundo, porque cierto es que en seguida hallarán al que aman, mientras que fenece el que no amaron.

Lejos, pues, del fiel que desea ver a Dios el contristarse por las sacudidas del mundo, puesto que sabe que con sus mismas percusiones perece; porque escrito está (Iac. 4,4): Quien quisiere ser amigo de este mundo, se constituye enemigo de Dios. Por consiguiente, quien, al acercarse el fin del mundo, no se alegra, atestigua ser amigo de él y, por lo mismo, queda convicto de ser enemigo de Dios. Pero no suceda esto a los corazones de los fieles; no ocurra esto a los que por la fe creen que hay otra vida y la procuran con sus obras; pues llorar por la destrucción del mundo es propio de los que han fijado las raíces de su corazón en el amor de él, de los que no buscan la vida venidera, de los que ni siquiera sospechan que la hay. Pero nosotros, los que conocemos los gozos eternos de la patria celestial, debemos darnos prisa a poseerlos cuanto antes; debemos desear caminar más apresurados y llegar a ella por el camino más breve; porque ¿de qué males no se ve acosado el mundo? ¿Hay tristeza o adversidad alguna que no nos oprima? ¿Qué s la vida mortal sino un camino? Pues considerad, hermanos míos, qué tal cosa sea sentirse desfallecer de la fatiga del camino y no querer que ese camino tenga fin.

Ahora bien, que se deba no hacer caso del mundo y aun despreciarle, nuestro Redentor lo declara con una aguda comparación, cuando añadió en seguida (v.29-31): Reparad en la higuera y en los demás árboles: cuando ya empiezan a brotar de sí el fruto, conocéis que está cerca el verano. Así también vosotros, en viendo la ejecución de estas cosas, entended que el reino de Dios está cerca. Como si claramente dijera: Como la proximidad del verano se conoce por el fruto de los árboles, así por la destrucción del mundo se conoce estar cerca el reino de Dios. Palabras con las que acertadamente se pone de manifiesto que el fruto del mundo es su ruina, pues para esto crece, para caer; para esto cae, para germinar; y para esto germina, para consumir a fuerza de calamidades todo lo que germina.

Y está bien comparado el reino de Dios con el verano, porque, cuando los días de la vida resplandecen con la claridad del Sol eterno, se acabaron ya entonces los nubarrones de nuestra tristeza.

4. Cosas todas éstas que se confirman plenamente con añadir sentencia que dice (v.32-33): Os empeño mi palabra que no, se acabará esta generación hasta que todo lo dicho se cumpla. El cielo la tierra se mudarán, pero mis palabras no faltarán.

Nada hay en el mundo más durable que el cielo y la tierra, y nada en él pasa más rápidamente que la palabra, pues las palabras, nuestras no están completas, no son palabras, y cuando se han completado ya no son, porque no pueden completarse sino pasando: ora bien, dice: El cielo y la tierra se mudarán, pero mis palabras no faltarán, que es como si claramente dijera: Todo lo que entre otros es durable hasta que venga la eternidad, no dura sino dándose; y todo lo que en mí se ve pasar se mantiene fijo y que perduran sin cambio, porque la palabra mía, que pasa, expresa sentencias que perduran sin cambiar.

5. He aquí, hermanos míos que ya estamos viendo lo que oíamos; el mundo se ve acosado cada día de nuevos y redoblados males. Ya veis cuántos habéis quedado de aquella multitud innumerable, y, con todo, aun insisten a diario los flagelos; nos vemos envueltos en desgracias repentinas; nuevas e imprevistas calamidades nos afligen; pues así como en la juventud está el cuerpo vigoroso, el pecho se mantiene fuerte y sano y robustos los brazos, mas en la senectud se abate la estatura, la cerviz flácida se doblega, el pecho siéntese oprimido con frecuentes anhelos, decaen las fuerzas y la respiración fatigosa entrecorta las palabras al hablar, porque, aunque no haya enfermedad; por lo regular para los viejos la misma salud es una enfermedad, así el mundo, en sus primeros años tuvo como el vigor de la juventud, fue robusto para propagar la prole del género humano, recio en la salud del cuerpo y pingüe en abundancia de cosas; mas ahora se ve oprimido por su misma senectud y con mayor frecuencia se ve como empujado a una muerte próxima por las crecientes molestias.

No queráis, hermanos míos, amar al que viendo no puede durar mucho tiempo. Fijad en vuestra alma los preceptos apostólicos, por los que se nos amonesta, diciendo (I Jn 2,15): No queráis amar al mundo ni las cosas mundanas, porque, si alguno ama al mundo, no habita en él la caridad del Padre.

Hace tres días habéis visto, hermanos, cómo, por una repentina tempestad, añosas alamedas han sido arrancadas de cuajo y destruidas casas e iglesias demolidas hasta sus cimientos. ¡Cuántos sanos e incólumes por la tarde pensaban que a la mañana podrían hacer algo! Y, sin embargo, en esa misma noche fenecieron de muerte repentina, sorprendidos en el lazo de la destrucción.

6. Pero debemos considerar, carísimos, que, para realizar todo esto, el Juez invisible no hizo más que mover la fuerza de un viento tenuísimo, agitó una sola nube y socavó la tierra y sacudió la tierra violentamente los cimientos de tantos edificios que están para desplomarse. Pues ¿qué ha de hacer ese mismo Juez cuando venga El mismo y se enardezca su ira para tomar venganza de los pecadores, si cuando nos hiere por medio de una tenuísima nube, no le podemos soportar? ¿Qué hombre podrá subsistir en presencia de su ira, si con sólo mover el viento socavó la tierra, concitó las nubes y echó por los suelos tantos edificios?

San Pablo, considerando el rigor del Juez venidero, dice ( Hebr. 10, 31) Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. El salmista expresa esta severidad, diciendo ( Sal. 49,3): Vendrá Dios manifiestamente, vendrá nuestro Dios y no callará, llevará delante de sí un fuego devorador, alrededor de El una tempestad horrorosa. Al rigor, pues, de tan severo Juez acompañarán la tempestad y el fuego, porque la tempestad descubre a los que el fuego abraza.

Por tanto, hermanos carísimos, poned ante vuestros ojos aquel día, y todo lo que ahora se os hace pesado, en su comparación, se os hará muy llevadero; pues de aquel día se dice por el profeta ( Sof. 1, 14-16) Cerca está el día grande del Señor, está cerca y va llegando con suma velocidad. Margas voces serán las que se oigan en el día del Señor, los poderosos se verán entonces en apreturas. Día de ira aquél, día de tribulación y de congoja, día de calamidad y de miseria, día de tinieblas y de oscuridad, día nublados y de tempestades, día del sonido terrible de la trompeta.

De este día dice el Señor de nuevo por el profeta (Ag 2,7): Aún falta un poco, y yo pondré en movimiento el cielo y la tierra. He aquí que, como antes hemos dicho, pone en movimiento el aire, y la tierra no subsiste. ¿Quién, pues, podrá soportarle cuando ponga en movimiento el cielo? ¿Y qué diríamos que son estos horrores que presenciamos sino unos pregoneros de la ira que sobrevendrá? Pues por eso también es necesario tener presente que estas tribulaciones son tan distintas de aquella última tribulación cuanto dista del poder del Juez la persona del pregonero.

Tened, por tanto, puesta vuestra atención, hermanos carísimos, en aquel día; enmendad la vida, cambiad las costumbres, venced las malas tentaciones resistiéndolas, y castigad con lágrimas los pecados cometidos, porque algún día veréis el advenimiento el eterno Juez tanto más seguros cuanto más prevenís con el temor su severidad.

Hágalo así el Señor.

San Juan Pablo II, papa

Homilía (02-12-1979): Pasar.

VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE SAN CLEMENTE
I Domingo de Adviento, 2 de diciembre de 1979.

2. Adviento: primer domingo de Adviento.

“He aquí que vienen días —Palabra de Yavé— en que yo cumpliré las promesas…” (Jer 33, 14): leemos hoy estas palabras del libro del Profeta jeremías y sabemos que anuncian el comienzo del nuevo año litúrgico y, al mismo tiempo, anuncian ya en esta liturgia el momento inminente de la venida del Hijo de Dios que nace de la Virgen. Cada año nos preparamos para este momento en el ciclo litúrgico de la Iglesia, para esta solemnidad grande y gozosa. Deseo que también mi visita de hoy a la parroquia de San Clemente sirva para esta preparación. Efectivamente, el día en que nace Cristo debe traernos (como anuncia el mismo Profeta Jeremías) esta alegre certeza: que “el Señor en nuestra justicia” (cf. Jer 33, 16).

3. La Iglesia se prepara para la Navidad de un modo totalmente particular. Nos recuerda el mismo acontecimiento que ha presentado recientemente al final del año litúrgico. Esto es, nos recuerda el día de la venida última de Cristo. Viviremos de manera justa la Navidad, es decir, la primera venida del Salvador, cuando seamos conscientes de su última venida “con poder y majestad grandes” (Lc 21, 27), como declara el Evangelio de hoy. En este pasaje hay una frase sobre la que quiero llamar vuestra atención: “Los hombres exhalarán sus almas por el terror y el ansia de lo que viene sobre la tierra” (Lc 21, 26).

Llamo la atención porque también en nuestra época el miedo “de lo que deberá suceder sobre la tierra” se comunica a los hombres.

El tiempo del fin del mundo nadie lo conoce, “sino sólo el Padre” (Mc 13, 32); y por esto de ese miedo que se transmite a los hombres de nuestro tiempo, no deduzcamos consecuencia alguna por cuanto se refiere al futuro del mundo. En cambio, está bien detenerse en esta frase del Evangelio de hoy. Para vivir bien el recuerdo del nacimiento de Cristo, es necesario tener muy clara en la mente la verdad sobre la venida última de Cristo; sobre ese adviento último. Y cuando el Señor Jesús dice: “Estad atentos… de repente vendrá aquel día sobre vosotros como un lazo” (Lc 21, 34), entonces justamente nos damos cuenta de que El habla aquí no sólo del último día de todo el mundo humano, sino también del último día de cada hombre. Ese día que cierra el tiempo de nuestra vida sobre la tierra y abre ante nosotros la dimensión de la eternidad, es también el Adviento. En ese día vendrá el Señor a nosotros, como redentor y juez.

4. Así, pues, como vemos, es múltiple el significado del Adviento, que, como tiempo litúrgico, comienza con este domingo. Pero parece que sobre todo el primero de los cuatro domingos de este período quiere hablarnos con la verdad del “pasar”, a que están sometidos el mundo y el hombre en el mundo. Nuestra vida en el mundo es un pasar, que inevitablemente conduce al término. Sin embargo, la Iglesia quiere decirnos —y lo hace con toda perseverancia—que este pasar y ese término son al mismo tiempo adviento: no sólo pasamos, sino que al mismo tiempo nos preparamos. Nos preparamos al encuentro con El.

La verdad fundamental sobre el Adviento es, al mismo tiempo, seria y gozosa. Es seria: vuelve a sonar en ella el mismo “velad” que hemos escuchado en la liturgia de los últimos domingos del año litúrgico. Y es, al mismo tiempo, gozosa: efectivamente, el hombre no vive “en el vacío” (la finalidad de la vida del hombre no es “el vacío”). La vida del hombre no es sólo un acercarse al término, que junto con la muerte del cuerpo significaría el aniquilamiento de todo el ser humano. El Adviento lleva en sí la certeza de la indestructibilidad de este ser. Si repite: “Velad y orad…” (Lc 21, 36), lo hace para que podamos estar preparados a “comparecer ante el Hijo del hombre” (Lc 21, 36).

