Domingo IX Tiempo Ordinario (C) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 R 8, 41-43: Cuando venga un extranjero, escúchalo
- Salmo: Sal 116, 1. 2: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio
- 2ª Lectura: Ga 1, 1-2. 6-10: Si siguiera agradando a los hombres, no sería servidor de Cristo
+ Evangelio: Lc 7, 1-10: Ni en Israel he encontrado tanta fe



Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Mírame, oh Dios, y ten piedad de mi, que estoy solo y afligido.
Mira mis trabajos y mis penas y perdona todos mis pecados, Dios mío.
(Sal 24, 16. 18)

Oración colecta
Señor,
nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca,
y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal
y nos concedas aquellos beneficios
que pueden ayudarnos para la vida presente y futura.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Señor,
llenos de confianza en el amor que nos tienes,
presentamos en tu altar esta ofrenda,
para que tu gracia nos purifique
por estos sacramentos que ahora celebramos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.
(Sal 16, 6.8)
O bien:
Os lo aseguro: Cualquier cosa que pidáis en la oración,
creed que os la han concedido y la obtendréis -dice el Señor-.
(Mc 11, 23-24)

Oración post-comunión
Guía, Señor,
por medio de tu Espíritu,
a los que has alimentado con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,
y haz que, confesando tu nombre
no sólo de palabra y con los labios,
sino con las obras y el corazón,
merezcamos entrar en el reino de los cielos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Julio Alonso Ampuero: La fe del centurión

Meditaciones bíblicas sobre el Año litúrgico, Fundación Gratis Date.

«No soy quién…» Conmueve la humildad de este centurión. Un hombre con poder, que tiene gente bajo sus órdenes, que quizá humanamente tendría motivos para ser orgulloso y altanero… Sin embargo, se considera indigno incluso de que Jesús entre en su casa. No exige ni reclama; suplica con humildad. 

La Iglesia pone en nuestros labios estas palabras como preparación inmediata a la comunión: «No soy digno…» ¡Si comulgáramos siempre con la misma conciencia de indignidad que este centurión…!

«Dilo de palabra». Junto a la conciencia de indignidad, la fe firme en el poder de Cristo. Más aún, en el poder de su palabra. Humildad no es apocamiento. El reconocimiento de nuestra indignidad puede y debe ir unido al reconocimiento del poder de Dios. Su sola palabra es capaz de obrar grandes cosas. En efecto, «Él lo dijo y existió, Él lo mandó y surgió» (Sal 33,9).

«Ni en Israel he encontrado tanta fe». El que hace este acto impresionante de fe es precisamente un pagano, un extranjero. Él sabe que su propia palabra surte efecto cuando manda algo a un subordinado, pues ¡cuánto más la palabra del Hijo de Dios! En él se realiza el universalismo de la salvación anunciado en el A.T. (1ª lectura: 1Re 8,41-43; Salmo responsorial: Sal 116,1). ¿Por qué con tanta frecuencia «los de siempre» o «los cercanos» somos los más incrédulos?

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo IV: Tiempo Ordinario, Semanas I-X, Fundación Gratis Date.

La Iglesia orante nos invita a extender nuestra mirada a todos los hombres, para ensanchar nuestro corazón de creyentes en Cristo, con la esperanza de una salvación sin fronteras.

1 Reyes 8,41-43Cuando venga, Señor, un extranjero para rezar en este templo, escúchale desde el cielo. Salomón construyó la Casa del Señor, el Templo de Jerusalén, con un corazón abierto al amor universal de Dios, es decir, con la esperanza de que todos los hombres pudieran orar allí como hermanos. Esta universalidad pretendida solo tendrá realización plena en Cristo y en su Iglesia católica. San Agustín dice:

«Nosotros somos la santa Iglesia. Pero no he dicho “nosotros” como si me refiriera solo a los que estamos aquí, a los que ahora me habéis oído. Lo somos cuantos, por la gracia de Dios, somos fieles cristianos en esta Iglesia, en esta ciudad, en esta región, en esta provincia y aún más allá del mar, y hasta en todo el orbe de la tierra… Tal es la Iglesia católica, nuestra verdadera Madre» (Sermón 213).

