Vigilia Pascual en la Noche Santa (C) – Homilías


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Juan Pablo II, papa

Homilía (05-04-1980)

Vigilia Pascual en la Basílica de San Pedro.
Sábado Santo, 5 de abril de 1980

1. Cristo, Hijo del Dios vivo.

Aquí estamos nosotros, tu Iglesia: el Cuerpo de tu Cuerpo y de tu Sangre; estamos aquí, velamos.

Ya fue una noche santa la noche de Belén, cuando fuimos llamados por la voz de lo alto, e introducidos por los pastores en la gruta de tu nacimiento. Entonces velamos a media noche, reunidos en esta Basílica, acogiendo con alegría la Buena Nueva de que habías venido al mundo desde el seno de la Virgen-Madre; de que te habías hecho hombre semejante a nosotros, tú, que eres “Dios de Dios, Luz de Luz”, no creado como cada uno de nosotros, sino “de la misma naturaleza que el Padre”, engendrado por El antes de todos los siglos.

Hoy estamos de nuevo aquí nosotros, tu Iglesia; estamos junto a tu sepulcro; velamos.

Velamos, para preceder a aquellas mujeres, “que muy de mañana” fueron a la tumba, llevando consigo “los aromas que habían preparado” (cf. Lc 24, 1), para ungir tu cuerpo que había sido puesto en el sepulcro anteayer.

Velamos para estar junto a tu tumba, antes, de que venga aquí Pedro traído por las palabras de las tres mujeres; antes de que venga Pedro, que, inclinándose, verá solamente los lienzos (Lc 24, 12); y volverá a los Apóstoles “admirado de lo ocurrido” (Lc 24, 12).

Y había ocurrido lo que habían escuchado las mujeres: María Magdalena, Juana y María de Santiago, cuando llegaron a la tumba y encontraron removida la piedra del sepulcro, “y entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús” (Lc 24, 3). En ese momento por vez primera, en esa tumba vacía, en la que anteayer fue colocado tu cuerpo, resonó la palabra: “¡Ha resucitado!” (Lc 24, 6).

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí; ha resucitado. Acordaos cómo os habló estando aún en Galilea, diciendo que el Hijo del hombre había de ser entregado en poder de los pecadores, y ser crucificado, y resucitar al tercer día” (Lc 24, 5-7).

Por esto estamos aquí ahora. Por esto velamos. Queremos preceder a las mujeres y a los Apóstoles. Queremos estar aquí, cuando la sagrada liturgia de esta noche haga presente tu victoria sobre la muerte. Queremos estar contigo, nosotros, tu Iglesia, el Cuerpo de tu Cuerpo y de tu Sangre derramada en la cruz.

2. Somos tu Cuerpo. Somos tu Pueblo. Somos muchos. Nos reunimos en muchos lugares de la  tierra esta noche de la Santa Vigilia, junto a tu tumba, lo mismo que nos reunimos, la noche de tu nacimiento, en Belén. Somos muchos, y a todos nos une la fe, nacida de tu Pascua, de tu Paso a través de la muerte a la nueva vida, la fe nacida de tu resurrección.

“Esta noche es santa para nosotros”. Somos muchos, y a todos nos une un solo bautismo.

El bautismo que nos sumerge en Jesucristo (cf. Rom 6, 3).

Mediante este bautismo “que nos sumerge en tu muerte”, juntamente contigo, Cristo, hemos sido sepultados “en la muerte, para que como Cristo resucitó de entre los muertos por la  gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom 6, 4).

Sí. Tu” resurrección, Cristo, es la gloria del Padre.

Tu resurrección revela la gloria del Padre, al que en el momento de la muerte, te has confiado hasta el fin, entregando tu espíritu con estas palabras: “Padre, en tus manos” (Lc 23, 46). Y contigo nos has confiado también a todos nosotros, al morir en la cruz como Hijo del Hombre: nuestro Hermano y Redentor. En tu muerte has devuelto al Padre nuestra muerte humana, le has devuelto el ser de cada uno de los hombres, que está signado por la muerte.

He aquí que el Padre te devuelve a ti, Hijo del hombre, esta vida que le habías confiado hasta el fin. Resucitas de entre los muertos gracias a la gloria del Padre. En la resurrección es glorificado el Padre, y tú serás glorificado en el Padre, al que has confiado hasta el fin tu vida en la muerte: eres glorificado con la Vida. Con la Vida nueva. Con misma vida y, al mismo tiempo, nueva.

Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo, a quien el Padre ha glorificado con la resurrección y con la vida, en medio de la historia del hombre. En tu muerte has devuelto al Padre el ser de cada uno de nosotros, la vida de cada uno de los hombres, que está signada por la necesidad de la muerte, para que en tu resurrección cada uno pudiera adquirir de nuevo la conciencia y la certeza de entrar, por ti y contigo, en la Vida nueva.

“Porque si hemos sido injertados en El por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección” (Rom 6, 5).

3. Estamos muchos velando, esta noche, junto a tu sepulcro. A todos nos une “una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios, Padre de todos” (cf. Ef 4, 5-6).

Nos une la esperanza de la resurrección, que brota de la unión de la vida, en que queremos permanecer con Jesucristo.

Nos alegramos por esta Noche Santa junto con aquellos que han recibido el bautismo. Es la misma alegría que han  vivido los discípulos y los confesores de Cristo en la noche de la resurrección, durante el curso de tantas generaciones. La alegría de los catecúmenos sobre los cuales se ha derramado el agua del bautismo, y la gracia de la unión con Cristo en su muerte y resurrección.

Es la alegría de la vida que en la noche de la resurrección compartimos recíprocamente entre nosotros como el misterio más profundo de nuestros corazones y la deseamos a cada uno de los hombres.

“La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré, para contar las hazañas del Señor” (Sal 117 [118] 16-17).

Cristo, Hijo del Dios vivo, acepta de nosotros esta Santa Vigilia en la noche pascual y concédenos esa alegría de la vida nueva, que llevamos en nosotros, que sólo Tú puedes dar al corazón humano:

Tú, Resucitado

Tú, nuestra Pascua

Homilía (11-04-1998)

Vigilia Pascual en la Basílica de San Pedro.
Sábado Santo, 11 de abril de 1998

1. “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26). “Creó Dios el hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó” (Gn 1,27).

En esta Vigilia Pascual la liturgia proclama el primer capítulo del Libro del Génesis, que evoca el misterio de la creación y, en particular, la creación del hombre. Una vez más nuestra atención se concentra en el misterio del hombre, que se manifiesta plenamente en Cristo y por medio de Cristo.

“Fiat lux”, “faciamus hominem”: estas palabras del Génesis revelan toda su verdad cuando pasan por el crisol de la Pascua del Verbo (cf. Sal 12, 7). Adquieren su pleno significado durante la quietud del Sábado Santo, a través del silencio de la Palabra: aquella “luz” es luz nueva, que no conoce ocaso; aquel “hombre” es el “Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4, 24).

La nueva creación se realiza en la Pascua. En el misterio de la muerte y resurrección de Cristo todo es redimido, y todo se hace perfectamente bueno, según el designio original de Dios.

Sobre todo el hombre, el hijo pródigo que ha malgastado el bien precioso de la libertad en el pecado, recupera su dignidad perdida. “Faciamus hominem ad imaginem et similitudinem nostram”. ¡Qué profundas y verdaderas suenan estas palabras en la noche de Pascua! Y qué indecible actualidad tienen para el hombre de nuestro tiempo, tan consciente de sus posibilidades de dominio sobre el universo, pero también tan confuso muchas veces sobre el sentido auténtico de su existencia, en la cual ya no sabe reconocer las huellas del Creador.

2. A este propósito, recuerdo algunos párrafos de la Constitución pastoral Gaudium es spes, del Concilio Vaticano II, muy acordes con la admirable sinfonía de las lecturas de la Vigilia pascual. En efecto, este documento conciliar, leído con atención, manifiesta un íntimo carácter pascual, tanto en el contenido como en su inspiración originaria. Leemos en él: “Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir (cf. Rm 5, 14), es decir, de Cristo, el Señor. Cristo…, ?que es imagen de Dios invisible’ (Col 1,15) es el hombre perfecto, que restituyó a los hijos de Adán la semejanza divina, deformada desde el primer pecado… Él mismo, el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre… Padeciendo por nosotros, no sólo nos dio ejemplo para que sigamos sus huellas, sino que también instauró el camino con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren un sentido nuevo.

El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos, recibe ‘las primicias del Espíritu’ (Rm 8,23)… Por medio de este Espíritu, que ‘es prenda de la herencia’ (Ef 1,14), se restaura internamente todo el hombre hasta la ‘redención del cuerpo’ (Rm 8,23): ‘Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita en vosotros’ (Rm 8,11)… [El cristiano] asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, fortalecido por la esperanza, llegará a la resurrección.” (n. 22).