5. De este modo el Adviento es también el primero y fundamental tiempo de elección; aceptándolo, participando en él, elegimos el sentido principal de toda la vida. Todo lo que sucede entre el día del nacimiento y el de la muerte de cada uno de nosotros, constituye, por decirlo así, una gran prueba: el examen de nuestra humanidad. Y por eso la ardiente llamada de San Pablo en la segunda lectura de hoy: la llamada a potenciar el amor, a hacer firmes e irreprensibles nuestros corazones en la santidad; la invitación a toda nuestra manera de comportarnos (en lenguaje de hoy se podría decir “a todo el estilo de vida”), a la observancia de los mandamientos de Cristo. El Apóstol enseña: si debemos agradar a Dios, no podemos permanecer en el estancamiento, debemos ir adelante, esto es, “para adelantar cada vez más” (1 Tes 4, 1). Y efectivamente es así. En el Evangelio hay una invitación al progreso. Hoy todo el mundo está lleno de invitaciones al progreso. Nadie quiere ser un “no-progresista”. Sin embargo, se trata de saber de qué modo se debe y se puede “ser progresista”, y en qué consiste el verdadero progreso. No podemos pasar tranquilamente por alto estas preguntas. El Adviento comporta el significado más profundo del progreso. El Adviento nos recuerda cada año que la vida humana no puede ser un estancamiento. Debe ser un progreso. El Adviento nos indica en qué consiste este progreso.

6. Y por esto esperamos el momento del nuevo Nacimiento de Cristo en la liturgia. Porque El es quien (como dice el Salmo de hoy) “enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes” (Sal 24 [25], 8-9).

Y por tanto hacia El, que vendrá —hacia Cristo—, nos dirigimos con plena confianza y convicción. Y le decimos:

Guía! ¡Guíame en la verdad! ¡Guíanos en la verdad!

Guía, oh Cristo, en la verdad
a los padres y a las madres
de familia de la parroquia:
estimulados y fortificados
por la gracia sacramental del matrimonio
y conscientes de ser en la tierra
el signo visible de tu indefectible amor a la Iglesia,
sepan ser serenos y decididos
para afrontar con coherencia evangélica
las responsabilidades de la vida conyugal
y de la educación cristiana de los hijos.

Guía, oh Cristo, en la verdad
a los jóvenes de la parroquia:
que no se dejen atraer por nuevos ídolos,
como el consumismo a ultranza,
el bienestar a cualquier costo,
el permisivismo moral, la violencia contestataria,
sino que vivan con alegría tu mensaje,
que es el mensaje de las bienaventuranzas,
el mensaje del amor a Dios y al prójimo,
el mensaje del compromiso moral
para la transformación auténtica de la sociedad.

Guía, oh Cristo, en la verdad
a todos los fieles
de la parroquia:
que la fe cristiana anime toda su vida
y los haga convertirse, frente al mundo,
en valientes testigos de tu misión de salvación,
en miembros conscientes y dinámicos de la Iglesia,
contentos de ser hijos de Dios
y hermanos contigo de todos los hombres.

¡Guíanos, oh Cristo, en la verdad! ¡Siempre!

Homilía (30-11-1997): Velar y orar

MISA DE INAUGURACIÓN DEL SEGUNDO AÑO DE PREPARACIÓN PARA EL JUBILEO DEL AÑO 2000.
I domingo de Adviento, 30 de noviembre de 1997.

1.«Velad, pues, en todo tiempo y orad, para que podáis (…) comparecer ante el Hijo del Hombre» (Lc 21, 36).

Estas palabras de Cristo, recogidas en el evangelio de san Lucas, nos introducen en el significado profundo de la liturgia que estamos celebrando. En este primer domingo de Adviento, que marca el comienzo del segundo año de preparación inmediata para el jubileo del año 2000, resuena más viva y actual que nunca la exhortación a velar y orar, a fin de estar preparados para el encuentro con el Señor.

Nuestro pensamiento va, ante todo, al encuentro de la próxima Navidad, cuando, una vez más, nos arrodillaremos ante la cuna del Salvador recién nacido. Pero también pensamos en la gran fecha del año 2000, en la que toda la Iglesia revivirá con intensidad muy particular el misterio de la Encarnación del Verbo. Estamos invitados a apresurar el paso hacia esa meta, dejándonos guiar, sobre todo durante el presente año litúrgico, por la luz del Espíritu Santo. En efecto, se incluye «entre los objetivos primarios de la preparación del Jubileo el reconocimiento de la presencia y de la acción del Espíritu, que actúa en la Iglesia » (Tertio millennio adveniente, 45).

2.La Iglesia que está en Roma se reúne hoy en esta basílica también por otro motivo: la entrega de la cruz a los misioneros y a las misioneras que asumen la tarea de anunciar el Evangelio en los diversos ambientes de la metrópoli.

Hemos escuchado las palabras del apóstol Pablo: «Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos» (1 Ts 3, 12). Precisamente con este deseo el Obispo de Roma os entrega la cruz a todos vosotros, queridos misioneros y misioneras, y a vuestras comunidades parroquiales. ¿No es este, acaso, el secreto del éxito de la misión ciudadana? Jesús mismo asoció al amor mutuo de sus discípulos la eficacia de su anuncio evangélico: «Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea» (Jn 17, 21).

El éxito de la misión depende de la intensidad del amor. La tercera persona de la santísima Trinidad es el Amor subsistente. ¿Quién mejor que él puede infundir el amor en nuestro corazón? (cf. Rm 5, 5). Por eso, es providencial la coincidencia entre la apertura del segundo año de preparación del gran jubileo, dedicado al Espíritu Santo, y la entrega de la cruz a vosotros, que durante este año seréis protagonistas de la Misión en toda la ciudad. Os asegura una asistencia particular por parte del Espíritu Santo, en quien la misión reconoce a su protagonista primero e indiscutible.

3.«¡Abre la puerta a Cristo, tu Salvador! ». Esta invitación está en el centro de la misión ciudadana, pero debe resonar ante todo en nuestro corazón. Debemos ser los primeros en abrir la puerta de nuestra conciencia y de nuestra vida a Cristo salvador, volviéndonos dóciles a la acción del Espíritu, para conformarnos cada vez más al Señor. En efecto, no podemos anunciarlo sin reflejar su imagen, viva en nosotros por la gracia y la obra del Espíritu.

Queridos misioneros y misioneras, sentid un gran amor por las personas y las familias que encontréis. La gente tiene necesidad de amor, de comprensión y de perdón. Estad atentos y cercanos sobre todo a las familias que viven situaciones difíciles en el ámbito de la fe, del matrimonio o, incluso, de la pobreza y del sufrimiento. Que para cada familia de Roma vuestros gestos y vuestras palabras sean signos de la misericordia divina y de la acogida de la Iglesia. En la medida de vuestras posibilidades, conservad, también después de vuestra visita, una relación personal con las familias que encontréis y con cada uno de sus componentes.

Amad a la Iglesia, de la que sois miembros, y que os envía como misioneros. Enseñad a amarla con vuestra palabra y vuestro ejemplo. Compartid su pasión por la salvación de los hombres. Amad a la Iglesia, que es santa puesto que ha sido purificada por la sangre de Cristo derramada en la cruz.

¡También vosotros esforzaos por ser santos! Acoged la exhortación de san Pablo, que ha resonado en la segunda lectura, para que «os presentéis santos e irreprensibles» (1 Ts 3, 12). La llamada a la misión deriva de la llamada a la santidad. Responded a ella con generosidad. Abrid las puertas de vuestra vida al don del Espíritu Santo, el Santificador, que renueva la faz de la tierra y transforma los corazones de piedra en corazones de carne, capaces de amar como Cristo nos amó (cf. Jn 15, 12).

4.Al presentaros, en cada casa, a las familias de vuestras parroquias, podréis afirmar con el apóstol Pablo: he venido a vosotros débil, tímido y tembloroso, para anunciaros a Jesucristo, y éste crucificado (cf. 1 Co 2, 1-3). Esta sencillez en el anuncio, acompañada por el amor a las personas ante las que os presentáis, es la verdadera fuerza de vuestro servicio misionero. Frente a la resonancia persuasiva y atractiva de numerosos mensajes humanos que todos los días invaden la existencia de las personas, el Evangelio puede parecer, tal vez, débil y pobre a quien mira con superficialidad; pero, en realidad, es la palabra más poderosa y eficaz que puede pronunciarse, porque penetra en el corazón y, gracias a la acción misteriosa del Espíritu Santo, abre el camino de la conversión y del encuentro con Dios.

Deseo hacer mía la invitación del Apóstol a que crezcáis y os distingáis en el camino del bien: «Habéis aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios: pues proceded así y seguid adelante» (1 Ts 4, 1). En efecto, la misión debe constituir para cada parroquia la ocasión oportuna de iniciar una nueva relación con la gente del territorio, a fin de ser más capaces de llegar a todos con la propuesta de la fe, de estar más dispuestos a las exigencias y expectativas, y más presentes en el entramado diario de cada uno. Así, la parroquia podrá ser más auténtica en su generoso compromiso apostólico y misionero en favor de cuantos viven fuera de ella.

5.Queridos misioneros y misioneras de Roma, hoy os digo a vosotros lo que escribí a los jóvenes el pasado 8 de septiembre, invitándolos a estar dispuestos a acoger y ayudar a todos los que quieren acercarse a la fe y a la Iglesia. ¡Qué no se pierda ninguno de los que el Padre pone en nuestro camino! (cf. Carta a los jóvenes de Roma, n. 9: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 19 de septiembre de 1997, p. 2).

Os lo repito también a vosotros, sacerdotes y diáconos, para que reavivéis el don de Dios que está en vosotros por la imposición de las manos del obispo (cf. 2 Tm 1, 6). Con el amor y la preocupación del buen Pastor, id en búsqueda de cuantos se han alejado y esperan un gesto vuestro, una palabra vuestra, para poder redescubrir el amor de Dios y su perdón.

A vosotros, religiosos y religiosas, deseo indicaros que la misión es el terreno propicio para dar un testimonio fuerte de servicio gozoso al Evangelio. En particular, a las religiosas de vida contemplativa les pido que se sitúen en el corazón mismo de la misión con su constante oración de adoración y de contemplación del misterio de la cruz y de la resurrección.

A vosotros, queridos muchachos y muchachas, os digo una vez más: vuestra participación activa en la misión ciudadana es un don indispensable para la comunidad. Convertíos en protagonistas de la aventura más hermosa y entusiasmante, por la que vale la pena gastar la vida: la del anuncio de Cristo y de su Evangelio. Con vuestros dones y talentos, puestos a disposición del Señor, podéis y debéis contribuir a la obra de la salvación en nuestra amada ciudad.

Os renuevo la invitación también a vosotras, queridas familias cristianas, que poseéis el don de la fe y del amor; la invitación a vivir con empeño la llamada a la misión, ofreciendo vuestro servicio a las demás familias que viven en vuestro entorno, con amistad, solidaridad y valentía al proponer la verdad evangélica.

Os dirijo un saludo particular a vosotros, queridos enfermos, ancianos y personas solas. A vosotros se os ha confiado una tarea de gran importancia en la misión: ofrecer vuestras oraciones y vuestros sufrimientos diarios por el éxito de esta empresa apostólica, para que la gracia del Señor acompañe la visita de los misioneros a las familias, y abra y disponga a la conversión los corazones de quienes los acojan.

6.«Mirad que llegan días (…) en que cumpliré la promesa que hice» (Jr 33, 14). Mediante la acción del Espíritu, el Señor guía la historia de la salvación a lo largo de los siglos hasta su supremo cumplimiento.

«Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra». Como enviaste tu Espíritu sobre María, Virgen del Adviento, envíalo también sobre nosotros. ¡Envía tu Espíritu, oh Señor, sobre la ciudad de Roma y renueva su faz! Envía tu Espíritu sobre todo el mundo, que se prepara para entrar en el tercer milenio de la era cristiana.

Ayúdanos a acoger, como María, el don de tu presencia divina y de tu protección. Ayúdanos a ser dóciles a las sugerencias del Espíritu, para que podamos anunciar con valentía y celo apostólico al Verbo, que se hizo carne y puso su morada entre nosotros: Jesucristo, Dios hecho hombre, que nos ha redimido con su muerte y resurrección. Amén.

Homilía (03-12-2000): Adviento existencial

JUBILEO DE LAS PERSONAS DISCAPACITADAS.
Domingo 3 de diciembre de 2000

1.“Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación” (Lc 21, 28).