San Cirilo de Jerusalén enseña:

«La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno a otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de la fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosas visibles o invisibles, de las celestiales o terrenas; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos y a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos. Ella posee todo género de virtudes, cualquiera que sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales» (Catequesis 18,23-25).

–Con el Salmo 116 cantamos la universalidad del mensaje de Cristo, de su extensión a todos los hombres: «Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos. Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre»

La catolicidad de la Iglesia se afirma también continuamente en la liturgia, que no se centra en el «yo», sino en el «nosotros». Nosotros oramos, nosotros damos gracias al Señor y lo alabamos, nosotros pedimos por todos los hombres. Si hemos de ser verdaderos hijos de Dios, todo en nosotros ha de ser universal, es decir, católico. «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de su verdad» (1 Tim 2,4).

Gálatas 1,1-2.6-10Si quisiera agradar a los hombres, no sería servidor de Cristo. Para San Pablo, apóstol de los gentiles, un Evangelio que no sea universal, que no ofrezca la salvación a todos los hombres, es «otro» evangelio, no el de Jesucristo. Así lo enseña el Vaticano II:

«Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse en todo el mundo y en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos que estaban dispersos, determinó luego congregarlos (Jn 11,52). Para esto envió Dios a su Hijo, a quien constituyó heredero de todo (Heb 1,2), para que sea Maestro, Rey y Sacerdote de todos, Cabeza del pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios…

«Así, pues, el único Pueblo de Dios está presente en todas las razas de la tierra, pues de todas ellas reúne sus ciudadanos, y éstos lo son de un reino no terrestre, sino celestial… Este carácter de universalidad que distingue al Pueblo de Dios es un don del mismo Señor, con el que la Iglesia Católica tiende, eficaz y perpetuamente, a recapitular toda la humanidad con todos sus bienes bajo Cristo Cabeza, en la unidad del Espíritu» (Lumen Gentium 13).

Lucas 7,1-10Ni en Israel he encontrado tanta fe. El Corazón del Redentor no aceptó fronteras, ni religiosas ni mentales, ni sociales. La fe auténtica no es patrimonio de una institución, sino una actitud profunda del alma, que se eleva personalmente al Misterio de Cristo. Esta fe es la que aparece hoy en la lectura evangélica. San Ambrosio dice:

«Es hermoso que, después de haber dado sus preceptos, [Cristo] nos enseña cómo hemos de conformarnos con ellos. En efecto, inmediatamente, es presentado al Señor el siervo de un centurión pagano para ser curado. Él es una figura del pueblo gentil, que estaba retenido por las cadenas de la esclavitud del mundo, enfermo de pasiones mortales, y que el beneficio del Señor había de curar. Y al decir que “estaba a punto de morir”, no se equivoca el evangelista; pues, efectivamente, estaba a punto de morir, si Cristo no lo hubiese curado. Ha cumplido, pues, el precepto con su caridad celestial, amando a sus enemigos hasta arrancarlos de la muerte e invitarlos a la esperanza de la salvación eterna…

«Observa cómo la fe da un título para la curación. Advierte también que, aun en el pueblo gentil, hay penetración del misterio… “Ni siquiera en Israel he encontrado una fe semejante”. La fe de este hombre la antepone a la de aquellos elegidos que ven a Dios (Israel se interpretaba “el que ve a Dios”)» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, V, 83,85 y 87).

Alessandro Pronzato

Pan del Domingo (C), p. 124

Y no ha sido sólo el Maestro el que ha quedado admirado de aquella fe fuera de lo normal. Parece que también Lucas ha sido tocado, fulgurado, casi trastornado. Por lo que da la impresión de que se olvida del criado moribundo, que está en la base de todo. Cae en la cuenta al final y lo remedia con una anotación apresurada: “Y al volver a casa, los enviados encontraron al criado sano”. Ahí está todo. Es algo increíble.