3. Estas palabras del último Concilio nos proponen de nuevo el misterio de la vocación de cada bautizado. Lo proponen en particular a vosotros, queridos Catecúmenos, que, siguiendo una antiquísima tradición de la Iglesia, vais a recibir el santo Bautismo durante esta Vigilia santa. Os saludamos con afecto y os agradecemos vuestro testimonio.

Vosotros venís de varias naciones del mundo: Canadá, China, Colombia, India, Italia, Polonia, Sudáfrica.

Queridos hermanos y hermanas, el Bautismo es, en un sentido muy especial, vuestra Pascua, el sacramento de vuestra redención, de vuestro renacer en Cristo por la fe y por la acción del Espíritu Santo, gracias al cual podréis llamar a Dios con el nombre de “Padre”, y seréis hijos en el Hijo.

Nosotros os deseamos que la vida nueva, que recibiréis como don en esta santísima noche, crezca en vosotros hasta alcanzar su plenitud, llevando consigo frutos abundantes de amor, de gozo y de paz, frutos de vida eterna.

4. “O vere beata nox!”, canta la Iglesia en el Pregón pascual, recordando las grandes obras realizadas por Dios en la Antigua Alianza, durante el éxodo de los Israelitas de Egipto. Es el anuncio profético del éxodo del género humano de la esclavitud de la muerte a la vida nueva por medio de la Pascua de Cristo.

“O vere beata nox!”, repitamos con el himno pascual, contemplando el misterio universal del hombre a la luz de la resurrección de Cristo. En el principio Dios lo creó a su imagen y semejanza. Por obra de Cristo crucificado y resucitado, esta semejanza ofuscada por el pecado ha sido renovada y llevada a su culminación. Podemos repetir con un autor antiguo: ¡Hombre, mírate a ti mismo! ¡Reconoce tu dignidad y tu vocación! Cristo, venciendo la muerte en esta santa noche, abre ante ti las puertas de la vida y de la inmortalidad.

Haciendo eco al diácono, que ha proclamado con el canto el pregón pascual, repito con alegría: Annuntio vobis gaudium magnum: surrexit Dominus vere! Surrexit hodie!

¡Amén!

Homilía (14-04-2001)

Sábado Santo, 14 de abril de 2001.

1. “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24,5-6). 

Estas palabras de dos hombres “con vestidos resplandecientes” refuerzan la confianza en las mujeres que acudieron al sepulcro, muy de mañana. Habían vivido los acontecimientos trágicos culminados con la crucifixión de Cristo en el Calvario; habían experimentado la tristeza y el extravío. No habían abandonado, en cambio, en la hora de la prueba, a su Señor. 

Van a escondidas al lugar donde Jesús había sido enterrado para volverlo a ver todavía y abrazarlo por última vez. Las empuja el amor; aquel mismo amor que las llevó a seguirlo por las calles de Galilea y Judea hasta al Calvario. 

¡Mujeres dichosas! No sabían todavía que aquella era el alba del día más importante de la historia. No podían saber que ellas, justo ellas, habían sido los primeros testigos de la resurrección de Jesús. 

2. “Encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro“. (Lc 24, 2)    

Así lo narra el evangelista Lucas, y añade que, “entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús” (24, 3). En un instante todo cambia. Jesús “no está aquí, ha resucitado.” Este anuncio que cambió la tristeza de estas piadosas mujeres en alegría, resuena con inalterada elocuencia en la Iglesia, en el curso de esta Vigilia pascual. 

Extraordinaria Vigilia de una noche extraordinaria. Vigilia, madre de todas las Vigilias, durante la que la Iglesia entera permanece en espera junto a la tumba del Mesías, sacrificado en la Cruz. La Iglesia espera y reza, escuchando las Escrituras que recorren de nuevo toda historia de la salvación. 

Pero en esta noche no son las tinieblas las que dominan, sino el fulgor de una luz repentina, que irrumpe con el anuncio sobrecogedor de la resurrección del Señor. La espera y la oración se convierten entonces en un canto de alegría: “Exultet iam angelica turba caelorum… Exulte el coro de los Ángeles”!. 

Se cambia totalmente la perspectiva de la historia: la muerte da paso a la vida. Vida que no muere más. Enseguida cantaremos en el Prefacio que Cristo “muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la vida.” He aquí la verdad que nosotros proclamamos con palabras, pero sobre todo con nuestra existencia. Aquel que las mujeres creían muerto está vivo. Su experiencia se convierte en la nuestra. 

3. ¡Oh Vigilia penetrada de esperanza, que expresas en plenitud el sentido del misterio! ¡Oh Vigilia rica en símbolos, que manifiestas el corazón mismo de nuestra existencia cristiana! Esta noche todo se resume prodigiosamente en un nombre, el nombre de Cristo resucitado. 

Oh Cristo, ¿cómo no darte las gracias por el don inefable que nos regalas esta noche? El misterio de tu muerte y tu resurrección se infunde en el agua bautismal que acoge al hombre antiguo y carnal y lo hace puro con la misma juventud divina. 

En tu misterio de muerte y resurrección nos sumergiremos enseguida, renovando las promesas bautismales; en él se sumergirán especialmente los seis catecúmenos, que recibirán el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. 

4. Queridos Hermanos y Hermanas catecúmenos, os saludo con gran cordialidad, y en nombre de la Comunidad eclesial os acojo con fraterno afecto. Vosotros provenís de diversas naciones: del Japón, de Italia, de China, de Albania, de los Estados Unidos de América y del Perú. 

Vuestra presencia en esta Plaza de San Pedro expresa la multiplicidad de las culturas y los pueblos que han abierto su corazón al Evangelio. También para vosotros, como para cada bautizado, en esta noche la muerte cede el paso a la vida. El pecado es borrado y se inicia una existencia totalmente nueva. Perseverad hasta el final en la fidelidad y en el amor. Y no temáis ante las pruebas, porque “Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene poder sobre él” (Rm 6,9). 

5. Sí, queridos Hermanos y Hermanas, Jesús está vivo y nosotros vivimos en Él. Para siempre. He aquí el regalo de esta noche, que ha revelado definitivamente al mundo el poder de Cristo, Hijo de la Virgen María, que nos fue dada como Madre a los pies de la Cruz. 

Esta Vigilia nos introduce en un día que no conoce el ocaso. Día de la Pascua de Cristo, que inaugura para la humanidad una renovada primavera de esperanza. 

Haec dies quam fecit Dominus: exsultemus et laetamur en ea – Éste es el día que ha hecho el Señor: regocijémonos y exultemos de alegría.” ¡Alleluya!

Homilía (10-04-2004)

Vigilia Pascual en la Basílica de San Pedro.
Sábado Santo, 10 de abril de 2004.

1. “Esta misma noche será una noche de guardia en honor del Señor… por todas las generaciones” (Ex 12,42).

En esta noche santa celebramos la vigilia Pascual, la primera, más aún, la “madre” de todas la vigilias del año litúrgico. En ella, como canta varias veces el Pregón, se recorre el camino de la humanidad, desde la creación hasta el acontecimiento culminante de la salvación, que es la muerte y resurrección de Cristo.

La luz de Aquél que “resucitó de entre los muertos: el primero de todos ” (1 Co 15,20) vuelve “clara como el día” (cf. Sal 138,12) esta noche memorable, considerada justamente el “corazón” del año litúrgico. En esta noche la Iglesia entera vela y medita las etapas importantes del la intervención salvífica de Dios en el universo.

2. “Una noche de guardia en honor del Señor”. Doble es el significado de la solemne Vigilia Pascual, tan rica de símbolos acompañados de una extraordinaria abundancia de textos bíblicos. Por un lado, es memoria orante de las mirabilia Dei, recordando la páginas principales de la Sagrada Escritura: la creación, el sacrificio de Isaac, el paso del Mar Rojo y la promesa de la nueva Alianza.

Por otra parte, esta vigilia sugestiva es espera confiada del pleno cumplimiento de las antiguas promesas. La memoria de la acción de Dios culmina en la resurrección de Cristo y se proyecta hacia el acontecimiento escatológico de la parusía. Vislumbramos así, en esta noche pascual, el alba del día que no se acaba, el día de Cristo resucitado, que inaugura la vida nueva, “un cielo nuevo y una tierra nueva” (2 P 3,13; cf. Is 65,17; 66,22; Ap 21,1).

3. Desde el principio, la comunidad cristiana puso la celebración del Bautismo en el contexto de la Vigilia de Pascua. Aquí también, esta noche, algunos catecúmenos, sumergidos con Jesús en su muerte, resucitarán con Él a la vida inmortal. Se renueva así el prodigio del misterioso renacimiento espiritual, operado por el Espíritu Santo, que incorpora los neófitos al pueblo de la nueva y definitiva Alianza ratificada por la muerte y resurrección de Cristo.

Saludo con particular afecto a cada uno de vosotros, queridos hermanos y hermanas, que os preparáis para recibir los sacramentos de la iniciación cristiana. Vosotros venís de Italia, de Togo y del Japón: vuestro origen pone de manifiesto la universalidad de la llamada a la salvación y la gratuidad del don de la fe. Junto con vosotros, saludo a vuestras familias, amigos y a cuantos han colaborado en vuestra preparación.