San Lucas, en el texto evangélico presentado a nuestra meditación en este primer domingo de Adviento, destaca el miedo que angustia a los hombres frente a los fenómenos finales. Pero, en contraste, el evangelista presenta con mayor relieve la perspectiva gozosa de la espera cristiana: “Entonces -dice- verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad” (Lc21, 27). Este es el anuncio que da esperanza al corazón del creyente; el Señor vendrá “con gran poder y majestad”. Por eso, se invita a los discípulos a no tener miedo, sino a levantarse y alzar la cabeza, “porque se acerca vuestra liberación” (Lc 21, 28).

Cada año la liturgia nos vuelve a recordar, al comienzo del Adviento, esta “buena nueva”, que resuena con extraordinaria elocuencia en la Iglesia. Es la buena nueva de nuestra salvación; es el anuncio de que el Señor está cerca; más aún, de que ya está con nosotros.

2. […] En vuestro cuerpo y en vuestra vida, amadísimos hermanos y hermanas [se dirige a enfermos y minusválidos], sois portadores de una fuerte esperanza de liberación. ¿No implica esto una espera implícita de la “liberación” que Cristo nos obtuvo con su muerte y su resurrección? En efecto, toda persona marcada por una discapacidad física o psíquica vive una especie de “adviento” existencial, la espera de una “liberación” que se manifestará plenamente, para ella como para todos, sólo al final de los tiempos. Sin la fe, esta espera puede transformarse en desilusión y desconsuelo; por el contrario, sostenida por la palabra de Cristo, se convierte en esperanza viva y activa.

3.”Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar a todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del hombre” (Lc 21, 36). La liturgia de hoy nos habla de la segunda venida del Señor; es decir, nos habla de la vuelta gloriosa de Cristo, que coincidirá con la que, con palabras sencillas, se llama “el fin del mundo”. Se trata de un acontecimiento misterioso que, en el lenguaje apocalíptico, presenta por lo general la apariencia de un inmenso cataclismo. Al igual que el fin de la persona, es decir, la muerte, el fin del universo suscita angustia ante lo desconocido y temor al sufrimiento, además de interrogantes turbadores sobre el más allá.

El tiempo de Adviento, que empieza precisamente hoy, nos insta a prepararnos para acoger al Señor que vendrá. Pero ¿cómo prepararnos? La significativa celebración que estamos realizando nos muestra que un modo concreto para disponernos a ese encuentro es la proximidad y la comunión con quienes, por cualquier motivo, se encuentran en dificultad. Al reconocer a Cristo en el hermano, nos disponemos a que él nos reconozca cuando vuelva definitivamente. Así la comunidad cristiana se prepara para la segunda venida del Señor: poniendo en el centro a las personas que Jesús mismo ha privilegiado, las personas que la sociedad a menudo margina y no considera.

4.Esto es lo que hemos hecho hoy, reuniéndonos en esta basílica para vivir la gracia y la alegría del jubileo junto con vosotros, que os encontráis en condiciones de discapacidad, y con vuestras familias. Con este gesto queremos hacer nuestras vuestras inquietudes y expectativas, vuestros dones y problemas.

En nombre de Cristo, la Iglesia se compromete a ser para vosotros cada vez más “casa acogedora”. Sabemos que el discapacitado -persona única e irrepetible en su dignidad igual e inviolable- no sólo requiere atención, sino ante todo amor que se transforme en reconocimiento, respeto e integración: desde el nacimiento, pasando por la adolescencia y hasta la edad adulta y el momento delicado, vivido con conmoción por muchos padres, en que se separan de sus hijos, el momento del “después de nosotros”. Queridos hermanos, queremos compartir vuestras pruebas y vuestros inevitables momentos de desaliento, para iluminarlos con la luz de la fe y con la esperanza de la solidaridad y del amor.

5.Con vuestra presencia, amadísimos hermanos y hermanas, reafirmáis que la minusvalidez no es sólo necesidad, sino también y sobre todo impulso y estímulo. Ciertamente, es petición de ayuda, pero ante todo es desafío frente a los egoísmos individuales y colectivos; es invitación a formas siempre nuevas de fraternidad. Con vuestra realidad, cuestionáis las concepciones de la vida vinculadas únicamente a la satisfacción, la apariencia, la prisa y la eficiencia.

También la comunidad eclesial se pone respetuosamente a la escucha; siente la necesidad de dejarse interpelar por la vida de muchos de vosotros, marcados misteriosamente por el sufrimiento y por el malestar de enfermedades congénitas o adquiridas. Quiere estar más cerca de vosotros y de vuestras familias, consciente de que la falta de atención agrava el sufrimiento y la soledad, mientras que la fe testimoniada mediante el amor y la gratuidad da fuerza y sentido a la vida.

A cuantos tienen responsabilidades políticas en todos los niveles, quisiera pedirles, en esta solemne circunstancia, que traten de asegurar condiciones de vida y oportunidades en las que vuestra dignidad, queridos hermanos y hermanas discapacitados, sea reconocida y tutelada efectivamente. En una sociedad rica en conocimientos científicos y técnicos, es posible y obligatorio hacer mucho más, según los diversos modos que exige la convivencia civil: en la investigación biomédica para prevenir la minusvalidez, en la atención, en la asistencia, en la rehabilitación y en la nueva integración social.

Se deben tutelar vuestros derechos civiles, sociales y espirituales; pero es más importante aún salvaguardar las relaciones humanas: relaciones de ayuda, de amistad y de comunión. Por eso hay que promover formas de asistencia y rehabilitación que tengan en cuenta la visión integral de la persona humana.

6.”Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos” (1 Ts 3, 12).
San Pablo nos indica hoy el camino de la caridad como camino real para ir al encuentro del Señor que vendrá. Subraya que sólo amando de modo sincero y desinteresado podremos encontrarnos preparados “cuando Jesús nuestro Señor vuelva acompañado de todos sus santos” (1 Ts 3, 13). Una vez más, el amor es el criterio decisivo, hoy y siempre.

En la cruz, entregándose a sí mismo como rescate por nosotros, Jesús realizó el juicio de la salvación, revelando el designio de misericordia del Padre. Él anticipa este juicio en el tiempo presente: al identificarse con “el más pequeño de los hermanos”, Jesús nos pide que lo acojamos y le sirvamos con amor. El último día nos dirá: “Tuve hambre, y me diste de comer” (cf. Mt 25, 35), y nos preguntará si hemos anunciado, vivido y testimoniado el evangelio de la caridad y de la vida.

7.¡Cuán elocuentes son hoy para nosotros estas palabras tuyas, Señor de la vida y de la esperanza! En ti todo límite humano se rescata y se redime. Gracias a ti, la minusvalidez no es la última palabra de la existencia. El amor es la última palabra; es tu amor lo que da sentido a la vida.

Ayúdanos a orientar nuestro corazón hacia ti; ayúdanos a reconocer tu rostro que resplandece en toda criatura humana, aunque esté probada por la fatiga, la dificultad y el sufrimiento.

Haz que comprendamos que “la gloria de Dios es el hombre que vive” (san Ireneo de Lyon, Adv. haer., IV, 20, 7), y que un día podamos gustar, en la visión divina, junto con María, Madre de la humanidad, la plenitud de la vida redimida por ti. Amén.

Benedicto XVI, papa

Homilía (02-12-2006): Dios viene… siempre.

CELEBRACIÓN DE LAS PRIMERAS VÍSPERAS DEL I DOMINGO DE ADVIENTO.
Basílica Vaticana, Sábado 2 diciembre 2006

Queridos hermanos y hermanas:

La primera antífona de esta celebración vespertina se presenta como apertura del tiempo de Adviento y resuena como antífona de todo el Año litúrgico: “Anunciad a todos los pueblos y decidles: Mirad, Dios viene, nuestro Salvador”. Al inicio de un nuevo ciclo anual, la liturgia invita a la Iglesia a renovar su anuncio a todos los pueblos y lo resume en dos palabras: “Dios viene”. Esta expresión tan sintética contiene una fuerza de sugestión siempre nueva.

Detengámonos un momento a reflexionar: no usa el pasado —Dios ha venido— ni el futuro, —Dios vendrá—, sino el presente: “Dios viene”. Como podemos comprobar, se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que se realiza siempre: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá también en el futuro. En todo momento “Dios viene”.

El verbo “venir” se presenta como un verbo “teológico”, incluso “teologal”, porque dice algo que atañe a la naturaleza misma de Dios. Por tanto, anunciar que “Dios viene” significa anunciar simplemente a Dios mismo, a través de uno de sus rasgos esenciales y característicos: es el Dios-que-viene.

El Adviento invita a los creyentes a tomar conciencia de esta verdad y a actuar coherentemente. Resuena como un llamamiento saludable que se repite con el paso de los días, de las semanas, de los meses: Despierta. Recuerda que Dios viene. No ayer, no mañana, sino hoy, ahora. El único verdadero Dios, “el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob” no es un Dios que está en el cielo, desinteresándose de nosotros y de nuestra historia, sino que es el Dios-que-viene.

Es un Padre que nunca deja de pensar en nosotros y, respetando totalmente nuestra libertad, desea encontrarse con nosotros y visitarnos; quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Viene porque desea liberarnos del mal y de la muerte, de todo lo que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos.

Los Padres de la Iglesia explican que la “venida” de Dios —continua y, por decirlo así, connatural con su mismo ser— se concentra en las dos principales venidas de Cristo, la de su encarnación y la de su vuelta gloriosa al fin de la historia (cf. San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 15, 1: PG 33, 870). El tiempo de Adviento se desarrolla entre estos dos polos. En los primeros días se subraya la espera de la última venida del Señor, como lo demuestran también los textos de la celebración vespertina de hoy.

En cambio, al acercarse la Navidad, prevalecerá la memoria del acontecimiento de Belén, para reconocer en él la “plenitud del tiempo”. Entre estas dos venidas, “manifiestas”, hay una tercera, que san Bernardo llama “intermedia” y “oculta”: se realiza en el alma de los creyentes y es una especie de “puente” entre la primera y la última. “En la primera —escribe san Bernardo—, Cristo fue nuestra redención; en la última se manifestará como nuestra vida; en esta es nuestro descanso y nuestro consuelo” (Discurso 5 sobre el Adviento, 1).

Para la venida de Cristo que podríamos llamar “encarnación espiritual”, el arquetipo siempre es María. Como la Virgen Madre llevó en su corazón al Verbo hecho carne, así cada una de las almas y toda la Iglesia están llamadas, en su peregrinación terrena, a esperar a Cristo que viene, y a acogerlo con fe y amor siempre renovados.

Así la Liturgia del Adviento pone de relieve que la Iglesia da voz a esa espera de Dios profundamente inscrita en la historia de la humanidad, una espera a menudo sofocada y desviada hacia direcciones equivocadas. La Iglesia, cuerpo místicamente unido a Cristo cabeza, es sacramento, es decir, signo e instrumento eficaz también de esta espera de Dios.

De una forma que sólo él conoce, la comunidad cristiana puede apresurar la venida final, ayudando a la humanidad a salir al encuentro del Señor que viene. Y lo hace ante todo, pero no sólo, con la oración. Las “obras buenas” son esenciales e inseparables de la oración, como recuerda la oración de este primer domingo de Adviento, con la que pedimos al Padre celestial que suscite en nosotros “el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras”.

Desde esta perspectiva, el Adviento es un tiempo muy apto para vivirlo en comunión con todos los que esperan en un mundo más justo y más fraterno, y que gracias a Dios son numerosos. En este compromiso por la justicia pueden unirse de algún modo hombres de cualquier nacionalidad y cultura, creyentes y no creyentes, pues todos albergan el mismo anhelo, aunque con motivaciones distintas, de un futuro de justicia y de paz.

La paz es la meta a la que aspira la humanidad entera. Para los creyentes “paz” es uno de los nombres más bellos de Dios, que quiere el entendimiento entre todos sus hijos, como he recordado en mi peregrinación de los días pasados a Turquía. Un canto de paz resonó en los cielos cuando Dios se hizo hombre y nació de una mujer, en la plenitud de los tiempos (cf. Ga 4, 4).