El evangelista pretende contarnos un milagro. Y, por el camino, su pluma es desviada hacia otro suceso excepcional.

Tanto que, sólo en la última línea, se nos hace saber que el criado ha sido efectivamente curado. Casi como si el detalle resultase insignificante respecto al núcleo esencial de la narración, respecto a la “novedad” sorprendente con la que ha topado a lo largo del camino. Como diciendo que el verdadero milagro es la fe.

La fe constituye la premisa indispensable del milagro. No al revés.

La fe es la que provoca, la que hace posible el milagro.

No es el milagro el que hace nacer la fe (aunque ésta sea la mentalidad corriente).

Es más, ya la fe en sí misma representa el prodigio, el suceso milagroso, la realidad inaudita.

Jesús se pone en camino para ir a hacer un milagro.

Pero encuentra el milagro por el camino. Por lo que no puede librarse de proclamar la propia sorpresa: “os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe”.

Sí. Aquí todo sucede a distancia.

Cristo y el centurión no se encuentran. No se conocen en absoluto.

Y tampoco se encuentran cara a cara el enfermo y el que cura.

Las palabras vienen “referidas”.

El milagro de realiza a distancia. Y se constata “después”.

¿No será la fe acaso esta realidad “presente”, punto supremo de cercanía, que es capaz de soportar todas las distancias y todas las ausencias?.

Yo, desgraciadamente, necesito de un Dios siempre al alcance de la mano, al alcance de mis charlatanerías.

Un Dios de quien disponer en los momentos que yo quiero.

Un Dios que se deje oír, que me facilite las pruebas de su presencia, que me documente concretamente su cercanía.

Soy incapaz de fiarme de una palabra suya “a distancia”, de agarrarme a su ausencia, de sentirme seguro incluso cuando no está (como yo pretendería). Entonces no es Dios quien está “distante”.

Es mi fe la que está ausente.

(¿Quién sabe si a Jesús le “resulta” el milagro de curar una fe -la mía- que tiene necesidad de tantas palabras tranquilizadoras, claras, y ya no está en condiciones de percibir “una sola palabra” que llega de lejos?).

Hans Ur von Balthasar

Luz de la Palabra

1. «No soy yo quién para que entres bajo mi techo».

Resulta ciertamente impresionante la manera como el centurión pagano del evangelio transmite a Jesús su ruego de que cure a su criado enfermo. El se siente indigno de presentarse personalmente ante el Señor y envía a unos amigos judíos para que lo recomienden a Jesús. Y cuando Jesús se acerca, el centurión tampoco sale de su casa, sino que envía de nuevo a otros amigos, que deben informar a Jesús de la gran fe de que hace gala el centurión, quien está convencido de que, al igual que le obedecen a él los soldados que tiene bajo su disciplina, así también el poder de la enfermedad está sometido a Jesús. Esta confianza, expresada desde una doble distancia, «admira» a Jesús, pues se diferencia claramente del comportamiento de los judíos, quienes le exigen signos o malinterpretan muy a menudo los milagros que hace con habladurías sensacionalistas. La verdadera fe no se limita a Israel, se la puede encontrar fuera del pueblo elegido en una forma aún más pura (así también en el caso de la mujer cananea). El antiguo Israel sabía ya de la existencia de paganos sabios y piadosos que eran hombres modélicos (Ez 14,14; 28,3).

2. «Haz lo que te pide el extranjero».

Este acento universalista resuena ya en la oración de Salomón en el templo (primera lectura). El rey de Israel amplía su oración por el pueblo incluyendo también a los extranjeros, que, viniendo de lejos, rezarán en esta casa de Dios; que Dios se digne escucharlos: «Así te conocerán y te temerán todos los pueblos de la tierra». Aunque en la Antigua Alianza este aspecto no es frecuente, en la Iglesia de Cristo no sólo está permitido sino que está incluso expresamente prescrito: la Iglesia debe hacer «oraciones, plegarias, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los que están en el mando» (1 Tm 2,2). Pues la voluntad salvífica de Dios es universal y manifiesta desde la encarnación de su Palabra, que tiene poder «sobre toda carne» (Jn 17,2).