Gracias al Bautismo entraréis a formar parte de la Iglesia, que es un gran pueblo en camino, sin fronteras de raza, lengua y cultura; un pueblo llamado a la fe a partir de Abraham y destinado a ser bendición entre todas las naciones de la tierra (cf. Gn 12,1-3). Permaneced fieles a Aquél que os ha elegido y entregad a Él con generosa disponibilidad toda vuestra existencia.

4. Junto con aquéllos que dentro de poco serán bautizados, la liturgia invita a todos nosotros aquí presentes a renovar las promesas de nuestro Bautismo. El Señor nos pide que le renovemos la expresión de nuestra plena docilidad y de la total entrega al servicio del Evangelio.

¡Queridos hermanos y hermanas! Si esta misión a veces os puede parecer difícil, recordad las palabras del Resucitado: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Convencidos de su presencia, no temeréis entonces ninguna dificultad ni obstáculo alguno. Su Palabra os iluminará; su Cuerpo y su Sangre serán vuestro alimento y apoyo en el camino cotidiano hacia la eternidad.

Junto a cada uno de vosotros estará siempre María, como estuvo presente entre los Apóstoles, temerosos y desorientados en el momento de la prueba. Teniendo su misma fe Ella os mostrará, más allá de la noche del mundo, la aurora gloriosa de la resurrección. Amén.

Benedicto XVI, papa

Homilía (07-04-2007)

Vigilia Pascual en la Noche Santa.
Basílica Vaticana
Sábado Santo 7 de abril de 2007.

Queridos hermanos y hermanas:

Desde los tiempos más antiguos la liturgia del día de Pascua empieza con las palabras: Resurrexi et adhuc tecum sum – he resucitado y siempre estoy contigo; tú has puesto sobre mí tu mano. La liturgia ve en ello las primeras palabras del Hijo dirigidas al Padre después de su resurrección, después de volver de la noche de la muerte al mundo de los vivientes. La mano del Padre lo ha sostenido también en esta noche, y así Él ha podido levantarse, resucitar.

Esas palabras están tomadas del Salmo 138, en el cual tienen inicialmente un sentido diferente. Este Salmo es un canto de asombro por la omnipotencia y la omnipresencia de Dios; un canto de confianza en aquel Dios que nunca nos deja caer de sus manos. Y sus manos son manos buenas. El suplicante imagina un viaje a través del universo, ¿qué le sucederá? “Si escalo el cielo, allá estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. Si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha. Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra…», ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día” (Sal 138 [139],8-12).

En el día de Pascua la Iglesia nos anuncia: Jesucristo ha realizado por nosotros este viaje a través del universo. En la Carta a los Efesios leemos que Él había bajado a lo profundo de la tierra y que Aquél que bajó es el mismo que subió por encima de los cielos para llenar el universo (cf. 4, 9s). Así se ha hecho realidad la visión del Salmo. En la oscuridad impenetrable de la muerte Él entró como luz; la noche se hizo luminosa como el día, y las tinieblas se volvieron luz. Por esto la Iglesia puede considerar justamente la palabra de agradecimiento y confianza como palabra del Resucitado dirigida al Padre: “Sí, he hecho el viaje hasta lo más profundo de la tierra, hasta el abismo de la muerte y he llevado la luz; y ahora he resucitado y estoy agarrado para siempre de tus manos”. Pero estas palabras del Resucitado al Padre se han convertido también en las palabras que el Señor nos dirige: “He resucitado y ahora estoy siempre contigo”, dice a cada uno de nosotros. Mi mano te sostiene. Dondequiera que tu caigas, caerás en mis manos. Estoy presente incluso a las puertas de la muerte. Donde nadie ya no puede acompañarte y donde tú no puedes llevar nada, allí te espero yo y para ti transformo las tinieblas en luz.

Estas palabras del Salmo, leídas como coloquio del Resucitado con nosotros, son al mismo tiempo una explicación de lo que sucede en el Bautismo. En efecto, el Bautismo es más que un baño o una purificación. Es más que la entrada en una comunidad. Es un nuevo nacimiento. Un nuevo inicio de la vida. El fragmento de la Carta a los Romanos, que hemos escuchado ahora, dice con palabras misteriosas que en el Bautismo hemos sido como “incorporados” en la muerte de Cristo. En el Bautismo nos entregamos a Cristo; Él nos toma consigo, para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino gracias a Él, con Él y en Él; para que vivamos con Él y así para los demás. En el Bautismo nos abandonamos nosotros mismos, depositamos nuestra vida en sus manos, de modo que podamos decir con san Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Si nos entregamos de este modo, aceptando una especie de muerte de nuestro yo, entonces eso significa también que el confín entre muerte y vida se hace permeable. Tanto antes como después de la muerte estamos con Cristo y por esto, desde aquel momento en adelante, la muerte ya no es un verdadero confín. Pablo nos lo dice de un modo muy claro en su Carta a los Filipenses: “Para mí la vida es Cristo. Si puedo estar junto a Él (es decir, si muero) es una ganancia. Pero si quedo en esta vida, todavía puedo llevar fruto. Así me encuentro en este dilema: partir —es decir, ser ejecutado— y estar con Cristo, sería lo mejor; pero, quedarme en esta vida es más necesario para vosotros” (cf. 1,21ss). A un lado y otro del confín de la muerte él está con Cristo; ya no hay una verdadera diferencia. Pero sí, es verdad: “Sobre los hombros y de frente tú me llevas. Siempre estoy en tus manos”. A los Romanos escribió Pablo: “Ninguno… vive para sí mismo y ninguno muere por sí mismo… Si vivimos, … si morimos,… somos del Señor” (14,7s).

Queridos catecúmenos que vais a ser bautizados, ésta es la novedad del Bautismo: nuestra vida pertenece a Cristo, ya no más a nosotros mismos. Pero precisamente por esto ya no estamos solos ni siquiera en la muerte, sino que estamos con Aquél que vive siempre. En el Bautismo, junto con Cristo, ya hemos hecho el viaje cósmico hasta las profundidades de la muerte. Acompañados por Él, más aún, acogidos por Él en su amor, somos liberados del miedo. Él nos abraza y nos lleva, dondequiera que vayamos. Él que es la Vida misma.

Volvamos de nuevo a la noche del Sábado Santo. En el Credo decimos respecto al camino de Cristo: “Descendió a los infiernos”. ¿Qué ocurrió entonces? Ya que no conocemos el mundo de la muerte, sólo podemos figurarnos este proceso de la superación de la muerte a través de imágenes que siempre resultan poco apropiadas. Sin embargo, con toda su insuficiencia, ellas nos ayudan a entender algo del misterio. La liturgia aplica las palabras del Salmo 23 [24] a la bajada de Jesús en la noche de la muerte: “¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas!” Las puertas de la muerte están cerradas, nadie puede volver atrás desde allí. No hay una llave para estas puertas de hierro. Cristo, en cambio, tiene esta llave. Su Cruz abre las puertas de la muerte, las puertas irrevocables. Éstas ahora ya no son insuperables. Su Cruz, la radicalidad de su amor es la llave que abre estas puertas. El amor de Cristo que, siendo Dios, se ha hecho hombre para poder morir; este amor tiene la fuerza para abrir las puertas. Este amor es más fuerte que la muerte. Los iconos pascuales de la Iglesia oriental muestran como Cristo entra en el mundo de los muertos. Su vestido es luz, porque Dios es luz. “La noche es clara como el día, las tinieblas son como luz” (cf. Sal 138 [139],12). Jesús que entra en el mundo de los muertos lleva los estigmas: sus heridas, sus padecimientos se han convertido en fuerza, son amor que vence la muerte. Él encuentra a Adán y a todos los hombres que esperan en la noche de la muerte. A la vista de ellos parece como si se oyera la súplica de Jonás: “Desde el vientre del infierno pedí auxilio, y escuchó mi clamor” (Jon 2,3). El Hijo de Dios en la encarnación se ha hecho una sola cosa con el ser humano, con Adán. Pero sólo en aquel momento, en el que realiza aquel acto extremo de amor descendiendo a la noche de la muerte, Él lleva a cabo el camino de la encarnación. A través de su muerte Él toma de la mano a Adán, a todos los hombres que esperan y los lleva a la luz.

Ahora, sin embargo, se puede preguntar: ¿Pero qué significa esta imagen? ¿Qué novedad ocurrió realmente allí por medio de Cristo? El alma del hombre, precisamente, es de por sí inmortal desde la creación, ¿qué novedad ha traído Cristo? Sí, el alma es inmortal, porque el hombre está de modo singular en la memoria y en el amor de Dios, incluso después de su caída. Pero su fuerza no basta para elevarse hacia Dios. No tenemos alas que podrían llevarnos hasta aquella altura. Y sin embargo, nada puede satisfacer eternamente al hombre si no el estar con Dios. Una eternidad sin esta unión con Dios sería una condena. El hombre no logra llegar arriba, pero anhela ir hacia arriba: “Desde el vientre del infierno te pido auxilio…”. Sólo Cristo resucitado puede llevarnos hacia arriba, hasta la unión con Dios, hasta donde no pueden llegar nuestras fuerzas. Él carga verdaderamente la oveja extraviada sobre sus hombros y la lleva a casa. Nosotros vivimos agarrados a su Cuerpo, y en comunión con su Cuerpo llegamos hasta el corazón de Dios. Y sólo así se vence la muerte, somos liberados y nuestra vida es esperanza.