Así pues, comencemos este nuevo Adviento —tiempo que nos regala el Señor del tiempo— despertando en nuestros corazones la espera del Dios-que-viene y la esperanza de que su nombre sea santificado, de que venga su reino de justicia y de paz, y de que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo.

En esta espera dejémonos guiar por la Virgen María, Madre del Dios-que-viene, Madre de la esperanza, a quien celebraremos dentro de unos días como Inmaculada. Que ella nos obtenga la gracia de ser santos e inmaculados en el amor cuando tenga lugar la venida de nuestro Señor Jesucristo, al cual, con el Padre y el Espíritu Santo, sea alabanza y gloria por los siglos de los siglos.

Amén.

Ángelus (03-12-2006): Espera vigilante y activa

I domingo de Adviento. 3 de diciembre de 2006

3. En Adviento la liturgia con frecuencia nos repite y nos asegura, como para vencer nuestra natural desconfianza, que Dios “viene”: viene a estar con nosotros, en todas nuestras situaciones; viene a habitar en medio de nosotros, a vivir con nosotros y en nosotros; viene a colmar las distancias que nos dividen y nos separan; viene a reconciliarnos con él y entre nosotros. Viene a la historia de la humanidad, a llamar a la puerta de cada hombre y de cada mujer de buena voluntad, para traer a las personas, a las familias y a los pueblos el don de la fraternidad, de la concordia y de la paz.

4. Por eso el Adviento es, por excelencia, el tiempo de la esperanza, en el que se invita a los creyentes en Cristo a permanecer en una espera vigilante y activa, alimentada por la oración y el compromiso concreto del amor. Ojalá que la cercanía de la Navidad de Cristo llene el corazón de todos los cristianos de alegría, de serenidad y de paz.

5. Para vivir de modo más auténtico y fructuoso este período de Adviento, la liturgia nos exhorta a mirar a María santísima y a caminar espiritualmente, junto con ella, hacia la cueva de Belén. Cuando Dios llamó a la puerta de su joven vida, ella lo acogió con fe y con amor. Dentro de pocos días la contemplaremos en el luminoso misterio de su Inmaculada Concepción. Dejémonos atraer por su belleza, reflejo de la gloria divina, para que “el Dios que viene” encuentre en cada uno de nosotros un corazón bueno y abierto, que él pueda colmar de sus dones.

Homilía (01-12-2012): Dios se inclina hacia nosotros

ENCUENTRO CON LOS UNIVERSITARIOS DE LOS ATENEOS ROMANOS Y DE LAS UNIVERSIDADES PONTIFICIAS
Basílica Vaticana, Sábado 1 de diciembre de 2012

«El que os llama es fiel» (1 Ts 5, 24).

Queridos amigos universitarios:

Las palabras del apóstol Pablo nos guían para captar el verdadero significado del Año litúrgico, que esta tarde comenzamos juntos con el rezo de las primeras Vísperas de Adviento. Todo el camino del año de la Iglesia está orientado a descubrir y a vivir la fidelidad del Dios de Jesucristo que en la cueva de Belén se nos presentará, una vez más, con el rostro de un niño. Toda la historia de la salvación es un itinerario de amor, de misericordia y de benevolencia: desde la creación hasta la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, desde el don de la Ley en el Sinaí hasta el regreso a la patria de la esclavitud babilónica. El Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob ha sido siempre el Dios cercano, que jamás ha abandonado a su pueblo. Muchas veces ha sufrido con tristeza su infidelidad y esperado con paciencia su regreso, siempre en la libertad de un amor que precede y sostiene al amado, atento a su dignidad y a sus expectativas más profundas.

Dios no se ha encerrado en su Cielo, sino que se ha inclinado sobre las vicisitudes del hombre: un misterio grande que llega a superar toda espera posible. Dios entra en el tiempo del hombre del modo más impensable: haciéndose niño y recorriendo las etapas de la vida humana, para que toda nuestra existencia, espíritu, alma y cuerpo —como nos ha recordado san Pablo— pueda conservarse irreprensible y ser elevada a las alturas de Dios. Y todo esto lo hace por su amor fiel a la humanidad. El amor, cuando es verdadero, tiende por su naturaleza al bien del otro, al mayor bien posible, y no se limita a respetar simplemente los compromisos de amistad asumidos, sino que va más allá, sin cálculo ni medida. Es precisamente lo que ha realizado el Dios vivo y verdadero, cuyo misterio profundo nos lo revelan las palabras de san Juan: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8. 16). Este Dios en Jesús de Nazaret asume en sí toda la humanidad, toda la historia de la humanidad, y le da un viraje nuevo, decisivo, hacia un nuevo ser persona humana, caracterizado por el ser generado por Dios y por el tender hacia Él (cf. La infancia de Jesús, ed. Planeta 2012, p. 19).

Con especial afecto os saludo a vosotros, queridos jóvenes universitarios… Estáis viviendo el tiempo de preparación para las grandes elecciones de vuestra vida y para el servicio en la Iglesia y en la sociedad. Esta tarde podéis experimentar que no estáis solos: están con vosotros los profesores, los capellanes universitarios, los animadores de los colegios. ¡El Papa está con vosotros! … Es posible caminar en la oración, en la investigación, en la confrontación, en el testimonio del Evangelio. Es un don valioso para vuestra vida; sabed verlo como un signo de la fidelidad de Dios, que os ofrece ocasiones para conformar vuestra existencia a la de Cristo, para dejaros santificar por Él hasta la perfección (cf. 1 Ts 5, 23). El año litúrgico que iniciamos con estas Vísperas será también para vosotros el camino en el que una vez más reviviréis el misterio de esta fidelidad de Dios, sobre la que estáis llamados a fundar, como sobre una roca segura, vuestra vida. Celebrando y viviendo con toda la Iglesia este itinerario de fe, experimentaréis que Jesucristo es el único Señor del cosmos y de la historia, sin el cual toda construcción humana corre el riesgo de frustrarse en la nada. La liturgia, vivida en su verdadero espíritu, es siempre la escuela fundamental para vivir la fe cristiana, una fe «teologal», que os implica en todo vuestro ser —espíritu, alma y cuerpo— para convertiros en piedras vivas en la construcción de la Iglesia y en colaboradores de la nueva evangelización. En la Eucaristía, de modo particular, el Dios vivo se hace tan cercano que se convierte en alimento que sostiene el camino, presencia que transforma con el fuego de su amor.

Queridos amigos, vivimos en un contexto en el que a menudo encontramos la indiferencia hacia Dios. Pero pienso que en lo profundo de cuantos viven la lejanía de Dios —también entre vuestros coetáneos— hay una nostalgia interior de infinito, de trascendencia. Vosotros tenéis la misión de testimoniar en las aulas universitarias al Dios cercano, que se manifiesta también en la búsqueda de la verdad, alma de todo compromiso intelectual… La fe es la puerta que Dios abre en nuestra vida para conducirnos al encuentro con Cristo, en quien el hoy del hombre se encuentra con el hoy de Dios. La fe cristiana no es adhesión a un dios genérico o indefinido, sino al Dios vivo que en Jesucristo, Verbo hecho carne, ha entrado en nuestra historia y se ha revelado como el Redentor del hombre. Creer significa confiar la propia vida a Aquel que es el único que puede darle plenitud en el tiempo y abrirla a una esperanza más allá del tiempo.

Queridos amigos, «el que os llama es fiel, y Él lo realizará» (1 Ts 5, 24); hará de vosotros anunciadores de su presencia. En la oración de esta tarde encaminémonos idealmente hacia la cueva de Belén para gustar la verdadera alegría de la Navidad: la alegría de acoger en el centro de nuestra vida, a ejemplo de la Virgen María y de san José, a ese Niño que nos recuerda que los ojos de Dios están abiertos sobre el mundo y sobre todo hombre (cf. Zc 12, 4). ¡Los ojos de Dios están abiertos sobre nosotros porque Él es fiel a su amor! Sólo esta certeza puede conducir a la humanidad hacia metas de paz y de prosperidad, en este momento histórico delicado y complejo…

A María, Trono de Sabiduría, os encomiendo a todos vosotros y a vuestros seres queridos… Que las lámparas que llevaréis a vuestras capellanías estén siempre alimentadas por vuestra fe humilde pero plena de adoración, para que cada uno de vosotros sea una luz de esperanza y de paz en el ambiente universitario. Amén.

Congregación para el Clero

Jr 33,14-16

1Th 3,12-4,2

Lc 21,25-28.34-36

«Estad prevenidos y orad incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que va a ocurrir. Así podréis comparecer seguros ante el Hijo del hombre » (Lc 21,36).

La recomendación de Cristo nos introduce en el Tiempo de Adviento, en un nuevo Año Litúrgico de la Iglesia, es decir, en el tiempo de gracia en el que somos guiados para encontrar, conocer y reconocer al Misterio: dentro de menos de un mes, adoraremos al Niño que estará en los brazos de una joven israelita, la Bienaventurada y siempre Virgen María.

¿Por qué la Iglesia, al comenzar un nuevo Año de gracia, nos hace escuchar esta página del Evangelio? El Señor, en efecto, pronunció estas palabras que, a primera vista, poco tienen que ver con la delicadeza y la armonía del Misterio de la Navidad. Son palabras que, si las tomáramos en serio, tendrían que “aterrorizarnos”, puesto que aseguran el final de las cosas de este mundo, a las que cada día dedicamos mucha atención. Son palabras que nos hablan de que al final de los tiempos –sólo Dios sabe cuándo y cómo será- un solo “hecho”, una sola evidencia, como una “trampa”, «sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra » (Lc 21,35).

¿De qué hecho se trata? «Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria » (Lc 21,27).

En aquel momento, todo lo que era apenas un “reflejo”, se desvanecerá, para dejarle espacio a la Luz verdadera. La sombra cederá el lugar al Día, el tiempo a la Eternidad, y nuestros corazones permanecerán para siempre exactamente en la actitud que tenían un instante antes de que todo esto suceda: si estaban dirigidos a la Luz, serán liberados de todo afán, para pertenecer solamente a Cristo, en el abrazo eterno del Paraíso; si, en cambio, estaban dirigidos al “reflejo”, en vez de a la Fuente de la Luz, de la cual también provenía el reflejo, al despuntar el Día sin atardecer, cuando sea la aparición del Hijo del hombre, se replegarán sobre la propia sombra y no podrán acoger el abrazo misericordioso de Cristo.

¿Cómo deberemos prepararnos para este Día? ¿Y cómo vivir este tiempo de espera, sin angustias ni temores? ¿Cómo vivir este tiempo en la sobreabundancia de amor que nos señala el Apóstol: «El Señor os haga crecer cada vez más en el amor mutuo y hacia todos los demás, semejante al que nosotros tenemos por vosotros. Que Él fortaleza vuestros corazones en la santidad y os haga irreprochables delante de Dios, nuestro Padre, el Día de la Venida del Señor Jesús con todos sus santos» (1 Ts 3,12)? ¿Cómo vivir todo esto?

Escuchemos una vez más las palabras del Salvador: «Vigilad en todo momento orando» (Lc 21,36). Cristo nos indica el modo: vigilar, orando.

Sobre todo, nos llama a “vigilar” en todo momento, es decir, a permanecer “despiertos”. ¿En qué sentido? Si bien en la Iglesia hay hombres y mujeres que “materialmente” vigilan, es decir, que sacrifican horas de sueño para dedicarse a la oración en el corazón de la noche y, de este modo, interceden por todos los hombres –son los monjes y las monjas y, con ellos, tantas vidas preciosas que en el sufrimiento ofrecen y rezan y que son realmente “antorchas de fe” en la oscuridad- la “vigilia” a la que Cristo nos llama es, antes que esto, mirar la realidad.

En efecto, el que vigila no duerme. El que vigila no vive recluido en sí mismo y separado de la realidad, sino que vive “hasta el fondo”, sin “fugas”, recibiendo cuanto de “doloroso” o “indeseado” pueda depararle la historia.