3. «No hay otro evangelio».

De ahí, en la segunda lectura, la sorpresa de Pablo de que los Gálatas hayan abandonado «tan pronto» el evangelio de la «gracia de Jesucristo», que está pensado para todos los hombres, para entregarse a una religión particular llena de prácticas “sin eficacia ni contenido” (Ga 4,9) que jamás podrían justificar al hombre ante Dios, aunque se cumpliera «la ley entera» con todas y cada una de sus prescripciones. Esto sería «neutralizar el escándalo de la cruz» (Ga 5,11), que ha revelado el amor de Dios a todos los hombres y nos impone un solo mandamiento, el del amor, por el cual, si es auténtico, queda cumplida de paso «la ley entera» (Ga 5,14). El mandamiento del amor es el único universal porque es simplemente la respuesta al acontecimiento de la cruz, y con ello, como «amor al prójimo», es también el único medio de salvación universal capaz de traer la paz de Dios al mundo dividido.

Zevini-Cabra: Lectio Divina

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 8,41-43

Esta breve perícopa forma parte de la gran plegaria que pronunció Salomón con ocasión de la dedicación del templo que había construido en Jerusalén. Tras el solemnísimo traslado del arca de la alianza (8,1-9), y después de que YHWH hubiera tomado posesión del templo, llenándolo de su gloria (manifestada de manera visible por la nube: vv. 10-13), Salomón habla a la asamblea de Israel con un discurso que recuerda las circunstancias que condujeron a la construcción del templo (vv. 14-21). Al discurso le sigue una apasionada plegaria proclamada «ante el altar del Señor, frente a toda la asamblea de Israel y con las manos extendidas hacia el cielo» (v. 22). Salomón reza por él mismo (vv. 23-29), por el pueblo (vv. 30-40), por los extranjeros (vv. 41-43: es nuestra perícopa) y, después, de nuevo por el pueblo (vv. 44-51).

La oración que tiene como objeto a «los extranjeros» tiene que ver con los que venían, de manera ocasional, a la tierra de Israel (por motivos comerciales o diplomáticos, o como mercenarios, por ejemplo) no por propia voluntad, pero se habían instalado en ella definitivamente. No faltaban extranjeros que venían a Israel porque habían oído hablar de YHWH: los paganos, en efecto, buscaban propiciarse el mayor número de divinidades posible. Pues bien, el rey Salomón le pide a YHWH que también escuche a éstos, y por un motivo bien preciso: la conversión de estos extranjeros al único Dios, el descubrimiento del amor de YHWH («… para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre, te respeten como lo hace tu pueblo, Israel»).

Si bien es preciso reconocer que el universalismo atestiguado por esta perícopa está referido todavía a una «centralización» del templo y de Jerusalén (una visión que recorre todo el Antiguo Testamento: cf., sólo a título de ejemplo, Is 56,1-8; Is 2; Miq 4; Sal 87), el Sal 116, que acompaña a la primera lectura en la liturgia de hoy, se abre a todos los pueblos como llamados a la fe y a la salvación. En este salmo, el más breve de todo el Salterio, se puede decir que está encerrada toda la larga historia de Israel: historia del amor «fuerte» y fiel de Dios, historia de una predilección que si, por un lado, supone para Israel una garantía de su elección y de la alianza, por otro, pide a Israel que difunda el amor divino, a fin de que todos los pueblos experimenten su dulzura y alaben el nombre de YHWH.