Éste es el júbilo de la Vigilia Pascual: nosotros somos liberados. Por medio de la resurrección de Jesús el amor se ha revelado más fuerte que la muerte, más fuerte que el mal. El amor lo ha hecho descender y, al mismo tiempo, es la fuerza con la que Él asciende. La fuerza por medio de la cual nos lleva consigo. Unidos con su amor, llevados sobre las alas del amor, como personas que aman, bajamos con Él a las tinieblas del mundo, sabiendo que precisamente así subimos también con Él. Pidamos, pues, en esta noche: Señor, demuestra también hoy que el amor es más fuerte que el odio. Que es más fuerte que la muerte. Baja también en las noches y a los infiernos de nuestro tiempo moderno y toma de la mano a los que esperan. ¡Llévalos a la luz! ¡Estate también conmigo en mis noches oscuras y llévame fuera! ¡Ayúdame, ayúdanos a bajar contigo a la oscuridad de quienes esperan, que claman hacia ti desde el vientre del infierno! ¡Ayúdanos a llevarles tu luz! ¡Ayúdanos a llegar al “sí” del amor, que nos hace bajar y precisamente así subir contigo! Amén.

Homilía (03-04-2010)

Vigilia Pascual en la Noche Santa.
Basílica Vaticana
Sábado Santo 3 de abril de 2010.

Queridos hermanos y hermanas

Una antigua leyenda judía tomada del libro apócrifo «La vida de Adán y Eva» cuenta que Adán, en la enfermedad que le llevaría a la muerte, mandó a su hijo Set, junto con Eva, a la región del Paraíso para traer el aceite de la misericordia, de modo que le ungiesen con él y sanara. Después de tantas oraciones y llanto de los dos en busca del árbol de la vida, se les apareció el arcángel Miguel para decirles que no conseguirían el óleo del árbol de la misericordia, y que Adán tendría que morir. Algunos lectores cristianos han añadido posteriormente a esta comunicación del arcángel una palabra de consuelo. El arcángel habría dicho que, después de 5.500 años, vendría el Rey bondadoso, Cristo, el Hijo de Dios, y ungiría con el óleo de su misericordia a todos los que creyeran en él: «El óleo de la misericordia se dará de eternidad en eternidad a cuantos renaciesen por el agua y el Espíritu Santo. Entonces, el Hijo de Dios, rico en amor, Cristo, descenderá en las profundidades de la tierra y llevará a tu padre al Paraíso, junto al árbol de la misericordia». En esta leyenda puede verse toda la aflicción del hombre ante el destino de enfermedad, dolor y muerte que se le ha impuesto. Se pone en evidencia la resistencia que el hombre opone a la muerte. En alguna parte —han pensado repetidamente los hombres— deberá haber una hierba medicinal contra la muerte. Antes o después, se deberá poder encontrar una medicina, no sólo contra esta o aquella enfermedad, sino contra la verdadera fatalidad, contra la muerte. En suma, debería existir la medicina de la inmortalidad. También hoy los hombres están buscando una sustancia curativa de este tipo. También la ciencia médica actual está tratando, si no de evitar propiamente la muerte, sí de eliminar el mayor número posible de sus causas, de posponerla cada vez más, de ofrecer una vida cada vez mejor y más longeva. Pero, reflexionemos un momento: ¿qué ocurriría realmente si se lograra, tal vez no evitar la muerte, pero sí retrasarla indefinidamente y alcanzar una edad de varios cientos de años? ¿Sería bueno esto? La humanidad envejecería de manera extraordinaria, y ya no habría espacio para la juventud. Se apagaría la capacidad de innovación y una vida interminable, en vez de un paraíso, sería más bien una condena. La verdadera hierba medicinal contra la muerte debería ser diversa. No debería llevar sólo a prolongar indefinidamente esta vida actual. Debería más bien transformar nuestra vida desde dentro. Crear en nosotros una vida nueva, verdaderamente capaz de eternidad, transformarnos de tal manera que no se acabara con la muerte, sino que comenzara en plenitud sólo con ella. Lo nuevo y emocionante del mensaje cristiano, del Evangelio de Jesucristo era, y lo es aún, esto que se nos dice: sí, esta hierba medicinal contra la muerte, este fármaco de inmortalidad existe. Se ha encontrado. Es accesible. Esta medicina se nos da en el Bautismo. Una vida nueva comienza en nosotros, una vida nueva que madura en la fe y que no es truncada con la muerte de la antigua vida, sino que sólo entonces sale plenamente a la luz.

Ante esto, algunos, tal vez muchos, responderán: ciertamente oigo el mensaje, sólo que me falta la fe. Y también quien desea creer preguntará: ¿Es realmente así? ¿Cómo nos lo podemos imaginar? ¿Cómo se desarrolla esta transformación de la vieja vida, de modo que se forme en ella la vida nueva que no conoce la muerte? Una vez más, un antiguo escrito judío puede ayudarnos a hacernos una idea de ese proceso misterioso que comienza en nosotros con el Bautismo. En él, se cuenta cómo el antepasado Henoc fue arrebatado por Dios hasta su trono. Pero él se asustó ante las gloriosas potestades angélicas y, en su debilidad humana, no pudo contemplar el rostro de Dios. «Entonces — prosigue el libro de Henoc — Dios dijo a Miguel: “Toma a Henoc y quítale sus ropas terrenas. Úngelo con óleo suave y revístelo con vestiduras de gloria”. Y Miguel quitó mis vestidos, me ungió con óleo suave, y este óleo era más que una luz radiante… Su esplendor se parecía a los rayos del sol. Cuando me miré, me di cuenta de que era como uno de los seres gloriosos» (Ph. Rech, Inbild des Kosmos, II 524).

Precisamente esto, el ser revestido con los nuevos indumentos de Dios, es lo que sucede en el Bautismo; así nos dice la fe cristiana. Naturalmente, este cambio de vestidura es un proceso que dura toda la vida. Lo que ocurre en el Bautismo es el comienzo de un camino que abarca toda nuestra existencia, que nos hace capaces de eternidad, de manera que con el vestido de luz de Cristo podamos comparecer en presencia de Dios y vivir por siempre con él.

En el rito del Bautismo hay dos elementos en los que se expresa este acontecimiento, y en los que se pone también de manifiesto su necesidad para el transcurso de nuestra vida. Ante todo, tenemos el rito de las renuncias y promesas. En la Iglesia antigua, el bautizando se volvía hacia el occidente, símbolo de las tinieblas, del ocaso del sol, de la muerte y, por tanto, del dominio del pecado. Miraba en esa dirección y pronunciaba un triple «no»: al demonio, a sus pompas y al pecado. Con esta extraña palabra, «pompas», es decir, la suntuosidad del diablo, se indicaba el esplendor del antiguo culto de los dioses y del antiguo teatro, en el que se sentía gusto viendo a personas vivas desgarradas por bestias feroces. Con este «no» se rechazaba un tipo de cultura que encadenaba al hombre a la adoración del poder, al mundo de la codicia, a la mentira, a la crueldad. Era un acto de liberación respecto a la imposición de una forma de vida, que se presentaba como placer y que, sin embargo, impulsaba a la destrucción de lo mejor que tiene el hombre. Esta renuncia —sin tantos gestos externos— sigue siendo también hoy una parte esencial del Bautismo. En él, quitamos las «viejas vestiduras» con las que no se puede estar ante Dios. Dicho mejor aún, empezamos a despojarnos de ellas. En efecto, esta renuncia es una promesa en la cual damos la mano a Cristo, para que Él nos guíe y nos revista. Lo que son estas «vestiduras» que dejamos y la promesa que hacemos, lo vemos claramente cuando leemos, en el quinto capítulo de la  Carta a los Gálatas, lo que Pablo llama «obras de la carne», término que significa precisamente las viejas vestiduras que se han de abandonar. Pablo las llama así: «fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo» (Ga 5,19ss.). Estas son las vestiduras que dejamos; son vestiduras de la muerte.

En la Iglesia antigua, el bautizando se volvía después hacia el oriente, símbolo de la luz, símbolo del nuevo sol de la historia, del nuevo sol que surge, símbolo de Cristo. El bautizando determina la nueva orientación de su vida: la fe en el Dios trinitario al que él se entrega. Así, Dios mismo nos viste con indumentos de luz, con el vestido de la vida. Pablo llama a estas nuevas «vestiduras» «fruto del Espíritu» y las describe con las siguientes palabras: «Amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí» (Ga 5, 22).