Cristo nos indica, además, el modo en el que debemos vigilar: rezando, o sea, mirando el corazón de la realidad, mirando al fundamento de todo, al Misterio del cual todo proviene, nosotros incluidos, y hacia el cual todo tiende. Vigilamos, rezando, mirando hasta el fondo la realidad y rogando que Él venga, que el Misterio nos enseñe su rostro y nos tome de la mano.

Ningún sueño artificial, ningún pálido reflejo, ninguna falsa preocupación podrán de verdad calmar el íntimo deseo de nuestro corazón. ¡Vigilemos y recemos! Y entonces nos contaremos entre aquellos que escucharán las palabras del Ángel: «Os anuncio una gran alegría, que será para todo el pueblo: hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es el Cristo, el Señor » (Lc 2,10-11). Entonces iremos con los pastores a la gruta de Belén y allí podremos sumergir el corazón en la contemplación del Misterio hecho Niño, crecer con Él, confiar en Él y no perderlo más de vista, hasta el Día en que vendrá glorioso con sus Santos, a llevarnos con Él para siempre.

A la Santísima Virgen María, que antes y más que todas las criaturas, vivió esta cotidiana y orante vigilia en la presencia del Misterio, le pedimos la gracia de no distraernos con disipaciones, embriagueces y preocupaciones de la vida (cf. Lc 21,34), sino que nuestros corazones sean irreprensibles en santidad, delante de Dios nuestro Padre, en el momento de la venida de nuestro Señor Jesucristo (cf. Ts 3,13). Amén.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

Breve comentario: Se acerca vuestra liberación.

«Se salvará Judá». Es notable que la mayor parte de los textos bíblicos de la liturgia de Adviento nos hablan de la salvación del pueblo entero. «Cumpliré mi promesa que hice a la casa de Israel». Hemos de ensanchar nuestro corazón y dejar que se dilate nuestra esperanza al empezar el Adviento. Debemos evitar reducir o empequeñecer la acción de Dios: nuestra mirada debe abarcar a la Iglesia entera, que se extiende por todo el mundo. No podemos conformarnos con menos de lo que Dios quiere darnos.

«Santos e irreprensibles». Lo mismo hemos de tener presente en cuanto a la intensidad de la esperanza. Si Cristo viene no es sólo para mejorarnos un poco, sino para hacernos partícipes de la santidad misma de Dios. Y esta obra suya de salvación quiere ser tan poderosa que se manifestará ante todo el mundo que él es nuestra santidad, que no somos santos por nuestras fuerzas, sino por la gracia suya, hasta el punto de que a la Iglesia se le pueda dar el nombre de «Señor-nuestra-justicia».

«Se acerca vuestra liberación». Toda venida de Cristo es siempre liberadora, redentora. Viene para arrancamos de la esclavitud de nuestros pecados. Por eso, nuestra esperanza se convierte en deseo apremiante, en anhelo incontenible, exactamente igual que el prisionero que contempla cercano el día de su liberación. La auténtica esperanza nos pone en marcha y desata todas nuestras energías.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo I: Adviento-Navidad, Fundación Gratis Date.

Sobre el recuerdo del pasado se nos invita a vivir con autenticidad cristiana el presente y a tomar en serio nuestra vocación de eternidad. El cristiano es siempre un creyente proyectado a la eternidad, pero viviendo su responsabilidad de cada día, como elegido de Cristo y testigo de su intimidad, marcado para Él por la santidad y el Evangelio.

Jer 33,14-16: Suscitaré a David un vástago legítimo. A pesar de la degradación y las desviaciones de los hombres, Dios se muestra fiel a su promesa mesiánica. El Mesías sería el vástago legítimo de la estirpe de David, su hijo conviviendo con los hombres. La voluntad y la disponibilidad de Dios para ofrecer una y otra vez su gracia, pese a las prevaricaciones del hombre, es permanente en la Biblia. Dios vive y desde que creó al hombre, vive siempre atento a él. Dios busca y quiere salvar al hombre. En toda la historia de la salvación Dios aparece como el fiel cumplidor de sus promesas. Ellas se cumplen en la plenitud de los tiempos, cuando vino Cristo, el Salvador.

Con el Salmo 24 decimos: A Ti, Señor, levanto mi alma. A Él pedimos que nos enseñe sus caminos, que nos instruya en sus sendas, que caminemos con lealtad. El Señor es bueno y recto. Enseña el camino a los pecadores. Hace caminar a los humildes con rectitud. Sus sendas son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza y sus mandatos. El Señor se confía con sus fieles y les da a conocer su alianza.

1 Tesalonicenses 3,12–4,2: Que el Señor os fortalezca interiormente, para cuando Jesús vuelva. La voluntad de Dios es nuestra santificación. Nuestra autenticidad cristiana consiste en vivir cada día de modo que logremos llegar irreprensibles al juicio de Dios para poseer su Reino eternamente. Para el cristiano no existe otra finalidad para su vida y su actividad responsable que servir y amar a Dios con gozo, y, por lo mismo, estar siempre disponible a los demás, como Dios quiere. Los unos para los otros, pero como Dios lo quiere, a la manera de Cristo.

Todos los tipos de liberación y promoción humana que excluyen la perspectiva trascendente y sobrenatural son nocivos para el cristiano, y también lo son para los demás hombres. Nuestra salvación total es por Dios y es Dios. Toda liberación de los hombres ha de llevar esta impronta de la fe, que solo en Dios por Cristo consigue la realización plena del hombre.

Lucas 21,25-28.34-36: Se acerca vuestra liberación. Cada día nos acercamos un poco más al momento de nuestro encuentro definitivo con Cristo. La espera de un futuro da sentido al tiempo presente y lo pone en tensión. La vida del cristiano es de constante tensión. No obstante los múltiples programas y proyectos para la vida, al fin se da uno cuenta de que el hombre no puede salvarse por sí mismo.

Cuanto más el hombre se da cuenta de la pobreza de sus medios y de la amargura de los acontecimientos, tanto más siente la necesidad de otro superior a él que lo salve. El cristiano conoce esto. En sus limitaciones, pecados y miserias advierte la necesidad de Cristo Salvador. Por eso, con la Iglesia en su liturgia clama en este tiempo: ¡Ven Señor, no tardes!

Oigamos a San Cirilo de Jerusalén:

«El Salvador vendrá, pero no para ser juzgado de nuevo, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que mientras era juzgado guardó silencio, refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz, y les dirá: “Esto hicisteis vosotros y yo callé”.

«Entonces, por razones de clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en ese otro momento futuro, lo quieran o no, los hombres tendrá que someterse necesariamente a su reinado» (Catequesis 15).

Iluminados, pues, por la fe y llamados al encuentro con Cristo en la eternidad, hemos de vivir cada día con la gozosa esperanza de su victoria definitiva, que será la nuestra, y hemos de irradiar nuestra esperanza con nuestra vida en torno de nosotros, para que a todos alcance la luz de Cristo, su mensaje de salvación y la realidad de su eficacia.

Homilías en Italiano para posterior traducción

Homilía (01-12-1985)

VISITA ALLA PARROCCHIA ROMANA DI SAN GIROLAMO A CORVIALE.
I Domenica di Avvento, 1° dicembre 1985.

1. “Allora vedranno il Figlio dell’uomo” (Lc 21, 27). La Chiesa inizia nella domenica odierna il suo anno liturgico. L’Avvento orienta il nostro pensiero al “principio”; perché il principio, il mistero della creazione, significa, allo stesso tempo, la primissima venuta di Dio.

Il principio indica il termine.

Il Vangelo odierno parla dei segni del trapasso del mondo. Dei segni della distruzione. Ciò che subisce la distruzione – ciò che passa – si orienta al termine.

Così dunque la prima domenica d’Avvento ci porta a pensare al “principio” e al “termine”.

In tutto il mondo visibile è inscritto il mistero del trapasso. Il mistero della morte. L’uno e l’altro sono una realtà evidente. Nessuno dubita che le cose di quaggiù subiscono la distruzione e che, così, trapassa il mondo visibile.

Nessuno dubita che l’uomo in questo mondo muore, e così trapassa l’uomo. Attraverso il passare del mondo, attraverso la morte dell’uomo si svela Dio, colui che non passa. Egli non è sottomesso al tempo. È eterno. È colui che in pari tempo “è, era e viene” (cf. Ap 1, 8).

L’Avvento è innanzitutto il ricordo dell’eternità di Dio.

2. Su questo sfondo dell’eternità e dell’onnipotenza di Dio, sullo sfondo del Principio e del Termine, cioè del mistero della creazione, la Chiesa ci invita, a partire dalla domenica odierna, ad aprirci di nuovo alla venuta di Dio.

Infatti, colui che è totalmente trascendente rispetto al mondo, come Spirito infinito, abbraccia in pari tempo tutto ciò che è creato e tutto ciò che respira: “. . . In lui infatti viviamo, ci muoviamo ed esistiamo” (At 17, 28).

Egli non è dunque soltanto fuori del mondo; non è soltanto nella sua inscrutabile Divinità. È in pari tempo nel mondo. Il mondo è pervaso dalla sua presenza. E tale presenza sempre parla della sua venuta, del suo venire. Così dunque Dio, come Creatore e Signore del mondo, da lui creato, viene eternamente a questo mondo che ha chiamato dal nulla all’esistenza.

Mantiene in esistenza tutto ciò che ha creato. È provvidenza. Il mondo ha in lui, in Dio, il suo definitivo destino. Ciò che esiste grazie alla potenza – all’onnipotenza – di Dio, esiste contemporaneamente per Dio.

Tutte le creature “proclamano la gloria di Dio” e in questo modo rendono testimonianza alla sua presenza. E dunque anche alla sua “Venuta”. L’Avvento di Dio è profondamente inscritto nell’esistenza stessa del mondo, nella sua permanenza e nel suo divenire.

Sempre viviamo in attesa “di ciò che dovrà accadere sulla terra”, come dice Cristo nel Vangelo di oggi (cf. Lc 21, 25-28. 34-36).

3. Contemporaneamente, tuttavia, nello stesso discorso, in cui indica la fine del mondo, i cataclismi, i segni della distruzione, e tutto ciò che provoca “angoscia di popoli” – nello stesso discorso il Cristo, rivolgendosi ai suoi ascoltatori di allora e di oggi – infatti sempre gli uomini ascoltano le sue parole – esclama: “Alzatevi e levate il capo, perché la vostra liberazione è vicina” (Lc 21, 28).

Queste parole sono la sfida propria dell’Avvento. In essa si riassume ciò che la parola “avvento” vuole dirci prima di tutto.

Ecco, Dio non è soltanto “fuori del mondo”.

Non soltanto il creato gli rende testimonianza, come al Creatore onnipotente. Non soltanto il divenire del mondo ci permette di pensare alla sua eternità.

Egli entra anche nella storia del mondo. Entra nel destino dell’uomo sulla terra. Gli uomini lo vedranno come “Figlio dell’uomo” (Lc 21, 27).

L’Avvento significa proprio tale venuta. Significa prima di tutto questo: venuta di Dio nella carne dell’uomo. Significa il mistero dell’Incarnazione.

“In quei giorni e in quel tempo farò germogliare per Davide un germoglio di giustizia” (Ger 33, 15).

“Redenzione” vuol dire proprio la presenza del Giusto in mezzo ai peccatori. L’Avvento si collega strettamente col mistero del peccato, entrato fin dall’inizio nella storia dell’uomo. Dio viene per operare la salvezza; “egli eserciterà il giudizio e la giustizia sulla terra” (Ger 33, 15).

4. Sappiamo della nascita di Gesù nella notte di Betlemme. Conosciamo la sua vita e la sua morte sulla croce: con la parola del suo Vangelo e, definitivamente, con la sua passione, morte e risurrezione egli ha promulgato la “legge e la giustizia” sulla terra.

“Alziamoci e leviamo il capo”: infatti in questa venuta del Giusto, nel suo mistero pasquale, si racchiude “la nostra salvezza”.