Segunda lectura: Gálatas 1,1-2.6-10

El problema que hay en el fondo de la Carta a los Gálatas es la oposición entre la justificación del hombre por parte de Dios en Cristo y la justificación por medio de la Ley. Cuando Pablo habla, en el v. 7, de «que algunos están desconcertándoos e intentan manipular el Evangelio de Cristo», se refiere a la corriente de los judaizantes, que sostenía la necesidad de la circuncisión para poderse salvar (cf. Gal 5,4ss: «Los que tratáis de alcanzar la salvación mediante la ley, os separáis de Cristo, perdéis la gracia. Por nuestra parte, esperamos ardientemente alcanzar la salvación por medio de la fe, mediante la acción del Espíritu. Porque en cuanto seguidores de Cristo, lo mismo da estar circuncidados que no estarlo; lo que vale es la fe que actúa por medio del amor»). El riesgo que corrían los gálatas era grave: «Anular el escándalo de la cruz» (5,11b). Éste es el motivo que justifica la severidad de la intervención de Pablo. Después de haber proclamado su autoridad apostólica, vinculándola directamente a un encargo recibido del Resucitado, Pablo reprocha a los gálatas no sólo que hayan pasado de una doctrina a otra, que hayan abrazado otro evangelio, sino que hayan abandonado, de hecho, «a quien os llamó mediante la gracia de Cristo» (v. 6). La severa amonestación, con sus correspondientes maldiciones («sea maldito»: vv. 8ss), recuerda el deber de fidelidad de los gálatas a Dios y a Cristo a través de la fidelidad a la tradición eclesial «apostólica» que anuncia el Evangelio.

En el v. 10 Pablo contrapone el agradar a los hombres y al agradar a Dios. Agradar a los hombres significa en este caso anunciarles que la justicia va ligada a sus propias obras (en efecto, Pablo, antes de su conversión, lo había hecho predicando la circuncisión: «Si todavía tratara de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo»); agradar a Dios, en cambio, significa servir a Cristo anunciando el único Evangelio que da la salvación. Ésta es la Buena Nueva: anunciar que el hombre no se justifica por las obras de la ley, practicadas por él con gran fatiga, sino sólo por medio de la fe en Cristo Jesús y en su cruz, que libera de la pretensión de procurarnos la salvación por nosotros mismos (cf. Gal 2,16): «Para que seamos libres, nos ha liberado Cristo. Permaneced, pues, firmes y no os dejéis someter de nuevo al yugo de la esclavitud» (Gal 5,1).

Evangelio: Lucas 7,1-10

El relato de la curación del siervo de un centurión (atestiguada asimismo por Mt 8,5-13 y por Jn 4,46-54) viene inmediatamente después del sermón de las bienaventuranzas (Lc 6,20-49) y deja entrever, por una parte, la dificultad que reinaba en las relaciones entre judíos y paganos (dificultad atestiguada también por los Hechos de los apóstoles) y, por otra, la teología universalista que conduce a Lucas a trazar casi un itinerario ideal del anuncio del Evangelio desde Jerusalén a Roma.

El centurión es un oficial importante para la pequeña población de Cafarnaún. No tiene por qué ser necesariamente un romano; en todo caso, es un pagano que siente simpatías por el judaísmo. Lucas deja intuir que el centurión es un personaje inteligentemente inquieto: se sirve de intermediarios para entrar en comunicación (signo de la conciencia de que «la Salvación viene de los judíos»); primero invita a Jesús a su casa para que cure a su criado, después se lo vuelve a pensar: no se siente digno de que el Señor vaya a su casa (ningún judío entra en la casa de un pagano), ni de hablarle personalmente, pero, sobre todo, considera que no hay necesidad de ello, pues basta con una sola palabra suya para curar al criado… El centurión está seguro de ello. Esto es, en el fondo, la insinuación del reconocimiento de la autoridad suprema de Jesús por parte de un hombre acostumbrado a ver reconocida su autoridad personal.