En la Iglesia antigua, el bautizando era a continuación desvestido realmente de sus ropas. Descendía en la fuente bautismal y se le sumergía tres veces; era un símbolo de la muerte que expresa toda la radicalidad de dicho despojo y del cambio de vestiduras. Esta vida, que en todo caso está destinada a la muerte, el bautizando la entrega a la muerte, junto con Cristo, y se deja llevar y levantar por Él a la vida nueva que lo transforma para la eternidad. Luego, al salir de las aguas bautismales, los neófitos eran revestidos de blanco, el vestido de luz de Dios, y recibían una vela encendida como signo de la vida nueva en la luz, que Dios mismo había encendido en ellos. Lo sabían, habían obtenido el fármaco de la inmortalidad, que ahora, en el momento de recibir la santa comunión, tomaba plenamente forma. En ella recibimos el Cuerpo del Señor resucitado y nosotros mismos somos incorporados a este Cuerpo, de manera que estamos ya resguardados en Aquel que ha vencido a la muerte y nos guía a través de la muerte.

En el curso de los siglos, los símbolos se han ido haciendo más escasos, pero lo que acontece esencialmente en el Bautismo ha permanecido igual. No es solamente un lavacro, y menos aún una acogida un tanto compleja en una nueva asociación. Es muerte y resurrección, renacimiento a la vida nueva.

Sí, la hierba medicinal contra la muerte existe. Cristo es el árbol de la vida hecho de nuevo accesible. Si nos atenemos a Él, entonces estamos en la vida. Por eso cantaremos en esta noche de la resurrección, de todo corazón, el aleluya, el canto de la alegría que no precisa palabras. Por eso, Pablo puede decir a los Filipenses: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres» (Flp 4,4). No se puede ordenar la alegría. Sólo se la puede dar. El Señor resucitado nos da la alegría: la verdadera vida. Estamos ya cobijados para siempre en el amor de Aquel a quien ha sido dado todo poder en el cielo y sobre la tierra (cf. Mt 28,18). Por eso pedimos, seguros de ser escuchados, con la oración sobre las ofrendas que la Iglesia eleva en esta noche: Escucha, Señor, la oración de tu pueblo y acepta sus ofrendas, para que aquello que ha comenzado con los misterios pascuales nos ayude, por obra tuya, como medicina para la eternidad. Amén.

Francisco, papa

Homilía (30-05-2013)

Vigilia Pascual en la Noche Santa.
Basílica Vaticana
Sábado Santo 30 de marzo de 2013.

Queridos hermanos y hermanas

1. En el Evangelio de esta noche luminosa de la Vigilia Pascual, encontramos primero a las mujeres que van al sepulcro de Jesús, con aromas para ungir su cuerpo (cf. Lc 24,1-3). Van para hacer un gesto de compasión, de afecto, de amor; un gesto tradicional hacia un ser querido difunto, como hacemos también nosotros. Habían seguido a Jesús. Lo habían escuchado, se habían sentido comprendidas en su dignidad, y lo habían acompañado hasta el final, en el Calvario y en el momento en que fue bajado de la cruz. Podemos imaginar sus sentimientos cuando van a la tumba: una cierta tristeza, la pena porque Jesús les había dejado, había muerto, su historia había terminado. Ahora se volvía a la vida de antes. Pero en las mujeres permanecía el amor, y es el amor a Jesús lo que les impulsa a ir al sepulcro. Pero, a este punto, sucede algo totalmente inesperado, una vez más, que perturba sus corazones, trastorna sus programas y alterará su vida: ven corrida la piedra del sepulcro, se acercan, y no encuentran el cuerpo del Señor. Esto las deja perplejas, dudosas, llenas de preguntas: «¿Qué es lo que ocurre?», «¿qué sentido tiene todo esto?» (cf. Lc 24,4). ¿Acaso no nos pasa así también a nosotros cuando ocurre algo verdaderamente nuevo respecto a lo de todos los días? Nos quedamos parados, no lo entendemos, no sabemos cómo afrontarlo. A menudo, la novedad nos da miedo, también la novedad que Dios nos trae, la novedad que Dios nos pide. Somos como los apóstoles del Evangelio: muchas veces preferimos mantener nuestras seguridades, pararnos ante una tumba, pensando en el difunto, que en definitiva sólo vive en el recuerdo de la historia, como los grandes personajes del pasado. Tenemos miedo de las sorpresas de Dios. Queridos hermanos y hermanas, en nuestra vida, tenemos miedo de las sorpresas de Dios. Él nos sorprende siempre. Dios es así.

Hermanos y hermanas, no nos cerremos a la novedad que Dios quiere traer a nuestras vidas. ¿Estamos acaso con frecuencia cansados, decepcionados, tristes; sentimos el peso de nuestros pecados, pensamos no lo podemos conseguir? No nos encerremos en nosotros mismos, no perdamos la confianza, nunca nos resignemos: no hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él.

2. Pero volvamos al Evangelio, a las mujeres, y demos un paso hacia adelante. Encuentran la tumba vacía, el cuerpo de Jesús no está allí, algo nuevo ha sucedido, pero todo esto todavía no queda nada claro: suscita interrogantes, causa perplejidad, pero sin ofrecer una respuesta. Y he aquí dos hombres con vestidos resplandecientes, que dicen: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24,5-6). Lo que era un simple gesto, algo hecho ciertamente por amor – el ir al sepulcro –, ahora se transforma en acontecimiento, en un evento que cambia verdaderamente la vida. Ya nada es como antes, no sólo en la vida de aquellas mujeres, sino también en nuestra vida y en nuestra historia de la humanidad. Jesús no está muerto, ha resucitado, es el Viviente. No es simplemente que haya vuelto a vivir, sino que es la vida misma, porque es el Hijo de Dios, que es el que vive (cf. Nm 14,21-28; Dt 5,26, Jos 3,10). Jesús ya no es del pasado, sino que vive en el presente y está proyectado hacia el futuro, Jesús es el «hoy» eterno de Dios. Así, la novedad de Dios se presenta ante los ojos de las mujeres, de los discípulos, de todos nosotros: la victoria sobre el pecado, sobre el mal, sobre la muerte, sobre todo lo que oprime la vida, y le da un rostro menos humano. Y este es un mensaje para mí, para ti, querida hermana y querido hermano. Cuántas veces tenemos necesidad de que el Amor nos diga: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? Los problemas, las preocupaciones de la vida cotidiana tienden a que nos encerremos en nosotros mismos, en la tristeza, en la amargura…, y es ahí donde está la muerte. No busquemos ahí a Aquel que vive. Acepta entonces que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida! Si hasta ahora has estado lejos de él, da un pequeño paso: te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado. Si te parece difícil seguirlo, no tengas miedo, confía en él, ten la seguridad de que él está cerca de ti, está contigo, y te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como él quiere.

3. Hay un último y simple elemento que quisiera subrayar en el Evangelio de esta luminosa Vigilia Pascual. Las mujeres se encuentran con la novedad de Dios: Jesús ha resucitado, es el Viviente. Pero ante la tumba vacía y los dos hombres con vestidos resplandecientes, su primera reacción es de temor: estaban «con las caras mirando al suelo» – observa san Lucas –, no tenían ni siquiera valor para mirar. Pero al escuchar el anuncio de la Resurrección, la reciben con fe. Y los dos hombres con vestidos resplandecientes introducen un verbo fundamental: Recordad. «Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea… Y recordaron sus palabras» (Lc 24,6.8). Esto es la invitación a hacer memoria del encuentro con Jesús, de sus palabras, sus gestos, su vida; este recordar con amor la experiencia con el Maestro, es lo que hace que las mujeres superen todo temor y que lleven la proclamación de la Resurrección a los Apóstoles y a todos los otros (cf. Lc 24,9). Hacer memoria de lo que Dios ha hecho por mí, por nosotros, hacer memoria del camino recorrido; y esto abre el corazón de par en par a la esperanza para el futuro. Aprendamos a hacer memoria de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas.

En esta Noche de luz, invocando la intercesión de la Virgen María, que guardaba todos estas cosas en su corazón (cf. Lc 2,19.51), pidamos al Señor que nos haga partícipes de su resurrección: nos abra a su novedad que trasforma, a las sorpresas de Dios, tan bellas; que nos haga hombres y mujeres capaces de hacer memoria de lo que él hace en nuestra historia personal y la del mundo; que nos haga capaces de sentirlo como el Viviente, vivo y actuando en medio de nosotros; que nos enseñe cada día, queridos hermanos y hermanas, a no buscar entre los muertos a Aquel que vive. Amén.

 

Homilías en Italiano para posterior traducción

Giovanni Paolo II

Omelia (02-04-1983)

Sabato Santo, 2 aprile 1983

1. Chi sono io?

Passano le ore di questa Liturgia della veglia pasquale. Parlano a noi le letture e i salmi responsoriali. Risuonano le parole della preghiera della Chiesa. Insieme a ciò si sviluppa la domanda: Chi sono io? Chi sono diventato come cristiano? La domanda ha un’eloquenza particolarmente viva per voi tutti, cari fratelli e sorelle, che questa notte riceverete il Sacramento del Battesimo.