Avvento significa la venuta del Redentore; Figlio dell’uomo, nato nella notte di Betlemme. Egli da quel momento si inscrive nell’intera storia dell’uomo, dall’inizio alla fine.

La storia dell’uomo sulla terra non è solo il trapasso verso la morte. È una maturazione. Avvento quindi significa un’altra venuta del Figlio dell’uomo, come giudice alla fine del mondo.

È venuto per fecondare con la sua incarnazione la terra dell’umanità. Verrà per giudicare: per stabilire quale frutto avrà dato questa terra. Verrà per illuminare, alla fine, l’intimo delle coscienze e dei cuori.

In questo modo la storia dell’uomo sulla terra non è solo un passaggio verso la morte. È soprattutto una maturazione verso la verità del Giudizio. È una maturazione per la vita in Dio.

5. La liturgia della domenica odierna, che rianima nella coscienza della Chiesa la certezza dell’Avvento: della venuta di Dio, indica insieme a ciò, quale deve essere la risposta dell’uomo di fronte a questa realtà vicina e insieme ultima.

Così dunque:

bisogna che l’uomo “elevi la sua anima” (così come ci invita il Salmo responsoriale) (cf. Sal 25, 1):

“A te, Signore, elevo l’anima mia”.

Che cosa è questo elevare l’anima?

È soprattutto: imparare le vie di Dio.

“Guidami nella tua verità e istruiscimi” (Sal 25, 5), grida il Salmista. Perché Dio “addita la via giusta ai peccatori; guida gli umili secondo giustizia” (Sal 25, 8-9).

Su questa via Dio “fa conoscere la sua alleanza” (Sal 25, 14), e mediante questa alleanza diventano palesi per ognuno le “intenzioni” che Dio ha nei confronti dell’uomo. A queste intenzioni corrisponde la “grazia”: “i sentieri del Signore sono verità e grazia” (Sal 25, 10).

In tal modo il Salmo responsoriale chiarisce questo appello fondamentale dell’Avvento, che la Chiesa trova nelle parole del suo Signore, e indirizza a tutti.

“Vegliate e pregate ogni momento, perché abbiate la forza . . . di comparire davanti al Figlio dell’uomo” (Lc 21, 36).

6. Desidero ora salutare cordialmente tutti i presenti: il cardinale vicario, il vescovo del settore, mons. Remigio Ragonesi, il parroco don Franco Doga, i suoi collaboratori sacerdoti, il consiglio pastorale, i religiosi e le religiose opranti nell’ambito della parrocchia, i fedeli qui convenuti: le famiglie, i giovani, i fanciulli, gli anziani, i lavoratori. Un saluto affettuoso e benedicente ai sofferenti, ai poveri, a coloro che, per diversi motivi, sentono in modo particolarmente gravoso il peso della vita presente: o per la solitudine, o per la malattia, o per qualche ingiustizia subita o per qualche dolore di altro genere. A questi nostri fratelli, la speranza cristiana dell’avvento del Signore parla in un modo particolarmente luminoso ed eloquente. Alla loro preghiera affido in modo speciale i frutti apostolici, che mi attendo da questa mia visita pastorale tra voi.

Un saluto particolare, un plauso e una parola di incoraggiamento a tutti coloro, tra voi, che dedicano con speciale impegno alla diffusione della parola di Dio e all’educazione delle coscienze dei fanciulli, dei giovani e degli adulti. Vi esorto tutti – sacerdoti, religiosi, religiose e laici – ad intensificare con coraggio, pazienza e perseveranza il vostro impegno evangelizzatore, catechetico e missionario, nell’intento di trasmettere a un numero quanto maggiore possibile di anime quella fede che è ragione e forza morale della vostra vita.

Questa parrocchia possiede abbondanti forze spirituali per il conseguimento di tali scopi, soprattutto come personale religioso. Mi auguro che esso continui a sentire sempre viva la sua responsabilità di contribuire in pienezza, secondo il carisma del proprio Istituto, ad una sempre ulteriore crescita del regno di Dio nell’ambito della parrocchia. In tal modo, con l’aiuto del Signore e l’intercessione di San Girolamo, si giungerà certamente a un aumento della partecipazione delle persone alle pratiche religiose e alle opere caritative della comunità cristiana.

7. Un problema importante resta sempre infatti quello della minore presenza di coloro che danno un’esplicita testimonianza cristiana, rispetto al gran numero di abitanti che risiedono nella parrocchia. La linea da voi seguita di valorizzare la catechesi sacramentaria – in particolare quella dell’Eucaristia, della Confessione e della Cresima – è certamente encomiabile. Lodevole è anche l’attività di evangelizzazione delle famiglie, secondo un piano pastorale organizzato e sistematico. Questo impegno, portato avanti con perseveranza e spirito di sacrificio, non mancherà di dare i suoi frutti.

Vorrei esortarvi, inoltre, a utilizzare il più possibile le grandi occasioni per l’esercizio di un’autentica carità, che vi sono offerte non solo dalle strutture scolastiche, ma anche e soprattutto dalla presenza di due cliniche e due case di riposo per anziani. Sappiamo infatti quanto è importante e decisiva la presenza cristiana nella scuola, per consentire alla mente dei fanciulli e dei giovani di aprirsi alla verità e quindi a Cristo; e sappiamo anche quanto è determinante la testimonianza della carità verso i deboli e i sofferenti per rendere credibile il messaggio di fede che intendiamo annunciare!

Già nell’81, in occasione della missione predicata dai padri cappuccini, e quest’anno, per il XXV anniversario della fondazione della parrocchia, allorché vi è stata una predicazione straordinaria, avete potuto sperimentare gli effetti benefici di simili iniziative constatando, tra la gente, un aumento d’interesse per la vita cristiana. Questi fatti possono esservi di stimolo e d’incoraggiamento a favorire ogni possibile iniziativa atta a incrementare nella popolazione parrocchiale la fede e le virtù cristiane.

8. Gioisco, cari fratelli e sorelle, a motivo della visita odierna. Gioisco perché ho potuto insieme con voi iniziare l’Avvento; meditare il mistero collegato con questo importante periodo dell’anno liturgico; prepararmi insieme con voi alla venuta del Figlio dell’uomo nella notte di Betlemme, e nella prospettiva della chiamata definitiva di ognuno di noi da parte di Dio.

Concludo con le parole dell’apostolo Paolo:

“Il Signore poi vi faccia crescere e abbondare nell’amore vicendevole e verso tutti . . . per rendere saldi e irreprensibili i vostri cuori nella santità, davanti a Dio Padre nostro, al momento della venuta del Signore nostro Gesù con tutti i suoi santi” (1 Ts 3, 12-13).

Homilía (27-11-1988)

VISITA ALLA PARROCCHIA DI SANTA MELANIA JUNIORE
Domenica, 27 novembre 1988.

1. “Regem venturum Dominum venite adoremus”.
Con tale invocazione la Chiesa inizia la “preghiera delle ore” nella prima domenica dell’Avvento.
“Regem venturum . . .”
Una settimana fa la fine dell’anno liturgico è stata segnata dalla solennità di Cristo Re.

Questa solennità non soltanto chiude il ciclo di un anno liturgico, ma ne fa vedere anche la definitiva prospettiva: Cristo consegnerà l’intera umanità e, insieme con essa, tutte le creature al Padre come Regno di Dio. Il fine della creazione e della redenzione è che “Dio sia tutto in tutti” (1 Cor 15, 28).

Oggi ritorniamo di nuovo all’inizio.
Incomincia il nuovo ciclo liturgico della Chiesa. E questo inizio liturgico è nello stesso tempo un ricordo di quell’inizio che tutto il creato, e soprattutto l’uomo, ha avuto in Dio.

La fine “guarda”, per così dire, l’inizio – e l’inizio “guarda” la fine. Mediante la storia della creazione si sviluppa e si avvicina ciò che costituisce la sua realtà definitiva: il Regno di Dio. E perciò tutta la storia e un avvento.

2. Questa verità dell’Avvento nella storia dell’uomo viene espressa dal salmista:
“Fammi conoscere, Signore, le tue vie,
insegnami i tuoi sentieri.
Guidami nella tua verità e istruiscimi
perché sei tu il Dio della mia salvezza,
in te ho sempre sperato” (Sal 25 [24], 4-5).

Così dice l’uomo. Così prega l’uomo. Con tali parole esprime la verità circa l’avvento di Dio inscritta nel suo essere creato: nel suo cuore, nella sua coscienza.
Avrà questo grido una risposta?
Il salmista ne è certo della certezza che gli viene dalla sua fede; egli infatti proclama:
“Buono e retto è il Signore
la via dei giusti addita ai peccatori;
guida gli umili secondo giustizia,
insegna ai poveri le sue vie” (Sal 25 [24], 8-9).

Questa certezza deriva dal mistero dell’alleanza, che Dio ha concluso col popolo eletto e con l’umanità intera:
“Tutti i sentieri del Signore sono verità e grazia
per chi osserva il suo patto e i suoi precetti . . .
Il Signore si rivela a chi lo teme,
gli fa conoscere la sua alleanza” (Sal 25, 14).

3. Dio si rivela!
Questo rivelarsi di Dio all’uomo merita il nome di buona novella.
Il suo inizio – ciò che chiamiamo il “proto-vangelo” – è collegato all’inizio della storia dell’uomo nella divina rivelazione. È unito direttamente al primo peccato originale.

Il proto-vangelo si trova nel libro della Genesi, e la liturgia del prossimo 8 dicembre ci ricorderà le parole con le quali è stato espresso.
In queste parole il disegno di Dio assume la forma di una promessa.

4. Il Popolo d Dio dell’antica alleanza, Israele, portava dentro di sé il ricordo di tale promessa. Ha vissuto di essa e ha vissuto per essa. La sua storia divenne un’attesa storica.
“Ecco verranno giorni – oracolo del Signore – nei quali io realizzerò le promesse di bene che ho fatto alla casa di Israele ed alla casa di Giuda. In quei giorni e in quel tempo farò germogliare per Davide un germoglio di giustizia . . . In quei giorni Giuda sarà salvato” (Ger 33, 14-16).

Abbiamo ascoltato queste parole del profeta Geremia nella prima lettura. Esse testimoniano che nella storia del popolo eletto l’eterno disegno di Dio divenne promessa, l’avvento rivestì la sua forma storica e divenne attesa.
Iniziando il nostro Avvento liturgico entriamo in questa attesa del Popolo di Dio dell’antica alleanza. Benché essa appartenga già al passato, la facciamo nostra. La rendiamo attuale. Aspettiamo la notte della vigilia di Natale, in cui riviviamo la realizzazione della promessa di Dio.

5. Ma questo avvento si è già storicamente realizzato. Viviamo nella luce del Vangelo, cioè nel mistero rivelato da Dio all’umanità in Gesù Cristo.
Siamo suoi discepoli e seguaci. Siamo battezzati, cioè immersi, con la potenza dello Spirito Santo, nel mistero pasquale di Cristo: nella sua morte e risurrezione.

L’avvento ha per noi ancora un altro significato. Sappiamo che il Regno di Dio per opera di Cristo è già in noi e in mezzo a noi. E tuttavia non cessa di venire, per questo preghiamo insistentemente “venga il tuo Regno”. Cristo stesso ci ha insegnato questa preghiera.
E Cristo parla pure, nell’odierno Vangelo secondo san Luca, della venuta del Figlio dell’uomo e dei segni di quest’ultima venuta “con potenza e gloria grande” (Lc 21, 27), esortandoci con queste precise parole: “Quando cominceranno ad accadere queste cose, alzatevi e levate il capo, perché la vostra liberazione è vicina” (Lc 21, 28).

Questa liberazione, o redenzione, si è già compiuta, tuttavia essa deve compiersi ancora sino alla fine.
Questo non è già l’avvento storico, ma quello escatologico: noi tutti camminiamo verso le realtà ultime. Cristo ci mostra che la redenzione nella sua pienezza escatologica significa la realizzazione degli eterni destini dell’uomo (e del mondo) in Dio: quando Dio sarà “tutto in tutti” (cf. Redemptor Hominis, 10).