La reacción de Jesús es de asombro maravillado: en la inquietud del centurión, que tiene la certeza de la eficacia y del poder de su palabra, Jesús reconoce una fe auténtica. La curación del criado apenas se indica de pasada (v. 10). Lo que le importa a Lucas no es tanto el milagro de la curación como el carácter ejemplar de la fe de un pagano, fe que Jesús no había encontrado «ni en Israel (v. 9).

MEDITATIO

«Al oír esto Jesús, quedó admirado» ante la fe del centurión. También nosotros repetimos con frecuencia aquella fórmula de fe y de humildad («Señor, no soy digno…»), pero quién sabe si suscitamos la misma admiración en Aquel que entra en nuestra casa, quién sabe si se lo decimos con el mismo corazón bueno que aquel pagano, con su misma sincera humildad y fina discreción, y, sobre todo, con la misma profundísima certeza y confianza creyente de que basta una sola palabra de Jesús para ser salvos.

«Una sola palabra…»: esta palabra ya ha sido dicha, en el tiempo de la Iglesia, de una manera eficaz, y está viva y activa. Es la Palabra de la cruz, pronunciada de una vez por siempre sobre el mundo, especialmente allí donde la vida se encuentra o choca con la muerte, y la esperanza se ve tentada por la desesperación; Palabra misteriosamente creadora, que cura a cada hombre de toda enfermedad y salva a todo mortal de la enfermedad más grave: la del pecado. En el caos verbal de nuestro tiempo, nuestra fe se apoya en la única Palabra; toda nuestra vida tiene sentido únicamente a partir de ella, toda nuestra esperanza viene de ahí.

Ahora bien, tal vez ocurre hoy con mayor frecuencia que el Señor se dirige a nosotros —el Israel de hoy— para expresar su desconcierto, con un reproche («ni en Israel he encontrado una fe tan grande») dirigido precisamente a nosotros, que confundimos a menudo la fe con una presunta y alegre familiaridad con Dios, que hablamos en ocasiones de experiencia de Dios como si fuera la cosa más simple de este mundo y no nos damos cuenta de que nuestra fe es pobre mientras no se abre a la confianza y al pleno abandono en Dios, mientras no corremos el riesgo de hacer algo, humanamente imposible, contando única y exclusivamente «con tu Palabra», como Pedro aquella vez en el lago…

Resulta inquietante que Jesús haya encontrado una fe grande no en Israel, sino en el corazón inquieto de un hombre bueno, de un pagano preocupado por la salud y la vida de su criado, de alguien que busca la verdad y está dispuesto a buscarla lejos de sí, consciente de la distancia que le separa del Señor Jesús y también —al mismo tiempo— de la autoridad benévola de este Señor y de la eficacia de su Palabra.

En verdad, «Dios puede hacer surgir hijos de Abrahán de las piedras» (Mc 3,9), y todo corazón puede alabar al Señor misericordioso y fiel. Si sentimos la tentación de pensar, aunque no tengamos el valor de confesarlo, que la gracia de Dios es en exclusiva para nosotros, «que le servimos desde hace tantos años» (cf. Lc 15,29), este evangelio nos recuerda que cualquier itinerario de fe comienza por la conciencia de nuestra propia indignidad y de la pobreza de nuestro propio creer y acaba con la sorpresa y la gratitud por aquella palabra ya dicha y la salvación ya dada. Pero pasa, inevitablemente, por la oración suplicante y plena de confianza.

ORATIO

Te alabo, Padre, unido a todos los hombres y mujeres de la tierra, porque tu ternura ha vencido a mi soberbia y tu fidelidad ha suscitado mi fe.

Te alabo, Padre, porque, en la cruz de tu Hijo, has manifestado el poder de la Palabra que nos salva y anticipa todas nuestras obras buenas, y es así más grande que todo culto y observancia; haz que esta Palabra resuene en todas las lenguas y en todas las culturas y sea acogida por todo hombre como ofrenda de salvación.