Ma essa è ugualmente essenziale e fondamentale per tutti noi, che già da tempo portiamo impresso il carattere indelebile del Battesimo.

Questa era la domanda più importante già per le prime generazioni dei confessori di Cristo: Chi sono io? Chi sono divenuto mediante questa Santa Notte?

2. Ecco, avanzano le ore della notte; e la lettura del Vangelo secondo san Luca annunzia già ciò che porterà con sé l’alba del giorno che sopraggiunge. Tre donne, Maria di Magdala, Giovanna e Maria di Giacomo arriveranno alla tomba e non vi troveranno il corpo di Cristo. La stessa cosa constaterà poi Simon Pietro.

Dal fondo del sepolcro in cui, il venerdì sera, è stato deposto il corpo di Cristo, si farà sentire una voce: “Perché cercate tra i morti colui che è vivo? Non è qui, è risuscitato” (Lc 24, 5-6).

Sappiamo che tutto ciò accadrà all’albeggiare del giorno. La lettura del Vangelo secondo san Luca ce ne parla già adesso. In questo modo la Liturgia della veglia notturna trascorre nella prospettiva della Risurrezione.

Chi sono, io uomo?

Chi sono divenuto per il fatto che lui, Cristo, è risuscitato?

Per noi uomini e per la nostra salvezza si è fatto uomo. E per noi è risuscitato.

3. Chi sono, dunque, io, uomo? io, cristiano?

Risponde san Paolo con le parole della Lettera al Romani. Sono parole particolarmente importanti per coloro che stanotte ricevono il Battesimo; al tempo stesso, esse sono importanti per tutti i battezzati: “. . . Quanti siamo stati battezzati in Cristo Gesù, siamo stati battezzati nella sua morte. Per mezzo del Battesimo siamo dunque stati sepolti insieme a lui nella morte, perché come Cristo fu risuscitato dai morti per mezzo della gloria del Padre, così anche noi possiamo camminare in una vita nuova” (Rm 6, 3-4).

Tutte le generazioni dei discepoli e confessori di Cristo hanno ricevuto la risposta nel corso della Liturgia della veglia pasquale. Oggi la riceviamo anche noi.

Chi sono io? Sono uno che è stato battezzato “nella sua morte”.

Sono quell’“uomo vecchio” che è stato crocifisso con Cristo, perché non sia più schiavo del peccato (cf. Rm 6, 6).

Sono uno che è stato sepolto insieme a Cristo, per poter camminare con lui in una vita nuova.

4. Ecco, una tale risposta ci viene data dal mistero pasquale. È la risposta della morte e della risurrezione di Cristo. È la risposta della fede, che raggiunge non soltanto la sfera dei concetti, ma quella dell’esistenza stessa, della realtà stessa.

Ricevete una tale risposta, cari fratelli e sorelle – neofiti di questa notte pasquale – mediante il vostro Battesimo. E una tale risposta riceviamo noi tutti qui riuniti, sulla base comune del Battesimo, che abbiamo ricevuto per divenire cristiani.

Nell’anno del Giubileo straordinario della Redenzione del mondo, desideriamo rileggere questa risposta della veglia pasquale in tutta la sua pienezza vivificante. Desideriamo ravvivarla con tutta la profondità della fede e con la potenza della conversione: “. . . Se siamo morti con Cristo, crediamo che anche vivremo con lui” (Rm 6, 8).

Omelia (29-03-1986)

Sabato Santo, 29 marzo 1986

1. O mors, ero mors tua!

In questa notte la Chiesa ritorna sul posto della morte e della sepoltura di Cristo. Il Venerdì Santo, il giorno prima del sabato, è stato tolto il suo corpo dalla croce ed è stato deposto nella tomba. In precedenza il soldato romano aveva trafitto il costato di Gesù con una lancia, per constatare se egli fosse veramente morto. Hanno deposto il suo corpo, in fretta nel sepolcro, perché il giorno della preparazione alla Pasqua stava per terminare.

Oggi la Chiesa viene di nuovo a questo sepolcro e presso la tomba chiusa del Crocifisso celebra la sua veglia pasquale.

2. Il fatto di vegliare implica un tempo di attesa. La Chiesa viene al sepolcro di Cristo con la consapevolezza della morte, che questo sepolcro significa. Viene con la certezza che Gesù di Nazaret è veramente morto! E al tempo stesso rilegge durante questa veglia il Vangelo dell’alba pasquale. Oggi è il Vangelo secondo Luca.

In questo modo la veglia della Chiesa è la veglia pasquale. Nel corso di questa santa Notte – grazie al Cristo crocifisso e deposto nel sepolcro – la morte sarà vinta dalla Morte: mors, ero mors tua.

3. Così dice Colui che è la nostra Pasqua.

Pasqua significa “passaggio”. È il passaggio verso la vita attraverso la morte, così come una volta, nell’antica alleanza, Israele è passato verso la vita attraverso la morte dell’agnello pasquale. Tuttavia quello fu soltanto un passaggio verso un’altra vita su questa terra: dalla schiavitù d’Egitto verso la libertà nella terra promessa.

La Pasqua della Chiesa significa il passaggio verso la Vita Eterna che viene da Dio, che è la vita in Dio. Nessuna terra promessa in questo mondo può assicurare una tale libertà, può assicurare una tale vita . . .

4. Tuttavia la Pasqua di Cristo si è compiuta su questa terra. In questa terra la morte è stata distrutta dalla morte. In questa terra Cristo è stato crocifisso e deposto nel sepolcro e all’alba, “il giorno dopo, il sabato” (cioè la domenica), la tomba si è presentata vuota.

5. La prima causa della morte è il peccato. Tutte le tombe sparse sulla faccia della terra parlano della morte delle successive generazioni umane. Tutte le tombe nel globo terrestre rendono testimonianza al peccato, all’eredità del peccato nell’uomo.

Cristo, nel mistero pasquale – è passato dalla morte alla vita. Ciò vuol dire: ha distrutto alla radice l’eredità del peccato mediante la sua obbedienza fino alla morte. Dunque la Pasqua di Cristo significa anche passaggio attraverso la storia del peccato dell’umanità fin dall’inizio: fin là, dove “per la disobbedienza di uno solo tutti sono stati costituiti peccatori” (Rm 5, 19).

6. Perciò la Chiesa professa: “Fu crocifisso, morì e fu sepolto – discese agli inferi (“descendit ad inferos”) – il terzo giorno è risuscitato”.

Prima di essere risuscitato, con la sua morte ha toccato il peccato dell’uomo in tutte le generazioni di quanti sono morti. Le ha visitate con la potenza della sua morte: con la potenza redentrice della sua morte. Con la potenza vivificante della sua morte. O mors, ero mors tua!

7. E anche noi che viviamo su questa terra, che oggi partecipiamo alla veglia pasquale, siamo stati “immersi nella sua morte” come scrive san Paolo. (cf. Rm 6, 3)

La morte di Cristo, la morte redentrice, la morte vivificante ha distrutto l’eredità del peccato che è in ciascuno di noi. Infatti, “siamo stati battezzati in Cristo Gesù” (cf. Rm 6, 3).

C’è di più: “per mezzo del battesimo siamo dunque stati sepolti insieme a lui nella morte, perché come Cristo fu risuscitato dai morti per mezzo della gloria del Padre, così anche noi possiamo camminare in una vita nuova” (cf. Rm 6, 4).

8. In questo spirito siamo qui riuniti. In questo spirito partecipiamo alla veglia pasquale insieme con tutta la Chiesa. Insieme con tutti i nostri fratelli e sorelle nella fede, ovunque vegliano in questa Notte santa presso il sepolcro della morte e della risurrezione di Cristo.

E in questo spirito saluto in modo particolarmente cordiale i catecumeni che durante questa liturgia della veglia pasquale riceveranno il Battesimo. Essi sono trentanove e provengono dalla Corea (sono il gruppo più numeroso, 15), dal Vietnam, dal Giappone, dal Cameroun, dalla Tanzania, dallo Zaire, dalla Costa d’Avorio, da Capo Verde, da Hong Kong, da Taiwan, dall’Italia, dagli Stati Uniti, dalla Germania, dalla Francia.

Gioiremo insieme con loro, perché verranno toccati dalla potenza salvifica della morte di Cristo, perché, “sepolti insieme con lui nella morte, come Cristo fu risuscitato dai morti, così anche loro possano camminare in una vita nuova”.

9. “Fu risuscitato dai morti per mezzo della gloria del Padre”. Per mezzo della gloria del Padre. Infatti il Padre è Dio dei vivi, non dei morti (cf. Mt 22, 32). È “amante della Vita”.