6. Nello spirito di questo avvento escatologico visse e testimoniò la fede cristiana santa Melania Juniore, che voi venerate come celeste patrona della vostra comunità parrocchiale. Nata a Roma nel quarto secolo dalla nobile ed illustre famiglia dei Valerii, non dubitò di abbandonare agiatezze ed onori per dedicarsi ad una vita di preghiera e di penitenza. Per entrare in più profonda intimità col Signore Gesù si ritirò prima in una villa suburbana e poi sul Monte degli Ulivi, a Gerusalemme, dove la nonna, che portava lo stesso nome, aveva fondato un monastero femminile. Nell’attesa dell’incontro finale col Signore, delizia dei santi, ella ne ripercorse gli itinerari terreni, visitando quei luoghi che furono testimoni del suo passaggio su quella Terra benedetta; contemplando i principali misteri della sua vita, specialmente la natività a Betlemme; la morte e risurrezione a Gerusalemme; l’ascensione sul monte degli Ulivi, dove trascorse quasi un trentennio, fino alla morte, e dove lasciò un ricordo incancellabile sia per l’esempio di perfezione evangelica, sia per le numerose elargizioni in favore dei poveri.

Ringrazio Iddio che mi ha concesso di celebrare questa prima domenica di Avvento del 1988 in mezzo a voi, cari fratelli e sorelle, e in questo quartiere di Casal Palocco che desidera far proprie le virtù della protettrice, la cui vita fu una costante attesa del Signore.

7. Unitamente al Cardinale vicario, Ugo Poletti, ed al Vescovo ausiliare del settore, monsignor Clemente Riva, saluto tutti voi qui presenti e tutti i vostri cari, che sono rimasti a casa. Saluto, in particolare, padre Bruno Moràs e i suoi collaboratori, religiosi della Congregazione dei Figli della Carità, detti comunemente Canossiani, ai quali è affidata la cura pastorale di questa giovane e popolosa zona del Sud in Roma. Saluto anche gli altri rappresentanti, membri di questa comunità canossiana insieme con il loro preposito generale.

Rivolgo pure un cordiale saluto a quanti lavorano e si prodigano per l’annuncio del Vangelo, per la salvezza delle anime e per l’aiuto caritatevole ai bisognosi di assistenza morale e materiale. Il mio grato pensiero va alle comunità religiose delle Suore Francescane Missionarie di Assisi e di quelle di Gesù Buon Pastore; ai gruppi dei catechisti, di Caritas e Missioni, del coro di santa Melania, dell’Apostolato della Preghiera e di animazione culturale. Saluto particolarmente il gruppo amministrativo, che si è impegnato generosamente per la raccolta dei fondi per la costruzione di questo complesso parrocchiale, che ha pochi anni di vita, ma che già ha acquisito il senso dello stare insieme e la gioia del partecipare alla liturgia eucaristica, dove si rinnova il sacrificio salvifico di Cristo per la redenzione del mondo.

Questa Chiesa è stata costruita col vostro generoso contributo. Ne siete giustamente fieri e la sentite vostra. Frequentatela regolarmente per attingere in essa la forza spirituale e per riflettere sul senso della vostra vita e sulle ragioni della vostra fede. Sia veramente essa un luogo di preghiera, di adorazione e di gratitudine a Dio per le meraviglie che egli compie nelle anime di buona volontà.

Mi compiaccio per le varie organizzazioni che operano nell’ambito della parrocchia: si tratta di buone iniziative, anche se il numero degli aderenti potrà ancora crescere. Continuate a svolgere in maniera metodica la catechesi a tutte le categorie di persone dai bambini delle classi elementari agli adolescenti, ai giovani fino ai genitori che devono essere anch’essi maestri di dottrina, oltre che di vita cristiana. Continuate in questa opera di formazione interiore, facendo perno sulla devozione eucaristica, sull’esempio di santa Melania che passava intere notti in adorazione del Signore, nascosto sotto i segni del pane e del vino.

In questo modo la vostra partecipazione alla vita della parrocchia renderà più ferma la vostra fede, più sicura la vostra speranza e più ardente la carità. E dalle vostre famiglie verranno fuori cristiani coerenti e fedeli, generosi e sensibili verso i fratelli, specialmente verso coloro che sono emarginati, deboli, esclusi, ammalati o irretiti nell’uso della droga.

8. Ed ora la nostra riflessione si fa preghiera, perché in tutto possiamo essere graditi a Dio. Ci esorta a questo l’apostolo Paolo: “Per il resto, fratelli: vi preghiamo e supplichiamo nel Signore Gesù: avete appreso da noi come comportarvi in modo da piacere a Dio, e così già vi comportate; cercate di agire sempre così per distinguervi ancora di più” (1 Ts 4, 1).

Prendiamo a cuore queste parole che l’Apostolo rivolge anche a noi, consapevole della piena realizzazione delle promesse di Dio, in Gesù Cristo.
Anche le altre parole di Paolo hanno l’eloquenza di un ulteriore avvento, quando l’Apostolo dice: “il Signore vi faccia crescere e abbondare nell’amore vicendevole e verso tutti” (1 Ts 3, 12).
Questo è l’avvento che siamo chiamati a vivere alla fine di questo secondo millennio, dopo il primo avvento storico.

Così sia!

Homilía (01-12-1991)

VISITA PASTORALE ALLA PARROCCHIA ROMANADI SAN FRANCESCO A RIPA GRANDE.
Domenica, 1° dicembre 1991.

1. “Quando cominceranno ad accadere queste cose, alzatevi e levate il capo, perché la vostra liberazione è vicina” (Lc 21, 28).

Carissimi fratelli e sorelle della Parrocchia di S. Francesco d’Assisi a Ripa Grande, questa visita pastorale, che ho la gioia di compiere nella vostra comunità, coincide con l’inizio del Tempo liturgico dell’Avvento.

La parola Avvento, cara al cuore dei cristiani per la pregnante realtà che essa esprime in vista dell’attesa del Natale di Gesù, è anche annuncio di un ritorno del Signore: ritorno del Redentore alla fine dei tempi; ritorno continuo del Figlio di Dio e Salvatore nella nostra storia nei giorni che ci riguardano. Il Signore è già venuto, il Signore viene, il Signore verrà di nuovo, “con potere e gloria grande” (Lc 21, 27), e noi lo attendiamo pieni di speranza gioiosa, poiché confidiamo che egli “ci chiami accanto a sé nella gloria, a possedere il regno dei cieli”, come si esprime la preghiera della Colletta odierna.

2. Risuona fra noi quest’oggi la parola di Dio sul mistero dell’Avvento. Lo ascoltiamo confortati dall’esempio di fede e disponibilità al servizio di Giuseppe e di Maria, sorretti anche noi dal modello di umiltà e di dedizione del Cristo.

Dalla città di Gerusalemme desolata e sconvolta, il profeta Geremia assicura agli esuli di Babilonia il compimento delle promesse divine: il Messia redentore verrà, “eserciterà il giudizio e la giustizia . . . Giuda sarà salvato e Gerusalemme vivrà tranquilla” (Ger 33, 15-16). È una promessa di consolazione, che, però, non si attuerà senza prove. Alla fine del tempo la venuta del Signore sarà accompagnata da sconvolgimenti nei cieli e da angoscia di popoli in ansia sulla terra.

L’Evangelista, secondo lo stile e le formule delle descrizioni profetiche ed apocalittiche antiche, riassume nell’immagine della catastrofe il messaggio della necessaria purificazione e del giudizio sul mondo. Annuncia allo stesso tempo la vittoria di Dio su ogni forza del male, con l’apparire dei cieli nuovi e terre nuove. Lo sconvolgimento del cosmo e il turbamento dei cuori sono anzi ricordati come preludio all’apparire del Figlio dell’uomo.

“Alzatevi e levate il capo, perché la vostra liberazione è vicina”: la fiducia e la vigilanza sono le virtù richieste dall’Avvento. Vigilanza soprattutto nella preghiera, che ci fa degni di comparire davanti al Salvatore e Giudice di tutti, il quale vuole che siano “saldi e irreprensibili i vostri cuori nella santità” (1 Ts 3, 13).

3. Confermata la nostra fede nel Signore che viene, ribadita la certezza della sua perenne presenza nella storia e della sua venuta alla fine del tempo, eccoci pronti ad accogliere le parole dell’Apostolo che poc’anzi abbiamo ascoltato.

Paolo chiede al Signore di farci non solo crescere, ma abbondare nell’amore. Domanda che questo amore sia vicendevole, dentro la comunità e verso tutti, rivolto cioè ai credenti e ai non credenti.

Facciamo in modo, carissimi Fratelli e Sorelle, che i nostri cuori non si appesantiscano nelle dissipazioni, ubriachezze, affanni della vita (cf. Lc 21, 34)! L’Avvento del Cristo non ci trovi lontani dalla fede e disattenti al messaggio della sua parola! Non trionfino su di noi i nemici della nostra salvezza, perché solo chi spera in Dio non resterà deluso (cf. Ant. dell’Introito).

4. A tutti voi, cari fedeli qui presenti, auguro che l’Avvento porti abbondanti frutti di conversione, spirito di vigilanza, impegno di preghiera, attenzione alla divina parola. Come ci esorta l’odierna liturgia, possa il Signore farvi conoscere le sue vie, vi guidi nella verità, si riveli a chi lo cerca e a chi lo teme, faccia conoscere a tutti la sua alleanza (cf. Sal 24).

Assieme con il Cardinale Vicario, Camillo Ruini, e il Vescovo ausiliare di questo Settore pastorale, Mons. Filippo Giannini, saluto il Parroco, padre Antonio Raimondo Sbardella e i suoi collaboratori, e lo ringrazio per avermi ricordato la storia della vostra chiesa, dimora romana di San Francesco e sede poi di una insigne comunità francescana.

Saluto la comunità dei Frati e in special modo il Ministro Generale P. Hermann Schalueck. Vi che esorto a camminare sempre sulle tracce del Serafico Poverello di Assisi nella piena testimonianza d’amore e di fedeltà a Cristo e alla Chiesa; ad operare con vigore apostolico al servizio delle anime, come “frati, minori di nome e di fatto, che per amore di Dio e ispirazione dello Spirito Santo . . . si chineranno ad ogni umiltà e sottomissione e servizio dei loro fratelli” (cf. Specchio di perfezione: FF 1707).

La vostra premurosa presenza in questo quartiere, giustificata in passato come un umile servizio dovuto ai più poveri, acquista oggi il significato di una nuova evangelizzazione. A Trastevere, come è noto, accanto ad operai ed artigiani legati alle tradizioni della vecchia Roma, va crescendo una popolazione di impiegati e pubblici dipendenti, di famiglie immigrate, spesso con diverse origini culturali. A loro voi dovete annunciare Cristo e il suo Vangelo; attirare la loro attenzione mediante una catechesi che si diriga ai lontani dalla fede, e capace di cogliere ogni occasione per trasmettere a tutti la singolare esperienza della carità di Gesù Crocifisso. A tal fine prezioso è l’aiuto che offrite voi, collaboratori laici della parrocchia: il Consiglio Pastorale, i Catechisti, l’Azione Cattolica, l’Ordine Secolare Francescano e i vari Gruppi delle attività formative, culturali e ricreative per i giovani. Vi saluto cordialmente. Saluto, inoltre le Famiglie Religiose maschili e femminili che qui operano: i Missionari d’Africa del Pontificio Istituto di Studi Arabi; i Missionari Scalabriniani; gli Oblati di San Francesco di Sales e le numerose comunità delle Suore, che con le loro scuole, Confraternite ed Associazioni portano alla parrocchia un servizio qualificato e significativo.