Te alabo, Padre, porque tu Espíritu abre nuestro corazón a todo extranjero hermano nuestro; escúchalo desde el cielo, haz que también él experimente «tu mano poderosa y tu brazo tenso», tu amor vigoroso y tu fidelidad inmutable, para que también él, junto con nosotros, pueda darte gloria.

Te alabo, Padre, por esta Iglesia tuya que no tiene límites, enriquecida con un don que debe compartir y abierta a cada don sembrado por el Espíritu sobre la faz de la tierra; Iglesia de creyentes de la primera y de la última hora, comunidad en donde nadie es extranjero o pagano, que no tiene nada que dar o recibir; fraternidad donde la fe de cada uno ayuda a la fe del otro; morada donde tú te dignas entrar y habitar.

CONTEMPLATIO

[El centurión] mandó a sus amigos al encuentro de Cristo, que venía a él […] para que le dijera esto: «Yo no soy digno de que entres en mi casa, por eso no me he atrevido a presentarme personalmente a ti, pero basta una palabra tuya para que mi criado quede curado. Porque yo, que no soy más que un subalterno, tengo soldados a mis órdenes». Fijaos de qué modo respetó la orden: en primer lugar, declaró que él estaba sometido a otros y, a continuación, que otros estaban sometidos a él. Estoy bajo la autoridad y tengo la autoridad […]. Es como si dijera: si yo, que estoy bajo la autoridad de otro, mando a los que tengo a mis órdenes, tú, que no estás bajo la autoridad de nadie, ¿no podrás acaso mandar a tu criatura? «Di», pues, «una palabra y tu criado quedará curado. En efecto, no soy digno de que entres en mi casa». Temblaba ante la idea de hacer entrar a Cristo en su casa, y estaba ya en su corazón, su alma era ya sede de Cristo, y ya moraba en ella aquel que busca a los humildes. «Y, volviéndose a la gente que leo seguía, dijo: Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande». Los soberbios alejaban a Dios en el pueblo de Israel; entre los príncipes de los gentiles se encontró a uno que era humilde y se atrajo a Dios. Jesús, admirando su fe, condena la perfidia de los judíos. «Por eso os digo que vendrán muchos de Oriente y de Occidente… y se sentarán con Abrahán en el Reino de los Cielos». Abrahán no ha engendrado a éstos de su propia carne, pero vendrán y se sentarán con él en el Reino de los Cielos, y serán hijos suyos (…). Serán condenados a las tinieblas exteriores aquellos que nacieron de la carne de Abrahán, y se sentarán con él en el Reino de los Cielos aquellos que han imitado la fe de Abrahán (Agustín de Hipona, Comentario al salmo 46, 12).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para Sanarme» (de la liturgia eucarística).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Sin cerrar los ojos ante la angustia de fantas multitudes «sentadas a la sombra de la muerte», pensamos, no obstante, con san Ireneo, que el Hijo, desde el origen y bajo todos los cielos, de una manera más o menos oscura revela al Padre a toda criatura, y que puede ser «la salvación para aquellos que han nacido fuera del camino. Con San Cipriano, san Hilario y San Ambrosio, creemos que el divino sol de justicia resplandece sobre todos y para todos. Profesamos con san Juan Crisóstomo que la gracia se difunde por todas partes y que no priva a ningún alma de su solicitud. Con Orígenes, san Jerónimo y san Cirilo de Alejandría, nos negamos a decir que pueda nacer cualquier hombre sin Cristo. Por último, con san Agustín, que también es el más severo de todos los Padres, admitimos de buena gana que la clemencia divina se mantuvo siempre a la obra entre los pueblos y que los mismos paganos han tenido sus «santos ocultos» y sus «profetas» […]. La gracia de Cristo es universal y el medio concreto de salvación —en el sentido pleno de esta palabra-, y no falta a ningún alma de buena voluntad (H. de Lubac, Cattolicismo. Gli aspetti sociali del dogma, Roma 1974, p. 188 edición española: Catolicismo, Encuentro, Madrid, 1988).

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