Le donne che all’alba vanno alla tomba, sentiranno queste parole: “Perché cercate tra i morti colui che è vivo? Non è qui, è risuscitato” (Lc 24, 5-6). È risuscitato “per mezzo del Padre”. Tutta la gloria del Padre è nel Figlio, che è risuscitato: con la morte egli ha vinto la morte: mors, ero mors tua! Amen!

Omelia (25-03-1989)

Sabato Santo, 25 marzo 1989

1. “In quella notte io passerò per il paese d’Egitto” (Es 12, 12).

Quella fu la notte dell’esodo. In quella notte il Signore – il Dio d’Israele – passò per il paese d’Egitto e fece uscire il suo popolo dalla casa della schiavitù.

Quando erano già per via, il Signore passò di nuovo e condusse il suo popolo attraverso il mare Rosso, e l’esercito del faraone, che inseguiva Israele, trovò la morte nello stesso mare.

La potenza salvifica del Dio dell’alleanza si è legata con la forza naturale dell’acqua. A questa realtà dell’acqua fa riferimento la liturgia della veglia pasquale, che stiamo celebrando.

La realtà dell’acqua come vortice, in cui perdono la vita gli uomini – come simbolo della morte. La realtà dell’acqua come luogo della salvezza del Popolo di Dio.

La realtà dell’acqua come forza benefica, che toglie la sete.

“Come la cerva anela ai corsi d’acqua, / così l’anima mia anela a te, o Dio. / L’anima mia ha sete di Dio, del Dio vivente” (Sal 42, 2-3).

2. A noi tutti, riuniti presso il sepolcro, in cui Gesù è stato deposto dopo la crocifissione, parla oggi san Paolo apostolo.

Parla del Battesimo che ci immerge nella morte di Cristo.

Quando parla dell’immersione l’Apostolo ha in mente l’acqua – quell’acqua di cui Cristo parla a Nicodemo – l’acqua che rigenera: “Se uno non nasce da acqua e da Spirito, non può entrare nel regno di Dio” (Gv 3, 5).

L’acqua – realtà rigenerante. La morte di Cristo viene assimilata a questa realtà: “Per mezzo del battesimo siamo dunque stati sepolti insieme a lui (Cristo) nella morte, perché, come Cristo fu risuscitato dai morti per mezzo della gloria del Padre, così anche noi possiamo camminare in una vita nuova” (Rm 6, 4).

La liturgia della veglia pasquale proclama le lodi di quest’acqua, nella quale, insieme con la morte di Cristo, è scesa la potenza dello Spirito Santo. Le parole della liturgia fanno discendere questa potenza: “Descendat in hanc plenitudinem fontis virtus Spiritus Sancti”.

3. L’acqua del mare Rosso inghiottì i soldati del faraone, che inseguivano Israele. I figli e le figlie di Israele, sotto la guida di Mosé, si salvarono. Le acque della morte non li inghiottirono.

Così pure la morte sulla Croce non ha inghiottito Cristo!

Anche noi – se “siamo morti con Cristo, crediamo che anche vivremo con lui” (Rm 6, 8). Cristo infatti, se è morto, è anche risorto: “Egli morì al peccato una volta per tutte; ora invece, per il fatto che egli vive, vive per Dio” (Rm 6, 10).

In Cristo il peccato ha cessato di essere l’abisso mortale per l’uomo, l’acqua che inghiotte: la sua morte è diventata la morte al peccato – in effetti ha fatto discendere la potenza dello Spirito Santo, che dà la vita.

Questa potenza viene partecipata a ciascuno di noi nel sacramento del Battesimo.

Pensando a questa potenza che dà la vita vi accostate oggi al santo Battesimo, voi cari fratelli e sorelle, che saluto cordialmente in questa Basilica di san Pietro, come vi salutano pure quanti sono in essa riuniti. Vi salutiamo con emozione e con affetto, voi che venite dalle nazioni dei vari continenti: dal Giappone, dalla Corea, dagli Stati Uniti d’America, dalla Francia, dalle Filippine, dall’Iran, dall’Egitto e dall’Italia.

4. Ecco, “se siamo stati completamente uniti a lui con una morte simile alla sua, lo saremo anche con la sua risurrezione” (Rm 6, 5).

In modo mirabile vanno di pari passo, nel corso di questa veglia pasquale, l’attesa della Risurrezione di Cristo, che si manifesterà questa notte, e il vostro Battesimo.

Aspettiamo la Risurrezione di Cristo. Aspettiamo il momento in cui la pietra sarà ribaltata dal sepolcro – ed egli stesso, Cristo crocifisso, diventerà la “testata d’angolo” (Mc 12, 10) della verità salvifica e della vita eterna in Dio.

Questo momento ormai si avvicina. Ormai vanno verso il sepolcro di Gesù le tre donne, che per prime vedranno la pietra ribaltata. E udranno dire: “Perché cercate tra i morti colui che è vivo?” (Lc 24, 5).

5. Noi tutti condividiamo con voi, cari catecumeni, la grandezza e la gioia di questo momento.

Tutti cantiamo quel Salmo sulla cerva che anela verso le fonti, la cui acqua soddisfa la sete dell’anima, che ha sete di Dio, del Dio vivente.

“Quando verrò e vedrò il volto di Dio?” (Sal 42, 3).

6. Mediante la realtà dell’acqua il volto di Dio ha cominciato a brillare sull’orizzonte dei pellegrini, quando ormai salvi, uscirono sulla riva del mare Rosso, andando verso la terra promessa, sotto la guida di Mosé.

Sull’orizzonte di noi tutti, che mediante la fede pellegriniamo con Cristo, mediante la sua morte salvifica, all’alba del giorno della Risurrezione si svela la verità su di lui, il Vivente.

Il Dio ineffabile e invisibile svela dinanzi a noi, nella Risurrezione di Cristo, il mistero della sua vita.

Veramente: “Celebrate il Signore, perché è buono; / perché eterna è la sua misericordia” (Sal 118, 1).

Omelia (18-04-1992)

Sabato Santo, 18 aprile 1992

1. “Dio . . . aveva già parlato . . . molte volte e in diversi modi” (Eb 1, 1).

In questa notte della Veglia Pasquale la Chiesa sta in ascolto della Parola di Dio: è in ascolto della grande profezia della creazione, del sacrificio di Abramo, della liberazione d’Israele dalla schiavitù egiziana è in ascolto delle parole dei Profeti. “Dio, che aveva già parlato nei tempi antichi molte volte . . . per mezzo dei Profeti, ultimamente, in questi giorni, ha parlato . . . per mezzo del Figlio” (Eb 1, 1-2). La parola del Figlio è il Vangelo. L’ultima parola del Vangelo – della buona Novella – è la parola della Pasqua: questa Notte. E dopo la notte il mattino, quando le donne troveranno il sepolcro vuoto e udranno: “Perché cercate tra i morti colui che è vivo? Non è qui, è risuscitato” (Lc 24, 5-6). Dopo le donne, arriverà di corsa Pietro e vedrà la stessa cosa.

2. “Nessuno conosce il Figlio se non il Padre, e nessuno conosce il Padre se non il Figlio e colui al quale il Figlio lo voglia rivelare” (Mt 11, 27). Il sepolcro vuoto, ai piedi del Calvario, è l’ultima parola di ciò che il Padre rivela mediante il Figlio prima della sua risurrezione. “Cristo risuscitato dai morti non muore più, la morte non ha più potere su di lui . . . egli morì al peccato una volta per tutte, ora, invece, per il fatto che egli vive, vive per Dio”. Così l’apostolo Paolo nella lettera ai Romani (Rm 6, 9-10).

3. Le donne di Gerusalemme andarono di buon mattino al sepolcro “portando con sé gli aromi che avevano preparato” (Lc 24, 1), per ungere il corpo senza vita del Crocifisso. Entriamo in questa notte di veglia, avendo acceso col fuoco benedetto la luce del cero pasquale, che simboleggia la luce di Cristo (“Lumen Christi”). Sì: ha gettato la luce sulla nostra vita umana con la parola del Vangelo; questo stesso Cristo, che nella notte di Pasqua getta la luce della Vita sulla nostra morte umana. Siamo in cammino verso quella Vita. Camminiamo, attraverso le tenebre dell’odierna notte pasquale, cantando: “L’anima mia ha sete di Dio, del Dio vivente” (Sal 42, 3).