5. Con la mia gratitudine, esprimo a tutti l’incoraggiamento a perseverare in ogni opera buona, elevando costantemente al Signore la mente e il cuore. Le difficoltà che incontriamo, come ricorda la liturgia dell’Avvento, sono prove momentanee, sintomi di una realtà che va interpretata alla luce della Parola del Signore. Egli ci esorta a vegliare e pregare affinché il giorno della sua venuta non ci “piombi addosso improvviso” (Lc 21, 34). Per questo i tempi richiedono dedizione e fervore, e non consentono al discepolo di Cristo di contentarsi nella mediocrità o di rifugiarsi nel disimpegno. Che il Signore ci “faccia crescere ed abbondare nell’amore vicendevole e verso tutti” (1 Ts 3, 12).

A così attuale vigilanza e a così impegnativa missione è di stimolo il cammino sinodale che la comunità diocesana va percorrendo sin dalla Pentecoste del 1986.

Voi avete partecipato alle Commissioni preparatorie; pure la vostra Parrocchia ha contribuito a individuare i temi e le proposizioni studiati poi nelle assemblee di Prefettura. Le più recenti indicazioni del Cardinale Vicario hanno aiutato a completare la preparazione sinodale in vista delle Assemblee plenarie. Come Vescovo di Roma, a Dio piacendo, prenderò personalmente parte alla fase finale del Sinodo, guardando con interesse alla Città che attende con urgenza una coraggiosa e nuova evangelizzazione.

6. “A te, Signore, elevo l’anima mia” (Introito)
La Chiesa ha iniziato oggi il cammino dell’Avvento.

Si prepara con fiducia alla venuta del Signore. Si prepara rinnovandosi, alla luce della Sacra Scrittura.

A Lui, al Signore, eleviamo anche noi il nostro spirito.

In lui, nella sua parola e nel suo esempio, cerchiamo la risposta per il cammino che ci attende.

In lui confido”.

Sarà forse confusa la nostra mente se ci lasciamo illuminare dalla luce del Verbo che si fa carne? Sarà forse confuso il nostro impegno morale, se la voce di Cristo guiderà le nostre scelte? Sarà forse confusa la nostra parola davanti agli uomini, se lo Spirito del Signore guiderà la nostra voce?

No, la speranza di chi confida in Cristo non sarà delusa.

A te, Signore, innalziamo il nostro spirito”.

Amen.

Homilía (27-11-1994)

CONCELEBRAZIONE EUCARISTICA PER LA CONSEGNA DELL’ANELLO CARDINALIZIO AI NUOVI PORPORATI.
Domenica, 27 novembre 1994.

1. “Dominum, qui venturus est, venite adoremus . . .”.

Così prega la Chiesa nel periodo di Avvento. “Avvento” significa “venuta”, ed evoca al tempo stesso l’attesa: attesa del Messia promesso nell’Antico Testamento, attesa che ha avuto il suo compimento nella notte di Natale; ma anche attesa della nuova venuta del Figlio dell’uomo, “con potenza e gloria grande” (Lc 21, 27). Nella notte di Betlemme è venuto come un fragile bambino avvolto in fasce e deposto in una mangiatoia; alla fine dei tempi verrà come Giudice, come Signore delle coscienze umane, come Figlio dell’uomo che compie fino in fondo l’opera della storia.

Nel brano del Vangelo di Luca oggi proclamato, Gesù preannuncia che la sua ultima venuta sarà accompagnata da segni in tutto il cosmo, e sulla terra dallo sgomento delle nazioni di fronte agli avvenimenti incombenti. Avverrà che “le potenze dei cieli saranno sconvolte” (Lc 21, 26). Tuttavia la parola di Dio esorta ad avere speranza e coraggio: “Quando cominceranno ad accadere queste cose, alzatevi e levate il capo, perché la vostra liberazione è vicina” (Lc 21, 28).

2. Nella prima Domenica di Avvento, insieme con me, si presentano all’altare della Basilica di S. Pietro i nuovi Cardinali. Provengono da Chiese di ogni parte del mondo. A voi tutti, venerati Fratelli, rivolgo le parole dell’apostolo Paolo nella lettera ai Tessalonicesi: se il numero dei membri del Collegio cardinalizio è stato moltiplicato, ciò valga a “far crescere l’amore vicendevole” (cf. 1 Ts 3, 12) per tutti, affinché i vostri cuori, cari Fratelli, vengano consolidati come “irreprensibili . . . nella santità, davanti a Dio, Padre nostro, al momento della venuta del Signore nostro Gesù con tutti i suoi Santi” (1 Ts 3, 13).

La creazione di nuovi Cardinali assume quest’anno carattere di avvento. La Chiesa infatti vive dell’avvento: sia del primo che del secondo. La Chiesa vive nel ritmo dell’anno liturgico e così si prepara per la notte del santo Natale; e al tempo stesso vive nel ritmo della storia della salvezza preparandosi alla venuta definitiva di Cristo. Alla prima e alla seconda venuta si riferisce il Giubileo dell’Anno 2000. Nei giorni scorsi ho pubblicato, a questo proposito, la Lettera Apostolica “Tertio millennio adveniente”, che ho elaborato insieme con il Collegio Cardinalizio, avvalendomi anche dei suggerimenti dell’Episcopato di tutta la Chiesa.

3. Saluto di tutto cuore i miei Fratelli Cardinali presso l’altare della Confessione di San Pietro, e porgo loro gli auguri con le parole della medesima lettera paolina, parole di preghiera e di supplica. Scrive l’Apostolo: “Avete appreso da noi come comportarvi in modo da piacere a Dio, e così già vi comportate; cercate di agire sempre così per distinguervi ancora di più” (1 Ts 4, 1). Il divino Maestro, infatti, insegna ai suoi discepoli ad essere “perfetti come è perfetto il Padre vostro celeste” (Mt 5, 48).

Quando udiamo queste espressioni, che in forma di augurio ripeto oggi con l’Apostolo, nei cuori di tutti, e specialmente nei vostri, cari Fratelli Cardinali, risuona viva l’eco del Salmo responsoriale: “A te, Signore, innalzo l’anima mia” e ancora: “Fammi conoscere, Signore, le tue vie, insegnami i tuoi sentieri. Guidami nella tua verità e istruiscimi, perché sei tu il Dio della mia salvezza, in te ho sempre sperato” (Sal 25, 2-5). Sì, è questo il momento opportuno per lodare la bontà di Dio, che “la via giusta addita ai peccatori; guida gli umili secondo giustizia, insegna ai poveri le sue vie . . . si rivela a chi lo teme, gli fa conoscere la sua alleanza” (Sal 25 8-9 .14).

4. Soffermiamoci ancora sulle letture dell’odierna liturgia d’Avvento. Il profeta Geremia dice: “In quei giorni . . . farò germogliare per Davide un germoglio di giustizia; egli eserciterà il giudizio e la giustizia sulla terra” (Ger 33, 15). Nella notte di Betlemme il Figlio di Dio si fa uomo, venendo al mondo per opera dello Spirito Santo e nascendo dalla Vergine di Nazaret, Maria. Viene affidato alle cure di Giuseppe, falegname di Nazaret, sposo dell’Immacolata Vergine. In questo modo, insieme alla venuta del Figlio di Dio nella carne umana, si attua il mistero della Santa Famiglia di Nazaret. Dio viene al mondo, come ogni uomo, nel contesto di una famiglia.

Ciò ha una particolare eloquenza al termine di quest’anno, celebrato in tutta la Chiesa come l’Anno della Famiglia. È difficile esprimere quanto quest’anno ci abbia arricchito, quanto abbia approfondito il senso della famiglia nel mondo intero. E noi sappiamo che la manifestazione della santità della famiglia come comunità d’amore e di vita si è realizzata anche nel confronto con alcune minacce verso la famiglia stessa e i fondamentali valori che essa custodisce e propone.

Non possiamo dimenticare l’importante Conferenza de Il Cairo, convocata dall’Organizzazione delle Nazioni Unite; non possiamo dimenticare i pericoli a cui la Chiesa e, in particolare, la Sede Apostolica hanno dovuto far fronte per svegliare le coscienze, riuscendovi in molti casi con efficacia. Oggi, presso questo altare, dobbiamo rendere grazie per tutto il bene che in tal modo si è svelato nella vita delle singole famiglie, ed anche delle Nazioni intere e degli Stati.

Per voi, cari Fratelli Cardinali, e per tutti i Pastori della Chiesa, sia questa un’ulteriore conferma del fatto che il servizio al “vangelo della vita e dell’amore”, il servizio alla verità recata da Cristo sulla famiglia esige anche un grande coraggio. Esso è inscritto in modo particolare nella tradizione del cardinalato nella Chiesa. È la fortezza degli Apostoli che versavano il sangue per la verità di Cristo; è la fortezza di tanti loro successori, Pastori della Chiesa, che per la stessa causa sono stati pronti a sacrificare la vita e molte volte l’hanno sacrificata di fatto.

5. Quanto sono eloquenti, su questo sfondo, le parole del Vangelo di Luca: “Vegliate e pregate in ogni momento, perché abbiate la forza di sfuggire a tutto ciò che deve accadere, e di comparire davanti al Figlio dell’uomo” (Lc 21, 36)! Tutta la Chiesa è chiamata a vegliare. Nella Chiesa anche il cardinalato è un segno particolare di questo vegliare. Siete chiamati, cari Fratelli, a vegliare in attesa della venuta del Signore, così come vegliavano i pastori nella notte di Betlemme. E così come dovevano vegliare gli Apostoli che Cristo portò con sé al Getsemani, la notte prima della sua passione. Siete chiamati a vegliare accanto al mistero del Natale e al contempo nella prospettiva del mistero pasquale, quando giungerà al supremo compimento la salvifica venuta del Redentore del mondo.

Se oggi il Vescovo di Roma chiama voi, Pastori della Chiesa, a questa eminente dignità, egli desidera in tal modo chiamare tutta la Chiesa a quella vigilanza alla quale Cristo esortava i suoi Apostoli.

6. Nella Chiesa la dignità cardinalizia corrisponde ad una duplice tradizione. Prima di tutto alla tradizione dei martiri, cioè di coloro che per Cristo non hanno esitato a versare il sangue. Ciò si riflette persino nel vostro abito: la porpora, infatti, ha il colore del sangue. E ricevendo la porpora cardinalizia, ognuno di voi ode il richiamo ad essere pronto a versare il sangue, se Cristo lo chiederà.

Contemporaneamente la dignità cardinalizia corrisponde alla tradizione della Chiesa di Roma. In essa, accanto al Successore di Pietro, vi erano altri Vescovi delle diocesi suburbicarie, vi erano i presbiteri, parroci della Città Eterna, ed accanto a loro vi erano anche i diaconi. Successivamente le nomine cardinalizie sono state allargate ad altre diocesi. Se nel primo millennio vescovi, presbiteri e diaconi della Chiesa di Roma eleggevano il Successore di Pietro, sin dall’inizio del secondo millennio tale compito passò al Collegio cardinalizio, il quale è pure composto di tre gruppi: cardinali-vescovi, cardinali-presbiteri e cardinali-diaconi. Ad ognuno dei membri del Sacro Collegio è attribuito il “Titolo” di una delle chiese della Città Eterna. In questo modo Roma, in un certo senso, si prolunga nella Chiesa universale e la Chiesa universale si rende presente in Roma. Ciò costituisce un segno molto eloquente. Merito storico del Collegio Cardinalizio è il fatto di aver mantenuto, lungo tanti secoli, la continuità della successione nella Sede di Pietro, continuità che riveste un’importanza essenziale per la Chiesa universale.

Guardiamo oggi a voi, cari Fratelli, come a coloro ai quali la Divina Provvidenza ha affidato in modo particolare la sollecitudine per la Chiesa che è in Roma, per la successione nella Sede Petrina e, mediante ciò, per la Chiesa universale. Questa sollecitudine sin da ora vi viene affidata in modo peculiare.

Con tale pensiero ripeto ancora una volta l’esortazione di Paolo, insieme con l’esortazione della prima Domenica di Avvento, particolarmente eloquente per il Collegio cardinalizio: “Vegliate e pregate in ogni momento-” (Lc 21, 36).

Dominum, qui venturus est, venite adoremus”!

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