4. E in questo modo ci avviciniamo alle fonti dell’acqua, alle sorgenti che fanno rinascere. Bisogna, infatti, che “rinasciamo” (cf. Gv 3, 3). Nascere dalla morte di Cristo, in virtù dello Spirito che dà vita. “Quanti siamo stati battezzati” (Rm 6, 3), accogliamo con gioia coloro che devono sperimentare, in questa notte, la rinascita dall’acqua e dallo Spirito Santo. Saremo uniti dallo stesso Sacramento, che ci seppellisce insieme a Cristo “nella (sua) morte” (cf. Rm 6, 4). Immersi nell’acqua del santo Battesimo partecipiamo alla morte redentrice di Cristo. Veniamo “con lui . . . sepolti insieme” (cf. Col 2, 12), per poter “camminare in una vita nuova”, come Cristo è risorto dai morti “per mezzo della gloria del Padre” (cf. Rm 6, 4). Ecco il grande mistero della fede! Se, mediante il Battesimo, “siamo morti con Cristo, crediamo che anche vivremo con lui” (Rm 6, 8). Questa fede anima tutta la Chiesa. Anima noi, qui riuniti nella Basilica di San Pietro, insieme a voi, che in questa notte di Pasqua partecipate allo stesso grande mistero della risurrezione mediante il Battesimo. Nella luce di questa fede vi rivolgo il mio cordiale saluto. In voi intendo raggiungere con un deferente pensiero anche i vostri rispettivi Paesi: il Giappone, la Corea, la Cina, l’Italia, il Vietnam, la Francia, l’Albania, la Croazia, gli Stati Uniti d’America, il Marocco, la Russia, il Perù, l’Inghilterra. Nella vostra provenienza da varie parti del mondo ben si rispecchia l’universalità della redenzione operata da Cristo. Il messaggio che egli ha portato sulla terra non conosce confini.

5. “Celebrate il Signore, perché è buono” (Sal 118, 1). Rendiamo grazie per questa pienezza della parola con la quale Dio ci ha parlato prima per mezzo dei Profeti, e, infine, per mezzo del Figlio. Egli solo è la “pietra angolare” (cf. Ef 2, 20) del tempio di Dio con l’umanità. “In lui è la vita, e la vita è la luce degli uomini” (cf. Gv 1, 4). È la nostra luce!

Omelia (15-04-1995)

Sabato Santo, 15 aprile 1995

1. L’evangelista Giovanni racconta che un fariseo di nome Nicodemo, capo dei Giudei, andò da Gesù di notte, e in quell’occasione il Maestro gli disse: “Se uno non rinasce dall’alto, non può vedere il regno di Dio”. Nicodemo replicò: “Come può un uomo rinascere quando è vecchio? Può forse entrare una seconda volta nel grembo di sua madre e rinascere?”. Gli rispose Gesù: “In verità, in verità ti dico, se uno non nasce da acqua e da Spirito non può entrare nel regno di Dio. Quel che è nato dalla carne è carne e quel che è nato dallo Spirito è Spirito. Non ti meravigliare se t’ho detto: dovete rinascere dall’alto” (cf. Gv 3, 3-7).

2. Carissimi Fratelli e Sorelle, in questa notte della grande Veglia riviviamo in modo particolare la “seconda nascita dall’acqua e dallo Spirito Santo”: la rinascita mediante il Battesimo, che, come ci ha ricordato San Paolo, avviene “in Cristo Gesù… nella sua morte” (Rm 6, 3). “Se infatti siamo stati completamente uniti a lui con una morte simile alla sua, lo saremo anche con la sua risurrezione” (Rm 6, 5).

In queste ore il popolo di Dio, sparso nel mondo intero, si raduna per vegliare. E mentre veglia col suo Signore, nelle tenebre avanza la luce, si avvicina il momento in cui Cristo, deposto nella tomba a poca distanza dal luogo della crocifissione, risorgerà dai morti e manifesterà la potenza della Vita che è in Lui. “Non conosce la morte il Signore della vita, anche se ha attraversato le sue porte” (Canto polacco del tempo pasquale).

È proprio nella memoria e nell’attesa del suo passaggio dalla morte alla vita che la Chiesa intera si raccoglie spiritualmente presso il sepolcro di Gesù. E durante la Veglia Pasquale, che è il centro dell’intero anno liturgico e della vita della Chiesa, quasi a colmare l’attesa della risurrezione, per antichissima tradizione viene conferito ai catecumeni il sacramento del Battesimo. Essi sono preparati a questo momento per lungo tempo, in modo particolare hanno intensificato la loro preparazione durante la Quaresima, ed ora “rinascono da acqua e da Spirito Santo” ad una nuova vita in Cristo. La Veglia pasquale concentra così la sua attenzione sul mistero del Battesimo.

3. Vi saluto, carissimi Fedeli romani e di ogni Continente, che formate questa nostra assemblea riunita nella Basilica di San Pietro intorno al Vescovo di Roma!

Insieme a voi accolgo e saluto con grande gioia ed affetto voi, Fratelli e Sorelle, che tra poco riceverete i sacramenti del Battesimo, della Cresima e dell’Eucaristia. Anche voi avete ascoltato le parole rivolte dal Signore Gesù a Nicodemo. Anche voi avete creduto ad esse. Ed ecco, desiderate “rinascere da acqua e da Spirito Santo”.

Saluto attraverso di voi le Comunità cristiane ed i Paesi dai quali provenite: l’Albania, la Corea del Sud, l’Indonesia, la Repubblica popolare di Cina e gli Stati Uniti d’America.

San Paolo interpreta l’immersione nell’acqua del Battesimo come partecipazione alla morte di Gesù (cf. Rm 6, 3). Il morire spiritualmente con Cristo è il passaggio indispensabile per poter partecipare alla sua risurrezione. Scrive infatti l’Apostolo: “Se siamo morti con Cristo, crediamo che anche vivremo con lui, sapendo che Cristo risuscitato dai morti non muore più; la morte non ha più potere su di lui… Così anche voi consideratevi morti al peccato, ma viventi per Dio, in Cristo Gesù” (Rm 6, 8-9. 11).

Somiglia alla risurrezione di Cristo il sacramento del Battesimo, perché introduce nella vita che non muore. Mentre l’esistenza umana, che ognuno di noi ha ricevuto dai suoi genitori terreni, termina con la morte del corpo, la vita ricevuta da Dio in Gesù Cristo non ha termine. La vita di Dio non conosce la morte! In Dio è la pienezza della vita. Quanti sono battezzati “nell’acqua e nello Spirito” diventano partecipi di quella Vita che Gesù manifestò nella sua risurrezione.

4. All’inizio della Veglia pasquale, il tempio era immerso nel buio e nessuna luce dissipava le tenebre della notte. È poi entrata la luce, quando il Diacono ha introdotto solennemente il Cero, acceso dal fuoco pasquale benedetto all’esterno, ed ha cantato per tre volte: “Lumen Christi!”. In tal modo le tenebre hanno cominciato a poco a poco a diradarsi, cedendo il posto alla luce. Sempre nuovi ceri sono stati accesi da quella prima fiamma e sempre più si è rischiarata la Basilica. La luce di Cristo vince le tenebre.

Che cos’è questa luce?

Risponde San Giovanni nel Prologo del suo Vangelo: è la Vita che Cristo ha in sé. “In lui era la vita e la vita era la luce degli uomini” (Gv 1, 4).

La verità di Cristo, vita e luce degli uomini, durante questa Veglia è entrata nuovamente nella notte, figura delle tenebre che riempirono il mondo dopo la morte di Gesù e ne avvolsero il sepolcro. Ma la luce di Cristo sta per riversarsi nuovamente sul mondo. Quando, all’alba del giorno dopo il sabato, le donne andarono alla tomba per ungere il corpo del Signore, la trovarono vuota, e udirono dalle labbra dell’angelo: “So che cercate Gesù il crocifisso. Non è qui. È risorto” (Mt 28, 5-6).

Questo annuncio risuona di nuovo in quest’alba di Pasqua: “Annuntio vobis gaudium magnum!”. Vi annunzio l’Alleluia pasquale: Cristo è risorto! Per ogni cuore umano assetato di luce e di salvezza, è risorta con lui la speranza.

Julio Alonso Ampuero: HA RESUCITADO.

Meditaciones bíblicas sobre el Año litúrgico, Fundación Gratis Date.

«HA RESUCITADO». Así, con mayúsculas, aparece en el Leccionario. Esta palabra es común a los tres sinópticos y aparece por tanto en los tres ciclos. Es la noticia. La Iglesia vive de ella. Millones de cristianos a lo largo de veinte siglos han vivido de ella. Es la noticia que ha cambiado la historia: el Crucificado vive, ha vencido la muerte y el mal. Es el grito que inunda esta noche santa como una luz potente que rasga las tinieblas. ¿En qué medida vivo yo de este anuncio? ¿En qué medida soy portavoz de esta noticia para los que aún no la conocen?

«Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios». La resurrección de Cristo es también la nuestra. Él no sólo ha destruido la muerte, sino también el pecado, que es la verdadera muerte y causa de ella. La resurrección de Cristo es capaz de levantarnos para hacernos llevar una vida de resucitados. Ya no somos esclavos del pecado. Podemos vivir desde ahora en la pertenencia a Dios, como Cristo. Podemos caminar en novedad de vida.

«La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Las lecturas del A.T. son una síntesis de la historia de la salvación, que culmina en Cristo. El Resucitado es la clave de todo. Todo se ilumina desde Él. Sin Él, todo permanece confuso y sin sentido. ¿Le permito yo que ilumine mi vida? ¿Soy capaz de acoger la presencia del Resucitado para entender toda mi vida como historia de salvación?

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